PLUTARCO

OBRAS MORALES Y DE COSTUMBRES
(M O R A L IA )
I
SOBRELA EL SE JOVEN DEBE EDUCACIÓN ESCUCHAR DE UN DE L O S H I ] O S - C Ó M O LA POESÍA - SOBRE DISTINGUIR LA VIRTUD DE B E CÓMO A UN

ESCUCHAR - C Ó M O PROGRESOS DE ABUNDANCIA EN DE

ADULADOR PROPIOS SACAR

AMIGO - CÓMO

PERCIBIR LOS -C Ó M O

PROVECHO

LOS E NE MI GO S - SOBRE L A AMIGÓS

INTRODUCCIONES, TRADUCCIONES Y NOTAS POR C O N C E P C IÓ N M O R ALES O T A L Y JOSÉ G A R C ÍA LÓPEZ

&
E DITO RIAL GREDOS

BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 78

A sesor p a ra 3a sección griega: C a r lo s G a r c ía G u a l .

Según las norm as de la B. C. G., las traducciones de este volum en han sido revisadas p o r R o sa M .» A g u il a r .

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E D IT O R IA L G R E D O S , S . A. Sánchez Pacheco, 81, M a d rid . E spañ a, 1985.

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C ó m o deb e el jo v e n escu ch a r la p oesía , S o b r e c ó m o se debe escucha r, C óm o d is tin g u ir a u n a d u la d o r de u n a m ig o ) y
C o n c e pc ió n M orales O t a l (C ó m o p e r c ib ir lo s p r o p io s p ro g re s o s

en la v irtu d , C ó m o sa ca r p r o v e c h o d e tos en em ig os, S o b r e la a b un d a ncia de a m ig o s ).

Depósito Legal: M. 43741-1984.

IS B N 84-249-0973-9.
Im preso en España. Printed in Spain.

Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, M adrid , 1985.— 5797

IN TRODU CCIÓN

I.

Plutarco. Rasgos form ación 1

generales

sobre

su

vida y su

La personalidad de Plutarco de Queronea emerge, co­ mo pocas de la Antigüedad, con gran claridad y fuerza, de sus obras; sobre todo de sus Obras morales, de las que se ha dicho que más que una serie de obras, como pueden serlo sus Vidas paralelas, son su propia vida. Desde un prim er momento se nos presenta el gran polí­ grafo griego como escritor de una vasta cultura y tran­ sido, hasta los últimos rincones de su alma, por una preocupación m oralizante ante los diversos aspectos de la vida que son objeto de su reflexión y estudio. Viviendo en una época oscura de Grecia, en la que esta provincia del gran Im perio romano disfruta de una relativa paz y prosperidad, desarrolla su actividad lite­ raria a caballo entre los siglos i y n d. C., honrándose con la amistad, seguramente, del em perador Trajano del que incluso, se cree, recibió un cargo consular. Nació alrededor del año 46 en la pequeña ciudad de Quero­ nea, en Beocia, de una fam ilia de cierta tradición y no­ bleza. Al comenzar su adolescencia, fue enviado como
1 Estos apuntes son sólo una breve noticia introductoria a los tra­ tados aquí traducidos. La Introducción general a la vida y obra de Plutarco apareció en el vol. I de las Vidas Paralelas.

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otros jóvenes de su tiempo, a Atenas, universidad del mundo antiguo, sobre todo para los estudios de filoso­ fía. A llí asiste, en la Academia, a las clases de Amonio, un peripatético de ascendencia egipcia, varias veces men­ cionado en sus obras, de cuya mano se adentra en los conocimientos de la matemática, la religión, la retórica y, naturalmente, de toda la filosofía platónica, así como del pensamiento de la escuela peripatética, de Epicuro y de la Estoa, con la que, en más de una ocasión, enta­ blará Plutarco fuertes polémipas en algunas de las obras que se nos han conservado. Autor de poca originalidad, nos dejará reflejadas en su extensa obra las enseñanzas recibidas de su maestro y am igo Amonio y posiblemen­ te de otros maestros de la Academia ateniense. Su muer­ te acontece poco después del ario 120 de nuestra Era.

II.

Plutarco. Sobre la educación y la amistad

Los siete tratados de Plutarco que se incluyen en es­ te volumen forman un compendio bastante completo del pensamiento plutarqueo en torno a dos aspectos muy relevantes en su vida: la educación y la amistad. Son, además, los prim eros que aparecen en la edición de H. Stephanus de las Obras morales (1.572), orden que ha sido el tradicionalmente aceptado y que siguen los edi­ tores de la Teubner, cuyo texto griego hemos elegido para realizar la presente traducción. También sigue siendo costumbre entre los estudio­ sos la referencia a las Obras morales bajo los epígrafes de la traducción latina, y es por ello por lo que vamos a ofrecer también nosotros los títulos latinos de los sie­ te tratados, dando a continuación nuestra traducción al castellano. Esos títulos son los siguientes: De liberis educandis, Quomodo adolescens poetas audire debeat, De recta ratione audiendi, Q uom odo adulator ab am ico in-

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ternoscatur, Quom odo quis suos in virtute sentiat pro fectus, De capienda ex inim icis utilitate y De am icorum multitudine, títulos que, a partir del original griego, no­ sotros traducimos así al castellano: Sobre la educación de los hijos, Cómo debe el joven escuchar la poesía, So­ bre cóm o se debe escuchar, Cóm o distinguir a un adula­ dor de un amigo, Cóm o p e rcib ir los propios progresos en la virtud, Cóm o sacar provecho de los enemigos y Sobre la abundancia de amigos. Por la razón más arriba apuntada y en relación con este mismo aspecto, cuando nos tengamos que referir a títulos de los tratados de las Obras morales no inclui­ dos en este volumen, lo haremos por su nombre en latín. Para todos estos tratados eligió Plutarco la form a literaria de la diatriba, empleada en la Antigüedad es­ pecialmente por la filosofía estoico-cínica. SchmidStáhlin (cf. B ibliografía) resume, creemos que acertada­ mente, esta estructura literaria diciendo que se carac­ teriza por su viveza, sus cuadros plásticos, la abundan­ cia de comparaciones, de citas de poetas, máximas, anéc­ dotas, chistes, antítesis y frases paralácticas, sin poner demasiada atención en la form a de la frase. En cuanto género se remonta su creación a la im provisación oral, con la que los «p redicad ores» cínicos se dirigían a la multitud en las plazas y calles públicas. Como creador de la diatriba se nombra a Bión de Borístenes, varias veces citado por Plutarco en estos tratados. Entre los escritores de la Antigüedad que emplearon esta form a para exponer su pensamiento, además de Plutarco, se puede destacar a Filón, Dión Crisóstomo, Epicteto y Luciano.

III.

Su actividad educadora

Con un gran acervo cultural enraizado en la más pu­ ra helenidad vuelve, tras fin alizar sus estudios en Ate-

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ñas, a Queronea, en donde permanecerá la m ayor parte de su vida, a pesar de sus numerosos viajes a otras par­ tes de Grecia, Asia, Á frica y, sobre todo, a Roma. A to­ dos estos lugares le llevan m otivos políticos y, princi­ palmente, actividades culturales (sobre todo, en form a de conferencias). Entretanto, va form ando en su peque­ ña ciudad natal un círculo de personas interesadas por la form ación del hombre, al que, desde un principio, se unen miembros de su familia, com o su abuelo y sus hermanos, sus propios hijos y los de sus fam iliares y amigos y, en no menor medida, personas de más edad, atraídas por unas enseñanzas que convertían las reu­ niones de Plutarco en una nueva Academia, digna sucesora de su homónima ateniense. Como anécdota, siem­ pre resaltada y que señala la estrecha relación con la escuela platónica, diremos que en Queronea eran festi­ vos los días en que nacieron Sócrates y Platón. Su gran vocación pedagógica y su inclinación a las relaciones amistosas encuentran un ámbito para reali­ zarse en este círculo. Plutarco, que también en sus es­ critos se nos muestra como un buen padre y como un amante esposo, fue, sobre todo, un maestro y un amigo de sus discípulos y condiscípulos. Para unos y otros, griegos y romanos, escribió y dedicó la m ayor parte de sus obras. Precisamente en los siete tratados que reco­ ge este volumen se nos revela el escritor de Queronea en estos dos aspectos que ya antes resaltábamos como los más destacados de su larga vida: la educación y la amistad. Precisamente es gracias a sus obras, muchas de ellas, sin duda alguna, escritas con fines esotéricos y discuti­ das y comentadas en su propia escuela, por lo que po­ demos asegurar que en ésta se enseñaban y trataban en prim er lugar los problemas de la filosofía. Entre és­ tos, los relacionados con la ética ocupaban un puesto muy destacado y de prim er orden; Plutarco fue ante to­

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do un m oralizador. Cuestiones en torno a la física, ma­ temática, geometría, música, astronomía, poesía y los temas de las escuelas filosóficas, como las de Epicuro y la Estoa, concurrentes con la Academia, complemen­ tarían, junto a los problemas religiosos, las enseñanzas básicas impartidas por la nueva Academia de Queronea. Todo ello enmarcado en un único fin: la búsqueda cons­ tante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), me­ diante la lucha y control de las pasiones (páthé). Siguiendo la tradición platónica y de la Academia ateniense, los estudios de retórica ocuparían un lugar muy secundario en el cuadro general de este círculo de form ación principalmente filosófica.

IV.

Plutarco, teórico de la educación

Su actividad educativa le sirvió a Plutarco para tra­ zar unas líneas, quizá un tanto utópicas, como él mismo reconoce, sobre la educación, uno de los aspectos más importantes en la vida del hombre. La tradición griega en torno a la paideía, a la form a­ ción integral del hombre, es un hecho que, en diversos estudios y épocas, ha sido recogida sin interrupción por los distintos escritores y pensadores griegos, y en esta corriente pedagógica, que alcanza su culminación en las doctrinas de Platón, se inserta Plutarco. N o obstante, será necesario destacar ya desde ahora, y para m ejor comprender el pensamiento de nuestro autor, que, co­ mo en los campos político, social y religioso, también en el pedagógico deberemos tener en cuenta esa línea divisoria, un tanto insegura, pero al mismo tiempo real, que nos obliga a hablar de un mundo helénico, antes de Alejandro, y uno helenístico, tras las grandes con­ quistas y expansión de la cultura y la lengua griega por obra del gran macedonio.

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Todos los esfuerzos de la paideía griega estaban con­ centrados en la form ación del hom bre con el fin de que su comportamiento como ciudadano fuera el más pro­ vechoso para la polis, para el Estado, desde su puesto como simple m iem bro de esa comunidad y hasta en los lugares más destacados dentro de la jerarquía política, social y religiosa. Con la crisis de la polis como eje central de la vida del hombre griego, esta visión form ativa del hombre iba necesariamente a sufrir un cambio sustancial, que se enmarca dentro de la gran convulsión transform adora que se apodera de Grecia en esta época. El ciudadano no va a ser tenido en cuenta ni tampoco será consultado a la hora de tomar las decisiones de gobierno, en sus diversos aspectos; por tanto, la form ación del ciudada­ no, al ser amputada considerablemente su participación en la vida comunitaria, va a tom ar nuevos derroteros en los círculos generalmente particulares en los que se im ­ parte. Es lo que podríamos llamar una interiorización de la paideía; el hombre perseguirá más que nunca aquella máxima tan antigua y socrática del «Conócete a ti mis­ m o», obligado por el feroz individualismo y el aislamien­ to a que le han llevado los poderes públicos. En este ambiente, que perdura prácticam ente a través del Im ­ perio romano hasta el final de la Antigüedad, debemos situar las doctrinas pedagógicas y morales de Plutarco. Para el hombre helenístico, griego y romano, habi­ tante solitario de un mundo de fronteras demasiado ex­ tensas e inseguras y sometido a cambios constantes, es­ cribe nuestro autor su obra, con la ilusión, sin duda, de que le sirva de guía en los aspectos principales de su vida. Pues, si tanto las Vidas Paralelas como las Obras Morales tienen, en general, un fin eminentemente moralizador, también es verdad que en ellas se encierra todo un cúmulo de saberes y reflexiones que abarcan los te­ mas más variados de la im portante cultura griega.

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Mas, ciñéndonos al aspecto puramente educativo, Plu­ tarco extiende su mano y su ayuda al hombre desde el mismo momento de su nacimiento, e incluso antes del mismo, para no abandonarlo en el transcurso de su vi­ da. De los cinco tratados plutarqueos, que K. Ziegler clasifica bajo el epígrafe de «p edagógicos», tres están incluidos en este volumen y nos servirán como base pa­ ra esbozar un breve panorama sobre la educación en Plutarco; los otros dos son De nobilitate y De música. Del prim ero (De nobilitate) no diremos nada, por no ha­ bernos llegado, sin duda alguna, el original griego, y sí, posiblemente, el tratado de un humanista italiano del siglo xv.i, m al conocedor del griego y que, sobre la noticia de Estobeo de una obra sobre el mismo tema de Plutarco, escribió este libro. Haremos, en cambio, alguna breve alusión al De música, a pesar de estar con­ siderado como espurio dentro de la obra plutarquea, por ser un compendio de las doctrinas sobre el valor ético-pedagógico de la música en el siglo v a. C. y que la Academia platónica recogió en su enseñanza. Otra cosa muy distinta es que podamos decir que Plutarco, a quien se le atribuye este tratado, creyera todavía útiles para su época la doctrina musical de su gran maestro. El tiem po no ha pasado en vano, y en esta disciplina tie­ nen, más que en ninguna otra, su aplicación las consi­ deraciones de los cambios ocurridos en la sociedad grie­ ga en el helenismo, de los que hablábamos al principio de este apartado. Prácticam ente son nulas, en los otros tratados, las alusiones a la música, propiamente dicha, frente a las frecuentes alusiones a otro arte, la pintura, de nula tradición en la paideía griega. Frente a esto, ningún estudioso duda de la autentici­ dad de Cóm o debe el joven escuchar la poesía y Cómo se debe escuchar. En torno al Sobre la educación de los hijos, a pesar de la polém ica surgida sobre la autoría de Plutarco, a la que nos referirem os más adelante en

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la introducción al mismo, todo el mundo está de acuer­ do en señalar que en él están esbozadas, en síntesis, las líneas generales sobre la educación atribuidas a nues­ tro autor y con el pensamiento plutarqueo expuesto en el resto de las obras. Así, de este opúsculo dice, por ejemplo, J. J. Hartman, en De Plutarcho scriptore et philosopho, Leiden, 1916, pág. 16: «Unus hic libellus minus sexaginta paginarum totum nobis Plutarchum ponit an­ te oculos». La e d u c a c i ó n e n s u s o b r a s . — En Plutarco la form a­ ción del hombre comienza, como hemos dicho más arri­ ba, incluso antes de su nacimiento. El origen de los pa­ dres, sobre todo el paterno, ha de ser tenido en cuenta en prim er lugar, pues puede in flu ir en el carácter y en la vida del niño, que, en un m om ento dado de su vida, podría avergonzarse de sus mayores. A este aspecto que podríam os denominar biológico y natural de la educa­ ción, se añaden la razón y la costumbre, que se entien­ den como la instrucción y el ejercicio, en cuanto partes importantes en la adquisición de la virtud. De una natu­ raleza mediana, se nos dice, podrá sacarse provecho m e­ diante una adecuada instrucción y un ejercicio tenaz; por el contrario, la falta de estas dos condiciones harán estéril, incluso, a una naturaleza ya excelente de naci­ miento. Desde estos presupuestos. Plutarco se detiene toda­ vía en los prim eros años de la vida del niño para decir­ nos que, tras el nacimiento, es conveniente que la ma­ dre alimente ella misma a su hijo, pues esto reforzará los lazos de unión entre ambos, que faltarán en el caso de que los niños fueran criados por una nodriza a suel­ do. En el caso de que ello no fuera posible, se deberá procurar que la nodriza sea griega y que las enseñanzas que el niño reciba a su lado sean las adecuadas. Platón, con sus consejos, es aquí el m odelo a seguir para que

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los niños no escuchen de labios de sus nodrizas leyen­ das y mitos elegidos al azar, que pudieran deformar, en sus comienzos, sus pensamientos en torno a dos as­ pectos tan importantes como son la religión y la propia historia del pueblo griego. Cuando el niño llegue a la edad de ser confiado a un pedagogo, los padres deberán poner sumo cuidado en la elección de esta persona a la que van a entregar a su hijo en una fase crucial de su formación. No debe­ rán, por ello, escatimar los medios económicos y procu­ rarán que sean personas irreprochables en su vida y de gran experiencia. Los fallos y descuidos en este as­ pecto suelen producir resultados de los que los padres siempre se arrepentirán. Un joven libertino que se pier­ de en el juego y en los placeres, es, generalmente, el resultado de la mala elección de un pedagogo. En esta etapa de su vida, aunque Plutarco no nos lo diga explí­ citamente, el niño sería iniciado en los rudimentos de la escritura y la lectura, iniciando un prim er acerca­ m iento al acervo poético-cultural griego, de forma prin­ cipalmente memorística. Sabemos por toda la tradición antigua que éstos eran los prim eros pasos de la educa­ ción del niño griego. Pero nuestro autor nos da, además, normas de con­ ducta aplicables, tanto a los padres como a los maes­ tros, en relación con los castigos a aplicar al niño en esta etapa de su formación. Los castigos físicos nunca deben ser usados, y las alabanzas por el trabajo bien realizado deberán ir convenientemente mezcladas con los reproches por las faltas cometidas. La educación, esa posesión inm ortal y divina, que nunca puede ser des­ truida, debe mantenerse siempre, como los buenos dis­ cursos, en un justo medio, para que con ella se formen en los niños caracteres esforzados y. honestos, no osa­ dos ni cobardes.

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La mentira, las palabras obscenas, la cólera y, en general, las pasiones deberán saberlas dominar los ni­ ños, que se ejercitarán también en esta virtud en su ado­ lescencia. Por fin, el dominio de la lengua, el saber guar­ dar silencio, se enseñará, igualmente, desde los prim e­ ros años, pues un silencio oportuno puede ser más va­ lioso que el m ejor y más artístico discurso. En general, la moderación siem pre será puesta por Plutarco como fin prim ordial de toda reflexión educativa. La gimnasia, como lo venía siendo en toda la paideía tradicional griega, es también destacada por su im por­ tante papel en la educación, siempre, claro está, que no se lleve a cabo con excesos. Es recomendable por ese equilibrio buscado por el griego entre el cuerpo y el alma, que su admirado m aestro Platón se encargó de form ular y postular como básico en la vida del hombre. A la edad correspondiente, los jóvenes se ejercitarán con el arco, la jabalina y con la caza, consiguiendo así una adecuada preparación para su posterior servicio en las guerras en defensa del Estado. Tanto en la gimnasia como en cualquier otra activi­ dad cultural, el trabajo debe ir combinado con el des­ canso, para que aquél sea verdaderam ente provechoso. De todo esto, el padre no hará delegación en otra perso­ na, sino que él mismo se preocupará porque sea así, vigilará las clases que recibe su hijo y se interesará por el cumplimiento y trabajo del pedagogo, sin pensar que en esta labor pueda ser sustituido por nadie. En líneas generales, éstas serían las directrices fo r­ muladas por Plutarco para una prim era etapa de la fo r­ mación del hombre. En ella ya destaca su interés, pre­ sente en toda su obra, por la m oderación en todos los aspectos de la vida. Tam bién se pone de relieve en el tratado Sobre la educación de los hijos, del que están tomados los anteriores preceptos educativos, esa faceta en la vida de Plutarco a la que ya antes hemos aludido,

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a saber: su preocupación por las buenas relaciones en­ tre los distintos miem bros de la familia. Plutarco, se nos dice, fue un padre cariñoso y un amante esposo, y esta form a de ser había de aparecer necesariamente de alguna form a en su obra, y creemos que es así. El fue para sus discípulos, más que un maestro, un padre y un buen amigo. Pero Plutarco, como es natural, no abandona al hom­ bre en esta prim era etapa de su vida, sino que continúa acompañándolo en su form ación también, una vez que ya ha vestido la toga virilis o, lo que es lo mismo, cuan­ do ha alcanzado una m ayoría de edad. En ésta, el siste­ ma educativo ha de variar, si se quieren form ar jóvenes amantes del trabajo y capaces de reprim ir las pasiones, que a esa edad los invaden y acosan. Ahora se ha de tener más cuidado con ellos y apartarlos de las malas compañías de hombres perversos, mostrándoles ejem ­ plos de hombres que cayeron en desgracia, por no ha­ ber sabido' evitar esas compañías y las de los adulado­ res, esos hipócritas de la amistad. La escuela de Plutarco acogía a los jóvenes una vez que habían llegado a esa m ayoría de edad. A este centro y a otros extendidos por toda la geografía del Imperio, solían acudir los jóvenes de fam ilias acomodadas para com pletar su educación. Entre tales centros parece que el de Queronea gozaba de un reconocido prestigio en la Antigüedad. Plutarco nos dice que la base de la instrucción del joven en esta época está en las llamadas artes liberales, pero que, sin lugar a dudas, deberá ser la enseñanza de la filosofía la que m ayor esfuerzo y atención m erez­ ca por parte de maestro y discípulos. La filosofía es la que enseña al joven todo lo bueno para su com portam iento en la vida, el ser cariñoso con los hijos y con la mujer, el querer a los amigos, el res­ petar a los ancianos, las leyes y las normas religiosas, etcétera.

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Mas, como el estudio de la filosofía puede resultar demasiado árido a los principiantes, este obstáculo se podrá salvar mediante una lectura adecuada de los poe­ tas, que se convierten así para Plutarco en el principal contenido de una propedéutica al estudio de la filoso­ fía. Platón concentraba todas las posibilidades morales de la poesía en la educación; Aristóteles creía que la poesía tenía un valor principalm ente estético, aunque no desechaba de ella el valor m oral; en cambio, Plutar­ co sólo busca en la poesía la m oral que pueda esconder­ se en ella, aun cuando el poeta no haya tenido una in­ tención moralizante. Ésta es la p^íftjlra que adopta en su tratado Cómo debe el joven escuchar la poesía. N o es éste un tratado de crítica literaria, pues en ningún momento fue tal la intención de Plutarco al escribirlo. Su acercamiento a la poesía es únicamente desde el punto de vista m oral. En el terreno de la crítica literaria, por lo demás, los estudiosos le conceden a Plutarco una importancia mínima en relación con su contribución en este campo; otra cosa es que se puedan sacar conclusiones de la lec­ tura de sus tratados en torno a obras y autores de la literatura griega que, por cierto, conocía muy bien. Tam­ bién había leído, como lo demuestra su vasta erudición, un número mayor de obras que las conservadas hoy por nosotros. De todas formas sabemos que la poesía, y no sólo la llamada didáctica, desde los tiem pos más antiguos fue la base reconocida de la educación griega, y en este aspecto Plutarco recoge este valor, aunque sin quedar­ se anclado en él; su m eta no terminará ahí, sino en la comprensión de los problemas filosófico-m orales, que son para él la consumación de todos los estudios de li­ teratura, de historia, matemática, astronomía, música, geografía, medicina, etc. Por eso, en su acercamiento a la poesía abandona toda consideración estética de la

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misma, en una época, por lo demás, en la que ya había muerto el poder creativo griego de la belleza y donde tampoco existía impulso alguno para su estudio estético. Platón le sirve también aquí de guía en este deambu­ lar por el mundo de la poesía; sobre todo, cuando aquél excluye los mitos inmorales de su ciudad ideal. Sin em­ bargo, Plutarco no irá tan lejos como para excluir la poesía de su sistema educativo. En la poesía hay moral, si se lee o escucha con cuidado, y Plutarco la considera una parte importante de su m étodo de enseñanza, pues en el fondo toda ella es didáctica. Debido a que los jóvenes pueden sentirse atraídos por la poesía en detrim ento de la filosofía, es necesario enseñarles el recto uso de aquélla. Desde un principio se les ha de decir a los jóvenes que «los poetas mienten m ucho», un dicho tradicional, del que Plutarco arranca para desarrollar todas sus prevenciones en torno a una lectura o audición indiscriminada de la poesía. A par­ tir de aquí y en un verdadero alarde de erudición litera­ ria, pero sobre todo poética, Plutarco se vale de su co­ nocimiento de la rica tradición griega para levantar to­ do un edificio en torno a las virtudes o vicios que el joven deberá aceptar o condenar, siempre que los di­ chos de los poetas, en últim o término, se vean avalados por parecidas afirm aciones y máximas en los filósofos. Homero, Eurípides, Sófocles, Esquilo, Menandro, Hesíodo y Píndaro serán los poetas que, por este orden, servi­ rán para poner de m anifiesto con sus obras tal o cual virtud a im itar o tal o cual vicio, que habrá de ser rechazado. Sobre el lugar de p rivilegio de Homero, citado de una u otra form a, veinticinco veces, se debe recordar su lugar preeminente en la paideía tradicional griega y que de él Platón, aun rechazándolo como ins­ tructor moral, dice que «es el más sabio de nuestros poetas» y «e l capitán y maestro de la bella compañía trágica» (Rep. 776 e y 595 c). Arquíloco, Baquílides, T i­

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moteo, Teognis, Filemón, Alexis, Simónides, Esopo y Tespis, serán los otros poetas que apoyarán, igualmente, la tarea del maestro de Queronea. Es de destacar la ausencia de oradores, que sí fueron empleados, en cam­ bio, en el tratado Sobre la educación de los hijos, y de Aristófanes, igualmente citado allí. Las citas de los filó ­ sofos pertenecen prácticamente a todas las principales escuelas filosóficas desde los presocráticos a los estoi­ cos, pasando por la Academia y Platón, Aristóteles y el Perípato y los Cínicos. En este tratado tendremos resum ido el m étodo pro­ puesto en la escuela de Plutarco para un acercamiento a la poesía. Norm alm ente corría a cargo de un grammatikós o philólogos, cuyo objetivo era el estudio profundo de los poetas clásicos. La explicación de los autores se hacía en cuatro tiempos: la crítica o corrección del tex­ to, la lectura, generalmente en voz alta, la explicación y el ju icio en torno a lo que se acababa de escuchar. A todos estos ejercicios intentaba Plutarco buscarles siempre una utilidad moral. Ésta era, por lo demás, la finalidad con la que el gram ático helenístico se acerca­ ba, en esta época, a la poesía tradicional, en donde se buscaba, sobre todo, ejem plos heroicos de perfección humana. Los estoicos, en cuyas manos H om ero se con­ virtió en el «m ás sabio de los poetas», desempeñaron en esto un papel preponderante. De todas formas, para term inar este punto, pensemos con M arrou (cf. B iblio­ grafía) que, para cualquier griego, «e l conocim iento de los poetas constituía uno de los atributos principales del hombre culto, uno de los supremos valores de la cultura», pero si esto estuvo lleno de contenido durante un largo período de la Helenidad, «es menester com ­ probar que a medida que pasan los siglos, las razones que aconsejaban el estudio de los poetas se van esfu­ mando poco a poco en la conciencia griega, de suerte que ello se convierte en tema de ejercitación, desde Plu­

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tarco hasta San Basilio... Así el objetivo de los clásicos llega a ser un objetivo en sí mismo, sin que ahora se sepa muy bien por qué interesa tanto conocerlos». Piénsese que no en balde la sociedad en la que esa poesía había surgido ha sufrido profundos cambios, co­ mo ya hemos resaltado anteriormente. Plutarco se ha de encuadrar necesariamente en estas nuevas coorde­ nadas, que son distintas a las de los filósofos y educa­ dores de la época clásica; no obstante, adm irador del pasado, seguidor de Platón y ecléctico ante los valores que la cultura griega le ofrece, quiere demostrar que es ése un tesoro que conserva aún plena vigencia, siem­ pre que sepamos em plearlo. N o obstante, ahora lo em­ pleará, no para form ar ciudadanos, sino para form ar hombres de buenas costumbres, respetuosos con sus se­ mejantes, con la religión y con las leyes en general. Es­ tas consideraciones en torno a la posición de la poesía en la paideía tradicional griega y en la época de Plutar­ co pueden explicar el uso que de la misma hace nuestro autor en Cóm o debe el joven escuchar la poesía. Desde un prim er momento el joven debe saber que así como no son las formas, sino el contenido lo que conviene examinar y dar importancia en los poemas, del mismo m odo en la vida del hom bre tiene m ayor im por­ tancia la virtud o vicio interiores que las excelencias o defectos del cuerpo, en muchas ocasiones producto de un desatino contra el que el hombre nada puede hacer. La religión clásica ha perdido toda su vigencia en esta época, pero Plutarco, también en esto, se siente res­ petuoso con el pasado, al que generalmente se abstiene de criticar; por ello, le preocupa la visión que de los dioses tradicionales puedan sacar los jóvenes en una lec­ tura o audición al azar de la poesía antigua. Hay que explicarles los pasajes en que esta imagen poco adecua­ da de la divinidad aparece, comparándolos con otros

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opuestos de los mismos autores o, en su defecto, de otros poetas. De este modo la interpretación alegórica de los m itos de Hom ero, a la que fue tan aficionada la Anti­ güedad, no le es necesaria a Plutarco, pues piensa que el mismo Homero, si se estudia bien, enseña lo que quie­ re decir con sus mitos. Los sentimientos y pasiones violentas de los héroes pueden ser explicados por la em oción del momento y, por ello, no se los debe tener en cuenta, ya que el m is­ m o poeta critica la conducta de sus personajes y nos muestra el castigo que han m erecido; la m oraleja surge sin dificultad de los numerosos ejemplos con los que Plutarco corrobora su explicación. Eurípides, por ejem­ plo, a los que le criticaban a su personaje Ixión por im­ pío y desalmado les dijo: «S in embargo, no lo saqué de la escena antes de ser clavado en la rueda». Plutarco resume así este punto: «P o r tanto, la descripción e im i­ tación de las acciones malas, si representan, además, la vergüenza y daño que resultan para los que las reali­ zan, son útiles y no dañan al que escucha». La intemperancia es criticada con el ejem plo de Pa­ rís, que abandona el campo de batalla y busca el placer junto a Helena, mientras sus compañeros mueren com­ batiendo ante los aqueos; el freno a las pasiones, al amor, a la ira es alabado en los personajes bien conocidos de Agesilao, Ciro y Odiseo; contra la mentira, la soberbia y la injusticia pone varios ejem plos de litada y Odisea entre los que destacan los de Antíloco y Glauco. Si el joven observa bien los distintos comportamientos de los personajes de la Ilíada, tales com o Aquiles, Agamenón, Fénice, Tersites y Esténelo, se dará cuenta de que la m oderación y la modestia son rasgos de cultura y que la soberbia y la jactancia son malas. Belerofonte ante Antea y la misma Clitemestra son puestos com o ejem ­ plo de caracteres moderados en otro momento.

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Los dioses, en el caso concreto de Palas Atenea, se alegran con la prudencia y honestidad de los héroes; el valor ante la m uerte y el tem or a la vergüenza y a la crítica son recogidos con ejem plos de los cantos X I y X V I de la Ilíada. Lo que al hom bre le sobreviene de parte del destino no es vergonzoso ni, por ello, debe sen­ tirse humillado. Así, los poetas en las presentaciones y saludos nunca llaman a los hombres «b ellos», «ric o s » o «fu ertes», sino que usan eufemismos como éstos: «Laertíada del linaje de Zeus, Odiseo, fecundo en recur­ sos», y cuando los nobles se insultan unos a otros no se refieren a las cualidades del cuerpo, sino que se re­ prochan los vicios, con frases como: «Ayante, excelente en la injuria, necio», a lo que se debe añadir que expre­ siones en las que se habla de la riqueza de un persona­ je, y se dice que es el m ejor el que posee en mayor abun­ dancia, son más bien un reproche y un insulto que una alabanza, como ejem plifica con pasajes que tienen co­ mo protagonistas a Paris y a Héctor. La música mala y las canciones groseras engendran vidas y costumbres licenciosas. En el tratado De músi­ ca, atribuido a Plutarco, expone éste las ideas sobre la música, aceptándolas en líneas generales. Más que otras artes influye ésta sobre el alma, de ahí que los griegos pusieran tanto cuidado en el uso correcto de la misma. Si uno es educado bien musicalmente, podría aceptar lo bueno y despreciar lo malo, y no sólo en la música, sino en las demás cosas, beneficiándose en esto no sólo él mismo, sino todo el Estado. En resumen, todo lo que dice Platón en su República sobre la música se vuelve a repetir en este tratado; no obstante, también aquí se perciben los siglos transcurridos y vemos que Plutarco no parece recoger la im portancia social y política que una importante tradición griega otorgaba a la música, que en sus manos no es sino un m edio más para llegar al conocimiento de sí mismo, pero no para acercar a

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los hombres entre sí o para solucionar determinados problemas políticos o económicos. Si volvem os por un momento la vista atrás y recapi­ tulamos lo que Plutarco ha escrito a su amigo Marco Sedacio, para que éste se lo entregue a su hijo Olean­ dro, nos daremos cuenta de que todo va encaminado a un soio y único fin, a que el joven conozca qué es la virtud (arett) y en dónde se encuentra, y cuáles son las pasiones (páthe) del alma, y cómo y por qué se de­ ben rechazar. Todo un capítulo de este tratado dedica Plutarco a ejem plificar en qué consiste el m étodo filológico por el que el joven, al conocer el significado correcto de cier­ tas palabras comunes y la acepción de ciertos términos, que los poetas emplean indistintamente, puede llegar al conocim iento de aquello que hay de bueno y acepta­ ble en los poetas. Pero, de todas formas, tras detenerse en la explicación de numerosos ejemplos, Plutarco ter­ mina diciendo que esta labor se la deja a ios gram áti­ cos, en una clara alusión a los estoicos, que se ocupa­ ron principalmente de estas cuestiones. Defiende con­ tra esta misma corriente filosófica que en el mundo exis­ ten mezclados el bien y el mal, de ahí que los encontre­ mos así en los poemas de Hom ero, que intentaron im i­ tar, como toda la poesía, la vida real. El hombre no es enteramente malo ni enteramente bueno, por eso encon­ tramos vicios y virtudes en los personajes de la poesía, en los que los poetas suelen m arcar claras diferencias si se les pone la debida atención. Se alaban la religiosidad, la moderación, la modes­ tia, la prudencia, la honestidad, la sinceridad, la belleza interior, y el valor, mientras que son criticadas y recha­ zadas la intemperancia, la soberbia, la mentira, la in­ justicia, la jactancia, la cobardía y la belleza externa y vana. Todo un compendio de virtudes y vicios que el

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joven debe tener presentes para imitarlas, en un caso, y rechazarlas, en otro. Si, además, termina Plutarco, vemos que todo lo an­ terior concuerda con las declaraciones de los filósofos, sabremos que nos encontramos en el camino adecuado y recto, para conseguir el fin propuesto con la lectura y audición correcta de los poetas, es decir, que sirvan al joven de propedéutica en su acercamiento a la filoso­ fía y para que, cuando escuche a un filósofo expresio­ nes como: «L a m uerte no es nada para nosotros», no se sienta confundido, al recordar lo que sobre esto mis­ mo decían los poetas. El tratado Sobre cóm o se debe escuchar hace hinca­ pié en algunos de los consejos y consideraciones que acabamos de examinar. Así, se recuerda al joven Nican­ dro, al que va dirigido el opúsculo, que es más prove­ choso oír que hablar, y que siem pre el silencio es el m ejor adorno al que puede aspirar un joven. La mode­ ración y el mantenimiento del justo m edio ante la ala­ banza o el reproche de un discurso que nos ha agrada­ do o, por el contrario, que rechazamos, es la m ejor pos­ tura que se puede adoptar. Además, se recomienda la humildad ante los reproches y censuras que se puedan oír en un discurso y no huir a escuchar otros discursos más amables de los que no se sacará provecho alguno para la propia formación. Debe saber el joven que la envidia, surgida de la m aledicencia y la mala voluntad, suele volverse contra el envidioso; se recomienda, asi­ mismo, el desarrollo del espíritu crítico, sin dejarse lle­ var de la form a externa del discurso, así com o el culti­ vo de la reflexión sobre los propios defectos y virtudes, que, de algún modo, hayan podido ser aludidas por el orador. Como en el tratado anterior, también aquí se recuer­ da que los principios son siem pre difíciles en todo y, principalmente, en los estudios de filosofía, por lo que

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el joven debe preguntar sin tem or sobre todas aquellas dudas que le vayan surgiendo, sin simular saber más de lo que sabe ni entender aquello que no entendió. Pero ya decíamos al principio de estas consideracio­ nes que para Plutarco la form ación del hombre sólo co­ nocía dos barreras: el nacim iento y la muerte, de ahí que su afán educativo lo extienda a una audiencia y a unos lectores que, con frecuencia, figuran en altos car­ gos de la administración pública y que, por su edad, han pasado ya los años en los que la paideía tradicional griega situaba incluso la enseñanza superior. Sus ami­ gos griegos y romanos, compañeros de estudios en Ate­ nas o hechos en sus numerosos viajes políticos y cultu­ rales, serán los receptores de sus consejos, siempre li­ gados a la moral, en Queronea o por m edio de una co­ rrespondencia que debemos suponer abundante por los claros indicios que dé ella poseemos. ' En el capítulo séptimo de Cóm o debe el joven escu­ char la poesía, ya veíamos cómo Plutarco polem izaba con los estoicos por su doctrina sobre, el bien y el mal absolutos. Pero es en su tratado Cóm o p e rcib ir los p ro­ pios progresos en la virtud, dedicado al cónsul romano Sosio Senecio, en donde desarrolla toda una polém ica contra los estoicos en este punto y en su creencia de que el hombre pasa del bien al mal sin escalones intermedios. Para nuestro examen en torno a la educación en Plu­ tarco, nos parece oportuno resaltar de este tratado los aspectos siguientes: 1. El hom bre no debe deprim irse y dejarse dominar por las dudas ante las dificultades que le puedan surgir al comienzo de una empresa. Ante los ataques y burlas de amigos y enemigos por las propias debilidades o por las comparaciones que puedan surgir con otros, uno se debe mantener firm e.

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La preocupación principal del hombre deben ser los aspectos éticos de la actividad humana. N o debe dejarse uno arrastrar por las ganancias mo­ mentáneas y superficiales, sino que debe buscarse lo verdadero y aquello que perdure en el tiempo. Tanto en las victorias como en las derrotas debe­ mos conservar la moderación, no dejándonos llevar nunca por la ira, sin tratar m al a los otros, si vence­ mos, ni disgustarnos, si por ellos somos vencidos, procurando que nuestra actividad sirva de enseñan­ za a los demás. La satisfacción interior es aquella en la que princi­ palmente debe ejercitarse el hombre, sin vanaglo­ riarse de sus propias acciones y sin necesitar del reconocimiento exterior. Debe buscarse la censura de sus propios defectos, sobre todo de los principales, ya que la actitud con­ traria hace que uno se sumerja cada vez más en el vicio. Y a que el dominio total de las pasiones es algo re­ servado a los dioses, el hom bre debe aspirar a in­ tentar, al menos, que éstas sean cada vez menores, para lo cual debe mantenerse una constante vigilan­ cia sobre las mismas, para ir venciéndolas con la razón. Debemos procurar huir de los celos y la envidia de los mejores, y sí procurar imitarles y sentir admira­ ción por ellos, conscientes de nuestra inferioridad; a éstos y a las personas buenas pertenecientes al pasado debemos tenerlos como ejem plo de nuestro comportamiento, lo que nos ayudará a superar los ataques a los que nos someten nuestras pasiones.

Por último, dice Plutarco, si se siguen estos conse­ jos, nuestro progreso en la virtud, y, por tanto, en el camino del bien, está garantizado, algo por lo que el hom-

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bre debe luchar durante toda su vida, pues detenerse en él no significa estancamiento, sino retroceso hacia el mal. La form ación del hombre, por ello, no es activi­ dad sólo del niño y del joven, sino que debe ser una ocupación constante del hom bre a lo largo de su existencia.

V.

Plutarco. Sobre la amistad

Sin lugar a dudas, junto a su constante preocupa­ ción por la form ación del hombre, destaca en Plutarco su decidida inclinación a cultivar la relación amistosa con otras personas, a las que lo unen principalm ente razones culturales y, en algunas ocasiones, motivos po­ líticos o religiosos. Además de su actividad al frente de. la «nueva Academ ia» de Queronea, Plutarco ocupó, en su ciudad, altos cargos políticos que le obligaron a rea­ lizar viajes frecuentes al extranjero, sobre todo a Ro­ ma; estuvo al frente de diversos cargos religiosos, aun­ que no haga mención de ellos en sus obras, en Quero­ nea, pero, sobre todo, llegó a los altos puestos de la dignidad sacerdotal en Delfos. Estas actividades públi­ cas le obligaron, sin duda, a relacionarse con gran nú­ m ero de personas de las clases más elevadas, a las que se deben añadir algunos de sus condiscípulos en la Aca­ demia ateniense, con quienes mantuvo posteriorm ente un contacto personal o epistolar. A algunos de estos ami­ gos ya hemos visto cómo, en parte, les dedica varios de los tratados, como es el caso de los romanos Sosio Senecio, M arco Sedacio y Cornelio Pulcher, y el joven griego Nicandro, por citar sólo aquellos a los que van .dirigidos los tratados objeto principal de nuestro estudio. Plutarco cultivó un am plio círculo de amistades en el que, por su naturaleza principalm ente cultural, pre­ dominaban los hombres, pero al que se unió de vez en

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cuando alguna mujer, ya que al menos de dos de estas cultas damas conocemos los nombres: la sacerdotisa de Delfos, Clea, y la viuda Ismenodora, de Tespias, a quie­ nes quizá deberíamos añadir la propia esposa de Plu­ tarco, Timóxena, asidua asistente, como otros fam ilia­ res, a las discusiones filosóficas, dirigidas por su marido. Todas estas personas, más de cien nombres conoce­ mos por sus escritos, mantuvieron con Plutarco una re­ lación de amistad que, en muchas ocasiones, va íntima­ mente ligada a su papel de m aestro y también al de hi­ jo, esposo, hermano y padre, además de a sus cargos en la administración civil y religiosa, como hemos di­ cho más arriba. Además, todas ellas, como era de espe­ rar, pertenecen a una clase culta y, prácticamente, a todas las profesiones liberales más prestigiadas en la Antigüedad. Sus amigos son filósofos (platónicos, pita­ góricos, peripatéticos, estoicos, cínicos, epicúreos), sa­ cerdotes, músicos, médicos, gramáticos, rétores o sofis­ tas, poetas y políticos; entre estos últimos destaca, sin duda alguna, el Em perador Trajano y el cónsul Sosio Senecio, así como el príncipe sirio Filópapo.
E l a m i g o y l a a m i s t a d e n s u s o b r a s . — Bajo la influen­ cia, sin duda, de este ambiente rico en relaciones de amistad, y desde una variada y abundante experiencia, Plutarco con sus tratados puede considerarse uno más de los teorizantes griegos sobre la amistad (philía). Ésta era ya un tópico en la m oral griega, que, como la amicitia de los latinos, no implicaba necesariamente el senti­ miento de afecto, y sí el de relación de deberes y espe­ ranzas. Los textos clásicos sobre la amistad eran el Lisis de Platón y las Éticas de Aristóteles, autor éste que creó y sistematizó la term inología de posteriores discu­ siones en torno a este tema. N i el llamado «C atálogo de Lam prías» ni el resto de la transmisión plutarquea nos hablan de ningún trata­

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do de Plutarco que tuviera como título Sobre la amis­ tad, pero sí han llegado a nosotros tres tratados, dos de ellos muy breves y otro más extenso, que de alguna manera nos ofrecen la doctrina del polígrafo de Quero­ nea sobre este aspecto tan im portante en su vida. Los tratados Cóm o distinguir a un adulador de un amigo y Cómo sacar provecho de los enemigos se encuentran en el Catálogo de Lam prías con los número 89 y 130, mientras Sobre la abundancia de amigos falta en esta transmisión. En estos tres tratados podemos conocer de una form a indirecta su idea sobre la amistad, al enfren­ tar al amigo con el adulador, con el enem igo y con el exceso de amigos. Como se puede observar por los títulos de los tres tratados, que van incluidos en el presente volumen, núestro acercamiento al concepto de la amistad en Plutarco, al igual que hemos hecho al tratar de la educación, con­ siste en extraer de sus obras los puntos más relevantes sobre este tema, limitándonos casi exclusivamente a re­ producir sus propias palabras. Sobre una base principalm ente peripatética, ante to­ do teniendo en cuenta la producción de Teofrasto, a quien se atribuye un tratado Sobre la amistad y otro Sobre la educación, Plutarco escribe estos tres tratados, en los que, en líneas generales, podemos destacar estos puntos en torno a la amistad: En Sobre la abundancia de amigos: 1. 2. La amistad es un bien d ifícil de conseguir. La tradición nos habla siem pre de la amistad entre dos personas, de lo que tenemos ejem plos en las pa­ rejas form adas por Teseo y Piritoo, Aquiles y Patroclo, y Pelópidas y Epaminondas. La verdadera amistad no surge de un encuentro ca­ sual y superficial, sino que se basa fundamentalmen-

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te en tres cosas: la virtud, el placer y la utilidad. Sólo aceptaremos como am igo a aquel que creamos que pueda sernos provechoso y digno de nuestra atención. Como el provecho ha de ser mutuo, y ser útil a va­ rias personas es difícil, lo m ejor es tener un solo amigo, pues la amistad con muchos trae consigo en­ fado, envidias y enojos, y por ello puede ser peligro­ sa. Sin duda, Plutarco se atiene aquí a lo escrito por otros autores que le sirven de fuente, ya que sus experiencias en este terreno le aconsejaron otro ti­ po de comportamiento. La abundancia de amigos, que tuvo a lo largo de su vida, com o vimos más arri­ ba, no fue óbice para que él se mantuviera dentro de los tópicos que el tema había adquirido a lo lar­ go del pensamiento griego, y atacara la amistad de muchos defendida por los estoicos Por último, dice Plutarco que la amistad, cuyo ori­ gen y base se halla en la igualdad de caracteres, pa­ siones y formas de vida, exige un carácter sólido y estable, de donde surge la dificultad de encontrar un am igo bueno y fiel.

En Cóm o distinguir a un adulador de un amigo, es­ crito para Filópapo, podemos señalar algunos otros ras­ gos, que ayudan a nuestro autor a configurar su idea del amigo: 1. El amigo procura mostrarse simpático y agradable, ser servicial y atento, pero ante todo sincero, sin cam biar con las situaciones y oportunidades, procu­ rando ser siempre el mismo. El amigo sólo im ita nuestras cosas buenas. Emplea la alabanza y la censura de form a directa, si con ello cree que es útil, ya que no busca procu­ rar sólo el placer.

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El buen amigo fomenta y protege siem pre nuestras inclinaciones racionales, intentando disuadirnos de las irracionales y criticando nuestros defectos. 5. En la ayuda, siempre para el bien, el am igo es sim­ ple y natural, procurando pasar desapercibido. 6. Por último, el amigo no siente celos de otros ami­ gos, sino que desea com partirlos. o En Cóm o sacar provecho de los (ayiemigos, tratado escrito en form a de carta al político romano Cornelio Pulcher, hay como una enumeración de algunos de los inconvenientes que nos puede acarrear el estar rodeado siempre de amigos, y no contar con enemigos que nos sirvan de acicate a una m ejor conducta y un m ejor comportamiento: 1. Así, frente al enemigo, que está siempre al acecho, el amigo pasará por alto a veces algunos de nues­ tros defectos, no ayudándonos a librarnos de ellos. N o obstante, sus consejos serán siempre útiles y sus reproches serán siempre bien acogidos. Como el enemigo percibe m ejor nuestros defectos que el amigo, incluso cuando aquél mienta, nos ser­ virá para averiguar cuál pudo ser en nosotros el m o­ tivo de su mentira. Si tomamos venganza del enemigo, lo alabamos cuan­ do lo merezca e, incluso, le ayudamos, cuando se encuentre en desgracia, nos comportarem os m ejor con nuestros amigos, y esto mismo nos ocurrirá, si gastamos en aquél todas nuestras malas inclinacio­ nes, celos, mal carácter, etc.

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Para trazar estas líneas generales en torno a Plutar­ co, su vida y los tratados incluidos en este volumen, además de las obras del autor, en las que hemos queri­ do principalmente basar nuestro estudio, nos han sido de gran utilidad los trabajos citados en los apartados

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I y II de la Bibliografía; pero, sobre todo, deseamos re­ saltar aquí la valiosa ayuda que nos ha supuesto, a la hora de redactar esta breve Introducción, el libro de K. Ziegler, de cuya docta mano nos acercamos por pri­ mera vez a la variada y rica problem ática en torno a la figura y obras del gran polígrafo de Queronea. Ade­ más, los estudios de B arrow , Faure, Hirzel, Jáger, Marrou, Russell y Westaway, principalmente, nos han faci­ litado el camino para fija r los datos en torno a la edu­ cación en Plutarco. Que estas líneas sirvan para mos­ trar nuestro reconocimiento a todos estos autores, que nos han precedido en la reflexión y el estudio de las obras de Plutarco. VI. La traducción '

Plutarco de Queronea fue un autor a quien, princi­ palmente, interesó el contenido de sus obras. Su estilo no es, por tanto, comparable al de los grandes prosistas griegos clásicos, como Platón, Demos tenes o Isócrates, aunque no podamos decir que, de algún modo, no le preocupara el aspecto form al de sus escritos. Si a esta postura del escritor añadimos que, en sus cerca de 250 obras, empleó tres veces más vocabulario que el usado por Demóstenes y que gran parte de este vocabulario es poético y postclásico, tendremos, en principio, las cau­ sas principales de la enorme dificultad que entraña to­ do intento de traducción de su obra a otra lengua. A esto debemos añadir que, debido al fin principalmente didáctico y, en algunos casos, esotérico con que fueron escritas sus obras, el contenido de las mismas no siem­ pre aparece estructurado con toda claridad, sino que abundan las repeticiones, los períodos demasiado lar­ gos, la falta de comprensión de sus numerosas referen­ cias a otros autores y a los variados aspectos de la vida cultural griega, etc.

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Teniendo en cuenta estos aspectos de la obra de Plu­ tarco, se comprenderá que nuestra traducción desee ser sólo eso, un intento más por poner al alcance de un pú­ blico más numeroso una pequeña parte, aunque pensa­ mos que muy relevante y significativa, de su extensa obra. En nuestra versión hemos procurado, ante todo, la fidelidad al texto original. Esto ha podido dar lugar a que la forma, también en nuestra lengua, siga adole­ ciendo de los mismos defectos que apuntábamos en la obra griega. Éste es, sin embargo, un riesgo y una elec­ ción que lleva consigo todo trabajo de esta clase. De todas formas hemos querido siem pre conservar la fo r­ ma de expresión plutarquea, un hecho que quizá pueda justificar de alguna form a la paciencia y disculpas que ya desde ahora le pedimos al posible lector de este volumen. Como queda señalado en el apartado I I I de la B iblio­ grafía, para realizar la nuestra hemos utilizado todas las traducciones de Plutarco que aparecen allí reseña­ das. De las castellanas apenas si nos ha servido la más antigua, la del secretario Diego Gracián. N o sabemos el original griego que em pleó para hacerla, aunque, en todo caso, es mucho lo que desde el siglo x vi se ha he­ cho en torno a la fijación del texto de Plutarco, y esto, naturalmente, se nota. Además, deja sin traducir, sin previo aviso y sin exponer los motivos, frases enteras, quizá porque no fueran de su agrado o porque su conte­ nido no iba a ser perm itido por los censores de la épo­ ca. A esto se añade que Diego Gracián incluye en el tex­ to, sin más, las notas explicatorias al mismo, con lo que el lector no sabe a ciencia cierta qué es de Plutarco y qué es lo que añade el traductor. De las traducciones al castellano del tratado Sobre la educación de los hijos, de J. Pallí, y de Cóm o el joven debe leer a los poetas, de Lea S. de Scazzocchio, dire­ mos que nos parece m ejor y más ajustada al texto grie­

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go la de Pallí. La de Scazzocchio nos ha parecido espe­ cialmente útil por el trabajo sobre la poética y crítica literaria en Plutarco publicado com o suplemento a su traducción. Por último, deseamos reconocer aquí y destacar so­ bre todas las traducciones a otras lenguas la gran ayu­ da que, para realizar nuestra labor, hemos encontrado en las versiones de la Obras morales de Plutarco, al ale­ mán, de J. F. C. Kaltwasser, al francés, de J. Amyot y al inglés, de F. C. Babbitt. Todas ellas han representado un gran auxilio para ir salvando los numerosos obstá­ culos que han ido surgiendo a lo largo de nuestro tra­ bajo, por lo que hacemos aquí una mención especial de las mismas.

B IB LIO G R A FIA

I.

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Los estudios en torno a Plutarco y su obra son muy numerosos, por lo que se observará que en estos dos apartados, I y II, sólo están recogidos los trabajos de aquellos autores que, de una form a o de otra, han sido citados o tenidos en cuenta a lo largo de la Introduc­ ción y las notas a pie de página que hemos puesto a la traducción, así com o en los pequeños resúmenes que damos antes de cada tratado. El lector interesado en una relación más completa de la bibliografía sobre Plutarco y su obra puede con­ sultar, entre otros, los siguientes trabajos:
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B IB L IO G R A F ÍA

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III.

T r a d u c c io n e s :

J. A m y o t , Les Oeuvres m orales de Plutarque, París, 1559-1572, y Lyón, 1588.
O . A p e l t , Plutarch. M oralische S ch riften , Leipzig, 1926-1927.

'

F. C. B a b b i t t , Plu ta rch 's M oralia, I y II, con texto griego y traducción inglesa, Londres, 1927-1928.
D ie g o G r a c l í n , M orales de Plutarco. Traducidos de Lengua griega a

lengua castellana por el secretario de su Majestad, Salamanca, 1571.
J. F C . K a l t w a s s e r , Plutarchs m o ra lisch p h ilosop h isch e Werke, Viena

y Praga, 1796-1797. J. Pallí, «Sobre la educación de los hijos», Estudios Clásicos, Supl. núm. 4 (Madrid, 1966). M.
l ’A b b é

R ic a r d , Oeuvres m orales de Plutarque, París, 1783-1792.

B. S n e l l , M. P o h l e n z , Das M oralia-auswahlbandchen, Zurich, 1948.
L e a S. d e S c a z z o c c h io , «Cómo el joven debe leer a los poetas», Revista

de Humanidades (Montevideo, 1957). E. V a l g i g l i o , De audiendis poetis. Intr., testo, com. e trad., Turín, 1973.

Como en los apartados I y II, sólo citamos aquellas obras que hemos tenido presentes a la hora de realizar nuestra traducción.

IV.

E d ic i o n e s :

La edición más antigua de las Obras morales de Plu­ tarco es la Aldina, publicada en Venecia, el año 1509, a cargo de Demetrius Sacas, bajo el título de Plutarchi Opuscula LX X X X I1 . Con texto griego y traducción latina son de destacar las ediciones siguientes:
G. X
yland er,

P lu ta rch i Opera Om nia, Venecia, 1560-1570. Sobre esta

edición está tomada la paginación in fo lio tradicional en tas citas y ediciones de Plutarco, y que nosotros también seguimos. H.
S
teph anus,

P lu ta rch i Opera Omnia, París, 1572.

40
H. S t e p h a n u s -G . X
yland er,

M O R A LIA

P lu ta rch i Opera Omnia, Francfort, 1599.
ylander.

El texto griego es de S t e p h a n u s y la traducción latina de X en latín po r Firmin-Didot, París, 1885. D. W
yttenbach,

F. D ü b n e r , P lu ta rch i Chaeronensis S crip ta M oralia, edit. en griego y Plu ta rch i Chaeronensis M oralia. Con la revisión del
yland er

texto griego y la traducción latina de X

y con los comenta­

rios hasta 392D, Oxford, 1795-1830, y Leipzig, 1796-1830. En 8 vols., de los que el V I y el V II contienen los comentarios y el V III un léxico, publicado aparte en Leipzig en 1843 y ahora reimpreso en Hildesheim, 1962, en dos volúmenes.

Para nuestra traducción hemos em pleado la edición del texto griego de la Teubner:
P lu ta rch i M oralia, I. Rec. et emend. W . R. P a t ó n et I. W
ner, eg eh au pt,

prae-

fationem ser. M. P o h l e n z , editionem correctiorem curavit H a n s G á r t Leipzig, 1974.

CÓMO SACAR PROVECHO LOS ENEMIGOS

INTRODU CCIÓN

Este tratado contiene, al principio, una carta dirigi­ da al político romano Cornelio Pulcher, de difícil iden­ tificación (cf. K. Ziegler, Plutarchos von Chaironeia, en Pauly-Wissowa, RE, X X I 1 (1951), col. 692), a la que si­ gue un exordio, en el que se plantea la necesidad de aprender a sacar provecho de los enemigos, el tema del libro. Desde el capítulo 3 ai 10 se explica cómo podre­ mos obtener la meta indicada y cómo seremos capaces de defendernos de los ataques de los enemigos. Esa me­ ta se consigue fácilmente, ya que los enemigos nos obli­ gan a ser más moderados y sobrios, y a huir y evitar los defectos que han provocado su censura. También consiguen que lleguemos a conocernos m ejor y a saber ejercitar el control sobre nosotros mismos, así como a practicar el silencio ante sus reproches y a com portar­ nos m ejor con nuestros fam iliares y amigos, si antes hemos sabido hacerlo con los enemigos, por haber gas­ tado en ellos nuestros celos, iras y malos modos, que así no tendrán que soportar nuestros amigos. Por últi­ mo, dice Plutarco, la m ejor manera para defendernos de los enemigos será oponer a sus ataques nuestra vida sin tacha y nuestra virtud. Brokate (cf. B ibliografía) ha tratado, igualmente, la composición y las fuentes de este tratado. En cuanto a la composición, coincide con lo que hemos expuesto

306

CÓM O SACAR PR O VE C H O

DE

LOS E N E M IG O S

más arriba, y sobre las fuentes piensa que, del capítulo 3 al 10, Plutarco se ha servido de una obra anterior a la que habría añadido una introducción y un epílogo. Las fuentes, según el mismo autor, serían cínicas, con­ cretamente Antístenes, de quien Diógenes Laercio, V I 12, cita un pensamiento sim ilar al que recoge este tra­ tado, y Diógenes de Sínope citado por Plutarco en el capítulo junto a Crates. K. Z iegler (op. cit.) critica esta tesis de Brokate y dice que lo que sí es seguro es que aquí se manejan fuentes peripatéticas. Brokate hace a continuación paralelos con otros tra­ tados y llega a la conclusión de que éste fue escrito des­ pués del Sobre la abundancia de amigos. El llamado «Catálogo de Lam prías» recoge este tra­ tado con el número 130.

CÓMO SACAR PROVECHO DE LOS ENEM IGOS

(8 6 > b

1
Veo, querido Cornelio Pulcher ', que has elegido la form a más suave de la administración del Estado, en la que, siendo muy provechoso a los asuntos públicos, te muestras a ti mismo, privadamente, muy amable con los que tienen trato contigo. Porque es posible encon- c trar un país, como se cuenta de Creta 2 , sin animales salvajes, pero un Estado que no produzca envidia, celo o rivalidad, pasiones que son las más capaces de engen­ drar la enemistad, hasta ahora no ha existido (pero, si no otra cosa, nuestras amistades nos enlazan con ene­ mistades; entendiendo esto también el sabio Quilón 3 , quien a uno que decía que no tenía ningún enemigo le preguntó si no tenía tampoco ningún amigo). Y me pa­ rece que le conviene al hombre de Estado observar las otras cosas en torno a los enemigos, y o ír a Jenofon­ te 4 cuando dice, no de pasada, que es propio de un
1 Probablemente, se trata de Gn. Corneíio Pulcher, que fue pro­ curador en Acaya hacia los últimos años de la vida de Plutarco y a quien el autor desea d a r una serie de consejos. Cf. C orpus Inscr. Graec. I 1186. 2 Se encuentra en varios escritores antiguos esta tradición sobre Creta. Cf, por ejemplo, P u n i ó , H istoria natural V III 8 3. 3 Citado también en P l u t a r c o , M ora lia 96A. Cf. A u l i o G e l i o , I 3. 4 E c o n ó m ic o I 15.

308

M ORALIA

d

hombre inteligente sacar provecho, incluso, de los ene­ migos. Por ello, esto, que muy recientemente se me pre­ sentó la oportunidad de decir sobre este asunto, reuniéndolo casi con las mismas palabras, te lo envío, guar­ dándome, en lo que pude, de no tocar las cosas escritas en mis Preceptos p o lític o s 5 , ya que veo que aquel libro siempre lo tienes en las manos.

2
A los antiguos les bastaba con no ser atacados por animales extraños y fieros, y éste era el fin para aqué­ llos en sus luchas contra los animales salvajes. Pero sus sucesores, habiendo aprendido ya a usarlos, les sacan también provecho, alimentándose con sus carnes y vis­ tiéndose con su pelo, curándose con su hiel y con su leche cuajada y armándose con sus pieles, de tal form a que es justo tem er que, si le hubieran faltado los ani­ males al hombre, su vida se hubiera vuelto salvaje y ruda 6 . Por tanto, puesto que es suficiente para los de­ más el no sufrir mal alguno por parte de los enemigos y Jenofonte 7 dice que el hombre inteligente saca pro­ vecho incluso de los que difieren de él, no se debe des­ confiar, antes bien buscar el m étodo y el arte a través del cual este bien pueda ser alcanzado por aquellos a los que les es im posible vivir sin enemigos. El agricul­ tor no puede cultivar cualquier árbol, ni el cazador do­ mesticar cualquier animal salvaje. Por tanto, procura­ ron sacar provecho de ellos, según la necesidad, de unos y de otros: el agricultor, de los árboles que no dan fru­ to, y el cazador, de los animales salvajes. El agua del
5 Conservamos
798A-825F. 6 Cf. P l u t . , Mor. 9 6 4 A .

e

esta obra,

que se

encuentra en P l u t .,

Mor.

7 E c o n ó m ico I 15; cf. también Ctropedia 1 6 , 11.

CÓM O

SACAR PR O VE C H O

DE

LOS E N E M IG O S

309

mar no es potable y es mala, pero alimenta peces y es un medio que conduce a todas partes, y para los viaje­ ros un vehículo capaz de transportarlos. Cuando el sáti­ ro quiso besar y abrazar el fuego, al verlo por primera vez, le dijo Prometeo: tú, m acho cabrío, después llorarás p o r tu barba 8 ; pues el fuego quema al que lo toca, pero proporciona luz y calor y es instrumento de todo arte para los que han aprendido a usarlo. M ira también al enemigo, por si, aunque sea perjudicial en las otras cosas y difícil de manejar, presenta, de alguna forma, algún asidero y utilidad particular y es provechoso. También la m ayo­ ría de las cosas son hostiles, odiosas y enemigas para los que las tratan; pero ves que algunos usaron de las enfermedades de su cuerpo para su ocio, y los trabajos que les sobrevinieron a muchos les dieron fuerzas y los ejercitaron. Algunos hicieron, com o Diógenes 9 y Cra­ tes l0, del destierro de la patria y de la pérdida de ri­ quezas viático para el ocio y para la filosofía. Zenón, al romperse un navio fletado por él, cuando se enteró, dijo: «¡O h destino!, haces bien, al reducirnos al manto raído» ". Pues, igual que los animales fuertes de estó­ mago y sanos, si comen culebras y escorpiones, los di8 Del Prom eteo p o rta d o r d el fuego de Esquilo. Cf. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Esquito, núm. 207. Esto que se cuenta del sátiro se ajusta a lo que se dice de los naturales de América, cuando los europeos llevaron por prim era vez el fuego a sus territorios. Encantados por su brillo, se aproximaban para tocarlo, y lo tomaban por un animal que mordía. 9 Cf. D ió g e n e s L a e r c io , V I 20 ss. Se refiere a Diógenes de Sínope (400-325 a. C.), el Cínico, fundador de la escuela de los cínicos. 1 0 Ibid., V I 85. Discípulo de Diógenes de Sínope. I¡ Citado, de nuevo, en P l u t ., M or. 467D y 603D. Cf. D ió g . L a e r ., V II 5, y S é n e c a , Sobre la tra nqu ilid a d del alm a XII. Se trata de Zenón de Citio (Chipre), discípulo de Crates. p

87A

310

M O R A LIA

B gieren, y hay algunos que se alimentan con piedras y conchas, que transforman a través de la fuerza y el ca­ lor de su aliento, pero los delicados y enfermos, si se llevan a la boca pan y vino se marean, del mismo modo los necios destruyan las amistades, y, en cambio, los prudentes pueden usar convenientemente incluso las ene­ mistades.

3

En prim er lugar, por tanto, me parece que lo más perjudicial de la enemistad podría convertirse en lo más provechoso para los que le prestan atención. ¿Qué sig­ nifica esto? El enem igo está siem pre acechando y ve­ lando tus cosas y buscando la ocasión por todas partes, recorriendo sistemáticamente tu vida, no mirando sólo a través de la encina, como Linceo '2 , ni a través de lac drillos y piedras, sino también a través de tu amigo, de tu siervo y de todos tus familiares, indagando, en lo que es posible, lo que haces, y escudriñando y explorando tus decisiones. Pues muchas veces, por nuestro abando­ no y negligencia, no nos enteramos de que nuestros ami­ gos están enferm os y se mueren, pero de los enemigos nos ocupamos incluso de sus sueños. Las enferm eda­ des, los préstamos y las diferencias con las mujeres pa­ san más desapercibidos a aquellos a quienes les tocan que al enemigo. Sobre todo está pendiente de los yerros y sigue sus huellas. Y así como los buitres son arrastra­ D dos por los olores de los cuerpos muertos, pero no cap­ tan el olor de los limpios y sanos, así las cosas enfermas,
1 2 Herm ano de Idas e hijo de Afareo. Participó en la cacería de

Calidón y en la expedición de los Argonautas, donde fue utilizado por la agudeza de su vista. Veía, por ejemplo, a través de una tabla de madera. Cf. P l u t ., M or. 1083D; P í n d a r o , Nemeas X 60; H o r a c io , Carlas I 1, 28, y P a u s Án i a s , IV 2.

CÓ M O SACAR PR O VE C H O

DE LO S

E N E M IG O S

311

malas y dolorosas de la vida mueven al enemigo, y con­ tra éstas se lanzan los que nos odian, las atacan y las despedazan. Por tanto, ¿es esto provechoso? Sin duda lo es, procurando vivir con precaución y preocupándo­ se de uno mismo, y tratando de no hacer ni decir nada con indeferencia e irreflexivam ente, sino siempre man­ tener cuidadosamente, como en un régimen severo, la vida irreprensible. Pues el cuidado, que así reduce las pasiones y conserva el razonamiento, produce una cos­ tumbre y una resolución de viv ir bien e irreprochable­ mente. Y, así como las ciudades castigadas por las luchas con los vecinos y las expediciones militares con­ tinuas se contentaron con unas buenas leyes y un go­ bierno sano, del mismo m odo los que son obligados por algunas enemistades a ser sobrios en su vida y a guar­ darse de ser negligentes y confiados, y hacer cada cosa con utilidad, sin darse cuenta son llevados por la cos­ tumbre a no com eter ninguna falta y a ordenar su con­ ducta, por poco que la razón les ayude. Pues el dicho: Ciertamente se alegrarían Príam o y los hijos de Pría[m o n, éstos siempre lo tienen a mano, los vuelve, los desvía y los aleja de aquellas cosas de las que sus enemigos se alegran y se ríen. Y vemos que los artistas dionisíacos 1 4 muchas veces contienden en los teatros entre ellos mismos con negligencia, sin ánimo y sin esmero, pero cuando existe contienda y porfía con otros, no só­ lo se cuidan de estar más atentos ellos mismos, sino que también se cuidan más de su instrumento, tensan­ do las cuerdas y ajustando y tocando sus flautas con gran armonía. Por eso, el que ve que su enem igo es un
13 H o m e r o , lita d a I 255.

1 4 Los artistas, actores y músicos, que en las Fiestas Dionisíacas Je Atenas competían unos con otros. .

312
88A

M ORALIA

rival de su vida y su fama, pone más atención en sí mis­ mo, examina con cuidado sus acciones y ordena su vi­ da. Puesto que también esto es propio del vicio, aver­ gonzarse ante los enemigos más que ante los amigos, por los errores que cometemos. De aquí que Nasica 1 5 , creyendo y diciendo algunos que los asuntos de los ro­ manos estaban seguros, después de haber sido aniquila­ dos los cartagineses y. sometidos los aqueos, dijo: «P re ­ cisamente ahora estamos en peligro, pues no nos hemos dejado a quién tem er ni ante quién avergonzarnos.»

4 Además, toma aún el dicho de Diógenes 1 6 / muy propió de un filósofo y un político: «¿C óm o me podré ven­ gar de m i enem igo?» «Siendo tú mismo bueno y honra­ do.» Los hombres se afligen cuando ven que los caba­ llos de los enemigos son celebrados y sus perros alaba­ dos. Si ven cultivado el campo o el jardín florido, se lamentan. ¿Qué crees, pues, que harán si te muestras com o un hombre justo, sensato y bueno, celebrado en discursos, lim pio en tus obras, ordenado en tu género de vida: cultivando a través de tu pensam iento rica sementera, de la que brotan prudentes consejos 1 7 ? «L os hombres vencidos están atados con un silencio de m uerte», dice Píndaro IS , pero no sencillamente todos,
1 5 P. Escipión Nasica, hijo de Gn. Escipión. Cf. T i t o L i v i o , X X IX 14.
16 17 C it a d o t a m b ié n e n P l u t ., M or. 2 1 E . E s q u il o , Siete con tra Tebas. 593-594. Citado también en P l u t ., M or. 32D, 186B, y Vida de Arístide's 3 (320B). 18 P í n d ., Fr. 2 2 9 (e d . d e C h r i s t ).

b

CÓM O SACAR PR O VE C H O

DE

LOS E N E M IG O S

313

sino cuantos se ven a ellos mismos vencidos por sus enemigos en solicitud, honradez, magnanimidad, humani- c dad y favores. Estas cosas «retuercen la lengua, dice Demóstenes l9 , cierran la boca, ahogan y hacen callar»: Tú, p o r tanto, distínguete de los malos, ya que te es posi. [ble 2 0 . Si quieres a flig ir al que te odia, no lo taches de hombre degenerado ni cobarde, ni libertino, ni bufón, ni inno­ ble, sino tú mismo sé un hombre, muéstrate moderado, sincero, y trata con amabilidad y justicia a los que tie­ nen trato contigo. Pero, si eres empujado a censurar, ponte a ti mismo muy lejos de las cosas que tú censu­ ras. Penetra en tu alma, examina tus puntos débiles, no sea que algún vicio desde alguna parte, te diga sua­ vemente lo de aquel escritor de tragedias: estando tú m ism o lleno de llagas, eres m édico de [otros 2l.
d

Si le llamas ineducado, aumenta en intensidad tu amor al estudio y al trabajo; si cobarde, muestra más tu va­ lentía y tu audacia; y si libertino y desesperado, borra de tu alma cualquier huella de amor por el placer que haya pasado desapercibida. Pues nada hay más vergon­ zoso ni doloroso que la blasfem ia que se vuelve contra el que ha blasfemado, sino que, así com o parece que la reverberación de la luz m olesta más a los ojos enfer­ mos, también dañan más los reproches que se vuelven, a causa de la verdad, contra los mismos que los hacen. Pues, así como el viento del N ordeste 2 2 arrastra las
19 D e m ó s t e n e s , IX (Sobre la embajada) 208 .

20

E u ríp id es, Orestes 251.

2 1 D e una obra desconocida de Eurípides. Cf. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Eurípides, núm. 1086; citado también en P l u t ., M or. 71F, 481A y 1110E.

2 2 Proverbio. Cf. A r i s t ó t e l e s , Problem as 26, 1; T e o f r a s t o , Sobre los vientos 4 1 0 : P l i n i o , H istoria natural; P l u t ., M or. 8 2 3 B , y N a u c k , Trag. Graec. Frag., Adesp., fr. 75.

314

M ORALIA

nubes, también la vida mala arrastra sobre sí misma los reproches. 5 As(í^¡kies, Platón, cuantas veces se encontraba con hombres que obraban torpemente, volviéndose hacia sí mismo, solía decir: «¿Seré yo acaso igual que ellos?» 2 3 . E l que censura la vida de otro, si enseguida observa su propia vida y la cam bia hacia lo contrario, endere­ zándola y corrigiéndola, sacará algún provecho de la cen­ sura, que, de lo contrario, parece ser, y lo es, inútil y vacía. Por eso, la m ayoría se ríe, si uno que es calvo o jorobado, censura y se m ofa de otros por las mismas cosas, y, en general, es risible censurar y m ofarse de cualquier cosa que puede devolverle la censura. Como León el Bizantino, quien, habiendo sido injuriado por un jorobado por la enferm edad de sus ojos, dijo: «Tú m e echas en cara una desgracia humana, cuando llevas a tus espaldas la venganza divina» 2 4 . Y, bien, no inju­ ries a otro por adúltero, si tú m ism o eres un loco por los jóvenes; ni por desordenado, si tú mismo eres ruin: Tú eres de la misma estirpe de la m u jer que mató a su [m arido le dijo Alcmeón a Adrasto. ¿Qué hacía, en verdad, aquél? N o le echaba en cara la injuria de otro, sino la suya propia:
89A

e

F

y tú eres el asesino de la madre que te engendró 2 S .
2 3 Esta reflexión de Platón s e encuentra citada también en P l u t ., M or. 40D, 129D y 463E. 2 4 Otra versión algo distinta la hallamos e n P l u t ., M or. 633C. 2 5 Del A lcm eón de Eurípides. Cf. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Adesp., fr. 358.

C ÓM O SACAR PR O V E C H O DE L O S E N E M IG O S

315

Y Domicio 2 6 dijo a Craso 2 7 : «¿ N o lloraste tu por la murena 2 8 que alimentabas en tu vivero?» Y Craso res­ pondió: «¿ N o enterraste tú a tres mujeres sin derramar una sola lágrim a?» N o es necesario que el que vaya a injuj'iar sea gracioso, de voz potente y audaz, sino irre­ prochable e intachable. Pues a ninguno parece la divini­ dad ordenar tanto su «conócete a ti m ism o» como a aquel que va a censurar a otro, para que, por decir lo que quiere, no haya de escuchar lo que no quiere. Cier­ tamente, una persona de este tipo, «q u iere», según Sófocles: Soltando su lengua vanamente, o ír involuntariam ente b aquellas.palabras que dice volu n ta ria m en te2 9 .

6
Por tanto, éste es el provecho y la utilidad que se saca con ultrajar al enemigo; pero no menos pi'ovecho se saca con lo contrario: con ser ultrajado y con que hablen mal de uno los enemigos. Por eso, Antístenes 3 0 dijo muy bien que los que quieren salvarse necesitan amigos auténticos o enemigos ardientes. Pues los unos amonestan a los que se equivocan, y los otros, al censu­ rarlos, los alejan del error. Y, puesto que ahora la amis2 6 Gn. Domicio Ahenobarbo, siglos ii-i a, C., cónsul en el año 96 y censor en el 92 con L. Licinio Craso. 2 7 No el triunviro, sino.su tío. 2 8 O m orraa, pez parecido a la anguila. La morena de Craso era famosa. P l u t a r c o habla dos veces más de esto, en M or. 811A, y en 876A. Cf. también E l i a n o , De la naturaleza de los anim ales V III 4. 2 9 De una pieza desconocida. Cf, N cles, fr. 43.
auck,

Trag. Graec. Frag., S ó fo ­

3 0 Discípulo de Sócrates y considerado como el fundador de la escuela filosófica de los Cínicos. En P l u t ., M or. 74C y 82A, se da a Diógenes como autor de este dicho. En otros manuscritos se pone tam­ bién aquí a Diógenes en lugar de Antístenes.

316

M O R A LIA

tad es de v o z débil, cuando habla con franqueza, y su c lisonja es locuaz y su amonestación muda, se debe oír la verdad de boca de los enemigos. Pues, así com o Télefo 3 1 , al no encontrar un. médico conveniente, ofreció su herida a la lanza enemiga, del mismo modo es necesa­ rio que los que carecen de una persona amiga que les amoneste soporten la palabra del enem igo que los odia, si muestra y reprende su vicio, considerando el hecho, pero no la intención del que habla m al de ellos. Pues, igual que el que pensaba matar a Prom eteo, el Tésa­ lo 3 2 , golpeó con su espada el tumor 3 3 y lo abrió de tal form a que el hombre se salvó y se liberó del tumor re­ ventado, del mismo m odo con frecuencia la injuria que se hizo por ira o enemistad curó un mal del alma, des­ conocido o descuidado. d Pero la mayoría de los que son injuriados no miran si lo que se dice les es aplicable, sino qué otra cosa es aplicable al que injuria, y, como luchadores que no se limpian el polvo, así ellos no se limpian los ultrajes, sino que se salpican unos a otros y, en consecuencia, se manchan y ensucian unos a otros, al caer. Y convie­ ne que el que oye hablar mal de sí al enem igo se libere de su falta con más cuidado que de la mancha que tiene en su ropa y que le ha sido mostrada. Y, si alguno habla de faltas que no existen, debemos, no obstante, buscar la causa por la que pudo surgir la blasfem ia y cuidar­ nos y tem er no sea que, sin darnos cuenta, hayamos
3 1 Porque no podía sanar de la herida que le hizo Aquiles, a no ser por medio de la misma lanza del héroe, que se la había causado. Historia contada, entre otros lugares, en P l u t ., M or. 46F; P r o p e r c io , II 63; O v i d i o , Tristia V 1, 15. ■ 3 2 Al parecer, un sobrenombre de Jasón de Feras, tirano de Tesa­ lia, del siglo iv a. C. En todo caso, la historia se cuenta de Jasón por parte de C i c e r ó n , Sobre la naturaleza de los dioses III 28 (70); P l i n ., H istoria natural V II 51, y V a l e r i o M á x i m o , I 8, ext. 6, Cf. J e n o f o n t e , Helénicas II 3, 36. 3 3 El tumor de Prometeo.

CÓM O

SACAR PR O V E C H O

DE LOS E N E M IG O S

317

com etido una falta cercana o parecida a la que se dice. Así el peinado de su cabello y su paso demasiado delicado hicieron caer a Lacedes, el rey de los argivos, en sospechas de afeminamiento; y a Pompeyo, que esta­ ba lejos de ser afem inado y libertino, su form a de ras­ carse la cabeza con un sólo dedo }4. Y Craso fue acu­ sado de acercarse a una de las vírgenes vestales, porque, queriendo com prarle una hermosa finca, con frecuen­ cia se hallaba, por esto, con ella en privado y le hacía la corte 3 5 . Y a Postumia 3 6 , su risa pronta y su charla demasiado atrevida con los hombres la hizo tan sospe­ chosa que fue acusada de disoluta. Se la halló, en efec­ to, libre de esta culpa, sin em bargo al soltarla el Pontífice Máximo, Espurio Minucio J 7 , le recordó que no usara palabras más desvergonzadas que su propia vida. Y Pausanias a Tem ístocles 3 8 , que era inocente, le hizo caer en la sospecha de traición a causa de tratarle co­ mo amigo, escribirle y enviarle mensajes constante­ mente.

E

f

7 Por tanto, siempre que se ha dicho algo que no es verdad, no se debe m ostrar desprecio y despreocupa­ ción porque es una mentira, sino considerar cuál de las cosas dichas o hechas por ti, de tus ocupaciones o rela­ ciones, ha ofrecido el parecido para la calumnia, y guar3 4 Esta costumbre de Pompeyo se cita también en Plut., Mor.. 800D; en la Vida de Pom peyo 48 (645A), y en Vida de César 4 (709B). 3 5 Más completa se halla esta historia en P l u t ., Vida de Craso 1 (543B). 3 6 Una virgen vestal. Cf. T 3 7
38
it o

90A

L i v i o , IV 44.

P on tifex M axim us en Roma, en el año 418 a. C. T uci' d id e s , I 135. Cf., también, P l u t ., Vida de Tem ístocles 23

(123C).

318

M O R A LIA

darse cuidadosamente de esto y evitarlo. Pues, si otros, al verse envueltos en hechos no deseados, sacan de ellos una lección provechosa como dice Mérope: el destino, tomando de mis cosas com o honorario lo más querido p o r mí, me hizo sabia 3 9 , ¿qué nos impide, tomando al enemigo como maestro gra­ tuito, sacar provecho y . aprender alguna de las cosas que desconocemos? Pues muchas cosas las percibe m e­ jo r el enemigo que el amigo, ya que «e l amante se ciega ante el amado», como dice P la tó n 4 0 , pero con el odio se halla junto con la curiosidad también el charlar. H ie ró n 4 1 fue ultrajado por uno de sus enemigos a cau­ sa del mal olo r de su boca. Por tanto, cuando llegó a su casa le dijo a su mujer: «¿Qué dices? ¿Tampoco tú me hablaste de esto?» Pero ella, que era virtuosa e ino­ cente, le contestó: «Y o creía que todos los hombres olían así.» Así, también, las cosas que son perceptibles y cla­ ras a todo el mundo es posible aprenderlas antes de los enemigos que de los amigos y fam iliares.

b

8
Pero, fuera de esto, el dominio sobre la lengua no es una parte pequeña de la virtud, pues no es posible tenerla siempre sumisa y obediente a la razón, a no ser que uno someta con ejercicio, cuidado y laboriosidad
3 9 Del Cresfonte de Eurípides; N
auck,

Trag. Graec. Frag., E u ríp i­

des, fr. 458. 4 0 Leyes 73le . Cf. P lu t . , M or. 92E. 48E y 1000A. 4 1 Famoso tirano de Siracusa del siglo iv a. C. La historia es repetida en P l u t ., M or. 175B, y en otros escritores. Algún autor la atri­ buye a su hermano Gelón, el otro tirano de Siracusa en Sicilia.

,

CÓ M O SACAR PR O VE CH O

DE LO S E N E M IG O S

319

las peores de sus pasiones, como, por ejemplo, la cóle­ ra. Pues la «v o z que es expulsada sin qu erer» y «la pala­ bra que se escapó del cerco de los dientes» y aquello de que «algunas palabras vuelan por sí solas» 4 2 son co­ sas que ocurren principalm ente a los ánimos no ejerci­ tados, como los que resbalan y se pierden a causa de la debilidad de espíritu por una opinión obstinada, por un tem peram ento audaz. Y un castigo muy fuerte sigue a una palabra, la cosa más ligera, según el divino Pla­ tón 4 \ de parte de los dioses y de los hombres. Pero el silencio es, en todas partes, algo que no tiene que dar cuenta (no es sólo bueno para la sed, como dice H ipó­ crates) sino que en los ultrajes es respetable y socrá­ tico, más aún, heracleo, si es verdad que Heracles: no hacía más caso a las palabras odiosas que a una [m o sca 4 5 . Ciertamente, nada hay más digno y más hermoso que mantener la calma ante un enemigo que nos injuria, «c o ­ mo si pasáramos nadando junto a una roca lisa pasare­ mos junto al aficionado a inju riar» 4 f’, y no existe otro entrenamiento mayor. Pues, si te acostumbras a sufrir en silencio al enemigo que te injuria, soportarás muy fácilm ente la cólera de tu mujer, cuando hable mal de ti, y aguantarás tranquilamente, cuando les escuches, las expresiones más duras del am igo y del hermano; y te presentarás a tu padre y a tu madre sereno y sin ira, cuando seas golpeado o herido por ellos. Pues Só4 2 Expresiones usadas repetidas veces por Homero. Cf., por ejem­ plo, II. IV 350 y Od. I 64. 4 3 Leyes 717c y 935a. Citado, de nuevo, en P l u t ., M or. 456D y 505C. 4 4 Famoso médico griego de Cos (469-399 a. C.), contemporáneo de Sócrates. Cf. M or. 515A. 4 5 De autor desconocido. 4 6 De autor desconocido.

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M ORALIA

e

crates soportaba a Jantipa4 7 , que era una m ujer iras­ cible y difícil, pensando que, si se acostumbraba a soportarla, su trato con los demás sería muy fácil; pero es m ejor que, ejercitándose con las indecencias, iras, bur­ las y ultrajes de les enemigos y extraños, acostumbres tu ánimo a ser paciente,,y a no indignarse cuando sea injuriado.
9

F

Por tanto, se ha de m ostrar así mansedumbre y pa­ ciencia con las enemistades y también generosidad, mag­ nanimidad y honradez, más que con las amistades. Pues hacer bien a un amigo no es tan hermoso com o es ver­ gonzoso no hacerlo cuando lo necesita. Es bueno tam­ bién el desaprovechar tomar venganza del enemigo, cuan­ do se ofrece la oportunidad. Pues, un hom bre que se compadece del enemigo que sufre una desgracia y que le socorre cuando está necesitado, que muestra dili­ gencia y afecto para con los hijos y los fam iliares del enemigo, cuando se encuentran en alguna necesidad, a este hombre, el que no lo adm ira por su bondad ni ala­ ba por su honradez, ése: tiene su negro corazón forjado de diamante o de hierro 4 a . A César, cuando mandó levantar de nuevo las estatuas de Pompeyo, que habían sido echadas abajo, Cicerón le dijo: «Restauraste las estatuas de Pompeyo, y las tuyas las consolidaste» w. De aquí que no se deba descuidar
4 7 Mujer de Sócrates. J e n ., B anquete II 10. 4 8 De un largo fragmento de Píndaro. C f. P í n d ., Fr. 123 (ed. de
C h r i s t ). Citado también en P l u t ., M or. 558A.

9IA

4 9 Repetida esta historia en P l u t ., M or. 205D; Vida de César 57 (734E), y Vida de C icerón 40 (881D). Cf., también, S u e t o n i o , César 75.

CÓM O SACAR PR O VE C H O D E

LOS E N E M IG O S

321

la alabanza ni la honra de un enemigo, cuando éste es celebrado justamente. Pues, el que alaba se procura las mayores alabanzas e inspira confianza en otras ocasio­ nes cuando acusa, pues no lo hace porque odie al hom­ bre, sino porque rechaza su acción. Pero lo más bello y provechoso es que una persona que se ha acostumbra­ do a alabar a sus enemigos y a no molestarse ni m irar­ los con envidia, si les va bien, está muy lejos de envi­ diar a los amigos que son felices y a los fam iliares que tienen éxito. Sin embargo, ¿qué otro entrenamiento po­ drá proporcionar una m ayor utilidad a nuestras almas o una inclinación más poderosa, que el que nos quite nuestro celo y envidia? Pues, igual que muchas cosas, que son necesarias en la guerra, pero en otras circunstancias son malas, cuan­ do adquieren la fuerza de una costumbre y de una ley, no son fáciles de rechazar por las personas aunque sean perjudicadas por ellas, del mismo modo la enemistad introduciendo, juntamente con el odio, envidia, deja tras de sí celo, gozo por el mal de los otros y venganza. Y, además de estas cosas, también malicia, engaño y ma­ quinación, que parece que no son una cosa mala ni in­ justa, si se emplean contra un enemigo, pero, si logran arraigo, permanecen sin que uno pueda librarse de ellas. Después, estos mismos hombres por la fuerza de la cos­ tumbre las emplean, además, contra sus amigos, si no se cuidan de usarlas contra sus enemigos. Por tanto, si Pitágoras tenía razón cuando, al intentar acostum­ brar a los hombres a alejarse de la crueldad y la avari­ cia en su relación con los animales irracionales, inter­ cedía ante los cazadores de aves y, después de comprar

Cicerón hace en su discurso a favor de M arcelo un elogio a la genero­ sidad con la qfue César acogió a este exiliado, uno de los más fervien­ tes seguidores de Pompeyo que no aceptó durante largo tiempo el re­ conciliarse con el Dictador.

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M O R A LIA

las redes de peces, mandaba soltarlos s o y prohibía la muerte de cualquier animal doméstico, es cosa mucho más noble en las disputas y rivalidades con los hom­ bres, siendo un enem igo noble, justo y sincero, castigar y hum illar las pasiones perversas, viles y malvadas, pa­ ra que en todos los contratos con sus amigos permanez­ ca firm e y se abstenga de hacer mal. D E sca u ro5 1 era enem igo y acusador de D o m icio 5 2 . Antes del ju icio llegó hasta él un esclavo de Dom icio con la intención de descubrirle algún secreto, más él no le dejó hablar y agarrando al esclavo lo envió de nue­ vo a su amo. Y a Catón 5 3 , que perseguía a Murena 5 4 a causa de su dem agogia y andaba recogiendo pruebas, le seguían de cerca, según la costumbre de entonces, los que observaban las cosas que h a cía 5 5 . A s f^ u e s , muchas veces le preguntaban si hoy iba a reunir-prue­ bas o iba a realizar algo en relación con la acusación. Y , si decía que no, creyéndole, se marchaban. Cierta­ mente, estas cosas son un testim onio muy grande de su reputación; pero m ayor y más hermoso es que noso­ tros, si nos acostumbramos a em plear la justicia incluE so con los enemigos, nunca nos com portarem os injusta y maliciosamente con los fam iliares y amigos.
5 0 Cf. P l u t ., M or. 729E; P o r f i r i o , Vida de Pitágoras XX V, y JAmb l ic o ,

Vida de Pitágoras X X X V I. 5 1 M. Emilio Escauro, Princeps Senatus, contemporáneo de Gn. Do­ micio Ahenobarbo, de los siglos n-i a. C. 5 2 Cf. n. 26. Sobre estos hechos, cf. Cíe., Discurso en fa vor del rey D eiota ro 11, 31. 5 3 M. Porcio Catón, llamado Catón el Uticense o Catón el joven (95-46 á. C.) y de quien Plutarco escribió una vida. 5 4 L. Lucinio Murena, del siglo i a. C. Sirvió bajo Lúculo en la

tercera G uerra Mitridática y fue demandado por soborno por S. Sulpicio, a quien apoyaba Catón el joven. Cicerón hizo una defensa de Mu­ rena, en su P ro Murena, y fue absuelto. 5 5 Explicado con más detalle en P l u t ., Vida de Catón el Joven 21 (769B).

CÓMO SACAR PR O VE C H O

DE LOS E N E M IG O S

323

10
Y «puesto que les es necesario a todas las toto­ vías 5 6 que les nazca una cresta», según Simónides 5 7 , y cada naturaleza de hombre produce rivalidad, celo y en­ vidia, «am iga de los hombres vacíos de inteligencia», como dice P ín d a ro 5 S , no sacaría poco provecho quien se procurara en la persona de los enemigos purificacio­ nes de estas pasiones y las alejara, como por canales 5 9 , lo más lejos posible de sus compañeros y familiares. También, dándose cuenta de e s to 6 0 , según parece, un f político de nombre D e m o 6 1 , que se hallaba en una re­ vuelta en Quíos del lado de la parte vencedora, aconse­ jaba a sus compañeros que no expulsaran a todos los adversarios, sino que dejasen a algunos, «para que no 92A empecemos, decía, a tener diferencias con los amigos, al estar privados completamente de enem igos». Sin du­ da, estas pasiones nuestras consumidas contra los ene­ migos, menos molestarán a los amigos. Pues no convie­ ne que el ceramista envidie al ceramista, ni el cantor al cantor, según Hesíodo ni sentir celos por el veci­ no, pariente o hermano «que trabaja por la riqueza» y que consigue la prosperidad en sus negocios.
5 4 Cogujada, alondra moñuda, copetuda.' 1.0'/¿ i. . 5 7 Citado, de nuevo, en P l u t ., M or. 809B, y en la Vida de Tim oleón 37 (252E), con la misma explicación. Cf. B e r c k , Poet. Lyr. Gr., III, p á g . 418, Sim ónides, f r . 68; D i e h l , A n th o log ia Lyrica, II, p á g . 62, y E d m o n d s , Lyrica Graeca, II, p á g . 278, c o n d i f e r e n t e s le c t u r a s d e e s t e
verso.

5 8 Fr. 212 (e d . d e C h r i s t ). 5 9 Cf. J e n ,, Recuerdos de Sócrates I 4, 6. 6 0 Cf. Plut., M or. 813A, donde se repite esta historia. 6 1 En la mayoría de los manuscritos Onomademo; sin embargo, no existe este nombre a no ser aquí (si se aceptara; en griego se lee onom adSm os) y en Plut., M or. 813A. 6 2 Se trata de una referencia a H e s ío d o , Trabajos y Días 25 26 y
27.

324

M ORALIA

Pero, si no existe otro modo de liberación de las ri­ ñas, envidias y rivalidades, acostúmbrate a sentirte mob lesto por los enemigos felices, y provoca y evita que tu rivalidad sea afilada en aquéllos. Pues, así como los bue­ nos agricultores piensan que ellos obtendrán mejores rosas y violetas plantando a su lado ajos y cebollas (pues se concentra en éstos todo lo agudo y m aloliente que hay en su alimentación), del m ism o m odo también el enemigo tomando y atrayendo hacia sí tu m al carácter y envidia te hará más agradable y menos penoso para los amigos que viven con prosperidad. Por eso, también se debe tener discusiones con aquéllos en torno a la honra, al mando o a las ganancias justas, no sólo dis­ gustándose, si tienen algo más que nosotros, sino tam­ bién observando por qué m otivos tienen más, e intenc tando superarles, asimismo, en diligencia, laboriosidad, inteligencia y atención, a la manera de Tem ístocles 6 3 , que decía que la victoria de M ilcíades en M aratón no le dejaba dorm ir. Pues el que piensa que su enemigo lo aventaja por mera buena suerte en los puestos de honor o en las defensas de otros ante el juez, en los puestos de administración del Estado o entre los ami­ gos y jefes, y, en lugar de hacer algo y emularlo, se su­ m erge en un estado de envidia y desánimo completos, se da a una envidia ociosa e inútil. En cambio, si uno no está ciego M , en relación con lo que odia, sino que se convierte en espectador justo de la vida, del carác­ ter, de las palabras y de los hechos de los demás, obserD vará que la mayoría de las cosas que provocan su envidia les sobrevinieron a sus poseedores por su diligencia, pre­ visión y acciones nobles, y, esforzándose por estas co­ sas, ejercitará su amor a la honra y al honor, y echará fuera su indiferencia y su pereza.
6 3 Cf. P l u t ., Vida de Tem ístocles 3 (113B) y M or. 84B y 800B. 6 4 Cf. n. 39.

C ÓM O SACAR PR O VE CH O

D E L O S E N E M IG O S

325

II Pero si parece que los enemigos, halagando o siendo malvados o corrom piendo o trabajando a sueldo, consi­ guen de manera vergonzosa y grosera poderes en los palacios o en los Estados, esto no nos molestará, sino, más bien, nos alegrará si le oponemos nuestra propia libertad y nuestra lim pia e irreprochable form a de vi­ da, pues «to d o el oro que hay sobre la tierra y bajo la tierra no se puede comparar con la virtud», según Pla­ tón 6 S , y conviene tener siempre presente el dicho de Solón: Pero nosotros no cambiaremos con ellos la virtud p o r la riqueza 6 6 ni por los gritos de los espectadores de teatro, compra­ dos a base de banquetes, ni por honores y presidencias junto a los eunucos, a las concubinas y sátrapas de los reyes; pues nada que tenga su origen en el vicio es dig­ no de emulación ni bello. Pero, puesto que el amante se ciega ante el amado, como dice Platón 6 7 , y los ene­ migos, al obrar torpemente, atraen más nuestra aten­ ción, no conviene que nuestra alegría por los errores que cometen ni nuestra tristeza por sus éxitos sea algo inútil, sino que nos preocupemos de que, por medio de ambos, errores y éxitos, guardándonos de unos, seamos mejores que ellos e, imitando los otros, no seamos peores.
6 5 Leyes 728A. Citado también en P l u t ., M or. 1124E. 6 6 Fr. 15, citado de forma más completa en P l u t ., M or. 78C, y co­ mo aquí en M or. 472E. 6 7 Una reminiscencia de P l a t ó n , Leyes 73le. Cf., también, n. 39.

ÍNDICES

ÍN D IC E DE NOM BRES PROPIOS, AUTORES Y PASAJES CITADOS

Ábaris, 14E. Academ ia, 33B, 52F, 70A. Adrasto, 35D, 88F. Adrasto, gu errero troyano, 30C. A frod ita, 19E, 19F. Agam enón, 16E, 19B, 26D y E, 28F, 29A, B, C y E, 32E, 33E, 66E, 72E, 73F. Agesias, 65D. Agesilao, 31C, 52E, 55D, 78D, 81A, 85A. Agís, 60B. Alcibíades, 52D, 69E, 80D, 84C. Alcmeón, 35D, 88F. Alejandro, 11A y B, SOC, 53C, 57A, 58E, 60B, 65 C, D y F, 71C, 78D, 85C, 96B. Alejandro de Feras, 50C. Alexis, Fr., 21D. Amasis, 38B. Am onio, 70E. Anacarsis, 78F. Anaxágoras, 84F. Anfiarao, 32D. Anónimo, Comedia, Frs., 18E, 27C, 33E, 62E. Anónim o, Lírica, Frs., 22F, 54B, 54D, 65B, 95B. Anónimo, Tragedia, Frs., 16D, 18D, 23E, 24C, 33D, 34A, D y E, 35D,

36F, 50F, 51C, y E, 58B, 72E, 94C. Antea, 32B. Antífanes, 79A. Antifonte, 68A, 68B. Antígono, 1 IB. Antiloco, 32A. Antím aco, 30C. A n tíoco Filópapo, 48E. Antípatro, 64C, 64D, 78D. Antístenes, 33C, 89B. Antonio, 56E. Apeles de Colofón, 6F, 58D. Apeles de Quíos, 63D. A polo, 16E, 17A, 25E, 56E. Aquiles, 4B, 16E, 17A, 19C, 26C, E y F, 28F, 29A, y C, 30A, B, y C, 31 A, y B, 33A, 34C, 35B, 59B, 66E, 67A, 74B, 93E. Araspes, 84F. A rcesilao, 55C, 63D y E. Ares, 19D, y E, 23B y C. Argos, 93C. Aristarco, 26F. Arístides, 76A, 84F. Aristipo, 4F, 5A, 80C. Aristófanes, 10C, 30D. Acamienses 503, 71D. Nubes, 10C. Fr., 30D. A ristofon te, 18C. Aristogitón, 68A.

348 Aristóm enes, 71C. Aristón de Ceos, 14E.

M O R A LIA

Casio Severo, 60D. Catón el Joven, 28B, 91D. Catón el V iejo, 14C, 29E. Cebes, 11E. Cefisócrates, 63E. Ceneo, 75E. Cércopes, 60C. César, Augusto, 68B. César, Julio, 91A. Ciáxares, 69F. Cicerón, 91A. Cíclope, 11B. Cinesias, 22A. Circe, 52D. Ciro, 31C, 69F. Círreos, 76E. Oleandro, 15A, 15B. Cleantes, 3ID , 33C, 47E, 55C. Clearco, 69A. Cléobis, 58D. Cleómenes, 53E. Cleón, 7 ID. Clitem estra, 25F, 32C. Clito, 71C. Colias, 42D. Corinto, 70B, 78D. C orn elio Pulcher, 86B. Craso, 89E. Craso, tío del triun viro, 89A. Crates, 69C, 87A. Creonte, 96C. Creso, 58D, 69E. Creta, 12A, 86B. Criseida, 26E. Crisipo, 31E, 34B. Crisón, 58E. Crónida, 24A. Chipre, 50D. D áctilos Ideos, 85B. Damón, 93 E. D am ónides, 18D. Darío, 50F.

Aristón de Quíos, Fr., 42B. Aristóteles, 26B, 32F, 53C, 78D. Cuestiones homéricas, Fr. 165, 32F. E con om ía doméstica 1347, 64A. Arquidam o, ID. A rquíloco, 33A, 45A. Fr., 23A, y B 33B. Arquitas de Tarento, 8B, 10D. Arsínoe, 11A. Ártem is, 22A. Asclepíades, 55C. Atenas, 12A, 52D, 58D. 60D, 78D, 81F. Atenea, 19D, 25E, 26D, 30E. Ática, 42D. Atlántico, 22E. Atreo, 26C, 29A, 33E. Atrida, 19B, 19C. Ayante, 29E, 30A y B, 35B. Babilonia, 78D. Bagoas, 65D. Batón, 55C. Bátraco, 18C. Baquílides, Fr., 36C. B elerofon te, 32B. Bías, personaje de Menandro, 57A. Bías de Priene, 35F, 38B, 61B. B ión de Borístenes, 7C, 22A, 59A, 82E. Bitón, 58D. Brásidas, 76A, 79E. Briareo, 93C, 95E. Briseida, 26E, 33A. Calcante, 29C. Calipso, 27A. Calístenes, 65D. Carilo, 55E. Carnéades, 58E. Casandra, 25E.

ÍN D IC E DE N O M B R E S,

A U TO R E S

Y PASAJES

349

Demarato, 70B. D em etrio Falereo, 69C. D em etrio Poliorcetes, 5F. Dem etrios, los, 65D. Demo, 91F. D em ócrito, Fr., 10A, 81A. Demóstenes, 80D. C ontra A ristócrates, 66, 6D. C ontra M idias 191, 6D. De la C orona 198, 69D. Sobre la Em bajada 209, 88C. Deseo, el, 49E. D iofanto, 1C. Diógenes de Sínope, 2A, 5C, 21E, 21F, 70C, 74C, 77E, 78D, 79E, 82A, 82C, 87A, 88B. Diógenes, poeta trágico, 41C. Diomedes, 29A, 29B. Dión de Siracusa, 8B, 52F, 53 E, 69F, 96B. Dionisia, 80E. Dionisíacos, 87F. D ionisio el Joven, 52D y F, 53E y F, 56D, 67C, D y E, 68B, 96B. D ionisio el V iejo, 41D, 68A. Dioniso, 56F, 60C. Dodoneo, 31E. Dolón, 29E, 76A. D om icio Ahenobarbo, 89A, 9 ID . Driante, 15D. Edipo, 72C. Éforos, ios, 84A. E gipto, 56D, 61 A.

Escauro, 91D. E sciro, 34C. Escirios, 72E. Esmirna, 64B. Esopo, 14E, 16C, 79A. Esparta, 10B, 12A. Espeusipo, 10D, 70A, 71E. Espíntaro, 39B. E spurio M inucio, 89F. Esquilo, 17A, 29F, 32D, 36B, 79B, D y E . E l peso de las almas, 17A. M irm idon es, Fr. 135, 61A. N lobe, Fr. 156, 17B, P rom eteo p o r­ tador del fuego, Fr. 207, 86E. Siete contra Tebas 592-594, 32D; 593-594, 88B. Toxótides, Fr. 243, 81D. Frs., 16E, 36B. Esquines, 11E, 39C, 67D y E. C on­ tra C tesifonte 107-108, 76E. Esténelo, 29A y B. EstiLpón, 5F, 83C. Estoicos, 25C, 58E. Estrucias, 57A. Ete, 32F. Eteocles, 18E. Eucto, 70A. Euleo, 70A. Éupolis, Fr. 349, 54B. Los adula­ dores, 50D. Eurídice, 14B. Eurípides, 19E, 30D, 45B, 46B, . 95F; A lcestes (et passin), 58A. A lcm eón, Fr. 358, 89A. A n d ró­ meda, Fr. 145, 22E. Arquelao, Fr. 254, 20D. B elerofonte, Fr. 292, 7, 21 A. Cresfonte, Fr. 449, 36E; Fr. 458, 90A. Crisipo, Fr. 841, 33E. E lectra 428, 33C. Éplo, Fr. 21, 25C; Fr. 17, 33C; Fr. 20, 34D. Erecteo, Fr. 362, 63A. Estenobea, Fr. 665, 71A. Fenicias 524, 18D; 1006, 23B; 549, 25B; 469 y 472, 62C; 1688, 72C. Heracles 1261, IB ; 1250, 72C. H ip ó lito 424, 1C;

Elide, 12A. Em pédocles, 16C, 63D. Fr., 17E, 63D, 93B, 95A. Eo, 17A. Epaminojridas de Tebas, 8B, 21F, 39B, 52E, 85A, 93E. E picarm o, 67F. Fr. 275, 21E. Epidicazomenus, de Filemón, 35D. E picuro, 1ID, 36B. Fr., 147, 45F. Epim eteo, 23E, 23F. Escamandro, 23C.

350

M ORALIA

986-989, 6B; 424-425, 28C; 219-220, 52B-C; 253, 95E. H ipsí­ pila, Fr. 754, 93D; Jfigenia en Á ulide 1218, 17C; 29, 33E; 407, 64C. Ifig en ia entre los lauros 569, 75E. Io n 732, 49F y 69A. Medea 598, 25A. Orestes 667,

Hades, 16E, 17A y C. 18E, 21F, 23D. Hagnones, 65D. H arm odio, 68A. H éctor, 17A, 19C y D, 29E, 30A, B, C y E, 31A y B, 34E, 35B, 72A, 74B. Hécuba, 28A. H efesto, 23B, 35C. Hélade, 67A. Helena, 28A. H era, 19D y F, 20A. H eracles, 4F, 56F, 59C, 60C, 63B, 72C, 90C. H eraclides Póntico, 14E. H eráclito, 43D; Frs., 28D, 41A. Hermes, 44D. H eródoto, I 8, 37D; II I 78, 50F. H esíodo, 77D. Teogonia 64 (adap­ tación), 49E. Trabajos y días 361-362, 9E; 643, 22F; 86-87, 23E; 717-718, 23F; 289, 24D; 287, 24E; 313, 24E; 744-45, 28B; 348, 34B; 266, 36A; 40, 36A; 235, 63D; 361-362, 76C; 25-26 y 27, 92A. H ierón, 90B. H ím era, 58E. H im erio, 60D. H ipérides, 46A. Fr. 212, 67A. H ipócrates, 82D, 90C. H ip ólito, 28A. H ipsípila, 93C. H irras, 14B. H om ero, 11B, 16E y F, 17C, 19A y E, 25C, 35A y C, 80A y D, 85C,

68E;

251, 88C. P iríto o , Fr. 595, 96C. Protesilao, Fr. 654, 10B. Te-

seo, Fr. 328, 11E. Troyanas 919, 28A. Frs. en 19E, 20D y F, 24D, 28C, 34B, 36C y F, 46F, 69D, 71E, 85A, 88C. Eutropión, i IB. Eveno, 50A.

Fálaris, 56D, 76A. Fedra, 28A, 52B. Fénix, 4B, 26E y F, 72B. F ila d elfo (Ptolom eo), 11A. Filem ón, 35D. Filipo, 40E, 67 F, 70B y C. Filip o V de M acedonia, 53E. Filoctetes, 18C. Filópapo, 66C. Filotas, 65D, 96B. Filótim o, 43A, 73B. Filóxeno, 14C. Fintias, 93E. Focílides, 45B. Frs., 3F, 47E. Foción, 64C, .84F. Frinis, 84A.

Gilipo, 10B. ^ Glauco, 32A. Gnom ologias, de Teognis, 16C. Gobrias, 50F. Gorgias, 6A, 15D, 64C. Gorgias, de Platón, 36A. Gracias, 44D, 49E. Gran Rey, 78D. Grecia, 71E.

94A. ¡liada I 3 y 5, 23D; 24-25, 19B; 59-60, 26C; 90, 26D; 128-129,' 29A; 163-164, 28F; 220-221, 26D; 223-224, 19C; 225, 19C y 35B; 231, 29A; 255, 87E; 349, 26E; 498, 31E. I I 173, 35A; 189, 19B; 215, 68B; 220, 30A; 226-228, 29A. I I I 276, 23C; 320, 31E; 328, 32A; 365, 25F. IV 39,

ÍN DIC E D E N O M B R E S,

A U T O R E S Y PASAJES

351

34E; 84, 17B; 104, 19D; 306-307, 28B; 350, 90C; 357, 29B; 402, 29A; 404 405, 29A; 431, 29D. V 82, 1IB; 171-172, 72C; 352, 22E; 428, 36A; 800, 72E. V I 130, 15D; 138, 20E; 160-161, 32B; 326, 73E; 347, 73D; 444, 31E. V I I 47, 35B; 69-70, 24B; 109, 55C; 202, 23C y 31E; 215-216, 30A; 226-228, 30B; 231, 30B; 329-330, 23C; 358, 20E. V III 198, 19D; 234-235, 72A; 281-282, 55B. IX 34, 29C; 70, 74-75, 29D; 108, 69E; 323, 80A; 360, 24F; 452-453, 25F; 458-461, 26F; 461, 72B; 540-42, 24B. X 220 ss., 29E; 243, 55B; 249, 56E; 325, 29E. X I 90, 24D; 313, 71F; 313, 316, 30E; 543, 36A; 608, 35B; 643, 54F; 654, 67A. X II 232, 20E. X III 116-119, 72C; 354-355, 32A; 562, 22D; 775, 67A; 824, 35B. X IV 84, 66F; 166, 19F; 195, 62E; 196, 62E; 216, 15C; 308, 31E. X V 32, 20B. X V I 33, 67A; 97-100, 25E; 141, 59B; 232, 31E; 422, 32C; 856, 17C. X V II 142, 34E; 170-171, 32A; 671, 31E. X V III 426, 62E; 427, 62E. X IX 216, 35B; 386, 77A. X X 61 ss., 16E; 242, 24E; 467, 67A. X X I 331, 35C. X X I I 210, 17A; 362, 17C. X X I I I 24-25, 19C; 77, 94F: 297-299, 32F; 483, 35B, 474-478, 35B; 570-571, 32A. X X IV 525, 20E y 22B; 527-528, 24A; 308, 23C; 560-561 y 569-70, 31A; 584-586, 31B. Odisea I 35, 55B, 64, 90C: 157 (et passim), 7 IB. III 20, 32A; 52, 30E; 265-266, 32C. IV 93, 25A; 178, 54F y 95A; 197, 22B; 230, 15C; 318, 22D; 805, 20E. V 42, 22D; 89, 62E; 122, 20E; 216, 27C. V I 46, 20E; 148, 19B; 187, 82E; 244-45, 27B. V II

77, 22D. V I I I 81-82, 24B; 249, 20A; 267 ss., 19D; 492, 20A; X 329, 6 IB. X I 72, 17C; 223, 16E; 421-423, 25F; 470 y 390, 16E. X I I I 121, 32C; 332, 30F; 419, 22E. X V I 181, 53B; 187, 81D; 274-277, 3 ID. X V II 222, 43A. X V III 282, 27C; 333 y 393, 22E. X X I I 1, 52C. X X IV 11, 17C. Ida, 23C, 31E. Idom eneo, 35B. Ilión, 32F. Ión de Quíos, 79E. Iro, 22E. Isócrates, 46A. Istmo, 29F, 79E. Itaca, 27D. Ixión, 18E, 19E. Jantipa, 90D. Jenócrates, 38B, 47E, 71E. Jenófanes, Fr. 34, 17E. Jenofonte, 11E, 55D, 79D, 86C,

86E.

Anábasis II 6, 11, 69A. Ciropedia II 3, 2, 8D. E c o n ó m ico

I 15, 40C. Jerónim o de Rodas, 48B. Lacedem onia, 52E. Lacedem onios, ID y 3A. Lácedes, 89E. Lácides, 63 E. Laertíada, 35A. .

Layo, 77C. León de Bizancio, 88E. Leucadia, 17C. L ib era d o r (Dioniso), 68D. Licaón, 30C. L icón , 14E. Licurgo, 3A, 15D, 85A. Linceo, 87C. Lisandro, 71E. Lisias, 40E, 42D, 45A. •

352
M acedonia, 70B. M arco Antonio, 61 A. M arco Sedacio, 14C. M aratón, 92C. Medea, 18A. M edia, 78D. M edio, 65C. M egabizo, 58D. M égara, 5F, 71E. M eíantio, 20C, 41C. M elantio, parásito, 50C. M eleagro, 27A. M eleto, 76A. Menandro, 19A, 21C, 93C.

M O R A LIA

30A y F, 31C, 34C, 35A y C, 42F, 52C, 55B, 66F, 72E, 95A. O linto, 40E. Orestes, ]8A, 93E. Pándaro, 19D, 72C. Pantea, 31C, 84F. París, 18F, 34E. Parm énides, 16C, 45B. Parm enión, 65D, 96B. Parm enón, 18C. P a roem iog ra p h i (88A), 75E. Parrasio, 18B. Patecio, 21F.. Pausanias, 89F. Peleo, 35B, 67A. Peiida, 19C. Peíión, 59B. Pelópidas, 93E. Penélope, 7C, 27B. Pericles, 6D, 8B. Persas (de Tim oteo), 32D. Perséfone, 23A. Perseo, 70A. Persia, 78D. Petronio, T ito, 60D. Pidna, 70A. Pílades, 93E. Píndaro, 17C. ístm ica s V II, 47 y 48, 21A. Frs. 131, 17C; 248, 68D; 194, 86A; 229, 88B; 123, 91A; 212, 91E. P irítoo, 93E, 96C. P irro, 82E. Pitágoras, 2B, 12D, 35F, 44B, 70F, 91C, 96A. Pitio, 49A. Platón, 2C, 3F, 8B, 10D, 11E, 26B, 29D, 35F, 36A, 40D, 46A, 52C, 52D, 52E, 67E, 69F, 76A, 79A, 53C, 56C, 67C, 67D, 70E y F, 71B, 71E, 79D, 83A, 84E, 85A, Graeci II 625,

Menandro, E l adulador, Frs. 293 y 297, 57A. Epiclerus, Fr. 554, 93C. Frs. en 19A, 21C, 25A, 34C, 59C, 95D. M enecíada, 35B. M enecio, 19C. Menedem o, 55C, 81E. M enelao, 55B, 95A. M enón el Tésalo, 93A. M érope, 63A, 90A. M idias, 6D. M ilcíades, 84B, 92C. M isterios, 8ID. M itrídates, 58A. Mnemósine, 9D. M oíra, 22D. Murena, 9 ID. Musas, 14B, 15E. Nasica, 88A. Nausícaa, 27A. Nékyia, 16E. N erón, 56E, 60D, 96B. N éstor, 29C, 73F. N icandro, 16C. Theríaca, 64, 55A. Nicandro, am igo de Plutarco, 37C. N icóm aco, 62E. Océano, 17C. Odiseo, 18B, 20A, 27A, B y E, 29B,

Patroclo, 59A, 67A, 93E.

IN D IC E D E N O M B R E S, A U T O R E S Y PASAJES

353

88E, 36C. 61b, 40E;

90C, 92 E. Cartas I I I 315c, C litofon te 407a, 4E. Fedón 16A; 69d, 17E. Fedro 237b, 234e, 45A; 239d, 51D. Cor-

Sísifo, 18C. Siria, 50D. Soclaro, 15A. Sócrates, 2C, 4D, 6A, 10B, 10C, H E , 16C, 21E, 67D, 69E, 70E, 72A, 84F, 90D, 93B. Socratis et S ocra tico m m Epistulae 23, 67C. Sófocles, 17C, 21E, 45B, 79B. Aleu­ des, fr. 85, 6, 21B. A ntígona 237, 48A-B; 523 (adaptación d el ver­ so de Antígona), 53C. E d ip o Rey 2, 22F; 4, 95C. Te reo, fr. 534, 21B. Frs. en 16A, 17C, 21A, B y F, 23B, 27F, 33D, 73F, 74A, 75B, 77B, 84A, 98B, 94D. Sol, 19E, 19F. Solón, 58D, 69E. Frs., 78C, 92E. S osio Senecio, 75B. Sotades, 11A. Susa, 78D. Tais, 19A. Tebas, 8B, 12A, 69C. T élefo, 46F, 89C. Telém aco, 31C. Telo, 58D. Tem ístocles, IC, 84B, 89F, 92C. T eó c rito de Quíos, 11A y C. T eod oro, I8C. T eofrasto, 38A, 78D. Teognis, 16C; 177, 22A; 215-216, 96F. Teón, 18A. Tersites, 18A y C, 28F, 29A, 30A, 35C. Tésalo, el, 89C (se re fie re a Jasón de Feras). Teseo, 28A, 93E, 96C. Tespis, 36B. Fr., 36B. Tetis, 17A, 33A, 67 A. T eu cro T elam onio, 55B. Theríaca, 16C. T ib erio , 60C, 96B.

gi'as 36A; 470d-e, 6A. Leyes 773d, 15E; 731d-e, 48E; 730c, 49A; 716a, 81E; 731e, 90A; 728a, 92D. M enón 7 Id, 93B. República 36A; 537b, 8C; 411a, 42C; 474d, 44F; 361a, 50E; 539b, 78E. Plauto R ubelio, 96B. Plutarco, Preceptos políticos, 86D. Poliagro, 27C. P olicleto, 86A. Polem ón, 7IE. Pom peyo, 89E, 91 A. Posidón, 16D, 22D, 31F, 83C. Postumia, 89E. Preto, 32B. Príamo, 25E, 31A, 35B, 87E. Prom eteo, 23 E, 86E, 89C. Proteo, 97A. Ptolom eo Auletes, 56E. P tolom eo V Epífanes, 71C. Ptolom eo Evérgetes, 60A. Ptolom eo Fila delfo, 11A. Ptolom eo Filopátor, 53 E, 56D-E. Queréfanes, 18B. Quilón, 35F, 86C, 96A. Quíos, 91F. Safo, Fr., 8ID. Samio, 53E. Sejano, 96B. Sem ónides de Am orgos, Fr., 84D. Sestio, 77D. S evero (Casio), 60D. Sicilia, 67C, 70A. Silamón, 18C. Silenos, 60C. Simónides, de Ceos, Fr., 15D, 41F, 49B-C, 65B, 79C, 91E. Siracusa, 8B, 52D.

354
Tideo, 72E. Tidida, 56E, 71F. Timágenes, 68B. Tim esias, 96B. Tim óm aco, 18A. Tim oteo, 22A, 32D. Fr., 22A. Tisafernes, 52E. T ito Petronio, 60D. Tracia, 52E. Troya, 25E, 29A.

M ORALIA

Tyché, 22D.
Vesta, 93D. Yocasta, 18C. Zacinto, 49C. Zen, 23C (o tro n om bre de Zeus). Zenón, 33C, 78D, 82F, 87A. Fr., 78D. Zeus, 3D, 4D, 6B, 8F, 16F, 17A, et passim. Zeuxis, 94E.

Troyanas, Las, 28A. Tucídides, 56B. I 18, 79F; 70, 71C; II 51, 96C; II 64 73A.

In d i c e g e n e r a l

Págs.
I n t r o d u c c i ó n ....................................................................... 7

I. II. III, IV. V. VI.

Plutarco. Rasgos generales sobre su vida y su fo r m a c ió n ................................... Plutarco. Sobre la educación y la amistad. Su actividad e d u c a d o ra ......................... Plutarco, teórico de la e d u c a c ió n ........ Plutarco. Sobre la a m is ta d ................... La traducción .........................................
.......................................................................

7 8 9 11 28 33
36

B ib l io g r a f ía

S o b r e l a e d u c a c i ó n d e l o s h i j o s ............................... C ó m o d e b e e l j o v e n e s c u c h a r l a p o e s í a ................. S o b r e c ó m o s e d e b e e s c u c h a r .................................... C ó m o d is t in g u ir a un a d u l a d o r d e u n a m ig o

41 83

159

. . . . . . . 195 2 69 303 327

C ó m o p e r c ib ir l o s p r o p io s p r o g r e s o s e n l a v ir t u d C ó m o s a c a r p r o v e c h o d e l o s e n e m i g o s ................... S o b r e l a a b u n d a n c i a d e a m i g o s .................................

Í n d ic e d e n o m b r e s p r o p io s , a u t o r e s y p a s a j e s c i­
tados

...............................................................................

347