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El hermano huérfano en la cena de los ausentes

l nombre de César Vallejo representa intelectualidad, genio, compromiso estético a carta cabal. Pero sobre todo, el poeta metafísico, universal, nos representa en los hondos cristos del alma que el destino adorable de la inquina blasfema. “Humano, demasiado humano” por antonomasia, su gracejo y versatilidad literarias hasta la sepultura, marcaron un hito loado por Gregory Rabassa, como el poeta más grande de todos los tiempos, después de Dante Alighieri. Homenajes, romerías, discos; la crítica lo erigió desde Los heraldos negros (1918), como poeta heredero del modernismo, a cuya ruptura trascendente se deben legiones de poetas que han seguido su senda de la palabra que cala, que conmueve por su dote expresiva, más que por su malabarismo léxico, accesorio de todos los pretenciosos alarifes de ocarina en la bufanda de cantor de versos del alma. Pero no olvidemos que el dicharachero y versátil César Abraham del Perú, se desterró como otrora lo pronosticara en su famoso poema, “huérfano” y decepcionado por el incidente que lo encarceló, y que también le sirvió para gestar en el presidio la matriz surrealista más inverosímil y erupcionada de todos los tiempos: Trilce: tristeza dulce, o el simple tintineo que hace un centavo con la uña del pulgar; Trilce, rabia candente de los demonios internos encontrados pugnando por salir a flote, en una realidad que desde 1922 no ha dejado de legarnos tomos de crítica de la más académica estirpe; Trilce, parapeto mental que hasta ahora llueve la inmanencia desnuda de los tiempos que el cerebro humano erige magnificado; Trilce, realidad aparente, vida fulgente al costo de robarle su naturaleza expresiva, incluso a la misma palabra: Trilce, humanidad en todo el efervescente sentido de las 1

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cosas más bellas que la creación enarbola, lejos de acaeceres corrientes. Atrincherado en París, el hermano huérfano, dueño de nuestros huesos, evocaba su “Perú del mundo”, en crónicas y artículos que le daban vigencia y manutención mientras la vida le costaba renuncias más que lauros. Se alistó a la defensa de la revolución antifranquista, que cobró sangre intelectual en poetas latinoamericanos y españoles, como Pablo Neruda, Federico García Lorca, Altolaguirre, Rafael Alberti… Ellos, que escribieron con su dedo una libertad al costo maravilloso de la sangre escrita; ellos, quienes legaron las alucinaciones al sembrar de cementerio de los pasos lejanos que mueren de torpe, pesada realidad conmoviendo realidades permitidas. El poeta norteamericano Charles Bukowski dijo que murió de hambre; el semblante póstumo de Pablo Picasso lo representa maduro, armónicamente cansado, realizado; un Cristo a oficio cabal, que dio caer en la tumba, pero que con su poema Masa, leído en el estadio, de la Universidad San marcos, en Lima, revivió, si se quiere, aquella maratónica de la lectura multitudinaria dignamente reclutada a caídas libres, lluvias de libros, por el editor Cajamarquino Esteban Quiroz Cisneros. Una auspiciosa representación actoral del periodista, también de Cajamarca, Luis Guerrero Castillo, basada en una carta dirigida a su gran amigo, el poeta hualgayoquino Oscar Imaña, lo atrae desde esa orilla de los puentes volados que enfebrecía para él la ausencia de hermanos todos; la vida a plazos que significa ser extranjero, que no enloqueció, como su colega César Moro, poeta surrealista, pero que sí estuvo muy triste, al borde de magnificarse humano por intelectualidad, más que por santos legados. Los Poemas humanos editados póstumamente nos abisman a un ser que significa todos los sentidos plenos a la vez. Cómo ser el mismo después de la lectura que nos conmueve hasta las vértebras “Los nueve monstruos”; o cómo no acallar en un mar contrariado, demasiado humano, después de que un hombre cae de una construcción y ya no almuerza; o de ese desgraciado que pasa con un pan al hombro. Ante la intermitencia de los homenajes y la 2

crítica extensa que no exagera los millares de folios en su honra escritos, no nos queda más que sumarnos a significar una semblanza más en el mar literario que no es de este inmundo. Dicen que la obra de un gran poeta como Vallejo se contrapone a su destino, o que bien traduce su vana paradoja. Para ello es menester dejar el lado vital y centrarnos en el incomparable legado que no tendrá par en ningún despuntar del alba creadora de todos los tiempos: ¡César Vallejo! Lo veo aparecer risueño en una velada con el Grupo Norte; otras veces, con el ceño solemne de un muerto eterno de frac y hondos pensamientos arriba del mentón cetrino. El relato “Paco Yunque” adelanta un mal que se ha acrecentado como una bestia insaciable en los colegios, universidades y hasta en el plano laboral, el Bullying, mal que no ha dejado el riego de víctimas, muertes, suicidios, violaciones, sobre todo entre los más humildes, indefensos y timoratos. Paco Yunque sigue llorando en el paradigma mental de todos los niños sufridos del mundo. Un cuento demasiado triste que nos vuelve adultos a patadas, a trompadas innecesarias, pero amargamente ciertas. El cetrino de los huesos ajenos no ha dejado de ser sufrido. Él nos revive y escarba ese achacoso dolor de niños penitentes en el rincón de castigo de la escuelita fiscal. Un niño que al borde del poyo de la casa materna le hacía una falta sin fondo a su hermano Miguel; un presidiario a quien le orquestaron el encarcelamiento sus paisanos mediocres, y cuyo asentar resignado del bruto ungirá que toda la noche humana de los tiempos está bien, “que todo está muy bien”. Un lírida universal rodado en los recodos más hondos de nuestra memoria sensible, un revolucionario de la palabra y del averno humano mejor encauzado en géneros que van desde la poesía, ensayo, cuento y novela, frisando por el teatro, inclusive; un artista a carta cabal que “solía escribir con su dedo grande en el aire: ¡Viban los compañeros!”, para mejor no ponerse triste, “¡Dulzura por dulzura, corazona!”
Jack Farfán Cedrón, Abril 15, 2013

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