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Perec Georges - Un Hombre Que Duerme

Perec Georges - Un Hombre Que Duerme

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09/10/2013

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Apenas cierras los ojos, comienza la aventura del sueño.

A la familiar penumbra de la habitación, volumen oscuro cortado por algunos detalles, donde tu memoria identifica sin esfuerzo los caminos que has recorrido mil veces, trazándolos a partir del cuadrado opaco de la ventana, resucitando el lavamanos a partir de un reflejo, la repisa a partir de la sombra un poco más clara de un libro, identificando la masa más negra de la ropa colgada, sucede, al cabo de un cierto tiempo, un espacio de dos dimensiones, como un cuadro sin límites definidos que formase un ángulo muy pequeño con el plano de tus ojos, como si reposara, no completamente perpendicular, sobre el puente de tu nariz, y que, al principio, puede parecerte de un gris uniforme, o más bien neutro, sin colorines ni formas, pero que, con bastante rapidez sin duda, se revela poseedor al menos de dos propiedades: la primera es que se oscurece más o menos según la mayor o menor fuerza con la que cierras los párpados, como si, más exactamente, la contracción que ejerces sobre la línea de tus cejas cuando cierras los ojos tuviera el efecto de modificar la inclinación del plano con respecto a tu cuerpo, como si la línea de tus cejas constituyera su eje y, por consiguiente, a pesar de que esta consecuencia no parezca demostrable más que por la evidencia misma, de modificar la densidad, o la calidad, de la oscuridad que percibes; la segunda es que la superficie de este espacio no es regular en absoluto, o, más exactamente, que la distribución, el reparto de la oscuridad no se efectúa de manera homogénea: la zona superior es manifiestamente más oscura, la zona inferior, que te parece la más cercana, aunque a estas alturas, evidentemente, las nociones de cercano y lejano, arriba y abajo, delante y detrás, han dejado de ser muy precisas, es, por un lado, mucho más gris, es decir, no mucho más neutra como lo crees al principio, sino sorprendentemente mucho más blanca, y por otro lado contiene, o sostiene, uno, dos, o más tipos de bolsas, de cápsulas, algo así como la idea que tienes de una glándula lacrimal, por ejemplo, con bordes finos y ciliados, dentro de los cuales tiemblan, se agitan, se retuercen relámpagos muy muy blancos, algunos muy delgados, como estrías muy finas, algunos mucho más gruesos, casi gordos, como gusanos. Estos relámpagos, aunque el término relámpago resulte absolutamente impropio, poseen la curiosa virtud de no poder ser observados. En cuanto fijas demasiado tu atención en ellos, y es casi imposible no hacerlo, pues al fin y al cabo bailan ante ti y el resto apenas existe, de hecho no hay nada verdaderamente visible aparte del eje de tus cejas y de ese espacio tan vago de dos dimensiones más o menos perceptible en el cual la oscuridad se extiende de manera irregular, pero en cuanto los miras, a pesar de que, por supuesto, esta palabra no significa ya nada, en cuanto intentas, por ejemplo, asegurarte aunque sea un poco de su forma, o de su sustancia, o de un detalle, inevitablemente terminas, con los ojos abiertos, frente a la ventana, rectángulo opaco que vuelve a ser cuadrado, a pesar de que esa o esas bolsas no se le parezcan en nada. Pero éstas reaparecen, y con ellas el espacio más o menos inclinado que se articula sobre tus cejas, poco después de que vuelvas a cerrar los ojos, y, aparentemente, no han cambiado desde la última vez. Sin embargo, no puedes estar completamente seguro de este último punto puesto que, al cabo de un tiempo dificilmente calculable, y aunque nada te permita aún afirmar que hayan desaparecido realmente, puedes comprobar que han palidecido de forma considerable. Se te presenta ahora una especie de grisalla a rayas, que sigue perteneciendo a ese mismo espacio que prolonga más o menos tus cejas, pero, podría decirse, deformado hasta el punto de encontrarse constantemente desplazado hacia la izquierda; puedes mirarlo, explorarlo, sin alterar el conjunto, sin provocar un despertar inmediato, pero eso carece totalmente de interés. Ahora sucede algo a tu derecha, en este caso se trata de una tabla, más o menos detrás, más o menos arriba, más o menos a la derecha. La tabla, evidentemente, no se ve. Solamente sabes que es dura, a pesar de que no te encuentres sobre ella, y precisamente porque te hallas sobre algo muy blando que es tu propio cuerpo. Se produce entonces un fenómeno realmente asombroso: al principio hay tres espacios que nada te permitiría confundir, tu cuerpo-cama, que es blando, horizontal, y blanco, después la línea de tus cejas, que domina un espacio gris, mediocre, oblicuo, y por último, la tabla, que se mantiene inmóvil y muy dura por encima, paralela a ti y quizá accesible. Resulta claro, aunque esto sea lo único que siga siendo claro, que si trepas sobre la tabla, dormirás, que la tabla es el sueño. El principio de la operación es de lo más simple, aunque todo te indica que te

hará falta mucho tiempo: habría que reducir la cama y el cuerpo, hasta que no fueran más que un punto, una canica, o bien, lo que es lo mismo, habría que condensar toda la flaccidez del cuerpo, concentrarla en un solo lugar, por ejemplo en algo así como una vértebra lumbar. Pero el cuerpo, en este momento, ya no presenta en absoluto la bella unidad de hace un rato, de hecho, se dispersa en todas las direcciones. Intentas traer hacia el centro un dedo del pie, o el pulgar, o un muslo, pero entonces, cada vez, olvidas una regla: y es que nunca debes perder de vista la dureza de la tabla, que había que proceder con astucia, conducir tu cuerpo sin que éste sospeche absolutamente nada, sin que tú mismo lo sepas con certeza, pero es ya demasiado tarde, cada vez desde hace mucho tiempo es ya demasiado tarde y, curiosa consecuencia, la línea de tus cejas se rompe en dos y en el centro, entre tus dos ojos, como si el eje hubiera sostenido todo el conjunto, como si toda la fuerza de ese eje se concentrase en ese punto, te llega de golpe un dolor preciso, sin lugar a dudas consciente y en el que reconoces inmediatamente la más banal de las jaquecas.

Estás sentado, con el torso desnudo, vestido únicamente con el pantalón del pijama, en tu buhardilla, sobre el estrecho banco que te sirve de cama, con un libro, Leçons sur la société industrielle de Raymond Aron, posado sobre las rodillas, abierto en la página ciento doce. Al principio es sólo una especie de lasitud, de fatiga, como si súbitamente te percataras de que desde hace mucho rato, desde hace muchas horas, eres presa de un malestar insidioso, entumecedor, apenas doloroso y sin embargo insoportable, la impresión dulzona y sofocante de no tener músculos ni huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso. El sol pega sobre las láminas de cinc del tejado. Frente a ti, a la altura de tus ojos, sobre una repisa de madera blanca, hay un tazón de Nescafé medio vacío, un poco sucio, un paquete de azúcar casi terminado, un cigarrillo que se consume en un cenicero de propaganda de falsa opalina blanca. Alguien va y viene en la habitación de al lado, tose, arrastra los pies, desplaza los muebles, abre cajones. Una gota de agua cae continuamente del grifo de la toma de agua del rellano. Los ruidos de la rue Saint-Honoré llegan desde abajo. Suenan las dos en el campanario de Saint-Roch. Levantas la vista, dejas de leer, pero no leías ya desde hace mucho rato. Pones el libro abierto junto a ti, sobre el banco. Extiendes el brazo, aplastas el cigarrillo que humea en el cenicero, terminas el tazón de Nescafé: está apenas tibio, demasiado azucarado, un poco amargo. Estás empapado de sudor. Te levantas, vas a la ventana y la cierras. Abres el grifo del minúsculo lavamanos, te pasas una manopla de toalla húmeda por la frente, la nuca, los hombros. Con los brazos y las piernas encogidos, te tiendes de costado sobre el estrecho banco. Cierras los ojos. Sientes la cabeza pesada, las piernas entumecidas Más tarde, llega el día del examen y no te levantas. No es un gesto premeditado, no es un gesto siquiera, sino una ausencia de gesto, un gesto que no realizas, gestos que evitas realizar. Te acostaste temprano, has dormido plácidamente, habías puesto el despertador, lo has oído sonar, has esperado a que sonara, durante varios minutos por los menos, ya despierto por el calor, o por la luz, o por el ruido de los lecheros, de los basureros, o por la espera. Tu despertador suena, tú no te mueves en absoluto, te quedas en la cama, vuelves a cerrar los ojos. Otros despertadores comienzan a sonar en las habitaciones contiguas. Oyes ruidos de agua, de puertas que se cierran, de pasos que se precipitan por las escaleras. La rue Saint-Honoré comienza a llenarse de ruidos de coches, chirridos de neumáticos, cambios de marchas, breves sonidos de bocina. Los postigos golpean, los comerciantes levantan sus persianas metálicas. Tú no te mueves. No te moverás. Otro, un sosia, un doble fantasmagórico y meticuloso hace, quizá, en tu lugar, uno a uno, los gestos que tú ya no haces: se levanta, se lava, se afeita, se viste, se va. Lo dejas lanzarse por las escaleras, correr por la calle, atrapar el autobús al vuelo, llegar a la hora indicada, jadeante, triunfal, a las puertas del aula. Certificado de Estudios Superiores de Sociología General. Primer examen escrito. Te levantas demasiado tarde. Allá, cabezas concentradas o aburridas se inclinan pensativamente sobre los pupitres. Las miradas quizá inquietas de tus amigos convergen sobre tu lugar vacío. No dirás en cuatro, ocho o doce cuartillas lo que sabes, lo que piensas, lo que sabes que debes pensar sobre la alienación, sobre los obreros, sobre la modernidad y el tiempo libre, sobre los burócratas o la automatización, sobre el conocimiento del otro, sobre Marx rival de Tocqueville, sobre Weber enemigo de Lukacs. En cualquier caso, no habrías dicho nada porque no sabes gran cosa y no piensas nada. Tu lugar permanece vacío. No terminarás tu licenciatura, no conseguirás nunca un título. No estudiarás más. Te preparas, como todos los días, un tazón de Nescafé; agregas, como todos los días, unas gotas de leche condensada azucarada. No te lavas, apenas si te vistes. En una palangana de plástico rosa, pones a remojar tres pares de calcetines.

No vas a la salida del examen a informarte de los temas propuestos a la perspicacia de los candidatos. No vas al café, como lo hubiera exigido la costumbre, como todos los días, pero especialmente este día de excepcional importancia, a encontrarte con tus amigos. Uno de ellos, a la mañana siguiente, subirá los seis pisos hasta tu habitación. Reconocerás sus pasos en la escalera. Lo dejarás llamar a tu puerta, esperar, volver a llamar un poco más fuerte, buscar sobre el marco de la puerta la llave que solías dejar cuando te ausentabas unos minutos para bajar a buscar el pan, o el café, los cigarrillos, o el diario o el correo, seguir esperando, golpear suavemente, llamarte en voz baja, vacilar, y bajar, pesadamente. Regresa, más tarde, y desliza una nota por debajo de la puerta. Otros vinieron después, al día siguiente, y al otro, golpearon a la puerta, buscaron la llave, llamaron, deslizaron mensajes. Lees los recados y los arrugas haciéndolos una bola. En ellos se te dan citas a las que no acudes. Te quedas acostado sobre tu estrecho banco, los brazos bajo la nuca, las rodillas en alto. Miras el techo y descubres las grietas, los desconchados, las manchas, el relieve. No tienes ganas de ver a nadie, ni de hablar, ni de pensar, ni de salir, ni de moverte. En día como éste, un poco después, o un poco antes, descubres sin sorpresa que algo no funciona, que, para hablar sin reticencias, no sabes vivir, que no sabrás jamás. El sol pega sobre las láminas del tejado. El calor en la buhardilla es insoportable. Estás sentado, arrinconado entre el banco y la repisa, con un libro abierto sobre las rodillas. No lees ya desde hace rato. Tus ojos se quedan clavados en la repisa de madera blanca, en una palangana de plástico rosa dentro de la cual se enmohecen seis calcetines. El humo de tu cigarrillo abandonado en el cenicero se eleva, en línea recta o casi, y forma una capa inestable bajo el techo marcado por minúsculas fisuras. Algo se rompía, algo se ha roto. Ya no te sientes -¿cómo decirlo?- sostenido: algo que, te parecía, te parece, te ha confortado hasta entonces, te ha alegrado el corazón, el sentimiento de tu existencia, de tu importancia casi, la impresión de estar adherido, de nadar en el mundo, de pronto te abandona. No eres sin embargo de esos que se pasan las horas de vigilia preguntándose si existen, y por qué, de dónde vienen, qué son, adónde van. Nunca te has interrogado seriamente sobre la anterioridad del huevo o de la gallina. Las inquietudes metafisicas no han marcado notablemente los rasgos de tu noble rostro. Pero nada queda de esa trayectoria como de flecha, de ese movimiento hacia adelante en el cual se te ha invitado, desde siempre, a reconocer tu vida, es decir, su sentido, su verdad, su tensión: un pasado rico en experiencias fecundas, en lecciones bien aprendidas, en radiantes recuerdos de infancia, en espléndidos gozos campestres, en estimulantes vientos marinos, un presente denso, compacto, comprimido como un muelle, un futuro generoso, reverdeciente, airoso. Tu pasado, tu presente, tu futuro se confunden: son tan sólo la pesadez de tus miembros, tu migraña insidiosa, la lasitud, el calor, la amargura y la tibieza del Nescafé. Y, si hace falta un decorado para tu vida, no es la majestuosa explanada (generalmente una espectacular ilusión de perspectiva) donde se agitan y emprenden el vuelo los rollizos hijos de la humanidad victoriosa, sino, por más que te esfuerces, por más que todavía abrigues alguna ilusión, este estrecho camaranchón que te sirve de cuarto, este desván de dos metros noventa y dos de largo, por un metro setenta y tres de ancho, o sea un poquito más de cinco metros cuadrados, esta buhardilla de donde no te has movido desde hace muchas horas, desde hace muchos días: estás sentado sobre un banco demasiado corto para poder, durante la noche, extenderte cuan largo eres, demasiado estrecho para poder darte la vuelta sin precaución. Miras, con ojos ahora casi fascinados, una palangana de plástico rosa que contiene no menos de seis calcetines. Permaneces en tu buhardilla, sin comer, sin leer, casi sin moverte. Miras la palangana, la repisa, tus rodillas, tu mirada en el espejo cuarteado, el tazón, el interruptor. Escuchas los ruidos de la calle, la gota de agua en el grifo del rellano, los ruidos de tu vecino, sus carraspeos, los cajones que abre y cierra, sus accesos de tos, el silbido de su tetera. Observas, en el techo, la línea sinuosa de una delgada

de la Madeleine a la République. La vida moderna generalmente aprecia poco semejantes inclinaciones: a tu alrededor has visto. los gatos. para actuar. no rehúsas nada. te protegen: el estrecho banco en el que permaneces acostado. ni de atacar. desde siempre. No tienes necesidad de hablar. cuando. No tienes la costumbre ni tienes ganas de establecer diagnósticos. llegas casi a sentirte feliz con el ruido y las luces. lo que te da miedo. en el espejo cuarteado. los que llegaron demasiado tarde. Sigues el flujo que va y viene. los grandes proyectos. un sonámbulo. un día de mayo en que hacía demasiado calor. Eres un ocioso. y apareciera a plena luz -pero la luz nunca es plena en la buhardilla de la rue Saint-Honoré. casi bastó. no es tu nueva cara. ni de defenderte. que suenen las horas. la noche. que los días pasen. No bajas a buscar el correo. ni de tu familia. ni de desear. de que nada ha cambiado. el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Has viajado y no has traído nada de tus viajes. pero el hecho es que no avanzabas. de las bellas certidumbres. Durante veinticinco años. se alterara. Deambulas por las calles. tres camisas y ocho calcetines. una ostra. La tenacidad. el movimiento. son las máscaras las que han caído. pero el sentido queda más o menos claro: te sientes poco preparado para vivir. el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una metamorfosis. justamente. no es lo repentino de tu metamorfosis. ni de tus estudios. el techo que redescubres a cada instante. solo en medio de la multitud de los Grands Boulevards. Has dejado de avanzar. lo que te conmueve. hombre mirando directamente frente a sí. no quieres más que la espera y el olvido. No devuelves los libros que sacaste de la Biblioteca del Instituto Pedagógico. no ves para qué tendrías que ir más lejos: bastó. Tan sólo la noche. ni de tus proyectos. trazan el camino demasiado límpido de una vida demasiado ejemplar. ni de tus vacaciones. ni nostalgias. No vuelves a ver a tus amigos. a pesar de que hasta ahora no lo sabías: esto. cómo se privilegiaba la acción. de que siempre has sido así. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes. los que dejaron su maleta sobre la acera y se sentaron sobre ella para enjugarse la frente. el triunfo. para que algo se rompiera. y una palangana de plástico rosa llena de agua negruzca en la cual flotaban seis calcetines. el calor de tu buhardilla las ha derretido. ni de tus amores. andar firme. Sólo sales a la caída de la noche. Lo que te desconcierta. de la République a la Madeleine. el entusiasmo: hombre que avanza hacia adelante. rehúsas la cerveza o el café que se te ofrece. no sigues adelante. no quieres más que durar. No rechazas nada. Mirada límpida. ni remordimientos. No tienes ganas de acordarte de otra cosa. el itinerario inútil de una mosca. hombre con los ojos fijos en el horizonte. ni de tus amigos. los monstruos. Ya casi no andas por las calles donde podrías encontrarlos. un tazón de Nescafé de pronto demasiado amargo. se deshiciera. Tus amigos se han cansado y ya no llaman a tu puerta.grieta. algunos libros que ya no lees. algunos discos que ya no escuchas. las ilusiones perdidas de los miles de relegados. Esto te pertenece. Las piadosas mentiras que acunan los sueños de todos aquellos que patalean y se atascan. la progresión casi reconocible de las sombras. vientre contraído. Esto es tu vida. mentón voluntarioso. para crear. Estás sentado y no quieres más que esperar. Las definiciones varían según la hora. tu habitación. el golpe de genio. sólo esperar hasta que no haya nada que esperar: que llegue la noche. sino al contrario. Pero no necesitas ya excusas. la iniciativa. No escribes a tus padres. te deslizas dentro de los pequeños cines mugrientos de los Grands Boulevards. que los recuerdos se borren. ¿no supiste nada acerca de lo que hoy es ya inexorable? En lo que te hace . pero a veces te exalta.esta verdad decepcionante. el torpor las ha despegado. la inoportuna conjunción de un texto del cual habías perdido el hilo. dibujan las sacrosantas imágenes de la lucha por la vida. la mirada de aquel que el azar pone a veces en tu camino. Las máscaras del buen camino. Evitas las preguntas. No abres la puerta. según el día. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna. el olvido. como las ratas. has llegado. A veces caminas toda la noche. pesada como un diccionario Gaffiot: no tienes ganas de continuar. a veces duermes todo el día. triste y ridícula como un gorro con orejas de burro.

un jueves por la tarde. luces frías. siempre presente. de franco camarada. demasiado evidentes. con un libro abierto sobre las rodillas. los pasajes vacíos. siempre mantenido a distancia. acentúa el silencio de la calle. zumbido. que teje ahora la tela familiar de tu vida recobrada. que no toca. sobre el banco. cementerios del domingo. polvo en suspensión en un rayo de luz. Nada ocurrirá ya. Nada te afectaría jamás. postigos cerrados. el alcohol. de buen alumno. en la palangana de plástico rosa. No eres más que una sombra turbia. El agua gotea en el grifo del rellano. imágenes inertes y borrosas. torpor. moscas zumbando en un local militar. Pones el libro abierto junto a ti. El deseo fugitivo y punzante de dejar de oír. Las grietas del techo dibujan un improbable laberinto. imágenes en filigrana de esta verdad revelada. más que romper. casi muertas. una mirada neutra que rehúye las miradas. casi blancas. el calor en tu buhardilla. de la madurez -los trazos a lápiz sobre el marco de la puerta de los retretes. Ese despertador que no ha tocado. el decorado vacío de tu vida abandonada. en los cristales. El débil jadeo del motor diesel de un taxi parado. sabrás en adelante identificar en los charcos. los primeros cigarrillos. como en un horno. Te sumerges en el sueño. ojos apagados. El olvido se infiltra en tu memoria.las veces de historia. Con labios mudos. mirada ausente. los pantalones largos. tiburones fláccidos. rostros mudos sobre los cuales se deslizaría tu mirada. Hombre sentado sobre un estrecho banco. el ardor de la navaja de afeitar. ballenas dormidas. bajo tu historia plácida y tranquilizadora de niño obediente. sala cubierta de fundas grises. los reflejos fugitivos de tu vida detenida. bajo esos signos evidentes. . sobre las carrocerías relucientes de los automóviles. del crecimiento. fotografias sobreexpuestas. de esta exhortación a la calma. la llave bajo el felpudo para las salidas del sábado por la noche. casi ya fosilizadas: una calle de provincias. recuerdos resurgidos. de dejar de ver. un duro núcleo de indiferencia. y los seis calcetines. los sueños descabellados de soledad. campos pelados. sombras opacas. los diplomas. Te dejas deslizar. que no tocará la hora de tu despertar. Hubo esos días vacíos. de permanecer silencioso e inmóvil. Amnésico errando en el País de los Ciegos: calles anchas y vacías. la primera mujer. Tu vecino duerme. ¿no viste nunca ninguna fisura? Los tiempos muertos. el primer combate-. el primer avión. como en una caldera. de esta dimisión suspendida durante tanto tiempo. Tu mano ausente se desliza a lo largo de la repisa de madera blanca. hubiera desde siempre corrido otro hilo. paseos en automóvil. Nada ha ocurrido. Todo es pesantez. Como si. Te acuestas.

fusilínea. o más bien la burbuja. La situación es incómoda. muy tensa. hay que saber detenerse. cueste lo que cueste. su translucidez es de calidad muy mediocre. pero de un jabón muy duro. el botón escondido que hará girar las paredes. llamas o damas que danzan. espesa. multitudes que suben y bajan. sin llegar jamás a ordenarlos como quisieras. o un brillo en la oscuridad. muy grande. o un sitio fresco donde hundirte. que te encuentras en una situación semejante. y poco friable. las exfoliaciones cada vez más abundantes son seguramente un signo preliminar de ello. ni brillo. Buscas detrás de ti. afortunadamente. regresan. a menos que el falsete haya sido falseado. No hay sendero. juegos de sombras.Primero hay imágenes. siempre peligrosas en esta época del año. sino pisciforme. se acercan. no necesitas buscarlas siquiera para saberlo. quizá. se esquivan. lógicos. la cual se ha elevado rápidamente y no tardará en alcanzar un umbral crítico. y. nunca hay sendero. por supuesto. sino normal. enfrente se descama. más bien. por último. no está enrojeciendo por arriba en lo más mínimo. como si de ello dependiera la revelación de una verdad esencial. ¿Qué hombre se encuentra encerrado en qué castillo de naipes? ¿Qué hilo? ¿Qué Ley? Hay que ser precisos. de lograr imponer ese orden. justamente. evidente. desde hace ya mucho tiempo el sueño se encuentra frente a ti. al problema que nunca ha dejado de preocuparte: el caballo no es nunca triunfo de corazones. Todas estas características están allí. sabes que te bastará con localizar un accidente de terreno en el horizonte. ni lago. necesitarás cierto tiempo para llegar hasta él. Primero. reflexionar. se borran. evidentemente. muros que te rodean y en los que buscas la puerta secreta. y la respiración. ha logrado efectivamente captar señales provenientes de estrellas lejanas: ¿era la Nebulosa de Andrómeda. Si tienes un lago en medio de la cabeza. que un Observatorio de Aberdeen. de lado intenta débilmente respirar. pero puedes atravesar a nado. segundo. es normal. pero es siempre el mismo naipe el que coges y vuelves a coger. sofocante. sientes una sorprendente disposición a dejarte hundir. esa burbuja grande. Más tarde. familiares u obsesivas. tan sólo la almohada. Actuar metódicamente. que era débil y ahora es amplia. Sin embargo. basta con enumerarlas: arriba la burbuja se vuelve rosa. por supuesto. van y vienen. formas que se esbozan. sopesar la situación. a pesar de que esto no es algo que pueda afirmarse sin reticencias. o la Constelación de Goll y Burdach? ¿O los Tubérculos cuadrigéminos? La solución inmediata. nada graso. clasificas y reclasificas. Tampoco habrá barcas. y. y ahora te encuentras completamente aprisionado en el interior de la almohada. el resto pertenece a la almohada alrededor de la cual estás enroscado y a la que estás sujeto gracias a la presión que ejerces sin forzar sobre la argolla que forman tu pulgar e índice derechos. casi nunca hay barcas. Ahora todo se vuelve mucho más difícil. más cercano que nunca. apenas superior a la de la almohada. ni horizonte. Pero lo más molesto es la temperatura del conjunto. que se han multiplicado muy de prisa. de una piel extremadamente fina. nada. volar el techo. naipes dispersos que coges y vuelves a coger sin cesar. no es esférica en absoluto. te lo esperabas un poco. En un momento dado. o quizá. Ha sido un error prestar atención a esos detalles que ni siquiera eran ciertos. con esa desagradable sensación de tener la necesidad de concluir. Más tarde. sino más bien de jabón. Esto no te sorprende. Pero buscas en vano. en Inverness. pones y vuelves a poner. por supuesto. No es la primera vez. nunca hubo lago. comienza a ser evidente que la burbuja ha hecho trampa. donde hace tanto calor y está tan oscuro que te preguntas no sin cierta inquietud cómo te las vas a arreglar para salir. Posee su forma habitual: la pelota. resulta evidente que tan sólo eran trampas. y sobre todo. y cerca de los bordes habrá que tener cuidado con las hierbas. desaparecen. transparente. pero no de cristal. pruebas que no prueban ya nada. lo cual es no sólo plausible. recuerdos que ya no llegan a abrise camino. en el acto te das cuenta de que ni siquiera . Lo único que quizá era seguro son las descamaciones. no hay nada frente a ti. un lago. Recuerdas perfectamente que nunca hubo lago. Palabras sin ilación portadoras de sentidos confusos giran a tu alrededor. negra. como no sea.

tu almohada se cae y arrastra consigo tu mejilla. otra vez será. el sueño. en desorden. el calabozo abuhardillado vuelve a formarse y a cerrarse. durante todo este tiempo. pero es demasiado tarde para alcanzarlo. estaba detrás de ti. de que. no delante de ti. estás sentado sobre tu banco.estabas encerrado. tu pulgar. tus pies se vuelcan el uno sobre el otro: el tragaluz gris vuelve a su lugar no lejos de ti. su cielo negro atravesado por resplandores blancos o grises. o bien deberías haberlo previsto: nunca hay que darse la vuelta. detrás de ti. su horizonte congelado. tu antebrazo. al menos no tan bruscamente. tan reconocible con sus largas playas grises. Además lo sabías. como siempre. . lo reconoces inmediatamente. todo se rompe. Lo percibes de golpe. el verdadero sueño. si no.

que te gana. como si nunca los hubieras leído realmente. rastrillan la grava. . toser. y se puede visitar. te acerca el pan. Ella te habla de sus riñones. Una araña diminuta. la campana de la iglesia suena. La señora Theneveau ha hecho un vitalicio sobre su granja. en el desván. Apenas hablas con tus padres. el lavadero. o las nubes. en medio de su campo. un mercado. como un galeón saliendo del puerto. describiéndolo. Un campesino. He ahí la naturaleza que te invita y te ama. las hojas. dan de comer a los peces. Los altos árboles tiemblan. de tu padre. Te acuestas temprano. un árbol: a veces te quedas durante horas mirando un árbol. Los pájaros lanzan sus cantos. Jack London. miras los maderos del techo. la mermelada. Los granjeros han abandonado lo que alguna vez fue una gran villa. abrir cajones. sin saltarte una sola línea. No conoces los nombres de los árboles. Sobre la plaza se aglomeran las motocicletas. Un perro ladra. como si los hubieras olvidado por completo. Se supone que un beato vivió en una caverna. los juegos de la radio. y después. Alejandro Dumas. Comes en silencio. con el vientre de un gris casi blanco. en el fondo de armarios de ropa blanca. antes que tus padres. duplicando o triplicando la población invernal. Las ruinas de un castillo fortificado coronan una colina al pie de la cual se extiende el pueblo. Se paraba el ferrocarril. decapitas las hierbas salvajes a grandes golpes torpes de tu bastón. te quedas en la cama. había un notario. faroles de anticuario. de los vecinos. los libros de tus quince años. De niño pasaste allí algunos años. Julio Verne. Abogados. disecándolo: las raíces. hay un árbol del que se dice que tiene varios cientos de años. a buscar tabaco para tu padre. te vas de París. cigarrillos para ti. con el edredón de plumas hasta el mentón. cerca de Auxerre. jardines de adorno. un enorme camión se va alejando. desempolvan los arriates. las vespas de los más jóvenes. la iglesia. cubierta con un hule. Un tendero ambulante toca el claxon cerca del portal. algunas vacaciones. Por la tarde juegas a la belote con tu padre. con sus tres tejados de colores distintos. Los relees minuciosamente. te adentras en el bosque. el silencio de la campiña no te irrita ni te apacigua. Caminas a lo largo de las casas restauradas: postigos recientemente pintados de verde manzana. tenderos. paraíso de veraneantes. los pájaros cantan. una piedra. Solamente subsisten dos explotaciones agrícolas. a las nueve. Sobre la carretera blanca. Todas las tardes vas de paseo. Recoges del suelo una rama que escamondas como puedes. Caminas a lo largo de los campos de trigo maduro. el tronco. Es una villa un poco muerta donde se han retirado. guía el arado que arrastra un caballo tordo. Tu madre te sirve un tazón de café con leche. un poco apartada. El pueblo está ahora lleno de jubilados y de habitantes de la ciudad que vienen a pasar el fin de semana y un mes cada verano. funcionarios que podan los arbustos. Te sientas a la mesa de la cocina. teje su tela en el rincón de una viga. el correo. el castillo casi a la altura de tus ojos. En la plaza. del pueblo. más allá de una cantera abandonada. vas a casa de tus padres. Las obras de la autopista ya han comenzado. el viaducto por donde solía pasar el ferrocarril. cada hoja. ni de las flores. El perro de los Moreau ha muerto. en el campo. trinos. las plantas. Te sientas en la cima de una colina desde la cual dominas todo el pueblo: la casa de tus padres. Tu padre corta leña. en tu cuarto. una hoja caída. gorjeos. subir y bajar la escalera. no muy lejos de allí. Al principio sigues la carretera.Más tarde. Bajas al pueblo a hacer algunas compras para tu madre. Lees a veces durante toda la noche. El café-tabac está lleno. Has encontrado. A la hora de las comidas escucháis las noticias. solo. Por la mañana. Acostado sobre tu alta cama. y los montones de novelas policiacas que solías llevar a cada una de tus estancias allí. la paz de los campos no te conmueve. Masticas hierbas que luego escupes: el paisaje te inspira muy poco. Sólo te fascina a veces un insecto. el ramaje. la mantequilla. no vas a la ventura. Te quedas allí varios meses. rocas que no habita divinidad alguna. chapados de flores de lis de hierro forjado. Sólo los ves a la hora de las comidas. cerca de la iglesia. llamadas roncas. Los oyes ir y venir por la casa.

mil hojas idénticas y sin embargo distintas. es que es un árbol. este baño de coacciones que no termina nunca. te pedirá que lo hagas vivir. la fría ironía. No puedes esperar de él ninguna otra verdad. no irás. cabalgata. sin comprenderlo. disparar balazos al paso de un usurpador cualquiera. después de todo. pero no serás nunca dueño del árbol. todo está ya dicho. por la imperfecta rotación de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera. todos los asientos están listos y esperan su turno. esta eterna máquina de producir. Dios de los pobres. no tiene un mensaje que transmitirte. de desesperaciones. con algo de riqueza. de triturar. Barco ebrio. porque el perro te mira. El árbol no tiene una moral que proponerte. A medida que tu percepción se afina. te habla. su vida -si acaso esperas aún sacar algún sentido. dédalos o senderos. en sandalias. ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito. por la posición erecta. Nunca podrás sino desear volverte árbol a tu vez. la gran aventura. Pero el árbol no te pide nada. sus brincos de perro feliz. No puedes vivir con un perro. que seas hombre para él. de recomenzar una y otra vez. este dulce terror que se empeña en regir cada día. jamás paseas con un perro. ciudades y blasones. porque el perro. te suplica. buenas vistas. sin embargo. el desgarramiento. Tus aventuras están tan bien descritas que la más violenta de las rebeliones no haría fruncir el ceno a nadie. las plañideras ya han sido designadas para seguir tu féretro. de triunfar sobre los obstáculos. que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras. o te sorprende. lo único que este árbol te puede decir es que es un árbol. te obligan constantemente a conferirle el despreciable rango de animal doméstico. ramas y hojas. Su fuerza. miserable milagro: el Harrar es una atracción de feria. tronco. las etiquetas: desde el orinal de tu primera infancia hasta la silla de ruedas de tu vejez. su aire de perro apaleado. quizá. No puedes permanecer neutro frente a un perro. un viaje organizado. Los papeles están distribuidos. no destruirás la séptima maravilla del mundo. de las hojas. que lo alimentes. de nada serviría: tu cama ya está hecha en el dormitorio del manicomio. o la sonrisa de los viñedos donde los racimos de uvas maduran al sol. estos millones de conminaciones. tan vanos como la paz de los campos. Podrías bajar a la calle y hacer volar los sombreros de las gentes. de grandes comienzos! Pero es un precio demasiado alto por dos pulgares oponibles. Puedes ser Dios de los perros. Todo está ya listo para tu muerte: la bala de cañón que acabará contigo ya está fraguada desde hace mucho tiempo. a causa de esa evidencia insospechada. su majestuosidad. Por eso el árbol te fascina. que lo acaricies. cubrirte la cabeza de inmundicias. Por eso. a cada instante. tu cubierto ya está puesto en la mesa de los poetas malditos. la plenitud. el árbol explota y renace. de advertencias. de proyectos. de exaltaciones. o te tranquiliza. que seas el dios que clama con voz de trueno ese nombre de perro que lo hará arrastrarse inmediatamente por el suelo. de la corteza y las ramas. publicar manifiestos. pero tu camino está trazado de antemano. Sus ojos húmedos de agradecimiento. de estas antiguas metáforas. Te parece que podrías pasarte la vida frente a un árbol.no son más que imágenes. insospechable. te basta con una correa. y el juego infinito de las diferentes formas que tu mirada ávida solicita o suscita: cara. sin agotarlo. No es que odies a los hombres. cada rama desde el principio. este horno. o el valor de los pequeños senderos que trepan. la desesperación. tampoco frente a un hombre. algún coraje.cada nervadura. Dios de los gatos. mil matices de verde. Pero no dialogarás jamás con un árbol. solamente mirando: lo único que puedes decir de este árbol. esta parrilla caliente que es la vida. el exotismo. de engullir. se hace más paciente y más ágil. ya terminado. como la perfidia del agua estancada. con algunos despojos. no muy alto pero ellos solos. No tienes más que veintincinco años. cada hora de tu pobre existencia! Casi no has vivido y. No venderás tu alma al diablo. que seas su dueño. todo está preparado hasta el más mínimo detalle: los grandes impulsos del corazón. de incitaciones. a arrojarte dentro del Etna. raíz. Todo está previsto. andar descalzo. ¿Por qué habrías de escalar la cima de las .

Prefieres ser la pieza que falta en el rompecabezas. Ya no escucharás los buenos consejos. echas la soga tras el caldero. Carteles amarillos en jirones. al lado del palacio municipal. el paso muy lejano de un automóvil por la carretera. ¿cómo hacer para no pasarte la vida contando cómo lograste subir? ¿Por qué habrías de fingir que estás vivo? ¿Por qué habrías de continuar? ¿No sabes ya todo lo que tiene que ocurrir? ¿No has sido ya todo lo que tenías que ser: el hijo digno de tu padre y de tu madre. Las casas de campo están cerradas. Los veraneantes se han ido. Retiras del juego tus canicas y tus alfileres. mirarás los árboles. El cielo está gris. Un gato indiferente se calienta cerca de la estufa de hierro. para tener que volver a bajar en seguida? Y. como la ranita. como los viejos. anuncian todavía subastas. ni ningún huevo en ninguna canasta. el valiente boy scout. ni siquiera algunos esfuerzos. No enciendes la luz y te quedas inmóvil. algún perro ladra a tu paso. el apreciable colega. sentado frente a la pequeña mesa al lado de la ventana. bailes. Uno a uno. Llega la tarde. matas a la gallina de los huevos de oro. siguiendo con el dedo las líneas del texto. los guantes. las botas. Tienes frío a pesar del chaquetón forrado. las hornillas de hierro al ser colocadas sobre la cocina de leña. oyendo apenas los ruidos de la casa. con el libro entre las manos. Podrás escoger. Ya no sales de la casa. Capas de bruma ocultan el paisaje. Te sirven un concentrado de carne o un café desabrido. todo el día. algunos años más. Todavía paseas a veces. una vez abajo de nuevo. del correo. No pones a la suerte de tu lado. caótica. echas la llave bajo la puerta. y serás el ejecutivo medio.más altas colinas. Te sientas a la larga mesa de madera de una tienda de comestibles con bar donde eres el único cliente. el joven estudiante pobre? Algunos esfuerzos. No pedirás remedios. Ni siquiera le pides al ruido del viento entre las hojas que se vuelva oráculo. Das paseos más largos que te llevan hacia otros pueblos. la frase más simple se vuelve coja. apenas de tu cuarto. te comes la hacienda. los cuadernos escolares. a través de los campos y los bosques. el resultado de los partidos del domingo. escalarás los pequeños travesaños del éxito social. tu cara. el bocinazo del autocar de las siete en la curva cerca de la colina. las tarjetas postales rosa caramelo en las cuales soldados rubicundos cantan en verso los bellos sentimientos que les inspira una novia rubia. las nubes. la cual será adaptada cuidadosamente a tus medidas: ¿serás veterano condecorado? ¿Hombre culto? ¿Gastrónomo refinado? ¿Explorador de entrañas y corazones? ¿Amigo de los animales? ¿Dedicarás tu tiempo libre a masacrar con tu piano desafinado sonatas que no te han hecho daño alguno? ¿O bien fumarás tu pipa en una mecedora repitiéndote a ti mismo que la vida tiene sus cosas buenas? No. Te hundes en los lodazales de los senderos. el buen alumno que hubiera podido ser mejor. . Miras las latas de conservas. de los suelos. los delantales. Atraviesas campos cultivados que dejan espesas suelas de barro en tus botas. del lavadero. las piedras. te vas sin volver la cabeza. el apuesto militar. los números ganadores de las carreras de caballos. los techos. el primo lejano. intentas torpemente encender un cigarrillo. Veterano de guerra. el cielo. como los niños. el amigo de infancia. el ruido de la lluvia sobre los canalones de cinc. Cuando atraviesas el pueblo. entre una amplia y variada gama. el vacío. la tos de tu padre. los periódicos ya viejos. Pasarás de largo. el crujir de las vigas. los paquetes de detergente. Recorres los mismos caminos. la personalidad que mejor convenga a tus deseos. Llega la lluvia. el horario de los autocares. el agua. Decenas de moscas se han aglutinado sobre el papel pegajoso que cuelga aún en espiral de la pantalla metálica de la lámpara. Lees en voz alta. hasta que las palabras pierden sentido. Te quedas al lado del árbol. te gastas la renta antes de cobrarla. Empiezas la casa por el tejado. ya sin leer. De algunas chimeneas sale humo. sobre la plaza de la iglesia. fiestas que ya pasaron.

se desliza tirada por dos grandes caballos grises. . cruzado y rebasado por coches que aúllan. Regresas caminando por la carretera nacional. una larga gabarra. por la noche.Bandadas de pájaros pasan muy alto por el cielo. con el casco de un azul metálico. durante un instante parecen querer iluminar el cielo antes de precipitarse sobre ti. deslumbrado por los faros que. desde la parte de abajo de las cuestas. En el canal del Yonne.

nunca son exactamente iguales. y no te has preocupado de volver a ponerlo en marcha. ningún desequilibrio. falseado. sigan dando fe de tu paciente supervivencia. el día nace. esta ventana. por amigos o enemigos. de arranques. los relieves. murmullo apagado. los cajones que abre y cierra. el murmullo incesante de la ciudad. estos libros alineados. sin rebeldía. el campanario de Saint-Roch no distingue el cuarto. esta cama dentro de la cual te deslizas siempre solo. Tu buhardilla es la más bella de las islas desiertas. Sin duda se detuvo durante tu ausencia. Perder el tiempo. esta palangana. que se confunde casi con los latidos de tu corazón. la sirena de un coche de bomberos parece venir hacia ti. la alternancia de los semáforos en el cruce de la rue Saint-Honoré y la rue des Pyramides no ocurre cada minuto. el techo. En el cruce de la rue Saint-Honoré y la rue des Pyramides. que los músculos de tu nuca. que volverás a leer y releer. estación tras estación. desde hace mucho tiempo. o quizá las once. Esperar. que tu boca se cierre. la noche cae. está alrededor. una vida inmóvil. esta repisa. que la costumbre casi te permite ignorar. cada tallo. Este antro. la palangana de plástico rosa. un poco sospechoso: el tiempo pasa pero tú no sabes nunca qué hora es. marca las cinco y cuarto. casi borrada. el agua a lo largo de las riberas. este silencio. ni los tres cuartos. de tu mentón. los desconchados. de paradas. es tarde. este lavamanos tan pequeño que parece de juguete. Se presentará a ti. esta maleta-tocadiscos forrada de pegamoide color granate: así comienza y termina tu reino. sin despecho. Dejarte llevar por las multitudes. aún más presente. ni siquiera cuando es ya imperceptible: minúscula brecha en el muro del silencio. el tiempo no se detiene jamás totalmente. Desde muy lejos. este radiador de aletas metálicas. sus accesos de tos. la boca perpetuamente torcida. hasta que ya no haya nada que esperar.Vuelves a París y te encuentras de nuevo con tu buhardilla. Minuto tras minuto. por los ruidos constantemente presentes que son tu único vínculo con el mundo: la gota de agua que cae del grifo de la toma de agua del rellano. como el campanario de Saint-Roch. ligeramente superponibles. olvidando el esbozo de un ojo frontal. este sueño. es temprano. el tiempo ya no penetra. los ruidos de tu vecino. los ruidos no cesan jamás por completo. a pesar de la perfección casi infalible de los procedimientos de impresión. la gota de agua no cae cada segundo. de toda impaciencia. este espejo cuarteado que nunca ha reflejado tu rostro si no es fragmentado en tres porciones de superficies desiguales. los ruidos de la rue Saint-Honoré. Que los días comiencen y que los días terminen. día tras día. con tu silencio. este linóleo. regresar. el silbido de su tetera. las manchas. este techo del cual has contado cien mil veces las grietas. por las calles. se relajen por completo. en círculos concéntricos. Caminar por los muelles. la alternancia ordenada de frenazos. que el tiempo transcurra. En el silencio de tu habitación. gota a gota. Deambular. No necesitas nada aparte de esta calma. sin crisis. de aceleraciones. y sin embargo ligeramente torcido. para no retener ya más que una estría en forma de Y como la marca casi olvidada. pues cómo estar seguro de que has oído bien. de tu mandíbula. rozar las paredes. este torpor. rodeado. este empapelado del cual conoces cada flor. dormir. de una antigua herida. Estar sin deseo. obsesivo. este desván bajo el tejado que conserva siempre tu olor. baño permanente. y Paris es un desierto que nadie ha atravesado jamás. las calles. ni la media. olvidado. hora tras hora. Son las diez. las rejas. ritma el tiempo de manera casi tan regular como la gota incansable. un sablazo o un latigazo. los puentes. sus carraspeos. que las manecillas de un despertador que podrías no mirar. alejarse. La gota de agua. Seguir las cunetas. que sólo el subir y bajar de tu caja torácica. Tu buhardilla es el centro del mundo. los latidos de tu corazón. cada adorno en forma de lazo. el estrecho banco. acerca de los cuales eres el único capaz de afirmar que. No desear ya nada. Tu despertador. . Salir de todo proyecto. con el paso del tiempo. El espejo cuarteado en el que se reflejan los rasgos que forman tu rostro. sin desorden: ninguna aspereza. las muchedumbres. la nariz hendida. estos periódicos que has leído y releído.

tu vida anulada. algo que no terminará jamás: tu vida vegetal.algo está por empezar. .

Aprendes la transparencia. Ya no entras en los cafés. a mirar sin ver. Dejas que el tiempo que pasa borre el recuerdo de las caras. sonrisas. reinas sobre Paris: gobiernas el norte por la avenue de l’Opéra. Pasan . y las paredes. de electricistas. miras la calle. a pasear. Aprendes a caminar como un hombre solo. ya no vas a la biblioteca a mendigar saludos. de techo. Existen mil maneras de matar el tiempo y ninguna se parece a otra. Te dejas ir. y ello te resulta casi sencillo. ignorado por la oleada de estudiantes que sube y baja. a permanecer acostado. Debes olvidarte de esperar. y porque estás solo no debes mirar la hora jamás. no debes contar los minutos jamás. de las sonrisas. dueño del tiempo. A veces. das media vuelta. de las voces. sentado frente a una cerveza o un café solo. Estás solo. como si fueran telas en las que sigues sin fatiga las decenas. Caminas lentamente. de regodearte en la complicidad sosa de amistades que van sobreviviéndose. rostros en descomposición. mil juegos que puedes inventar y abandonar en seguida. pero ninguna vale más que otra. de perseverar. el sur por los pasajes del Louvre. los techos. textos que nadie sabría descifrar. no debes volver a sentirte decepcionado si no encuentras más que un anuncio invitándote a adquirir. coges la rue Vaugirard. gabarras. turbando a la larga los juegos del agua contra los pilares. el silencio. signos de reconocimiento. de tomar tus comidas.Aquí. te pegas a los escaparates. Tiendas de drogueros. un día. a ver sin mirar. Evitas los caminos que has seguido durante demasiado tiempo. en el lugar que cada día otros han reservado para ti. Deambulas por el boulevard Saint-Michel sin reconocer ya nada. de lograr. de merceros. laberintos inexorables. la inexistencia. todo lo que no se aprende: la soledad. Ya no erras como un alma en pena por el gran patio de la Sorbona. Desde la terraza de un café. ya no recorres los largos pasillos esperando la salida de clase. intentas descifrar el enigmático rostro que esboza quizá el complicado juego de sombras y de grietas sobre un fragmento de techo. dueño del mundo. a permanecer de pie. ojos y nariz. mil maneras de no esperar nada. aprendes a durar. Vas a sentarte sobre el parapeto del puente Louis-Philippe y miras cómo se hace y se deshace un remolino bajo los arcos. al olvido. Estás solo. o bien el dibujo preciso del borde de una oreja. que te forzaste. hacia CháteauLandon. A lo lejos pasan dragas. Olvidas que has aprendido a olvidar. el nacimiento de un hombro o de un cuello. ya no los recorres con aire preocupado. la indiferencia. frente que no enmarca cabellera alguna. Aprendes a mirar los cuadros expuestos en las galerías de pintura como si fueran pedazos de pared. de los números telefónicos. Te internas en la Ile Saint-Louis. A lo largo de todo el muelle hay pescadores sentados. tus cafés. de las direcciones. la inmovilidad. Aprendes a masticar cada bocado. por la módica suma de setenta y siete francos. Aprendes a ser una sombra y a mirar a los hombres como si fueran piedras. a encontrarle el mismo sabor átono a cada trozo de comida que te llevas a la boca. a veces han defendido por ti. a deambular. yendo hasta las salas del fondo en busca de ya no sabes quién. No debes volver a abrir el correo febrilmente. ignorando los escaparates. de emprender. A veces. un juego de platos de postre grabados con tus iniciales o los tesoros del arte occidental. Te queda todo por aprender. los miles de caminos siempre recomenzados. inmóviles. Ya no buscas a nadie en las colas que se forman cada dos horas frente a los siete cines de la rue Champollion. Aprendes a permanecer sentado. el este y el oeste por la rue Saint-Honoré. la depresión en forma de embudo que se vacía y se llena frente a los tajamares. que siguen con los ojos la inflexible deriva de los flotadores. vas hacia Péreire. de chamarileros. o nariz y boca. pequeña araña vigilante desde el centro de tu tela. Debes desacostumbrarte de todo: de ir al encuentro de aquellos con los que conviviste durante tanto tiempo. la paciencia. en el rencor oportunista y cobarde de relaciones que se deshilachan.

taxis. Una mujer hace grandes señas. una costurera con su escaparate tapizado de cortinas de muselina en el que parecen estar desde siempre el mismo maniquí macilento descolorido por el sol. sólo horas convenidas. acentuando sus discursos con gestos expresivos. las fachadas disfrazadas. las calles cementerio. sus diferentes calidades de crin o de cutí. con sombreros. tuercen para todos lados sus mejillas. autobuses. los barrios muertos. sobre la tierra algo arenosa. otros arrastrando los pies. un militar. con sus vendedores de modelos reducidos. en esta calle adonde vienes por primera vez en tu vida. Bordeas los parques. emiten con sus bocas mensajes aparentemente dotados de sentido. Asamblea de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Geoffroy Saint-Hilaire. se precipita.L. Sobre las aceras corre la doble oleada continua. se increpan. una por una. o bien un zapatero en el recoveco que le sirve de puesto. de sellos.coches particulares. saludándose. las tarjetas desgastadas en el escaparate de un grabador: Doctor Raphaël Crubellier. trazas círculos. las calles dormitorio. niños. se rebasan. algunos casi corriendo. con cochecitos de niño. una madre y su hija. Deambulas. sentado en la terraza de un café. Estomatólogo. Imaginas una clasificación de las calles. van por su camino sin verte. pero mucho más fluida. se detiene: esos pies sobre las aceras. sus patas de cama en forma de esfera. con paquetes. Con la punta del zapato. camionetas. un hombre con los brazos lastrados por dos pesadas maletas. Operarios que pasan como un rayo. vespas. con paraguas. sus manos. Grupos que se disuelven y se vuelven a formar sin cesar se amontonan alrededor de las paradas de autobús. felices e infelices. más que mirar esta muchedumbre que va y viene. se empujan. dificilmente podría ser más eficaz? Miles de acciones inútiles se reúnen en un mismo instante dentro del campo demasiado estrecho de tu mirada casi neutra. intentando en vano parar a los taxis que pasan. las fachadas roídas. Passage des Panoramas. esas ruedas sobre el pavimento. sacan sus agendas. sus cejas. sus limpiabotas. con una coordinación que. ¿requeridos por qué emergencias? No sabes nada de las leyes que hacen que se junten estas gentes que no se conocen. cuya puerta es una cortina hecha de tapones de plástico planos de todos los colores. el Bloque del Périgord a . y de que no dejas de mirarlos. sus puestos de hot-dogs. Dos hombres que llevan la misma cartera de piel de imitación se cruzan con el mismo paso fatigado. ancianas cargadas con bolsas de provisiones. con pipas. Passage Verdeau. que tú no conoces. y donde no tienes nada que hacer. Descubres calles por las que nunca pasa ningún coche. se congratulan. las fachadas oxidadas. por otro lado. y otros más. tus iniciales. La sirena de un coche de bomberos o de policía viene hacia ti amplificándose. separándose.R. Marcel-Emile Burnachs S. viejos y jóvenes. Viejos guardias inválidos charlan con niñeras de otra época. a pesar de que te encuentras a unos cuantos centímetros de ellos. Todo para los Tapices. Un hombre-sandwich distribuye folletos. Menú: Las Delicias del mar sobre lecho de glaciar. 11 rue Lagarde. los mismos cartones con botones de fantasía. motocicletas. con uniformes. 214 07 35. sus labios. Alargan al mismo tiempo sus manos derechas y se las aprietan como si quisieran triturárselas. cruzándose. Señor y Señora Serge Valène. deteniéndose frente a los escaparates. en grupos compactos separados por raras y breves pausas: reflejos lejanos de los semáforos que regulan la circulación. Diplomado por la Facultad de Medicina de París. de los edificios: los barrios locos. de hueso de aceituna o de huso. sus narices. un ojo. o bien un colchonero que vende sus muelles. los mismos grabados de modas que sin embargo llevan la fecha del año. Passage Jouffroy. donde casi parecería que no vive nadie. rebasado por niños que corren haciendo resbalar sobre las rejas una regla de metal o de madera. hombres y mujeres. rebasándose. ¿qué hacen todos? ¿Adónde van todos? ¿Quién los llama? ¿Quién los hace regresar? ¿Qué fuerza o qué misterio los hace posar alternativamente el pie derecho y después el pie izquierdo sobre la acera. con perros. Te sientas en los bancos de tablas verdes con patas de hierro colado en forma de garras de león. de bisutería.A. cuadrados. de los peatones. se saludan. las calles mercado. las fachadas peladas. con vientres. de los barrios. con periódicos. Lees. ensartados en hilos de nailon. de pipas. Descubres los pasajes: Passage Choiseul. sin ningún comercio aparte de una tienda fantasma.

pedagógicas. a pesar de su cabeza. deportivas. terrenos. debe de tener marcas trazadas desde hace mucho tiempo. el artículo de la muerte: la. fincas. que le llega hasta el esternón. femeninas. escrupulosamente. su debilidad. inmóvil. fondos de comercio. que Jean-Paul y Lucas anuncian con orgullo . vitalicios. Entras en las librerías y hojeas los libros sin leerlos. los grandes ensayos que se prolongan a lo largo de tres o cuatro números. Has recorrido quinientas. las previsiones meteorológicas. sin esfuerzo aparente. urbanísticas. los nacimientos. su locura. la sección «día a día». los programas de la radio. Lees los títulos de la primera plana. El sol da la vuelta a su alrededor: quizá lo único que requiera su atención sea el recorrido de su sombra. acercándote para leer el título. inclinando la cabeza hacia la derecha. deteniéndote frente a cada cuadro. judiciales. las visitas y conferencias. o el nombre del pintor. propiedades. de la televisión. literarias. con los pies juntos y el mentón apoyado sobre el puño del bastón que sostiene con ambas manos. los anuncios publicitarios. dramáticas. Nueva York se mantenía. las necrológicas. Entras en las galerías de arte y las recorres. económicas. de los teatros y los cines. provinciales. la política mundial. un viejo momificado. que hay que tener confianza en la experiencia del más antiguo banco de créditos inmobiliarios de Francia y su red de especialistas. que ha provocado tres mil millones de pérdidas materiales en Florida el paso del tifón Bárbara. Tú quisieras llegar a poder hacerlo. los suplementos dedicados a un país. te pones nervioso con demasiada rapidez: a pesar tuyo. la bolsa de valores. proposiciones comerciales. arrendamientos diversos. si es que está loco. durante horas y horas. das vueltas en círculo. que ha sido fabricado por obreros pertenecientes al sindicato y controlado por el OJD. Parece también un ser humano. mira fijamente al vacio. de su corbata de parnasiano para escuela primaria. coches.las perlas negras. cursos y lecciones. de su pantalón. los agradecimientos. los sucesos de la última página. las noticias breves. Es un excelente ejercicio. Pero tu memoria ha tenido cuidado de no retener ninguna: has leído con igual falta de interés que Pont-à-Mousson estaba flojo. los crucigramas que resuelves mentalmente (no católico cuando se le bautiza: vino. Tratas de descubrir su secreto. y comprobado. Pero ni siquiera babea. las páginas turisticas. marítimas. Debe de estar completamente sordo. sin duda a causa de tu extrema juventud dentro de la vocación de viejo. médicas. la Bella plateada del lago. sistemáticamente. En los jardines de Luxembourg. mil informaciones. Parece una estatua. durante horas. pero tiene sobre las estatuas la ventaja de poder levantarse y caminar. pisos (compra). está escrito en la etiqueta: ceremonial). el acero en repliegue. garajes. universitarias. de belote o de tarot. pisos (en construcción). animales. la política francesa. si así lo desea. son inseparables cuando están revueltos: huevos. varios. apenas si pestañea. alejándote para ver mejor. guiñando un ojo. los matrimonios. el boulevard Gouvion Sant-Cyr. con ojos tan escrupulosos y tan atentos que te has fijado hasta en la tirada del número. sindicales. Firmas a la salida con una gran rúbrica ilegible acompañada de una dirección falsa. las presentaciones de tesis. no lejos de ti. los asuntos del interior. capitales. pero. lees Le Monde línea por línea. quizá sea el creerse reloj de sol. las subastas en el Hôtel Drouot. los compromisos. no mueve los labios. sociales. miras a los jubilados jugadores de bridge. En un banco. o la fecha. Pero parece inatacable. Tú lo admiras. A veces te fijas unas metas irrisorias: Daumesnil. su existencia precede a la esencia: vainilla. a un producto. a una región. tu mirada se pasea erráticamente. científicas. locales comerciales. al azar. las recepciones. que parece más bien la de un pájaro. la crónica sobre el extranjero. representaciones. pero tiene sobre los demás seres humanos el privilegio de poder quedarse inmóvil como una estatua. religiosas. una vez más. el museo Postal. tu pie se mueve sobre la arena. gastronómicas. medio ciego y más bien paralítico. las noticias del extranjero. los anuncios clasificados: ofertas de empleo. pisos (venta). asociaciones. Clignancourt. venta de objetos usados. tus dedos se cruzan y se descruzan sin cesar. Sigues caminando. solicitudes de empleo. te pierdes. aeronáuticas. Te sientas al fondo de un café.

que no haya nada que decir más que: lees. rara vez más que eso. La infranqueable distancia que separa la costilla de buey de La Villete del «menú» que casi a diario ordenas. aunque patente. irreductible. o ganar. Tu propósito no es redescubrir los sanos gozos del analfabetismo. ahora.dejaran de afectarte. si es que ese «simplemente» tiene algún sentido. pero no pruebas. al camarero de la barra de La Petite Source. en cuanto entras. el crujir dorado de las patatas paja. la imposible. quieres dejarlas en un terreno neutro. la mortal tarea de representarte. Ya no les confiarás la agotadora. una hora. de marcarte. alimentos de vagabundos. cada día. esa dureza convertida en carne. de la pompa. las preferencias se derrumben. la necesidad. por qué habrías de descifrarlos? Sólo te importa que el tiempo transcurra y que nada te afecte: tus ojos leen los signos. bebes vino. simplemente. duermes. que sean acciones. tus alimentos. de acuerdo con reglas al fin y al cabo muy simples. bajo la forma de un pedazo de carne de buey a la plancha. el más comprometedor. contundente. es un poco lo que los psicofisiólogos llaman una «toma de alimento»: absorbes. Ninguna energía sagrada. Comes carne y patatas fritas. de un vaso de vino cuya denominación no se le ocurriria a nadie controlar. El lenguaje ha sido más resistente: te ha hecho falta algún tiempo para que la carne dejase de ser delgada. un vaso de vino tinto. desligado de todo valor. evidente. ya no te las darás de enterado a través de ellos. portadores en un principio de sentidos tristes. Pero ¿por qué razón habrías de hacer de ellos tu pitanza. funcional. patatas fritas en aceite hirviendo. pues lo funcipnal es el peor de los valores. ferias de suburbio. el vino áspero o ácido. ningún néctar divino llena ahora tu plato o tu vaso. de los solomillos. tu propósito no es dejarte morir de hambre. de las patatas Dauphine. y para que la tristeza. la penuria. una o dos veces al día. para que esos califleativos eminentemente despectivos. de las patatas soufflé. Ningún punto de exclamación acompaña tus comidas. . uno tras otro. gestos. de patatas fritas a las que nadie bautizaría como patatas paja. No es que quieras realizar estas acciones en la más completa inocencia.la venida al mundo de su hermanita Lucie: leer Le Monde no es más que perder. es medir una vez más hasta qué punto todo te da lo mismo. el aroma del vino en su cestillo de mimbre. las patatas fritas aceitosas o blandas. y asimismo para que en el extremo opuesto dejaran de convencerte los signos nobles. tranquilamente. dos horas. perdieran poco a poco su sustancia. y por supuesto no. fibrosa. llamado también a veces bistec o incluso biftec. y tu paladar tampoco. la diferencia. y ni siquiera definir la superioridad cualitativa. correosa. el indiferente no es ni ignorante ni hostil. que evocaban comidas para pobres. Es necesario que las jerarquías. o en Roger la Frite. Con respecto al mundo. o en La Biére. Pero tu estómago ya no distingue. estás vestido. si es que lo hizo alguna vez. de la fiesta: el espesor rojo y tierno de las «piezas» de charolais. una combinación estrictamente calculable de proteínas y de carbohidratos. de los entrecôtes que descargan en el mercado. la vergúenza que se encontraban inexorablemente ligados a ellos -esa grasa convertida en patata frita. en la barra de La Petite Source. de los pavés. el más traicionero. Cuando comes. esa acidez hecha vino. de unos treinta signos tipográficos sea capaz de crear. no tiene ya poder sobre ti. comes. sino leer sin dar importancia alguna a tus lecturas. tus lecturas ya no hablarán en tu lugar. Tu propósito no es andar desnudo. reverso exacto de aquéllos. la pobreza. pues la inocencia es un término demasiado fuerte: solamente. no monedas de intercambio: tu vestimenta. Puede todavía sorprenderte el que la combinación. sino ir vestido sin que ello implique necesariamente rebuscamiento o abandono. sino sólo alimentarte. estos miles de mensajes. pero definitivamente no de un tournedós. de la abundancia. Se trata de un steack. sopas populares. sobre todo no.

los barajas dos o tres veces. pero eres un jugador mediocre y a tus jugadas les falta elegancia: no dominas el squeeze. otra vez el inicio de un rostro. después de un siete. Sin embargo. Comienzas un poco . villa. antes de que se disloquen y todo vuelva a comenzar: la aparición de un gesto. en cuanto el juego parece comprometido. pasar al tercero. sigues caminando. azar que se precisa: un ojo que te observa. sople el viento en ráfagas o no haya hoja que se mueva en los árboles. rama desintegrada. no puedes ya llenar espacios sin descubrir invariablemente un rey. encontrando. Distribuyes sobre tu banco cuatro hileras de trece naipes.de una cicatriz. una vez resuelto ese problema. Haces partidas de bridge. si se encuentra. puedes poner el siete del mismo palo. un remolino. organizaciones frágiles que sólo puedes asir durante un instante. La suerte no juega casi ningún papel en este solitario. plagados de prohibiciones que te obligan a dar largos rodeos. digamos. ya sea que el alba apague las farolas o que el crepúsculo las alumbre. Puedes prever con mucha antelación el momento en el que tus cuatro espacios libres te harían encontrarte con un rey. luego otro. ya no esperaste gran cosa del bridge. si los jugaras en orden. los distribuyes. Barajas los naipes. después de un ocho el nueve. de una silueta. La conjunción de sombras y manchas y las variaciones de acomodación y de orientación de tu mirada producen sin esfuerzo. y de nuevo al segundo. de cuyo interior emerge. esbozo de un signo vacío que dejas crecer. contra cualquier defensa posible. sin tener más que dos triunfos entre sus dos manos. si uno de los espacios es el primero de una hilera. pues cuando la mitad o la tercera parte de los naipes están ya clasificados. fijándolas en un nombre: viña. ¿quién sabe?. llueva o brille el sol. gracias a un perfecto reparto de los fallos y los largos. reteniendo. pero. ganas muy rara vez: siempre llega un momento en que el juego se bloquea. reencontrada. una frente. Vas a ver los monumentos. el ocho. no puedes poner nada y el espacio se pierde. rostro en suspenso en el cual buscas inútilmente las orejas. ligero balanceo de veleros. tienes derecho a poner un dos. al cuarto. pedazo de árbol. y retiras los cuatro ases. las estatuas ecuestres. tienes derecho a otros dos intentos: basta con dejar en su lugar los naipes ya clasificados y redistribuir los otros después de haberlos barajado cuatro veces. los restaurantes rusos. Inventas recorridos complicados. villano. visaje. para perderlas en seguida. y por lo tanto perder. sigues deambulando. En principio. un hombre que duerme. precisamente. únicamente la huella de una sonrisa ambigua. después de un seis. cerca de las puertas de la ciudad. apenas distinto del de hace un rato.Haga buen o mal tiempo. recoges todos los naipes. los urinarios. de un movimiento. que estés perdido entre la muchedumbre o solo en una plaza desierta. pero. A menudo juegas a las cartas tú solo. Vas a ver las grandes construcciones a lo largo de las riberas. un gran slam. un as y un valet. los distribuyes de nuevo para una nueva prueba. el cuello. Duermes con los ojos bien abiertos. o más atento. Regresas a tu cuartucho y te dejas caer sobre tu banco demasiado estrecho. puedes utilizar un espacio. la sombra de una nariz que quizá prolonga la marca -infamante o gloriosa. más sombrío quizá. Un día concebiste una distribución excepcional en la que un equipo. los ojos. regresar al primero. las canalizaciones. los edificios en demolición. como los idiotas. Pero rara vez aprovechas esas dos oportunidades que se te ofrecen. decenas de formas nacientes. lentamente. organizas las grietas del techo. el descarte. Cuentas las iglesias. Cuentas. después de un valet la reina. virus. constituyéndose punto por punto. intentas resolver los problemas que cada semana aparecen en Le Monde. retiras los cuatro ases. los pases de mano. Caíste entonces en los gozos hechiceros de los solitarios. las calles despanzurradas como campos labrados. lograba. El juego consiste en ordenar los cuarenta y ocho naipes restantes utilizando los espacios que han quedado vacíos al eliminar los ases. si se encuentra después de un rey. observas el juego. y en cuanto te diste cuenta de que el supuesto slam carecía absolutamente de interés. preservada. ya que era imposible anunciarlo y además jugarlo no requería ninguna astucia.

rara vez. . o los filamentos ligeramente opacos que flotan lentamente en la superficie de tu córnea. y ni siquiera. quizá.al azar. ahí el desplazar uno solo te permitirá ordenar de golpe cinco. combinas. muy poco. construyes. cada vez más rato. Pero juegas cada vez más a menudo. Como si esa estrategia solitaria y muda constituyera tu único camino. Lo que te importa no es la victoria. allá un rey que te estorba no podrá moverse. procurando solamente no descubrir demasiado pronto un rey. seis. según el instante. No ganas casi nunca. o bien hasta la mañana. urdes plan tras plan: ejercicio vacuo. Haces trampa a veces. hay muchas maneras más fáciles de conseguir sus favores. cada vez menos. peligro que nada sanciona. cada naipe adquiere una densidad casi conmovedora. Según la posición. se hubiera convertido en tu razón de ser. ya ni siquiera. Poco a poco el juego se organiza. o casi infeliz de que todos tus pacientes cálculos conduzcan todos al mismo resultado imposible. más que los laberintos de los techos. de que un rey no pueda levantarse contra ti. y si sólo se trata detener a los dioses de tu lado. pues qué significaría tu victoria. para pasar el rato. a veces toda la tarde. Tú proteges. un naipe está ya en su lugar. que los juegos del agua cerca de los puentes. incluso más. o bien desde que te levantas. ordenamiento irrisorio: cuarenta y ocho naipes te encadenan a tu buhardilla y te encuentras casi feliz de que un diez esté en su lugar. aparecen obligaciones. destruyes. se presentan posibilidades: aquí. En este juego hay algo que te fascina.

tú sobrevives. vas a los museos. sobre el banco. protegido. completamente vestido. así. Descubres. Encuentras. Experimentas una tranquilidad total. Entras en los cines de barrio donde flota un penetrante olor a desinfectante. una felicidad casi perfecta. apenas distintas. como una vaca. las estaciones. a cada instante. en el interior de tu ojo o en la superficie de tu córnea. sin futuro y sin pasado. de noche. te alejas de todo. simplemente. te vas adormeciendo. filamentos torcidos cuya disposición forma una especie de animal casi fantástico. Vives en un paréntesis bienaventurado. microbianas. en un vacío lleno de promesas y del que no esperas nada. Un pequeño bicho negro probablemente irreal abre una brecha insospechada en el laberinto de las grietas del techo. Tu respiración es sorprendentemente regular. Les pierdes la pista. te encuentras. No existes ya: sucesión de horas. a veces repleta de emociones nuevas. Cierras los ojos. Estás acostado. te desprendes de todo. fascinante. las semanas. Eres invisible. sin alegría y sin tristeza. vuelves a encontrarlos. como una mosca o como una ostra. a las estaciones. a las bibliotecas públicas. transparente. como una rata. ciertos espectáculos que te ofreces. como seis calcetines remojados en una palangana de plástico rosa. los de los vendedores de cristalería de la rue du Paradis. a veces casi con una especie de embriaguez. los de los vendedores de muebles en el Faubourg Saint-Antoine. La gota de agua cae del grifo del rellano. límpido. miras los escaparates de los anticuarios de la rue Jacob. briznas. a los mercados. juegas al millón. Deambulas por las calles. o ya muerto. evidentemente. Dejas el libro abierto a tu lado. Con el paso de las horas. recorres las ferias. de los días. como una gota de agua suspendida en el grifo de una toma de agua en un rellano. con las manos cruzadas detrás de la nuca y las rodillas en alto. como un niño o como un viejo. que nada te pesa. te frotas los ojos y los filamentos explotan. discos o burbujas. Tu vecino está callado. ausente quizá. zumbante. Formas víricas. de día. desaparecen. comes bocadillos en las barras. se multiplican. en esta vida sin desgaste y sin otro estremecimiento que esos instantes suspendidos que te procuran los naipes o ciertos ruidos. preservado. sucesión de días. . los abres. regresan de pronto al centro. que eres libre. como un caracol. el transcurrir del tiempo. sobre el banco. flotan lentamente de abajo arriba. el paso de las estaciones. De vez en cuando un coche pasa como un rayo. ni te gusta ni te disgusta.Es de noche. patatas fritas envueltas en cucuruchos de papel. Todo es vago. Pasa el tiempo.

como si tu nariz fuera la quilla. un signo premonitorio. salvo. extraordinariamente plano. con un toque de majestuosidad. es justamente tu impaciencia la que acaba de desencadenarlo y todos tus esfuerzos por retrasarlo no hacen más que precipitarlo. Todo es negro. como en el negativo de una fotografia. ni siquiera fosforescente. en una posición bastante romántica. el estrave. la parte y el todo. pero ahora visto desde arriba. como si apareciera una pantalla y se proyectara sobre ella un negativo de película. Más tarde. reclinado en una postura un poco romántica. telas plisadas. el navío entero del cual eres el pasajero inmóvil sobre la cubierta. los dos navíos. reclinado sobre la borda. un solo detalle de ese navío. naturalmente negro. El agua te rodea por todas partes. entonces. son más bien pliegues. aparece el mismo navío. como en una cartela. o más bien todavía no completamente absurda pero sin duda destinada ya a ser absurda. y ya en absoluto como un buque transatlántico. exacto hasta en el más mínimo detalle: el mar estaba negro. maravillosa y desesperante. más que algunos segundos. cada vez desde más arriba. de que ya has vivido antes esa imagen. si hay algo que te irrita. lo sabes ya. por experiencia quizá. sin vibración. mar negro. no disminuyes en lo más mínimo. sin embargo. de inmediato demasiado precisa. de que es un recuerdo real. el más pequeño pedazo de tierra si hubiera un horizonte. que te preocupa. las huellas blancas y profundas de tu paso. puesto que jamás podrás soportar más que algunos instantes. levantando a cada lado dos olas blancas. o más bien el estrave de un gigantesco transatlántico. en alguna parte. el . arriba. huella blanquecina y ondulante que abres frente a ti al deslizarte sobre el agua negra. Pero no hay nada más que el mar. que lo que está tomando forma es el principio del fin. surcando las aguas. Entonces. que son quizá los flancos del navío. en cambio. pero quizá sólo sea una ilusión óptica imputable a la diferencia de escalas. es decir.A veces la oscuridad dibuja primero la forma imprecisa de un as de picas: hay frente a ti un punto del cual salen dos líneas que se alejan y regresan hacia ti después de un largo rodeo. por encima. reclinado sobre la borda. y sólo son blancas. ya no se desliza. algo así como la consciencia de ser ese estrave. sino que vuela sobre el agua negra. amplificado desmesuradamente. no está oscuro. como una lancha motora. es el hecho de que ya no sabes si eres primero el estrave solo deslizándose sobre el mar negro y levantando olas blancas y en seguida. y lo que es más. no con suficiente lentitud. como si éste no hubiera sido más que el preludio de esta estela. cuando mucho. o incluso como un fuera borda. la impresión desdoblada sigue siendo de una precisión absoluta. o quizá grises. y todo tú eres estrave abriendo sin esfuerzo. y luego. nace una primera contradicción. a pesar de que nada ha sido revelado aún. y esto de inmediato resulta mucho más grave. en seguida lancinante y casi dolorosa: la absurda certeza. Muy pronto. el despertar te acecha. emerge como cada vez. puesto que. tu nariz estrave y tu cuerpo transatlántico navegan en compañía sin que nada te permita disociarlos: eres al mismo tiempo el estrave y el navío y tú sobre el navío. de perspectivas: te parece que el navío avanza lentamente. todo entero. No es de noche. casi al mismo tiempo. y sin embargo tienes la impresión de que podrías descubrir cada detalle. contigo como único pasajero. quizá. las olas que se yerguen a tu paso a cada lado de tu nariz. un mar negro sobre el cual navegas. y el estrave. espesas. Durante mucho rato. existe primero el navío entero deslizándose sobre el mar negro. un indicio cuyo sentido no estaba siquiera claro y del cual esperas ahora el esclarecimiento con la vana esperanza de que todo permanezca difuso el mayor tiempo posible. va cada vez más aprisa. la más mínima nube si hubiera un cielo. cada vez más lentamente. allí donde antes se inscribía el as de picas. reclinado sobre el pasamano. a lo largo de tus ojos. y tú estás sobre la cubierta. la intensidad de lo que se está preparando. o bien si. una impresión a la vez excitante y desagradable. es el mundo entero el que es negro. quizá un poco como si lo vieras cada vez desde más lejos. se te distingue tan bien como antes. y sin embargo tú. sin ruido. es un océano. por el contrario. Durante largo rato. como la reja de un arado labrando un campo. casi como a cámara lenta. inmóvil. Entonces. pero quizá demasiado bien dibujadas para ser olas verdaderas. como si supieras. o más bien sobre la barandilla.

evitándote en el último momento al pasar por tu derecha. mucho más tarde. avanzando y creciendo. más tarde. durante mucho rato. al contrario. te has vuelto hacia el lado derecho. has vuelto a adormecerte muchas veces. a la larga. frente a tus ojos. hacia el lado izquierdo. algo así como un felino. dibujando. te has despertado quizá muchas veces. . experimentabas exactamente la misma sensación que experimentas ahora. durante mucho rato. crece con un rugido. jamás en el centro. la estrella que crece y pasa rozándote. oírla. que se infla. más tarde. y de nuevo nada. pasando tan cerca de ti que casi has creído tocarla. mostrando sus dos colmillos afilados. Frente a ti. con regularidad: primero nada. los puntos blancos. luego un punto centelleante. estrella. el esbozo de una cabeza de pantera que luego se precisa. y luego desaparece. quizá incluso has encendido la luz. Luego nada. a veces más bien a la izquierda. cada vez más peligrosamente. a veces más bien a la derecha. el sueño se convierte en el blanco de tiro. se vuelve rombo..navío avanzaba lentamente por el estrecho canal haciendo brotar a los lados dos chorros de espuma blanca. una cabeza de pantera vista de perfil. te has acostado boca arriba. peligrosamente. casi resplandeciente. o más bien no. dejando en su lugar un punto luminoso que crece. al mismo tiempo la imposibilidad y la irreductibilidad de semejante recuerdo. en alguna parte. El fenómeno se reproduce muchas veces.. boca abajo. te evita por un pelo. mucho más tarde. o. mostrando sus dos colmillos afilados. luego unos puntos apenas luminosos. estabas reclinado sobre el pasamano de la cubierta en la postura un poco romántica que adoptan todos los pasajeros de todos los navíos cuando toman el fresco mirando a las gaviotas. Más tarde. estrella. rombo. a veces. algo así como un astro blanco que explota. quizá te has fumado un cigarrillo. salvo la de conocer. sentirla. o bien. más exactamente. tú te conviertes en el blanco de tiro del sueño. la cabeza de la pantera. luego bola de luz que viene hacia ti. muy rápido. y sin embargo no experimentas ahora ninguna sensación. una minada de pequeños puntos blancos se organizan. y se precipita sobre ti.

el agua. la sombra de una sombra que mira cómo se hacen y se deshacen sobre un rectángulo oblongo distintas combinaciones de sombras y de luces que esbozan sin parar la misma aventura: musica. te detienes. intocable. un portal.Con el tiempo.un cepillo de dientes. No preguntas el camino. o bien engañosa. No bostezas nunca. Duermes o no duermes. las nueve o las diez de la noche.. por la neutralidad de tus pasos.una entrada. es decir una tensión. un grupo. te vas. la placa de una calle. una escalera. una peregrinación a Saint-Julien le Pauvre.un menú y un tinto. cruzas el Sena. hasta luego. aunque desengañado e irrisorio. Tu turismo. Tus ojos han perdido todo su brillo. como tantos otros.. tonta. ni tus lecturas. unos carteles.. No te ríes nunca. Ya sólo pronuncias las palabras necesarias. Caminas o no caminas. Al principio. la estación Saint-Lazare a la hora de la salida de las oficinas. Pero aunque una meta fuera turística. te tomas la consumición. un paso de peatones. cruzaste todos los puentes.una caña. Te deslizas por las calles. nunca estás perdido. un árbol. Bajas tus seis pisos. o bien una luz o una ausencia de luz. en el fondo de tu bolsillo. la rue des Saussaies. una emoción. tu silueta se ha hecho completamente caída. deambulas.. En las comisuras de tus labios se dibuja una serenidad sin hastío. Enciendes un cigarrillo. el rótulo de un estanco. todos los espacios se parecen. Ya sólo tienes gestos aprendidos. viste las rosas de Bagatelle. gracias. sin amargura.un billete. siendo en la sala oscura sólo la sombra de un espectador. que ya no tratas jamás de variarlas. Delacroix. a pesar del lejano recuerdo de los Surrealistas. . Nissim de Camondo. unos adoquines. Juegas al millón o no juegas. una glorieta. entrando indiferentemente en el primer cine que encuentras alrededor de las ocho. escogías tus itinerarios. tu frialdad se vuelve fabulosa. ni tu ropa. Guimet. No tienes hambre. el puesto de un mercero. o incluso provocadora (la rue de la Pompe. el tercio de tu peculio cotidiano. Bourdelle. espera. Pides: . un muro. te fijabas metas. una señal luminosa. la place Beauvau. te deslizas dentro de la sala oscura de un cine. la Concorde a mediodía el 15 de agosto. Carnavalet. buenos días. . basta con una espalda gris que te preceda algunos metros y gire hacia una calle gris. te sientas. te acuestas. Compras le Monde o no lo compras. un escaparate. Deambulas. Te dejas ir. de la misma manera que ya no escoges tus comidas. el Acuario del Trocadéro. Hiciste. te plantaste bajo la Torre Eiffel. pues sólo pueden pasear aquellos que roban tiempo para hacerlo. medida del espacio. te quedas de pie. seguía siendo fuente de vigilancia. De la misma manera que ya no escoges tus películas. No dices nunca por favor. de agotar las aproximadamente trescientas combinaciones que es posible obtener en la barra de la Petite Source por cinco monedas de un franco. Cernuschi. Pagas. cultural. No te disculpas. Cruzas la calles. visitaste todos los museos. Les Halles de madrugada. te dejas llevar: basta con que la muchedumbre suba o baje por los Campos Elíseos. Montmartre de noche. Nunca tienes prisa. encantamiento. . Comes o no comes. deambulas. . una voluntad. te metes el cambio en el bolsillo. protegido por el desgaste moderado de tu ropa. Caminas. Todos los instantes son iguales. . un ruido o una ausencia de ruido. seguiste todas las riberas. Te sientas.un café. el Quai des Orfévres). No miras la hora en los relojes. diste vueltas cerca de la entrada de las catacumbas. No tienes sueño. unas rejas. organización del tiempo. no dejaba de ser una meta. subiste a la cima de algunos monumentos. de la misma manera que ya no escoges tus horas de sueño. vuelves a subirlos. el Palais de la Découverte. Coges Le Monde de encima de la pila y depositas dos monedas de veinte céntimos en el platillo del vendedor. valiosos minutos que se ingenian para arañar a sus horarios. imaginabas periplos complicados que adquirían a pesar tuyo un aire odiséico. . Ya ni siquiera paseas.

con olor a vinagre y a mugre. de las farolas. bares. Te deslizas. cierta paz del cuerpo: abandono. si es que tienes. el dibujo de los enlosados. luego a cucharadas. detenerte. mientras aún tienes pan. una inercia que nada podría afectar. sobre un sofá de piel de imitación. con las manos cruzadas detrás de la nuca. cambias de camisa. Caminas por callejuelas grasientas. el dos de picas en su lugar. Paris de noche. las nubes que dibujan en el cielo formas de nubes. los abres. Te acuestas sobre tu estrecho banco. Te instalas en los vestíbulos de los hoteles. verde casi negro de las hojas inmóviles. No hablas solo. las arrugas alrededor de tus ojos. afeitarte. vaho en las puertas de los cafés. Corcho en el agua: ir a la deriva. seguir el barullo. La indiferencia disuelve el mensaje. olvidado veinte veces. No gritas. deambular: el verano en el silencio espeso. las tablas de los parquets. pero sólo tienes veinticinco años. Relees una novela policiaca que ya has leído veinte veces. Gestos de autómata: levantarte. pones el siete de corazones después del seis de corazones. «Vinos y Carbones» sin luz. la propaganda turística. el valet de corazones después del diez de corazones. Crucero a la India. le . retiras los ases. el agua. asfalto pegajoso. eres libre y no escoges. de escalofríos. Filamentos torcidos flotan lentamente de arriba abajo en la superficie de tu córnea. flaquear: buscar el vacío. te abrigas más las mañanas de invierno. Solo se trata de perderte. lees los folletos. Miras tu rostro en el espejo cuarteado. adormecimiento. ves sin mirar nunca: las grietas de los techos. La indiferencia no tiene principio ni fin: es un estádó inmutable. tus dos camisas. deriva. una vez más. Entras en los cafés miserables. Eres paciente. Distribuyes sobre tu banco cuatro filas de trece naipes. para siempre. los catálogos. confunde los signos. como un viejo. calles muertas. luego con biscotes. acostarte. Sólo quedan los reflejos elementales: no cruzas cuando semáforo está en rojo. de errar sin fin. el ocho de trébol después del siete de trébol. el rey de picas después de la dama de picas. sentarte. hacia Charles Michels o Cháteau-Landon. lees los periódicos sobre los tableros frente a las imprentas o las redacciones: le Monde. las piedras. No pides nada. le Figaro. Cierras los ojos. un peso. Duermes casi sin parar. los coches que pasan. Oyes sin escuchar nunca. lavarte. Resuelves los crucigramas de un viejo ejemplar de le Monde. de espesores. l'Echo de l'Hotellerie française. cada vez más. cinco días en tu habitación. del tarro. Te sientas en los bancos de las plazas y los jardines. miras el ir y venir de la gente. parece poder elaborarse. la Revue du Touring-Club de France. los árboles. a lo largo de empalizadas maculadas de carteles hechos jirones. Cada día está hecho de silencios y de ruidos. como un jubilado. A tus centros nerviosos llegan todavía sin duda algunos mensajes del mundo exterior.A veces. las revistas que andan por ahí. Cuentas y organizas las grietas. postigos cerrados. todavía no. vestirte. de luces y de oscuridades. y no esperas. caminar. te dejas hundir. el invierno en la luz fría de los escaparates. los fallos del techo. de conciliar el sueño. los carteles. Comes mermelada con pan. no exiges nada. que pondría en juego la totalidad de tu organismo. de ninguna manera. lavas tus calcetines. rehuirlo. muñones negros de los árboles muertos. Ahora vives en lo inagotable. las rodillas en alto. apoyarte sobre los codos. no sabes cuánto. de esperas. pero ninguna respuesta global. estás disponible y nada te moviliza. tabernas. de calzoncillos y de camiseta aproximadamente una vez a la semana y de sábanas un poco menos de dos veces al mes. te quedas tres. lasitud. instalarte en la mesa. de calcetines. cuatro. no impones nada. los desconchados. te proteges del viento para encender el cigarrillo.

Caminas como un hombre que carga con unas maletas invisibles. papeles. atraviesas París de un lado a otro. Tu indiferencia es inmutable: hombre gris para quien el gris no evoca gris alguno. Te quedas de pie. espesa placa translúcida con bordes redondeados que unos pernos de cobre fijan al cemento del zócalo. El agua te atrae tanto como la piedra. o casi rojos. en todas partes. multitudes de las estaciones. casi inmóvil. fotos que casi te hicieron llorar. cartas. empujara dos veces una palanca pintada de rojo para recibir su ración de alimento en papilla. o casi blancos. sin vacilar nunca. en tu ojo. los Boulevards. día y noche. . vas al Louvre en domingo. noches. o bien una piedra grabada. barullos. tardes. en los techos. vuelto a medias hacia tres marineros que juegan obstinadamente al millón. obras de erudición. a tus pies. caminas. a vec-es guantes. Vida sin sorpresas. es decir a la izquierda para él. lo sorprendente. columnas. pequeños resortes. llenas una ficha. las grandes fuentes del Palais de Chaillot. la rue Oberkampf. caminas como un hombre que sigue su sombra. de las tiendas. de sonámbulo. Caminante infatigable. Deambulas por las bibliotecas municipales. de los bulevares. Bebes vino tinto o café aguado. capiteles. aceras. Paseante minucioso. cruzas sin detenerte todas las salas. antes de marcharte sin volver la cabeza. la de tu envejecer. hasta olvidar que caminas. Saint-Germain. Caminas por las aceras. grises. Sólo existe tu marcha. las multitudes y las cosas hacerse y deshacerse. avenidas. a la izquierda. más allá de las grandes zonas de luz y de ruido: la Opera. sigues viviendo. hacia la rue de Longchamp. mañanas. ignorando lo bello. el calor tanto como el frío. Miras a los jugadores de naipes en los jardines de Luxembourg. calles desiertas de los domingos de agosto. como una rata de laboratorio que un científico distraído hubiera olvidado en su laberinto y que. fachadas. ectoplasma que con una sábana flotante pasaría por un fantasma que no asustaría ni siquiera a los niños pequeños. que ya no ve venir la noche. el boulevard de l'Hôpital. a la derecha para ti. ninguna preferencia. árboles y rejas. girara a la izquierda y luego a la derecha. de tu patio silencioso. Allí encuentras canicas. edificios. avanzas con paso mecánico. Estás a cubierto. calles repletas de gente. sin cesar. que se posa y resbala. niños y perros. Ves a las gentes ir y venir. vehículos y escaparates. una cucharita egipcia frente a la cual te quedas una hora. Caminar incesante. Plazas. lo feo. con un poco de dinero. o casi azules. el espacio más o menos ancho que separa los coches estacionados del borde de la acera. lees libros de historia. Cafés abiertos toda la noche. en las piedras. argollas. Montparnasse. Ahora eres el dueño anónimo del mundo. silencios. memorias de hombres de Estado. la rue Vercingétorix. instalándote finalmente junto a un solo cuadro o un solo objeto: el retrato increiblemente enérgico de un hombre del Renacimiento. cada noche. de tu escalera podrida.Capital. en el agua. los Campos Elíseos. No conoces sino tu propia evidencia: la de tu vida que continúa. incansable. dos horas. emergiendo del hoyo negro de tu buhardilla. hombres y mujeres. comes. lo familiar. o casi negros. Caminar de ciego. clamores. No insensible. sin recordar nunca nada sino combinaciones de formas y de luces que se hacen y deshacen. Duermes. de curas. aquel sobre el cual la historia ya no tiene poder. interminablemente. se dirigiera hacia su comedero. en el cielo. de alpinistas. cunetas. albas y crepúsculos. aquel que ya no siente caer la lluvia. la oscuridad tanto como la luz. andenes repletos de gente. un día una cartera. monedas. hacia Péreire o Saint-Antoine. jardines y bulevares. la Vie française. con un codo apoyado sobre la barra de vidrio. la de tu respiración. sin equivocarse nunca. adoquines de asperón que brillan bajo la fina lluvia. sino neutro. en tu espejo cuarteado. bullicios. con una diminuta cicatriz encima del labio superior. esperas. en las multitudes. penetras en la ciudad muerta. mirando las cunetas. la de tus pasos. noctívago consumado. y tu mirada. Ninguna jerarquía.

en el escaparate pequeñísimo de una mercería. una barra de cortina sobre la cual tus ojos se fijan de pronto: prosigues tu camino: eres innacesible.Ves. .

y donde late como una cosa viva con. o más bien un arco que se destaca en primer plano. sobre todo. pero por encima si tienes suficiente antiguedad. De hecho. por debajo si no la tienes. Pero. a tu antebrazo derecho. tu antigúedad. de tus vísceras. es tu deber escapar a ese peligro. allí donde tus rodillas se juntan. un ligero exceso de precipitación. con tu grado. Esa montaña no es interesante. de tus órganos. no sabes cómo arreglártelas para caer. al mismo tiempo. aunque sólo sea porque la pérdida de la horizontalidad rara vez resulta propicia para dormir. allí donde el pie izquierdo pasa sobre el pie derecho. por ejemplo. supones. sino que estás suspendido con la cabeza hacia el suelo. a una parte de tu vientre. sólo es normal. calientes o fríos. que el pie izquierdo se encuentra bajo el pie derecho. pero que no logras definir con exactitud. y ello se comprueba inmediatamente. allí donde tu carne se junta con tu carne. como un murciélago en hibernación o más bien como una pera demasiado madura en un peral: es decir que en cualquier momento te puedes caer. te congratulas de haber . por lo que se refiere a tu muslo izquierdo. al revisar los métodos que conoces. el muslo derecho bajo el muslo izquierdo. después de tanto tiempo. aunque sea mínimo. pero quizá no lo suficientemente considerable. sin embargo. y no tienes con qué resolverla. Tienes que pasar revista a tu cuerpo.El encuentro de tu ojo y tu almohada da origen a una montaña. textos seguros. no significa nada: el verdadero problema son los contactos. cuando mucho. allí donde tu codo se enfrenta con tu estómago: éstos son agudos. Te ves obligado entonces a decidirte a caer. Por el momento. pero. y el de tu cuerpo consigo mismo. más oscuro que el resto del espacio. o calientes y fríos. Quisieras sacar de tu cabeza todos esos pedazos que le estorban y le pesan y. Además. o bien toda la mano. y que es fusión. aún tendrías que rendir cuentas de este tipo. podría afirmar sin riesgo que tienes o que no tienes suficiente antiguedad? La pregunta podría plantearse también con respecto a tus pies o a tus muslos. se puede. y ¿cómo podrías no pensar en ello puesto que precisamente en eso estás pensando? Es una cosa que nadie ha analizado seriamente y que sin embargo tiene su importancia: deberían existir textos al respecto. que permitiéran afrontar estas situaciones. de tus mucosas. que la tarea consiste en pasar el pulgar. es evidentemente que no estás acostado ni sobre el costado derecho ni sobre el costado izquierdo. casi sin riesgo alguno. ¿Quizá incluso han escogido para plantearte esta pregunta el momento preciso en que nadie. que son mucho más frecuentes de lo que generalmente se cree. tus años de servicio. tarde o temprano. a tu pie derecho. sólo cuando dejas de pensar en ello empiezas a caer. ¿acaso no te dispensan de esa labor? Esta pregunta es evidentemente mucho más importante que la tarea misma. comprobar la integridad de tus miembros. tendrás que pasar el pulgar. quizá. pues nunca se sabe cuándo va uno a dejar de caer. Las tres cuartas partes de tu cuerpo se han refugiado en tu cabeza. en principio: el de tu cuerpo con las sábanas. Hay dos tipos de contactos. por encima de la almohada: pero ¿te corresponde realmente a ti hacerlo? Tu lugar en la jerarquía. no pensabas que. pero. parece tratarse de una tarea de poca importancia en sí y que. Lo más claro. aun presintiendo que no te resultará muy agradable. Evidentemente. la ocasión de comprobar si conoces el código. puesto que tu cabeza está perfectamente bien protegida por la almohada. ósmosis. ni siquiera el más íntegro de los jueces. y por supuesto no tienes la menor idea de tu antiguedad. donde está totalmente aclimatado. invertir toda la operación y afirmar que es lo contrario. que te parece considerable. pensándolo bien. tu mente está ocupada por una tarea que tienes que llevar a cabo. un cuarto de círculo. no es sino el pretexto. sino más bien de lo siguiente: de todas formas. tu corazón se ha instalado en tu ceja. lo que por otro lado no te parece un grave inconveniente. te das cuenta de que el problema es aún más complicado: no se trata de saber si debes o no pasar el pulgar de acuerdo con tu función. ni con las piernas ligeramente encogidas y los brazos rodeando la almohada. quizá. un declive bastante suave. no tardas en darte cuenta de que la situación es más grave de lo que pensabas al principio. dilución. en todo esto.

aterrado. Te mira y te paraliza. mirándote mirar. un desapego total. mal que bien. Te hacen daño. Asciende lentamente. no podrás nunca: aunque lograras dormirte tan profundamente que ningún sobresalto. todos los pensamientos que te pasan por la mente. Pero en seguida sabes. tu nariz. inmutable. ninguna llamada. que no se cerrará jamás. con una certidumbre cada vez más implacable. tu visión permanecería idéntica. pero el sueño ya no vendrá. el otro te atiborra los oídos con algodón. ninguna quemadura pudieran despertarte. te miras mirarte. No estás despierto y no te despertarás jamás. y después se cansarán y te dejarán en paz. . ya no tienes pies. por supuesto. otras que han crecido desmesuradamente. demasiado tranquilo. pues todo el resto está perdido. unos leñadores se han instalado en tus fosas nasales. un deshollinador y su' comparsa han introducido una cuerda con nudos en tu tráquea y. imperceptiblemente. Y por supuesto. demasiado normal. o más bien no. a pesar de sus estimables esfuerzos. Todo esto se vuelve cada vez más complicado: antes que nada tendrías que sacar el codo. No puedes hacer nada. un pirómano incendia tu estómago. Parece como si nada debiera volver a moverse jamás. ni manos. Un ojo inmenso y fijo. no lejos de ti. Aunque lograras añadirte miles. tus pies. Ves sin asombro cómo te asombras. tan a menudo. Esperas a que se calmen. pero sientes frente a tu dolor. Ves desde lejos cómo se disputan tu vientre. seguiría estando allí ese ojo. no puedes escaparte.salvado lo máximo posible. Van a hacerte sufrir un poco. a ti. a reconstituirte. tanto tu cuerpo desplomado como a ti. una uña ha tomado el lugar de tu mano. entonces el sueño ya no está muy lejos. habías olvidado que se puede ser codo a tal extremo. No estás muerto y ni siquiera la muerte sería capaz de liberarte. Nunca dejarás de verte. el interior de ti. Pero es tremendamente difícil: hay piezas que faltan. pues lo ves. te estrangulan con una corbata. te embuten en un abrigo demasiado estrecho. tu interior negro. millones de párpados. Uno te mete una esponja llena de tiza en la boca. hasta llegar. ese ojo. no puedes escapar a tu mirada. para verte. Entonces nace lo peor. sin dolor cómo eres atacado por los verdugos. Te ves. Aunque te despertaras. unos sastres sádicos te comprimen los pies. Pero a menudo. y otras que están repetidas. Les dejas sin resistirte los órganos que quieran. y así sucesivamente. como si estuviera completamente girado dentro de su órbita y te contemplara sin decir nada. sin sorpresa cómo te sorprendes. y todas las impresiones que experimentas. detrás. y en el espacio liberado por éste podrías poner al menos una parte del vientre. impotente. no logran retirártela. que has perdido tu cuerpo. Primero todo está tranquilo. No estás dormido. Vienen casi cada vez. vacío. Ya no eres más que un ojo. ésa es la trampa final. al igual que frente a todas las sensaciones que percibes. comienzas a saber. Los conoces bien. Te sientes casi tranquilizado. glauco. que no se dormirá jamás. normal. tu garganta. la pantorrilla se te ha derretido por completo. pero no lo alcanzarás jamás. siempre es ese momento el que eligen los verdugos para intervenir. que lo ve todo. te calan un sombrero demasiado pequeño. otras que manifiestan pretensiones territoriales absolutamente locas: tu codo es más codo que nunca. te ves verte. Si están ellos. tu ojo. estaría todavía.

Entras en la fealdad inagotable de Batignolles. Deambulas por las calles. de portales negros. febrilmente. Puedes jugar o no jugar. hasta el final. de fachadas peladas. cierras los ojos. hasta que la extremidad de sus garras no sea más que una llaga difusa. los vendedores de periódicos. Vas solo y a la deriva. Ahora te levantas de noche. no metódicamente. apagas la luz. al amor que buscas. durante horas. y te quedas ahí. los borrachos solitarios. de Pantin. no juegan al millón. casi enfrente de tu habitación. hasta que los dedos te duelen tanto que. deambulas por calles demasiado iluminadas. como una rata! Pero las ratas no luchan por conciliar el sueño durante horas. durante horas. los números. los pasajes. el mar. o sobre el sol. desvestidas demasiado pronto.¡Libre como una vaca. no harán sino lastimarte todavía más. cintas publicitarias que ya has visto diez veces. sobre Hawai o sobre la Biblioteca Nacional. las gentes. a lo largo de árboles escuálidos. los floristas. mordiendo los puntos donde se une a la carne. la misma historia boba contada por un señor demasiado inteligente. Es la hora en que. evalúas tranquilamente la amplitud de tu desgracia. la playa de Etretat. que resuellas contra él. que tú sepas. los avances de una película que ya has visto y que volverás a ver. durante horas enteras. No te encuentras más que con fuentes secas desde hace mucho tiempo. los trenes. Miras cómo van y vienen los demás. hundirte un poco más. mientras tu mano tantea al pie del estrecho banco en busca de un cenicero. te deslizas entre las sábanas. muertas de pánico. Seis mil puntos. la película que acabas de ver que vuelve a empezar. cuando mil cuatrocientos son suficientes. un documental sobre las sardinas. al deseo que te desgarra. llena de bondad y de música. en la rue Saint-Honoré. al Harry's. vas a encaramarte sobre los taburetes de los bares. entras en un café. las bandas de juerguistas. los dependientes de las carnicerías. deambulas por las calles. o a sentarte en el Franco-Suizo. Por más que te aprietas contra él. Jadeas. No puedes establecer un diálogo. o iglesias viscosas. o a una mesa en un café de Les Halles. en que das vueltas y vueltas cientos de veces sin conciliar el sueño. Pero las ratas. las gaviotas. empapadas en sudor. rabiosamente. cuyo abanico se mueve. Sales. Deambulas por las calles. se aglutinan a tu alrededor. Tú te pegas contra los aparatos. el más mínimo contacto te resulta tan insoportable que ya no puedes tocar nada y tienes que remojarte las manos en agua hervida. frente a una cerveza o un café solo o un vaso de vino tinto. te desvistes. de un último cigarrillo. las putas. miras el Sena. Mujeres pintadas cuyos ojos se encienden. es la hora en que te embruteces a base de libros que ya has leído mil veces. con los ojos bien abiertos en la oscuridad. Te ensañas contra los muelles. Regresas a tu buhardilla. deambulas por las calles. entras en un cine en el que ves una película semejante a la que acabas de ver. Pero las ratas no se despiertan sobresaltadas. Arrancas el tejido córneo hasta la mitad de la uña. y después el intermedio. las carnicerías. Pero las ratas no sueñan y ¿qué puedes hacer contra tus sueños? Pero las ratas no se comen las uñas y. construcciones . como una ostra. Caminas por las avenidas desoladas. desgarras los pellejos casi a todo lo largo de la falangeta hasta hacer brotar la sangre. durante noches enteras. los anuncios. entras en un cine. al Rosebud. con sus créditos fragmentados. durante horas. acompañando con grandes golpes de pelvis los rebotes de la bola de metal. el tilt permanece insensible a la amistad que sientes. Deambulas por las calles. las luces. de cerillas. no puedes hacerle decir lo que no sabe decirte. aplastado sobre la maquina. los ninos jugando sobre la arena. Es la hora en que mujeres soñadas. No puedes luchar contra un tilt. veinte veces. sobre todo.

como una verdad disimulada durante mucho tiempo. chocando con tu mano derecha contra las piedras de las escalinatas. Nada se te escapa. En el boulevard Barbès. mirando durante horas el inapreciable remolino que forma el arco de un puente. Minuciosamente ha impregnado tu vida. en la complicidad medio dormida de las únicas tabernas que aún quedan abiertas. adonde vuelves cada día. sin pavor. tu jaula. . Desde aquel día sofocante en que todo comenzó. esa especie de ernbriaguez. la fatiga o el abandono. se ponen a brillar. Ninguna cara. Estás solo y no conoces a nadie. Ser sin memoria. se ha infiltrado lentamente. en la place Clichy. las multitudes que te arrastraban. la sombra de un vaso. los pantanos estancados cerca de las alcantarillas. de no ofrecer ningun asidero al mundo exterior. mirada muerta.despanzurradas. se abrazan. leproso color de muralla. los más mínimos detalles. de deslizarte. ni siquiera una vena en la madera de la repisa. si los ruidos se suavizan. La desgracia no ha caído sobre ti. Rozas los muros sucios de las calles negras. intocable. corazas. siempre demasiado tarde. tenue. ese lugar casi mágico en el que ahora ya nada se ofrece a tu paciencia. los ladrillos de las fachadas. Caparazones. El esbozo en movimiento de un cigarrillo abandonado. Pero tu no eres. La trampa: esa peligrosa ilusión de ser -¿cómo decirlo?. las multitudes impacientes levantan los ojos al cielo. no se ha arrojado sobre ti. tu madriguera.invulnerable. ni siquiera una flor del empapelado. no hay milagro. la improbable solución de un laberinto informe. Hay enemigos que sólo afrontarás una vez. tu antro. los reflejos. buscas. las fintas. se protegen. se ha insinuado casi suavemente. se ha colado en la gota de agua del grifo de la toma de agua del rellano. tenaz y paciente. en que todo se detuvo. por la percepción cada vez más aguda y cada vez más vana de los más mínimos detalles: un rizo de cabello. lugar ocupado al que nadie se acerca. las puertas monstruosas de las fábricas. Te sientas. Te empeñas en la esperanza de los encuentros improbables. para reconocer el frío silbido de las serpientes petrificantes. Pero si el cuero. solo en el calor acolchado de los bares. los bostezos. ¿Cuántas veces has repetido los mismos gestos mutilados. las grietas. con las piernas colgando. el tiempo suficiente para conocer. percibiéndolo todo. ninguna ciudad en el horizonte se dejan ya descifrar a través de las grietas y las sombras. las sonrisas. necesitar sólo tu buhardilla. Has perdido tus poderes. Bajo las pasarelas metálicas del barrio de l'Europe. tus gestos. por encima del Sena. pero no captas nada sino demasiado tarde. ciego capaz de ver. ese orgullo. los mismos trayectos que no llevan nunca a ninguna parte? No tienes más recurso que tus refugios baratos. de las arrugas de tu rostro en el espejo cuarteado. traicionado por tu mijrada. La~ trampa era ese sentimiento casi exaltante. un asiento libre en un cine de barrio. ni verdad alguna. el tiempo suficiente para batirte en retirada justo a tiempo. en las calles vacías donde tus pasos resuenan. Distribuyes. necesitar sólo un fragmento de barra en la Petite Source. silueta ya convertida en polvo. las sombras. no lo hacen por ti. perdido. creías no necesitar más que la ciúdád. la madera. Ves cómo los demás se aglutinan. tu habitación. muros macilentos. si las luces se tamizan. el cobre. Estás solo a pesar de los vapores que se espesan. tu paciencia imbécil. Sonámbulo despierto. más que un fantasma transparente. las locomotoras de vapor lanzan bocanadas de humo blanco. de donde sales cada día. de los naipes extendidos. una evidencia rechazada. a pesar de Lester Young o de Coltrane. Retiras los cuatro ases de tus cincuenta y dos naipes extendidos. una vez más. -Pero no hay salida. los cincuenta y dos naipes sobre tu estrecho banco. ha tomado posesión de las grietas del techo. no conoces a nadie y estás solo. el último temblor de una puerta de dos batientes que se cierra. encarnizada. una vez más. con los ojos abiertos mirando directamente hacia adelante. ha resonado con cada cuarto de hora en el campanario de Saint-Roch. ninguna cabalgata victoriosa. ya ni siquiera una grieta en el techo. Ya no sabes seguir la lenta deriva de las burbujas y los filamentos en la superficie de tu córnea. No romperás el círculo encantado de la soledad. helado de soledad y de impaciencia. Las plazuelas cuyas rejas te aprisionan. sus piedras y sus calles. tus horas. sin retener nada. se aprietan.

las galerías de arte. De las plazas a los museos. los miles. las salas de espera de las estaciones. Han venido a ti. Se cuelgan del forro de tu chaqueta. las máscaras huesudas que parten a la guerra contra la poliomielitis. Las ratas no se hablan. grises. sentados en el borde de las riberas. no se miran cuando se cruzan. las sabes cerca de ti a cada segundo. La luz brilla aún en plena noche por las ventanas abuhardilladas de sus sórdidos cuartuchos. te abres camino entre ellos: los sonámbulos. los reconoces por signos imperceptibles. Caminan rozando los muros. de mordedores de polvo. los tugurios. te echan su aliento a la cara. que tarde o temprano. de tus faldones. esas siluetas endebles o fláccidas. los acompañas. sus escondites. tienes los mismos refugios. parias. sigues su sombra. que dibujan y borran sin cesar sobre la arena polvorienta el mismo círculo imperfecto. los antepasados. Vacilan como tú frente a los mapas en las estaciones de metro. esas espaldas curvas. con las manos crispadas rozando las piedras de las fachadas. Sus pasos retumban en medio de la noche. Pero esas palabras. de los cafés a los cines. comen sus panes de leche. las viejas ebrias. aquellos que hablan solos. las risas idiotas. los hombros caídos. la arena. vacilante. los fisgones. Las decenas. excluidos. las plazuelas. las estaciones. las viudas. los centenares. desconcertado o perdido. con las cabezas bajas. los pasillos del metro. de tus mangas. Pero esos rostros que no tienen edad. los mercados. Te codeas con ellos. monstruos con gestos mecánicos. tan desesperadamente complicados. lo que buscas es falso. los cines de barrio que apestan a desinfectante. los vestíbulos de los grandes hoteles. frente a ella. Dejaste de hablar y sólo el silencio te ha respondido. Desesperanzas sentadas como tú sobre los bancos. los campesinos perdidos en la gran ciudad. los iluminados. sus salidas furtivas. sólo pudieras cruzarte con otros desconocidos. Desterrados. que se desvía cuando se cruza con la tuya. lo que ves no tiemne importancia. para beber un vaso de vino tinto en la misma barra. solitario. de los muelles a los jardines. Los viejos locos. sus folletos. los gritos de alegría. Sólo existe la soledad. la luz. cada vez. el viento. Como si. las librerías. los miserables combatientes de las grandes causas imbéciles. Tienen los mismos periplos que tú. tus semejantes. los miles de monstruos. desconocido perdido en tu propia ciudad. los odias: monstruos agazapados en sus buhardillas. Los árboles. monstruos con ojos glaucos de lamprea. vieras precipitarse sobre ti a todos los demás solitarios. vayas donde vayas. vuelves a encontrar frente a ti. los hipócritas. los mismos asilos. los ladrillos. el cáncer. los ancianos. amistosa o desastrosa. por sus silencios. sin socorro. despavorida. sus banderas. tan vanos. lo que haces es en vano. Los localizas. sus párpados. los idiotas. portadores de invisibles estrellas. el agua. Pero ¿no eres tú el más silencioso de todos? Los monstruos han entrado en tu vida. los brutos. los cafés. los millones de palabras que se han atascado en tu garganta. ¿cuándo las recuperarás? Ahora vives en el terror del silencio. con gestos fatigados de vencidos. te quedas solo. desesperado o impaciente. la lluvia: sólo cuenta tu soledad: hagas lo que hagas. sus periódicos. frecuentas sus guaridas. los museos. las piedras. tus hermanas. como si. aquellos que no hablan jamás. Como si sólo pudieran encontrarse. la hemiplegia. vagabundos a los que ninguna intemperie es capaz de detener. lectores de periódicos encontrados en el cesto de los papeles. las ratas. monstruos en pantuflas que arrastran los pies cerca de los mercados pútridos. las palabras de amor. los metros. tan lentos.los mil y un rodeos que cada vez te devuelven a tu punto de partida. los sordomudos con boinas caladas hasta los ojos. los espias. la miseria. las nubes. la ceguera. los . las palabras sin orden. Los sigues. su mirada flotante. los viejos chochos que carraspean e intentan contener los temblores que sacuden sus mejillas. los exiliados. monstruos decrépitos. los borrachos. cada vez. los supermercados. te han agarrado por el brazo. Vienen hacia ti paso a paso con sus amables sonrisas.

los vendedores de periódicos. Recorres París de un lado a otro. la noche ya no te protege. sus cárceles. las cajeras de los cines. te retienen. te interpelan. como si fueran la recompensa de una acción gloriosa de la cual no pudieses hablar. esperas. te reconocen. las acomodadoras. Magenta. de cerraduras. cuarteles. el insoportable horror de los bulevares de policías. Puedes hablar sin temor.cantantes tristes que hacen la colecta para sus camaradas. los que creen saber. los zahories. caminante infatigable. todos los que viven con sus ideas fijas. te manipulan. llenándoles demasiado un vaso que no podrán llevar hasta su boca. pero que ellos casi adivinaran. los opulentos. los monstruos con bigote. Los perros se te han acercado. Venid a El los que sufrís. pero la muchedumbre ya no te lleva en su seno. Haussmann. Charonne. los del cuello de la camisa raído. la zona de pobreza y desolación en el corazón de París. Como un prisionero. esperas. puentes que se llevó la bruma. los beatos. los estrategas. los obesos y los que se han quedado jóvenes. Los monstruos con su familia numerosa. los arrabales miserables disfrazados de conjunto urbanístico. Sus caras ya te son familiares. los escaparates horribles. . los testigos. Deambulas por la ciudad fósil. ellos te responderán cada vez con la misma voz impasible. saqueada. Ciudad pútrida. piedras blancas intactas de las fachadas revocadas. cubos de basura petrificados. los monstruos endomingados. los miles de monstruos bloqueados por los semáforos. ciudad despanzurrada. muebles tristes en las tiendas tristes. como un loco en su celda. lívida o histérica. los astrólogos. los vejestorios con pieles que se soplan un Marie Brizard tras otro esforzándose en conservar su dignidad. con chaleco. Y todos los demás. Como un muerto de hambre. Caminas. los astutos. sus asilos. inmortal. Los monstruos orgullosos de hacer valer sus derechos. los peores. la muchedumbre monstruosa. Los de tez terrosa. Ellos te identifican. Como una rata en el laberinto buscando la salida. y también las empleadas. andamiajes abandonados junto a los edificios despanzurrados. con sus hijos monstruos. los curanderos. con tirantes. Deambulas. sus hospitales. cobertizos. Los viejos maestros que quieren reformar la ortografia. siempre más y más. Ciudad ruidosa o desierta. horrorosa. Todos los que te abordan. sus eternas preguntas. de rejas. Ciudad triste. ciudad innoble. los satisfechos de sí mismos. Las cervecerías siniestras que se suceden una tras otra en los Grands Boulevards. La ciudad-depósito de cadáveres: los mercados podridos. las viudas demacradas que protegen a los animales domésticos. los camareros. los monstruos inofensivos y seniles de los cuales se burlan los patrones de bar. los engominados de suburbio. los tartamudos que te cuentan su vida. Jesús dijo Vosotros que no veis pensad en los que ven. te escupen a la cara su verdad mezquina. sus buenas obras. los jubilados que creen haber inventado un sistema infalible para recuperar los papeles viejos. los mantequeros. colas tristes frente a los cines tristes. las hembras chillonas de los monstruos. No saben que esos simples saludos. Buscas. Estaciones negras. los residuos. de barrotes. a ti que los has esperado. payasos tristes en los teatros de variedades tristes. los cabrones. maculada. esas inclinaciones de cabeza indiferentes son lo único que te salva diariamente. Los hombres-sandwich de la verdadera fe que salvará al mundo. te miran de hito en hito. los cobradores de los autobuses. deambulas por la ciudad muerta. los monstruos turistas descargados a carretadas frente a los monumentos horrendos. su camino verdadero. o la lluvia. sus falsos viajes. que sonríen con aire de entendidos. luces tristes en las calles tristes. durante todo el día. los huérfanos apaleados que venden mantelitos. los inválidos que cuidan las salas desiertas de los museos. ciudad erizada de prohibiciones. Aguardas. como un mensajero portador de una carta sin dirección. los desechos. los condecorados. los juerguistas de fiesta. que te toman por testigo. sillas vacías donde venían a sentarse los porteros. esas sonrisas aisladas. sus perros monstruos.

Como si. para otro café. Como si. a cada instante. del Palacio de la Defensa al Ministerio de la Guerra. . arreglas tu habitación. en el mismo minuto. como si la mejor forma de no perderte. Que tu vida sea cerrada. fuera dedicarte a tareas irrisorias. Te impones prohibiciones pueriles. Abres cada mañana. para el metro. a la misma hora. Te pones a ordenar. la lavandería. Organizas tu vida como un reloj. a cada instante. desesperadamente. Con un rigor ejemplar. que tus gestos sean determinados por un orden inmutable que lo decide todo por ti. organizas tus itinerarios. Lees le Monde de cinco a siete. friegas el tazón y lo secas y lo dejas en el mismo lugar. Quisieras encender tus cigarrillos cada cuarenta y cinco minutos.20 una entrada de cine 2. te lavas los dientes. que será un pan con pasas o media baguette. que te protege a pesar tuyo.50 una propina para la acomodadora 0. Visitas las estaciones de tren. necesitaras decirte a ti mismo: es así porque yo he querido que así fuera. embetunas los zapatos. El empleo de tu tiempo. No soportas llegar con retraso ni con adelanto. decidirlo todo de antemano. Comes cada día. la banda de papel engomado que cierra tu cajetilla cotidiana de Gauloises. del Parc Montsouris a las Buttes-Chaumont. tu peculio. no dejar nada al azar. te dejan 15 francos al día. de la Torre Eiffel a las Catacumbas. te afeitas. Te tomas el café en el mismo café. la misma comida. estableces un presupuesto estricto: 500 francos al mes.35 una caja de cerillas 0. intentas imponer a tu vida tambaleante el rígido molde de una disciplina férrea. de no hundirte por completo. el autobús. Exploras Paris calle por calle. Doblas tu ropa antes de acostarte.10 una comida 4. sobre la repisa. yo he querido que así fuera o si no es que estoy muerto. lisa. Te haces la cama cada mañana. de la misma manera. Respetas los sentidos de la circulación.40 un café 1. esperaras que el más mínimo desliz te llevara inmediatamente demasiado lejos. redonda como un huevo. El orden de tu habitación. menos 50 francos al mes de alquiler.20 le Monde 0. los estacionamientos prohibidos. los museos. a veces. que se reparten como sigue: una cajetilla de Gauloises 1. te lavas los calcetines en una palangana de plástico rosa. el dentífrico. No pisas la intersección de los adoquines en el borde de la acera. Limpias a fondo tu habitación cada sábado por la mañana.00 Te quedan 5 francos 25 para tu segunda comida.Entonces. en el mismo lugar.

lo que hace. es decir. un candelabro sin valor. comerciante de corbatas expuestas dentro de un paraguas. de los riñones. pero que sin duda es de un tipo bastante primitivo a juzgar por el tiempo que hace falta para que silbe la tetera. la ventana. hace tiempo. no recibe a nadie en su habitación. un poco como tú. se regulase con la luz del día. casi con regularidad. no entreabres tu puerta cuando lo oyes salir al rellano para llenar su tetera en el grifo de la toma de agua. como si. por la mañana como por la noche. y de un juego de cubiertos de aluminio que se insertan uno en otro. el pequeño lavamanos. encendedores. Solamente sabes con alguna certeza que va a llenar su tetera al grifo de la toma de agua del rellano (pues aunque su habitación sea mayor que la tuya. recostado a medias sobre tu estrecho banco. o a la cama. consiste. de nuevo. puesto que debe desplazarse para ir a la ventana. que serían su alimento favorito. quizá te hayas pegado contra la pared para dejarlo pasar. como si este último piso del edificio. sin poder afirmar que se trataba de él. o más bien demostrador de algún producto milagroso para quitar los callos. y al cual está sujeto un aro de cuero. representara desde hace poco algún peligro para la seguridad de aquellos que habrían podido sentirse tentados. su edad. no tiene instalación de agua) y que la deposita sobre un hornillo cuyo funcionamiento desconoces. o para escribir. te hayas cruzado con él alguna vez en la escalera. pequeño buhonero cuyo puesto. sin tener en cuenta la hora: hasta el día de Navidad regresó cada día un poco más temprano. llaveros. una vajilla idéntica quizá a las que él vende. un poco ridículos: dispone sobre su maletín un mantel bordado. puesto que puede desplazarse. con los pies juntos. el rincón-guardarropa. Quizá tenga necesidad de utilizar su maletín abierto como mesa de noche. hacia el final de la mañana. o. tocar con la mano cualquier punto. estuches protectores. con unas velas baratas. escuchas a tu vecino ir y venir. sus carraspeos. los únicos inquilinos. de venir. la palangana de plástico rosa. ofrece a los curiosos de los Grands Boulevards peines. pues la cuchara contiene la forma del tenedor en hueco. mejor todavía. en cerrar o abrir. y el tenedor la del cuchillo. limas. para que . como tú. ni siquiera lo has visto jamás. pero sin saberlo entonces. y guardarlo cada noche al final de su jornada. Sólo sabes que su habitación es mucho más grande que la tuya. desde el centro de la tuya. las manchas. sus cajones. la punta roja de tu cigarrillo. como si tuviera que coger una considerable cantidad de material cada mañana antes de salir. más o menos a la altura de las tres cuartas partes de tu banco. las verrugas o las varices. ni sus horarios más que rituales. la puerta. no oyes jamás. sus manos. hombre de rutinas. mientras que tú. pues. atraviesa el tenedor y el cuchillo. sin más luz que el reflejo pálido y difuso que penetra por la ventana abuhardillada y que sólo acentúa. quizá. un maletín abierto apoyado sobre cuatro pies de metal extensibles. No sabes nada de él. maletín de picnic por la noche. sus pensamientos. o para cenar: le atribuyes rasgos un poco ceremoniosos. como mucho. no hueles jamás el freír de las vísceras.A veces. del cual sois. puedes. ese maletín. su rostro. y las tres piezas se mantienen unidas mediante un remache en forma de botón de cuello postizo que está clavado a la cuchara. con un poco más de serenidad que tú. cuando está en su habitación. recuerdo de una antigua fortuna. que lo oyes incluso cuando arrastra las pantuflas. de cuya existencia no tienes ninguna prueba. o a su puerta o a sus armarios. El tabique que separa vuestras habitaciones es tan delgado que casi alcanzas a oír su respiración. por una extraña confusión de tu mente. como si su ocupación. A menudo tratas de imaginar su aspecto. sus pasos un poco arrastrados. pudiera ser a la vez puesto de buhonero durante el día. incluso los domingos. prefieres escucharlo y darle la forma que se te antoje. sea o no lucrativa. a juzgar por su tos un poco ronca. sin que sea ni siquiera obligatorio imputar a su vejez ni su soledad. es decir compuesta de un vaso y un plato de plástico rosa. que tú sepas. Debe de ser viejo. Crees que es vendedor ambulante. y regresa invariablemente a la caída de la noche. durante veladas enteras. o en cerrar y abrir. este último punto tendería más bien a demostrar que es. pero sin duda. ahora regresa cada día un poco más tarde. la repisa. Pero ni siquiera es seguro que tu vecino cene. Además no buscas la ocasión de verlo. Sale de su habitación todos los días. en ese caso. gafas de sol. Esta suposición se basa en el hecho de que su actividad esencial. en resumidas cuentas.

a cerrar. que realmente tiene miedo: te esfuerzas en permanecer silencioso el mayor tiempo posible. una lima. Pero ¿acaso. a veces. el resbalar de los naipes que colocas sobre tu estrecho banco. sus gafas de sol. . los ruidos de la calle. el crujido de los periódicos que coges y vuelves a coger. tú que haces crujir periódicos. tú que te quedas muchos días sin salir. Basta con que lo hayas hecho buhonero para que lo sea. si está atento a ella.. O bien. su vida te pertenece. a arrastrar los pies. qué haces. bajando algunos escalones y volviendo a subir tan suavemente que. sus ruidos de cajones. Te importa poco equivocarte. a pesar de todos tus esfuerzos. o inventar.. a fin de cuentas. con un propósito que ignoras. tu respiración. de la ciudad. no sabes casi nada. como la gota de agua. evaporándose apenas sale del campo de tu percepción. el espeso tejido del tiempo que pasa. y que oye no lejos de él un ruido que no logra realmente localizar. de la vida que permanece? ¿Acaso intenta desesperadamente conocerte. que no te tiene miedo. golpeando el tabique con el puño. los ruidos de la calle. es decir sin poner algo dentro. que acechas su tos. o interpretar. solamente para hacer ruido. o muchos días ausente sin regresar? Pero ¡haces tan poco ruido! El solamente puede intuir tu presencia y. un golpe para A. Sin duda. sus encendedores. un ruido que no aumenta jamás pero tampoco disminuye jamás. abre y cierra todo el tiempo sus cajones. intenta torpemente ponerte trampas. por el contrario. A pesar de que escuchas. ¿cómo saberlo? Sin embargo. dos golpes para B. aguzas el oído. más disminuye la certidumbre de tus interpretaciones. eso significa que tiene miedo. sus ruidos son tuyos. puesto que los escuchas. o bien rascas con un pedazo de madera. Sin duda coge agua del rellano. nada le impide. por ejemplo. pero para nada. hacerte creer que es poderoso. puesto que te mantienen vivo. o un lápiz. quizá incluso sabe hacer como que sale.hierva el agua. sin duda su tetera silba cuando el agua está hirviendo: pero quizá sea él mismo el que silba. tus ruidos de agua. a toser. a abrir sus cajones. y pegas la oreja al tabique. sus peines. acaso interpreta sin cesar cada signo que percibe: quién eres. pero no siempre estás allí para comprobarlo y. para cambiarla de escondite a cada instante. son para él. Vive la escasa vida que tú le permites vivir. no puedes ya percibir su presencia. los esperas. o incluso sólo para engañarte. acaso el ruido de la taza que dejas sobre la repisa. de la ciudad. sus silbidos. sin saberlo. que no tiembla: pero ¡está tan viejo! Sólo tiene ya fuerzas para contar y volver a contar su fortuna sin cesar. muriéndose en cuanto te vence el sueño. con su maletín plegable. que lo inquietas: es como ese viejo tejón en su madriguera que no piensa más que en protegerse. junto con la gota de agua. tú sales a veces a la caída de la noche antes de que él haya regresado. Sin duda sale todos los días hacia el final de la mañana. o porque le gusta el ruido de cajones que se abren o se cierran. sin sacar nada. simbiosis muda. creer a veces que lo fascinas. le perteneces tú también? ¿Acaso es él como tú. eres presa de una súbita simpatía hacia él. pero ni aun eso está comprobado. produciendo un ruido minúsculo e irritante. Trata de protegerse. asimismo. No te disgusta. las campanas de Saint-Roch. condenado el resto del tiempo a llenar de agua su tetera. que no cesa jamas. casi tienes ganas de mandarle mensajes edificantes. o bien abrir o cerrar efectivamente uno o varios cajones. la parte superior del tabique que separa vuestras habitaciones. frotar dos tablas una contra otra. imbécil. Se diría que cuanto más aumenta la precisión de tu percepción. el campanario.

sube lentamente. sin brazos. los caballos. como el mercurio. capas espesas. una anestesia dulce y terrible al rnismo tiempo. fluyes como la arena. pequeño objeto inconsistente.Ahora ya no tienes refugios. atacados por la peste. tu mejilla es tu almohada. tu corazón un caldero. los hombres. esperas a que todo se detenga.. el mundo. habitas todo entero en tu pulgar. caigan al suelo. sin músculos. sin huesos. que las lluvias diluvianas disuelvan las pinturas. te aniquila. paralizados. tus tibias dos barras de acero. uno a uno. sin piernas. que la madera se pulverice. tu pierna un río. a que los hombres y las mujeres. que las casas se desplomen en silencio. destrocen las telas. revientas.. a que todo se derrumbe. Uno de tus dedos del pie es una montaña lejana. las torres. una necrosis agradable: el frío sube a lo largo de tus piernas. te entumece. hagan escurrir la tinta de los periódicos. las horas. resquebrajado. a que el mármol se desmorone. con labios inmensos que te tragan. pesado manto. desencajen las clavijas de los armarios centenarios. a que las calles se hundan exactamente por el centro. homúnculo acurrucado. . Creces inmensamente. a lo largo de tus brazos. sin cuello. tu vientre es un banco de hielo. velos ligeros. petrificado: tus rodillas son dos piedras duras. a que el óxido y la bruma tomen posesión de la ciudad. dejando al descubierto el laberinto abierto de las cañerías. te derrites. mueres. Tienes miedo. Tu cabeza es una llanura invadida por la bruma. a que un fuego sin llamas corroa los peldaños de las escaleras. A veces. las murallas. los ancianos y los niños. la vida. la lluvia. Ya no eres más que un grano de arena. los suelos y los techos. la oleada de coches. tu sexo una estufa. los pájaros. los perros. con pies y manos entremezclados. epilépticos. sueñas que el sueño es una muerte lenta que te invade.

se contraen. comedones. Ese reflejo más bien bovino que la experiencia te ha enseñado a identificar como la imagen más segura de tu rostro. no hay nada más descortés que el bajar la vista ante un árbol. Simplemente. al final. Te mira por cortesía. aquello se vuelve casi incómodo. lunares negruzcos o parduscos de donde emergen algunos pelos. las mejillas hinchadas. Trabajaba de escribiente para un abogado. a menos que sea simplemente observadora. ni siquiera que está pensando en otra cosa. Al final. o más bien como si. Entonces lo encerraron. ni siquiera el que podría surgir de la simple costumbre. sobre la nariz. no te reconociera. La mirada no está devastada en absoluto. la raíz de tu cabello. ningún reconocimiento. cada hinchazón. te encuentras un rostro mejor (es cierto que es a la caída de la noche y que la luz te da por detrás. A veces. . verrugas. pero tampoco es infantil. esos ojos algo saltones. parece no tener por ti ninguna simpatía. Tus ojos saltones no manifiestan interés alguno por lo que tienen enfrente. y su mirada es un arma (la benevolencia de una mirada es quizá incluso la peor de las armas. reconociéndote. Hace mucho tiempo. o como el agua. se volvió casi ciego.Tus cejas se levantan. las grietas de tus labios. o ante tu imagen en el espejo. que releyera un texto o que fuera al correo. Te ves en el espejo y ello no te despierta sentimiento alguno. No puedes pensar seriamente que tiene algo contra ti. Miras. o ante una vaca. Miraba por la ventana un muro de ladrillos ennegrecidos que casi hubiera podido tocar con la mano. mientras que el odio no habría surtido efecto). pero se sentó en el patio de la cárcel y se negó a comer. porque tú lo miras. pero. esos dientes irregulares. de manera que sólo el fino vello que cubre el borde de tus orejas está realmente iluminado) del que tienes según tu opinión. Al acercarte. más bien sería increíblemente enérgica. porque el hombre y el gato te miran. Puedes ver cada poro. la que te desarmará. a unos cientos de metros de los arrecifes adonde vienen a romper las últimas olas del Atlántico. esa cicatriz minúscula encima del labio. Ni las amenazas ni los ruegos tenían poder sobre él. manchas. las venitas reventadas que estrían de rojo la parte blanca de tus ojos. Su docilidad es hasta tal punto evidente que primero te tranquiliza y luego te inquieta. Tu boca se abre y se cierra. las múltiples excrecencias. Te estiras el rabillo de los ojos. no hay huella de ello. intentas hacer algunas muecas. casi abotargada ya. tuviera cuidado de no expresar asombro alguno. Escondido detrás de un biombo. escrutas las aletas de tu nariz. granos. debajo de las sienes. Se alimentaba de galletas de jengibre. el simio con la lengua metida bajo el labio superior o bajo el labio inferior. ya que justamente estás observándote y quieres asustarte. Era inútil pedirle algo. como si. arrugada. algo hinchada. espinillas. justamente. en Nueva York. las mejillas ahuecadas. ¿Qué secretos buscas en tu espejo cuarteado? ¿Qué verdad en tu rostro? Esa cara redonda. Es un rostro puro. pues. descubres que tu piel está sorprendentemente estriada. Hubo que echarlo. de las cejas y de las órbitas brota como una cosa viva de la masa del rostro que está a la expectativa. una piedra. debajo de los ojos. llenos de sarro amarillento. modelado armoniosamente. tu frente puede fruncirse. Se instaló en las escaleras del edificio. pero. casi bello de línea. pareces una vaca. para darte un aire achinado. desgastada. como una vaca. Te observas con atención en el espejo y. la vaca en el espejo cuarteado se lo deja hacer todo y no reacciona. se pasaba el tiempo sentado frente a su pupitre y no se movía de allí nunca. con la mirada desorbitada: el tuerto con la boca torcida. aun examinándote de cerca. al fin y al cabo. un hombre se dejó inorir. El negro del cabello. Puedes bajar la vista ante un hombre o ante un gato. tus ojos te miran fijamente. achinada o gesticulante. no tiene nada en particular que decirte. esas cejas que se unen.

El más ridículo de los insectos invierte en sobrevivir la misma energía que le hizo falta a quién sabe qué aviador olvidado. introducirá una moneda de veinte céntimos en la ranura del . o incluso los perfumes que servirán para disimular su olor desagradable. Estábás solo y eso es todo. no podrías dar testimonio. pobre Dédalo. ¡qué importa! Jugar o no jugar una partida de millón. una ilusión fascinante y traicionera. con una patada vigorosa. ¡No es verdad. No has aprendido nada. Falso prisionero. Puede coger con delicadeza. de todos modos. ningún antiguo artesano te asistirá ni ahora ni nunca. Puede forjar los metales y hacer cacerolas (cosa que no sabría hacer un mono). Pero eres muy poca cosa y el mundo es una palabra muy altisonante: nunca hiciste más que errar en una gran ciudad. Puede cultivar vegetales y hacer con ellos sus alimentos. tu puerta estaba abierta. las bellas imágenes. Los dos viejos actores de segunda no han venido por ti. sólo que la soledad no enseña nada. Los volcanes misericordiosos no se han inclinado sobre ti. es capaz de verdaderas proezas: conectando adecuadamente las palancas que debe empujar para obtener su comida al teclado de un piano o de un órgano. no se han pegado a ti formando contigo un bloque tal que no se hubiera podido aplastar a uno de vosotros sin aniquilar a los otros dos. Pero ninguna Raquel errante te ha recogido sobre los restos milagrosamente preservados del Pequod para que tú también. a los aventureros! Sólo los imbéciles hablan todavía sin reírse del Hombre. que entre el mundo y tú los puentes se rompieran para siempre. No partes. Pero tú. jQué maravillosa invención es el hombre! Puede soplar en sus manos para calentarlas y soplar en su sopa para enfriarla. No has expuesto tus ojos a la quemadura del sol. tu sufrimiento! ¡Cuántos Robinsón. no tenías laberinto. de escaparates. ni a modelar en la fragua de tu alma la consciencia aún inexistente de tu raza. se puede lograr que el animal ejecute de manera aceptable «Jesús. Roquentin. si no le da demasiado asco. algunas drogas. vinieras a dar tu testimonio. regresa a la superficie. Ni el fondo de la desesperación. que mi alegría perdure» y nada impide pensar que lo hará con extremo placer. de la decadencia etílica. no creas a los mártires. las mentiras: no es verdad. de la soledad orgullosa.No estás muerto y no eres más sabio. sus prendas de vestir. de la Bestia. y Leverkühn! Las buenas vistas. en su laberinto. cualquier coleóptero entre el pulgar y el índice. están hechos para ser absueltos. que aquel que ha caído tiene derecho a todos los honores: la misericordia de Dios se extiende sobre él como sobre los habitantes del cielo a los que El da el sustento. No has aprendido nada. está allí para recordarte. huérfano a tu vez. no les creas. a los héroes. Ningún guardia la vigilaba. La rata. ¡Cuántas historias ejemplares exaltan tu grandeza. como los buzos. si acaso fuera necesario. Alguien. ningún Gran Inquisidor frente a la pequeña puerta del jardín. que la indiferencia no enseña nada: era un engaño. Ningún antiguo antepasado. del Caos. más que recorrer algunos kilómetros de fachadas. y querías protegerte. Tocar fondo no quiere decir nada. por millonésima vez. La indiferencia es inútil. Los pescádóres. La imagen demasiado bella del buzo que. Puedes querer o no querer. Tu madre no ha remendado tus ropas. Meursault. para atravesar una montaña que estaba lejos de ser la más alta del planeta. ni el fondo del odio. en pos de la realidad de la experiencia. ningún jefe de la guardia se encontraba al fondo de la galería. de parques y de muelles. víctima de los horarios absurdos que le imponía una Compañía a la que para colmo estaba orgulloso de pertenecer.

aparato. andar a la deriva por la ciudad. ninguna roca de Sísifo. la alternancia de los semáforos en el cruce de la rue des Pyramides y de la rue Saint-Honoré. tarde y noche. No tienes que arrastrarte frente a tus jueces. ¡Mira! Míralos. No te espera ninguna prueba. adivinar el juego de las sombras y de las grietas. o un poco antes. en pleno ensueño oceánico. ni aullar. centinelas silenciosos. palabras que decir para convecer. nunca dejaron de medir las horas. embruteciéndote. Hubiera sido necesario que el tiempo se detuviera por completo. de las riberas. Nunca lo engañaste por completo. mostrar en carne viva la hipocresía de tus ridículos esfuerzos. y ni siquiera cojo. mañana. pudiste caminar durante la noche. todo continúa. pero nadie es lo suficientemente fuerte como para luchar contra el. que conoce la respuesta. ni manco. la fuga de la sombras y las luces. hubieras tenido algo que defender. segundos: pero las campanas de Saint-Roch. Si fueras feo. Ya no eres el dueño anónimo del mundo. las rondas nocturnas. indiferente. tu fealdad quizá sería fascinante. la deriva o el sueño. para conmover. ha seguido pasando. ninguna explosión. Tus ojos ven. Pudiste hacer trampa. los instantes neutros. embrollándote. pero no un monstruo de los Infiernos. Pudiste hacer como que los olvidabas. Tu inercia es tan vana como tu rabia. No te has vuelto loco. Deja de hablar como un hombre que sueña. Pero tu rechazo es inútil. Nadie te mira para apartar en seguida la vista con horror. a lo largo de las aceras inundadas de lluvia de la place Clichy. Ni tus días ni tus noches están en peligro. ganar migajas. pidiendo a gritos clemencia. los días y las estaciones. Allí están los miles y miles. ni te han amputado las dos piernas. seguir el camino de las multitudes. pero ni siquiera eres feo. Nadie te condena y no has cometido ninguna falta. aquel . El tiempo. No te has muerto. Quizá podrías continuar mintiéndote durante mucho tiempo. los minutos. Durante mucho tiempo has construido y destruido tus refugios: el orden o la inacción. Puedes creer que comiendo cada día la misma comida consumas un acto decisivo. ni jorobado. La más pequeña catástrofe quizá hubiera sido suficiente para salvarte: lo hubieras perdido todo. tu pulso es regular. recorrer las aveníidas. La indiferencia no te ha vuelto diferente. que se ocupa de todo. Ninguna maldición pesa sobre tus espaldas. a ningún buitre se le ha infligido el indigesto castigo de venir a zamparse tu hígado. ningún cuervo quiere sacarte los globos oculares. Crees pasar. tiempo. Terrícolas inmóviles. Cada día transcurrido no ha hecho más que erosionar tu paciencia. están en otro lugar. Tu neutralidad no quiere decir nada. esperando el rompimiento de las olas. No necesitas contorsionarte. dormir durante el día. la gran fiesta. Los desastres no existen. ni tartamudo. la llamada ronca de las aves marinas. todo vuelve a empezar. ha dado con la solución a pesar tuyo. el desencadenamiento de las mareas. tu mano no tiembla. Pero el juego ha terminado. implorando piedad. El mundo no se ha movido y tú no has cambiado. plantados a lo largo de los muelles. aquel sobre el cual la historia no tenía poder. tu corazón late. ninguna copa te será ofrecida para serte retirada en seguida. Eres un monstruo. Pero ni siquiera estás enfermo. la embriaguez falaz de la vida suspendida. un poco después. la caída previsible de la gota de agua en el grifo de la toma de agua del rellano. Pero no ha ocurrido nada: ningún milagro. No. En un día como éste. El tiempo. quizá. todo empieza.

. y esperas.que no sentía caer la lluvia. a que la lluvia deje de caer. que no veía venir la noche. el límpido. el transparente. Esperas. en la place Clichy. Ya no eres el inaccesible. Tienes miedo.

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