REFLEXIÓN PERSONAL Y siempre acabo llorando. No puedo evitarlo, aunque esta vez casi lo consigo.

Contengo las lágrimas, ahogo sentimientos, intento digerir esos recuerdos que siempre intentan resurgir como el ave Fénix, de entre sus cenizas o lo que quede de ellas. Pero ya es tradición sufrir una indigestión emocional cada vez que me leo este libro. ¿Que cuantas van ya? Pues no lo sé, lo mismo de la próxima ya no me levanto. Eso creo cada vez, y por eso me equivoco tanto. Porque “Paraíso Inhabitado” para mí, es una cirugía sin anestesia. Sí, de esas en las que ni se molestan en usar herramientas afiladas, sino que te atraviesan las costillas con los dedos, directos al corazón. Que una vez allí, lo remueven más y más por simple diversión, hasta que arrancan algo (no sabes nunca muy bien qué hasta que lo ves) y acto seguido dejan caer, como si de tu vida misma se tratara, una novela. Entonces, mientras lees sus páginas, vas sintiendo como si tus pulmones se estuvieran convirtiendo en papel de lija, y que las palabras de esa macabra novela son los latidos que hacen que tu corazón, apretujado entre ambos pulmones, se consuma y pudra en el mismo cuerpo. De la primera vez me morí, y de las siguientes a penas pude resucitar un poquito. Al leerlo siento un viaje hacia mi propia infancia, me veo reflejada en los sentimientos de Adri, en su misma situación. Siento que Gavrila y Adri son dos partes de mi misma niña, dos caras de la misma moneda de las fantasías de mi infancia: los sueños. Y por eso mi propósito es no despertar nunca.

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