CAPÍTULO I DONES

Anouk Todo comenzó con un temblor; pero no como esos que causan estragos en la superficie al mover violentamente las placas tectónicas. No, éste fue más callado y sutil, pero igual de contundente al momento de producir un cambio. Un día cualquiera, Anouk se despertó de golpe al sentir un molesto temblor en la mano izquierda, inconsciente de que ese temblor era el indicio de un poder que sacudiría su vida entera. Poco faltó para que la adolescente volviera a dormir profundamente, absorta como estaba en sus sueños de glorias futuras. Sin embargo, el temblor no se dio por vencido y comenzó a dar batalla ya no sólo en la mano, sino en todo el antebrazo, a tal grado que, después de cinco minutos de haberse acostado de nuevo, fue necesario que la chica se levantara con desgano de la mullida cama que recién había almidonado su madre. ––¡Mamá!, ¡mamá! –llamó Anouk a su madre, con aquel tonito fastidioso de una adolescente malhumorada–.¡Mamá! Gloria abrió los ojos cuando comenzó a sentir el calor penetrante del sol por sus párpados; David, su marido, había olvidado cerrar las cortinas antes de dormir. Y ahora los gritos de su hija, los cuales traspasaban las paredes, venían a terminar de arruinar su domingo. ––¡Mamá! –los nudillos de Anouk golpearon la puerta de Gloria–. ¿Estás despierta? –más que pregunta, sonaba a afirmación–, ¿puedo pasar? Con desgano, Gloria se dio la vuelta en la cama, abrió los ojos por completo y, apoyándose en los codos, levantó el torso. ––Pasa –se frotó los ojos, amodorrada. Anouk abrió la puerta de golpe y se arrojó sobre la cama, como solía hacerlo desde que tenía uso de razón. ––¡Anouk!, ¡cuidado con la cama! –gritó Gloria–, ¿cuántas veces te he dicho que tengas cuidado con la cama? Anouk se acostó sobre el regazo de su progenitora, colocándole los largos cabellos negros sobre las rodillas.

––¿Me vas a extrañar cuando me vaya a la universidad? –dijo, fingiendo una voz aniñada e inocente. Gloria puso los ojos en blanco en cuanto escuchó a su hija; su pequeña sabía perfectamente que, a menos de dos años de salir de la preparatoria, podría desarmar cualquier sanción de su madre con un meloso recordatorio de su pronta partida a alguna universidad extranjera. Y Gloria sabía que la adolescente utilizaba eso para evitar cualquier regaño; sin embargo, ella era incapaz de endurecer el corazón ante su único retoño. ––Tú bien sabes que sí te voy a extrañar amor –la madre besó la frente de su nena con ternura. ––Gracias, mamá –Anouk sonrió, consciente de que su táctica había funcionado. ––¿Qué pasa?, ¿por qué llamaste a mi cuarto tan temprano? –Gloria observó el reloj de la pared, el cual marcaba las 7:57–; es más, ¿por qué estás despierta?, ¡es domingo! ––Es mi mano, mami, está rara. ––Déjame ver. Anouk levantó la mano izquierda y la extendió por completo, permitiendo a su madre estudiar cada línea y cada contorno de su delicada palma. ––Yo no le veo nada malo. ––No es que tenga algo malo, es que me tiembla. Gloria chasqueó la lengua, escéptica. Anouk descifró al instante la indirecta. ––No estoy mintiendo. Es domingo, ¿por qué mentiría en fin de semana?, hoy no es día de escuela. Además, nunca falto a la escuela; estoy diciendo la verdad. ––Si no quieres ir a la asamblea escolar sólo dímelo. Aunque Anouk efectivamente decía la verdad respecto a su mano, vio en la proposición una oportunidad irresistible: quedarse a dormir más tiempo en su casa. ––No quiero ir a la asamblea escolar. ––Tienes que ir –fin de la discusión para Gloria. ––¡Mamá! –la adolescente hundió la cabeza en el colchón–. Acabas de decir…

––…acabo de decir que si no querías ir a la asamblea, que lo dijeras –Gloria se levantó de la cama y se dirigió al ropero–, nunca dije que no irías. ––Pareces el buzón de sugerencias de mi escuela: “Di lo que te molesta, pero no por eso lo vamos a cambiar”. ––Lo siento pero tienes que arreglarte, nos vamos a la escuela y punto. La joven se sentó sobre la cama y golpeó a la misma con los puños. ––¡Pensé que esta casa era una democracia! ––Sí, claro, sigue soñando –Gloria tomó un suéter de un gancho–. Lo siento, esta casa es una dictadura. ––En historia nos dijeron que la familia debería ser la base de la democracia – Anouk se dejó caer de nuevo sobre la almohada. ––Y dale con eso. Para que sea una democracia tendrías que pagar impuestos, cosa que no haces –la madre contuvo una carcajada en la garganta–. Y ahora, prepárate que ya nos vamos. ––Espera, espera un minuto. No te estoy mintiendo –replicó Anouk–, en verdad tengo la mano temblorosa, mira –la chica alzó la mano izquierda, pero en ese instante los temblores cesaron y la mano se mantuvo recta, inmóvil, casi burlándose de su dueña–. De acuerdo –Anouk le habló a su mano–, de jefa a subordinada te digo que ésa fue una broma de pésimo gusto. Gloria colocó el suéter sobre la cama y revolvió los cabellos de Anouk antes de meterse al baño. ––¡Estaba diciendo la verdad, mamá! ––Treinta minutos –Gloria habló desde adentro del baño–. Nos vamos en treinta minutos. ––¿Tan pronto? ––Ya estás despierta. ––¿Puedo opinar? –Anouk cruzó los dedos: era una lata tener que bañarse tan temprano. ––¡No! –contestó Gloria en modo imperativo. ––¡Fascista! –Anouk se levantó de la cama de un salto y salió del cuarto en un tris para arreglarse.

Antes de salir a la escuela, Anouk se miró al espejo; observó su cuerpo delgado y de estatura mediana, su tez apiñonada, su largo cabello, la nariz abultada y los expresivos ojos negros. Su mejor arma era su sonrisa: cada vez que sonreía se le curvaban los labios delgados, se le hacían hoyuelos en las mejillas y de paso se le marcaban los pómulos. Además de eso, físicamente no tenía mucho de especial, y ella misma estaba consciente de eso. “Por lo menos soy inteligente”, ése era su lema. Por lo menos era una estudiante brillante, una chica madura y una excelente hija que siempre cumplía con las expectativas. ––¡Nena, deja de verte en el espejo y vámonos! –le gritó Gloria desde la puerta. Anouk se vio una última vez en el espejo, tratando de encontrar algo especial en el reflejo. No lo encontró: sólo se vio ella, un ser humano promedio, de esos que se cuentan por billones en el mundo.

La escuela consistía en varios edificios de dos pisos hechos de ladrillo, aunque sólo los segundos pisos, que terminaban en tejas de color rojo, eran visibles desde la entrada del estacionamiento. Alrededor de los edificios principales había algunas pequeñas casasremolque habilitadas como salones de clase, a su vez, éstas se encontraban rodeadas de césped. Había ventanas por doquier, adornadas todas con figuras y dibujos hechos por los alumnos. El auditorio principal, donde se llevaría a cabo la asamblea, era el edificio más alto y grande de toda la escuela, con dos puertas principales de cuatro por cuatro metros, por las cuales entraba la mayoría de los estudiantes y sus padres, que ese domingo en particular se contaban por centenas. ––Hace semanas que no había un domingo así, mira cuántos jóvenes vinieron hoy a la escuela –comentó Anouk, mientras se pintaba la boca dentro del auto en movimiento. Gloria sacó la cabeza por la ventanilla, intentando ver más allá de los carros que hacían fila para aparcar en el estacionamiento. ––No vamos a alcanzar buen estacionamiento, lo presiento –murmuró David.

––Vaya, papá, pero qué dotes de clarividencia –dijo Anouk con sarcasmo–. Yo jamás lo hubiera adivinado, ni siquiera después de haber visto toda esta multitud. David rió en voz baja; a diferencia de su esposa, siempre había apreciado el sarcasmo de su hija. Finalmente vio un carro saliendo de su lugar; por lo que alcanzaron a ver, la mujer en el asiento del copiloto acababa de romper su fuente, dejándole a su apurado marido, y conductor del auto, la única opción de salir tan rápido como pudiera del estacionamiento para dirigirse al hospital. David se enfiló con rapidez al lugar vacío y apagó el motor del auto. ––Gracias a Dios que encontramos lugar, por poco y me iba de aquí. ––¡David!, no podemos faltar a la asamblea –Gloria se bajó del auto en menos de un segundo–, y menos hoy que Anouk va a leer el discur… ups. ––¿Qué yo qué? –Anouk se sacudió en un segundo del aletargamiento que arrastraba desde la mañana y bajó en un santiamén del auto. ––Papi lo sugirió –se excusó su madre–. Voy a apartar lugar. La jovencita hizo un gesto de indignación mientras su mamá se alejaba, más bien huía, de su mirada. ––¡Papá!, ¿cómo pudiste?, sabes que no me gusta hablar en público. David apoyó el cuerpo en el carro, dio un largo suspiro y se preparó para soltar la excusa que acababa de idear. ––Mira, corazón, si quieres ser astronauta, te vas a enfrentar a retos aún más grandes que hablar en público –chantajear a Anouk con el asunto de “lo tienes que hacer si quieres ser astronauta” era una receta infalible que sus padres no dudaban en aprovechar. ––No, yo creo que el director te pidió a ti que leyeras, y como no quisiste hacerlo preferiste pasarme la obligación a mí –contraatacó Anouk. ––Vamos, hija, hazlo por mí. Total, no va a pasar nada del otro mundo – David rodeó a su hija con el brazo, y la encaminó hacia la entrada de la escuela. El salón principal estaba a reventar: 500 personas, entre padres e hijos, escuchaban con atención lo que el director decía. Detrás del escenario donde se llevaba a cabo la acción principal, Anouk se preparaba para leer un extracto de un poema para los estudiantes, la tarea que se le había asignado.

“Ok, ok, respira, respira”, la chica se tranquilizó a sí misma, “no va a pasar nada del otro mundo”. Un joven larguirucho y lleno de acné se acercó y la instó a que saliera al escenario. Anouk respiró profundo, apretó el poema contra su pecho para armarse de valor y se encaminó directo al púlpito. Aproximadamente mil ojos se posaron en ella, pero la jovencita no se dejó intimidar, se aclaró la garganta y comenzó a leer indefectiblemente y con voz clara. En las butacas, un hombre que conocía a David y Gloria, y que estaba sentado detrás de ellos, se inclinó para susurrarle halagos al matrimonio. ––Su hija es muy segura de sí misma. Va a llegar lejos. ––Gracias –respondió David–, de hecho, quiere ser astronauta. ––Ya tiene ofrecimientos de beca de muchas universidades –dijo Gloria con orgullo. ––Eso escuché –dijo el hombre asintiendo con la cabeza. La joven era conocida en la ciudad por su inteligencia y la población estaba expectante por conocer su futuro, el cual parecía ser el más refulgente de su generación. Un ruido sordo interrumpió la conversación; cuando David y Gloria voltearon al frente, vieron a Anouk inclinándose para recoger el micrófono que se le acababa de caer de la mano izquierda. “No te bloquees, no te bloquees”, se repitió a sí misma, dándose valor para tolerar las risitas burlonas que emergían de aquí y de allá, “sólo se te cayó el micrófono”. Pero cuando intentó levantar el micrófono del suelo, éste resbaló de nuevo entre sus dedos, fue en ese momento que Anouk se dio cuenta de lo que estaba pasando. Al igual que el resto de la escuela. ––David, David –la voz trémula de Gloria se iba agudizando a medida que se levantaba de su asiento. David ya se había levantado y se dirigía hacia el escenario, en medio de murmullos de sorpresa ante lo que estaba sucediendo. Con la respiración entrecortada, Anouk se vio ambas manos, y lo que vio le horrorizó: ya no era sólo una, sino las dos manos las que le estaban temblando sin control, y no sólo eso, sino que los dedos se encogían y se estiraban sin parar. No se parecía a nada que hubiera visto antes, y lo peor, presenciaba ese extraño fenómeno en ella; en seguida, las manos se movieron de lado a lado, como por

acto reflejo, seguido por los espasmos en los dedos y el temblor en las muñecas. Impávida, la jovencita del futuro brillante observaba cómo sus dedos se arqueaban y se encogía; pero eso no era todo: podía sentir un extraño calor recorriendo sus manos, desde la punta de los dedos hasta las muñecas. Por más órdenes que le dio a su cerebro, ni sus extremidades superiores se controlaron ni la sensación de quemazón disminuyó. Cuando levantó la vista, aterrorizada, la primera mirada con la que Anouk se encontró fue con la de su madre, quien le tendía los brazos con amorosa preocupación. ––Mi cielo, no te asustes, todo está bien –Gloria trató de calmarla. Mientras Gloria abrazaba a su hija, David dirigió a ambas hacia la parte de atrás del escenario, a la vez que la congregación entera chismorreaba sobre el extraño suceso. Lo que sólo un alma inocente pudo notar, fue que el micrófono que Anouk acababa de tocar se estaba moviendo exactamente con el mismo ritmo con el que las manos de la joven temblaban y se doblaban, como si fuera ésta quien lo estuviera moviendo a distancia. ––Mira, papi –dijo a voz de cuello el niño que se dio cuenta–, el micrófono también se mueve –el pequeño subió exaltado al escenario–, la chica lo está moviendo con la mente, como en las películas. Ella puede mover cosas con la mente. El padre del niño le rogó discreción y lo bajó inmediatamente del escenario, inconsciente de la verdad en sus palabras. Y pensar que todo había empezado por un temblor.
(Continuará…)

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