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tientas su palo, y fue a colocarlo en el ángulo de la ventana; después volvió a la cam a y cogió resueltamente el objeto que había dejado

allí. Parecía una barra de hierro corta, aguz ada como un chuzo: era una lámpara de minero. A veces se empleaba a presidiarios en faenas min eras cerca de Tolón y no es, por tanto, de extrañar que Valjean tuviera en su poder dicho implemen to. Con ella en la mano, y conteniendo la respiración, se dirigió al cuarto contiguo. Encontró la p uerta entornada. El obispo no la había cerrado. Jean Valjean escuchó un momento. No se oía ruido alguno. Empujó la puerta; un gozne mal aceitado produjo en la oscuridad un ruido ronco y p rolongado. Jean Valjean tembló. El ruido sonó en sus oídos como un eco formidable, y vibrante, co mo la trompeta del juicio final. Se detuvo temblando azorado. Oyó latir las arterias en sus sienes como dos martill os de fragua, y le pareció que el aliento salía de su pecho con el ruido con que sale el viento de una caverna. Creía imposible que el grito de aquel gozne no hubiese estremecido toda la casa co mo la sacudida de un terremoto. El viejo se levantaría, las dos mujeres gritarían, recibirían auxilio , y antes de un cuarto de hora el pueblo estaría en movimiento, y la gendarmería en pie. Por un mome nto se creyó perdido. Permaneció inmóvil, sin atreverse a hacer ningún movimiento. Pasaron algunos minutos. La puerta se había abierto completamente. Se atrevió a entrar en el cuarto; el ruido de l gozne mohoso no había despertado a nadie. Había pasado el primer peligro; pero Jean Valjean estaba sobrecogido y confuso. Ma s no retrocedió. Ni aun en el momento en que se creyó perdido retrocedió. Sólo pensó en acabar cuanto antes. En el dormitorio reinaba una calma perfecta. Oía en el fondo de la habitación la res piración igual y tranquila del obispo dormido. De repente se detuvo. Estaba cerca de la cama; había llegado antes de lo que creía. El obispo dormía tranquilamente. Su fisonomía estaba iluminada por una vaga expresión de satisfacción, de esperanza, de beatitud. Esta expresión era más que una sonrisa; era c asi un resplandor. Jean Valjean estaba en la sombra con su barra de hierro en la mano, inmóvil, turba do ante aquel anciano resplandeciente. Nunca había visto una cosa semejante. Aquella confianza l o asustaba. El mundo moral no puede presentar espectáculo más grande: una conciencia turbada a i nquieta, próxima a cometer una mala acción, contemplando el sueño de un justo. Nadie hubiera podido decir lo que pasaba en aquel momento por el criminal; ni au n él mismo lo sabía. Para tratar de expresarlo es preciso combinar mentalmente lo más violento con lo más suave. En su fisonomía no se podía distinguir nada con certidumbre; parecía expresar u n asombro esquivo. Contemplaba aquel cuadro; pero, ¿qué pensaba? Imposible adivinarlo. Era evi

Al cabo de algunos instantes levantó el brazo izquierdo hasta la frente. y lo único que dejaba traslucir claramente su fisonomía era una extraña indecisión. perdonando al otro. entre herir aquella cabeza o besar aquella mano. y se quitó la gorra. después dejó caer el brazo con lentitud y volvió a su meditación con la gorra en la mano izquierda. la abrió y lo primero que encontró fue el ce stito con la . pero estaba puesta la llave. De repente Jean Valjean se puso la gorra. El obispo seguía durmiendo tranquilamente bajo aquella mirada aterradora. ¿de qué naturaleza era esta emoción? No podía apartar su vista del anciano. pasó rápidamente a lo largo de la cama sin mirar al obispo. Pero. se dirigió al armario que estaba a la cabecera. Parecía dudar entre dos abismos: el de la perdición o el de la salvación. que parecía abrir sus brazos a ambos. la barra en la derecha y los cabellos erizados sobre su tenebrosa frente. bendiciendo al uno.dente que estaba conmovido y desconcertado. El reflejo de la luna hacía visible confusamente encima de la chimenea el crucifij o. alzó la barra de hierro como para forzar la cerradura.