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Max Stirner - El Unico y Su Propiedad - 2-1-2009

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puede ser mejor representada que por personas realizando com-
pletamente su misión.” Y es porque esta condición de ser de los
pueblos es apenas una representación. “La diluida generalidad
es inferior que la forma completa por sí misma, que es de por sí
un todo, y vive como un miembro viviente de la verdadera gene-
ralidad, la organizada.” Los pueblos son esta “diluida generali-
dad”, y sólo el hombre es la “forma completa por sí misma”.
La impersonalidad de lo que se llama pueblo y nación, se
percibe claramente en lo que sigue: que un pueblo que quiere
hacer todo lo posible para hacer valer su Yo, coloca a su cabe-
za a un jefe sin voluntad. No puede escapar de este dilema: o
bien ser avasallado por un príncipe que no se realice más que
a sí mismo y su placer individual –y en este caso no reconocerá
en ese “señor absoluto” su propia voluntad, la voluntad po-
pular– o bien izar sobre el trono a un príncipe de palo que no
muestre ninguna voluntad personal –y en este caso tendrá un
Príncipe sin voluntad, que se podría, sin ningún inconvenien-
te, reemplazar por un mecanismo de relojería bien aceitado. De
estas consideraciones resulta, claro como la luz, que el yo del
pueblo es una potencia impersonal, “espiritual” –la ley. El yo
del pueblo es, por consiguiente, un fantasma y no un yo. Yo no
soy un Yo, sino porque soy Yo quien me hago, es decir, porque
Yo no soy la obra de otro, sino propiamente mi obra. ¿Y qué es
el yo del pueblo? Un azar se lo da, las circunstancias le imponen
tal o cual señor hereditario, o le procuraran el jefe que elige; no
es su producto el producto del pueblo “soberano”, como Yo soy
mi producto. Figúrate que se te quiera persuadir de que tú no
eres tú, sino que tú eres Hans o Kunz. Eso le sucede al pueblo y
no puede ser de otro modo, porque el pueblo no tiene un yo más
que el que tienen los once planetas reunidos, aunque graviten
alrededor de un centro común.
La expresión de Bailly es representativa de la sumisión de
esclavo que la gente manifiesta, tanto frente a la soberanía del
pueblo, como frente a los príncipes: “Yo no tengo,” dice él,
“ninguna otra razón, una vez que la razón general se ha expre-
sado. Mi primera ley fue la voluntad de la nación: en cuanto
se realizó, yo no supe nada fuera de su voluntad soberana”.148

148

Edgard Bauer, Bailly und die ersten Tage der Französischen Revolution,
Charlottenburg, 1843, p. 25.

El no tendrá “otra razón”, sin embargo esta “otra razón” es
la única que realiza todo. Del mismo modo Mirabeau afirma:
“Ningún poder sobre la tierra tiene el derecho de decirle a los
representantes de la nación: ¡es mi voluntad!”
Durante largo tiempo el hombre ha pasado por ser un ciuda-
dano del cielo. Se querría hacer de él hoy, como en tiempo de los
griegos, un zoon politicón, un ciudadano del Estado, un hombre
público El griego fue enterrado bajo las ruinas de su Estado, y
el ciudadano celeste caerá con su cielo. Pero no pretendemos
que la nación, la nacionalidad o el pueblo, nos arrastren en su
caída, no queremos ser meros hombres políticos. Desde la revo-
lución se intenta hacer la felicidad del pueblo; ¡y para hacer al
pueblo feliz, grande, etc., se nos hace desgraciados! La felicidad
del pueblo es mi desgracia.
Se puede juzgar el vacío que cubren con su énfasis los dis-
cursos de los liberales políticos, hojeando la obra de Nauwerk,
“Üeber die Theilnahme am Staate “149

. El autor se queja de la
indiferencia y de la apatía que impiden a las gentes ser ciudada-
nos con toda la acepción de la palabra, y se expresa como si no
fuera posible ser hombre sino a condición de tomar parte activa
en la vida del Estado; es decir, a condición de representar un
papel político. En eso es lógico, porque si se considera al Estado
como el depositario y el guardián de toda “humanidad”, no po-
demos tener nada de humano si no participamos en él. ¿Pero en
qué toca eso al egoísta? En nada, porque el egoísta es él mismo,
el guardián de su humanidad y la única cosa que pide al Estado
es que no le quite el sol. Solamente si el Estado llega a tocar su
propiedad, sale el egoísta de su indiferencia. ¿Si los negocios del
Estado no alcanzan al sabio encerrado en su gabinete, debe él
inquietarse por ellos, porque esa solicitud es “el más sagrado
de los deberes”?. En tanto que el Estado no se inmiscuya en
sus estudios favoritos, ¿qué necesidad tiene de dejarse distraer
de ellos? Que se inquieten por la marcha del Estado aquellos
que están personalmente interesados en verlo permanecer como
está o cambiarlo. No es la idea de un deber sagrado que cum-
plir lo que impulsa ni impulsará nunca a nadie a consagrar sus
desvelos al Estado, como no es “por deber” por lo que uno se

149

Karl Nauwerck, Über die Teilnahme am Staate [Sobre la participación en el
Estado], Leipzig, 1844.

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