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Max Stirner - El Unico y Su Propiedad - 2-1-2009

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En tiempos más bárbaros que los nuestros se tenía la costum-
bre de exigir de cada cual una determinada fe y una devoción a
un determinado objeto sagrado. Pero extendiéndose la “libertad
de conciencia” cada vez más, el “Dios celoso” y “Señor único”
se ha transformado poco a poco en lo que se designa con el
nombre más vago de “Ser Supremo”; la tolerancia humana se
declara satisfecha con el hecho de que cada cual reverencie un
“objeto sagrado”, sea el que sea.
Reducido a su expresión más humana, ese objeto sagrado es
“el Hombre mismo” y “lo humano”. Porque es una ilusión creer
que lo humano es enteramente nuestro y enteramente exento de
ese tinte de sobrenatural que se une a lo divino, e imaginarse que
decir el Hombre es decir Yo o decir Tú. Y es ese error el que pue-
de conducir a la orgullosa ilusión de que uno no ve ya en ningu-
na parte nada “sagrado”, de que por todas partes nos sentimos
como en nuestra casa y libres de la obsesión de la santidad, del
estremecimiento del terror sagrado. Pero el alborozo de “haber
encontrado al fin al Hombre” ha impedido oír el grito de dolor
del egoísmo; y el “fantasma” que se ha vuelto tan intimo, pasa
por ser nuestro verdadero Yo.
Pero “lo Sagrado se llama Humano”, dice Goethe, y lo hu-
mano no es más que lo sagrado en su más alta potencia.
El egoísta se expresa exactamente a la inversa. Justamente, te
encuentro ridículo porque tienes alguna cosa por sagrada; y aun
admitiendo que yo quiera respetar todo en ti, es precisamente tu
santuario interior el que yo no respetaría.
A esas maneras de ver tan opuestas corresponden, natural-
mente, conductas diferentes para con los bienes espirituales: el
egoísta los ataca; el religioso (es decir, el que por encima de él
coloca su “esencia”) debe, para ser consecuente, defenderlos.
¿Qué bienes espirituales hay que defender y cuáles deben dejarse
sin protección? No depende enteramente de la idea que uno se
forma del “Ser Supremo”: el que teme a Dios, por ejemplo, tiene
más que defender que el que teme al Hombre, que el liberal.
Cuando se nos ofende en nuestros bienes espirituales, no es
ya como cuando se nos lastimaba en nuestros bienes materiales:
aquí la ofensa es espiritual, el pecado cometido contra los bienes
espirituales consiste en profanarlos directamente, en tanto que no
se hacía más que apartar o alejar los bienes materiales. Aquí los

bienes sufren una depreciación, una decadencia: no son simple-
mente sustraídos, su carácter sagrado es puesto directamente en
juego. Se designa con el nombre de “impiedad” o de “sacrilegio”
a todas las infracciones que pueden ser cometidas contra los bie-
nes espirituales, es decir, contra los que tenemos por sagrados; y
la burla, el insulto, el desprecio, el escepticismo, etc., no son más
que matices diferentes de la impiedad criminal.
Sin ocuparnos de las múltiples formas en que el sacrilegio
puede cometerse, solamente recordaremos aquí a lo que pone en
peligro la santidad por medio de una prensa demasiado libre.
En tanto que se exija todavía respeto para el menor ser espi-
ritual, la palabra y la prensa tendrán que estar encadenadas en
nombre de ese ser; porque el egoísta podría “ofenderlo” por sus
manifestaciones y esa ofensa, a menos que se prefiera recurrir a
la censura, tiene que ser reprimida con ayuda de “penalidades
convenientes”.

¡A cuántas personas oímos todos los días reclamar a gran-
des gritos por la libertad de la prensa! Ahora, ¿de qué pue-
de ser liberada la prensa? ¡Sin duda, de una dependencia, de
una sujeción, de un avasallamiento! Pero es un asunto de cada
cual liberarse de todo eso; se puede afirmar con certeza que sí
han sacudido el yugo de los viejos hábitos de domesticidad, lo
que escriben y publican les pertenecerá como propio, en vez
de haber sido concebido y formulado en servicio de un poder
cualquiera; pero, ¿qué puede decir o imprimir un fiel cristia-
no que sea más independiente de la creencia cristiana que lo
es él mismo? Si hay cosas que yo no puedo o no me atrevo a
escribir, el primer culpable no puede ser otro que yo mismo. Y
aunque esto parezca alejarse del asunto, he aquí, sin embargo,
la explicación. Con una ley sobre la prensa, yo trazo o permi-
to que se trace alrededor de mis publicaciones un límite más
allá del cual comienzan el delito y la represión. Soy yo mismo
quien restrinjo mi libertad.
Para que la prensa fuese libre, sería indispensable que no
pudiera serle impuesta ninguna presión en nombre de una ley. Y
para llegar a eso, sería preciso que yo mismo me hubiera libera-
do de la obediencia a la ley.
En verdad, la absoluta libertad de prensa es, como toda li-
bertad absoluta, una quimera. La prensa puede estar libre de

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