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La belleza es justa - El Universal - Editoriales

Guillermo Fadanelli

La belleza es justa

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); Mariana Constrictor (relatos); y Elogio de la vagancia (ensayo). Sus novelas han sido traducidas a seis idiomas. Premio Colima de Literatura 2002. Fundador de la editorial y de la revista Moho. Miembro del Sistema Nacional de Creadores. 27 de febrero de 2012 “A una mujer hermosa debería permitírsele todo, incluso matar.” Puse por escrito esta sugerencia hace muchos años, no presa de un arrebato o iluminación repentina, sino después de cavilar con cierto detenimiento una pregunta: ¿hasta donde la justicia puede ser socavada por la belleza? Auto citarme no me causa remordimientos pues creo que cualquier historia de las ideas nos dice que casi nadie es original y que nos pasamos rezando y repitiendo oraciones o pensamientos de otros: nadie inventa ningún nuevo argumento (no lo hizo Tertuliano, ni san Agustín, ni tampoco san Anselmo), aunque cada persona experimente la vida de un modo totalmente personal o extraordinario. Lo anterior no quiere decir que plagiamos, sino que imaginamos por primera vez lo antes imaginado. La belleza jamás es idiota —mucho menos injusta— y quien lo dude tendrá que vivir una segunda vez y poner un poco más de atención a su alrededor. La belleza viene acompañada de una gracia que la torna reconocible en sus gestos más sutiles. Sólo a causa de esta razón es belleza: porque posee gracia y se acomoda en el tiempo como si no hubiera tiempo o ella misma lo encarnara. Es belleza porque es muerte que se anuncia, y seduce a un extremo tal que nos hace más tarados de lo que somos: tarados por elección (como es el caso de la mayoría) o porque nacimos sin demasiadas luces, invisibles a la lámpara que

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Diógenes utilizó para intentar encontrar hombres de verdad, hombres que pensaran y vivieran por sí mismos. En nuestros tiempos esa lámpara no es necesaria ya que para encontrar hombres de esta clase basta hacer una visita al cementerio. Fuera de estas tumbas no hay nada. El testimonio de la belleza no debe ser refutado, ¿para qué perder de esta manera el tiempo cuando nos encontramos sobre un terreno en que los argumentos no son importantes? Hago una pausa para aclarar que, en mi opinión, la belleza sólo puede ser femenina. Los hombres son una malformación que tarde o temprano será relegada a donde merece: un chiquero a la altura de sus ambiciones. No se puede juzgar el mundo desde “ningún lugar” pues de lo contrario seríamos dioses o dueños de éticas absolutas (sobre esta cuestión Thomas Nagel ha reflexionado profundamente). De modo que se hacen juicios siempre parciales y, en lo que a mí concierne, elaboro esos juicios desde mi ser masculino, por pobre e indecente que sea el pobre. A propósito de estas minucias me viene a la memoria un relato de Eca de Queirós que me dejó absolutamente indignado, tanto que arrojé el libro a un estante para abrirlo años después y comprobar que me había molestado con uno de los grandes escritores portugueses del siglo diecinueve. El relato en cuestión lleva por título Excentricidades de una chica rubia, y no cometeré la tropelía de narrar la historia más que en un solo aspecto: en la historia se condena a Luisa, una hermosa rubia, porque no pudo resistir la tentación de robarse un anillo justamente en el momento en que su prometido compraba otro anillo para ella que sellaría su compromiso nupcial. Al ser descubierto el hurto por el dependiente de la joyería, es tal la vergüenza del novio que no duda en romper el compromiso con quien había decidido compartir el resto de su vida. ¡Qué tontería! Condenar a esta mujer a causa de tomar lo que ya era suyo por mandato divino. Si la belleza encarnada en Luisa no puede, sin ser ofendida, guardar para sí un anillo insignificante es que a los hombres no nos interesa la justicia. Después de repasar de nuevo este relato no me queda más que exclamar, como lo hiciera Diógenes al ver que unos sacerdotes habían detenido a un sacristán por robarse un copón: “Los grandes ladrones han apresado al pequeño.” ARTÍCULO ANTERIOR Gimnasio y literatura Editorial EL UNIVERSAL Cada vez más jóvenes Regresar Imprimir

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