ÍCARO

Ícaro es un buen ejemplo de un error que muchos cometemos día con día: la falta de equilibrio. El equilibrio es básico para vislumbrar un objetivo y delinear el camino para cumplirlo, es necesario para conocer las habilidades y los defectos propios, y es quien mejor nos protege del peligro que se corre cuando la razón es seducida por la emoción exacerbada. Pero antes, para refrescar un poco la memoria, podemos recordar la popular historia perteneciente a la mitología griega. En ella tanto Ícaro como su padre, Dédalo, son condenados a una vida en prisión luego que su padre divulgara un secreto del Rey. Para lograr salir, Dédalo crea un plan sencillo pero astuto: reunir las suficientes plumas para crear alas para cada uno, pegarlas con cera y volar con ellas fuera de la prisión y por sobre el mar que los rodeaba. Antes de partir, Dédalo le advierte a su hijo que no intente ni bajar demasiado, puesto que el mar podría devorarlo, ni que vuele demasiado alto, ya que el sol podría derretir la cera y hacerlo caer. Aunque al principio el joven sigue las instrucciones de su padre al pie de la letra, a medio camino le gana la euforia por estar paseando en los cielos y decide volar más y más alto, hasta que el calor del sol derrite la cera y, ya sin alas, cae al mar. El joven de la historia no debía ni bajar demasiado para no ser consumido por las olas, ni subir demasiado para no arriesgarse a ser víctima del sol, así que el que no mantuviera el equilibrio fue lo que lo orilló a caer. Desde pequeños se nos enseña que el equilibrio es esencial en cualquier ámbito, como cuando se nos advierte que no debemos comer muy poco, ni

demasiado, o que el ejercicio adecuado lleva a una buena condición física, pero en exceso podría lastimar al cuerpo. Incluso tenemos nuestro propio dicho relativo al tema: “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no alumbre”. Pero pocas veces pensamos en la importancia del equilibrio en la vida cotidiana, y sobre todo, en las emociones. Una de las enseñanzas principales de esta historia está relacionada a la importancia de encontrar el equilibrio aún en los momentos de mayor euforia y éxito; en la narración Ícaro olvida la advertencia de su padre cuando se halla en lo más alto de su vuelo, tal como sucede cuando, en momentos de victoria y triunfo, olvidamos nuestras debilidades al grado de creernos invencibles. Pero cuando un ascenso se lleva a cabo sin precaución, y la persona no cuida el trayecto, la caída será tan fuerte como la del personaje mitológico. La diferencia entre Dédalo e Ícaro nada tiene que ver con edades, condiciones físicas o maneras de volar, sino con la decisión que cada uno toma durante el recorrido: mientras que Dédalo no pierde de vista el objetivo, y hace todo lo posible por mantenerse en el camino para llegar al mismo, Ícaro se rinde a la emoción y a la euforia, y aunque ninguna de las dos es una emoción mala por sí misma, se vuelven contra la persona cuando hacen que se pierdan de vista los fines que se persiguen. Como Ícaro, a veces contamos con todo lo necesario para lograr un cometido: tenemos las alas, la fuerza y el camino que se ha de recorrer; pero nos falta mantener un equilibrio, y es ésta la mejor herramienta de todas, ya que nos brinda la disciplina mental para mantenernos enfocado; el equilibrio también sirve para no sufrir un vaivén de emociones, sino mantenerlas en balance.

En resumen, el equilibrio es lo que nos puede permitir remontar el vuelo sin caer al poco tiempo.

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