Truman Capote dijo, en un prefacio de la década del 60’, pero que yo he tenido oportunidad de leer recientemente, que a sus

17 años ya se había graduado como escritor. Esto lo explicaría, por un lado, el hecho de que empezó a escribir a los 8 años, y por otro, que escribía durante 6 horas diarias hasta el día de su graduación. Sin embargo, profundizando en su relación a la escritura, dirá también que los empeños por refinar el estilo, depurar las imágenes, por alcanzar el verdadero arte, serían siempre insuficientes, y que esa era la razón por la que definía su destino de escritor como una autoflagelación inevitable. Condenación tremenda pero irrenunciable que lo mantendría prendido a este arte de sensaciones dolorosas hasta el día de su muerte. Hoy, al igual que Truman, espero poder integrarme a la lista de masoquistas de la letra. El problema es saber si esta voluntad de sufrir tiene la convicción necesaria para lograr algo en el anhelado ámbito literario –o si es que la voluntad tiene de hecho algo que ver con la literatura. No es que esta empresa esté capitaneada por la promesa de un éxito, -en ningún caso-, sino que este amo flagelante, guardia absoluto de la entrada que lleva al arte, exige siempre algún grado de rendimiento para permanecer dentro de sus filas. De otro modo, no habría diferencia alguna entre escribir y el verdadero arte, y es este, justamente, el núcleo que trama el problema de ser escritor.

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