Los amorosos

Jaime Sabines

Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos. En la oscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago. Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite. Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida, y se van llorando, llorando, la hermosa vida.

Asociaciones alrededor del deseo como a veces se presenta en el amor, a propo sito de una poesía de Jaime Sabines.
Mtro. A. Eduardo González Campos
Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable Hablar del amor, probablemente sea una de las cosas más difíciles en estos tiempos. Y ello no sólo se debe a que este término ha sido manoseado hasta el hartazgo y en todos lados: en la literatura, en las películas, en las series de TV. Nadie que se aprecie a decir nada que valga la pena de ser oído resistirá a la tentación de mentar al amor. No se puede negar, el amor es un producto de moda. Y eso hace que del amor se haya dicho demasiado, aunque muchas veces lo que se haya dicho sea poco sustancioso. Pero, además, se han dado tantas definiciones del amor, que terminamos sin saber qué es exactamente de lo que estamos hablando. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan Mas, no es esto lo que le vuelve un tema espinoso, sin duda. El problema fundamental es que, más temprano que tarde, termina uno hablando de uno mismo, de la propia vida y de las propias heridas, de las propias batallas y de las propias derrotas. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan Amar, es siempre referirse a lo que nos hace falta. Decimos que en el amado encontramos “a nuestra media naranja”, a nuestra “alma gemela”, seamos congruentes pues y aceptemos que amamos lo que nos hace falta a nosotros, a cada cual. Si lo que se ama en el otro, sino a nuestra falta proyectada infinitamente, idealizada sin reservas, ¿qué es lo que uno echa de menos sino lo que nunca ha estado, lo que ciertamente falla, falta? ¿Cómo se puede perder lo que nunca se tuvo? Eso nos enseñó Jacques Lacan, psicoanalista francés, cuando puso el dedo en la llaga y n os sentenció que “amar es dar a quien no es lo que no se tiene”. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. En el amor, en esa mentira que entraña la metáfora del deseo, jugamos a que nos perdemos. Y decimos que nos perdemos en el otro. Acaso el considerar que hemos de aceptar de alguna forma el haber perdido algo, nos permita fantasear con que alguna vez tuvimos algo. Algo que, nos decimos hipócritamente, lo era Todo. Era el amor, y al amor nos gusta escribirlo con mayúsculas y subrayado, cuando hemos de vivirlo entrecomillado y en cursivas. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos. En al amor, a veces, el otro juega con nosotros ese juego. Y entonces, se escribe el drama. Se proyectan los papeles, se juegan los roles. Nos entretenemos, rechazado y rechazante, en esta perpetuación masoquista e inevitable del primerísimo juego de amado y amante. Eso mismo accede y da lugar a la ilusión de lo perdido (y, por ende, de lo alguna vez tenido), de la posibilidad de aferrarse a ese dolor, dudando si luchar ó no por el amado. Y eso da lugar a intentar la poesía, la puesta en escena de los afectos y de los versos, de las canciones y las rimas, de las vidas y las historias. De la novela de amor y vida del sujeto. Ni más ni menos. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite ¿Entonces, qué chiste tiene el amar? ¿Cómo poder entregarnos al amor si no se puede escribir en letras que permanezcan a través de los años, inamovible, en la promesa del para-siempre que exigimos al otro y que el otro nos exige? En el amar encontramos justamente la evanescencia del chiste que ilumina la habitación de pronto, la fluidez del niño que juega, la evanescencia de una rima poética que, ya nos decían los mayores, “no sirve para nada”. No para nada del orden de lo práctico, de lo estable, de la seriedad obsesiva en la que nos afanamos para negar nuestra mortalidad y nuestra pequeñez humana.

Amar no soluciona en nada la vida, sin duda, pero nos da un pretexto para seguir viviendo. Para darle a la vida ese gusto a lo que, por perecedero, debemos cuidar como una gota de rocío, como una pompa de jabón, como una lágrima en la mejilla, como una flor. Amar no nos da garantías, pero nos echa a volar, como Ícaro por sobre Ítaca, por sobre lo cotidiano y lo inútil de nuestras aspiraciones vanas. Nos permite echar un vistazo a la sensación de eternidad que, en tanto humanos, nos está vedada en esta existencia. Parafraseando a otro poeta, a Ismael Serrano, amar es darnos la oportunidad de mirar al amado a los ojos y tal vez recordar que, “antes de rendirnos, fuimos eternos”. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. … Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida, y se van llorando, llorando, la hermosa vida