Orbes sin centro ni circunferencia, mimesis de crucigramas que cuelgan como medusas hartas de tiempo Desde niño habitamos

horizontes azules y verdes, con siluetas de suavísimo y ubicuo derredor que se nos hicieron vista, olfato y gusto. Entre los que reptaba dulcito y callado el río entre arenas espesas, que traía nadando frutos rojizos, corazón amarillo y dejaban flotando aceite en su jugo de infinito sabor y ancestro. Moriche aprendimos a nombrarlos. Conocidos desde inocencias cargadas de sabidurías prestadas por viejitas sabias que aún recuerdan nuestras rubieras. Corríamos a ras del alma por sobre barrancos donde fueron a morir los santos nicolases de los americanos en su transplantado way de no sé qué life, pero que nos dejaban entrar a ver sus nacimientos plantados en céspedes verdecitos regados con nuestro aceite de piedra. Pero soñamos, los vimos y una vez hasta regalaron pan y galleta también, en nuestro parquecito suyo. Donde había pasos de líneas de oleoductos y de gas y guayas y arenas sabrosas de aguas marrones, dulcitas a indio reposando en la pata del moriche, y había plantas de hielo con pistas de patinaje sobre pasta de carburo de encalar paredes de bahareque de la vieja Balbina y Encarnación con sus patios de bingo y cerveza prohibida y nietas precozmente hormonales sin hormonas que limpiaban sus miaos con papel periódico porque eran pobres hasta de espíritu, con sus bingos y brujerías hediondas a tabaco del barato y altares tumbados por gallinas o palomares con velas y cuadritos de marco rojo con Guaicaipuro, Negro Felipe y María Lionza. Pero los mamones del patio de Lola eran más sabrosos porque Lola era gorda y olía siempre a comida sabrosa, como sus mamones gordos y morochos con los que cuidao te ahogas, jigualagranputa. Y no se puede escapar. Además ¿quién quiere escaparse? del olor de lo mastrantos y el calcanapire, o del inefable guarapito de cariaquito y sus pepas negritas y arepas dulces de anís chiquito del primo con que hablábamos al revés en el patio del turco. Dulces que nos dio por comer, porque cuando fuimos uno con esos que ahora son recuerdos ya no había berenjenas en el patio de atrás porque mamá y tía se las habían comido en cada una de las benditas tardes de

lustrosos como el manteco. allá en el paso de la línea. que más bien debió llamarse Dionisos por su sinonimia con el placer perdido de nuestras tardes de sueños y perdices que las viejitas sabias perseguían pero que siempre le corrían más rápido: se llamaban perdices por algo. JUANCHO . del de a toda hora. porque las culebras podían estar enrolladas esperándonos. o los tembladores en algún agua famosa que los ojos redondos veían claro aunque nunca vieron nada. Sé que cuando nos volvamos a ver él va a mover la cola de alegría… lo sé. Quizá se cansó de olernos en las sabanas inmensas. Y por debajo del patio buscamos el agua dulcita de los ríos que estaban lejos. Y llegamos a amar las tardes por donde paseábamos armados de potes de mantequilla y pan caliente. se fue sin volver. firmes como la palma del moriche que todavía custodia lo que queda del río. Por cierto. porque la sabana y su horizonte se parecen demasiado. en una caja que quedó en la eternidad del cielo de los venados porque en el retobo del basurero faltaba una costilla. de pie y de huesos más tarde. nos dijo al año. Pero sí vimos venadas. ásperos como el chaparro. que llamaron repugnancia hasta no hace mucho. de una panadería llamada Apolo. Nerón se lo dejamos a la tía Quintina y un día. sus manchas negras y blancas confundidas con las nubes. y competíamos con los conejos de la casa de al lado con túneles menos largos de los que aprendimos a no meter las manos en huecos sabaneros. Y una vez salimos de nuestros montes olorosos a aceite de palo y a currucai. En el osario que era también de los hierros del tío soldador. más allá de la planta de hielo y el infinito botánico esplendor del tío Leonardo. y olía cercano al aceite de maquinarias de los mismos gringos del alegórico campo del norte y a sudores de los capataces del fantasmagórico campo del sur. paraíso prohibido a nuestra infancia tanto como la majestad del hermano-padre de nuestras señoras cercanas. o seguirá buscándonos más allá del horizonte.sus infancias con un real de casabe y un puño de frijoles de puntito negro del hartazgo vespertino. Seguro que siguió caminando hacia nuestro infinito. allá en la sabana olorosa y dulce. de piel marrón rojiza y de punticos.

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