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istorias de

uenca

Gerardo Martínez Espinosa

Índice
Página 9 Página 27 Página 41 Página 55 Página 75 Página 89 Página 119 Página 137 Página 159 Página 189 Página 211 Página 253 Mitmacuna, una Historia de Cañaris Tomebamba, Ciudad Castellanade Francisco Pizarro Heráldica De Monjas y Otras Historias Prelados Amigos No Tener Cristo en que Morir Cuenca en Pichincha La Mar de Ayacucho La Tragedia del Presidente La Mar Siglo de Sobresaltos ¡Esta Cuenca…! Notas Bibliográficas

Mitmacuna, una Historia de Cañaris

regorio Zhau, indio cañari a quien conocí hace muchos años, no sólo era cañarejo, era cañari de los de Hatun Cañar. Bien proporcionado, con el torso ancho de las razas que moran en los Andes, de piel tostada por el sol que encubría su color “aindiado” y la trenza de pelo grueso que llegaba hasta media espalda, vivía en la comunidad de Sígsig-huayco y trabajaba como mayoral en la cercana hacienda de Coyoctor, junto al río Silante que baja por Ingapirca.

costumbre de ejercitarse en la tradición oral de sus mayores, nos contaba que él pertenecía a la raza propia de esa tierra, como sus amigos Buñay, Naula y algunos más. Decía que otros vecinos de la misma comunidad con apellidos corrientes como Cungachi y Tenelema eran mitayos, realmente mitayos, descendientes de gente afuereña cuyos antepasados vinieron a trabajar hace un tiempo difícil de medir. el fonema zh, típicamente cañari como tantos otros en Azuay y Cañar: Zhapán, Zhañay, Zhicay, Zhindón; o como los toponímicos Zhiña, Zhud, Zhumir, Carzhau.

Gregorio Zhau, hombre leído y escribido, inteligente y de gran memoria reforzada por la

Los Zhau tienen en su apellido

el Tahuantinsuyu se ocupaban en el trabajo del Estado? ¿Eran parte de la mita que sacaba un determinado número de habitantes de una comunidad para emplearlos en trabajos públicos?

Los otros, Cungachi, Tenelema y demás advenedizos ¿eran los mitayos, los indios que en

la institución de la mitmacuna que los Incas usaron para equilibrar y “estandarizar” su imperio, llevando agricultores y artesanos allí donde hacían falta, reforzando con soldados los puntos débiles u hostiles dentro del Tahuantinsuyu o enseñando el runa-shimi, la lengua del Cuzco a los más periféricos. Los magníficos caminos, inga-ñan, facilitaban el traslado masivo de los mitimaes como los llamaron los españoles, con toda su familia, sus herramientas, sus armas, semillas y animales.

Hay, por supuesto, una relación del mitayo con

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conquistadas a los naturales del lugar y los trasladaba a la parte central del Imperio. Los extrañaba de la tierra con toda su gente cuando no eran confiables por sus afanes de ser libres, su carácter guerrero o su fuerte personalidad. Centenares de miles de súbditos del Tahuantinsuyu, talvez millones, fueron víctimas de esta política y se calcula que en algunas comarca una tercera parte de sus habitantes sufrieron la reubicación forzosa. (1)

Pero la medalla tenía un oscuro reverso: la mitmacuna expulsaba también de las tierras

aparecen después los chachapoyas, tribu del noreste serrano de Cajamarca.

A los cañaris correspondió una de las mayores cuotas de la mita. A buena distancia Todo empezó cuando en Dumapara los cañaris, sin poder

resistir su fuerza, debieron aceptar las condiciones de Túpac Yupanqui. Esperaban iniciar así y desde ese momento una vida en común centrada en Guapdondélig, Surampalte como lo llaman algunos cronistas.

Inca en el Cuzco habían tomado otra decisión y optaron por crear un segundo centro administrativo

A su vez, conscientes del destino imperial del Tahuantinsuyu, los grandes consejeros del

y religioso en el extenso Chinchasuyu. Túpac Yupanqui levantó entonces la ciudad imperial de Tumi-pampa, la Tomebamba de los cronistas.

lugar o sitio del león, pasando por el inga-chaca, el puente sobre el Tomebamba que aún hoy lleva el mismo nombre. Hacia el año 1450 nació la ciudad con recias construcciones de andesita, sin descartar la piedra de jaspe o mármol, todo bien tallado en bloques rectangulares y almohadillados, con largos dinteles para las puertas de arco trapezoidal. Huayna Cápac la terminó de construir y embellecer. la vivienda del Inca los cuarteles militares y depósitos de víveres; más allá, hacia el oeste, el observatorio solar inti-huatana cuyas ruinas también existen. Hacia el norte, el templo del sol dorado cori-cancha, la casa de las escogidas y mamaconas aclla-huasi que mezclaban lo religioso y lo artesanal elaborando tejidos y chicha para las ceremonias y cuidando del templo donde refulgía la imagen de oro del dios. En la periferia y seguramente con la división cuzqueña de hanan y hurin, alto y bajo, se extendían las casas, de piedra las más centrales o de barro las más alejadas, todas con techos de paja, para albergar a cuzqueños y cañaris. de Tumebamba… eran de los soberbios y ricos que hubo en todo el Perú, y adonde había los mayores y más primos edificios… El templo del sol era hecho de piedras muy sutilmente labradas y algunas de estas piedras eran muy grandes, unas negras toscas, y otras que parecían de jaspe. Las portadas de muchos aposentos estaban galanas y muy pintadas, y en ellas asentadas algunas piedras preciosas y esmeraldas, y en lo de dentro estaban las paredes del templo del sol y los palacios de los reyes incas, chapadas de finísimo oro y entalladas muchas figuras… Y concluyendo en esto, digo que fueron gran cosa los aposentos

La edificaron junto al río y en la cabecera del inga-ñan que empezaba en Poma-pongo,

Circuían

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“Estos aposentos

de Tumebamba; ya está todo desbaratado y muy ruinado, pero bien se ve lo mucho que fueron” escribió Cieza de León cuando en 1547 conoció sus ruinas.

en la importancia y belleza de la ciudad. “Era una ciudad suntuosa, un segundo Cuzco” resume John Hemming en “La Conquista de los Incas”.

Cieza exageraba un poco, sin duda, pero todos los cronistas e historiadores coinciden Gobernantes con objetivos claros, los Incas fundaron Tomebamba para hacerla capital

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septentrional del Imperio, más necesaria porque ya planeaban la conquista de Quito y toda la tierra que hacia el norte se extendía. Los cañaris, en cambio, tuvieron a Tomebamba como ciudad propia, nacida de Guapdondélig y la creyeron suya. la presencia de cuzqueños en Tomebamba mientras los cañaris constituían el grueso de la población que provenía del “llano grande como el cielo”. No podemos afirmar cuántos habitantes tenía pero todos los cronistas la clasificaron como gran ciudad. Si tomamos, aun con reservas, la cifra histórica de los sesenta mil cañaris de Tomebamba, hombres y niños, que Atahualpa ordenó matar cuando la destrozó en la guerra contra Huáscar; si también sumamos a los sobrevivientes, en su mayoría mujeres, y agregamos los mitimaes desperdigados en el Imperio, nos aproximaremos a su verdadero tamaño y explicaremos además porqué en 1547 Cieza de León encontró que las mujeres excedían a los hombres en un número de quince a uno. por otro rumbo. Sin mayores alardes y a socapa de privilegios, Túpac Yupanqui y luego el mismo Huayna Cápac emprendieron una profunda poda de la nación cañari con el traslado de grandes

Debía ser pequeña pero decisiva

La vida en común resultó un proyecto ilusorio para los cañaris pues la política imperial iba

grupos de habitantes de Tomebamba a distintas partes del Perú y especialmente al Cuzco.

el Cuzco vivían en un barrio determinado y ninguno de ellos en condición de yanacona, el siervo ganado en las conquistas. Al contrario, las referencias posteriores nos hablan de los cañaris como guerreros valerosos - y en una transposición de ánimo muy interesante - totalmente leales al Sapay Inca que los empleaba en tareas duras y peligrosas. extranjero debía identificarse por su tocado y atavío, los cañaris enrollaban su pelo alrededor de la cabeza y lo sujetaban con un aro de madera o calabaza - mate - que les valió el apodo de mate-uma. Formaban parte habitual del colorido paisaje urbano del Cuzco al decir de los cronistas. su política de la mitmacuna, los incas llevaron al Cuzco a los principales señores de los pueblos sometidos como rehenes en garantía de lealtad. A los señores o a sus jóvenes hijos varones. un plan proyectado al futuro; debían absorber la cultura inca, “aculturarse”, para compartir valores políticos, religiosos e históricos y aprender el ejercicio del mando que ejercerían después al modo incásico, pero de manera sumisa, cuando regresasen a sus pueblos. Recibían la misma educación de los nobles del Cuzco en su adoctrinamiento de gobernantes y en su formación de guerreros. El Sapay Inca en persona perforaba las orejas de los jóvenes que superaban las duras prácticas del adiestramiento final con simulacros reales de la guerra a la que pronto servirían. Se les reconocía entonces como Orejones.

Los Incas confiaron su guardia personal a guerreros cañaris, tal era su buena fama. En

Como cada

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Además de los guerreros, dentro de Los jóvenes integraban

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desató el más grande cataclismo en Tomebamba. Atahualpa con sus aguerridas tropas y sus excelentes capitanes marchaban hacia el Cuzco en pos del Imperio, huérfano desde la muerte de Huayna Cápac. Derrotado por los cañaris en el primer momento y prisionero en Tomebamba según dicen algunos cronistas, fugó con la habilidad de un amaru, de una serpiente, y regresó para volcar toda su rabia sobre la ciudad hasta no dejar rastro de nada, ni siquiera de la aclla-huasi, la casa de las escogidas que congregaba a las jóvenes cañaris más lindas para su aprendizaje de vestales, para colmarse como aríbalos con las historias y leyendas vertidas por los amautas o para ofrecer al Inca en su visita ocasional la chicha de maíz y la túnica de lana de vicuña tejida por ellas mismas. Con sus pómulos coloreados con el llimpi, el bermellón del cinabrio, no pudieron acercarse a Atahualpa porque se interpuso un velo de sangre. caminos de llanto, los huacay-ñan de los comienzos cañaris. En las ruinas nació la venganza, dulce y fragante como el aroma del guántug, del floripondio, que termina por embriagar. Concluyó el pacto de Dumapara y comenzó la guerra. Se apagó la alegría y brotó un odio oscuro en todos los cañaris. hecho individual con protagonistas cañaris sino las referencias generales de cronistas, arqueólogos e historiadores sobre su presencia en el Cuzco y otros lugares.

Hacia 1528 se

En las ruinas de Tomebamba los caminos inga-ñan volvieron a ser

De esa época no conocemos ningún

salvo los propios incas, no hay otro pueblo tan recordado y con tanto renombre.

En cambio, después aparecen los cañaris en las Crónicas de Indias de tal manera que,

una enorme complejidad por los bandos dinásticos ligados a las panacas o familias de la realeza cuzqueña, cada una con cientos de miembros y miles de servidores. Atahualpa, de la panaca de Tumipamba por su padre, debió luchar no solamente contra Huáscar sino contra su difunto abuelo Túpac Yupangui, cabeza de la panaca a la que pertenecía Huáscar. Cuando ganó el Cuzco, Quisquis siguiendo órdenes de Atahualpa exterminó a todos los parientes aun remotos del último Inca cuzqueño.

Al terminar el primer tercio del siglo XVI la situación política del Tahuantinsuyu llegó a

pueblos, tribus y naciones sin unidad ni cohesión y con luchas étnicas pendientes; grietas que se ahondaron con la ferocidad de la guerra civil y más todavía, con la invasión española que terminó de destrozar la economía estatal de redistribución, destruyó el prestigio sagrado del Inca y anuló el sistema burocrático y el mando centralizado que tenía un incuestionable origen divino. primer abismo se abrió en Tomebamba. Aunque Atahualpa había muerto a manos de los españoles, sus capitanes continuaban la guerra con los mismos propósitos de venganza, enardecidos por la acometida de sus enemigos, aliados ahora con los españoles. Los cañaris sobrevivientes y los que residían en el Cuzco y otros lugares concertaron también con Pizarro para combatir juntos a los tres principales capitanes quiteños Rumiñahui, Quisquis y Calicuchima.

Por otra parte, la guerra civil mostró las grietas del Imperio, grietas profundas de

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El

las fuerzas de Benalcázar en 1533 perseguían a Quisquis en su retirada a Quito. Casi al término de su marcha de miles de kilómetros desde el Cuzco, el capitán quiteño atravesaba la región de Chaparra dentro de los

Las crónicas están llenas de relatos concretos desde que

términos de la antigua nación cañari con unos veinte mil hombres, muchas mujeres, yanaconas de servicio y rebaños de llamas para el transporte de ropa, armas y todo lo necesario para sobrevivir en territorio hostil. Los cañaris dieron aviso a Benalcázar y ayudaron a desbandar a buena parte de las fuerzas de Quisquis, incapacitado de presentar una batalla decisiva por el impedimento de la multitud no combatiente que escoltaba hacia Quito. que se ahogaron, los cañaris ayudaron a pasar el río Chambo o Liribamba a una vanguardia de doce jinetes españoles para dispersar a los vociferantes quiteños que estaban en la otra orilla. de Manco Inga, títere coronado por Pizarro en 1533 y después su encarnizado enemigo. El estrecho e incendiario sitio al Cuzco en 1536 redujo a los españoles a dos edificios, el Suntur Huasi y el Hatun Cancha, asediados por los guerreros de Manco que usaron el fuego en las flechas y en los proyectiles de las hondas como nueva arma ofensiva. Pero los cañaris, con un destacamento de peones españoles, consiguieron desbaratar las barricadas sitiadoras en medio de luchas cuerpo a cuerpo. el suceso que cronistas como Montesinos, Murúa y Guamán Poma de Ayala registraron que los conquistadores atribuían la salvación del Cuzco a un milagro de la Virgen del Carmen. ocupada el mismo año de 1536 por los hombres de Manco Inga, muy cerca de conseguir el exterminio total de los

Algunos días después, a costa de ochenta guerreros

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Igualmente enérgico y masivo fue su apoyo para defender el Cuzco de la arremetida

Fue tan increíble

Más dramático fue el asalto a la fortaleza de Sacsahuaman

españoles en todo el Perú. Sacsahuaman, llave del Cuzco, debía reconquistarse. Con este propósito y sulfurado con la muerte de su hermano Juan por el impacto de una gran piedra en la cabeza, Hernando Pizarro lanzó ataques simultáneos a dos de las cuatro torres de la fortaleza, ataques convertidos en “una batalla ensangrentada, por la mucha gente de indios que favorecían a los españoles, sobre todo cañaris y chachapoyas” como se quejó Titu Cusi, el hijo de Manco al perder la fortaleza. (2) Chilche que se unió a Francisco Pizarro cuando entraba el conquistador al Cuzco. Se presume que residía en el Cuzco a la muerte de Huáscar y abandonó la ciudad para salvarse de las matanzas de Quisquis. De todos modos, pocas horas antes del encuentro de Pizarro y Manco Inga, se presentó el curaca cañari Chilche en la cuesta de Vilcaconga ofreciendo servir lealmente a los españoles según anota el cronista Diego de Trujillo.

Los cañaris anónimos adquirieron un rostro personal con el cañari

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a la reciprocidad entre los indígenas, halagos y obsequios de espléndida ropa y posiblemente mujeres a los curacas de las comunidades, aunque muchos de ellos carecían del ánimo colectivo que los señores incas trataron de crear. en cambio, fueron reacios a la complicidad con Manco. “Menos útiles le resultaban las comunidades de tribus sojuzgadas residentes en el Cuzco. La más importante de estas era la de los cañaris, de la tribu tan cruelmente diezmada por Huayna Cápac y después por Atahualpa. Chilche, el señor de los cañaris, dio la bienvenida a la columna de Pizarro cuando se acercaba al Cuzco y los cañaris, que con tanto entusiasmo secundaron a Benalcázar, siguieron siendo leales a los españoles en todo el Perú”. (3)

Manco se había lanzado a la rebelión tras un largo preámbulo de ofertas, llamamientos

Otros,

más encumbrados señores incas contrarios a Atahualpa y su panaca - se vio envuelto en luchas heroicas y en acontecimientos que hoy tildaríamos de rocambolescos por lo desmesurados e increíbles.

A partir de ese momento, Chilche - resuelto colaborador de los españoles y amigo de los Don Francisco Chilche, así, con tratamiento de señor,

llegó a ser curaca de Yucay, hermoso valle cercano al Cuzco en donde solían descansar los principales señores incas, título que premiaba la mayor hazaña de un guerrero que los españoles agradecerían toda la vida. Don Francisco Chilche - que llevó el nombre de su padrino de bautizo el conquistador Francisco Pizarro - merecía esta solidaridad del poder español.

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quien modificó el curso de la guerra en la insurrección de Manco cuando dos ejércitos se hallaron un día frente a frente: el pequeño y disciplinado de los españoles auxiliado por los cañaris y otros aliados a un lado; y al otro, la enorme tropa o muchedumbre de aborígenes partidarios de Manco, enfervorizados, exaltados hasta el delirio.

Fue él

llegar cerca de los españoles y los desafió a combate singular. Nadie sabe de dónde sacó este guerrero inca la idea de una lucha de campeones de corte medieval. Por supuesto, ninguno de los españoles se dignó aceptar el envite de un indígena y esta actitud comenzó a verse como síntoma de cobardía.

De repente, uno de sus más impetuosos guerreros salió de las filas, se adelantó hasta

el inca y los dos trabaron un terrible combate con las armas propias de sus pueblos, con lanza el cañari, con una gruesa hacha de cobre el inca. La atroz lucha llena de altibajos terminó cuando

De pronto, el cañari Chilche admitió el reto y con el permiso del jefe español se fue hasta

Chilche asestó al inca un lanzazo mortal en el pecho. El ejército de Manco se retiró abatido mientras los españoles vitoreaban al insólito campeón. de paz y guerra a medias que siguió a esos hechos, don Francisco Chilche, curaca de Yucay, tradicionalmente “feudo” de nobles incas, talvez participó en las maniobras que llevaron a Sayri Túpac, hijo y sucesor de Manco, a salir de su refugio inconquistable de Vilcabamba para vivir en el Cuzco en una condición ambigua de Inca gobernante y amigo de los españoles a la vez. extrañamente con el beneplácito, o cuando menos con la resignación, de muchos de sus allegados en espera de la oportunidad de luchar y triunfar cuando le sucediera su hermano Titu Cusi.

En el posterior período

Su alejamiento de Vilcabamba contaba

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intereses, culminó cuando Sayri Túpac murió envenenado en 1560 en medio de la alegría de muchos españoles y no pocos incas. Don Francisco Chilche fue acusado de la muerte y estuvo encarcelado hasta que poderes en la sombra consiguieron su exculpación total. criterio bien asentado en su famosa Nueva Corónica: “…don Carlos Inca y don Alonso Titu Atauchy y el capitán Chilche cañari le mató al dicho Sayri Túpac dándole ponzoña porque les pesó la salida de la montaña del dicho Inca Sayri Túpac y de cómo le honraba y le respetaba todo el reino”. También tenían sus propios intereses don Carlos Inca y Titu Atauchi, pertenecientes ambos a panacas imperiales y que podrían haberse beneficiado de la muerte del Inca si bien no quedó claro el asunto.

La oscura maniobra política, aplaudida por unos y rechazada por otros según sus

Guamán Poma de Ayala dejó su

que algunos de sus hechos posiblemente estarán narrados en alguna crónica inédita que no conocemos todavía.

Este quebranto ocasional no cambió al cañari. Continuó en el lado español y estoy seguro Hay constancia de su participación en la lucha

que comenzó en 1571 cuando el Inca Túpac Amaru tomó la borla o mascapaicha imperial e intensificó la guerra de rebelión desde el refugio montañoso de Vilcabamba. Durante treinta y cinco años este lugar selvático se convirtió, insólito y autónomo, en el territorio imperial que resistía todos los ataques como el de Gonzalo Pizarro en 1539, sin buen éxito a pesar de la dura batalla de Chuquillusca.

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el año de 1571, el virrey Toledo resolvió declarar la guerra final al imperio de Vilcabamba, guerra que duró hasta 1572. Organizó una expedición con el propósito de terminar la enojosa circunstancia que duraba demasiados años. Bajo las órdenes del capitán general Martín Hurtado de Arbieto envió un nutrido ejército con varios capitanes, entre ellos don Francisco Chilche, que estaría rondando los sesenta años de edad pues calculamos que nació en Tomebamba entre 1512 y 1515. El virrey Toledo nombró a Chilche “capitán mayor de los indios de guerra”. Le acompañaron 500 cañaris “tan ansiosos como siempre por vengar la masacre de su tribu por los incas”. (4) al rey que los cañaris eran “gente valiente y de diligencia” y como recompensa por sus servicios los eximió del pago de tributos.

En

El virrey Toledo en su informe de 1572 aseguró

La expedición de Hurtado de Arbieto soportó una tenaz resistencia. A fin de superarla,

después de largos y duros episodios y a riesgo de ser aplastados por las piedras que los incas reunieron para echarlas cerro abajo, soldados españoles y más de cincuenta cañaris treparon por la densa vegetación y llegaron a la cima de un monte cuya ocupación era vital. Este hecho fue el comienzo de la derrota de Túpac Amaru. Perdido el primer fuerte de Huayna Pucara, un destacamento de piqueros cañaris con el cacique Francisco Chilche a la cabeza avanzó hasta el segundo fuerte de los indígenas, Machu Pucara, que terminó por entregarse. (5) Sapay Inca reinante Túpac Amaru optó por retirarse a lo profundo de la selva a través de fragosas montañas y ríos correntosos, abandonando los últimos poblados y llevando a su mujer a punto de parir y a sus partidarios restantes. Los cronistas siguen el desarrollo de la contienda y con frecuencia aparecen muy activos Chilche y sus cañaris.

Después de varios y desastrosos enfrentamientos más, el

indígenas. En un final feliz para ellos, en la retirada inca capturaron un valioso botín. “El ídolo del Sol (Punchao, imagen del sol fundida en oro), y mucha plata, oro y piedras preciosas y esmeraldas, mucha ropa antigua, que todo, según es fama, se avaluaría en más de un millón, todo lo cual se consumió entre los españoles y los indios amigos y aun dos sacerdotes que iban con el campo gozaron de sus partes”. (6)

Los españoles no solamente ganaron esta guerra con la ayuda de los cañaris y otros

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al Cuzco y el virrey Toledo organizó un rápido y amañado juicio que terminó en sentencia de muerte. Miles de indios gritaron su angustia cuando el Inca fue conducido con estrafalaria pompa al patíbulo el 24 de septiembre de 1572.

Tupac Amaru, entorpecido por la preñez de su mujer, terminó por entregarse. Lo llevaron

Murúa.

Cuatrocientos

cañaris con sus lanzas custodiaban al prisionero según la crónica de

subió al cadalso el verdugo ¡ un indio cañari ! que le vendó los ojos y “echándole mano del cabello con la mano siniestra, y con un cuchillo tajante que tenía en la diestra, de un golpe se la llevó y la levantó en alto para que todos la viesen”. (7)

Para decapitarlo

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Vilcabamba. Casi textualmente Martín de Murúa relata que el día de san Juan Bautista, 24 de junio de 1572, el general Martín Hurtado de Arbieto mandó poner en ordenanza toda la gente del campo por sus compañías con sus capitanes y los indios amigos, lo mismo que sus generales don Francisco Chilche y don Francisco Cayo Topa y los demás capitanes con sus banderas, y marchó llevando toda la artillería y entraron a las diez del día en el pueblo de Vilcabamba todos a pie, “que es tierra asperísima y fragosa y no para caballos de ninguna manera”.

Unos meses antes de la ejecución de Túpac Amaru se había celebrado la victoria en

capitán general de indios y curaca de Yucay. No sabemos más. Seguramente volvió a Yucay y envejeció, recordando a su Tomebamba destruida y saboreando todavía sus largos años de venganza; talvez conoció algún momento amable; talvez tuvo hijos y no sería extraño que descendientes suyos vivan hoy en el Cuzco. junto al río Silante, desconocíamos estas historias y no podíamos contarlas. Aunque habría sido inútil. Estoy seguro que ya las sabía.

Con esta imagen de triunfo termina en las crónicas la presencia de don Francisco Chilche,

Cuando conversábamos con Gregorio Zhau, el cañari mayoral de la hacienda de Coyoctor

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