Resumen Pierre Bourdieu Loic Wacquant 1995 Respuestas Por Una Antropologia Reflexiva

Pierre Bourdieu – Loïc Wacquant (2005) RESPUESTAS: POR UNA ANTROPOLOGÍA REFLEXIVA 1.

La sociología como socioanálisis
Podría haberse pensado que el sería fácil escribir Homo Academicus, puesto que versa sobre los intelectuales franceses, es decir, un mundo del que forma parte. No obstante parece ser el que le ha costado más esfuerzos en término de tiempo, reflexión, redacción e investigación; pero también de inquietud ¿Por qué tantas dificultades? Homo Academicus es un libro especial, porque el trabajo requerido por la objetivación científica se acompaña de un trabajo acerca del sujeto de la objetivación. No es posible trabajar sobre determinado objeto sin tener presente en todo momento que el sujeto de la objetivación está en si mismo objetivado. Su objetivo no es sólo escribir una monografía de la universidad francesa y de su cuerpo docente, sino también plantear un problema fundamental del método sociológico. En la investigación persigue un doble objetivo y construye un doble objeto. Primero el objeto aparente; la universidad francesa como institución; segundo, el objeto profundo; el retorno reflexivo implícito en la objetivación de su propio universo, y el radical cuestionamiento que impone la “historización” de una institución cuya misión socialmente reconocida es la de reivindicar la objetividad y la universalidad para sus propias objetivaciones. Tomar la universidad como pretexto para estudiar la mirada sociológica es un procedimiento que ya había aplicado cuando, a principios de los sesenta, llevó a cabo una encuesta sobre las prácticas matrimoniales en su propia aldea del sur de Francia, después de haber realizado un proyecto similar entre los aldeanos argelinos. Homo Academicus es el punto culminante de una suerte de “experimentación epistemológica”. Detrás de esta investigación existía la intención de invertir la relación “natural” del observador con el universo que él estudia, de volver exótico lo fa miliar y familiar lo exótico: todo ello a fin de explicar lo que en ambos casos se acepta como autoevidente y demostrar en la práctica la posibilidad de una objetivación sociológica completa tanto del objeto como de la relación del sujeto con su objeto (objetivación participante). A lo largo de su obra, ha insistido en la necesidad de un retorno reflexivo hacia el sociólogo y su universo de producción, así como en el hecho de que, lejos de ser una forma de narcisismo intelectual, semejante examen acarrea consecuencias científicas reales. La sociología de la sociología es una dimensión fundamental de la epistemología de la sociología, es el preámbulo imprescindible de toda práctica sociológica rigurosa. Una de las principales fuentes de error en las ciencias sociales reside en la relación incontrolada con el objeto, conducente a proyectar esta relación no analizada con el objeto de análisis. La auténtica objetivación exige algo más que concretarse a llamar la atención sobre los orígenes social, étnico o sexual del productor cultural. Se trata también de objetivar su posición en el universo de la producción cultural; en este caso, el campo científico o universitario. “ El paralogismo del cortocircuito”: al intentar establecer un vínculo directo entre términos muy alejados, se omite la mediación esencial, esto es, el universo social relativamente autónomo que constituye el campo de la producción cultural. La “parcialidad” teoricista o intelectualista consiste en olvidarse de señalar, en la teoría del mundo social que se construye, el hecho de que dicha teoría es producto de un enfoque teórico. La sociología verdaderamente reflexiva debe cuidarse de este epicentrismo, de este “etnocentrismo de científico”, que estriba en ignorar todo aquello que el analista proyecta en su percepción del objeto, por el hecho de que es exterior al objeto, que lo observa desde lejos y desde arriba. En otras palabras, una ciencia rigurosa de la sociedad debe construir teorías que conlleven una teoría de la ruptura entre teoría y práctica. Un modelo exacto de la realidad debe tener en cuenta la distancia que separa al modelo de la experiencia práctica de los agentes y que hace que los mecanismos descritos funcionen con la “complicidad” inconsciente de esos agentes. El mundo universitario, lo mismo que cualquier universo social, es el escenario de una controversia en torno a la verdad del mundo universitario y del mundo social en general. Este retorno hacia la relación genérica del analista con su objeto y al sitio particular que él ocupa en el espacio de la producción científica sería lo que distingue el tipo de reflexividad que Bourdieu pregona de aquél defendido por Gouldner, Garfinkel, Mehan y Wood o Bloor. Lo que hay que objetivar no es (solamente) el individuo que lleva a cabo la investigación en su idiosincrasia biográfica, sino la posición que ocupa en el espacio académico y las “parcialidades” inherentes al punto de vista que pueda adoptar mientras esté fuera de juego. La sociología de la sociología que Bourdieu defiende en nada se asemeja aun retorno intimista y complaciente hacia la persona

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privada del sociólogo, ni tampoco a una investigación sobre el Zeitgeist intelectual. Acepta que existe una experiencia primigenia de lo social que descansa en una relación de creencia inmediata que nos predispone a aceptar el mundo como autoevidente. Este análisis es excelente como descripción, pero es menester ir más allá de la descripción y plantear la cuestión de las condiciones de posibilidad de esa experiencia dóxica. Hay que sociologizar el análisis fenomenológico de la doxa como sumisión indiscutida al mundo cotidiano, no sólo con objeto de establecer que aquella no es universalmente valida para cualquier sujeto que perciba y actué, sino también a fin de descubrir que, cuando se realiza dentro de ciertas posiciones sociales, en particular entre los dominados, representa la forma más radical de aceptación del mundo tal cual es, es decir, la modalidad más absoluta de conformismo. Homo academicus versa exclusivamente sobre un caso particular en un momento igualmente particular: los universitarios franceses durante la década de los sesenta, ¿Cómo generalizar los análisis que propone? Uno de los objetivos del libro es demostrar que la oposición entre lo universal y lo único, entre el análisis nomotético y la descripción ideográfica, es una falsa antinomia. El modo de pensamiento relacional y analógico favorecedor del concepto de campo otorga al facultad de aprehender la particularidad dentro de la generalidad y la generalidad al interior de la particularidad. Homo academicus se puede y debe leer como un programa de investigación acerca de cualquier campo universitario. En realidad, mediante una simple experimentación mental, el lector puede llevar a cabo el esfuerzo de transposición necesario y descubrir, gracias al razonamiento analógico, una buena cantidad de realidades de su propio universo profesional. ¿Acaso esto no plantea también el problema de la relación de los universitarios con los poderes establecidos? Aquí también sería necesario disponer de medidas muy precisas de la relación de los científicos con las diferentes instituciones, con “el campo del poder”. Otra crítica consiste en que los datos están fechados El objetivo de la investigación es descubrir invariantes transhistóricas o conjuntos de relaciones entre estructuras relativamente estables y duraderas. Desde esta perspectiva, poco importa que los datos hayan sido reunidos cinco o quince años antes. Precisamente, numerosos comentaristas de tendencias muy diversas han criticado sus modelos por ser demasiado estáticos o “cerrados”, porque dejan poco espacio a la “resistencia”, el cambio y la irrupción de la historia. ¿Acaso Homo academicus no responde a esta pregunta al proponer el análisis de una ruptura política y social, la protesta de mayo del 68, que intenta disolver la oposición entre reproducción y transformación, así como entre historia estructural e historial eventual? En realidad, el autor ha denunciado una y otra vez la “deshistorización” inherente al punto de vista estrictamente estructuralista. De la misma manera, no ve como las relaciones de dominación pudieran establecerse sin suscitar alguna forma de resistencia.

En efecto, su rechazo de la noción de “cultura popular” ha sido denunciado por algunos como elitista o, incluso, políticamente conservador La mayoría de los discursos ordinarios sobre el mundo social tienen por objeto decir, no lo que son lasa realidades implicadas (el Estado, la religión, etc.) sino lo que ellas valen; emitir, pues, juicios de valor. El discurso científico meramente enunciativo está, por tanto, destinado a ser percibido como una ratificación o una denuncia. La dicotomía existe en la realidad, en la forma de jerarquías que le son inherentes, así como en la objetividad de los funcionamientos sociales y en la subjetividad de los sistemas de clasificación, de los gustos que están jerarquizados. Hay lecturas superficiales, incluso elementales, de La distinción y de L’amour de l’art que hacen del sociólogo una especie de filisteo en guerra contra el arte o la filosofía Cierta ruptura con las formas más ingenuas de la creencia artística es condición necesaria para el acceso a la posibilidad misma de construir el arte y la cultura como objetos de análisis. Esto hace que la sociología del arte siempre choque con los creyentes ingenuos o los defensores fariseos de la gran cultura. Tanto en el plano de los productores como en aquél de los consumidores, las tomas de posición artísticas corresponden a las posiciones ocupadas en el campo de producción en el caso de los primeros, o en el espacio social, en el de los segundos. Lo cual significa que todas las formas de la fe artística suponen condiciones de posibilidad. ¿De modo que su trabajo no es una “condena general de la estética como pura señal de clase y como consumo ostentatorio”, ni nos condena, como a menudo se le reprocha, a un relativismo nivelador? No. El campo artístico es sede de un proceso objetivamente orientado y acumulativo, a cuyo término se generan obras que alcanzan niveles de excelencia que las apartan decisivamente de aquellas formas de expresión artística que no son producto de tal historia. Bourdieu demostró que el acceso al “gran” arte no es una cuestión de virtud o don individual, sino de herencia cultural o educación.

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Esto conduce ala búsqueda de una política que se opone tanto al “absolutismo” de los defensores de la Cultura constituida en calidad de privilegio de algunos elegidos como al relativismo de quienes ratifican simple y sencillamente el hecho del desposeimiento cultural de las mayorías, una política encaminada a universalizar las condiciones de acceso a lo que el presente histórico tiene de más universal Pero, ¿cuáles pueden ser las bases sociales de semejante política? ¿Cabe esperar que quienes monopolizan lo universal contribuyan a suprimir su propio privilegio? Es a la sociología de la cultura, del arte, de la ciencia, de la filosofía, en fin, de todas las obras culturales con pretensiones universales, a la que corresponde efectuar el rompimiento, siempre doloroso, con la doxa científica, con todas las “ideologías profesionales” de los profesionales del pensamiento, con sus credos y creencias íntimas. La pregunta consiste en si la ciencia social puede dar cuenta de lo que aparenta ser una coyuntura contingente, un evento o usa serie de eventos singulares y la cuestión de las relaciones entre estructuras sociales y cambios históricos En Homo academicus intenta dar cuenta de la manera más completa posible de la crisis de mayo de 1968 y, al mismo tiempo, proponer un modelo general de las crisis o las revoluciones. Al analizar el suceso específico descubrió numerosas propiedades que le parecieron generales. No ignoró las contradicciones y los conflictos de los cuales el campo universitario es escenario, y que forman la base misma de los continuos cambios a través de los cuales se autoperpetúa. La noción misma de campo supone una superación de la oposición convencional entre escritura e historia, entre conservación y transformación: las relaciones de poder constitutivas de la estructura del campo motivan, al mismo tiempo, la resistencia a la dominación y la resistencia a la subversión. ¿Puede esclarecer el lugar que la historia ocupa en su pensamiento? ¿No es ella, en su opinión, uno de los instrumentos privilegiados de la reflexividad? La separación de la sociología y la historia le parece desastrosa y desprovista de justificación epistemológica: toda sociología debe ser histórica y toda historia, sociológica. El carácter arbitrario de la distinción entre historia y sociología se hace patente en el nivel más elevado de la disciplina: por alguna razón los historiadores se sienten menos obligados que los sociólogos a forjar conceptos, construir modelos o producir discursos teóricos o metateóricos más o menos pretenciosos. Se necesita una historia estructural que rara vez se practica, y que revelaría cada estado sucesivo de la estructura examinada en tanto que producto de las luchas precedentes por mantener y transformar esta estructura y principio de las transformaciones que derivan de éstas, a través de las contradicciones, tensiones y relaciones de fuerza que lo constituyen. Existen ainidades entgre su trabajo y el de varios importantes historiadores sociales, como N. Elias, E. P. Thompson, E. Hobsbawm, W. Sewell, M. Levin o C. Tilly entre otros. Lo que tienen en común es la atención prestada a los procesos persistentes de constitución de las estructuras mentales, culturales y sociopolíticas: categorías de comportamiento, formas de apreciación, expresiones culturales, formas de acción colectiva y agrupamientos sociales. ¿Por qué no destacó más claramente estos parentescos intelectuales? El énfasis con que algunos sociólogos han anunciado su “redescubrimiento” de la historia lo ha disuadido de destacar las convergencias y afinidades. La problemática de Elias le inspira gran simpatía en la media que extiende y amplifica ciertos temas weberianos e intenta relacionar un proceso de psicosociología histórica con un gran proceso histórico, la constitución del Estado. Elias, lo mismo que Weber antes que él, siempre omite preguntarse quién se beneficia y quién padece con el monopolio del Estado sobre la violencia legitima y plantearse el asunto de la dominación ejercida a través del Estado. Además, los historiadores a menudo se autocondenan al anacronismo, por su uso antihistórico o deshistorizado de los conceptos que emplean para describir las sociedades del pasado. Un sinnúmero de historiadores olvidan que estos conceptos y las realidades correspondientes son producto de una construcción histórica: la propia historia a la cual aplican estos conceptos los ha inventado, creado, con frecuencia al costo de un enorme trabajo histórico esencialmente olvidado. La historia de la génesis de los recursos intelectuales usados en los análisis del mundo social es uno de los principales instrumentos de la crítica inseparablemente epistemológica y sociológica a la que se deben someter nuestras categorías de pensamiento y formas de expresión.

3. Una duda radical
Construir un objeto científico significa romper con el sentido común, es decir, con representaciones compartidas por todos. La tarea del sociólogo es la de conocer un objeto, el mundo social, del cual es producto, de modo que los problemas que se plantea acerca de él, y sus conceptos tienen todas las probabilidades de ser resultado de ese mismo objeto. ¿Cómo puede el sociólogo poner en práctica la duda radical que es necesaria para poner en tela de juicio todas las premisas inherentes al hecho de que es un ser social y que, por tanto, está socializado y tiende a sentirse como pez en el agua dentro de este mundo social cuyas estructuras ha interiorizado? ¿Cómo puede evitar que el mundo social realice en cierto sentido, a través de su persona y de las operaciones inconscientes de sí mismas de las cuales él es el sujeto aparente, la construcción del mundo social, del objeto científico? La ciencia semicientífica toma del mundo social sus problemas, sus conceptos y sus instrumentos de conocimiento y que registra como datum, como dato empírico independiente del acto de conocimiento y de la ciencia que lo propicia, hechos, representaciones o instituciones que son producto de un estado anterior de la ciencia, en fin, que se registra a si misma sin reconocerse. ¿Cómo puede el sociólogo escapar de la persuasión clandestina que se ejerce en todo momento sobre su persona, cuando lee el diario o ve la tele o, incluso, cuando reflexiona sobre los

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trabajos de sus colegas? Estar alerta ya es importante; pero no basta con ello. Uno de los instrumentos más poderosos de la ruptura es la historia social de los problemas, objetos e instrumentos de pensamiento, esto es, la historia del trabajo social de construcción de instrumentos de construcción de la realidad social. Para evitar ser el objeto social de los problemas que se toman por objeto, hay que elaborar la historia social del surgimiento de dichos problemas, de su progresiva constitución, es decir, del trabajo colectivo que fue necesario para conocer y reconocer estos problemas como legítimos, confesables, publicables, públicos y oficiales. El problema aceptado como evidente por el positivismo ordinario ha sido socialmente producido dentro de y mediante un trabajo colectivo de construcción de la realidad social. En las ciencias sociales las rupturas epistemológicas son a menudo rupturas sociales, rupturas con las creencias fundamentales de un grupo y, a veces, con las creencias básicas del gremio de los profesionales. Practicar la duda radical en sociología equivale a romper con las reglas del juego. El lenguaje plantea un problema particularmente dramático al sociólogo: constituye un inmenso depósito de preconstrucciones naturalizadas y, por tanto, ignoradas en tanto que tales, las cuales funcionan como instrumentos inconscientes de construcción. Es necesario ir aún más lejos y poner en tela de juicio no sólo la clasificación de las profesiones y los conceptos empleados para designar las clases de oficios, sino también el concepto mismo de profesión ( profession), que ha servido de base a todo un conjunto de investigaciones y que, para algunos, representa una especie de santo y seña metodológico. Profession es una palabra del lenguaje común que pasó de contrabando al lenguaje científico; pero es, en especial, una construcción social, producto de todo un trabajo social de construcción de un grupo y de una representación de este grupo, que se introdujo subrepticiamente en la ciencia del mundo social. Esto es lo que hace que el “concepto” funcione tan bien. Siempre y cuando se tome tal como se da, lo dado no da ningún problema. Toda camina sobre ruedas, todo es evidente. Por el contrario, cuando se trabaja con un verdadero objeto construido, las cosas se complican: el avance “teórico” genera un aument o de dificultades “metodológicas”. La abdicación empirista tiene a su favor todas las apariencias y tod as las aprobaciones porque, al ahorrarse la construcción, deja al mundo social tal cual es, al orden establecido, las operaciones esenciales de la construcción científica, la elección del problema, la elaboración de los conceptos y categorías de análisis y cumple así una función básicamente conservadora, la de ratificar la doxa. A menudo es necesario, para ser científico, faltar a las apariencias de la cientificidad, incluso contravenir a las normas vigentes y desafiar los criterios ordinarios de rigor científico. Se trata de un momento de ruptura con los presupuestos del sentido común, sea ordinario o científico. Si es necesario objetivar los esquemas del sentido práctico, no es para demostrar que la sociología no puede ser más que un punto de vista acerca del mundo, sino para separar a la razón científica de la razón práctica, para evitar que esa contamine a aquélla, para evitar tratar como instrumento de conocimiento lo que debiera ser objeto de conocimiento, es decir, todo aquello que conforma el sentido práctico del mundo social, las premisas y los esquemas de percepción y comprensión.

[Pierre Bourdieu - Loïc Wacquant, Respuestas: por una antropología reflexiva, Editorial Grijalbo, México, pp. 41-61 y 177184.]

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