Tengo un gato en mi vida. Ana Lara Vargas.

A veces, me gustaría parecerme a Bigotes; despreocupado e independiente, casi autosuficiente si omitimos el hecho de que tengo que servirle su comida y cambiar su arena de manera periódica. Bigotes es mi amigo y mi ejemplo, por ello he buscado y finalmente encontrado un trabajo que me permitirá ser más como él, aunque claro, no podría asegurar que Bigotes quiera estudiar diseño como yo. Las ventajas de trabajar en una heladería no son demasiadas, no se puede tocar la tentadora mercancía y las propinas son casi nulas; sin embargo terminas conociendo a una gran cantidad de personas. Apareciste ahí, precisamente entre el helado de vainilla y chocomenta. Los dos jóvenes, yo con ganas de ser amada, tú con ganas de demostrar ante el mundo tu debilidad disfrazada de fortaleza, poder y violencia. Cuando mi enamoramiento y la confianza me rindieron, aprovechaste la situación y robaste el dinero de la caja registradora. Yo asustada, le conté a Don Manuel lo sucedido, él me pidió hacer la denuncia ante las autoridades y la hice, pero además -seguirás trabajando, sin paga hasta que se cubra el monto de lo robado- me dijo. Y así lo hice. Tú tan poderoso y fuerte, comenzaste a amenazarme de muerte y yo sintiéndome tan débil y vulnerable, retiré la denuncia. Llegando a casa, decidí contarle a mi madre. -Mamá he recibido amenazas, si algo me pasa, te encargo a “Bigotes”- Ella me oyó, pero no me escuchó. ¡A dormir! mañana al trabajo de nuevo. Termino mi turno y estás allí con tu camioneta negra, me dices que quieres hablar, platicar y confiada me subo. Estoy en tú casa, me gritas, me golpeas, de mi teléfono marcas a mi madre para que oiga. ¿Ahora sí escuchará? Ayer no lo hizo. Estoy gritando fuerte NO ME PEGUES, NO ME MATES. Ahora, el que no escucha eres tú. Estoy en la acera de una calle, muerta, ¡cuánto ruido! Ésta vez mi madre sí escuchó, buscó ayuda, la oyeron pero no la escucharon. Yo ya no oigo nada. No olvides mi nombre, me llamo: MUJER.

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