Mentiras Principales.66.

- TODA Y SOLA LA VERDAD

Publicado en La Razón en 2011                      Da pena y da miedo esa fe con que en los juicios, en las investigaciones policíacas o científicas, también en los lazos conyugales, se pide o se jura la verdad: pena, de la miseria humana que se aferra así desesperadamente a un fantasma,  a un ideal; miedo, porque es esa fe la que ha servido y sirve para justificar guerras o patrióticas o santas: ¿qué guerra se iba  a declarar sin fe en el Estado y sus fronteras, sin fe en Dios sobre todas las cosas? Y, ya metidos en guerra, ¿quién será el valiente que se atreva a dudar de su Patria, de su Dios o de su Causa? Y lo mismo para alimentar toda laya de crímenes personales (“La maté porque era mía”, “Lo maté porque era un canalla”), y para alimentar a los Medios con información verídica de lo que ha pasado, y para sostener el aparato mismo de la Justicia que absuelve al bueno y castiga al malo.        En realidad, en esta existencia que nos traemos, no cabe verdad ninguna; en la realidad no hay verdades: eso pertenece al ámbito del ideal, al reino de Dios matemático, donde el triángulo y la esfera, donde ‘todo’, ‘1’, ‘0’, que son verdad sencillamente por la ley de que, en “A=A”, el A primero es el mismo que el segundo, cosas que en la realidad ni se dan ni pueden darse: aquí no hay más que ‘más’, ‘menos’ y ‘más o menos’; y los sucesos reales que la pantalla o la noticia del diario te ofrecen no son más que imágenes y escritura, que, si otro en otro lugar desde otro ángulo los retratara, la realidad sería otra; y la verdad de los hechos que cada cual en el Congreso o en la disputa conyugal proclama no será nunca más que lo que él se cree.         Ahora, si se tratara de una libre diversidad de creencias que se conjugan entre sí, como creen los fieles de la Democracia, bueno, no pasaría nada grave: lo malo es que tienen que ser  verdad cada una de ellas, porque, si no, no tiene uno fe para sostenerla, y en esa fe le va a uno su ser: cada uno en su fe y Dios en la de todos.          ¿Qué?, ¿le va  a usted bien, querido lector, con esa ley? Pues, si no le va, venga, hombre, deje de creerse lo que le cuentan los Medios o su cónyuge o la Ciencia, y déjese sospechar que la sola verdad, la sola alegría es… que no era verdad.

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