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Enrique García: «La Vía Negativa en el Siglo IV»

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Hacia el siglo IV, el único material bibliográfico de Platón que se disponía. era una traducción parcial y un comentario a propósito del Demiurgo del Timeo, perteneciente a Calcidio (ca. 350) De tal suerte, durante el medioevo se tuvo a disposición solamente una versión, una visión y una vía indirecta para la lectura de Platón, a pesar de que durante ese período se hablaba con suma frecuencia tanto de Platón como del platonismo. En realidad, lo que se difundió iba a ser conocido bajo el nombre de «neoplatonismo» Lo que sí va a tenerse a disposición en la Academia Latina, es la obra de Plotino. Podemos hablar de una puja por la conservación de la ortodoxia del neoplatonismo, que se planteó en los primeros años de la Edad Media.
Hacia el siglo IV, el único material bibliográfico de Platón que se disponía. era una traducción parcial y un comentario a propósito del Demiurgo del Timeo, perteneciente a Calcidio (ca. 350) De tal suerte, durante el medioevo se tuvo a disposición solamente una versión, una visión y una vía indirecta para la lectura de Platón, a pesar de que durante ese período se hablaba con suma frecuencia tanto de Platón como del platonismo. En realidad, lo que se difundió iba a ser conocido bajo el nombre de «neoplatonismo» Lo que sí va a tenerse a disposición en la Academia Latina, es la obra de Plotino. Podemos hablar de una puja por la conservación de la ortodoxia del neoplatonismo, que se planteó en los primeros años de la Edad Media.

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«La Vía Negativa en el Siglo IV»
Enrique García (unlp)

acia el siglo IV, el único material bibliográfico de Platón que se disponía. era una traducción parcial y un comentario a propósito del Demiurgo del Timeo, perteneciente a Calcidio (ca. 350) De tal suerte, durante el medioevo se tuvo a disposición solamente una versión, una visión y una vía indirecta para la lectura de Platón, a pesar de que durante ese período se hablaba con suma frecuencia tanto de Platón como del platonismo. En realidad, lo que se difundió iba a ser conocido bajo el nombre de «neoplatonismo» Lo que sí va a tenerse a disposición en la Academia Latina, es la obra de Plotino. Podemos hablar de una puja por la conservación de la ortodoxia del neoplatonismo, que se planteó en los primeros años de la Edad Media. Victorino, una vez convertido al cristianismo, hecho que acaece en su vejez, comienza a difundir escritos apologéticos, comenzando por la Epístola a Cándido, el arriano. El término «arriano» significaba «hereje», sustantivamente «herejía» Se aplicaba tal calificativo a quienes, aun siendo seguidores de Platón, se oponían a su ortodoxia, es decir que, el mero hecho de contradecirlo suponía ser considerado «hereje» Tanto «ortodoxia», concebida como lo que respeta la ortodoxia platónica, como «hereje», concebida como la que no la respeta, no son vocablos oriundos del cristianismo, sino de las escuelas platónicas. «Herejía» es un término de uso interno. Así, un cristiano se abstendría de llamar «hereje» a un judío, o a un islámico, y sí lo haría respecto de otro cristiano. En los comienzos del cristianismo, el dogma no estaba para nada consolidado. Fue así como se lo instrumentó para combatir, precisamente, las herejías.

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Fue lanzado en los concilios, a la sazón siempre convocados por un emperador. Uno de los Concilios, El Concilio Ecuménico (general) de Nicea (325), por ejemplo, fijó un dogma que estableció la inadmisibilidad de prioridades en la Trinidad, tal como pretendían los arrianos. Así, en la versión arriana, el Padre es prioritario respecto del Hijo. El Padre, crea al Hijo. Pero en Nicea, y para los antiarrianos, se concluyó que el dogma vigente concibe que el Hijo es un ser engendrado, procreado, por tanto es el Padre el que se engendra a sí mismo (homoousía):

Lo que está en juego en la disputa con los arrianos, es la divinidad misma de Cristo en tanto que Dios engendrándose a sí mismo y encarnado en la segunda persona de la Trinidad: el Hijo. Lo que se puso en cuestión, fue la dignidad misma de Cristo. Para los arrianos, Cristo no había sido engendrado, sino creado. Con ello se puso en cuestión la categoría de Hijo respecto del Padre. Así como el Padre engendra al Hijo, es el mismo Hijo el que también le da categoría de Padre al Padre, puesto que ser Padre depende de que se tengan hijos, y de que tales hijos le dén categoría de Padre al Padre, lo que, en el caso del Padre y del Hijo, de la

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Santísima Trinidad, deviene del mencionado engendramiento que supone un Ser de la misma sustancia u homoousía. Tal engendramiento muestra que el Padre se engendra a sí mismo, se encarna y, entonces, hay Hijo porque hay Padre y hay Padre porque hay Hijo, en una relación enlazada por el Espíritu Santo, que también es una Persona (la tercera) de la misma sustancia. De tal suerte, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Trinidad entera, tiene la misma esencia. A esto se le llamó el Credo de Nicea, un dogma que lleva ese nombre por el lugar donde se celebrara el Concilio. El arrianismo no cesó con el Concilio, es decir, no dejó de actuar a la finalización del Concilio, sino que su accionar se prolongó. Hacía falta, entonces, seguir defendiendo el dogma del cristianismo, habida cuenta de los embates en contrario que provenían del arrianismo. He aquí el origen o la motivación de la Epístola a Cándido que escribiera Mario Victorino. La Epístola tiene un carácter apologético. Es una obra teológica sobre la Trinidad, en términos apologéticos. En general, podríamos decir que la Epístola es de carácter neoplatónico alejandrino romano. Pero, en particular, hay en ella una influencia de quien fuera discípulo de Plotino, Porfirio, y sobre todo, puntualmente, del comentario al Parménides. Lo que vimos en Plotino acerca de lo Uno es, ahora, en Victorino, transformado en el Dios cristiano. Siguiendo la línea de pensamiento de Plotino, lo Uno sería el objeto de predicación. Así, lo Uno es. Pero Porfirio sostiene la doble predicación: (a) lo uno es; (b) lo uno no es. Lo que no supone entrar en contradicción según el principio de no contradicción de Aristóteles. Se trata, más bien, de una paradoja. El comentario de Porfirio diría que, como es principio del ser, lo Uno está por encima del ser y es principio del ser (lo que es) Y que, lo que no es, es aquello que no existe, pero que puede existir en el futuro, ahora como potencia, como posibilidad. Para Porfirio, la absoluta trascendencia (no es) Pero también es todas las cosas, es todo y

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nada de todo o, si se quiere, es todas las cosas y ninguna de las cosas a la vez. Una doble paradoja. El no ser es: (a) infinito; (b) incognoscible; y (d) inefable. Negación de la privación, vale decir excesiva abundancia (sobreabundancia) ontológica. Esto es, de otro modo: es Ser supra omnia, es decir por encima de, es decir inaprehensible. Todo lo que es procede de lo Uno por emanación, tanto para Plotino como para Porfirio, y aun para Victorino, pero ya, en éste último, como Dios del cristianismo. Mario Victorino pertenece al mundo latino, por así decirlo. Plotino había sostenido la tesis de lo que no es, es decir la vía negativa del Parménides, es decir lo que menta todas las cosas y ninguna. Porfirio toma este concepto, pero introduce la cuestión de la doble predicación. El no ser bien podría ser concebido como un exceso de ser, algo así como sobreabundancia ontológica. Lo que es, ser inteligible o ser sensible, siempre tiene determinación tiene limites, está limitado. El Ser (no-ser), por el contrario, es indeterminado, no tiene limites, es ilimitado. En la lectura de la Epístola a Cándido se deja establecido que en el sistema de Mario Victorino hay una tríada fundamental: (a) existencia; (b) «noûs»; y (c) vida, esto es completo ser-entender-vivir. De otro modo, lo que es, es, entiende y vive. Participa de aquella tríada de la que emana, y procede hacia el ser limitado desde el Ser ilimitado. Obsérvese que Mario Victorino hubo de reemplazar a lo Uno de Porfirio por la mencionada tríada. Cabe una aclaración respecto del término «noûs», que quiere significar intelecto o espíritu, o entender espiritual, ambas cosas a la vez. El sistema que emplea Mario Victorino es similar al de Plotino, pero tanto el principio de emanación, que ya no es lo Uno sino la tríada, como el orden de la tríada, es distinto. Ténganse en cuenta, también, que para Mario Victorino la materia es nada, es un «envoltorio», por así decirlo.

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El no ser, se puede pensar. Es lo que Platón quiere demostrarle a Parménides en su célebre diálogo: el ser es lo que no es. La vía negativa, la segunda vía del Poema de Parménides (hipótesis que en el Parménides son: (a) lo uno no es: Uno,, (b) lo uno es: Noûs,,, y (c) lo Eidético: Alma,, que van a ser hipóstasis) Victorino homologará Jesús y Logos. Sería el Logos encarnado, el nombre del Logos. Victorino confunde Jesús con Logos. Ahora la segunda persona de la Trinidad tiene un nombre: Jesús. La divinidad cristiana, para Victorino, está en la Trinidad. El «noûs» está ocupado por el Logos. Debe haber un engendramiento para que ello acaezca. Un engendramiento de este Logos (Jesús) no creado, porque si Victorino no lo concibiera así, como no creado, caería en lo mismo que cayó lo que él mismo combatió, el arrianismo. Gráficamente, el principio adquiere esta forma:

De tal suerte, la potencia del Ser, engendra. En lo eterno, la posibilidad implica el ser, la existencia. Así, el Logos será razón de todas la cosas y también palabra eterna, principio eterno. Todo nombre nominable de ser, conocer, y decir (ontognoseológicopredicativo)

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Porfirio repugna la encarnación del Hijo, pero va a plantear tres instancias en la Trinidad. Mario Victorino conocía el pensamiento de Porfirio, y lo aplicó. Podemos decir que Mario Victorino es un autor protomedieval (Para Gilson patrístico) Su desarrollo teórico se sostiene sobre la base de (a) la similitud del ser, y (b) la disimilitud del no ser. El prestigio de Mario Victorino reposa en Agustín, quien lo menciona en Confesiones VIII. Los dos eran conversos, uno en la vejez el otro a los 30 años. El sentido cabal de la llamada «vía negativa» no es temporal sino causal ontológico, es causa ontológica (ón=ente=ser) Los sentidos del no-ser son: 1er. sentido: privación, que no se aplica a Dios. 2do. sentido: alteridad, que no se aplica a Dios. 3er. sentido: potencia como posibilidad, que se aplica a Dios. 4to. sentido: sobreabundancia ontológica, que se aplica a Dios. Mario Victorino usa, en la Epístola a Cándido, algunos términos griegos. Usa ón para denominar al ser. Usa mè ón para denominar al no ser. Usa tò ón para mencionar lo que es, lo siendo. Y usa tò mè ón para denominar lo que no es, lo no siendo. Si observamos bien las cuatro instancias que presenta Mario Victorino, advertiremos que de ellas, sólo una, la alteridad, tiene por causa a Dios, en tanto que en ella hay identidad, lo que es, y diferencia, lo que no es, componiendo una doble predicación. On es ser, es decir el ser de lo que es, que exhibe identidad. Mè ón, por su parte, refiere el no ser, el ser de lo que no es que exhibe diferencia. Lo múltiple (factum) es lo idéntico a sí mismo y diferente a lo otro.

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Según Deleuze, la filosofía es creación de conceptos. De tal suerte, si «ex» significa origen, y «nihilo» significa nada, «ex nihilo» significa privación absoluta, de la misma manea que existencia significa lo que viene del estar. Asociado con este concepto, debemos distinguir que no es lo mismo la causa que el origen de algo. La causa de sistema de Victorino es Dios, el origen parece ser la nada. Dios mismo, porque es inacesible, no puede ser inteligido dino solamente en la ignorancia, en la incognoscibilidad, y en la inefabilidad. En el parágrafo 2. de la Epístola a Cándido, Logos y Jesucristo son equivalentes. Son encarnados. Jesucristo aparece confundido con el Logos, con la segunda persona de la Trinidad. Logos como perfecto ón, se dice allí, y este es ya un concepto ontológico y un principio de nombrabilidad. Cualquier nombre que se dé está siendo en la posibilidad del Logos. Él mismo, Jesús, sin embargo es inombrable. El principio del ser, el conocer y el nombrar, es el mismo. Esto justifica el descenso ontológico (el ascenso es gnoseológico) y propicia que el ser y el saber son isomórficos. La Verdad es inaccesible. Dios, por otra parte, es un ser oculto, escondido, propiamente ignorado: ad intra (hacia adentro) es no-ser o ignorancia y ad extra (hacia afuera) es ser o desocultación. Dios es una autodesocultación completa. Engendrado, no creado, en lo intra como en lo extra trinitario. Indudablemente, el escrito de Mario Victorino, en esta parte al menos, no parece ser un texto filosófico. Si comparamos el desarrollo de Mario Victorino con el desarrollo de Plotino, encontraremos que lo Uno se hace Otro como Uno (alteridad) para sí mismo. Sí mismo como Otro. No hay reflexividad. En Plotino el lugar del «noûs» estará ocupado por el Hijo, el Logos en Victorino. Para que sea un pensamiento coherente con el antiarranismo, en el pensamiento de Mario Victorino debe haber engendramiento, no creación porque, entonces, habría prioridades. Engendra desde sí mismo al Logos, perfecto ón, desde la potencia del Ser. Ese perfecto ón es

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existencia, es «noûs», y es vida, y es engendrado desde toda la eternidad en el Hijo. Todo está ahí. Todo está en él. El Padre es potencia: proón. Hay un aspecto metafísico importante por destacar: la potencia del Ser engendra el ser. Potencia que no es similar a la potencia aristotélica que, como sabemos, es el acto el que perfecciona a la potencia, ya que si no hay acto, tampoco hay potencia. Potencia como posibilidad de que lo que puede ser, sea. Aquí todo es perfecto. En la eternidad todo es perfecto. La posibilidad del ser y del ser en la eternidad, son, para Victorino, una y la misma cosa. El principio supra omnia. Al engendrar el perfecto ser: Logos, Hijo, el engendrante (determinador determinante o, si se quiere, limitador limitante), proón, es ante Ser unido al ser, sin prioridad (porque, de lo contrario, sería arrianismo) Engendramiento, no es causa, ni prioridad, ni creación, ni fundamento entre ambos, Padre e Hijo. Como dijimos, perfecto ón supone (a) existencia, (b) inteligencia («noûs»), y (c) vida. He aquí, en esta fórmula todo lo que va a ser. Es Logos: (a) razón de todas las cosas; y (b) palabra eterna, principio de todo nombre nombrable, de todo nominable. Se cumple, con esto, el paralelismo ontognoseológicopredicativo del ser, el conocer y el decir del neoplatonismo. El principio de lo que es, de su cognoscibilidad y de su nominabilidad. De él proviene todo lo otro.

La Plata, 12 de julio de 2013

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