Año Uno/Número Uno Del 5 al 11 de Mayo Made in Monterrey

EL EX ALCALDE
[MAURICIO FERNÁNDEZ GARZA. SAN PEDRO]

¿Es normal que un político que protegió del narco a su ciudad adorne con un tiranosaurio la sala de su casa?
POR DIEGO ENRIQUE OSORNO

o parto de una tesis que a algunas gentes les puede parecer rara y a otras no, pero a mí me da lo mismo: si yo hago el municipio más seguro del mundo, sin duda voy a tener muchos malos que quieran vivir aquí, así como también muchos buenos. Y los malos no creo que vengan en una visión de operar su maldad, sino que vienen porque simplemente ellos también valoran la seguridad familiar. Igual y tienen a un hijo bueno, me imagino yo. Si San Pedro fuera el municipio más inseguro

Y

del mundo, ni los narcos quisieran vivir aquí. En Colombia la sociedad fue más estricta en el sentido de decir: “No, los hijos de los narcos no entran a las escuelas”. Pero aquí sí están en las escuelas y las escuelas saben que están los hijos de ellos. Con todo ese esfuerzo que hice, no siento que me esté confrontando con ellos, porque en este caso a todos nos une un mismo interés: la seguridad. Puede ser que me equivoque. Y si me equivoco, pues me mandas unas flores al panteón, chingado. » Continúa en la página 2

Los Guardianes del Futuro
DIEGO LEGRAND Y SILVIA LEE

García Márquez va al dentista
JULIO VILLANUEVA CHANG

EL GATO RARO RAÚL RUBIO ALMA RAMÍREZ

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Del 5 al 11 de Mayo Monterrey, N.L.

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» Viene de portada

ero si no me equivoco, realP mente creo que va a ser un caso de éxito porque les estoy llegan-

do a los malos en un tema en el que tenemos coincidencias. Además, lo he dicho públicamente: a la venta pública de droga le doy en la madre, a los giros negros también, y también voy a pegarle a los casinos para sacarlos de aquí. Sé que en otros municipios, los narcos te buscan y te dicen: tú como alcalde no puedes hacer tal cosa, la policía es mía, el negocio de extorsión es mío y el de secuestros es mío. No te metas al caldito. Eso lo hacen. Yo creo que el crimen organizado tiene contacto con cualquiera que aspira a un cargo de elección popular en México, o cuando se sienta en la silla. A mí me buscaron cuando fui candidato a gobernador y ahora que fui alcalde también me buscaron. Me ofrecieron quince millones y no los acepté. Nadie me asegura que pueda salir vivo de estas cosas. Sin duda, estos son trabajos riesgosos. Pero hay que hacer algo: yo nunca he visto una guerra en la que hayan ganado los buenos. En cualquier guerra, siempre ganan los malos. Los que son más malos.
(Mauricio Fernández Garza. En su casa de San Pedro Garza García, noreste de México, julio de 2010)

VIAJE 1
La única turbulencia del Lear Jet que despega del aeropuerto privado de Monterrey aparece en el rostro de Mauricio Fernández Garza, cuando le pregunto sobre el nuevo gobernante de su ciudad. Hoy el ex alcalde que durante tres años evitó con éxito que la guerra del narco llegara a la ciudad más rica de América Latina luce molesto: hace unos días, el nuevo alcalde de San Pedro Garza García, su sucesor, no pudo imponer su autoridad a unos vecinos inconformes con unos puentes peatonales recién construidos en una de las avenidas principales, y tuvo que anunciar que la obra será demolida. Ese hombre, su antiguo secretario del ayuntamiento, quien se suponía iba a ser el puente que continuara con su obra y estilo de gobernar, dio marcha atrás a ese proyecto diseñado por un arquitecto Premio Nacional de Bellas Artes sólo porque a un grupo de señoras y señores les pareció feo. Los habitantes de esta ciudad del noreste de México tienen un ingreso promedio de más de veinticinco mil dólares al año, casi cuatro veces superior al de los mexicanos en general e incluso mayor al de España. Además de ser los mexicanos más ricos, suelen ser los más exigentes con sus autoridades. Un ex jefe de la policía local me dijo que trabajar ahí había sido una pesadilla porque todas las madrugadas recibía llamadas para ordenarle liberar a un chico detenido por conducir en ebriedad. Siempre el hijo de alguien. “Todos se sienten muy importantes —me recordó el policía—. Hay demasiado influyentismo”. El actual alcalde, un joven muy formal y de temperamento moderado, no fue la apuesta inicial de Fernández Garza para relevarlo: prefería a un carismático directivo de Cementos Mexicanos reconocido por la hazaña de haber hecho campeón del fútbol mexicano a los Tigres, un equipo que no había ganado un campeonato en veintinueve años. Sin embargo, Alejandro Rodríguez Miechelsen, el favorito del ex alcalde, declinó la invitación de gobernar San Pedro: había aceptado un puesto en la Comisión Mundial de Fútbol de Clubes de la FIFA. Mauricio Fernández Garza cree que, si Rodríguez Miechelsen hubiera sido el sucesor, hoy esos puentes

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peatonales de la calzada estarían intactos. “Si no tienes carácter para gobernar, se te cuelgan”, me dice el ex alcalde en su Lear Jet, atravesando el aire frío de un día soleado de invierno a principios de 2013. Viajamos hacia un rancho del pueblo de Lampazos. El ex alcalde supervisará las obras finales de su nueva casa de campo. Dice que allí vivirá su retiro. La debilidad de su sucesor aburre al ex alcalde. Hoy tiene en mente una empresa más excitante: en la foto de perfil de su página privada de Facebook, Fernández Garza posa junto al cráneo de un monstruo que adorna la sala de su casa y que resume la obsesión a la que ahora dedica la mayor parte de su tiempo. Se trata de la cabeza de un tiranosaurio rex —un lagarto tirano— y no es el único animal prehistórico fosilizado que posee. La joya de su colección privada es Einstein, un apatosaurio —lagarto engañoso— que mide cuatro metros de altura y casi veinticinco de largo, aunque su cabeza tiene apenas el tamaño de un balón de futbol americano. El nombre que le pusieron los paleontólogos es una ironía a su cráneo diminuto respecto a la enormidad de su cuerpo. Einstein fue hallado en un cementerio de dinosaurios de Wyoming, y Fernández Garza dice que pagó veinte millones de dólares por él. Tuvo que esperar tres años a que terminara el refinado viaje de traslado y el lento ensamblado de las partes de un fósil de más de cien millones de años de antigüedad que, montado por completo, pesa unas cuatro toneladas. Einstein no cabe en la sala de una casa, ni siquiera en la del ex alcalde. Se le exhibe en el parque Fundidora, el más popular de Monterrey, donde los niños y sus familias lo visitan y se sacan fotos con él que también suben a sus páginas de Facebook. Cuando era niño, Mauricio Fernández Garza perseguía animales menos fantásticos que dinosaurios. Se escapaba de madrugada por la ventana de su habitación para cazar liebres en un monte sobre el que años después sería construida una ciudad con índices de calidad de vida similares a los de Noruega. Sus compañeros de aventura no eran parte de su familia ni chicos millonarios como él. Eran peones y obreros, todos mayores, que trabajaban

para su abuelo Roberto Garza Sada, un empresario que cerraba algunos de sus negocios en el campo de golf profesional que tenía en el jardín de su mansión. La adolescencia sirvió para que Mauricio Fernández Garza ampliara su horizonte de cazador: viajó por decenas de pueblos del noreste de México buscando presas que le exigían más destreza y riesgos. Durante aquellos viajes, que emprendía con lugareños a quienes contrataba como guías de caza, escuchaba relatos sobre los abusos del PRI, el único partido que mandaba en el México de entonces. El adolescente les aconsejaba matar a los caciques que los explotaban. En una ocasión, uno de los guías le dijo que habían seguido su consejo: iban a matar a un cacique local. El chico se emocionó con la noticia y recuerda haberse visto a sí mismo como un guerrillero. Se imaginó protagonizando actos de justicia por su propia mano contra todos los tiranos del noreste de su país. Tiempo después, su padre trató de canalizar su ímpetu. Lo registró como militante del naciente Partido Acción Nacional y lo llevó de cacería al Parque Nacional Tsabo, de Kenia, uno de los tres más grandes del mundo. En África, un joven Fernández Garza mató decenas de venados, cebras, tigres y un elefante. Cuando regresó de África, el cazador veinteañero se casó y decidió edificar su casa en una montaña desde la que se domina toda la ciudad de San Pedro. En lugar de empezar la construcción por el piso y los cimientos, Fernández Garza buscó primero un techo para su casa. Tras enterarse que en una bodega de Nueva York estaban las vigas de unos techos de arte mudéjar del siglo XIII y XIV, llegó a un acuerdo con los propietarios, herederos del magnate William Hearst. Los techos estaban destinados a lo que sería el salón principal del castillo que construía en San Simeón, California, el hombre inmortalizado como Ciudadano Kane, por Orson Welles. Hoy están en La Milarca, un nombre con que el ex alcalde bautizó su propio palacio de casi 2 mil metros cuadrados en el que tiene nueve recámaras, diez bodegas, dos galerías de arte, una biblioteca de libros antiguos y un archivo con sus fotos y documentos personales. En esa época su libro de cabecera era Cómo ganar amigos e influir sobre las perso-

nas, de Dale Carnegie. El joven Fernández Garza estaba tan obsesionado con el libro que le había regalado su abuelo, que antes de cumplir treinta años dictaba cursos del método Carnegie a otros empresarios de la ciudad, como Alejandro Junco de la Vega, actual dueño del diario El Norte. Como nieto consentido del patriarca de los negocios en Monterrey, Fernández Garza estuvo entre los candidatos a presidir el consorcio que formaron su familia y otras más de San Pedro para aumentar su poderío económico. El Grupo Alfa incluye negocios internacionales de salchichas, petroquímica y autopartes de aluminio. En lugar de ello, Fernández Garza decidió establecer negocios de puros, cerveza y telefonía con el gobierno comunista de Cuba. Varias veces se reunió con Fidel Castro, a quien hasta hoy considera su amigo. A su mansión, La Milarca, la fue colmando de objetos extravagantes como una espada de Hernán Cortés, cabezas humanas reducidas por jíbaros, el cráneo de un dinosaurio tricerátops, esculturas de Rufino Tamayo y Francisco Toledo, y una vieja metralleta usada por Al Capone. Su obsesión de coleccionista lo llevó a fundar cinco museos de numismática, arte popular, cerámica, pintura contemporánea y artes decorativas. Ahora quiere crear el sexto; El Museo de Historia Natural, donde exhibirá sus fósiles de dinosaurios. Ahora, en el Lear Jet, el ex alcalde viaja con, además de su pareja, su hijo mayor, un prestigiado psiquiatra que lo mira a los ojos con suma atención cuando habla. Su vuelo anterior fue a Ciudad de México para reunirse con funcionarios del nuevo gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, a quienes les explicó su idea del Museo de Historia Natural. “Quiero que sea un museo de nivel internacional —me advierte—. No cualquier chingadera”. Aunque se trata de un presidente que proviene de otro partido, al ex alcalde le prometieron respaldar su proyecto. El dinosaurio Einstein sería la gran estrella del museo y Fernández Garza sabe que no basta el dinero: necesita tantos políticos como millonarios aliados para hacerlo. Se mueve en ambos terrenos al mismo tiempo. Debutó en la política a principios de los años noventa, mientras hacía negocios en Cuba: fue por primera vez alcalde de San Pedro cuando

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la ciudad crecía y no enfrentaba ninguna guerra contra narcotraficantes. Luego fue senador y lanzó propuestas como la de legalizar la marihuana. Es probable que por eso haya perdido la posibilidad de gobernar en 2003 el estado de Nuevo León. Cuando por segunda vez tomó posesión como alcalde de San Pedro (delante del gobernador de este estado, del presidente del Tribunal Superior de Justicia y los mandos militares de la zona) Fernández Garza anunció que se tomaría atribuciones que no tenía para evitar que llegara a su ciudad la guerra del narco. Recibió una ovación de pie. El coleccionista de dinosaurios creó un grupo de inteligencia financiado con dinero de los dueños de bares y restaurantes a quienes interesaba cuidar sus negocios de las extorsiones de la mafia que acabaron con la vida nocturna en el Barrio Antiguo de Monterrey. No hay mafia sin vida nocturna y él puso a trabajar a un ejército de informantes que espiaban quién es quién y le alertaban de sospechosos en toda la ciudad. Un día Fernández Garza anunció que la seguridad conseguida en su municipio podía beneficiar también a los familiares de los narcotraficantes. Hubo indignados que protestaron. Entre ellos algunos de los mismos vecinos que se opondrían a la obra peatonal que demolería el siguiente alcalde de San Pedro. Hacia el final de su administración, durante el rodaje de El Alcalde —un documental sobre su personalidad y su gobierno—, Fernández Garza dijo que el número de muertos en México a causa de la guerra del narco era mucho mayor que el que indicaban los conteos oficiales: sabía de operaciones gubernamentales y del crimen organizado que acababan con el entierro de cadáveres en predios abandonados sin dar reporte de ellos. Lo que sí supieron todos fue que durante su mandato tres mafiosos que quisieron matarlo acabaron muertos. También su jefe de inteligencia y su jefe de escoltas. El ex alcalde hablaba en público sobre la posibilidad de ser asesinado. Decía que su hijo mayor, el psiquiatra que esta mañana de 2013 viaja con él en el Lear Jet, le había pedido que si moría le permitiera quedarse con su cabeza para estudiarla. O para exhibirla en su consultorio como la del tiranosaurio en la sala de su casa. vagante irse a vivir a un lugar que no estaba nada desarrollado. Pero él me dijo que los mejores negocios que hizo fueron en ese campo de golf pues eran oportunidades de platicar muy bien con sus socios y clientes. Mi abuelo decía que, si te interesaban los negocios, tenías que aprender dos cosas: a tomar y a jugar golf. Me dijo que la maravilla del golf es que platicas de algo, le pegas a la bola y la única seguridad que tienes es que no van a caer las bolas en el mismo lugar, por lo que cuando platicas con alguien tienes oportunidad de hablar en capítulos, con espacios de tiempo y analizar las cosas. Así puedes recapacitar mientras estás ahí. Un campo de golf es el único lugar en donde haces tres o cuatro horas de juego y puedes tener amplios intervalos de asimilación de información. La otra cosa que había que aprender para los negocios era a tomar: me decía que es una idiotez cuando tú vas a la oficina de alguien y él está sentado en su escritorio enorme y tú eres el idiota que está enfrente. Esa es una posición diferenciada, muy canija, en cuanto a nivel de quién manda, quién es jefe, quién controla la situación. Mi abuelo me decía que cuando quisiera tratar negocios no los citara en mi oficina. Que fuera a un bar —por supuesto no a agarrar la jarra completa— pero que tuviera la cortesía de

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invitar a alguien a un bar en un plan neutro. Estas son dos lecciones de miles que le aprendí desde muy niño. Pero lo esencial en la escuela de mi familia es el no sólo darte. Es el ganarte las cosas, saber luchar y educarte por ellas. Se trata de una escuela de hace cien años, por eso mi familia es un caso insólito. Se opone al refrán de padre millonario, hijo caballero y nieto pordiosero.

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En los primeros minutos del documental El Alcalde, una vecina le dice en tono muy serio a un reportero de televisión su opinión sobre los métodos del nuevo gobernante de la ciudad: “La verdad, creo que en el fondo todo el mundo lo apoya, porque es lo que San Pedro necesita y lo que necesita México: acabar con gente no deseable”. En una ciudad que ve todos los días cómo en los municipios vecinos el narco cuelga a sus víctimas en puentes de bulliciosas avenidas, ataca lugares públicos con granadas o protagoniza tiroteos cerca de las escuelas, ha crecido una insana exigencia, entre cínica y desesperada, por tener autoridades con mano dura que eviten que la barbarie de la guerra llegue hasta ellos. En 2012, un par de meses antes de que Fernán-

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Cuando mi abuelo vendió su mansión en Monterrey a la Iglesia y se vino a San Pedro a construir una nueva casa y hacer su campo de golf, muy poca gente lo entendió. Les parecía extra-

“Mi familia es un caso insólito: se opone al refrán de padre millonario, hijo caballero y nieto pordiosero”

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dez Garza acabara su administración, se estrenó en Monterrey El Alcalde, un documental en el que intervine como uno de los directores. Todas las salas en las que se proyectó estuvieron abarrotadas y los organizadores del festival de cine debieron programar funciones extra. En cada una de ellas, al final, el ex alcalde y la película recibían una aprobación mayoritaria del público. Cada función era como una catarsis colectiva de adhesión del público a un estilo justiciero de gobernar. Si en el resto de México lo acusaban de paramilitar, en el norte era visto como alguien que sí está haciendo algo. Antes de volar con el ex alcalde en su Lear Jet, yo había presentado la película junto con mis compañeros directores en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Varsovia. La recepción del público fue fría, no sólo

por los quince grados bajo cero en que respirábamos, sino por lo chocante que les resultaba a los polacos sentirse atraídos a un personaje que, aunque con ciertas propuestas progresistas, parecía invocar una ley antigua para acabar con el narcotráfico. La del ojo por ojo diente por diente. Una de las preguntas que siempre nos hicieron al final de las proyecciones fue si el protagonista estaba consciente de las cosas que decía y hacía. En otro festival de cine —el Baja International Film—, corría el rumor de que el escritor Barry Gifford, guionista de David Lynch e inventor de personajes tan estrambóticos como Sailor o Bobby Perú, había visto la película y creído que Fernández Garza era un actor contratado para decir lo que decía. Desde Monterrey hasta Varsovia, uno salía del cine con la impresión de

que el público, luego de ver el documental, admitía que la única solución contra el crimen organizado exigía una cínica simpatía con los instintos más primitivos. Mi madre, quien admira a Fernández Garza, dice que el ex alcalde le recuerda a Charles Bronson, su antihéroe cinematográfico favorito, en la película El Justiciero. El ex alcalde sabe de los sentimientos encontrados que provoca con lo que dice y lo que hace. Años atrás, cuando le comenté que varios entrevistados aseguraban que él estaba loco, respondió: “Normal, normal, nunca he sido”. Para Fernández Garza a veces todo se reduce a un juego de estirar y aflojar la cuerda con el público. El juego de decir en voz alta, durante tu toma de posesión como alcalde, que pasarás por encima de la Constitución porque de

lo contrario no vas a conseguir nada. Que los demás políticos, jueces y empresarios presentes te aplaudan porque también lo hacen o quisieran hacerlo, pero son tan correctos y cobardes que jamás lo reconocerían. En ese sentido, Fernández Garza es un antipolítico, aunque ése sólo sea un eufemismo que significa otra forma de hacer política. En Monterrey hay quienes piensan que, si él hubiese ganado la gubernatura en 2003, Nuevo León no sería el casi narcoestado que es hoy. Aquella polémica propuesta que hizo de legalizar la marihuana y combatir el lavado de dinero de los grupos criminales, ahora son muy debatidas en México como posible solución, pero él ya las promovía una década atrás. Transgredir para conservar un orden es sólo un modo de explicar cómo el millonario Fernández

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Garza ve el servicio público. La mentalidad de los ricos es un cliché aún difícil de entender en América Latina. Los narradores han conseguido mostrarnos — desde la compasión o el enaltecimiento— a los latinoamericanos que tienen hambre, pero no a los que nunca les falta nada. En el documental El Alcalde, vemos a un millonario que actúa por una situación de emergencia de guerra: si en el sur de México proliferan grupos de autodefensa creados por indígenas y campesinos para cuidar a sus comunidades, Fernández Garza parece el hombre designado para defender a los ricos en el noreste del país. La única vez que el hombre del tiranosaurio titubeó durante el rodaje del documental fue después de que declaró ante la cámara que la cifra oficial de muertos a causa de la guerra del narco era falsa. Fernández Garza dijo que había operaciones de arrase de militares y policías que se mantenían en secreto. Temía despertar aún más ira en el equipo del presidente Felipe Calderón, que ordenó investigaciones judiciales y financieras contra Fernández Garza durante su periodo de alcalde. No ha sido el único político que calcula que hay más asesinatos de los que ya se saben, pero sí el único que se ha atrevido a decirlo. Otros tres alcaldes aceptaron contarme cómo fueron testigos de entierros masivos y clandestinos. Los tres han pedido que no difunda los detalles hasta que mejoren las condiciones del país. Uno de ellos me ha pedido que, sólo en caso de que lo maten, lo haga público. En el circuito de los productores de noticias diarias, sobre todo en el círculo siempre sospechoso de los políticos, lo que se comunica al público es una ínfima parte, la punta del iceberg de un mundo siempre más impune. Narrar la política exige revelar lo abyecto que es ese mundo. Acabada cada función de El Alcalde, sucede un debate previsible entre los desesperados o los cínicos que celebran todo lo que hace Fernández Garza y los políticamente correctos que lo juzgan como un paramilitar o un asesino. El documental sólo muestra a uno de los personajes desmesurados que produce la desmesurada realidad de la guerra. Nadie, después de verlo, se ha sentido ajeno a esa desmesura. Durante el rodaje, cuestionado sobre lo que pensaba acerca de quienes lo veían como un jefe paramilitar del norte de México, Fernández Garza respondió: “A veces la gente cree que pienso fuera de mi tiempo. Los últimos cien años del planeta son gracias a grandes personas. El promedio de nuestra humanidad es mediocre, es destructivo y es envidioso. Cuando se trata de hacer algo diferente, te tratan de fumigar y eso es algo que desde niño he vivido. Si lo hago es porque veo diferente las cosas. Pero nunca me ha causado una crisis personal”. Los admiradores del ex alcalde creen que sólo alguien con su estrategia y mano dura es capaz de impedir que la guerra del narco arrase a San Pedro. Los que a pesar de su éxito siguen creyendo en el discurso del respeto absoluto a las leyes lo miran como un salvaje carismático.

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Me aburro muy fácil. Cuando domino algo busco hacer cosas diferentes. Creo que la vida está llena de generalidades, no de especialidades y que la suma de especialidades es la más fregona. Una de esas cosas es la cacería. La cacería no se trata de matar por matar. Cuando ya buscas trofeos (que son los animales más grandes de su especie en un récord de cien años) es otra cosa que muy poca gente entiende. Me tocó caminar ocho horas entre cenizas para buscar un determinado antílope. Para cazar necesitas tener capacidad ocular e implica muchos conocimientos y yo soy muy clavado en muchos temas, pues me gusta dominarlos, ya que siempre he creído que si haces las cosas, las debes hacer bien. Cuando estuve en el Parque Nacional Tsabo, en Kenia, éste tenía la mayor densidad de elefantes de África y existía un problema serio de sobrepoblación, por lo que el gobierno organizó una matanza. En ese entonces no existían bardas ni carreteras, por lo que cuando comenzó la matanza oficial, los animales se salieron del área donde estaban y fueron a dar a un lote de cacería que era donde yo estaba. Me tocó estar entre cuatrocientos elefantes y nunca voy a olvidar ese momento: sentía que era un ser viviente cambiando de configuración. Cuando me preguntan que si creo en Dios respondo que sé que hay una creación más inimaginable de lo que pensamos. Estamos en dimensiones muy diversas y seguro existen millones de cosas que no conocemos. Nosotros estamos limitados a un espacio que no entendemos. Nos damos demasiado taco para la madre que somos. Nos sentimos muy importantes, pero somos una nada.

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Hoy cuando el Lear Jet va a aterrizar en medio de una inmensa llanura en la que parece no haber nada más que mezquites verdes y grises, el ex alcalde me señala una enorme meseta en la que lo único que hay es un hombre enterrado. En la Meseta de Cartujanos, de unos quinientos metros de alto y una decena de hectáreas de extensión, hay una capilla donde está la tumba de Santiago Vidaurri, un antiguo gobernante de Nuevo León, muy popular en su tiempo por haber defendido esta región de los indios comanches en el siglo XIX. Vidaurri cayó en desgracia tiempo después cuando trató de separar las provincias del noreste de México del resto del país para fundar la República de la Sierra Madre y cuando decidió apoyar el fugaz imperio mexicano de Maximiliano I de México. “Es un personaje fascinante, muy polémico. Luego te enseño unas cartas muy interesantes que tengo de él, escritas con su puño y letra”, cuenta Fernández Garza. El intento de independencia de Vidaurri fue combatido por el héroe Benito

-Dicen que estás loco, Mauricio. -Normal, normal, nunca he sido.

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Anónimo. Mesa de Cartujanos en Lampazos. 1946. Colección Patricio Milmo Hernández. Nuevo Léon, Imágenes de nuestra memoria II. 2004 Conarte.

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Juárez, pero fue el militar Porfirio Díaz, a la postre dictador, quien lo mandó fusilar y borrar de la historia oficial. Casi nadie recuerda que Vidaurri sigue enterrado allí. Desde su jet, Fernández Garza me señala la tumba del antihéroe, como si me revelara no una coincidencia sino que el destino lo ha llevado a construir su casa frente a la tumba de ese insurrecto olvidado por la historia oficial. El viaje hasta allí es para que el ex alcalde supervise los detalles finales de la construcción de la que será su casa de retiro. De acuerdo con encuestas de popularidad, si quisiera, el ex alcalde ganaría las elecciones para gobernador de Nuevo León, pero ahora está más interesado en crear el Museo de Historia Natural y en pasar temporadas en esta propiedad. Le da pereza volver a administrar un territorio que no sea este feudo en el que quiere jubilarse. El piloto del Lear Jet hace unas maniobras de aterrizaje para estrenar una nueva aeropista de tierra en el rancho de Fernández Garza. Antes de que existiera esta pista, el ex alcalde debía pedir permiso a su vecino, un ex gobernador de Nuevo León, para aterrizar en la que él tiene al lado. El rancho del ex alcalde de San Pedro colinda con el de miembros de las familias Zambrano, accionistas de Cementos Mexicanos, y Milmo, accionistas de Televisa. Todos ellos comparten tierras en El Jabalí, como llaman a esta zona árida y alejada de la ciudad, en el municipio de Lampazos donde la población no suma ni 5 mil habitantes. Resulta intrigante que los hombres de poder de San Pedro hayan elegido este paraje seco y perdido para montar sus refugios. Cuando el Lear Jet toca tierra, una camioneta con dos escoltas espera a Fernández Garza, quien se sube solo en otra pick-up que él conduce hasta el sitio donde unos albañiles trabajan en los acabados de su nueva casa. Construir una casa en medio de la nada es otra de las nuevas especialidades del ex alcalde. Sin ser arquitecto diseñó sus planos. Las paredes de su mansión son una vitrina de trofeos disímiles: desde

acciones de valores de Europa y México del siglo XIX hasta la cabeza disecada de un toro, el último de los animales que declara haber matado. El año pasado, durante una fiesta en el rancho de un amigo, ese toro se salió de control y, cuando estaba a punto de embestir a un peón, afloró el instinto cazador del ex alcalde, quien agarró una escopeta y le disparó. Ahora los ojos muertos de ese animal nos miran. En la sala principal de su casa de retiro, no hay ningún cráneo de tiranosaurio rex. Sólo peces prehistóricos acomodados en sus paredes como si estuvieran en un estanque de piedra. Son animales marinos de la era cretácica, de los que ex alcalde posee una de las cuatro colecciones más importantes del mundo. Su afición por la paleontología es reciente, me dice, mientras explica en detalle la historia de cada uno de los peces de su pared. “Mucha de mi paleontología está más montada como arte”, advierte. Afuera de su casa, aunque hace un sol rabioso, el frío se sigue sintiendo por el viento que pasea sin muros que lo interrumpan en este paraje árido. El paisaje más valioso desde allí es la meseta donde está enterrado el hombre que intentó que Nuevo León fuera un país independiente de México. Para ciertos empresarios del norte, Santiago Vidaurri significa lo que Emiliano Zapata es para los campesinos del sur: un símbolo de inspiración y autonomía, aunque se cuidan de decirlo en público. Zapata está en el Olimpo de la historia mexicana; Vidaurri, en una tumba recóndita protegida por una altiplanicie inaccesible. Dentro de cientos de años, tal vez, cuando otro meteorito como el que acabó con el reino de los dinosaurios sobre la Tierra se estrelle contra el mundo de los hombres, en esta meseta los paleontólogos del futuro descubrirán los huesos de otros seres humanos. Uno de ellos, por expreso pedido de su hijo psiquiatra, estará sin cabeza y nadie sabrá que se llamaba Mauricio Fernández Garza.

“Nos damos demasiado taco para la madre que somos. Nos sentimos muy importantes, pero somos una nada”

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LOS GUARDIANES DEL FUTURO
¿Por qué un grupo de campesinos siembra y cuida, AR-15 en mano, árboles cuya sombra no disfrutarán?
POR SILVIA LEE Y DIEGO LEGRAND FOTOS POR LUCÍA FLORES

ara el ojo inexperto, los montes de Cherán siguen verdes y frondosos, pero la maleza es engañosa y los jóvenes que patrullan en sus uniformes azules recién adquiridos, estampados con la bandera purépecha en el brazo derecho, todavía recuerdan a los miles de pinos que se desvanecieron cuando los talamontes hicieron suyos los campos de la región. Jesús suda a gruesas gotas mientras sube el monte San Miguel por enésima vez. Ninguno de los integrantes de la policía comunitaria de este lugar había usado un arma antes de 2011, cuando ocurrió la primera detención de talamontes clandestinos. En la montaña, el peligro aún se asoma incontrolable.

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u rostro es ovalado, ligeramente gordo y de tez morena, con un bigote casi recto que cubre su boca estrecha y unos dientes levemente amarillos. Tiene expresiones amables, pero en su rostro se nota la dureza de la gente purépecha. Con una mano sostiene un bastón improvisado a base de una rama que se encontró en el camino, mientras señala con la otra al monte pelón, tal como lo dejaron los talamontes michoacanos. Jesús tiene 25 años, es jefe de unidad y nunca sabremos su nombre completo por cuestiones de seguridad. A su lado caminan la Gaviota y el Zopilote, quienes también prefieren mantenerse en el anonimato. “En otros pueblos nos tienen ubicados y levantan a cualquier policía comunitario que se atreva a salir de Cherán”, explica Jesús. Pero, aquí en el monte se encuentran en relativa seguridad desde que lograron correr a los mañosos que operaban en esta parte de la meseta purépecha, en coordinación con las patrullas del Ejército que transitan por el monte. Unos cientos de metros más abajo, Tachiqui persigue a dos intrusos en el monte, fusil AR 15 al hombro. Aunado a los gritos ligeramente tensos de la Gaviota recuerdan que, a pesar de todo, los cerros de Cherán siguen siendo un tanto peligrosos para los jóvenes que conforman la ronda comunitaria. “¡Tachiquiii… Chaparrooooo!”, resuena entre las escasas veredas y caminos que suben al monte pelado, entre troncos de pinos cortados por “los malos” y pequeñas semillas plantadas por la gente del pueblo, en espera de que crezcan árboles nuevos dentro de 30 o 40 años. Por fin aparece Tachiqui, jadeante en su uniforme azul oscuro, un poco sucio por la tierra del camino. “No te alejes tanto” le reclama Jesús. En total, se estima que los bandidos talaron aproximadamente 20 de las 27 mil hectáreas de bosque con las que contaba Cherán en poco menos de tres años. Con esa madera, de pinos centenarios, podrían llenarse 20 mil estadios aztecas. En algunas versiones se ha mencionado también que la tala de pinos en la meseta purépecha fue un primer paso para permitir la siembra de aguacates, aunque

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también se habla de marihuana, en el monte. El aguacate de Michoacán representa el 87 por ciento del total del mercado mexicano, que a su vez es el primer exportador del mundo, sin embargo, en Cherán no se han visto campos de aguacate, explica Jesús. Siempre había sido permitido cortar madera en Cherán, platican estos nuevos guardianes de la montaña: “Antes uno iba y cortaba un pino para su cocina”. “Pero, la cosa consistía en usar solamente lo necesario y dejar que el bosque se regenere constantemente. Cuando empezó la explotación masiva, valió madre todo; esa gente no tiene respeto por la tierra”. Para algunos, el narcotraficante conocido como el Güero Cuitláhuac fue el que trajo la tala masiva a la meseta purépecha, y junto con ella la violencia. Pero, los policías no hablarán de este tema. “Ya falleció el Güero”, precisa uno de ellos, “no vale la pena recordarlo”. El Chaparro es joven aún, no debe tener más de 21 años, unos ojos pequeños y maliciosos replegados detrás de la máscara que cubre su rostro, una alegría que contrasta con las pocas palabras que salen de su boca tapada. A pesar del matiz oscuro que los soles constantes de las montañas dan a las pieles de los nativos, el Chaparro no tiene facciones indígenas tan marcadas como las de sus compañeros, quizá no sea parte de los 14 mil 225 habitantes de descendencia indígena de la población total de los 15 mil 734 habitantes de Cherán, en su gran mayoría purépechas.

fogatas, los comuneros fueron formando brigadas de diez a 30 personas para subir al monte, armados de machetes, piedras, y uno que otro rifle de asalto que nunca faltan en los pueblos de la región. “Pero, principalmente iban armados con lámparas y mucho valor”, reconoce el coordinador de esta patrulla comunitaria. Mientras los vehículos seguían en manos de la policía municipal, la gente del pueblo tuvo que subir a pie para impedir la tala de los árboles que cubrían a algunos de los montes que envuelven al valle sagrado de Cherán, en el corazón de la meseta Purépecha. Durante estas excursiones murieron varias personas, dos de ellas a escasos metros del baldío en el que se encuentran Jesús y sus compañeros, justo antes de dar media vuelta de regreso a la comunidad. Los que fallecieron tenían entre 38 y 50 años, de acuerdo con Chucho, una edad avanzada para los guardianes comunales de la zona. Esto sucedió el 18 de abril de 2012. Posteriormente, el 8 de junio, los cadáveres de los comuneros Urbano Macías Rafael y Guadalupe Gerónimo Velázquez aparecieron en la zona boscosa de Zacapu, a 30 kilómetros del pueblo. En total, se habla de 15 personas fallecidas por agresiones en Cherán, desde 2008.

de los pinos arrancados a la tierra purépecha con un sistema de cuerdas atadas a los carros. En estas veredas, el olor a tierra quemada ya casi desapareció, y fue remplazado por el perfume de los encinos, pinos y fresnos más jóvenes que se lograron mantener de pie pese al paso de los talamontes. A pesar del ligero rocío húmedo que envuelve a los restos del bosque, el aire es bastante caliente en la ciénaga formada por los caminos surcados, que marcan el paso de los policías comunitarios más jóvenes de este país. “Yo preferiría estar con mi familia y poder enfiestar como mis cuates”, concede Tachiqui. “Pero qué le vamos a hacer, nos tocó salir a defender el pueblo porque si no éramos nosotros, nadie lo iba a hacer. Así que salgo fusil en mano, y voy a plantar semillitas en el monte todo pelado. Nosotros ya no estaremos cuando salgan estos pinos, pero esperamos que las siguientes generaciones lo disfruten. Estas tierras son prestadas, uno sólo está de paso”.

LAS BARRICADAS
Las primeras barricadas en los accesos a Cherán estaban conformadas por costales de arena, algunos troncos, muchas piedras y fogatas donde los comuneros revisaban minuciosamente tanto a los que entraban como a los que salían de la cabecera municipal. A dos años de esto, los vestigios de las 197 barricadas que ocuparon cada una de las esquinas del pueblo se convirtieron en pequeñas casetas de obra negra en las afueras de la ciudad. Al llegar a la caseta, como se llaman ahora las antiguas barricadas, la Gaviota se sienta a descansar un momento; la subida al monte es más de lo que su cuerpo puede soportar. Ella entró hace apenas dos meses a la policía comunitaria. Lo hizo porque no tenía trabajo y en la comunitaria ya empezaban a pagar. Tiene apenas 21 años y dos hijas, una niña de seis años y otra de cuatro. Sus hijas saben que es policía, aunque la Gaviota no sabe si se sienten orgullosas o preocupadas por ella. “Sólo me dicen que está bien”.

AQUÍ ES CHERÁN
De vuelta a la caseta, Jesús nos enseña la fotografía que marca el alto en la entrada de Zamora que da acceso al pueblo de Cherán, frente a la Escuela Normal cuyos disturbios aparecieron en todos los periódicos durante las últimas semanas de octubre. “Aquí estoy de espalda, con varios compas con los que subíamos para arriba, para espantar a los malos”, comenta. “Casi todos éramos jóvenes y la verdad es que teníamos un buen de miedo, pero alguien tenía que hacerlo, había que defender a nuestra comunidad”. A lo lejos se vislumbran los caminos que suben al monte, son pequeños senderos lodosos, formados por el paso forzoso de vehículos cualesquiera que buscaban jalar los troncos

EN EL ORIGEN, LAS MUJERES
Después de que las mujeres se enfrentaran a los “malandros”, –en esta región de Michoacán nunca se nombra a los narcotraficantes por sus nombresfueron los jóvenes los que tomaron el relevo de las operaciones para defender al pueblo del acoso de los Caballeros Templarios. En realidad, nunca hubo enfrentamientos directos en el pueblo, más allá de la captura de cinco talamontes en una iglesia del pueblo el 15 de abril, pero en las montañas la cosa fue distinta. Tras haber asegurado los accesos del pueblo con barricadas y

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dos años, justo cuando se enteró de lo que acontecía en su pueblo natal. “Si mi gente se estaba defendiendo, yo tenía que venir a ver en qué podía ayudar”, expresa alegremente, como si hablara de cualquier formalidad. Algunos de los policías cuentan que la migración en Cherán ha bajado, que muchos se han quedado porque al expulsar al gobierno de ahí, se sienten más seguros y tienen mejores condiciones de vida. Otros dicen que la migración sigue igual o peor, que el sueño americano sigue vendiendo ilusiones, y que la gente que tuvo miedo de lo que sucedía en el pueblo prefirió refugiarse en Carolina del Norte, Dakota o Missouri, donde se encuentra la mayoría de los migrantes de la región. Cuando la camioneta llega al centro, los habitantes voltean para ver pasar a los policías comunitarios. Algunos niños saludan alegremente a la ronda, mientras los ancianos agachan la cabeza en signo de aprobación. Sin embargo, algunos de ellos han sido arrestados por no seguir la norma que establece que no se puede tomar después de las nueve de la noche en la vía pública. Cuando un civil es arrestado, recibe un castigo de 12 horas en el separo que está a las afueras de la ciudad. En cambio, cuando es un policía el que es cachado in fraganti, debe pasar 24 horas en la pequeña cárcel comunitaria. Entre risas, confiesan que algunos de sus amigos les dicen que son unos chismosos cuando andan arrestando borrachos en la calle. Y más se ríen cuando aceptan haber sido detenidos varias veces por tomar en la vía pública. “Pero nunca en horarios de trabajo, nunca en la barricada”, afirma orgullosamente Jesús.

LA COMANDANCIA
La comandancia de policía es un lugar gris, como fuera del tiempo. Encerrados en menos de 15 metros cuadrados, dos policías matan el tiempo como pueden en este recinto de soledad, en donde una pequeña ventana situada a un lado de la puerta principal es la única entrada de luz, en tanto que las otras tres paredes son de concreto deslavado. En la parte delantera de la sala, unas cuantas cajas se apilan en medio de materiales de audio que parecen llevar años sin usar. En medio de la sala, un pequeño escritorio vetusto hace juego con dos bancas empolvadas, distribuidas en ele a su alrededor, como en cualquier ministerio público de la República. En el escritorio reposa un radio de ondas cortas relativamente moderno y en la pared, uno más, desgastado que lleva meses sin usar. “Ese era de la policía municipal”, explica Juan. Sentado en una silla de ruedas situada detrás del escritorio central, Juan viste una sudadera azul sin insignia aparente. Apenas tiene 18 años. A primera vista, parece que el hijo de alguien se quedó de guardia en este turno de la policía comunitaria. Sus ojos risueños y su cara delgada, definida en uve con un bigote incipiente traicionan su juventud, y su sonrisa franca contrasta con la solemnidad de los policías comunitarios michoacanos. A su lado está Ricardo, un poco más grande, pero que no llega a los 20 años tampoco. La piel de Ricardo es ligeramente más oscura que la de su compañero y su uniforme le da un aire de autoridad, aunque al poco rato, su solemnidad deja paso a una franca risa que rompe la monotonía del lugar. El eco de su voz rompe un poco el aburrimiento de la comandancia, es una nota de color en un mundo de claroscuros. Ricardo está terminando la secundaria en el sistema abierto local. “Cuando puedo voy a clase, aquí tenemos turnos de 12 horas así que no puedo estudiar a diario. Si no tengo nada que hacer voy el lunes; y si no, voy el martes y así, la verdad es que no me gusta estudiar pero es un requisito para estar acá. Así que voy a terminar la secundaria”, explica sentado en una silla, al lado de Juan que juega con su pluma mientras terminan las presentaciones. “A mí lo que me gusta es arrestar borrachos -exclama Juan-, en eso consiste la

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Es una de las cinco mujeres que integran el equipo policiaco en Cherán. Como comparación, en el Distrito Federal existen poco más de 11 mil mujeres en la plantilla de la SSPDF, sobre los 28 mil elementos policiacos que componen la nómina policiaca de la capital. “Al principio-cuenta-no fue fácil”. Fue blanco de los prejuicios que se tienen tan arraigados en algunas partes del país: pertenecer a la policía es exclusivo para los hombres. Recibió insultos de algunas personas cercanas que veían con malicia que ella anduviera patrullando con puros hombres. “No es fácil, me decían que era una puta…Pero, esto no tiene nada que ver. Si tú te das a respetar, no tiene por qué ser así”. El entrenamiento que han recibido los policías es escaso por no decir nulo

y en el caso de la Gaviota, ella aún no sabe cómo disparar el arma que cargó durante el trayecto en el hombro, atada por una fina correa. Sólo sabe cómo cargar su rifle. Desconoce cómo disparar y atinarle al blanco. Desde que ingresó, no ha recibido ni una sola clase de acondicionamiento físico. Cuenta que los policías reciben todos los días un entrenamiento en el monte, pero que desde hace dos meses, cuando ella entró, no se ha vuelto a dar esa clase de autodefensa. Al principio, se dice, fue uno de los pobladores de Cherán, un ex militar el que a regañadientes aceptó enseñar lecciones básicas de protección personal a sus compañeros. Pero ahora, después de la visita de las policías comunitarias de Guerrero y de la Policía Federal, deberían tener en-

trenamientos regulares como cualquier policía del país, se supone. La Gaviota, Tachiqui, Jesús y el Zopilote se vuelven a subir a la pick up para regresar a la comandancia, después del rondín que los desgastó en el monte. Uno de los nuevos policías que va sentado junto a la Gaviota, Jorge, de veinte años, confiesa que vivió algunos años en Estados Unidos. Se fue de mojado cuando apenas tenía 14 años. Su familia le consiguió papeles falsos para que probara el sobrevalorado sueño americano. Le gustaba vivir allá, aunque no hablara con soltura el idioma. Le pagaban bien, dice. “Mejor que en México, sí”. De hecho, de acuerdo con el Gobierno del Estado de Michoacán, en promedio, cada año emigran 165 mil personas de este estado hacia Estados Unidos. Regresó al país hace

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mayor parte del trabajo comunitario de estas semanas”, precisa. El policía más joven de la institución relata que no participó en los inicios de las revueltas de Cherán K´eri. “Bueno, estuve en las fogatas como todos, pero no en la policía comunitaria. Tuve que insistirles un buen para que me dejaran entrar, no querían aceptarme porque era menor de edad. Pero, insistí tanto, que al final me dieron chance de entrar a apoyarlos y ahora aquí trabajo, y arresto borrachos”, ríe más que cuenta. nicipales e instaurar su propio sistema de justicia comunitaria. En virtud de los convenios 169 de la Organización Internacional del Trabajo, de los Acuerdos San Andrés Larráinzar firmados el 19 de febrero de 1996 por el gobierno mexicano y de la reforma del artículo 2 de la Constitución mexicana, Cherán decretó el régimen de usos y costumbres tradicionales para definir su sistema de justicia, con un consejo mayor compuesto por 12 K´eris Janaskaticha, y una serie de consejos operativos de Justicia y Procuración Social, Consejo de Barrios, Comisión del Agua, Radio Comunitaria, Consejo de Desarrollo Social y Consejo de Asuntos Civiles, entre otras.

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EL PALACIO MUNICIPAL
En la carretera que lleva a la entrada F1 del pueblo, la casa de cultura del pueblo luce iluminada como el edificio más ostentoso. Ese era el palacio municipal, cuenta un fotógrafo purépecha de la zona. Allí sesionaba el antiguo alcalde porque nadie lo quería; ahora, la comandancia se encuentra en el palacio municipal, en el centro de la comunidad. “De hecho, esas eran las instalaciones de la policía municipal”, precisará el jefe de la unidad en la que laboran Juan y Ricardo, una vez que entre en la oficina comunitaria con su equipo, e interrumpa las risas y la música de banda que toca en el mini DVD de Ricardo, que parece ser la única pieza de tecnología de la que dispone la nueva comandancia de policía. “Los viejos policías municipales estaban a favor de los talamontes, los protegían e incluso los fueron a rescatar cuando los encerramos en la capilla”, detalla el jefe de patrulla. “Eso fue lo que más nos dolió, también por eso decidimos regresar la comandancia al centro del pueblo, es un signo de que estamos cerca de la gente, somos parte de la comunidad”. Roberto Bautista Chepina fue el alcalde acusado de corrupción y colusión con los narcotraficantes de la región, quien mandó a traer policías de afuera para vigilar el pueblo hasta que perdió las siguientes elecciones. Entonces, los habitantes de la comunidad decidieron expulsar a los partidos políticos así como a los policías mu-

AQUELLA VIEJA CASA DE PIEDRA
Para viajar con la ronda comunitaria se necesita un permiso atribuido por la Coordinación de Procuración y Justicia, instalada en el piso superior del palacio municipal. En el fondo del último pasillo de la vieja casa de piedra en la que se toman las decisiones cotidianas del pueblo, un pequeño cuarto vacío como casi todas las piezas del palacio, sirve de antesala al solemne recinto en el que se recibe a los visitantes que quieren acompañar a la ronda comunitaria en sus rondines diarios. Aquí todo el mundo tantea y hace de todo un poco. Aunque a varios meses de la revuelta del 15 de abril se han ido afianzando los puestos de poder en función de las capacidades de cada uno, muy pocas personas son profesionales en este recinto. Pero el pueblo no parece vivir una situación muy diferente de la que sufren las comunidades aledañas de Urapicho, Nurio o Paracho entre otras. De hecho, de acuerdo con Elizabeth Romero, una mujer que viaja en el camión que proviene de la central de Uruapan, las condiciones de vida han mejorado en Cherán desde que se decretó el autogobierno. “Hubo unos meses muy duros en los que vivimos del apoyo de otras comunidades, pero por lo menos hoy podemos salir a la calle sin

miedo, convivir a gusto, sin tener que escondernos en nuestras casas, y podemos reclamar a la autoridad cuando no estamos de acuerdo con alguna de las decisiones. Para eso hay asambleas”, afirma esta señora de edad avanzada. Lo mismo dirá la mayoría de los vecinos entrevistados posteriormente. Aunque es difícil encontrar a alguien que no concuerde con esta postura en el pueblo, algunos miembros de los partidos políticos concederán su desacuerdo con esta política autonomista, aunque lo harán bajo cubierta de anonimato. Una vez adquirido el permiso de la Coordinación de Procuración de Justicia, subirse a una patrulla comunitaria es una mera formalidad. La jerarquía diaria está establecida, las órdenes provienen del palacio municipal y son cumplidas por los policías comunitarios sin mayor objeción. “’Gobernar obedeciendo’ parece ser el nuevo lema del sistema de justicia de la meseta purépecha”, aunque la

práctica diaria revelará unas pequeñas diferencias entre los policías comunitarias y sus superiores jerárquicos del Consejo Mayor.

EL RONDÍN DE NOCHE
Son las nueve de la noche y los policías ya están listos para salir a hacer el rondín correspondiente. Se suben en la parte trasera de una de las camionetas que le fueron confiscadas a la antigua policía municipal. Lo mismo que en la patrulla de día, todos los policías de esta unidad son jóvenes, ninguno pasa de los 22 años. Algunos van sentados en la parte trasera de la pick up, hablando del frío de la noche. Tranquilos, acomodados en la caja de la troca, cuentan cómo hace dos años se turnaban en las barricadas ahora ya inexistentes. Había una barricada en cada esquina, con familias enteras, incluyendo a niños, que pasaban la noche en vela para proteger a su ciudad. Después, cuando la ne-

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cesidad apremió, se buscaron voluntarios que quisieran formar parte de la nueva policía comunitaria que se empezaba a gestar. Ahora, muchos de los habitantes despotrican en contra de algunos de los integrantes de la policía comunitaria, acusándolos de borrachos y drogadictos, “pero cuando todo esto empezó, a nadie le importó que fueran ellos los que sacaran el pecho y se lanzaran al monte”, sentencia uno de los policías. En esta unidad policiaca hay un denominador. Las familias de sus integrantes se preocupan mucho por la labor que desempeñan. Al principio, varias madres se mostraban reacias a la idea de que sus hijos, algunos de los cuales no habían siquiera cumplido la mayoría de edad, salieran con sus AR-15 al hombro a patrullar por la ciudad, a reforzar las barricadas o simplemente a cubrir un turno en la comandancia. “Siempre me dicen que me cuide cuando salgo de la casa. Se preocupan mucho por mí, pero saben que lo hago por proteger a mi ciudad, pero igual se preocupan”, cuenta Rafael con un destello de seguridad en la mirada. El rondín que circula por el interior de Cherán terminó y ahora la camioneta se aventura a la carretera, donde parece que todavía existe el peligro de ser un blanco fácil para los ataques de los malos. La conversación ha llegado a su fin. Los policías ya no están en la zona de confort de su pueblo, así que se paran y se disponen en posición de tiro, al interior de la pequeña camioneta. Arrodillan una pierna y apuntan a la noche con el arma, como queriendo matar al vacío. Se muestran precavidos, tensos. Se cubren los rostros y vuelven a acomodar sus armas. La carretera está desierta, sólo el intenso frío de la meseta purépecha les hace compañía. En cualquier parte entre la maleza puede estar algún atacante oculto, no serían los primeros en ser blanco de una emboscada. Unos meses antes, Jesús emprendió la persecución de unos asaltantes en la entrada del pueblo. Cuando una familia llegó a la barricada en lágrimas, acusando a dos camionetas de haberlas perseguido para despojarlas de sus bienes, Chucho no lo pensó dos veces, cogió su arma, su unidad y se lanzó hacia el punto de encuentro con los presuntos asaltantes. A unos kilómetros del pueblo, varios sujetos asentados en dos camionetas, una Toyota y otra cuya marca no recuerda, abrieron fuego en contra de los policías comunitarios. El vidrio del lado de Chucho explotó. Tras comprobar que no estaba muerto, el jefe de la unidad devolvió el fuego, ahuyentando a los ladrones que no han vuelto a Cherán desde entonces “Los habría perseguido más tiempo pero mis hombres eran muy jóvenes y se ciscaron cuando empezaron los disparos, sólo yo y el conductor, que sacó su escuadra por el vidrio mientras conducía, nos atrevimos a dispararles”, recuerda Jesús, con un orgullo poco disimulado. En la segunda salida del pueblo, la camioneta se detiene abruptamente, alguien escuchó un ruido entre los árboles que cubren la fachada más cercana del monte, todos se bajan a revisar. El miedo ya quedó atrás. Prenden sus lámparas y se adentran en la arboleda. La atmósfera se convierte en un silencio expectante. Los policías ya se alejaron de la camioneta y sólo se distinguen por las luces que proyectan sus lámparas. Falsa alarma. El trayecto en la carretera desierta continúa. Ya casi es hora de volver, así que la tranquilidad regresa y los policías vuelven a retomar la conversación, justo en donde la dejaron, sentados en la parte trasera de la pick up y con el rostro en calma. En el recorrido de regreso a la comandancia la pregunta inevitable aparece: ¿Cuánto gana un policía comunitario de Cherán? Juan, como la mayoría de los policías, se dedicaba a la construcción antes de entrar en la comunitaria, algunos eran campesinos, pero la mayoría eran albañiles, o ayudantes de albañiles. Cuando la ronda se empezó a formar, no dudó ni un momento y decidió dejar su trabajo para servir a la comunidad. Sabía que pasaría un largo tiempo antes de cobrar algún honorario, si es que ese día llegaba. Como albañil en Cherán, se ganan aproximadamente mil 200 pesos semanales; es decir, cuatro mil 800 pesos al mes, casi el doble

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de los dos mil 600 pesos mensuales que recibe la ronda comunitaria; pero el salario es lo de menos. El jefe de la unidad, Jesús, afirmará más tarde que los pueblos vecinos se solidarizaron con la policía al ver lo que acontecía en Cherán y frecuentemente les mandaron comida para ellos y sus familias. “Nos mandaban frijoles, pero nunca nos faltó comida”, concluye. Hemos regresado al centro de Cherán. Los policías regresan a la comandancia por unos minutos, para volver a salir a hacer otro rondín. Sólo faltan seis horas para que terminen su turno.

LAS CASETAS
De regreso a la caseta que oficia de entrada al pueblo de Cherán, el ambiente es frío como el aire de la montaña. Los mismos policías que se ríen durante el día, y aprovechan cualquier ocasión para platicar en cuanto agarran un poco de confianza, lucen serios y desconfiados a estas horas de la noche. Aunque el asedio del pueblo ya no parece una prioridad inmediata, la tensión es permanente en la meseta purépecha a altas horas de la noche. El cansancio que aqueja a los policías, quienes ya llevan la mitad de sus doce horas de guardia, es otro elemento, y el pequeño fuego que los alumbra, lejana reminiscencia de una fogata que bloqueó la entrada del pueblo, es el único lugar de convivencia permitido a estas horas. El tráfico es continuo aunque baja entre 2 y 4 de la mañana, pero nunca falta un vehículo que entre y saque a los uniformados comunitarios del estupor en el que los mantiene el frío que permea sus uniformes, y los fuerza a moverse permanentemente para no quedar entumecidos. Al cabo de un largo silencio incómodo, el jefe de la unidad habla: “En cuanto terminó su periodo el alcalde, en 2010, los corrimos con todo y sus policías y retomamos el equipo que se supone, les habían dado para proteger al pueblo” relata, “Ahora estamos firmando acuerdos con el gobierno federal para que nos capaciten y podamos establecer una policía con los debidos permisos nacionales, aunque queremos que sea comunitaria”. Para el gobierno de Michoacán, la policía municipal de Cherán tiene absoluto reconocimiento como cualquier policía municipal del estado. Lo único que cambió, explica el responsable del enlace con la secretaría de Gobernación, Isaudro Gutiérrez, fue que sus habitantes decidieron elegir sus gobernantes en función de un sistema de usos y costumbres, acto que fue respaldado por una decisión de Justicia. El caso de Urapicho fue un poco diferente ya que por cuestiones de seguridad, sus habitantes exigieron incorporar elementos de su localidad a la policía municipal de

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Paracho, de la que dependen. Pero Cherán es cabecera municipal y tiene una policía municipal como cualquier otra, que puede, como todas, acudir a los servicios de capacitación de la policía estatal, detalla el funcionario. De la misma forma, las bases de operaciones mixtas que actúan en la zona, con elementos del Ejército y de la policía federal, trabajan en coordinación con la policía municipal, no existe ninguna relación de subordinación, sino de coordinación, precisa Isaudro Gutiérrez. Para la población de Cherán, la apelación de policía comunitaria es fundamental, aunque admiten ajustarse a las normas estatales de policía, y la coordinación es clara, la comunidad depende de la policía local, en tanto que los montes son vigilados por el Ejército. “No le tenemos confianza a la policía,precisa uno de los policías comunitarios en facción delante de la comandancia-al único al que llamamos porque confiamos es el Ejército”. Aunque el Séptimo Batallón de Infantería, en facción en el cuartel militar IV de Zamora, responsable de la zona no contestó a las llamadas, algunos militares con presencia en la zona, adscritos a la Comandancia de la 21/a. Zona Militar, reconocieron la necesidad de su presencia en el lugar y su coordinación con la población de Cherán. “Nosotros venimos para apoyarlos, no para remplazarlos, aquí sí hay policía municipal, sólo necesitan apoyo en el monte para combatir a los grupos armados que operan”, reconocerá un soldado durante su descanso, en una zona cercana a Uruapan. De acuerdo con informes de la Fiscalía mexicana, la consultora estadounidense Stratford y la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA), esos “grupos que operan” y se confrontan en la zona son los cárteles de los Caballeros Templarios, la Familia Michoacana y en ocasiones, incursiones armadas de los Zetas. “Sólo la gente de la comunidad puede proteger a los de su propio pueblo”, nos dirá en otra ocasión ese mismo jefe de unidad, alto, de piel morena y aire grave que suele aparecer en los videos realizados sobre Cherán. “Nosotros estamos dispuestos a dejar la vida para defender a nuestra gente y dar un futuro a nuestros hijos, pero entiendo que otra gente no quiera hacerlo; ni si quiera sé si lo haríamos con el mismo entusiasmo para otros pueblos”, asesta. “Cada quien tiene que defender lo suyo”, explica mientras mira de reojo el trabajo que hacen sus compañeros y dicta una que otra orden para que revisen las camionetas “21”, clave para las personas sospechosas que se acercan. Aunque 57 integrantes de la policía comunitaria evaluados por el Centro Estatal de Control y Evaluación de Confianza en abril de 2012, sólo una decena aprobó el examen,

informó la directora de la dependencia, Sara Vega Barreto. “No tendrán el ideal de plantilla que ellos quisieran, pero por lo menos ya tienen policía” expresó la funcionaria en conferencia de prensa. De los 267 mil elementos de policía que hicieron el examen de confianza en todo México durante 2012, más de 38 mil fueron reprobados, sobre todo municipales y estatales, alrededor de 16 mil elementos reprobados para cada corporación. De acuerdo con el Sistema Nacional de Seguridad Pública, en 2011, 92 por ciento de los policías estatales no había sido sometido a controles de confianza y sólo 11 por ciento había recibido capacitación. En comparación, no parece tan desesperada la situación de Cherán. Por el momento, las calles de Cherán lucen seguras, aun vigiladas por los elementos policiacos más jóvenes del país, pero cabe mencionar que la ronda comunitaria es un sistema extremadamente vigilado por el consejo de los Keri´s, así como por la población en general que sigue muy de cerca la evolución de su policía comunitaria. De hecho, el experimento ha impactado tanto a la región que se ha empezado a plantear la posibilidad de una ronda comunitaria que integre a otros pueblos de la región. Aunque el gobierno estatal dice desconocer dicha situación y que la policía comunitaria rechaza cualquier pregunta al respecto, entre los pobladores la discusión parece relativamente viva y sobre el pueblo flotan rumores y un ligero soplo de libertad comunitario. “Si hay policías comunitarios coordinados en toda la región, entonces ya no tendremos miedo de salir”, nos contará en voz baja, como murmurando, uno de los policías encargados de la ronda nocturna. “Hay disensiones en el pueblo”, explica el uniformado de más alto rango, situado en la barricada F2 del pueblo. “Algunos quieren que trabajemos como las policías comunitarias de otros lugares, con cargos rotativos y sin salario. Pero por el momento sería muy complicado establecer este sistema porque aquí en el pueblo, tenemos gente de los partidos políticos y de otros grupos que están en contra de la policía comunitaria, o que están con los propios malandros, y no podemos permitir que ellos accedan a la ronda comunitaria”. La mayoría de los policías más jóvenes parece estar de acuerdo con esta visión, aunque algunos de los mayores previenen: últimamente, varias personas se han empezado a interesar en entrar a la institución por el salario que se ofrece, que aunque es más bajo que el de los albañiles, es más seguro y regular también, eso es peligroso. Con el dinero vienen los intereses y la corrupción, en este trabajo debe importar más que nada el amor al pueblo, a la comunidad. El que esté aquí por el dinero está muy equivocado.

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GARCÍA MÁRQUEZ VA AL DENTISTA
¿Qué busca un Premio Nobel con caries en un doctor de provincia?
POR JULIO VILLANUEVA CHANG

l doctor Jaime Gabazón abrió la puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a García Márquez tan solo como un astronauta en su sala de espera. Eran las dos y treinta de la tarde del 11 de febrero de 1991 y el paciente había llegado puntual a su primera cita. “En siete años nunca llegó tarde”, me contaría tiempo después el odontólogo.
n su mesa de centro había literatura de consultorio de dentista, unas cuantas revistas para bostezar la espera y empezar a caer bajo los efectos sedantes de una música de fondo. El doctor Gabazón parecía muy despierto bajo sus anteojos de lector de dentaduras. Tenía esa bonhomía que transpira la gente de la costa de Colombia y unos bigotes que se esmeraban por competir con su sonrisa simétrica. Aquella primera vez -me contaba en 1999- García Márquez había llegado hasta allí en su automóvil con chofer, en un barrio de la ciudad cuyo nombre es perfecto para un dentista: Bocagrande. Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar de puño y letra la ficha de su historia clínica: “Nombre del paciente: Gabriel

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García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para qué compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al doctor? Su fama universal”. Fue lo que García Márquez había escrito en esa primera dramática visita que tarde o temprano todos hacemos al consultorio de un sacamuelas. “Un cuento es lo que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras aguardas tu cita con él”, dijo John Cheever. Los primeros siete años de consulta

el odontólogo trató a García Márquez con el respetuoso vocativo de maestro. Luego empezó a llamarlo compadre. Cuando se enteró de que la esposa del doctor estaba embarazada de su sexto hijo, García Márquez le preguntó con el entusiasmo de un cura recién ordenado: “¿Y cuándo lo bautizamos?”. Iba a ser el primer hijo varón del dentista. Pero no entendió esa pregunta hasta que alguien que había vivido en México le explicó que en ese país, donde el escritor tiene residencia, a veces el honor de ser padrino se pide a los padres y no al revés. El día del bautizo, García Márquez y su esposa Mercedes Barcha fueron los primeros en llegar a la iglesia. -No creo que nada sea casual -me diría su dentista-. Fue un bautizo macondiano.

Aquella ceremonia no fue la primera coincidencia familiar. El doctor Gabazón recordaba que las familias de ambos habían sido vecinas en el barrio de Pie de la Popa y que la hermana de García Márquez iba a jugar a su casa con la suya. Por entonces el dentista era un bebé de un año y el escritor debía ser un veinteañero que andaba mamando gallo, ese modo tan caribeño de tomarte el pelo y vacunarte contra toda solemnidad. Eran de generaciones distantes: cuando García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, Gabazón hacía un postgrado de Rehabilitación Oral en Ohio State University. La primera vez que el paciente visitó la casa de quien iba a ser su compadre, el novelista entró por la puerta principal y salió por la de la cocina para saludar a las muchachas de servicio.

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Desde entonces ningún dentista había callado tanto sobre la boca abierta de un escritor que detesta las entrevistas. Según el médico, a García Márquez le gustaba repetirle que cada vez que llegaba a Cartagena de Indias era a él al primero que telefoneaba. Desde que lo visitó en su consultorio, la vida del doctor Gabazón sufrió una metamorfosis. El odontólogo era invitado a leer un fragmento de Cien años de soledad en el Museo Naval de Cartagena. Sus amigos le enviaban libros para que García Márquez se los dedicara. Una firma. Un garabato. Por favor. Las señoras le rogaban fotografiarse con él. Una sola vez. Un minuto. Por favor. Los pacientes que llegaban a su consultorio veían, frente al sillón negro donde se acostaban, un cuadro con una fotografía del paciente ilustre y su odontólogo envidiado. El escritor aparecía recostado en el mismo sillón que ellos y llevaba una camisa negra y las manos tan juntas como si el dentista lo hubiese maniatado. Quienes veían aquel retrato en colores creían que podía ser la travesura de una computadora caribeña, el burdo montaje electrónico de un fanático. Lo cierto es que el cuadro parecía servir al dentista como una primera anestesia para sus pacientes. De un golpe de vista se olvidaban de sus muelas y cualquier mueca de dolor se enderezaba en la pregunta de siempre. ¿Qué hacía García Márquez sentado allí? *** Cinco años después de conocerlo en su consultorio de Cartagena de Indias, el doctor Gabazón abrió ante mí un maletín negro que guardaba bajo una clave de seguridad. Se acababa de mudar con su familia a Tampa, Florida, luego de haber tenido que partir de Colombia, donde él y su esposa eran militantes evangelistas de una comunidad cristiana. Ambos predicaban en barrios populares donde no eran bienvenidos por la guerrilla de ese país. Era una noche de otoño y el dentista vestía una camisa negra poblada de árboles. Estaba de pie, frente a la mesa del comedor de su nueva casa, buscando algo en el maletín que acababa de abrir. Su mudanza a Estados Unidos no terminaba. En el piso, aún había cajas por desempacar. Por debajo de la mesa, se paseaba Blackie, un perro pincher en miniatura de quien el dentista decía que sólo le faltaba hablar. En las paredes colgaban pinturas de su esposa, la artista plástica Ángela Schiappa. En los meses posteriores a su llegada, el doctor Gabazón aún no podía ejercer de odontólogo en Florida. Mientras tanto trabajaba de ceramista dental en un laboratorio de prótesis molares. Se había vuelto un escultor de dientes de porcelana. Ya era la medianoche y el dentista extrajo del maletín una minúscula bolsa de terciopelo azul, parecida a esas donde los joyeros guardan metales preciosos para protegerlos de los rasguños y del maltrato del tiempo. En uno de los cuartos, Jaime Enrique de Jesús, su hijo menor y ahijado del escritor, se había quedado dormido. Había visto una fotografía en la que García Márquez y su mujer estaban con él frente al cura en el instante del bautizo. Entonces era un bebé y ahora tenía siete años. Si le preguntaba sobre su padrino, no recordaría más que lo que sus padres le contaron. Pero esa noche el doctor Gabazón parecía estar dispuesto a mostrarme lo que no me había confiado cinco años atrás, cuando lo conocí en su consultorio de Bocagrande. En esa bolsa de terciopelo azul guardaba un secreto. No fueron nada novelescas las razones que llevaron a García Márquez al consultorio del doctor Gabazón. Un odontólogo de Bogotá había operado una corrección en la dentadura del escritor, y éste le recomendó al ortodoncista Luis Eduardo Botero para que continuase su tratamiento en Cartagena de Indias. Era una operación de rutina con uno de esos especialistas que te enderezan los dientes en mala posición. El ortodoncista devolvió la dentadura del escritor a su sitio pero le diagnosticó un mal periodontal. En buen castellano, un dolor de encías. Era la especialidad del doctor Gabazón, y el ortodoncista se lo recomendó a García Márquez. Fue así como aquella tarde de febrero de 1991 descubrió al hijo del telegrafista en la sala de estar de su consultorio de Bocagrande, luego de que éste escribiera los datos de su historia clínica en una ficha de cartón que le había entregado su secretaria Onira Madera. -Fue como un mandato de Dios -me dijo Gabazón trece años después en su

_Historia Internacional
se. También, una caja de galletas preparadas por la suegra del dentista. Esa noche de otoño en Florida, cuando el odontólogo estaba a punto de enseñarme lo que guardaba en su maletín negro, el doctor Gabazón me dijo que aún no recibía respuesta. *** No había razones obvias para explicar por qué García Márquez lo eligió su dentista y luego su compadre. El doctor Gabazón era un odontólogo de provincia. En los estantes de su consultorio de Cartagena de Indias no se asomaba ninguna novela, apenas clásicos de la dentadura anglosajona como Periodontal Disease , dolorosa literatura para odontólogos. El doctor Gabazón quez. Sí. El tesoro del dentista era un molar con tres raíces y una incrustación de oro. Sólo de saber que había pertenecido al novelista, aquella muela adquiría una apariencia de ficción y lucía más horrenda en el acto de extraerla de una bolsa de terciopelo. Ver cualquier muela fuera de su boca hace que uno pasee su lengua para verificar si las suyas siguen allí, dispuestas a masticar y morder. El molar de un genio se ve tan espantoso como el de cualquiera y crea la ilusión de que todos somos iguales bajo las tenazas de un dentista. Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa. Desde años atrás en García Márquez ya habitaba cierta inexplicable predilección por el tema dental. Había dedicado algunos episodios de su obra a lo indefenso que uno puede estar ante un dolor de muelas y a la fascinación que puede causar una dentadura. En Un día de estos, uno de sus cuentos más memorables, Aurelio Escovar, un dentista sin título, extrae sin anestesia la muela que ha torturado por cinco días a su opositor, el alcalde de un pueblo sin nombre. Por suerte, García Márquez nunca quiso ser alcalde y Gabazón es un odontólogo titulado. Años después, en Cien años de soledad , el novelista escribió un episodio premonitorio de su primera visita al odontólogo: “Vieron [los habitantes de Macondo] un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano”. En resumen, Melquíades terminó sacándose los dientes y envejeciendo de pronto, pero luego se los puso otra vez y sonrió con el poder restaurado de su juventud. El hombre envejece cuando sus dientes no se reponen. García Márquez lo sabía bien. Perder un diente era también una metáfora de la caída del poder. No había sido el primer escritor en fascinarse por las muelas. Joyce y Nabokov habían perdido la dentadura antes de cumplir los cincuenta años, y no se ahorraron palabras para retratarlas en sus libros como algo más que un rasgo fisonómico. Martin Amis, otro escritor del club de los desdentados, ensayó en su libro Experiencia una explicación sobre la comunidad de escritores de dientes postizos: “¿Qué más tenían en común Nabokov y Joyce aparte de la pésima dentadura y una soberbia prosa? El exilio y décadas de una precariedad económica cercana a la indigencia. Y una compulsiva tendencia al exceso. Y la desmedida sumisión que merecidamente les inspiraban sus esposas”. Cualquier parecido con García Márquez era pura coincidencia. -Es como un Dios de la literatura. Todo el mundo está interesado en cualquier cosa que hace -me dijo el dentista esa noche-. Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros. El último día que lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela de juicio. Pero años antes, aquella primera tarde de 1991, en su consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una caries y el doctor Gabazón había decidido operar: le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida, y tiempo después colocó un implante en su lugar. Según el dentista, el escritor nunca se quejó. Sin embargo, desde esa primera cita hubo una pérdida. En la historia de la literatura, siempre ha sucedido: Homero fue ciego, a Cervantes le faltaba un brazo, García Márquez tenía caries. -El hilo dental es más importante que el cepillo -me advirtió el doctor Gabazón.

Ver cualquier muela fuera de su boca hace que uno pasee su lengua para verificar si las suyas siguen allí, dispuestas a masticar y morder... Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa.

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casa de Florida. Durante las consultas, García Márquez se volvía más terrenal cuando hablaba de política. Un día el dentista se atrevió a comentarle algo sobre Dios. -Gabo hizo lo que cualquier persona -recordó-. Dio un muletazo y pasó a otro tema. El odontólogo entendió que debía evitar asuntos divinos en sus conversaciones con el novelista. Pero había una pregunta metafísica: qué diablos iba a hacer con sus recuerdos cuando García Márquez se muriera. -Uno nunca sabe -me dijo-. Hasta uno se puede morir antes que él. -Los dentistas no van al cielo -le advertí. -Fíjate que yo sí voy -respondió. No está mal saber que uno va siempre hacia alguna parte. Sentirse un hombre bueno parecía ser la única soberbia en el doctor Gabazón. Tenía apuntada en su historia dental la última vez que atendió a García Márquez: 20 de enero de 1999. Fue un miércoles. El dentista también recordaba haber recibido una llamada telefónica del escritor en diciembre de ese año apocalíptico. Gabriel García Márquez se iría de Cartagena de Indias al siglo siguiente. Por entonces, un cáncer linfático se asomaba a su vida. Según el dentista, hubo el rumor de que el cantante Julio Iglesias quería comprar la casa del escritor. Antes de mudarse a Estados Unidos, el doctor Gabazón había dejado una carta a uno de los hermanos del escritor con el expreso pedido de que éste la leye-

no había leído la novela Anestesia local , de Günter Grass, ni el cuento El dentista, de Alfred Polgar. Tampoco un episodio de Memorias del subsuelo , donde Dostoievski escribe sobre la voluptuosidad de un dolor de muelas. El doctor Gabazón sí había leído el poema Desiderata, que por entonces colgaba de una pared del consultorio, por encima de un mueble con enjuagues bucales y dentaduras postizas. Sobre su escritorio había una calavera que nada tenía que ver con Hamlet. Era la escenografía de un sacamuelas, el lugar común de la castración dental. El doctor Gabazón tenía una teoría elemental: García Márquez lo había elegido su compadre para romper la rutina de famoso. Hablaba del escritor con familiaridad, admiración y sin falsas reverencias. “La gente -me dijo- se olvida de que Gabo es un ser humano.” Pero la gente también se olvidaba de que el dentista era un ser humano y le preguntaba cuánto se le podía cobrar a un compadre así. “¿Podría decir quién le recomendó al doctor? Su fama universal”, había escrito García Márquez en su ficha de paciente. *** El odontólogo me seguía contando anécdotas del Premio Nobel de Literatura mientras revisaba el maletín donde guardaba sus más íntimos recuerdos. La historia clínica del paciente García Márquez, retratos de familia con García Márquez, recortes de prensa sobre García Márquez, una muela de García Már-

_Ornitorrinco

Del 6 al 12 de Mayo Monterrey, N.L.

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O DaguerroTIPO

NIÑOS REGIOS
(Foto Izq.)J.O Bocanegra. Juanito. “El Niño Médico”. 1912 colección Guadalupe Mauricio Hernández (Foto Sup.Der.) Anónimo. Testimonio de la recuperación de Leopoldo Canales. 1904 colección Óscar Estrada de la Rosa Nuevo Léon, Imágenes de nuestra memoria II. 2004 Conarte

La orquídea parásita es el nombre que dio el escritor Gerson Gómez a su antología de crónica urbana en Nuevo León. El texto presentado aquí forma parte del libro lanzado esta primavera por la editorial de la UANL.

Vida nocturna
IRMA SALINAS ROCHA
onterrey, usted quizá lo haya notado, no es precisamente una ciudad que se distinga por su vida nocturna. Las tres o cuatro boites de noche con showcitos de medio pelo y el puñado de discotheques no justifican el potencial económico de la ciudad, que podría sostener un intenso ritmo de diversiones de esta clase. ¿Por qué? La respuesta es fácil: los happy few de Monterrey no son ni más ni menos recatados que los de otras ciudades cosmopolitas semejantes. La diferencia es que los regiomontanos se sueltan el pelo, pero en privado o fuera de su ciudad. Usted no podría ser la excepción, a riesgo de darse una quemada de tercer grado. Afortunadamente, sus millones le permiten trasladarse a las grandes capitales del reventón o pagarse placeres clandestinos en su ciudad; bien disfrazándose de Fantomas para hacerla de peeping Tom por las noches tratando de sorprender mujeres desnudas o por desnudarse a través de alguna descuidada ventana (con la seguridad de que cualquier inoportuna interrupción será neutralizada a base de pesos), bien pagándose encerronas ferozmente custodiadas por sus guardaespaldas, en las que usted sea tratado como sultán por un escogido harén de bellas oficinistas y universitarias que mejoran sus ingresos trabajando horas extras. Si su atrevimiento se lo permite, usted puede hacer del consabido espectáculo una sesión placentera para sus amigos voyeristas, que podrían gozarlo desde el otro lado de los espejos de dos caras ya muy conocidos en el pornomundo. Pero si usted es más sensato optará por alejarse lo más posible de la curiosidad

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“Sólo en Monterrey puede ocurrir que una sala de arte como se hace llamar al cine Buñuel, se dedique a pasar exclusivamente películas pornográficas. Pero nadie puede dudar de su éxito taquillero. Las colas para entrar a la función de media noche son más largas que las que hay en los países socialistas para comprar tres litros de leche”
local para refocilarse a sus anchas en todos los lugares internacionales que se especializan en ofrecer los placeres más paradisíacos y sofisticados que pueda imaginarse. El que viaja, conoce; el que conoce, desea; el que desea, busca. Con dinero: el que busca, encuentra. Usted puede encontrar todas las sensaciones placenteras que el comercio underground ha multiplicado y refinado en ciertos sitios. Empecemos por el erotismo visual, que es el erotismo de nuestro tiempo. El striptease que surgió como audacia máxima en los centros nocturnos de París, Londres y Nueva York, como usted sabe, ha tenido que pulirse con elementos coreográficos y escenográficos para seguir teniendo éxito. Después de Hair y Oh Calcuta!, los espectáculos musicales que produjo la ola desinhibidora de hippies y rock durante los setenta, a los y las strip-teasers no les quedó más que aprender a bailar danza moderna. El striptease se convirtió entonces en un espectáculo apto, casi, para toda la familia. Claro, para toda la familia de otras latitudes. En Monterrey usted, pero sobre todo su esposa, han desaprobado, y si no ha sido así deben hacerlo en la primera ocasión,

Ensayista, novelista y periodista. Junto a Abraham Alfaro, fundó la Iglesia Bautista Unida, en Monterrey. Autora de varios libros, entre ellos: Tal cual; vida, amores, cadenas; Nuestro Grupo; Los meros, meros de Monterrey; Manual de conducta para multimillonarios, Mi padre, Mi Madre.

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todo espectáculo que atente contra la decencia y las buenas costumbres. Seguro que su esposa, con la anuencia de usted, capitaneó uno de los comités de damas que fustigaron la presentación de unas negras lascivas que pretendían mostrarse en Monterrey con el busto (la palabra senos es impropia) al aire en una función dizque de ballet lleno de convulsiones; fue también ella una de las más destacadas representantes de la ira de Dios que cayó sobre quienes quisieron – y al fin lo lograron, desafortunadamente- ver la estatua de un hombre desnudo en plena Fuentes del Valle. Todavía considera que hubiera sido un triunfo del recato, necesario para educar a la comunidad en las santas enseñanzas, haberle puesto una hoja de parra al David que hoy erige con toda indecencia sobre nuestra avenida San Pedro. Un triunfo semejante hubiera sido que a la réplica de la Diana, donada a Monterrey por el centro por quién sabe qué oscuras razones, le hubiese sido puesto un taparrabo como el que mandó poner al modelo original la entonces primera dama de la nación, doña Soledad Orozco de Ávila Camacho. Pero volvamos a los placeres individuales, que esto ya es harina de otro costal. Por razones de su alta jerarquía usted debe conocerlo todo, pues ha ido intuyendo que en la esfera de los business hasta los temas más remotos o diabólicos un día se truecan en oportunidades. Maneje pues al centavo todo lo que se refiere a nudismo. Además de los striptease, debe conocer los shows de moda que en la Broadway Street de San Francisco, la Bourbon Street de Nueva Orleans o Time Square de Nueva York se hallan de puerta en puerta. Se han vuelto rutinarias todas sus variantes: hombre con mujer, hombre con hombre, mujer con mujer, hombres con mujeres y mujeres

con hombres e incluso, de vez en cuando, algún hombre o mujer con su mascota preferida. Es posible, por razones de edad, que usted se haya perdido algunos de los shows internacionales conocidos por su espectacularidad que existían en la grandiosa Cuba de Batista. Este importante centro de prostibulario fue arruinado para siempre por los barbones comunistas de Fidel, quitándole así todo su sabor guapachoso y festivo a la bella isla. Tendrá que buscar, en este caso, para no quedarse con esa laguna, centros similares en otras partes del mundo: Tánger, Las Filipinas, Corea del Sur, Puerto Rico. Sólo en Monterrey puede ocurrir que una sala de arte como se hace llamar al cine Buñuel, se dedique a pasar exclusivamente películas pornográficas. Pero nadie puede dudar de su éxito taquillero. Las colas para entrar a la función de media noche son más largas que las que hay en los países socialistas para comprar tres litros de leche. Aunque usted, que jamás ha hecho colas en su vida, ni siquiera para comulgar, no pensaría ni por asomo en asistir a una de estas funciones. En ciertos pubs de categoría a los que usted ha ido en Estocolmo, Oslo y Copenhague ha visto la mejor selección de pornofilms; pero además los mejores de ellos forman parte de su filmoteca particular. En su pantalla gigante usted se los pasa a sus amigos más íntimos. La privacidad, tanto fuera del país como en éste, y principalmente en su ciudad, debe usted preservarse sobre cualquier cosa. Más en cuestiones tan delicadas como son las de la moral.

6 al 12 de Mayo 14 Del Monterrey, N.L.

«Tal Cual»
RAÚL A. RUBIO CANO Periodista. Activista. Maestro de artes marciales. raurubio@gmail.com

«Reporte Infrarrealista»
EL GATO RARO Locutor. Cuentista. Rebelde de la CROC. elgatoraro.com
ace tiempo, un joven estudiante de Medicina intentó quitarse la vida al saberse reprobado en la materia de anatomía. Era su tercer intento de pasar la materia y la primera vez que intentó suicidarse. Hoy, él forma parte de las estadísticas de suicidios o intentos de suicidio que van en aumento en el estado. Tras fallar en su intento, creó un club llamado Desertores de la Medicina, que se reunía en secreto una vez al mes en algún punto de la ciudad de Monterrey. Carlos, hijo de un conocido cirujano plástico, decidió estudiar la carrera de su padre. Alguna vez le dijeron que el Che Guevara también había estudiado para doctor y eso lo motivó a inscribirse en la difícil carrera para llegar a ser médico. “Siempre hay formas de cambiar el mundo”, pensó cuando pagaba su curso propedéutico. En la bienvenida que anualmente organiza la mesa directiva, conoció a Camila, estudiante de cuarto semestre, quien para seguir la fiesta le ofreció tachas. Bailaron hasta el amanecer y construyeron una amistad donde el negocio fue también parte importante de su relación: él como alumno de primer ingreso se convirtió en dealer de su generación. Ofrecía productos “para mantenerse despierto/para no dormir” entre sus compañeros. Se hizo de nombre por la facilidad para entablar diálogo. Era un vendedor nato, un líder carismático a quien el aire le acomodaba el cabello. El primer año de su carrera logró acreditar las materias y sólo dejó para segunda oportunidad la materia de anatomía. Decidió llevársela tranquilo, dedicarle un año al estudio completo de una sola materia y, junto a Camila, atender el negocio de la venta de pastillas. En el Área Médica tenían clientes de Psicología, Odontología y Enfermería. Son muchos los estudiantes de estas carreras que ocupan una ayudadita para el desvelo. Cuando un alumno necesitaba estudiar un fin de semana completo, ahí estaban Camila & Carlos y sus pastillas, listos para ofrecerles el empujón valioso, bendito amuleto en temporada de exámenes. Carlos estaba pagando un coche del año con el apoyo de su padre y con la gran ayuda que el narco-negocio le brindaba: “son muchas las utilidades”, sonreía frente al espejo cada vez que hacía una venta, una buena venta. Una tarde de abril, angustiado por la exigencia de sus jefes, que le pedían vender más pastillas, y asustado por el examen de tercera oportunidad, decidió ingerir un puñado de medicamentos. Cuando abrió los ojos se encontraba descansado de un la-

_Opinión

LADRONES DE AGUA
ara tener una idea de la grave sequía que atravesamos en Nuevo León, basta consultar los estudios del doctor en hidrología, Jaime Leal Díaz, presentados en Mitos y Realidades sobre el agua en la Ciudad de Monterrey. Segunda edición privada, realizada por sus amigos en abril 2013; ahí se puede observar que tenemos 7 años en caída libre. Vivimos una situación gravísima, pero por lo visto, a las autoridades de Nuevo León encargadas del agua, poco les importa. Juegan a promover las obras de Monterrey VI; traer agua de un afluente del Pánuco es un proyecto que huele más a negocio de unos cuantos y de la banca internacional, que a una verdadera solución para el abasto del vital líquido en nuestra metrópoli. El doctor Leal señala que desde el 2005 estamos inmersos en un proceso de sequía que no tocará fondo hasta el año 2020. Su estudio es un conocimiento de la humedad pasada y por venir, el cual pudo elaborar con registros estadísticos oficiales de la Comisión Nacional del Agua (CNA) de la región que habitamos. Una región a la impactan los riegos del río San Juan, afluente clave del sistema hidrológico del bajo Río Bravo. El mencionado proceso de humedad que estudia Leal, abarca altas y bajas de la misma, con cinco ciclos. El Primer ciclo abarca del año de 1880 a 1910; el Segundo ciclo de 1910 a 1945; el Tercer ciclo de 1945 a 1985; el Cuarto ciclo de 1985 a 2020; el Quinto ciclo del año 2020 a 2040. Cinco ciclos con una amplitud de 32 a 35 años, es lo que estudió el doctor Leal Díaz, agregando en el periodo lustral comentado de 1880 a 2040, la precipitación pluvial en el área metropolitana de Monterrey, y por otro lado, los escurrimientos del Río San Juan, que aportan millones de metros cúbicos al año. En el estudio del Cuarto ciclo, el doctor Leal pudo señalar que desde el año 1995 se había alcanzado el máximo desarrollo de humedad y ubicó un proceso de caída de la misma; ésta sólo guardó cierta alza de relativa mejora en los años de 2000 a 2005. A pesar de todo, desde el año 2005 se vive una sistemática baja en el abasto acuífero del sistema que nos corresponde, que es la cuenca del bajo Río Bravo. Los escurrimientos del río San Juan han bajado en el año 2007 a mil 50 millones de metros cúbicos por año, y es de esperarse que lleguen a 450 millones de metros cúbicos en el año 2020, para, posteriormente, iniciar un nuevo ciclo de ascenso que en el año 2030 tendrá un máximo de mil 200 millones de metros cúbicos. Estamos viviendo un periodo de caída de humedad, correspondiente al Cuarto ciclo (1985-2020). Tal descenso lleva ya ocho años. Y todavía nos faltan siete años más de sequía, es decir, estamos entrando

LOS DESERTORES DE LA MEDICINA

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en una caída de por abajo de los 500 mm por año, y los 600 millones de metros cúbicos al año que ofrecen los escurrimientos del río San Juan. Una realidad dramática de la cual las autoridades no hablan ampliamente, y ante la que vacilan para tomar medidas a fondo. La necesidad se vuelve apremiante, más cuando 45 municipios del estado padecen sequía severa desde hace semanas, según la SAGARPA, y apenas hace unos días, los gobiernos estatal y federal emitieron la declaración de sequía. Para el área metropolitana de Monterrey la situación no se resolverá, buscando traer agua de otros sitios, intención manifestada por los promotores de Monterrey VI, sino respetando el monto acuífero que actualmente nos llega y es de 11.5 metros por segundo. La llegada de este monto se registra, pero no así su cobro en los recibos que para tal fin que expide y el Sistema de Agua y Drenaje de Monterrey. De esta manera queda en evidencia que se extravía un 30 por ciento del agua que llega al área metropolitana. Este proceso lleva décadas. Actualmente, se estima en unos 93 millones de metros cúbicos anuales, el agua de la metrópoli que no se sabe dónde queda. Es una pérdida que va de 900 a 2 mil 700 millones de pesos anuales para la paraestatal de Agua y Drenaje, si se calcula a 10 pesos el metro cúbico de agua para usuario de bajo consumo o a 30 pesos el metro cúbico de agua para usuario de alto consumo. ¿Quién se roba el agua? Volvamos a citar al doctor Leal: “Aparentemente el Consejo de administración de la empresa que brinda el servicio de agua y drenaje concluyó que es más barato y práctico buscar más fuentes de agua, porque localizar el agua extraviada es muy complicado y caro, pero sobre todo conflictivo y comprometedor, pues puede haber delincuencia organizada, incompetencia e irresponsabilidad compartidas”.

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“Son muchos los rumores de que consiguieron becas del gobierno para realizar festivales Internacionales de música y arte, meros eventos pantalla para vender sus productos”

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vado de estómago que le practicaron en el Hospital Universitario. Fue atendido por el catedrático que impartía Anatomía. Esto le permitió descansar unos días y aplazar el examen para el mes siguiente. Llegó la fecha del examen y lo reprobó; dejó los estudios, pero no los contactos de estudiantes y decidió formar el club Desertores de la Medicina, considerado por muchos como el cartel que maneja las drogas en el área de Medicina. Hizo alianza con amigos de otras facultades y crearon grupos como Desertores de la Ingeniería, Desertores de las Letras, y demás carreras, todos unidos por el consumo de las drogas. Una vida fácil, rápida, veloz. Unos antiNinis en potencia. “Die Young” es la frase que se lee en el antebrazo de cada uno de los líderes de estas células del crimen organizado, que de ser distribuidores pasaron a ser productores de drogas. Su forma de trabajar es más organizada que la de otros narcotraficantes, pues con la ayuda de los Desertores de la Comunicación, crearon un mecanismo de publicidad en redes sociales, conciertos, fiestas temáticas y actividades estudiantiles y culturales. Son muchos los rumores de que consiguieron hasta becas del gobierno estatal y federal para realizar festivales internacionales de música y arte, meros eventos pantalla para vender sus productos. Hoy, es casi imposible contactarlos personalmente. Las redes sociales que crearon quedaron en el abandono. Ya no revisan su número de seguidores y amigos de Facebook. Cuando la policía descubrió que se reunían en la estatua de Gonzalitos, ubicada en el patio de la honorable escuela de Medicina, ellos dejaron de verse y de trabajar. Cada uno se escondió como pudo. Unos se fueron a Estados Unidos y otros hicieron cita con dermatólogos para eliminar de su brazo el tatuaje. Carlos fue operado por los mejores cirujanos plásticos de la ciudad, entre ellos su padre. Ahora su rostro es otro y le es fácil camuflarse entre sudamericanos. Vive en Santiago de Chile y algunas veces pone discos en el Centro Cultural Amanda, donde lo vi por primera y última vez en 2012, cuando fui a Lollapalooza. Él fue quien me saludó y se dirigió a mí como “tú eres el chavo de la radio, el que dice las noticias y sale en la tele de la uni”. Fuimos a un café de piernas en el Paseo Ahumada para charlar y me contó esta historia que nunca será noticia.

_Opinión

Del 6 al 12 de Mayo Monterrey, N.L.

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«Algo pasa allá afuera»
ALMA RAMÍREZ Periodista. Editora. Microficcionadora @Aprpl

SOMOS LO QUE COMEMOS
ada vez son más las personas que incorporan a su estilo de vida la compañía de una mascota, especialmente perros, y que adoptan simultáneamente la práctica de salir a caminar con ellos para pasear desde diez minutos hasta una hora o más al día; también visitan parques para perros, espacios casi inexistentes en Monterrey y el área metropolitana. Desde los suburbios, fraccionamientos privados o barrios con historia, sea la responsabilidad de mantener en forma al can o incentivo para que el humano haga lo propio, terapia ocupacional, o seguir una moda, la gente sale con más frecuencia a la calle con sus mascotas. Para quienes gustan o son amantes de los chuchos, un fin de semana en El Barrio Antiguo, por ejemplo, ofrece una variada pasarela canina; dogos argentinos, caniches, bulldogs, pastores australianos, pugs, dachshunds, labradores, xolos, chihuahuas, pitbulls liman sus uñas diariamente con el pavimento y el concreto estampado de sus calles. Sociables, miedosos o ariscos, la perrada hace suyo un pedazo de la ciudad. La trotan, la huelen. La orinan y defecan también. En promedio, un perro desecha, según la raza, entre 100 y 600 gramos de heces cada día. Heces que, en la mayoría de los casos, no son recogidas por los dueños del animal. Eso sin contar con los excrementos de los perros y gatos sin dueño. Los servicios públicos estiman en toneladas la cantidad de heces acopiadas semanalmente. Además de la adopción responsable y el no abandono de animales en la vía pública, las asociaciones pro derechos animales han convocado más de una vez a la necesidad de que los propietarios de mascotas levanten las heces que éstas dejen a su paso pues con el tiempo se pulverizan e inician un tour por los aires hasta los rincones más insospechados. Sin exagerar. Los más insospechados. Como nuestros pulmones. Cuando se invita a la gente a recoger los desechos de su perro, más allá de la indiferencia, hay reacciones interesantes: asco con arcadas incluidas; otros se ofenden, se enojan y dicen que no es asunto tuyo —ni suyo—. O invitan a que tú lo hagas. La cagarruta se queda ahí, en el piso. Si se pone la atención suficiente, es posible oírla reírse de uno. A la proliferación de excrementos animales en la vía pública se le llama fecalismo al aire libre, una problemática sanitaria que algunos países y entidades, como el Distrito Federal, intentan controlar con la imposición de sanciones a quienes no recojan las gracias de sus animales de compañía. Más allá de lo desagradable de hacerlo, casi tanto como limpiar las heces de un bebé, solucionarlo sólo implica bolsas pequeñas de plástico, y una escoba con recogedor para los más susceptibles. Mientras, la realidad continúa. Heces en el piso. Anónimas. Apestosas y apestadas excepto por las bacterias que se alimentan de ellas, las amibas, las lombrices, los microbios. El sol las lame y seca, la lluvia las dispersa. Poco a poco se convierten en polvo. El viento lo toma, lo eleva, destino glorioso,

C

“Afuera de Ginequito, una mujer compra conchitas con crema y salsa, sazonadas con excrementos, cortesía de la casa”.
inmunda alegoría. Flota. De pronto, un corredor en el parque Fundidora toma aliento. Además del oxígeno, heces de regalo. Afuera de Ginequito, una mujer compra conchitas con crema y salsa, sazonadas con excrementos, cortesía de la casa. En el patio de una casa de Mina, alguien termina de lavar ropa interior, la cuelga limpia en el tendedero y la recoge con una capa invisible de…popó. En una plazoleta de los Condominios Constitución, un grupo de niños come paletas de hielo, espolvoreadas con los desechos de los perros de sus vecinos, como si fuera coco rallado o grageas de dulce. Directo a los riñones, al sistema pulmonar, a la piel, al estómago, a los genitales. Viéndolo de otro modo, cada uno experimenta el milagro de la vida buscando a otras vidas para prosperar gracias al consumo de heces vagabundas, ésas que jamás llegaron a un destino adecuado sanitariamente hablando, y que al igual que humanos y perros ejercen su derecho a hacer suya esta ciudad. Al final ya no sabe uno quién ríe al último. Nosotros, los consumidores pasivos de heces, no creo.

Pesea la

. . a i c violen

...alrededor de cien mil personas de otras ciudades han llegado a vivir a Monterrey en los últimos cinco años

Desde la Calle Rojo
onterrey me parecía un purgatorio. Un sitio amorfo en el que no pasaba nada, pero se estaba a gusto. Cuando me fui, a la distancia veía cómo el purgatorio se iba convirtiendo en un infierno. El día del ataque al Café Iguana parecía que ya todo estaba jodido para siempre. Yo miraba esto mientras viajaba por lugares que no eran precisamente el cielo. Durante esa metamorfosis, El Barrio Antiguo fue la zona que sufrió los estragos más visibles de la guerra. El corazón de la Historia (y las historias) de la ciudad, fue dejando de palpitar. El escenario más interesante y animado adquirió el aspecto de un pueblo fantasma. Debe haber un cierto afán de ironía por parte del destino para que el único espacio que sigue con vida tenga como nombre La Tumba.

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En todo este tiempo, no he dejado de pensar en una película de Orson Wells en la que un personaje nos recuerda que Miguel Ángel y Leonardo da Vinci surgieron después de años de guerra de la época de los Borgia en Italia, y que 500 años de paz en Suiza sólo han producido el reloj cucú. Nosotros creemos que luego de la barbarie, el Renacimiento de la ciudad está por iniciar. Algo va a pasar aquí. Para acompañar este suceso, nos hemos instalado en El Barrio Antiguo, un punto no sólo geográfico, sino también de perspectiva política para mirar lo que sucede alrededor. Nuestra manera de hacerlo será a través de la crónica. Usted tiene en sus manos, quizá el primer periódico de crónicas de la ciudad. Seremos finos e inclementes en la búsqueda de las historias que pasarán por aquí. Este no será un depósito de la demagogia que a diario regalan la mayoría de los actores políticos. En ese sentido somos radicales. Somos gente que escribe para gente que quiere conocer gente. La idea

es reivindicar personas y actos que duren, que sean memorables. Para este arranque contamos con el apoyo de Gatopardo y Etiqueta Negra, dos de las mejores revistas latinoamericanas de periodismo narrativo. Tenemos el compromiso de ir descubriendo y construyendo nuestra propia narrativa barrial. Creemos en la máxima de Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás al mundo”. Hoy es 1 de mayo de 2013. Estamos trabajando en el periódico que usted tiene ahora en sus manos. Bienvenido a este rincón del Renacimiento de la ciudad. Bienvenido al purgatorio.
DEO

buzon@elbarrioantiguo. com Aquí recibimos sus crónicas, comentarios y quejas.

_Obituario

Del 6 al 12 de Mayo Monterrey, N.L.

16

DANIEL ALEJANDRO MARTÍNEZ BAZALDÚA
06/10/91 - 24/04/12
POR CARACOL LÓPEZ
e gustaba ir en el coche con la música a todo volumen. Se vestía con playeras, pantalones de mezclilla, cachuchas y lentes; amante de los colores del grafiti, (arte que él mismo practicaba), y de los shows de luces de los conciertos psy-trance, que junto con el hip-hop y el reggae, eran sus géneros favoritos, inclusive llegó a ir uno de los más grandes festivales de trance en México: Dharma Festival. Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa era un joven de 22 años. Nació en Saltillo, Coahuila y ahí vivió toda su vida. Trabajaba como fotógrafo de Sociales en el periódico Vanguardia de Saltillo, uno de los diarios más leídos de esa ciudad. Tenía una novia. Tenía un perro pitbull llamado Ronnie, que él mismo adoptó ya que iba a ser vendido. La madrugada del miércoles 24 de abril de 2013, Daniel Alejandro fue encontrado en una colonia del sur de Saltillo. Estaba muerto y mutilado. “Al muchacho no lo conocimos ya que era fotógrafo de sociales y apenas tenía un mes, sólo venía por las órdenes de trabajo y a dejar fotos, no permanecía más de una hora en el periódico”. “De hecho yo nunca lo vi”, comentó un trabajador de Vanguardia, cuando se le preguntó sobre la muerte del fotógrafo. Ese día, muchos de los reflectores de los diarios nacionales e internacionales se enfocaron en el asesinato del muchacho; consignaron su muerte como la de un periodista. Al día siguiente fue nombrado como halcón y chapulín (miembro de una banda delictiva que se pasa a otra); el titular de la PGJE, Homero Ramos Gloria relacionó a Daniel Alejandro con el crimen organizado, con base en la hermenéutica que la PGJE aplicó a dos mensajes encontrados en la escena del crimen. Más tarde el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, protestó por el trato criminalizante que su propio gobierno había dado al fotógrafo. La estrategia criminalizadora tomada por todos los niveles de gobierno para no hacer su trabajo: investigar, hizo acto de presencia. Y así fue como Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa quedó acomodado en una larga lista de mujeres y hombres llenos de color en su propia vida, invisibles al sistema y marcados en escarlata tras morir violentamente. ***** El trabajo de fotógrafo en Vanguardia no fue el primero de Daniel. Antes laboró en la promoción turística. Aparte de eso, la escuela; la UVM, la UANE, la UNID. Después de este peregrinaje vino la recompensa: pronto iba a graduarse como Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación. Todavía vivía con sus padres e inclusive compartía cuarto con su hermano menor. La hermana menor cuenta con cuarto propio y estudia ballet: era “La Reina” de la casa, bromea ligeramente la joven mientras dice que no recuerda cuáles fueron las últimas palabras que le oyó decir a su hermano antes de que muriera. Tampoco recuerda la última vez que lo vio vivo. Él trabaja todo el día en los eventos sociales. Ella ensaya danza todo el día. Así es la vida de una bailarina. Así es la vida de un periodista. Foto: Cortesía Vanguardía Luego vino la muerte, pero todavía antes, la vida: La comida preferida de Daniel Alejandro eran los chiles rellenos. Se desplazaba, vivo, sobre esta tierra; su medio favorito era el coche (propio) y la moto. Cuando estuvo en prepa tuvo beca deportiva por jugar fútbol. No cuesta mucho saber que su deporte consentido era el mismo de miles de saltillenses, aunque ahí no exista un equipo de Primera División. Así es la vida de un periodista. Así es la vida de un periodista mexicano. Miembros de su familia lo describen como alguien “cariñoso”, que “daba muchos besos y abrazos. Cuidaba a su hermana”. De niños, los hermanos compartían una dinámica que se repitió a diario: a las 7:00 pm, en todas las casas de todas las familias mexicanas de los últimos años 90 y parte de los 2000: veían Dragon Ball Z. Él le prestaba a ella sus juguetes: las figuras de Gohan, Freezer y Gokú, con quienes algunos le encontraban un cierto parecido, sobre todo por su peinado. ***** El 19 de abril los colaboradores de Artículo 19, una organización que lucha por los derechos de los periodistas, fueron amenazados por el crimen organizado. En abril asesinaron
_Arte y Diseño Oscar Hernández @Ouscher _Web Denise Alamillo @denisealamillo _Corrección y Verificación Caracol López @GasteropodoRoto

EL FOTÓGRAFO QUE VEÍA DRAGON BALL Z
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en Puebla al periodista Alonso de la Colina; desde Veracruz salió una amenaza contra el periodista de Proceso, Jorge Carrasco; y atentaron contra las instalaciones del periódico Mural de Guadalajara. El domingo 28 de abril se cumplió un año del asesinato en Veracruz de la corresponsal de Proceso, Regina Martínez. Ese día, reporteros, académicos y activistas se manifestaron en Xalapa para pedir justicia por la periodista. La muerte de Daniel Alejandro no llega en un momento fácil para el periodismo. De los miles de muertos que la guerra contra el narcotráfico ha dejado, muchos son periodistas, comunicadores y demás gente del medio. Los asesinatos de periodistas se vuelven comunes, aunque todavía estén resaltados con una leve línea roja de indignación. El gobierno de Enrique Peña Nieto deja de hablar de violencia y señala con el dedo al hambre. El crimen contra el fotógrafo de Vanguardia se trató de desplazar en el imaginario colectivo, de uno contra un periodista, a uno contra alguien culpable de antemano. En muchas cabezas queda como el culpable de una equivocación y merecedor del castigo. En otras tantas queda la convicción de que ningún ser humano debe morir sin que se expliquen las razones y se castigue a los culpables. Hasta el 1 de mayo no han encontrado a ningún sospechoso. Daniel murió en un momento en que, a pesar de todo, se hace comprensible el pensamiento que alberga mucha parte de los mexicanos: que las personas muertas en circunstancias violentas son parte del crimen organizado. Él estaba en el segmento de edad que las estadísticas ponen como el más frecuentemente presentado en supuestos narcotraficantes muertos durante la guerra del narco: jóvenes. El Universal cita un estudio de la Flacso aplicado en ocho estados del país a estudiantes de secundaria, el cual sostiene que “26.3% de [los jóvenes encuestados] piensan que ellos mismos, sus amigos o personas de su edad les gustaría parecerse a narcotraficantes y sicarios. Después de estas figuras viene el empresario, con el 17% de preferencia, 12.4% se inclinó por el profesor, 10.7% por el policía o militar, 4.4% por funcionario de gobierno y 1.4% por un migrante”. La figura de Daniel quedará sujeta a la sospecha de pertenecer al crimen organizado, en un país que estructuralmente se está acomodando para incorporar más jóvenes al narco. En casa de Daniel están siguiendo la tradición católica del novenario. También reciben atención psicológica de “un psicólogo del Estado de México” que se queda toda la tarde. En su bio de Twitter, Daniel puso la siguiente descripción de sí mismo: “Mi ojo es el único lente que necesito para capturar un momento de la historia”. El fotógrafo fue capturado por el momento de la historia. ***** La carga semántica asociada a las palabras “muerte” y “suerte”, en el México de 2013 es muy diferente a la que tiene en China o Francia. En México de 2013 “muerte” y “suerte” riman. Y para algunos sectores de la población es cacofonía. Atribuir una muerte violenta a la suerte se vuelve lugar común en el país del probabilismo jesuita. La muerte de Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa fue vista también bajo esa óptica, sin saberse qué orden seguía su vida. Daniel murió por la mala suerte de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada en el país equivocado. Al menos esa es la respuesta más clemente que se da cuando se pregunta por muertes violentas en el país. La anterior es la criminalización. Quizá la suerte sí puso su impronta en la vida del fotógrafo. En la vida viva, en la de todos los días. Llevaba apenas un mes en Vanguardia cuando fue asesinado. El trabajo lo consiguió al ganar un concurso que vio anunciado en el panel de su escuela; oportunidad perfecta que brindaba “privilegios” y “seguro de vida”. En su familia comentan que de su computadora no han sacado nada porque tiene contraseña, pero saben que dentro hay un videocomercial que Daniel hizo para competir por un premio. Todavía no anuncian a los ganadores.
_Asistente Keila Badillo _Columnistas Alma Ramírez El Gato Raro Raúl Rubio Gabriel Nuncio Juan Cedillo Andrés Clariond Issa Villarreal Raymundo Pérez A. Gerson Gómez Ely Treviño Iván Trejo Cordelia Rizzo Alexandro Aldrete _Colaboradores José Luis Valencia Julio Villanueva Silvia Lee

Daniela García @d_garcia91 Diego Legrand @legranddiego Melva Frutos @fruttzy

_Creador

Diego Enrique Osorno @diegoeosorno

_Administración
Alejandro Regalado

Adrián Gallegos

_Comercial

elbarrioantiguo.com

_Cronistas Alma Vigil @almillavigil

Una publicación de: Grupo Editorial La Razón José María Rojo 440 Sur Barrio Antiguo Monterrey, Nuevo León. Tel. (0052)(81)83429697/98

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