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Signo de contradicción

Signo de contradicción

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El autor es un católico que defiende la fe; el tema, la persistencia y perennidad de la revolución cristiana; la verdad, la del propósito de Dios que estableció la Cruz como eje de los siglos, como bandera del espíritu, como guía de los humanos destinos.
El autor es un católico que defiende la fe; el tema, la persistencia y perennidad de la revolución cristiana; la verdad, la del propósito de Dios que estableció la Cruz como eje de los siglos, como bandera del espíritu, como guía de los humanos destinos.

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La sociabilidad cristiana es una ordenada y armoniosa convergencia
—un retorno— al Uno, a Dios. Importa, por consiguiente, autoridad,
unidad, concordia, igualdad, libertad
. Estos ideales se abrieron paso hasta
en la esfera política, venciendo resistencias sostenidas con hipocresías y
múltiples compromisos, aun en los siglos cristianos. Aun hoy, están lejos
de su realización completa. La autoridad no es una prerrogativa otorgada a
un particular para sus personales usos y abusos; es un ministerio, una
servidumbre, y como proveniente del Creador, y al igual que las demás
servidumbres sociales, recibió del cristianismo un carácter sagrado, en
cuya virtud fue colocada por encima del despotismo de un césar-dios.
Recíprocamente, la obediencia, a la que como autoridad tiene derecho, no
es una imposición ni una hipocresía, sino un sentimiento avalorado por la
conciencia del bien social.
La concordia nace de la conciencia del fin común a todos: la
salvación del alma. Cuanto le es opuesto, debe ser rechazado. Por eso la
autoridad es para los dependientes de ella, y no éstos para la autoridad. Por
eso toda suerte de sociedad va dirigida a facilitar y no a estorbar la
consecución del fin de todos y cada uno, sin que le sea lícito atropellar el
supremo interés de ninguno, ni siquiera del ínfimo entre sus miembros.
Tienen las sociedades fines propios altísimos y perfectos, pero en orden al
fin supremo son medios tan sólo.
La igualdad nace de ser todos hijos de un mismo Padre, Dios, y de
tener todos un alma inmortal. Discutían los filósofos si tenía también alma
el esclavo. Pero la tenía igual que el amo. Y en el orden del espíritu —en
la Iglesia, por ejemplo— no existía diferencia entre el pobre y el rico, el
escita y el griego, el varón y la mujer, borrada ya todas las distinciones del
registro oficial. Santiago, “hermano” de Jesús, recriminaba ásperamente en
su carta, a los cristianos que en la asamblea cedían el asiento al rico
dejando en pie al pobre. La idea de que Dios no es aceptador de personas
es motivo dominante del Nuevo Testamento en su acción demoledora de
loa prejuicios de casta, trasladados en su sentido fraccionario al orden
45

religioso.

Mas la igualdad, desde el orden espiritual, impulsaba hacia el orden
temporal, y sigue impulsando con irreprimible tendencia, como hacia una
plasmación exterior de la caridad y de la fraternidad.
La dependencia de Dios, el primado del espíritu sobre la materia,
libertó a los hombres del miedo a la fuerza física. Cristo emancipó a todos
los hombres, y su verdad sigue libertando al que le sigue. Algunos
cristianos entendieron en sentido material esta promesa, y decidieron
alzarse contra amas y funcionarios. Mas la libertad tenía más hondo
alcance. Podía el amo entregar al gladiador, mandar al ergástulo4

o
encadenar a su esclavo; pero no podía posesionarse de su alma. Podía
partirle el espinazo; pero no doblegarle el espíritu. Éste era libre aún antes
del libelo de emancipación. Ya ningún semejante inducía miedo. Podía
sentirse respeto, piedad, amor hacia él; miedo no, porque en Dios todos
eran libres y todos iguales. Cuando las castas dominantes y las clases
sojuzgadas se dieron cuenta de esta verdad, iniciaron la disolución de los
sistemas de separación y diferenciación. Y aquella conciencia gravitó y
gravita hacia una siempre más perfecta libertad del espíritu, contra todo el
arsenal de cadenas y barreras, de pertrechos y de agentes, inventado para
oprimirla, y para someter el espíritu a seres distintos de Dios, a fines que
no sean el de su retorno a la Divinidad.
Ideas semejantes revoloteaban en la mente de algunos filósofos. Mas
aquí, eran difundidas entre el pueblo, entre todas las categorías sociales y
fundamentadas en lo Eterno.

* * *
No se encuentra en el Nuevo Testamento una doctrina económica.
Mas en cuanto la economía atañe a las relaciones entre los hombres o
influye en la actividad espiritual, secundándola, entorpeciéndola o
deformándola, establece él preceptos, a los cuales el mundo antiguo y el
mundo moderno —el paganismo que, en diferentes formas, persiste como
sistema de conservación antirrevolucionaria— le opuso y le opone la más
astuta resistencia, amontonando negaciones, sofismas y transacciones.
La riqueza no es de suyo ni buena ni mala, o, por mejor decir, en
cuanto forma parte de la creación es originariamente buena. Y en verdad

4

Se llamaban ergástulos a la prisión donde encerraban a los esclavos en
la Antigua Roma. Al prisionero allí encerrado se le llamaba ergástulo. (Nota del
Editor).

46

su verdadero amo es Dios. Al hombre le pertenece solamente su admi-
nistración temporal, ejerciéndola de manera que la haga concurrir al único
fin, al que todo converge: la conquista del Paraíso. Lo que quiere decir que
la ejerce con sujeción al doble precepto del amor a Dios y del amor al pró-
jimo. La riqueza se convierte en perniciosa cuando el hombre pone en ella
el corazón y hace de ella su dios, porque entonces se transforma en
idolatría y sustrae el alma de los deberes para con Dios y para con los
hermanos. Por lo cual al rico pegado a su oro le es difícil la entrada en el
reino de los cielos. También le es difícil al pobre, si se revuelve contra su
pobreza, si es un rico frustrado. Quien acumula dinero por el dinero, es un
idólatra; el avaro es un idólatra. El oro es un medio, no un fin.
Bienaventurado por tanto, el que vende sus bienes y da su precio a los po-
bres. Él alcanza la heroicidad evangélica. Y muchos la alcanzaron,
cooperando a reparar las injusticias económicas.
En la relatividad de la vida humana frente a la eternidad, la riqueza
debe servir a las necesidades, no al derroche, no a la sobreabundancia: lo
sobreabundante pertenece al que tiene de menos. Esta verdad la llevaba
San Juan Crisóstomo a sus últimas consecuencias, afirmando que lo que se
tiene de sobra representa un robo, en perjuicio del que no tiene, y
estigmatizando las frías palabras “mío” y “tuyo”. —¡Dad lo superfluo a los
pobres!

Pero, ¿qué es lo superfluo? Con pretexto de que no se puede fijar en
números, muchos cristianos se dispensan de obedecer el mandato
evangélico. Entretanto la dialéctica de las diferencias económicas obliga a
los Estados a desposeer a los ricos de parte de lo superfluo, para acudir a la
indigencia de los pobres, cumpliendo por la fuerza lo que el cristianismo
pide que se haga de buen grado, lo que voluntariamente cumplido
constituiría un mérito incomparable, una manera de colocación al mil por
uno en el Banco del Divino Banquero que no quiebra. Ha de recordar el
rico que es hermano del pobre, y en consecuencia no debe tolerar
diferencias lesivas de la unidad y del amor familiar. El ideal sería que de
hecho no existiesen diferencias. La iglesia madre de Jerusalén puso en
práctica la comunidad de bienes, que permitía a los ricos gozar de los
beneficios espirituales de la asistencia a los pobres. En cierto modo eran
los pobres quienes hacían limosna a los ricos, dándoles ocasión de
transformar el oro inerte en riqueza religiosa.
Es, pues, consejo heroico el de venderlo y darlo todo a los pobres.
Es precepto general, el de dar lo superfluo a los pobres.

47

San Pablo decía claramente que esta cesión de lo superfluo tendía a
restablecer la igualdad, aun material, a la que aspira como a ideal el amor
cristiano.

En uno y otro caso, la donación debía y debe ser espontánea, no
impuesta coercitivamente. Es asunto de conciencia, y se resuelve ante el
tribunal de Dios, no ante el del magistrado.
Así nació la beneficencia cristiana, mediante la cual un haber
inmenso fluyó como en incontables arroyuelos, de los palacios y castillos,
de los cofres de los privilegiados y de los más poderosos, a las manos de
los indigentes, ayudando, durante siglos, a las clases necesitadas, a superar
sus ahogos, y sirviendo de lazo de aproximación entre los unos y las otras.
Las fuentes principales de la riqueza eran la guerra, la usura, las
magistraturas
. Tres modos de expoliar al adversario, al deudor, a los
administrados.

Las fuentes secundarias eran el artesanado, la agricultura, la

industria y el comercio.

La guerra era un acto de violencia, de carnicería y de rapiña. El
cristianismo la condenaba, en principio, como condenaba la ambición de
poder, el homicidio y el hurto.
La usura era el ejercicio favorito, no sólo de banqueros y publicanos,
sino también de cesares, senadores, patricios y libertos. Prestaba Mecenas,
prestaba Séneca y prestaba Plinio; y el filósofo era quizá el más rapaz de
los tres. Más de una expedición militar llevada a cabo a expensas del erario
público, iba dirigida a rescatar créditos e intereses de particulares. Tenía
aquí lugar el empleo del oro por el oro; el culto de la moneda, la avaricia:
idolatría para el cristiano, y como tal, abominable. Abominable sobre todo
si se procedía a punta de lanza sin entrañas para el deudor. El Evangelio
hace solamente alusión a casos de pequeños préstamos, y aun aconseja que
no se insista demasiado en la restitución, por considerarlos como una
asistencia caritativa. En todo caso el usurero era un agente de Satanás, y no
podía estar de acuerdo con el Evangelio ni en comunión con la Iglesia, que
luchó durante siglos contra la usura, como contra un parasitismo innatural
e inmoral.

Las magistraturas, de suyo peligrosas por las relaciones idolátricas
que su ejercicio implicaba, se hacían condenables cuando eran
desempeñadas con espíritu de rapacidad. Era caso de todos los días el de
funcionarios, gente del fisco, que expoliasen las provincias. Verres era uno
de tantos, pero cometió la torpeza de no untar las cuerdas vocales del
48

célebre orador, abogado de abastecedores y publicanos. Félix, gobernador
de Siria, que tuvo a Pablo en prisión durante dos años con la esperanza de
poder cobrarle la libertad, era uno de los numerosos buitres que caían
sobre las provincias conquistadas. En realidad el cristianismo no
condenaba las magistraturas, fuesen civiles o militares, condenaba sus
abusos; exigía de los magistrados que no procediesen con violencia o con
rapacidad, que cumpliesen su deber con justicia y caridad.
El trabajo manual era objeto de profundo desprecio entre los pueblos
antiguos, exceptuado el judío. Y el verdadero régimen de trabajo era la
esclavitud. Para Cicerón, artesanos y bárbaros, estaban en el mismo plano.
Platón y Aristóteles los excluían de sus repúblicas. Figuraban en los
triunfos como material de masa, incapaz de participar en la vida política.
Restos de este desprecio perduran hasta nuestros días. Ni se puede decir
que hayan desaparecido.

No eran sólo las clases pudientes las que despreciaban el trabajo:
eran los mismos que lo ejercían y que preferían el ocio, alimentado con
donativos gratuitos o semigratuitos. En Roma, con pretexto de que eran
señores del mundo, vivían como mendigos públicos 200.000 romanos. Y
Juvenal lamentaba que la avaricia de los ricos forzase a ciudadanos libres
al trabajo manual.

En el cristianismo, heredero de las mejores tradiciones hebreas sobre
el trabajo, Cristo y los apóstoles —el Fundador y los dirigentes— eran
trabajadores manuales. Pablo, siendo docto y teniendo derecho a vivir de
su ministerio, trabajaba de noche para no ser gravoso a nadie y para ayudar
a los más necesitados que él. Y él fue quien sintetizó la ética social del
trabajo cristiano en la máxima: El que no trabaja que no coma. La cual
quiere decir que a todos es obligatorio el trabajo. De este modo fue
ennoblecido el trabajo por el ejemplo de Cristo y de los apóstoles. Y el
ocio, ideal apetecido de los antiguos, fue condenado. Esta innovación fue
de capitales efectos en la sociedad nueva.
Correlativo al trabajo es el salario: el que trabaja necesita comer; y
es justo que por su trabajo obtenga lo suficiente para sustentación suya y
de los suyos. El salario defraudado al obrero clama venganza a Dios. Si al-
guno, por justo impedimento, no puede trabajar, debe ser mantenido por
los otros; si no encuentra trabajo se le debe procurar.
La Didache, a fines del siglo I, regulaba ya el problema del trabajo en
las comunidades cristianas; comunidades integradas principalmente de
pobres, salidos de la indigencia merced a la solidaridad cristiana y por ella
49

libertados de la pesadilla del hambre. Cuando la carestía se encrudeeía en
Jerusalén, mandaban socorros a los pobres de su Iglesia hasta las de
Acaya, Macedonia y Siria. Se distribuía el trabajo y se repartían sus
beneficios para que no se diese el caso de que comiendo un hermano, otro
quedase en ayunas.

De manera que cuando los Papas León XIII y Pio XI intervenían en
los problemas económicos, abogando por soluciones de solidaridad
humana, no tomaban una nueva iniciativa; hacían lo que la Iglesia había
hecho desde sus principios. Cristo, antes que nadie, tuvo compasión de las
turbas y socorrió su hambre milagrosamente.

* * *
Si se contrastan las ideas de ascesis enunciadas por Pablo, por
Tertuliano y Orígenes, con el ideal de la vida moldeado en dísticos por
Ovidio o expresado en luminosos escorzos por las pinturas pompeyanas,
podría creerse —como fue creído— que el cristianismo hacía de apagador
de las luces del paganismo; que sustituía las marmóreas plazas esclarecidas
de sol, de sonrisas de divinidades, de hermosura de doncellas, por las
catacumbas goteantes de humedad, olientes a resina, por los cubículos
invadidos de escuálidas sombras; que introducía la muerte en el lugar de la
vida, el dolor en el del gozo. Nunca faltan periodistas insensatos que
describen la guerra desde un refugio de cuarta línea, y fervientes poetas
que cantan la vida por un frasco de Frascati.
A la venida de Jesús, el mundo romano había sufrido el estrago de
una cincuentena de guerras civiles, acompañadas de mortandades,
incendios, saqueos, despoblación. La predicación del Evangelio y el
desenvolvimiento de la primitiva Iglesia se verificaron cuando el
despotismo fortalecía el Imperio encadenando las conciencias; al tiempo
en que la locura de algunos cesares ahogaba las iniciativas en las
voluntades y la sonrisa en los labios, y la poesía enmudecía por no
sucumbir a mano airada como el joven Lucano, o se desahogaba en sátiras
amargas con Juvenal, en sarcásticas remembranzas del pasado con Persio y
Marcial (quien se rebajaba a llamar “nuestro señor dios” a un domiciano).
La riqueza económica se agotaba por incapacidad administrativa del
gobierno y por la concepción del trabajo, de la propiedad y del placer, y las
diferencias sociales llevaban al borde del abismo, tanto que el gobierno se
vio precisado a sujetar los aldeanos a la gleba, los comerciantes a la barra,
los artesanos al taller.

50

Estatuas de oro y de mármol hacían de sí mismas magnífica
ostentación. Por fortuna se conservaron algunas de ellas, merced a la
costosa solicitud de los obispos. Desde sus pedestales, más miserias
contemplaban que alegrías. Los armoniosos ensueños de Platón no estaban
mal para los libros de texto; pero la realidad de la vida era otra cosa. El
mismo filósofo había concebido una ciudad de utopía con vistas a orillar
las pendenciosas competencias, en las cuales se deshacían la riqueza y la
alegría de los helenos. El triunfo de la democracia llevaba consigo un loco
despilfarro de los bienes de los ricos; el triunfo de la aristocracia se
llamaba libertad porque restablecía el señorío de los óptimos sobre la
multitud. En la ciudad platónica, mujeres y trabajadores eran sometidos a
una esclavitud anónima para regocijo de guerreros y politicastros.
Reducidos los ciudadanos a simples números del fisco y a
instrumentos de reproducción, que asegurasen nuevos contribuyentes al
erario y nuevos soldados al ejército; extinguido en ellos el interés político
y el ideal patriótico, vivo en las épocas republicanas y bajo el mando de
algún que otro emperador, en Grecia primero y en Roma después, los
padres se rebelaron por el único modo viable: no procreando más. Y así,
los Estados helénicos y el Imperio romano murieron principalmente por
agotamiento de la prole; no debido solamente, como se cree, a la
degradación y al egoísmo, sino también, y sobre todo, al espanto, que
helaba los espíritus, ante la idea de engendrar candidatos a una vida de
incertidumbre y desesperación.
Esta era la realidad del paganismo.
El turista que contempla el Palatino, cubierto de laureles y abrasado
del sol, o el Coliseo, puede soñar en bellezas soberanas y en la fuerza
dominadora. Y sobre los acueductos que cruzan la campaña romana puede
montar los caballetes de pintura. Pero no haría mal en darse cuenta de
cuántas lágrimas y cuánta sangre soldaron aquellos muros reticulares y
amasaron aquellos bloques de tibertino; de cuánto material humano fue
empleado con mayor desprecio que los ladrillos timbrados y las piedras
pulimentadas; de la inmensa aglomeración de covachas o tugurios que
entre los foros y palacios eran fácil pasto de las llamas, y alojaban las
degradantes miserias de un proletariado sin dignidad. Podía Goethe
componer elegías sobre las ruinas y Carducci estrofas sáficas sobre el
Galileo de rubia cabellera destinado a cargar una cruz sobre Roma; pero la
verdad es que fue Roma la que cargó una cruz sobre las espaldas de Jesús,
y después, por una tiranía que formaba parte de su sistema de gobierno, so-

51

bre las espaldas del Cirineo. Y ella fue la que sobre la cruz enclavó a
Cristo, por Justo; a millares de hebreos, por patriotas, y a innumerable
muchedumbre de esclavos, porque anhelaban vivir como hombres.
Estos escritores que sólo ven las piedras, residuo de los palacios de
los césares, de los generales y de los plutócratas, contemplan la historia
desde un mirador burgués, a la manera de los sociólogos que estudian la
cuestión obrera a la mesa del capitalista.
La riqueza, contra la cual tronaban los cristianos, era monopolio de
unos cuantos. Los capitalistas la relegaban a las arcas, y la derrochaban en
objetos de lujo, sustrayéndola a la circulación, privando de su fruto a quien
la necesitaba. Las tierras alrededor de Roma se tornaban pantanosas e
insalubres; todo un anillo mortífero en torno a la cabeza del mundo. Los
carros que transportaban las mercancías de Asia y de Egipto, volvían
descargados, a través de aquellos latifundios en que se oían los gemidos
de los esclavos. Los Antoninos se decidieron a conjurar el proceso
mortífero, pero no impidieron la indigencia, ni el descenso de la natalidad.
Y después de ellos se puso fin al desgobierno con una más cruel tiranía, en
cuyas garras se extinguió gradualmente el gallardo corazón de Roma.
Una cosa es la poesía y otra la historia. O quizá fuera mejor poetizar
también el reverso de la medalla. Las legiones cada día más
desmoralizadas luchaban en las fronteras cuando no se apoderaban del
Estado, nombrando nuevos emperadores para arrancarles mayores salarios;
mas los romanos en Roma y los ciudadanos libres en las ciudades de
provincias, luchaban por arrebatar bonos para conseguir un puñado de
habas o de harina, ocasionando tumultos. El ideal de todos era disfrutar el
trabajo ajeno, viviendo según el clásico carpe diem5

, que es la filosofía
materialista, nacida no del goce sino de la desesperación, es decir: del
pavoroso sentimiento de incertidumbre ante el mañana. Sabiduría de una
gente a quien inquieta el porvenir y no sabe de una Providencia a quien
confiarse. Saboreo de estupefacientes, embriaguez, por no mirar más allá
de sí mismo. Egoísmo y corrupción que no fueron bastantes a contener los
decretos de Augusto. Las propias mujeres de éste adulteraron
vergonzosamente; y arriba y abajo se repetían los dísticos eróticos de
Ovidio con preferencia a los anámetros heroicos de Virgilio. No era luz
solar aquella luz, era luz de mortecinas lucernas. No era alegría aquella

5

Carpe diem es una locución latina que literalmente significa 'toma el día', que
quiere decir “aprovecha el momento”, “disfruta del hoy”, dejando a un lado el futuro
que es incierto. Fue acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, I, 11). (N. del E.)

52

alegría, era frenesí sensual que consumía las energías de Roma. Al
cristianismo le quedaba poco que apagar: más bien reavivó la esperanza,
decentó los lechos, devolvió la alegría a la familia, la satisfacción del
trabajo, desterró el temor de la muerte, que henchía de desaliento las
elucubraciones de Marco Aurelio y se traducía en maldiciones, en
desesperados epitafios de proletarios. Y sobre todo, infundió una
esperanza y procuró un subsidio a millones de seres hacinados bajo los
palacios y en las callejuelas, agonizantes en los ergástulos y en las minas.
Hacia éstos ningún poeta había vuelto la mirada. Y Séneca, que se
ocupó de ellos con palabras humanas, nada hizo por mejorar su suerte. El
dulce Virgilio no tuvo una nota de piedad en aquella su lira que cantó al
piadoso Eneas. Cantó, sí, los campos, pero los campos bien concertados,
vistos desde la ciudad, de los cuales, el “dios” que le había hecho
propietario, había arrojado a los legítimos poseedores, obligados a la
mendicidad o al bandidaje o a servir a los amos intrusos.
En el campo, los esclavos no duraban útiles por más de ocho años;
después eran arrojados como material inservible: el trabajo, los vicios, el
látigo y las cadenas los agotaban rápidamente. La guerra producía cada día
menos. Los particulares para proveerse, llegaban a atracar a los viandantes,
recluyéndolos en tahonas y cárceles. Los condenados a las minas, entre
ellos numerosos cristianos, arrastraban, bajo el látigo y la fatiga, una vida
horrenda, como de bestias feroces enjauladas. En este ambiente, ve-
rosímilmente, lanzó el hijo del trueno el Apocalipsis, como misterioso
programa de revolución. Respuesta al “Carmen soeculare”6

.
En la ciudad había esclavos que lo pasaban soportablemente, y
alguno hasta lujosamente: pero a precio de delaciones, con las que
destruían a las familias de la antigua y nueva nobleza, o a precio de aun
más innobles servicios. De los griegos —los descendientes de Pericles—
se decía que no había servicios que no supiesen prestar; y, a corta
distancia, les seguían frigios, sirios, egipcios, eunucos, pederastas,
concubinarios, rufianes, envenenadores, danzantes, hechiceros, intrigantes
y aun peor.

Los monumentos clásicos nos transmiten expresiones de regocijo
más bien que de amargura. Pero se comprende. El regocijo era la
destilación de un anónimo proceso de sufrimientos ajenos; y el que sufría

6

Carmen seculares (Himno secular), conocido a veces como el Carmen, es
un himno escrito por el poeta Horacio. Fue encargado por el emperador
romano Augusto en el año 17 a. C. (N. del E.)

53

no aparecía en los monumentos ni erigía estatuas a Sición. Tan sólo algún
tímido trazo, esculpido a escondidas y en la desesperación, ponía de
manifiesto algún vago eco del drama. Los dioses se paseaban en las cimas
del Olimpo. Abajo, en las minas, gemían los condenados ad metalla7

. Y
los regocijados del Imperio suministraban expósitos para el prostíbulo y
gladiadores para el circo.
En una palabra. El otro aspecto escapaba y escapa a los poetas
cortesanos. Por suerte no le pasó desapercibido al cristianismo, que sabía
de desgracias. Y no es que él realizase la revolución social, imposible en
un cuerpo extenuado y perseguido; pero dio cima a una más vasta y pro-
funda revolución, por cuanto no se limitaba a un problema circunstancial
sino que abarcaba las aspiraciones todas del espíritu, que perduran y
renacen siempre. Y la llevó a cabo sin perturbar la resquebrajada estructura
de la sociedad, pero infundiéndola en su mismo centro espiritual.

7

Ad metalla es la fórmula con que se designaba uno de los más crueles castigos
que se aplicaban a los que profesaban el cristianismo. Calistrato lo califica de
pena proxima morti. In ministerium metallicorum era la frase con que se expresaba el
destino de los condenados; estos, lo mismo hombres que mujeres, jóvenes que viejos,
eran amontonados en las minas en monstruosa confusión, de modo que se daba el
caso de hallarse un obispo y sacerdotes entre doncellas en lugares donde sólo y aun
confusamente, se percibía la humareda de las antorchas. Antes de ser encerrados en
las minas eran sometidos a varios y cruelísimos tormentos; en 257, en África, se les
azotaba con varas y se les estigmatizaba la frente, se les roblaba con vigas los pies,
que probablemente tenían juntos, al igual de los esclavos de presidio, por una cadena
corta que les subía hasta ceñir el cuerpo a la altura de los riñones e impedía todo
intento de fuga. En 307, en Palestina, Silvano, sacerdote de Gaza y sus compañeros
no partieron a la condena sino después de haberles sido quemados con hierro
candente los nervios de una de las corvas, mientras que otros sufrieron varios
tormentos humillantes. Al año siguiente el procónsul Firmiliano de Cesarea, al pasar
por esta ciudad la cadena de condenados que de las minas de pórfido de
la Tebaida iban a las de cobre de Palestina, les hizo abrasar las articulaciones del pie
izquierdo y, obedeciendo, según sus palabras, a una orden del emperador, les hizo
sacar a todos el ojo derecho a puñetazos; luego les cauterizó las órbitas con hierro
candente; varios fieles de Cesárea sufrieron el mismo tormento. En el desempeño de
su tarea, los penados arrastraban la vida más miserable: una ración deficiente de pan,
absoluta carencia de vestidos y por cama tenían el suelo, con privación absoluta de
celebrar la misa.

Ejemplos de minas explotadas por cristianos, mezclados con frecuencia con
condenados por crímenes de otros órdenes, los tenemos en Palestina, cuyas minas,
según parece, eran las más horrorosas, así como en el Quersoneso, en Cilicia, en
la Tebaida, en Egipto, en África y en Cerdeña. (N. del E.)

54

Tan lejos estuvo el cristianismo de extinguir la vida, que más bien
anuló la muerte. Cristo se llamó a sí mismo la Vida. Su Resurrección fue
un triunfo sobre la muerte. Y a su resurrección fueron por El asociados
todos los hombres.

Para el paganismo el muerto, muerto estaba; y poetas y filósofos no
tenían palabras bastantes para condenar la crueldad de la Parca8

, cuya

inminencia trataban de rehuir desesperadamente.
“Muertos”, en el lenguaje cristiano, es palabra que o se entiende
metafóricamente, o en realidad no se entiende.
Cuando el cristiano recuerda a sus muertos, no puede
representárselos con otro sentimiento que el impreso hasta en las más
antiguas lápidas de la epigrafía cristiana, donde el concepto terrorífico de
la muerte se convierte en el de traslado, en el de reposo, en el de sueño y
refrigerio; un paso, en fin, a mejor vida.
Una inscripción del siglo IV encontrada en Roma, referente a un
inocente pequeñuelo, dice de él que ha “vuelto a la Iglesia”. Nosotros
decimos que se permanece en la Iglesia universal, la cual engloba en la
vida eterna el fragmento de aquí abajo.
La concepción pagana y la concepción cristiana, están grabadas en
claro latín en gran número de inscripciones. De los epígrafes de los
paganos se deduce que para la mayoría la vida había terminado de hecho,
habiéndose reducido toda ella a aquellos años, meses, días y cargos ho-
noríficos, de los que se exhibe un más o menos exacto inventario. De las
de los cristianos se deduce, por el contrario, que la vida empieza
precisamente en ese punto, en la muerte, conceptuada como un umbral. O
como un declive, donde para los unos la otra vertiente —la del misterio—
declina hacia la obscuridad; para los otros se abisma en la luz.

8

En la mitología romana las Parcas (en latín Parcae) eran las personificaciones
del Fatum o destino. Controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal e
inmortal desde el nacimiento hasta la muerte. Incluso los dioses temían a las Parcas:
el propio Júpiter estaba sujeto a su poder. Las parcas son las diosas del destino. Son
tres hermanas hilanderas que personifican el nacimiento, el matrimonio y la muerte.
Escribían el destino de los hombres en las paredes de un enorme muro de bronce y
nadie podía borrar lo que ellas escribían. Se llamaban Nona, Décima y Morta. Las
tres se dedicaban a hilar; luego cortaban el hilo que medía la longitud de la vida con
una tijera y ese corte fijaba el momento de la muerte. Ellas hilaban lana blanca y
entremezclaban hilos de oro e hilos de lana negra. los hilos de oro significaban los
momentos dichosos en la vida de las personas y la lana negra, los periodos tristes. (N.
del E.)

55

Esto es, para los paganos la muerte, por lo común, es la muerte; para
los cristianos, por lo común, es la vida.
Por eso aquellos relieves figurativos de la partida, que rememoran la
tragedia de Eurídice, son de una tristeza desoladora en los sarcófagos
paganos. Verdaderamente la muerte era la entrada en el reino de las
sombras; era el fin de la alegría; el ocaso sin ulterior amanecer del sol.
Presentan sus inscripciones un balance retrospectivo, hecho en tono
de soberbia y de jactancia: la lista de puestos ocupados, la reseña de su
poderío monetario, militar o burocrático; angustioso esfuerzo por
enraizarse todavía en la tierra, —en la vida— con el deslumbramiento de
aquellos títulos ostentosos capaces de hacer parar a la gente que pasa y de
hacer menear la cabeza de admiración; necesidad de precisar en algún
modo la propia personalidad como para revivir, acogiéndose al recuerdo
del que lee.

Y, naturalmente, cuanto la existencia abundó más en bienes, tanto es
su terminación más traidora. El enriquecido mercader de granos, L. Annio
Octavio Valeriano, esculpe en su sarcófago (ahora en Letrán) un adiós que
suena a sarcasmo y vela el despecho en el desprecio:
ESCAPÉ, HUÍ; ESPERANZA Y FORTUNA, OS SALUDO:
NO TENGO MÁS QUE VER CON VOSOTRAS:
BURLAD AHORA A OTROS.
En la larga pared del Lapidario Vaticano, entre la multitud de
inscripciones que recuerdan ahora, a unos pocos estudiosos, orgullos y
victorias, potencias y prepotencias, tristezas y derrotas, hay una cortada
por dos brazos levantados al cielo, con los puños cerrarlos: brazos de una
joven hambrienta de vida, y arrebatada por una cruel deidad, a la que
maldice:

LEVANTO CONTRA TI LAS MANOS, OH DIOS,
QUE INOCENTE ME RAPTASTE...

Y este sentimiento de rebelión y de impotencia, se explaya en
manifestaciones de un dolor profundo, trágico —característico del alma
antigua—, cuya expresión encontramos en los epígrafes populares,
revueltos con los huesos en la atormentada tierra.
Ahora, el contraste con una concepción bien diferente, se hace por sí
solo, en aquella alargada galería donde los epígrafes de ambas religiones
se afrontan por las dos largas paredes. Ante la imprecación de la joven
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pagana puede leerse la seguridad o el augurio de paz de alguna jovenzuela
cristiana, que no prometiéndose del mundo más de lo que suele dar, se
abandona en Dios, dándole gracias, y apenas se cuida de mostrarse.
Ningún rasgo de vanidad afea estos primitivos epígrafes cristianos; y
no solamente porque pertenecen de ordinario a clases humildes. A la
provisional descomposición del cuerpo, candidato a la resurrección, se
paga frecuentemente con el solo nombre personal. ¿Qué importan los
pronombres, los apellidos, los consulados, el linaje, los lugares y los
años?...

Saben que aun dando más pormenores, pasados unos años, pocos o
ninguno recordaría sus rasgos físicos: basta, pues, el nombre con la
invocación al descanso, o sin ella. Muchos nombres están esculpidos o
rasguñados al sesgo, sin más. Puede leerse un

BICTORIA

sólo, sobre la piedra. Nada más.
Son epígrafes pobres, en un latín popular o en un griego inculto, que
se adornan a veces con símbolos ingenuos, mal trazados pero empapados
de aquel sentimiento de abandono del alma, al umbral de la muerte, en los
brazos del Señor.

CAUDENCIA EN PAZ —SABINA EN PAZ
LEÓN EN PAZ — FLORA EN PAZ...
Siempre aquel insistente voto y aquella afirmación de paz, expresado
de cuando en cuando en latín con caracteres griegos o en griego con
caracteres latinos.

DUERME EN PAZ... — VIVE EN EL SEÑOR...
Vive finalmente, que la así llamada vida de aquí abajo no ha dado
más que abrojos. Esta vida la pasó tratando de coger las migajas que caían
de la mesa del Epulón, o tratando de pasar desapercibidos y ser tolerados
por la oligarquía sin entrañas, por la burocracia odiosa o por el ejército
usurpador. Perseguidos a causa de la fe religiosa, relegados al ostracismo
por soplones, pretorianos, pordioseros asalariados y ladrones de toga.
Mandados al destierro o entregados a la muerte por la turba ebria de odio...
La muerte, al fin, liberta; da, al fin, el reposo; da la verdadera vida.
Una solidaridad entre los vivos y los difuntos, destructora de la

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barrera de la muerte, la constituía la oración por los muertos. Y este mismo
hecho que los reformadores presentaron como una invención papista,
encuentra su confirmación en la arqueología. Es apenas del siglo II una
inscripción lateranense —o sea de las más antiguas llegadas a nosotros—,
en la cual se suplica a los fieles una plegaria por el difunto: Vos pretor o
fratres orare huc quando venitis...

Y por aquel tiempo, Perpetua rogaba en la cárcel por el hermanito
muerto hasta que tuvo la visión de la terminación de sus penas. Y, desde la
tumba, demandaba sufragios para sí el obispo Abercio, en su famosa
estela.

Demanda plegarias el que está vivo, no el que está muerto.
El martirio, en el cual a hierro y fuego se extinguía un cuerpo,
equivalía en el culto y en el afecto, al nacimiento.
Y así, en las catacumbas, sobre un baptisterio fueron inscritos dos
versos, conservados por la Silloge de Verdún, en los cuales se reafirmaba
el principio de vida, en cuya virtud los cristianos, rebelándose contra un
principio de muerte, se atrincheraban bajo la tierra.

Conseguid de la sagrada fuente la eterna vida:
Éste es el flujo de la fe, donde la sola Muerte muere.

¡Qué pensamiento revolucionario: la muerte cristiana, muerte de la

Muerte!

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