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Max Stirner - El Unico y Su Propiedad - 2-1-2009

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dogma. Porque crítica y dogmática quedan en el mismo terreno,
el de los pensamientos. Como el dogmático, el crítico tiene
siempre por punto de partida un pensamiento, pero se distingue
de su adversario en que no cesa de mantener el pensamiento que
le sirve de principio bajo el imperio de un proceso mental que
no le permite adquirir ninguna estabilidad. Hace simplemente
prevalecer en él el proceso de pensar sobre la fe en el pensar y
el progreso en el pensar sobre la inmovilidad en el pensar. A los
ojos del crítico, ningún pensamiento está asegurado, porque la
crítica es pensamiento o la misma mente que piensa.
Por eso, lo repito, el mundo religioso, que es precisamente el
mundo de los pensamientos, alcanza su perfección en la crítica,
donde el pensar es superior a todo pensamiento, ninguno de los
cuales puede fijarse “egoístamente”. ¿Qué se haría de la “pureza
de la crítica”, la pureza del pensar, si un solo pensamiento pu-
diese escapar al proceso intelectual? Eso nos explica el hecho de
que el crítico mismo se deje llevar, de tiempo en tiempo, hasta
ridiculizar suavemente las ideas de Hombre y de Humanidad;
presiente que esos son pensamientos que se acercan a la crista-
lización dogmática. Pero no puede destruir un pensamiento en
tanto que no ha descubierto un pensamiento superior, en que el
primero se resuelve. Ese pensamiento superior podría llamarse
el del movimiento del espíritu o del proceso intelectual, es decir,
el pensamiento del pensar o de la crítica.
La libertad de pensar ha venido, de hecho, a ser así comple-
ta; es el triunfo de la libertad espiritual, porque los pensamien-
tos individuales, “egoístas”, pierden su carácter dogmático de
imperativo. Uno solo lo conserva: el dogma del pensar libre o
de la crítica.

Contra todo lo que pertenece al mundo del pensamiento,
la crítica tiene el derecho, es decir, la fuerza. La crítica “está a
la altura de nuestra época”. Desde el punto de vista del pen-
samiento, no hay ningún poder capaz de superar al suyo, y da
gusto ver con qué facilidad devora ese dragón, como jugando,
todo otro pensamiento. Todas las serpientes se “enroscan”, pero
la crítica las aplasta a todas en sus “vueltas”.
Yo no soy un antagonista de la crítica, o en otros términos,
no soy un dogmático, y no me siento herido por los dientes de la
crítica que desgarran todo dogmatismo. Si fuese un dogmático,

sentaría en primera línea un dogma, es decir, un pensamiento,
una idea, un principio, y completaría ese dogma haciéndome
“sistemático” y constituyendo un sistema, es decir, un edificio
de pensamientos. Recíprocamente, si yo fuese un crítico y el
enemigo de lo dogmático, dirigiría el combate del pensar libre
contra el pensamiento que encadena, y defendería al pensar con-
tra lo que ya fue pensado. Pero no soy el campeón ni del pensar
ni de un pensamiento, porque mi punto de partida soy Yo, que
no soy un pensamiento ni tampoco me confundo con el acto de
pensar. Contra Mí, el innombrable, se estrella el reino de los
pensamientos, del pensar y del espíritu.
La crítica es la lucha del poseído contra la posesión como
tal, contra toda posesión: nace de la conciencia de que por todas
partes reina la posesión, o como la llama el crítico, la actitud
religiosa o teológica. Él sabe que no sólo para con Dios uno se
conduce religiosamente y obra como creyente; sabe que se pue-
de ser igualmente creyente y religioso frente a otras ideas, tales
como Derecho, Estado, Ley, etc.; o de otro modo, reconoce que
la posesión está por todas partes y reviste todas las formas. Él
recurre al pensar contra los pensamientos; pero yo digo que sólo
el no pensar me salva de los pensamientos. No es el pensar el
que puede librarme de la posesión, sino mi ausencia de pensa-
miento, o Yo, el impensable e inaprehensible.
Un encogimiento de hombros me presta los mismos servicios
que la más laboriosa meditación; estirar mis miembros disipa
la angustia de los pensamientos; un salto, un brinco derriba los
Alpes del mundo religioso que pesa sobre mi pecho; un hurra
de alegría echa por tierra fardos bajo los que uno se encorvaba
desde hacía años. Pero el significado formidable de un grito de
alegría sin pensamiento no podría ser comprendido durante la
larga noche del pensar y de la creencia.
“¡Qué torpeza y qué frivolidad querer resolver los más difíciles
problemas y los más vastos deberes simplemente esquivándolos!”
¿Pero tienes deberes, si tú no te los impones? En tanto
que tú te los impones, no puedes soltarlos, y yo no niego que
pienses y que, pensando, crees millares de pensamientos. Pero
tú, que te has impuesto esos deberes, ¿no puedes derribarlos
nunca? ¿Debes quedar sujeto a ellos y deben convertirse en
deberes absolutos?

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