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El que ríe de último

Pedro Rivero Mercado

En la entonces placida aldea asentada en la inmensidad de sus pampas y arrullada por
los trinos de avecillas de colores mágicos, todo el mundo se conocía y desde luego, se
trataba con intimidad francamente familiar o a lo sumo punto menos.

El caserío era chato, de paredes enjalbegadas y sustentado los techos que protegían a los
viandantes de los rigores del sol y de la copiosa lluvia de temporada, se alineaban los
horcones, casi todos de maderas duras e incorruptibles que brazados peones de campo
labraban a pulso y con el hacha en los altos montes circundantes.

Prácticamente aislada debido a la falta de vías de comunicación, caminos en particular,
los habitantes de la aldea en particular, los habitantes de la aldea vivían de espaldas a la
política partidaza, que no era, por tanto, un factor de distanciamiento y menos todavía
de enemistad. Cada cual hacia lo suyo dentro de un marco singular de respeto y de
armonía plena. De conventual era calificado el estilo de vida de la aldea que los
foráneos eran contados y los extraños difícilmente terminaban aquerenciándose o
echando raíces dentro de sus linderos estrechos entonces. Orgullosos, dispuestos a
mantenerse impermeables frente a las bajas pasiones que desencadena la política
partidaria, los pobladores de la aldea eran celosos en la observancia de sus fastos
tradicionales y en la reiteración de sus genuinos hábitos.

Por ese tiempo placido y auténticos discurrir aldeano hacia sus primeras armas de
hombre en periodo de sazón un personaje al que llamaremos Luciano o que tal vez
respondía realmente a este nombre. Pues, al mencionado Luciano había sido reprobado
tres veces en el cuarto curso de la instrucción primaria, por el hecho incontrastable de
ser extremadamente duro de la mollera. Sus padres porfiaron en mantenerlo matriculado
en la principal escuela fiscal, mas todo fue en vano, Luciano llegaba con muy bajos
promedios de aprovechamiento a los exámenes de fin de año y en esas pruebas decisivas
naufragada indefectiblemente. Una cuarta vez, porfiaron con el alumno Luciano, pero el
mismo se negó a volver a las aulas porque sentía vergüenza de saberse muy mayor de
edad que sus nuevos y eventuales compañeros y porque los estudios ni a palos. Luciano
pasó a engrosar esa especie de mozalbetes a los que, en tono de sorna y según la
sabiduría popular, se los cataloga como “aplana calles”

Porque, aunque con intermitencias, alguna buena estrella lo iluminaba, Luciano no tuvo
trabajillos que le permitieran ganar unos centavos por lo menos para satisfacer sus
caprichos más acuciantes. Uno de esos trabajillos fue el de vendedor de objetos usados
que le confiaban y cuya colocación le significaba pequeñas gratificaciones en moneda.
Cierto día salio a ofrecer una escopeta que aunque vieja, decía a los posibles,
interesados, es de buena marca y esta bien calibrada. Y esta escopeta, quiso saber uno de
los interesados, ¿es de doblar?...

Luciano quedo sin habla pues no sabia nada de armas, pero logro reponerse de su
sorpresa de manera definitiva: “Mire, yo se la vendo tiesa, si usted quiere ¡la dobla!...
Tal vez Luciano, el fracasado estudiante, no tenia pelo de tonto y su mucha perspicacia,
picardía y originalidad en sus respuestas y en sus comentarios ocasionales. O a que
podría atribuirse esta otra singular expresión suya, ¿a lo duro de su cabeza?
Se habla en general de las películas cinematográficas, en especial de las referidas al
humor y más concretamente a las que protagonizaba el que fuera genial Mario Moreno,
el Cantinflas mexicano. Pues todos alababan al celebrado cómico, y a su turno Luciano
intercalo su juicio: “Yo en las películas de Cantinflas me siento siempre en la butaca del
cinematógrafo porque es sabido que el que ríe ultimo… ¡ríe mejor!”

Luciano, ya entrado en años, se aficiono de la política partidaria y fue militante activo,
audaz y hasta temerario. Le valió en la aldea ser postulado para una diputación. Y…
¡gano por apreciable margen!

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