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Resumen - Torcuato Di Tella (1986) "La pirámide social"

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Sociología
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Torcuato S.

Di Tella (1986) SOCIOLOGÍA DE LOS PROCESOS POLÍTICOS
CAPÍTULO III

La pirámide social
La pirámide es el contexto dentro del cual se ubican los actores de la política. Al definir el espacio social dentro del cual operan esos actores como adoptando la forma de pirámide se está suponiendo una permanente situación de superposición de grupos sociales, o sea, la permanencia de una sociedad dividida en clases. Convendrá al respecto hacer una revisión del concepto marxista acerca de las clases sociales que es la piedra fundamental de su sistema teórico. El concepto de la sociedad sin clases, así como el problema asociado de cuáles son los factores determinantes de la existencia de clases, es más complejo en el pensamiento marxista que lo que a veces aparece. La hipótesis marxista en este tema tiene una doble característica: por un lado, plantea adecuadamente los factores que generan a las clases sociales, y las coloca, como corresponde, en el centro de su análisis; pero por el otro, yerra dramáticamente al suponer que es posible, en un devenir no excesivamente alejado, la constitución de una sociedad sin clases. Clases y estratos sociales: un falso dilema El concepto de clases se refiere a una realidad con innumerables graduaciones, sin puntos claros de ruptura, y que por lo tanto no es posible señalar límites precisos a una clase particular cualquiera. Según el objetivo de la investigación corresponderá subdividir de diversas maneras a las clases sociales. En ciertos planteos teóricos Marx habla de tres “grandes” clases sociales basadas respectivamente en la propiedad de la tierra, en el capital y en la posesión de la fuerza de trabajo. La línea de pensamiento representada por Althusser, Poulantzas y Harnecker tiende a reunificar el concepto clasificatorio de clases y considerar que las tres citadas, o a veces sólo las dos extremas de burguesía y proletarios, son realmente clases sociales. Dentro de ellas, admiten la existencia de subclases o fracciones de clase. Previsiblemente, son los grupos medios, tanto urbanos como rurales, los que dan más dolores de cabeza a este respecto. A veces se rechaza el asignarles una condición marxista propia. Sin embargo, son muchos los casos en que tanto Marx como sus discípulos se refieren a ellos con el nombre de clase media, pequeña burguesía o campesinado. Compleja realidad que no puede ser adecuadamente aprehendida diciendo que en última instancia hay sólo dos o tres grandes clases sociales y que las otras subdivisiones son menos reales. Es demasiado común, en los textos inspirados en el marxismo, ser muy reticente en otorgar la condición de clase social. Se prefiere usar la categoría más neutra de estrato para clasificar en forma exhaustiva al total de la población. Esto es consecuencia de la rigidez con que se interpreta la doctrina, unida a la volubilidad con que se pretende hacerla servir a la táctica política del momento. La diferencia no se apresa adecuadamente con la dicotomía clase estrato. Se emplearía la palabra clase para referirse a los grupos con más organización y conciencia de sus propios intereses, y estrato en caso contrario. De todos modos, es más preciso hablar de la estructura de clase, que abarca a toda la población. Dentro de esa estructura clasista se pueden dar diversas cristalizaciones del continuum. En lo que hace a la teoría marxista acerca de las causas de existencia de las clases sociales., Marx pensaba que (i) las clases sociales se basaban en la división jerárquica del trabajo, impuesta por la técnica en una primera etapa industrial “manufacturera” , que creaba un grupo privilegiado y explotador, pero al mismo tiempo necesario; (ii) que esos privilegios tomaban casi siempre la forma de apropiación privada de los medios de producción; (iii) que la industria moderna, en gran escala, por primera vez en la historia hacia innecesaria la división jerárquica del trabajo y (iv) bajo las nuevas circunstancias era posible una revolución que desposeyera a la clase dominante, sin reemplazarla por otra que cumpliera un rol directamente análogo. Marx queda como utopista en la argumentación resumida, ya que ella supone necesaria la superación de la división jerárquica del trabajo para acabar con las clases. El problema de la división del trabajo Marx dedica una atención primordial a la organización del trabajo, y a la tecnificación que la hace posible. La búsqueda de la ganancia por los capitalistas y la competencia entre ellos, los incentiva a introducir progresos técnicos, creando, al mismo tiempo, un proletariado cada vez más numeroso y acostumbrado a trabajar con un equipo industrial avanzado. Esta clase es la que debe actuar como sepulturera del sistema. Marx pensó que ciertos nuevos desarrollos de la técnica, adecuadamente orientada en una sociedad socialista, podían eliminar la necesidad misma de la división jerárquica del trabajo . Marx contrapone dos hipótesis. Una es la de la proletarización de las clases medias: en esa forma desaparecería la base de apoyo del grupo dominante, que sería fácilmente derribado por insurrecciones populares. Una segunda hipótesis es necesaria para que de esas insurrecciones emerja una sociedad socialista, y no

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una nueva pirámide clasista. Esa segunda hipótesis es la que supone que ciertas tendencias de la industria moderna hacen cada vez menos necesaria la parcelación humana implicada por la división jerárquica del trabajo. La etapa industrial incipiente Marx distingue tres estadios del desarrollo tecnológico en la producción, por encima de los niveles individuales del artesano o agricultor independiente: la cooperación simple, la manufactura y la gran industria, a las que dedica sendos capítulos. Se trata de tres formas secuenciales en el tiempo, de tecnificación del trabajo. La primera, la cooperación simple, implica la reunión de un grupo grande de obreros, que realizan todos tareas semejantes. El capitalista provee la organización, y se apropia de los beneficios productivos emergentes del hecho de que todos trabajan en un único lugar. Según el uso que le da Marx, común en su época, manufactura es un sistema de producción basado en reunir obreros de diversos oficios, y subdividir esos oficios en especialidades cada vez más elementales, pero usando principalmente la fuerza y la habilidad del obrero, ayudado con herramientas pero sin máquinas. La manufactura va creando una jerarquía de fuerzas de trabajo, a la que corresponde una escala o gradación de salarios. La escala jerárquica del trabajo se combina con la división pura y simple de los obreros en obreros especializados y peones. En la Ideología alemana se postula una relación causal directa entre la división del trabajo y la génesis de las clases sociales. La gran industria automática Ésta implica el reemplazo de la herramienta por la máquina. En la contraposición entre la industrialización incipiente, que el denominaba etapa manufacturera, vigente hasta fines del siglo XVIII, y la gran industria, que él veía dominante en su época, es central el diverso rol que juega la división del trabajo. La contraposición entre los conocimientos rutinarios que formaban la experiencia del trabajador en la época manufacturera, y los conocimientos científicos que se precisan para domesticar al monstruo de la gran industria automática, es esencial en el pensamiento de Marx. En el uso capitalista de la maquinaria, el capital se apropia de los conocimientos científicos, que aparecen ante el obrero como atributo propio del capital, como fuerza externa a él mismo. Pero esta situación es ahora factible de superación a través de cambios políticos. Lo básico del argumento de Marx al respecto estriba en la homogeneidad que él pensaba se estaba dando dentro de la clase obrera. En el sistema de la gran industria, según él, la distribución de obreros entre los trabajos ya no dependía de sus habilidades específicas como en la manufactura, pues sólo se requería un conocimiento científico-práctico, accesible a cualquiera con un poco de educación, y no una habilidad manual muy larga de adquirir, y difícil de readaptar a otra función. La tendencia del capitalismo es a congelar al obrero en una especialidad, aún cuando ya no es en la gran industria, necesario para la producción, como lo era bajo la manufactura. Pero como consecuencia de los cataclismos industriales “los cambios de trabajo…se imponen como una ley natural”. El resultado de esto es que el obrero, bajo el mismo sistema capita lista, y debido a sus crisis, va ampliando sus horizontes, superando por la fuerza su parcelación deformante. Consecuencias clasistas de la división del trabajo Al no ser cierto que la técnica moderna genera una clase homogénea y mayoritaria de obreros mecánicos, flanqueados por una minoría de administradores, sino que reproduce las formas “manufactureras” de la división jerárquica del trabajo, se deduce que no se dan las condiciones para la desaparición del sistema de clases. Podrá eliminarse una de sus formas, la capitalista, pero se reconstituye un sistema clasista bajo otros fundamentos, derivados en última instancia del hecho que la división jerárquica del trabajo se mantiene. Marx pensaba que el sistema industrial avanzado iba a producir al mismo tiempo una homogeneización de las posiciones ocupacionales, y una abundancia sin precedentes. Supongamos que lo primero no ocurre, pero lo segundo, pero lo segundo sí, ocasionando además reducciones drásticas en la jornada de trabajo. Una sociedad adecuadamente organizada tendría entonces más libertad en distribuir sus recursos, y llegar a eliminar, si no la división jerárquica del trabajo, por lo menos las clases y diferencias de ingresos. Esto es una posibilidad más realista, extrapolando tendencias actuales, que la supresión de la división del trabajo, pero no está dentro de nuestro horizonte histórico. La realidad es que cualquier sistema técnico imaginable en nuestro horizonte histórico seguirá generando una pirámide de estratificación, y por lo tanto, produciendo en sus niveles inferiores individuos que tendrán gran dificultad en imponerse ante sus superiores jerárquicos. ¿Qué hacer, entonces, si nos interesa la obtención de una sociedad en que la mayoría de la población pueda ejercer sus derechos, y en que los que dirigen la producción y el Estado se vean controlados por el público? Básicamente, lo que se precisa es replantear el problema del poder político, que la teoría marxista ha descuidado para las etapas posrevolucionarias, y que no analiza en forma adecuada para los procesos reformistas, por considerar al Estado como representante de las clases dominantes.

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Consecuencias políticas de la pirámide social Es sabido que Marx pensaba que el aparato estatal tenía que ser destruido en la revolución, más que sustituido por otro nuevo. Al irse eliminando la división del trabajo se van derrumbando los cimientos del aparato estatal, y de las retribuciones diferenciadas. Lo que ocurre es que la gran industria, que una sociedad posrevolucionaria va introduciendo, no actúa como pensaba Marx. Lejos de ello, es generadora de burocracia, por consideraciones estrictamente técnicas. Los avances técnicos consolidan a esa burocracia. Si aceptamos ese hecho, salta a la vista la urgencia de preocuparse por el lado político del sistema. La única forma de evitar que esto degenere en un despotismo con gran capacidad de auto perpetuación, es establecer un equilibrio de poderes, usando, sino las recetas, por los menos los planteos básicos del pluralismo político. Sin embargo, importantes sectores de la izquierda marxista no comprenden adecuadamente la necesidad de tomar esta posición, aún cuando estén conscientes de los peligros del burocratismo. La endeblez más grande de la mayor parte de los enfoques de la izquierda marxista antiburocrática es que ella sufre de cierta miopía para discernir las clases en las sociedades llamadas socialistas. Una crítica a la burocracia colectivista no puede basarse en su condición de burocracia, puesto que su existencia no sólo es inevitable, sino necesaria y útil en la actual etapa de industrialización. Pero al mismo tiempo que necesaria y útil durante un tiempo muy largo, puede ejercer su poder en forma abusiva, y enfrentarse a la clase obrera de su propio país. En las condiciones que de hecho caracterizan a nuestra época histórica, un empate social entre la clase obrera y alguna otra clase dominante, sea ella capitalista privada o colectivista burocrática, es lo máximo que se puede conseguir. Este empate social puede ir acompañado, en condiciones favorables, de un poder político ejercido por la clase obrera. Pero el hecho de no disponer del verdadero poder social hará que ese poder político tenga una serie de trabas

[Torcuato S. Di Tella, Sociología de los procesos políticos, Eudeba, Buenos Aires, 1986, pp. 67-97.]

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