Dicen que no podemos fiarnos de nuestra memoria.

Que reinventamos los hechos cada vez que creemos recordarlos. ¿Sería por eso que Virginia tenía la sensación de vivir una vida inventada? Tenía recuerdos de cuando era muy pequeña. Su madre solía decirle que en realidad no eran auténticos porque era imposible tener recuerdos tan precoces, pero que de tanto oir contar algunas historias ella terminaba por creer que las recordaba. -Recuerdo cuando descalabré a Miguel, decía Virginia. -Es imposible, si no tendrías ni 3 años. Lo que pasa es que, como lo hemos contado tantas veces... -No, no: me acuerdo por mí misma, porque además es que contáis mal la historia. Según vosotros, le descalabré sin motivo. Pero qué va, fue de rabia, porque él tenía una montaña de tebeos y no me quería dejar ninguno, por pura maldad. Me daba tanta rabia que no os dierais cuenta y él ahí, con su cara de bueno... cogí el frasco de la colonia y se lo rompí en la cabeza. Y recuerdo lo que vino después, qué gritos y qué lío armasteis. -Te parece, si le hiciste una pitera que pa qué... A saber por qué le diste con el frasco, de eso no te puedes acordar, eras muy chica. -También me acuerdo de lo del pollito. Siempre os habeis reído de mí por aquello. -¿Qué pollito, el de las tres patas? -¿Lo ves? Siempre igual: que no eran tres patas, que eran dos. El palillo de atrás era para que no se cayera. Cuando estaba en parvulitos tuvieron que hacer un pollito de plastilina. Ella se concentró mucho en los detalles del pollito, los ojos, el pico, las alas... y la maestra les dio palillos para que hicieran las patas. Virginia le clavó dos palillos al pollito en la barriga, pero no lograba que se mantuviera de pie. Entonces puso un tercer palillo en triángulo con los otros dos. Se sintió muy orgullosa de la solución que había encontrado, porque era sencilla y eficaz. -De hecho, -explicaba Virginia-, poner tres palillos denota inteligencia espacial, porque un apoyo de tres patas nunca cojea. -¡Anda, anda! Pero si tú igual ni habías visto un pollo en tu vida, ibas a saber cuántas patas tienen... -Pero vamos a ver: de no haberlo sabido, lo lógico hubiera sido ponerle cuatro. En parvulitos dominas el mundo de los animales de la granja, especialmente de los de 2 y 4 patas. A esa edad ya sabes que de 3 patas no hay. Y más yo, con lo que me gustaban los libros con animales. Y los animales. Y además, otro de sus recuerdos, de los más agridulces tenía mucho que ver con pollitos. Algunos domingos iban con su padre al Rastro. A ella le gustaba, porque les llevaba solo a Miguel y ella, en el coche, porque le ponían la ropa de los domingos, porque luego su padre les invitaba a calamares... A su padre le gustaban los cachivaches curiosos, las herramientas para afilar los cuchillos, que a pesar de la demostración del vendedor, luego en casa no funcionaban, los llaveros que contestaban si les silbabas, las pequeñas pirámides que recargaban las pilas gastadas, los discos de colección... Pero aquellas visitas al Rastro tenían un lado tan doloroso para Virginia que dejó de disfrutar de aquellos domingos especiales. En el Rastro había toda una calle dedicada a la venta de animales. Cuando veía aquellos cachorritos de perro amontonados y sucios que no dejaban de gemir, aquellos pollitos más amontonados aún, pintados de colores estrafalarios y su piar ensordecedor, no podía evitar ponerse a llorar. Cada vez que pasaban por esa calle, le suplicaba a su

Por ejemplo recordaba cómo un día. pero claro. Vio que estaban en un piso parecido al suyo. ¿Te acuerdas? -Es verdad. mezcladas con la culpabilidad. persiguiendo alguno que sin lugar a dudas le demostrara a su madre que era auténticamente suyo y no un préstamo. con un escalofrío. Enterró los trozos en una de ellas. Las macetas del rellano eran perfectas. pero a la vez sabía que era algo prohibido y secreto y que no debía romperlo. pero uno solo.padre que le comprase un perrito. -No. Al principio pensó que quizá era un espejo y se estaba viendo ella con su propia familia. y no un perrito real. Otro de estos momentos inefables fue cuando un día. Por fin Virginia encontró su recuerdo más antiguo y le contó a su madre una historia que ella no sabía. No había manos de repuesto. Cuando la pena dio paso al instinto de conservación. En ese instante supo que el mundo era enorme. Era un perrito blanco. después del riego. hablarle y acariciarle. y también una especie de decepción. Era un juego muy emocionante. transitar por el rellano era como visitar una tumba. y podía pasear con él. porque ella nunca se lo había contado a nadie. un caniche de porcelana de la buena. Las mismas manos. mirando por la terraza. Solo tenía un cuerpo. Inmediatamente empezó a echarlo de menos. lo que fuera. con una cadenita dorada. no porque temiera la reacción de su madre. Y pasó por todas las fases del duelo. se dio cuenta de que era otra familia como la suya. Era la primera vez que perdía a un ser querido. un cuerpo lleno de potencialidades. era imposible. como debió de pasarle a la humanidad cuando perdió el puesto en el centro del universo. mucho más grande que su piso y que su familia y sintió vértigo. Era muy importante para ti y no nos dejabas tocarlo. Aquella maceta se volvió especial para Virginia. me lo regaló tu tía Angustias. quiso esconder la prueba de su delito. como huesos de . vio personas en el edificio de enfrente. Pensaba que si podía salvar al menos a uno de aquellos maltratados seres. que era a la vez de niña y de mayor y de vieja. con un sofá y unas cortinas y había niños y también mayores. Al principio se empeñaba en arreglarlo. Empezó a rebuscar entre sus recuerdos. de golpe se abrió su campo de visión y vio que todo el edificio de enfrente tenía ventanas iluminadas y comprendió que detrás de esas ventanas había gente viviendo su vida como ella misma lo hacía. ella dejaría de sentir aquel tremendo dolor. Entre los recuerdos más antiguos atesoraba algunos que la hacían emocionarse y no sabía cómo explicárselos a su madre con palabras. una era nuestra puerta y enfrente vivían Inés y Paco. Virginia cogía al perrito y lo llevaba de paseo. yo sí sé qué fue del perro. porque fueron como revelaciones. Después de aquello. Pero un día lo rompió. De vez en cuando. sino porque estando roto sólo era una figurita. Cuando su madre no la veía. Una espantosa amalgama de emociones para una niña tan pequeña. sólo tenía esas hasta el día de su muerte. lo trajo del viaje de novios. Se partió por la mitad. igual lo habrás visto en alguna foto. algún trozo de porcelana blanca se asomaba por entre la tierra oscura. -¿Verdad que en la primera casa que vivimos había un rellano entre dos puertas y había muchas macetas? -Claro. Pero seguramente no es que te acuerdes. No sé qué sería de él. No era posible que hubiera creado semejante recuerdo oyendo a alguien contarle la historia. Pero luego. o un pollito. Intentó juntar las dos partes. porque para ella el perrito era de carne y hueso. cayó en la cuenta de que iba a tener esas mismas manos durante toda su vida. creciendo con ella y envejeciendo con ella. mirándose las manos. era su cómplice. -Tú tenías en el mueble una figurita que a mí me fascinaba.

. Esta contínua preocupación por que no se viera nada blanco en la maceta le resultaba tan agotadora. que a veces tenía ganas de confesar su crimen.. Virginia esperaba a que no hubiera nadie cerca y volvía a hundir el cuerpecito con los dedos. Nunca sabrás qué fue de aquel perro. ¿Te acuerdas de cuando te comiste la guindilla porque ya te habías comido todo lo demás que había en el frigorífico? -Así no fue.. para poder dejar el oficio de sepulturera. amontonando encima la tierra mojada. Virginia.. al verla hurgar en las macetas tan a menudo. vi la guindilla tan roja. cuéntalo como quieras. sentí curiosidad porque. Por esa misma época los padres de Virginia empezaron a preocuparse por ella ya que. pensaron que le había entrado la manía de comerse la tierra. .un esqueleto. -Tú siempre has sido muy comilona. da igual.

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