Líneas forzadas Llegué a Buenos Aires, me dije, como quien para ubicarse en la geografía se fía de esos cartelones fofos

en los parques de diversiones que con firmeza aseguran: Usted está aquí. ¿Que qué hago aquí, Renata? Bueno, eso podría responderlo de muchas maneras. De hecho, en el avión y en el camino previo al vuelo, estuve pensando en varios tipos de respuesta, desde las palabras sosas que he visto en las películas y de las todavía más irreales que he encontrado en los libros. Descarté por completo las respuestas estúpidas que se muestran en las sitcoms y también las respuestas honestas que habitan en mí… Y al final no tengo qué decirte. Pero tanto da. Renata no quiere respuestas de todos modos. A lo mucho estará buscando que me apene, que me avergüence, que diga que mejor siempre no y que dé la vuelta hacia el taxi que me espera abajo, para que vaya hacia el aeropuerto, hacia la sala de migración, quizás incluso ella me imagina suplicándole a la señorita de algún mostrador que por favor tome mi boleto mutilado y le ponga backward a mi desembarco. Renata no me perdona. Y tampoco me perdona que yo esté en el mismo suelo bonaerense que ella, no me lo perdona a pesar de que fue ella la que no dejó de insistirme en que viniera. Pero yo tenía que venir, tenía que venir hoy, ahora mismo, para que ella pudiera hacerme esta escena aquí en su pisito de soltera. Lo deseaba. Y ésta es la verdadera razón por la que estoy aquí, pero habérselo confesado no hubiese sido algo lindo de escuchar. Es probable que Renata haya escogido este escenario a propósito, con premeditación.Yo sé lo que ella espera, lo que ella quiere es escuchar por respuesta algo de eso a lo que ella llama lindo, pero yo no tengo esas palabras. Para mí, lo lindo es que ahora exista este escenario, conmigo en la puerta, con mis maletas en el umbral y que Renata le haya puesto pausa y mute a nuestro momento. Lástima que esta pausa también se terminará. Antes de abrir la computadora, Renata pudo haber revisado sus opciones, pudo haberme dicho algo más, ¿un saludo, al menos? No lo hizo.

Renata tampoco quería la verdad ese día. en un slow motion interminable mientras mi mente trataba de unificar la imagen madura que tenía de ella y la última escena melodramática y de adolescente embrutecida que acababa de regalarme. Mi cabeza odia las líneas forzadas. aunque sea verdad. hace tiempo en el aeropuerto de Santiago. ella le pone play al computador y entonces yo sé que ahora ella le pertenece por completo a la pantallita digital.me dijo ella misma. «Sólo respóndeme». «¿Me amas?». pero ella lo hace impensable. Mi confianza en los diálogos es nula. Ella no sabe que tan sólo unas contadas veces en la vida tenemos la oportunidad de lo que yo pienso es la comunicación franca. Eventualmente sí hubiera llegado a amarla. le bastaba entonces con un «sí». Ella lo ignora.se hubiera visto melodramático.y si se me endurecen las palabras en la garganta. pero mi cabeza no hubiese estado en calma. En ese momento yo sólo pude reparar en lo ridícula que sería aquella escena vista desde cualquier punto. que yo le dijera «te amo»tan sólo por cumplir con elguión de mi papel y que luego fuera tratando de llenar la sensación a base de representaciones fallidas y frente al público.Después de la pregunta. pero entonces una familia de estadounidenses obesos pasó a un lado de nosotros y tiró las maletas. y sin nunca conseguirlo. hasta en las cámaras de seguridad -que son sordas. Yo todavía recuerdo aquella otra vieja pregunta suya. pero a veces. no puedo decirlo. suena a mentira. también las falsas. ésas que suplican porque no las notes. insistió en aquella ocasión. pero su play que ha dado al monitor no ha roto la pausa de nuestra escena. y en la ausencia de la respuesta que ensayé en el camino y que ya se me perdió. ésas que juegan a ser reales. como hacen los malos actores del teatro. Porque si digo algo. hasta cuando de verdad siento algo. entonces. Renata no lo sabe ahora. Un aviso trilingüe salió de los altavoces y resonó en la sala. conmigo aquí en la puerta y ella ignorándome frente al computador. Yo quisiera decirle que la amo y que esa es la verdadera razón. ella me dejó allí. Renata no lo sabía en Santiago. una epifanía en forma de . por eso yo hago fotografías y no películas. lo sé ahora.

me lo arrebataron las patas de puerco con las que unos norteamericanos tropezaron y tiraron las maletas de Renata en Santiago. que esta avenida arbolada por la que tantas veces había pasado en realidad no existía y que nosotros no estábamos ahí sino en otro lado. con toda la claridad de la luz láctea y fría del interior del tranvía. Y yo me quedo entonces en Puerto Madero. el taxi todavía espera por su paga. El buen tipo me dice entonces. Ella lo sabe ahora y yo también. que lo mejor de Buenos Aires es el río. y se rompe el mute y nos inunda el sonido de la calle. Ése fue el primer momento. Aquí no hay letreros fofos que me digan donde estoy.estar con mi madre. quizás por un recuerdo del que no tuve la certeza de que hubiera ocurrido. seguirá así hasta que me vea salir. Pensé. El taxista es un buen tipo.estornudo que al momento se va pero que ha de esclarecerlo todo. Renata sigue con los ojos iluminados por la pantalla. porque hay gente que llega al final con su marcador en cero. Se rompe por fin la pausa a nuestra escena. por primera vez desde que pise un aula. Desde la estatura de un niño volteé los ojos arriba y vi a mi mamá:lo supe entonces. Y supe también. como viendo la misma pantalla mental que yo contemplo. tomamos el tranvía y vamos hasta el cine. hoy mi madre me lleva a la escuela. No me alegró –como siempre. El segundo momento vino hace poco. cómplices o amigos. que al terminar nuestra función no volveríamos a vernos. sin saber por qué. . lejos. ni me alegró faltar a clases. ni tampoco el cine: la película no la recuerdo. Y no del todo sucedió. Abajo. Recoletosy todo lo demás que no recuerdo. El Boca. y ya es mucho. habla español y no argentino. No usamos el coche. Las imágenes se agolpan en una pantalla dentro de mi cabeza: San Telmo. Hace años. que así debería lucir Buenos Aires. Yo he tenido dos o tres veces en la vida esa comunicación franca. Supe que tan sólo por ese instante en nuestras vidas habíamos sido madre e hijo. En el tranvía pensé.

Camino con un travelling de diques y dársenas a la izquierda. sonarían tan llenas de honestidad como un rioplatense alagando a este río. Entonces lo supe… . y yo lo sé. yo podría decirle que la amo. He empezado a pensar que es esta la naturaleza de la comunicación: ser puente roto. en algún lugar donde se escuchen muchas voces y no haya apenas luz. la comunicación franca nunca ha sido algo humano. yo ya sabía que así lucía Buenos Aires. voy buscando entre los restaurantes de lujo una mesa vacía.Si ahora mismo me llamara Renata. y mis palabras no estarían endurecidas y mis líneas no serían forzadas. Antes de entrar volteo a ver la avenida. pienso que yo ya estuve aquí. pero mi celular no sirve aquí y yo no tengo el número de ella.

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