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Max Stirner - El Unico y Su Propiedad - 2-1-2009

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consecuencia de una súplica, sino que será obtenida por obra
de una revolución. Toda petición, toda proposición de libertad
de prensa, es ya consciente o inconscientemente, una rebelión;
sólo la impotencia filistea no quiere ni puede confesárselo, a la
espera de que, con gran terror suyo, el resultado no se lo haya
mostrado de una manera clara y evidente. La libertad de prensa,
obtenida a fuerza de ruegos, tiene al principio un aire amistoso
y benévolo; está bien lejos de sus intenciones dejar que surja
alguna vez la licencia de prensa; pero poco a poco su corazón se
endurece, y llega insensiblemente a concluir que, en definitiva,
una libertad no es una libertad, en tanto que está al servicio del
Estado, de la moral o de la ley. Una libertad de la coacción de
la censura no llega a ser una libertad de la coacción de la ley.
La prensa, una vez embargada por el deseo de libertad, quiere
hacerse cada vez más libre, hasta que al fin el escritor se dice:
Puesto que no soy enteramente libre más que cuando no tengo
ninguna restricción que hacerme, mis escritos no son libres más
que cuando son míos, cuando no me pueden ser dictados por
ningún poder o autoridad, por ninguna fe, por ningún respeto;
¡Lo que la prensa debe ser no es ser libre –eso es demasiado
poco– lo que debe es ser mía! La individualidad, la propiedad
de la prensa; eso es lo que yo quiero asegurarme.
Una libertad de prensa no es más que un permiso de impri-
mir que me entrega el Estado, y el Estado no permitirá nunca,
ni puede nunca libremente permitir, que yo emplee la prensa en
aniquilarlo.

Para evitar lo que el término “libertad de prensa” ha podido
dejar hasta aquí de vago en nuestras palabras, expresémonos
más bien de la siguiente manera: La libertad de prensa que rei-
vindican tanto los liberales es, sin duda alguna, posible en el
Estado; de hecho, únicamente es posible en el Estado, puesto
que es un permiso y que, por consiguiente, ese imprimatur170
debe ser concedido por alguien que, en el presente caso, es el
Estado. Pero en cuanto permiso, está limitado por ese Estado
mismo, que naturalmente no está obligado a tolerar más de
lo que es compatible con su conservación y su prosperidad. El
Estado traza un límite a la libertad de prensa, que es la ley de

170

Autorización para editar un libro que la jerarquía eclesiástica utiliza desde

el medioevo (N.R.).

su existencia y de su extensión. Un Estado puede ser más tole-
rante que otro, pero en eso sólo hay una diferencia cuantitativa.
Sin embargo, es esta diferencia la que se toman tan a pecho
los políticos liberales: en Alemania, por ejemplo, no piden más
que “una tolerancia más amplia, más extensa, para la palabra
libre.” La libertad de prensa que se solicita es una libertad que
debe pertenecer al Pueblo, y en tanto que el Pueblo (el Estado)
no la posee, yo no puedo hacer de ella ningún uso. Pero si uno se
coloca en el punto de vista de la propiedad de la prensa, las co-
sas se presentan desde un aspecto diferente. Aunque mi Pueblo
esté privado de la libertad de prensa, yo me procuro por astucia
o por violencia el medio de imprimir; no pido el permiso de
imprimir más que a mi y a mi fuerza.
Si la prensa me pertenece, la autorización del Estado para usar
de ella me hace falta tanto como la que necesito para sonarme la
nariz. Y la prensa es mi propiedad a partir del momento en que,
para mí, ya no hay nada por encima mío, porque desde entonces ya
no hay Estado, no hay Iglesia, no hay Pueblo, no hay Sociedad; pues
todos ellos deben su existencia sólo a mi desprecio de mí mismo,
y todos se desvanecen desde que éste desprecio desaparece; ellos
no existen, sino a condición de estar por encima mío; no son más
que potencias. — ¡A menos que uno pueda imaginar un Estado del
que los súbditos no hicieran ningún caso! Eso seria un sueño, una
completa ilusión, tal como lo es la “unidad alemana”.
La Prensa es mía desde que yo me pertenezco, desde que soy
mi propietario. El mundo es del egoísta, porque el egoísta no
pertenece a ningún poder del mundo.
Siendo esto así, puede suceder muy bien que la prensa, aun-
que mía, sea todavía muy poco libre, como es el caso en este
momento. Pero el mundo es grande, y uno debe ayudarse a sí
mismo lo mejor que pueda. Si yo consintiera en renunciar a la
propiedad de mi prensa, llegaría fácilmente a hacer imprimir
por todas partes todo lo que mi pluma produce. Pero como
quiero afirmar mi propiedad, es preciso que me enfrente con mis
enemigos. –¿No aceptarías su permiso si te lo concediesen?– Si,
ciertamente, y con placer; porque su permiso me probaría que
yo los he cegado y que los llevo al abismo. No es su permiso lo
que quiero, sino su ceguera y su derrota. Si solicito ese permiso
no es porque espere, como los políticos liberales, que ellos y yo

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