Nicholas C. Prata

Ángeles de acero

Traducción de Carlos Gardini

ALAMUT

El autor desea agradecer a Carolyn Muentner y
Mark E. Rogers sus valiosos consejos literarios.

También desea dar gracias a sus padres, Russell
y Susan, por su constante amor y respaldo.

» Imad al—Din.«Viles hospitalarios. llenos de fervor y exentos de flaqueza. cronista musulmán .

Dueño de una maquinaria bélica impetuosa y eficaz. modernización ortográfica de Luis Zolle (Madrid. conducido por la hábil y ambiciosa mano del sultán Solimán el Legislador. Diario del Gran Asedio de Malta.Nota histórica En el siglo XVI. Nota sobre la traducción Las citas de la crónica de Balbi de Correggio (La Verdadera Relación de todo lo que este año de MDLXV ha sucedido en la Isla de Malta) están tomadas de la siguiente edición: Francisco Balbi de Correggio. Tres veces los otomanos emprendieron ataques a gran escala contra la Europa occidental. 2007) . la fortuna de la guerra constante entre el Islam y la Cristiandad se volcó resueltamente a favor del Islam. 1565. tanteó reiteradamente a una Europa dividida. Una victoria turca en las grandes batallas de Viena. Lepanto o Malta habría concretado el sueño de Solimán y alterado el rumbo de la civilización occidental. Fernando Villaverde Ediciones. Solimán proclamaba que erigiría una mezquita en Roma después de destruir la Europa cristiana. El Imperio otomano.

Primera parte .

había soportado un agotador e implacable asedio turco durante seis meses. pero sus compañeros no callaban su consternación. y corría el rumor de que aceptaría las condiciones para una retirada honorable. El estandarte hospitalario. Enormes grietas surcaban el suelo. Jean Parisot de la Valette aguardaba entre sus hermanos para ser evacuado a una galera. Ningún cañón cristiano ni turco tronaba en tierra ni en el mar. testimonio de la destrucción causada por las minas y los túneles derrumbados. impresionado por la fiera defensa de los caballeros. pero tales consideraciones no aplacaban la aflicción de La Valette. El gran maestre de la orden. «el jardín del Mediterráneo». Las vastas fuerzas del sultán Solimán habían asolado la isla en su afán de desalojar a los tenaces caballeros del lugar donde habían residido durante doscientos años. 1 de enero de 1523 Rodas. No temía la traición ni la muerte después de ceder terreno a los enemigos de Cristo. y las heridas de los hospitalarios encontrarían un bálsamo en consignas tales como «Nada en el mundo se perdió tan dignamente como Rodas». El joven sultán. morada de los Caballeros de San Juan del Hospital. no gozaba de popularidad entre La Valette y sus hermanos monjes.1 Rodas. pendía sobre la torre de San Nicolás. y ansiando que se fueran de Rodas. sobrellevaba la derrota con juicioso silencio. Muchos temían que Solimán hubiera violado la tregua después de sacarlos de sus fuertes posiciones mediante una artimaña. que aún no había cumplido los veintiocho. Phillipe Villiers de l'Isle Adam. pertenencias y buques. Aunque la heroica defensa de Rodas sería inmortalizada en Europa. La Valette. De l'Isle Adam había asegurado la supervivencia de la orden a costa de su amada isla. Todos los civiles que desearan acompañarlos podrían marcharse con ellos. El gran maestre había aceptado las condiciones de Solimán a pedido de la maltrecha población de Rodas. Vástago de una familia cuyos hijos habían marchado con el ejército cruzado de San Luis el Piadoso. Pocos reyes europeos consideraban que la continuación de la presencia de la orden fuera necesaria o beneficiosa. humeaban detrás de la silueta adusta de un imponente caballero provenzal con armadura. La Valette permaneció inmóvil. sin embargo. les había ofrecido condiciones inusitadamente benignas. aunque sabia. Un tonel de pólvora explotó en las líneas turcas y caballeros suspicaces se giraron al oír la detonación. Un clamor se elevó en el muelle mientras los hombres empuñaban sus armas. Edificios y murallas yacían en ruinas. En una época de incipiente nacionalismo. Ahora. La aceptación del gran maestre. reinaba la tranquilidad. Los caballeros partirían con todas sus armas. Las heladas almenas de la encantadora Rodas. una cruz blanca de ocho puntas sobre fondo rojo. . había aceptado la invitación de Solimán a parlamentar. el futuro de la orden parecía aciago. él consideraba la derrota como una afrenta a Dios y un agravio al honor personal. Cuadrillas turcas se refugiaban detrás de los terraplenes mientras fatigados caballeros seguían sus movimientos desde altas almenas. una orden religiosa soberana y multinacional que profesaba lealtad al papa era un anacronismo indeseable.

—Yo iré en último lugar —dijo. Esta derrota es una píldora amarga. Mirando a través de las calmas aguas del Mandraccio. en Francia. se preguntó con vergüenza. 2 Sala del trono de Solimán el Magnífico. —Rey de reyes. pero yo habría defendido este lugar. Las costumbres cortesanas deben fastidiar al viejo Dragut. La Valette se puso a divagar. cómo hemos fracasado —suspiró. —¿Hermano Jean? —preguntó un caballero. La Valette asintió. emperador de Oriente y Occidente. Solimán observó al anciano súbdito que se mecía frente a él. como si ya estuviera a mil millas de la isla. La Valette se quitó la celada de la cabeza rizada. príncipe y señor de la constelación más venturosa. delegado de Alá en la tierra. La Valette miró al hombre. Hasta el último hombre. No culpo al gran maestre. majestuoso cesar. Se sintió como si lo hubieran apuñalado y rogó en silencio quedarse ciego antes de volver a ver semejante cosa. señor de los señores del mundo. El maestro de ceremonias continuó. ¿Dónde se instalaría la orden? Sintió una súbita oleada de nostalgia. —Dios. El sultán apenas pudo reprimir una sonrisa mientras la barba gris del visitante barría el bruñido suelo de mármol. . dueño de los cuellos de los hombres —exclamó el mayordomo de atuendo brillante mientras Solimán estudiaba al viejo de túnica negra que se inclinaba ante él. aunque nos atacara todo el Islam. Pensó en su joven hermana. —Es nuestro turno. —¿Sí? El italiano señaló una planchada. Fue entonces cuando la orden arrió su enseña de la torre de San Nicolás. invierno de 1563 —Sultán de los otomanos.Arrojó un guantelete y se frotó los ojos inflamados que resplandecían en su rostro severamente guapo. Se apoyó en la espada. un italiano a quien el sitio había convertido en alguien más allegado que un pariente. sucio de hollín. ¿Mis parientes verán la media luna turca flameando sobre nuestras tierras?. pensó. La Valette observó la cruz hospitalaria que bajaba por el mástil y desaparecía tras los muros. Con razón permaneció alejado tanto tiempo. rey de los creyentes y los infieles.

Yo no podría encorvarme tanto sin caerme de bruces. —Satisface las necesidades de Dragut antes de llevarlo a la cámara de —A vuestras órdenes. Sus ojos taimados y oscuros relumbraban con un fulgor inextinguible. y muy pocas. La sala del trono quedó en absoluto silencio. El sultán volvió a estudiar al famoso pirata Dragut Rais. El esclavo le entregó la copa. Solimán se volvió al mayordomo. Estamos demasiado viejos para estas formalidades. —Erguid la cabeza. Ojalá mi armada luchara tan bien. sombra del Todopoderoso que otorga serenidad a la tierra. había logrado el pequeño milagro de arquearse delante del trono. los hombres ni siquiera se atrevían a respirar. como para asegurar a Solimán su sumisión total: el corsario había desafiado a la corona más de una vez en el pasado. lamentando su barriga. reverencia. presa de la soledad desde la muerte de su esposa favorita y la rebelión de su hijo mayor. Serenísimo señor. Más tarde. sus galeras eran constantemente derrotadas por las naves cristianas. —Acepto vuestro tributo y os bendigo. gobernador de Trípoli. con levísimo sarcasmo. con una profunda . que ya se había acercado. estaban a la par de la destreza marítima de Dragut. a solas. Solimán bebió un sorbo y silen ció al mayordomo con un ademán. pensó Solimán con belicoso rencor.entero. diez años mayor que Solimán. Dragut se había convertido en la mayor arma de Solimán en los años recientes y había conquistado sus favores porque sembraba el pavor en los corazones cristianos. —Sello de la Victoria—continuó la voz—. Dragut era delgado y sus manos curtidas eran ásperas como piedra. Sus sensatos consejos eran gratos a los oídos del sultán y el monarca. Solimán alzó una mano trémula. Dragut se mantuvo en esa precaria posición sin quejas. casi afecto. refugio de todas las gentes del mundo Solimán se acomodó el turbante enjoyado con manos gotosas y le hizo una —Agua—murmuró. pensó Solimán. observación. El octogenario Dragut. La impresión general era de aptitud física. artritis. El cuerpo nervudo del corsario crujió como una arboladura mientras se enderezaba. Que Alá os bendiga también. mi señor Dragut —entonó Solimán con practicado aburrimiento—. el prohibido vino aliviaría su señal a un esclavo postrado. Legislador —dijo el sirviente. sentía gran admiración por el pirata. Se aplanó la barba tupida contra el pecho y se acomodó la cimitarra en la cintura. Sólo Dragut brillaba entre las mediocres fuerzas navales del Islam. —Muy graciosa majestad —dijo. Un hombre extraordinario. Sólo las rápidas galeras de los Caballeros de San Juan.

—Muy bien. . ¿Acaso yo tomo a mis adversarios a la ligera? Solimán asintió. —Cierto. Solimán rió entre dientes. —Dragut se desabrochó la espada y se repantigó con gratitud en un diván. señor. Dragut sonrió. —Fue un viaje tranquilo. muy cierto. El sultán. El sultán observó mientras Dragut devoraba un racimo de uvas. gracias a Dios Todopoderoso —respondió Dragut con una adusta carcajada. Solimán tragó un puñado de higos y eructó ruidosamente. —No. —Pero ya que abordáis el tema —Dragut cogió una uva—. ¿cómo podéis decir esas cosas? Sois el instrumento de Alá. Los dos ancianos comieron en silencio. —¿No te alimentaron? —preguntó Solimán. Solimán enarcó una ceja poblada. —Pues los verás antes de regresar al África. Cogió el sorbete que lo aguardaba y estudió un cuenco de frutas. Solimán asintió. —No. Llámame «señor» y nada más. Dragut fingió alarma. tendido en un diván. Legislador.Dragut entró en la modesta cámara de observación y Solimán expulsó a los esclavos. debo deciros que me aflige que vuestras mercancías sean arrebatadas por un puñado de ladrones que poseen una roca que es indigna de los excrementos de las gaviotas. La —Muy sabio. —¿Llegaste a ver a esos perros del mar? —preguntó Solimán—. nobilísima majestad. —Mi señor de Oriente y Occidente. —Ponte cómodo. No subestimo complacencia lleva a la destrucción. ¿Esos hospitalarios? —añadió con indolencia. Confío en que Dios misericordioso haya velado por tu nave y no hayas tenido contratiempos. así como yo soy el vuestro. alzó la vista. a ningún enemigo. —El rostro arrugado de Dragut se contrajo en una sonrisa—. —¡Por favor! —dijo Solimán—. señor. Deja el lenguaje florido para hombres con más tiempo y menos ideas. ¿has visto mis jardines? —preguntó con cierto orgullo. el pirata no pareció reparar en el escrutinio. —El sultán es demasiado amable. —Sí. —¿Aun la «espada desnuda del Islam» teme a esas víboras? —Claro que sí. —Hablando de flores. pero a mi edad todo bocado es bienvenido. señor. Uno nunca sabe cuándo Alá requerirá su presencia en el paraíso.

Solimán aguardó. —Dragut escrutó los ojos del sultán—. Dejo el latrocinio para los cristianos. Y creo que su compasión era sincera. mi señor. —Mi señor —dijo con una reverencia. Gracias a Alá. —Tú conoces al maestre de esos caballeros. ¿puedo hablar con franqueza? —¿De qué? —Malta. —Déjame por ahora —ordenó. —No. interesado. fui capturado por los caballeros y condenado a las galeras. Mi señor. Cuando le oí hablar. ¿verdad? —recordó. Seguirá transformando a vuestros marineros en comida para peces mientras Malta albergue sus bajeles. —No. —Le conocí —dijo. —Y han vuelto para hostigaros. El estómago de Solimán se agrió de irritación. excelso señor —corrigió Dragut—. el maestre de Malta. amigo mío. que había erigido una pirámide de cráneos cristianos después de conquistar Trípoli. tembló al recordar el momento más doloroso de su vida. —Entiendo. También él fue condenado a galeras en un tiempo. Era alto como un jenízaro y tenía cierta apostura. aunque tanto él como Dragut habían condenado a miles de hombres a la muerte viviente de los remos. —Expulsé a esos caballeros de Rodas hace muchos años. Solimán entornó los ojos. —Se inclinó y dijo: «Monsieur Dragut. La Valette. —Hace muchos años —continuó Dragut—. . estaba entre mis captores. Solimán recibió esa acusación con una mueca. pero su maestre es fuerte y es un enemigo implacable de la fe verdadera. —¿Qué dijo? —preguntó el sultán. sin duda. —Mi señor. no podréis hacer nada en ninguna parte. Malta es débil. Solimán parecía genuinamente consternado. De pronto quiso estar a solas. Soy vuestro humilde corsario. pronto fui liberado. —El pirata inhaló—. supe que un día sería maestre. Dragut se levantó al instante y cogió el sable. es la usanza de la guerra». —Un hombre menudo y maligno.—Tú también eres ladrón. —¿Qué le respondiste? —Le respondí: «También lo es el cambio de fortuna». mientras no hayáis eliminado ese nido de víboras. Dragut.

—¿Puedo sentarme. recordando que su jefe de eunucos y la niñera de su hija habían sido capturados por los caballeros. ¡Será mi última y más grandiosa tarea. Hasta el imán de la gran mezquita le había recordado que buenos musulmanes languidecían en las mazmorras de los hospitalarios. —¡Sólo tu espada invencible —había dicho el imán— puede romper las cadenas de los desdichados. pero tomaré la patética Malta y seguiré viaje hasta Inglaterra. —Solimán se dispuso a ir al serrallo. cuyos gemidos llegan al cielo! Solimán sintió el hormigueo de la artritis en los brazos al pensar en los caballeros. El sultán citó a Dragut por la mañana. —Los ojos de Solimán ardieron de determinación—. donde arrojaría su pañuelo junto a la primera mujer que le atrajera. ¿Dejarás impunes a estos hospitalarios cuando vayas al paraíso? Se masajeó las manos doloridas. y no está bien fortificada. Solimán asintió enérgicamente. El aplomado Dragut tenía aspecto de haber dormido bien. eran lanzas contra el bajo vientre de Europa. pensó. mi señor? —preguntó. Mi mente debe estar flaqueando. Solimán escupió en el suelo. —Dos veces me rechazaron en Viena. Malta tiene pocos defensores. —Mi señor —dijo con una reverencia. mi señor—le advirtió Dragut. a sólo un día de Italia. Permaneció desvelado en el diván hasta altas horas de la noche. Solimán se puso de pie. pensó en hacer una infrecuente visita al harén. aunque los espías de Solimán informaban que se había pasado la noche estudiando mapas. No debían poner en jaque la misión por exceso de confianza o precipitación.. —¡Debo aplastar Malta! Dragut parecía complacido.El estómago de Solimán empeoró. —Es indudable que Dragut tiene razón —dijo. antes de marchar triunfante al cielo! Sólo entonces Dragut comprendió que el apetito de conquista de Solimán se había agudizado mucho más que en años. . ¿Por qué no había conquistado Malta? Los magníficos puertos de la isla. Sentía vigor en las venas y un estremecimiento en la entrepierna. —Y desde Malta tomaré Italia. —Primero debemos conquistar a los caballeros.. y Roma. —Semejante proeza transformaría el Mediterráneo en tu lago — prometió—. —Debe hacerse —dijo Dragut al cabo de un instante de reflexión. Siento en los huesos que es voluntad de Alá que Europa sea ganada para la fe verdadera. Tu cimitarra ha cosechado muchas victorias más difíciles.

Las aguas encrespadas le evocaron su primer servicio en una galera de la orden. reduciendo las ocho puntas de la cruz a siete. su vista se había vuelto delicada a causa de sus tareas como secretario de latín del gran maestre. Recordó con dolor que Enrique VIII había anulado y proscrito la orden cuando los caballeros se negaron a aceptar al rey como pontífice. mirando sobre el Gran Puerto hacia San Telmo. El hábito flameaba en la brisa arremolinada y hacía restallar el rosario de ciento cincuenta cuentas que le colgaba del cuello. y sólo se salvaron gracias a mi clemencia. pensó Starkey. el atuendo normal de un caballero en tiempos de paz. entonces él era uno de muchos caballeros ingleses. hacia el mar azul. El estrépito de los martillazos se elevaba desde el astillero. último representante de Inglaterra en la Orden de San Juan. Su rostro redondo y rubicundo se aflojó al recordar las torturas que Enrique había infligido a los fieles caballeros ingleses. haciendo . En toda la isla los hombres trajinaban para apuntalar las precarias fortificaciones de Malta. Todos los días el gran maestre se paseaba entre los obreros. Marsamuscetto. lo único que consiguió fue el lánguido Eduardo. invierno de 1564 Sir Oliver Starkey. y caballeros distinguidos. serán aplastados y destruidos por completo! 3 Malta. y entre los hombres martirizados se encontraban amigos íntimos de Starkey. El monarca había asesinado con saña a los que rehusaban abandonar su fe. ¡Ahora digo que. que separaba el Gran Puerto del puerto menor. Aves marinas graznaban en el cielo. Solimán vendrá cuando el tiempo mejore con la primavera.—Ya vencí a esos perros en Rodas. por sus continuas correrías y ofensas. Y después de tanto revuelo. Las blancas rocas de Malta relucían en ese día gélido y soleado. Este fuerte diminuto se hallaba en la península rocosa conocida como monte Sciberras. era negra con una cruz blanca en el pecho. La sencilla sotana de Starkey. Starkey arrancó un guijarro de la muralla y lo miró caer cerca de los obreros que reforzaban las defensas de San Ángel. Con un solo acto amputó nuestra Lengua. pensó Starkey. temblando de rabia. se hallaba en la muralla norte del fuerte San Ángel. Se apoyó en la muralla de piedra y miró al este. y el anciano caballero entornaba los ojos para protegerse del resplandor.

El emperador Carlos V no había un hecho un gran favor a los caballeros al regalarles Malta en 1530. Aunque los hospitalarios despreciaban la heráldica maltesa. los invasores musulmanes se habían llevado cautivos malteses. muchos de esos rancios caballeros cometían la imprudencia de considerar a los nobles de Malta meros caudillos de aldea y trataban poco con ellos. y la madera era tan escasa que se vendía al peso. —Malta no será otra Rodas —le dijo a Starkey. tiene un pacto con Solimán. El archipiélago maltés . la presencia de la orden impedía los ataques musulmanes. eran buenos para la economía y daban generosas limosnas. No se podía imaginar un sitio más yermo y desolado. Con frecuencia. estéril y pedregosa. Starkey se imaginó a sus hermanos cristianos arreados a las galeras y por un momento desesperó. trabajaba de sol a sol. La Valette. El monarca español se alegraba de deshacerse de la Roca. La orden debía defender Malta por los campesinos. San Ángel. ni permitiría que la isla cayera por falta de preparación. aceptaban de buen grado su protección. ¿Pero quién nos ayudará?. donde ejercían su oficio de marinos. pensó. El inglés escrutó la inhóspita Malta. Los hospitalarios dejaron con gusto a los malteses la capital Mdina. San Telmo y San Miguel contra el Gran Turco. y Gozo. En la Roca. los caballeros y los malteses coexistían pacíficamente. Senglea debía su nombre a un viejo gran maestre y estaba a un tiro de mosquete del astillero. los malteses tenían justificadas aprensiones en cuanto a la orden. en medio de la isla. comerá arena y espuma de mar. al norte. y aun así fracasamos. pues Malta no pertenecía a las ocho Lenguas. que consistía en dos islas principales y varias islas pequeñas. Para esos pescadores pobres y analfabetos. salvo los más serios. Nunca entregaría Malta. tenía apenas veinticinco millas v de longitud. Aunque los malteses no amaban a los caballeros. apenas ocho por cuatro. Malta sólo medía dieciocho millas por nueve. Hasta Francia. Por su parte. se preguntó. que se hallaba en la modesta aldea de Senglea. con sus setenta años. que bien merecía el apodo de la Roca. antes de 1530. proclamaba. y se asentaron cerca de los puertos. y recientemente. . Starkey miró hacia el fuerte San Miguel. patria de La Valette. No obstante. en 1551. y el gran maestre De l'Isle Adam había aceptado porque era evidente que tendría Malta o no tendría nada. cuando Dragut había arrasado Gozo. Los malteses sabían muy bien que sus hijos quedarían excluidos del servicio de San Juan. Éramos fuertes en Rodas. —En Rodas el enemigo podía forrajear en el «jardín del Mediterráneo» —había dicho La Valette—.preguntas perspicaces e impartiendo instrucciones. los Caballeros de San Juan (nobles de por lo menos cuatro generaciones por el linaje de ambos progenitores) eran intrusos arrogantes. La fría lógica de La Valette de pronto parecía buen consejo. Además. Además. y también por su prestigio. ¿Y por qué Dios nos otorgaría la victoria aquí tras permitir que perdiéramos Tierra Santa? Una voz menuda interrumpió las cavilaciones de Starkey. como un poseído. El suelo era una capa delgada. Quizá el gran maestre se equivoque al defender este lugar.

El rasgo más notable del gran maestre. Entre sus hermanos La Valette inspiraba reverencia. —Deseo compartir ciertas noticias antes de asistir al consejo —dijo La Valette. Sus manos grandes y nudosas. y los años no habían afectado su rostro barbado. Si los ojos son la ventana del alma. ¡Cómo vuelan los días este invierno! —Desea veros en su casa solariega. Veinte años atrás esas manos habían empuñado un remo turco en una galera infestada de ratas y enfermedades. —Adelante. Pocos caballeros sabían inglés. . varios administradores y caballeros gran cruz. casi temor. Ese cuerpo asesor consistía en pilieres de cada Lengua. el gran maestre tenía un porte imponente. Starkey entró y se inclinó levemente ante su íntimo amigo y confidente. y en una época en que un cincuentón se consideraba viejo lo habían mantenido con vida hasta que se pagó el rescate. había comentado un admirador de La Valette. —Gracias. y la barba era poblada y pulcra. los ojos de La Valette sugerían un alma excepcional. La Valette estaba sentado a un gran escritorio. Puedes marcharte. La voz calma y resonante de La Valette penetró la puerta. «Su semblante tiene la rúbrica del héroe». y su comportamiento resuelto prometía que sólo la muerte lo obligaría a envainar la espada. aguardando su próxima tarea. Starkey miró al joven de pelo negro. que no habían perdido la menor agudeza en los cuarenta años transcurridos desde Rodas. que descansaban en el escritorio. —El gran maestre desea veros. El italiano y el francés se habían convertido en los idiomas de la orden para el diálogo entre las Lenguas. Aún estaban habituadas al trabajo. el obispo de la orden. paje de La Valette y candidato para ingresar en la orden. Starkey golpeó la puerta del estudio de La Valette. Vincenzo. y aunque podían parecer duros. que ostentaba el escudo del gran maestre. no temblaban con la edad. refiriéndose al Sacro Consiglio. eran sus penetrantes ojos azules. Ya voy.—Amo —dijo un paje en italiano. Cada palmo de su ser lo proclamaba un guerrero. Eran los ojos de un hombre que no temía la vida ni la muerte. —Sir Oliver —dijo con voz inusitadamente grave—. La Valette lo estudió con ojos claros. en ellos no había engaño. atesoraba la compañía de Starkey como recordatorio de la época en que el convento estaba constituido por ocho albergues en vez de siete. y la verdad de esas palabras era incuestionable. hijo mío. no en la iglesia. —Starkey se sentó ante el escritorio y aguardó. y su mera presencia impulsaba a los hombres comunes a realizar esfuerzos sobrehumanos. Sentaos. —¿Ya son las vísperas? —reflexionó Starkey. El joven hizo una reverencia y se alejó a la carrera. —Sí. Romántico renuente. sino que permanecían serenamente en reposo. y aún revelaban vigor. y delataban una voluntad templada por una fe rayana en el fanatismo. Aun sentado. sin embargo. aunque se consideraba cortés decir unas palabras en la lengua materna si uno podía hacerlo. El cabello blanco que asomaba por el sombrero negro era rizado y tupido. Sus anchos hombros llenaban la túnica negra que cubría su porte erguido.

un griego y un esclavón. Solimán. Los venecianos. Mi agente me cuenta que una vasta flota se reúne en el gran puerto. repararon en cada cañón y evaluaron cada batería antes de regresar al Cuerno de Oro. caballero de la Orden de San Juan. Más tarde ese mes Giancarlo Rambaldi. —La defenderemos. pero no dudo de mis agentes. Starkey sintió desánimo. Había sido un día ajetreado y disfrutaba de ese momento de soledad. Había gran cantidad de pólvora. pero nunca traían buenas nuevas. maestre? —Starkey olió el tabaco que aún impregnaba el aire. Con . maestre? —preguntó Starkey. Redacta el borrador esta noche. —¿Qué debo hacer. —¿Defenderéis esta roca? —preguntó Starkey. No debemos volver a arriar nuestro estandarte. Pero el gran maestre no era el único hombre interesado en las empalizadas y la artillería. Solimán también tenía espías. y más fácil de reemplazar. que supervisaba la construcción de galeras en el astillero de Constantinopla. una reliquia viviente de la época en que los caballeros empuñaban vendas en vez de espadas. —Despacha cartas a todos los hermanos ausentes. Italia. Pero lo hará pronto. pero aun así La Valette pidió víveres a Sicilia. La orden contaba con menos de diez buques de guerra. los mejores mercaderes del mundo. Estos hombres. advirtiéndoles de que el sudor era más barato que la sangre. estaba aprovisionado con las exiguas medicinas de la época. Starkey tragó saliva. Un veneciano. El Gran Turco tropezará con esta isla de piedra. se sirvió una copa de chianti antes de acomodarse en el diván de su suntuoso aposento. En las semanas siguientes La Valette vivió prácticamente en los fuertes. agua y alimentos almacenados debajo de Birgu. Yo estaba en Rodas cuando el maestre Adam se rindió.—¿Habéis recibido una visita. 4 Florencia. se alegró al enterarse de que Malta podía caer en pocos días. y dos de ellos visitaron Malta como pescadores. —Un espía de Turquía —confirmó La Valette—. —También yo. exhortando a los operarios. No menos de ciento setenta galeras. Un largo silencio. —¿Solimán se hace a la mar? —No —respondió La Valette—. Envíalas a sus fincas y sus cortes. —Ruego a Jesús que estéis equivocado —dijo. Ni siquiera los legionarios de César habían trajinado tanto. El hospital conventual. eran informadores sumamente hábiles.

aunque un año de vida en el castillo había ablandado los músculos desarrollados en tres caravanas. —¿Sí? —Signore —dijo un hombre—. Caminó por la alfombra y. Era buen momento para concluir su plegaria cotidiana de ciento cincuenta padrenuestros. Rambaldi dejó de pensar en sus ambiciones. pensó. Un golpe en la puerta. Su mente divagó mientras murmuraba sus oraciones. Su sagacidad había silenciado rápidamente a los que insinuaban que su nombramiento se debía al dinero de su padre más que a la fe de los hospitalarios en sus aptitudes.los ojos cerrados. El sultán se propone sitiar Malta». Rambaldi había demostrado un notable talento para la política. Dámelo —le exigió al mensajero. No creo que el viejo conozca mi cara. pero conocía y temía la pena por negarse a cumplir su voto de obediencia. Rambaldi examinó la carta sellada con cera. Sí. mi padre estará muy complacido. pasó el pergamino sobre las llamas. El florentino tragó saliva. de la orden y de su familia. Tintinearon campanillas en el aire fresco. Aún tenía un cuerpo atlético. se cruzó los brazos sobre el pecho. No estaba ansioso de revivir la austeridad comunal de la Roca. En cuestión de meses se había granjeado el favor del duque y había usado su estatus especial para promover los intereses. Mi padre estará muy complacido. Abrió el despacho y se decepcionó al encontrar sólo un saludo del gran maestre. pensó. presentaos en el convento antes de la primavera. En el frente estaban consignados su nombre y su puesto. Cuando volvió a mirar la carta. . y semejante ignominia era inconcebible. ¡Aquí debe haber algo más que un saludo! Rambaldi caviló sobre ese enigma. teniendo en cuenta que aún no había cumplido veintiséis años. —¿El prior? —El asombrado caballero se levantó y abrió la puerta de la habitación—. Michele Donato di Corso se apeó de la montura que cojeaba y le acarició el pescuezo. Zumo de limón. caracteres oscuros habían aparecido entre las líneas originales. satisfecho consigo mismo. una sonrisa tensa en los labios. Aunque hacía menos de un año que representaba a los Caballeros en la corte florentina. El mensaje secreto decía: «Caballero de justicia. tengo un documento del prior. un hombre mayor con la librea del duque. Rambaldi apuró el trago y cogió el rosario extendido sobre el diván. alto y fornido. se acarició los rizos rojizos que le habían ganado el apodo de Testarossa. Se volvió despacio hacia el candelabro de plata que relucía a la luz de sus propias velas. procurando no quemarse los dedos. De vuelta en el diván. y volvió a fijarse en el nombre del documento. a veces conflictivos. El caballero completó el rosario y dejó las cuentas. pensó intrigado. pensó con satisfacción. Podían expulsarlo de la orden si pasaba por alto una convocatoria directa. Hoy fue muy bien. —Malta —masculló de mal humor.

tardabas todo el día en caminar desde las montañas hasta el límite. Michele. —Hoy no hace tanto frío. Quitándose la capa de lana. bajo su intrincada toca. el «Santo» para sus amigos. ¿Algo te preocupa? —Nuestras tierras no son tan amplias desde que el barón Rambaldi robó los valles del oeste —dijo—. una afable anciana cuya salud le impedía hacer esfuerzos.—¿Qué te pasa. como ella lo llamaba. extendió la ancha mano sobre el casco y lo palpó. La yegua obedeció. suspiró cuando el animal cojeó con una pata delantera. En mi juventud. Tras dos décadas de frustración por su esterilidad. recibió una tierna reprimenda del hijo. . Bella Donna? —le preguntó a la yegua ruana. así que ambos trajinamos por las colinas —explicó Di Corso. ¿por qué habéis caminado tanto? —preguntó. una hora antes. y era hijo único. Había echado de menos sus paseos por los Apeninos mientras estaba en el convento y lo compensaba iniciando cada día con una larga cabalgada. Tardó unos instantes en arrancar un guijarro afilado de debajo de la herradura rajada. No le molestaba el ejercicio. Michele. un joven moreno y apuesto cuya tierna conducta contrastaba con su cuerpo musculoso. viendo el problema. Su clara voz de tenor retumbaba en las colinas. —Ah —exclamó el caballero. —Giuseppe me dijo que regresaste a pie —dijo. el sol había coronado para arrojar rayos dorados sobre Florencia. Di Corso. sobrevivió a la enfermedades de la infancia para convertirse en el único placer de su vida. tirando de la rienda. —A Bella se le rompió una herradura. su madre lo había dado a luz cuando tenía casi cuarenta años. Enarcó una ceja—. —Pero no mía ni de tu padre. El caballero cantaba un himno mientras recorría el sendero bordeado de árboles. La madre de Di Corso fue a verlo mientras él cepillaba la yegua frente al establo. Os ruego que la próxima vez mandéis un criado. La signora Di Corso le clavó sus ojos de ónice. su «bebé milagroso». Vittoria di Corso. Hasta Di Corso. Di Corso cogió la rienda e inició la caminata hacia la casa solariega. —Pobre muchacha —dijo—. —Dame la pata. Arrodillándose junto al camino. —La signora Di Corso suspiró y se miró las manos arrugadas—. El caballero se apoyó las manos en las caderas y escrutó ese rostro arrugado. Giuseppe te cambiará la herradura cuanto antes. esos advenedizos. —Fue decisión del duque hacer causa común con Rambaldi —gruñó. puso mala cara al pensar en los Rambaldi. pues el día prometía ser cálido a pesar de la época. —Signora. —Ven —dijo. Di Corso contempló su finca y las distantes montañas que. te han enviado una carta. arrojando la capa sobre una pila de heno y obligándola a sentarse—. El sudor empapaba la frente del noble cuando al fin palmeó el hocico de la yegua. El animal hociqueó al amo con afecto.

—Todo está en orden. ¿Quién lo trajo? La anciana lloraba. Sentado en la cama. —Anoche soñé que te marchabas —respondió ella con amargura—. —Leeré la carta del prior y demostraré que no hay motivos para preocuparte. —Señaló el vestíbulo—. La signora Di Corso apartó una lágrima. como siempre me indicaste. Entró en la habitación cerrada con postigos. —¿Por qué estás contrariada? —Él aceptó el mensaje—. El caballero alzó la tapa y extrajo el anillo de sello de su padre. —No estaba durmiendo. No hay motivos para llorar. Michele tragó saliva al terminar. es legítimamente tuyo.—¿Sí? Ella extrajo un pequeño pergamino sellado de un pliegue de su voluminoso vestido. Había aprendido a respetar los sueños de su madre. La caja de roble. Nunca volveré a verte. Y si no regresas. asió la diminuta mano de su madre—. —El precio es elevado —respondió—. —¿Signora? —insistió él. Al día siguiente Di Corso se despertó temprano y se despidió de sus caballos. —No. —¿Sí? —Ábrela. hijo mío. y con el honor de haber servido al Señor. El oro resplandecía a la luz que se filtraba entre las cortinas. Tú solo no puedes llevar el cielo sobre los hombros. —Aquí tienes. hijo. Regresaré cuanto antes. ¿qué significarán para mí las tierras o las riquezas? Di Corso entornó los ojos. Miró a su madre. —El silencio que siguió le resultó difícil de soportar. Iré a hacer la obra de Dios. Di Corso fue a buscarla. Después de misa finalizó las instrucciones para la servidumbre y firmó su testamento en presencia de testigos. . —Rompió el sello y leyó. —Un mensajero del prior. Supervisó el empaque de su armadura y sus avíos y buscó a su madre. él la codeó suavemente. —¿Desde cuándo una carta de la Religión es motivo para lágrimas? Ella calló. Ella yacía en cama. —Te pedí que lo cuidaras hasta que sólo yo pudiera usarlo —dijo. —¿Signora? —preguntó. —¿Ves? —le dijo. que asintió con la cabeza. Di Corso frunció el ceño.

—Madre, hay una inscripción debajo del sello. —La hice añadir. Para ti. El caballero se acercó el anillo pero no pudo leer las palabras a la luz tenue. —¿Latín? —Sit tibi copi —citó ella—, sit sapientia, formaque detur, in quinat omnia sola superbia si comitetur. ¿Recuerdas la lengua de los romanos? El caballero sonrió. Ella le había enseñado ese noble idioma cuando él era niño. —Aunque poseas riqueza, sabiduría y belleza —tradujo—, todo se arruinará si las acompaña la soberbia. —Sí —sollozó ella—. Mis oraciones van contigo.
—Que la Virgen ruegue por vos, signora. —Di Corso se levantó—. Pero no temáis. Me veréis pronto.

—Desde luego —respondió ella.

5
Heilestriem, sudoeste de Alemania

Una espesa nieve cubría la campiña alemana, y las amenazadoras nubes grises prometían aún más. Un joven rubio y esmirriado con una capa cara, forrada de piel, se inclinó en el viento e inició el ascenso por una colina redonda. Sonó un chasquido en la cima de la elevación. Sebastian Vischer estudió el pergamino mientras subía el declive; su corazón se aceleró. Hacía pocos instantes que un jinete había llevado la correspondencia a la puerta de la casa, pero Sebastian salió sin demora a buscar a su hermano Peter, cuyo nombre figuraba debajo del sello. La cera del pergamino se había impreso con una cruz maltesa de ocho puntas, y de sólo verla Sebastian había caído en un frenesí de emoción. ¡Los Caballeros! ¡Un día él sería uno de ellos! Tropezó con una piedra y cayó sobre las palmas abiertas, atrapando el mensaje con un pie para que no echara a volar. Otro chasquido, y un crujido de madera partida. Sebastian echó una ojeada al pergamino para cerciorarse de no haberlo dañado, pero sus ojos estaban atraídos por la cruz maltesa. Una
convocatoria del gran maestre, pensó. Cómo me gustaría surcar los mares en busca del turco.

Sebastian llegó a la cima y vio a un hombre de cuello grueso y estatura media a veinte pasos de un maniquí de madera. El alto maniquí tenía una pose agresiva y empuñaba una pica en cada mano. Varias hachas cortas de dos cabezas sobresalían del torso y la cabeza de pino, y aun a lo lejos Sebastian notó que las armas estaban profundamente clavadas. —¡Peter! —llamó a su hermano. Peter Vischer alzó la última hacha y la arrojó contra el blanco. Silbó en el aire y se clavó con estrépito entre los ojos del gigante de madera. —Hermanito —saludó Peter. Se acercó sudando a Sebastian, que lo miró con algo rayano en la adoración. Peter casi sonrió—. ¿Quieres practicar? —preguntó con su voz tonante.

Sebastian notó que la cicatriz de Peter, que iba desde la línea de cabello corto y ralo hasta la oreja izquierda, se había puesto roja con el ejercicio. Le entregó el pergamino. —¡Traigo una carta, Peter! Peter entornó los ojos con suspicacia y cogió el mensaje con su macizo brazo derecho. Aunque todo su cuerpo tenía músculos de héroe, el brazo derecho era demasiado abultado para el torso. Años de entrenamiento con armas pesadas se lo habían hinchado desproporcionadamente, volviéndolo asimétrico. Su padre, el duque —un hombre impopular de mal temperamento—, lo había apodado el «cangrejo violinista». Lamentablemente, el nombre quedó. Aun en la Lengua alemana, lo llamaban
«Violinista», aunque rara vez a la cara. Peter era un hombre caviloso cuya fe humilde y meticulosa suavizaba su temperamento, pero sus largos silencios eran mal interpretados. Tenía pocos amigos. Leyó el saludo y frunció el ceño, pensando: Aquí debe haber un mensaje oculto.

—¿Qué dice? —preguntó Sebastian—. ¿Es del gran maestre? —Recoge mis hachas —gruñó Peter, y echó a andar colina abajo. Sebastian alcanzó a Peter frente al comedor de su padre. contigo —suplicó el menor—. Quiero ser caballero.
Peter sacudió la cabeza.

—Déjame ir

—Demasiado joven. —Seré tu escudero —se corrigió Sebastian—. Sé afilar hachas, no hay nadie
mejor.

Peter miró a su hermano a los ojos. Quería decirle a Sebastian que era un buen muchacho y sin duda sería un gran hombre. Incluso quería decirle al ávido mozo cuan orgulloso estaba de él y cuánto lo amaba, pero no podía. —Eres demasiado joven —le dijo, estrujándole el brazo. La furia del rechazo centelleó en los ojos de Sebastian, y se zafó del apretón del hermano. El caballero siguió con la mirada al joven que se alejaba malhumorado por el pasillo de piedra alumbrado por antorchas. Adiós, pensó.
Peter abrió la puerta doble y entró en la sala. Sus padres alzaron la vista desde el extremo de la larga mesa. El fuego del hogar les arrojaba una luz roja a la cara. Peter cruzó el crujiente suelo de madera. —¡Fuera! —le rugió al sirviente. El muchacho salió correteando. El duque sonrió maliciosamente. —Hace una semana que no te veo, Violinista. El caballero se plantó ante sus padres. —¿Por qué interrumpes nuestra comida? —preguntó su madre, una beldad de cabello trigueño que sólo le llevaba quince años.

Otrora considerada «la doncella más hermosa al este y al oeste del Rin», frau Vischer había conservado su buena apariencia a expensas de la crianza de hijos y la emoción. A Peter siempre le había parecido hermosa y fría, pero su indiferencia era más fácil de soportar que la atención de su padre. El duque Vischer nunca había escatimado los azotes. Peter volvió ojos glaciales hacia su padre. —Respóndele —gruñó el duque—. ¿Acaso no respetan a sus parientes en esa secta? Peter miró el jabalí asado que estaba en la bandeja. El duque asestó un puñetazo en la mesa y empezó a levantarse. —¡Te dije que hablaras! Peter lamentaba parecerse físicamente a su padre.

—¿O qué? —Apretó los puños—. He crecido demasiado para que me aporrees. El furioso duque se hundió en la silla. Los lujos y el vino le habían succionado la vitalidad, y la creciente comprensión de que Peter lo había superado le provocaba temor y furia. —¿Qué quieres? —preguntó. —Me marcho. —Eso me han dicho. Trataré de contener las lágrimas. —He venido a advertirte: no le pongas las manos encima a mi hermano. El duque frunció el ceño. —Tonto reblandecido. ¿No recuerdas cómo te ganaste esas cicatrices en la espalda? Frau Vischer cogió delicadamente un trozo de jamón. —Eres un muchacho estúpido —dijo con indolencia—. ¿Crees que heredarás las tierras si nos hablas de ese modo? Peter miró con desdén el escudo que estaba sobre el hogar. —No regresaré —dijo—. No aceptaría vuestra propiedad aunque fuera un regalo de Moisés. —¿De veras? —preguntó el duque con una sonrisa. Peter extrajo el hacha y acarició el filo con el pulgar. Frau Vischer dejó de comer. —Si soy obligado a regresar —dijo el caballero—, no os gustará lo que sucederá. —El silencio fue elocuente—. Como he dicho, no lastimes a mi hermano. El duque caviló. —Nunca te oí decir tantas palabras seguidas —dijo—. En todo caso, muchacho, recuerda que éste es mi feudo, y ésta es mi morada. No respondo por tu vida si vuelves a provocarme. Peter alzó el hacha como para atacar a su padre, pero la descargó sobre el jabalí. La hoja cortó el pescuezo del animal con un chasquido estridente y rechinó sobre la bandeja.

El grito de frau Vischer resonó en todo el salón. Peter frunció el ceño.
—Tus amenazas no convencen a nadie, anciano. Mandaré buscar mi armadura por la mañana. Procura que esté preparada.

El duque abrió los ojos con espanto y odio. —Estará preparada, Violinista —dijo. No había luna pero la campiña nevada ofrecía a Peter luz suficiente para viajar. Su montura avanzaba en medio del viento cortante hacia la comandancia local de la orden, donde encontraría alojamiento antes de partir hacia el sur. Padre nuestro que estás en los cielos, rezó, protege a Sebastian y
procura que no piense mal de mí.

Oyó trepidar de cascos a sus espaldas. Temiendo bandidos, frenó su corcel y sacó un hacha de la silla. Un jinete solitario se le acercaba. —¿Quién cabalga de noche? —preguntó Peter con voz de trueno. —¡Soy yo! —fue la respuesta. —¿Sebastian? —El caballero bajó el hacha—. ¿Por qué estás aquí? —¡Iré contigo! Sebastian se aproximó a su hermano. Jadeaba de emoción. —Por favor, déjame ser tu escudero —rogó—. Escucharé todo lo que digas. Al menos hasta que te maten, pensó el caballero. No podría soportarlo. —Eres mi hermano —murmuró Peter—. No permitiré que te asesinen. —Si me mandas a casa, quizá no lo veas, pero sucederá —respondió el joven—. Padre prometió estrangularme en cuanto desembarcaras en Malta. Peter agachó la cabeza, indeciso. —Además le robé la cota de malla —dijo Sebastian—. No tendrás que comprarme una. Peter suspiró. —¿Peter? El caballero mostró los dientes en una sonrisa que reflejaba el claro de luna. —Habrá que modificar la cota —dijo—. La talla no te valdrá.

6

Se compraron vastas provisiones de grano y pólvora en Mesina, y se transportaron de Sicilia a Malta en los meses de mala navegación de enero y febrero. Estos víveres se almacenaron en graneros bajo los fuertes San Telmo, San Ángel y San Miguel. La Valette, hábil para la logística, agotó las

arcas de la orden para procurarse las reservas necesarias; sabía que la ayuda de Europa tardaría en llegar, si la enviaban. Hasta el momento sólo el papa Pío IV había despachado algún dinero, apenas diez mil coronas. Aliada con Solimán por un tratado, Francia se negaba a auxiliarlos. Los turbulentos estados alemanes, ya amenazados por los ejércitos norteños del sultán, no podían prescindir de ningún recurso. Isabel, la reina protestante de Inglaterra, no estaba dispuesta a arriesgar dinero ni soldados para defender una orden católica, y menos en un momento de expansión española. Sólo la poderosa España, cuyos territorios de Sicilia y Nápoles correrían peligro si caía la orden, demostraba interés. Don García de Toledo, virrey del emperador Felipe II en Sicilia, prometió visitar Malta personalmente cuando se despejara el tiempo. Don García, un general condecorado, pensaba evaluar las necesidades de la isla mientras brindaba consejos expertos al gran maestre. Aunque el dinero escaseaba, lo que La Valette más necesitaba eran hombres; la pólvora y los armamentos eran inútiles sin soldados. Sus caballeros, aunque se contaban entre los guerreros más diestros de Europa, sumaban menos de setecientos, y la mitad estaban desperdigados
por el continente. La milicia maltesa, reclutada con precipitación, aunque voluntariosa y desesperada, no tenía experiencia bélica y sumaba sólo unos miles de hombres. El futuro de Malta se veía lúgubre y en la intimidad muchos hospitalarios predecían una rápida derrota. A pesar de las angustiosas perspectivas, ningún caballero se marchó de la Roca, salvo por cuestiones oficiales, y entre los malteses, sólo los viejos y enfermos regresaron a Sicilia en las vacías galeras de aprovisionamiento. El nuevo año afrontó un invierno tormentoso mientras pequeños grupos de caballeros bajaban por Italia hasta Sicilia. En los albergues de Mesina, veintenas de hospitalarios aguardaban para embarcarse hacia la Roca, ávidos de cumplir sus votos con la Religión.

Sebastian encontró a su hermano en un muelle de Mesina. Peter, que sufría insomnio, se había levantado temprano para mirar el mar. La actividad del puerto era leve, y sólo se oía el viento, las aves y el crujido del maderamen de los barcos. —Te andaba buscando —dijo Sebastian—. Bruñí tu armadura, una vez más. El caballero miró a su hermano sin verlo. —¿Qué?
—Te busqué en la posada —respondió Sebastian—. No me dijiste que saldrías.

— Estabas durmiendo.
Sebastian escrutó las naves que montaban la marea, las velas sujetas con fuerza. —¿Hay galeras hospitalarias aquí?

Ninguna respuesta. —¿Peter? —Sebastian siguió la mirada de su hermano hacia un grupo de esclavos atezados que cargaban una galera. Ensanchó los ojos.

—¿Turcos? Un látigo restalló dentro de la nave. Peter se frotó la cicatriz de la cara. —Así es —dijo. Michele di Corso se levantó, oyó misa en una pequeña iglesia rural, entró en Mesina por la mañana. El abultado saco de limosnas que colgaba del cinto de su espada se alivianó mientras distribuía el contenido entre los pobres, ciegos o tullidos que encontraba. Rezaba en silencio. Señor Jesús, mi redentor, conforta a mi madre en sus aflicciones. Si ella muere antes de mi regreso, acéptala en tu reino y únela con su amado esposo. Di Corso se miraba los pies polvorientos mientras caminaba. Padre
nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre...

Giancarlo Rambaldi terminó el desayuno en sus aposentos, la sala de huéspedes de un socio de su padre, antes de quitarse la ropa de noche y ponerse una blusa con encaje. Se peinó meticulosamente el cabello rojo antes de lavarse la cara en un cuenco de porcelana. Terminó, cogió sus utensilios para escribir y salió al balcón. La vista de Mesina y el mar titilante era maravillosa, pero no estaba en la naturaleza de Rambaldi reparar en esas cosas. Escribió: «Querido padre. Tu colega ha sido un amable anfitrión, aunque la comida siciliana es insatisfactoria; sabes que no me gustan el pescado ni las aceitunas. Ando escaso de dinero, así que por favor dispó n
un fondo para el tiempo que me queda aquí. Como pronto zarparé hacia la Roca, no necesitaré más de cien coronas. Tu hijo leal». Rambaldi firmó con un floreo y añadió: «"Santo" di Corso está aquí, tal como temíamos. Si intenta abordarme, derramaré su sangre, sin parar mientes en las consecuencias. ¡Adiós, y vigila la corte!».

La galera hospitalaria repechaba el mar. Hombres condenados gruñían ante los remos. Caballeros con armadura se agolpaban en el castillo de popa. En la
borda chasqueaban estandartes. Rambaldi se hallaba a solas; estaba de mal humor. Odiaba navegar y despreciaba las multitudes. Además tenía resaca. Demasiado vino y poco sueño, pensó, mirando el mar. Y en la Roca no tendré ninguno de ambos.

—Malta —murmuró. —No debes hablar contigo mismo. —Pepe di Ruvo rió al acercarse—. Pareces desquiciado. —Hola, Pepe. Es que estoy desquiciado. —¿Pensando en tu lecho de plumas, hermano? Sorprendido, Rambaldi miró de soslayo a su amigo. —Algo así.

Di Ruvo se apoyó contra su estandarte, y su cuerpo fornido curvó el mástil de la bandera. —Olvídate de la comodidad, Testarossa —dijo—. Es tiempo de guerra. Rambaldi hizo una mueca; el vozarrón de Di Ruvo exacerbaba su jaqueca. Di Ruvo se persignó y palmeó la bandera. —Ruego a Dios no deshonrar a mi familia —dijo. Rambaldi miró el emblema de Di Ruvo, un cisne blanco sobre un campo púrpura. Un cisne, pensó. Qué intimidatorio. ¿Y dónde está mi insignia? Miró en torno.
—¿Qué pasa? —preguntó Di Ruvo. Rambaldi localizó su emblema, un leopardo dorado rampante sobre un campo blanco. De pronto se puso rígido.

—¿Qué hace él aquí? —preguntó. —¿Quién? Ah, vaya. Rambaldi enfiló hacia Di Corso, que descansaba bajo el leopardo dorado. Di Corso miraba el agua, sumido en sus pensamientos. La cabeza de Rambaldi palpitaba cuando cogió el hombro de Di Corso y lo obligó a girarse. Di Corso ensanchó los ojos de sorpresa. —¿Quién dijo que podías apoyarte en mi insignia, hermano? —rugió Rambaldi. —Sólo estoy descansando —dijo Di Corso, irguiéndose. Rambaldi sintió miradas reprobadoras y se sonrojó de vergüenza. —¡Escupiste en el leopardo! —acusó a Di Corso. Varios caballeros se reunieron alrededor, tratando de separar a los florentinos. —No es cierto —respondió Di Corso. Los ojos de Rambaldi ardieron. —¿Me llamas mentiroso? —preguntó, buscando su daga. Di Ruvo apresó a Rambaldi por detrás, aferrándole los brazos. —¡Basta, Testarossa! —exclamó—. ¡Envaina esa daga! Rambaldi forcejeó un momento, se calmó. —Suéltame, Pepe —dijo al fin con voz controlada. —¿Se han aplacado los ánimos? —Sí. Di Ruvo soltó a Rambaldi y ambos hombres quedaron frente a frente. Los caballeros cedieron el paso cuando una gran cruz subió desde la bodega. El
viejo se acercó cojeando. —¿Qué sucede aquí? —preguntó. Rambaldi fulminó a Di Corso con la mirada, se giró y se mezcló con la multitud.

Piali. que adoptaba una postura orgullosa. La destrucción de Malta y sus caballeros se había convertido en la obsesión de Solimán. No lo impresionaban las bravuconadas. reflexionó Solimán. su razón para vivir. Siempre quiso probar su valía. Malta está condenada. Sólo una victoria total es aceptable. de tez clara. bajá del ejército turco. ¿No sabe que el haber desposado a mi nieta es prueba suficiente? —No dejes ninguna piedra de la isla libre de sangre —replicó el sultán —. ambos respetaban en silencio las cavilaciones de su majestad. pensó. y Piali. Se frotó las manos doloridas. En muchas ocasiones había impulsado su cuerpo enfermo a la acción. Su barba rala ondeaba en la brisa marina. Legislador. Éste tuvo padres cristianos. ¡Llevaré vuestra cimitarra por las aguas y los borraré de la faz de la tierra! Solimán no se inmutó. El almirante hizo una reverencia. Piali se inclinó respetuosamente. respondió con la avidez típica de un comandante joven: —Por Alá. Solimán se volvió hacia Mustafá. Otorgo mi autorización. almirante de la armada.7 28 de marzo de 1565 El sultán Solimán miraba los astilleros del Cuerno de Oro desde una ventana del palacio. espoleando los preparativos para la guerra contra la Roca. —Hunde esa mísera roca —gruñó Solimán. Había escogido personalmente un ejército de cuarenta mil soldados. Evaluó a ese hombre con túnica. —Has solicitado zarpar mañana —le dijo el sultán a Piali—. para . Cientos de galeras y miles de esclavos se agolpaban en el puerto. los cristianos son hombres muertos. entre ellos seis mil trescientos jenízaros. de treinta y cinco años.

8 . y su boca severa nunca pedía cuartel. y su lealtad religiosa era absoluta. —Seré más aplastante que en Yerba —prometió Piali. Y así como las manos sacan provecho de la colaboración. Quizá visite Roma. mi señor —afirmó. mi señor —dijo con una reverencia. Los ojos negros que brillaban bajo su turbante intrincadamente tejido habían presenciado mucha violencia. mi señor —respondieron ambos. —Triunfaremos. evocando su triunfo en el norte de África. veterano de las guerras de Hungría y Persia. Piali. Él habla con mi boca. que así fuera. Mustafá Bajá. pues había combatido en Rodas. Sesenta navíos más pequeños seguían a la flota. Con frecuencia había bajado cojeando hasta la orilla para inspeccionar su flota o había ambulado entre los mohosos arsenales. siempre atento a la gloria de la armada. —Aguarda la llegada de Dragut antes de iniciar el gran asalto. Escucha su consejo. —Muy bien. —Debéis ser como afectuosos padre e hijo —ordenó Solimán. —Desde luego. una vez que esté conquistada. Sólo resta esperar. Mustafá era un comandante cauto. pensó. vosotros haréis lo propio.acompañar la armada. La promesa de Mustafá tenía más sustancia que la jactancia de Piali. Conocía de sobra el temple de los hospitalarios. Tenía fama de ser descendiente del portaestandarte del mismísimo Mahoma. El 29 de marzo la flota turca dobló el Cuerno de Oro. Mustafá. Mustafá. Había encargado pertrechos que incluían 80. vosotros dos sois mis manos —dijo—. —Solimán volvió sus ojos oscuros hacia el silencioso bajá. madera y tiendas suficientes para sostener un ejército en un territorio estéril y hostil. prudente y reflexivo. miró de soslayo a su colega. Solimán sonrió y miró por la ventana. un hombre maduro. así como víveres. —Como no iré a Malta. —Sí. Sólo la aniquilación absoluta de los Caballeros de San Juan justificaría una organización tan meticulosa. afrontó la mirada con mesurada determinación. era demasiado circunspecto para demostrar nada ante el sultán. pero sus objeciones quedaron atascadas detrás de sus dientes. Ahora la tarea más delicada. era un paladín del Islam militante. —Hunde Malta. ningún cristiano que él capturase podía esperar misericordia. almirante —dijo. Mustafá frunció los labios. y encaraba la misión actual con prudencia. Solimán posó los ojos en Mustafá. Si se necesitaba una semana para arrasar Malta. pensó. Solimán observaba las ciento treinta galeras y las docenas de galeotas y galeazas que se hacían a la mar con velas ondeantes.000 balas de cañón y 40.000 barriles de pólvora. El espectáculo era tan gratificante que por el momento Solimán olvidó su punzante artritis. A pesar de su fervor. volviéndose hacia los comandantes.

El gran maestre brillaba bajo la luz que se filtraba por la ventana con celosías. Una espada larga y envainada descansaba sobre sus rodillas. proclamaba con orgullo las virtudes y las beatitudes con sus cuatro brazos y ocho puntas. El gran maestre asintió. Broglia se puso de pie y se inclinó. —No era preciso señalar cuá n importante era la plaza de San Telmo. en la boca del Gran Puerto. necesito más provisiones. Una cruz maltesa agraciaba el pecho de La Valette. Broglia se marchó. La Valette escuchó mientras Broglia enumeraba sus necesidades. —Sobrino —dijo. —Se hará tal como deseáis. 9 de abril Era un mediodía cálido cuando La Valette saludó a dos caballeros en su estudio. señoría. El gran maestre había desechado la sotana negra para ponerse una armadura reluciente. —Nombradlas. un veterano con cincuenta años de servicio y un gallardo caballero joven. regreso a San Telmo. —Mi señor. La Valette se volvió hacia el joven caballero. —Que Dios os acompañe. —Gran maestre. Su expresión se ablandó involuntariamente mientras miraba el rostro sonriente de Henri La Valette. signore Broglia. Los invitó a sentarse y se puso detrás del escritorio. Henri se levantó e hizo una profunda reverencia. Sólo su regia cabeza permanecía al descubierto. —A vuestras órdenes. El anciano casi sonrió. Interpeló al veterano en italiano.Malta. se sorprendieron de la indumentaria de La Valette. Excesivamente grande según la moda de entonces. Los visitantes. —Inicia tus tareas de reconocimiento —dijo. . uno de los siete idiomas que dominaba. Estaba a sus anchas con el acero. —Salve. esas ciento cincuenta libras no parecían molestarle. —¿Tu nave está preparada? —Un paraíso flotante. ¿Qué noticias hay en San Telmo? —Mi señor —respondió el comandante de San Telmo—. la barba blanca pendía sobre el gorjal.

según me han dicho. —¿Ha llegado don García? —murmuró La Valette—. —Ah. antorcha en mano. —?He llegado en alas de ángeles. tan rauda fue nuestra travesía —dijo en voz alta. estudiaba un enorme cúmulo de vasijas tapadas. esplendoroso con su coraza y su capa escarlata. Vuestros emplazamientos de artillería y vuestras trincheras están bien trazados. Muy bien.Sir Oliver Starkey encontró a La Valette en un granero subterráneo. se quitó el sombrero empenachado y se inclinó cuando la nave insignia entró en la cala. ¡Hemos avistado galeras que vienen del norte! —Sir Oliver. habló con lentitud. El virrey bajó al muelle. ¡La orden nunca ha necesitado tanto la generosa mano de España! Don García. El gran maestre. debemos tratar de almacenar suficiente agua. Se preguntó cuánto faltaba para que llegaran los hombres. Don García. vayamos a su encuentro. Pero había pocos soldados en las galeras. Le sorprendía y le complacía la reacción de España ante el sitio inminente. como si los ejércitos del Gran Turco ya estuvieran en el fondo del mar. —Conocéis bien vuestro oficio. —Para que no se rompan cuando los cañones sacudan la tierra. ¡Ciertamente es voluntad de Dios que Malta nunca caiga! Las ovaciones de la multitud fueron ensordecedoras. Starkey miró las vasijas. ¿Cuántas naves trae en su comitiva? —Veintiséis. El tufo de los sudorosos remeros llegó con el barco. La Valette y don García se evaluaron mutuamente. Don García quedó sorprendido por los excelentes preparativos y alabó en voz alta las fortificaciones de La Valette. un hombre de ropas caras con ojos altaneros e inescrutables. Starkey y veintenas de caballeros saludaron las naves de don García de Toledo mientras entraban en el Gran Puerto. —Don García —saludó La Valette—. Los civiles malteses que ocupaban las orillas de Senglea y Birgu vitorearon a la pequeña flota. —¡Maestre! —exclamó Starkey—. —¿Por qué hay heno entre ellas? —preguntó. La Valette. caballero de San Juan —concluyó mientras bebían una botella de vino—. . ¡No en vano los marineros se tapaban las fosas nasales con tabaco! Hasta La Valette quedó impresionado por el tamaño de la flota. para que todos le oyeran—. La Valette pareció defraudado por la ignorancia de Starkey.

000. es difícil permanecer entusiasta mientras el talón turco se apresta a aplastarnos el cuello. ¿Hablamos de la tropa? La Valette aguardó. que erguía levemente la nariz. —Recibiremos con gusto toda ayuda de España—dijo Starkey. ¿verdad? —preguntó don García. Aun así. y dudaba que enviara 25. —Ya veo —dijo el virrey. —He solicitado veinticinco mil infantes al emperador —dijo don García—. Su entusiasmo había menguado. pues el día había transcurrido sin promesas de refuerzos. —Regresaré cuanto antes —prometió al fin don García—. como prueba de mi buena fe. como si fuera una acusación. . —Sí. —Os agradezco.Mi señor virrey —añadió. Además. Se puso de pie.000 infantes a Malta. —Sería una magnífica ayuda —dijo La Valette sin rodeos. Espero que no sean mal recibidos. Federico. Había guardado silencio toda la velada—. ¿verdad? La Valette suspiró ruidosamente. El callado Starkey tuvo la impresión de que presenciaba un duelo silencioso. Al virrey le costaba ocultar su admiración. monsieur virrey. —Así es. El caballero lamentó sus precipitadas palabras.—Nuestras defensas eran mucho más fuertes en Rodas —respondió La Valette. vuestra gentil ayuda —dijo La Valette—. Don García miró a La Valette con respeto. La Valette y Starkey lo imitaron—. Sabía que España tenía muchas obligaciones. y se volvió hacia La Valette—. —Un joven prometedor —concedió La Valette. y él ha sido receptivo. La invasión turca de Malta también amenaza mis tierras. —Claro que no. Don García asintió. —Sois inglés. Regresaré a mi buque. desde luego. —¡Vaya si lo sé! —repuso el virrey. y yo los escoltaré a Malta en persona. os dejaré a mi hijo. Se conformaría con 20. Starkey tuvo la impresión de que el español. —Sí. Presente y futura. Os lo agradezco. lo miraba con altanería. espada de España. Los ojos castaños de don García parecieron reparar en el secretario por primera vez. Gracias por vuestra hospitalidad. cuando La Valette y don García lo miraron de hito en hito. casi con tristeza. Los comandantes volvieron a mirarse de hito en hito. —De todos modos. esta noche os entregaré mil hombres de mi guarnición siciliana. El gran maestre había estado a la altura de su reputación de hombre apasionado e inteligente. —¿Aceptaréis mi consejo? —dijo con súbita informalidad.

a pesar de las advertencias de Peter. con su suntuosa armadura y sus jubones rojos. cuidad vuestra persona. —Desde luego. El entusiasta joven no pensaba en la inminente invasión turca. la piedra blanca y las mujeres morenas lo deleitaban. no hagáis escaramuzas fuera de las murallas. o cuando su hermano partía en un asunto oficial. siempre estimulaban su imaginación. Sebastian soñaba con ser caballero. El virrey le apoyó una mano en el hombro. El gran maestre asintió pensativamente. No poseéis fuerzas suficientes. la isla yerma parecía sumamente exótica. Otras veces buscaba y observaba a los caballeros que dirigían la construcción. Sebastian bajaba del albergue alemán hasta la costa pedregosa. un garboso combatiente que suscitara respeto y admiración. —Pero ante todo. y se imaginaba como capitán . A veces.—El mundo recuerda vuestra victoria en Peñón d e Vélez —respondió La Valette. —Lo sé. 9 Malta fascinaba a Sebastian Vischer. Don García sonrió. cuando concluía sus deberes. La muerte del soberano suele causar la derrota. —Limitad vuestro consejo de guerra a un mínimo indispensable de veteranos curtidos —dijo. No soy turco. —Además. Ansiaba embarcarse en una caravana para abrazar plenamente la tradición hospitalaria. El mar azul y el sol brillante lo deslumbraban. —Pues sé en mi corazón que ningún ejército salvará vuestra Roca si vos perecéis — concluyó don García. el escabroso Sciberras y el Marsamuscetto. El fuego se apagó en los ojos de La Valette. Después de la exuberante Alemania. Allí miraba. Los hospitalarios. más allá del Gran Puerto.

con sus rizos ceñidos por una delgada banda de plata. La juventud debe aprender que el servicio es más importante que la muerte. Y no me llames majestad. . El caballero. —jNo hablo italiano. —Di Corso volvió a reír—. le resultaba lamentable. Se volvió boquiabierto hacia el imponente caballero de pelo oscuro que se le había acercado.de una galera al mando de un contingente de guerreros. pensaba. Felicitaciones. —¡Eso me gustaría mucho! —Todo a su tiempo. majestad! —logró articular Sebastian. que chirrió bajo la armadura. que no soy rey. Sebastian reflexionó sobre esa difícil afirmación y tuvo la sensación de que era una amonestación. Él es maravilloso. —También conozco tu lengua. ya nos hemos demorado bastante. —Tuve tu edad hace poco tiempo. porque yo estoy eludiendo a alguien. —¿No hay trabajo para manos tan jóvenes? —preguntó el hospitalario. Lo que más deseaba era tomar las Sebastian sonrió. —Estoy descansando —tartamudeó—. —Sí. —Respeto el descanso de otro hombre. ¡Qué tonto luciría en caravana con esta camisa! Un borbotón de italiano estalló en sus oídos. Sobre todo. Sin duda hay alguna tarea para nosotros. Él caballero rió bonachonamente. Di Corso se encogió de hombros. ¿Por qué Peter no me compra un traje como ése?. —Deutsch? Sebastian asintió vigorosamente. enderezándose—. pequeño hermano. Birgu. Perseguiré al turco hasta alcanzar el renombre del caballero Romegas. sonrió ante su sorpresa. ¿No te parece. Observó mientras el gran maestre reemplazaba un pequeño cañón en la muralla este del fuerte. oculto detrás de una carreta. armas en defensa de la fe. y miró a La Valette—. —Sí. Lamentó su sencilla celada. para que Peter no lo sorprendiera holgazaneando. señoría. avergonzado de su ocio. Debemos procurar vivir para la Palabra antes de que podamos morir por ella. Sebastian se sobresaltó. Hoy Sebastian miraba el fuerte San Ángel desde el burgo. Soy sirviente de herr Vischer. —Ésta es una buena vista del fuerte. muchacho? —¡Sí. señoría —dijo Sebastian sumisamente.—Se apoyó en la carreta. Sebastian desvió la vista. antes motivo de gran orgullo. señoría! Di Corso se puso pensativo. y su brigantina. Él es mi hermano. Y un yelmo con visera. amigo. se preguntó. —Bien —dijo Di Corso. Sebastian envidiaba a La Valette su fina armadura. Mi nombre es Michele.

Los italianos terminaron de comer y los sirvientes se llevaron la vajilla de plata. —¿Qué dijo? —susurró para sí mismo. pensó Rambaldi. Rambaldi miró a través del comedor a Di Corso. ¿Yo soy el único que lo cala? Su familia es tan codiciosa como la mía. —¡También yo! —gritó. pensó Rambaldi. Di Corso se puso de pie. Pásame el vino. Rambaldi se inclinó hacia delante. que estaba sentado a una lejana mesa del albergue. Un gran cruz se levantó de la pequeña mesa del pilier e interpeló a los caballeros. Él ansia morir tanto como yo. —Rambaldi volvió a mirar a Di Corso.. escogió a veinte. que clavaba los ojos en el techo. Dos lo palmearon en la espalda y brindaron por él. El gran cruz parecía complacido. Testarossa? —preguntó Di Ruvo de buen humor—. ¿Ya estás tramando algo? —Nada. nada. Le dije que podía confiar en los hijos de la bella Italia.. reconviniéndose. el gran maestre ha pedido voluntarios para reforzar San Telmo. —¡No le fallaremos! —fue la entusiasta respuesta. Michele? —Yo iré en nombre de Florencia. Conque no se digna chismorrear con los demás. . —¡Testarossa! —masculló. Todos los ojos se concentraron en el frente de la sala para el inevitable discurso del pilier de la Lengua. El «Santo» comía en silencio. empezando por Di Corso y Rambaldi. los hombres se echaron a reír. Todos menos Rambaldi. —¿Sí.—Vamos. Di Corso le sonrió a un compañero de mesa y dijo algo. De pronto el gran cruz se encontró con una abrumadora cantidad de voluntarios. Mira a Di Corso. Se preguntó por qué les caía tan bien. por favor. —¿Quién asestará un mandoble por Cristo? —preguntó el gran cruz. Rambaldi estaba de pie antes de darse cuenta. Hipócrita. —Mi señor. Pues que vaya otro hijo. —¿Qué pasa. Los caballeros recibieron permiso para marcharse y salieron del comedor. —Hermanos míos —comenzó—.

Esta astuta decisión privaría a los turcos de un refugio para tiradores. pero de tal manera que pudieran recobrarse después. Cada eslabón de sus doscientas yardas había costado a la orden diez ducados de oro. tres fueron apostadas en el foso. y otras dos. y mucho menos un ejército. al parecer. y estaba disponible a todas horas. no quedaba al descampado comida suficiente para alimentar a una pequeña familia. La Valette derribó dos murallas en las afueras de Senglea y Birgu. El gran maestre apenas dormía. sujeta a la roca viva por el ancla de la carraca de Rodas.10 Llegó mayo y la actividad en la Roca se aceleró con el buen tiempo. los albañiles apuntalaban las fortificaciones. inspeccionando las defensas y manteniendo el ánimo. Todo el día los herreros trajinaban. detrás de San Ángel. entre Senglea y Birgu. Todos los . Para negar a los turcos víveres y mano de obra esclava. dos fueron despachadas a Mesina. pues no tenía hombres para defenderlas. De las siete galeras de guerra de la orden. pero otras fueron destruidas. La Valette también dejó Gozo sin recursos y ordenó a los campesinos que se refugiaran en la ciudadela de la isla. La Valette y otros miembros del Sacro Consiglio estaban por doquier. Algunas fortificaciones fueron mejoradas. Cuando los ingenieros manifestaban satisfacción con San Telmo y Birgu. él les reprochaba su orgullo y les recordaba que las defensas de Rodas se habían perfeccionado durante doscientos años y aun así habían perdido la isla. fue aislado del puerto con una gruesa cadena de ocho pulgadas. ningún buque podría embestir contra el astillero. sus animales y alimentos fueran a Birgu y Mdjna. La Gran Cadena se había labrado en las famosas herrerías de Venecia y se había adquirido con gran coste. la antigua nave insignia de la orden. Sólo Dios podría arrancar esa cadena. la Saint Gabriel y la Couronne. Cuando terminaron los desplazamientos. El astillero. los artilleros probaban una y otra vez los cañones. Una vez que la cadena fuera izada y asegurada con pontones y botes. La Valette ordenó que los malteses. fueron hundidas frente a Birgu. La cadena estaba a gran profundidad y se podía alzar si se aproximaba el enemigo.

Quédate para servir a herr Rausch. Ninguna respuesta. cuando otorgó a Luigi Broglia la gobernación del fuerte. los únicos que el virrey había entregado de los mil hombres prometidos. —Te lo prohíbo. —Sí. —Prometiste servirme y obedecerme. Soy tu escudero y debo servirte en San Telmo. Arrojaron cáñamo. para que fermentaran. pensó. sin embargo. recibió un barco con la orden de navegar a Mesina en cuanto hubieran contado las naves de Solimán. —Regresaré pronto —murmuró Peter. ¿Por qué me abandonas? Peter sintió un nudo en la garganta. El Sacro Consiglio tenía poca fe en el insignificante San Telmo. Los españoles estaban bajo el mando del idóneo don Juan de la Cerda. —Tengo órdenes y debo cumplir con mi deber —explicó Peter—. —¿Me oyes? —ladró el caballero. Sebastian sollozó. hierbas amargas y abono en los pozos. Sebastian y Peter Vischer yacían en sus jergones. La Valette intuyó que San Telmo sería el primer objetivo de Mustafá y escogió personalmente a gran parte de la guarnición. El gran maestre aumentó la guarnición regular de San Telmo con otros cuarenta y seis caballeros y envió a Broglia doscientos infantes españoles. Oyó los sollozos de Sebastian—. menos una. un venerable y experimentado caballero de setenta años. así que obedéceme. La muerte nos espera en San Telmo. hermanito. sería capitán de socorro de Broglia. para proteger Birgu y Senglea. —¡No estoy llorando! —rezongó Sebastian.manantiales de agua dulce de las afueras fueron envenenados. Todos respetaban el coraje de Broglia. El fuerte debía resistir todo lo posible. La Valette confiaba en su decisión. Peter. Un caballero italiano. La Valette rehusó quedar aislado de Sicilia. . Es por tu propio bien. Castrucco debía entregar este mensaje a don García de Toledo: «El asedio ha comenzado. y procuró disuadir al gran maestre de desperdiciar demasiados hombres en una causa perdida. Teniendo en cuenta la avanzada edad del italiano. —¿Qué será de mí? —gimió Sebastian—. —¡Iré contigo. Giovanni Castrucco. Aguardamos vuestra ayuda». lino. —Peter miraba el techo oscuro. Ambas elecciones resultarían estupendas. de la Lengua española. Anochecía en Malta y el silencio reinaba en todas las habitaciones del albergue alemán. Deja de llorar. pero reprimió sus emociones. La Valette le asignó un lugarteniente: Juan de Guaras. ¡Ay del turco desprevenido que ingiriese semejante brebaje! Pronto sería presa de la disentería. Peter! —insistía Sebastian—.

De pie. Cada capilla albergaba trofeos y tesoros. mediante nuestra fe en los santos sacramentos. Nosotros somos los soldados elegidos de la Cruz. —¡Palabra verdadera. Pronto toda la hueste estaba de pie. La Valette llamó a sus hermanos a misa en la iglesia conventual para un último discurso antes del ataque.Lo lamento. hermanos en el cuerpo de Cristo. —Hermanos míos —continuó—. sino que eran uno solo. Pero aquí estarás a salvo. era él. La Valette dejó que asimilaran sus palabras. y si el cielo requiere el sacrificio de nuestra vida. pensó. y si alguien podía ayudarles a capear el temporal turco. Dios. Los caballeros se abrazaron . Sin duda. Un caballero saltó del asiento. La Valette entró en la iglesia detrás de sus caballeros y se dirigió al altar con la cabeza erguida. fe verdadera! —gritó otro. Un techo curvo protegía un suelo constituido por las lápidas de mármol de muchos caballeros. Muchos de ellos no sobrevivirían a la invasión. Espléndidos tapices y pinturas cubrían las paredes de piedra y alas diminutas oficiaban de capillas para cada Lengua. El día 15. Volutas de incienso flotaban sobre el altar. Juramentos. no nos entregarás al turco. Padre. me rindo ante ti. Las dos primeras semanas de mayo pasaron rápidamente. y luego se arrodilló ante el santuario de mármol. así será. Un formidable ejército de paganos va a invadir nuestra isla. Bondadoso Cristo. —¡Victoria en Cristo Jesús! —bramó. vayamos al altar sagrado donde renovaremos nuestros votos y obtendremos. vítores y canciones reverberaron en la iglesia y los edificios circundantes de piedra arenisca. Cada uno de nosotros ha acudido por propia voluntad al servicio del Señor. pensó el caballero. pensó. ese desprecio por la muerte que es lo único que puede tornarnos invencibles. La Valette miró a los caballeros sentados con una mezcla de orgullo y tristeza. en la medida de lo posible. y su voz retumbó en toda la iglesia—. El obispo de la orden observaba desde su asiento. En ese momento sus caballeros no eran italianos ni alemanes. Él era La Valette el poderoso. franceses ni españoles. La luz se derramaba por altas ventanas y bailaba sobre el mármol. el campeón de la Religión. ¿por qué lo traje a Malta? —Duérmete —ordenó. Hizo una genuflexión ante la hostia. Estudió cada rostro y vio coraje en sus ojos. —Queridos hermanos —comenzó La Valette. sospechando que la llegada de los turcos era inminente. La iglesia conventual de la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén era un edificio imponente. los hospitalarios miraban con reverencia al gran maestre. contra un enemigo implacable. Va a librarse la gran batalla entre la Cruz y el Corán. ¿Cómo decirles de antemano que honraba ese sacrificio? Por su parte.

y todas las animadversiones personales». Muchos lugareños se emocionaron con el paso de los hospitalarios y se santiguaron. la armada turca. segura de que conquistaría Malta para Solimán y Alá. Observa un historiador: «En cuanto compartieron el pan de la vida. Si La Valette hubiera sido gran maestre durante su construcción. era casi como si los caballeros vestidos de acero flotaran hacia sus puestos de combate. el fuerte habría sido . La Valette alzó una mano perentoria. 11 17 de mayo San Telmo se había erigido a mediados de siglo a bajo coste. Sus valientes voces rodaron sobre Birgu. Los caballeros tomaron la comunión y salieron de la iglesia con paso firme.como hermanos y se estrecharon la mano con fiereza. El cristianismo de los caballeros no era el único credo que recompensaba la fe con la victoria y la muerte con el cielo. —¡A los sacramentos! —tronó. surcaba el Mediterráneo con lenta arrogancia. Cesaron todas las divisiones entre ellos. Para los testigos malteses. igualmente confiada. sobre el puerto tranquilo y soleado y hacia el mar azul. desapareció toda flaqueza. Trescientas millas al este.

Los ingenieros de la orden no se hacían ilusiones sobre la situación de San Telmo y alegaban que el enemigo podía apostar cañones con gran ventaja en las alturas rocosas de Sciberras. que no necesariamente eran nobles. Vischer no les prestó atención. He vuelto después de hacer mis necesidades. contaban con el respeto de sus colegas marciales. La falta de tiempo y de personal. Peter Vischer contemplaba el poniente desde la muralla occidental de San Telmo. herr Rausch. Trazado con diseño español. monsieur. su armadura. Bajó al interior después de responder al saludo de un «media cruz». se había enfriado paulatinamente al llegar la noche. Vio las extensas propiedades de su padre. . Dentro del fuerte había cuarteles para una tropa pequeña. Un caballero interrumpió sus cavilaciones. el Gran Puerto hacia el sur y el Marsamuscetto hacia el norte. Peter pronto se congelaría. hermano? —Ése es mi lugar de descanso. y llegó a la puerta principal. —¿Cómo dices. pero tal como era parecía una colisión de ingeniería atolondrada y capital escaso. Parece que has ocupado mi lugar. San Telmo se erguía en la cima del monte Sciberras y desde su posición. Aun en horas desesperadas. Peter fijó la vista en ese caballero maduro. Un «media cruz» era un hombre de armas que había jurado lealtad a San Juan. aunque estaba rodeado por camaradas. una torre con cañones. en las misiones navales llamadas «caravanas». Vischer lo escrutó en la luz incierta. impidió a La Valette aplanar el monte. pensó. tenía un panorama del mar hacia el este. Ningún caballero de San Juan debía temer la muerte sin extremaunción. Eran plebeyos y no se les permitía ser caballeros. Por el honor de la Lengua. Ay de ti si no proteges a Sebastian. donde puso un alto barril de costado para sentarse ante las macizas puertas. pensó. Una sensación de vacío y soledad lo agobiaba. sin armas. El tonel crujió. Una vez más lamentó la presencia de su hermano en la isla. o revellín. Un equipo de operarios maldijo cuando un poste se les cayó por accidente. Una hora en armadura valía por tres. era una estrella de cuatro puntas con la sección sureste sobre una empinada cuesta que caía a pico en el mar. El caballero dejó de mirar el poniente y enfiló hacia la escalera. La puerta principal de San Telmo se hallaba en el lado occidental. Entre las murallas más cercanas al mar había un «caballero». Vischer atravesó el patio. La única ventaja natural de San Telmo consistía en la roca maciza sobre la que reposaba. todavía activo. —Perdón. sobre todo si habían participado. así como antes se había cocinado. Los capellanes de obediencia. el punto más bajo de la península. Evocó las verdes colinas de su terruño.mucho más imponente. almacenes y una capilla. se hallaba más allá del foso occidental. caliente como una olla durante el día. También se sentía físicamente incómodo. a menos que su partida fuera súbita. sin embargo. Decapitaré al primer turco que la atraviese. un terraplén. los capellanes de obediencia — sacerdotes hospitalarios que no tenían autorización para portar espada— asistían a la capilla. ningún minero ni zapador podría aproximarse desde abajo.

Montblanc miró la puerta. que esta batalla llegue pronto y termine rápidamente. —¿Monsieur? Rambaldi desenvainó la espada. —Te lo mostraré —dijo. —Aún falta para ese momento. —Montblanc. monsieur Montblanc. —Perdón. El caballero Di Corso miró el mar desde la muralla este. pero. Los dos hombres que llevaban la viga la soltaron. por favor. —Tráela. extrajo el hacha y la arrojó en un movimiento ágil y fluido. pensó. sorprendidos. ¡Cómo extraño mi lecho de plumas! Llamó a un hermano servidor. El soldado miró con admiración la armadura labrada de Rambaldi. ¿por qué el primer turco no debe corresponderle a Provenza? Vischer se levantó del barril. iluminado por las estrellas. Dios. como eran conocidos oficialmente los «medias cruces». Con la imaginación veía a los turcos surcando el calmo Mediterráneo. —No obstante. —Dejo la puerta en tus capaces manos. Durante toda la noche rogó pidiendo un sueño elusivo. salió a tomar aire y miró el cielo estrellado. Apartando a Montblanc. impulsada por el enorme brazo derecho de Vischer. inquieto en los atestados cuarteles de San Telmo. permaneceré aquí como representante de la Lengua alemana. El francés estudió el hacha y volvió a inclinarse. Montblanc resopló. El arma.—¿Te conozco? El caballero se inclinó. hermano. Disculpa. Volvió a ocupar su asiento y se apoyó contra la pared. —¿Eres el Violinista? —Soy Vischer. Estarán aquí mañana. ¿no crees? —preguntó. silbó en el crepúsculo y se incrustó en el centro de una viga de madera a gran distancia. —Montblanc —murmuró Peter—. de Toulouse. con la capa al viento. se dijo. —¿Tienes una piedra de afilar? —Sí. pero he jurado matar al primer turco que atraviese la puerta. El caballero Rambaldi. Se imaginó el estandarte otomano de la media . Vischer rió entre dientes mientras Montblanc se iba a otra parte. Montblanc calló unos segundos.

Un caballero de San Telmo alertó a la guarnición. Semejante proyectil perforaría la gruesa y maciza mampostería. mucho más pequeñas que los mastodontes de Solimán. gritando: «¡Allá vienen!». pensó. . se preguntó. y le dijo a Guaras—: Efectuad un disparo para avisar a Birgu. —Dios nos ayude —suspiró Broglia. le costaba relajarse y el sueño era imposible. Sus piezas. ¿Acaso Dios no se manifestó a Abraham como tres hombres?. mientras que otros ni siquiera podían dormir. Una noche clara bajo una luna turca. —¿Señoría? —Llama al capitán Guaras. En unos instantes. recordando la Escritura. abanicando el humo que salía de su lámpara de aceite. ¡Tres disparos! Los cañones rugieron y el hierro silbó sobre el agua. Los cañones de Birgu se hicieron eco de la alarma. no podían expulsar a los turcos de las alturas del monte. La noche transcurrió a paso de tortuga.luna flameando sobre la nave insignia de Piali mientras esclavos cristianos remaban al ritmo del tambor del capataz. los hombres llenaron las murallas del este y escudriñaron las naves. El gobernador Broglia recorría su estrecho aposento. Di Corso evocó sus conocimientos del Islam. Broglia temía que un potente basilisco lanzara una bala de ciento sesenta libras contra el flanco del fuerte. algunos se revolcaban gruñendo en sueños. ¿No podría emplazar mejor sus armas? Abrió la puerta y llamó a un asistente. Sopesó las verdades del cristianismo contra las premisas de la fe de Mahoma. preguntándose por qué los musulmanes desdeñaban la idea de la Trinidad y un Cristo divino. 12 18 de mayo Avistaron la flota de Solimán poco después del alba. El hombre llegó al instante. Las galeras aparecieron en el brumoso horizonte. —¡Una andanada! —ordenó Guaras a las baterías de la torre caballera —. Columnas de espuma blanca se elevaron mientras los cañonazos perforaban el mar perezoso. Dentro del intranquilo fuerte. ¡Es un prodigio que el mar pueda sostenerlos! Di Corso miró la gigantesca flota con ojos desorbitados. ¡Padre nuestro! El capitán Guaras y el gobernador Broglia subieron la escalera y miraron la flota con rostro adusto. Broglia gimió. Obsesionado por el temor de que los turcos apostaran cañones en Sciberras. quince millas al este de Malta.

La Valette se levantó de la silla y se puso un yelmo empenachado de blanco. sólo quería inspeccionar la armada de Solimán. —Tiempo suficiente para la capilla. le pasó el secante. cuyas respectivas guarniciones se habían enterado de la llegada de Mustafá. Las naves turcas avanzaban despacio hacia Malta. están aquí! —exclamó. Starkey aceptó el pergamino. Él y Broglia bajaron la escalera y entraron en la cámara del gobernador. Mathurin d'Aux de Lescout— Romegas. —Lleva esto. —¡Alto el fuego! —gritó Guaras. —¿A qué distancia están? —le preguntó Di Corso a un artillero español cubierto de cicatrices. estudiando el testamento sellado. —Señoría. al norte. La Valette saludó a Romegas y siguió hacia San Ángel. —Entiendo. —Mantenlo a salvo. trompetas y gritos sonaron en Birgu y San Ángel mientras los hombres acudían deprisa a las armas. tierra adentro. flanqueados por tres caballeros comendadores. caballeros y soldados se persignaban y rezaban. entre Birgu y Senglea. La Valette firmó un documento. —Oliver. apretó la cera con el anillo de sello y ofreció la carta. pues. La Valette entró confiadamente en el caótico fuerte. Oliver Starkey irrumpió en los aposentos de La Valette y encontró al gran maestre ante el escritorio. La Valette enrolló y selló el pergamino. —Vamos a San Ángel —dijo. para los angustiados hospitalarios. oyeron los cañonazos de advertencia desde Mdina.Otra andanada voló hacia los lejanos turcos. —Ése es mi quinto —dijo La Valette. —Por cierto no nos pillaron durmiendo —dijo La Valette. —¡Maestre. Al dejar la habitación. señor. Un grupo de caballeros lo rodeó. Comportémonos como caballeros de Cristo. —Ha llegado la hora —les dijo—. general de galeras y el mayor marino cristiano de la época. parecía que los bajeles cubrían el horizonte. Tambores. —Unas horas. preparaba cuatro naves pequeñas. En los fuertes y aldeas. señoría —dijo Starkey. refiriéndose al veinte por ciento de posesiones que un caballero podía dar en herencia fuera de la orden. Romegas no se proponía trabar combate con la enorme fuerza turca. En el astillero. Los . y Gozo.

Por la mañana Piali envió treinta naves al Marsasirocco y el mariscal ordenó seguir a esos buques. pero un golpe en la cabeza lo acalló. Ambos fueron golpeados con cabos de lanza hasta que se arrodillaron ante el viejo bajá. estaban ojerosos tras una noche de malos tratos. Dos cristianos heridos. con escasa tropa. Cuando la flota de Solimán ancló para pernoctar frente a los abruptos peñascos de Ghain Tuffieha. —Quiero los planos de vuestros fuertes y cañones —dijo. A mediodía toda la flota turca se había asentado en el Marsa. siguieron la flota desde la costa oeste. aspirante a caballero y sobrino del gobernador de Mdina. las galeras turcas llenaban el Marsa. al sur del Gran Puerto. El trayecto por tierra desde el Marsasirocco hasta Birgu era de sólo tres millas. A sus espal das. un fornido espadachín de pelo dorado. no necesitaron que nadie les ordenara arrear los últimos animales detrás de las murallas. él se acomodó en el asiento antes de mirar a los caballeros con odio. entre ellos don Mesquita. Estos mensajes preocuparon al gran maestre. despojados de su cara armadura. Los jinetes. para coger alimentos y ganado. se preguntó. Un esclavo llevó una silla para Mustafá. jenízaros con túnica les ofrecieron a él y sus oficiales un valioso trofeo: dos caballeros de San Juan. y se sorprendió cuando la flota rodeó la punta meridional de la isla. En la medianoche del 19 de mayo. Copier y sus hombres también descansaron. De inmediato despachó una fuerza de caballería para seguir a las lentas galeras. y la indefensa Gozo. que los turcos invadirían Marsasirocco: su patrullaje por la costa oeste había sido una finta. devolvió la mirada de Mustafá con el mismo odio. al mando del gran mariscal Copier. víctimas de muchas incursiones turcas. De la Riviére. Cuando Mustafá Bajá fue a la costa la mañana siguiente. De la Riviére pestañeó pero no dijo nada.. los hospitalarios se apresuraron a retirarse. ¿Cómo deben morir estos hombres. Los jóvenes hospitalarios. Mustafá decidió que De la Riviére moriría en una bastonada.campesinos. toda la flota turca enfilaba hacia el Marsasirocco.? —comenzó el francés. fueron capturados por los jinetes turcos y llevados al Marsasirocco. Sabía que ese desembarco podía aislarlo de Sicilia mientras los turcos se adueñaban de Mdina. entre ellos mil jenízaros. hacia la aldea de Zeitun. el caballero francés Adrien de la Riviére y el novicio portugués Bartolomeo Faraone. Siguió un duelo de arcabuces breve pero intenso que dejó varios muertos. oh Alá?. pero Mustafá lo contuvo. El jenízaro intentó golpearlo de nuevo. Los impacientes turcos se dirigieron tierra adentro. La Valette sospechaba que los turcos primero se dirigirían al Marsasirocco. La Valette pronto supo. para su alivio. Entre el Marsasirocco y la aldea se toparon con una patrulla de jinetes hospitalarios. —¡Silencio! —rugió un jenízaro—. —¿Tú eres el perro. Los informes que Copier envió a La Valette sugerían que los turcos desembarcarían en el norte.. ¡Sólo el bajá hace preguntas! El aturdido De la Riviére escupió en el suelo pedregoso. —¿Cuál es el fuerte mejor pertrechado? —le preguntó al caballero—. ¿Dónde están los cañones de La Valette? El caballero rió entre dientes. pero eso podía esperar. . Tres mil efectivos ya habían desembarcado de las treinta naves. Ampliamente superados en número por los jenízaros y la caballería.

—No me digas. El virrey quedó a solas. —¿Qué sucede? —preguntó don García.. —¡Giovanni Castrucco. De la Riviére respondió por su camarada. y dice que su misión es extremadamente urgente. el excelente vino compensaba de sobra la falta de compañía. —Sonrió cuando los hombros de Faraone se aflojaron—. Entrégalos a los torturadores. Quizá el hierro candente les suelte la lengua. pensó. Las puertas labradas del extremo de la habitación se abrieron y un viejo criado entró a la luz de las velas. Ya conocía a hombres como De la Riviére. cogió el vino. Faraone soltó una exclamación mientras su superior se desplomaba en el suelo. —Tráelo —dijo mientras masticaba. Aguardamos vuestra ayuda». y aunque cenaba a solas. Su apetito se evaporó y apartó el faisán. —Mis disculpas. traigo nuevas de La Valette. —¿Quién es? —Un mensajero de Malta. —¿Sí? —El gran maestre dice: «El asedio ha comenzado. —¡Nuestro bastión es el reino del cielo. El criado pronto regresó. La flota turca posee casi doscientos navíos. señor virrey. Y a Castrucco—: Hablaremos pronto. caballero de justicia! —anunció. pero él sólo asintió. Maldiciendo. —¡Doscientos navíos! —exclamó. —Excelencia.Mustafá asintió y el jenízaro golpeó al caballero entre los omóplatos con el asta de la lanza. pero tenéis un visitante sin cita previa. Se volvió hacia un oficial. —Tú. Don García arrancó un muslo del ave y mordió la carne aceitosa. 13 21 de mayo . muchacho. —Atiende a este buen hombre —ordenó. amo de esclavos! ¡Y los cañones— de La Valette están en tu trasero. Un maltrecho Castrucco se adelantó y se inclinó ante el virrey. Don García le hizo una señal al indignado mayordomo. excelencia. Doscientos. —Sí. ¿Qué guarnición es la más fuerte? ¿Dónde están los cañones de La Valette? El moreno Faraone palideció. ¿Qué puedo hacer contra eso? Aunque Felipe me envíe treinta mil hombres. Don García de Toledo disfrutaba de un delicioso faisán asado en su comedor. pero no dijo nada. o lo estarán pronto! Los ojos del bajá chispearon. —Estos europeos carecen de sutileza. Mustafá se volvió hacia el joven portugués. dudo que pudiéramos desembarcar. Un italiano..

sino que permanecerían parapetados detrás de las murallas.Mustafá Bajá se reclinó bajo un dosel. Y no hay artillería. que marchaba hacia el Gran Puerto. —Parece que este punto tiene pocas tropas. —Entonces los atacaremos. Ordenó que el gran estandarte de la orden se izara sobre San Ángel. Plata derretida en los oídos. La Valette podría ganar algunas escaramuzas en campo abierto. Los bruñidos yelmos en espiral de los espahíes irradiaban una luz cegadora. confiados en su fuerza. no sólo deleitable a los ojos. Al ver la cantidad de efectivos. pensó. Un oficial se postró ante Mustafá. Parecía que los caballeros no intentarían rechazar el desembarco. y Alá obtendrá su primera victoria — respondió. Orgullosos estandartes de seda y gallardetes triangulares chasqueaban sobre la hueste. Los exploradores del mariscal Copier estaban apostados en las alturas de Corradino. Fueron los primeros en avistar el ejército de Mustafá. Una compañía tras otra de hombres de túnica suntuosa marchaban detrás de oficiales a caballo cuyos sables y turbantes enjoyados destellaban al sol. La Valette observó su aproximación desde las murallas de Birgu . La Valette recibió el informe de Copier y respondió al desafí o turco. Copier se persignó y de inmediato despachó un mensajero a La Valette. No habían avistado cristianos desde la captura de De la Riviére y Faraone. pues sus diversos instrumentos se fusionaban en el aire con exquisita armonía». La avanzadilla de los turcos se distanció de la fuerza principal y llegó a los montes del sur de las penínsulas. ¿Qué han informado? El oficial se puso de pie y presentó un mapa que identificaba la muralla sudoeste de Birgu. —Habla. sino también a los oídos. —Conque no son superhombres. Mustafá recordó la mirada desafiante de De la Riviére y sonrió. Los turcos se aproximaban rápidamente. Castilla. chupando un sorbete. la cruz hospitalaria de ocho puntas ondeaba desafiante sobre el fuerte. El bajá se irguió en el asiento. pensó Mustafá. al oeste de Senglea. —Los torturadores han soltado la lengua de los prisioneros —declaró el oficial—. y está defendido por la Lengua más débil. pero mi fuerza numérica pronto lo aplastaría. Muy sabio. su plana mayor estaba en las cercanías. ¿No había artillería? Qué necios. —¡Bajá! Mustafá eructó. Un explorador de Copier informaría después: «El conjunto parecía una multitud infinita de flores en un prado o pasto exuberante.

lanzaron una lluvia de muerte sobre los turcos. cobrando un precio de sangre. la sangre y las entrañas brillaban en la planicie. pero demasiado tarde. Las líneas se estabilizaron y pronto los caballeros quedaron superados en número por cinco a uno. ordenó enviar más munición a San Telmo. Los gritos de batalla cristianos se oían por encima de los alaridos de los heridos turcos. Súbitamente una aullante oleada de turcos se sumó al combate. pensó La Valette. los españoles abatieron pelotones enteros de soldados con túnica con impactos precisos. —¡Gran maestre! Para su consternación. cristianos. no podían competir con la precisión de los arcabuces de cañón largo de los jenízaros. ¡Llamad a esos hombres! Muchachos tontos. La Valette vio jinetes hospitalarios que galopaban desde la ciudad hacia los turcos. el gran maestre envió más caballeros a la refriega. Los hombres de Copier intercambiaron disparos con un apiñamiento de tiradores jenízaros antes de abandonar Corradino. Los turcos fueron rodeados y sufrieron grandes pérdidas. donde se apostaron ante las puertas. Una corneta sonó por encima de la confusión. Sumido en sus pensamientos. Elementos de la avanzadilla turca trataban de replegarse mientras nuevos jinetes cristianos subían estruendosamente las cuestas. que bajaba la cuesta a la carrera. —Maestre. Entonces los cañones castellanos tronaron en las murallas. los caballeros de San Telmo maldijeron la fortuna que les negaba el primer ataque turco. Ordenó que abrieran las puertas para su caballería en retirada. y no había dado órdenes de impedir que salieran del fuerte. . estáis a plena vista —se quejó el muchacho—. pensó. ¡Venid abajo. Los veteranos artilleros. La Valette silenció al corneta. Cuando fue evidente que los turcos no recibirían ayuda inmediata. pensó. El lamento de los caballos heridos hendía el aire mientras el humo sofocante enturbiaba la visión de los hombres. que yacía casi olvidada del otro lado del Gran Puerto. Enemigos implacables del Islam.y. esos jenízaros son magníficos tiradores. —Se apoyó en la muralla y presenció la batalla con ojos críticos. Un caballero señaló las puertas. y buscaron protección en Birgu. por favor! La Valette no le prestó atención. Por Dios. recordando amargamente que las divisiones de jenízaros se integraban exclusivamente con conscriptos. Delante de Birgu. Las tropas de choque turcas lo festejaron a gritos mientras los hombres de Copier se retiraban. retirándose hacia Birgu. Al menos han tenido su bautismo de fuego. Los cristianos cedieron lentamente el terreno. en inferioridad numérica. —¡Cerrad esas puertas! —rugió—. expertos en su oficio. Los cristianos. Los caballeros se estrellaron contra la línea turca con arcabuces y espadas. no había tenido en cuenta la ansiedad de esos guerreros. Siguieron más. Pasó un momento. tras una evaluación. Por su parte. —Es demasiado tarde para detenerlos. Los caballeros casi habían llegado a la avanzadilla turca. Birgu y Senglea contuvieron el aliento. Un paje tironeó del guantelete de La Valette.

Te irás al hospital. —La Valette aceptó un paño de un caballero—. que se apresuraron a atender al hermano caído. —Sólo un rasguño. Mi autorización. . —¡La Valette! —rugían los hombres. gran maestre. Eso hará reflexionar al bajá. Entonces cayó un paje. hijo. Aunque el encontronazo había sido menor.Cerca de La Valette. —Sé que es así. lanzaron gritos de victoria. El anciano alzó al paje. los turcos pronto recularon. donde caballeros y soldados entusiastas se le acercaron tanto como se atrevían. La Valette echó un vistazo a la tierra arrasada. Tenaces cañones castellanos cubrían la retirada. señoría —dijo uno. ¡Toca retreta! En cuanto sonó la llamada. —Asistid a este hombre —ordenó el gran maestre a tres caballeros. La Valette se inclinó sobre el muchacho. La armadura rechinó mientras se desplomaba a los pies de La Valette. —A partir de ahora —le dijo a un gran cruz—. —Aprieta esa tela contra el cuello y hazte vendar la herida. La Valette respiró más tranquilo cuando las puertas se cerraron y agradeció a Dios que sus hombres hubieran evitado el desastre. más animados. rozado en el cuello. El gran maestre escrutó esos rostros confiados. Bajó hacia Birgu. —Como ordenéis. muchacho. —¡Suficiente! —le gritó La Valette a un gran cruz—. Muchos valientes han sufrido cosas peores por afrontar la tormenta turca. los caballeros comenzaron a replegarse hacia Birgu. —¡Les enseñamos a ser cautos! —exclamó un caballero joven. Miles de hombres de Mustafá habían llegado a Corradino. pensó. había estimulado a su guarnición y había restado impulso a Mustafá. Desprotegidos en el campo de fuego. un caballero gritó cuando una bala de arcabuz salió de su espalda en una niebla de sangre. El muchacho obedeció. Aunque habían perdido veinte hombres. ningún hombre sale del fuerte sin autorización. pero el gran maestre era demasiado sabio para creer que esa victoria se debía a algo más que la suerte. Sabía exactamente cómo aplacarlos. —Déjame ver la herida. —¿Creéis que es así? —tartamudeó el joven. Aparta la mano. Un gran clamor sacudió San Ángel. dejando a sus muertos. cientos de turcos cubrían el suelo entre Corradino y Birgu. Los cristianos. castigando a los turcos que se aproximaban a las puertas. —¡Lo pensarán dos veces antes de intentar otro ataque frontal! —declaró otro. —Está muerto.

El otro caballero se cuadró. Sé que vos habláis su maligno idioma. Partió hacia el Marsasirocco. ahuyentó a un mensajero de Piali. . —Mi señor. soy Morgut de Navarra y maté a un capitán turco. —Señaló las puertas de Birgu y los cadáveres tendidos. Con el ceño fruncido. pateando al hombre. ¡Esa muralla no tiene la menor debilidad! Llamó a su asistente. —Colgará en la iglesia conventual —prometió. —¡Dile a mi «amado hijo» que cuide sus barcos! —gritó. Hincando una rodilla. ¿me permitís? La Valette le entregó el brazalete. Miraron con ansiedad a La Valette. Alí. Esos dos me han puesto en ridículo. Mintieron sobre la fuerza de Birgu. En el guantelete. —Pues ese hombre se ha engañado —dijo—.—Sólo hemos ganado una batalla —anunció—. Los hombres reflexionaron sobre esa ominosa inscripción. Fue presa de una furia negra. Tras haber rechazado los dos objetivos que estaban a su alcance. La Valette sonrió mientras el español le entregaba la bandera. y los hombres parecieron volver a la tierra. —«No vengo a Malta en busca de riquezas ni honores. La Valette echó una ojeada a los fluidos caracteres arábigos. señor? —Ya sabes qué hacer. —Lo hablo pero no lo leo —dijo. —Esos caballeros capturados nos engañaron. Quiera Jesús que las ganemos todas. Pensó en De la Riviére y Faraone. el primero empuñaba un andrajoso pero magnífico estandarte turco. —La Lengua castellana os ruega que aceptéis este trofeo. entregó el trofeo a La Valette. Alí hizo una reverencia y pidió su caballo. Él no los defraudó. bajá —replicó Alí. . Los hombres se agolparon para ver el brazalete. Mustafá observó a sus hombres que se retiraban por Corradino. sino para salvar mi alma» —tradujo el caballero. sólo cosechará amargura si espera obtener el último. —Morgut puso un macizo brazalete de oro en «la ancha palma de La Valette y señaló una inscripción—. —Mi señor. La multitud se entreabrió cuando avanzaron dos caballeros polvorientos. —Sí. y aun sus consejeros más cercanos lo eludían. —¿Qué ordenas. Un fornido caballero se adelantó. Rugiendo obscenidades. —¿Sí? —Tengo esto.

—¿Los cañones están firmes? —preguntó. Ansiaba atacar el baluarte de La Valette. Él debería agradecer esa bendición. Los ruidos de picos y palas llegaban desde la cresta del pedregoso peñasco. alturas rocosas se elevaban a la derecha. pensó Mustafá. —¡Salve. cuya autoridad no era cuestionada por nadie. Mustafá y su escolta se abrían paso por la ladera norte del monte Sciberras. bajá. donde los esclavos trajinaban y los soldados cuidaban las armas. Mustafá observó el dentado declive. pensando: Un paisaje demoniaco. Una vez emplazada. Aun así. le molestaba dejar Gozo sin conquistar al norte. Maldito sea este mando compartido. ebrio de victoria. Los soldados se cuadraron. regresaría a Birgu. Sus cañones y efectivos superaban en gran número a los del gran maestre. Más aún. Iba erguido en la silla. . pero no importa. el virrey don García de Toledo no daba señales de vida. Mustafá echó un vistazo a la artillería. El sendero dobló a la derecha y Mustafá espoleó al caballo para trepar la cuesta. Estaba de buen humor. Envidiaba a La Valette.Esa noche Adrien de la Riviére y Bartolomeo Faraone fueron muertos a bastonazos. —Están emplazados con solidez. 14 24 de mayo Ocultándose de los cañones cristianos. El corcel subió con esfuerzo por el declive desparejo. y las naves turcas dominaban el mar.. A la izquierda la luz del sol bailaba sobre las aguas azules del Marsamuscetto. Mi cobarde «amado hijo».. El coronel de artillería vio a Mustafá y saludó. Malta será mía. Sus alaridos resonaron en todo el campamento turco. La partida llegó a la cima y se detuvo detrás de los terraplenes. el choque inicial con los caballeros había sido decepcionante pero se proponía borrar por completo esa derrota. su artillería volaría San Telmo del Sciberras y luego. espada de Solimán! —exclamó el coronel. El almirante Piali se negaba a permitir que sus naves atracaran en Gozo.

—¡Recargad! —gritó el coronel. a gran distancia cuesta abajo en la escabrosa península. San Telmo gimió bajo la andanada. —¡Estupendo! ¡Disparad a discreción! Las piezas de sesenta y ochenta libras escupieron otra andanada. Buena táctica. Los cañones turcos humeaban. que se perfilaba contra el mar azul. Los artilleros volvieron a meter pólvora y balas en los cañones. El diminuto fuerte irradiaba un resplandor blanco bajo el sol de la mañana. Se derramaron piedras sobre el Sciberras. —Ciñéndose la cimitarra enjoyada que le colgaba del cinturón. arrancando mam postería del boquete que había abierto. se acercó a un enorme basilisco y apoyó una mano en la culata ornamental del cañón—. hombres y caballos se sofocaban con el humo acre. Los turcos prepararon los cañones más pequeños. el coronel había hecho bien su trabajo. —¿Qué hacen esos hombres al norte del fuerte? El oficial inclinó la cabeza. el coronel gritó una orden. Casi podríamos echar a rodar nuestras balas. .. —Impiden que los cristianos nos molesten. ¿Estás apuntando a la derecha de las puertas? —El bajá tiene ojos agudos —replicó el artillero.. —No aguardéis más. —No. Disparad cuando estéis preparados —dijo. Mustafá señaló el montículo de tierra que tapaba la vista de San Ángel. —¡Fuego. —Estoy concentrando el fuego tal como ordenasteis. señor. —Sí. Mustafá entornó los ojos y miró San Telmo. y los proyectiles cayeron en San Telmo como rayos. Sólo aguardamos vuestra señal. Los artilleros turcos entraron en acción. todas las baterías! La tierra se sacudió con un estruendo ensordecedor y los cañones escupieron lenguas de fuego. no. —¿Y las otras piezas? El oficial se acercó. Si esa posición os desagrada. Y otra vez. pero pasarían horas antes de que el basilisco pudiera efectuar otro disparo. la enorme bala del basilisco perforó la muralla y desapareció. Al cabo de unos instantes. Se apartó del basilisco.Mustafá estudió los terraplenes. —¡Fuego! —bramó el coronel. —El bajá se apeó de la silla—. pensó sonriente. —Ese reducto podría ser un poco más alto —dijo. Mustafá miró hacia San Telmo. Señaló a unos turcos detrás de un parapeto que daba todos los indicios de haber sido erigido con premura. bajá. Mustafá examinó los daños y celebró la puntería del artillero. Aunque los proyectiles más pequeños rebotaron en el fuerte. señor —explicó—.

. Además. Había llegado un mensaje de don García de Toledo. ¡Matad a esos perros!. se estaban desmoronando a ojos vista. El coronel le entregó las riendas. Sentado en su cuartel general. Peores noticias aguardaban al gran maestre en su residencia. —La muralla ya está cediendo —gruñó un caballero. Y otra vez. —¡Esto no tardará mucho! —gritó el coronel por encima del estrépito. Los bloques de piedra caliza y arenisca de San Telmo comenzaron a rajarse y desmigajarse al cabo de una hora. y dos esclavos lo ayudaron a montar. Resistid con paciencia y fe mientras solicito más hombres a su majestad. Los cañones turcos demolían el fuerte. —Mantén un fuego constante —dijo Mustafá—. Dios los ayude. con un gran cruz llamado Castriota y sir Oliver Starkey. Mustafá observó por un tiempo. que había llegado sigilosamente a Malta en una embarcación pequeña.Y otra vez. La Valette sacudió la cabeza y le entregó el pergamino a Starkey. pero hasta entonces confiad en que hago todo lo posible. Cuando los cristianos intentaban responder el fuego. Muchos cristianos recibieron balazos en la cabeza y se perdieron de vista. Os socorreré en cuanto pueda. La Valette se impacientó. don García de Toledo». me temo que no puedo ayudar de inmediato a Malta porque mi fuerza actual es demasiado pequeña para vencer a los turcos. El despacho decía: «Gran maestre La Valette. cuento con pocas galeras y os pido que enviéis las galeras de la orden a Mesina. pensó. La Valette fulminó al hombre con la mirada. La Valette entró con su guardia en San Ángel y miró el asediado fuerte de San Telmo desde la muralla. Vuestro. ¿Cómo podemos enviarle nuestras naves? Se necesitarían mil hombres para tripularlas. —Dices la verdad —respondió Mustafá. —¡A vuestras órdenes! Mustafá descendió por el Sciberras. Fue hacia su caballo. —Todavía no. pensó Mustafá. —Lo que ordene el bajá. Felipe. eran abatidos por los arcabuceros que estaban al pie de la muralla norte de San Telmo. cuyas defensas. Reduce San Telmo a escombros. —¡El virrey está loco! —exclamó—. siempre que pudiéramos bajar la cadena y salir del puerto. El italiano terminó de leer y arrojó el documento al escritorio de La Valette. gruñendo con cada salva. El comandante de artillería se inclinó. Un polvo amarillo se elevaba de la mampostería floja y flotaba sobre el mar. que no tenían el ángulo apropiado para desviar los impactos. que lo leyó y se lo entregó al ansioso Castriota. La Valette leyó el mensaje del virrey. pero al rato se hartó. —Rompe la muralla hoy y te recompensaré con tu peso en oro. —Podríamos obtener miles a cambio —replicó Starkey.

—Aunque San Telmo aguante una semana. Starkey abrió la boca pero no dijo nada.. —San Telmo no demorará al turco largo tiempo —dijo—. —Sí. maestre. La Valette reflexionó. —Cuanto más tiempo Mustafá se distraiga en Sciberras. San Telmo es la llave de nuestra isla. porque mil soldados presentes valen más que un millón prometidos. podría lograrlo en un mes. y mayores serán las probabilidades de que don García esté obligado a venir.. ¿Por qué obligar a Mustafá a atacarlos si está perdiendo tiempo en San Telmo? ¿Existe alguna esperanza si Birgu y Senglea caen. —Nada. podríamos tripular un par de galeras y.. Primero. —¿Cuánto tardará el virrey en reunir un ejército para vencer a los turcos? —preguntó Starkey—. No olvides que nuestros priores lo estarán azuzando. En Rodas resistimos seis meses sin esperanza de refuerzos. pero San Telmo sigue en pie? Starkey agachó la cabeza. Don García estaría obligado a zarpar. Ni aunque me lo ruegue todo el consejo. no más de un mes. ¿qué sucederá? Don García aún no habrá llegado —dijo Starkey. señoría. —Segundo —continuó La Valette—. con una fuerza numerosa o sin ella. creo que San Telmo resistirá durante días si es necesario. No puedo prescindir de un solo par de manos. —Los hombres no tendrían por qué salir a la carrera. gran maestre —comenzó Castriota. —¿Qué? —preguntó La Valette. . señoría —dijo tímidamente Starkey. —Podríamos enviar nuestras tres naves restantes —dijo Castriota—. Los ojos azules de La Valette ardieron. —¡Respóndeme! Starkey eludió la mirada del gran maestre. —No —dijo con voz cortante. —Mantendré tropas en San Telmo por tres motivos. porque entiendo que es lo correcto. —¿Sir Oliver? —dijo lentamente. El ánimo se resentirá si entrego San Telmo. Con los hombres adicionales.. —Sí. Starkey aceptó la verdad de esas palabras con un asentimiento. —En último lugar —concluyó La Valette—. Al menos podríamos salvar a la guarnición y procurarnos la ayuda inmediata de don García. más tiempo tendremos para prepararnos. —Dejarán de serlo una vez que los cañones turcos empiecen a desbaratarlos.—No le enviaré a don García ni siquiera un bote. —San Ángel y San Miguel son mucho más fuertes. pero calló bajo la mirada de La Valette. —No entregaré San Telmo —replicó La Valette—. —Podríamos abandonar San Telmo —dijo el inglés—. Sin duda. Hasta entonces. La Valette tardó en responder.

como ante una tormenta inminente. Di Corso sonrió. haciéndole arder los ojos. esos bastardos —dijo—. —Deben de haberse parapetado durante la noche. disparando cuando se presentaban los blancos. —Sí —convino La Valette. —Tendrá que ser muy elevado para estar a la altura de sus murallas. no permitiré que Mustafá se salga del todo con la suya. La torre se construyó con presteza y fue provista con dos culebrinas grandes. —¡Fíjate adonde apuntas ese mosquete! —le rezongó a un soldado. maestre —suspiró Starkey. Me pregunto si sus túnicas son tan calurosas como esta armadura. —Sí. Michele di Corso escrutó las posiciones de los tiradores turcos. pensó. Como si no tuviéramos ya bastantes preocupaciones con aquel basilisco. —Pensamientos morbosos. Un caballero se le acercó. Giuseppe. daban a los cristianos la satisfacción de devolver los disparos. . Se apostaron arcabuceros hombro con hombro en el parapeto norte. Monsieur Castriota. La artillería de Mustafá continuó su fuego incesante hasta que una constante nube de polvo se posó sobre San Telmo 15 Antes del bombardeo el gobernador Broglia desplazó muchos efectivos de la muralla este a la muralla norte. y le murmuró a Di Corso—: Esto está atestado como un baño romano. Balaban ovejas mientras las arreaban. La Valette tamborileó con los dedos en el escritorio. en su mayoría italianos. —Vuestra voluntad es la mía. pero el bullicio de la actividad llegaba desde la calle. —Construid un caballero encima de San Ángel para que podamos apuntar a Sciberras. La sonrisa de Di Corso se desvaneció. viniendo de un santo. señoría. El sudor goteaba bajo su celada. pero en general el perímetro permanecía turbadoramente silencioso. —Esos tiradores tratarán de abrirte aún más agujeros en la crisma. recibieron órdenes de combatir contra los tiradores turcos atrincherados al norte del fuerte. gran maestre —dijo el italiano. Se hizo silencio en la habitación.—Sí. Alguien tropezó con Picco. —Aun así. Giuseppe Picco sacudió la cabeza. Cocinándose en su armadura. La Valette miró a Castriota. Aunque estos cañones causaban pocos daños a las posiciones turcas en Sciberras. Estos hombres.

—Pronto seremos menos. Di Corso vio que un turco moreno de pecho desnudo salía del nido de tiradores. —No te preocupes —dijo—. —¡Creo que empezaste algo! —lo acusó Di Corso. ¡Veo un turco que no llegará a San Ángel. Picco cayó de espaldas sobre la piedra. —Creí que un santo podía cruzarla a pie —rió Picco. La salva zamarreó San Telmo. hermano! —gritó Di Corso. en nítido contraste con la armadura bruñida. —¡Abajo! —gritaron varios caballeros. El cimbronazo hizo castañetear los dientes de Di Corso. Miró hacia Sciberras—. Picco disparó. Podrán arrojar proyectiles dentro del fuerte. —Mustafá tiene todos los hombres del mundo. Te dejaré algunos. El cañón del fusil de chispa escupió llamas anaranjadas. están elevando esa primera plataforma. Sacudido por el retroceso del arma. Picco probó la mira del mosquete contra el declive del Sciberras. Picco enarcó una ceja. me temo. Se puso de pie y apuntó por encima del parapeto. El turco dio dos pasos antes de que el disparo le abriera el torso. Picco se echó a reír. Di Corso se le acercó. Un charco de sangre se extendía bajo el cuerpo. Se desplomó y rodó hacia el Marsamuscetto. Di Corso se arrodilló junto a Picco. al menos! Alzó el arcabuz. Sus ojos se ensancharon y su expresión se volvió feroz—. donde se quedó inerte. Dios mediante —dijo Picco. Maldición. —¡Dios Todopoderoso! —gruñó alguien. Di Corso se persignó. cayó de rodillas. iniciando el complejo procedimiento de recarga. —¡Tendrías que agachar la cabeza un rato. —Quizá deba disparar de nuevo —dijo. a su lado. brillantes astillas de hueso asomaban de la frente. —Rodará hasta caer al agua. —Preferiría que no hubiera suficientes para ninguno de nosotros. —Miró la fila de caballeros—. pero se sofocó con el polvo. Pocos de nosotros volverán a cruzar la bahía. un soldado saltó de la muralla y cayó gritando al patio. —¿De veras? Los turcos dispararon sus cañones. . El silencio volvió a reinar en Sciberras. Ambos jadeaban de la emoción. —¿Giuseppe? Lo que quedaba de la cara de Picco era un guiñapo sanguinolento.

Se persignó. las salvas de los caballeros volaron inofensivamente sobre las baterías de Mustafá y se incrustaron en el Sciberras. Tal fue mi juramento. La artillería de San Telmo devolvió el fuego. pero debo matar turcos para salvar a mis hermanos. se desplomó en el interior de San Telmo. alzó la vista. no le salían las palabras. creyéndose olvidados. El polvo flotaba sobre San Telmo. Los caballeros les enseñaron a ser cautelosos: Di Corso abatió seis con el arma de Picco. Di Corso los siguió con la vista. . pero los cañones turcos estaban emplazados con inteligencia. Los heridos gritaban pidiendo ayuda. Di Corso vio que sacaban a un hombre de los escombros. dejando el arcabuz. Di Corso se volvió hacia Picco y cerró suavemente el único ojo que le quedaba al caballero. San Telmo tembló bajo otra andanada turca. Di Corso y sus camaradas se turnaron para disparar contra los turcos que. Ofrezco mi cuerpo como tu instrumento. chocó contra el suelo con un crujido. Los artilleros debatían las trayectorias en voz alta. —Llevadlo abajo —les dijo a dos hermanos servidores. Adiós. Perdóname.La voz le provocó un escozor a Di Corso. Ya se habían posado moscas sobre el cuerpo. y estrías rojas surcaban los muñones de sus piernas. Desenvainó la espada y se apoyó en la empuñadura con forma de cruz. pero el olor persistió. rociando a los soldados con los escombros de la mampostería. intentaban aproximarse al fuerte. Di Corso tragó saliva. Los florentinos se clavaron la vista. El media cruz que tenía al lado vomitó. —¡Revisad las cisternas de agua! —gritó. Más tramos de la muralla oeste estallaron. Los media cruz alzaron el cuerpo y lo condujeron a la escalera. te suplico que me mates. Rambaldi estaba a dos pasos de distancia. Si esto te desagrada. La voz del gobernador Broglia reverberó en el fuerte. Una segunda bala de basilisco chocó contra el fuerte con un estrépito ensordecedor. el desdichado aullaba. Algunos heridos fueron rescatados de las ruinas polvorientas y llevados al hospital. Tronó la siguiente andanada y un proyectil roto pasó silbando junto a Di Corso y borró la cara de un camarada. —Dios santo —gruñó Di Corso. Jesús. Con la garganta reseca. Picco. —No hay ninguna vergüenza en ello —le dijo Di Corso para confortarlo. Te recordaré en mis oraciones. pensó. El caballero herido cayó hacia atrás. El sorprendido Rambaldi reculó un par de pasos y se detuvo entre dos amigos. Hágase tu voluntad. Otra andanada sacudió San Telmo y los hombres gritaron cuando estalló el tope de la muralla oeste. rezó. Di Corso se sintió enfermo. El avergonzado hermano servidor limpió el charco con un trapo. Al agazaparse para recargar.

—¡Retrocede. los ingenieros de Mustafá trabajaban con eficiencia de hormigas. El gobernador Broglia visitó a los fatigados hombres y los confortó con palabras de fe y aliento.Al alzar la vista. hermano? —rezongó Di Corso. El cañoneo cesó al anochecer pero los vapuleados caballeros conservaron su posición. Los cristianos abrazaban las murallas temblorosas de San Telmo. . Los caballeros habían terminado una línea secundaria de defensa. Vischer no obedeció la orden. Vischer cogió su hacha de mala gana y buscó refugio detrás de la nueva muralla. quedó impresionado. El capitán Guaras tenía otros planes. El bombardeo continuaba y las bajas aumentaban. Rambaldi resopló y cerró su visera. Corrió el rumor de que el caballero Di Ruvo había llevado la cuenta de las andanadas turcas. —¿Quieres que también diga una plegaria por ti. El primer turco sería suyo. Peter Vischer se negaba a abandonar la puerta. vio que Rambaldi le clavaba los ojos. —Quizá lo hagas. El español se le acercó a rastras y le cogió el hombro. Y justo a tiempo. Retrocede. aunque las piedras que volaban habían desnucado o ahuyentado a los que estaban alrededor. Mustafá estaba seguro de que las baterías elevadas demolerían el fuerte y apresurarían una resolución satisfactoria del sitio. La siguiente andanada arrojó una tonelada de mampostería sobre el lugar donde antes estaba agazapado. —¿Hay agua? —preguntó. la elevada cresta de tierra ya había cortado San Telmo en dos. Se instaló entre sus hermanos sucios de polvo. Los hombres se maravillaban porque el italiano había contado tres mil disparos. maldición! ¡Estamos construyendo un parapeto! Vischer se volvió. y aunque no era bonita. y sostenían que los turcos no podían mantener ese increíble ritmo. —¡Oye. Los sacerdotes bendijeron a los guerreros y los alimentaron con el cuerpo de Cristo. que lo miraban con ojos desorbitados. tonto! ¡Retrocede! —ordenó. achatando la siguiente cresta mientras se desplazaban más cañones desde el Marsasirocco. —Debo matar al primer turco —le dijo Vischer a Guaras. En el Sciberras. pero no aquí. Permaneció entre los cadáveres y la lluvia de piedras hasta quedar cubierto de polvo.

. Birgu y Senglea tenían pocas esperanzas de que San Telmo sobreviviera a ese día. Procura que se lo devuelvan a mi familia. Una piedra voladora había golpeado al hombre en la frente. —¿Di Corso? Michele le cogió la mano.. —Palabras dignas del Santo. Es nuestro desde la Gran Cruzada. —¡Di Corso! —gruñó el francés en sus desvaríos. Había sangre por doquier y los alaridos de los moribundos se elevaban sobre el Sciberras. un coro atormentado. Di Corso se quedó hasta que el caballero murió. buscando a los defensores y haciéndolos trizas. lo devolveré yo mismo. Di Corso apoyó a un caballero moribundo en el suelo. Las balas de cañón rebotaban por todo el fuerte. El maltrecho fuerte humeaba bajo el sol ardiente.. El caballe ro sonrió débilmente. —Llévatelo —le dijo a un soldado. Los caballeros se agazapaban pero los disparos los encontraban.16 25 de mayo Los cañones turcos saludaron el alba con tal entusiasmo que sus voces llegaron hasta Sicilia. —Estoy aquí. aliviado. Recogió sus armas y regresó a la derruida muralla. Los de San Telmo coincidían. —El crucifijo que tengo en el cuello. —Si es posible. Di Corso asintió. —Sí. hermano. luego se colgó la cadenilla de oro del cuello.

Rambaldi se rió y se agazapó detrás del parapeto. Rambaldi recargó sin mirar. y apuntó a la silueta distante y apretó el gatillo. Rambaldi observó el espectáculo y caviló sobre una mala acción del pasado. Una bala de arcabuz zumbó junto a su cabeza. —¡Erraste! —gritó. —Cualquiera diría que Dios perdonaría una iglesia —dijo el español. se persignó. diciéndole a un joven soldado español—: ¡Tendría que haberse quedado en casa! —¿Cómo decís. ¿Debo enseñaros a apuntar mejor? Los tiradores le habían errado tantas veces que se sentía invulnerable. que cayó. Lo rodeaban caballeros muertos. 17 26 de mayo . Un chorro rojo saltó de la frente del turco. Se sorprendió al oírse susurrar un salmo. muchacho —aconsejó. Rambaldi miró al soldado a los ojos. Al concluir. esclavos! —gritó por encima de la acribillada muralla—. gritaron hombres en el edificio. Tampoco nos perdonará a nosotros. —No temas. En ese momento una bala de cañón atravesó el techo de la capilla. Se puso de pie y disparó. —¿Cuando no perdonó a su propio hijo? —No parece correcto. —¡Vamos.Rambadi no había dormido en dos días y se sentía gratamente afiebrado. —Agáchate. muchacho. Rambaldi rió secamente. señor? —tartamudeó el soldado.

El fuego turco se había intensificado tanto que los hospitalarios tuvieron que esperar hasta el anochecer para recoger a sus hermanos masacrados. Al fin. sus muertos llenaban San Telmo. —Enviadme a La Cerda —dijo al cabo—. igual que vos. Broglia se atusó el grueso bigote. no contaba con túneles que hubieran permitido un desplazamiento más seguro. que ese día habían sumado cuatro mil. ralearon y luego cesaron. —Yo haré la próxima guardia —dijo—. —¿Cuanto hace que no dormís? —preguntó. —Desde que empezaron los cañonazos. que mataban más hombres que los cañones. emplazada en la cima del Sciberras. excelencia. El gobernador Broglia recibió al capitán Guaras después del anochecer.. —¡Excelencia! . Los cañonazos turcos. La nueva batería de catorce cañones de Mustafá. Guaras habría discutido si hubiera tenido suficientes energías. Apartando la vista de una lista de bajas. aguardaron la oscuridad. diezmando la guarnición mientras los cañones que estaban cuesta abajo pulverizaban la muralla y el revellín frontal. piadosamente. Cruzará el agua con un mensaje para La Valette. Ejércitos de esclavos turcos arrastraban material Sciberras arriba. Tratad de dormir. Broglia volvió a mirar la lista de bajas. el sol bajó. escupía proyectiles sobre San Telmo como un hombre que arrojara monedas a una fuente. y aunque las aturdidas tropas de San Telmo oyeron sonidos de construcción. Ninguna respuesta.Ese día había sido catastrófico para los Caballeros de San Juan. Por no mencionar a los temibles tiradores jenízaros. Broglia escrutó el rostro sucio y fatigado de Guaras. la oscuridad les impedía tomar medidas. El cuartel general y la población civil también sufrirían fuego directo. —Como ordene el gobernador —respondió. Los caballeros temían que pronto Mustafá habría emplazado suficientes cañones como para disparar contra San Ángel. —Gracias. —¿Guaras? ¡Guaras! El capitán se irguió. capitán. Los pestilentes cadáveres se asaban bajo el sol abrasador mientras los vivos se sofocaban con el humo y el polvo y eran ensordecidos por el martilleo de la artillería. San Telmo.. construido con tanto descuido la década anterior. Pero Mustafá no había terminado. Broglia dijo: —Sentaos. Los hombres que se guarecían detrás del menguante perímetro se quedaron quietos.

¿Queréis deshonrar a los hermanos que ya han muerto aquí? —No. Broglia miró el informe con angustia. se las había apañado para bruñir su armadura desde el ocaso. Entró La Cerda. Broglia fue al grano. No permitiré que el enemigo capture un mensaje. —¿De veras? —Guaras se negaba a creerlo. ¿Podéis recordar todo eso? La Cerda frunció el ceño. famoso por su meticulosidad. Mandadme al teniente La Cerda antes de su descanso. o busco a otro hombre? —Soy vuestro fiel servidor. —¿Podéis repetir mis palabras. —He perdido la mitad de mi tropa estos dos últimos días. así que podréis eludir a los turcos. —Decidle esto a La Valette —comenzó Broglia—: «Hemos sufrido grandes bajas pero el fuerte resistirá mientras viva un solo caballero. —Sí. ¿Iré solo? —No. —¿Me llamasteis. El caballero. —¿Mi mensaje suena como una rendición? —preguntó—. —Adelante. Se inclinó con galanura. Humildemente solicito refuerzos para resistir el inminente ataque de infantería». Tantos hombres excelentes. llevad dos soldados. Vos memorizaréis mis palabras. se raspó sangre y suciedad de la hombrera. se cuadró. ¿Cómo los reemplazaremos? Un golpe en la puerta. excelencia? Broglia alzó la vista. ¿Agua? —No. —¿Despachos? —Ninguno. Id a ver a La Valette y pedidle más hombres. El capitán se puso de pie. El español tragó saliva ante la mera idea de caer en manos de los turcos. Dios mío. luchando contra la desesperación. un joven español. —Cuidaos —dijo Broglia. gobernador. —¿Entonces no entregaremos esta plaza? La furia centelleó en los ojos de Broglia. Guaras se inclinó respetuosamente antes de marcharse. Dios mío. —Sería un grandísimo honor. —Podéis sentaros. excelencia. —Señor gobernador. Los torturadores de Solimán eran tristemente célebres. volviendo a su tarea—.—Estabais durmiendo. Una faja roja le adornaba la cintura. . No puedo darme el lujo de perderos. excelencia. Broglia caviló. gobernador. Es una noche oscura.

y aunque nuestras andanadas hagan mella en el enemigo. Su respeto por Broglia era bien conocido.—Bien. —Unos ocho días —dijo al fin—. Podéis marcharos. —Gran maestre. Starkey disuadió al pilier alemán de plantear una objeción. seigneur. La Cerda extendió una palma implorante. —¿Cuál es el monto exacto de vuestras pérdidas? —preguntó La Valette. A espaldas de La Valette. La Valette se reclinó en la silla pero no apartó los ojos del joven caballero. Aunque quizá lo perdamos. tenemos un mensajero de San Telmo. Repetidlas. —Bien. es un enfermo agotado y al límite de sus fuerzas.. San Telmo es la llave de nuestra isla —comenzó La Valette—. escogiendo las palabras con cuidado. con voz levemente desdeñosa. —Como he dicho antes. sus caídos son reemplazados por el doble antes de que los muertos toquen el suelo. La luz titilaba sobre las cotas de malla bruñidas y brindaba al recinto una atmósfera irreal. —¡Que entre! Dos docenas de caras barbadas y arrugadas saludaron a La Cerda cuando entró. Comed algo y partid. Escasas ve las alumbraban el alto salón. no lo abandonaremos. Apenas podemos movernos bajo el fuego turco. El gran maestre estaba sentado a la cabecera de la mesa. San Telmo está condenado. —Gran maestre —susurró—. Se quitó el yelmo y dijo: —Mi señor gran maestre. ocho días a lo sumo. Se detuvo junto a La Valette. las puertas se abrieron con un crujido y entró un enorme caballero. La Cerda se relamió los labios cuarteados. El rostro de La Valette se enturbió. Mustafá debe pagar un alto precio por Sciberras si queremos derrotarlo aquí. Las puertas se cerraron. cada alma cristiana. Sí.. —¿Qué informa el apreciado gobernador? —preguntó La Valette. No puede sobrevivir sin ayuda de un médico. Con un meneo de la cabeza. nuestra plaza corre grave peligro. caballeros. La Cerda se apoyó un dedo en los labios y cerró los ojos para pensar. —San Telmo. Se inclinó ante La Valette. están al límite de sus fuerzas. todos guerreros con experiencia. Broglia me envía. —¿Cuánto tiempo puede resistir la fortaleza? —preguntó glacialmente. La Cerda las repitió. —¿Qué dice Broglia? —Las murallas se desmoronan y nuestros hombres. con Starkey a la derecha y el obispo a la izquierda. y que Dios os acompañe. El Sacro Consiglio estaba enclaustrado en Birgu con dos docenas de hombres. . Pilieres de las Lenguas y caballeros gran cruz completaban la concurrencia.

El caballero agachó la cabeza. gran maestre —ofreció Medran—. y si no podemos curar vuestro miedo. . —¿Un enfermo al límite de sus fuerzas? —se mofó. no os fiéis de las opiniones de este hombre! —exclamó—. —¡Mi señor. —De inmediato. —Yo mismo iré en vuestro lugar. Otros asintieron. —Quedaréis detenido hasta que reciba más noticias de Broglia —dijo La Valette. Cada día que Broglia resiste aumenta nuestras probabilidades de dar la bienvenida a don García cuando llegue. La Valette miró a La Cerda como si su presencia le provocara indigestión. La Valette interpeló a Medran. —Sí. gran maestre. —Medran recogió el yelmo de la mesa. señoría. La Cerda aflojó los hombros. —Llevad cincuenta voluntarios y una compañía de soldados. No sea que el miedo de este hombre nos avergüence a todos. la voz serena pero firme. Ésas no son palabras de Broglia. pensó. —¡Pues yo mismo seré vuestro médico! Llevaré otros conmigo. —Sí. —Coincido con vos. Un gran cruz se levantó en el extremo de la mesa y fulminó a La Cerda con la mirada. No podía permitir que el pesimismo de ese hombre envenenara San Telmo. señoría. Los pies de su armadura vibraron en la piedra mientras dejaba atrás al cabizbajo La Cerda.La Valette reflexionó sobre esa declaración. impediremos que la fortaleza caiga en manos enemigas. —Asestó un puñetazo en la mesa—. —Esta campaña reposa sobre los hombros de San Telmo. La Valette se levantó. No se hablará más de entregar San Telmo. Quizá ese tratamiento sea suficiente. monsieur Medran —replicó La Valette. No puedo creer que reproduzca correctamente las palabras de Broglia.

—Piali interrogó a Mustafá con la mirada—. El almirante. Mustafá Bajá y Uluj Alí visitaron la tienda personal del almirante Piali. desnudo de la cintura para arriba y tendido sobre la espalda. un hombre delgado y sinuoso que tenía fama de brutal. su médico personal. una polvareda amarilla cubrió San Ángel. pidió un refrigerio a un esclavo. Además. perdonad que no me levante. Buen día. amén de esclavos y un cuerpo de ingenieros egipcios. y ovacionaban cada vez que caía un enemigo. ¿Vuestros marineros querrán encabezar el primer ataque? . La artillería del bajá hablaba con voz perentoria. Al amparo de gruesas andanadas. Uluj Alí llevaba cuatro naves de municiones y pertrechos. vendaba la herida. Los jenízaros mantenían un constante intercambio de disparos con los hospitalarios.18 27 de mayo La noche fresca y calma sucumbió al sol abrasador mientras los cañones turcos reanudaban su sinfonía. La respuesta del gobernador carecía de entusiasmo: —Agradezco a Alá que no estéis muy lastimado. —Gracias. —Alí. —Gobernador Alí —dijo Piali—. Al cabo de unas horas. gobernador de Alejandría. Mustafá había ordenado el bombardeo de San Ángel. los turcos extendieron sus trincheras y parapetos casi hasta el revellín de San Telmo. Los egipcios de Uluj Alí se contaban entre los zapadores más respetados del mundo y eran muy valorados por su dominio del arte del asedio. padre. La elevada moral de los turcos se reforzó con la llegada de Uluj Alí. se había cortado con una astilla de piedra. Y San Telmo no era el único objetivo. ¿Cómo anda la pequeña guerra? Mustafá se encogió de hombros. en abrumadora minoría. —El fuerte resiste. el cuartel general de La Valette en Birgu recibió algunos impactos directos. proyectiles de hierro y mármol silbaban sobre el sereno Gran Puerto y se estrellaban contra la enorme fortaleza. Los caballeros que se arrodillaban para recargar rogaban por la misericordia de blandir la espada antes de que la artillería enemiga los eliminara a todos. un hombrecillo ceniciento de rostro arrugado.

Asustaré a esos cerdos paganos. Aubin interpeló al soldado que manejaba el pequeño cañón de proa. preguntó: —¿No intentaremos romper el cerco para entrar. St. ¡Despacha seis naves para aplastar a esos tontos cristianos! —De inmediato. Había regresado recientemente de la costa de Berbería. El lugarteniente de St. terminó de vestirse y salió apresuradamente de la tienda. —Fuego a discreción —ordenó St. Poned rumbo a Sicilia. Bocanadas de humo brotaron de los buques turcos anclados. un joven de veinticuatro años. Aubin. un oficial entró en la tienda y se inclinó profundamente. Un penacho de espuma se elevó a lo lejos. ¿Dónde estáis?. La dinámica quilla de la galera hendía las aguas azules. y movía los pies con delicadeza sobre las piedras afiladas. Aubin. —¿Qué? —gritó Piali.—Un honor que debo rehusar. comendador! —replicó el soldado. —¡Observa esto! —A toda velocidad. Se puso de pie. —Locos. sosteniéndose el turbante. St. mi señor. El cañón ladró y una bala partió gimiendo hacia Malta. Aubin. . Calzaba pantuflas. Los cañones hablaron varias veces mientras los remos mantenían un ritmo parejo a los oídos de St. Aubin al capataz. St. —Envía nuestra respuesta al sultán. y le angustiaba encontrar Malta rodeada. Aubin y el joven caballero guardaron silencio mientras la nave seguía su curso. Fuera se elevaron voces. seguido por Mustafá y Alí. hacia la galera hospitalaria que se aproximaba. pensó. —No. —Piali apartó al médico mientras un esclavo le alcanzaba la bata. Restallaron los látigos y los condenados se encorvaron sobre los remos. ¡Locos! —Aferró a uno de sus capitanes—. provocando chorros de espuma. Piali se restregó las manos con expectativa. los proyectiles cayeron a cierta distancia de la nave de St. Aubin se acarició la barba cana. Llegó a un punto de observación y miró al sur. Aubin. De pronto avistó las naves enemigas. pensó. se aproxima una nave desde el sur y ha izado la cruz de San Juan. Piali miró con el ceño fruncido la desafiante cruz roja. Se reunieron marineros alrededor de Piali. señor? —No. —¡Allá! —¿Atacamos? —preguntó el lugarteniente. ya —le ordenó el caballero comendador St. Miró a Mustafá con una sonrisa socarrona. —¡Sí. —Mi señor almirante —dijo—. Parecía que los cristianos intentarían burlar el bloqueo y entrar en el Gran Puerto.

Aubin mantuvo el curso hasta que cinco navíos enemigos quedaron a la zaga. —Corre como un perro. señor. Los cristianos obtuvieron una gran ventaja sobre todas las naves musulmanas menos una. pero él sentía la satisfacción de ambos como un dogal que le apretara el cuello. seguido por sus oficiales. Aubin rió entre dientes. La nave de St. Piali se giró hacia su comitiva. Mehemet Bey perdió las agallas y huyó de regreso a la isla. Persíguelo un poco y luego dirígete a Sicilia. Aubin burló a los turcos que se aproximaban. —¡Mujerzuela pusilánime! ¡Te haré aporrear! ¡Maldecirás el día en que naciste! Mustafá miró al cielo. una galeota esbelta cuyo estandarte proclamaba que el capitán era Mehemet Bey. —Apurad esos remos —ordenó St. —Son todos perros. St. Solo contra el aguerrido hospitalario. —¡Preparaos para disparar! —gritó a sus arcabuceros. Alí se volvió hacia Mustafá. Avergonzado y humillado. —St. . Debemos informar a Mesina cuál es la situación aquí. Piali arrojó el turbante al suelo y alzó un puño contra la nave de Bey. —¿Quién tuvo la idea de atacar San Telmo? —preguntó. que perdieron tiempo al cambiar de curso. —Sí. Piali dejó de hablar a medida que observaba los traspiés de Mehemet Bey. Aubin mientras los buques turcos viraban para seguirlo. Mustafá y Alí se regodeaban en silencio. St. Aubin se dirigió a popa. señor —dijo el lugarteniente. Silbaron proyectiles sobre el navío hospitalario. ¡Preparad el cañón del centro! La nave giró casi dentro de su propia longitud y enfiló hacia el bajel turco. —¡Venid conmigo! ¡Debemos dar la bienvenida al héroe que regresa! —Se largó. —Nuestro almirante —respondió Mustafá con una carcajada. ¡Atrás y a babor! —ordenó—.—A la orden. Los soldados giraron a la izquierda—.

La Valette.19 29 de mayo Se acercaba el alba cuando sir Starkey se reunió con La Valette en la muralla de San Ángel que daba al puerto. La Valette miraba hacia San Telmo a través del Gran Puerto. de espaldas al inglés. —Te oigo. . no parecía haberse movido desde que Starkey lo había dejado muchas horas atrás. —¿Maestre? —repitió el inglés. Una leve brisa del noreste agitaba el cabello cano de La Valette. —¿Maestre? —preguntó Starkey.

. Tiene que venir. estoy sacrificando a esos muchachos de San Telmo por nada. maestre. Luego se oyeron los inequívocos gritos de la acometida cristiana. —Un gran maestre no necesita dormir —dijo. Hombres con armadura salieron de San Telmo y se abalanzaron sobre las trincheras que se extendían más allá del revellín. enderezándose—. Dios no nos entregará a los paganos. Si Broglia ataca ahora. Se dirigieron a la escalera. Ven. —Los cogimos desprevenidos —coincidió—. No han cejado. La Valette miró a Starkey con ofuscación. —Resulta extraño que haya tanta tranquilidad por la noche. Otros se les unieron en la muralla. Detonaciones de armas pequeñas restallaron sobre el puerto. —Don García vendrá —respondió—. La Valette siempre parecía confiar plenamente en sí mismo y sus decisiones. Starkey se sintió sorprendido. —¡Los fusiles del fuerte! —declaró un guardia de La Valette—. —Y yo tampoco. ¡Estamos atacando! La Valette escuchó atentamente mientras los turcos lanzaban una confusa respuesta. —Quizá St. ¡Ven. vamos a encargarnos de las tareas del día. Asintió. —¿Oliver? —Sí. —Pero no habéis dormido. El inglés quedó muy perturbado. —No creo que don García se proponga venir. Aubin lo convenza —sugirió. Starkey luchó contra un incómodo silencio. al parecer.Starkey miró el fuerte asediado. La duda se disipó del rostro de La Valette. veamos qué se puede hacer! Todo San Ángel vitoreaba a San Telmo cuando el gran maestre abandonó la muralla. —El silencio no durará mucho tiempo. —Si don García no viene. —¡Magnífico! —dijo La Valette—. —Es verdad —dijo. —Cogió el brazo de Starkey—. ambos hombres miraron hacia San Telmo. causará grandes estragos. —Lo sé.

En silencio rogó a Dios que protegiera a Sebastian. Una vez que cruzaran el puente levadizo. Alzó el acero hacia el cielo gris. pues habla llegado recientemente de Birgu. Haced que los esclavos del bárbaro Solimán lamenten haber invadido nuestra isla. con el coronel Le Mas y Medran a la cabeza del contingente.. miembros de las Lenguas de Francia y España se desplegarían hacia el sur mientras los italianos reforzaban el revellín y atacaban la derecha. Vischer se apostó entre las Lenguas de Provenza y Castilla. caballeros y soldados. sino que cobrarían a los turcos un precio por invadir la isla. ¡La larga hoja irradió un fulgor azul y emitió un siseo! Los hombres jadearon ante esa visión.. . —¡Caballeros de San Juan. Al concluir la plegaria. el coronel Le Mas y el caballero Medran decidieron atacar antes del alba. y otros hermanos en Cristo! —comenzó—. Guaras. Trescientos hombres silenciosos. El anciano gobernador cojeaba entre las tropas. Ya no debían acurrucarse detrás de muros en ruinas. Broglia tropezó con el cráter de una bomba y tres caballeros se apresuraron a ayudarlo. al ataque! —¡Al ataque! —exclamaron los hombres. Un gallo enérgico y solitario cacareó en el campamento turco. El puente de madera se inclinó sobre el foso seco y se apoyó en el otro lado. se agolparon en la muralla oeste. La luz azul se desvaneció lentamente. Su armadura estaba relativamente limpia. Segundos después un almuecín elevó la voz para saludar el nuevo día. Di Corso rezaba acuclillado junto a la puerta. —¡San Telmo nos guarda! —susurró alguien. El comandante tiró de un cordel y la cruz blanca de San Juan se desplegó en la brisa. en el hospital sólo quedaron los muy malheridos. Esos hombres que habían sufrido el bombardeo y habían presenciado la muerte y el desmembramiento de amigos y hermanos saboreaban la idea de la venganza. ha cha en mano. El hedor de la muerte lo impregnaba todo. Broglia. Ordenó que bajaran el puente levadizo y alzaran el rastrillo. Un joven escudero entregó a Medran un asta larga. no notó que Rambaldi estaba detrás de él. Broglia se proponía vencer. hasta que los hombres se preguntaron si sólo había sido un sueño. bendiciendo a muchos por el nombre y apoyándoles una mano en el hombro para confortarlos. desenvainó la espada. Los infantes de armadura liviana y los hermanos servidores actuarían como reserva y flanco. Medran concentró sus tropas en dos puntas de lanza. Medran cerró su visera y desenvainó la espada. ¡Que sepan que somos la puerta de Europa y que esa puerta sigue cerrada! Murmullos de asentimiento recorrieron la multitud. La guarnición temblaba de ansiedad. —¡Adelante. El caballero Medran se abrió paso entre sus hombres hasta llegar a la puerta.La noche de San Telmo había transcurrido en silenciosos preparativos.

los musulmanes arrojaron sus arcabuces y buscaron sus cimitarras. Un hombre de ojos desorbitados logró asestar un mandoble en el costado de Vischer. La esporádica respuesta turca se veía como flores anaranjadas en la penumbra. Los que salieron ilesos bordearon el revellín. Al cabo no quedaba ningún turco vivo en la primera trinchera. los hombres de Mustafá caían por montones. el hombre tembló cuando se hundió el acero. los caballeros penetraron las filas enemigas con hachazos y mandobles. La Lengua italiana encontró una resistencia más tenaz cuando el ala derecha de la ofensiva se topó con una compañía de tropas selectas. perseguidos acaloradamente por caballeros agraviados que intentaban cobrar un precio de sangre. dispararon contra las trincheras turcas.Los caballeros salieron por la puerta con un potente rugido. La punta de lanza de Medran tomó una posición tras otra. pero la armadura desvió la hoja. el alemán descargó el hacha en la cabeza del atacante. pero en cuanto lograron aproximarse causaron tantos estragos que sus espadas quedaron tintas en sangre. saltó a una trinchera enemiga como un ángel vengador. con su número abrumador. cruzaron el terreno desparejo y acometieron contra las líneas turcas. —¡A mí. desbandando al enemigo. Sangre escarlata salpicó el pecho de Vischer cuando recobró el arma. el coraje turco no podía contra la destreza de los hospitalarios. Tras cruzar el foso. Alzando el hacha. españoles y turcos entablaron un diálogo caótico. Sorprendidos mientras recargaban. y su túnica enrojeció cuando Rambaldi lo extrajo. Rambaldi sepultó la espada en el plexo solar del turco. donde los turcos. La línea de batalla se estabilizó y los soldados de Mustafá fueron exterminados hasta que yacieron en pilas. A pesar de su gran inferioridad numérica. Los cadáveres con túnica estaban tan trinchados y pisoteados que era imposible reconocer los rasgos. lograron detener a los cristianos. hermanos míos! —llamó Vischer. Allí los caballeros no encontraron ingenieros. Franceses. Los turcos que no habían huido fueron despachados prontamente. . Esquivando un feroz sablazo. Más caballeros se derramaron en la trinchera. sino soldados curtidos y aguerridos. ganando impulso mientras cruzaban el crujiente puente levadizo. Los mosquetazos causaron algunas bajas entre los italianos. sin dar ni pedir cuartel. Apabullados por ese embate súbito y feroz. Los ingenieros de Mustafá debieron retroceder con grandes pérdidas. los sesos se desparramaron en el suelo. Los caballeros gritaron mientras pisaban la dura tierra e invadían las trincheras. Caballeros aullantes lo siguieron a una aspillera. hendiendo el cráneo hasta los dientes. Aun así. El avance perdió ímpetu sólo cuando llegaron a los cañones de la vanguardia de Mustafá. Vischer aterrizó sobre un turco con bigotes y golpeó con fuerza la cara del hombre. Lanzando su gutural grito de guerra. El caballero Vischer encabezaba el asalto. Rambaldi había llegado a la contraescarpa enemiga cuando un robusto turco saltó desde la trinchera y lo atacó cimitarra en mano.

Mustafá reflexionó. cayó de espaldas. mi señor. ¿Por qué? Los hombres rieron mientras volvían a perseguir al enemigo. Rambaldi miró el terreno cubierto de muertos. la guarnición de San Telmo y los hombres de San Ángel pudieron presenciar un duelo de espadachines que podía rivalizar con cualquiera en la historia. Los jenízaros no se codeaban con los soldados comunes.Dos hombres acometieron contra Rambaldi. Rambaldi se meció sobre los pies. Despachó al primero con un tajo en la cara y frenó al otro con el borde del escudo. Testarossa? —gritó alguien. Podrás agradecérselo al Santo. ¡Muévete! Mustafá notó que la línea de los caballeros se había extendido en exceso. se estrellaron contra los fatigados cristianos como una marea irresistible. —Dios lo maldiga —murmuró.. Hombres de gran brío y estatura. El ejército de Mustafá. Sus cimitarras relampagueaban bajo el sol de la mañana. Los nobles caballeros. pensó. favoritos escogidos por Solimán. Serán rechazados. ¡Es preciso! Los jenízaros avanzaron desde su posición de retaguardia con ojos feroces. sin poder creer el modo en que los caballeros trituraban sus formaciones—. Los turcos habían abandonado la contraescarpa. Mustafá Bajá aún estaba en bata de dormir cuando llegó a Sciberras. Rambaldi no vio el sable que le abollaba el yelmo. Mil de esos temibles soldados se toparon con la vanguardia de los caballeros.. Siguió una feroz contienda. —¡Están atravesando tus filas! —le rugió a un general. el hedor a excrementos era insoportable. —Bien. El escudo golpeó al turco bajo la barbilla y le aplastó el gaznate con un crujido. —Sí. apartaron a empellones a los soldados comunes y bajaron por Sciberras con gritos llenos de odio. Oyó un alarido agudo y espantoso y luego un terceto de caballeros lo ayudaron a levantarse. No le gustó lo que veía. Esos guerreros legendarios. ¿Debo enviar a los jenízaros? Se volvió hacia las tiendas de la cima del monte. Los jenízaros adelante —le ordenó al agá de los jenízaros—. nacidos para la espada. Los caballeros ganaban terreno rápidamente. —¿Cómo estás. —¡Estupendo! —gritó uno—. Frenéticos artilleros turcos bajaban los cañones para una descarga a quemarropa. Él te salvó la vida. —¡Maldición! —gruñó Mustafá. Enfermo y mareado. Aturdido. El ánimo se resentirá si no logran rechazar a esos dementes. luchaban por cada palmo de . cayó de rodillas. escupiendo sangre. y sangre caliente le humedeció los labios. Vio que Di Corso y otro caballero atacaban una trinchera distante.

Los caballeros podrían considerarse afortunados si esa noche conservaban el revellín. Fatigados. Jenízaros enfurecidos le pisaban los talones. Vischer cogió al otro jenízaro por la garganta y le partió los sesos de un hachazo. Había recobrado el terreno perdido y más. el caballero tronchó la cabeza del jenízaro. Mustafá sonrió. El ataque hospitalario. Esa noche la media luna turca ondeaba ante el revellín cristiano. superados en número por tropas selectas. Apartándose. —¡Ayudadme! —clamó. mientras el cuello escupía sangre. extendidos en exceso. Miró a los ojos de sus hermanos. Vischer cayó de rodillas. que horas atrás había comenzado de forma tan brillante. la guarnición de Broglia estaba tan maltrecha que no intentaría otro ataque. exhausto. Broglia utilizó las reservas en un intento desesperado de salvar el día. Los heridos salían del fuerte con gritos de rabia y se interponían entre la marea de jenízaros y sus hermanos en retirada. soltando el hacha. El cuerpo decapitado rodó colina abajo. pero la sangre de trescientos jenízaros había engrasado las ruedas de la retirada hospitalaria. estrelló la hombrera de la armadura contra la cadera de un hombre. dudando que tuviera fuerzas para correr. Vischer acometió aullando contra dos gigantes de túnica blanca. El hacha se incrustó en el pecho del jenízaro con un crujido y el turco cayó como una piedra. Logró ponerse de pie y enfiló hacia San Telmo. El choque de aceros era ensordecedor mientras los combatientes batallaban bajo la mirada de los comandantes. Entornando los ojos por el sudor y el dolor. Son demasiados. Abrumado de fatiga. Alguien le cogió el pie. . Vischer recobró el arma y trepó por el terraplén. había terminado en una aplastante derrota. El contraataque turco fue detenido. quedó tendido entre los muertos y heridos. Estaba mareado. Otra oleada de jenízaros bajó por el declive.Sciberras contra la furia fanática de los «inmortales» musulmanes. Dentro del fuerte los hombres se prepararon para morir y aguardaron la carga decisiva y definitiva. Un bosnio monstruoso de barba rizada y rubia embistió contra Vischer. Manos fuertes le cogieron el brazal y lo arrastraron por encima del borde. pensó. blandía su hacha con eficiencia mecánica. pero con terribles pérdidas. agitando la espada. Agotado. En lo alto del Sciberras. Los compañeros de Vischer fueron abatidos hasta que sólo quedó él. La pelvis se quebró con un chasquido y el jenízaro cayó con un grito. Vischer llegó al revellín y de pronto se volvió contra el turco más próximo. Los ojos del turco rodaron mientras su yelmo con plumas de garza chocaba contra el suelo. Los caballeros no podían resistir. debieron retroceder hasta el revellín de San Telmo.

los turcos vitoreaban cada salva. rogó. ¡Dios nos guarde! Hacía tiempo que los hospitalarios esperaban a Dragut. Y perdónales que ignoren tu gran sacrificio. Piali quiere impresionar al Grande. Otros eran los gritos que cundían por la cima del Sciberras. algunos empezaban a creer que no acudiría. Fue el primero en darse cuenta que recibían fuego de artillería desde el mar. —¡Se acercan naves desde el sureste! —advirtieron los centinelas. Semicírculos morados le aureolaban los ojos oscuros. Otros recogieron el grito. al identificar el estandarte del famoso corsario. Obtuvo la respuesta casi de inmediato. —¡Dragut! —gimieron los caballeros—. Recíbelos en tu reino. Dragut. oh Señor.20 30 de mayo Los fatigados defensores de San Telmo cogieron penosamente las armas cuando los tonantes cañones turcos saludaron el alba. Di Corso se persignó. y se le notaba en la cara agraciada. había permanecido en su puesto toda la noche. Las naves de Piali navegaban junto a San Telmo en fila. Hombres heridos cojeaban del hospital al parapeto y subían a las maltrechas murallas. Esa esperanza se evaporó cuando avistaron los quince navíos de guerra de Dragut. donde tomó la comunión. . pero como el asedio continuaba y él no llegaba. meditando sobre los ocho turcos que había matado. intrigado por ese derrochador despliegue de poder de fuego. —¡Es Dragut! —se lamentaron. consternados. exclamó: —¡El enemigo frente a Punta de las Horcas! Los hombres miraron al este. Con razón este espectáculo. y su tez era pálida donde no estaba tiznada de suciedad. Michele di Corso no había podido dormir. Esperaban que Dios hubiera hundido su flota en un temporal. donde los disparos mal apuntados de Piali estaban matando a los hombres de Mustafá. pensó Di Corso. ¿Qué diablos sucede?. Cada una disparaba una andanada al pasar. Señalando el sol naciente. una hilera de ochenta galeras que se extendía casi hasta el horizonte. Salvo por una breve visita a la capilla. Caballeros adustos manchados de sangre se preguntaban si era su último amanecer. y aunque los disparos causaban poco daño.

Mustafá se reunió con el corsario fuera de la tienda e intercambiaron frases corteses. transportando su precioso cargamento hacia el Marsamuscetto. veámoslo. al oeste del Marsamuscetto. —Dios nos guarde —murmuró Starkey. —¿Por qué has atacado San Telmo antes de pacificar la vieja Gozo y la débil Mdina? —preguntó Dragut. dichas por un enemigo. os saludo y agradezco a Alá que hayáis venido a compartir nuestra victoria. al Marsasirocco. Dragut siguió al norte del Marsamuscetto y desembarcó en la bahía de San Julián. y piloto incomparable. y los soldados del monte Sciberras descargaron sus armas para darle la bienvenida. Los marineros de Piali ovacionaron mientras él pasaba. La Valette observó la aproximación de Dragut desde San Ángel. para que estuvieran a salvo. Era un corto trayecto hasta la tienda del bajá. Nunca desesperaba y era humanitario con los cautivos. La gran galera pasó frente a San Telmo. Señaló un caballo negro.Los hombres valientes temían a la «espada desnuda del Islam» con buenos motivos. aunque los oficiales que lo acompañaban estaban obviamente encantados de ver a Dragut. . Aunque era octogenario.. —Padre del mar —dijo con voz afectada—. ni un canal que no hubiera surcado. El almirante Piali lo recibió en la costa. le colgaba del cinturón. Dragut permanecía erguido bajo la túnica negra que le llegaba a los pies. —Sí. —Quizá debas preguntarle al almirante —replicó—.. de la armada imperial de Solimán. aunque por matrimonio estaba emparentado con la familia del sultán. El almirante se inclinó. célebre almirante francés. escribió: «Dragut Rais era superior a Barbarroja: un mapa viviente del Mediterráneo que combinaba la ciencia con la osadía. Jurien de la Graviére. —Almirante Piali. Piali mantuvo a Dragut a cierta distancia. Había en su mirada una confianza imperiosa. Piali parecía bastante tranquilo. Mustafá entorno los ojos. En tierra era tan habilidoso que merecía figurar entre los mejores generales de Europa. Por mi parte. preguntando: —¿Al campamento de Mustafá? —Sí. Perspicaz. no tenía parangón en la guerra marítima. eran toda una alabanza. salvo el caballero Romegas. sabiendo que sus hombres reverenciaban al viejo pirata. y nadie era más digno que él del título de rey». Su mirada no pasó por alto ninguno de los errores tácticos de Mustafá. Frunció el ceño al ver la bandera hospitalaria sobre San Telmo. por leves que fueran. No prestó atención a la adulación y estudió el despliegue de las tropas de Mustafá en Sciberras. No había una cala que desconociera. deseaba hacer tal como has sugerido. Dragut estaba solo en el castillo de popa de su nave insignia. ¿Qué mayor alabanza es necesaria? Los hombres se estrecharon en un frío abrazo. regalo de Solimán. Los tres comandantes entraron en la tienda y fueron al grano. Un turbante enjoyado le cubría la cabeza y una cimitarra de oro. y de inmediato envió sus naves al sur. Dragut también se inclinó. Un alicaído sir Oliver observaba con él. Ahora empieza la verdadera batalla. Semejantes palabras. su regio semblante dominaba su entorno.

podrías haber dejado atrás esa guarida de ladrones para seguir hasta los trofeos de Birgu y Senglea! —¡Tenía que poner mis naves a salvo! —protestó Piali—. ¿Pasaste por alto estos detalles? Piali parecía desalentado. al norte de San Telmo sobre la boca del . y tontamente —replicó Dragut—. ¿No has oído hablar de Rodas? ¿Ni del Krak des Chevaliers. —El jefe de ingenieros nos garantizó que San Telmo se colapsaría en dos días. —¿Quién manda aquí. —Explícale San Telmo al señor Dragut —ordenó Piali. sino caballeros de San Juan —replicó—. reemplazó rápidamente los cañones de Tigné. —Estos hombres no son meros cristianos. —¿Quién? Piali llamó al jefe de ingenieros y el hombre entró en la tienda. y respondió con fatalismo: —Hemos hecho todo lo que podíamos. donde doscientos de ellos contuvieron al Islam durante veinte años? El ingeniero guardó silencio. que la pérdida de un ánimo irreemplazable. Pero una vez comenzado. ¡No expondré la flota del sultán en aguas desconocidas! —¿Para que pudieran derrochar municiones para darme la bienvenida? —escupió Dragut—. el padre o el hijo? Una vez que cayeran Gozo y Mdina. Es mejor el sacrificio de muchos hombres. —Lamento mil veces que se haya iniciado el ataque contra San Telmo —dijo—. se debe continuar hasta el final.Dragut taladró con los ojos al joven almirante. Dragut sacudió la cabeza. incrédulo. ¿No viste que podías haber sorteado San Telmo? ¡Una vez que tomaras Gozo. ¡Piensa. Si tuviéramos el lado norte de la isla. —Sí. —¿Cuál es tu sugerencia? —Más artillería —gruñó Dragut—. Maestro del arte del asedio. cuestionaba la mayoría. —¿Cuántos hombres has traído? —preguntó Mustafá. Para esos caballeros. habríamos podido impedir que salieran naves hacia Sicilia. y caerán muchos. Dragut dio la espalda a Piali y al ingeniero y miró a Mustafá como si no lo considerase tan imbécil como los demás. Estaba esperando junto a la entrada. —Creo que los cristianos están condenados —terminó blandamente el ingeniero. y provisiones. hombre! Piali se frotó las sienes. la música de los cañones es un arrullo. Dragut era un hombre de acción. El ruido no bastará para asustarlos. también impediríamos que los Caballeros recibieran ayuda. Exploró personalmente la isla antes de reposar o comer. —Dos mil. Aunque el corsario coincidía con algunas. Dragut escuchó con impaciencia mientras el ingeniero defendía sus opiniones.

Después de estudiar mejor San Telmo. transformándose en un semidiós para esos hombres que estaban tan lejos de su hogar. Fue una genialidad táctica. ¡Ni siquiera el sultán podría traernos más suerte! . Es tarea para los jenízaros. al cabo de tres días se duplicó el fuego sobre San Telmo. respondían con redoblado esfuerzo. los cañones martillaron la intacta muralla norte de San Telmo. Dragut entrevió un dato vital que Piali y Mustafá habían pasado por alto: La Valette había reforzado la guarnición al amparo de la noche.Marsamuscetto. así la general como la de Dragut». A diferencia de Piali y Mustafá. Estaban volando el fuerte en pedazos. sino que su heroica abnegación impulsaba a hombres comunes a realizar actos extraordinarios. Esa obra exterior elevada permitiría a los turcos disparar directamente por encima de las destartaladas murallas. Dragut apostó otra batería en Punta de las Horcas. Allí. que se recluían en tiendas lujosas para descansar y distraerse. al sur del fuerte sitiado. Con Tigné y Punta de las Horcas bajo el control de Dragut. Francesco Balbi di Correggio. Los hombres morían con tal de ganar una palabra de elogio de la «espada desnuda del Islam». un italiano españolizado que fue soldado en San Miguel y escribió una crónica del sitio. El anciano vivía entre las tropas y compartía sus penurias. —Toma el revellín —le dijo a Mustafá—. Dragut no sólo aportaba perspicacia y coordinación a las fuerzas militares turcas. Se desplegaron cañones en Punta de las Horcas con el único propósito de detener el desplazamiento de refuerzos. La punta no sólo custodiaba la entrada del Gran Puerto. a una distancia de quinientas yardas. sino que brindaba un panorama claro de San Ángel y el mar. comía y dormía en las malolientes trincheras. El revellín se debía ganar a toda costa. señala que «la batería de los enemigos fue muy cruel. El corsario decidió que era de suprema importancia capturar las defensas externas de San Telmo. Dondequiera que él iba. —¡Sin duda obtendremos la victoria! —declaraban los eufóricos turcos después de la inspección de Dragut—.

asistían a los heridos con manos maltrechas. Día de la Ascensión Un andrajoso estandarte hospitalario flameaba sobre San Telmo cuando comenzó el octavo día de bombardeo. metiendo pan empapado en vino entre labios cuarteados antes de pasar al próximo paciente. Los caídos desvariaban. Al mediodía el sol del Mediterráneo elevó la temperatura hasta recalentar las armaduras.21 31 de mayo. Las bajas de la carga jenízara yacían en el foso bajo una alfombra de moscas zumbonas. encorvados de fatiga. Los soldados llevaban alimentos y provisiones a los caballeros de las murallas y los que estaban detrás de los improvisados terraplenes. Ahora en servicio constante. pidiendo a Dios que los liberase del tormento. Extenuados hermanos servidores. Las cuadrillas reparaban las brechas. los hospitalarios ingerían comidas tibias mientras devolvían el fuego a través del brumoso Sciberras. Otros construían reductos dentro del menguante perímetro. La mitad occidental del fuerte parecía una cantera rodeada por un muro desmoronado. previendo un ataque de infantería. los cristianos heridos languidecían en charcos de sudor y de sangre. pero el efecto era efímero. El tufo de los cuerpos putrefactos era tan hediondo . su tarea era desbaratada en cuanto la concluían.

mejor aún. ¡Cómo me apetecerían unas verduras frescas con aceite! —Disparó el arcabuz. el enjambre de insectos zumbones se disipó.. —Ya. Sólo pensaba. —Y eso es bastante —confió Di Rufo. Le costaba mantener los ojos abiertos. Di Corso yacía contra una obra en talud. —¿En? Di Ruvo señaló Sciberras. Di Corso movió las manos para recargar el arma. ¿O preferís escuchar el basilisco? Di Corso no pudo contener una sonrisa. —Esa rebanada de pan no me mantendrá en pie —gruñó el caballero Di Ruvo mientras disparaba el arma—. aunque conocía la cantidad exacta. el calor. vale —dijo Di Ruvo. en carne de ternera.. Sus carnes afiebradas chorreaban sudor y sus muñecas sangraban por el contacto continuo con la malla de acero. Di Corso se volvió hacia Di Ruvo. —Sería por tu propio bien —dijo. Un hombre no olvida esas cosas. la fatiga y el desgaste de la batalla.. Ruvo—. quizá—concluyó Di Ruvo.. Esos hombres que dormían con la armadura puesta no querían que les recordaran los lujos del terruño. Su visión se enturbió al recordar la lejana Florencia y los festines que disfrutaba en las Pascuas. —¡Ah. hermano? —¡Sí. mostrando el feo tajo de su mejilla. Una piedra golpeó el yelmo del napolitano. no quisiera que me trataras como has tratado a los turcos —rió Di Di Corso disfrutó de una breve remembranza: su madre leyéndole las Escrituras en latín. Italia! —salmodió Di Ruvo—. ¿Cuántos mataste? ¡Vaya santo! —Un caballero no hace esas cuentas —suspiró Di Corso. transformándose en campos de hierba mecida por el viento. —Vale. Un murmullo airado se elevó entre los defensores.que los hombres se preguntaban cuándo estallaría la peste en la guarnición. alzando un guantelete mutilado. Una cimitarra jenízara le había rebanado dos dedos—. —Si quieres alta cocina. Incluso maté para salvarlo a él. O. —¿Intentas fastidiarnos. Parecía que había pasado una vida desde que no conocía otra cosa que el dolor. —¡Ya he terminado! —gritó él—. Di Corso miró por encima del foso. Di Corso parpadeó con ojos inflamados. hasta Italia. que supervisaba una cuadrilla de trabajo. Estoy tan famélico que me comería un carbunclo. Miró línea abajo hacia Rambaldi. nada hasta Birgu —respondió—. . —. Sin duda soy el guardián de mi «hermano». cállate! —añadieron otros. sin prestar atención a la vibración de sus oídos.

—Es un talento. —Una vez estuve con una mujer —confió. Di Corso asintió. ¿Sentir su suavidad en tus brazos? —Soy hombre —fue la vacilante respuesta. Menos mal que no hay mujeres cerca. Se levantó entre los escombros. —No. Di Corso reflexionó sobre ese pecado. —¿Mujeres? De pronto Di Ruvo pareció abochornado. —¿Estás herido. —¿Entonces qué te preocupa? Di Ruvo tardó un instante en responder. —¿Acaso te acusé de algo? Di Ruvo irguió la cabeza.—Siete mil disparos hoy. Agachó la cabeza. —No. Otra bala de cañón cayó cerca. —¿Nunca has ansiado abrazar a una doncella? —murmuró Di Ruvo—. Di Corso se sonrojó y examinó el arcabuz. —Lo disfruté mucho —confesó—. sus ojos castaños tenían una expresión afligida y distante. Di Ruvo se encogió de hombros. Ese pagano Dragut conoce su oficio. aún era aprendiz. —¿Por qué me miras así? —¿Cómo? —No he roto ningún voto —alegó Di Ruvo. Di Corso suspiró de alivio. más o menos. Pepe? —preguntó. A menudo he deseado verla de nuevo. Puso cara de vergüenza—. Una bala de cañón perforó el terraplén y cubrió a Di Corso de tierra y guijarros. —Todas las criaturas de Dios anhelan ese tipo de unión. —¡Bien! ¿Has hecho confesión y penitencia? —Ciertamente. . Los hospitalarios hacían votos de castidad y obediencia. —¿Cómo puedes contar mientras hablas tanto? —preguntó alguien. —¿Eras caballero de justicia? —preguntó. Michele —repitió en un rápido susurro. Maldición. —No soy cura. creo que no —dijo Di Ruvo. me he orinado encima. —Estuve con una mujer. Di Ruvo se le acercó y aferró el brazal de su amigo.

El bote voló en pedazos.—¿Sí? —Pero ante todo soy hombre de Dios —dijo Di Corso—. Starkey volvió a sentarse. La sabiduría de Dragut rindió fruto durante los días siguientes. —Hermanos míos —comenzó—. —Monsieur La Valette —leyó—. Dragut puso . pues. —Estudió cada rostro—. podemos templar nuestra resolución. don García. me complace que así sea. Esta nave ha traído correspondencia de don García de Toledo. Los nobles rasgos del gran maestre eran inexpresivos como la piedra. —¿Qué hacemos entonces? —preguntó el gran cruz. Para mí las únicas mujeres son la Santa Madre Iglesia y la Santa Virgen. y pedía que las galeras de la orden que se hallaban en Mesina fueran despachadas a Malta con los caballeros y hermanos servidores que acababan de llegar del continente. La Valette le clavó los ojos. sabéis que una embarcación pequeña burló el bloqueo turco. saludos de don García de Toledo. —En efecto —dijo—. —¡Camarada de armas! —resopló el pilier alemán—. —¡Ya le hemos dicho que no podemos dar hombres para tripular las galeras! — exclamó un gran cruz. de palabras ociosas. virrey de Felipe II de España. La aflicción se abatió sobre el consejo. La defensa de San Telmo estaba reduciendo los efectivos de San Ángel y San Miguel. El Sacro Consiglio volvió caras torvas y largas hacia La Valette. Además. No fracasaremos. El inglés se puso de pie y desenrolló un pergamino. cuando sus baterías de Punta de las Horcas destruyeron un bote que se dirigía a San Telmo a plena luz del día. —¡El Santo! —resopló Di Ruvo. confiando en Dios y nuestra espada. Armados con esta verdad. y podemos prescindir de la vana esperanza de un pronto rescate. Nuestra fe y el honor de nuestra orden están en nuestras propias manos. También pedía humildemente los hombres que don García pudiera enviarle. Una vez más debo pedir vuestras galeras para poder acudir con mayor premura a vuestro socorro. La leva de tropas y la adquisición de navíos ha sido sumamente difícil. y guardó silencio. Con sincero pesar debo informaros que me resulta imposible ofrecer ayuda inmediata. ¡Nos deja librados a nuestra suerte! Espero que le guste cuando Mustafá tome Mesina. Le hizo una seña a Starkey. Esa noche La Valette dictó una respuesta a don García en la que reiteraba la imposibilidad de acceder a los requerimientos del virrey. Ahora conocemos la verdad de nuestra situación. Vuestro camarada de armas. Prescindamos. —Dar las gracias —respondió enérgicamente La Valette—. Por mi parte. Los hombres meneaban la cabeza con incredulidad.

y se apartó. —¿Desayuno? —preguntó el oficial. Iba vestido con sencillez. Sin darse cuenta. al parecer sin reparar en el sarcasmo—. el lujo de los sueños. . oficial. Ven aquí. pero algunos soldados lo reconocieron y se inclinaron.pequeñas embarcaciones en un afluente del Gran Puerto para detectar los botes que cruzaban al amparo de la oscuridad. —Ah. —Encantador. Miró hacia el fuerte. Un oficial de artillería lo saludó con una reverencia. Estallaron batallas nocturnas en el puerto. pero el saldo de estas escaramuzas pronto resultó evidente: llegaban menos hombres a San Telmo. El oficial no se marchó. —No —dijo Dragut. que miró al viejo con el ceño fruncido. El seso de Piali es tan estéril como el vientre de una vieja. —Así es —dijo Mustafá. Dragut asintió sabiamente. Ese comentario ofendió a Mustafá. ¿Cómo soportan esos cristianos tanto acero? No saben lidiar con el calor. bajá —dijo él—. —Buenos días. predijo Dragut. Ese mísero montículo. Mustafá se le aproximó. haciendo una señal—. He tenido malos sueños. pensó. Llegó a la cima y se apoyó en el basilisco para mirar el sol que emergía del mar. 22 1 de junio Dragut subió por Sciberras entre los ruidos de un campamento que despertaba. El soldado volvió a inclinarse. Dragut dio unos pasos pero se detuvo para mirar San Telmo. Te has levantado temprano. — Haz tu trabajo. señor. con variada fortuna. —Buenos días. ¿verdad? —dijo fatigadamente. Otro día tórrido. sacudiendo la cabeza. le gustaba la actitud alerta que derivaba del hambre. San Telmo titilaba en la penumbra de la aurora. Nunca comía antes del mediodía. —¿Te propones mover mi artillería sin consultarme? —preguntó. Dragut comprendió que el hombre había ido a inspeccionar el cañón. Mustafá obedeció. acarició su túnica húmeda y holgada. Dragut asintió. —No tengo estómago para eso —gruñó Dragut.

La noticia sobre el estado de las defensas pronto llegó a Dragut y Mustafá y se ordenó que la vanguardia de los jenízaros entrara en acción. algunos lograron escabullirse a espadazos. El revellín apestaba. Sí. Ningún disparo saludó su aproximación. Los derviches los . —No le han disparado. escalera en mano. los seis regresaron en silencio a sus líneas. Alzó cinco dedos varias veces y se apoyó la cabeza en la mano. Horrorizados. Al abrir los ojos. Algunos hombres roncaban detrás de él. Sus aullidos hendían la mañana. —¿Entonces? —¿Entonces? Me parece que la inferencia es obvia. Habían sorprendido al fuerte desprevenido y estaban seguros de que lo tomarían. El turco miró al sargento y se pasó un dedo por la garganta. Desenvainaron las espadas. y una veintena de muertos sin evacuar estaban apilados junto a unos barriles de pólvora. Apuesto a que el enemigo está durmiendo y descuidando la guardia. es posible. había caído al suelo. —Es posible —concedió—. Cientos de soldados de túnica blanca salieron de las trincheras.Dragut señaló la primera trinchera turca. El guardia estaba inconsciente o muerto. Mustafá entornó los ojos. —¿Ves a aquel soldado tuyo. El más pequeño de los seis se encaramó a los hombros del más alto y escrutó la aspillera abovedada. Mustafá escrutó el revellín cristiano. ha permanecido a la vista del revellín cristiano durante casi un minuto. El sargento asintió y le indicó que bajara. el que está orinando? Mustafá entornó los ojos. brotaba sangre debajo del yelmo. Los turcos abrazaron el declive de la vapuleada defensa. La mayoría fueron descuartizados al instante. —¿Eso está haciendo? —Sí. Cientos de jenízaros les pisaban los talones. Arcabuz en mano. y salían más de las colinas. Ningún caballero intentó detenerlos. treparon el muro y saltaron sobre el tope con un grito aullante. Cruzaron el terreno cuarteado sin tropiezos y apoyaron las escaleras en el revellín. emprendieron una rápida retirada hacia San Telmo. los aturdidos caballeros descubrieron que estaban perdidos. ¿Habían abandonado el revellín? El sargento susurró una orden y sus hombres se apresuraron a obedecer. Aún no había enemigos. —Exacto. —Sugiero que despaches un grupo para investigar. Seis turcos salieron sigilosamente de la trinchera más avanzada y cruzaron a las obras exteriores de los caballeros. pidiendo a gritos que alzaran el rastrillo.

y no era una perspectiva agradable. recorriendo la angosta muralla. y sólo entonces Lanfreducci comprendió hasta qué punto San Telmo corría peligro. Había caballeros y soldados acurrucados contra los silenciosos cañones. Los hombres de Lanfreducci estaban atareados con sus cañones. No era una hazaña menor sostener la casa de guardia frente al fuego constante. La casa de guardia con arco. Despierta a los demás. pensó. Si los turcos se negaban a atacar la casa de guardia. comandante de la casa de guardia de San Telmo. El enemigo se hallaría frente a cañones montados en un parapeto intacto. Y esto es todo lo que tengo. Se giró y gritó hacia el fuerte—: ¡Turcos en la muralla! ¡Turcos en la muralla! Voces roncas repitieron el grito. pensó amargamente Lanfreducci. y pronto. edificada con basalto importado. apuntad al puente levadizo! —exclamó. se levantó de su catre y miró las obras exteriores. Un revuelo blanco le llamó la atención y el italiano alzó la vista. Cientos morirían antes de que un solo hombre llegara al vapuleado perímetro de San Telmo. También sabía que Mustafá pagaría ese precio. había resistido el bombardeo mejor que la piedra caliza con que estaba construido el resto del fuerte. Tienen tantos cañones. perderían la ventaja del puente levadizo y tendrían que atravesar el profundo foso sembrado de cadáveres. Ese oriental despótico derrochaba vidas con asombrosa prodigalidad. Lanfreducci comparó a Mustafá con La Valette. y deseó que el gran maestre estuviera en San Telmo. y miró sus piezas de treinta y dos libras. —¡Separad el alma de la materia! —gritaban los hombres santos. ¡Madre de Dios! —exclamó. Sacudió la cabeza. Sin duda el enemigo emplazarla baterías en ese terraplén elevado. —Sí. ¿Pero qué podemos hacer contra una oleada de jenízaros? Ya hemos sufrido un sesenta por ciento de bajas. exhortándolos a liberar al infiel de su existencia blasfema. No se necesitaba un genio para adivinar que los turcos atacarían de nuevo. Un ataque turco concentrado bastaría para tomarlo. —Roberto. Los hombres se levantaron penosamente.alentaban desde Sciberras. Lanfreducci contuvo la respiración mientras presenciaba la fuga. —Estallaron disparos en el revellín. Cuatro caballeros salieron del revellín y avanzaron tambaleándose hacia la casa de guardia. Lanfreducci agradecía la profundidad de esa zanja. Era muy consciente del precio de sangre que se requería para franquear semejante obstáculo. Había estado inquieto toda la noche. —Doble carga de metralla. si fuera Mustafá. Escudriñó las posiciones cristianas con menguante confianza. Lo necesitamos. La mayoría de las murallas estaban derruidas y el revellín estaba estropeado y mal defendido. —¡No. Poco antes de que los jenízaros tomaran el revellín. turcos atisbando desde las trincheras. . casi en el umbral de San Telmo. Llamó a un caballero joven. el caballero Lanfreducci. y pronto. ¡El enemigo estaba sobre ellos!—. Lanfreducci se enorgullecía de la tenacidad de sus hombres. Yo lo haría. Un caballero tropezó con su escarcela caída y se desplomó.

pisoteaban a sus muertos para llegar a la puerta. Lanfreducci ordenó otra andanada y un puñado de jenízaros agolpados se transformaron en carne humeante. —¡Más rápido! —urgió Lanfreducci. Los Jenízaros de la avanzada estallaron y las túnicas de los que los seguían pasaron del blanco al rojo. soldados. Más hombres llegaron al puente levadizo. Apoyaron escaleras en la muralla. los hombres se contorsionaban en el puente o yacían gimiendo en la trinchera. cabezas y armas volaron hacia atrás mientras el puente levadizo se ennegrecía con sangre lustrosa. Mutilados y enceguecidos. Los jenízaros llegaron a la puerta y dispararon a través del rastrillo. —¡Fuego el dos! —ordenó Lanfreducci. —Espera que nuestros hombres hayan cruzado. Sonó un disparo y cayó al foso con un alarido. Cayeron de bruces y se arrastraron bajo los dientes de bronce del rastrillo. —¡Baja diez grados y dispara! —ordenó Lanfreducci. —Dios nos ayude —murmuró—. comandante! Pareció transcurrir una eternidad hasta que los caballeros llegaron al puente. —¡A la orden. Los caballeros atravesaron los tablones de madera a la carrera y Lanfreducci los perdió de vista.. —¿Debo permitir que asesinen a mis hermanos? ¡Ábrelo! Chirriaron cadenas y la dañada reja se elevó dos pies y se detuvo. y otros los seguían con escaleras. Roberto —dijo Lanfreducci. y recibieron balazos en la cabeza. Una llama anaranjada brotó de la casa de guardia y una ráfaga de muerte humeante segó a los hombres con túnica. —A mi orden. —¡Fuego el uno! —gritó Lanfreducci. Estaban apresados en el fuego cruzado. Oyó los disparos de los caballeros a través del rastrillo y de pronto reparó en el error de los turcos. Entonces los vio. —Pero los turcos. —¡Listo! —gritó Roberto.Lanfreducci se preguntó dónde estaba el enemigo. Docenas de esos temerarios soldados cayeron al suelo. —¡Listo! —exclamó un artillero en medio de la barahúnda. Un jenízaro veloz llegó al puente. Ochenta hombres trataron de internarse en ese angosto pasaje. ¡Abre el rastrillo! —ordenó al guardia.. Enarbolando las cimitarras. Otros dos jenízaros intentaron cruzar. Cayeron en el puente levadizo y se quedaron inertes. Trató de conservar la calma. . Los jenízaros de adelante ya alcanzaban a los hospitalarios con armadura. Pero seguían viniendo. Lanfreducci se imaginó en el trance de sus camaradas y sintió náuseas. La reja bajó con un chirrido. Extremidades.

estaban diseñados para romperse al chocar con un objeto sólido.La culebrina fue ajustada prontamente y disparó. y la humareda era sofocante. —¿Tus hombres pueden tomar la puerta? —preguntó al fin. con un resultado espectacular. un hombre imponente con atuendo de guerra rojo. Los caballeros también tenían granadas de fuego griego. No podrán tomar la puerta el día de hoy. —¡Mi señor. pues le enfurecía que sus hombres no hubieran tomado la puerta. Entonces Guaras pidió las armas que La Valette había diseñado para un momento como éste. Y ay del hombre que intentara apagar el fuego griego con agua. La feroz llamarada azul de las granadas se vio en Birgu y Senglea. llenos con la temible mezcla. los caballeros encendieron aros de madera creados especialmente. Veintenas de arcabuceros cristianos ganaron la muralla y se apostaron alrededor de los cañones. bajá! Mustafá no se decidía. Toca retreta. lo presiento! Mustafá se volvió hacia Dragut. Mustafá miró de soslayo al oficial jenízaro. El agitado Mustafá observaba el enfrentamiento junto a Dragut y al agá de los jenízaros. machacaban. Estos aros. —¡Mi señor. que los miró con distanciamiento profesional. —|Tus hombres carecen de espíritu! —le dijo. cayeron sobre los turcos como una lluvia mortífera. —¡Fuego! —ordenó Lanfreducci. empapados con esa mixtura llamada «fuego griego». Clavados en su sitio. El agá. Los gritos y el hedor dulzón de la carne asada llenaron el aire. y los caballeros las hacharon y las patearon. —Miró al agá—. entre ellos el coronel Le Mas y Guaras. Es tos recipientes de cerámica. —¿Piensas que el envío de más hombres cambiará la situación? —preguntó Mustafá. ¡Los cristianos se rendirán. disparaban. Cada aro que caía apresaba a tres de los apiñados jenízaros e incineraba a grupos enteros. —Ya están mal desplegados. Lanfreducci se sintió eufórico. casi sin oírse—. Aparecieron escaleras en la muralla. La guarnición de San Telmo se sofocaba con olores espantosos. azufre. Los arcabuzazos se sumaron a la algarabía. el líquido alimentaba las llamas. Los turcos muertos caían sobre las cimitarras de los camaradas que estaban debajo. brea. —¡Recargad! —ordenó Lanfreducci. Hemos cometido un error al desperdiciar jenízaros de esta forma. envía dos compañías más! —rogó el agá—. Dragut sacudió la cabeza. Arrojaron centenares sobre los jenízaros. Más jenízaros desaparecieron entre humo y llamas. El jenízaro aferró la daga que llevaba en la cintura. apuñalaban. Los jenízaros que llegaban al parapeto perecían cuando sus cabezas eran perforadas por espadones o destrozadas por mosquetazos. . El fuego griego —una mezcla de salitre. sal de amoníaco. resina y trementina— surtía un efecto horrendo en los hombres con túnica. maldecía bajo el bigote fláccido. ¡Fuego! Ahora la muralla estaba tan atestada que los defensores apenas podían moverse.

Nada es más devastador que el fuego de los arcabuceros jenízaros. Un jenízaro aferró la escarcela de Gardampe y Di Corso cortó el brazo agresor contra la reja. Dragut giró sobre los talones y se marchó furioso de Sciberras. Mustafá miró el llameante puente levadizo de San Telmo. que sacudió la cabeza —No seas necio —dijo—. Los estertores de muerte del segundo casi le arrebataron la espada de la mano. pensó. —No me falles —le dijo al agá—. Un terceto de nudosos brazos enemigos aferró a Di Corso y lo arrastró a la puerta. Retrocedió tambaleándose. Envía a tus hombres. Di Corso apuñaló a un turco en el ojo. ¿El revellín había caído? Ignoró la bala que pasó silbando junto a él y se apoyó el arcabuz en el hombro. Varias dagas buscaron su garganta. El caballero Gardampe de Auvernia lo sostuvo. Los jenízaros aullaban mientras él los perforaba.—Quinientos más y es tuya. . los mejores tiradores del mundo. tan atestado estaba el puente. que se abrió paso en medio de la batahola hasta llegar a la puerta asediada. Mustafá se volvió hacia Dragut. Más caballeros se le unieron y la batalla se intensificó. y no le agradaba. —¡Graciasl —exclamó Di Corso. Sin duda los cristianos también sufren. Se alarmó al ver jenízaros ante el rastrillo y se preguntó cómo habían llegado tan lejos. desenvainó la espada y lanzó estocadas a través de la reja. Mustafá inhaló varias veces. 23 La alarma de Lanfreducci despertó a Di Corso. El cadáver del jenízaro fue aplastado contra el rastrillo. Luego comenzó la lluvia de fuego griego. —|Ya habrá tiempo para dar gracias! Volvieron a la refriega. Abatió a un turco. y el hombre quedó inerte pero no se caía. Guárdalos para otro día. Di Corso pronto devolvió el favor a Gardampe. Di Corso nunca se había imaginado semejante espectáculo. Los turcos se quemaban ante sus ojos y sus alaridos patéticos parecían tan estridentes como para rajar una piedra. Atravesó la garganta de un hombre y el corazón de otro. lo juro —prometió el agá. Un borrón centelleó ante sus ojos y brazos de jenízaros cayeron a sus pies.

un tercio de su número en Malta. El francés se alejaba a rastras de la casa de guardia. Nadie osaba hablarles.La armadura de Di Corso se calentó imposiblemente y él se retiró de esa vista obscena. Adustos jenízaros de ojos vidriosos regresaron a las trincheras y treparon penosamente por el Sciberras. —No. Dragut había aprendido muchas cosas en sesenta y cinco años de guerra. Sus resuellos sonaban como acero sobre piedra. Aunque los caballeros hubieran prevalecido ese día. Di Corso tropezó con un cuerpo caído. El foso de San Telmo ardió hasta altas horas de la noche. El bajá parecía tan abatido como era posible en un hombre flemático. Gardampe tosió un esputo oscuro y rodó sobre la espalda. como la ira de los ángeles. el fuego enfilado continuó toda la tarde. pero el fuerte calcinado desafiaba su furia. Ni siquiera sus oficiales más altos se le acercaban. Los cañones de Lanfreducci tronaban en lo alto. Dragut había tenido razón. Tomando la iniciativa que el alicaído Mustafá había perdido. Di Corso se arrodilló junto a él. Cuida de nuestros hermanos. Mustafá lo encontró poco después del poniente. —¡Márchate! —ordenó Gardampe. Es mortal. El pertinaz Mustafá envió una oleada tras otra. —Al fin te encuentro —dijo. —¿Dónde te han herido? —le preguntó.. reanudó el bombardeo. Era Gardampe. Un cuerno sonó por encima del estrépito de la batalla y los guerreros selectos del sultán se retiraron. —Te llevaré —dijo. —gritó alguien con repulsión. Siempre lamentaré este día. Mustafá miró el fuerte largo rato. Tenía un boquete en el centro del peto. Ya no me cuentes entre los vivos. se sentó en la tierra seca y comió una insípida cena de pan con granadas. Casi dos mil de sus camaradas yacían muertos en el foso de San Telmo y sus alrededores. Al mediodía. . no les permitiría disfrutar del triunfo. y la columna de humo negro se veía desde Gozo. La batalla rugió toda la mañana pero los jenízaros no pudieron tomar San Telmo. ¡Los jenízaros han llenado la fosa! Los caballeros se apresuraron a abandonar la puerta para detener esa intrusión. Encontró una trinchera desierta. decidió que ya había visto suficiente y ordenó tocar retreta. pensó.. —¡La muralla sur! —gritó otro—. —Por lo más sagrado. Di Corso apoyó un guantelete en el orificio. Sabía cómo recobrarse de la derrota. Él y los demás miraban ese infierno de hombres que se disolvían mientras la grasa derretida se derramaba a sus pies. escrutando la zanja. Dragut cenó a solas.

En San Telmo casi nadie reparó en el valor del revellín. —Claro que es importante. Gardampe de Auvernia yacía muerto al pie del altar. Al contrario.Dragut miró la cara inexpresiva del bajá. cuando fueron a la capilla para dar gracias. El pirata se levantó y extendió la mano huesuda. —Tomamos el revellín —continuó Mustafá—. Mustafá lo ayudó a salir de la trinchera. muchos consideraban que ese día habían obtenido una gran victoria. Esa noche. Vamos. Eso es importante. aprovechemos eso. los hospitalarios encontraron allí a uno de sus hermanos. El bajá parecía tan contrariado y tan necesitado de aprobación que Dragut sintió pena por él. bajá —concedió—. Dos mil jenízaros habían perecido contra ochenta cristianos. . Y vale la pérdida de tus hombres. Dragut miró el revellín.

Para vergüenza de Piali. el castillo de San Telmo se erguía como un tocón desnudo y solitario. —¡Salvago! ¡Salvago! —gritó. Mustafá. los mosquetes y las enormes baterías. tras haber elevado el revellín por encima del fuerte. Todo desplazamiento por terreno abierto era una sentencia de muerte. Las bajas aumentaban con tal celeridad que La Valette no atinaba a reemplazarlas. Un observador informó: «Despojado de sus obras exteriores. Valientes turcos llenaban el foso con tierra. el nombre fue reconocido. el brazo en cabestrillo. Semejaban espectros en vez de seres vivientes». expuesto al furor de la tormenta turca». La situación era tal que dormían. Su voz llegó hasta la muralla este.24 Los días siguientes fueron un infierno para los hombres de San Telmo. y presa de extrañas convulsiones. Salvago quedó asombrado y afligido por lo que veía y expresó sus sentimientos por escrito: «La extenuada guarnición trajinaba de noche. los cristianos permanecían inmóviles en esos días tórridos. Por doquier se veían hombres con vendas en la cabeza. San Telmo fue sometido a uno de los bombardeos más intensos de la historia mientras los artilleros de Mustafá demolían las murallas desde casi todas las direcciones. Un hombre saltó a la costa. las piedras. hostigada por la artillería enemiga. Muertos de hambre. lo abasteció con artillería y un ejército de arcabuceros. Los combatientes no abandonaban sus puestos. el hierro. sepultando entrañas y extremidades destrozadas al pie de los parapetos. comían y defecaban donde estaban. aprestándose para la embestida final. y de noche a la fría humedad. Don García había enviado al caballero genovés Rafael Salvago y al célebre soldado español Miranda para que inspeccionaran San Telmo en particular y Malta en general. la pez hirviente. Les avergonzaba retirarse por heridas que no fueran casi mortales. y cojeaban lastimeramente con los huesos dislocados y astillados. Paralizados detrás de murallas derruidas. Subieron la angosta escalera que conducía a San Telmo y fueron recibidos en el fuerte. el rostro deformado por espantosas llagas. Las armas elevadas de Mustafá tenían una vista tan completa del interior de San Telmo que los caballeros apenas podían moverse. Una hora antes del alba del 4 de junio una barquilla de remo v llegó al extremo oriental de Sciberras. el humo. De día expuestos al sol abrasador. el polvo. . sufrían el asedio de la pólvora. dos galeras hospitalarias navegaron tan cerca de Malta que pudieron enviar mensajeros a San Telmo. la mayoría estaban tan desfigurados que apenas se reconocían entre sí. y siempre permanecían alerta. y para transmitirle un mensaje a La Valette.

La Valette guardó silencio un largo rato. No puedo prescindir de un solo hombre. podría reforzarme con las dos galeras que os trajeron aquí! Salvago asintió. Había mapas y cartas extendidos por toda la habitación. Considero un pecado haberme demorado en Sicilia mientras mis hermanos sufrían aquí. . La Valette miró a Miranda. Ahora habladme del buen virrey. —Sus rasgos se endurecieron—.. inclinándose. —Lamentablemente no puedo responder a mi parte del socorro condicional del buen virrey —dijo La Valette—. Salvago guardó silencio. Inhaló profundamente—. —Noblemente expresado. Se abrió la puerta y La Valette entró en la habitación con paso rápido y leve. —Gran maestre —saludó. para escoltarlo desde Mesina. —El maestre vendrá enseguida —les dijo el sirviente.. Salvago se sentó cerca de la ventana. —Guardó silencio. y partió. pero sólo si La Valette le enviaba las galeras de la orden. —Salud —respondió La Valette—. El sol se elevaba sobre San Ángel. Eludiendo las patrullas de Dragut. Un fuego azul ardió en los ojos de La Valette. ¿El vencedor del Peñón de la Gomera ha olvidado sus conocimientos de logística? Miranda desvió los ojos. remaron hasta Birgu y rápidamente se les concedió audiencia con el gran maestre. También a vos. Aun así. Rodeó el escritorio y se sentó. —Si don García pudiera ver a esos hombres. me ofrezco como voluntario para ir a mi muerte. avergonzado. ¿Habéis estado en San Telmo? —Así es —dijo Miranda. Salvago se levantó. —No más de un par de días —respondió Miranda. ¡Al menos. Salvago le informó de que don García planeaba desembarcar en Malta el día 20. capitán. Regresaré a San Telmo y ayudaré a Guaras en su última batalla. —Ya he explicado por qué no puedo entregar las naves solicitadas — dijo—. y le informó de lo que había visto. Autorización concedida.Salvago y Miranda concluyeron esa deprimente inspección y regresaron al bote antes del alba. Un sirviente condujo a Salvago y Miranda al estudio de La Valette. —Tal vez lo haga. pero estaba conmocionado por las privaciones que había presenciado. dijo: —Un caballero no debe morir así. —¿Cuánto tiempo pueden resistir? —preguntó al fin. era un veterano curtido. Recordando lo que ha bla visto en San Telmo. Miranda abrió un postigo y contempló Birgu. y mucho menos de mil. La Valette aprobó con un asentimiento.

buen hombre. pedid a mis sirvientes que busquen a sir Oliver. y muchos habían sufrido mutilaciones. Estaba inconsciente cuando sus camaradas lograron parar la hemorragia. —¿El inglés? —Sí. —Reía fríamente y repetía—: ¡Vischer! El caballero despertó y se enjugó los ojos. El caballero Vischer era uno de ellos. —No eres hombre. Oyó que una voz mencionaba su nombre y procuró incorporarse. La fuerza fue reunida y atravesó el Gran Puerto poco después del anochecer. El capitán Miranda encontró gran cantidad de voluntarios para una misión peligrosa en San Telmo. La mayoría de los caballeros tenía huesos fracturados. Sus sueños ocasionales eran aún más horribles que la realidad. ni la artillería ni los mosquetes estorbaron su paso. La compañía de Miranda desembarcó en el sureste de Sciberras y avanzó deprisa hacia el fuerte silencioso. Atrapado en un limbo entre el sueño y la vigilia. Una distante frau Vischer observaba el sufrimiento del hijo. —¿Quieres desafiarme? —preguntaba el anciano—. También se escogieron otros hombres de armas y soldados regulares. Al despertar. Vischer dormitaba detrás de los restos de la muralla oeste. —¡Sebastian! —gritó. —¡Madre! —sollozaba Peter. —Gracias. hacha en mano. luchando contra el frío dolor que surgía del muñón. Una y otra vez se encontró encadenado a una gélida losa de argamasa. Su padre estaba encima de él. Deseo redactar una respuesta para don García.—No es preciso que vayáis solo a San Telmo. sentía un dolor espantoso. —¡Peter! . —¿Lo habéis visto? Un hombre señaló con el pulgar. Los cañones callaron al anochecer. La guarnición de San Telmo estaba maltrecha. Solicitad voluntarios en San Ángel. La mujer alzaba la mano del caballero de su regazo y sonreía. Vio una silueta de pie entre los caballeros dormidos. ¡Entonces toma esto! —Y cortaba la muñeca de Peter. la esquirla de una bala de cañón le había cortado la mano izquierda por encima de la muñeca. y nadie ha consignado que su fiereza fuera menor que la de los nobles. maestre. Al menos un centenar irá con vos. herr Vischer. La suerte los acompañó. Los caballeros echaban suertes para obtener ese honor. soportó en silencio las horas de padecimiento. Las estrellas cobraron nitidez. Vischer reconoció el perfil del visitante. —Por allá. —Salvago.

¿Por qué has venido aquí? —Me ofrecí como voluntario. Sebastian se detuvo a un paso. Los cañones humeantes de Mustafá escupieron muerte hasta que hirvieron en el denso aire de la mañana. La voz del caballero delataba alegría y furia. —¡Padre nuestro! ¡Tu mano! Peter no se dejó distraer. Trozos de las defensas del sur rodaban por la cuesta escabrosa y caían en el Gran Puerto. recobrando la compostura. Enormes fragmentos se desprendían de las murallas y se desplomaban en Sciberras. Cientos de balas rebotaron en las murallas dañadas y volaron al mar. No lo permitiré. Regresarás. con culpa en la cara limpia. estrujando al joven con rara emoción—. San Telmo se zarandeaba como en medio de un seísmo. Sebastian puso cara de consternación. intentó extender los brazos. ¿Los hermanos no deben morir juntos? El caballero se sintió acorralado. Ahora dirígete a los botes. Sonrió lentamente. y entonces reparó en el muñón. —Es bueno verte. y de nuevo a Sebastian. pero Peter avanzó y lo estrechó en un fuerte abrazo. pero no puedes quedarte. —¿Rausch te dejó partir? —preguntó Peter con voz colérica. Miró a sus camaradas. —Lo mataron. Peter retrocedió. Peter —murmuró Sebastian—. tienes razón. .El caballero se levantó mientras su hermano corría hacia él. 25 7 de junio El bombardeo turco se reanudó al alba. —Soy uno de los afortunados. —¿Me oíste? —rugió el caballero. Sebastian agachó la vista. —Me has desobedecido. —¡Sebastian! —exclamó. Sebastian no apartaba los ojos del antebrazo vendado. Quería estar contigo. —Sí. —Estoy dispuesto a morir.

Cogió el arcabuz y se sumó a los demás contra los montículos de tierra que llamaban hogar. cuyo yelmo había perdido la visera. Di Corso miró a ambos lados. pero los dos sostuvieron la mirada. —No creas que pienso moverme esta vez. había sufrido daños irreparables. y su número hizo palidecer a los caballeros. y mucho menos al asalto que seguiría. Di Corso golpeó al roedor con el puño. Nada frenaría a sus tropas en su trayecto hacia el fuerte. La Valette pensó que la hora de San Telmo había llegado. Mustafá miró San Telmo relamiéndose los labios. Pepe di Ruvo se había entablillado una pierna fracturada con una espada y un trozo de soga. que albergaba la mayor parte de la artillería de Broglia. —Mustafá atacará hoy —le dijo a Starkey. Se giró y cerró los ojos. Ni él ni sus acompañantes daban al fuerte muchas probabilidades de sobrevivir al aplastante bombardeo. Di Corso sospechó de esa comida inconclusa. hermano? —Sacudió el hombro del caballero—. y aun a la distancia Di Corso distinguió una mancha de gangrena. Un parche cubría el hueco de un ojo. porque los hospitalarios habían abandonado la muralla oeste para formar un nuevo perímetro. Las fuerzas de Mustafá bajaron por Sciberras. —Empujadlos al mar —ordenó a sus oficiales. Eficientes ingenieros turcos reemplazaron el incendiado puente levadizo de San Telmo por un puente improvisado hecho con mástiles de naves. A su derecha. El suelo tembló. El hombre que estaba a la izquierda de Di Corso era una masa de vendajes ensangrentados y parecía que su armadura hubiera caído a un precipicio. Una rata chilló y se escabulló bajo el cadáver. Estaba a punto de sucumbir. Di Corso sintió un escalofrío ante ese hombre cuya familia había humillado a su padre hasta causarle una muerte prematura. . —¿Estás ¿Hermano? vivo. la torre caballera del oeste del fuerte. Además. El avance no tuvo dificultades. Los pómulos de Rambaldi amenazaban con perforarle la piel y el pelo que sobresalía del almete era negro y grasiento. —¿Tanta hambre tienes? —gruñó alguien. Un trozo de pan mojado en vino y un puñado de carne negra yacía sin ser comido junto al desdichado. Fragmentos de roca cayeron sobre ambos. Di Corso vio a Rambaldi. La alimaña aplastada reventó como una uva. Rambaldi rió entre dientes. Los hombres gritaban a sus espaldas mientras eran acribillados y descuartizados por proyectiles humeantes.Mirando desde San Ángel. El fuerte parecía vulnerable a un ataque de infantería. La andanada despertó al caballero Di Corso. Los agotados caballeros de San Telmo interpretaron correctamente que el cañoneo era el preámbulo de una ofensiva masiva y procuraron prepararse para la batalla.

En ocasiones Peter estrujaba al joven para cerciorarse de que aún vivía. . tierra y escombros lo fustigaban mientras los cañones de Mustafá devoraban el terraplén. Apoyó la cabeza con yelmo en el cuello de su hermano. —¡Fuego! Una andanada cruzó las llamas y acribilló al apiñado enemigo. Algunas chocaron contra el suelo y rodaron mientras que otras se rompieron al esta blecer contacto. Están cruzando el foso. Caballeros aturdidos miraron por encima de sus defensas. La tormenta creada por el hombre cesó súbitamente y fue reemplazada por un ominoso silencio. —¡Aquí vienen! —gritó Guaras. Muchos caballeros encendían mechas. Su cuerpo con armadura protegía a Sebastian. —¡De nuevo! —gritó Guaras. Los turcos se aproximaban. —¡Arrojadlas. pero todas estallaron. Los caballeros esquivaron el fuego de respuesta. El suelo se sacudía. —¿Estás lastimado? —¡Ahora sí! No puedo respirar con tanto polvo. Encendió una granada de mecha larga y se tendió de bruces. y sus gritos resonaban. Palos. —¡Arcabuceros! Los caballeros treparon a los terraplenes y apuntaron. Los proyectiles tamborileaban sobre el descampado como lluvia en un estanque. Un humo gris llenó el aire. un hombre manipuló una granada y estalló. Las murallas del oeste no eran más que pilas redondeadas. El humo y el polvo comenzaron a despejarse. No había retirada posible. Línea abajo. —¡Ay! —se quejó Sebastian cuando su hermano le magulló el hombro. Granadas y aros volaron sobre el revellín interior. hombres! —aulló Guaras. Peter miró atrás. ¡Han atravesado la muralla! Los turcos entraron en el fuerte sin oposición. sospechó Di Corso. San Telmo oyó las pisadas de miles de pies. Los caballeros se asomaron por la cuesta y lanzaron las granadas contra el enemigo que avanzaba. Pasaron unos momentos y al fin sintió miedo. pensó Di Corso. El momento del fin. cuya cota de malla ofrecía poco resguardo contra las piedras que volaban. sintiendo una extraña serenidad.La posición del caballero Vischer estaba atrapada en el fuego cruzado de los turcos. Luego siguieron los alaridos de hombres condenados a pasar el resto de su breve vida en un dolor lacerante. más contemplativo que asustado. Tres caballeros gritaron mientras el fuego griego los envolvía. y cantaron victoria. Di Corso oyó el silbido de las balas. Sonaron cuernos turcos y se elevó un gran grito.

A pesar de su ferocidad. saltando hacia el enemigo. sus ojos azules ardían con una vitalidad que contrastaba con su carne pastosa. El napolitano se incorporó de un salto. y los jenízaros parecieron reducirse al tamaño de insectos. tapándose la nariz y la boca. Una luz súbita deslumbre a Di Corso. Disparó el arcabuz y aprestó la espada. Algunos jenízaros evitaron la ira de Di Corso. Recibió un impacto en el pecho y su armadura cedió. y una estela de sangre siguió a la espada. Los jenízaros seguían viniendo. El destello de las armas de fuego se reflejaba en su armadura cuando alzó una espada roja. y aunque cientos habían sido asados vivos. atravesó el corazón de otro. con un olor a puerco cocido que le provocó arcadas. Di Corso aplastó la crisma de un hombre tambaleante. —¡Aquí vienen! —gritó. pero sólo unos pocos. Di Ruvo y los demás lo siguieron. Una conflagración anaranjada ardía entre el revellín y la muralla. eran reemplazados sin cesar. Muchos de esos artilugios dieron en el blanco. Di Ruvo intuyó que habían perdido impulso y pidió una pared de escudos. y afeitó la cara de otro con un mandoble. —¡Venid a mí. Di Ruvo estaba frenético. Un torrente de guerreros con armadura inundó el revellín. Sudaba a mares. Los recién llegados eludían las zonas llameantes y se concentraban en la posición italiana. Di Corso desenvainó su arma y se unió a su amigo. El cojo napolitano hizo formar a sus hermanos a gritos. esquivó un golpe. Con el pomo de la espada. El capitán ordenó que arrojaran más aros. Esquivó el golpe y despanzurró al turco con un revés. Di Corso se encontró tan abrumado que se dio por muerto. El jenízaro cayó con un gorgoteo inhumano. pero algunos jenízaros se habían abierto camino hacia la Lengua italiana. Di Corso hirió a un turco bajo la rodilla. —Dios Santo —jadeó. El turco lanzó un sablazo pero para Di Corso el hombre estaba quieto. hermanos míos! —rugió. Se derramaron intestinos en el suelo. Di Corso pateó una mano que le aferraba el escarpe y se plantó delante de sus hermanos. Una bocanada de humo aceitoso sofocó a Di Corso.Guaras estaba junto a Di Corso. hombres de Solimán! —exclamó. delgada y blanca que subía por Sciberras hasta Mustafá Bajá. Di Corso tumbó al turco arrodillado de un puñetazo. Los turcos no estaban tan débiles como parecía. A su lado. —¡Adelante. . Vio una estría larga. Cortó el cuello del atacante y lo apartó. La sangre le martillaba los oídos mientras enfilaba hacia el primer jenízaro. y despachó a otro con una estocada desde arriba. la carga pronto perdió ímpetu. brotó sangre. Los caballeros se prepararon para la arremetida de los Jenízaros. Sus ojos castaños estaban desorbitados de rabia.

los caballeros cedían terreno. Di Corso se arrastró cuesta abajo. . madre. ¡Oh. sino que eran triturados. Rechinó el metal y una hoja curva mordió el cuádriceps de Di Corso. Un turco aterrizó en los tobillos del caballero y lanzó una puñalada hacia abajo. y se arrastró hacia el cuerpo de su amigo—. derritiéndose en sudor y sangre. pensó. —¡Cubríos! —gritó alguien. reza por tu único hijo! Un cacareo de risa estalló junto a él. los caballeros comenzaron a caer. y luego de a dos y de a tres. Pepe! —dijo. Una bala de basilisco martilló el revellín provisional y Di Corso cayó de bruces. Los jenízaros quedaron envueltos en llamas. Di Corso fue súbitamente pisoteado por pies acorazados cuando la pared de escudos pasó sobre él. jadeando. —¡Esto es intolerable! —jadeó el hombre que se reía.Un gigante que tenía hombros semejantes al yugo de un buey se lanzó contra Di Corso y le aferró los muslos. Los que caían no se levantaban. Junto a él tres caballeros se tambalearon y rodaron peligrosamente cerca de un charco de fuego griego que se extendía. Guaras y Broglia habían organizado una segunda línea de defensa y granadas de fuego griego volaron sobre los hombres que retrocedían. Di Corso empuñó el escudo de Di Ruvo y se dirigió a trompicones hacia la pared de escudos. Di Corso lanzó un puñetazo al caer y sintió que el apretón del turco se aflojaba. El turco pidió ayuda mientras tumbaba al caballero. cegando a Di Corso con fragmentos de hueso y sangre. Mustafá había reanudado el bombardeo. Se desbandaron y huyeron. Uno por uno. —¿Michele? —¡Gracias! ¿Tu pierna? La cabeza de Di Ruvo estalló. Sonó la retirada y los caballeros se replegaron hacia el terraplén. ¡Oh. que lanzó un rugido desafiante. cogió el peto de un caballero inmóvil y logró rescatarlo. Se frotó los ojos hasta que recobró una visión borrosa. Quizá no sea mi hora final. Se tendió de espadas. —¡Pepe! —gritó Di Corso. Di Ruvo bajó la vista. Di Corso lo miró: de nuevo había salvado la vida de Rambaldi. La cantidad de turcos era excesiva para los débiles y demacrados hospitalarios.

pero el techo y el suelo estaban descascarillados y rajados. Miranda asintió. El impacto de un madero le había arrancado ocho dientes. capitán? —preguntó. Guaras y Miranda entraron en la cámara poco después del anochecer. Broglia. pero Broglia era el de peor aspecto. —Los frustra la roca de Sciberras. Los españoles y los franceses están igualmente mal. Guaras clavó la antorcha en una fisura. Los tres estaban cansados y demacrados. Los otros se sentaron. no los detendremos. Sacudió la cabeza y murmuró: —La torre caballera está destruida. —Con una hilera de amantes —añadió Guaras. Su voz habla perdido vigor. Habían desmantelado los muebles de Broglia para suministrar abrazaderas para las defensas. Levantaban polvo al andar. . No tendrán mayor éxito. coincidiendo. Broglia miró a Miranda. Guaras llevaba una antorcha. —¿Vuestra conclusión? —Cuando vuelvan a atacar. —¿Qué hay de los zapadores. —Caballeros —dijo. y los hermanos servidores y los soldados son los que han sufrido más bajas. El rostro del español era una magulladura morada y sus labios hinchados tenían el triple de su tamaño normal. El gobernador señaló el suelo y se apoyó de espaldas. La habitación estaba desnuda. —Ha perdido la mitad de sus efectivos —suspiró Guaras—. La falta de sueño y alimento le había drenado las energías y su tez estaba fláccida como arpillera. Broglia gruñó. —¿Cómo anda la Lengua italiana? —preguntó Broglia. Broglia se sumió en sus pensamientos. —Y en la mayoría de los sitios las brechas son tan anchas que para que desfilara un triunfo de César.26 Los aposentos del gobernador Broglia se habían salvado por milagro de los disparos.

—¿Debemos entregar San Telmo a los turcos? —dijo La Valette con voz gentil. —Parece ser lo más aconsejable. Como bien sabemos. Medran jadeaba con cada paso. —El virrey don García ha prometido acudir en nuestro auxilio el 20 de este mes. pero no puedo autorizar el abandono de San Telmo. Broglia piensa que deberíamos volar el fuerte al evacuarlo. luego habló. Su armadura estaba tan abollada. —¿Vino? —preguntó Starkey. —No. gran maestre —dijo el pilier alemán. Os diré por qué. Le llevaron el vino y Medran vació la copa en silencio. y fue recibido con el mayor respeto. pero no lo es —respondió incisivamente La Valette —. —Mi señor. . Enviaré a Medran a preguntar al gran maestre si podemos retirarnos. —Medran hizo una pausa para recobrar el aliento. hermano. pero tenía las manos demasiado hinchadas para desabrochar la correa. Medran eludía la mirada de La Valette. La Valette evaluó el requerimiento. Ponte cómodo. en efecto. Dice que es un derroche de vidas valiosas mantenerlo. le daremos más excusas para no ayudarnos. Broglia me pide que informe de que la posición del fuerte se ha vuelto insostenible. Medran forcejeó con el yelmo oxidado. salvo los de Medran. o si lo conquistan. Todos los ojos se clavaron en él. —Ven. las siguientes son las conclusiones de todos los oficiales de San Telmo. hoy es sólo día 7. y que sería mejor utilizar a sus hombres para reforzar San Ángel y San Miguel. Muchos integrantes del consejo manifestaron sorpresa. tengo el mayor respeto por vos y por Broglia. El caballero Medran compareció ante el consejo. —Mi señor —respondió Medran—. pero sólo si San Telmo permanece en pie. Nadie habló hasta que hubo terminado.—Yo también creo que debemos abandonar esta posición —dijo—. —¿Qué noticias tiene el gobernador Broglia? —preguntó La Valette. que aun el veterano gran maestre manifestó una inequívoca consternación. sus carnes tan descoloridas por magulladuras. Starkey ayudó a Medran a sentarse. La Valette le ofreció el asiento de costumbre. —Monsieur de Medran. —Por favor —fue la hueca respuesta. tajos y costras. Si entregamos el fuerte. Caían terrones de su peto rajado. gran maestre. Un gran cruz le quitó el almete. —Parece. —Entiendo.

—Conozco los sufrimientos de mis hermanos —dijo—. Pero lo La Valette miró la copa vacía de Medran. Una pequeña fuerza de soldados los acompañó. — Los miró a todos—.—Son trece días —masculló. No abandonaremos San Telmo. Al ingresar en la orden juramos obediencia. Pero somos meros peones entre la Cruz y el Corán. lograrlo —dijo Medran sin rodeos—. —Sí. Resistiremos hasta el final. juramos por los votos de la caballería que sacrificaríamos nuestra vida por la fe. donde y cuando fuera necesario. y cruzaron el Gran Puerto antes del alba. 27 . No abandonaremos Malta. Quince caballeros se ofrecieron para regresar con Medran. —No podemos intentaremos. Ahora los hermanos de San Telmo deben hacer ese sacrificio. Los refuerzos firmaron sus testamentos en presencia de testigos.

7 de junio Una multitud de caballeros aguardaba el retorno de Medran. Broglia había ordenado que recobraran la mayoría de las piezas de artillería de la destartalada torre caballera. Al cabo de largas horas el cañoneo cesó y el ejército de Mustafá se preparó para otro asalto. ¿Qué significa eso? El caballero se apoyó el hacha en el pecho y se ajustó la venda de la muñeca. —Vienen los jenízaros. Tengamos la mejor muerte posible. Doscientos cayeron al suelo. —¿El gran maestre autoriza nuestro regreso? —preguntó Rambaldi. estaban magníficamente apostados en almenas a lo largo del perímetro. Medran contuvo la lengua y se abrió paso entre los ansiosos hospitalarios. sobre un terreno calcinado y lleno de cráteres. su alarido resonó en San Telmo mientras pisoteaban los muertos y marchaban hacia la posición cristiana. Aunque se había ido del fuerte con el mayor sigilo. Broglia aceptó la respuesta de La Valette con torvo estoicismo. Los jenízaros continuaron su avance. Las expectativas eran elevadas y muchos estandartes de seda ondeaban a lo largo del revellín y la contraescarpa capturados. Los restos de la infantería española de don García aguardaban consternadamente detrás de los nobles. y se habían preparado para abandonar ese pozo de gravilla que había sido San Telmo. . Confiaban en que La Valette comprendiera que la resistencia no tenía esperanzas. —¡Fuego! —ordenó. —¿Cuándo partiremos. Su cara joven estaba llena de arrugas y las ojeras aureolaban sus ojos inflamados. Un grupo de caballeros jóvenes se agolpó en torno a Medran mientras él se dirigía a los aposentos de Broglia. —Parece que es voluntad de Dios que perezcamos aquí. Sebastian Vischer miro por encima del terraplén. —Los cañones han callado. Codeó a su hermano. Tres de esos cañones. El odiado sol se elevó y los cañones turcos reanudaron su canción. Mantente detrás de mí. muchos habían reparado en su ausencia y sospechaban su misión. y nubes de escoria de metal rasgaron las líneas de jenízaros. Los jenízaros acometieron a través de paredes en ruinas. piezas de cuarenta libras. hoy o mañana? —preguntó otro. señores —dijo a sus oficiales—. Los arcabuces ladraron y muchos turcos se desplomaron. Miró a Sebastian con infinita tristeza. y se lanzaron hacia los terraplenes del interior.

Un hospitalario fue arrebatado del terraplén y desmembrado por seis hombres. Vischer lo apartó de un puntapié. Broglia tocó retreta. Los alaridos estallaron casi en el oído de Vischer. Algo estalló detrás de Vischer y él voló por los aires.Broglia se paseaba detrás de sus hombres. ¡Preparad el fuego griego! El suelo temblaba bajo los pies de los jenízaros. El jenízaro se desplomó con un gruñido. espada en mano. calma—gritó—. Cayó un aro de fuego griego y ciñó a sus atacantes. pero no tocó la carne. la gruesa andanada derribó a muchos. Arqueó la rodilla y el jenízaro cayó sobre su hacha . pero el turco cayó alcanzado por un disparo. Sebastian estaba agazapado junto a él. Alguien le aferró la cabeza y le alzó la visera. cuyas barbas y turbantes ardieron como paja. pensó. Vischer desvió un sablazo y sepultó el hacha en la entrepierna del atacante. Pelotones enteros fueron devorados por ese fuego insaciable y San Telmo pronto se convirtió en un horno. Desconcertado. deseaba morir entre los guerreros de los que estaba tan orgulloso. trató de incorporarse. La primera línea de San Telmo recibió a los turcos con espadas. Liberado. Vischer no había visto al turco que se le abalanzó. Entendía cabalmente el riesgo que corría San Telmo. Miró de soslayo la cara de su hermano y se enorgulleció al ver que el joven había dominado el miedo. ¡Apuntad! caballeros. —¡Arcabuceros! —gritó Broglia. escudos y hachas. Luego los jenízaros se les abalanzaron. Un pie le apretaba el brazo sano. cayendo de espaldas. Otro hombre atacó a Vischer y recibió un codazo en los dientes. Rodó sobre la espalda y pateó el esternón del atacante. y si ése era su último día. Una compañía de arcabuceros jenízaros se apostó detrás de Vischer y disparó. Se oyó un sonido semejante al de partir el cuello de una gallina y el jenízaro cayó de rodillas. Cayeron caballeros del revellín. Estoy muerto. una cimitarra chorreante se alzó ante la abertura. Vischer miró por encima del hombro y vio un mar de jenízaros. pensó. Vischer se irguió sobre el revellín y los jenízaros lo atacaron con gritos sanguinarios. el caballero se arrastró hacia el revellín. sudando. Se nos vienen encima. pero lo salvó el instinto. —Calma. Un proyectil rasgó la armadura del alemán. —¡Arrojadlas! Los jenízaros recibieron las bombas incendiarias con gemidos de dolor. Los tiradores cristianos intercambiaron las armas vacías por armas cargadas y Broglia ordenó otra salva. El caballero Vischer estaba agazapado detrás del nuevo revellín. Broglia ordenó lanzar más granadas. parándolo en seco. Los hombres se levantaron y dispararon. Él se volvió sobre el tirador.

Gritaban turcos alrededor. El jenízaro sonriente se apoyó en la empuñadura y ésta se partió. Un cirujano francófono se inclinó sobre Vischer. Se derramó sangre sobre el rostro del cadáver. ¡Sebastian! ¡Vivo! El caballero se levantó y caminó penosamente hacia la voz. y cayó al suelo. Un sollozo salió de sus labios. Volaron granadas sobre el revellín. —¿Un disparo? . Sus pies tocaron el terraplén y se desplomó con estrépito. poniendo una toalla mojada sobre la frente del caballero—. Justo a sus espaldas. luego un alarido. Se arrojó al suelo mientras las balas pasaban silbando. pensó Vischer. Algo le golpeó el escarpe. Estaba rodeado por hombres gemebundos. Turcos y caballeros caídos eran devorados por las llamas hambrientas. Se giró y clavó el hacha en las costillas del jenízaro. Una hilera de arcabuceros cristianos apareció en el terraplén y apuntó hacia él. pero Vischer se la arrebató. El toque de retreta era estridente. —¡Sebastian! —gritó. —¡Quemadura! —resolló. —¡Maldición! —exclamó Vischer. —No estás tan mal —dijo—. Esto no debería matarte. ¿Cómo estás? —Estoy ardiendo. Otra vez de noche. Vischer apartó al turco de un puntapié y se incorporó. arrojándolo a los pies de Vischer. Un golpe desmayó a Vischer. Dejó de mirar esa escena infernal y marchó tambaleándose hacia las nuevas defensas. —¡Fuego! —ordenó Broglia. El olor a carne quemada impregnaba el aire fresco. Vischer se giró y vio que un jenízaro apuñalaba a Sebastian en el estómago. Un jenízaro perforó la hombrera de Vischer con una alabarda con forma de azada y el caballero gritó cuando el arma le mordió el trapecio. Sebastian. Una rápida ojeada reveló una melladura en la escarcela. Dos caballeros despacharon al atacante de Sebastian y recogieron al joven.alzada. Un reguero de fuego griego cruzaba el campo de batalla. Sebastian estaba de rodillas junto a él. pensó. Vischer abrió los ojos. arrastrando sus largas mechas. corre!—gritó la voz de su hermano. gritaron hombres a sus espaldas. pintándolo de escarlata. gracias a Dios! —dijo. Los cristianos retrocedían hacia la línea secundaria de defensa. ovillándose mientras las explosiones lo sacudían. Llovió tierra sobre él. Vigila ese agujero que tienes en el costado. Miró las arremolinadas estrellas. Un sablazo hirió la espalda de Vischer. arrastraba la pierna izquierda. la hoja se hundió en el turbante y desapareció. Sintió que el aire se le iba de los pulmones y su armadura se recalentaba. —¡Peter. El turco jadeante aferró el hacha. Se puso de pie y continuó el avance. —¡Peter.

Un capellán de obediencia con túnica negra se detuvo para bendecir a Vischer y continuó la marcha. —¿Guaras y Miranda? —No —respondió Rambaldi—. —Éste es el Violinista. —Agua —susurró—. . —Le erró —dijo—. ¿verdad? —preguntó alguien. Estoy demasiado flaco. Peter cerró los ojos. —Sólo queríamos caballeros. —El gran maestre no nos autoriza a marcharnos.—Sí. en vez de ser abatidos uno por uno por el fuego enemigo. —¿De veras? —No firmaré algo a lo que Broglia se opone —continuó Vischer. —Soy Rambaldi —dijo el hombre—. de todos modos —respondió Rambaldi. —Lo que decida el gobernador —respondió Rambaldi. —¿Cómo está tu vientre? —le preguntó Peter a Sebastian. La fe prohíbe el orgullo en esta cuestión. Y tampoco mi hermano. Atacaremos y mataremos a tantos como podamos. y continuó la marcha. El joven sonrió. Leyó la carta y sus cincuenta y tres firmas pero la devolvió al portador. —¿Broglia ha firmado esta petición? Pasó un momento. —No la ha firmado. ¿No prefieres la gloria a una muerte inútil en las trincheras? —No ingresé en la orden en busca de gloria. No —Como quieras. hermano —murmuró—. Peter abrió los ojos. Vischer cerró los ojos. El cirujano siguió recorriendo la línea de heridos. Luego ayúdame a levantarme. así que nos proponemos morir como caballeros. abriendo los ojos—. ¿Estás dispuesto a firmar una petición para el gran maestre? —¿Qué petición? —preguntó Vischer con suspicacia. —¿Atacaréis Sciberras? —preguntó. Aunque no reconocía al visitante. Le presentaron la petición a Di Corso mientras él ayudaba a los malheridos a abordar los botes de evacuación. puedo firmar. Procura limpiar la herida. —Es herr Vischer —replicó Sebastian. —Lo lamento. era evidente que ese hombre había estado largo tiempo en el campo de batalla.

No te olvides de nosotros ni de nuestra lucha y líbranos del enemigo. pensó. diciendo—: Esto lo explica todo. La puerta se abrió y un caballero sin yelmo se acercó al escritorio de La Valette e inclinó la cabeza rizada. Un mensajero de San Telmo. Un golpe en la puerta. Se quitó los guanteletes y rezó. Un sirviente le llevó pan con queso. señoría —dijo el joven. —Perdón. Por esto y por todo lo demás que te ha complacido darme.Di Corso miró las aguas oscuras del puerto. y entregó un pergamino. pensó. La Valette dejó el cuchillo. . te agradezco y te alabo. ya. —Que pase. y hasta él estaba agotado. Amén. —¿Sí?. No saldré de San Telmo con vida. gran maestre. 28 8 de junio La Valette inspeccionó las defensas de San Ángel y se dispuso a disfrutar de una cena bien merecida. Eludió la mirada de La Valette. Cogió un cuchillo de plata. —Gracias por recibirme. un tal Vitelleschi. —Gracias —dijo La Valette mientras el hombre se marchaba. Era medianoche. ¿Qué noticias hay del gobernador Broglia? —No me envía Broglia—dijo Vitelleschi. —Ya.

La Valette releyó la carta con incredulidad. Lo hicimos con el mejor ánimo. Vuestra merced lo sabe. con esta nuestra intención. os besamos las manos. Seguían cincuenta y tres firmas. El colérico La Valette reflexionó sobre esa nota. Varios de nuestros hombres ya han perecido allí. —¡Silencio! —gruñó La Valette. están preparándose para huir a nado. y también sabe que no nos hemos privado de fatigas ni peligros. La Roche y Castriota! —ordenó. Han ampliado tanto el revellín que nadie puede permanecer en su puesto sin recibir disparos. a realizar un ataque y morir como caballeros. Y así. nuestros centinelas son abatidos por tiradores en cuanto los apostamos. y que un enemigo próximo desgastaba los . —¡Al instante. mi señor —declaró el noble. Fechada en San Telmo. Sabía que la guarnición de San Telmo había sufrido horriblemente y no subestimaba los logros del fuerte. vuestra merced nos ordenó defender esta fortaleza. pues él también había afrontado bombardeos. pensando: ¿Cómo es que un caballero piensa abandonar su puesto? ¡Menos mal que ningún oficial ha firmado esta cosa! Miró al caballero italiano. que llegó prontamente. Tenemos copia de esta carta. También ha construido un puente y trepa a nuestras murallas y ha abierto túneles bajo la muralla. señoría! Vitelleschi parecía sumamente incómodo y cambiaba de posición constantemente. y en cualquier momento esperamos que nos vuelen. el 8 de junio de 1565. Nuestros soldados sienten desánimo y ni siquiera los oficiales pueden obligarlos a ocupar sus puestos. —¿Gran maestre? —¡Tráeme a los comandantes Medina. No enviéis más refuerzos porque serían hombres muertos. pues domina el revellín y el foso.El gran maestre leyó la carta: Ilustrísimo reverendo monseigneur: Cuando los turcos desembarcaron aquí. y no tenemos refugio salvo la capilla. y hasta ahora hemos hecho todo lo que podíamos. También sabía de los efectos que la falta de alimento y reposo surtían en un hombre. si vuestra merced no nos envía embarcaciones esta noche para que podamos retirarnos. Ésta es la tenaz resolución de todos los que firman abajo. y bramó llamando al mayordomo. Convencidos de que el fuerte caerá. Pero el enemigo nos ha reducido a un estado en que no podemos infligirle daño ni podemos defendernos. Estamos tan acuciados que ya no podemos usar el espacio abierto del centro del fuerte. Como ya no podemos cumplir con eficiencia los deberes de nuestra orden. estamos dispuestos. Informamos a vuestra merced que las galeatas turcas han estado activas en el extremo del cabo. —Sólo queremos morir como hombres.

Castriota miró con severidad a Vitelleschi. El deber de un soldado es obedecer. La Valette miró a Medina. ¡Habla! Vitelleschi estaba al borde de las lágrimas. La Roche y Castriota. parecía haberse preparado para una celebración. Los cadáveres estaban apilados como espigas. pensó. pero fue menos comprensivo. —Dirás a tus camaradas que permanezcan en sus puestos —continuó La Valette—. —Puedes sentarte —dijo La Valette. Los hombres regresaron a sus puestos. Encontraron a La Valette esperando. Pero no aprobaré el amotinamiento. —Las leyes del honor no se satisfacen necesariamente derrochando nuestra vida cuando parece conveniente. Los tres comandantes miraron oscuramente a Vitelleschi. gran maestre. Casi desesperado. El orgullo es mal sustituto de la obediencia. Las defensas parecían montículos de argamasa desmoronada más que el sitio donde vivía y moría la flor y nata de la nobleza europea. Los tres enviados quedaron apabullados por el estado de San Telmo. señoría. —¿Crees que exigiría un sacrificio innecesario a mis hermanos? —le preguntó a Vitelleschi—. La Valette les habló de la nota. los padecimientos de la guarnición superaban todos los rumores. un español calvo con un caído bigote gris. —¡El gran maestre no os ha relevado! —exclamó Medina mientras los desalentados defensores se reunían. y el hedor era más pestilente que el de las galeras. —Entiendo. Regresad antes del alba. Castriota estaba azorado por la devastación. San Telmo puede sobrevivir dos días más. Llegaron Medina. pues le irritaba que un hombre de la Lengua italiana hubiera ofendido al gran maestre. —Se ve muy mal —concedió La Roche—. tengo una tarea para vosotros —dijo La Valette. A lo sumo. Id a inspeccionar San Telmo. La Roche. De la Roche y Medina reconvinieron a los caballeros y soldados que estaban dispuestos a abandonar el fuerte. —Sí. parecía medio dormido. mientras que los ojos oscuros de Castriota ardían como ascuas. —Caballeros. Cuando mis comisionados regresen de San Telmo. decidiré qué rumbo debe tomarse.nervios. No efectuarán un ataque. Medina. gran maestre. . su armadura estaba inmaculada. Aun así. Vitelleschi se sentó. —No. el más bajo de los tres. con más gentileza. sin haber tocado la cena. —Vosotros seréis mis ojos —dijo La Valette—. Inspeccionó el fuerte hasta que los demás comisionados lo convencieron de regresar a Birgu.

Recogió el mosquete y regresó al revellín. . posiblemente —declaró el español—. Sus cuerpos quebrantados recobraron el equilibrio mientras seguían a Rambaldi. al convento y a Birgu. Los debilitados hombres se reunieron en el crepúsculo frente al cuartel general de Broglia. Dijeron: «Mostradnos vuestro nuevo enfoque cuando lleguen los jenízaros». El pergamino quedó arrugado a los pies de Rambaldi. —¿Signore? —insistió La Valette. —Hecho. La Valette asintió. —Dadme nuevos hombres y reorganizaré San Telmo —se ofreció Castriota—. —El maestre de la orden ha respondido a vuestra solicitud —dijo Broglia. ¡Luego pensad en la vergüenza que habéis infligido a vuestras Lenguas y naciones! Se marchó cojeando. Conservaré el fuerte dos semanas más. El daño que han sufrido las fortificaciones es devastador. —Palabras conmovedoras —concedió Castriota—. hermanos míos —Broglia elevó la voz—. —Leedlo vosotros mismos. —No es lo que piensa la guarnición —dijo Medina. diciendo: —Así sea. Reclutad hombres de Birgu y San Miguel. Un mensajero solitario cruzó a nado para llevarle el pergamino a Broglia y el acuciado gobernador llamó a sus caballeros para deliberar. y «Contadle al gran maestre lo que habéis visto aquí». Don García no podrá usarlo como excusa. avergonzados por la carta y afectados por el sarcasmo de La Valette. Vuestra petición de abandonar San Telmo para buscar refugio en Birgu es otorgada. Esa noche La Valette escribió una carta. donde tendréis mayor seguridad. Por mi parte.—Dos días. ¿Y con eso? La Valette esperó. Él se volvió hacia el caballero más cercano. Sólo se necesitan nuevos hombres y un nuevo enfoque. El exasperado Broglia les arrojó el pergamino a los pies. declarando que preferirían morir a perder San Telmo. Regresad. —¿Signore Castriota? El agitado Castriota se atusó el bigote. y leyó en voz alta—: «Hemos reunido una fuerza de voluntarios al mando del caballero Costantino Castriota. Lo siguieron otros caballeros «rebeldes». —La situación no es desesperada —dijo Castriota—. La Valette lo miró—. si queréis. me sentiré más confiado cuando sepa que el fuerte del cual depende la seguridad de la isla es defendido por hombres de mi entera confianza». Despidió a los caballeros y llamó a sir Oliver. Esta noche podéis tomar las embarcaciones de vuelta.

y que preferían morir en San Telmo que regresar a Birgu.Un nadador maltés llevó un mensaje a La Valette en que los caballeros rebeldes ofrecían total obediencia. 29 10 de junio . Luego La Valette rechazó la propuesta de Castriota y envió quince caballeros y cien soldados en vez del comandante. El gran maestre se quedó largo tiempo a solas en su habitación. Le aseguraron que no atacarían al enemigo si él les ordenaba que resistieran.

no entiendes! —estalló Dragut. —Aquí estás —dijo Mustafá. si hubieras trazado bien tus planes iniciales no estaríamos en esta situación. —¿Qué situación. —Enarcó una ceja—. Aun así. dame paciencia con estos hombres. El anochecer brindaba una apariencia siniestra al guerrero de túnica negra. —La caballería ha destruido mi artillería —rugió Dragut—. Mustafá sacudió la cabeza. —Entiendo. pensó. Dragut rió entre dientes. —¡La de perder la batalla. El viejo pirata se apeó de la silla. Mustafá echó a un oficial de la tienda —¿Qué te fastidia? —preguntó. le arrojó las riendas a un esclavo y marchó a la tienda con andar resuelto. Esos malditos hospitalarios han presentado una valerosa defensa. Hace veintitrés días que iniciaste tu ataque. —Muy perceptivo —gruño Dragut. Alá. —Lo del fuerte no es culpa mía. —La caballería ha destruido mis baterías de Punta de las Horcas —dijo. Estás perdiendo tanto tiempo que ahora los cristianos tienen la iniciativa. padre? —preguntó. Piali pestañeó con inocencia.Fogatas rojas constelaban Sciberras mientras Dragut se dirigía a la tienda de Mustafá. Dragut estaba de mal humor. No te confíes en el hecho de que aún superamos en número al enemigo por cinco a uno. —¡No. —Sí. El corsario se sentó. Los hombres se inclinaban y le cedían el paso. Cada movimiento sugería irritación y su mirada habitualmente suave era feroz. Mustafá y Piali callaron de golpe. oh monarca de los mares! —replico Dragut —. El suelo pedregoso crujía bajo sus sandalias. Yo no he perdido ninguna pieza de artillería. Jinetes de Mdina. —Me preguntaba si repararías en ello. . Un esclavo abrió la entrada de la tienda y Dragut se agachó para entrar. —¿No es buen motivo para confiarse? —Por el momento. y se notaba. una mano nudosa aferraba la empuñadura enjoyada en su cinturón. Conocen el arte del sitio menos que una criada. pero al instante recobró la compostura—. Oyó que Mustafá y Piali discutían. Me dijeron que avistaron dos naves frente a Gozo. y San Telmo sigue en pie. me enteré hace horas.

Se inclinó y salió de la tienda. —He cuadruplicado mis patrullas —replicó Piali. Señaló a un soldado de túnica blanca. Y no esperarán un ataque masivo. —Buenas noches. —¿Le fallarías a tu sultán? —¡No. bajá. —¡Tus galeras no pillarían ni un pescado! —interrumpió Dragut—. no los detendrás. —Dragut se volvió hacia Mustafá—. —¿Esta noche? —Sí. —Tampoco estos caballeros —señaló Dragut—. El nuevo agá de los jenízaros ordenó a sus hombres que se formaran. .. El virrey no intentará desembarcar si nos encuentra en posesión de San Telmo y bombardeando Birgu. agá! —¿Tú? —le preguntó a otro hombre. Dragut sonrió al levantarse. las pusimos en fuga —declaró Piali con orgullo—. —No pareces confiar mucho en mis hombres. El agá estiró un largo brazo hacia el ruinoso San Telmo. Esplendoroso con su chaleco. Si los caballeros hacen un esfuerzo determinado para entrar a hurtadillas. Así no habremos perdido tiempo. bajá. la luz del fuego se reflejaba en sus rostros. —¿Sí? —Toma San Telmo esta noche. La próxima vez mis galeras pillarán.—Sí. —¿Entonces por qué habéis fallado a Solimán? —preguntó. Escucha el consejo de un marino viejo y rezongón. El agá pidió silencio y se podría haber oído una moneda rodando sobre las piedras. se plantó ante las tropas en columnas. —Ya veo.. —¿Y si fracasamos? —Llevaré mis cañones más pesados a la costa para reaprovisionar Punta de las Horcas. donde el harapiento estandarte hospitalario ondeaba sobre el fuerte. —¡Jamás! —¿Alguien deshonraría el nombre de nuestro Legislador? La estentórea negativa habría satisfecho al más escéptico. túnica y mitra. —Mis hombres no están acostumbrados a ataques nocturnos. Mustafá evaluó las bajas. Siguió un incómodo silencio.

¡Que ninguna cimitarra regrese sin manchas de sangre! ¡Que ningún cristiano quede con vida! Alzó su propia espada. —¡Victoria! —le respondieron. conectando las murallas norte y sur. la tiró al suelo y la pisoteó. Se construyó un nuevo terraplén para bordear la casa de guardia. El penetrante olor a pelo. Hacía días que sus heridas no le permitían dormir y la nueva cauterización . —¿Libraréis al sultán de esta vergüenza? —¡Sí! —¡Mostrarme vuestras espadas! Las cimitarras salieron de las vainas. 30 La guarnición de San Telmo sacó a los muertos del fuerte y apostó hombres en el perímetro al amparo de la noche. os es dada la tarea de masacrar al infiel. Los jenízaros se desgañitaron en rugidos frenéticos. Ordenó a los jenízaros que bajaran por el Sciberras. —En vosotros recae el honor de purgar el dolor del sultán. A vosotros. —¡Victoria! —gritó. El agá sacó una pequeña cruz del interior de la túnica. El agá asintió fieramente.—¡Es un insulto para nuestro sultán! ¡Es una burla para el nombre de Alá! ¿Permitiréis que continúe esta humillación? —¡No! —exclamaron los jenízaros al unísono. aullando como fieras. La noche del día 10 encontró a Peter Vischer totalmente agotado. reluciendo a la luz del fuego. piel y grasa quemada persistía y ni siquiera un chubasco vespertino redujo la pestilencia. los invictos.

Su armadura oxidada chirriaba con cada movimiento. Rambaldi se sentó contra un enorme barril de agua. dormitando de espaldas. —¡Antorchas! —exclamó—. explotó delante del turco más cercano. una corneta convocó a la guarnición a las armas. demasiado cansado para afilar el hacha. Los caballeros se agolpaban en pequeños grupos detrás del revellín. blancos fáciles. Los amigos sospechaban que el irreverente Testarossa había sufrido una crisis interna y lo dejaban en paz. Como sufría una conmoción. Los turcos que traspusieran la puerta de nuevo serían víctimas del fuego cruzado. Nadie oía los padrenuestros que susurraba. Yelmos empenachados se perfilaban contra el cielo. Michele di Corso estaba línea abajo. para reunirse con varios caballeros españoles. Sonaron disparos. Vigías atentos bordeaban la casa de guardia. cuya agudeza causó escalofríos a los cristianos. ¡Granadas! Los arcabuceros dispararon. Se había vuelto adusto y apocado desde la carta de La Valette. apuntando los largos arcabuces hacia las posiciones turcas. Había comenzado el primer ataque nocturno del sitio. Había perdido toda su energía juvenil. Se encontraba al pie del terraplén más nuevo. le habían ordenado que no durmiera. cayeron. ¡Son miles! Peter obligó a Sebastian a tumbarse. Un centinela señaló la contraescarpa. Peter le arrebató una granada a Sebastian y la arrojó hacia el foso. donde se oía el trajín de batallones de esclavos. Otros turcos recogieron las antorchas y continuaron la marcha. En ocasiones gruñía o gritaba. Largas mechas sisearon y chisporrotearon. Un aturdido Sebastian estaba sentado junto a él. . ¡Ahí vienen los jenízaros! Los atacantes lanzaron su inquietante y ondulante grito de guerra. Hablaban poco. Una numerosa fuerza de jenízaros avanzaba a la carrera hacia el punto más débil de San Telmo. Los hermanos Vischer se arrastraron por el revellín. De pronto salió una advertencia desde la casa de guardia. Después de la cena la mayoría se tiraba en el terreno cubierto de baches mientras otros oficiaban de centinelas. cuyas túnicas blancas eran fantasmagóricas a la luz de las estrellas—.de la muñeca izquierda infectada había sido muy dolorosa. y se volvió hacia los caballeros que acudían—. Una costra de pan permanecía intacta ante el muchacho. Las murallas norte y sur estaban bastante intactas y llenas de combatientes. Los cristianos se repartieron bombas de fuego griego. —¡Madre de Dios! —jadeó Sebastian al ver las siluetas. —¡Abajo! —rugió. Los jenízaros que portaban antorchas. La exhausta guarnición se preparaba para un merecido descanso. Las cuadrillas mejoraban las defensas mientras los hermanos servidores preparaban a los heridos más graves para la evacuación. La Lengua italiana había recobrado la casa de guardia. Una espada sin envainar yacía junto a él. cuya tez clara se había oscurecido con humo y lodo. luego otra. aunque el nuevo revellín había quedado a cierta distancia.

Las antorchas encendieron las mechas. Sebastian se alejó del montículo y se reunió con los hermanos servidores. Él alzó una mano. —Una noche brillante. comandante. cubriendo de llamas a los hermanos servidores. —¡Fuego! —exclamó. Los caballeros se aplastaron contra el suelo mientras los jenízaros apoyaban escaleras en los terraplenes. Los hombres recobraron el ánimo cuando el valeroso español se sumó a la columna. —Bien. Los científicos musulmanes habían perfeccionado estos artificios. —¡Fuego! Gritos. Era Guaras. Peter arrojó otra granada y miró la mecha encendida que giraba hacia el enemigo. que eran casi tan devastadores como los de sus enemigos. La próxima oleada llegó sin amilanarse. Al estallar. y se dirigió a los hermanos servidores—: ¡Traed los aros! Los arcabuceros habían recargado. cuyas extremidades entrelazadas les entorpecían el paso más que el lodo. los saquillos arrojaban un fuego pegajoso que sólo se extinguía con la inmediata inmersión en agua. Un castellano se levantó para descargar su arma y recibió un disparo en la frente. les haremos pagar por ella—dijo Guaras. Una explosión envolvió a una docena de jenízaros. —¡Granadas! —bramó Guaras. estudiando a los jenízaros mientras se ajustaba el yelmo. caballeros! Recargad y disparad en andanadas. Docenas de granadas surcaron la noche y el resplandor cegó momentáneamente a los hombres de San Telmo. Más oleadas atacaron el fuerte. Violinista? —comentó. Un aullante media cruz evadió a los que acudían a ayudarlo y corrió de cabeza hacia los restos de la muralla norte. dos. Llamas anaranjadas volaron hacia los turcos. Cientos de jenízaros desaparecieron en el calor y la luz ondeante. entre el foso y el perímetro. Una tormenta de saquillos incendiarios voló sobre ellos y detonó dentro del revellín en un resplandor blanco y cegador.Peter se tomó un valioso segundo para decirle a su hermano: —Retrocede y ayuda a los media cruz. las granadas llovieron sobre el enemigo. —¡Agua! —exclamó Guaras. ¿eh. Más turcos llegaron al foso medio lle no y aminoraron la marcha. Gritos de dolor se elevaron mientras los jenízaros ardían entre los cadáveres. Los mosquetes hospitalarios tronaron y varios jenízaros cayeron. Una voz estentórea y firme se elevó sobre el revellín: —¡Paciencia. vadeando ese pantano de cadáveres hinchados y putrefactos. Su yelmo rodó y él cayó hacia el enemigo. Alguien trepó detrás de Vischer. . pisoteando muertos y heridos y subiendo al reborde. Otra andanada rozó la cima del revellín. bajando el brazo. Las granadas turcas chocaron contra la cuesta del revellín y un fuego blanco estalló por doquier. —¡Ahora! —exclamó un comendador. —Sí. uno. Por primera vez en el sitio los turcos utilizaron saquillos incendiarios.

El ataque continuó hasta que el fuego griego resplandeció tanto que los cañones de San Ángel pudieron disparar contra los jenízaros. Una gruesa concentración de aros de fuego griego siseó sobre el revellín. El fuego. que observaba desde San Miguel.—¡Aros! —ordenó Guaras. Muchas escaleras chocaron contra la casa de guardia. consignó estas impresiones: «Luego. Sólo soldados bravos y orgullosos habrían continuado un ataque ante tal oposición. pero en vano. Saltaron sombras en el interior de San Telmo. Los caballeros sufrieron poco después del ataque inicial. Una mano oscura se extendió hacia Vischer y él cortó cuatro dedos. ignorando toda petición de terminar el ataque. y su armadura se calentó tanto que humeaba. Los caballeros se transformaron en antorchas vivientes. el Mediterráneo no había visto tanta gente consumida por el fuego. pero muchos saltaron a los toneles de agua que habían preparado y se evitaron una muerte horrible. los caballeros que la ocupaban estaban ilesos y habían hallado blancos fáciles en los invasores. Aunque eran pocos. pero se mantuvo en su puesto. Pasaron las horas. Los hospitalarios apoyaban sus armas de fuego en las caras turcas y apretaban el gatillo. el fuego se había transformado en su amigo. Cientos de cabezas aparecieron encima del revellín. Una y otra vez los jenízaros intentaron irrumpir en el fuerte. Balbi. que se agazapó para encender una mecha. Los caballeros encendieron aros casi en la cara de los jenízaros. Los mandobles destrozaban cabezas con turbante. Una densa nube de humo se elevaba sobre Sciberras. la oscuridad de la noche fue muy clara por la mucha cantidad de los fuegos que de ambas partes se lanzaban. Una docena de saquillos incendiarios rodaron sobre el revellín y estallaron. Desperdigados en las murallas. Más muertos jenízaros cubrían el terreno. Asomó una cabeza empenachada y Vischer le asestó un hachazo ente los dientes. se tambaleó. destrozando a los hombres. Desde la adoración de Baal. Los cañones. capitán! —le dijo a Guaras. mientras que los agolpados jenízaros eran presa fácil. Porque los que estaban en San Ángel y en San Miguel velamos muy . Las bajas aumentaban mientras San Telmo se transformaba en una enorme pira funeraria. —¡Arrojadlas! —les ordenó Guaras a los caballeros. los jenízaros pagaron su coraje con la muerte. Mustafá observaba desde la contraescarpa. La mano se retiró. dejando un rastro de sangre. los arcabuces y el fuego griego diezmaban a los jenízaros atrapados. —¡Tienen todos los hombres del mundo. Fue entonces cuando la casa de guardia de San Telmo demostró su importancia. Las llamas irritaban los ojos de Vischer. los hospitalarios sobrevivían al estallido de los saquillos incendiarios. —¡Vencerán! —le dijo a su plana mayor. Los alaridos se intensificaron mientras Guaras pedía más fuego griego. salvo los impactos directos. Proyectiles macizos segaban las filas turcas. el humo y dos mil jenízaros frenéticos oscurecían el foso. Unos proyectiles acribillaron los escombros y un trozo de piedra chocó contra la visera de Vischer.

agitando el puño contra San Telmo—. Mil quinientos camaradas humeantes yacían en las cercanías de San Telmo. Ni siquiera Dragut se presentó.claramente San Telmo. ¡Te conquistaré! Los cristianos sólo habían perdido a sesenta hombres. molió a golpes a un sirviente con el plano de la espada. Los hombres rehuían su furia. los jenízaros supervivientes subieron el Sciberras con la cabeza baja. Mustafá maldijo y se mesó la barba. . Y los artilleros de San Ángel apuntaban y tiraban a la lumbre de sus fuegos». Rara vez la fuerza selecta otomana le habla derrochado tan mal. Sólo al alba Mustafá ordenó la retirada. Abatidos y avergonzados. Enfurecido por su propia estupidez. —|Por la sangre de mis padres! —exclamó Mustafá.

Sólo Dragut había permanecido activo. —¿Un caballero capturado? —preguntó. —¿Y qué tiene que decir? —El señor Dragut me pide que os informe que ha capturado a un renegado. El trémulo pífano se inclinó ante Mustafá. Mustafá se incorporó. de pronto reanimado. Mustafá sonrió. Más de la mitad de los seis mil efectivos de esa tropa de asalto yacían muertos en el foso de San Telmo. El prisionero. Se preguntó si Alá habría respondido a sus plegarias. Tus hombres necesitan tu fuerza. bajá. Un esclavo entró en la amplia tienda y se postró. Un desertor. Ante todo lamentaba la pérdida de jenízaros irreemplazables. ¿Dónde pillaste a este pájaro? . Mustafá se puso el turbante y se sentó en una silla.31 13 de junio Mustafá pasó tres días enfurruñado en su tienda. se sentía aturdido. entró en la tienda acompañado por Dragut y seis espadachines. —No. y eran sumisos cuando los convocaban. En ese momento no se sentía como un comandante del mayor ejercito del mundo. —Veré a ese traidor al instante. —¿Qué? —Vengo por orden del señor Dragut. y sólo salía para hacer sus necesidades o para mirar el incesante bombardeo de San Telmo. —Señor bajá —dijo temerosamente. Le llevaron al desertor. El almirante Piali se retiró al Marsasirocco y se quedó allí. bajá. Mustafá yacía sobre cojines de seda. despreciando su propia inactividad. un pífano español tan quemado y magullado que parecía negro. Un plebeyo. Sólo un caudal constante de vino contribuía a aliviar su desesperación. Los cañones de Punta de las Horcas causaban estragos en los refuerzos nocturnos que La Valette enviaba a San Telmo. asombrado. El viejo pirata continuaba dirigiendo la artillería. y sus cadáveres hediondos eran un recordatorio ineludible de cómo los había desperdiciado. Apenas un cuarto de los cristianos lograba pasar. Dragut también se inclinó. —En la medida de lo posible —murmuró Mustafá. un hombre de San Telmo —respondió el esclavo. —Espero que hayas descansado. Los oficiales de Mustafá lo eludían. vacío. Señaló al desertor—.

Mustafá quedó alentado por el informe. señor de Oriente y Occidente. Difícil de creer—. pensó. ¡Esa guarida de ladrones pronto será nuestra! A las veinticuatro horas. Tendría que haberlo recibido fuera. Los hombres se esforzaban para distinguir cada palabra. La guarnición fue martillada hasta que todas las paredes quedaron embadurnadas de gelatinosos restos humanos. El pífano empezó. —Más te vale. muchos recipientes de agua habían sido destrozados. Cuesta imaginar que este cobarde viene de San Telmo. —¡Sacadlo de aquí! —ordenó Mustafá. escupiendo información. un jinete solitario se aproximó a la casa de guardia y pidió hablar con la máxima autoridad de San Telmo. —¿Has vuelto a nosotros? —preguntó Dragut. Bien. El pífano asintió. ¡Habla! —rugió. os saludo! —declaró el turco. Ambas son demasiado buenas para cobardes y hombres comunes. es la voluntad de Alá. Todo el Sciberras guardó silencio. confío en que tengas información útil. o lo lamentarás —dijo Mustafá—. Elevaré el revellín. Miró a Dragut y notó que el corsario lo estudiaba.—Se rindió a tus hombres en la contraescarpa. Más aún. pensó irritado. llena de pestilencia todo el lugar—. —¡En nombre de Mustafá Bajá. —¡Sí. Este desgraciado. la artillería de Mustafá dominaba el interior de San Telmo de tal modo que sólo los hombres parapetados tras la muralla oeste permanecían ocultos. Los disparos turcos llovieron sobre el fuerte hasta que las balas de cañón botaban como canicas en un cubo. y la artillería había destruido la panadería del fuerte. conquistador! —chilló el pífano. sugirió el desertor. Escaseaba la comida. —Sonrió mientras Dragut traducía la amenaza y el pífano temblaba visiblemente. —¿Escucharás a ese hombre? —Le creo —respondió Mustafá—. Mustafá se enteró de que San Telmo estaba en las últimas y capitularía con el próximo ataque serio. En la noche del 14 de junio. del ejército del sultán Solimán el Legislador. —Sí. traidor. . —Mustafá miró al pífano. —Ya era hora. Broglia aferró la empuñadura de la espada. el revellín capturado tendría que elevarse más para permitir que los cañones terminaran con todo movimiento de los cristianos. —¿El fuerte está casi muerto? —preguntó. Dragut le ordenó dos veces que hablara más despacio. Pero si estás mintiendo. pero no lo manifestó. y defensor de los fieles. me pasaré días encontrando un modo apropiado de matarte. Dragut le tradujo la pregunta al español. El pífano no pareció entender. El pífano ya parecía lamentar el día de su nacimiento. No soy un hombre paciente. —Así sea. No usaré la suave soga ni la inofensiva bastonada —prometió Mustafá—. El eufórico Mustafá pronto ofreció a Broglia condiciones de rendición. Supongo que tu artillería los está desgastando. —¡Soy gobernador de este castillo! —gritó Broglia desde la casa de guardia.

. los cristianos vieron que el mensajero contorsionaba la cara. El embajador regresó a la contraescarpa. Apilaremos sus muertos en montañas antes morir nosotros. esta tregua ha terminado! —Cogió un arcabuz y disparó por encima de la cabeza del turco. y sobre la tumba de sus ancestros. no tengo nada que decir —respondió. Broglia miró los ojos de sus hombres heridos y agotados. Soy un hombre libre comprometido sólo por el honor y el amor. ¡Lárgate. Dios. —¡Puedo y acabo de hacerlo! —replicó Broglia—. —¡Luengas han de ser las barbas de Mustafá. —¡Broglia! —vitoreó un caballero. mi señor —dijo. El capitán Guaras se inclinó junto al italiano. —No insultaré a ninguno de vosotros con la sugerencia de que podéis aceptar el ofrecimiento de Mustafá. Otros lo imitaron. ¿Nuestra defensa lo ha reducido al regateo? Aun en el claro de luna. Cuánto deseo salvar a estos magníficos muchachos. para que se tropiece tanto con ellas! —se mofó Broglia—. —Que ataquen en torrentes. —No se propone rendirse al valeroso gobernador. que permitirá la salida de todos los que se retiren. —¡De todos los que se retiren! —repitió. Un breve silencio. Ahora ninguno de nosotros se marchará.—A menos que tu bajá se proponga rendirse. pensó. —¡No podéis decir tales cosas! —replicó. El emisario interpretó mal el silencio. ¿hice lo correcto? Inhaló profundamente. con voz fatigada pero firme—. Jura por sus barbas. Broglia miró de soslayo a sus hombres. pensó. mas me ordena decir que todos aquéllos que deseen abandonar este destruido fuerte pueden hacerlo. No soy un lacayo turco.

San Telmo no estaba en condiciones de afrontar el nuevo reto. El descanso. las destrozadas barricadas estaban sin reparar. la muralla de San Telmo parecía una cresta baja de escombros desparejos. tras haber soportado un demoledor bombardeo de cuarenta y ocho horas. Los ojos cansados de los hospitalarios vieron con sorpresa y consternación esos navíos armados donde antes sólo estaba el mar azul. pero no había ninguno. Los marineros de Piali se habían desplazado sigilosamente desde el Marsasirocco y ahora estaban anclados frente a Sciberras.32 16 de junio El amanecer llevó más visitantes indeseados a San Telmo. ¿Cómo podía ese pequeño castillo sobrevivir otro día? . comúnmente difícil para la guarnición. había sido imposible. —Es el golpe definitivo —concedieron. Parecía que al fin el temporal turco arrojaría el triturado fuerte al mar. Desde Birgu. Parecía una traición. Los caballeros maldijeron a la fortuna y se miraron en busca de consuelo.

En una oleada frenética (viendo sólo la línea de almenas que tenían delante. avistando San Telmo desde cuatro direcciones. Según nos cuenta el historiador inglés Ernle Bradford. sino que sólo los enviaría cuando el triunfo estuviera a mano. aun entre los turcos. Aunque los artilleros musulmanes estaban embotados por el trabajo y la inhalación de humo. Caballeros y soldados yacían desparramados por San Telmo como juguetes rotos de Dios. usando yelmos de acero dorado. El primer ataque correspondía a los iayalares. Las . y los arcabuceros que tenían fuerzas suficientes para subir a la casa de guardia pronto llamaron la atención de las piezas de ochenta libras de Mustafá. y en Punta de las Horcas el humo cubría los cañones de Dragut como un nubarrón constante. El fuego de respuesta era desperdigado y débil. Pocas de las murallas originales de San Telmo podían resistir los cañonazos. estos lúgubres héroes se tambaleaban en un dolor insomne como fantasmas reacios a abandonar una casa que habían amado en vida. no se permitían otra pasión que la lujuria de matar. los iayalares eran «hombres escogidos que se vestían con la piel de bestias salvajes. allanaría el camino de la victoria final. Las baterías de Tigné fueron sometidas a un trajín similar. algo sin precedentes. Los tiradores trabajaban en colaboración con la artillería. Los hombres de Broglia. estaban demasiado insensibles para desmoralizarse. Eran los otomanos que más disfrutaban de la conversión por la espada. y su desprecio por la vida humana gozaba de triste fama. incluso los que sentían el repulsivo principio de la disentería. Todos estaban convencidos de que era el último día de San Telmo. y el paraíso más allá) se lanzaban al primer asalto. Cuando las andanadas menguaban y era posible desplazarse. Los cañones de Piali empezaron a disparar una hora después del alba y Mustafá envió cuatro mil arcabuceros a la punta oriental de Sciberras. Mustafá decidió que los diezmados jenízaros no tendrían el primer honor ese día. Esa labor. Les informaron de que tendrían el honor de martillear San Telmo hasta que ningún cristiano se atreviera a defender el perímetro. Los infantes turcos. Estos muertos ambulantes preparaban mosquetes. y no había equivalente cristiano. Mustafá los congregó a plena vista de San Telmo. Muchos turcos sufrieron graves quemaduras por el metal humeante y docenas perecieron cuando varios cañones de bronce estallaron por el trabajo excesivo. y los valientes cristianos que se negaban a abandonar las murallas pronto fueron despedazados. Los pestilentes cadáveres formaban pilas tan altas que los vivos no sabían qué hacer con ellos. Envalentonados por el hachís y una fe inquebrantable. los iayalares representaban el colmo del fanatismo. los cristianos ahuyentaban a los pájaros y ratas que devoraban los cadáveres. La mayoría estaban tan malheridos que ni siquiera una retirada inmediata al hospital de Birgu los habría salvado. granadas y aros para el ataque inminente. aguardaban el ataque inminente como potros que esperan una carrera. Muchos oraban en voz alta por una victoria rápida mientras que otros se ufanaban del botín que se llevarían de Malta. en general. no se les dio descanso. Los caballeros se acurrucaban detrás de barricadas improvisadas como sombras grises. Los hombres afilaban las cimitarras y limpiaban las armas de fuego. Aunque carecían del entrenamiento y la disciplina de los jenízaros. sino que se les ordenó redoblar sus esfuerzos. Reconociendo que su única esperanza era la muerte. anunció Mustafá. armados con escudo redondo y cimitarra. Su energía era como una fuerza de la naturaleza. en menos de dos días.Los cañones del Sciberras descargaron catorce mil andanadas. los cañones hervían al tacto.

mi señor. observó el ataque desde la contraescarpa. Cometerá errores.pupilas de sus ojos semejaban agujas. que se agrupaban deprisa. El gobernador tampoco temía las galeras de Piali. pues algunos saquillos incendiarios bien arrojados sembrarían estragos. Intuía la impaciencia de Mustafá como un ajedrecista siente la agitación de un oponente. —¡Devuélvele los jenízaros a Mustafá en pedazos! —Doble metralla. Los granaderos estaban espaciados para ser más eficientes. para que una línea pudiera disparar y retroceder. y sus labios húmedos sólo pronunciaban una palabra: "¡Alá!"». sabía que sus cañones guardarían silencio durante el ataque inminente. No había sentido tanta dicha desde que había rodeado el Cuerno de Oro. Los cañones enmudecieron y se ordenó a los iayalares que avanzaran. Broglia sabía que concentrar las fuerzas era un riesgo. la empinada cuesta del Sciberras los volvía irrelevantes. Discordantes gritos de «¡Alá!» se alzaron como graznidos. —Sí. le ayudó a organizar la defensa. Se detuvo ante las baterías de Lanfreducci. Es conveniente que esté irritado. ¡Alabado sea Alá por este gran día! El gobernador Broglia entró en acción cuando cesó el bombardeo. Broglia caminó cojeando por la línea. apostados para lograr un fuego cruzado. Si tuviera un poco de imaginación. pensó. flanqueado por oficiales y vestido con seda resplandeciente. su indispensable mano derecha. ¡Ninguno se salvará. Había cañones emplazados a intervalos a lo largo del improvisado revellín y. El bajá llenaría el foso con sus cuerpos. pero no veía alternativa. y saboreaba la humillación del bajá. Los iayalares se encargarían de ablandar San Telmo. se proponía disfrutar plenamente del aplastamiento de San Telmo. Broglia no prestaba atención a los arcabuceros musulmanes que estaban bajo la muralla este. gobernador. ninguno!. donde era posible. mientras que los tiradores de aros debían desplazarse de un lado a otro. pensó. Los arcabuceros estaban apostados de tres en fondo. Un . allanando a los jenízaros el camino de la redención. Broglia sabía que la resistencia de San Telmo había humillado a Mustafá. Habría poca interrupción en el fuego de mosquetes. Agraviado por la arrogancia de Broglia. Su orgullo se hinchaba al pensar en actuar como regente de Alá en la tierra. Se restregaba las manos mientras observaba a los iayalares —hombres que eran un préstamo de Dios— y la flota. Los hombres inclinaban la cabeza a su paso. —Hoy tus cañones hablarán en nombre de Dios —le dijo al pisano. Broglia echó una ojeada a las formaciones turcas. Mustafá. Si Mustafá deseaba desperdiciar a sus tiradores. nos habría matado a todos en un santiamén. Sabía que le quedaba poco tiempo antes de que cayera el martillo y comprendió que sólo un despliegue impecable ofrecía alguna esperanza de triunfar ese día. recargando mientras la otra se adelantaba para tirar. bien. y tenía muy presente que los gambitos apresurados a menudo fracasaban. El capitán Guaras.

Los hombres de Broglia mantuvieron el fuego hasta que los cañones gruñeron de calor y los culatazos de los fusiles entumecieron los hombros. —¡Fuego! Los cañones y mosquetes hablaron al unísono. Los cañones turcos respondieron desde Sciberras. Sonaron las trompetas y los iayalares acometieron con un rugido ensordecedor. —¿Mi señor? —jadeó nerviosamente un caballero. Entonces. Sciberras fue rociada con sangre fresca y su terreno pedregoso quedó embadurnado de visceras. —¡Por la Orden de San Juan de Jerusalén y la defensa de nuestra morada! —gritó. Mustafá envió más hombres a la refriega hasta que el foso se llenó. satisfecho con el logro. con la garganta seca. Los cañones de San Ángel abrieron fuego desde el otro lado del puerto y las palanquetas abrieron sendas entre los apiñados iayalares. Los guerreros suicidas saltaron al foso lleno de cadáveres y comenzaron a vadearlo. Broglia se persignó y desenvainó la espada. . ordenó el repliegue de los iayalares. Ninguno había llegado a la casa de guardia. La ira de los iayalares palidecía ante la furia de las armas. La metralla despedazaba a los hombres. Broglia bajó el brazo. los ojos desorbitados de obtuso odio. Los turcos estallaban en chorros de sangre. Alá!». Extremidades y cabezas volaban por los aires.cañón de grueso calibre fue izado a la muralla sudoeste para barrer a los turcos que cruzaran el foso. —¡Fuego! gritaban y pataleaban. pensó. —¡Fuego! —repitió Broglia. 33 Se ordenó a los jenízaros que avanzaran. Los iayalares se lanzaron hacia el fuerte gritando «¡Alá. Sus cimitarras relucían al sol. Los hombres apuntaron. y ningún iayalar había logrado cruzar el foso. Los iayalares heridos —¡Fuego a discreción! —dijo Broglia. el humo rodó por los terraplenes. Los cristianos cesaron el fuego e hicieron un inventario de las municiones y la pólvora. El gobernador Broglia miró a los masacrados iayalares. —¡Alá! —gritaron los iayalares. Los arcabuceros dispararon y retrocedieron para recargar. ¿Era demasiado tarde para volver a sus líneas originales? No tendría que haber concentrado a mis hombres. cientos de iayalares cayeron. Broglia tragó saliva.

El peso del número. La artillería de Mustafá apuntó a los cañones de San Telmo. Humeantes entrañas humanas alfombraban Sciberras. Las baterías de la muralla suroeste de San Telmo. La oleada apenas aminoró la marcha en el foso. Mustafá estaba seguro de que los cristianos estaban casi agotados y ordenó el avance de más hombres. Los jenízaros estaban entre la espada y la pared. —¡Entrad! ¡Tenéis que entrar! —exclamó. perdiendo los estribos. Los hospitalarios. Los turcos arrojaron granadas y los caballeros respondieron al fuego. Pero los jenízaros no lograban penetrar. Mustafá ovacionaba mientras sus hombres penetraban en el fuerte sin impedimentos. Ardientes aros rodaron desde las murallas y por encima de los terraplenes. . ¡Su plan funcionaba! Los jenízaros aullaron de deleite mientras salían de la pegajosa trinchera y enfilaban hacia el bajo revellín. Las formaciones jenízaras avanzaban a su muerte mientras los cristianos mantenían un tenaz ritmo de disparos frente a los cañones de Mustafá. Lamentablemente para los jenízaros. debían pagar por la muerte del agá. declaró Mustafá.. nada se interponía entre ellos y la gloria. sería decisivo. Los cañones de San Ángel también tronaban. Si tan sólo una escuadra de jenízaros penetraba el perímetro. los arrasaron desde atrás. Cañones y arcabuces rasgaron esa marea blanca y los jenízaros cayeron al suelo. Malta se sofocaba bajo nubes de humo negro y aceitoso. pero los cristianos mantuvieron sus andanadas. La batalla arreció.Hacía dos días que una bala de Birgu había matado a su agá. esperaba Mustafá. Al llegar la tarde. En todo caso. Mustafá dio un puñetazo en un cañón. Quizá subestimaba a la guarnición porque el sacrificio de los iayalares era coherente con sus designios. y para el honor de su cuerpo. dispararon. los jenízaros avanzaron sin más plan que el de atacar el fuerte con saquillos incendiarios y arcabuces. Los cristianos se incorporaron. A pesar de la matanza de los iayalares. —¡Venganza! —exclamó. estrechando a los turcos en un abrazo calcinante. que recogieron el grito. El fuego enfilado arrasaba las líneas y las granadas obstaculizaban su avance. Al parecer. Balas y palanquetas despedazaban a los hombres como si fueran de arcilla. seguía convencido de que San Telmo estaba en las últimas. y los «invencibles» ansiaban acometer de nuevo contra San Telmo. Efectivos de túnica blanca avanzaron sobre los muertos con gritos exultantes. Pelotones enteros de soldados con plumas de garza fueron triturados e incinerados. la sangría continuaba.. la estrategia de Mustafá carecía de originalidad. agitando una espada frente a los jenízaros. olvidadas hasta ahora.

La Valette se acarició la barba. —Es hora de abandonar San Telmo. —¿Qué os molesta. Quizá Dios dirija a esos hombres adonde necesitan ir. señor? La Valette suspiró. ni la invalidez de Miranda. y miró el cielo sombrío. No sé si me entendéis. lo autorizaré. —Starkey se inclinó contra el alféizar—. —No. Mil jenízaros yacían apilados frente a San Telmo. no abandonarían su adusta labor. . Los caballeros. pensó.Al anochecer Mustafá aún se negaba a tocar retreta. —Todos son caballeros. Heridos. apuntalaban la carne con el espíritu. habían debilitado su resolución. El sol se hundía en el oeste cuando Mustafá interrumpió el ataque. —Pues no los rechazó a ellos. sorprendido. aunque hasta ahora había sido una lucha ingrata. Los ojos de Europa se clavaban en ellos y. se comportaban con eficiencia sobrehumana. —Voluntarios —dijo súbitamente. —¿Maestre? —Si algún hombre se ofrece como voluntario para morir en San Telmo. y había ganado otro día. pero ya no puedo elaborar planes basados en esa esperanza moribunda. —Te entiendo. aunque no lo sean. —Adelante. Su rostro era una máscara rígida cuando se retiró a Sciberras y se metió en su tienda. —San Telmo me ha enorgullecido —declaró La Valette. ¿Cuánto faltará para que llegue don García? La puerta se abrió a sus espaldas. Ni la pérdida de Medran. —¿No ordenaréis refuerzos? —preguntó Starkey. Estoy muy cansado. Pasó un momento. herido por un mosquete. —Pero don García aún no ha llegado —Es verdad —respondió La Valette—. El inglés se reunió con La Valette. la mayoría ardiendo. Recuerda las Escrituras: el Señor rechaza a los que construyen casas sobre la arena. y aunque habían caído ciento cincuenta cristianos. por su parte. Otro día.. abatido por un cañonazo. Oliver —dijo sin volverse. Broglia y Guaras habían resistido.. La Valette miraba desde una ventana de su cuartel general de Birgu. —¿Abandonar? —No puedo perder más hombres allí. San Telmo lo había burlado de nuevo. hambrientos y extenuados.

—|Habla! . yo he empezado sin ti. Silencio total. El bajá. —Casi empiezo sin ti —protestó Mustafá. —¿De veras? —respondió Dragut con desenfado—. He descubierto cómo capturar San Telmo.34 17 de junio Dragut entró en la tienda de mando de Mustafá y se sentó en unos cojines. Bien. Piali y Alí miraron al corsario. —¿El bajá desea saberlo? —preguntó Dragut.

alimentos. No pienso con la misma rapidez que cuando tenía tu edad. ¿Tienes algo nuevo que decir? —Creo que sí. Este muchacho es pequeño por naturaleza. —Nuestros obreros serán abatidos por los artilleros de San Telmo — dijo. ¿Tengo tiempo suficiente?. —El precio será elevado. Parecía sencilla. ¿Don García llegará y encontrará a mis hombres desperdigados? Alá.—Muchos hombres correrán gran peligro. pensó. —¡Habla! —repitió Mustafá. Muy sencilla. San Telmo resiste sólo porque recibe refuerzos constantes. Tropas. —Como sabemos. señor Dragut. municiones. Esa defensa conseguirá dos cosas. brindará un revellín para rechazar a los refuerzos que lleguen por mar. San Telmo seguirá resistiendo hasta que sus hombres estén totalmente aislados. Mustafá planteó una objeción. cosas en las que Broglia puede confiar. pensó. —¿Por qué no lo sugeriste antes? —rezongó Mustafá—.. —Segundo. nos permitirá desplazar hombres sin que La Valette se entere. —Nadie pasa durante el día —respondió Dragut—. Mustafá se frotó las sienes. Esta semana he perdido cuatro mil hombres. Podemos dispararles antes de que desembarquen y nunca sabrán exactamente dónde estamos. Comenzaremos al salir el sol. —Perdona. Habla. Primero.. Dragut se encogió de hombros. Piali sonrió. . bajá —dijo Dragut sin inmutarse—. pensó el pirata con socarronería. si no tomo San Telmo pronto. De noche no doy garantías. —En esencia —dijo—. Sugiero que construyamos una muralla a lo largo de la costa sur de Sciberras. Dulce como la victoria. Miles morirán. se preguntó.. Nunca será un gran capitán. —Parece un buen plan —concedió—. Mustafá se enfureció. ¿Conque ahora soy «señor Dragut»?. Ninguna cantidad de jenízaros puede cambiar eso. Aun así. —¡Sus ojos están por doquier! —se lamentó Uluj Alí. —¿El sucesor de Barbarroja tiene limitaciones? —¡Basta. Piali! —rugió Mustafá—. —Eso lo sé. Los generales reflexionaron sobre la propuesta. —¿Y tus cañones de Punta de las Horcas aún no los han detenido? Dragut estudió al almirante.. Dragut cogió una uva de la bandeja que le ofrecía un esclavo y se la puso en la boca.

más allá del Gran Puerto. —Así parece. matando a muchos. Mustafá quedó impresionado. —Mirad. Dragut continuó mientras los dos oficiales hablaban. sino que se mezclaban audazmente con los ingenieros. . Dominará la muralla este de San Telmo. Su rostro expresó admiración. Mustafá y su comitiva se apresuraron a acercarse. —Deberías emplazar un cañón grande aquí —dijo—. Un artillero cristiano señaló Sciberras. Algunos oficiales han bajado a la orilla. diminutos por la distancia. Ambos miraron más allá del agua. inspeccionaban la costa de Sciberras. ¡Quiero que la muralla baje hasta el agua! Una bala de cañón chocó en el suelo ante Dragut y astillas de piedra cortaron el aire. —Este cañón es parte de mí —fue la orgullosa respuesta. —¡No. —¿De primera intención? Porque apuesto a que no tendrás otra oportunidad. y Dios bendiga ese disparo. —¿Está muerto? —preguntó el bajá. asintiendo. pensó. Una piedra le pegó en la oreja derecha y el corsario cayó como un hombre muerto. Los comandantes sabían que demostrar excesiva cautela durante una etapa tan crucial del sitio dañaría el ánimo y por tanto procuraban restar importancia al peligro. Un oficial hizo rodar al viejo de costado. —Sí. el maestro artillero—. ¡Qué lástima que haya esperado hasta ahora para revelar todo su talento! —Tienes razón. Este hombre conoce su oficio. no! —regañó a un ingeniero—. Un caballero se acercó a los artilleros. Algunos hombres de atuendo brillante. Raúl! —exclamó—. Dragut se volvió a Mustafá. ¡Mira! Codeó a su compañero. Una pieza de ciento veinte libras. —¡Helos ahí de nuevo. incluso envidia. Dragut y Mustafá se negaban a cubrirse.Los cañones de San Ángel habían hostigado a los turcos que trabajaban todo el día. mi señor —respondió el primer artillero—. Se volvió a su lugarteniente. ¿Puedes acertarles con un disparo? —Sí. desde luego —dijo Mustafá. le brotaba sangre de la nariz y las orejas. y le negará al enemigo un sitio donde desembarcar. El caballero entornó los ojos para protegerse del resplandor del agua. bajá. —Pues hazlo. —¿Por qué habéis dejado de disparar? —preguntó.

ya concluida. Los soldados turcos lloraron la muerte del corsario. de inmediato. —¿Entonces. irrumpiendo en la habitación.. Para colmo. su deceso es la mayor pérdida de Mustafá. maestre? —Sin duda. —¡Maestre. aunque el ánimo era inesperadamente alto. Dragut ha muerto! —exclamó el inglés.? La Valette reflexionó. La noticia del destino de Dragut llegó a la tropa a pesar de los deseos de Mustafá. como escribe Bradford.. y aun los veteranos más cínicos pensaban que una luz potente se había extinguido. —Mustafá se volvió hacia el maestro artillero—. . Los hombres recordaron un pronóstico que había hecho mientras sepultaba a su hermano en Gozo en 1544: «En esta isla he sentido la sombra del ala de la muerte. Dragut Rais merecía una muerte más heroica. como si él mismo estuviera herido—. La Valette estaba a solas en la oscuridad. —¿No estáis complacido. Los disparos que se efectuaban desde la muralla de Dragut. Starkey encendió una vela y la apoyó en el escritorio del gran maestre. Un desertor turco llevó la nueva a Birgu. La zanja que rodeaba el fuerte estaba llena de piedras desmoronadas y. Aconsejaba no enviar más hombres. ¡Cubridlo! ¡Procurad que nadie se entere de esto! — Justo cuando más lo necesitaba. señor. —¡Alá! —gimió Mustafá. su grueso turbante había amortiguado el impacto. así que era una crueldad sacrificarlos. Miranda informaba a La Valette que. —Habría preferido matarlo en combate singular —dijo—. —De vuelta al Marsa. Con el tiempo. Sir Oliver Starkey estaba tan alborotado por la noticia que se olvidó de llamar a la puerta del estudio de La Valette. pues los refuerzos que acudían al fuerte eran abatidos. El corsario duró varios días antes de entregar su viejo cuerpo. la pérdida de San Telmo era inminente. —¿Adónde lo llevo? —preguntó el oficial. El ejército se desalentará si sabe que Dragut Rais ha muerto.—Así parece. las menguantes murallas eran «apenas un parapeto de mampostería rota». todo el mundo musulmán lamentaría la pérdida del mayor marino del Islam. —Sí. Luego Mustafá se enteró de que Dragut seguía con vida. sus cañones estaban en posición perfecta para apuntar a los voluntarios de Birgu. Que estos ingenieros guarden silencio. causaban estragos. pensó. El gran maestre recibió mensajes de San Telmo los días 19 y 20. lo sé. Está escrito que un día también yo moriré en el territorio de los Caballeros».

los caballeros siempre celebraban la fiesta de Corpus Christi el 21 de junio y La Valette no quiso que ese día fuera la excepción. donde él y sus caballeros se hincaron de hinojos e imploraron a Cristo que recordara a sus hermanos de San Telmo. —Guaras —musitó—. Ese golpe fue más fuerte de lo que parecía. y otros dos caballeros. Prescott escribe que. escoltaron la santa hostia por Birgu. —Capitán. el virrey no había enviado un solo barco. señoría —respondió Guaras. el alicaído Boisberton le dijo a La Valette que la muralla de Dragut había acorralado a la guarnición de San Telmo. leedme esto. no había retirada posible. A pesar de la batalla. El italiano tardó un instante en hablar. pues comprendía que debería librar a sus valientes camaradas a su suerte». Pasó el 20 de junio y don García de Toledo no había cumplido sus promesas. pero las palabras se le borroneaban. La Valette encabezaba la procesión como Moisés conduciendo a su pueblo a la tierra prometida. La embarcación de Boisberton. sobrevivió a una granizada de disparos. Más aún. Recordó la piedra que le había golpeado el yelmo por la mañana. pensó.. Los caballeros salieron de San Ángel y San Miguel para responder a su convocatoria. llamad a Monserrat. Aunque San Telmo resistía. —¡Señoría! —exclamó Guaras. Cuando recobró el conocimiento poco después. Al regresar a San Ángel.. El cuerpo de Broglia se puso rígido. Los hospitalarios se reunieron en la iglesia conventual. —De pronto Broglia puso los ojos en blanco y se desplomó de espaldas. majestuoso y sombrío. Se volvió hacia Guaras. Boisberton sugería que el fuerte sólo resistiría un ataque turco más.Buscando más información sobre San Telmo. Broglia vio a Guaras de rodillas. 35 21 de junio Desde el origen de la orden. Los malteses bordeaban el trayecto de la procesión y se inclinaban cuando pasaba la Eucaristía. Alto. . y tras una solemne ceremonia. ordenó a sus hermanos que cambiaran la armadura por la larga sotana negra. que habitualmente tenían un tinte melancólico. La Valette ordenó al caballero Boisberton que afrontara el bloqueo. —¿Qué sucedió? —preguntó. —Os desmayasteis. El gobernador Broglia trató de leer la lista de bajas que Guaras le había entregado. quedaron enturbiados por una mayor tristeza. Recorrió Birgu sin prestar atención al estruendo de los cañones turcos y regresó a la iglesia conventual. «los nobles rasgos de La Valette. cuando el gran maestre oyó este informe. la barba blanca brillando al sol. al amparo de la oscuridad.

. —Es un basilisco —dijo alguien. Los hombres de San Telmo sufrían un bombardeo implacable. Abrió la visera. Giorgio? —Dolorido. Rambaldi miró al enemigo y se agachó cuando una bala de cañón se incrustó en las defensas. se cocinaban bajo el sol abrasador y se sofocaban con el polvo. se hallaba lejos de Di Corso. se volvió hacia otro camarada. Rambaldi se apostó cerca de la puerta por dos motivos.Melchor de Monserrat de Aragón fue designado gobernador provisional después de que Broglia se desmayara por tercera vez. Y un ocasional sorbo de agua le calmaba la fiebre. como les había ocurrido a muchos amigos. Ninguna respuesta. —¿Cómo estás. —Una llovizna —dijo. que estaba sentado entre dos barriles de pólvora. la malaria y la disentería. —¿Qué? Rambaldi estudió las pupilas de Giorgio. Rambaldi estudió lo que quedaba del brazo derecho de Giorgio. los miles de heridos se conformaban con los cuidados que podían recibir. La Lengua italiana resistía tras la muralla oeste de San Telmo. Una sacudida conmocionó el terraplén. rebotaron escombros contra su armadura. los heridos turcos eran evacuados al apacible refugio del Marsa. Ante todo. No quería que un saquillo incendiario lo quemara vivo. limpiándose la cara. atacados por artillería de sitio y cañones navales. Mientras los heridos de San Telmo eran trasladados a angostas franjas «seguras» detrás de los terraplenes. con un balazo en la pierna. tosiendo. Rambaldi abrió la visera de su camarada y estudió ese rostro pálido. —Así es —respondió el caballero que estaba junto a él. Además. quería estar cerca de una tina de agua. aunque ahora estaba tan erosionada que un hombre de pie podía avistar fácilmente el revellín capturado —si no le importaba que le disparasen— y los terraplenes estaban tan aplanados que el enemigo ya no necesitaba escaleras de sitio. Mustafá había erigido una ciudad de tiendas para albergar la creciente cantidad de bajas. —¿Giorgio? —preguntó Rambaldi. Agazapados detrás de los muros en talud. Víctimas del fuego griego y el espadón. una bala de cañón se lo había cortado a la altura del codo y sólo un torniquete aplicado al instante había impedido que muriese desangrado. —¡Giorgio! Giorgio abrió los ojos.

¡Y desde atrás! La guarnición lanzó un clamor al comprender. —Volverán. Creo que tengo la pierna rota. ¿verdad? —contestó Rambaldi. y un jenízaro se desplomó sobre una pila de piedras. Rambaldi se apoyó el arcabuz en el hombro y apretó el gatillo. está bien! Rambaldi oyó un chasquido. —¡Metralla. —¡Bah. Monserrat impartió órdenes a los artilleros y fue a inspeccionar a las víctimas de los tiradores. relativamente intacta. ¡Fuego! El proyectil hizo impacto en la muralla este con una lluvia de chispas. 36 . ¡Arcabuz!. El imponente Monserrat apareció a la carrera. —Yo no puedo llevarlo. —Los expulsamos de la muralla. —¡Fuego! —repitió Monserrat. —¡La torre caballera! —gritaron los hombres. Rambaldi vio a un turco partido en dos por una palanqueta. ¿Piedras?. Apuntaron un cañón hacia los tiradores—. —Pero tienes dos. El proyectil voló sobre el mar con un silbido. diez grados arriba! Los artilleros ajustaron la puntería y recargaron. La voz grave de Monserrat era más amenazadora que una pieza de cuarenta libras. y miró al cielo. Llevémoslo a otra parte. Al mirar en torno. gruñendo mientras su objetivo caía. pensó Rambaldi. ¿verdad? —replicó Rambaldi. —¡Ah! —gimió un caballero. Rambaldi se apoyó en la pared y cerró los ojos. —¡Dad la vuelta esa pieza! —gritó. Apuntaron otro cañón hacia los intrusos. Docenas de jenízaros vestidos de blanco habían escalado la plataforma y disparaban hacia el fuerte. —Ni siquiera estamos a salvo de nuestra propia torre —se quejó un caballero. Rambaldi miró la muralla este. —Sí. Más jenízaros cayeron y los turcos restantes abandonaron la torre caballera. —¡Maldición! —gritó. Le ardía la piel.—Aquí no nos sirve de nada. volverán —coincidió. —¿Adónde? —Tendremos que preguntarle a Monserrat —dijo Rambaldi. Saltó polvo de la muralla este y cinco jenízaros volaron hacia atrás. aferrándose el pecho. vio bocanadas de polvo que se elevaban del suelo. se preguntó. —¡Fuego! —gritó Monserrat. refiriéndose al nuevo gobernador.

Monserrat.. era insuficiente. —Fuisteis un buen caballero. Se movió cuando rodearon el catre. —El español desenvainó la espada—. y la pólvora muy mermada. en general pan mohoso. Tomó una decisión. —Pongo a mis hijos en vuestras manos. y señaló la puerta con un dedo trémulo—. Cuidad de vuestros hombres. —Entonces me despido de vos. Monserrat enrolló un gambesón y lo puso bajo la cabeza de Broglia. sin duda —lo consoló Guaras. . ambos creemos en la resurrección. casi con afecto. Para peor. Todo el perímetro estaba débil. —No por mucho tiempo. Amanecer Hacía dos días que la población de San Telmo estaba totalmente aislada de la ayuda externa. Los caballeros meditaron sobre esto mientras la artillería turca saludaba al sol naciente. —¿Mi señor? Pasó un momento. ¿No es extraño. entraron en los aposentos del viejo italiano. No lo permitiré. —Mustafá y yo. hijos míos? —dijo Broglia. hijo mío. Estaré muerto mucho antes de que entren en el fuerte. la provisión de alimentos. —No os deben aprehender con vida.22 de junio. Otra cosa. gobernador —dijo con la voz cascada. —Basta —dijo Broglia. capitán. —Así es. Miranda y Le Mas se tomaron un momento para visitar a Broglia.. Guaras. los turcos atacaban constantemente la torre caballera. —Sólo vos sois gobernador —dijo Monserrat. gobernador —le susurró Broglia a Monserrat. Las granadas estaban casi agotadas. La guarnición estaba reducida a la mitad. —¿Señor? —respondieron. Nadie esperaba ver otro anochecer. Guaras escuchó la trabajosa respiración de Broglia. Monserrat. Mi alma ansia escapar de este cuerpo consumido. —No os preocupéis. aun así. obligando a Monserrat a desplazar hombres de la muralla oeste. —A un lugar mejor. tenía lágrimas en los ojos. Miranda y Le Mas saludaron y partieron. Guaras se quedó. —Eso espero. Los que no lo habían hecho concluyeron su testamento. viendo las lágrimas. —¿Qué? —preguntó Broglia. Broglia sonrió.

Sabía que gran número de hombres acechaba detrás—. gran maestre. Sebastian había perdido mucho peso y su carne había cobrado un mórbido color blanco. —Así es. pensó el caballero. Sebastian rompió un largo silencio. —¡Basta! ¿Acaso te pedí que me siguieras? El joven desvió la vista. mirando la muralla de Dragut. Tigné y Punta de las Horcas también trajinaban mientras San Telmo sufría el embate de la artillería musulmana. La Valette apareció en la torre caballera de San Ángel. —Lo lamento —dijo Peter. —Están raleando. No quiero herir a nuestros propios hermanos. Están ahorrando sus disparos. Peter y Sebastian Vischer se arrodillaron detrás de las defensas occidentales. . —Probablemente. —Los jenízaros vendrán pronto. También yo. —Y tienen poca pólvora —dijo La Valette. —¡Pero todos vamos a morir! Por Dios. ¿Mustafá ha reforzado la muralla? —Durante la noche. —¿Cuántas baterías le quedan a San Telmo? —le preguntó a un artillero. Esa muralla está demasiado cerca de San Telmo. vamos a morir. y puso rostro valeroso. Sebastian asintió. ¿por qué? —Peter. —Peter miró a su hermano—. Los escombros y la tierra llovían sobre ellos con cada cañonazo. ¿Puedes hacer eso? —¿Por qué el gran maestre no envía ayuda? —preguntó Sebastian—. Quédate junto a mí. Debe conocer nuestros sufrimientos. Peter. —No quedan hombres para mandar. Dragut tiene su venganza. —Todas las baterías guardarán silencio hasta que los hombres de Mustafá salgan de la contraescarpa.Los barcos de Piali flanquearon Sciberras una vez más y se sumaron al cañoneo. —Y ni siquiera podemos apuntarles —pensó La Valette en voz alta—. pensó Peter. —No puedo distinguirlo. —Sí. ¿Por qué lo traje aquí? Dios mío. —Todo estará bien si te quedas cerca —dijo—. Guarda silencio. —Tengo miedo. Miró a Peter con ojos azules y extraviados. muchacho. lo sé muy bien. señoría. gran maestre.

Di Corso reconoció la voz de Rambaldi. Un disparo de San Ángel había matado accidentalmente a los hombres de Lanfreducci. No oyó a los hombres que se acercaban por la derecha. Regresaré en un momento. Un borrón de acero apareció de pronto y la cara del jenízaro desapareció en una lluvia roja. —¿Me oyes? —preguntó Rambaldi. Los caballeros no tuvieron tiempo para una segunda salva. Últimamente hay más armas que tiradores. Una ola de jenízaros atravesó el foso y derrumbó las patéticas murallas del fuerte con un aullido de satisfacción. —Dile a Lanfreducci que es el último. . —¿Has trabajado con artillería de campaña? —preguntó Lanfreducci. ¿Recuerdas los árboles? Extraño los árboles. formaron una línea de precisión marcial. Cercados y exhaustos. —Bien. Podía distinguir el odio centelleante en los ojos de los turcos. Le costó reconocerlo. Tres hombres apoyaron un barril de pólvora a sus pies. necesitaré tus servicios. —Gracias. perforaron y cortaron hasta que la piedra caliza de San Telmo quedó pegajosa con sangre fresca. Lado a lado. —Sólo quédate conmigo. Un gran divieso le sobresalía de la barbilla. pensó. vapuleados como estaban. pero el golpe apenas detuvo al hombre. —¡Señor. Di Corso se sumó a sus hermanos y vio que los jenízaros ya se le abalanzaban. Los caballeros pusieron manos a la obra y. —Estoy a tu disposición. Peter le cogió el brazo. defendieron la altura y machacaron. —Te oí. El ataque turco comenzó tan súbitamente que San Telmo apenas alcanzó a disparar sus cañones. Los fatigados caballeros arrojaron algunas granadas antes de desenvainar las espadas. te encomiendo mi espíritu! —suspiró. Rambaldi y sus compañeros se alejaron cojeando. La cara de Rambaldi era una maraña de tajos y costras tumefactas. Los dos caballeros aseguraron la pieza de cuarenta libras en el armazón y lo acomodaron en una brecha. Di Corso ayudó a Lanfreducci a montar un cañón en una cureña rota.—Alemania no estaba tan mal —sollozó—. —Lanfreducci fue a revisar el otro cañón. pues una explosión lo había dejado sordo de ese lado. si no encuentro artilleros. Di Corso pateó a un turco en la cara. se proponían demostrar por qué hospitalario era sinónimo de excelencia militar. —Tengo cierta experiencia —concedió Di Corso. Di Corso apoyó tres arcabuces cargados contra el cañón.

Los hombres gritaron. Los caballeros estaban superados en número por doce a uno. Oyó una conmoción a sus espaldas. ¡Dios. —¡No patees! —le dijo a Di Corso—. Di Corso arrancó la espada y el turco se derrumbó. El caballero abrió las entrañas de otro. un décimo de los otomanos que invadían San Telmo pronto estuvo en llamas.Un caballero volvió a alzar su espadón sobre su cabeza. Pasaron dos horas y el sol trepó en el cielo. Un «cadáver» le había apuñalado el abdomen con una daga. ordenó que los iayalares regresaran a la refriega. pensó. bajó el escudo. pero demasiado pocas para detener su avance. Aun así. Chorreó sudor hasta que brotó por las botas de la armadura. Mustafá. Di Corso sentía los brazos calientes y pesados. cuánto daría por un vaso de agua!. —¡Compañía. eludiendo una estocada. eres hombre muerto! Di Corso alzó el escudo. santificado sea el tu nombre! —El canto se propagó a lo largo de la pared de escudos. Había gran número de soldados. Los soldados arrojaban granadas a los jenízaros. . El jenízaro tropezó y desapareció bajo las espadas hospitalarias. alarmado al ver los jenízaros que ardían. Su petición no tuvo respuesta. se giró para frenar el sablazo del otro. Los caballeros terminaron la oración y comenzaron de nuevo. Paró la cimitarra con su grueso acero y golpeó el pecho del turco con el escudo. El turco tembló en sus estertores. Las estocadas seguían el ritmo de la plegaria. recargad! ¡Preparad el fuego griego! Di Corso arriesgó una ojeada detrás. Dos jenízaros más treparon al terraplén. los pulmones le ardían con humo y calor. recibió un golpe en el yelmo. Estos fanáticos enloquecidos por el hachís se sumaron a la lucha alegremente. otro turco acometió y él lo degolló. La muralla de escudos cristianos se desplazó cuesta abajo. El jenízaro aulló cuando la hoja de Di Corso penetró bajo las costillas. ¡Si te resbalas. se giró para despachar a un atacante con un revés. la pared de escudos había llegado al pie de la cuesta. Di Corso hizo una finta a la derecha. Di Corso cortó el brazo de un hombre y la víctima jadeante se desplomó. Pisó el cuello del jenízaro y lo mató de un tajo en la espalda. Algo golpeó la escarcela de Di Corso cuando caminaba sobre un caído. se preguntó. La inconfundible voz de Monserrat se elevó por encima de la refriega: —¡Fuego! Los arcabuces abatieron a los primeros jenízaros. —¡Padre nuestro que estás en los cielos —comenzó un caballero—. ¿Quién protege las demás murallas?. Los caballeros continuaron su labor sangrienta. Los caballeros cedían terreno a medida que raleaban sus filas. pero su armadura había desviado la hoja. hundió la punta de la espada en la cara de la izquierda. Di Corso alcanzó a sus hermanos.

El cañón escupió fuego y la cureña retrocedió. —¡Listo! Lanfreducci hizo un rápido ajuste y disparó. Preferiría las cimitarras a esto. Se inclinó hacia la pólvora. Testarossa! —dijo Lanfreducci. Pequeñas balas de mármol salpicaron la muralla este. pensando: ¡Se me rompe la espalda! . Rambaldi sacó la baqueta del cañón. —¡Deprisa. pensó.37 Rambaldi paleó metralla en el cañón y la empujó. —¡Listo! Lanfreducci encendió la mecha. Rambaldi se apartó. sacatrapos y lumbre en mano. Rambaldi oyó alaridos lejanos y el fuego de los jenízaros cesó. barriendo jenízaros. que permanecía alerta. Miró a Lanfreducci. Rambaldi ya estaba echando pólvora en el cañón humeante cuando los disparos rasgaron el suelo cerca de sus pies.

—¿Adónde vas? —preguntó Guaras. hermanito! —Se arrojaron al suelo. Vischer oyó un estruendo y al volverse vio que un tramo de la casa de guardia se desmoronaba. El joven Vischer se alejó para vendarse la herida. Vischer arrancó el hacha de la cabeza del muerto y la arrojó de nuevo. ¡Conmigo! —gritó—. Los turcos penetraron por la brecha antes de que se asentara la polvareda. Un jenízaro se arrojó por el aire y Vischer le arrancó un tercio del cráneo. Se bajó la visera y señaló al turco—. Un español atacó con la guja y un turco se aferró la garganta cortada. El jenízaro se estrelló contra una extensión de piedras afiladas y se quedó inerte. alguien le aferró el escudo. ¡Ven. El hacha se estrelló contra la frente del jenízaro con tal fuerza que el hombre alzó los pies del suelo. Guaras apostó arcabuceros para impedir que los jenízaros se abrieran paso entre las llamas. —¡Maldición! —aulló Vischer. Sólo Peter permanecía en esa brecha ardiente. —¡La casa de guardia! —respondió Vischer. recobró el hacha y despachó a su tambaleante adversario con un golpe en el pecho. ¡Tú! El polvoriento jenízaro vio al alemán y acometió. Vischer arrojó el hacha con toda la fuerza de su famoso brazo. y reanudó la marcha. y dejó a Sebastian Vischer con un tajo profundo en el costado. —Bien hecho. —¿Dónde está mi hermano? —El muchacho está bien. Caballeros y jenízaros desaparecieron bajo un alud de polvo y piedras cascadas. . Llegó a la puerta a tiempo para interceptar al primer jenízaro. Vischer arrojó su escudo a la cara de otro enemigo. Picas.Peter Vischer cogió a un jenízaro por la garganta y lo arrojó del revellín. ¡Los turcos están dentro! Los condujo por un laberinto de cadáveres y escombros. Violinista—dijo—. Peter se aproximó a un grupo de hermanos servidores—. Nos has dado algo de tiempo. Se incrustó en el estómago de un turco y el jenízaro se arqueó como fulminado por el rayo. donde estalló entre sus aullantes enemigos. Otros dos hombres con túnica entraron por la brecha. El hacha de doble filo era un borrón cantarín bajo el sol de la mañana. —[Todavía estoy aquí! —desafió. Un breve e intenso intercambio de golpes mató a doce turcos y cuatro cristianos. gujas y alabardas apuntaron hacia los jenízaros atacantes. Un saquillo incendiario rodó a los pies de Vischer y él lo pateó por la brecha. Hombres de armas llenaron la brecha detrás de Vischer. Cogió a Sebastian mientras el muchacho recargaba un mosquete—. Un saquillo incendiario aterrizó entre dos hermanos servidores y los bañó con fuego. Guaras llegó con doce caballeros.

Tiradores jenízaros habían recobrado la torre caballera. —No está mal —concedió Peter—. Miranda maldijo y se aferró el costado. Mataron jenízaros hasta que el suelo quedó empapado de sangre. gracias a su posición superior y sus armaduras. pero ese disparo nunca llegó. Una espada centelleó delante de su visera y mató al turco. Para incredulidad de todos. —¡Sebastian! —exclamó. El jenízaro rebotó en su armadura y cayó de rodillas. ¡Segunda fila. Vischer vio a un jenízaro con la garganta atravesada por una bala. y se volvió a Starkey. Las ovaciones de San Telmo se oyeron en Sciberras y más allá del Gran Puerto. Peter paró una cimitarra con el escudo y de nuevo Sebastian despachó al turco. Los turcos cayeron al suelo—. La guarnición de San Telmo. maestre. Vischer siguió luchando. La Valette presenció la retirada de los jenízaros con intensa satisfacción. —¡Cerrad filas! —ordenó Guaras. Monserrat vio de inmediato a los tiradores turcos y les apuntó con un cañón. —¡El turco ha sufrido otra derrota! —Así parece. Los caballeros iniciaron su mecánica rutina de exterminio. —¡A la carga! —ordenó Guaras. Vischer le dio un codazo en la frente y lo tumbó de espaldas. mató a dos mil turcos. fuego! Alzando la vista. . Afortunadamente para San Telmo. El bajá tocó retreta. —Ya lo creo. fuego! —ordenó Miranda.—¡De rodillas. esperando un disparo en la espalda. Vuestros caballeros son una maravilla. Era el peor día de Mustafá hasta la fecha. Vischer se puso de pie y chocó con un turco. Mustafá recibió al nuevo agá de los jenízaros. —Starkey se persignó—. Los caballeros formaron un semicírculo alrededor de la brecha. La batalla continuó tres horas más. Ponte detrás de mí. —¡Primera fila. el fuerte permanecía en manos cristianas. hombres! —gritó. —¡Le di! —Muy bien. Vischer arrebató la cimitarra a un jenízaro y alzó el hacha para asestar un golpe fatal. El complacido caballero reconoció a su hermano. Vischer se volvió hacia la muralla este.

—Ni como los jenízaros. —Hemos puesto todo nuestro empeño. —¡Y deben sentirse felices de ello. —¿Bajá? —¿Por qué me has hecho esperar un mes para tomar San Telmo? El jenízaro lo fulminó con la mirada. Estos hombres son insufribles. observó Mustafá. Mustafá sonrió. —Han muerto a vuestro servicio. —No soy un hombre paciente —dijo. —Tomarás San Telmo mañana. —¡Hemos puesto todo nuestro empeño! —¡Ochocientos de tus tontos de túnica blanca perecieron hoy! ¡Pronto no quedarán suficientes para llenar una carreta! El agá desvió la mirada. Mustafá sonrió fríamente. idiota con penacho de grulla! El agá miró airadamente a su comandante. —¡Yo no trazo los planes de batalla! —exclamó. —Tal parece que es insuficiente —se burló Mustafá. Ni siquiera una reverencia apropiada. El jenízaro se acarició la barba aceitada. —¿Me llamasteis? —preguntó.—Dejadnos solos un rato —ordenó a sus demás oficiales. . por lo visto. —Muy cierto. Él os habría hecho torturar a todos por incompetencia. —No sois el sultán. o yo tomaré tu cabeza. que ansiaban abandonar su presencia. ¿Crees que seguirá amando a los jenízaros si lo abochornan tan repetidamente? —Esos hospitalarios no son como otros cristianos —protestó el agá. El agá hizo un ademán amenazador.

Aun los que están demasiado heridos para portar armas. —¡Monserrat de Aragón! —La Valette suspiró—. hermanos míos. sino que describimos fríamente la situación. Pensó en el fuerte en ruinas. cumplen su parte. y lo agradezco —repuso La Valette. pero él también pereció. . —Adelante. y tienen razón. Había cruzado a nado el Gran Puerto para entregar a La Valette un mensaje final de San Telmo. —Pan y vino —susurró—. fue casi cortado en pedazos. gran maestre —dijo. —Guaras está muy malherido. La Valette sonrió con tristeza. Dignos cristianos. —Noticias de San Telmo. La Valette pestañeó. señoría. —Broglia ha fallecido como consecuencia de sus heridas. —¿Cuántos hombres perdió hoy Broglia? —preguntó. Dejó de lado sus sentimientos. pero soy el último en pensar mal de ellos. Miranda y Le Mas también han caído. —Lo sé. ¡Un hombre cabal! ¿Guaras aún está entero? El soldado aflojó los hombros. Ya no tenemos miedo. Estamos casi agotados. He visto hombres sin piernas arrastrándose para llevar pan empapado en vino a sus hermanos de la muralla. Hemos hecho todo lo que podía hacer el coraje. transmite tu mensaje. El maltés recobró la compostura. Nadie dudaba de su sinceridad. pero nos hemos quedado sin pólvora ni fuego griego. Ah. Monserrat tomó el mando. el fuerte está lleno de muertos.38 Un soldado maltés compareció ante el Sacro Consiglio. pensó La Valette. La Valette le echó un vistazo. Cuánta valentía. El maltés inclinó la cabeza rizada y mojada. y son muchos. todos ellos. —¿Cómo está el ánimo? —Ningún hombre se rendirá al turco. joven. No lo decimos por temor. Deben considerarme un hombre duro. no podemos repeler otro ataque sin refuerzos. y rompió a llorar. —Gran maestre. —Señor. Sacrificaría mis brazos por cualquiera de sus vidas. —El soldado volvió a sollozar. hemos detenido otro ataque.

Vuestro ejemplo me ha fortalecido durante mis trabajos. soldados. Cayeron lágrimas en la pizarra cuando concluyó. Ese refuerzo. Además. —¿Pedimos un receso. Vuestro obediente y amante hijo. El alba se aproximaba cuando el caballero Di Corso garrapateó un mensaje en un trozo de pizarra: «Yo. Una lágrima humedeció el rostro de La Valette y resplandeció a la luz de las velas. En Sciberras. . Ansí o veros en el reino de Dios. producto de la atípica emoción de La Valette. Caballeros. dándose por perdidos. Romegas aceptó con gusto la tarea de socorrer el fuerte. Ninguno de ellos había presenciado jamás semejante emoción en su comandante. lamento no poder veros en persona. Piali despachó botes para interceptar a Romegas. los confesaban y los nutrían con el cuerpo de Cristo. pensó. los caballeros ocultaron los objetos religiosos de la capilla bajo el suelo de piedra. Los supervivientes de San Telmo presenciaron esa retirada con el alma en los pies. hermano mío. Llamad al caballero Romegas. para que los hombres de Mustafá no pudieran profanar ninguna reliquia. Al fin. Starkey se aclaró la garganta. —No necesitamos un receso—dijo—. Al salir de la diminuta capilla. interpretando mal las campanadas. Pierre Vigneron de Francia y Alonso de Zambrana de Castilla. los enfermizos guerreros «se abrazaban y se alentaban con las palabras de consuelo que sólo pueden usar hombres valientes que están a punto de morir». Michele di Corso. maestre? —Será fácil reunir refuerzos —sugirió un pilier. que tuvo el buen tino de regresar a San Ángel. Conque hacen una última petición de ayuda. Los caballeros gran cruz temblaron como niños que han descubierto que su padre es mortal. estaba condenado desde el principio.—¿Maestre? —dijo Starkey. Señora mía. El padecimiento de San Telmo no será ignorado. —Michele —dijo un hombre. malteses e incluso dos judíos se ofrecieron para una muerte segura en San Telmo. pero el destino se ha interpuesto. donde los capellanes supervivientes. hicieron repicar la campana de la capilla. Di Corso se volvió hacia el caballero Avogardo. Los miembros de la guarnición de San Telmo se turnaban en la capilla. nos cuenta John Taaffe en su historia de la orden. El claro tañido de la campana de San Telmo llevó a las guarniciones de San Ángel y San Miguel a las murallas. Concluida esta tarea. La lágrima desapareció en la barba de La Valette. ruego a quien descubra esta pizarra que entregue este mensaje a mi madre. —Sí. Michele». El consejo lo miró con asombro. llevaron los tapices e imágenes de la capilla al patio de San Telmo y les prendieron fuego. Pidió voluntarios y recibió un alud de solicitudes. Mustafá sonreía. y como mensaje de su paz con Dios. Los cinco botes de Romegas fueron detectados al instante y sufrieron un fuego devastador.

avanzó. miró a Di Corso. — Calló. pensó Di Corso. —Toda mi vida he buscado la gloria y el honor. . —Gracias a Dios. Di Corso extendió la mano. me parece apropiado que te hable con franqueza. ¡No he recorrido este largo camino para morir a manos de un Rambaldi! Envainó la espada y se dirigió a la capilla. —¿Disculparte? —preguntó Di Corso con suspicacia. —¿No? Yo siempre pensé que lo eran. Rambaldi se puso de pie y apoyó una mano en la espada. debo obedecer el honor y resolver nuestra disputa. —Buscó las palabras—. Pero no me entiendes. San Michele —rió Rambaldi—. —Ya que iré adonde el honor y la gloria no importan. —Pero tus parientes no se dedican a la política —explicó Rambaldi—. y ahora veo que ha sido en vano. siento que la muerte se acerca. Nunca lo hicieron.—Perdóname por molestarte. no estaba del todo oscura. —¡Alto! —¿De veras crees que pelearía contigo? ¿Aquí? —Sí. Pide que lo vayas a ver en la capilla. pero traigo un mensaje del Testarossa. —Me alegra. Rambaldi lanzó una carcajada. —¿Sabiduría? Rambaldi echó una ojeada a la iglesia derruida. Di Corso se tensó. Deseo disculparme. Esa comprensión me ha traído sabiduría.. —Rambaldi se detuvo a varios pasos. En consecuencia. —Quizá el mes pasado lo habría hecho —confesó—.. —El honor y la venganza no son lo mismo —dijo. —Continúa. Vio una silueta delante del altar. Di Corso. —Siento la cercanía de la muerte. Dijo que debían zanjar ciertas diferencias familiares. sé que eres un hombre justo y que tu familia es la mejor de Florencia. Pues. Di Corso —dijo—. —¿Me mataría tan pronto después de la comunión? —No sé. debido a los agujeros del techo dañado. —No lucharé contigo —dijo Di Corso. Di Corso entró en la iglesia que. En vano. No puedo luchar con él. como he dicho. Di Corso abrió los ojos con incredulidad. Di Corso se tensó al ver que el otro se acercaba. —¡Rambaldi! —llamó desde la puerta.

¡No dejéis una piedra en pie. Señor —dijo con una sonrisa. en cambio. y alzó las . —¡Al ataque! —gritó—. pensaba. Ven aquí. palmas hacia el cielo. Giancarlo Rambaldi. Te lo agradezco. —Rambaldi soltó la empuñadura de la espada—. Di Corso miró el altar vacío. Desenvainó la espada. —Una victoria. Juro ante Dios que nunca procuraré enriquecerme a expensas de un hermano. He soportado esa vergüenza demasiado tiempo. matadlos a todos! ¡Atacad! Los soldados se inclinaron y dieron media vuelta para obedecer. Mustafá Bajá miraba con una sonrisa. ahora y para siempre. y se marchó de la iglesia por última vez. —Sí. iayalares. Mi padre recurrió a sus malas artes para robar a tu familia. los brazos extendidos. Tronaron los cañones turcos. 39 23 de junio Los buques de Piali se deslizaron entre San Telmo y Tigné con las primeras luces. —Desde luego —dijo con voz conmovida—. se giró hacia sus oficiales.—Los míos sí. y le puso el anillo en la palma—. ¿Podemos olvidar nuestra rencilla. aferró a Di Corso en un rápido abrazo. —¡Mostremos a esos paganos cómo mueren los cristianos! —dijo. hijo mayor de mi padre. —Yo. al fin. Rambaldi recogió su almete y salió de la capilla. Michele? No deseo continuarla. Todo el ejército turco marchó hacia San Telmo. —¡Alá! —jadeó Mustafá. renuncio a todo derecho a las tierras de los Di Corso. Los observadores de Birgu y Senglea se persignaron y le rogaron a Dios que se apiadara de sus hermanos condenados. —Le hizo una señal a Di Corso—. Rambaldi avanzó. no toméis prisioneros! ¡Por Alá. a solas. hermano. Rambaldi se quitó un guantelete y se arrancó un anillo del dedo. entrando en el Marsamuscetto un mes después de lo planeado. Al fin. —Extiende la mano —dijo Rambaldi. Lo sostuvo entre ambos. espahíes y otros cuerpos se abatieron como langostas sobre los tenaces defensores. Jenízaros. Dispararon contra San Telmo mientras pasaban y sus tripulaciones vitorearon cuando las naves echaron anclas. El confundido Di Corso obedeció. Di Corso clavó los ojos en el anillo de oro.

—¡Peter! —respondió una voz menuda y clara. donde Di Corso hablaba con el postrado capitán Guaras. Miró hacia San Telmo. y pronto! —ordenó Guaras—. Al cabo de una hora de infernal combate cuerpo a cuerpo. Fíjate si podemos encontrar dos sillas. pensando: ¿Y dónde está mi hacha? El cañoneo turco se reanudó. —¡Sebastian! —gritó sin esperanzas. En medio del mar de muertos. Caminó sobre el turco. le habían atravesado la boca con una lanza y lo habían clavado al suelo polvoriento. La reducida guarnición de cien hombres enfermos y heridos se enfrentó al ejército turco con rabiosa furia. sin creer lo que veía. Había muertos por doquier. Peter rió entre las lágrimas. Rambaldi emergió de una pila de cuerpos. El caballero Vischer sabía muy bien que la retirada turca era sólo una pausa. Los cadáveres turcos se acumularon hasta que los cuerpos se convirtieron en barreras. —¡Sebastian! —bramó. ¿Dónde está Sebastian? La culpa le apuñaló el corazón. ¡No tenemos mucho tiempo! Di Corso asintió con aflicción. pero estaban dispuestos a afrontar al enemigo. San Ángel y San Miguel observaron la retirada con asombro. La última vez lo vi por aquí. Vischer observó las contorsiones de un jenízaro.Fue la mejor hora de San Telmo. miró hacia la capilla. —Como deseéis —dijo. pensó. detuvieron y contuvieron la embestida de Mustafá con espadas y cuchillos. Les pusieron espadas sobre las rodillas mientras el sol coronaba la torre y bañaba a ambos españoles en oro. Señor. El fuego turco se intensificó. No podían permanecer de pie. dejando otros dos mil muertos al pie de San Telmo. se regañó en silencio. —¡Sebastian! ¡Bien. dejad que os defienda! —imploró Di Corso. Todavía estoy vivo. El corazón de Vischer se aceleró. —¡Capitán. muy bien! ¿Dónde está tu yelmo? . ¿dónde está Sebastian? El exhausto alemán se desplomó en un cojín de muertos jenízaros y se tocó el cinturón. —¡Por la poderosa mano de Dios! —salmodió La Valette. Él se encaramó a la fortificación. Casi sin municiones ni bombas incendiarias. ¿Por qué dejé que se perdiera de vista? Pateó un cadáver iayalar en su frustración y miró hacia un revellín. —¿Dónde estás? La cabeza rubia y descubierta del joven asomó sobre el terraplén. El capitán Guaras y Miranda fueron llevados hasta una brecha de la muralla oeste y acomodados en dos sillas de respaldo alto. Se dirigió a un hermano servidor—. pero Vischer se negó a cubrirse. el lívido Mustafá llamó y reorganizó a sus tropas. —¡Haz lo que digo.

—Lo lamento. Sonrió por primera vez en días. —Lo lamento mucho. —¡Cállate! —ordenó. El caballero acunó la cabeza de Sebastian en un poderoso brazo. Las lágrimas cegaron al caballero. —¡Sebastian! —Echó la cabeza hacia atrás.—¡Lo perdí. . muchacho —sollozó. Peter —susurró Sebastian. —¡Sebastian! —Peter recogió a su hermano en brazos. —¡No! —gritó Peter mientras el hacha caía a sus pies. —Gracias —gruñó Peter—. La sangre chorreaba de las arterias cortadas del muchacho. vació el alma en un aullido largo y desesperado. pero encontré tu hacha! —Sebastian alzó el arma. Ahora sal de esa muralla antes de que te disparen. —Sí. y se quedó inerte. Sebastian rodó por la cuesta. los ojos desorbitados y vacíos. Peter. El hombro de Sebastian estalló en una lluvia de sangre cuando una bala de cañón le arrancó el brazo derecho. —¿Peter? —preguntó. sepultó el rostro en el pecho de su hermano. Vischer sacudió a su hermano.

El alemán se quitó el guantelete y cerró los ojos del hermano. —¡Ven. procurando liberar el arma. rodando sobre San Telmo como una ola hacia un castillo de arena. atacó al caballero con su yatagán en alto. Miranda. Sopesó el espadón y lo arrojó al polvo. Trató de ponerse de pie pero no pudo. Los primeros turcos llegaron al foso antes de que el dolorido Guaras se levantara penosamente de la silla. Los arcabuceros alzaron sus armas y apuntaron. y sus cuerpos maltrechos pero erguidos permanecían inmóviles como piedra. —¡Viva La Valette! —rugió Guaras. ¡La Valette! — exclamó. y arremetió. Un iayalar aceptó el desafío. Una línea rala de caballeros y soldados protegía la muralla a sus espaldas. Las cimitarras rechinaban al perforar el metal. recibió la lanza de Guaras en el ojo y soltó el sable curvo.40 El ejército de Mustafá descendió por Sciberras por última vez. fue masacrado donde estaba. Los españoles evaluaron con calma esa hueste de rostros hostiles. chacales! —exclamó. Guaras y Miranda aguardaban en la brecha. . demasiado herido para alzar la espada. amigo! —resolló Miranda. El capitán arrancó la lanza del ojo sangrante y detuvo una espada jenízara con el asta. —¡Venid. a las armas! —lo exhortó un hospitalario. Sin embargo. Alzó una lanza del suelo. Vischer. Segundos después un iayalar enarboló la cabeza ensangrentada de Guaras. El turco cayó con un gorgoteo. tumbándolo de espaldas—. soltó la cimitarra y cortó el cuello del jenízaro con la punta. El caballero desapareció bajo una multitud de alfanjes ensangrentados. Vischer se arrodilló junto al cuerpo de su hermano. —¡Adiós. Miranda! —gritó Guaras por encima de la algarabía de los turcos. y pasó de largo. —¡Que Dios te acompañe. hundió la lanza en el estómago de un jenízaro. no dio al enemigo la satisfacción de un alarido. Los atacantes avanzaron. gritando «¡Alá!».

Vischer inspeccionó su arma. Pocos efectivos defendían los terraplenes. Vischer apuñaló a otro jenízaro en el estómago y alzó la hoja hasta las costillas. Mustafá mismo debe responder por esto. De inmediato Vischer perforó el corazón de otro hombre. Sintió un mareo. Vischer se acercó y despachó al jinete con cota de malla de una puñalada en la garganta. Un par de ojos oscuros se apoyaron contra su visera. un mes en San Telmo lo había agotado. Vischer arrancó el hacha del cráneo del hombre y la sepultó en el pecho de un derviche. —Sebastian —murmuró. Las hojas penetraron por las articulaciones de la armadura y abrieron bocas en su carne. Vischer lanzó tajos y puñaladas hasta que lo rodearon alaridos. Me estoy muriendo. Una espada golpeó el costado de Vischer. entrando en una brecha. rugiendo: —¡Tú! El turco acometió. Se giró ciegamente y la daga abrió la mejilla de un espahí a pie en un estallido rojo. Señaló a un jenízaro. sangre caliente le empapó el guantelete. pero se agolpaban y no lograban esgrimir sus armas con eficacia. cortando un brazo. La daga sobresalió de la trémula espalda del iayalar. y rechazó a los orientales con un rugido. tropezó con una docena de brazos. Los furiosos turcos rivalizaban para atacar a ese cristiano solitario. pero Vischer avanzó y paró el sable. Un tercer turco recibió la hoja de Vischer en el cuello. la yugular se abrió con un ruido áspero.—Regresaré —prometió con un murmullo. Vischer sintió que su armadura desviaba golpes y Soltó una risa salvaje. —¡Fuego! —ordenó un caballero a unos arcabuceros desesperados. —¡Mustafá! —exclamó. pensó. tardó unos instantes en comprender que estaba de rodillas. La sangre de mi hermano. Se imaginó abriéndose paso a hachazos en medio del enemigo para llegar al bajá y echó a correr. ¡Mustafá! Vischer penetró en la línea turca. Una maza golpeó el yelmo de Vischer y él respondió apuñalando el riñón de un iayalar. y el turco aulló mientras sus intestinos caían sobre sus rodillas. Encontró el hacha y avanzó hacia la brecha más próxima. Un fuego le inflamaba las venas. Hundió la daga en la sien del tuco y los ojos del jenízaro sobresalieron. que patinó inofensivamente entre el brazo y el pecho. Una piedra le chocó el yelmo con tal fuerza que soltó la daga. Giraba para mantener a raya al enemigo. esquivando un cañón estropeado. —¡Mustafá! —bramó el alemán. Rebanó la nariz de un jenízaro. Vischer recobró el aliento. pensó Vischer. Un iayalar alzó la cabeza y vio un borrón gris. El hombre santo cayó con un gemido. Un tajo. El caballero pronto se encontró con espacio para maniobrar. Llegó a ver la última acometida de Guaras y aceleró—. Vischer soltó el hacha y sacó la daga. Casi lo tumbó un terceto de jenízaros frenéticos. . pero su rápido manejo de la daga los dejó tendidos a sus pies. Desorientado. y hundió la cimitarra en el pecho de otro antes de que la hoja se curvara y se partiera. Golpeó a un turco en la cara y le arrebató el arma.

Una veintena reparó en él. y su armadura se llenó de sangre. —¿No tenéis un trago? —preguntó. ¡Hazlo! No pestañeó cuando el acero bajó hacia el ojo. El jenízaro se tocó una fea cicatriz de la barbilla. Se rió de los hombres de túnica blanca. y el cielo azul. Rambaldi se arrastró hacia la espada caída. Rambaldi miró al hombre. un regalo de su padre. Vischer miró la hoja. en tus manos encomiendo mi espíritu. —¡Cobardes! Uno le abrió la visera de una patada. Los turcos atacaron las brechas en una ola irresistible. pensó. Valiéndose de sus últimas fuerzas. El jenízaro habló. Gritando incoherencias. —¿Español? . —Dios—jadeó. El dolor era increíble. Rambaldi se apoyó en un tramo intacto de la muralla norte. tajó el tobillo de otro. se lanzaron hombres sobre cada una de sus extremidades. El caballero golpeó a un turco en la boca y cayeron dientes sobre su peto. Las órdenes de Mustafá habían sido explícitas: matad a todos. —¡No podéis herirme! —resopló. —¿Qué? El turco le dirigió una ancha sonrisa. Rambaldi entró en acción con una celeridad que lo sorprendió aun a él. Deseaba una copa de vino. los cristianos fueron abrumados y escindidos. ¿Por qué no tenía miedo? Rambaldi cortó la rodilla de un iayalar y el tobillo de un jenízaro. El jenízaro hizo otro intento y el caballero le atravesó el hombro. Lo pusieron boca arriba. había turcos por doquier. El pie de un jenízaro le aplastó la mano. —¡Cobarde! —se burló Vischer—. Vischer se obligó a concentrar la vista. Rambaldi miró en torno. cortó la cabeza de un turco. Su visión se nubló mientras buscaba el arma con empuñadura en cruz. Tres jenízaros lo vieron. Sintió el beso del acero en la espalda y las piernas. pero una lanza le atravesó la hombrera y lo arrojó contra la muralla. Paró la cimitarra del hombre restante con la mano libre. Padre.Un grupo de jenízaros se abalanzó sobre el hospitalario y lo arrojó de bruces. —¡Alá! —gritaron. Apuñaló al mosquetero en el vientre y cayó de costado. Un jenízaro se encaramó sobre el alemán. el rostro del turco. y antes de que el cuerpo cayera. El asta sobresalía de su espalda y raspó la piedra caliza. Rambaldi despachó al hombre murmurante con un golpe en la cabeza. Barbotó más frases incomprensibles. Superados en número por cien a uno. y se abalanzaron. —¡Muy lento! —le gritó. el turco se aferró la herida. aferrando el asta. Un jenízaro le puso un arcabuz en la cara. pero Rambaldi cayó de rodillas gritando mientras el cabo de la lanza golpeaba el suelo. y le apuntó una hoja de cimitarra al ojo. Los turcos pasaban de largo sin reparar en él.

Alguien le apuñaló la espalda y un frío se propagó por su cuerpo. —¡Son miles! —dijo Avogardo. —¡Muy bien! —respondió Avogardo. Rambaldi pestañeó ante su atormentador. El humo se elevaba al cielo a sus espaldas. Los ojos del turco centelleaban de furia. Rambaldi lloró. —¡Avogardo! —gritó Di Corso mientras su camarada se le acercaba de espaldas. Lanzó una estocada contra el escudo de un jenízaro y luego hundió la punta en la cara del hombre. Di Corso abrió la garganta de un iayalar con un revés de la espada y recibió al hombre que caía con el escudo. Los pulmones de Di Corso ardían de agotamiento y los ojos le quemaban con el sudor. —¡Español! —insistió. un alarido. Los dos italianos se habían retirado lentamente a través del fuerte y ahora. —Pero tendrán que ponerse en fila para atacarnos. —¿Español? —preguntó. Los jenízaros descuartizaron al iayalar tratando de herirlo a él. —¡Ahora! —exclamó. decidieron vender caras sus vidas. Los caballeros giraron hacia la capilla y treparon la pila de muertos. Seis más atacaron. Blandían la espada en silencio. Los caballeros Di Corso y Avogardo estaban espalda contra espalda. Los musulmanes cayeron. exterminando a los desorganizados turcos. Di Corso asintió. solos y arrinconados. pero no estaba dispuesto a rendirse. y cercenó la muñeca de Rambaldi hasta cortarle la mano.—Florentino —atinó a decir Rambaldi. . —¿Qué? —¡Debemos movernos antes de que nos sepulten! Di Corso oyó un choque de espadas. El jenízaro movió el pie hacia el codo del caballero. —No —susurró. Dio un estertor final y se quedó quieto. Los rodeaba un círculo de enemigos muertos. el turco se desplomó. pues Lanfreducci había encendido una señal para anunciar a La Valette la caída de San Telmo. Cuatro turcos se lanzaron sobre ellos y hubo un intercambio de sablazos. retrocedieron de espaldas hacia la puerta de la iglesia. sintió aturdimiento.

—Muy bonito —dijo Avogardo. Michele. notó con consternación. Se volvió y tendió la mano hacia la puerta de la capilla. Los proyectiles atravesaron la espalda de Di Corso y vio que su sangre salpicaba la puerta que tenía delante. Su mano se deslizó por la madera hasta el suelo. Su plana mayor. 41 Mustafá bajó de la contraescarpa y se dirigió hacia el humeante San Telmo. que se lo agradeció. elevó su glorioso nombre a Alá mientras los derviches se postraban. Di Corso arrancó la espada de un cadáver y se la devolvió a Avogardo. —Mi espada. Di Corso cerró los ojos para musitar una rápida plegaria y al abrirlos se encontró frente a una línea de mosquetes. Perdí diez mil hombres por este mísero castillo. Di Corso perdía el conocimiento. el brazal y el estómago. Mustafá cruzó el foso maloliente y entró en el fuerte. Cayó de rodillas. Avogardo yacía muerto junto a él. El hedor de la victoria. más allá de un montículo de jenízaros. Miró el mar. Sangre caliente inundó la armadura. —¡Paolo! —exclamó. tanteando el cerrojo con dedos entumecidos. desde reverente distancia. El tufo de la carne putrefacta le atacó las narices. pensó. Di Corso recibió balazos en la mejilla. Diez mil hombres. mirando esa carnicería. Un oficial jenízaro llegó a la capilla y pidió arcabuceros. Di Corso reconoció el gemido de un pulmón perforado y se volvió consternado hacia su camarada. Con el pie sacó la espada de la mano de un caballero muerto. el gorjal. Se sentía débil y le vibraban los oídos. la mayoría eran turcos. No había un palmo del suelo que no estuviera cubierto de cadáveres y. —Cielos —susurró Avogardo. El oficial turco ladró una orden. Avogardo tanteó el aire.Di Corso recibió una puñalada en el costado pero despachó a tres adversarios de armadura ligera con mandobles perfectamente sincronizados. . Un portaestandarte lo siguió con la gran enseña real del sultán. pensó sardónicamente. —Mi Señor —susurró. Señaló frenéticamente a los dos hospitalarios. Tragó dientes. El oficial turco no corrió riesgos y ordenó a sus hombres que apuntaran a los cristianos caídos.

El agá llamó al portaestandarte. He planeado algo especial para ellos. y se la arrebató. bajá. —Sí. ¿qué precio pagaré por un padre tan grande? La brisa murió. la izó sobre el fuerte arrasado. Mustafá subió a un terraplén y miró sobre el El agá siguió la mirada de su comandante. —¡Alá! —exclamó—. La luz del sol jugaba sobre la bahía. —Aún no hemos conquistado San Ángel —respondió Mustafá.. tocando la soga raída. pensó Mustafá. Diez mil muertos. El bajá se alzó la túnica bordada y orinó sobre la cruz octógona. —¡Hazlo ya! reluciente Gran Puerto hacia el robusto San Ángel. ¿cómo estás? —preguntó el agá de los jenízaros. El agá pidió a un soldado que bajara la harapienta bandera hospitalaria. —El tiempo corregirá eso —dijo. —Arriadla —ordenó. —¡La bandera hospitalaria! —exclamó el agá.. mi señor? —Cuento a muchos de tus hombres entre los muertos —dijo Mustafá. El estandarte de Solimán bajó levemente. sujetó la enseña de Solimán a la soga. Señaló la cruz maltesa. Mustafá se detuvo junto al mástil rodeado por caballeros muertos. acercándose con orgullo. . Si un hijo tan pequeño me ha costado tanto. —Apilad a los caballeros por separado —dijo—. —¿Eh? —¿Estás bien. ya lo creo. Qué confiado. —¿El bajá no está eufórico con la victoria de Alá? —preguntó el agá. teniendo en cuenta que perdió dos tercios de su tropa. —Nuestra sangre engrasa las ruedas de la máquina de guerra del sultán. El oficial se alejó deprisa. —Sí. Mustafá se reacomodó la ropa y se volvió hacia un oficial. Mustafá atravesó una nube de humo negro. El agá se encogió de hombros. deslumbrando a Mustafá. Extendió la bandera a los pies de Mustafá.—Mi señor.

Segunda parte 1 24 de junio .

Es el Santo. y a otro le habían arrancado el corazón. Giacomo es mi hermano. Un buen negocio para el sultán. Había pasado la noche en vela analizando problemas de logística y estaba de pésimo humor. Mil quinientos hombres a cambio de un mes. Los cadáveres desnudos habían sido decapitados. Yo estaba con él cuando recibió esa heri da. —Giacomo Martelli y Alessandro San Giorgio. gimiendo—: Michele. La Valette se abrió paso entre caballeros y soldados. El rostro de La Valette era una máscara de furia carmesí. abrió el postigo y miró Birgu. Un caballero sollozante se adelantó. Su rostro carnoso estaba pálido. Una llamada a la puerta. —¿De qué se trata? El inglés bajó la cabeza. —Sí. —Muy bien —respondió. —¿Cuándo empezaste a llamar? —gruñó La Valette. —El caballero se arrodilló junto a Di Corso. gran maestre. Starkey lo condujo al Gran Puerto. ¿Dónde está don García? Una gaviota cruzó la ventana y La Valette reflexionó sobre la comparación de Cristo entre hombres y gorriones. La Valette se mordió el labio. Se levantó del escritorio. —¿Di Corso? vendé. a dos les habían tallado cruces en el pecho. caminó hasta la ventana.Los primeros rayos de la mañana cubrían el escritorio de La Valette. —¿Qué hay de él? —Reconozco la cicatriz del costado —dijo un caballero—. La Valette conocía el apodo. es Oliver. Una multitud se había reunido en la playa pedregosa. —¿Quiénes son? —preguntó. Yo la . maestre. —Me cuesta decirlo. Starkey entró en la habitación. venid conmigo. Los habían crucificado en vigas de barco y los habían enviado por agua desde San Telmo. pensó. Necesito más hombres. Caballeros y soldados retrocedieron cuando él se aproximó a los cuerpos. —¡Santo Dios del cielo! —jadeó Starkey. pero no para mí. y quedó petrificado. La Valette señaló el cuerpo más mutilado. Había cuatro caballeros muertos en la orilla. evaluando sus pérdidas. Michele. —¿Sí? —Maestre. —Por favor. Apagó la vela y se frotó los ojos. —¿Qué sucede aquí? —preguntó.

capitán? —preguntó uno a su comandante. —¿Sí. La Valette se volvió hacia el hombre con una expresión de furor implacable. tiene algo en la mano! —¿Qué es? El caballero abrió el puño de Di Corso. ¡Una historia interesante. —¿Qué diablos? —maldijo el capitán. exasperado por la mutilación de . sin duda! Miembros del consejo se aproximaron a La Valette a través de la multitud. Un proyectil golpeó al caballo del capitán y rebotó. Una hora después del amanecer. El gran maestre. —Gran maestre. el animal corcoveó y corrió hacia la casa de guardia.La Valette apoyó la mano en la espada. —Se los devolveré a Mustafá. Los sorprendidos otomanos se volvieron. ¡Por Alá! —gritó. ¿preparamos los cuerpos para la sepultura? —preguntó el pilier. —Los prisioneros del mariscal Copier —rugió La Valette. Vamos. La Valette miró a través de la bahía. —¿Nos cubrimos. El oficial miró más allá de la bahía. —¿Di Corso con el anillo de Testarossa? —preguntó alguien—. —Es de Rambaldi —explicó Martellli. arqueándose para examinar la «bala»—. Los tres cristianos fueron vueltos hacia San Ángel mientras los vencedores recorrían San Telmo en busca de armas y trofeos. —Alzó la sortija reluciente. —Un anillo. Miranda y Le Mas y los alzaran sobre la muralla de Dragut. Mustafá ordenó que decapitaran y crucificaran a Guaras. —¡Esos demonios! —exclamó el pilier alemán. caían por veintenas en el fuerte. El pilier retrocedió un paso. regresaremos después. La Valette estaba disparando cabezas turcas a San Telmo. Los turcos corrieron para cubrirse mientras las andanadas llovían sobre San Telmo. ¿Por qué los caballeros derrochaban pólvora en objetivos tan distantes? —Quizá —dijo al fin—. Muchas armaduras de los incomparables artesanos de Italia y Alemania dejaron de pertenecer a sus herederos ese día. Pero los hombres de Mustafá no pudieron dedicarse al pillaje en paz. Los otros se persignaron. —¡Gran maestre. gran maestre? La Valette miró hacia Sciberras. Los turcos estaban arrebatando armaduras a los cristianos muertos dentro de San Telmo cuando tronaron los cañones de San Ángel.

Muchos consejeros estaban tan conmocionados por su estado de ánimo como por la victoria de Mustafá en San Telmo. se había extralimitado. —¡Ni tregua ni retirada! —gritó—. Sus cautivos fueron decapitados y sus cabezas disparadas por los cañones de San Ángel. y sin duda ha apuntalado la vuestra. antes de que el derrotismo contagiara a toda la guarnición. ni siquiera para cubrir su cadáver! —Echó una ojeada a los consejeros—.sus caballeros. había alterado su política en lo concerniente a los prisioneros. En todo caso. Se lo debemos a San Telmo. Captaba la incertidumbre del consejo tal como un herrero detecta un defecto en el acero. Si Mustafá Bajá esperaba intimidar a Malta con actos de crueldad manifiesta. ¿Y dónde estaba el virrey don García? La Valette escrutó a los nombres reunidos. pero la pasión ardía en los ojos de esos hombres. Se obligó a adoptar una expresión calma. Sabía que debía recobrar la compostura. La Valette le daría el gusto. ¿qué más podría desear un auténtico caballero que morir empuñando las armas contra los enemigos de Cristo? . y pronto. —Caballeros —declaró—. ¿Quién de vosotros perdonará a Mustafá por nuestros hermanos mutilados? No hubo respuesta. su mirada era tan torva que pocos podían soportarla. ¡No daré a Mustafá un pal mo de tierra de Malta. y si pedía una guerra de agravios. el episodio de esta mañana sólo ha fortalecido mi resolución. La Valette atizó las llamas. 2 La Valette reunió al Sacro Consiglio poco después de que sacaron a los caballeros crucificados de la bahía.

—Pero los alimentos. gran maestre —se quejó un gran cruz—. —¡Ojalá don García se hiciera a la mar! —dijo Starkey. Muchos soldados vendrán de Mdina antes de que Birgu esté cercada. monsieur? —preguntó—. —Todos los almacenes civiles serán confiscados para el almacén colectivo —dijo La Valette. La Valette luego abordó un asunto aparentemente trivial: la cantidad de perros que había en Birgu y Senglea. y para colmo la enfermedad diezma sus tropas. la disentería debilitaba al ejército del sultán. Calculo que el bajá perdió nueve mil hombres en San Telmo. La Valette miró a su amigo con frialdad. fortalecerá a los fuertes restantes. Un continuo caudal de desertores turcos contaba la misma historia. los malteses han respondido a vuestra convocatoria. ordenó que sus mascotas fueran sacrificadas primero. Aunque dejaremos la capital casi indefensa. —¿Tenéis algo que agregar. —¿Los malteses? —preguntó Starkey—. sino que sólo había meneado la cabeza. encárgate de ello y asegúrate de que los malteses sean justamente recompensados. —Y no penséis sólo en nuestras bajas. El gran cruz no había abierto la boca. Las naves que envió al África. Sufriremos escasez. Esto era cierto. —Gracias. —Pensaba en los muchos cañones del bajá. La Valette coincidió con sus asesores. señoría —explicó—. —No os preocupéis por su artillería —dijo La Valette—. Parecía muy abochornado de que lo señalaran. —Gran maestre. —¿Y dónde están los refuerzos de Mustafá. lo señaló. sir Oliver? —preguntó—. —Es verdad —concedió Starkey. La Valette estudió a sus hombres. Oliver. y aunque poseía muchos sabuesos de calidad. Y ahora los apuntará hacia nosotros. maestre. débil e insignificante San Telmo detuvo a Mustafá más de un mes. El consejo llegó a la conclusión de que los animales debían ser sacrificados porque «molestaban a la guarnición de noche y comían sus provisiones de día». Iré enseguida. La Valette escogió a un bailío. Pensad en cambio en la lección que nos han dado nuestros difuntos hermanos. Grecia y el Archipiélago no han regresado. —Sí. —Venceremos —declaró La Valette con seca certidumbre—. ¿cómo prevalecerá contra Birgu? Varios asintieron. Si el pobre. Un sirviente se acercó a La Valette. Miró a Starkey—. Abristeis la boca. El sirviente se marchó. ¿Hablaréis con los plebeyos? .Los hombres se movieron incómodamente en la silla. El envenenamiento de los pozos había cumplido su cometido.

que en tiempos de los romanos fue convertida por San Pablo. No lo creo. pensaron. como vosotros. dejó que asimilaran la pregunta mientras escrutaba esos rostros tostados por el sol —. La multitud expresó su afirmación. Era verdad. Su voz descendió sobre la multitud. Ninguno de los miles de malteses sería tildado de traidor. y siempre había sido honrado con ellos. —Adoptó una mirada distante—. Vosotros no lo permitiréis! La multitud asintió con un murmullo. sino la indiferencia de la población nativa. él nunca los había consultado en lo concerniente a la isla. sé que no cejaréis en vuestra lucha.—Ciertamente. y nosotros de la vuestra —declaró—. Ovaciones dispersas se elevaron sobre la multitud. La experiencia os dice que no podéis esperar que los musulmanes os traten mejor en el futuro. No fue así. La Valette apartó una cortina y vio a los malteses reunidos bajó el balcón de su cuartel general. y caímos. dio media vuelta y entró. ni siquiera los que no simpatizaban con la orden. Es mi juramento. si Solimán logra invadir vuestra isla? ¿Cuántos familiares vuestros han sido esclavizados por el turco? —Apareciendo a la vista. en Rodas nuestro mayor enemigo no fue el turco. ¿Acaso no pagaba por las provisiones. Siempre creí que nuestra derrota se pudo haber evitado si Rodas hubiera sentido mayor afinidad con nuestra causa. —Vosotros estáis de nuestra parte. cuando otros comandantes las requisaban? —¿Acaso Malta. Los malteses lo miraban fijamente. La Valette se puso de pie. ¡Ciertamente el gran maestre no temía que ellos se pasaran al bando del turco! La Valette alzó una mano. No repetiré ese error. —¿Qué recompensa podéis esperar. hermanos míos. Los malteses quedaron impresionados por el discurso del gran maestre. nadie ponía en duda las declaraciones de La Valette. y si un destino aciago quiere que nos perdáis a nosotros y vuestros oficiales. hermanos míos —continuó—. caerá en poder de la media luna? —preguntó La Valette—. Ninguno se pasaría al enemigo durante el sitio. pero tampoco había derrochado sus vidas. —Caballeros. . La Orden de San Juan os defenderá hasta el final de sus fuerzas. La Valette saludó con un asentimiento. —Los hospitalarios somos soldados de Nuestro Señor.

había permitido de mala gana que una expedición zarpara de Mesina. Era demasiado veterano para que lo molestaran su hedor o el odio de sus ojos. Primero. nunca No entiendo a qué juega Piali. Era una confianza errónea. pero con órdenes peculiares. por otra parte. no tenía intenciones de dejarse cercar por un convoy turco. Miró a los exhaustos remeros. Robles susurró algo al oído de Gravette y Cardona resopló. hoy conocido como el piccolo soccorso. Segundo. con doscientas naves a su mando. la reorganización de los turcos fue tan caótica que no vigilaron bien el norte. Robles estaba junto a él. Pero. —¡Gravette! —llamó. No había nadie a la vista. Estos malditos monjes se creen que son marinos. El almirante. Mustafá confiaba en que las galeras de Piali interceptaran toda ayuda. pensé que rodearíamos Gozo sin un desafío. la mayoría cautivos turcos. —¿Capitán? —preguntó un joven provenzal de pelo largo y trigueño.3 Después de la caída de San Telmo. pensó el capitán. El virrey. dos galeras hospitalarias y dos de don García. para brindar una amplia perspectiva del horizonte. —Ve a la costa a echar un vistazo. fue incapaz de cercar el diminuto archipiélago. Mientras supervisaba el nuevo emplazamiento de la artillería. ¡Turcos y hospitalarios! Ninguno de los dos sabe diferenciar una galeota de una galeaza. El capitán Cardona ancló sus galeras a cierta distancia de la blanca costa. Al mediodía se cruzó con una partida de malteses que le informaron sobre la capitulación de San Telmo y le describieron la . Un día después de la caída de San Telmo cuatro naves cristianas atracaron en la costa noroeste de Malta. a insistencia del famoso caballero Robles. pensó. Cardona se apoyó en un mástil y estudió la costa. —Como desee el capitán —respondió el imberbe caballero. si sus fuerzas se topaban con oposición. Qué extraño. hombre de don García. donde permanecerían atracadas mientras durase el asedio. Cardona debía regresar con las cuatro galeras a Mesina. acariciándose la barba negra. estaría al mando del capitán don Juan de Cardona. y sobre todo si San Telmo había caído. el contingente de refuerzo. Los esbeltos buques estaban situados a gran distancia entre sí. ¿Qué hombre de mar se las apaña sin mujeres? El caballero Chrysagon Gravette avanzó tierra adentro con un pequeño grupo de soldados.

Se están reagrupando. dispararían mientras se reagrupan. Desembarcaron cuarenta y seis caballeros. Vaciaron las galeras con la mayor celeridad posible. ningún centinela los detuvo. —¡Robles! —Sí. —No. El capitán parecía más tenso que nunca. —¿Bien? —preguntó. —Una numerosa fuerza turca atacó esta mañana pero fue repelida. En la noche del 29. —San Telmo todavía resiste —respondió. muchacho. Nadie se les interpuso. —Artillería —dijo Cardona sin volverse—. un fenómeno rarísimo en Malta. Aguardando el momento oportuno. ¿Por qué no oímos la artillería? El joven provenzal pensó deprisa. Esa condescendencia irritó a Gravette. Robles miró a Gravette. —¿Gravette? —Robles no ocultó su buen humor mientras las galeras se alejaban. Cardona se acarició la barba. al amparo de una espesa niebla. el astuto Robles permaneció oculto hasta que pudo enviar un mensaje a La Valette informándole de su posición. Cardona se volvió hacia el mar abierto. veinticinco voluntarios y seiscientos cincuenta soldados españoles. —Un engaño excelente —murmuró. capitán. Se oyeron disparos a lo lejos. La ansiosa fuerza aguardaba las órdenes de Robles. —Llevad a vuestros hombres a la costa. No habla bien de Mustafá que setecientos hombres pasaran inadvertidos en el noroeste de la isla durante más de tres días. El caballero regresó deprisa a la playa y pidió con señales un bote. Robles y su compañía rodearon el Marsa y pasaron detrás de los emplazamientos turcos de las alturas de Corradino. —¡Hice una pregunta. Cardona y Robles aguardaban a Gravette en la nave insignia. —¿Maestre? Robles se inclinó hacia él. No tenía sentido llegar a Birgu en medio de la noche sólo para morir a manos de los centinelas del gran maestre. Llegaron . Los otros caballeros le sonrieron. Gravette miró a Robles. Gravette frunció la nariz. El provenzal se acercó al famoso caballero. caballero! —bramó el capitán. y en qué posiciones. Era un hospitalario y en sus caravanas había tomado más oro turco del que Cardona había visto jamás.cantidad de fuerzas que había desplegado Mustafá.

Mustafá miró más allá de Birgu y el puerto. —¿Cuándo zarpará don García? —preguntaban todos. diría yo! —¿Hay más hermanos nuestros en Mesina. ¿por qué permitiste semejante mal?. Los hombres de Robles fueron acogidos cálidamente por toda la guarnición. se preguntó.a la cala de Kalkara antes de medianoche. —Sí. Los coloridos estandartes de los hospitalarios recién llegados flameaban gallardamente sobre las murallas blancas. ¡Ni a Cardona! —¡La primera niebla en años! —dijo otro—. hacia el humeante San Telmo. La Valette ordenó que se distribuyera vino de su bodega personal entre los caballeros recién llegados. ¡La mano de Dios. El piccolo soccorso entró en Birgu sin haber sufrido una sola baja. —¡A Mustafá no le gustará enterarse de que Robles fue más astuto que él! —rió un caballero—. y hallaron botes esperando. No estáis olvidados. ¡Más caballeros y soldados! ¿Cuántas conversiones requerirá esta isla? . Gravette no tenía respuesta. Alá. Su gran reputación se había elevado a nuevas alturas como integrante de la fuerza de Robles. Gravette compartió su copa con los provenzales que se hablan reunido alrededor de él. 4 30 de junio Mustafá Bajá frenó el caballo y miró hacia Birgu desde la ladera de Corradino. Muchos combatientes heridos salieron del hospital para saludar a los refuerzos. Resonaron risas y canciones en toda Birgu. Chrysagon? Gravette asintió.

—Así es. Un caballero lo contuvo. Al fin el enviado. Pensó en su palacio de la lejana Turquía. —Un cristiano —dijo el caballero. No se ve contra las rocas. —Lo lamento. y preguntó con tono burlón—: ¿Qué desea el príncipe de los cautivos? —Mi amo me envía para proponer un plan que sería tan provechoso para el sultán como para el maestre de los caballeros —respondió el esclavo. Mustafá asintió. Soy griego. —¿Bajá? —preguntó el oficial que lo acompañaba. Bajo la mirada de los cristianos. —Mi amo —continuó el esclavo— os pide que penséis en un acuerdo. —¿Cuántos estandartes nuevos hay en sus murallas? —Dos veintenas. Mustafá temía otra sangría como la de San Telmo. —¿Eres esclavo? —preguntó. —¡Alá! —suspiró. Quizá los caballeros estén cansados de esta larga derrota. —Sí. que lo dejaría con demasiados pocos hombres para defender la isla de futuros ataques. y se volvió hacia un amigo—. —Aguarda —dijo—. tiene una bandera blanca. y pronto. temblando. Salim. —Cuarenta de estos caballeros son peores que un ejército de refresco —respondió Mustafá. señor. un anciano calvo. bajá. —Son víboras. El caballero estudió la humilde túnica del enviado. y se dispuso a disparar. el emisario cruzó la brumosa extensión de la tierra de nadie. Una numerosa multitud se reunió en la muralla. El sol del mediodía ardía en el cielo cuando los centinelas de la puerta de Birgu que daba a tierra avistaron a un hombre so litario que descendía por Corradino. Un grupo de soldados cogió al esclavo. . Y de algún modo debo extraerles el veneno. —¿El bajá desea parlamentar? —preguntó un caballero en francés. Lo llevaron ante La Valette en la cámara conciliar. La Valette le clavó los ojos. mi señor —dijo el tirador—. Hay que informar al gran maestre. bellamente repujada. un arma capturada a los jenízaros. noble señor! —respondió el emisario. lo amarró y le vendó los ojos. se detuvo ante la puerta. Estudió al menudo visitante. Un guardia alzó su arcabuz. y deseen regresar a su hogar. —Desatadlo —ordenó el gran maestre.Aunque creía que a la postre vencería. mi señor. Necesitaba refuerzos. —¡Así es.

René de Vertot. ¡Como Rodas! La Valette miró al esclavo con ojos fulminantes. Sacó al esclavo de la cámara y lo llevó por Birgu. con todos aquéllos que deseen acompañaros. —Bien. —¡Sí. La cruz permanece constante mientras el mundo gira. mi señor! —se apresuró a decir el griego—. —¿Me matarás porque en mi infancia fui arrancado de mi aldea y esclavizado? A La Valette le dolía amenazar a un hombre indefenso y obviamente intimidado. Si entregáis Birgu y Senglea. El griego pestañeó y cayó de hinojos. y el ruido retumbó en la gran habitación. —¡No. pero sabía que su respuesta a los turcos debía transmitir absoluta inflexibilidad. Señaló la profunda zanja que rodeaba la ciudad—. y que Adam era otro gran maestre. Los plebeyos siguieron la procesión hasta la puerta de Provenza. —¡Mira! ¡Fíjate cuan altas y fuertes son las murallas! —Su voz retumbó. os dará autorización para abandonar Malta con vida. —El gracioso bajá ofrece su amistad. siempre que la llene con cuerpos de jenízaros. —Lo veo —dijo. El gran maestre ordenó que abrieran la puerta y condujo al esclavo al exterior. y como guerrero honorable os ofrece la vida y la libertad. Quitó la venda al griego. Soldados y cañones flanqueaban a los hospitalarios. —Dile a Mustafá que ése es el ú nico territorio que le entregaré. ¿Ves la hondura del foso? Los caballeros se asomaron sobre el parapeto. ¡No es culpa mía que el bajá me haya transformado en su mensajero y en enemigo de la fe! La Valette miró al desdichado. El viejo miró la fila de yelmos brillantes. El griego palideció.La Valette guardó silencio. ¿Te consideras una excepción? La calva del esclavo relucía de transpiración. que la matanza de Sciberras era sólo el comienzo. Mustafá aprendería que la tenaz defensa de San Telmo no había sido un accidente. ¿qué opinas? —preguntó La Valette. y se irguió sobre el aterrado esclavo. mi señor! —Entrelazó las manos morenas—. no. Allí está la tierra de que puede disponer. Al griego se le aflojaron las rodillas. El griego se aclaró la garganta. . —El turco nunca tomará este lugar. La Valette volvió a señalar la zanja. como si lo hubiera escupido. con sus fuertes. en su historia de la orden. —Sacadlo de aquí y colgadlo —dijo La Valette. Recuérdale que Rodas era otra isla. —¡Sí. no. —Volved a cubrirle los ojos —ordenó La Valette. mi señor! El griego fue sacado por la puerta y arrastrado entre dos filas de adustos caballeros con armadura. —Stat crux dum volvitur orbis —dijo—. —Como Rodas —murmuró un gran cruz. escribe que el esclavo de Mustafá encontró el espectáculo tan aterrador que «se ensució los pantalones».

—Sé que lo haréis —dijo. —¿Qué? —preguntó. —Imposible. el restallar de los látigos y los gruñidos de los hombres llegaban hasta San Ángel. Sin duda La Valette apreciará mi generoso ofrecimiento. —¡Rechazó mi ofrecimiento! ¡Arrasaré sus fuertes! ¡Capturaré a esos fanáticos hospitalarios y los pasaré a todos por las armas! ¡Lo juro. pensó. El griego barbotó la respuesta de La Valette y describió las defensas de Birgu. señor? —preguntó un soldado. ¡Por los huesos de mis padres! —Corrió hacia el griego postrado y le pateó ferozmente las costillas—. Mustafá lo miró con cautela. Mustafá no oyó la segunda parte. Era una noche húmeda y sin luna y la ausencia de viento amplificaba los ruidos que bajaban de Sciberras. Parece que están haciendo pedazos la isla. evaluó la situación. Un esclavo entró y se inclinó. . ¡Le ofrezco los honores de la guerra y él responde con alardes y agravios! El agá de los jenízaros entró en la tienda con la espada desenvainada. pensó. El caballero Gravette se apoyó en la muralla y escrutó la oscuridad.El esclavo fue empujado por la puerta y regresó a Corradino a toda la velocidad que permitían sus viejas piernas. Me El griego entró y se postró. feliz de estar al amparo del sol. —¡Por las barbas de Mahoma! —Se puso de pie—. Una luz roja ardió en la cima del Sciberras. blandiendo el puño. el crujido de los maderos. mi señor. agradará mucho dormir en su castillo. —Lo sé. A pesar de la distancia. —¡Ah! —dijo el bajá—. Se preguntó si los hombres de San Telmo habían experimentado la misma sensación de espanto y aprensión que ahora lo asaltaba. —Señor bajá —dijo. pues estaba gritando a todo pulmón. Traedlo. Mustafá se reclinó en la tienda. cuyos moradores maldecían a Mustafá y se preguntaban qué nueva maldad tramaba. si el oído no me engaña —repuso el provenzal. guardó la espada. —Maderos de barco. —¿Qué es ese ruido. por Alá! El agá sonrió. —El mensajero ha regresado de Birgu. Mustafá se giró hacia él.

gran maestre. Los soldados vigilaban desde las murallas del fuerte. Sus galeras pueden bloquearlo desde la cala Francesa y nuestros cañones no podrán hacer mucho. Además. —¿Cómo. Senglea y San Miguel se preparaban para lo que La Valette consideraba un «ataque inevitable». Yerba. El caballero Sanoguera ahogó un bostezo mientras estudiaba la Gran Cadena que conectaba Senglea con Birgu. convencido de que Mustafá se proponía tomar Senglea antes de lidiar con el macizo San Ángel. Por la mañana. —¡Yerba! —exclamó.Una antorcha apareció a su derecha y Gravette oyó una voz conocida: La Valette. quizá un poco más. —Supongo que fue antes de vuestros tiempos. gran maestre? —preguntó Gravette. los trabajadores del bajá trasladaron ochenta galeras por la punta más ancha del Sciberras. Los consternados cristianos observaban cómo crecía la amenaza en el extremo del puerto. La Valette se apoyó en una pieza de artillería. pero Senglea no. —¿Cuánto hace que estáis de guardia? —preguntó La Valette. ¿No recordáis cómo Dragut escapó del almirante Doria en Yerba? Gravette no era muy aficionado a la historia. Los siguientes fueron días de gran esfuerzo para los esclavos de Mustafá. —Y para colmo estarían fuera de nuestro alcance —añadió Starkey. —¿No arrastró sus buques por tierra. Mustafá atracará las galeras en el Marsa hasta atacar. —San Ángel puede resistir los cañones navales. El objetivo de Mustafá es San Miguel. En una hazaña que rivalizaba con la de Dragut en Yerba. Estará fuera de nuestra vista. largas galeras enfilando hacia ellos. estuvo presente para brindar a la guarnición de San Miguel consejo experto. Sacudió la cabeza y le entregó la antorcha a Starkey—. La Valette escuchó unos segundos. Aunque las galeras de Mustafá no disparasen una sola salva. —Una hora. Dragut todavía lo ayuda. —San Ángel sí. sobre troncos? —Sí —dijo La Valette—. El gran maestre. Me temía que Mustafá pensara en ello. La Valette lo miró fatigadamente. él y Starkey llegaron al puesto de Gravette. esperando avistar. la táctica era un éxito psicológico. —Por un estadio —dijo La Valette—. en cualquier momento. Había montado guardia en la . El gran maestre habló con cada centinela mientras pasaba. Con esa maniobra privó a los caballeros de una ilusión reconfortante y los obligó a considerar la sacrosanta bahía como territorio enemigo. maestre —respondió Starkey.

El prisionero estudió a su anfitrión. —Soy Lascaris. Luego espera fuera. Ciano estaba en lo cierto. El guardia obedeció. gran maestre? —preguntó un guardia. el desertor se arrojó a la bahía y pronto empezó a ahogarse. —Seré yo quien lo decida —replicó fríamente La Valette. —Informa a La Valette de que tenemos un desertor. —¿Lascaris? . Mustafá tendrá que ocupar Senglea. —Vuestra apariencia es la que esperaba. un provenzal llamado Pirón. —No es ningún plebeyo —declaró. Un silencio incómodo se instaló en la habitación} El desertor se frotó las muñecas magulladas mientras una sonrisa simpática cruzaba su rostro anguloso pero apuesto. señalando al prisionero. Un hombre agitaba las manos en la costa de Sciberras. donde se tendió jadeando. La Valette apoyó una espada desnuda en el escritorio. Sanoguera le hizo una señal a un soldado. —¿Quién sois? —preguntó La Valette. regresaron ilesos a Senglea. fue llevado a San Miguel. ¿Qué demonios era eso? Entornó los ojos. El empapado prisionero. Procurando que sus ex aliados no lo capturasen. Huele como si incineraran cuerpos. Starkey cerró la puerta y se puso detrás de La Valette. que se comportaba como si fuera un invitado de honor. Starkey ladeó la cabeza. Algo llamó la atención del español. —Silencio. Ningún buque puede burlar la cadena.punta norte de Senglea durante la mitad de la noche y esperaba ansiosamente el relevo. Al instante despacharon un bote para recogerlo. tres hombres de la guarnición de Senglea (un siracusano llamado Ciano. —¿Mi señor? —preguntó el hombre. El hombre dejó de sonreír. él y sus camaradas habían llevado a Senglea un valioso trofeo. os lo aseguro —dijo en perfecto francés. Ciano examinó las finas ropas del cautivo y su cinturón dorado. El hombre notó que lo habían visto y se puso a brincar. y un maltés llamado Giulio) se zambulleron y nadaron hacia el aspirante a traidor que pataleaba. Se elevaba humo desde San Telmo. Miró por encima de la bahía chispeante. y a pesar del intenso fuego de arcabuces. Pero la embarcación apenas había avanzado un trecho cuando una compañía de turcos reparó en la conducta de ese hombre y echó a correr hacia él. —¿Lo desato. un hombre moreno y nervudo de estatura media. —No necesitaréis esa espada. Actuando deprisa y sin órdenes. pensó. Lo mantuvieron por encima del agua hasta que el bote los alcanzó. —Sí —dijo La Valette—.

—Sir Oliver. por favor? La Valette rió entre dientes. Dos emperadores bizantinos llevaron vuestro nombre. y se lo agradeció. Pero la campaña de San Telmo había debilitado su resolución. Se volvió a Starkey. escrutándolo con una mirada enigmática. A cambio. desde la caída de Constantinopla. —No es frecuente que sir Oliver agasaje a la realeza —dijo La Valette —. Se atuvo a su afirmación original de que pertenecía a la realeza y. —No miento —insistió Lascaris—. diréis la verdad. —Aceptó la copa que le daba Starkey. —No quiero eso. había ido a Malta para cumplir sus ambiciones a expensas de los cristianos. —Doy mi palabra. Es como si yo me presentara como Plantagenet. soy griego. —¿Puedo beber una copa de vino. al menos? Es todo lo que tengo. —¿Ocupáis un puesto alto en el consejo de Mustafá? —preguntó La Valette.—Sí. —Así es. Comenta René de Vertot: «El coraje heroico que habían mostrado a diario los caballeros suscitó la compasión de Lascaris. con hombres que habían causado la muerte de la princesa de su propia familia y obligado a los demás. —Si me hacéis perder tiempo. Como poseía una aptitud natural para la guerra. Lascaris inhaló profundamente. Lascaris parecía contrito. El inglés arqueó los labios. Lascaris volvió a sonreír. ofreced una copa al emperador. Le preguntó a La Valette—: ¿Puedo sentarme? Lascaris apuró el vino y luego relató una historia asombrosa. — Echó una ojeada a la costosa ropa de Lascaris—. —Miró al atrevido griego—. Y menos los que abandonan a Cristo para defender al Islam y medrar con ello. se arrepintió de estar luchando en compañía de bárbaros. confesó todo lo que había hecho al servicio de Mustafá. volveréis a cruzar la bahía. —Demostradlo. por favor. a exiliarse en tierras foráneas». Lascaris irguió la nariz. —Tres. sin pensar en el honor de su familia. buen hombre. La Valette tardó en responder. con expresión avergonzada. . ¿No puedo conservar mi nombre. —Elegid un nombre menos destacado. había ascendido rápidamente en las filas turcas y. —No me agradan los renegados ni otros hombres de poco carácter.

—Entiendo.—Mustafá se propone atacar Senglea —dijo—. Hasta entonces. —Si descubro que me habéis mentido. Lascaris detalló la posición de los soldados y baterías de Mustafá. permaneceréis bajo atenta vigilancia. —No se necesita ser un genio para adivinarlo. —Tengo mucho más. Lascaris asintió solemnemente. —Trató en vano de reprimir una sonrisa—. y luego dio su evaluación de varios comandantes de unidad. gran maestre. Debéis fortalecer el flanco sur de esa lengua de tierra. —Más tarde. La Valette no se dejó impresionar. pero La Valette alzó la mano. —Desde luego. pronto saludaréis a vuestros antepasados en el más allá. Se puso a hablar de las galeras de Piali. ¿Puedo portar una espada? 6 .

Cómo deseo dormir. Debía hacer algo al respecto si no quería que entorpeciera sus planes. que se fortalecía cada noche. Birgu y Senglea quedaron expuestas. obligados a retirarse al alba para evitar el fuego de los tiradores. ¡Sólo Alá es Dios. La Valette. quizá por sugerencia de Lascaris —pues el griego estaba demostrando gran talento como militar—. cerró los ojos. ansioso de abrir fuego enfilado sobre las posiciones cristianas. Los operarios. qué no daría por una hora sin ellos!. habiendo concluido sus deberes del día. La empalizada («una obra maestra de la improvisación». Una obra similar pero menos extensa se completó en la costa oriental de Birgu. El 7 de julio los cañones turcos estaban preparados para un bombardeo intenso y coordinado. salvo con su venia. Bajó por Sciberras hacia su unidad. Por la mañana viajaba a Corradino y examinaba la estacada. El sargento Jalim se recostó en una roca y se quitó el yelmo cónico zirh kulak. en la cala de Kalkara. exponiendo su cabello prematuramente cano. . —¡Sargento. Mustafá. ¡Alá. —¿Nadadores? ¿Para qué? —No sé. despierta! ¡Te necesitan. pensó. Alguien sacudió a Jalim. —¿Qué pasa? —El teniente quiere nadadores fuertes —respondió el joven soldado. en palabras de Bradford) fue construida en nueve noches. crearon meticulosamente la empalizada clavando estacas en el oleaje y amarándolas con cadenas. Malta volvió a temblar bajo el monótono estruendo de la artillería. Jalim se puso de pie. El fuego de los cañones vibró en sus oídos. y fue feliz. logró adormilarse mientras meditaba sobre versículos del Corán. erigió una empalizada a lo largo de la costa de Senglea para impedir que los turcos encallaran sus botes. Él conoce lo que está delante de ellos y lo que está detrás de ellos. Corradino y Punta de las Horcas. Mustafá observaba la construcción de la empalizada con creciente aprensión.. Estaba oscuro. Se imaginó acostado con su esposa en la lejana Gelibolu. despierta! Jalim abrió los ojos. el eterno! No lo sorprenden la fatiga ni el sueño. Nadie lo interpela.. emplazó setenta piezas de artillería a lo largo de Sciberras. Apoyó el elegante yelmo sin visera en la tierra y.La primera semana de julio fue muy activa. Aunque estaba incómodo dentro de su traje de cota de malla con grebas. A él pertenece todo lo que hay sobre la tierra. el viviente. Su esposa acudió a él. se desperezó y recogió sus cosas.

El alba se aproximaba rápidamente cuando Jalim se reunió con otros sesenta turcos en la costa angosta. se zambulleron en el agua y nadaron hasta la empalizada. Las órdenes eran sencillas. —Vamos —dijo. pidió nadadores voluntarios. hacia la temible empalizada. quedándose en cueros en la oscuridad. Apestaba a perfume. Abrió la puerta y salió a la brillante luz de la mañana. y señaló la empalizada. Los soldados se levantaron y empezaron a desnudarse. —¿Sí? —¡Almirante —fue la destruyendo la empalizada! jadeante respuesta—. —Habéis sido elegidos porque sois buenos nadadores —dijo. Dos jenízaros permanecían aparte. ¡Y éste es mi último año antes de El almirante Monte. Los malteses treparon la muralla y bajaron al suelo rocoso. Los otros turcos se desnudaron hasta quedar en taparrabos. apretaron cuchillos entre los dientes. Como no quería someter la empalizada al fuego de los cañones y arcabuces. Al llegar al parapeto. evaluó la amenaza turca. Palpó el filo con el pulgar mientras el oficial describía su misión. —Que cada uno coja un hacha —ordenó el oficial. Alguien reparó en sus muchas y siniestras heridas. Podían confiar en que el sacrificio sería valorado. Un oficial con túnica llegó a caballo y se apeó. y se inquietó. comandante de Senglea. Estaban sentados junto al agua murmurante. Se desnudaron. Dos esclavos pusieron un barril frente a los soldados. les informó el oficial. —Espléndido —dijo el oficial. licenciarme! Jalim aflojó los anchos hombros. Es vuestro deber destruirla. Jalim aguardó su turno y escogió el hacha más pequeña que pudo encontrar. . al pie del Corradino. —¡Deprisa! ¡No es un paseo! Jalim desabrochó las correas de la armadura y se quitó la piel de metal. estaba despierto en su cámara cuando oyó una llamada a la puerta. Muchos malteses respondieron de inmediato a la convocatoria: poca gente se siente tan a sus anchas en el agua. los turcos están Monte cogió el almete y la espada. Los nadadores debían destruir la mayor parte de la empalizada antes de que los tiradores cristianos los mataran. era liviana como una pluma después del peso de la cimitarra. a ciento cincuenta yardas—. Desvestíos. Jalim miró más allá de la cala Francesa.

su enemigo era muy fuerte. mortal. ambos llegaron a un tácito acuerdo de hostilidad. Calculó que estaba a veinte pies de la superficie. Los dos antagonistas forcejearon y patalearon. Jalim agitó el hacha en el agua. que los turcos dejaron la empresa». le asombró su velocidad. con tanto ánimo y denuedo que. Dirigió el hacha hacia el cuerpo del enemigo. Se preguntó qué profundidad había allí. Cruzó la mirada con un maltés que se acercaba. el maltés le aferró el brazo. hundiéndose en aguas más frías. pensó temblando. Se dirigió a la superficie. pero para cualquiera otra nación más belicosa bastara. Algo le rozó la mano y él lo cogió. y flotó boca abajo en el agua. Jalim inhaló profundamente e hizo lo mismo. . que paró la hoja con el hacha. El nadador acometió. Jalim comprendió que su compañía era derrotada. Estoy muerto. Pronto Jalim no pudo ver nada. dejando el hacha bajo la superficie. Gritos y alaridos se elevaron sobre las aguas turbulentas. no digo para malteses. —¡Cobardes! —escupió. El maltés se quitó el cuchillo de la boca y se abalanzó sobre Jalim. esperando sentir el filo del acero en cualquier momento. Los turcos fueron repelidos sin la pérdida de un solo maltés . Jalim cogió la cadena con la mano izquierda y volvió a dejar 6l hacha bajo el agua ensangrentada. que observó la batalla desde San Miguel.. Demasiado cansado para desplazarse en el agua. Balbi. Trató de liberar el brazo pero en vano.. pensó. Son como tiburones. cerró los dedos sobe una muñeca.El sargento Jalim estaba hachando una gruesa estaca cuando vio que los malteses se acercaban. Varios de sus compatriotas ya se retiraban por la cala. nos cuenta con admiración que cuatro malteses «saltaron abajo por la misma muralla batida. El atacante se aflojó. Segundos después los turcos gritaron cuando los cuchillos les perforaron las carnes. El agua estaba tan oscurecida por la sangre que Jalim apenas veía la silueta que se acercaba. y afrontó a los enemigos más cercanos. Sabiendo que era un blanco fácil. —¡El enemigo! —gritó. pensó. Jalim sintió una cuchillada en el estómago y supo al instante que la herida era El maltés se alejó y Jalim se empezó a hundir. soltó la cadena y le asestó un hachazo en la mandíbula al maltés . No pensé que me quedara tanto aire. aferró la cadena de la empalizada con una mano y se relajó. E hicieron tanto con su ánimo y valor. pensó. Me estoy quedando sin aire. Un maltés tragó aire y se sumergió a poca distancia. Pateó con ambos pies y aflojó el brazo del maltés . cuando pasaron burbujas sobre su rostro. Sintió pánico. con espadas y rodelas y celadas. De un vistazo. pues le ardían los pulmones. La primera línea de malteses se sumergió. Su último pensamiento fue de asombro. No quiero morir en el agua. Sus músculos abdominales se aflojaron y sintió un gran frío. pero su oponente lo arrastró hacia abajo.

pensó. Nuevamente burlado. Largo de aquí. Nadaron hasta la empalizada en jaque y cortaron los cables. Totalmente rajado. Mustafá observaba desde Corradino con irritación. . Mustafá procuró calmarse mientras examinaba el bronce rajado. ¡Y uno de los más grandes! Soltó un torrente de coléricas obscenidades y fulminó con la mirada a los amedrentados oficiales. —No deseo ver más piezas en este estado —dijo Mustafá—. Pero una vez más los malteses acudieron al rescate. Era injusto y lo sabía. Enseñad a vuestros hombres a manejar apropiadamente estas piezas. Estalló fuego de artillería al otro lado de la bahía. —Esto no es un asunto menor —escupió—. Debo encontrar un modo apropiado de recompensarlos. aun las armas bien cuidadas se agrietaban con el uso constante.A la mañana siguiente Mustafá envió hombres a las empalizadas en botes. pensó. Luego sujetaron las maromas a cabrestantes de Corradino. o encontraré nuevos oficiales. Esos míseros isleños. Se imaginó a La Valette riéndose de su exabrupto. 7 13 de julio Mustafá pasó la mano por el cañón estropeado y maldijo. para sujetar maromas a las estacas.

—No es el Krak des Chevaliers —dijo. Asam escrutó al bajá con ojos oscuros y confiados. aludiendo al bastión que habían tenido los caballeros en Tierra Santa—. El alto y ágil argelino hacía pensar en un gato. —El señor Asam ha desembarcado en el Marsamuscetto. —Alá ordena. . Mustafá era dolorosamente consciente de cuan insignificante parecía el fuerte sin las murallas. sorprendido de verse defendiendo a los caballeros. —El honor es mío. Se preguntó cuántos cañones habría llevado el argelino. —¿Creéis que Solimán ha cometido un error? —preguntó—. asintiendo. inclinándose a su vez. Envía sus cumplidos. No sé cómo lograron escapar de vuestros cañones. ¿Tiene muchos buques? —Muchos. Confío en que vuestro viaje haya sido calmo. —Asam señaló una trinchera de poca profundidad. —¿Y? —Sumamente precarias. —¡Bajá! —Se apoyó una mano en el pecho—. Podría arrojar una piedra a través. El virrey Asam vio al bajá e hizo una reverencia. —Señor Asam. y están muy sumergidos en el agua por el peso de los pertrechos y las tropas. Asam se encogió de hombros. —Asam miró hacia el parapeto—. se inclinó. Asam era el yerno de Dragut y gozaba de popularidad en el mundo islámico—. Su cauta plana mayor retrocedió. —Trabajaban con lo que tenían —respondió Mustafá. San Telmo apestaba a muerte y una opresión espiritual lo agobiaba.Llegó un mensajero. Sonrió. espada de Solimán. El comentario irritó a Mustafá. Agradezco a Alá que me haya permitido engrosar vuestras fuerzas. bajá. —Debo hablar con Asam —dijo Mustafá. —Asam echó una ojeada indolente a las ruinas. Él y su plana mayor entraron en el fuerte y encontraron a Asam escarbando en la mísera «muralla» oeste que los caballeros habían construido con mampostería rota y material de desecho. —Entiendo. Mustafá frunció el ceño al avanzar entre los escombros. bajá. ¿Qué es lo que tanto interesa al estimado virrey? —Estaba examinando las obras de defensa de los cristianos. No entiendo cómo resistió tanto tiempo. Se paró junto a Asam —. —¿Y bien? —barbotó. Mustafá entornó los ojos. Mustafá se enteró de que Asam inspeccionaba el ruinoso San Telmo y se reunió con el virrey. nos honráis —dijo Mustafá. sus súbditos obedecen —replicó fríamente. ¿Cómo pudisteis llegar a semejante conclusión? Mustafá contuvo la lengua. ¿Os desagrada que yo sea vuestro superior? Asam puso cara compungida. —¿Asam? —Mustafá sonrió al oír el nombre—.

Si Asam hubiera sido un hombre de rango menor. Asam y Candelisa se retiraron para deliberar sobre estrategia. bajá —dijo Asam—.. lo cual no mejoró su humor. fuerte? —Demasiados. un hombrecillo atezado de bigote caído. —¿El virrey desea compartir sus observaciones? —preguntó Mustafá con impaciencia. ya aprenderás. —¿Y? —preguntó. —Un requerimiento digno del gran Dragut. —Me han dicho que los cristianos tenían menos de cien hombres durante el ataque final. Yo encabezaré personalmente el ataque contra las murallas mientras mi lugarteniente — señaló al sonriente Candelisa— encabeza el ataque por agua.. A Mustafá le hirvió la sangre. pensó. —Pido el honor de tomar ese arenal de Senglea. Ah.Qué canalla. Mustafá no oyó lo que decían. pues no se le ocurría otra réplica. y que se tardó una hora en someterlos. pensó. —¿Puedo dar a estos hospitalarios una lección en audacia y fuego argelinos? —¿Qué queréis decir? —rugió Mustafá. encabezar el ataque. Candelisa. desde luego. Vuestros argelinos pueden . ¿Puedo preguntar cuántos efectivos perdisteis para tomar este. pero se inclinó graciosamente. Candelisa sacudió la cabeza una y otra vez. le habría pegado. Mustafá sintió que se aproximaba su vindicación. —Perdonad. ¿Se cree que es el heredero de Dragut sólo porque tuvo la buena suerte de acostarse con la hija del pirata? ¡Debería ordenarle que atacara Senglea por su cuenta! Asam deliberó con su lugarteniente. grandísimo tonto.

con los ojos vidriosos por el hachís.8 15 de julio Asam estudió a sus oficiales que. ¿Había organizado bien el ataque? ¿Existiría la imprescindible coordinación entre agua y tierra? El comandante de los sitios de Oran y Mazalquivir gruñó. El maestre Robles se reunió con él en el parapeto. El caballero Gravette miró desde la muralla de Senglea hacia Corradino y vio movimiento entre las rocas. —Repasémoslo una vez más —dijo Asam. Todo saldrá bien. —Sí. y el tiempo que habían dedicado a emplazarse y planificar sólo había agudizado su inquietud. —Por cierto que lo haremos. Asam aspiró profundamente mientras miraba Senglea desde Corradino. y Gravette no podía evitar el presentimiento de que una marea turca pronto anegaría esa lengua de tierra con forma de cuchillo. —Debemos mostrar a Mustafá Bajá cuan terribles son las espadas de Argel —concluyó Asam—. sopesando sus aptitudes. Lo repasaron. . Asam miró a los hombres. Tenéis toda mi confianza. A vuestros puestos. Esta noche brindaremos por el triunfo en San Miguel. pensó. Dejaré esa muralla cubierta de sangre. Senglea parecía desnuda después de las formidables defensas de San Ángel. Esperad mi orden. —¿Las órdenes están claras? —preguntó con aspereza. mi señor —respondió Candelisa—. El apuesto y maduro aristócrata estaba espléndido con su jubón rojo. Se pusieron trabajosamente de pie y salieron de la tienda. —Bien —dijo—. —Esos caballeros aprenderán la diferencia entre Asam y Mustafá. señor —prometió un capitán. Se atusó la barba con anticipado deleite. Miró el extremo terrestre de Senglea. Los otros asintieron. Los hombres se irguieron lentamente. El sol se elevaba sobre el mar. Parecía sentir una seguridad absoluta. Parecía increíble que el día trajera temperaturas aplastantes. Hacía días que había llegado de Birgu con el maestre de campo Robles. pero el aire estaba fresco. se reclinaban en la tienda humosa. Una mañana roja. Había sido una larga noche.

Sanoguera se santiguó. Sus botes. cada una con cien jenízaros. se veían entorpecidos por la última inspiración de Mustafá.—Maestre —dijo Gravette. Me temo que pronto lo necesitaremos. —Sí. Tienes ojos agudos. señor. El subalterno ladró una orden. ya demasiado abarrotados para maniobrar cómodamente. Aparentaba veinte años menos de los que tenía. —Tenemos más que suficientes. Muchos remos. conectando Birgu con Senglea. —Remos. —Los cristianos son hombres muertos. diría yo —le dijo a su lugarteniente. —Gravette miró hacia atrás y al este. Candelisa estaba irritado. El más grande que ha producido nuestra orden. capitán —coincidió el maltés —. Echó un vistazo a la flota. El caballero Sanoguera estaba de nuevo en su puesto de la punta de Senglea. —Ordena que le avisen al almirante Monte. El bajá había puesto diez grandes embarcaciones propias en el Marsa. pensó. Gravette señaló Corradino. sí. —Sí —convino Robles—. —Miró hacia Corradino y arrugó la nariz como si detectara un mal olor—. Se podían enviar hombres desde Birgu en un santiamén—. —¿Qué fue eso? —preguntó un soldado maltés. . Jenízaros. Robles mostraba pocos indicios de desgaste y su espada aún era mortífera. —¿Mi señor está desvelado? —De nuevo la pierna —dijo Robles. Robles entornó los ojos. —Gravette. Candelisa se apeó de su montura y estudió a su tropa. Candelisa hizo algunos ajustes de último momento antes de caminar hacia el bote. Gravette sonrió. pensó Candelisa. Giulio. Sanoguera también lo oyó. Gran cantidad de botes atestados se mecían en el Marsa. ¿Qué necedad está planeando Mustafá? El argelino estaba seguro de que las penurias de Mustafá se debían más a la incompetencia que a la ferocidad de los hospitalarios. palmeándose el muslo—. Quizá deba avisar a Monte. Es un hombre previsor. —Nuestro pontífice. Agradece a Dios tu juventud. —Los imanes van primero —le dijo. El sol se elevaba rápidamente. Codeó a su lugarteniente. Menos mal que el gran maestre ha concluido el puente entre nosotros. —Ah. diría yo. —Hay actividad en la colina esta mañana. Detectó actividad en el Sciberras en la oscuridad previa al alba. un puente de botes de remo cruzaba la cala del Astillero. Despierta a los hombres.

y muy buenas escopetas de Fez. muchos de tela de oro y plata. Las coloridas túnicas y el esplendor ornamental de la hueste musulmana deslumbraban a los cristianos. —[Todavía no. pensó. la cadena cimbreó con la presión. —Silencio —dijo el caballero Guiral a sus hombres—. La cala era más negra que su estado de ánimo.—Remad —ordenó mientras abordaba. Si no la hubieran visto con sus propios ojos. arcos muy finos y muy ricos turbantes». Ese espectáculo encantador parecía más una visión del paraíso que de muerte flotante: «Pues no había hombre que no trajese aljuba. pero no debía desperdiciar ningún disparo. Crujieron látigos y los remeros de Candelisa pusieron manos a la obra. El comandante Monte contuvo el fuego de sus cañones. El corazón de Monte dio un salto. El infiel estaba perdido. el que menos de grana. Los hombres de Asam llevaban armas de oro y plata. ¡Ah. destruir la flotilla de Candelisa antes de que llegara a la playa y se enzarzara con su escasa guarnición. ¿Candelisa lograría pasar? . Sus cañones y monteros podían. Había presenciado impotente la destrucción de San Telmo y parecía que ahora no intervendría en la protección de Senglea. y abastionadas de sacos de lana y algodón. si se usaban bien. pocos habrían creído que una fuerza tan numerosa pudiera ocultarse en el corazón del Gran Puerto. a nivel del agua a doscientas yardas de la cala del Astillero. y damasco y carmesí. Guiral meneó la cabeza. Todo el ejército de Mustafá podía atacar y sus cañones. vista por cierto muy linda si no fuera tan peligrosa». nunca verían la lucha. Parece que algo sucede en San Miguel. La pasmada guarnición de Senglea observó los botes de Candelisa saliendo del Marsa. Observa Balbi: «Sus barcas ya se comenzaron a divisar muy empavesadas. estaban decididos a embestir la empalizada de madera. Mantuvo la espada en alto. Planeaba destruir al enemigo cuando quedara atascado en la empalizada. Guiral. vestidos con túnicas oscuras. La luz del sol se reflejaba en las embarcaciones argelinas. Esperaba volver la osadía de los argelinos en contra de ellos. hombres! Los musulmanes lanzaron gritos de guerra mientras sus embarcaciones se estrellaban contra la empalizada. salmodiaban proclamas de yihad y condenación. resplandecían joyas en los turbantes. Las planchas de madera gruñeron y crujieron. Monte tragó saliva con la garganta seca. La flota avanzó a toda velocidad. comandante de una batería de cinco piezas oculta en las rocas al pie de San Ángel. Los hombres santos. cimitarras de Alejandría y de Damasco. No entendía por qué La Valette desperdiciaba cinco cañones custodiando el astillero cuando la Gran Cadena era infranqueable. matar a un solo turco!. y cargadas de gente muy lucida. se impacientaba con la inactividad. Embarcaciones llenas de imanes encabezaban la flota.

pensó Monte. Hombres heridos gritaron y cayeron en el frío abrazo de la bahía. Una explosión accidental había matado a los artilleros y dañado irreparablemente las armas. . empuñaban gruesos escudos de metal que desviaban las balas. Los capataces de Candelisa hicieron crujir el látigo hasta desollar a los remeros. mi señor —dijo un caballero.La cadena se atascó entre dos mástiles y se detuvo. —¡Fuego! Los cañones de Senglea rugieron y la metralla acribilló a los argelinos. dije! Pero los morteros no dispararon. se habían clavado expertamente en la roca viva del lecho de la bahía. —¡Morteros. Miles de musulmanes frustrados gritaban y amenazaban al enemigo con sus armas. Los mástiles. Los empapados argelinos llegaron a la estrecha costa y arremetieron contra las murallas. Los muertos llenaban el agua como restos de naufragio. Las barcas quedaron suspendidas en la empalizada. Santa señora de la misericordia. Nada. —¡Fuego! Las embarcaciones más cercanas a la costa se desperdigaron. Resistirá. —¡Morteros! —exclamó Monte mientras recargaban. —Están atascados. Monte bajó la espada. —¡Mosquetes! —exclamó. pensó Monte. los artilleros cristianos los perdían de vista. Llovieron arcabuzazos sobre los argelinos que cruzaban los bajíos. Cuando se aproximaban. sin embargo. más gruesos que un hombre. Muchos hombres de Candelisa. Monte fue presa del miedo al ver que el enemigo saltaba de las barcas y se acercaba a la costa vadeando el agua. chorros de espuma saltaron por el aire.

mi señor —dijo Gravette. El torrente de argelinos estaba casi sobre ellos. Robles reparó en las tropas que se aproximaban. fue hasta el cañón y lo apuntó con sus propias manos—. —|No! —exclamó—. Gravette ordenó que cargaran los cañones con munición antipersonal. Gravette regresó junto a Robles. —Son miles. . —¡Ahora!—bramó Robles. podían segar columnas enteras de hombres. ¿Cadena? —Sí. embistiendo temerariamente contra la artillería de Robles. Mustafá miraba. y sonrió. Estos proyectiles. escalera en mano. ¡Estás apuntando mal esa pieza! —Se apartó de Gravette. Robles señaló a un artillero. —Qué lástima que don García no esté aquí —dijo. Los argelinos bajaron por el Corradino como un solo hombre. mi señor —respondió el soldado. —¡Balas con cadenas! —exclamó de Robles. dos bolas unidas por una cadena.9 Las fuerzas de Asam atacaron la muralla terrestre mientras los efectivos de Candelisa salían de la cala Francesa.

resplandecientes con sus petos y pantalones. Una docena de hombres con túnica subía una escalera. Alzó la visera. —¡Ya! —gritaron los arcabuceros. Con un movimiento de la espada. y deprisa. Ninguna parte del campo escapaba a su ojo experto. la marea de musulmanes estaba más cerca. —¿Qué? —chilló el maestre de campo. dirigiendo el fuego. La furia de sus ojos rayaba en la locura. —Metralla. el director de una sinfonía repetitiva. Un humo acre entraba por su visera. Gravette estaba entre dos cañones. Los argelinos estallaban en explosiones de sangre mientras anchos surcos se abrían en sus filas. y apuntaron como uno. El joven hospitalario estaba asqueado por la masacre pero se concentraba en su tarea. —¡Robles! —llamó. Pidió arcabuces y un escuadrón de arcabuceros españoles. El grito arrancó a Gravette de su distanciamiento. Podía ver la determinación de cada rostro argelino como si los hombres estuvieran quietos. —Jesús —murmuró un hombre. tan valerosos que parecía que llegarían a la muralla a pesar de sus pérdidas. entonces. —¡Han apoyado una escalera en la muralla! —gritó alguien. provocaba el estruendo de los cañones. —No hay más cadenas. Robles reajustó sus baterías para obtener el máximo efecto. —¡Fuego! Los disparos acribillaron a los argelinos y cayeron escaleras a la tierra pedregosa. Gravette se asomó por la muralla. Tras evaluar la matanza.Los cañones escupieron llamas y las balas con cadena giraron hacia el enemigo. reforzaron la posición amenazada. Cada vez que se despejaban las nubes de humo. —¡Necesito más cañones! —¡Todos los necesitamos! ¡Sigue disparando! Gravette se abocó a su sangrienta labor. . —¡Escoged los blancos! —dijo Gravette. señor —informó un artillero. Las filas de Asam se aproximaban. Gravette quedó impresionado por la intrepidez de los argelinos. y las estentóreas explosiones eran respondidas de inmediato por los alaridos de hombres destrozados. Pocos de los defensores habían presenciado semejante carnicería. Aunque los artilleros de Gravette trabajaban con toda la habilidad y el orgullo de profesionales curtidos. Los hombres de Asam no podían replegarse. cegándolo y sofocándolo. y veía todo en imágenes ralentizadas. La adrenalina exacerbaba sus sentidos. comprendió que su posición pronto sería insostenible. Las balas con cadenas segaron las filas argelinas hasta que Corradino quedó empapado de sangre.

Gravette y sus camaradas defendieron su posición mientras los argelinos eran abatidos desde atrás. Un comandante de la ciudad había visto la brecha y condujo a un grupo por la angosta escalera. Más disparos vibraron en los oídos de Gravette. Caballeros y soldados acudieron en su ayuda. le arrebató el mosquete a un soldado y apuntó a una cabeza con turbante. El primer oponente de Gravette era un sujeto pequeño con túnica brillante. El arma tembló en sus brazos y el argelino cayó gritando entre sus camaradas.—|Dios mío! —exclamó. Más escaleras chocaron contra la muralla. Gravette llevó un cadáver argelino hasta la escalera más cercana. luego se giró para traspasar el pecho de otro. Los argelinos. pero ningún argelino volvió a ganar la muralla. Moviendo el torso y apoyando la espada contra el antebrazo derecho. Aullando como dementes. —¡Caballeros de San Juan. conmigo! —exclamó. Los argelinos eran troceados en cuanto se ponían al alcance. —¡Aquí tienes un pedazo de Senglea! —gruñó. —¡Desenvainad las espadas! —ordenó. Una brillante bandera con la media luna flameaba sobre los invasores. pero estos argelinos no tenían el tamaño ni la fuerza de los jenízaros. los argelinos no podían competir con la habilidad de espadachín de un hospitalario ni contra la armadura europea. . Había cincuenta escaleras apoyadas en la pared. perforó al argelino sobre los ojos. y ordenó a los mosqueteros—: ¡Fuego! Los argelinos se aferraron la cara y el pecho y cayeron hacia atrás. Un infante aferró el brazo del escudo de Gravette. Los hombres con armadura avanzaron. embistió contra Gravette con un rugido. El musulmán empuñaba un yatagán delgado y un escudo de madera. Aparecieron turbantes. y Gravette se puso a trabajar con la espada. Los hombres de Asam habían logrado ganar la muralla. Echó el cuerpo por encima de la muralla y derribó a tres musulmanes. Los dedos del cadáver aferraron la muralla y el cuerpo colgó allí hasta que Gravette lo pateó. Gravette desvió el golpe con el guantelete. Gravette liberó la hoja chorreante y pisoteó los cuerpos. Machacó la cabeza de un argelino. decapitó a otro. y se le heló la sangre. —¿Qué? —El hospitalario se giró. sin darse cuenta. —Ya tenemos demasiados de vosotros —gritó. La lucha continuó. —¡Mi señor! —exclamó. Un argelino se encaramó al parapeto y un artillero lo arrojó de un empellón. Se requería un golpe potente para perforar la armadura de los caballeros. El ondeante estandarte de seda se desplomó y desapareció bajo un millar de pies. seguido por más hospitalarios. Gravette le devolvió el arcabuz a su dueño. Gravette tomó esa irrupción como un insulto personal. Los caballeros pararon en seco el avance argelino. habían quedado arrinconados. Gravette se enfureció al ver un estandarte turco. se derramaron en el fuerte como agua por un dique rajado. Fue una tarea breve y sangrienta. A pesar de su ferocidad.

tampoco podía cobrarle antipatía. El olor a carne quemada sofocaba San Miguel. Flotaron gritos sobre la cala del Astillero. Eso sería yo si regresara a Inglaterra. Los esforzados musulmanes eran blancos fáciles cuando salían del agua y los que llegaban a la muralla eran recibidos con aceite hirviente y fuego griego. y aunque su perspectiva le quitaba una buena vista de Senglea. —¡Envía a los refuerzos! —gritó. Resopló cuando un estandarte turco coronó la muralla del lado terrestre. El gran maestre aferró el brazo de Starkey. Los caballeros de la punta norte de Senglea estaban liquidando rápidamente a la fuerza anfibia de Candelisa. pensó. ¿cuándo vendrás a pelear? Evocó la batalla final de San Telmo y frunció el ceño. Por milésima vez deseó que el deber le hubiera permitido morir en el fuerte. —Cuando la necesiten —refunfuñó La Valette. La Valette enarcó una ceja. Hasta La Valette parecía confiar en el renegado. Enrique! Un estruendo sacudió San Miguel y las llamas se propagaron sobre la punta de Senglea. maestre? —preguntó.10 La Valette observaba las hostilidades desde Birgu. . los argelinos atascados en el agua llegaban en grupos pequeños y en consecuencia tenían poco éxito con sus escaleras. Starkey reflexionó sobre esa palabra. —Parece que la necesitan. Sir Oliver se inquietaba junto al gran maestre. Perderán el brío después de cruzar espadas con mis caballeros. La Valette miró a través del astillero mientras el ruido del choque de aceros se intensificaba. Aunque no confiaba del todo en el encantador griego. —¿Y si no es así? ¿Y si Mustafá ataca Birgu una vez que enviemos refuerzos a Senglea? Starkey guardó silencio. Mustafá. —¿Dónde está ese truhán de Lascaris? —preguntó Starkey. ¡Maldito seas. Renegado. Aunque era numerosa. seguía el combate escuchando los cañones y gritos de batalla. —¿Enviaréis ayuda.

—Dios mediante. Aterrizó de espaldas a quince pasos. La explosión había despedazado a varios hombres. ¿Qué fue eso. —¡Atrás! —dijo Sanoguera. mirando en torno. Tenía el cuerpo entumecido cuando llegó a la brecha. si mis muchachos vigilan. Se puso de pie. ¡Había una brecha en la muralla! Un depósito de barriles de pólvora había estallado. entre ellos un capellán. los dos hospitalarios detuvieron a la hueste musulmana.La compañía de arcabuceros del caballero Sanoguera defendía la punta. —Moriré aquí —dijo. aunque algunos rostros permanecían intactos. Sanoguera luchaba con la fuerza de tres y la agilidad del viento. hijos de Dios! ¡Coged la espada y pereced como hombres de la única fe verdadera! Y se lanzó al lado de Sanoguera. —¡Espantoso. Sanoguera reconoció a muchos amigos. espantoso! —exclamó el sacerdote. —¿Dónde está vuestra investidura? —reconvino al sacerdote. Para el enemigo parecía estar en todas partes y los golpes que lograban asestarle no surtían efecto. El alto español caminaba detrás de ellos. —Fray Roberto —dijo rígidamente Sanoguera. Pocos argelinos habían visto a un hombre con armadura moverse tan ágilmente. Sanoguera echó una ojeada a los caballeros y soldados desparramados en el suelo arenoso. Fray Roberto llamó a la guarnición desperdigada. Una lluvia de escombros había abatido a la mayoría de los arcabuceros. Apenas reparó en los hombres que se le aproximaban. la luz de la victoria en los ojos. Sonó un disparo y uno de los acompañantes de fray Roberto se aferró la garganta. —¡Por los huesos de los santos! —maldijo. Avanzó tambaleándose hacia la escalera más próxima y bajó. y casi vomitó al aproximarse a la brecha humeante. Su expresión era adusta. Estaba mareado y le vibraban los oídos. Fray Roberto se alzó la túnica a la altura de la cintura y cogió la espada de un muerto. hoy no ganarán la muralla —decía con calma—. Sanoguera embistió contra los argelinos. —¡Alá! Los argelinos emergieron del humo gris como espectros que se materializaran. hermanos míos? Un caliente relámpago rojo cegó a Sanoguera. dando un empellón al sacerdote. El clamor de sus pies de hierro marcaba el ritmo de los disparos. con su armadura liviana. y aquéllos a . Arriesgó un vistazo por la ciudad hacia la muralla terrestre. dejando un boquete en forma de U. Sanoguera ya había matado a cuatro argelinos cuando fray Roberto lo alcanzó. notó que sangraba en varias partes. arrojándolo por los aires. Fray Roberto no respondió. Lado a lado. en nombre de Dios? Procuró incorporarse. —¡No temáis. Hombres muertos cubrían el parapeto. Burbujeó sangre entre sus dedos y cayó de rodillas. que lo frenaron. dándoles aliento y dirigiendo el fuego. ¿Cómo andáis por allá.

—¡Alá! —El grito se elevó desde dentro y fuera del fuerte mientras uno de los coroneles favoritos de Candelisa llegaba con una compañía de espadachines selectos. Se enzarzaron con los argelinos. se tomaba la batalla personalmente. Un caudal constante de argelinos intentó desalojarlo de su posición elevada y fue recompensado con la mordedura del acero. y las suyas no. que se había quejado abiertamente de la arrogancia de Asam. mascullando que ese pirata de Berbería aprendería una lección. Los argelinos se envalentonaron y volvieron a invadir la brecha. que así . Pero los refuerzos de La Valette también habían llegado. las compañías de Asam perecían en la angosta Senglea. Sanoguera brincó delante del sacerdote caído y mató al exultante argelino con una estocada en la cabeza. presa del terror. pero las bajas de Candelisa eran reemplazadas. Sus ojos brillaban como obsidiana bruñida y su rostro irradiaba una alegría desatada y salvaje. Los desmoralizados cristianos recobraron el ánimo y acudieron a socorrerlo. luego saltó a un trozo de la muralla derribada y atravesó el corazón de otro musulmán. comenzaron a recular. Castriota partió un yelmo argelino y arremetió contra el oficial enemigo. —¡La muerte os encontrará a todos! —aulló. Si Alá había decidido que la débil Senglea cayera ante los argelinos. Los argelinos perdieron su resolución y retrocedieron co n pérdidas catastróficas. dejando a sus camaradas a los pies del brillante guerrero. El maestre Castriota y su guardia personal se abrieron paso entre los argelinos para llegar al coronel musulmán. De pronto apareció un agujero en el peto de Sanoguera y cayó de los escombros. Mustafá observaba desde Corradino. Los muertos se amontonaban a su alrededor. con un disparo en la espalda. —¡La muerte te ha encontrado! —exclamó.quienes miraba no vivían para contarlo. pues se lo había mordido. sangrientamente. Un caballero alzó la cabeza caída. La muerte súbita de Sanoguera fue tan desalentadora como su heroísmo había sido inspirador. —¡Alá! —gritaban mientras huían. Fray Roberto luchaba con menor habilidad pero con igual determinación. Él. persiguiendo al enemigo que se retiraba hasta los bajíos de la cala Francesa. Castriota cortó la cabeza del oficial con un enérgico mandoble de su espadón mientras su guardia masacraba a los argelinos de armadura liviana. Una tras otra. y ordenadamente. Los hombres de San Miguel retrocedieron y un estandarte turco fue desplegado sobre la muralla. Una nube de humo ondeante rodó sobre el cadáver. Los argelinos. Sanoguera alzó su visera con una risotada gutural y miró a sus camaradas que se acercaban con una deslumbrante y feroz sonrisa. los cristianos restantes no pudieron contener la marea musulmana. Desarmó a un argelino y despanzurró a otro antes de recibir un lanzazo en el costado. Le chorreaba sangre del labio inferior. y esos hombres no volverían a ver sus hogares. —¡Adelante! —rugió. Los cristianos recobraron San Miguel palmo a palmo. su expresión era terrible. Asestaba tajos y mandobles con la desconcertante ferocidad de un tornado. Una docena de caballeros con cota de malla y cincuenta soldados entraron en la plaza amenazada y se zambulleron en la refriega con vengativo entusiasmo.

«En conclusión —escribe Balbi—. los jenízaros sellarían el destino de Senglea desde atrás. —¡Las veo! —jadeó—. La ordenada evacuación de Asam degeneró en una desbandada. Nueve se hundieron prontamente y la décima apenas logró retirarse. Candelisa. ¡En la brecha. con un saldo de novecientos muertos entre sus tropas selectas. . sino que buscaron una playa al noreste de la punta. Una vez que desembarcaran. Al fin llegó a la conclusión de que la batalla estaba en tablas y decidió intervenir. Esperaban que La Valette dejara esta puerta sin custodia. siempre que cayera. Senglea. —¡La puerta. Sudando bajo el sol del mediodía. la puerta! —aullaba. El caballero no podía creer lo que veía: diez barcas pasaban bajo sus vigilantes baterías a menos de doscientas yardas. pensó. Asam tendría tiempo suficiente para aprender cautela contra Birgu. Al fin las tropas argelinas se hartaron y se negaron a avanzar. permanecían a distancia y rezaban para que no los llamara.» El ataque continuó otras dos horas por tierra y mar. ¡Fuego! Cadenas y perdigones causaron estragos entre los jenízaros. Necios—. —¡Son jenízaros! —observó el soldado. hacia la cala del Astillero. y escupió maldiciones cuando fueron expulsados. casi tropezando con Guiral. Nueve barcas recibieron impactos en la primera andanada. Los jenízaros que lograron llegar a la costa fueron recibidos por enfurecidos civiles malteses que. tonto bastardo! Los oficiales de su plana mayor. Mustafá se entrelazó las manos y alabó a Dios cuando los argelinos irrumpieron por la brecha. habían pasado sin encontrar resistencia. El plan de Mustafá para salvar el día había terminado en un desastre. ordenó que diez embarcaciones de jenízaros salieran del Marsa para desplazarse hacia Senglea. El abatido Asam tuvo que interrumpir el ataque. la salvación de la isla. al grito de «San Telmo». porque si las barcas ya dichas echaban su gente en tierra no les pudiéramos resistir en ninguna manera. no hizo nada para contener ese avance anfibio. —¡Recargar! —gritó Guiral. —Preparaos para disparar —dijo Guiral. haciendo bocina con las manos—. Mientras los argelinos se replegaban por Corradino. comendador! —gritó un alborotado artillero. que luchaba para salvar su vida. rodeando la península. —¡Comendador. ¡Fuego! Las embarcaciones no tenían la menor oportunidad a tan corta distancia. temerosos de su mal genio. Las diez embarcaciones no intentaron vérselas con la Gran Cadena. ajuicio de todos. Sus hombres entraron en acción—.fuera. Los mil jenízaros rodearon la punta y viraron a estribor. Un premio gordo. los caballeros salieron del fuerte y atacaron la retaguardia. Aunque el bajá temía perder más de esas apreciadas tropas. Incluso la retirada fue problemática. la casamata del comendador Guiral fue este día. sentía el arrogante consuelo de que los hombres de Asam requerían su ayuda. se quitó la túnica y gritaba consejos como si él encabezara la lucha. Mustafá seguía ambos frentes de batalla con igual atención y despotricaba cada vez más a medida que transcurrían las horas. los despacharon con cuchillos y piedras.

Asam había pagado un alto precio por su exceso de confianza. rescataban los cadáveres y los despojaban de joyas. Nunca he visto semejante obstinación.En cinco horas. concedió. —Perdonadme. y arrojó el pergamino a través de la tienda. pensó. Asam le arrebató el pergamino. El esclavo desapareció. a cambio de doscientas bajas cristianas. Los caballeros no eran como otros cristianos. haré colgar a todos los hospitalarios! Mustafá tenía razón. Se acercó a la lámpara y desenrolló el mensaje. . había escrito Mustafá. —¡Ojalá ardas en el fuego! —rugió Asam. tres mil musulmanes habían caído. El esclavo le entregó un pergamino. «Buen trabajo». Asam sanaba su orgullo herido con una botella de vino prohibido. —Los odio —le dijo a la pared de la tienda—. Asam bebió un largo trago y se reclinó en la cama. Los muertos argelinos flotantes contaminaron la bahía durante días. señor —dijo. Los nadadores malteses. ansiosos de cobrar una recompensa por sus padecimientos. —Lárgate. ¡Por Alá. Un esclavo entró y se inclinó. anillos y armas. —Un mensaje del bajá.

se desperezó y se agachó para acariciar a su perro favorito entre las orejas. Tengo hombres suficientes.. Buena suerte. —¡Apártame ese parisot de la espalda! —¿El parasol. Un chirrido llamó la atención de don García. Entregó a don García un arma larga—. señor virrey? —corrigió el siciliano. Mejor presentarle batalla allá y no aquí. El perro gimió alborotadamente. que había llegado el día anterior. Es pertinaz. Don García observó la hierba alta ondeando bajo el viento suave. aparte de esos malditos caballeros. y se tapó la boca. para dar a Mustafá una desagradable sorpresa. —Sé cómo se llama.11 Don García de Toledo frenó a su caballo. el criado había abierto un quitasol sobre su cabeza. pensó. concedió. Sin duda los turcos piensan lo mismo. Don García gruñó una respuesta e inspeccionó el arma repujada. El joven criado se apeó y se puso a preparar el mosquete del virrey. —¿Tienes ganas de cazar? —le preguntó al perro cobrador. inclinándose. Echó un vistazo a la parda extensión de árida tierra siciliana. —Aquí está bien —le dijo a su acompañante.. —Amarra los caballos aquí —le dijo don García al siciliano—: No tengo ganas de ir a buscarlos. —No me molesta el sol —murmuró. —Como desee vuestra alteza. alteza —dijo el criado. ¿Quién habría imaginado que duraría tanto? Don García sintió una leve punzada de culpa. —Todo está preparado. ese paisaje le hacía pensar en el último despacho de La Valette. . Don García también se apeó. Debería zarpar para Malta. —¿Alteza? —El joven se inclinó para escuchar y el quitasol rozó el hombro de don García. Por algún motivo. Don García lo fulminó con la mirada.

quedó comprensiblemente emocionado al descubrirse a cargo de las operaciones contra Birgu. Don García se echó el arma al hombro y silbó llamando al perro. Tan sólo en el monte Salvador había cuarenta cañones. Mustafá trató de granjearse la amistad de los malteses tal como los turcos habían hecho con la población de Rodas. —¡Ah! —Don García apuntó y disparó. La mermada fuerza de Asam fue reinstalada como retaguardia mientras Candelisa afrontaba la mezquina tarea de custodiar la entrada del puerto. . más aún. ¿Acaso los caballeros no habían llevado la ruina a su diminuta isla?. Hoy estoy distraído. hurañamente resignado a patrullar los mares vacíos. Don García y el perro se aventuraron en el mar de hierba. y en Sciberras y San Telmo. ¿Qué importaba si la victoria requería semanas? Europa no había demostrado interés en Malta. Decidió dar una oportunidad a Piali. al este de Birgu. Los últimos cañones disponibles. entre ellos dos colosales piezas de trescientas libras.El criado retrocedió y fue a inspeccionar las alforjas de los caballos. cuando se presentaran brechas favorables. Con la muerte de Dragut y la degradación de Asam. Encantado de contar con otra oportunidad de gloria. El follaje seco crujía bajo sus pies. Los ingenieros de Mustafá cercaron Senglea y Birgu con una compleja red de trincheras. Se construyeron terraplenes desde el monte Salvador hasta la cala de Kalkara. fueron trasladados desde la base y apuntados contra las guarniciones cristianas. También se emplazaron nuevas piezas en Punta de las Horcas. se sometió de todo corazón al bajá. era parecida a la que habían empleado contra San Telmo. Mustafá conservó el mando personal del ataque contra la desafiante Senglea. Más vale malo conocido. Estudioso de la historia. ¿Acaso los malteses no eran originarios del Oriente Medio? Mustafá prometía la libertad y el perdón para cualquier maltés que traicionara a los caballeros. pensó. Un faisán gordo y pardo se elevó trabajosamente. al otro lado del puerto. Mustafá sabía que podía darse el lujo de ser paciente. Mustafá estaba rabioso por el fracaso de Asam y recompensó a los argelinos con tareas humillantes. El faisán continuó volando hacia el horizonte. Corradino. Don García no había avanzado cincuenta yardas cuando el perro detectó un ave. Mustafá no permitiría que otra fuerza repitiera la hazaña de Robles. Piali. La estrategia turca para reducir las penínsulas no era novedosa. Birgu y Senglea serían acribilladas a cañonazo! y. Mustafá se encontraba peligrosamente escaso de altos oficiales. estas trincheras ofrecían buenos refugios para los tiradores y aislaban a Birgu de los refuerzos. El asalto simultáneo de las dos fortalezas cristianas impediría a La Valette reforzar los puntos amenazados con hombres desocupados. serían atacadas! con cargas de infantería. —Habéis sufrido bastante —les decía a los isleños. Al volverse. el monte Salvador y la bahía de Bighi. pensó. notó que el sir viente se agachaba para no ser visto. —¡Maldición! —murmuró el virrey. gritaban sus mensajeros entre las salvas. y aunque llevara tiempo. Complementó el trabajo de los ingenieros con nuevas baterías.

La Valette duplicó las defensas de la cala de Kalkara. no tuvo en cuenta la devoción de Malta por la Iglesia católica. Previendo otro ataque por agua. no obstante que no hay abundancia de otra cosa». también consideraba que protegerlos era su deber solemne. Ninguna punta de Senglea ni Birgu escapaba a su atención mientras se valía de todos los ardides y artilugios que había aprendido en más de cincuenta años de guerra. La Valette trajinaba de sol a sol en esos días agobiantes. En la muralla terrestre de Birgu. Valiéndose de prisioneros turcos como esclavos. por más atemorizarnos.Aunque en los argumentos de Mustafá había una gran verdad. La muralla fue martillada hasta que empezó a desmoronarse sobre la planicie blanca. cada día veíamos nuevas trincheras de modo que no había en toda la isla piedra que no fuese movida. Sus exigencias eran tan extremas que hasta las mujeres y los niños fueron incorporados a las cuadrillas de trabajo.Era improbable que ninguna población libre de la historia haya trabajado más que los malteses durante las semanas del Gran Asedio. izaban. Los malteses estaban orgullosos de su prolongada confraternidad con Roma y ni las amenazas ni las promesas podían cortar esa asociación. don García no había aparecido. Detrás de las murallas terrestres se completaban zanjas y otras obras secretas aun mientras esas posiciones eran reducidas a escombros. Los malteses cavaban. Los . Cuando llegó agosto. He aquí una gráfica descripción de Balbi: «Los enemigos todo este día y parte de la noche no cesaron de batir. La artillería de Mustafá acrecentó su salvaje monólogo y arrojó una tormenta de proyectiles. y el silencio. Fortificaciones antinavales bordearon la playa pedregosa y barcazas llenas de rocas fueron hundidas frente a Senglea para formar arrecifes artificiales. hizo construir parapetos de piedra en las calles de Birgu para proteger a los civiles de los cañonazos. Pero aunque La Valette hacía duras exigencias a los malteses. Magras porciones de agua racionada eran todo lo que estos no combatientes podían esperar tras deslomarse largas horas bajo el sol del Mediterráneo. 12 2 de agosto La húmeda noche había sido demasiado apacible para los castellanos de la muralla terrestre de Birgu. Como escribe Balbi. «se contentaban más ser esclavos de San Juan que compañeros del Gran Turco». extrañamente. la Lengua castellana soportó el peor embate de la ira de Mustafá. Esos «pobres» turcos (así los describe Balbi) caían por centenares trabajando bajo el bombardeo de Mustafá. cortaban y modelaban la piedra hasta que se les magullaban los músculos y les dolían los tendones. No la repararon. resultaba más amenazador que la semana anterior de bombardeo incesante. Y no bastaban tantas baterías que. El bajá pronto recibió la respuesta. Fue su mejor hora.

—|Apaga esa tea! —rugió. Otros castellanos se habían aproximado. Me alegra verte con vida. mientras el gran maestre era distante. —Soy demasiado guapo para ocultar mis rasgos —replicó La Valette. El caballero Muñoz oyó pasos que subían la escalera a sus espaldas. Henri era accesible. —¡Quisquilloso. el gran maestre. La muralla estaba untada con la sangre de los hombres que habían osado hacerlo. Sus descansadas tropas ahora estaban en sus posiciones. —¿Esperabas a San Pablo? —preguntó. Había desgastado la fuerza y el ánimo de los cristianos con su bombardeo continuo. En la planicie había tantos tiradores turcos atrincherados que era casi imposible. Mustafá no era ningún cobarde. Henri La Valette subió la escalera y extendió los brazos para saludarlo. Malta era suya. El día de hoy le daría el triunfo. El navío de reconocimiento de Henri había tardado semanas en regresar y muchos caballeros temían haberlo perdido. Dos hombres se detuvieron detrás de él. pensó. Su famoso tío era intimidatorio. La antorcha se apagó y se oyó una risa. que los defensores asomaran la cabeza sobre el parapeto. Henri surtía ese efecto en sus hermanos. Su cuerpo con armadura parecía gigantesco en ese angosto pasaje. El gran maestre estaba tan impresionado por la audacia y el liderazgo natural de Henri que había sugerido ofrecerle una comandancia si su sobrino «llegaba a la madurez de una pieza». Sin embargo. vio el destello rojo de la luz de una antorcha. y había infligido bajas sin sufrir ninguna. Muñoz y otro castellano se acercaron a La Valette. Henri tenía gran imponencia física. por lo que veo —se burló Muñoz. —Aún no logras que te crezca la barba. bastardo morisco. Como era de esperar. Docenas de caballeros y hermanos servidores habían resultado muertos o mutilados por los disparos de la bahía de Bighi y sus pérdidas no habían sido vengadas. cuya mera presencia justificaba una celebración. —¡Suéltame! Hiedes como una cloaca. Sólo se atenía a sus planes. — Palmeó la espalda del castellano. —¡Henri! —exclamó Muñoz. Avanzó y estrechó a Muñoz en un firme abrazo—. y había pagado un alto precio por ese honor. Al volverse. pero el afecto del gran maestre por el hijo de su hermana era genuino y profundo quizá acentuado justamente por sus temperamentos disímiles. . durante el día. quisquilloso! —respondió una voz de barítono. Necios. maldecían a Mustafá por prolongar lo inevitable y lo despreciaban por cobarde. sus aptitudes eran muy similares.fatigados cristianos. el taciturno tío aconsejaba a su sobrino que «no actuara como un plebeyo». Al igual que su tío. —Dos meses en galera. La Lengua castellana tenía el honor de defender la crucial muralla terrestre de Birgu. quemados por la armadura. Henri era carismático. mientras tú remoloneabas aquí. La mayor parte del consejo coincidía y nadie pensaba que la propuesta fuera nepotista.

—Lo sé.Henri se quitó el yelmo empenachado y el cabello rubio se derramó sobre sus anchos hombros. has escogido la muralla indicada. Senglea está en mal estado. —¿Y ya conoces a Lascaris? —preguntó La Valette. —Si buscas pelea —le dijo a La Valette—. que creía. Mucho peor de lo —Polastron. —¿Sí? —Quedémonos aquí—dijo Henri—. La Valette asintió. La Valette atisbo sobre la muralla y evaluó los daños. —Pensaba exactamente lo mismo —dijo Polastron. El bombardeo del 2 de agosto fue el más intenso que se había presenciado durante el asedio. Que Dios nos ayude. Las piezas cristianas devolvieron el fuego y pronto se calentaron tanto que hubo que bañarlas en vinagre. ¿Recuerdas a Polastron? —Henri señaló a un compañero. —No lo dudo. —¡Sin duda el sultán se ha cobrado su pieza! —se lamentaban los cristianos. La diminuta Malta trepidaba como si la arrancaran del lecho del Mediterráneo. La guarnición de Mdina miraba hacia el este maravillada. Los castellanos rieron entre dientes. —Te aseguro que el nuestro es peor —dijo Muñoz con gravedad. Al menos hasta que hayamos ganado la batalla. —Desde luego. Le arrojó el yelmo a Muñoz y caminó hacia la muralla. Así comenzó un duelo de artillería que no fue superado hasta la época moderna. Rompió el alba y los cañones turcos despertaron en los peñascos que dominaban Senglea y Birgu. pensó. —¿Protegerme a mí? —preguntó Muñoz—. Sostenme esto. El estruendo de los cañones era tan grande que se oía a más de cien millas. demasiadas veces para contarlas? —¿Qué puedo hacer si los turcos saltan sobre tu espada? —¡Moro! —La Valette sacudió la cabeza—. Los castellanos rieron como si La Valette hubiera anotado un tanto. No estoy aquí sólo como los ojos del gran maestre. se disparaban proyectiles a un ritmo increíble. Hoy entrarán. escudero. ¿Quién te salvó el pellejo en Grecia? —¿Y quién salvó el tuyo. parecía que titanes armados con martillos hubieran descendido en la isla. sino también para protegeros. —Muñoz hizo una reverencia. . El español asintió rígidamente. —Visité a Gravette —le dijo a Muñoz—.

Starkey estaba en la entrada. Mustafá reanudó el bombardeo de inmediato. A diferencia de los atacantes de Asam. Veintenas de cristianos eran abatidos por los mosquetazos. Cañones. pero Henri ya había pasado muchos minutos en el atestado vestíbulo. estos infantes musulmanes estaban cubiertos por miles de arcabuceros. Las penínsulas estaban aureoladas de humo. La gruesa puerta se abrió y un terceto de caballeros salieron de la habitación.Mientras el sol trepaba en el cielo. fusiles. —Monsieur —dijo—. El enfrentamiento continuó seis horas. desplomándose en el asiento. las murallas de Senglea y Birgu comenzaron a rajarse y desmenuzarse. espadas y fuego griego vengaron a los hermanos muertos mientras demacradas mujeres y niños malteses arrojaban piedras sobre los atacantes. Había pasado cinco días en vela en la muralla de Birgu y sentía los efectos. con una breve reverencia. Sir Oliver le pidió que aguardara un instante antes de la audiencia. —Gracias —dijo Henri. Las piernas del caballero amenazaron con aflojarse y se apoyó en la pared de piedra. Cientos de escaleras se apoyaron en las murallas de Senglea. cuadrándose delante de su tío. Mustafá ordenó el ataque. . Los caballeros recibieron el ataque con furia indómita. Se preguntó con fastidio quién estaría con el gran maestre. Henri aspiró profundamente y entró en la habitación iluminada por velas. 13 7 de agosto Henri La Valette se hallaba en el penumbroso corredor frente al cuartel general del gran maestre. Sus cañones dispararon sin cesar durante los cinco días siguientes. La fatiga lo había vuelto impaciente. os ruego que entréis. Mustafá ordenó tocar retreta. de mala gana. con preocupación en el rostro rechoncho. Se abrieron brechas en la vapuleada mampostería. Se apoyó la cabeza en el brazo estirado. El anciano se permitió una sonrisa y señaló una silla. —Gran maestre —saludó. Tenía el rostro estirado y gris y aun aquí oía el crujiente estruendo de los odiados cañones turcos. Los cadáveres se apilaban como hojas frente a las ciudades asediadas. hasta que al fin. Los turcos cargaron contra las ciudades en tal número que parecía que arrancarían las derruidas defensas con las manos. Una fuerza irresistible se topó con un objeto inamovible en las murallas de Senglea y Birgu.

Parece que era sólo ayer cuando lo hacía brincar sobre mis rodillas. —Ciertamente —dijo.—Tráele vino. ¿Otro trago? —Hizo girar la copa para mostrar que estaba vacía. La Valette no dijo nada. gran maestre. Henri dejó la copa vacía en el brazo del sillón y se puso penosamente de pie. El gran maestre se plegó las manos sobre las rodillas. Miles de efectivos de Piali se habían agolpado detrás de los terraplenes. —Bien. pensó. Pero no mejor que tus hermanos de San Telmo. pero Starkey ya se aproximaba con una copa llena. —Pronto aclarará —dijo el gran maestre—. —Adelante. ¿Por qué has dejado tu puesto?—preguntó. —El castellano. Henri se giró y salió de la habitación. Oliver —dijo el gran maestre. El gran maestre devolvió la mirada enigmática de Henri. Henri no podía recordar la última vez que había logrado sorprender a su tío. —Me pedisteis que os informara cuando las murallas estuvieran arruinadas. Vuelve a tu puesto. —Henri se relamió los labios—. lo sé. Henri desvió los ojos. —¿El reducto está en peligro? —No. Sí. El gran maestre asintió. con expresión grave—. Los aturdidos y extenuados cristianos miraron desde sus defensas con el alma en los pies. —Parece vuestro propio hijo —dijo el inglés. La artillería turca calló poco después del alba. ahora está muerto —jadeó. Los confiados musulmanes se preparaban para el primer gran asalto terrestre . —Me marcho. Ahora es un peón en la guerra contra Solimán. —Era un buen hombre —dijo. —Sí —fue la respuesta inmediata—. De nuevo el anciano La Valette se permitió una austera sonrisa. Starkey cerró la puerta. —Hoy mataron a Muñoz —dijo Henri mientras Starkey le daba otra copa. Henri parecía afligido. El gran maestre estudió el rostro consumido de su sobrino y una punzada de afecto le apuñaló el corazón. —¿El turco atacará hoy? —Si tiene un poco de seso. El gran maestre no se sorprendió.

a medida que podaban sus filas. —Diez mil cabezas. El caballero Polastron se acercó a Henri. —Nunca fuiste muy brillante —bromeó Polastron. Los hombres de Piali podían llegar fácilmente a las brechas. que se tambalearon y cayeron. Los turcos embistieron implacablemente. —|Fuego! —ordenó un comandante. Ni siquiera tendrán que llamar a la puerta. El gran maestre quería que los turcos entraran en la ciudad. Una delgada línea de caballeros y soldados defendía la muralla de tierra. Henri tembló mientras la hostia se le disolvía en la lengua. Docenas de estandartes turcos flameaban en el viento sudoeste que soplaba desde el Marsasirocco. ¡Te enviamos nuevas almas! Henri se sentía desnudo. diría yo —comentó con típica circunspección. seguros de que a Birgu le había llegado la hora.de Birgu. abatiendo a varios caballeros. y rezó para que el plan de su tío tuviera éxito. Nunca había visto una posición defensiva tan destartalada. El provenzal aceptó la hostia y el sacerdote siguió su camino. pensó. —¡Aquí vienen! El alba doraba la bahía cuando los aullantes soldados de Piali acometieron. pensó. La Lengua castellana había recibido órdenes sencillas: debían abrir fuego enfilado sobre el enemigo que avanzaba. Alá! —El gemido de un derviche se elevó sobre la planicie—. Ahora estoy preparado para morir. Un encorvado y ceniciento capellán subió al parapeto y los caballeros castellanos se arrodillaron en sus puestos. Tramos enteros de la muralla se habían desmoronado durante el último bombardeo y sus traicioneros escombros habían llenado la mitad del foso seco. . Los efectivos de Piali resistieron el castigo con una mera convulsión. —Yo sólo puedo contar sus cabezas con una espada. pero la línea siguiente pasó sobre los caídos. Un claro trompetazo se elevó sobre los turcos y Henri ensanchó los ojos. Apuntaron los arcabuces. —¡Alá. pero no debían defender las brechas. y al llegar a La Valette dijo: —Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in vitam aetemam. El sacerdote dio a cada español una hostia bendecida. Los disparos cristianos eran cada vez más irregulares. Cogió su arcabuz. la suave brisa traía risas turcas a través de las brechas de la acribillada muralla. Henri sonrió. El suelo temblaba bajo sus pies. Los arcabuceros musulmanes se detuvieron para devolver el fuego. y los artilleros estaban preparados. Se ordenó fuego de artillería y las balas con cadenas segaron columnas enteras de turcos rugientes. cuantos más mejor. Los disparos abatieron a los primeros turcos.

Mosquetes y cañones los acribillaron por todas partes. El almirante. agitando los brazos con puerilidad. gritaban cuando los cristianos surgieron del humo y se les abalanzaron. buscaron refugio en la planicie abierta. y saltó a la hedionda y humeante trampa. —|A la brecha! ¡A la brecha! —vociferaba. Arrastrándose sobre los muertos y moribundos.Los turcos bramaban de deleite. que observaba desde una trinchera distante. Otra andanada turca diezmó a los cristianos. La voraz llamarada desvió el avance. Granadas de fuego griego fueron arrojadas al foso y los invasores se encendieron como pasto seco. Construida bajo el ojo vigilante de La Valette. una muralla interior les impedía entrar en Birgu. Veteranos de San Telmo. La disciplina y el orden se desbarataron mientras los vengativos soldados buscaban víctimas y se preparaban para el pillaje. Al encontrar sus filas reducidas a la mitad. —¡A la carga! —exclamó. habían previsto una lucha tenaz por Birgu. pero no lo detuvo. En vez de la victoria. Los demás caballeros lo siguieron. alentaba a sus tropas a gritos. encontraron una trampa. . Henri La Valette observaba a través de la mira de un largo arcabuz. Los gritos de alegría se transformaron en jadeos de alarma mientras miraban una defensa intacta defendida por cientos de hombres bien protegidos. Otra andanada quebró el espíritu de los turcos. y agradeció a Alá ese éxito maravilloso. Los supervivientes se desbandaron y corrieron. desapareció en medio del humo. Los primeros habían avanzado veinte pasos delirantes en el polvoriento burgo cuando comprendieron su error. corrieron hacia las brechas por las que habían entrado con tanta avidez. los días de bombardeo habían agotado la voluntad de resistencia de los caballeros. —¡Que reciban su merecido! —exclamó un maestre castellano. Se encendieron granadas y aros. asombrados de la débil resistencia. Las hordas de Mustafá vitorearon. Contagió su entusiasmo a los miembros de su plana mayor. Inundaron las brechas e irrumpieron en Birgu. Una breve y feroz andanada abatió a cientos de turcos en un charco colectivo de sangre. complacido de saber que los que murieran hoy no lo molestarían mañana. La Valette desenvainó la espada. —|Traednos la cabeza del gran maestre! —exclamaron los oficiales con turbante. al parecer. Los turcos se apiñaron en la trampa hasta que el movimiento se volvió difícil y la fuga imposible. La Valette despachaba enemigos con fría precisión. Intimidados y desalentados. Las fuerzas de Piali llegaron al foso y comenzaron a cruzar. Las tropas de la vanguardia de Piali gritaron e intentaron retirarse. Los turcos en retirada fueron sorprendidos por detrás y masacrados. que aplaudieron como adolescentes alborotados. Los heridos empezaron a aullar hasta que Henri no pudo oír los gritos de Polastron a su lado. un aturdido espadachín con cota de malla. La Valette apretó el gatillo y su blanco. el corazón palpitante de emoción. pero los que se agolpaban detrás se lo impidieron.

arrebatando la daga del turco atacante. pero a esas alturas estaba demasiado curtido para ser quisquilloso.. era demasiado tarde para respaldar el ataque de Mustafá. Hostigado por todas partes. recordó la daga. sino que sólo podía observar desde San Ángel mientras los estandartes de seda del sultán aparecían en San Miguel. Se giró. pensó. La Valette. y esto era en gran medida mérito de Mustafá. Una de las banderas turcas que ondeaba sobre la puerta de San Miguel fue derribada. Se . Senglea es débil. Su plan de atacar simultáneamente Birgu y Senglea había dejado a La Valette en una posición precaria. Tres banderas más le siguieron en rápida sucesión. Gravette se volvió hacia los turcos que escalaban. De inmediato se enzarzó con el turco.Piali observó la caótica retirada con furioso desconcierto. finalmente. Gravette estrelló su escudo contra la cara del hombre más menudo y se giró sobre el segundo a tiempo para desviar un enérgico sablazo. El turco se tambaleó y Gravette le abrió un tajo en la yugular. —¡Perro! —escupió. pero un caudal de turcos trepaba la muralla a treinta pasos. los jenízaros! —Desenvainó la hombre! ¡No debemos perder esta oportunidad! cimitarra—. Se arrancó el arma de la carne y la arrojó al suelo. La Valette. la sangre chorreó mientras el musulmán caía de rodillas. Maldición. El caballero volvió una mirada vengativa sobre los invasores mientras un gemido agudo y prolongado se elevaba sobre el estrépito del metal. Mustafá se volvió hacia un oficial. El caballero miró en torno. La carnicería era inmensa. ¡Hoy. pensó. Gravette aferró al turco y liberó su espada mientras otros dos musulmanes aullantes se le abalanzaban. El caballero Gravette recibió un golpe en la hombrera y atravesó el pecho de su atacante. El bajá condujo a su guardia personal por Corradino hacia Senglea. el gran maestre no podía reforzar Senglea. será mía! Los turcos sólo habían tardado media hora en ganar una posición en San Miguel. El alarido del turco murió cuando la hoja del caballero se le hundió en la cabeza hasta las orejas. Oyó un chirrido y algo le mordió la espalda. Serás mi prisionero. y echó la mano hacia atrás para agarrar el cuchillo. Mustafá soñaba con el gran maestre en cadenas. ¿Qué había salido mal? Cuando se enteró de los detalles. aplastándole la nariz con el guantelete. 14 Mustafá Bajá sonrió cuando plantaron un estandarte con la media luna en las murallas de Senglea. Me ha matado. Sentía pesadez en la pierna izquierda.. Brotó sangre del escarpe. ¡Deprisa. —Bastardo —maldijo. Gravette despachó al primer hombre con un tajo en la nuca. El parapeto estaba tan abarrotado de cadáveres musulmanes y cristianos que no podía caminar sin pisarlos. —¡Pronto. El turco tembló y cayó de bruces mientras un geiser de sangre estallaba en su espalda. que estaba teniendo gran éxito en Senglea. No había hombres vivos en las cercanías. Gravette apartó el cuerpo de un puntapié y buscó otro blanco. Gravette buscó a Robles y se alegró al ver que los hombres del maestre defendían el espacio encima de la puerta.

Gravette trabó el brazo del enemigo y le atravesó el corazón. se lanzó hacia los invasores. Gravette recibió un empellón. Gravette sentía que perdía las fuerzas. Se enjugó la sangre del ojo sano y se sorprendió al descubrir que aún empuñaba la espada. Gravette recapacitó y retrocedió hacia una pirámide de balas de cañón antes de que el enemigo pudiera rodearlo. Gravette vio una flor anaranjada y su cabeza se echó hacia atrás. Mustafá no le prestó atención. Agitó la espada. El turco se desmoronó con un alarido y su reluciente cimitarra tamborileó sobre las balas de cañón. en busca de otra presa.puso rígido. No parece que sea así. Altos y robustos turcos con túnica blanca habían ganado la muralla. El jinete se armó de coraje. un disparo de arcabuz había atravesado la visera. pensó. No creo que pueda llegar allí. . ¡Venid. Un jinete maniobró por el atestado Corradino hasta llegar al lado de Mustafá. Los hombres de Robles habían perdido terreno y estaban casi rodeados. desafiante—. Gravette apartó el sable curvo de una patada. pensó. y se aferró la cabeza sangrante. Lo rodearon gritos de guerra. Se tambaleó pero no cayó. El caballero jadeó de sorpresa cuando la muralla se abalanzó sobre él. Los golpes se estrellaron contra su yelmo hasta que se quedó inerte. ¿Qué demonios hace?. —¡Bajá! —exclamó el desaliñado jinete. —Dios mío —murmuró. pero su mayor preocupación era la falta de visión. De hecho. se dijo Gravette. Gravette buscó otra víctima. El animado bajá blandía la espada mientras vitoreaba a los jenízaros. entornando los ojos. Los jenízaros aullaron de alegría al ver al hospitalario y atacaron con la saña de lobos enloquecidos por la sangre. perforándole el ojo derecho. Sus heridas sólo parecían rasguños ardientes. cayó de espaldas. El siguiente jenízaro fingió que lanzaba un golpe contra la cabeza de Gravette e intentó asestarle un sablazo en la escarcela. Golpeó el parapeto de bruces y quedó inconsciente mientras el ronquido de los cuernos turcos llenaba el aire. El turco rezaba en voz alta al desmoronarse en la pila de cadáveres. Había montado y cabalgado con tanta prisa que se había puesto el yelmo hacia atrás. No sabía bien qué había pasado. Logró quitarse el almete. Una mirada le reveló que los jenízaros dominaban la mayor parte de la muralla. —¡Jenízaros! —gritó Gravette—. esclavos de Solimán! El primer jenízaro se arrojó contra Gravette y fue recompensado con un tajo en los tobillos. ¡Robles! —Sin esperar ayuda. Gimió cuando una lanza le atravesó el costado. pero la espada del caballero lo interceptó. Los jenízaros siguieron la marcha. no sentía casi nada. Gravette rodó de costado y se puso de pie. ¿Me estoy muriendo?. la sangre le cegó el ojo sano. Posó la vista en un jenízaro agazapado.

¿Cuántos hombres tendrá don García?.—¡El virrey siciliano ha desembarcado con una fuerza numerosa! — exclamó. Starkey no podía contener su entusiasmo. Deben de haberse replegado a la costa. —El virrey don García ha atacado nuestro campamento. se preguntó Mustafá. —Reuníos al sur del campamento —le ordenó al agá. ¡Por Alá. —Toca retreta. Don García ha desembarcado. maestre? —Debe de haber llegado don García —respondió La Valette—. El gran maestre observó sin aliento mientras los turcos abandonaban Senglea. —¡Maldición. No se me ocurre otro motivo. Los soldados se abrazaban con jubiloso alivio. El rumor de la llegada de don García de Toledo corrió como reguero de pólvora por Birgu. La Valette refrenó su alegría. maldición! —susurró. ni de enzarzarse con el enemigo antes de que los jenízaros estuvieran en posición. —Ningún enemigo a la vista. so tonto! . ¡Ha pasado a todos los hombres por las armas! Mustafá se apoyó una mano en el corazón y se arqueó como si fuera a vomitar. Poco después el cuerpo de señales había tocado la retirada. sacudiendo la cabeza. que se había acercado para averiguar por qué llamaban a sus hombres—. Al fin llamó a un oficial. señor bajá. —¿Qué? —preguntó con incredulidad Mustafá. —¿Por qué se retiran. —¡Toca retreta. tendré la cabeza de Piali! Sus capitanes son totalmente inservibles. En todos sus años de soldado nunca había sentido semejante euforia. —Sí. saludó. Volutas de humo flotaban sobre el Marsa. para gran aflicción de los jenízaros de Senglea. —Vamos. No se animaba a creer que don García hubiera venido. Su cara se puso cenicienta. cerdo! —rugió—. Mustafá pidió un caballo. Debemos reparar las murallas. Oliver. ¡Nos han atacado por la retaguardia! El oficial se acomodó el turbante y se marchó a la carrera. Cuando llegó el animal. —¡Entonces ve a encontrarlos. —¿Retreta? ¡Habéis tomado Senglea! Mustafá abofeteó al oficial. El bajá no tenía intenciones de ser rechazado. Un explorador se le acercó al galope. La hueste de Mustafá se aproximó al campamento en un cauto semicírculo. mi señor. el rostro arrugado del bajá había recobrado parte de su color.

Mesquita de Mdina hizo esto. con los ojos cerrados. la pólvora y las armas hablan sido arrebatados o quemados. El panorama que vio Mustafá habría aplastado a un hombre menos resuelto. —¡Alá! —gritó. Pero no había indicios de que un ejército numeroso hubiera realizado el ataque. Volando Birgu en pedazos. El trémulo Mustafá miró el campamento en ruinas con lágri mas en los ojos. Los enfermos y los heridos. . toda criatura viviente había sido pasada por las armas. sin duda a pedido de La Valette. Esto es obra del gobernador de Mdina. los esclavos. Starkey tembló al recordar un sueño reciente en que era enterrado vivo. Venas azules se abultaron en su frente. Los turcos se aproximaron al campamento. mesándose las barbas—. Todo su campamento estaba en ruinas. El bajá había reanudado el bombardeo de Birgu y Senglea después de descubrir su campamento destruido y tenía toda la intención de someter a ambos burgos al mismo destino que San Telmo. Mustafá comprendió lentamente lo que había sucedido e hirvió de furia. —¿Bajá? —Don García no ha desembarcado —bramó Mustafá—. lo quemaré vivo. combatiendo en las penínsulas y envió caballería para destruir mi campamento. pensó Mustafá. y sufrirá una muerte que durará cien años! 15 10 de agosto Sir Oliver se dirigió por el pasillo al estudio de La Valette. ¡Alá! ¡Mataré a todos estos caballeros! ¡A todos menos a su maestre! ¡A él lo arrastraré en cadenas ante Solimán. Maldito demonio. pensó.El explorador hizo una reverencia y volvió grupas con su caballo sudoroso. Sabía que yo estaba El oficial palideció como si Mustafá fuera a explotar. los centinelas y los caballos. El polvo y la tierra llovían del techo cada vez que los cañones del fuerte devolvían el fuego. —¿Bajá? —preguntó un oficial. La Valette estaba echado sobre la silla. Llegó a la cámara del gran maestre y entró sin llamar. los pertrechos. los médicos. Los alimentos.

¿Qué le pasa?. que nos ha guiado hasta ahora y no nos abandonará. La Valette pidió un recuento de bajas al pilier francés y se enteró de que el hospital estaba abarrotado de heridos. Los hombres se sumieron en pensamientos lúgubres mientras el polvo que caía constantemente se posaba sobre sus armaduras. —Pronunció las tres sílabas como si le quemaran la lengua —. se preguntó Starkey. —El virrey. ¿Has comido? —Sí. El Sacro Consiglio se reunió poco después del anochecer. gran maestre —dijo el pilier—. Entiendo los problemas que supone reclu tar un ejército. Los hombres menearon la cabeza. no hay hombre. vayamos al consejo. Léelo. Los informes sobre las fortificaciones eran igualmente desalentadores. —Gran maestre. —Hace tiempo que estaríamos comiendo cuero si no fuera por vuestras provisiones de alimentos —dijo. —Oliver —dijo—. Leyó. mujer o niño de la isla que no esté herido de un modo u otro. diciendo: —Es difícil construir paredes con polvo. Los miembros hablaban en voz alta para ser oídos por encima del rítmico martilleo de los cañones. —Tres semanas —suspiró Starkey. pero los hombres no deben hacer promesas que no pueden o no quieren cumplir. El pilier francés rompió el silencio. El consejo debatió qué defensas estaban en peores condiciones y el diálogo se detuvo lentamente.—¿Maestre? —preguntó Starkey. —¡Para fin de mes! —exclamó—. sino que debemos depositar toda nuestra fe en Dios Todopoderoso. —Ven. La Valette abrió los ojos. —En verdad. La Valette sacó un pergamino de una gaveta y lo puso en el escritorio. ¡Son tres semanas! —Tampoco estará aquí entonces. ¿Esperaréis hasta más tarde? La Valette asintió. ¿alguna noticia del virrey? Todos fijaron los ojos en La Valette —No debemos encomendarle a él nuestra liberación —dijo—. Un gran cruz resumió concisamente el proceso de reconstrucción. —La Valette no ocultaba su exasperación—. maestre. El pulso de Starkey se aceleró mientras desenrollaba el documento. Cada uno de esos fatigados y abatidos caballeros se había aferrado a la vana esperanza de recibir buenas noticias y ahora su ánimo estaba .

. —¿Y don García? La Valette pensó unos segundos. Gravette cogió la mano. Enviadme al menos esas dos galeras de la orden que ahora se encuentran en Mesina. No sería correcto que una parte de la orden se ahorrara padecimientos cuando el cuerpo entero está expuesto a una pérdida casi inevitable». —Procura que mis palabras lleguen a los soldados —le dijo. tened la certeza de que no recibiremos mejor tratamiento que nuestros hermanos de San Telmo. De los que quedan. Una vez más se volvieron hacia La Valette. junto con aquellos caballeros de las naciones más distantes que han acudido para ayudarnos. He perdido la flor y nata de mis caballeros en muchos ataques. y eso es lo que hacen los soldados. Así refiere Balbi el efecto de la declaración de La Valette: «Esta habla del gran maestre. sois soldados de Dios. —También deben enterarse de eso.más alicaído que nunca desde el comienzo del asedio. la mayoría están heridos o en el hospital. he recibido vuestra promesa de ayuda y considero que es adecuado informaros sobre nuestra condición. De inmediato se envió una embarcación con el mensaje. sé bien que si yo caigo. Esa noche La Valette dictó una respuesta al comunicado de don García. —¿Robles? —Sí. —¿Por qué don García nos ha abandonado? —suspiró alguien. cuyo rostro severo estaba teñido de rojo a la luz de las velas. —¿Estoy en el hospital? —Así es. cada uno de vosotros seguirá luchando por nuestra orden y nuestra Santa Iglesia. nos hizo determinar a todos de morir antes que venir a manos de nuestros enemigos y. Si un infausto destino quiere dar la victoria al enemigo. —Notó que el consejo necesitaba aliento y trató de brindarlo—. —¿Sobre San Telmo? —Así es. —Quién sabe. Starkey escribió las palabras en el pergamino: «Estimado virrey don García de Toledo. Las fortificaciones de la isla están totalmente en ruinas. Una mano en la frente despertó al caballero Gravette. —Tiene fiebre —susurró alguien. como fue divulgada. muchacho. Luego La Valette llevó a Starkey aparte. ni más ni menos. Tienes suerte de contar con una cama. La Valette echó una ojeada a la reunión. Hermanos míos. Oyó la respiración entrecortada de muchos hombres. descansa. nos determinamos de vender muy bien nuestras vidas».

Volvió el caballo hacia el campamento. pero apenas podía moverse. y había hecho valiosas reflexiones. —¡No voy a morir! —declaró. y volvió a caer en una inconsciencia febril. . Gravette asimiló la noticia. Aunque deba invernar aquí.Gravette se movió en el colchón. Algunos edificios ardían en la noche. —Muy bien —dijo el maestre de campo. Ahora duerme. pensó. Recordó Rodas y el valor de los túneles. Pronto no tendrán dónde apoyar la cabeza. maestre —dijo Gravette con voz trémula. Disparos desde arriba y explosivos desde abajo. pensó Mustafá con una sonrisa. —Robles apretó la mano de Gravette y la soltó. El otro está vendado. —Perdiste un ojo. Gravette oyó parte de la conversación y sintió un escalofrío en la espalda. Malta será mía. ¿Para qué enzarzarse en otro combate sangriento si los zapadores podían darle la victoria? Sus ingenieros egipcios ya estaban cavando bajo la muralla externa de Birgu. Gravette oyó que él y otro hombre intercambiaban susurros. —Gravette trató de sentarse. —Silencio —murmuró Robles—. —Pronto. —La quiero. que parecía madera en vez de edredón o paja. Mustafá echó otra mirada a Birgu. —No veo. —¿Dónde está mi armadura? —El criado de Henri la está cuidando —dijo Robles. —No voy a morir —repitió Gravette con voz desafiante. Los tres días previos habían sido activos y provechosos para Mustafá. Otros están descansando.

quizá? —Cinco días. Mustafá vio a un caballero en la muralla oeste de San Ángel y se imaginó que el hombre era La Valette. —Continúa. Casi a punto. —Mil disculpas. todavía.16 12 de agosto El caballo de Mustafá resopló y retrocedió. Su piel relucía como cobre bruñido bajo el sol de la tarde. No fallaré. asustado por un cañón cercano. Miró hacia Birgu. con su puente levadizo.. El bajá acarició la crin trenzada del animal con la mano izquierda vendada. que estaba delante.. señor bajá. —Es sólo una dulce melodía —le dijo al caballo. duplica entonces el número de tiradores. bajá. Y esa muralla externa mal reparada no resistirá. Puedo construir una torre de asedio en una semana. —Gracias. —¿Cinco días. —¿Sí? —Parece que la madera de la galera hundida será suficiente. Un ingeniero egipcio con el torso desnudo se inclinó. concluyó su informe. Mustafá miró hacia Senglea. El saludo del jenízaro fue enérgico y sincero: la recobrada compostura de Mustafá había restañado el alicaído ánimo del ejército. Mustafá asintió. pensó. —Una semana es demasiado —replicó. El agá de los jenízaros. . —Muy bien. La pólvora no es problema. Las minas derrumbarán toda la estructura. Completa.

y mientras los hombres de Piali irrumpen por la brecha. pensando: Primero atacaré Senglea y atraeré refuerzos de Birgu. Ningún gran maestre de nuestra orden será arrastrado ante el turco. —Por Alá. —Henri —saludó el gran maestre. Luego haré detonar la mina bajo el parapeto de Castilla. Si sucede lo peor y todo se pierde. me pondré el uniforme de un soldado común y me arrojaré a la brecha. pero Henri y el Gran maestre no se inmutaron. ¿Debo temerle ahora? Henri sonrió. Superados en número y cogidos por sorpresa. —La viva imagen de San Pedro —convino Polastron—. El gran maestre curvó los labios. No en vano Malta se llama la Roca.Mustafá estudiaba un mapa de Birgu en su tienda. —¿Puedo hablar sin rodeos? —Adelante. —Te preguntaré lo que he preguntado al consejo: ¿dónde debo estar. —Deberíais estar en el fuerte. no debería estar en este brete —gruñó. Siguió la muralla terrestre con un dedo. No estaría bien que el bajá os arrastrara en cadenas ante Solimán el Maldito. —No —gruñó Henri—. rígido por gran cantidad de heridas menores. Henri La Valette yacía con un oído contra el suelo enfriado por la noche. tan quieto que Polastron le preguntó si se había dormido. los cristianos retrocederán a San Ángel. La satisfecha sonrisa de Mustafá se disipó mientras recordaba el abandono de Senglea. Una bala de cañón silbó en el cielo. —Pero no te preocupes —continuó el gran maestre—. —Sí. ¿Por qué me miras de esa manera? Henri se encogió de hombros. mi torre descargará jenízaros en la muralla restante. ¡Gran maestre! —¿Eh? —Henri abrió los ojos—. —Dios mío —dijo al cabo de un momento—. ¿No oyes los picos? Polastron apretó la oreja contra el suelo. están casi bajo el foso. —Están cavando túneles —dijo Henri. —No conviene que estéis tan cerca de las murallas. . —Avanzan con lentitud —rió La Valette—. ¡Gran maestre! Su tío se erguía sobre él. sino con mis hijos y hermanos? Henri eludió sus ojos. —He desafiado a la muerte desde antes de que vos nacierais caballero. Henri se levantó trabajosamente.

Henri rió entre dientes.El anciano La Valette devolvió el saludo de Polastron y siguió andando para inspeccionar un muro recién construido. —No tengo la menor duda. 17 . visitemos a Gravette mientras queda tiempo. Polastron codeó a Henri. —¿Crees que aún puede pelear? —preguntó. Ven.

—No enviaremos refuerzos a Senglea —le dijo La Valette a Starkey. Los soldados tosían y se sofocaban con nubes de polvo. —Quizá debáis encontrar un yelmo. —Van a atacar —gritó Starkey por encima del estruendo. Transcurrieron preciosos segundos mientras los turcos se acercaban. Las guarniciones cristianas contuvieron el aliento mientras los jenízaros de túnica blanca se agolpaban en Corradino. busquemos un punto de observación.18 de agosto El bombardeo. buscando refugio. Iayalares y jenízaros descendieron audazmente sobre la ruinosa Senglea. maestre —sugirió Starkey. . apuntalando el menguante coraje con palabras de aliento. estaban limpiando y reparando su armadura. El humo y el fuego flotaban sobre Senglea y Birgu. El bombardeo cesó y los cristianos se tensaron con expectación. El gran maestre y sir Oliver estaban en una elevación entre San Ángel y la Lengua castellana. El inglés puso cara de preocupación pero no respondió. segando las filas de atacantes. Los pies crujieron en el suelo rocoso. Su expresión era más grave que de costumbre mientras evaluaba el creciente cañoneo. Henri La Valette se arrodilló detrás del parapeto terrestre de Birgu. —Ven. restando importancia a las demoledoras andanadas. vestido con una túnica negra. que se había prolongado cientos de horas. El bramido de un cuerno anunció el avance turco. —¡Recargad! —gritó Robles. Los arcabuceros y artilleros apuntaban sus armas mientras los mensajeros corrían entre los escombros. Henri bromeó. la voz de un almuecín flotaba sobre el sereno Gran Puerto. —Sí —coincidió. Los estandartes turcos chasqueaban contra el cielo turquesa. El gran maestre salió del cuartel general. Polvo de piedra caliza se asentó en la sotana de La Valette. Oliver. El alarido de los jenízaros rasgó el cielo. Los hombres de Robles dispararon. con Polastron a su lado. El maestre Robles recorría la muralla de Senglea. dando a la prenda una apariencia pétrea. Ansiosos civiles y soldados corrían por la plaza de Birgu. Malta tiritaba como un hombre afiebrado. se intensificó después del alba. despareja y reconstruida precipitadamente.

Mientras el aire se despejaba. La Valette observó la lucha con ojos chispeantes. ¿Cuánta pólvora usó Piali? Los turcos bramaban maldiciones contra los cristianos que se recobraban. Pasmados por el holocausto que había devorado media Lengua castellana. De pronto la tierra tembló y la muralla terrestre de Birgu desapareció en una bola de fuego. ¿No podemos enviar algunos hombres a San Miguel? —No. los hombres de Mustafá llegaron a las derruidas murallas de Senglea y se enzarzaron con la diezmada guarnición.. La Valette notó un cambio radical en el perfil de la muralla. Le arrebató la lanza a un soldado que se retiraba. Se volvió hacia Starkey—. El ruido de la mampostería desmoronada llegó a oídos del gran maestre. Los mosquetazos callaron mientras se iniciaba el combate cuerpo a cuerpo. El pánico se adueñó de la plaza. un amplio semicírculo. pensó. —¿Por qué Piali no ataca Birgu? —preguntó Starkey—. —¡Ven. —comenzó La Valette. Debemos replegarnos hacia San Ángel. se inclinó ante La Valette. —¡Han detonado sus minas! —gritó. ¡Trae hombres de San Ángel! La Valette desapareció en su cuartel general y salió con un yelmo liviano. parecía un gigantesco mordisco. La retirada se tornó caótica y amenazó con degenerar en desbandada. Desalentados caballeros reconocieron a su comandante y lo siguieron. El ruido de sus pies evocaba una estampida. Una brecha enorme había aparecido junto a la puerta.—¡Fuego! Absorbiendo una segunda andanada.. y se dirigió hacia la muralla amenazada. muchacho! —gruñó. Apenas sentía los pies sobre el suelo. Un capellán. —¡Haz lo que te digo! —rezongó La Valette. no! —objetó Starkey. El gran maestre se horrorizó cuando el primer estandarte turco cruzó la fosa y entró en Birgu. —¡Maestre. . El nuevo boquete. —Regresa a tu puesto —dijo La Valette. Los hombres de Piali salieron de sus trincheras y atravesaron la planicie. La Valette sintió que le hervía la sangre mien tras miraba los ojos de sus enemigos de toda la vida. Se topó con un cráter gigantesco. Tenía la sotana manchada de sangre. La Valette sintió que recobraba la vitalidad mientras atravesaba Birgu. —¡Todo está perdido! —exclamó—. los exhaustos defensores comenzaron a retroceder. el hermano Guillaume. Los escombros volaron al cielo mientras el polvo rodaba al sur sobre la planicie y al norte a través de la ciudad. Hace tiempo que no corro. y afrontando miles de efectivos frescos.

Los cristianos tomaron la iniciativa. Los caballeros se congregaron alrededor del gran maestre y abrieron tajos hasta que el pozo se llen ó de sangre turca. señalando la brecha. La Valette vio caer el estandarte de la media luna antes de partir para vendarse las heridas. —¡Para vos. —Adornarán la iglesia conventual —dijo. Un grupo de caballeros ensangrentados lo alcanzó frente al cuartel general y se inclinó con el mayor respeto. al servicio de Dios? El caballero cerró su visera. y le entregaron banderas turcas capturadas. maestre! —urgió—. La Valette sonrió fugazmente. La Valette arrancó la lanza de la herida y rompió la gruesa asta sobe la cabeza de otro turco. los turcos empezaron a ceder terreno. La Valette desvió un torpe sablazo y lanceó al hombre en la garganta. hermanos servidores y lugareños se lanzaron sobre los atascados turcos con gritos furiosos. salvo entre mis amigos y hermanos. Uno vio la sangre del gran maestre y palideció. . El pequeño grupo de hospitalarios frenó el avance otomano con su deslumbrante y mortífera destreza con la espada. La Valette iba a atacar de nuevo cuando una granada cayó en las cercanías y estalló con una explosión roja. Llegó ayuda de todas partes. hermanos míos! —bramó—. y la punta asomó por la nuca. pueblo de la cristiana Malta! Un turco lo enfrentó en el borde del cráter. debéis retiraros! ¡Será un día amargo si expulsamos al enemigo pero os perdemos a vos! —¿Qué muerte más gloriosa puede esperar un hombre de mi edad — respondió La Valette—. Los turcos fueron expulsados de Birgu con cuantiosas bajas. —¡Maestre. —¡Venid! —llamó a sus camaradas que se acercaban. Los turcos fueron segados como arbustos. gran maestre! —dijeron. ¡A mí. —¡El gran maestre! ¡El gran maestre corre peligro! —exclamaron los horrorizados caballeros. que cayó de espaldas en el cráter con ojos vidriosos.—¡A mí. ¡Retiraos a un lugar seguro! ¡El enemigo retrocede! —No me retiraré mientras la enseña turca ondee sobre Birgu —dijo el viejo guerrero. Caballeros y soldados. —¡Retiraos. Se pasó este mensaje y los caballeros se lanzaron tenazmente a la refriega. Más caballeros pasaron junto a La Valette. Bramó de rabia mientras las esquirlas le abrían la pierna desprotegida de la cadera a la rodilla. Un caballero español cogió el hombro de La Valette.

sin reparar en sus bajas. Los turcos embestían sin cesar. y los cristianos apenas podían alzar las espadas o disparar sus armas de fuego. pero no había reemplazo para los cañones que se rajaban o estallaban. Los heridos gruñían entre los escombros mientras la batalla se disputaba sobre ellos. La fetidez de la muerte era tan generalizada que casi podía pasarse por alto. mientras que los gritos de los hombres quemados sofocaban incluso el estruendo de la artillería. llevaban más desde las catacumbas. .18 19 de agosto Una noche insomne y sangrienta había desembocado en una mañana trágica y una tarde peor. Cuando escaseaban las municiones. El fuego griego y las llamas de los saquillos incendiarios se combinaban con el sol estival para torturar los ojos.

Henri se agazapó dentro del cráter. El escudo tenía un puente levadizo. —Lo sé. Henri cogió y soltó el cuerno de pólvora y arrojó el arma con frustración. cientos de esclavos empujaban la negra estructura hacia Birgu. temía que el fin se aproximaba. Los desesperados artilleros españoles disparaban desde el parapeto. debido a sus tremendas heridas. Azuzados por compañías de tiradores. sabía tan bien que Henri lloró. Y Senglea no puede ayudarnos. Se sentó y se puso a recargar el mosquete. pero los proyectiles desaparecían en las cortinas de cuero sin causar daño. Polastron se le acercó a rastras. pensé que habías muerto. Aun a lo lejos. —¡Por Dios! ¡Debes hacerte vendar esa herida! —Polastron estudió un tajo en el peto de Henri. El arma patinó hasta detenerse cerca de los cadáveres que yacían a sus pies. Aun esa sencilla actividad requería un inmenso esfuerzo de voluntad. No le alegraba la retirada turca. Polastron señaló las bombas incendiarias. Abrió la visera con un guantelete ensangrentado y miró la delgada fila de maltrechos caballeros. La torre crujía y rechinaba sobre el suelo mientras los jenízaros se agolpaban en las trincheras. —Buena idea. esa fortaleza rodante era impresionante. Los turcos seguían atacando y las bajas cristianas aumentaban. Palideció al comprender cuan grave era la lesión. y estaba revestido con cuero húmedo para combatir el fuego. —Somos demasiado pocos para detenerla —le dijo a Polastron—. Castilla quedaría amenazada desde arriba y desde abajo.El gran maestre caminaba cojeando entre sus tropas. mucho más alta que las murallas que le quedaban a Castilla. estamos todos muertos. —Todavía no. pensó. Dios mío. pidiéndoles esfuerzos sobrehumanos. Si me voy de la muralla. Sólo recordaba sufrimiento y dolor. —Henri —dijo—. llevando un puñado de granadas de fuego griego. y aunque se enorgullecía de la fortaleza de sus hombres. —No creo que lo haga —murmuró Henri—. Henri observó el desplazamiento de la torre. Henri La Valette yacía exhausto en la brecha semejante a un cráter mientras el último asalto de Piali se extinguía. La torre avanzaba. Henri había luchado tanto tiempo que apenas recordaba otra cosa. Fue evidente por qué los turcos se habían retirado cuando Mustafá ordenó el avance de su torre de asedio. buscando a Polastron. El mes pasado parecía tan distante como la infancia. no tendré el coraje para regresar. preparados para subir las escaleras y bajar el puente levadizo hacia la muralla en concierto con el ataque de Piali. La torre rodaba tronando hacia Birgu con asombrosa velocidad. Un tambaleante hermano servidor se le acercó y mojó la boca del caballero con pan empapado en vino. .

La granada rodó hacia el foso y estalló. Caballeros y soldados lo siguieron para respaldarlo. desenvainaron cimitarras. rezó Henri. espada y granada en mano. Él alzó la espada. Dispararon mosquetes. En el parapeto y las brechas cundía un ánimo de aplastante abatimiento. —¿Sí? Henri desenvainó la espada y sonrió débilmente. aplastando a un musulmán. Sables curvos relucían al sol. muchos de ellos europeos. La torre se aproximó a cincuenta pasos del foso. Unas piedras interrumpieron su avance y los castellanos soltaron una ovación retardada. —No va a gustarte —dijo. Los eufóricos turcos bajaron al foso para rescatar lo que pudieran de su costosa armadura. Los disparos acribillaron su armadura desde el gorjal hasta la espinillera y cayó como si sus huesos se hubieran licuado. Polastron llegó al foso y saltó dentro. —Tengo una idea. . Los arcabuceros cristianos pusieron manos a la obra cuando la torre estuvo a su alcance. Avanzó dificultosamente por el terreno resquebrajado hacia el foso.Henri observó la torre en silencio. Desviaron la torre para sortear las piedras y la pusieron de nuevo en su rumbo. luego otras dos. Los cristianos se prepararon para lo que quizá fuera la última batalla por la muralla terrestre. Henri temblaba dentro de la armadura. y sus capataces los remataban al instante. La refriega se intensificó a medida que más cristianos brincaban al foso. No abandonarían las defensas que habían bañado con su sangre. Una bala de arcabuz le dio en el pecho. Pero el problema se resolvió pronto. gritaban al ser derribados por los disparos. La torre parecía estirarse hacia el sol encima de él. Se volvió hacia Polastron. —¡La Valette! —gritó. masacró a los turcos que intentaban llevarse a su amigo. Los turcos se olvidaron de la torre y se prepararon para repeler el ataque. —¿Qué debemos hacer? —exclamó Polastron por encima de los estampidos. —¿Qué? —gruñó Polastron. Sollozando. —¡El gran maestre! Polastron se giró y Henri salió del cráter a trompicones. —¡Henri! —gimió Polastron. y salió del cráter. un David radiante contra un Goliat imponente. desafiante. Le brotaba sangre de la boca cuando se desplomó de espaldas. Los esclavos de Piali. Los hombres maldecían sus padecimientos y sus vanos esfuerzos. Olvidó sus heridas a medida que crecía su temor. —¡La Valette! —Retrocedió para arrojar la granada. la voz vibrante de dolor. pero nadie hablaba de retirarse. —¡No! —gritó Polastron. Saltó al foso y encendió la granada. Dios se apiade de mi alma. El impacto de los disparos turcos levantaba polvo a los pies de Henri. Henri miró por encima del hombro de Polastron con ojos desorbitados.

—Un buen caballero —convino un comendador. pero sus ojos hablaban por él. La muerte de Polastron me conmueve tanto como la de mi sobrino. sino que redoblaron sus esfuerzos y expulsaron a los turcos del foso. El gran maestre los miró con una expresión de cólera herida. Calló. —¿Jean? —dijo Starkey. se han ido antes que el resto de nosotros. El rostro de La Valette era casi tan cadavérico como el de Henri. —Todos mis caballeros me son igualmente caros —dijo inexpresivamente—. La Valette y Polastron fueron llevados de vuelta a Birgu. El gran maestre se levantó del asiento y se aproximó a su sobrino muerto. debemos sepultarnos bajo estas ruinas. —Si no llegan refuerzos de Sicilia. Esa noche un escuadrón de caballeros provenzales llevó el cuerpo de Henri al cuartel general del gran maestre. Los cristianos no se desalentaron. Pasaron unos instantes. —¿Maestre? La Valette no dijo nada. Como no pudo sacar la espada. desenvainó la daga y atacó a los mosqueteros que apuntaban desde arriba. todos debemos morir —dijo lentamente—. Todos son mis hijos. pero sólo por unos días de diferencia. Hasta el último hombre. Rostros sombríos brillaban a la luz de las antorchas. —Sin duda está sentado a la mesa del Señor —dijo Starkey. Acarició el cabello de Henri. Starkey sostuvo la puerta mientras entraban y suavemente depositaban la litera de Henri sobre una mesa. Starkey le apoyó la mano en el hombro.Polastron hundió la espada en el estómago de un turco y arrojó de espaldas a ese hombre de ojos desorbitados. . Un disparo en la cabeza lo tumbó junto a Henri. y no podemos salvar Malta. Nunca habían sido tan vulnerables.

El bajá pensó en sus jenízaros y deseó desesperadamente que Solimán enviara más. En su exasperación. aunque Senglea parecía al borde del colapso. Superamos a las fuerzas de La Valette por diez a uno y este necio está descorazonado. Los hospitalarios habían matado a tantos turcos que los oficiales de Mustafá declaraban que les costaba inducir a los soldados a atacar. Mustafá no se sorprendía de las aprensiones de la tropa. Sin duda estos hospitalarios están al límite de su resistencia. —Déjanos —le dijo Mustafá al esclavo. Sacudió la cabeza. Piali entró. Sangre seca le cubría la frente y su rostro con cicatrices estaba huraño de resentimiento. y se volvió hacia el almirante. Mustafá se sentía muy deprimido y gruñía ante la perspectiva de comunicarle un fracaso a Solimán. Un esclavo entró y se inclinó. así lo haré. pensó. pero en el fondo no podía culpar a Piali. Desechó la idea de diezmar sus ya magras compañías por cobardía. un poco sorprendido de conservar el apetito. Estoy perdiendo el juicio. Se recostó y miró el techo de la tienda. ¡No. —Comandante —saludó. Pensó en la posibilidad de que don García aún pudiera intervenir y estuvo a punto de vomitar la cena. Mustafá no podía enfadarse del todo con sus soldados. Esos caballeros no recibirán ayuda. Bienvenido a la guerra de asedio. La animadversión de Piali era evidente. El abatimiento de Mustafá se intensificó. La tenaz resistencia de los caballeros estaba envenenando la moral turca. ¿Cómo podría volcar su obstinación en mi ventaja? No hallaba una solución. . así como su furia. pensó. había temido un motín desde la destrucción del campamento. Se imaginó la ira del sultán y se vio a sí mismo sin cabeza.19 Mustafá saboreaba los restos de una cena fría. Aunque sus soldados habían vuelto a atacar Senglea. pensó. por Alá! Si debo invernar en esta roca para vencer. Habían llegado a Malta y perecido por millares y lo único que habían conseguido era el ruinoso San Telmo. De todos modos. Su ceño fruncido y las arrugas que le aureolaban los ojos despojaban su semblante de los últimos vestigios de juventud. —El almirante Piali —anunció el esclavo. los habían rechazado con pérdidas desastrosas entre los iayalares y los ingenieros. Una nueva infusión daría nuevo fervor e incentivo a los soldados regulares. Mustafá notó que Piali tenía canas en las sienes y la barba. La campaña no se había entorpecido por culpa de la tropa. casi sin inclinarse. sino de un alto mando dividido. aunque los jenízaros tuvieran que matar a algunos. El abatido bajá lo miró sombríamente.

que tenía cierto talento para limar asperezas. envidiaba el estilo de Dragut. y ellos también sienten la mordedura de la disentería —dijo. —Mustafá no pudo sonar sincero—. Mustafá asintió sabiamente. bajá. ¿Por qué no has capturado Birgu? La expresión de Piali rayaba en la insolencia. pero obedeció. —¿Cuándo puedes tomar Birgu. aunque ansiaba patearlo. Mustafá supo que Dragut no habría dicho esas palabras. De todos modos. Birgu será nuestra. esos necios lamentarán esa decisión. Se felicitó por haberlo tratado con blandura. —¿Cuánto más debemos aguantar? —No mucho. —Veo que aún no has cumplido tu misión. Piali lo miró con incredulidad. tratando de ser amable. Su voz se volvió más incisiva—. En su semblante. Nuestra conducta debe servir como modelo para el ejército. la hostilidad dio paso a la reflexión. ¿Cómo emular al corsario? Aun mientras hablaba. El almirante no se enjugó las lagrimas. Ahora debía abordar un tema delicado. Respuesta previsible. —Superamos en número a los cristianos. El bajá decidió concederle la próxima palabra. En todo caso. pensó Mustafá. tengo planes para una máquina infernal que nos entregará Senglea.Mientras el silencio se prolongaba. —La torre todavía está intacta —dijo—. Piali rompió a llorar entrecortadamente y sólo entonces Mustafá comprendió que el almirante estaba al borde del colapso. —Si logramos apoyar la torre contra el muro —dijo—. —Sí. . Mustafá asintió. —Siéntate —le dijo. recordándose que el almirante era pariente de Solimán. —¿El bajá desea encabezar el próximo asalto? —preguntó. Luego ambos podremos concentrarnos en recompensar a La Valette. Aunque debamos invernar aquí. Piali se mordió el labio. Birgu es nuestra. Piali? El aliento del almirante se aceleró. Piali fue cogido por sorpresa. Mustafá recordó a Dragut. Usaremos las máquinas concertadamente. nada se ganaba con confrontaciones innecesarias. —Bien. —Mis unidades padecen enfermedades. complacido. —El tono de Piali era genuinamente lastimero—. Han dejado de disparar contra ella. Una velada esperanza asomó en los ojos de Piali. Piali ya era el doble del oficial que había sido al entrar en la tienda. Mustafá se tragó su furia. No puedo librar la guerra con hombres enfermos. —¿El bajá desea intentarlo personalmente? —insistió.

se transformó en la encarnación de la tenacidad. pero yo zarparé hacia el Cuerno de Oro en cuanto el tiempo sea favorable! Mustafá se puso morado. La Valette trazó un cuadrado a lo largo de la base con una lanza. Desde la muerte de Henri. pensó Starkey. y con tantas bajas en toda la orden. pero Starkey disentía: la muerte era la mayor enemiga de La Valette. y se negaba a ceder un solo palmo al enemigo. Aunque La Valette había sacado del hospital a todos los hombres que pudieran tenerse en pie. Starkey se enderezó cuando La Valette se aproximó. no! —rugió Piali—. —¡Soy almirante de la flota! ¡Yo decido lo que es mejor para las galeras de su majestad! Mustafá apretó una copa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. su método había sido fructífero: los turcos habían sido rechazados en todos los puntos. Ya consagrado a la victoria. Jesús y Abraham! Mustafá conservó la calma. Hasta ahora. si es necesario —respondió Mustafá—. Piali elevó la voz. Algunos hospitalarios murmuraban que La Valette cortejaba la muerte. hazlo. esta nueva resolución lo ponía constantemente a la sombra de las armas turcas. el ánimo no se había resentido. —¿Debo recordarte quién está al mando? —¡Y yo te recuerdo quién comanda las galeras! ¡Si quieres mantener tus soldados aquí. ¡Lárgate. Oliver? ¡Póntelo! Starkey obedeció. el caballero más cumplido disponible era él. Lamentablemente. No debería estar tan cerca del combate. —Nos quedaremos hasta que la isla esté tomada. —¡Fuera! —gritó—. Sir Oliver vio que La Valette y una delegación de picapedreros se acercaba a la muralla de Castilla y se preguntó qué nueva sorpresa reservaba el gran maestre a los turcos.—¿Qué? —He decidido invernar en Malta. El gran maestre sólo deseaba apostar a los hombres más aptos en la mayor cantidad de posiciones posibles. No podemos marcharnos sin una victoria. —¡Lo mejor para las naves de Solimán es una Malta esclavizada! —¡No. La Valette miró a los obreros malteses. necio! Mustafá llamó a gritos a sus esclavos mientras Piali se marchaba apresuradamente de la tienda. —¡Claro que podemos. ¡No lo aceptaré! ¡Los vientos de invierno destrozarán mi armada! Mustafá lo miró con el ceño fruncido. el gran maestre había abordado sus tareas con una determinación inconcebible para la mayoría de los hombres. —¿Qué están haciendo vuestros operarios? —preguntó. por Mahoma. —¿Dónde está tu yelmo. .

y la mayoría eran precarias. bombas incendiarias y armas de todo tipo) hasta las murallas mismas.—Obraré el milagro de Henri. proyectiles. pues no se podía dedicar un solo trabajador a repararlas. las menguantes guarniciones no habrían podido asistir a los heridos y preparar comidas. Más aún. Aun con esa ayuda. las mujeres llevaban los pertrechos (pólvora. 20 Durante esas semanas de agosto las mujeres maltesas demostraron que eran invalorables. Birgu y Senglea empezaban a evocar los últimos días de San Telmo. Pocas casas quedaban en pie. Muchas fueron abatidas por el fuego turco. De no haber sido por ellas. Peor que las casas incendiadas eran los cadáveres hinchados que llenaban las calles. La mortandad era tan grande que ya no apartaban los .

—Cuanta más. Argollas de hierro ceñían un casco de madera que contenía pólvora. Había tramos de muralla desmoronados y sólo una pila de escombros protegía a la guarnición. La mayor victoria era regresar a casa. —Quizá abra un agujero en el mundo. —Mustafá ensanchó los ojos con deleite—. esquirlas y perdigones. El bajá pidió a sus tropas que siguieran bregando hasta que la voluntad de Alá se manifestara en una explosión gigantesca. —Por Alá —exclamó Mustafá—. firmando un documento. que tenía la altura de un hombre y veinte pies de longitud. Invitó al adusto jenízaro a sentarse—. Caminó cojeando entre los caballeros y soldados que dormían a lo largo del parapeto. Confío en que tus hombres estén listos. —Me gustaría dedicarle un día más. Me temo que he puesto demasiada pólvora. los pájaros y los insectos se alimentaban de la carne putrefacta mientras la lucha arreciaba a lo largo de las murallas. inclinándose solemnemente. Gravette llegó a San Miguel antes del alba y quedó pasmado por el deterioro de las defensas. Las ratas. señor bajá —dijo un ingeniero—. . es magnífica. Él alzó una antorcha para examinar la «máquina infernal» concluida. Mustafá había hecho correr el rumor de que sus ingenieros habían terminado una «máquina infernal» que conquistaría Senglea y llevaría la campaña a una rápida conclusión. —Siempre están listos para matar infieles —dijo fríamente el jenízaro. La torre les entregará la muralla de Castilla. Ojalá las manos no me temblaran tanto. pero el gran maestre no se inmutó. ¿Aplanará la cuesta y la muralla? El ingeniero asintió. —Agá —dijo. Gravette se detuvo para apoyarse en un barril. Los nostálgicos soldados turcos rezaban por una pronta resolución y hablaban de sus esperanzas de irse de Malta para siempre. En cualquier momento la peste azotaría la isla. y pasó una mano por el artilugio con forma de tonel. Los pensamientos de venganza y saqueo habían perdido su atractivo durante el interminable asedio.cuerpos para sepultarlos. —Bajá —dijeron. Los rumores sobre la «máquina infernal» de Mustafá llegaron a oídos de La Valette. Para colmo. Tan pocos. pensó. y reflexionó sobre la ironía de haber sobrevivido a sus atroces heridas sólo para regresar a una muerte segura. Piali alzó los ojos del escritorio. —No sólo el bajá tiene secretos —comentó. Mustafá se aproximó a los ingenieros. —Tendrán su oportunidad por la mañana. mejor. los informes sobre una nueva arma maravillosa habían reforzado la debilitada moral. los turcos daban indicios de renovado entusiasmo.

¿Cómo habéis resistido con tan pocos? Robles sacudió la cabeza. Tras estudiar el avance de la torre. La Valette reparó en las compañías de jenízaros que se agolpaban detrás de la estructura. —No más que tú. —Pamplinas. Ya estoy bien. la fiebre no te llevó. Cañones y arcabuces eructaban destrucción desde Birgu mientras los caballeros vestidos de hierro defendían el borde del cráter contra los turcos que cruzaban el foso. La torre llegó al foso seco y los jenízaros se dispusieron a bajar el puente levadizo. se volvió. Los albañiles malteses se apiñaron detrás de él y lo siguieron a la muralla. La Valette activó su trampa. Gravette hizo una mueca. —Deberías estar en el hospital —dijo. que llegaría fácilmente a la muralla. . Subió al parapeto que había encima de la puerta. Las líneas de batalla se estabilizaron a lo largo de las murallas y Birgu y Senglea volvieron a arder mientras las bombas incendiarias devoraban a víctimas gemebundas. La máquina de asedio. El bombardeo cesó mientras los turcos se preparaban para el ataque. rodó hacia la muralla. su cercanía alentaba a los hombres. gran maestre. —Necesito sentarme. —Sudando. Los jenízaros soltaron alaridos. Trata de dormir. Una bala de mosquete rozó la oreja de La Valette. —Volverán a traer la torre. que Piali había alejado sólo un corto trecho tras el fracaso del primer intento. Gravette miró a los hombres que descansaban—. La Valette se paseaba entre los castellanos. Gracias a Dios. se dirigió a la escalera y bajó al suelo. Robles lo ayudó a sentarse en el suelo. Robles le estrechó la mano. herramientas en mano. Un caballero saludó y señaló la planicie en disputa. Los fatigados cristianos afrontaron la embestida con espadas. —Los esclavos que se reunían alrededor del artilugio rectangular levantaban una gran polvareda. pero él no le prestó atención. —No lo sé. —Maestre —saludó Gravette—. Me asombra que estés con vida. Los jenízaros se agolparon dentro de la torre para guarecerse de los disparos. Un oficial dio la orden y afiladas cimitarras comenzaron a cortar la soga del puente. proyectiles y fuego griego. parece que sois invulnerable.Al oír una voz conocida. —Excelente —dijo. Era Robles. Miles de soldados descendieron desde Corradino y las trincheras que estaban frente a Birgu. Algunos de esos soldados selectos estaban tan ansiosos de enzarzarse con el enemigo que ayudaron a empujar la torre.

Era una pieza de ochenta libras.Una angosta abertura apareció al pie de la muralla. —Sé que Henri estaba mirando. Observó la retirada mientras los caballeros se reunían para felicitarlo. El cañón descargado fue retirado y reemplazado por otra pieza. y apuntaba a la parte inferior de la torre. —¡Fuego! Otro soporte cedió y toda la estructura se tambaleó. a menudo usadas para desarbolar los buques. La Valette ordenó a los malteses que reparasen la muralla y regresó al parapeto. aplastando a muchos jenízaros. El alarido de los jenízaros se tornó menos heroico. —¡Fuego! —gritó La Valette. gran maestre —dijo uno. Otro cañón reemplazó al segundo. y un cañón asomó por la pequeña brecha antes de que los jenízaros pudieran reaccionar. Los jenízaros empezaron a saltar al suelo. mientras los capataces azotaban a las cuadrillas. La torre rechinó y se ladeó como un hombre herido. Un soporte estalló en una lluvia de astillas. La bala con cadenas mordió la estructura y una columna de esclavos. Otros disparos certeros completaron la tarea. La torre se desmoronó con estrépito. Muchos fueron abatidos mientras corrían por la planicie. Reinaba el caos mientras los jenízaros saltaban de la torre tambaleante. La Valette asintió. El cañón retrocedió y una bala con cadenas. —¡Retirada! ¡Retirada! —gritaban los capataces. desgarró la alta estructura. —¡Fuego! —ordenó La Valette. los esclavos gritaron cuando trozos de madera les laceraron el cuerpo desnudo. . Los turcos fueron acribillados con metralla mientras corrían a refugiarse en las lejanas trincheras.

Turcos y cristianos se lanzaban a la refriega con algo parecido a la tenaz determinación que los campeones de boxeo sienten hacia el final de un combate. permanecía firme alrededor del intrépido oficial. Era como si le hubieran reemplazado el ojo por una piedra candente del triple de tamaño. la «máquina infernal» daría su merecido a los infieles. pero sus viejas heridas se reabrieron y el dolor palpitante de su cuenca ocular vacía era inaguantable. lanceando a los .21 Mustafá atacó Senglea mientras la torre de asedio rodaba hacia Birgu. La línea de batalla se estabilizó bajo la muralla de donde llegaba el ruido húmedo del acero en la carne. Los cristianos estaban igualmente ávidos de luchar para alcanzar la paz de la victoria. pero los hombres de Mustafá lo pagaron y llegaron a las aspilleras. prometían. Todos presentían que se aproximaba un momento decisivo. Malta volvió a teñirse de rojo. todos heridos. olía la suerte en el aire y estaba impaciente por aprovechar el momento. El caballero Gravette liquidó a tres turcos. Las tropas turcas. La tierra sedienta bebió sangre hasta que las rocas que rodeaban Senglea relucieron al sol. Miles de soldados enjutos corrieron por la cuesta de escombros que había reemplazado a las fuertes murallas de Senglea. atacaron Senglea con un entusiasmo que recordaba los primeros asaltos contra San Telmo. Ambos bandos desenvainaron las espadas. Hombres santos con sandalias miraban desde el Corradino. Los españoles. y más ansiosas de irse de Malta. un destacamento de piqueros españoles. La nueva tropa de Gravette. Hoy. Caballeros de armadura mellada se alineaban en las defensas ruinosas como tocones que se negaran a rendirse ante el arado. A pesar de su riña con Piali. Los disparos cobraron su precio. Los cañones y arcabuces de Senglea hablaban con voz estentórea bajo el harapiento estandarte de San Juan. El joven provenzal apretaba los dientes con cada mandoble que asestaba. asestaban sus golpes con habilidad de veteranos. que ondeaba invicto sobre el fuerte San Miguel. Los fatigados derviches proclamaban que hoy Alá daría la victoria a los creyentes. tan hartas de la guerra como Mustafá.

Los españoles lancearon y apuñalaron hasta que el parapeto quedó pegajoso de sangre. Gravette sacudió la cabeza.enemigos que se encaramaban a la derruida muralla. Gravette se apostó entre dos alas de piqueros para que ningún enemigo se le acercara por su lado ciego. que continuaba a ambos lados de su posición—. En ocasiones un disparo abatía a uno de los piqueros. Sólo entonces Gravette reparó en la mecha humeante que sobresalía del barril. con un balazo en la frente. —¡Expulsadlos! —gritó. Gravette pensó en hormigas amontonándose sobre un melón partido. Cuando un turco encontraba una brecha en la línea o se agachaba bajo las picas. pero estaba atascada en el turco. —¿Qué es esa cosa. cortando a un hombre entre el hombro y el cuello y rebanando una parte del cráneo del otro. Los turcos llegaron a la muralla y la desbordaron como el agua de un dique. Al principio parecía que la muralla estaba creciendo. —Miró a sus hombres jadeantes. Gravette vio una docena de caras turcas. . Se inclinó hacia delante y miró cuesta abajo. Cayó otro español. Gravette saltó hacia delante y asestó dos potentes estocadas. cuan rápido uno llega a amar a su tropa —. —¡Tiene el tamaño de una galera! —exclamó un piquero. —No sé. Entonces los cristianos vieron un extraño espectáculo. Los españoles tuvieron que ceder terreno cuando los cadáveres empezaron a entorpecer el movimiento. Gravette abrió la visera para ver mejor. mi señor? —preguntó uno. Sé que sabréis qué hacer —gritó por encima de la algarabía de la batalla. El caballero trató de recobrar la pica. Partió el asta en dos. pero no es nada bueno. pero otros dos musulmanes cogieron el arma. Gravette ordenó a sus hombres que cerraran filas y ellos obedecieron con practicada precisión. El asalto empezó a perder ímpetu. Los piqueros de Gravette abatieron a tantos que se preguntó si Mustafá había abandonado el resto del perímetro por este punto. Gravette apartó los cadáveres de la muralla y regresó a la formación. Los turcos muertos se apilaban sobre sus compatriotas. Un turco se asomó sobre la muralla y Gravette le aplastó la frente con el escudo. Los españoles parecían preocupados. —¡Bien hecho! —exclamó Gravette. Dudaba que pudiera continuar. no había reemplazos. y luego se quitó el yelmo. ¿Y qué es eso que empujan? Avistó lo que parecía ser un colosal barril de pólvora. El terror le quitó el aliento. Gravette lo mataba con la espada. Sintió desesperación. Debe de tener treinta pies de largo. una venda le cubría la cuenca ocular vacía. Los turcos se aproximaban en tal cantidad que oscurecían el suelo. Luchad como hombres que tienen su lugar asegurado en el cielo. Un piquero lanceó a un turco en la garganta. pero Gravette pronto comprendió lo que sucedía: los turcos empujaban el barril colosal hacia San Miguel. pensando: Qué extraño.

porque la explosión lo tumbó. La bomba se desplazó sobre los turcos muertos con un crujido. no! —exclamó el bajá. El bajá se inclinó hacia La Meca mientras la «máquina infernal» entraba en San Miguel. el barril se erguía sobre él como una visión maligna. al tacto parecía una quilla. Se dio por muerto. Gravette sintió un nudo en la garganta. Soltó un chillido. Gravette tropezó con un cuerpo y se dio un porrazo en la herida. —¡Por encima de la muralla! —exclamó Gravette. Esa mecha apenas arde. cubriéndose la cara y las orejas para protegerse de la explosión.—¡Es una bomba! —rugió—. Mustafá no vio nada más. Momentos después gritó cuando la anunciada arma secreta saltaba sobre la muralla y rodaba hacia sus hombres. El barril humeante persiguió a los cristianos un buen trecho hasta detenerse contra una cureña estropeada. Pero entonces notó algo extraordinario. pero . Gravette se puso de pie. Pero sus nombres no podían mover el barril. El barril llegó al centro de la vanguardia turca y estalló con el resplandor de un sol furibundo. pero el barril seguía moviéndose. La Valette y su guardia pestañearon. —¡Empujad! —gritó. No tuvo que decirlo dos veces. —¡Mirad aquí! ¡Esa mecha es demasiado lenta! Los españoles echaron un vistazo. La Valette presenció todo el episodio. ¡Atrás. —¡Llamad a los demás! Su compañía se reagrupó rápidamente. con crujidos de madera. atrás! Sus hombres se retiraron mientras los turcos daban un empellón final a la «máquina infernal». y casi se desmayó del dolor. —¡Alá. Caballeros y soldados maldecían mientras patinaban sobre sangre y entrañas. La «máquina infernal» chocó contra una roca. Gravette ordenó a sus hombres que corrieran. La bomba se atascó en una piedra cuando la mecha llegaba al final. los cristianos pasaron la «máquina infernal» por encima del borde. La bomba cayó a la cuesta y rodó chirriando colina abajo. que estaban tendidos en el fondo del precipicio. lanzándola sobre sus camaradas muertos. rebotó y estalló entre los desprevenidos turcos. Mustafá observaba el desarrollo de la batalla con una creciente sonrisa y lanzó una carcajada cuando sus soldados empujaron el barril de pólvora hacia Senglea. pensó mientras sus piqueros empezaban a arrastrarlo. Los cuernos turcos tocaron retreta y los soldados de Mustafá de buena gana dejaron que la bomba hiciera su faena. y se acostó de espaldas. Llamó a Robles y acudieron más hombres en su ayuda. —¡Por encima! Con un último y desesperado esfuerzo. Gravette se acercó a la «máquina infernal». —¡Empujad! —repitió Gravette.

No obstante.abrieron los ojos a tiempo para ver a docenas de turcos volando por los aires. El gran maestre sacudió la cabeza. permitía que los caballeros mayores dieran su opinión. Afortunadamente. Aunque creía en empuñar las riendas con firmeza. Los cuerpos destrozados formaban anillos concéntricos alrededor de un cráter de poca profundidad. el fuego turco perdía fuerza día a día. Hoy la dieron. Corría el rumor de que habían desmantelado algunas baterías de Mustafá. Los caballeros ya no lo notaban. La Valette escuchó pacientemente mientras sus asesores le daban consejos que no deseaba. Las esquirlas. demasiado pasmado para celebrarlo. . 22 23 de agosto El gran consejo inició sus sesiones y los muros de piedra del castillo no conseguían atenuar el rugido de la artillería. La Valette entornó los ojos para escrutar la humareda. sin embargo. la cámara conciliar estaba cubierta de polvo. El suelo estaba negro. La explosión era tan potente que algunas víctimas fueron arrojadas al Corradino y una voló hasta el Gran Puerto. piedras y astillas levantaron polvo en la planicie y salpicaron la bahía.

Casi por unanimidad, los caballeros gran cruz y los pilieres proponían abandonar
Birgu. Alegaban que las murallas estaban en ruinas y los daños causados por la gran mina eran irreparables. Además, habían perdido demasiadas tropas para proteger el perímetro. En las cercanías de la muralla, ambos bandos habían abierto tantos túneles que era peligroso pisar el terreno. La conclusión del consejo era que debían abandonar Birgu y desplazar la guarnición a San Ángel. Era la única manera de sobrevivir al siguiente gran ataque.

La Valette se volvió hacia sir Oliver, que había permanecido en silencio. El inglés eludió su mirada. La Valette guardó silencio tanto tiempo que el consejo empezó a creer que escucharía sus sugerencias. No fue así. —Respeto vuestros consejos, hermanos míos —dijo—, pero no los seguiré. He aquí mis razones. Si abandonamos Birgu, perdemos Senglea; su guarnición no puede resistir a solas. Además, San Ángel es demasiado pequeño para albergar a la pobla ción y a nuestros hombres, y no tengo la menor
intención de dejar a los malteses, sus esposas e hijos a merced de un enemigo despiadado. Su voz cobró vigor mientras enumeraba otras razones para defender Birgu. El agua escasearía. Tras la caída de Senglea, Mustafá podría concentrar su artillería en San Ángel. Por lo demás, ¿por qué dar a los turcos una victoria moral después de un revés tan catastrófico? —No, hermanos —dijo La Valette—, aquí debemos resistir. Aquí debemos perecer todos, o finalmente, con la ayuda de Dios, expulsar al enemigo. Los hombres asimilaron sus palabras. Al fin habló el obispo de la orden. —Al menos, gran maestre, debemos trasladar los archivos y reliquias para salvaguardarlos en San Ángel.

La Valette resopló. —¿No habéis escuchado? —preguntó—. ¿Qué pensarán los malteses si ven que sacamos la mano de Juan Bautista de la iglesia conventual? ¡Se darán por perdidos! Y si Malta cae, ¿para qué necesitamos archivos? Todo quedará en su lugar. La Valette cerró la sesión con órdenes estrictas de que los defensores permanecieran en sus puestos. Como nueva muestra de su resolución, ordenó que la mayoría de los efectivos de San Ángel fueran a la muralla terrestre y pidió la destrucción del puente que conectaba Birgu con la fortaleza. Estos actos fueron elocuentes para los malteses. Así tuvieron la certeza absoluta de que la orden no los sacrificaría. Cada soldado decidió luchar y morir en el puesto que defendía. Esa noche, como todas las noches, La Valette rezó en la iglesia conventual de San Lorenzo, de hinojos ante el altar hasta la mañana. Mustafá también celebró un consejo. Piali y Asam, Uluj Alí y Candelisa, además de otros, se reunieron con él en la tienda de mando, más allá del Marsa. Si el consejo de La Valette proyectaba obstinación, el de Mustafá rezumaba un abatimiento desesperado. La depresión trazaba, arrugas en la cara de sus capitanes.

Mustafá buscaba desesperadamente una solución para sus problemas. Necesitaba una victoria para elevar el aplastado espíritu del ejército, pero Senglea y Birgu aún resistían. —Su informe, general de intendencia —le dijo a un robusto oficial.

El general de intendencia respondió con un titubeo. —Señor bajá, me temo que las noticias no son buenas. —No esperaba que lo fueran. El oficial se aclaró la garganta.
—Apenas tenemos harina suficiente para otro mes, mi señor. Aunque zarpáramos hoy, tendríamos que racionarla antes de llegar a Estambul. No sé por qué no han llegado nuestras naves de aprovisionamiento.

Asam y Candelisa intercambiaron miradas. Ellos tenían sus propias naves y África no estaba lejos. Piali dirigió una mirada implorante a Mustafá, que pensó: Conozco su opinión. —¿Y la pólvora? —le preguntó al oficial de intendencia.
—Muy escasa, mi señor. Me dijeron que me preparase para un enfrentamiento breve, y eso hice. Cada día nuestras andanadas son más débiles.

—No podemos reducir más las reservas de la armada —dijo Piali—. Quizá debamos librar una batalla naval. No quisiera irme de Malta para perder las galeras del sultán durante la travesía. Mustafá lo fulminó con la mirada, pero estaba demasiado agotado para sostener la mirada del almirante. Se sumió en sus pensamientos. ¿Dónde podré capturar pólvora y alimentos? La respuesta era obvia. Mdina. La capital debía de estar bien aprovisionada y además brindaría mano de obra esclava en abundancia. Sus exploradores le hablan informado de que la ciudad tenía pocos efectivos y cañones. Además, las murallas de Mdina eran endebles. Los caballeros habían prestado poca atención a la capital, alejada del mar. —¡Mdina, caballeros! —casi gritó Mustafá—. ¡Podernos capturar esa ciudad indefensa en dos días! Los oficiales aprobaron con un gruñido. —Creo que allí no hay ningún hospitalario —dijo uno. —Pronto habrá muchos jenízaros —rió Mustafá. Mdina, desde luego, pensó. ¿Porqué he sido tan ciego? Reflexionó sobre la extrañeza de que la capital de Malta tuviera el mismo nombre que la gran ciudad del Islam. También recordó que Alia
significaba Dios en el idioma maltés .

23

—Sostén esto, Antonio. El maestro zapador, de rodillas, entregó una antorcha susurrante a un maltés . La antorcha apenas iluminaba el túnel polvoriento y cuadrado. Ese pasadizo angosto, caluroso y sofocante, cavado precipitadamente, parecía más una tumba que una zona de trabajo. Las vigas, demasiado pocas para un tramo tan largo, crujían por efecto del bombardeo, pero no disponían de más madera. El maestro zapador, Pedro Núñez de Valencia, apretó la oreja contra la viga terminal. Sus tres asistentes guardaron absoluto silencio mientras él trataba de determinar hacia dónde cavaban los turcos. Oyó ruido de picas. Raspaduras y chasquidos. El polvo le provocó un estornudo que pareció una pequeña explosión; sus hombres apretaron los dientes. —Lo lamento —dijo Núñez. Conocía bien sus temores. También él tenía pesadillas en que era sepultado vivo bajo toneladas de suelo maltés . Se imaginó atrapado en un pasaje desmoronado y tembló. Pero eso es lo que le hago al enemigo, pensó.
Núñez no sabía a cuántos turcos había enterrado; aún no había visto ninguno. Pero a menudo oía sus alaridos ahogados. Los oía en sueños. Escuchó de nuevo. Más raspaduras y chasquidos. —Están muy cerca —susurró Núñez—. Antonio. —Sí, maestro. —Trae la pólvora. La instalaremos aquí.

—Sí, maestro. Núñez oyó que el maltés regresaba a rastras por el túnel. —No nos alcanza el tiempo para cavar encima de ellos —opinó un zapador. —Sí —convino Núñez—. La pondremos aquí y dejaremos que se tropiecen con ella.

Núñez se imaginó lo que sucedería. Encendería una mecha larga, desde debajo de Birgu si era posible, y la explosión resultante derrumbaría el túnel. La tierra convulsa sepultaría a los desdichados turcos, dejándolos como añadido permanente al polvoriento regolito de la isla. Pero no sentía remordimiento. Ellos planeaban hacerle lo mismo a él. La tierra osciló. Los malteses susurraron plegarias en su lengua natal. Núñez tragó saliva con la garganta seca. Los temblores cesaron. —Basilisco —conjeturó Núñez—. Debe de haber hecho impacto justo encima de nosotros. —Por un instante temió que los turcos los hubieran oído y se les hubieran adelantado. La tierra absorbió el sudor que le chorreaba de la frente—. ¿Dónde diablos está Antonio? —rezongó. —¿Voy a buscarle? —ofreció un maltés . —Sí, y deprisa. Núñez oyó que el hombre se alejaba y se imaginó al maltés encorvándose para no golpearse la cabeza contra el techo. Núñez se palpó el surco que tenía en la calva. Había que mantener la cabeza gacha. Volvió a escuchar. Los ingenieros turcos estaban muy cerca. Con gran esfuerzo, se giró. Vio el miedo en la cara del asistente que quedaba y sintió una súbita compasión. —Si el túnel se derrumbara a nuestras espaldas lo sabríamos, ¿verdad, maestro? —preguntó el zapador más joven. —Yo lo sabría, muchacho —dijo Núñez, tratando de parecer confiado. Esperaron una eternidad. La antorcha comenzó a consumirse. Al fin oyeron a hombres que venían detrás de ellos. Núñez suspiró de alivio. —¿Qué os demoró? —preguntó al ver el rostro de Antonio. El cabello del maltés estaba apelmazado de tierra y sudor. —Lo lamento, maestro, pero un soldado se llevó nuestra pólvora. Tuve que ir arriba para buscar más. Núñez masculló que daría parte de ese incidente mientras forcejeaba con el pequeño barril. Lo colocó contra el final de la viga y abrió una abertura en el pequeño casco con la daga. —Démonos prisa, casi han terminado. Dame la mecha. —Extendió una palma negra. Antonio puso cara de consternación. —El soldado se la debe de haber llevado, maestro. No conseguí otra. —¡Encuentra una! —susurró Núñez. Antonio volvió a internarse en el pasaje. —Tendremos suerte si volvemos a ver Birgu —dijo Núñez, sacudiendo la cabeza. Los tres hombres oyeron un chirrido y reconocieron el sonido del metal contra la piedra. Núñez sintió aire contra su pantorri11a desnuda. Al volverse, vio un orificio diminuto en el rincón del túnel. La luz de una antorcha se filtraba por el agujero. Oyó voces turcas y el repiqueteo de

muchas picas. Han pasado de largo en ángulo, pensó, sin atreverse a respirar. Por su rápido avance, Núñez pudo evaluar que los turcos tenían por lo menos una docena de hombres. —Maestro, ¿qué hacemos? —chilló el maltés más joven.
Núñez señaló su daga. Uno de los malteses sacó su puñal y el otro alzó una piqueta de mango corto.

¿Dónde está Antonio con mi mecha?, se preguntó Núñez, y se maldijo por no haber traído ninguna. Caray, si tuviera un tramo de mecha lo encendería y correría el riesgo. Los turcos dejaron de martillear, y Núñez oyó lo que parecía una
discusión cada vez más intensa. Al cabo, los ingenieros de Mustafá reanudaron su tarea. Habían cambiado de rumbo y pronto cortarían el túnel en dos.

Núñez cogió el barril. —¡Vámonos! ¡Volaremos el túnel desde la boca! —Sin embargo, antes de que sus hombres pudieran moverse, unos picos entraron en el pasaje a veinte pasos. Los ingenieros turcos gritaron al darse cuenta de que se habían topado con un túnel. En segundos el primero de ellos se interpuso en el camino de los cristianos. —¡A ellos, muchachos! —rugió Núñez. Los tres cristianos atacaron al turco, que alzó el pico para defenderse. Un tramo de muralla se desmoronó en el túnel y cuatro turcos cayeron delante de los cristianos. Siendo el último de la fila, Núñez no veía mucho, pero oyó el alarido de un turco cuando un maltés le clavó un pico en el pecho. El maestro zapador oyó el clamor del acero y un maltés cayó. El asistente restante soltó la antorcha y se abalanzó sobre los turcos; hundió la daga entre las costillas de un ingeniero y fue recompensado con un aullido burbujeante antes de que también lo derribaran a él. Los barbados turcos volvieron su rostro furioso hacia Núñez. Pasaron por encima de los cristianos muertos y se aproximaron a su presa. El maestro zapador aferró la antorcha y el barril y se replegó al extremo del pasaje. No tenía escapatoria. Dagas, ojos y dientes blancos relucían a la luz de las antorchas mientras los airados musulmanes se acercaban
Núñez ensanchó el orificio de la mecha del barril con la daga. Jesús, ¿por qué hago esto?

—¡Dios mío! —Su coraje casi lo abandonó cuando hundió la antorcha en el barril. La guarnición de Birgu apenas reparó en el temblor que sacudió la ciudad, ni el polvo tenue que se elevó súbitamente de la planicie.

24

Don Mesquita, el gobernador portugués de Mdina, estaba mediando en una disputa entre dos tenderos cuando se le aproximó un soldado. Mesquita, a quien le dolía la cabeza por las quejas incesantes del querellante, quedó complacido por la interrupción. —¿Sí? —le preguntó al soldado con coraza. El soldado miró a los civiles con el ceño fruncido. Mesquita despidió a los tenderos. —¿Qué pasa, Moya? —preguntó. —Señor gobernador, Mustafá está explorando las inmediaciones. Hemos avistado turcos en tareas de reconocimiento. Mesquita sintió un retortijón en el estómago, y su rostro, contraído tras inquietos meses de responsabilidad y preocupación, palideció levemente alrededor de sus activos ojos verdes. Escuchó el estruendo lejano de la artillería. —Maldición —murmuró—. Maldición. —Recurrió a sus últimas reservas de compostura—. Era inevitable que Mustafá nos atacara tarde o temprano. —Sí, gobernador. —Necesita una victoria, además de suministros. —Mesquita intentó sonreír—. La Valette ha obligado a Mustafá a lanzarse sobre nosotros. —Quedará defraudado por nuestra provisión de pólvora —respondió Moya—. No alcanza para llenar una carretilla. Mesquita inhaló profundamente. —Ven —dijo—, tratemos de defraudarlo por completo. Las aprensiones de Mesquita se justificaban. Mdina, con sus muros blancos, albergaba apenas una compañía de soldados entrenados y muy pocos cañones. La Valette había vaciado esa ciudad, de importancia relativamente escasa, meses atrás. Si Mustafá atacaba con un cuarto de la saña con que había atacado Birgu, era indudable que Mdina caería, y pronto. Las murallas de Mdina no eran gruesas. Los anticuados parapetos de estilo árabe eran vulnerables y el foso de la puerta sur, de escasa profundidad, se llenaría rápidamente. Las exiguas fuerzas de Mesquita no podrían detener a la infantería de Mustafá ni responder a su artillería. Por otra parte, tres de las murallas de Mdina se erguían sobre cuestas traicioneras y empinadas. Sólo el sur de la ciudad favorecía un ataque.

Mesquita decidió reclutar a la ilusión como aliada. Comprendía que la campaña de Mustafá contra Mdina indicaba una desesperada indecisión. Una fachada de firmeza podía disuadir al temeroso turco. Toda Mdina se dispuso a ayudar al gobernador con su plan. Un ejército de cinco mil musulmanes avanzaba hacia el oeste, desde el Marsa hacia Mdina, una travesía de cinco millas. Aunque los turcos estaban con media ración, su ánimo era elevado; les alegraba abandonar San Miguel y San Ángel por lo que prometía ser una conquista fácil. Los espías les habían informado que en Mdina no había caballeros, sólo campesinos y dos veintenas de infantes. El ejército aminoró la marcha al aproximarse a la muralla sur. Los turcos quedaron boquiabiertos de asombro. Los informes eran totalmente erróneos. La muralla sur de Mdina estaba erizada de soldados y presentaba media docena de cañones. Los animosos cristianos blandían sus armas y dispararon la artillería en cuanto aparecieron los turcos, y aunque sus disparos se quedaban cortos, mantuvieron el fuego. —¡Alá! —gimieron los oficiales turcos—. Tienen municiones y pólvora de sobra. ¡Y los hombres de la muralla! Estaban hombro con hombro, tres en fondo. ¿Cómo era posible que los exploradores se hubieran equivocado tanto? Los oficiales no informaron de inmediato a Mustafá sobre la
desalentadora beligerancia de Mdina. En cambio, despacharon jinetes para examinar las otras murallas. Los jinetes regresaron con pésimas noticias. Hasta el inexpugnable parapeto norte estaba erizado de tropas y cañones, y los belicosos cristianos habían derrochado prodigiosas cantidades de munición en fútiles intentos de abatir a los exploradores. Redactaron un parte y se lo enviaron a Mustafá: «Mdina es otra Birgu. La ciudad parece contar con una reserva ilimitada de hombres y pertrechos». El furioso Mustafá cabalgó hasta la ciudad para evaluarla con sus propios ojos. Convencido de que Mdina era inexpugnable, canceló el ataque. No podía darse el lujo de atacar una fortaleza tan bien defendida. Los oficiales palidecieron ante la negra ira de Mustafá. —Esos exploradores lamentarán haber nacido —prometió—. Esos ojos que me han fallado tanto no volverán a ver. No quedaba más remedio que reanudar los ataques sobre Senglea y Birgu. Mustafá rezaba, con pocas esperanzas, para que la breve campaña de Mdina no hubiera alentado a las asediadas penínsulas.

Don Mesquita gritó de deleite cuando los turcos se retiraron. Los malteses, gentes sencillas arrancadas de su tierra por la invasión,
ovacionaron a Mesquita y alabaron su astucia, pues creían que les había salvado la vida. Sabiendo que su diminuta guarnición no podría contra los turcos, había ordenado que los campesinos de la ciudad, incluidas las mujeres, vistieran uniforme. Estos soldados falsos se mezclaron en las murallas con las tropas auténticas. Luego concentró la artillería en la muralla sur y la reemplazó por simulacros a lo largo del perímetro. El toque final de disparar loa cañones mientras el enemigo estaba fuera de su alcance no sólo sugería vastas reservas sino que mantenía los ojos inquisitivos a respetuosa distancia. El resultado final fue uno de los engaños más inteligentes de la historia militar.

Mustafá ordenó el regreso de su ejército, impidiéndole un triunfo seguro y alentador para reanudar menguantes asaltos contra Senglea y Birgu. En consecuencia, sus tropas reacciona ron con un desempeño mediocre.
Aun los ataques de los jenízaros carecían de espíritu. Don Mesquita ordenó que se diera una misa de acción de gracias en la vieja catedral de Mdina, donde cada 4 de noviembre una ceremonia conmemoraba al conde Roger el normando. Roger, un héroe local, había expulsado a los árabes de Malta quinientos años antes.

Don García de Toledo cavilaba entre los tapices de su cámara de audiencias, cavilando que Malta había resistido mucho más tiempo del esperado. Había postergado el envío de refuerzos, esperando que la situación se resolviera sola, pero el obstinado La Valette había luchado con porfía. Don García se movió incómodamente en su sillón semejante a un trono. El gran maestre es un hombre tenaz, concedió, desconcertado por el éxito
del hospitalario. Yo no hubiera durado un mes.

Para colmo, la pequeña corte de don García se había llenado de visitantes indeseables; doscientos caballeros de San Juan esperaban para tripular las galeras, y llegaban más cada día. Los caballeros no ocultaban su opinión sobre la conducta dila toria de don García, sino que manifestaban su
desprecio sin tapujos. Exigían saber por qué los mantenían cautivos en Sicilia mientras Mustafá asolaba su isla. ¡Hasta podían oír los cañones del bajá! Al virrey le costaba cada vez más dar respuestas satisfactorias. Y no era tranquilizador saber que los ojos de Europa se concentraban en él. Además de los hospitalarios recién llegados, había voluntarios de todo el continente. La heroica resistencia de La Valette había suscitado admiración, provocando el respeto de muchos que comúnmente desdeñaban a la aristocrática orden.

¿Pero qué puedo hacer? Don García se devanaba los sesos. No basta con desembarcar en Malta, también debo triunfar. Temía que Piali lo burlara con una maniobra de flanco y perdiera Sicilia; así pondría en peligro todo el Mediterráneo. Lamentó haber hecho tantas promesas a La Valette. Maldito sea el viejo. Asestó un puñetazo en el brazo del sillón. ¿Cómo ha resistido tanto tiempo? —¿Cómo? —le preguntó a la cámara vacía. Don García reflexionó sobre la ironía de que una derrota de los turcos causara tanto daño a su prestigio. Los acontecimientos habían conspirado para transformarlo en el villano de Europa. Altas puertas se abrieron y entró su chambelán. —Perdonadme, excelencia —dijo—, pero una delegación de caballeros de San Juan exige una audiencia inmediata. Desde luego, pensó torvamente don García. No me dan tregua. —¿Quién los encabeza? —preguntó —Lamento informaros que es el caballero Lastic. Don García frunció el ceño. Recordó con disgusto una entrevista anterior con el enérgico gran prior de Auvernia. —Envíalo a solas —dijo—. No estoy de humor para muchedumbres. —A vuestras órdenes. —El chambelán hizo una reverencia y se marchó.

—Monsieur de Lastic —dijo fatigosamente. atrapado por las circunstancias. El gran prior sonrió desdeñosamente. tenéis casi ocho mil hombres sentados en Siracusa. El tiempo es espléndido. —Don García.Don García oyó el ruido metálico de una armadura. Lastic se inclinó hacia delante. ¿Por qué no leváis anclas? ¡La historia os flagelará! Don García se puso de pie. —Prometisteis zarpar si el tiempo lo permitía—dijo. Mañana pondremos proa a Malta. un caballero de barba gris con armadura reluciente y jubón rojo. si llegamos a Malta a tiempo para salvar a la Religión. Don García recordó a La Valette. alteza. Nunca había sufrido semejante irreverencia. os llamaré con el título que os plazca: excelencia. Estamos en mi corte. ¿Debemos remolonear mientras el turco hunde Malta? —Os aconsejo que contengáis la lengua —advirtió don García—. Lastic lo miró airadamente. escuchando la artillería de Mustafá. Lucía tan recio como su atuendo de metal. Los ojos azules de Lastic centelleaban. Abrie ron las puertas de la cámara. —Pasaré revista a las tropas esta noche. pero no habéis zarpado. y en mi feudo. . —Vuestra merced —dijo—. Entró Louis de Lastic. —Monsieur de Lastic. apoyándose los puños enguantados en el muslo—. no creo necesario responderle a un hombre que no se digna llamarme «excelencia» en mi propia corte. incluso majestad. Don García se hundió en su sillón.

25 Don García de Toledo levó anclas el 25 de agosto. La mutilada armada tuvo que reagruparse en la isla de Favignana. y había gastado gran parte de sus municiones restantes en un bombardeo final. Ascanio de la Corna. Si el destacamento carecía de gran número de hombres. mientras que el español Álvarez de Sande estaba al frente de los napolitanos de Felipe II. La flota de don García. Aunque no habían perdido hombres. El grueso de la hueste consistía en recios infantes españoles de la guarnición de Nápo les. Pasaban los días. Durante una semana Mustafá se había abstenido de atacar. las naves requerían grandes reparaciones. Los caballeros y soldados ardían de anticipación. lo compensaba con su ánimo. ansiosos de castigar a las fuerzas de Solimán. de inmediato se topó con mal tiempo. Don García ordenó que la maltrecha fuerza regresara a Sicilia. Navegando al oeste para reunirse frente a la diminuta isla de Linosa. Al parecer. la providencia exigía más sacrificios a los malteses. y lo secundaba un italiano. partieron remos y arruinaron preciosas provisiones. Pero muchos de ellos temían que el virrey hubiera actuado demasiado tarde. que tanto había tardado en formarse. con una fuerza de nueve mil hombres. . Vicente Vitelli de Italia capitaneaba a los voluntarios. Los temperamentos se sulfuraron por la demora y de nuevo se cuestionó la resolución de don García. Frenéticos caballeros rezaban para que Malta resistiera hasta que ellos desembarcaran. Ansiosos caballeros ambulaban por los muelles mientras reacondicionaban las galeras. El oleaje y los vientos desgarraron los aparejos. Don García era el comandante de operaciones. el viento aún les llevaba el estruendo de los cañones de Mustafá. la flota fue azotada por un temporal estival. ¿Malta capitularía antes de que ellos llegaran? Los caballeros procuraban oír los cañones distantes por encima del rugido del mar. Un grupo multinacional de voluntarios y más de doscientos caballeros de San Juan redondeaban el contingente.

Hasta los heridos y enfermos debieron tomar las armas. Los cristianos se deleitaban en el conocimiento de que la débil capital había desafiado a los turcos y había vencido. ¡Éste es el último acto! La promesa era fácil de creer a la luz del fiasco de Mustafá en Mdina. no estaba dispuesto a retirarse sin poner todo en la batalla. se reunía con sus efectivos en las derruidas murallas y detrás de montículos de escombros. y una vez más la truculenta obra se puso en escena. Senglea y Birgu fueron atacadas por hordas que decuplicaban el número de las guarniciones. aturdidos por las privaciones.. —¡Mustafá está cediendo! —les decía La Valette a las tropas agazapadas—. La distancia le brinda cierto sentido y belleza. —¿Por qué? Asam se aproximó a Mustafá y alzó el puño. la energía de La Valette era ilimitada. Sus fieras palabras les daban aliento. que juró a sus tropas casi amotinadas que los cristianos estaban en las últimas. Mustafá rascó a su caballo detrás de la oreja. El asalto se produjo el 1 de septiembre. la disentería y el combate. lanzazos y disparos hasta que las murallas volvieron a sangrar. Los aturdidos cristianos. Los cristianos. pensó distraídamente. Mustafá dirigió una mirada vacía al argelino. arrojó todo lo que tenía contra los bastiones en ruinas. Los hombres de Mustafá. Mustafá derrochaba a sus hombres pródigamente. sangrando por varias heridas. y recobraban el ánimo como si los visitara un ángel del Señor. despreciaba la indecisión y la castigaba con severidad. Aunque a Solimán le disgustaba la derrota. conociendo las tácticas de Mustafá. . Los combates continuaron todo el día. cojeando en su mellada armadura. La moral turca estaba muy alicaída. Birgu y Senglea soportaron esa tormenta de artillería de una semana con el estoicismo de un esclavo de galeras cuya acumulación de tejido cicatricial ha atenuado la mordedura del látigo. y tras exigencias que habrían incapacitado a hombres de menor calibre. —murmuró. —¡Tocad retreta! —insistió Asam. Cañones y arcabuces diezmaban a los turcos. —¡Comandante! —exclamó. luego el fuego griego y las espadas los detenían. Mustafá. trataban de descansar y prepararse para lo que presentían sería el encontronazo final. Espada en mano. los alaridos. Asam se le aproximó a caballo. Aun a finales de agosto.. Una y otra vez los turcos fueron repelidos. Mustafá se retiró a Corradino para presenciar la batalla. El sol se hundió a sus espaldas mientras estudiaba la matanza. repartieron espadazos. cuyo ánimo contrastaba con el abatimiento de sus enemigos. —Los alaridos. marchaban a su muerte como condenados.Una vez más Birgu y Senglea temblaron bajo el fuego turco.

son los mejores puertos restantes. donde las llamaradas y el fuego griego combatían la oscuridad del anochecer. El argelino volvió grupas y desapareció en las crecientes sombras. Sus galeras no atacaron a ningún buque cristiano. Cuando llegó a Linosa. en el norte. Los alaridos. así como el Marsasirocco y el Marsamuscetto. Parecía menos interesado en efectuar un desembarco que en hallar un nuevo obstáculo que lo obligara a regresar de nuevo a los puertos de Sicilia». Don García zarpó de inmediato hacia Sicilia. Los soldados vadearon los bajíos y llegaron a la playa arenosa. y la noche del 6 de septiembre las divisiones cristianas reagrupadas entraron en la bahía sin oposición. A la mañana siguiente don García ordenó el desembarco de sus tropas. comandaba la vanguardia. En ningún otro momento del asedio la ineptitud de almirante Piali fue tan palmaria. que había pilotado el «pequeño auxilio» de Robles. Así sea. Don García ordenó a sus buques que se aproximaran a Malta en dos escuadras. Vertot critica incisivamente esta maniobra en su historia de la orden: «Los actos del virrey instaron a la gente a dudar de que se propusiera aprovechar el consejo de La Valette. Desde aquí arriba todos suenan igual. desperdiciando horas en un viaje por la costa oeste y de vuelta a Mellieha. Las bahías de Mgarr y Mellieha. En vez de desembarcar directamente en la bahía de Mellieha. —Asintió lentamente—. pensó Mustafá. mientras el virrey lo seguía con el cuerpo principal. Don Cardona. —La voluntad de Alá.—¡Bajá! ¡Ordenad la retirada! ¡No es voluntad de Alá que conquistemos Malta! Mustafá miró hacia San Miguel. La flota del virrey volvió a zarpar el 4 de septiembre. don García recibió un mensaje de La Valette: «El sur de la isla está en manos de Mustafá. prometiendo regresar con más hombres. 26 7 de septiembre . don García ordenó a la flota que rodeara a isla. Ambos os permitirán un rápido despliegue y brindarán refugio a vuestras galeras».

El esclavo tembló y se postró en el polvo. Mustafá podría derrotar a una fuerza tan pequeña. La Valette no se inmutó. maestre. Ven. Salieron de la apacible iglesia a un brillante pandemonio. —¿Éste es el hombre? —Sí. La Valette curvó los labios. Sir Oliver entró en la iglesia conventual y se arrodilló junto a La Valette. —¿Cuántos barcos? —le preguntó a un caballero que vitoreaba.Antes de partir hacia Sicilia. La Valette corrió al parapeto de San Ángel seguido por Starkey. Mustafá evaluó al huesudo cautivo. —Entonces debemos incrementar el número. —Desde el agua —dijo La Valette—. don García condujo su flota al sur para recorrer el Gran Puerto. o se inclinaron sobre sus armas y lloraron. a juzgar por el aspecto. Cada navío disparó tres veces al pasar por la desembocadura. bajá. un homenaje a Senglea y Birgu. —¿Cómo escapaste? —preguntó. Mustafá silenció al agá de los jenízaros alzando el dedo y se volvió hacia los demás capitanes. —Veintiocho. Malteses eufóricos corrían de un lado a otro mientras caballe ros y soldados saludaban a las naves chocando la espada contra el escudo. —¿Qué? —¡Un jinete acaba de anunciar la llegada de don García! —informó el inglés. La Valette frunció el ceño. Entonces se oyeron las primeras salvas de don García. un esclavo de galeras. A los comandantes les costó mantener las tropas en sus puestos de combate. gran maestre. —Sí. —Sí. El gran maestre concluyó su oración y miró de soslayo a Starkey. luego viró al este. Los exhaustos defensores alabaron a Dios y se abrazaron. maestre —jadeó el inglés. Señaló a un harapiento prisionero. Vítores estentóreos y continuos se elevaron desde las devastadas penínsulas. El estandarte de San Juan ondeaba invicto sobre San Miguel y San Ángel. —¿Cuántos hombres? —Casi nueve mil. El gesto fue bien recibido. hacia mar abierto. —¡Nueve mil si tenemos suerte! —le dijo a Starkey—. . maestre.

Ahora dieciséis mil más. Aunque tenía más hombres que La Valette y don García juntos. ¿De ese bastardo? ¿Y a qué se debe la gratitud? —Dijo que el asedio terminaría en cuanto los dieciséis mil efectivos de refuerzo llegaran a Birgu. Se giró hacia sus oficiales—. —Todo ha terminado —dijo. Primero.. los maldijo por su ineficiencia. señor. los oficiales y el orgulloso agá agacharon la cabeza. quitándose el turbante. ¡Rogad que el sultán no os cuelgue a todos! Los esclavos personales de Mustafá recogieron sus muchas pertenencias. estupidez y cobardía. Mustafá fulminó a un oficial con la mirada. Esto quizá permitiera que la ira del sultán se aplacara antes de que Mustafá llegara a Turquía. —Mustafá miró al norte. pensó amargamente. adonde Mustafá iría a su encuentro con el ejército. luego proclamó que el asedio había concluido. —¿Han llegado otros fugitivos? —No. —Espero que mis hombres puedan abordar sin ahogarse —dijo el exasperado bajá. —¡Maldición! —exclamó. —Dieciséis mil. —¡Clemencia! —resopló Mustafá—. El plan de evacuación era sencillo: Mustafá quería que todas sus tropas estuvieran en el agua antes de que las atacaran las fuerzas de don García. más allá de Sciberras. Los caballos y otros animales fueron preparados para el embarque.. Mustafá volvió a mirar al norte. ¡Esta operación fue un desastre y todo es culpa de Piali! ¡Dieciséis mil! ¿Cómo pudo don García desembarcar cuando nuestras galeras dominan las aguas? Nadie respondió. —¡Ahora largaos de mi tienda! —bramó—. mi señor. Mustafá pateó el polvo. debía despachar un barco rápido a Solimán con las noticias. —¡Todos los capitanes de Piali serán fusilados! El esclavo. Piali recibió dos órdenes. También debía reunir la flota en la desembocadura del Marsamuscetto. . bajá. —¿Por qué fuiste liberado? —Por orden del gran maestre. Malta sólo tenía la mitad de esos efectivos cuando desembarcamos.—Fui liberado. Me dijeron que cien hombres serían liberados en señal de clemencia y gratitud. Los tesoros del bajá fueron apilados en carretas tiradas por bueyes y sus tiendas desarmadas y enrolladas. no se dejaría atacar por un ejército fresco. bajá. Convocó a sus lugartenientes a la tienda de mando. —¿Eres turco? —Sí.

Los hombres santos lamentaron a viva voz ese golpe contra el Islam y prometieron a los infieles la venganza divina. celebrando la victoria y la natividad de la Virgen. Las naves se arrastraban en las suaves olas. Los enfermos y heridos salieron del burgo como si los hubieran sacado de la cárcel. dueño de los cuellos de los hombres. En la panadería de San Ángel se horneó pan y los alimentos más selectos que quedaban fueron requisados de los refugios subterráneos. quemaron el exceso de equipaje. 27 8 de septiembre Un alba radiante. La lenta destrucción de una fuerza armada aparejada durante dos años los había despojado de su vehemencia. Ningún iayalar gritaba desde las cubiertas. . armaduras. Las campanas de la iglesia conventual repicaban en Birgu. Se preguntaban qué significaba la derrota de Solimán. cargadas de heridos. sino que planeaba abrirle a Mustafá otra herida que le amargara el largo viaje de regreso. Pero no había fervor en sus amenazas. La Valette no permitiría que la festividad de Santa María pasara inadvertida. Los malteses procuraron resarcirse de sus pérdidas en las trincheras abandonadas. arrearon caballos y esclavos.Los turcos levantaron el campamento del Marsa con una aptitud que no habían manifestado en ninguna actividad en varias semanas. abandonó sus trincheras bajo la mirada de un enemigo exultante. Fueron bien recompensados. joyas y piezas de oro yacían desperdigadas entre los cadáveres turcos insepultos. Descubrieron muchos objetos valiosos que se habían extraviado en la oscuridad. Ningún jenízaro aguerrido blandía el arcabuz. Armas. Incluso había botín para el gran maestre. Cayó la noche y La Valette aún esperaba un mensaje de los refuerzos. El gran maestre ordenó que abrieran las puertas de Birgu para que su gente pudiera marcharse. observando las antorchas que iluminaban el éxodo turco del Marsa al Marsamuscetto. estaba preparada la escena para la más vergonzosa retirada de la historia otomana. Sabían que pocos habían desafiado al gran sultán y vivido para contarlo. La Valette había pasado una noche en vela en las murallas de San Ángel. Al anochecer. No se contentaba con permitir que los turcos se marcharan sin incidentes. amo de Oriente y Occidente. El amanecer mostró los primeros buques de Piali dirigiéndose al mar. Aunque hubiera escasez. el Legislador. Eficientes equipos desmantelaron y desplazaron las baterías que flanqueaban Senglea y Birgu. El imperial ejército turco del sultán Solimán el Magní fico. La gran bandera con la media luna islámica fue plegada y atada por una abochornada guardia de honor en presencia de un grupo de afligidos derviches. su alegría superaba las palabras.

El ruinoso fuerte San Telmo. A fin de cuentas. ordenó probar las armas. Alá no lo había abandonado. y temiendo que Solimán se enterase de que había entregado Malta a una fuerza muy inferior. Los turcos encontraron a La Corna preparado para dar batalla. procuraron azuzar a los otros cristianos. Sabía que don García no regresaría si el destacamento de La Corna era aplastado. pertrechado con sus provisiones. Como él se negaba. Los caballeros que estaban en San Telmo enviaron un mensaje a La Valette. rogaban al comandante que anunciara el avance. Se enfureció al comprender que lo habían engañado. Montando en cólera. quien a su vez despachó jinetes en busca de las fuerzas de don García. De la Corna no se proponía enfrentarse al enemigo en igualdad de condiciones. Mustafá empujó a sus hombres hacia el norte. —Mustafá ha vuelto a desembarcar. fue recobrado. Miles de soldados desembarcaron. Caballeros montados rodearon el Marsa y treparon el fragoso Sciberras. Ofuscados por la demora en Sicilia y afligidos por la vejación de su isla. Se desplazó artillería ligera desde Birgu mientras los últimos navíos turcos abandonaban el Marsamuscetto. La frustración nublaba el rostro de La Valette. y la cruz blanca de la orden se izó sobre los escombros. . Starkey encontró al gran maestre cuando cerraban las puertas de Birgu. Sabía muy bien lo que la destrucción de su ejército significaría para Europa. Debe de haberse enterado de que los refuerzos son escasos. —Maestre. Caballeros de armadura resplandeciente interpelaron a las fuerzas. ahora comandada por La Corna. demasiado grandes para desplazarlos con rapidez.Habían quedado varios cañones. invernaría en la isla. y luego emplazarlas en Birgu. Las naves de Piali viraron y atracaron al norte del Marsamuscetto. Las divisiones de Mustafá formaron una elipse alrededor de Naxxar. La Valette había informado al italiano sobre los movimientos del enemigo. ¿qué sucede? —preguntó el inglés. ordenó que sus tropas regresaran a la costa y marchó de inmediato hacia el norte. decidido a aprovechar su última oportunidad. y éste había situado sus fuerzas en las alturas de Naxxar. El contingente de hospitalarios de La Corna ansiaba atacar. Aplastaría al pequeño ejército de La Corna y luego. Tardíamente Mustafá había enviado espahíes para inspeccionar el ejército cristiano y se había enterado de la verdadera cantidad de enemigos. clave de toda la campaña. donde tuvieron un panorama mejor de las galeras que partían. que había perdido muchas piezas durante el asedio. La Valette. El gran maestre había acertado. Desplazaron los cañones a sus posiciones y los apuntaron al enemigo. Entonces sucedió lo inimaginable.

Pero no todo el ejército de Mustafá perdió el ánimo. Los jinetes hospitalarios partieron las líneas de Mustafá como martillos contra vidrio. tras una cruenta carnicería. muy por delante de su infantería. Los turcos abandonaron a muchos heridos en su frenético afán de llegar a las naves ancladas. desalentados por el largo asedio y amedrentados por un enemigo fresco. —Señor bajá —dijo—. Muchos turcos. Había realizado un esfuerzo valiente y desesperado en la larga retirada desde Naxxar hasta San Pablo y su viejo cuerpo había pagado el precio. Asam. Un caballero alzó la espada al cielo. —¡San Telmo! —bramaban los caballeros. y su potente voz se oyó en todo Naxxar. El Gran Asedio había terminado. Muchos infantes los siguieron. Al fin. se desbandaron y huyeron. Mustafá no había dicho nada desde que su nave insignia se había hecho a la mar. empujaron a los turcos hacia el mar. Los enfurecidos caballeros. tuvieron que retroceder. Un audaz contraataque de los argelinos de Asam salvó a los turcos de la aniquilación. —¡San Telmo! —gritaban los caballeros mientras bañaban sus espadas en sangre. Tres mil cadáveres turcos flotaban en la angosta bahía de San Pablo. pisoteados por los cascos de airados corceles. La flota estaba en movimiento mucho antes de que los cristianos pudieran emplazar su artillería. Descendieron sobre los turcos al tiempo que la caballería de don Mesquita llegaba desde Mdina para hostigar el flanco musulmán. y toda la jornada condujo una difícil acción de retaguardia. hacia la bahía de San Pablo. Ordenó una retirada al norte. los turcos llegaron a la bahía de San Pablo y encontraron a Piali esperando. Ordenó una carga y sus hombres respondieron con gritos de deleite. apostó arcabuceros en las colinas que rodeaban la bahía y dirigió fuego graneado contra los caballeros. Los musulmanes fueron muertos en la playa. tal como torturaron Birgu? —preguntaron—. ansioso de redimir su desastroso ataque contra Senglea. Malta se encogía en el horizonte. Los hombres le suplicaban que ordenara el ataque. ¿Seremos aplastados como nuestros hermanos de San Telmo? —¡No! —respondieron los soldados. abatidos en los bajíos. ¿puedo vendar vuestras heridas? Mustafá había sido herido en muchos lugares. Un médico le tiró de la túnica. La Corna no pudo silenciar los crecientes gritos y en poco tiempo los hospitalarios habían soliviantado a toda la tropa. Mustafá no tardó en comprender que la nueva invasión de la isla estaba mal planeada y era potencialmente desastrosa. La Corna decidió que era más conveniente aprovechar ese ímpetu que intentar una retirada. —¡Al ataque! Los caballeros montados bajaron en tropel hacia la infantería turca. Los hospitalarios. sin infantería. y Piali zarpó sin perder tiempo. Había perdido dos .—¿Permitiremos que estos paganos nos agravien.

estáis sangrando —dijo el médico. sólo los jenízaros impidieron que cayera en manos cristianas. . Se volvió y se alejó del cirujano. —¿Bajá? Mustafá desenvainó su cimitarra enjoyada y la arrojó al agua. donde apenas dejó una onda al hundirse en el mar azul. Mustafá se apoyó en una baranda. y la congoja le nubló la visión. —Dos años para nada —susurró. y cuando los caballeros mataron a sus guardias.caballos. —Señor bajá.

«se colmaron de inexpresable angustia». Los niños. El gran maestre se erguía con orgullo entre sus caballeros supervivientes y recibió a La Corna con garbo. El papa Pío V. —Os saludo. Tanto católicos como protestantes saludaron el magnífico triunfo de la orden. Quiera Dios que mi hijos y amigos no hayan perecido en vano. Legiones de cuerpos hediondos e insepultos se pudrían en la ciudad y la pestilencia causaba náuseas aun a los soldados más curtidos de La Corna. os contaré toda la historia —dijo. señales y correos llevaron la gloriosa nueva a las ciudades y burgos del continente. —Venid. Lamento no haber llegado antes. La Valette el indómito —dijo—. sucios. dice Vertot. que había aportado dinero para la defensa de Malta. Hasta la reina Isabel de Inglaterra decretó un festejo de acción de gracias de seis semanas. y estaban tan escuálidos que parecían cadáveres resucitados. no se habían librado de los sufrimientos. hermano. Historias de valentía. dedicación y dolor fueron narradas a los recién llegados. No quedaba un solo edificio indemne. El poderoso Felipe II obsequiaría a La Valette una espada tallada adornada con oro. Embarcaciones. La noticia de la derrota de Solimán pronto se difundió por Europa. Y el entusiasmo no se limitaba a la . y a menudo estaban demasiado débiles para llorar. Malta fue bautizada «isla de héroes» y «baluarte de la fe». hambrientos y extenuados. que La Valette rechazó con sumo tacto. y su euforia por la victoria de la bahía de San Pablo se marchitó cuando repararon en el lamentable estado de Birgu. Muchos caballeros de La Corna solloza ron abiertamente al presenciar las vejaciones que habían sufrido la isla y sus habitantes. perlas y diamantes. El nombre de La Valette alcanzó una vasta popularidad. Todos los reinos de Europa le rindieron honores. por acudir en nuestra ayuda —dijo—. concediendo que la conquista turca de Malta «habría puesto en jaque al resto de la Cristiandad». le ofrecería un birrete de cardenal. La mayoría estaban heridos y muchos llevarían para siempre las marcas del sitio. La Valette aguardaba a La Corna junto al cráter que había sido la muralla de Castilla. Sólo después de presenciar Birgu comprendieron que su triunfo sobre Mustafá estaba casi predestinado. ni una calle intacta. —Te doy gracias. Los cristianos recién llegados sintieron repulsión ante las escenas que los aguardaban. Ascanio de la Corna hizo una profunda reverencia. El gran maestre asintió. Los civiles malteses estaban tan mal como la guarnición. Los hombres vendados de la guarnición de Birgu se tambaleaban con cuerpos mutilados y desfigurados. Los caballeros y soldados que eran capaces de tenerse en pie saludaron a los refuerzos y los acompañaron por la ciudad destruida. Los que estaban en condiciones mostraron la ciudad a las fuerzas de La Corna y describieron detalladamente cada ataque y contraataque. cuyos corazones. Para los hombres de La Corna era difícil hallar palabras adecuadas.28 El ejército de Ascanio de la Corna llegó a Birgu al atardecer y encontró las puertas de la ciudad abiertas de par en par.

pensó. mientras miraba a una bella dama. Observaba a los mercaderes y nobles que lucían su fina indumentaria y ansiaba llevar esas prendas algún día. La Valette miró hacia Sciberras a través de la bahía iluminada por las estrellas. Dijo que yo era un espadachín nato. Starkey prestó atención. Al cabo de un mes mapas incluidos. —Un día en Toulouse —continuó La Valette—. A los pocos días de la retirada turca ya estaba planeando nuevas defensas. —No siempre quise ser soldado —murmuró La Valette. y aunque era un muchacho menudo. el gran maestre no perdió tiempo en regodearse en el triunfo. —Sí. no llegará nunca. Con fuerza. en Alemania. Necesitaré operarios. La Valette lo miró por el rabillo del ojo. Si don García no llega pronto. Oliver —dijo. él parecía complacido. —Maestre. —Maestre. Starkey quedó sorprendido por estas inesperadas revelaciones. Starkey asintió. en todo caso. Allá se construirá una fortaleza inexpugnable. Quizá se fuera a disfrutar de otra copa del vino que había llevado Ascanio de la Corna. le pateé la espinilla. . con Siendo ante todo un organizador. No se ha relajado para nada desde que se fueron los turcos. Starkey miró el reflejo de la luna en el agua. Estudió el perfil de La Valette. —Hola. —Quizá no este año —replicó La Valette—. —Dudo que necesitemos más soldados. Siguió un breve silencio. No podéis vivir vestido de acero. que parecía sumido en sus remembranzas. No temía el regreso de Mustafá. maestre. —Señaló Sciberras—. Sir Oliver siguió al gran maestre desde San Lorenzo y se reunió con él en la muralla norte de San Ángel. —La navegación pronto será difícil —dijo La Valette—. —¿No? Starkey sonrió. pero no estaba preocupado. —Supongo que podéis hacer lo que os plazca.nobleza. Una brisa fresca soplaba desde el Marsa. habían publicado relatos del asedio. Dudo que quiera beber. un caballero de mi padre me agarró la oreja. Los gustos de mi padre eran demasiado austeros para mí. Starkey sólo asintió. —¿De veras? —Miró al gran maestre. estaba cansado de la guerra y los consejos de guerra. —Qué falta de respeto. ¿por qué no os quitáis la armadura? —Starkey se tocó los pliegues de su túnica negra—. Me miró las manos y su cara brilló. sin embargo. —Cuando era niño solía escabullirme de la casa solariega para ir a la ciudad —dijo La Valette—.

Perdonó a Mustafá y Piali su ignominiosa derrota. maestre? —Así es. —Lo era. Tuvo la sabiduría de aceptar sus pérdidas y decidió no reanudar las hostilidades contra el «nido de víboras» de La Valette. aunque yo no opinaba así en ese momento. Había reconocido mi destino. pues le costaba imaginar a un La Valette distinto de lo que era. Allí. Solimán no leyó más.. sino que maldijo y arrojó el pergamino al suelo. ¡Lo sentía en los huesos! —Se mesó la magra barba. lamentamos informaros de la necesidad de retirarnos de la isla de Malta. y murió el 5 de septiembre de 1566. —respondió La Valette—. en el asedio de Szigetvár. No se puede burlar la voluntad de Dios. —Al llegar a la mayoría de edad.—Un caballero sabio —dijo Starkey. Starkey sonrió también. ¡No perdonaré la vida a un solo habitante! Pero el anciano tirano no pudo ser fiel a sus precipitadas palabras. encontró su fin. muchos. comprendí que el caballero había tenido razón al definirme como un guerrero. —La Valette sonrió—.».. . El sultán Solimán arrebató el pergamino al mensajero. Por desgracia. Su tez pálida mostraba manchas escarlata. Se levantó del asiento y pisoteó el pergamino hasta rasgarlo con las zapatillas. pero él los ahuyentó. Me fastidiaba el modo en que me había definido. Al año siguiente. —¡Veo que mi espada sólo es invencible en mis propias manos! —les dijo. Corrí a casa y juré que lo odiaría. y en soldado me transformé. sin embargo. La prudencia los disuadió de replicar. Yo estaba destinado a ser soldado antes de nacer. El año próximo yo mismo encabezaré una expedición contra esa maldita isla. —¡Lo sabía! —exclamó—. Los sirvientes acudieron a asistirlo. Solimán cogió una copa y la arrojó por los aires. —¡No puedo confiar en ninguno de mis oficiales! —chilló—. —¿Destino. Yo sólo ansiaba ser un petimetre. a los setenta y dos años. El agotamiento de las municiones y la falta de hombres nos han obligado a regresar para recomponernos y recibir nuevas instrucciones de vuestra gloriosa persona. deseando una conquista final antes de que la muerte pusiera fin a su reinado. Solimán encabezó un ataque contra Hungría. rompió el sello y leyó: «Excelsa majestad.

Las galeras de la orden fueron reparadas y siguieron atormentando a Solimán la primavera siguiente. Felipe II no fue tan tolerante con don García de Toledo. Los monarcas parecían ávidos de compensar su indiferencia anterior con oro. En marzo de 1566 el Sciberras había sido aplanado y se habían cavado los cimientos.29 El 14 de septiembre el virrey regresó a Malta con cuatro mil hombres. No se mencionaron las promesas incumplidas de don García. El gran maestre saludó cordialmente al español y lo llevó a recorrer la isla. Se trazaron planes para mejorar las defensas y construir una ciudad en el monte Sciberras. y muchos otros habían quedado inválidos. Ocho mil trabajadores pronto construyeron la ciudad. Vastas sumas de dinero llegaron a Malta. La Valeta se convertiría en la fortaleza más inexpugnable de Europa. Jóvenes nobles acudieron en tropel a Malta para poblar las agotadas Lenguas. El ex virrey se retiró a Italia y pasó sus años restantes en relativa oscuridad. . El papa escogió personalmente al famoso ingeniero italiano Francesco Laparelli para ayudar a La Valette. que se llamó Humilia Civitas Valetta: la Humildísima Ciudad de la Valeta. La Valette consideraba que las confrontaciones innecesarias eran de mal gusto. La Valette trabajó en la reconstrucción de Malta durante todo el otoño e inició una campaña para recaudar los fondos que le ofrecía una solícita realeza europea. Durante el cerco la mitad de los caballeros de la orden habían muerto. Don García regresó a Sicilia a los pocos días. y al año siguiente lo relevó de su puesto en Sicilia.

—¡Allá hay uno! La Valette se apoyó en el travesaño. con un magnífico halcón posado en su muñeca enguantada.30 Julio de 1568 Mientras sir Oliver cabalgaba hacia la cima de la rocosa cresta. El gran maestre estaba de pie. La Valette frunció el ceño. La Valette apareció. —Ya basta por hoy. Gotas de sudor le perlaron la frente. Oliver —tosió. —Tendría que haberte llamado Mustafá —regañó al ave—. La Valette suspiró. Ni siquiera por Rodas. —Frotó afectuosamente la cabeza del halcón. —Estoy bien. —Es verdad —dijo. . Starkey vio un conejo. Pero nunca dejaría este lugar. y se quitó el guante de cuero de cetrería. —Este pájaro no sabe cazar ni un conejo. —Quizá os convenga un poco de sombra. La Roca no es Provenza. —No hay mucho que atrapar —señaló Starkey—. —¿Entonces tendremos que mendigar para obtener la cena de esta noche? rió. Se volvió hacia La Valeta. ¡Siempre yerras el blanco! Starkey se apeó y se acercó a su amigo por el terreno polvoriento. que brillaba en la distancia—. La Valette apoyó el ave en un travesaño.

—Sí. La tuya. Casi siempre consciente. La Valette. La Valette sacudió la cabeza. si queréis. buscaré un lugar más fresco —respondió Starkey—. Tengo un poco de agua. con su gallarda victoria sobre el monarca más temible del Islam. —Soy el último caballero inglés. En 1571 el prestigio militar turco sufrió un revés definitivo en la batalla de Lepanto. con voz decepcionada—. Su cuerpo fue llevado a la galera del almirante y trasladado por el Gran Puerto hasta La Valeta. es el primero en ser sepultado en esta amada ciudad de la que fue fundador». Con el tiempo sir Oliver Starkey iría a descansar junto a su amigo. frustró los designios otomanos en Europa occidental. Starkey inició el descenso por la cuesta. Jean Parisot de La Valette falleció el 21 de agosto de 1568. aun para vos? —Yo no estaba allí —dijo La Valette. y se desplomó de espaldas. Nunca me acostumbraré a este calor. digno de eternos honores. —Starkey montó a caballo—. puso en orden sus asuntos personales y exhortó a sus hermanos a vivir en armonía como auténticos caballeros de Cristo. pero se volvió en la silla. Sir Oliver compuso el epitafio de La Valette en latín: «Aquí yace La Valette. La Valette se enderezó. Starkey dejó de sonreír. —¿No es suficiente con uno. y saltó del caballo. y todos salvo uno serían grandes maestres. —No obstante. Sólo una Lengua participaba. La apoplejía no mató a La Valette al instante. eran caballeros ingleses —insistió La Valette con asombrosa vehemencia. Luchador empedernido. Durante los doscientos años siguientes muchos otros se reunirían con él en la Gran Cripta. de donde expulsó a los bár baros con sus santos brazos. a decir verdad. y escudo de Europa. —Anoche soñé con un asedio —dijo de pronto.—Bien. Su féretro recorrió las calles meticulosamente trazadas de la ciudad hasta llegar a la capilla de Nuestra Señora de la Victoria. maestre. —¿Maestre? La Valette trató de alzar una mano. Aquél que fuera flagelo de África y Asia. donde una coalición italo—española destruyó la armada del sultán. duró casi un mes. su lugar de reposo definitivo. Starkey se detuvo junto al caballo y sonrió. . —¡Maestre! —exclamó Starkey.

servicio de un caballero en las galeras casco yelmo abierto. sin tapar el rostro contraescarpa pared en talud del foso enfrente de la escarpa. rastrillo reja levadiza que defiende la entrada de las plazas de armas revellin obra exterior que cubre la cortina de un fuerte y ladefiende.Glosario almete yelmo con visera movible arcabuz arma de fuego semejante al fusil. escarcela pieza de la armadura que cae desde la cintura y cubre el muslo escarpe pieza de la armadura que protege el pie espinillera pieza de la armadura que protege la espinilla galeaza galera grande de tres palos galeota galera pequeña galera embarcación de vela y remo gambesón saco acolchado que llegaba hasta media pierna y se usaba bajo la cota de malla guja archa. hombre que ostentaba algún mando superior basilisco pieza de artillería de crecido calibre y gran longitud brazal pieza de la armadura que cubría el brazo caballero o torre caballera obra de fortificación defensiva. yatagán sable curvo de los turcos . culebrina pieza de artillería larga enfilar colocar la artillería al flanco del enemigo. y el que es más anciano de su Lengua es pilier de ella». arma de asta cuya moharra es una espada curva hombrera pieza de la armadura que cubre los hombros obra exterior defensa externa de un fuerte pilier (literalmente. de bajo calibre bajá o pacha en el Imperio otomano. para batirlo con fuego directo. pieza de la armadura que protege la cabeza celada pieza de la armadura que protege la cabeza. o sea del lado de la campaña. «pilar») jefe de cada una de las ocho nacionalidades o «Lenguas» en que se dividía la Orden de San Juan. bastante elevada sobre otras de una plaza caravana expedición naval. en palabras de Balbi: «Pilier es un nombre entre estos caballeros de muy grande autoridad.

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