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Los amores tardíos de la señora Walter Extracto de BEL AMI

La novela de Guy de Maupassant
Por G. B.
La señora Walter quería verle todos los días. Le llamaba continuamente por medio de telegramas. Le salía al paso para encuentros rápidos en las esquinas, en los establecimientos y en los jardines. En tales ocasiones, la mujer le repetía con las mismas frases de siempre, que lo adoraba y lo idolatraba. Luego se marchaba jurándole “que era muy feliz por haberlo visto”. Ella se mostraba muy distinta a como lo había imaginado. Intentaba seducirlo con graciosas puerilidades, con amorosas infantilidades que a su edad reultaban ridículas. Habiendo permanecido hasta entonces absolutamente honrada, virgen de corazón, cerrada a todo sentimiento e ignorante a toda sensualidad, esto, que se le había revelado de golpe en su prudente y apacible cuarentena, solo comparable a un pálido otoño siguiendo a un frío verano, esto había constituído una especie de primavera. Primavera marchita, llena de florecillas malnacidas y abortados brotes. Una extraña floración de un amor de jovencita, de un amor tardío, ardiente e ingenuo, que lo formaba imprevistos arrebatos, grititos propios de dieciséis años, carantoñas empalagosas y gracias envejecidas sin haber sido nunca jóvenes. Le escribía diez cartas en un día. Cartas bobamente locas, con un estilo pintoresco, poético y risible. Un estilo recargado como el de los indios y lleno de nombres de pájaros y animales. Cuando ambos se encontraban a solas, ella lo abrazaba y besaba con caricias pesadas de niña mimada, haciendo muecas un tanto grotescas con los labios, dando saltitos que sacudían sus senos demasiados voluminosos bajo la tela de su corpiño. A Du Roy, sobre todo, le mareaba oírse llamar: “ Ratoncito mío”, “Perrito mío”, “Gatito”, “Mi joya”, “Mi pájaro azul”, “Mi tesoro”, y ver cómo se le ofrecía, cada vez, representando la misma comedia de infantil pudor, los miedosos melindres que juzgaba interesantes, y los jugueteos de colegiala pervertida. A veces preguntaba: -¿Para quién es esa boquita?

Cuando él no respondía en seguida: -Es para mí. Ella continuaba con la pregunta hasta hacerlo enfermar de los nervios. A Du Roy le parecía que ella debería comprender que en el amor es preciso tener tacto, una habilidad, una prudencia y una medida extremada, máxime habiéndose dado a él ya madura, madre de familia, mujer de mundo. Ella tenía que entregarse con gravedad, con una especie de ardor contenido, serio, con lágrimas seguramente, pero con lágrimas de Dido y no de Julieta. La mujer le repetía constantemente: -¡Cuánto te amo, pequeño mío! ¿Me quieres tú otro tanto, mi bebé? Y Jorge no podía oír como le llamaba “Pequeño mío” y “Mi bebé” sin sentir deseos de gritarle “Mi vieja”. Virginia le decía: -¡Qué locura cometí al entregarme a ti! Pero no me arrepiento. ¡Es tan bueno amar! Todo aquello le parecía a Jorge irritante en aquella boca. Pronunciaba aquello de “!Es tan bueno amar!” como si hubiera podido decirlo una ingenua en el teatro. Además, ella también lo exasperaba con la torpeza de sus caricias. Convertida en sensual súbitamente bajo los besos de aquel buen mozo que le había encendido la sangre con tal fuerza, ella ponía en su abrazo un ardor inhábil y una aplicación tan seria que provocaba la risa de Du Roy y le hacía pensar en esos viejos que intentan aprender a leer. Y cuando ella lo había estrujado bién entre sus brazos, mirándole ardientemente con esos ojos profundos que tienen algunas mujeres ya pasadas, pero soberbias en su último amor; cuando ya lo había mordido con su boca trémula y muda, cuando lo había aplastado bajo su carne maciza y cálida, cansada, pero insaciable, ella se agitaba como una colegiala y ceceaba para hacerse la graciosa: -¡Te amo tanto, pequeño mío! Te amo tanto… Haz un mimito a tu mujercita, mi amor. Entonces a Jorge le daban ganas de soltarle una barbaridad, ponerse el sombrero y marcharse dando un portazo.

Para A.A.