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Crítica a la Evaluación de la educación en el Sist. Educ. Mexicano. eleazarcorrea@yahoo.

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Crítica a la Evaluación de la Educación en el Sistema Educativo Mexicano.


Eleazar Correa González.
Octubre de 2008.

Resumen

En este ensayo se hace una reflexión exploratoria de la educación que nos señale algunos campos, prácticas,
procesos y actividades de la educación que sean susceptibles de ser evaluadas. ¿Existen, además de la
evaluación tradicional del proceso enseñanza-aprendizaje y de la evaluación de programas curriculares, la
evaluación de otros campos u objetos de estudio educativos? La reflexión exploratoria de nuevos campos y
aspectos no evidentes, propios no sólo al sistema educativo sino a la misma práctica educativa, nos deberá
permitir pensar en subvertir el término y sentido de ‘evaluación’ que ayude a pensar y a ampliar el campo
actual de la evaluación educativa. El objetivo consiste en perfilar las nociones e ideas que sustenten una
evaluación integral y/o lectura estructural de la educación en su sentido social más amplio, y la cual debe
además incluir la evaluación de las políticas educativas y evaluatorias. La propuesta de una lectura estructural
va más allá de la evaluación parcial, ideológica y tendenciosa que se impone a los evaluadores de nuestro
Sistema Educativo desde un discurso emergido de una minoría acaparadora de los medios de producción.

Palabras Clave: Subversión del sentido de Evaluación, Educación, sistema educativo, sociedad, lectura estructural.

Introducción

Aquí se reflexiona sobre la evaluación como aquella práctica que tiene lugar en el ámbito educativo, en
todos sus niveles así como en todos sus actores dentro del Sistema Educativo Mexicano. El ensayo no
pretende agotar un rigor metodológico pero el lector sí podrá encontrar las pistas de una argumentación
teórica cuyas ideas permiten hacer una crítica no sólo a los procedimientos, métodos, mecanismos o procesos
de la evaluación sino a la lógica epistémica, social y ética que subyace a dicha práctica. Nuestro marco
teórico es la teoría psicoanalítica lacaniana, cuyas categorías de ‘discurso del amo’ y ‘discurso capitalista’
remiten a una lógica del vínculo social, lo cual nos permite extraer las implicaciones de la evaluación, hacer
una lectura y articular la lógica que atraviesa dicha práctica.
Como objetivos principales nos proponemos hacer una reflexión crítica acerca de la educación y
evaluación que permita fundamentar una subversión del término y sentido de ‘evaluación’. Primero
hablaremos del contexto histórico ‘filosófico, epistemológico’ e ideológico de la evaluación, después haremos
la crítica a la evaluación descriptiva y positivista, y finalmente concluiremos perfilando una propuesta de
evaluación cuyo tarea implica la subversión de la noción de evaluación y su sentido y da pie a la llamada
‘lectura estructural’.
Se agrega además que este artículo se desarrolló a partir de la ponencia presentada en el Congreso
Internacional sobre Evaluación organizado por el posgrado en Cs. de la Educación de la UAT, México 2008.

1.- Contexto histórico de la evaluación

Evaluar es una actividad que en el sistema educativo comenzó por aplicarse de manera formal a los
alumnos en los resultados del aprendizaje de los contenidos de un programa curricular y el instrumento fue el
examen. Pero la epidemia de la evaluación se fue extendiendo a muchos otros campos de la educación, y bajo
distintas formas, tal fue el caso de la aplicación de una “Retroalimentación de información”, la cual
seguramente se encuentra en la base de la actual práctica de la lógica de la evaluación. Esta, se ha extendido
tanto que hoy una evaluación positivista ha adquirido una hegemonía en el campo educativo: “La tendencia
hacía la ‘cuentofrenia’ que se impuso hace dos décadas y que forma parte del modo dominante de racionalidad liberal,
concibe la evaluación como una medición numérica o como una práctica contable de amplias implicaciones políticas. Se
apoya en la legitimidad de la creencia positivista sobre la ‘objetividad’ del dato y el carácter inapropiado del juicio por su
contenido ‘subjetivo’ ”.
Los impulsores y defensores de la evaluación están convencidos de la afirmación que señala que “sin
evaluación no es posible progresar de manera racional”, no asombra a nadie entonces que desde hace apenas
algunas décadas, en el sistema educativo mexicano se procedió -a través de organismos evaluadores- a hacer
una evaluación abierta, formal y sistematizada de programas curriculares, de instituciones, sobre todo de los
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niveles de educación media y superior, (y particularmente con fines de acreditación), hoy conocemos una
gran diversidad de organismos evaluadores y acreditadores para todos los niveles educativos, para casi todos
sus programas educativos y curriculares y evidentemente para la evaluación de los aprendizajes. Pero estos
organismos en todas sus formas (incluidas ahí las llamadas comisiones dictaminadoras de pares) también hoy
evalúan no sólo a las instituciones sino también a los profesores, académicos e investigadores que ahí laboran.

La evaluación formal y oficial –no sólo de la educación- es una práctica que obedece a intereses de los
amos del capital y a veces a algunos amos del poder. El control, la predictibilidad estadística y basada en la
causa-efecto, la predicibilidad (así como se predicen los fenómenos naturales), la productividad, la eficiencia,
el rendimiento, la rentabilidad, el progreso y el consumo son valores y propósitos tienen nombre y fecha de
nacimiento. Estos, -en la historia en Europa- llegaron junto con la llamada modernidad en el S. XVI, se
continuaron con el capitalismo y la revolución industrial en el S. XVIII y XIX y se han venido ampliando y
universalizando al mismo tiempo que el neoliberalismo económico y el poder hegemónico de Estados
Unidos, a cuyo imperio (económico, ‘cultural’, militar, idiomático...) hoy nuestra sociedad no escapa a tal
dinámica y lógica.
De igual manera, se puede encontrar las bases de la lógica de la evaluación en el positivismo, en el Test
de A. Binet (1857-1911), en la psicometría, en la filosofía del pragmatismo y del utilitarismo, en el
conductismo, la psicología americana del yo (la ego psychology de kris, Hartmann, Kardiner, Erikson, etc) ;
posteriormente en la teoría de los sistemas, el funcionalismo (tanto el de William James (1842-1910) como el
de Malinowski (1884-1942) y que ambos fueron referencia para el diseño organizacional y la administración
de empresas y más recientemente en un neohumanismo (Maslow, Rogers... ) y hasta en un neoliberalismo
económico.
La idea que queremos resaltar al presentar tal contexto es que se trata de todo un discurso que se crea
desde una lógica y se continua -simultáneamente durante el tiempo que pasa- imponiendo una visión del
mundo y de sus prácticas a todos. Esta idea nos conduce a la afirmación de que un lenguaje o discurso crea
una forma de situarse en el mundo, de pensarlo, de vivirlo, de sentirlo, de relacionarse con el otro y consigo
mismo.
Algunos de los encargados y responsables de la conformación de tal discurso son los científicos sociales,
quienes desarrollaron las ciencias sociales y humanas, los enfoques y modelos antes mencionados, creando
así una concepción del hombre, de la sociedad y de las prácticas humanas, y todo ello desde una óptica
científica y a veces cientificista. Los paradigmas establecen una posición determinada ante todo, como una
suerte de ideología o incluso una cosmovisión (Weltanschauung). Luckmann y Berger (1968) lo reiteraron en el
título de su libro “La construcción social de la realidad”. De esta manera la lógica discursiva de la evaluación
tiene una episteme que –desde Foucault- se trata del saber de los amos desde donde se fundamenta una
práctica y/o se le imponen o ‘sugieren’ ideales –en demérito de otros- al grueso de la población involucrada
en la educación y evaluación.
De esta manera, tenemos hoy un discurso que subyace a la práctica de la evaluación, particularmente cuando
se hace investigación con un enfoque centrado en la positividad de los hechos o aspectos que conciernen a la
práctica educativa, de esta manera, en este enfoque, encontramos frecuentemente la siguiente familia
discursiva de nociones que se imponen hegemónicamente: ‘Evaluación’, ‘pruebas’ (estandarizadas),
‘estadística’, ‘estándares’, ‘criterios comunes’, ‘diagnóstico’, ‘instrumentos’, ‘Indicador’, ‘variable’..... De
igual manera cuando el investigador montado en el ‘discurso de la evaluación’ no encuentra grandes
dificultades epistémicas al referirse a la educación como una ‘información’, ‘capacitación’, ‘retroalimentación
de procesos’, ‘gestión’, ‘medio para progresar racionalmente’, etc. Y finalmente, considerar -sin discutir- que
los valores de la educación son la calidad, eficiencia, desempeño, competencias, uniformización... etc.; o que
el educando es un ‘número’, un ‘usuario’, un ‘cliente’, ‘capital humano’, o un futuro ‘empleado’ o ‘gerente’.
Reflexionar sobre estos aspectos nos confronta con un discurso hegemónico, con el trasfondo ideológico
de la evaluación, con el sustento, a veces también cientificista de las ciencias humanas cuyo enfoque también
es positivista o se incluye en la lógica del discurso de la ciencia. Develar el sentido hegemónico, ideológico o
cientificista del discurso de la evaluación implica hacerse la pregunta sobre el origen, significación y
consecuencias de las nociones y términos usados en tal discurso de la evolución. Habría que ser creativos y
comenzar con el uso de nuevas palabras. En Freud tenemos un ejemplo, él decía algo parecido a la idea de
que “quien comienza cediendo en las palabras, termina cediendo en los hechos”.

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3.- Del Estado y su poder político al Estado Evaluador

Hasta hace apenas algunas décadas, cuando la educación estaba a cargo del Estado, no tenía porqué
evaluarse la actividad de las instituciones educativas, pues era responsabilidad del Estado, pero cuando el
Estado pasó a estar controlado por el poder económico, la evaluación de la educación devino una exigencia
en términos de costo-beneficio y la educación se redujo a un cálculo de la racionalidad, posteriormente al
cálculo de una lógica económica como lo vemos ahora: las competencias para un ‘saber-hacer’.
Si bien la evaluación parece ser un término y una práctica que solo tiene lugar en la educación superior
debemos recordar que aquella también tiene lugar en todos los niveles de educación aunque se destaque y se
acentúe su presencia en la educación superior, ahí donde tiene lugar “la incorporación de la ‘universidad
pragmática’ desarrollada de cara a una sociedad industrial que reclama una formación en saberes prácticos.” La noción
de evaluación a la cual me refiero y me referiré en lo subsecuente tiene lugar en todos los niveles desde la
educación básica hasta el posgrado en donde se aplica a los alumnos y estudiantes, a los profesores, a los
planes y programas, a las instituciones (públicas y privadas), y quien determina tal evaluación, es una política
de Estado, una política pública educativa. ¿Pero hay algo o alguien que evalúe a la política educativa?
Encontraremos la respuesta más adelante, después de seguir conociendo más características de la evaluación.

Evaluar la educación implica una serie de acciones encaminadas a detectar ciertos criterios. La
evaluación –desde sus inicios- normalmente y lógicamente se ha basado en criterios objetivos, empíricos y
concretos. En la evaluación de la educación se utilizan evidentemente aquellos instrumentos que miden datos
y hechos, los cuales son registrados en su forma más cuantitativa y descriptiva posible. A los profesores se les
evalúa con un examen de conocimientos, a los alumnos se les evalúan las competencias adquiridas, a las
instituciones educativas, sólo si cubren ciertos requisitos concretos y cuantificables se les otorga el nombre de
‘escuelas de calidad’, los planes y programas y/o currículo se evalúa en función de sus componentes. ¿Y quién
evalúa a las políticas educativas, a los evaluadores y a los responsables de la educación?
En lo que respecta a las instituciones de educación superior, igualmente, una diversidad de organismos
evalúa sus programas educativos y sólo si cubren en ciertas condiciones concretas, cuantificables y
evidenciables se les “acredita”. La “acreditación” supone dar crédito, suponerles aquellos valores que
mencionamos en un párrafo anterior, ‘acreditación’ es un término que forma parte de un ropaje discursivo,
ropaje que encubre un sometimiento de las instituciones de educación a las políticas neoliberales, esta
observación ya la había hecho hace muchos años Javier Mendoza en su capítulo, “La acreditación como
mecanismo de regulación de la educación superior en México”, y lo escribió así:
“Las formas de gestión que están emergiendo comparten en lo general elementos del Estado evaluador, y sus
diferencias están en función de finalidades de las políticas públicas que se diseñan en cada caso para promover la
evaluación. En muchas ocasiones, bajo un mismo ropaje discursivo, coexisten proyectos con intencionalidades diversas y a
veces contrapuestas, que van desde el legítimo impulso por parte del Estado al mejoramiento de la educación superior
(intención declarada por todos los actores gubernamentales), hasta una intencionalidad de control a las universidades y su
sometimiento a las políticas neoliberales dominantes”.
En la búsqueda de la acreditación ya casi ninguna institución de educación superior en México escapa a
sus redes, quien no lo hace ve reducirse su matricula, esto es lógico entenderlo pues se trata de un “producto de
una estrategia mundial articulada para establecer políticas que impulsen la calidad educativa’ a través de la implantación
de programas de evaluación”.
La evaluación y la acreditación buscan entonces mejorar la llamada ‘Calidad educativa’ es decir, “la
capacidad institucional para mostrar crecimiento en una serie de indicadores” y que a decir del Dr. Díaz
Barriga “estos indicadores cubren todos los temas posibles: misión institucional, valores y orientaciones, y visión de futuro,
eficacia de los planes y programas, determinada por el cumplimiento de los objetivos propuestos; normalidad en el
funcionamiento de la docencia, investigación y difusión, que consiste en cumplir con los planes y programas de estudio y
con las normas de asistencia y responsabilidades del profesor y alumnos”. ¡Habría 272 para la educación superior!.
Pero no olvidemos que cuando hablamos aquí de evaluación, nos referimos también a la evaluación de
instituciones en todos sus niveles, a la evaluación masiva de los alumnos y profesores. Se trata de una práctica
impulsada fundamentalmente por el Estado, cuya regulación no llega a miles de instituciones privadas en las
que prolifera el interés económico, la mercantilización de la educación, pero que ha sido el mismo Estado o
sus autoridades corruptas quienes han ‘vendido’ los registros sin que muchas de tales instituciones cuenten
con los requerimientos mínimos para una vida académico y escolar favorable. No se dudaría mucho en
afirmar que lo que sucede en nuestro país es la cretinización de la educación, Pérez Cortes estudia este
problema en la educación superior y dice: “la cretinización se da no sólo en el terreno de lo cotidiano. En el
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marco de la educación superior se genera, asimismo, la cretinización si bien de alto nivel, pero, al fin
cretinización”.
Frente a esta situación –la de la proliferación de intereses económicos, de la mercantilización de la
educación, de la corrupción de las autoridades educativas y sindicales... etc., se trata de fortalecer una
regulación estatal de la educación, pero no a partir de la lógica discursiva de la evaluación, sino de nuevas
estrategias que surjan de una seria reflexión en la que participe toda la sociedad.

4. - ¿Evaluar la educación, para qué?

Antes de responder veamos que entendemos por Educación. Si seguimos a Latapí, él concibe a la
Educación “como [un] fenómeno social omnipresente en interacción con otras transformaciones de la
sociedad”, en acuerdo con él, es necesario además resaltar que más que un fenómeno se trata de una práctica
articulada directamente con todas las estructuras sociales.
Ahora bien, a la pregunta del por qué evaluar a la educación debemos tener presente que no es
únicamente evaluar una política educativa, tampoco únicamente un Sistema Educativo (SEP,
Universidades..., Centros de capacitación...) ni tampoco reducir la evaluación al conjunto de todos los
programas de los distintos organismos evaluadores en todas sus modalidades (desde el Examen, el Ceneval,
Exani, Enlace, hasta una evaluación de planes y programas e Instituciones educativas).
Si retomamos simplemente la definición sencilla de la educación como una práctica social en
interacción con las estructuras sociales tendremos entonces que ser coherentes y entender que la evaluación es
de toda la práctica en su interacción con las estructuras sociales. ¿Alguien sabe si esto se ha hecho?
Seguramente sí, pero no los que formalmente tienen esa tarea, salvo raras y meritorias excepciones a titulo
personal, más bien en su mayoría han sido personas ajenas a la estructura del sistema educativo. ¿Habría
algún interés para no hacerlo? La primera respuesta con carácter provisorio que se me ocurre es porque al
poder político-económico no le interesa más que actuar sobre los otros, establecer el orden y la estructura
social y económica que a ellos les conviene.
Lo único que defienden –sin argumentos sólidos- es que hay que evaluar para mejorar. Y ahí al parecer
hay ideología de por medio. El desarrollo económico de un país no siempre dependía de su educación, es
cierto que hoy el país que no se eduque puede desaparecer o terminar dominado por otros. Digo que es
ideológico pues se ha defendido con tanta vehemencia a la evaluación, pero ni siquiera los que la defienden,
logran resultados. Y si no se logran habría que inferir que detrás de la evaluación existe sólo aumentar la
explotación, es decir que a estas personas responsables tanto de la evaluación como del Sistema Educativo no
les interesa en lo más mínimo el desarrollo de la educación, de la investigación en México. ¿Pruebas?
Al menos desde 1981 países como los EU, Japón, Alemania, Francia y el Reino Unido se han
destacado por ser potencias económicas y son también quienes por lo general han invertido permanentemente
más del 2% del PIB en educación. En México, y hace apenas algunas décadas se comenzó a hablar de la
vinculación entre el progreso de un país y la educación de su población, incluso hoy es frecuente leer que la
educación es un motor del progreso. Pero esto es tan relativo pues en nuestro país cada política sexenal tiene
su propia versión de progreso, pero sí, la constante es que en su idea de progreso no les ha interesado ni
promover, ni impulsar aquellas carreras profesionales que suponemos fuertemente contribuyen al progreso
económico, al menos al progreso en el sector productivo. Evaluar en qué medida una política educativa
contribuye de manera planificada al desarrollo y/o progreso de un país o al menos del sector productivo o del
desarrollo de tecnología propia, implica necesariamente reconocer el lugar que tienen en la oferta y demanda
todas aquellas carreras que se incluyen dentro de las ingenierías, pues hoy estas no se encuentran dentro de las
5 carreras más concurridas en nuestro país y que son: derecho, contaduría, administración, medicina y
psicología. ¿Qué más se puede decir cuando apenas en nuestro país se invierte apenas el 0.4% del PIB en la
promoción de la investigación y el desarrollo?.
¿Para qué evaluar la educación? La respuesta obligada parece ser ineludible “La evaluación ha
transformado el homo academicus en homo económicos, y al trabajo académico en un conjunto de tareas estandarizadas
que se evalúan a partir de sistemas de certificación burocratizada, gobernados por el cálculo racional y el oportunismo. Esta
tendencia ha conformado [las escuelas y la] esa universidad de papel que poco tiene que ver con las finalidades sustantivas
de la enseñanza, el conocimiento y la cultura”. En breve, el académico, el profesor, el investigador, han devenido
unos “simples burócratas del conocimiento”, las escuelas y universidades y su privatización han devenido casi
empresas mercantiles o bancos, la educación ha devenido capacitación en competencias, la educación ha sido

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pervertida para ser medio y espacio para reproducir y polarizar las desigualdades sociales, económicas y
culturales.

5.- Pensar y tensar la evaluación.

La evaluación de una política educativa implica no sólo una evaluación de la política en lo respectivo a
la educación, pues en tanto se trata de una política de Estado (la cual debe atender a todo el país en términos
de cobertura, cantidad, calidad...., garantía, equidad, orientación, desarrollo social) ello implica una mirada a
lo social, la vida de la sociedad, a sus fenómenos, a su dinámica, a sus prácticas. Si bien estos aspectos no son
consecuencia directa y única de la educación, si pueden dar cuenta del estado de la educación, al menos sobre
el alcance mismo y limites de la misma (de la educación). Pero tampoco habría que desechar muy rápido la
idea de que la educación no tiene alguna responsabilidad en las prácticas sociales de una nación o país en la
cual las instituciones educativas se hallan inmersas. Muchos autores han trabajado en analizar tal vinculación
(Fuentes Molinar, Savater, Fullat, Latapí... etc.) no me detendré en ellos más que para retomar la idea de que
la educación va más allá de las aulas y de que la educación es mucho más que la pura adquisición de
conocimientos, habilidades y competencias.
Habría que tensar al máximo la palabra ‘evaluación’, tensarla en el sentido de llevarla a la diversidad de
significaciones que ella permite. Si hacemos tal ejercicio obtendremos una concepción de la evaluación
mucho más amplia y con un sentido más estructural, un sentido sistémico y con una visión más
antropocéntrica (o incluso más humanista). En este ejercicio el Dr. Díaz Barriga en 1982 retomaba ya la idea
de una ‘ruptura epistemológica’, lo cito “romper precisamente con el paradigma que obliga a que cualquier objeto de
estudio deba ser tratado únicamente por el método experimental” sirviéndose de la idea siguiente “El objeto de estudio
de la evaluación está inserto en lo social, por tanto, debe ser tratado en las llamadas ciencias humanas”. Después de 25
años nos parece que los objetos de estudio de la evaluación siguen abordándose con pura estadística, con
métodos experimentales y sin ninguna teoría. Las problemáticas y objetos que aborda la práctica social de la
evaluación aparecen divorciados de toda teorización.
Ante este hecho, no dudamos en suponer que detrás de las prácticas evaluatorias de la educación y de
las políticas educativas evaluadoras existe una ideología, al mismo tiempo que un determinado lenguaje, con
códigos y prácticas, las cuales son parte de un discurso hegemónico. ¿Pero qué discurso? ¿Alguien duda que se
trata del discurso del capital?
La Univ. Autónoma de Tlaxcala lleva como lema en su escudo, “Por la cultura a la justicia social”, y
sin embargo casi todos en tal universidad se lamentan de no tener una “cultura de la evaluación”, en la que
trabajan desesperadamente. Y si en lugar de ocuparse de la “cultura de la evaluación”, se ocuparan mejor de
“Por la cultura a la justicia social” que según entiendo, significa trabajar en la justicia social a través de la
cultura, (historia, monumentos arqueológicos, identidad regional, costumbres, tradiciones y fiestas (las
camadas), arte, artesanías, formas de organización de la comunidad, -por ejemplo, la tradición de los 4
señoríos-, etc.). En la UAT –como en muchas otras instituciones- debería tener lugar el fomento de tales
aspectos mencionados, pero también se debería impulsar la investigación y el estudio de esos aspectos, como
por ejemplo a través de la creación de las carreras que fomenten y estudien de las comunidades indígenas y
sus lenguas, tradiciones...

6.- Consideraciones para una subversión del término Evaluación en Educación.

Subvertir la noción de evaluación implica necesariamente una reflexión y un posicionamiento sobre los
fines de la educación, no sus fines prácticos e inmediatos sino los fines antropológicos, teleológicos. Es decir
aquella intencionalidad que busca la sociedad en el acto de educar.
Para que el término evaluación sea subvertido implica que el evaluador tenga una mirada de lo social
como aquel espacio estructurado donde una sociedad tiene que asegurar estrategias de organización,
equilibrio y mediación para garantizar la sobrevivencia y la convivencia. El evaluador tendría que tener una
visión de la escuela o universidad como aquellos espacios donde los que ahí asisten no van ahí sólo para
adquirir conocimientos o habilidades, sino que son espacios –igualmente marcados por la contradicción
propia de toda sociedad- para el ejercicio del pensamiento, y de aquellos valores –abajo mencionados- que son
fundamentales para la vida en sociedad y para la vida de las nuevas generaciones. Considera a la educación

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como una práctica social de formación, como un fin en si misma y no como un fin al servicio del capital y de
las empresas.
El investigador que además de considerar la positividad de los datos y hechos, va más allá y se centra
en la negatividad de los hechos, es decir en una lectura que busca encontrar las causas estructurales de los
datos y de los hechos. Su herramienta no es sólo la estadística, su método no es sólo lo cuantificable, sino que
va más allá y como ‘herramienta’ ejerce su pensamiento, el análisis y la reflexión.
El evaluador tendría que tener una mirada particular del individuo (no como un método evaluativo
centrado en su concepción de educando como un cliente –como proponía Stake en 1967- o como consumidor
como proponía Scriven) sino contrariamente como aquel sujeto y persona única que a partir del diálogo y la
comunicación abierta puede desplegar su pensamiento y creatividad. El evaluador tendría que considerar al
educando como aquel sujeto que acepta seguir un proceso educativo en un espacio de adquisición de
conocimientos, habilidades y competencias, pero también que valora estar en un espacio donde se desarrolla
su pensamiento, la libertad de expresión, que aprende a respetar las diferencias y las singularidades, los límites
y a tomar decisiones por sí mismo, así como hacerse responsable de sus decisiones y acciones. El investigador
asume que es fundamental como valor en la educación, la historia personal, los proyectos personales, la
creatividad del individuo (o estudiante).
Subvertir el sentido de evaluación es encontrar nuevos objetos de estudio, es transformar la mirada y
comprensión de tales objetos de estudio así como de las nuevas problemáticas. Un evaluador crítico pone en
evidencia la ideología de aquellas corrientes pedagógicas que suelen presentarse como innovadoras. Se
subvierte el sentido de la evaluación cuando el evaluador de políticas educativas considera la pertinencia de
una política educativa, cuando valora de esta, sus contribuciones al desarrollo económico, socio-cultural y la
calidad de vida de una sociedad, cuando incluye en sus indicadores, una lectura analítica, crítica y reflexiva
de aquellas instancias que inciden en la educación de las jóvenes generaciones.
Subvertir el sentido de un término es mostrar los efectos de la práctica que aquel implica, tal y como lo
hace Ibarra: “La evaluación ha reconducido también las prácticas académicas, que pasan cada vez más por la maquila y
la producción en serie, por el uso indiscriminado de jóvenes obreros del conocimiento –entre alumnos de posgrado y
ayudantes de exiguo salario-, por la copia de uno mismo o el plagio de los demás, o por la falsificación de resultados. Total,
al momento de enfrentar la evaluación, nadie notará nada extraño, pues las comisiones de pares no están en condiciones de
leer tan voluminosos expedientes, y si casualmente algún evaluador ingenuo y bien intencionado y aprecia el engaño
implicado, terminará callando (o vociferando) al sentirse abrumado por una práctica generalizada que a casi a todos
alcanza”.
Subvertir el sentido de evaluación implica que esta no sea únicamente cuantitativa, sino que también
sea cualitativa. El reto es que se valoren aspectos educativos (planes y programas, actores, instituciones,
procesos de enseñanza aprendizaje, productividad... etc.) no únicamente con elementos cuantificables y
medibles. Se trata de abrir una seria reflexión sobre otros objetos de estudio sobre los que no hay que
detenerse mucho en su identificación, cualquier persona conciente y sensible a la realidad educativa que
vivimos puede percatarse.
Hay que estar absolutamente ciegos y sordos, ser ignorantes o esquizofrénicos, o ser de un grupo selecto
y perteneciente a los amos del capital, o estar sometidos a un empleo asalariado y tener que quedarse callado
por necesidad de un ingreso, o por cobardía, para no percatarse que en México hay una terrible crisis de la
Educación. Necesitamos una reforma de nuestro sistema educativo, pues tenemos serias deficiencias, para
algunos seguimos siendo un país de reprobados -dato cuestionable y que tenemos aun que discutir-; que
pertenecemos a un país que no lee (apenas ½ libro al año cuando el promedio según la UNESCO es de 4 al
año), Monsivais hace notar que “Los niños y los jóvenes no incluyen por lo común la lectura entre sus
aficiones básicas,... El libro persiste pero ha pasado de necesidad pública a demanda de sector...”. A las
absurdas e injustas desigualdades socioeconómicas en nuestro país, se suma que hay una tendencia a la
llamada ‘educación bancaria’, a la comercialización de la educación, al clientelismo educativo, que tenemos
un sistema con grandes problemas de rezago y cobertura, que contamos con el sindicato más grande de
América Latina plagado de corrupción desde su máxima autoridad, la jefa Gordillo que según ella ‘rifó’ 59
camionetas hummer a sus más cercanos líderes, que los profesores tienen que buscar otra ‘chamba’ porque su
salario no les alcanza, que la preparación, formación, actualización de los profesores es una deuda del mismo
Sistema Educativo Nacional y el Sindicato oficial quienes incluso han sido cómplices de prácticas corruptas,
burocráticas e ineficientes.
¿No es verdad que las universidades públicas limitan y reducen su matrícula dejando fuera a miles de
jóvenes sin estudios, que nuestra sociedad no se preocupa por un proyecto de vida para estos jóvenes, que en
las escuelas la droga, el alcoholismo, la violencia entre compañeros alumnos y profesores es algo ya
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cotidiano?. ¿Cuando el Estado se ha preocupado por la influencia ‘educativa’ que tienen en los niños y
adolescente los ‘contenidos’ de los 2 monopolios televisivos?, ¿no es acaso la complicidad de los empresarios
con los políticos?.
También tenemos que reconocer que los profesores en las universidades únicamente son valorados por
los puntos de productividad y eficiencia que puedan sumar, (Pacheco, señala que en las ciencias sociales, la
publicación es el referente de la evaluación) y su pensamiento crítico a nadie le interesa. La lista podría ser
exhaustiva pero habrá que cerrarla diciendo que al Estado Mexicano parece ser que no le interesa lo suficiente
la educación, pues mientras en otros países se otorga arriba del 2% del PIB, en México no se llega ni al 1%
cuando la UNESCO recomienda el 7% del PIB Arreglar los problemas de educación y de los asuntos
vinculados con educación como es el caso de los profesores en Morelos (y en casi todos los Estados) que se
oponen al llamado por decreto “Acuerdo por la calidad en la educación” no es por la vía de la represión. Es
claro que requerimos una replanteamiento del sistema educativo, pero la reforma que necesitamos de nuestro
sistema educativo no es precisamente la que quieren imponer las autoridades del gobierno de este país, pues
para ellos se trata de una educación bancaria y mercantil, una supuesta educación que ya ofrecen escuelas y
universidades privadas y por la que hay que pagar un alto costo, generando así la idea de que la educación es
una inversión y clave para el éxito, ‘invierta hoy en una educación de calidad y de primera, mañana tenga seguro un
empleo, gane mucho y sea feliz’ diría un administrador de la educación o un rector de una universidad privada.
¿Qué podemos esperar del proyecto educativo que Josefina Vásquez Mota impulsa cuando defiende sus
cursos de economía (¿?) bajo su ‘brillante e ideológico argumento’ de que “Los pobres son los que más
padecen la ignorancia de la economía”, o cuando defiende las materias de ética y civismo que tienen lugar en
la Secundaria. Esta secretaria de educación piensa que los niños tendrán ética y civismo por decreto o
escucharla en un curso, olvida que la ética y el civismo son valores y que estos son sólo resultados de una
práctica, los cuales se aprenden observándolos y practicándolos con aquellos con quienes convivimos, son
valores y prácticas de una sociedad y no de un capricho personal o de la moral de su partido político.
La ética y el civismo es resultado de todo un proceso que tiene lugar en la escuela, en la familia, en la
sociedad y en el Estado a través de sus instituciones y las personas que están al frente. Pero precisamente hay
una fuerte crisis de la civilidad y del lazo social en nuestra sociedad y país en todos sus niveles y sectores.
Como sociedad estamos divididos debido justamente a que la mitad de mexicanos piensan que una élite de la
sociedad les han manipulado sus valores y derechos más básicos de ciudadanos. Consideran que no se les ha
respetado su libre elección y no manipulación de voto, su derecho a un trabajo digno. Los que antes eran
obreros, comerciantes, pequeños empresarios, hoy una gran mayoría de ellos enfrentan graves crisis
económicas. Millones de campesinos han visto cómo se seca su tierra y desgarra su familia cuyos integrantes
que les quedan, se vuelven migrantes y se van hacía los EU buscando oportunidades de trabajo. Miles de
mexicanos y comunidades enteras constatan que el Estado Mexicano los ha excluido desde hace décadas del
acceso a la educación, a la salud y a oportunidades equitativas de trabajo y a la libertad de expresión.
Una consideración fundamental de una lectura analítica estructural de la educación exige restituir o
priorizar a la educación su valor principal, lo necesitamos en esta época. No sólo es tarea del Estado, de la
política y/o de las políticas públicas; la educación, el sistema educativo, las instituciones educativas y de
manera más general la sociedad tienen parte de la responsabilidad, cuya tarea principal es favorecer la
convivencia social, el desarrollo del pensamiento, de la autonomía, de la libertad política.
La educación es en beneficio de un bien común, incluso diríamos sin dudar, que la educación es un
patrimonio no de unos sino de la humanidad, un préstamo que nuestros hijos nos hacen. La educación va
más allá de un derecho e incluso un patrimonio, no se limita a la tarea del gobierno en el sentido de una
política pública, hay que ver en la educación -en su sentido más amplio, antropológico y social- la condición
de la humanización y socialización y por tanto de la cultura humana.
La reforma que necesitamos es aquella que se construye con la participación de todos, debe ser una
reforma donde sus puntos son discutidos y analizados por experimentados educadores e investigadores
comprometidos con la educación, con la sociedad y con la historia de nuestro país y no sólo por una masa de
políticos y administradores que consideran a la educación como administración de un negocio. Es necesario
darle su valor ético y antropológico a la educación, comprometerse con ello implica cuestionar tanto a las
prácticas educativas como denunciar los errores, trampas y fraudes del sistema educativo y de las políticas
educativas e incluso, tenemos la responsabilidad ética y civil de cuestionar tanto a la evaluación y su
ideología, sus organismos evaluadores e incluso a los mismos impulsores de la evaluación. ¿Por qué no nos
atrevemos a cuestionar, interrogar, criticar al sistema educativo de México, a sus políticas educativas, a sus
políticas evaluatorias, a sus organismos evaluadores y acreditadores, a sus exámenes e indicadores y
evaluadores?
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Crítica a la Evaluación de la educación en el Sist. Educ. Mexicano. eleazarcorrea@yahoo.com

Subvertir el sentido de la evaluación en educación es arriesgarse y no querer seguir encubriendo una


realidad educativa con cifras y utopías que dicen que ‘avanzamos’ por buen camino, se trata de arriesgar y no
resignarse a aceptar como destino dicha realidad. Subvertir el sentido de tal término es apoyarse en un análisis
que ponga en evidencia las intenciones hegemónicas e ideológicas de la imposición de significaciones por
parte del discurso neoliberal de la evaluación o de cualquier otros discurso, sea este religioso o pragmático.
También hay que mostrar que los académicos son los primeros en resistirse a que se modifique o se cancele la
evaluación, y que si se resisten es por la necesidad vital del trabajo o cómo dice Ibarra, “la razón es clara, porque
están en juego jugosas recompensas monetarias que obtienen con el desarrollo de ciertas destrezas y habilidades, y aun con
relativa facilidad”.
Se trata de arriesgarse a cuestionar y criticar el uso de la evaluación que implementan las políticas
neoliberadoras, se trata de rediseñar nuestros planes y programas, nuevas instituciones, una nueva formación
para profesores... que responda a las necesidades de nuestra realidad, se trata de pensar en decidir qué
educación necesitamos y que cultura queremos seguir construyendo o transformar, o simplemente pensar la
educación que queremos para las nuevas generaciones.
Si el lector considera que somos muy utópicos, quédese al menos con una idea crítica, esa que considera
que al menos el reto es el de potencializar, pensar el uso de la evaluación de la educación y del sistema
educativo que tenemos. Pensar y teorizar la evaluación, de tal manera que ello nos permita tomar decisiones
frente a una sociedad mexicana que está dividida no sólo en la política, sino también en lo económico, y hoy
también en lo educativo. A veces la criticidad no está tan a la vuelta de la esquina, está a la vuelta de las
frases, por ejemplo: ¿y si en lugar de defender una ‘alianza para la calidad’ la volteamos y decimos calidad
para la alianza y pensamos mejor en construir todos juntos la ‘calidad de la alianza social’?, y si en lugar de
sumarnos a la queja de los administradores y gestores de la educación de no tener una ‘cultura de la
evaluación’ pensamos más bien en porque no ‘evaluar (analizar) la cultura?’.

7.- Evaluación y Sociedad

Hay quienes proponen modelos de evaluación de una política educativa nacional, de un programa, o de
la implementación de un modelo, y estos modelos son pensados desde la idea que no tienen nada que ver con
otras cosas sociales, culturales, etc., y que algo se puede evaluar independientemente de que piensen o como
intervengan los humanos, es decir, es la utopía de la evaluación, piensa que evalúa robots. Una sociedad,
como también un grupo, ambos no son maquinas, ni tampoco organismos (como el organismo del cuerpo)
pues tiene algo más que componentes y funciones, tiene intencionalidad, se conforma en un movimiento
dialéctico, histórico, antagónico, y tanto la dinámica como sus efectos, son imposibles de ser evaluados por el
lente de la medición, la positividad y la objetividad.
Tampoco la evaluación debe limitarse únicamente a partir de los anuarios estadísticos de la UNESCO,
mucho menos evaluar una política educativa nacional a partir de su correlación con un dato cuantitativo
como puede ser el porcentaje del PIB que se dedica a la educación, o a los índices de creatividad económica,
productos de la investigación y desarrollo, innovación tecnológica o despegue empresarial o los datos de una
'Economía de la educación’, o del INEE (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación), INEGI,
datos demográficos y poblacionales, los resultados de PISA, de ENLACE, EXANI, CENEVAL, CNEIP,...
ISO’s, etc. no basta con una extensión o más indicadores, como ha sido el intento de medir o encontrar
algunos indicadores como por ejemplo el índice de felicidad de un país y relacionarla con la calidad de vida.
Evidentemente que hay que considerar tales datos, pero cuando se trata de la educación no hay que
olvidar que se trata de una práctica social, ética, una responsabilidad de la política, y en donde no sólo deben
rendir cuentas los administradores y evaluadores de la educación, se requiere de otra cosa más allá de los
datos. Pensar en una evaluación más amplia, es un ejercicio en el que nos vemos obligados a usar otro
término, probablemente un análisis sea la palabra que más se acerca a una valoración cualitativa, o un análisis
cualitativo. Esto supone ir más allá de una postura positivista, puramente objetivista y cuantitativa, pues eso
es sólo lo evidente. Habría que moverse epistemológicamente y tomando en cuenta algunos valores en la
investigación, pero sobre todo éticamente de lugar para comprender las cosas de otra manera y actuar en
consecuencia. Hacer un análisis de las cualidades de una institución, de una política educativa, de un
programa curricular, de una institución, implica acercarse a esas realidades con otros lentes para ver nuevas
cosas.
De manera breve podríamos mencionar sólo algunas señales que sirvan al análisis y lectura estructural.
Son señales no desde su positividad sino desde un pensamiento de la realidad social como una estructura.
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Crítica a la Evaluación de la educación en el Sist. Educ. Mexicano. eleazarcorrea@yahoo.com

Algunas puede ser las siguientes: la colaboración al interior de una sociedad sobre asuntos específicos, la
calidad de la convivencia, la existencia o no –en la escuela y en la sociedad- de discriminación, segregación,
exclusión, racismo, la existencia o no de prácticas de autoritarismo, abusos de poder, prepotencia. Etc. Los
motivos sociales del desempleo de los egresados, de los jóvenes que han desertado o que han sido excluidos
por distintas razones de las mismas instituciones educativas o universidades, las causas educativas o la
influencia del Sistema Educativo que empujan a la migración, la manera en que las instituciones educativas
pueden contribuir a la resolución de conflictos sociales, de la violencia. ¿No es acaso una responsabilidad del
Sistema Educativo adecuar sus planes y planes programas, la formación de profesores que puedan
verdaderamente atender la diversidad cultural de las distintas comunidades de nuestro país, respetando sus
tradiciones y costumbres, su lengua?
¿Por qué las autoridades de la educación y del Sistema Educativo, los investigadores y profesores,
cuando evalúan y planean la educación, no toman en cuenta la opinión, las tradiciones, y aun aspectos como
la creatividad artesanal y artística de las comunidades o regiones geográficas, sus actividades de
entretenimiento?, ¿Por qué no evalúan o analizan aspectos como la calidad de la discusión de ideas en una
comunidad, la percepción, las experiencias, las quejas sobre la educación de la sociedad, las expectativas y
aspiraciones de los padres sobre la escuela, de los profesores, sobre la educación que reciben sus hijos? De
igual manera, en el caso de los profesores, de los estudiantes, los administradores de las instituciones
educativas, de los investigadores, filósofos y humanistas, escritores, los excluidos del Sistema Educativo
Nacional?, quizás si los responsables tuvieran un poco de sentido común y sensibilidad a lo humano y social e
iniciaran un diálogo con las investigaciones de otras disciplinas, podríamos ir sentando las bases de una nueva
forma de pensar la educación y su evaluación.

Conclusiones

¿Acaso el lector de este ensayo necesita un texto que incluya estadísticas, un lenguaje de tecnócratas
para darle veracidad al contenido? ¿Acaso el lector se angustia por no leer un texto académico, de un
investigador que publique en revistas indexadas? Se trata de un reto a pensar de otra manera. Reflexionar
sobre la educación y evaluación de la educación, es pensar con ideas que atraviesan transversalmente muchos
niveles y aspectos de la educación así como modalidades de la evaluación, por ejemplo, evaluación de
programas curriculares, de actores, de instituciones, de políticas educativas, etc.. A partir de reflexionar sobre
la evaluación y la educación se infiere que aquellos niveles y aspectos de la evaluación requieren de un
cuestionamiento de la misma práctica de la evaluación, y que tal reflexión nos aporta la idea de que en lugar
de ocuparnos de la evaluación misma, tendríamos que ocuparnos sobre todo de la educación misma. La
educación no se define por la evaluación, aquella tiene mucho de inevaluable, no se deja evaluar, pues la
educación es una práctica social que, en lo esencial, es inapresable como lo humano mismo.
Finalmente ¿qué sistema de evaluación educativa puede estar a la altura de una sociedad que requiere
urgentemente que las instituciones educativas sean espacios donde se eduque en la civilidad y no espacios
donde se reproduzcan las inequidades y desigualdades sociales, así como un sistema de evaluación que sirva
para realmente orientar la educación en nuestro país y no sólo para justificar políticas educativas
comprometidas con intereses neoliberales? ¿Podremos ser capaces de pensar en la educación que necesitamos
y que queremos para nuestra sociedad?

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Referencias de apoyo

1. Entrevista a Elba Esther Gordillo. Lunes 13 oct. 08. "Las unidades vehiculares serán rifadas, y el dinero se destinará para atender urgentes necesidades de escuelas
marginadas del país” Organización Editorial Mexicana. 14 de octubre de 2008. Redacción El Sol de México.
http://www.oem.com.mx/elsoldepuebla/notas/n890914.htm
2. Entrevista de David Páramo a Josefina Vásquez Mota en “Poder financiero” Lunes 30 sep 08, 20hrs. Canal nacional Proyecto 40.

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