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Lirico y Profundo-Vida de Julio Goyen Aguado-La Verdadera Historia de La Cueva de Los Tayos-Guillermo Aguirre

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Moricz y Goyén revalidaron su compromiso de confdencialidad, que man-
tuvieron hasta sus respectivas desapariciones. A consecuencia de tales cir-
cunstancias, Juan declaró en distintas entrevistas periodísticas, que:

Tal vez no habría llegado el tiempo de las revelaciones, ni sería yo el
encargado de hacerlas. En un momento luché con todas mis armas para
que el mundo conociera los secretos. Ahora pienso que tal vez haya ha-
bido mucha ilusión de mi parte al tratar de concretar ese sueño, y habrá
que creer que si esos tesoros estuvieron bien resguardados por miles de
siglos, bien podrán seguir estándolo por más tiempo53
.

Moricz, a resguardo de las penurias económicas que mucho lo aquejaron
en otras épocas, habiendo llegado a padecer la mayor de las inopias por
falta de dinero (las cartas que se cruzaban con Julio, quien lo ayudó con
dinero propio y recaudado entre amigos, son conmovedoras), era ahora
un hombre potencialmente riquísimo, gracias a su ingente actividad como
empresario minero.

No habiendo logrado concretar su anhelo –que no era, defnitivamente,

económico– de que el mundo lo reconociera como el auténtico y verdadero
descubridor de los tesoros de las Cuevas, y que se dieran a luz los mismos

53

Subrayado por el autor. Juan dice:”por más tiempo”. No dice:”para toda la eter-

nidad”. Ya se conocerá la razón de tal afrmación (N. del A.).

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pero sin extraer objeto alguno de allá, Moricz se dedicó a asegurarse de
que nadie, nunca, pudiera llegar hasta el sitio.
Para eso elaboró toda suerte de intrigas y ardides, logrando que éstos se su-
maran a la supersticiosa conducta de los shuaras, habiendo vivido los años
transcurridos desde 1976 hasta su muerte en 1991, sin hacer declaración
alguna y rechazando todo intento de ahondar en el tema y dando, cuando
se le requería, sólo declaraciones de compromiso, sin aportar ningún nuevo
elemento diferente de los que hiciera públicos años atrás.
Es evidente que trataba, sin duda alguna, de dar pistas falsas. Además, por

dichos de sus cartas, y por confdencias de Goyén Aguado, resulta también

evidente que logró obstruir el pasadizo que conduce a la cámara secreta,
provocando un derrumbe que ocultó defnitivamente su acceso, lo que pa-
ra una persona de sus conocimientos en explosivos, dada su actividad como
experto minero, sería tarea fácil.

Para consolidar su actitud, afanzado en su condición proclamada ante los

Colorados y refrendada por éstos, de Enviado del Pasado, recomendó a los
indígenas nunca conducir a persona alguna, ni siquiera hasta la vecindad
de la entrada a los lugares sagrados.
Juntos repotenciaron la maldición contra los violadores, a la manera de la
de las tumbas egipcias, revalorizando la milenaria conjura ante intentos de
siniestras intrusiones.
En materia de tales conjuras, destaquemos lo siguiente: en forma reiterada, a
partir de las primeras crónicas de los conquistadores en América, se ha hecho
referencia al llamado: Susco, o enfermedad del miedo. Si el indígena comien-
za a experimentar disgustos y sinsabores, aunque no sepa de qué se trate, se
persuade de que merece el castigo de los Huacas, poderosos promotores de
represalias como custodios de cuanto pueda estar habitado o poseído por los
espíritus: ídolos, rocas, volcanes, montañas y tumbas. El individuo comienza a
perder el gusto por la vida y se deja morir, convencido de que ha sido castiga-

do por transgredir un tabú, y de que es víctima del malefcio.

Otro tabú para los indígenas es la falta de luz natural. Nunca se atreverían
a internarse en lugares que presumen habitados por los Huacas de la oscu-
ridad.
En el anteriormente citado “Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo
Continente”, publicado en 1800 por Alexander Von Humboldt, ese presti-

gioso científco refriéndose a los indios que le sirven de guías en la caverna

venezolana de Caripe, de conformación muy similar a las ecuatorianas y
pobladas de tayos (o: “guácharos”) dice de aquellos indígenas:

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Muy difcultoso fue persuadir a los indios de traspasar la parte anterior

de la gruta, que es la única que frecuentan anualmente para recoger allí
la grasa (el aceite de los tayos). Menester fue toda la autoridad…para
hacerlos avanzar hasta el paraje donde el suelo se levanta de pronto con
una inclinación de 60º... Los indígenas abrigan ideas místicas acerca de
este antro habitado por aves nocturnas. Creen que las almas de sus an-
tepasados habitan en el fondo de esas cavernas. El hombre, dicen ellos,

debe temer lugares que no estén alumbrados por el Sol, Zis, ni por la

Luna, Numa. Ir a juntarse con los guácharos es juntarse con sus padres,

es morir. Así es que los mágicos Piaches y los benéfcos Imoron, practican

sus prestidigitaciones nocturnas a la entrada de la caverna, para con-
jurar al Jefe de los Espíritus Malos, Ivokiamo. Las tinieblas se adhieren
dondequiera a la idea de la muerte. La gruta de Caripe es el Tártaro de
los griegos, y los guácharos que revolotean quejumbrosos….recuerdan
las aves estigias. No pudieron (los expedicionarios) a pesar de su autori-
dad, obtener de los indios que penetrasen más adelante en la caverna.
A medida que la bóveda subterránea bajaba, se hacían más penetrantes
los chillidos….Fue preciso ceder a la pusilanimidad de nuestros guías y
volver a nuestros pasos.
Téngase presente que nunca, que se sepa, los indígenas de la región andi-
na (individuos de los imperios incas, mayas, aztecas, etc.) revelaron, ni bajo
tortura, la ubicación de los tesoros. Porque fundamentalmente no sabían
donde se hallaban, pues se conoce que los Jefes mataban a cuantos partici-
paran en el ocultamiento y a los que podrían tener aún tan sólo un indicio.
Por eso, todavía se siguen buscando, hasta el momento sin éxito, El Dorado,
el Tesoro Inca y varios etcéteras del mismo tenor.
Se arman expediciónes con grande y sofsticado equipamiento y con provi-
sión ilimitada de fondos. Cualquiera puede suponer que la mas sencilla de
las acciones sería la de comprar información con los indígenas. La respues-
ta, por cierto, está implícita en la evidente falta de resultados.
Los despiadados Incas, se sabe, sacaban los ojos, cortaban la lengua y per-
foraban los oídos de cuantos podían haber siquiera pronunciado una pa-
labra indebida, y dejaban a uno de ellos con solamente un ojo, para que
condujera a los otros a presencia del pueblo, con intención de que éste
viera a lo que se exponía el trasgresor.
Por cierto, estas maldiciones no deberían tomarse a la ligera, pues son
muy corrientes en las antiguas culturas. En dos oportunidades, Julio ase-
guró que la desgracia alcanzaría inexorablemente a quien revelara tan
sólo una palabra de los secretos, o que intranquiliza, obviamente, al autor
de esta obra.

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Corresponde acotar que aquellos antiguos Jefes no contaban con el pode-
río militar de los individuos que más tarde provendrían de allende los ma-
res, pertrechados con poderoso armamento que les infundía terror.
Pese a semejante poderío, ha quedado demostrado que los conquistadores
españoles no lograron descubrir la ubicación de los tesoros en cuestión.
Pero…
“Una maldición es una maldición”, diría Goyén en esta aparente perogrulla-
da, sin permitir que se la tomara en solfa. Mas, atendiendo a que: 1) Moricz
murió víctima de en extraño desorden químico que resulta extremadamen-
te sospechoso, considerando su buena condición física. Por muchas razones
que se analizarán en otra parte de esta obra, podría aceptarse la hipótesis
de un asesinato. 2) Se registró una asombrosa seguidilla de decesos entre

personas vinculadas al tema. 3) Zoltan Czellar, secretario de Juan, murió

en extrañas circunstancias en la selva ecuatoriana. 4) El propio Julio Goyén
Aguado fue el único de entre siete miembros de una expedición a los An-
des Argentinos, que murió en un trágico accidente. 5) Petronio Jaramillo,
el ecuatoriano al que Stanley Hall atribuyó un conocimiento previo de los
tesoros de las cuevas, murió asesinado. 6) En un breve lapso, murieron los
mormones Kimball, Jesperson, Peterson y Cheesman. 7) También murió el

Coronel Zavalla, artífce de la maniobra introductoria de los materiales en

Argentina.
También es muy posible que los no-jíbaros, los profanadores y saqueado-
res contemporáneos, sin plumas ni pinturas tribales, hagan su aporte a la
maldición, manteniendo y potenciando los hechos desgraciados, reales o

fcticios, contribuyendo de esa manera a eliminar al –digamos– enemigo,

intruso, competidor o adversario.
Son los modernos cazadores de cabezas, que no moran en la remota espe-
sura de la selva sino en sofsticados ambientes calefaccionados o refrigera-
dos, de diversas Cities de ambos hemisferios.
No portan cerbatanas; ejercen el poder con armas menos primitivas pero
tan contundentes como aquéllas. No reducen cabezas. Reducen cerebros.
La muerte de Julio acaeció en la provincia argentina de Mendoza, que li-
mita al Oeste con el vecino país de Chile. En el área residieron los antiguos
indígenas Araucanos. Un cacique de esa tribu le había renovado a Julio, tres
años antes, la vigencia de las maldiciones, al ser consultado por éste con
referencia a la profanación de sepulturas de momias.
Julio me explicó algunos detalles de la maldición, y se puede decir que la cuestión
es –como mínimo– escalofriante. Téngase presente que la expedición que enca-

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bezaba Julio, y en la que murió, se proponía, justamente, descender (¿profanar
tumbas de?) momias sepultadas en el antiguo territorio del imperio araucano.
Los accidentes fatales ocurridos en descensos a las cavernas son moneda co-
rriente, tanto como lo son los acaecidos en expediciónes en la selva cuanto
en ascensiones a montañas. Cuántas de estas muertes podrían atribuirse a
meros accidentes, es un tema debatible.

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