FRANCISCO GIL CRAVIOTTO LA FRÁGIL MARIPOSA DEL PENSAMIENTO. Hay en algunos escritores personajes secundarios inolvidables.

¿Quién, después de haber leído el Quijote puede olvidar a la criada Maritornes o al pícaro Maese Pedro? ¿Quién no recuerda el ciego, el cura y el hidalgo del Lazarillo? Hoy, al leer uno de los libros menos conocidos de Octave Mirbeau, Les 21 jours d´un neurasthénique, me he encontrado con uno de esos personajes que difícilmente puede uno olvidar. Se trata de un poeta que padece la misma enfermedad de don Quijote, la locura, pero, a diferencia del héroe de Cervantes, en él la enfermedad se hace lírica y sosegada y, tan conmovedora y penetrante, que atrapa al lector. El personaje aparece en un asilo de dementes a donde va el protagonista de la novela, alter ego del autor, invitado por un médico amigo. Los locos que pasean por el patio, piensan que se trata de una visita del prefecto de la región (no sabemos en que lugar de Francia tiene lugar la acción) y en seguida se le acercan pidiéndole algo que haga más llevaderas sus vidas: mejor trato de los loqueros, más calidad en las comidas, que los dejen salir a la calle, etc. etc. Pero hay uno que permanece en un rincón sin decir nada. Se le acercan el médico y su amigo para entablar conversación con él. Acosado por las preguntas el buen hombre termina confesando la razón de su mutismo y tristeza: anda descerebrado, porque alguien le ha robado el pensamiento e incluso el nombre. ¿Cómo puede ser?, le preguntan. Ésta es su explicación. Traduzco: Yo, monsieur le prefect, era poeta y tenía un sastre al que debía dinero. […] Este malvado sastre venía a buscarme y me reclamaba su dinero con violencia. Un día, que estaba más amenazador que nunca, accedí a que tomara de mi casa lo que quisiera… un reloj de pared – yo tenía uno precioso –, recuerdos de familia…, en fin, lo que

quisiera. Pues, ¿sabe lo que tomó? ¡Es inconcebible! Mi pensamiento. Y más tarde también tomó mi nombre. Al momento vino la pregunta del supuesto prefecto: “¿Cómo lo sabe?” Ésta fue la respuesta del loco. Traduzco de nuevo: — ¿Cómo? Yo lo he visto en sus manos, monsieur le préfet. Él lo tenía en sus manos en el momento en que lo tomó. […] Era, señor prefecto, como una pequeña mariposa amarilla, muy bonita, muy delicada, que movía las alas: una mariposita como las que hay entre las rosas los días de sol… Yo le pedí al malvado sastre que me devolviera mi pensamiento. Tenía los dedos gordos, cortos y torpes, dedos brutales y yo sentía miedo de que la hiriera. ¡Era tan ligera y tan frágil aquella mariposa! Se la metió en el bolsillo y se marchó riendo. […] Al día siguiente el buen hombre escribió al malvado sastre pidiéndole le devolviera la frágil mariposa de sus pensamientos, pero no obtuvo respuesta. Fue entonces cuando decidió ir a la policía a denunciar el robo. Gravísimo error. ¿Cómo iba a comprender un policía a un poeta? El comisario lo echó a patadas de su despacho, llamándole loco y otras lindezas parecidas. Unas horas después llegaron a su casa unos tipos de mal aspecto y peores modales que se lo llevaron en un furgón al asilo en donde ahora está. Él, un poeta que frecuentaba la tertulia de la marquesa d´Esparel, rodeado de seres grotescos y locos. El falso prefecto le respondió que se ocuparía del caso y daría las oportunas órdenes para que le fuese devuelta la mencionada mariposa de sus pensamientos. El poeta se sintió muy aliviado con estas palabras y ya, en tono más íntimista, le contó al supuesto prefecto que a veces llega al asilo una mariposa amarilla, muy parecida a la que aquel insoportable día le robó el malvado sastre, lo que le hace pensar que tal vez ha logrado escaparse y lo busca. El problema para él es que jamás logra atraparla. La evocación de las visitas de la mariposa al asilo es de un lirismo tan conmovedor que no puedo evitar la cita. Traduzco de nuevo:

Es muy parecida a la que yo vi aquel día en las manos groseras y sucias del sastre. Como aquella es delicada, frágil y bella. Vuela graciosamente y es delicioso verla volar. Pero no siempre es amarilla. A veces es azul, a veces blanca, a veces malva o roja. Depende de los días, pero sólo es roja cuando lloro. Yo estoy íntimamente convencido de que esta mariposa es mi pensamiento. Me busca desde hace seis meses. […] Ha atravesado mares, montañas, desiertos, llanuras de hielo para llegar hasta aquí. Sólo pensarlo me rompe el corazón de emoción. Pero no me reconoce. La llamo y huye. De pronto, mientras hablaba, se le iluminaron los ojos, señaló un punto en el espacio y comenzó a gritar: -¡Está ahí! ¡Está ahí! Hoy viene malva, toda de color malva. La reconozco en su vuelo ligero y fiel. Me busca. Estoy seguro que me busca. ¿Usted me permite, señor prefecto? Salió corriendo hacia la parte arbolada del jardín, detrás de la mariposa que sólo él lograba ver. Alzaba los brazos, saltaba, se alejaba y luego volvía, hasta que sin aliento, agotado y sudando, cayó extenuado al pié de un árbol. El relato termina con estas palabras del médico: “Hay otros mucho más locos que él y andan sueltos”. Francisco Gil Craviotto