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Hola y Goodbye

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Corta Crónica Viajera de visita a la Colonia Tovar. Venezuela.
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Escape atemporal - Rinconcitos que no cambian – Pedacito de europa a una autopista de distancia

Un frío domingo de Enero nos encontró subiendo una colina empinada de curvas cerradas. Con los vidrios abajo, el viento dispersaba nuestros cabellos y la música que reproducía la radio de la Silverado negra dentro de la cual, cuatro cinturones estaban abrochados. El olor a césped mojado impregnaba el interior del carro. Había una pequeña ansiedad que iba en aumento en el centro de mi estómago: fresas con crema y frescas galletas de mantequilla, sencillos y deliciosos recuerdos de mi niñez. Por fortuna, la Colonia Tovar no cambia. En la primera y típica parada. A la derecha, donde algunos aventureros se lanzan en parapentes y se aprovecha utilizar el servicio dentro del pequeño café; compré mi primer refrigerio: duraznos frescos. Deliciosas frutas que, combinadas con aquella increíble vista de montañas que se extienden abrazándose entre sí, te hacen sentir en paz. Unos minutos más de camino y nos adentramos en el pueblo de la colonia. Cada calle con casas muy similares por su arquitectura alemana. Construcciones de paredes blancas ornamentadas con delgados listones de color oscuro y techos a dos aguas, en su mayoría rojos; sin duda un choque cultural que te transporta. Entre miles de olores cálidos, fría brisa y risas, nos paramos en uno de los tantos restaurantes del pueblo. Y luego de salchichas Frankfurt, ensaladas choucroute, cervezas frías y chocolates calientes, descubrimos que se nos fue más de medio día. Al volver al carro, nos encontramos con la manada de colegas turistas abarrotando las calles; entretenidos como nosotros por la gente rubia nativa del poblado, con sus trajes tradicionales y sonrisas amables. Como no podíamos terminar la tarde sin pasear por la típica Iglesia y comer la merienda tradicional, nos adentramos subiendo y bajando las empinadas calles de la Colonia, a pie. La frescura y armonía del lugar, rota por las motos cuatro ruedas y música estruendosa de los carros que pasaban. Bajo un atardecer nublado, tan típico como las exquisitas fresas con crema que acabábamos de degustar, nos devolvíamos al carro ahora sin tantos ánimos. Y es que, la Colonia Tovar, lejos de saciar por completo tú espíritu, siempre te hace desear quedarte más tiempo. Cuando casi oscurecía por completo, pasábamos a un lado de la primera parada que hicimos y de pronto recordé ¡Las galletas de mantequilla! No sin rogar un poco a mis amigos, y a la dueña del establecimiento, corrí con la suerte de obtener el último paquete que les quedaba. Y así, con una gran sonrisa en mi cara me despedí de la Colonia, ese escape a la tranquilidad. Pedacito de Alemania puesto a pocos kilómetros de mi hogar.

Esas dos semanas que se extendían como un horizonte amplio y lleno de cosas por realizar. Los primeros tres días los disfrutamos efamilia. con el segundo del día. Olor a café. . que nos dejaría al fin en nuestro verdadero destino: Miami. tenías que repetirte de manera constante que aún había once días por delante y debías administrar con sabiduría esos limitadísimos cupos cadivi. Estados Unidos. muchos policías. Florida. Éramos una manada de espíritus alegres reencontrándose en el área E del primer piso del Miami International Airport. En esos primero días me embargaba aún en suelo americano la ansiedad propia de quién ya ha visitado su destino y espera superar unas buenas experiencias anteriores. Luego del último chequeo del día. carros de último modelo en su vasta mayoría. caminé esta vez con total alegría hacia los parientes que nos recibían. de hecho. Curacao. La pared del norte tenía vista hacia los aviones aún inmóviles y el cielo muy claro. y no fue sino hasta el antepenúltimo día que caímos en cuenta de que casi se había acabado todo. Un vuelo que nos conectaría a mis acompañantes y a mí. sitios aún por conocer y un supuesto tiempo para relajarnos. mucha más gente. cuentos que intercambiar. 8:00 am. Mi boleto de salida indicaba: Insel Air. propio de un día de Julio en Carabobo. Otro aeropuerto. Entrar en cualquier establecimiento comercial era un suplicio. al fin y al cabo. Un olor a café y queso derretido impregnaba la estancia.Hola y goodbye Con dos pesadas maletas negras recorría con tedio y expectación la última sala de espera antes de abordar el avión. Estructuras amplias y bajas en su mayoría. Desayunando ese feo pero económico café. con destino a El Aeropuerto Internacional Hato. pasaron quizás tan rápido como el correcaminos. así como un frío abrumador. Una mezcla de olores característicos de la costa sur de EEUU llenaba cada espacio. amplias vías de transporte. económico todo. riendo gasta tarde reunidos en este u otro apartamento. multitudes de personas de todas razas concentradas en sus actividades sin prestar mucha atención a los comunes turistas. frío congelante. piscinas como coches. Aeropuerto Arturo Michelena.

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