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Sermones sobre el Cantar de los Cantares, San Bernardo

Sermones sobre el Cantar de los Cantares, San Bernardo

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El Cantar de los Cantares es el libro más acomodado para expresar líricamente la desesperanza, la añoranza y el arrebato del alma que sólo busca ardientemente a Dios. Desde esta perspectiva aborda Bernardo de Claraval estos comentarios.
El Cantar de los Cantares es el libro más acomodado para expresar líricamente la desesperanza, la añoranza y el arrebato del alma que sólo busca ardientemente a Dios. Desde esta perspectiva aborda Bernardo de Claraval estos comentarios.

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03/24/2014

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I. En qué sentido dice: Me pusieron a guardar sus viñas, y

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de qué viñas se trata. – II. Cuál es la viña de la esposa, cómo
se cultiva, cuál es su vino y cuál su extensión. – III. El alma es
la viña y cuál es la vid, los racimos y el vino; se lamenta por su
viña. – IV. De qué varón espiritual se puede decir: No he
guardado mi viña, y cómo se ha de perder el alma. – V.
Oportuna corrección de los que se desviven por los alimentos o
su composición.

I. 1. Me pusieron a guardar sus viñas. ¿Quiénes? ¿Acaso esos
adversarios que acabas de recordar? Escuchad y ved cómo reconoce
que esos mismos que la hicieron padecer le han ayudado a su bien.
No puede extrañarnos, si la razón por la que le persiguieron fue su
deseo de corregirla. Pues ¿quién ignora que muchos son
contrariados con frecuencia por amor y para su propio bien? Cada día
comprobamos que muchos progresan en el bien y escalan la
perfección, gracias a la entrañable Importunación de sus prelados. Por
tanto, si puedo, hemos de mostrar ahora cómo los hermanos de
madre luchan contra la Iglesia con ánimo hostil, pero con perjuicios
benéficos. Esto es lo extraño: quienes intentan perjudicarla le ayudan
sin quererlo.

Efectivamente, la interpretación anterior contiene ambas
significaciones, porque de hecho siempre tuvo rivales para bien y
para mal, ya que lucharon con intenciones diversas y siempre la
beneficiaron. Hasta el punto de que ahora se siente gloriosa de las
persecuciones de sus émulos, porque cuando creyeron que le habían
arrebatado una viña, se ve al frente de muchas otras y puede decir:
«Esto me lo han conseguido las que lucharon contra mí, cuando se
incitaban: Arrasadla, arrasadla hasta el cimiento, y por una viña he
conseguido muchas más». Y llega a esta conclusión: Mi viña, la mía,
no la supe guardar, como explicando la causa por la que ha ocurrido
eso; que ya no se cuida de una sola, sino de muchas. Este es el
sentido literal.

2. Pero si nos atenemos solamente a él, limitándonos a lo que
superficialmente parece significar, deberíamos pensar que la santa
Escritura se refiere a las viñas materiales y terrenas; esas que todos
los días reciben el rocío del cielo y la fecundidad de la tierra; y de las
cuales se extrae el vino, estímulo de la lujuria. De esta manera las
divinas y santas Escrituras no nos aportarían absolutamente nada

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digno, no ya para la esposa del Señor, sino para ninguna otra criatura.
Porque ¿puede haber alguna relación entre la esposa y el cuidado de
las viñas? Y si existiese, ¿cómo podríamos saber que a la Iglesia se le
haya encomendado alguna vez ese menester? ¿Acaso Dios se cuida
de las viñas? Pero en sentido espiritual, las viñas son las iglesias; es
decir, significan los pueblos fieles, tal como lo siente el Profeta cuando
dice: La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel. Así es
posible que comencemos a vislumbrar cómo no es indigno de la
esposa que le asignen bajo tutela unas viñas.

3. Es más: pienso que esto puede concebirse como una
prerrogativa y no pequeña, si es que uno pone interés en observar
cómo se extienden estas viñas por todo el mundo, desde el día en que
sus hermanas de madre la atacaron y la arrancaron de Jerusalén
juntamente con su primera y reciente plantación. Me refiero al grupo
de creyentes que pensaban y sentían lo mismo. Esta es la viña; y
reconoce que no la cuidó debidamente, aunque no por propia
necedad. Pues inmediatamente después de ser arrancada por la
persecución, fue plantada en otro lugar y contrató a otros labradores,
que le hicieron dar frutos abundantes a su tiempo.

II. No, no pereció; emigró. Creció y se multiplicó, bendecida por
el Señor. Levanta los ojos en torno y mira si no cubría su sombra las
montañas y sus pámpanos los cedros altísimos; extendió sus
sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el gran río. Era natural: es
edificio de Dios, es labranza de Dios. Él la planta, él la extiende; él la
poda y él la abona para que dé más fruto. ¿Cuándo dejaría de cuidarla
y trabajarla, si la plantó su diestra? Nunca podrá abandonarla, porque
los apóstoles son sus sarmientos, el Señor es la vid y el Padre el
labrador.

Plantada en la fe, echa raíces en el amor, cavada con la azada
de la disciplina, abonada con las lágrimas de los penitentes, regada
con las palabras de los predicadores; así es tan abundoso su vino,
que suscita la alegría, no la lujuria; es el vino de la dulzura, no de la
pasión. Este vino que alegra el corazón del hombre y sabemos que los
ángeles lo beben con gozo. Ellos, sedientos de la salvación de los
hombres, se alegran con la conversión y penitencia de los pecadores. Su
vino son las lágrimas de la penitencia, porque rezuman el dolor de la vida
y el sabor de la gracia, el gusto del perdón, el gozo de la reconciliación,
la salud del que recupera la inocencia, la suavidad de la conciencia

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tranquilizada.

4.¡Cuántas viñas reflorecieron por toda la tierra, renacidas de
aquella única viña que parecía desarraigada por la atroz persecución! Se
confió a la esposa el cuidado de todas ellas, para evitarla cualquier
tristeza de no haber vigilado la viña única. Consuélate, hija de Sión; si la
ceguera se apoderó de una buena parte de Israel, ¿qué has perdido tú?
Ríndete ante el misterio y no lamentes ese detrimento; dilata tu seno y
acoge a la plenitud de las naciones. Di a las ciudades de Judá: Era
menester anunciaros primero a vosotros el mensaje de Dios, pero como
lo rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que
vamos a dedicarnos a los paganos. Dios propuso a Moisés que, si quería
abandonar al pueblo prevaricador y exponerlo al castigo divino, podría
llegar a ser jefe de una nación grande; pero éste lo rechazó. ¿Por qué?
Por el excesivo amor que le tenía encadenado y porque no buscaba su
propio interés, sino el honor de Dios; ni lo que era ventajoso para él, sino
para todos. Esa era su actitud.
4.Yo pienso que por un misterioso designio, esta misión divina,
dada su envergadura, la reservó para la esposa. De modo que ella, y no
Moisés, sería enviada a la nación grande. Pues no convenía que el
amigo del esposo arrebatara esa bendición a la esposa. Por eso le dice,
no a Moisés, sino a la nueva esposa: Id al mundo entero y predicad el
Evangelio a toda criatura; así fue destinada para la nación grande.
¿Podía haber sido mayor que el mundo entero? Y el mundo se rindió
fácilmente a la portadora de la paz y mensajera de la gracia.

Porque la ley no es como la gracia. ¡Con qué semblante tan diverso
se presentan ante toda conciencia la dulzura de una y la severidad de
otra! ¿Quién puede mirar de igual manera al condenador y al salvador, al
que castiga y al que perdona, al que hiere y al que abraza? Es evidente
que no eran acogidas con el mismo deseo la oscuridad y la luz, la ira y la
paz, el juicio y la misericordia, la figura y la realidad, la verga y la
herencia, la brida y el beso. Testigos son Aarón y Hur de que la mano de
Moisés fue dura; testigos son los apóstoles de que la ley es un yugo
pesado e insoportable para ellos y para sus padres; el yugo era duro y
el premio vil; pues la promesa se refería sólo a esta tierra. Por esta
razón no fue enviado Moisés a la nación grande.

Pero tú, madre Iglesia, gozas de una promesa para esta vida y la
futura; por eso te acogen todos; porque has hallado una gracia doble:
el yugo suave y el reino sublime. Arrojada de la ciudad, todos te
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reciben, porque apetece eso que prometes y no aterra lo que
impones. ¿Por qué deplorar todavía la pérdida de una viña, si te han
compensado con semejante ganancia? Estuviste abandonada,
aborrecida y deshabitada y no había quien transitara por ti. Pero te
haré, dice, el orgullo de los siglos, la delicia de todas las edades.
Mamaras de la leche de los pueblos, mamarás al pecho de los reyes;
y sabrás que yo, el Señor, soy tu salvador, que el héroe de Jacob es
tu redentor. Así viene a decirnos que la esposa es la guardiana de las
viñas y que no pudo custodiar la suya propia.

III. 6. Cuando leo este texto suelo reprocharme que he asumido
el servicio de las almas, yo que no soy capaz de cuidar la mía,
interpretando las almas por las viñas. Si estás de acuerdo con esta
interpretación, piensa también si en consecuencia no deberemos
decir con razón que la fe es la vid; las virtudes, los sarmientos; el
racimo, las obras; la devoción, el vino. Porque el vino no existe sin la
vid, ni la virtud sin la fe. Sin la fe es imposible agradar a Dios; y
debemos afirmar que le desagrada, pues: Todo lo que no procede de la
fe es pecado.

Esto debían haberlo tenido en cuenta los que me ordenaron
guardar las viñas, es decir: si guardaba mi viña. ¡Cuánto tiempo
permaneció inculta, desierta, abandonada! Por eso no daba vino;
estaban secos los sarmientos de las virtudes por la esterilidad de la fe;
tenía fe, pero muerta. ¿Cómo no iba a estar muerta sin las obras? Esto
me ocurría en mi vida mundana. Después de convertirme al Señor la
guardé un poco mejor, lo confieso, pero no todo lo que debía. ¿Y
quién es capaz de conseguirlo? Ni el santo Profeta que decía: Si el
Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Lo recuerdo
perfectamente: ¡cuántas veces me expuse entonces a las ase-
chanzas del que asaetea a ocultas al inocente! ¡Viña de mi vida, cuánto
te he robado con furtivas artimañas, precisamente cuando empecé a
entregarme con más vigilancia a mi control y cuidado! ¡Cuántos y qué
excelentes abonos de buenas obras sofocó la ira, se los llevó la
jactancia o los despreció la vanagloria! ¡Cuánto tuve que soportar a
los halagos de la gula, a la acedia del espíritu, de la tormenta y del
huracán que devora! Así era; y a pesar de todo me hicieron guardián de
las viñas, sin tener en cuenta lo que yo hiciera o habría hecho con la mía
sin escuchar la recriminación del Maestro que dice: Uno que no sabe
gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios?

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7. Me admira el atrevimiento de muchos a quienes vemos que no
cosechan de sus viñas sino espinas y abrojos; sin embargo, no temen
siquiera ingerirse en las viñas del Señor. Son salteadores y ladrones, no
guardianes ni labradores. Allá ellos. Pero ¡ay de mí! que aún ahora me
veo coaccionado con peligro para mi viña; mucho más cuando,
entregado a tantas tareas, soy mucho menos diligente y menos solícito
con la mía. No puedo ni rodearla con un muro, ni cavar en ella un lagar.
¡Ay! Se ha arruinado su cerca de piedra y la vendimian todos los que
pasan por el camino. Está expuesta a la tristeza, abierta a la ira y a la
impaciencia. La destruyen como astutas vulpejas las imperiosas
obligaciones; la asaltan por todas partes las ansiedades, las sospechas,
los desvelos; raro es el momento en que me dejan solo las gentes con
sus pleitos o la agitación de los asuntos. No tengo ni la posibilidad de
impedirlo, ni medio para eludirlo, ni un tiempo para orar. ¿Qué caudal de
lágrimas necesitaría derramar sobre la esterilidad de mi alma?

Quise decir, de mi viña; pero me he expresado así por la costumbre
de recitar el salmo. Sin embargo, el sentido es el mismo; no teme
equivocarse el que advierte la semejanza, pues yo no hablo de la viña,
sino del alma. Pensemos, pues, en el alma, cuando leemos «viña»; pues
con su nombre y simbolismo se deplora su esterilidad. Así pues, ¿con
qué lágrimas regaré la sequía de mi viña? Todos sus sarmientos se
secaron por la esterilidad; están yertos y sin fruto, porque no tienen
sabia. Buen Jesús, ¡cuántos haces de sarmientos, tú lo sabes, se
consumen con la llama de mi corazón contrito en tu sacrificio diario! Sea,
pues, mi sacrificio un espíritu quebrantado; un corazón contrito y
humillado tú no lo desprecies.

IV. 8. Así aplico yo a mi imperfección este texto. Perfecto será el
que puede decir en otro sentido: Y mi viña, la mía, no la supe guardar, es
decir, como dice el Salvador en el Evangelio: El que pierda su vida por mí,
la conservará. Será de verdad idóneo y digno de que le confíen el
cuidado de las viñas, quien no obstaculice o retrase la atención a su
propia viña por el afán y la comezón de las que le han encomendado;
siempre que no busque su interés, ni su utilidad, sino la de muchos. Por
eso precisamente se le confió a Pedro el cuidado de tantas viñas, que
eran de los circuncisos; porque estaba dispuesto a ir incluso a la cárcel y
a la muerte. Estaba tan liberado del amor a su viña, es decir, a su alma,
que no le impedía entregarse al cuidado de las demás.

También a Pablo se le confió justamente un enorme número de

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viñas entre los gentiles, porque no se le vio afán alguno por guardar su
viña, ya que estaba decidido no sólo a que le encarcelasen, .sino a morir
en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús el Mesías. Y termina: La
vida para mí no cuenta, al lado de cumplir mi carrera. Todo lo apreciaba
exactamente, pues pensaba que no debía preferir nada suyo a su
salvación.

9. ¡Cuántos prefirieron un insignificante puñado de monedas antes
que su propia salvación! Pablo no prefirió siquiera su alma. La vida para
mí no cuenta, dice. ¿Distingues, por tanto, entre tu alma y tú mismo?
Cautamente te valoras más a ti mismo que a cuanto posees. Pero ¿no
eres tú tu propia alma? Pienso que Pablo caminaba ya entonces en el
espíritu y aceptaba la ley de Dios, que es buena; por esto terminó defi-
niendo a su propio espíritu como lo principal y supremo de sí mismo,
más que ninguna otra cosa suya. Y que todo lo demás, por ser de
naturaleza inferior y más vil, se identifica con el cuerpo; al que no sólo
proporciona la vida y los sentidos, sino también los deseos de
alimentarse y conservarse. Por eso juzgaba algo impropio para él, en
cuanto hombre espiritual, todo lo sensual y carnal, y prefería
considerarlo como algo suyo y no como el modo para expresarse como
persona.

«Cuando aludo a mí mismo», parece decirnos, «me refiero a lo más
noble de mi persona, a aquello por lo cual y mediante la gracia de Dios
existo, es decir, al espíritu y a la razón. Pero cuando hablo de mi alma,
entiéndelo en sentido funcional en cuanto agente de vida para el cuerpo
y factor de concupiscencia. Así me sucedía de hecho, pero ya no me
reconozco así porque no camino en la carne, sino en el espíritu. Ya no
vivo yo, vive en mí Cristo. Mi yo es el del espíritu, el de la carne no es mi
yo. ¿Y qué ocurre cuando el alma siente la concupiscencia carnal? No
soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí. Por eso no soy
yo, sino algo mío, ese algo que saborea la carnalidad en mí, mi misma
alma». Porque en realidad una faceta del alma es su afección carnal y la
vida que confiere al cuerpo. Esta alma suya era la que Pablo despreciaba
por encima de sí mismo, cuando se hallaba dispuesto a ser encarcelado
y morir por el Señor en Jerusalén, y así perder su alma, según el consejo
del Señor.

10.Y tú, si renuncias a tu propia voluntad, si rechazas
perfectamente la voluptuosidad corporal, si crucificas tus vanos instintos
con sus pasiones y deseos, y extirpas además lo que hay en ti de

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terreno, probarás que imitas a Pablo, porque la vida para ti no cuenta
nada. Y demostrarás que eres discípulo de Cristo, incluso perdiendo
ventajosamente tu vida. Por cierto, es más sensato perderla para
conservarla, que conservarla para perderla. Porque si uno quiere salvar
su vida, la perderá.

V. ¿Qué decís ahora vosotros, los que exigís refinamientos en los
manjares y descuidáis la pureza de vida? Hipócrates y sus secuaces
enseñan cómo salvar la vida en este mundo; Cristo y sus discípulos
cómo perderla. ¿A quién de estos dos elegís como maestro para
seguirle? Ya se define bien a sí mismo el que discurre así: «Esto hace
daño a los ojos y esto a la cabeza; aquello otro al pecho o al estómago».
Porque cada uno manifiesta lo que aprendió de su maestro.

Ni en el Evangelio ni en los Profetas, ni en las cartas de los
apóstoles habéis leído estas distinciones. Alguien de carne y hueso y no
precisamente el Espíritu del Padre te ha revelado como cierta esa
sabiduría; porque es una sabiduría carnal. Escucha ahora cómo piensan
de ella nuestros médicos: La sabiduría carnal, dicen, es mortal. Y
también: La sabiduría carnal es enemiga de Dios. ¿Tendré que
exponeros a vosotros las opiniones de Hipócrates o de Galeno, o las de
la escuela de Epicuro? Yo soy discípulo de Cristo y hablo a los
discípulos de Cristo; si os engaño con un dogma extraño, peco. Epicuro
encarece el placer sensual; Hipócrates la buena salud; pero mi Maestro
predica el desprecio de ambas. Hipócrates investiga y enseña con sumo
esmero cómo sustentar la vida del alma en el mismo cuerpo; a Epicuro,
en cambio, le interesa gozarla. Pero el Salvador nos invita a perderla.
11.¿Ha resonado dentro de ti alguna otra cosa en este auditorio
de Cristo, cuando hace un momento se ha proclamado: Quien tiene
apego a la propia existencia, la pierde? La pierde, dice, o exponiéndola
como un mártir o exasperándola como un penitente. Aunque ya es una
forma de martirio hacer morir las obras del cuerpo con el espíritu, esto
es, con ese hierro que lastima sus miembros; es un martirio menos
horroroso, pero más molesto por su duración. ¿Ves cómo esta máxima
de mi Maestro condena la sabiduría de la carne, por la cual uno se
hunde en la disolución de la lujuria o se apetece mucho más de lo
debido el bienestar del cuerpo?

Pero has escuchado al Sabio que la verdadera sabiduría no corre
hacia los placeres y que no se halla en la tierra de los vivos. Y el que la
encuentra dice: La quise más que la salud y la belleza. Si la prefiere a la
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salud y a la belleza, cuánto más al placer y a las torpezas. ¿De qué sirve
ser moderado con las pasiones y esforzarse cada día por investigar la
variedad de dilemas y analizar la diversidad de alimentos? «Las legum-
bres», dicen, «son flatulentas, el queso sobrecarga el estómago, la leche
perjudica la cabeza, el pecho no soporta el agua pura, las coles acarrean
melancolías, los puerros encienden la cólera, los peces de agua
estancada o los de estanque no les sientan bien a mi metabolismo».
¿Adónde vamos, si en ningún río, campo, huerto o bodega encontramos
nada que llevar a la boca?

12. Piensa, por favor, que eres un monje, no un médico que debas
escudriñar tu organismo, sino juzgar de tu profesión. Respeta, te pido,
primero tu paz; respeta después la tarea de los que te sirven, respeta la
economía de la casa, respeta tu conciencia. La conciencia, digo, pero no
la tuya, sino la ajena; la del que se sienta junto a ti y come lo que le
sirven, murmurando de tu original ayuno. Porque a él le escandalizas, o
por era ociosa superstición o por tu dureza, que quizá la imputa al que
debe proveerte el sustento. Se escandaliza también de tus rarezas y por
ellas te considera un maniático, porque andas rebuscando cosas
absurdas, o se queja de mi dureza porque no te cuido lo necesario.

Quizá algunos condescienden consigo mismos por el ejemplo de
Pablo, que exhortaba a su discípulo a que no bebiese agua, sino que

tomase un poco de vino por el estómago y sus frecuentes
indisposiciones. Estos deben pensar primero que el Apóstol no
establecía esta norma para sí mismo, y que su discípulo tampoco lo
pedía para sí. Además tampoco lo aconsejaba a un monje, sino a un
obispo, cuya vida era todavía necesaria para la Iglesia recién nacida.
Ese tal era Timoteo. Preséntame a otro Timoteo y yo lo alimentaré, si
queréis, con manjares de oro; y le daré a beber ambrosías. Pero tú te
compadeces y te dispensas a ti mismo. Confieso que me resulta
sospechosa su propia dispensa y temo que se traiciones bajo capa y
excusa de discreción por la prudencia de la carne. Yo me conformo con
habértelo advertido, de modo que si la autoridad del Apóstol te basta
para beber vino, no olvides que él dice un poco. Y basta: volvamos a la
esposa y aprendamos de ella a no guardar egoístamente las viñas
propias, especialmente nosotros que hemos sido destinados, al parecer,
a guardar las viñas del Esposo de la Iglesia, Jesús, Cristo nuestro Señor,
que es bendito por siempre. Amén.

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