Somos unos cerdos

Juan José Millás, 20 de mayo de 2005, Diario de Ibiza Un grupo de adolescentes grababa en vídeo las palizas que daban a un compañero. Da igual dónde, no importa quién, es irrelevante la marca de la cámara. Resulta tan verosímil que suceda en Almería como Bilbao; que los niños sean de clase media o alta; que la cámara sea Sony o Philips. Todo puede suceder en cualquier parte, como la burbuja inmobiliaria o la subida de tipos de interés. El caso, como digo, es que uno de los agresores grababa la paliza. Me pregunto qué habría ocurrido si en vez de haberle dado por grabarla, se le hubiera ocurrido escribirla. ¿Habría acabado modificando su comportamiento? Quizá no, pero habría terminado introduciendo matices reflexivos en la salvajada. Pongamos un caso exagerado: el Descubrimiento de América. Es cierto que los españoles esclavizaban a los indios y violaban a las indias. No tenían cámaras para grabar sus barbaridades, pero utilizaron las plumas para describirlas. Y ahí están las Crónicas de Indias. Ahí está el padre Bartolomé de las Casas, cuya obra supone una autocrítica feroz al comportamiento de los invasores. No soy nada optimista respecto a la Humanidad. Somos unos cerdos con escritura o sin ella. Pero, permítanme un pequeño ataque de corporativismos: la escritura añade a la descripción de la realidad un valor filosófico. Si tú te pones a describir cómo tus compañeros azotan al más débil de la clase, cómo le queman la piel con la punta de sus cigarrillos, cómo le arrancan las pestañas o las uñas, tarde o temprano caerás en la trampa de contar la tortura desde el torturado. Quizá en ese instante sientas un movimiento de empatía hacia él. Tal vez te preguntes si eso que haces está bien hecho. No sé, no sé, es sólo una hipótesis (difícil de demostrar por otra parte), pero quiere uno creer que escribir es, moralmente hablando, más complejo que grabar. Quiere uno creer que la pluma estilográfica tiene más sentimientos que el objetivo. En todo caso, ¿por qué hay más gente dispuesta a grabar sus barbaridades que a escribirlas? Quizá porque para grabar no es preciso estar alfabetizado. O tal vez porque sujetar una cámara duele menos que sujetar un bolígrafo. La historia dice que el que acaba escribiendo es la víctima (véase Primo Levi). ¿Por qué?

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