Evocación de Caín

Jezreel Salazar
Durante años he mantenido el secreto. Escribo a la espera de los últimos instantes con la irreprimible urgencia de testimoniar lo acontecido. No creo en el arrepentimiento. Llevé una vida dichosa y plagada de satisfacciones. En cierta época conocí el goce y los excesos; no viajé por el mundo pero miré un atardecer iluminado por luciérnagas. De algún modo aprendí la riqueza de los malentendidos (disfrutaba irrumpir a la mitad de una conversación, escuchar cierta frase y derivar conclusiones exageradas). También sufrí la humillación y el íntimo dolor de la cólera. Tuve miedo a la complacencia y siempre me pareció un desvarío no mirar dos veces a una mujer que portara vestidos largos o pecas. Como mi abuelo, comprendí la importancia de recobrar el significado de la prudencia y de mi linaje. No puedo quejarme de mis antecesores, destinados a abrirse paso mediante golpes muchas veces insensatos. Viví con la convicción de que las verdades de la sangre eran inquebrantables y durarían más que cualquier pasión efímera. En esto me equivoqué. Asesiné a mi hermano acaso por aquella mujer. Todo fue un vértigo irrepetible y ya inalterable. La memoria es un disfraz rencoroso o , en todo caso, un eufemismo: nos devuelve el retrato de alguien que no somos, bosqueja en el espejo la máscara que nos permite creer que algo fuimos. Así recuerdo a la distancia mi vida como un prolongado impasse: fue habitar unos corchetes. Estuve en un tiempo fuera del tiempo. Algo similar a cultivar un vacío. Sólo me queda esperar la llegada de mi hora. No habrá castigo. El temor de morir proviene del miedo a que la vida se extienda para siempre.

Ilustración : Gonzalo Fontano

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