En el pueblito de Santa Lucia, se celebraba cada año la llegada de una nueva era.

Aquel, lejos todavía del mundo occidental, no había sido influenciado por los placeres y dogmas del nuevo mundo, y mantenía todavía sus cualidades de manera identificatoria. Ante la víspera de la fecha, los lugareños se preparaban por engrandecer sus más valiosas virtudes. Llegada ya aquella época, por las calles del pueblo, se podían ver desfilar las manifestaciones del talento que cada uno había uno había ido sembrando durante ese ultimo año. Así, uno podía cruzarse con la honestidad, la sinceridad, la lealtad o la misericordia, representada en aquellos pobladores. Cabe también aclarar, que los números más esperados, y que mas tarde aparecían, eran representados por la belleza y la inteligencia, y que además parecían protagonizarlos siempre los mismos. Nadie conoce la finalidad misma de este encuentro, pero se cree que se presentaban ante las estrellas, a modo de nacimiento. Conforme a sus creencias, ellos mismos personificaban la extensión humana de cada astro, habiendo dejado ya su naturaleza inmortalizada a cambio de algunos placeres, aunque contando ambos con un pasado en común. Según pregonaban otras versiones, el resultado no seria otro que el de agradarse mutuamente. Al entrar ya en la naturaleza misma de la fiesta, los pueblerinos, parecían desprenderse de toda aquella virtud que los identificara, siendo remplazada por la locura, la ebriedad y la lujuria por la que eran asaltados. Algunos historiadores sostienen que el festín terminaba al finalizar la noche. Otros, en cambio, aseguraban la durabilidad de la misma, por días, semanas o meses, llegando a admitir que era mayor el tiempo de desenfreno que el de calma. Cualquiera sean las condiciones, llegado ya el estado de saciedad, cada habitante del pueblo no solo había olvidado aquel talento con el que se había presentado, sino que cualquier recuerdo del pasado había sido borrado por completo. Aquellos hombres y mujeres, amanecían de modo azaroso junto a personas que probablemente nunca habían visto, en habitaciones que nunca habían frecuentado y de manera algo comprometedora. Inclusive algunos se enteraban de su carácter de padres, tíos, o hermanos varios días después. Tal era la situación, que el sacerdote podía convertirse en el nuevo malandra del pueblo, o la atorranta de barrio en la maestra ciruela de la escuelita primaria. Nunca faltaba, en los primeros días, los incrédulos que manifestaban la no pérdida de la memoria, y aclamaban por la continuidad de las tareas últimamente realizadas. Esto no tendría sentido, sin aclarar que en el cambio de identidad, habían sido ampliamente desfavorecidos. Cada año, los habitantes de Santa Lucia, se entregaban a los destinos estelares que les tenían preparados, confirmando haber perdido todo rastro de su pasado. Entre ellos juraban haberse olvidado el nombre de su primera novia, la calle en donde alguna vez jugaron al ring raje, o el apodo con el que eran llamados por el grupo del barrio. El autor de este texto, prefiere desconfiar de tales afirmaciones, y cree descifrar en el artilugio del olvido, el método más eficaz para la permanencia de los recuerdos.

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