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Cuatro Cuentos Cardinales

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Índice

Preliminares

El Cobrador

El agujero en la pared

Feliz Año Nuevo

Axilas

Colofón

Preliminares
Rubem Fonseca nació en Minas Gerais, Brasil, en 1925. Escritor de registros diversos y asombrosos, su obra vasta y compleja es una de las aventuras más estimulantes de las letras latinoamericanas. En sus páginas, los grandes temas de la literatura son narrados con el magnetismo hipnótico de un maestro del suspenso. En el año 2003, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le otorgó el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Ese mismo año recibió también el Premio Camões, el más importante de la lengua portuguesa.
En Cuatro cuentos cardinales, Cal y arena reúne este obsequio para los lectores de Gandhi: son los relatos que dan título a otros tantos volúmenes de cuentos —publicados en este sello editorial— del gran autor brasileño. Los anotamos con la fecha de su primera edición en portugués: El Cobrador (1979), El agujero en la pared (1995), Feliz Año Nuevo (2010) y Axilas y otras historias indecorosas (2011). Más de treinta años de ejercer su gran arte de cuentista.

Cuatro cuentos cardinales

Rubem Fonseca

El Cobrador

En la puerta de la calle una dentadura grande, abajo está escrito Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un anuncio: Aguarde, el Doctor está atendiendo a un paciente. Esperé media hora, un dolor de perros, la puerta se abrió y surgió una mujer acompañada de un tipo grande, de unos cuarenta años, con bata blanca.
Entré al consultorio, me senté en el sillón, el dentista me puso una servilleta de papel en el cuello. Abrí la boca y le dije que la muela de atrás me estaba doliendo mucho. miró con un espejito y me preguntó cómo es que había dejado que los dientes llegaran a tal estado.
Sólo sonrío. Estos tipos sí que son graciosos.
Se la voy a tener que sacar, dijo, usted ya tiene pocos dientes y si no se hace un tratamiento rápido va a perder todos los otros, incluso éstos —y dio un golpe sonoro en los incisivos.
Una inyección de anestesia en la encía. me mostró la muela en la punta de la pinza: la raíz está podrida, ¿lo ve?, dijo sin dar mucha importancia. Son cuatrocientos cruceiros.

Sólo sonrío. No tengo, mi amigo, dije.
¿Qué es lo que no tiene?
No tengo los cuatrocientos cruceiros. Me dirigí hacia la puerta. Él bloqueó la puerta con el cuerpo. Es mejor que pague, dijo. Era un hombre grande, manos grandes y pulso firme de tanto arrancar dientes a los más jodidos. Y mi físico delgaducho envalentona a la gente. Odio a dentistas, comerciantes, abogados, industriales, funcionarios, médicos, ejecutivos, esa canallada entera. Todos me están debiendo mucho. Abrí la chamarra, saqué la 38 y le pregunté con tanta rabia que una gota de saliva le salpicó la cara: ¿qué tal si te meto esto en el culo? Se puso pálido, retrocedió. Apuntándole el revólver al pecho empecé a aliviar mi corazón: saqué los cajones de los armarios, tiré todo al suelo, pateé los frascos como si fueran pelotas, saltaban y se estrellaban contra la pared. Reventar las escupideras y los motores fue más difícil, me lastimé las manos y los pies. El dentista me miraba, debe haber pensado varias veces en someterme, quería que lo hiciera para darle un tiro en esa gran barriga llena de mierda.
¡No pago nada más, me cansé de pagar!, le grité, ahora sólo cobro.
Le disparé en la rodilla. Debería haber matado a ese hijo de puta.

La calle repleta de gente. Digo, para mis adentros, y a veces para afuera, ¡todos me deben! me deben comida, panochas, cobijas, zapatos, casa, auto, reloj, dientes, me deben. Un ciego pide limosna sacudiendo una lata de aluminio con monedas. Le doy una patada a la lata, el ruido de las monedas me irrita. Calle Marechal Floriano, casa de armas, farmacia, banco, putas, fotógrafo, Light, vacuna, médico, Ducal, un montón de gente. Por la mañana no se puede ir hacia la Central, la multitud avanza como una enorme oruga que ocupa toda la calle.

Detesto a esos tipos que andan en Mercedes. El claxon del coche también me molesta. Anoche fui a ver al tipo que vendía una Magnum con silenciador en la Cruzada, y cuando atravesé la calle un tipo que había ido a jugar tenis en uno de esos clubes exclusivos que hay por ahí tocó el claxon. Yo estaba distraído porque iba pensando en la Magnum cuando tocó el claxon. Vi que el coche venía despacio y me paré enfrente.
¿Qué te pasa?, gritó.
Era de noche y no había nadie cerca. Estaba vestido de blanco. Saqué la 38 y le disparé al parabrisas, más para reventar el vidrio que para darle al tipo. Arrancó rápido, para atropellarme o para escapar, o las dos cosas. Me hice a un lado, el coche pasó, las llantas rechinaron en el pavimento. Se detuvo un poco más adelante. me acerqué. El tipo estaba acostado con la cabeza hacia atrás, la cara y el pecho cubiertos de astillas de vidrio. Sangraba mucho de una herida fea en el cuello y la ropa blanca estaba toda roja.
Giró la cabeza, que estaba apoyada en el asiento, ojos muy abiertos, negros, y el blanco alrededor era azul lechoso, como una jabuticaba[1] por dentro y porque el blanco de sus ojos era azulado le dije: vas a morir, compadre, ¿te doy el tiro de gracia?

No, no, dijo con esfuerzo, por favor.
En la ventana de un edificio un tipo me observaba. Se escondió cuando lo miré. Debe haber llamado a la policía.
Seguí caminando tranquilamente, volví a la Cruzada. Qué bueno había sido reventar el parabrisas del Mercedes. Debería haberle dado un tiro también al techo y un tiro en cada puerta, el hojalatero habría tenido que sudar.
El tipo de la Magnum ya había vuelto. ¿Traes los treinta mil? Colócalos aquí en esta mano que nunca ha visto una palmatoria, dijo. Su mano era blanca, lisa, pero la mía estaba llena de cicatrices, tengo cicatrices en todo el cuerpo, hasta en el pito tengo cicatrices.
También quiero comprar un radio, le dije al mercachifle.
Mientras iba a buscar el radio, examiné mejor la Magnum. Aceitada y también cargada. Con el silenciador parecía un cañón.
El mercachifle volvió con un radio de pilas. Es japonés, dijo.
Préndelo para oírlo.
Lo prendió.
Más fuerte, le pedí.
Subió el volumen.
Puf. Creo que murió con el primer tiro. Le di dos más sólo para oír puf, puf.

Me deben colegio, novia, equipo de sonido, respeto, sándwich de mortadela en el café de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de futbol.
Veo tele para aumentar mi odio. Cuando mi cólera disminuye y se me quitan las ganas de cobrar lo que me deben, veo tele y en poco tiempo regresa el odio. Me gustaría agarrar al tipo del anuncio de whisky. Está bien vestido, elegante, todo almidonado, abrazado a una rubia reluciente, y pone cubos de hielo en un vaso y sonríe con todos los dientes, tiene los dientes sanos y son verdaderos, y quiero agarrarlo con la navaja y rajarle las comisuras de la boca hasta las orejas, y todos esos dientes blancos van a quedar fuera de una sonrisa de calavera roja. Ahora está ahí, sonriendo y después le da un beso en la boca a la rubia. No pierde el tiempo.
Mi arsenal está casi completo: tengo la Magnum con silenciador, una Colt Cobra 38, dos navajas, una carabina 12, un Taurus 38, un puñal y un machete. Con el machete voy a cortarle la cabeza a alguien de un solo golpe. Vi en el cine, en uno de esos países asiáticos todavía bajo dominio inglés, un ritual que consistía en cortarle la cabeza a un animal, creo que era un búfalo, de un solo golpe. Los oficiales ingleses presidían la ceremonia con un aire de fastidio, pero los decapitadores eran verdaderos artistas. Un golpe seco y la cabeza rodaba, chorreando sangre.

En casa de una mujer que me recogió en la calle. Dice que estudia en el colegio nocturno. Yo pasé por eso, mi colegio fue el más nocturno de todos los colegios nocturnos del mundo, tan malo que ya no existe, lo echaron abajo. Hasta la calle donde quedaba la demolieron. me pregunta qué hago y le respondo que soy poeta, lo que es rigurosamente cierto. Me pide que le recite un poema mío. Es éste: A los ricos les gusta dormir tarde / sólo porque saben que la chusma / tiene que dormir temprano para trabajar por la mañana. / Ésa es otra oportunidad que / tienen para ser diferentes: parasitar, / despreciar a los que sudan para ganarse el pan, / dormir hasta tarde, / tarde / un día / por fortuna, / demasiado.

Me interrumpe preguntando si me gusta el cine. ¿Y el poema? Ella no entiende. Sigo: Sabía bailar samba y apasionarse / y rodar por el suelo / sólo por poco tiempo. / Del sudor de su rostro nada fue construido. / Quería morir con ella, / pero eso fue el otro día, / todavía otro día. / En el cine Iris, en la calle de la Carioca / el Fantasma de la Ópera. / Un tipo de negro, / maletín negro, el rostro escondido, / en la mano un pañuelo blanco inmaculado, / le hacía puñetas a los espectadores; / en la misma época, en Copacabana, / otro / que no tenía ni apodo / se bebía los orines de los mingitorios de los cines / y su rostro era verde e inolvidable. / La Historia se hace de gente muerta / y el futuro de gente que va a morir. / ¿Piensas que ella va a sufrir? / Es fuerte, resistirá. / También resistiría si fuese débil. / En cuanto a ti, no sé. / Fingiste tanto tiempo, golpeaste, gritaste, mentiste. / Estás cansado, / estás acabado, / no sé qué es lo que te mantiene vivo.
Ella no entendía de poesía. Sólo estaba conmigo y quería fingir indiferencia, bostezaba desesperadamente. La falsedad de las mujeres.

Me das miedo, terminó confesando.
Esta cabrona no me debe nada, pensé, vive a duras penas en un cuarto con sala, tiene los ojos hinchados de tanto beber porquerías y leer la vida de las ricas en la revista Vogue.
¿Quieres que te mate?, pregunté mientras tomábamos whisky corriente.
Quiero que me cojas, rió ansiosa, insegura.
¿Matarla? Nunca había estrangulado a alguien con mis propias manos. No es muy elegante ni dramático estrangular a alguien, parece una pelea callejera. De todas maneras quería estrangular a alguien, pero no a una infeliz como ésa. Para un don nadie, ¿sólo un tiro en la nuca?
He pensado mucho sobre eso últimamente. Se había quitado la ropa: pechos caídos y blandos, los pezones pasas gigantes que alguien había pisado; muslos flácidos con nódulos de celulitis, gelatina descompuesta con pedazos de fruta podrida.
Tengo miedo, dijo.
Me acosté sobre ella. Me agarró del cuello, su boca y lengua en mi boca, una vagina pegajosa, caliente y olorosa.
Cogimos.
Ahora está durmiendo.
Soy justo.

Leo el periódico. La muerte del mercachifle de la Cruzada no fue noticia. El ricacho del Mercedes con ropa de tenista murió en el Miguel Couto y los diarios dicen que fue asaltado por el bandido Boca Larga. Sólo sonrío.
Hago un poema denominado “Infancia o Nuevos Olores de panocha con ch”. Aquí de nuevo / oyendo a los Beatles / en la Radio mundial / a las nueve de la noche / en un cuarto / que podría ser / y era / de un santo mártir. / No había pecado / y no sé por qué me condenaban / por ser inocente / o tonto. / De cualquier forma / el suelo estaba siempre ahí / para sumergirse. / Cuando no hay dinero / es bueno tener músculos / y odio.

Leo los periódicos para saber qué es lo que están comiendo, bebiendo y haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos.

Desde la calle veo la fiesta en la Vieira Souto, las mujeres de vestido largo, los hombres con ropa negra. Camino despacio, de un lado a otro, no quiero despertar sospechas y el machete adentro del pantalón, amarrado a la pierna, no me deja caminar bien. Parezco un inválido, me siento un inválido. Una pareja de mediana edad pasa a mi lado y me mira con lástima; también me doy lástima, cojeo y me duele la pierna.
Desde la calle veo a los meseros sirviendo champaña francesa. A esta gente le gusta la champaña francesa, los vestidos franceses, el idioma francés.
Estuve ahí desde las nueve, pasé por enfrente, bien armado, entregado a la suerte y el azar, y la fiesta empezó.
Los lugares de estacionamiento frente al departamento fueron ocupados rápidamente y los coches de los invitados tuvieron que estacionarse en las oscuras calles laterales. Hubo uno que me interesó bastante, un coche rojo, y en él un hombre y una mujer, jóvenes y elegantes. Se dirigieron al edificio sin hablar, él acomodándose la corbata de moño y ella el vestido y el pelo. Se prepararon para una entrada triunfal, pero desde la calle veo que su llegada es recibida como la de los otros, con desinterés. La gente se arregla en el peluquero, en el sastre, en el masajista y sólo el espejo les da en las fiestas la atención que esperan. Vi a la mujer con su vestido azul ondulante y murmuré: te voy a dar la atención que mereces, no en balde te pusiste tus mejores calzones y fuiste tantas veces a la modista y te pasaste tantas cremas por la piel y te pusiste un perfume tan caro.

Fueron los últimos en salir. No caminaban con la misma energía y discutían enojados, voces pastosas, enredadas.
Me acerqué a ellos cuando el hombre abría la puerta del coche. Yo venía cojeando, él apenas si me miró rápidamente y vio a un inválido inofensivo y despreciable.
Le puse el revólver en la espalda.
Haz lo que te mando, si no los mato a los dos, le dije.
No fue fácil entrar con la pierna dura en el estrecho asiento trasero. Me acosté a medias, con el revólver apuntando a la cabeza de él. Le ordené que fuera a la Barra da Tijuca. Estaba sacando el machete del pantalón cuando me dijo, llévate el dinero y el auto y déjanos aquí. Estábamos frente al Hotel Nacional. Sólo sonrío. Como ya estaba sobrio seguro quería tomarse un último whisky mientras avisaba a la policía por teléfono. Ah, ciertas personas piensan que la vida es una fiesta. Seguimos por Recreio dos Bandeirantes hasta llegar a una playa desierta. Bajamos del coche. Dejé las luces prendidas.
No le hemos hecho nada, dijo.
¿Ah no? Sólo sonrío. Sentí el odio inundándome los oídos, las manos, la boca, todo el cuerpo, un sabor a vinagre y lágrimas.

Está embarazada, dijo señalando a la mujer, va a ser nuestro primer hijo.
Miré la barriga de la esbelta mujer y decidí ser misericordioso y dije, puf, arriba de donde pensaba que estaba el ombligo de ella, y me cargué al feto. La mujer cayó boca abajo. Le puse el revólver en la sien y le hice un hoyo.
El hombre lo vio todo sin decir una palabra, la cartera en la mano extendida. Agarré la cartera y la aventé al aire y cuando caía le di una patada de izquierda que la lanzó lejos.
Le amarré las manos por detrás de la espalda con una cuerda que llevaba. Después le amarré los pies.
Arrodíllate, le dije.
Se arrodilló.
Las luces del coche le iluminaban el cuerpo. Me arrodillé a su lado, le quité la corbata, doblé el cuello de la camisa dejando su pescuezo al descubierto.
Inclina la cabeza, le mandé.
Se inclinó. Levanté alto el machete, seguro en las dos manos, vi las estrellas en el cielo, la noche inmensa, el firmamento infinito y dejé caer el machete, estrella de acero, con toda mi fuerza, justo en medio de su cuello.
La cabeza no cayó y trató de levantarse, debatiéndose como si fuera una gallina atontada en manos de una cocinera incompetente. Le di otro golpe y otro y otro y la cabeza no rodaba. Se había desmayado o muerto con la mierda de cabeza presa al cuello. Puse el cuerpo sobre la salpicadera del coche. El cuello quedó en buena posición. Me concentré como un atleta que va a dar un salto mortal. Ahora, mientras el machete hacía su corto recorrido mutilador zumbando, cortando el aire, sabía que iba a lograr lo que quería. ¡Broc! La cabeza salió rodando por la arena. Levanté alto el alfanje y recité: ¡Salve el Cobrador! Di un grito agudo que no era ninguna palabra, era un aullido largo y fuerte para que todos los bichos temblaran y se apartaran. Por donde paso el pavimento se derrite.

Una caja negra debajo del brazo. Digo con la lengua trabada que soy el plomero que va a hacer un trabajo en el departamento doscientos uno. El portero encuentra divertida mi lengua enredada y me deja subir. Comienzo desde el último piso. Soy el plomero (ahora lengua normal), vengo a hacer un servicio. Por la abertura dos ojos: nadie ha llamado al plomero. Bajo al séptimo, lo mismo. Sólo voy a tener suerte en el primero.
La sirvienta me abrió y gritó hacia adentro, es el plomero. Apareció una muchacha en camisón, con un frasco de esmalte de uñas en la mano, bonita, unos veinticinco años.
Debe haber un error, dijo, no necesitamos plomero.
Saqué la Cobra de la caja. Claro que lo necesita; tranquilas, si no las mato. ¿Hay alguien más en la casa? El marido estaba trabajando y el niño en el colegio. Amarré a la sirvienta, le cerré la boca con esparadrapo. Llevé a la señora a la recámara.
Desvístete.
No me voy desvestir, dijo, la cabeza erguida.
Me deben jarabe, calcetines, cine, filete miñón y panocha, hazlo rápido. Le di un puñetazo en la cabeza. Cayó en la cama, una marca roja en la cara. No me desvisto. Le arranqué el camisón, los calzones. No traía brasier. Le abrí las piernas. Le puse las rodillas en los muslos. Tenía un pelambre abundante y negro. No se movió, con los ojos cerrados. Entrar en ese bosque oscuro no fue fácil, su panocha era apretada y seca. Me incliné, le abrí la vagina y se la escupí, gruesos escupitajos. Aun así no fue fácil, sentía que el pito se me despellejaba. Dio un gemido cuando le metí la verga con toda la fuerza hasta el fondo. Mientras le metía y le sacaba el pito le chupaba los pechos, la oreja, el cuello, le pasaba suavemente el dedo por el culo, le sobaba las nalgas. El pito empezó a lubricarse con los jugos de su vagina, ahora tibia y pegajosa.

Como ya no me tenía miedo, o porque me tenía miedo, se vino antes que yo. Con el resto de semen que salía del pito hice un círculo alrededor de su ombligo.
A ver si dejas de abrirle la puerta al plomero, le dije, antes de salir.

Salgo del desván de la calle Visconde de Maranguape. Un hueco en cada muela lleno de Cera del Dr. Lustosa / masticar con los dientes delanteros / puñeta para foto de revista / libros robados. / Voy a la playa.
Dos mujeres están conversando en la arena; una tiene el cuerpo bronceado por el sol, un pañuelo en la cabeza; la otra es clara, debe ir poco a la playa; las dos tienen el cuerpo muy bonito; las nalgas de la clara son las nalgas más lindas que he visto. Me siento cerca, y miro. Se dan cuenta de mi interés y se empiezan a mover, a decir cosas con el cuerpo, a hacer movimientos seductores. En la playa somos todos iguales, nosotros los jodidos y ellos. Incluso somos mejores porque no tenemos esa barriga grande y el culo blando de los parásitos. ¡Quiero a la mujer blanca! Ella inclusive está interesada en mí, me mira. Se ríen, ríen, enseñando los dientes. Se despiden y la blanca se va hacia Ipanema, el agua mojándole los pies. Me acerco y me voy junto a ella, sin saber qué decirle.

Soy una persona tímida, me han golpeado tanto en la vida, y el pelo de ella es fino y tratado, su tórax es esbelto, los senos pequeños, los muslos son sólidos y redondos y musculosos y el culo está hecho de dos hemisferios duros. Cuerpo de bailarina.
¿Estudias ballet?
Estudié, dice. Me sonríe. ¿Cómo es que alguien puede tener una boca tan bonita? Tengo ganas de chuparle uno por uno los dientes. ¿Vives por aquí?, pregunta. Sí, miento. Me muestra un edificio en la playa, todo de mármol.

De regreso a la calle Visconde de Maranguape, hago tiempo para ir a la casa de la chica blanca. Se llama Ana, palindrómico. Afilo el machete con una piedra especial, el cuello de ese ricachón estaba muy duro. Los periódicos le dieron mucho espacio a la muerte de la pareja que ajusticié en la Barra. La chica era hija de uno de esos putos que se enriquecen en Sergipe o Piauí, estafando a los miserables y después llegan a Río y los idiotas ya no tienen acento, se pintan el pelo de rubio y dicen que son descendientes de holandeses.
Los columnistas de sociales estaban consternados. Los ricachos a los que me despaché iban a viajar a París. Ya no hay seguridad en las calles, decía el titular de un diario. Sólo sonrío. Tiré un calzoncillo al aire y traté de cortarlo con el machete, como lo hacía Saladino (con un pañuelo de seda) en el cine.

Ya no se hacen cimitarras como antes / Soy una hecatombe. / No sé ni de Dios ni del Diablo. / Que me hicieron un vengador. / Fui yo mismo. / Yo soy el Hombre-Pene. / Soy el Cobrador.
Voy al cuarto donde está acostada doña Clotilde desde hace tres años. Doña Clotilde es la dueña de la casa.
¿Quiere que barra la sala?, le pregunto.
No, hijo, sólo quiero que me pongas la inyección de trinevral antes de que te vayas.
Hiervo la jeringa, preparo la inyección. Las nalgas de doña Clotilde están secas como una hoja vieja y arrugada de papel de arroz.
Me caíste del cielo, hijo, Dios te mandó, dice.
Doña Clotilde no tiene nada, podría levantarse y comprar cosas en el supermercado. Su enfermedad está en la cabeza. Y después de pasar tres años acostada, sólo se levanta para hacer pipí y caca, en realidad no debe tener fuerzas.
Un día de estos le doy un tiro en la nuca.

Cuando satisfago mi odio me invade una sensación de victoria, de euforia y me dan ganas de bailar, emito pequeños aullidos, gruñidos, sonidos inarticulados, más cerca de la música que de la poesía, y los pies se me deslizan por el suelo, mi cuerpo se mueve a un ritmo hecho de meneos y saltos, como un salvaje, o un mono.
El que quiera darme órdenes puede hacerlo, pero morirá.

Tengo ganas de matar a un personaje de ésos que muestran en la tele su cara paternal de sinvergüenza exitoso, una persona de sangre engrosada por caviares y champañas. Come caviar / tu día va a llegar. Me deben una chava de veinte años, llena de dientes y perfume. ¿La chica del edificio de mármol? Entro y me está esperando, sentada en la sala, callada, inmóvil, el pelo muy negro, el rostro blanco, parece una foto.
Vámonos, le digo. Me pregunta si traigo coche. Le digo que no tengo. Ella tiene. Bajamos por el elevador de servicio y salimos por el garaje, subimos a un Puma convertible.
Después de un momento le pregunto si puedo manejar y cambiamos de lugar. ¿Petrópolis está bien?, pregunto. Subimos la sierra sin decir palabra, ella mirándome. Cuando llegamos a Petrópolis me pide que me detenga en un restaurante. Le digo que no tengo dinero ni hambre, pero ella tiene las dos cosas, come vorazmente como si en cualquier momento le fuesen a quitar el plato. En la mesa de junto un grupo de jóvenes bebiendo y hablando alto, jóvenes ejecutivos que llegan el viernes y beben antes de encontrarse con la madame toda emperifollada para jugar cartas y hablar de la vida ajena mientras prueban quesos y vinos. Odio a los ejecutivos. Ella termina de comer. ¿Y ahora? Ahora vamos a volver, le digo, y bajamos por la sierra, yo manejando como un rayo, ella mirándome. Mi vida no tiene sentido, ya pensé en matarme, dice ella. Me detengo en la Visconde de Maranguape. ¿Aquí vives? Me bajo sin decir nada. Ella me sigue: ¿te volveré a ver?. Entro y mientras subo las escaleras escucho que el coche arranca.

Top Executive Club. Usted se merece el mejor descanso, con cariño y comprensión. Nuestras masajistas son expertas. Elegancia y discreción.
Anoto la dirección y voy al lugar, una casa en Ipanema. Espero a que aparezca, de traje gris, chaleco, maletín negro, zapatos lustrados, pelo teñido. Saco un papel del bolsillo, como alguien que busca una dirección, y sigo al tipo hasta el auto. Estos cabrones siempre cierran el coche con llave. Saben que el mundo está lleno de ladrones, como ellos, sólo que a ellos nadie los agarra; mientras abre el coche le pongo el revólver en la barriga. Dos hombres frente a frente conversando no llaman la atención. Poner el revólver en la espalda asusta más, pero eso sólo se debe hacer en sitios desiertos.
Tranquilo, o te disparo en tu barriga ejecutiva.
Tiene un aire petulante, y al mismo tiempo vulgar del arribista provinciano, deslumbrado por las columnas sociales, consumista, católico, cursillista, patriota, servil, los hijos estudiando en la puc,[2] la mujer dedicada a la decoración de interiores y socia de una boutique.
Por ser ejecutivo, ¿la masajista te hizo una puñeta o te chupó el pito?
Eres hombre, tú sabes cómo son las cosas, dijo. Plática de ejecutivo con chofer de taxi o elevadorista. Piensa que ya ha enfrentado todas las situaciones de crisis.
Nada de hombre, digo suavemente, soy el Cobrador.
¡Soy el Cobrador!, grito.

Comienza a ponerse del color del traje. Piensa que estoy loco y nunca había enfrentado a un loco en su maldita oficina con aire acondicionado.
Vamos a tu casa, le digo.
No vivo aquí en Río, vivo en São Paulo, dice. Perdió el valor pero no la astucia. ¿Y el coche?, pregunto. ¿Coche, qué coche? ¿Este coche con la placa de Río? Tengo mujer y tres hijos, cambia el tema. ¿Qué es eso? ¿Una disculpa, código, habeas-corpus, salvoconducto? Le digo que se estacione. Puf, puf, puf, un tiro por cada hijo, en el pecho. El de la mujer en la cabeza, puf.

Para olvidar a la chica que vive en el edificio de mármol voy a jugar futbol a la cancha. Tres horas seguidas, mis piernas llenas de moretones por los golpes, el dedo gordo del pie derecho hinchado, tal vez roto. Me siento sudoroso al lado de la cancha, junto a un criollo que lee O Dia. El titular me interesa, le pido el periódico prestado, el tipo me dice ¿si quieres leerlo por qué no lo compras? No me enojo, el criollo tiene pocos dientes, dos o tres, chuecos y oscuros. Le digo bueno, no vamos a pelear por eso. Compro dos hot-dogs y dos cocas y le doy la mitad a él y él me pasa el periódico. El titular dice: “La Policía busca al loco de la magnum”. Le devuelvo el periódico al criollo. No lo acepta, me sonríe mientras mastica con los dientes delanteros, mejor dicho, con las encías delanteras que de tanto usarlas están afiladas como navajas. Noticia del diario: Un grupo de distinguidos de la región sur en grandes preparativos para el tradicional Baile de Navidad, Primer Grito de Carnaval. El baile comienza el día 24 y termina el día 1º del Año Nuevo; vienen hacendados de Argentina, herederos de Alemania, artistas norteamericanos, ejecutivos japoneses, el parasitismo internacional. La Navidad realmente se convirtió en una fiesta. Tragos, diversión, orgía, holgazanería.

El Primer Grito de Carnaval. Sólo sonrío. Estos tipos sí que son graciosos. Un loco saltó del puente Río Niteroi y flotó durante doce horas hasta que una lancha de Salvamar lo encontró. Ni siquiera se resfrió.
Un incendio en un asilo mató a cuarenta viejos, las familias lo celebrarán.

Acabo de ponerle una inyección de trinevral a doña Clotilde cuando tocan el timbre. Nunca tocan el timbre de la casa. Yo hago las compras, ordeno la casa. Doña Clotilde no tiene parientes. Miro desde el balcón. Es Ana Palindrómica.
Conversamos en la calle. ¿Estás huyendo de mí?, pregunta.
Más o menos, le digo. Subo con ella al segundo piso. Doña Clotilde, estoy con una muchacha, ¿la puedo llevar al cuarto? Hijo, la casa es tuya, haz lo que quieras, sólo quiero ver a la muchacha.
Nos paramos al lado de la cama. Doña Clotilde mira a Ana durante una eternidad. Se le llenan los ojos de lágrimas. Yo rezaba todas las noches, solloza, todas las noches para que encontraras una muchacha como ella. Levanta los delgados brazos cubiertos de piel flácida hacia lo alto, junta las manos y dice, ¡Oh, Dios mío, cuánto te lo agradezco!
Estamos en mi cuarto, de pie, ceja contra ceja, como en el poema, le quito la ropa y ella a mí y su cuerpo es tan lindo que siento un nudo en la garganta, lágrimas en mi rostro, ojos ardiendo, me tiemblan las manos y ahora estamos acostados, uno sobre el otro, enlazados, gimiendo, y más, y más, sin parar, ella grita, la boca abierta, los dientes blancos como los de un elefante joven, ¡ay, ay, me encanta tu ansiedad!, grita. Agua y sal y semen salen de nuestros cuerpos sin parar.

Ahora, mucho tiempo después, acostados mirándonos hipnotizados hasta que anochece y nuestros rostros brillan en la oscuridad y el perfume de su cuerpo traspasa las paredes del cuarto.
Ana despertó primero que yo y la luz está prendida. ¿Sólo tienes libros de poesía? ¿Y para qué son todas estas armas? Saca la Magnum del ropero, carne blanca y acero negro, me apunta. Me siento en la cama.
¿Quieres disparar?, dispara, la vieja no va a oír. Un poco más arriba. Con la punta del dedo alzo el cañón a la altura de mi frente. Aquí no duele.
¿Has matado a alguien? Ana apunta el arma a mi frente.
Sí.
¿Y te gustó?
Sí.
¿Cómo?
Sentí un alivio.
¿Como nosotros en la cama?
No, no, es otra cosa. Lo contrario de eso.
No te tengo miedo, dice Ana.
Ni yo a ti. Te amo.
Conversamos hasta el amanecer. Siento una especie de fiebre. Preparo café para doña Clotilde y se lo llevo a la cama. Voy a salir con Ana, digo. Dios escuchó mis oraciones, dice la vieja entre sorbo y sorbo.

Hoy es 24 de diciembre, día del Baile de Navidad o Primer Grito de Carnaval. Ana Palindrómica huyó de su casa y está viviendo conmigo. Mi odio ahora es diferente. Tengo una misión. Siempre he tenido una misión y no lo sabía. Ahora lo sé. Ana me ayudó a comprender. Sé que si todos los jodidos hicieran lo que yo el mundo sería más justo. Ana me enseñó a usar explosivos y creo que ya estoy preparado para ese cambio de escala. Matar uno por uno es algo místico y ya me liberé de eso. En el Baile de Navidad mataremos convencionalmente a los que podamos. Será mi último gesto romántico inconsecuente. Para empezar escogimos a los compradores asquerosos de un supermercado de la zona sur. Los mataremos con una bomba de alto poder explosivo. Adiós, machete, adiós, puñal, mi rifle, mi Colt Cobra, adiós, mi Magnum, hoy será el último día que los use. Beso mi machete. Voy a volar gente, tendré prestigio, ya no seré sólo el loco de la Magnum. Tampoco saldré más por el parque de Flamengo mirando los árboles, los troncos, la raíz, las hojas, escogiendo el árbol que quisiera tener, que siempre quise tener, un pedazo de tierra. Yo los vi crecer en el parque y me alegraba cuando llovía y la tierra se empapaba, las hojas lavadas por la lluvia, el viento meciendo las ramas mientras los coches de los canallas pasaban velozmente sin mirar a los lados. Ya no pierdo el tiempo con sueños.
El mundo entero sabrá quién eres, quiénes somos, dice Ana.
Noticia: El gobernador se va a disfrazar de Santa Claus. Noticia: Menos festejos y más meditación, vamos a purificar el corazón. Noticia: No faltará cerveza. No faltarán pavos. Noticia: Los festejos navideños causarán este año más víctimas de tráfico y de agresiones que los años anteriores. Policía y hospitales se preparan para las celebraciones de Navidad. El cardenal en la televisión: la fiesta de Navidad ha sido distorsionada, éste no es su sentido, eso de Santa Claus es un invento infeliz. El cardenal afirma que Santa Claus es un payaso ficticio.

La víspera de Navidad es un buen día para que esa gente pague lo que debe, dice Ana. Al Santa Claus del baile lo quiero matar yo mismo con el machete, digo.
Le leo a Ana lo que escribí, nuestro manifiesto de Navidad para los periódicos. Nada de salir matando a diestra y siniestra, sin objetivo definido. Yo no sabía lo que quería, no buscaba un resultado práctico, mi odio se estaba desperdiciando. Estaba seguro de mis impulsos, mi error era no saber quién era el enemigo y por qué era enemigo. Ahora lo sé, Ana me lo enseñó. Y otros deben seguir mi ejemplo, muchos otros, sólo así cambiaremos el mundo. Ésa es la síntesis de nuestro manifiesto.
Meto las armas en una maleta. Ana dispara tan bien como yo, no sabe manejar el machete, pero esa arma ahora es obsoleta. Nos despedimos de doña Clotilde. Ponemos la maleta en el auto. Vamos al Baile de Navidad. No faltará cerveza ni pavo. Ni sangre. Se cierra un ciclo de mi vida y se abre otro.

El agujero en la pared

Nunca pensé que un día me pedirían que matara a una persona, pero eso me pasó ayer. Hasta hace dos días rentaba un cuartucho en una casa vieja en el centro de la ciudad, pero me echaron fuera. Ahora estoy aquí en la estación de autobuses, sentado en una banca, fingiendo que espero un camión.
Mi cuarto era un rincón de la sala en donde los inquilinos veían la televisión, separado por un cancel de madera barnizada de poco más de dos metros de altura. La altura de la sala debía de ser de más de cuatro metros; un espacio grande entre el cancel y el techo permitía la entrada de aire pero también hacía posible que alguien, trepado en una silla, me espiara mientras dormía en la cama estrecha. Tenía horror de que me observaran durmiendo. Al acostarme, cuando sentía comezón en el rostro, señal de que el sueño estaba llegando, me cubría la cabeza con la sábana.
En la sala, la televisión estaba encendida todas las noches. Muchas veces me levantaba en la madrugada para despertar al licenciado Raimundo que roncaba en el sillón, con la televisión encendida. Lograba quedarme en la cama leyendo y también era capaz de soñar en medio de los ruidos que venían de la sala. Soñaba con botines femeninos de botón. Soñaba con esos botines desde el día en que leí en una novela —cuando todavía era niño y vivía en la casa blanca en lo alto de la colina— la frase botines de botón. Y tenía siempre, al acordarme de esa frase, una especie de vivencia de mi infancia, un recuerdo punzante que seguro no estaba basado en una imagen pues nunca había visto un botín de botón, ni siquiera en fotografía. Y después, ya adulto, ese recuerdo —que sugiere también un lugar, siento que los botines de botón son un lugar— aparece con tal fuerza que me hace sentir un peso inefable en el corazón, la misma tristeza fugaz que acostumbraba sufrir cuando tenía siete años, antes de mudarme de la casa blanca. A veces intento hacer surgir esa emoción, como en este momento aquí en la estación, pero no aparece cuando yo quiero. Entonces me entrego a recordar los acontecimientos que me colocaron en la situación siniestra en que me encuentro. Recuerdo todo como si fuera una pieza de teatro en la cual yo fuera uno de los actores. Así sufro menos.

Estaba desempleado y me iba a leer a la Biblioteca Nacional todos los días. Seguía por la Mem de Sá hasta la plaza de Lapa y tomaba la calle de Passeio. Podía bajar por la Evaristo de Veiga, que desembocaba en la 13 de Maio, al lado del Teatro Municipal, pero prefería la calle de Passeio, que era la que tenía más movimiento, tenía más gente que ver. De la calle de Passeio llegaba a la plaza Mahatma Ghandi. Después, tomaba la plaza Floriano, caminaba un poco y allá estaba la Biblioteca, el edificio más bonito de la ciudad. Me quedaba en la Biblioteca todo el día; tomaba una taza de café con leche en la lonchería. Por la noche, camino a casa, comía un sandwich de pierna y mortadela. Eso me quitaba el hambre.

Doña Adriana, la madre de Pia, rentaba cuartos para caballeros de buena educación en su casa, una casona en la calle Resende, una parte decadente de la ciudad. Yo vivía en esa casa hacía dos meses. Cuatro huéspedes más vivían en la casa. Un abogado jubilado, de esos que se aparecen a las puertas de la cárcel, el licenciado Raimundo, ocupaba el pequeño cuarto del frente, cuarto que tenía un balcón de hierro que el licenciado usaba al atardecer para mirar el movimiento de la calle. Los cuartos con ventanas, que se abrían hacia un vano interno cubierto por un tragaluz, los ocupaban Tânia y su marido José Cardoso, representante comercial, y Armando, vendedor de una fábrica de playeras con mensajes estampados. Doña Adriana y su hija Pia residían en el cuarto del frente. La planta baja estaba ocupada por una ferretería. La puerta de la calle se abría hacia un pequeño vestíbulo en donde estaban los medidores de consumo de luz y de gas del edificio. Se subía por una escalera de madera flanqueada por dos pasamanos endebles, se pasaba por el primer piso y después una escalera más estrecha llevaba a la puerta del segundo piso que tenía un panel de vidrio opaco. Por un corredor se llegaba al comedor, después al baño y a la cocina, que los huéspedes podían usar en horarios predeterminados. Las paredes del baño y de la cocina estaban en mal estado y necesitaban una enyesada y una mano de pintura, pero doña Adriana decía que no tenía dinero para eso. Además, al fondo había una pequeña área abierta, en donde los inquilinos asoleaban la ropa sobre láminas de zinc corrugadas. Allí, Tânia se asoleaba entre las ocho y las nueve de la mañana. Antes de ir a la Biblioteca iba a espiar a Tânia en la terraza. Ella se asoleaba con los ojos cerrados. Espiarla así, furtivamente, me parecía una cosa indigna.

Ahora, sentado aquí en la banca de la estación de camiones, me quedo imaginando cuándo fue que las cosas comenzaron a salir mal. Creo que fue el día en que Tânia, recostada tomando sol, abrió los ojos, me vio, y se sentó en la estera. La escena fue así:
Estoy buscando...
¿Buscando qué?
Mi libro.
¿Qué libro? Qué tonto eres. ¿Crees que no sé que todos los días me vienes a espiar aquí en la terraza cuando estoy tomando mi baño medicinal de sol? Te veo a través de las pestañas, parado como un tonto, mirándome.
Me tengo que ir.
La Biblioteca no va a cerrar. Hoy vamos a comer juntos, te voy a hacer una comida sabrosa y saludable. Te llamo cuando esté lista. Vete a tu cuarto a leer.
Tânia se volvió a recostar en la estera. Sus pestañas eran largas y espesas. La boca estaba pintada con lápiz labial rojo.
Me acuerdo de todas las escenas, la conversación, el movimiento de las personas. Me quedé en mi cuarto, con un libro en la mano. Finalmente, Tânia tocó a la puerta.
Tardé porque la cocina estaba ocupada. Doña Adriana estaba friendo costillas de puerco, después no saben por qué estiran la pata de un infarto al miocardio. Vamos a comer a mi cuarto. Anda, entra, ¿tienes miedo? No te voy a morder. Deja que encienda la vela, siempre enciendo una vela para comer, aprendí eso de un bailarín alemán que bailó conmigo el pas de deux de la Bella Durmiente. Tengo velas de todos colores.

Su cuarto era grande, debía ser el mayor de toda la casa. Además de la mesa redonda con dos sillas, tenía una cama ancha, un armario, un perchero, un tocador, una cómoda y un pequeño sofá. Tânia estaba vestida con una falda muy corta y los zapatos altos hacían que sus piernas se vieran aún más largas. ¿No está bonito este plato? Combino los colores, la zanahoria roja, digamos roja, sé que la zanahoria es color zanahoria, el verde vibrante de la lechuga, el verde pálido del pepino, el morado oscuro de la berenjena, el amarillo de la calabaza y el blanco del frijol soya, ¿todo eso no forma un conjunto armonioso? Me dio un beso rápido en el rostro. Ahora vamos a comer, si es bueno ver esto es mejor comerlo.
Fue la primera vez que sentí nostalgia de mi sándwich de mortadela, pero me comí todo como ella ordenaba, lo más difícil fue la soya.
Acuérdate, la zanahoria tiene que comerse entera, le das apenas una lavada, una tallada con un cepillo y después te la comes agarrándola con la mano, así. Y Tânia le dio mordidas ruidosas a la zanahoria. Y yo le di mordidas ruidosas a la zanahoria.
¿No te sientes ligero? Se sentó en el sofá. Sus muslos musculosos aparecían enteros.
Estuvo delicioso, respondí.
Podrías comer siempre conmigo en vez de comer porquerías en la calle. Detesto comer sola y Cardoso nunca come en casa.
Estuvo delicioso, repetí.

Y después de la comida siempre descanso un poco. Me acuesto pero no me duermo, sólo cierro los ojos, los ojos se gastan ¿sabías? Tenemos que cuidarnos los ojos. Me acuesto en la cama y cierro los ojos.
Se recostó con los ojos cerrados. ¿Qué preferirías? ¿Quedarte ciego o sordo?, preguntó con los ojos cerrados.
Quedarme sordo. Tengo que irme.
¿Qué vas a hacer? Abrió los ojos.
Tengo una cita en la Biblioteca.
¿Alguna muchacha?
No. No.
¿De veras tienes que irte?
¿Si me tengo que ir? Sí, voy con un amigo que me dijo que me va a conseguir un empleo.
Volvió a sentarse en el sofá. ¿Un empleo de qué? ¿Auxiliar de oficina? ¿Quién es ese amigo? Me dijiste que no tenías amigos.
Un conocido. De veras tengo que irme. Estuvo delicioso.
Me acuerdo cómo bajé apresurado y confuso por la Mem de Sá, sin saber lo que estaba sucediendo y haciéndome preguntas. ¿Si me acostara a su lado en la cama, cómo reaccionaría Tânia? ¿Era eso lo que Tânia quería? ¿Que nos acostáramos juntos en la cama? Ella era una mujer casada, si el marido llegara y nos viera, yo merecía que me matara. Después de algún tiempo en la Biblioteca se me pasó la angustia. Fui a la sección de iconografía a ver mapas, dibujos, pinturas.
Pasé todo el día y parte de la noche en la Biblioteca. Después me senté en una banca de la plaza Marechal Floriano, conté el dinero que tenía y vi que no alcanzaba para ir al cine. Tenía una cuenta de ahorros pero el dinero se me estaba acabando y tenía que ahorrar. La única cosa que podía hacer a esas horas sin tener que gastar dinero era quedarme mirando a la gente pasar.

Ahora estoy aquí en la banca de la estación de camiones, rodeado de otros viajeros atarantados cargando maletas y paquetes, nuevamente mirando a la gente que pasa y pensando en la vida. ¿Si no me hubiera ido a vivir a la casona de doña Adriana mi vida sería otra? Pero me fui a vivir allá porque quise y no me salí en el momento justo porque no quise. ¿Y me enamoré de Pia porque quise? No sé cómo responder a eso.
Aquel día me quedé hasta tarde en la plaza, mirando a la gente. Afortunadamente, cuando regresé a casa, en la sala de la tv sólo estaba doña Adriana y el licenciado Raimundo. Entré en mi cuartucho, me retaqué los oídos de algodón y me cubrí la cabeza con la sábana. Tardé mucho en dormirme.
Al día siguiente fui a ver a Tânia tomando su baño de sol. En la tragedia griega, los personajes también actúan así, sienten que están entrando en una vorágine y continúan actuando de la misma manera. Amaba a Pia e iba a espiar a Tânia cuando tomaba su baño de sol. Armando estaba sentado en la estera al lado de ella, de traje y corbata. Hablaban en voz baja como si estuvieran intercambiando secretos. Y también se reían y se tocaban con las manos en medio de las risas. En cierto momento, cuando Armando le decía algo aún más secreto, ya que su boca rozaba la oreja de Tânia, miró hacia los lados, seguramente para cerciorarse de que nadie presenciaba aquella escena, y me vio, y dijo en voz alta, vente pa’cá con los buenos.

Ya me voy, sólo vine para ver cómo está el tiempo.
Está haciendo buen tiempo, dijo Tânia, aquello es el sol.
Yo también ya me voy, dijo Armando.
Me alcanzó en el corredor.
¿Te sientes infeliz?
¿Tengo cara de sentirme infeliz?
Sí.
Mi cara es así.
Sacó del bolsillo una moneda de oro. ¿Ves esta moneda? Toma. Agárrala.
La tomé.
¿Sabes qué moneda es?
Leí: Georgius v D. G. Britt: Rex F. D. Ind: Imp. Del otro lado solamente la efigie de San Jorge a caballo empuñando una espada, en la cabeza un yelmo del cual se desprendía un tejido ondulante. Y el dragón, evidentemente.
Tengo dos. Se las robé a mi padre.
Bajó conmigo las escaleras. Sí, me sentía infeliz, pero no iba a contarle cosas íntimas. No cuento cosas íntimas, no tengo necesidad, yo me guardo mis cosas. Pero Armando, aquel día, hizo una gran escena, con un discurso largo. Oigo su voz impostada como si estuviera aquí a mi lado en la estación.
¿Vas a la Biblioteca? También voy para allá. Voy a contarte una cosa sobre esta moneda que nunca le conté a nadie.
Mientras caminábamos por la calle, expuso su enredo. Su padre, un profesor de portugués que se volvió pastor protestante, lo obligaba a leer la Biblia diariamente y a estudiar gramática. Esas exigencias lo hicieron huir de casa cuando era niño. Antes de huir le dijo a su madre que se estaba robando las libras que el padre tenía en el cajón. Ella lo perdonó. Las madres perdonan a los hijos, son los hijos los que no perdonan a las madres. No es que mi crimen fuera muy grave, continuó Armando, un sacerdote no debe tener libras esterlinas de oro escondidas entre sus libros sagrados, aunque haya sido antes profesor de gramática. Le escribí una carta pidiéndole perdón. Durante algún tiempo creyó que me volvería pastor y que lo sustituiría en su ministerio. Lo decepcioné por partida doble.

Pero mi padre también me decepcionó —prosiguió Armando—, además de tener las libras de oro escondidas, bebía sin que mi madre y su rebaño lo supieran. Se encerraba diariamente en un cuarto que no usábamos y que sería el cuarto de la sirvienta que no teníamos, diciendo que iba a meditar y a estudiar textos sagrados. Mi madre suponía que estaba estudiando la Biblia y yo suponía que estaba estudiando la Biblia y el rebaño suponía que estaba estudiando la Biblia, pero en realidad se estaba emborrachando. Se emborrachaba todos los días a partir de las cinco de la tarde y fingía que meditaba y estudiaba la Biblia hasta la madrugada, cuando se le pasaba la embriaguez. Cuando le conté a mi madre que me había robado las libras esterlinas, me dieron ganas de decirle que mi padre no leía la Biblia diariamente, que solamente se escondía y se embriagaba, pero no le dije. Pobre. Tal vez los placeres deban ser gozados de esa manera secreta y para los hombres de Dios la hipocresía sea un imperativo. ¿Qué sé yo? De cualquier manera sus prédicas eran elocuentes y bien articuladas y dejaban a los fieles atentos y motivados. No puedo olvidar el lugar en donde esos fieles lo oían. La plaza pública. Mi padre ni siquiera tenía una iglesia para dar sus sermones, peroraba en esas plazas tristes y miserables de los suburbios, para un auditorio atento, es verdad, pero de apenas unos cuantos. En cierta ocasión lo acompañé. Llegó a la plaza, colocó en el suelo el pequeño altavoz que hacía que su bonita voz se volviera gangosa y aguda, y comenzó a hablar de Cristo, pecado y redención. Y ese día, apenas tres, tres personas, se quedaron hasta el final oyendo lo que mi padre tenía que decir, pero ni por un momento él perdió la elocuencia, y lo peor es que no creo que uno solo de aquellos tres pobres diablos se haya convertido, pues todos ya eran creyentes, mi padre había desperdiciado sus latinajos. Nunca le conté esto a nadie. Vamos a tomarnos un café.

Tomamos café.
¿Sabes por qué soy un fracaso?
¿Eres un fracaso?
Sí. Y tú también. En esa casa todos somos unos fracasados. Pero yo sé que soy un fracaso, podría ser profesor de la facultad, podría ser abogado —no de los de puerta de cárcel como Raimundo— pero ando vendiendo playeras con slogans imbéciles, soy un fracaso y me importa un pito. Tú eres un fracasado y sufres. ¿Qué piensas de Tânia?
Es simpática. Su marido es simpático. Todos son simpáticos en la casa.
Qué respuesta más falsa.
Gracias por el café, tengo que apurarme, estoy atrasado.
Espera, deja que pague.
Gracias. Tengo prisa.
No me gustaba aquel sujeto. No me gustaban las cosas que estaban pasando.

Caminé por las calles. Fui hasta la puerta de la Biblioteca pero no entré. Regresé a la casa. Tânia se despedía de su marido en el corredor. A fin de cuentas, ¿qué me atraía de ella? Cuando vi a Tânia por primera vez, estaba sentada en un sillón viendo televisión. En realidad, me fijé principalmente en sus rodillas. Traía una falda ancha de tela fina y, absorta, se metió la mano entre las piernas. Me acuerdo de la escena: el cuerpo de ella inclinado hacia adelante, las manos metidas entre las rodillas, en un movimiento que parecía de espontáneo abandono, pero que era estudiado, ahora lo sé, formaba parte del acto que representaba. Me atrajeron las articulaciones de un par de piernas. Además de tener mala suerte, yo era un testigo inepto.
El señor Cardoso, su marido, cargaba una maleta enorme de muestras y otra menor de ropa. Iba a salir de viaje. Tânia le dio un beso y le dijo, pórtate bien, eh.
Tomé una de las maletas. Déjeme que le ayude. Me sentía en deuda con el señor Cardoso por desear las rodillas de su mujer.
Bajé las escaleras cargando la maleta.
Muchas gracias, dijo el señor Cardoso cuando llegamos a la calle, eres la persona más educada de esta casa. Voy a tomar un taxi a la estación.
Esperé a que llegara el taxi. Cuando regresé, Tânia estaba de pie en el corredor con dos zanahorias crudas en la mano.
¿Quieres una zanahoria?
No, gracias.
Le dio una mordida ruidosa a la zanahoria. Hoy por la noche va a haber una fiesta en el Club de los Democráticos. ¿Quieres ir conmigo? Necesitas ver gente, leer mucho hace daño. ¿Has ido a un baile? Otra mordida.

¿Un baile? Sí, ya he ido a un baile.
Nada qué, no me engañas. Ya decidí. A las once.
Me quedé acostado en mi cuarto. Algo grave me estaba pasando.
Tânia tocó la puerta. Se había pintado el cabello de rojo.
¿Qué tal?
¿Qué cosa?
Mi cabello.
Le respondí que su cabello estaba bien, pero no pude mirar su cabeza por mucho tiempo.
No quiero que digas que está bien. Di que está bonito.
Está bonito.
¿Estoy bonita?
Sí, usted está bonita.
De vez en cuando me gusta ser pelirroja. Siempre que mi marido sale de viaje me pinto el cabello. Me pinté las uñas de las manos y de los pies. Me siento bien cuando me arreglo las uñas de los pies. Las uñas de las manos también, aunque menos.
Se quitó un zapato. Exhibió un pie de dedos retorcidos llenos de juanetes raspados. ¿No es lindo?
Desvié los ojos. Sí.
Sujetando los zapatos en la mano, dio algunos pasos de danza.
El Club de los Democráticos estaba cerca de nuestra casa, bastaba caminar un poco por la Gomes Freire para llegar a la calle Riachuelo. El baile estaba lleno de gente retozando en el salón. Aún faltaba mucho para el Carnaval pero aquél era un club carnavalesco y las personas retozaban y cantaban, principalmente las mujeres. Nunca había ido a un baile en mi vida. Me dieron lástima las mujeres, sudadas, saltando y contoneándose y gritando. Los hombres me causaron un poco de desprecio.

¿Por qué esa cara?
Todo esto me parece un poco vulgar.
Si es vulgar para ti que eras auxiliar de oficina en una refaccionaria, imagínate lo que es para mí que fui primera bailarina del Municipal y bailé El lago de los cisnes para el príncipe de Gales cuando vino a Brasil. ¿Ya te conté del día en que bailé con el príncipe de Gales?
Creo que sí.
Fue emocionante.
Me abrazó y me encajó los pechos.
Vamos a bailar.
No sé.
No necesitas saber. Sólo tienes que brincar.
No me sé las canciones.
Me apretó con más fuerza, me metió entre las piernas uno de sus muslos.
Ya deja de hacerte el raro.
Me zafé del abrazo. Estaba perturbado, no sabía bien lo que sentía por ella.
Entonces vamos a beber cerveza.
No bebo.
Lo mismo da cerveza que agua.
Ya me quiero ir. Usted quédese. Si quiere, paso por usted más tarde. Sólo dígame la hora.

No es necesario. Bobo. Y ya deja de hablarme de usted.
Tânia hizo una pirueta torpe de bailarina clásica y se lanzó salón adentro cantando y retozando.
No me acuerdo de nada más del baile. Me acuerdo de una escena, después del baile, que aparentemente no tiene la menor importancia para lo que estoy contando: llegué a casa y encontré a Nadja, la muchacha que vivía en el primer piso, despidiéndose de unos amigos. Me dijo que su padre había comprado un apartamento en el barrio de Fátima y que iban a mudarse en los próximos días; las obras en el nuevo apartamento —arreglos en la cocina y en el baño— ya estaban casi terminadas. El barrio de Fátima formaba parte de las inmediaciones pero era considerado una zona mejor, pues tenía algunos edificios de apartamentos nuevos.
Subí el último tramo de las escaleras. Doña Adriana y el licenciado Raimundo veían la televisión. Esa telenovela es una porquería, voy a tomarme mi pastilla y me voy a acostar, oí que decía doña Adriana cuando entré en mi cuarto. Se tomaba un barbitúrico todas las noches y se levantaba tarde. En cuanto al ruido, las telenovelas eran mejores que los programas de auditorio. Éstos molestaban mucho más con los gritos a coro, pues en las telenovelas las personas gritaban solas o, cuando mucho, se gritaban unas a otras. Me quedé mirando el cuadro que tenía un paisaje y que estaba colgado en la pared. Una reproducción vieja, fea, que mostraba un barco en la arena que tenía al lado un sujeto disfrazado de pescador. Yo odiaba cualquier paisaje, mar, montaña, bosque. Decían que a los mineiros[3] los atraía Río de Janeiro por causa del mar, pero yo llevaba en la ciudad bastante tiempo y aún no había ido a ver el mar ni pretendía hacer de eso una ocasión especial. Necesitaba conseguir otra cosa para ponerla en la pared. Por los ruidos de la sala, en la televisión debería estar pasando una película.

Al día siguiente, cuando entraba al baño, me topé con Tânia que acababa de asolearse.
¿Qué me ves? ¿Te parezco bonita? Dormí solamente dos horas esta noche.
Sí.
¿Qué se te hace más bonito? ¿Mi rostro o mi cuerpo?
Los dos.
Soltó una carcajada y se puso la mano en el pecho. Ni por un instante le pasó por la cabeza la idea de que sólo le estaba diciendo lo que ella quería oír. Con sus cabellos rojos y erizados parecía una mujer de caricatura conectada a un cable de alta tensión. También me fijé —con la misma fría falta de delicadeza que antes me hiciera examinarle los juanetes de los dedos—, ahora con una vergonzosa curiosidad malsana, en las bolsas debajo de sus ojos. Intenté no ver los cabellos electrónicos pero no lo logré. Me atraían cruelmente. ¿Qué era verdadero en Tânia? ¿Sus senos puntiagudos?
Mis cualidades como observador perspicaz cesaron cuando tenía siete años. Toda mi capacidad de ordenar y registrar el mundo se acabó después de los siete primeros años de mi vida, antes de que me mudara de la casa blanca en lo alto de la colina. Después de que me mudé de la casa blanca y crecí y vine a mi exilio, en todo ese tiempo sólo reuní recuerdos desechables, sin significado, imposibles de revivir. Lo que emergía del pozo profundo de mi mente era una reminiscencia que yo sabía que era la frase de un libro que leí con menos de siete años. Botines de botón.

Al salir del baño, cuya puerta estaba frente a la cocina —yo no tenía una bata de colores como la de Armando, ni siquiera una color ceniza como la del licenciado Raimundo, y estaba acostumbrado a vestirme rápidamente dentro del baño pues no quería ocuparlo durante mucho tiempo, era el único que había en la casa; el otro baño que era el que usaba la sirvienta en los tiempos en que doña Adriana tenía sirvienta, había sufrido un desperfecto en las tuberías y se había transformado en depósito de cachivaches—, vi a Tânia sentada frente a una taza de café. Lloraba. Me quedé impresionado. Nunca pensé que fuera capaz de llorar. Me sentí un poco culpable, no sé bien por qué. No me vio pasar rumbo a mi cuarto, reclinada sobre la taza, la cabeza apoyada en las dos manos.
Entré en el cuarto, dejé la toalla extendida sobre la cama para que se secara, tomé los papeles con las cosas que estaba escribiendo. En la sala me di un tropezón con Pia, los papeles se me cayeron de la mano y ella se inclinó para ayudarme a recogerlos. Mi olfato era muy sensible, pero no logré sentir ningún olor que se estuviera desprendiendo de Pia, su cuerpo parecía ser totalmente inodoro.
¿Escribes?, dijo ella, notando que los papeles estaban cubiertos por mis garabatos.

Sí. Cosas. Poemas.
¿Vas a ganar algún dinero con eso?
No. El dinero no es lo que importa.
Me gustaría pensar así. Pero es muy infantil creer que el dinero no es importante. Si supiera escribir, escribiría una telenovela.
Odio la televisión.
A mí tampoco me gusta, pero no la odio. Cuando un programa es malo, lo dejo de ver.
Pia me dio los papeles, que nuevamente se me escaparon de la mano. Me incliné a recogerlos y vi cómo la niña se alejaba, sin hacer ruido, parecía que no tenía ningún peso. Sólo miré sus pies. Las cosas se enredaban a mi alrededor como una maraña de plantas carnívoras, pero yo aún no sabía nada de eso.
En la biblioteca me quedé muchísimo tiempo buscando un libro. Como había tantos para escoger, a veces dudaba. Investigué en la computadora, viendo lo que había disponible como si fuera el menú de un restaurante. Leer era mejor que comer. Leer era mejor que caminar. Leer era mejor que crear sueños inconscientes, leer era crear sueños conscientes. Ser sordo era mejor que ser ciego. ¿Ser ciego era mejor que ser paralítico? Le enseñé a un muchacho del curso nocturno a buscar un libro que le habían mandado investigar del colegio, él no entendía los comandos de la computadora. Me gustaba ayudar a las personas, me gustaba manejar la computadora, si tuviera dinero, me compraría una computadora. Cuánto me gustaría trabajar en la Biblioteca, sería el hombre más feliz del mundo si pudiera trabajar ahí.

Entonces oí aquella conversación grotesca entre Tânia y Armando. Estaba acostado en mi cuarto y por algún motivo extraño la televisión no estaba prendida. Solamente estaban los dos en la sala.
Yo hacía unas playeras con el letrero Fuck you. Gané muchísima lana.
Carcajada de Tânia. ¿Quién usaba esas playeras?
Tosí alto, carraspeé, para advertirles de mi presencia en el cuartucho.
Estudiantes, empleados bancarios jóvenes que quieren estar a la moda, mensajeros, negros funkys, empleados de tiendas, sujetos que mandan a los otros a que se jodan sin darse cuenta que quienes están jodidos son ellos. Pero últimamente he usado mensajes más sutiles, más comprometidos. Por ejemplo: Viva la mariconería: los maricones no tienen hijos.
Algunos sí tienen.
Carcajadas, carcajadas.
¿Cuál es el mensaje de ésta?
Es moderno. Es el que más vende ahora.
Quedarme oyendo como un espía el diálogo indecente de los dos me incomodó. Abrí la puerta.
¿Estabas ahí? ¿Oíste lo que dijimos?
Ah..., no.
Qué bueno, ¿no Armando? Se iba a impresionar.
Entré a mi cuarto.
Oí que Tânia decía: Este muchacho es muy raro.
Nuevas voces. Doña Adriana y el licenciado Raimundo habían entrado en la sala. ¿Pia también? No se oía su voz, aunque Pia siempre estaba callada. Tânia: ¿Ya les conté la historia del bailarín? Ese bailarín me preguntó un día si yo sabía por qué todos los hombres se enamoran de las sirenas. ¿Saben por qué?

Porque las sirenas cantan bonito, la voz de doña Adriana.
Porque las sirenas son entes mágicos, el abogado.
Para no oír lo que decían me acosté con las palmas de las manos bien apretadas sobre los oídos. Reuní fuerzas para quedarme un buen rato en esa posición, viendo en la pared el maldito paisaje con el barco y el pescador. Los hombres se enamoran de las sirenas porque no tienen vagina, son aseadas e impenetrables, y así podemos tener con ellas un vínculo inmaculado. Pureza, limpieza, invulnerabilidad, ése es el secreto de las sirenas.
Aquella noche soñé con Pia. Los colegas del colegio la molestaban a causa de su nombre. Cantaban a coro, en el recreo, una música con estas palabras: debajo de la pila hay un pollito / gotea la pila, pía el pollito / pía el pollito / gotea la pila.[4] Ella no tenía ninguna amiga, en mi sueño.
Al despertar decidí retirar el cuadro del pescador de la pared. Nada me obligaba a quedarme mirando esa cosa. En realidad, estaba entrando más profundamente en el vórtice de mi infortunio al quitar el cuadro de la pared. A partir de aquel instante, no había ninguna manera de escapar a mi desgracia.
Al quitar el cuadro descubrí un pequeño agujero en la pared. Mirando por el agujero, vi la tina con la regadera y una parte de la tasa del escusado. Pensé en avisarle a doña Adriana inmediatamente. Tomé el cuadro del pescador, abrí la puerta del cuarto y vi a Pia pasando por la sala, envuelta en su bata de toalla azul. Su cuerpo bajo la tela se movía como un animal encerrado dentro de un costal. Regresé inmediatamente a mi cuarto. Me senté en la cama. Después me levanté y miré por el agujero en la pared. Pia se bañaba, el agua escurría por las puntas rosadas de sus pequeños senos, los cabellos mojados se pegaban a su cabeza como una gorra, el chorro de la regadera sobre su rostro hacía que sus labios parecieran más azules.

Me quedé toda la noche despierto pensando en el cuerpo de Pia. ¿Cómo era posible tener los labios violetas y las areolas de los pechos color de rosa? Yo amaba a aquella niña. Al día siguiente no me fui a leer a la Biblioteca, no salí del cuarto, permanecí alerta esperando que ella apareciera. Eran las seis de la tarde cuando la vi entrar en el baño, en bata, con la jabonera y la toalla. Miré por el agujero. Se quitó la bata y se sentó en el escusado. Cerré los ojos, esperé, esperé un tiempo enorme antes de mirar nuevamente. Pia ya estaba de pie, dentro de la tina, la llave abierta. Pude ver mejor la forma de sus pechos, las aureolas rosadas diminutas como chícharos. Colocó el pie sobre el borde de la tina para enjabonarse la pierna y la entrada del abismo se reveló, cubierta por negros pelos, que ella enjabonó apresuradamente. Después se metió los dedos con jabón entre las dos nalgas. Se lavaba las axilas cuando me alejé de mi puesto de observación.
Me senté en la cama. Estaba mal, actuaba de manera torpe, espiaba a la mujer que amaba. Coloqué el cuadro de nuevo en la pared.

Durante dos días resistí. Regresaba de la Biblioteca antes de las cinco de la tarde, la hora en que Pia se bañaba, miraba el cuadro en la pared pero no lo tocaba.
Pero el tercer día vi a Pia dirigiéndose al baño, vestida con su bata. Corrí a mi cuarto, quité el cuadro de la pared y miré. Pia se sentó en el escusado y se examinaba las uñas apaciblemente. Nunca la había visto tan tranquila. Tomó el papel higiénico y yo aparté los ojos del agujero.
Cuatro días sin mirar por el agujero en la pared, pero siempre regresando antes de las cinco de la Biblioteca. Cuando el reloj se acercaba a las cinco de la tarde, tomaba un papel en blanco y escribía furiosamente. Pero aquel día miré por el agujero y allí estaba Pia. No aparté los ojos. Observé a Pia limpiándose con el papel higiénico, contemplé su cuerpo mojándose, el jabón pasando por el cuerpo, ella secándose con la toalla. Tomé nuevamente el cuaderno de poesía y escribí, escribí sobre el cuerpo de Pia. Me preguntaba a mí mismo qué parte del cuerpo de Pia me atraía más. ¿Los senos erguidos de pezones rosados? ¿La barriga con su leve ondulación, el ombligo pequeño y raso? ¿Los muslos redondos y musculosos? ¿Las nalgas altas, firmes, los hemisferios separados aunque formando parte de la misma sólida entidad? ¿El rostro, el mentón, la boca llena de dientes blancos y perfectos, los labios azules, los ojos negros, los cabellos negros?
Al día siguiente constaté cuál parte del cuerpo de Pia me atraía más. Al espiarla mientras se bañaba, al mirar atentamente cada parte de su cuerpo —ahora las nalgas, qué palabra horrible ésa, pensé, mi cuerpo ardía, ahora el rostro, ahora los senos, me masturbaba, ahora la barriga, el pubis, los muslos, las nalgas, me sorprendía con tantos músculos en su cuerpo, y miraba el rostro, el rostro— era el rostro, el rostro de Pia lo que más me excitaba. Mi cuerpo se estremeció y di un gemido fuerte, me aparté de la pared, sobresaltado, me senté en la cama. Vi la pared manchada con mi semen, me sentí sucio. Me limpié, y limpié la pared, con un pañuelo.

Pasé aquella noche despierto. Al día siguiente tocaron en el cancel. Tânia. Vete, le dije. Susurró, debía estar con la boca pegada a la madera, sé lo que estás haciendo encerrado ahí dentro.
Abrí la puerta.
Estamos solos, salieron todos, dijo Tânia cuando abrí la puerta.
Por favor, dije.
¿Sabes quién vivió en este lugar antes que tú? Armando. Me contó que hizo un agujero en la pared para verme mientras me bañaba. Sinvergüenza.
Por favor...
Y ahora tú haces lo mismo. No le cuento nada a nadie si vienes a mi cuarto. Puedes venir, Cardoso está de viaje.
Fui a su cuarto. Tânia cerró la puerta.
No necesitas mirar por el agujero para verme desnuda.
Tânia se quitó el vestido. ¿Quieres que me quite todo?
Completamente desnuda, me abrazó. Sentí su pecho contra el mío.
¿Estás nervioso? Cuando me ves por el agujero no te quedas así, desanimado, ¿o sí? Anda, quiero ver eso duro.

¿No le dices nada a nadie sobre el agujero en la pared?
Depende de ti. Anda, quítate esa ropa, me viste desnuda y me estás viendo desnuda, tengo los mismos derechos.
Vístete, le pedí, hago lo que quieras, si te pones el vestido.
Estás loco.
Quería ver solamente sus rodillas, no quería ver su cuerpo desnudo.
Tânia se puso el vestido.
Siéntate y déjame ver tus rodillas.
¿Eres un degenerado?
Me gustan tus rodillas.
Tânia se sentó en la cama. ¿Así está bien? Ahora quédate cerca de mí, deja que vea el efecto de mis rodillas. Abrió la bragueta de mi pantalón. ¿Qué es eso? ¿A tu edad?
Estoy nervioso.
Yo voy a acabar rápidamente con tu nerviosismo, dijo Tânia, sobándome el pene. Pensé en Pia. Pensé en el rostro de Pia.
Ven. Acuéstate aquí conmigo, déjame que yo lo hago todo.
Ella hizo todo, mientras que yo, con los ojos cerrados, pensaba en Pia.
La segunda vez va a ser mejor, cuando nos acostumbremos uno al otro. No le digas nada a Armando. La próxima vez los dos nos vamos a quitar la ropa, ¿de acuerdo?
Mi vida se estaba complicando vertiginosamente. ¿Hay algo peor que ir a la cama con una mujer por quien no se siente amor? ¿Hacer una cosa como esa no acarrea siempre el pago de un precio terrible? Me debía haber mudado de aquella casa pero, en vez de eso, me enredaba aún más. Sentía, nebulosamente, que mi fornicación con Tânia era una viñeta funesta más, una rúbrica fatal en la trama que yo mismo tejía. Pero sólo constato eso ahora, aquí en la banca de la estación de camiones.

Un día al regresar a la casa encontré a Armando en la sala. No me dejó entrar en el cuarto.
Quiero hablar contigo, vamos a dar una vuelta.
Sólo abrió la boca cuando llegamos a los Arcos da Lapa. Habló en un tono paternal. Su manera de hablar siempre era prolija.
Mientras estés solamente mirando por el agujero, no me importa. A Tânia no le molesta, yo no me molesto. Pero esa mujer tiene dueño, ¿está claro? Quédate con tus puñetitas y no te metas con ella, ¿de acuerdo? Los católicos, yo soy católico, es decir, me volví católico para enfrentarme al evangelismo protestante de mi padre, y me gustó. Tú eres católico, Tânia es católica. Nosotros somos más tolerantes que los protestantes, por lo menos en Brasil, en donde aún somos mayoría. Pero tú te quedas solamente en las puñetitas, ¿de acuerdo?
No sé de qué me hablas.
Yo hice ese agujero en la pared, muchacho.
No sé de qué...
¿Conoces el episodio de Onán en la Biblia católica? La Biblia es un libro lleno de crímenes, torpezas, violencias, aberraciones, iniquidades, traiciones, ardides usados para engañar y obtener ventajas, prevaricaciones de todo tipo, y la historia de Onán, y en forma más amplia también la historia de Judá, su padre, está llena de tales acontecimientos execrables. El Señor, conforme la Biblia católica, el Señor ya había herido de muerte a Er, primogénito de Judá, pues Er era un pésimo hombre. Pero la Biblia protestante de mi padre, siendo más cruel, no decía que el Señor había herido de muerte a Er, sino que el Señor lo había matado. Volviendo a nuestra historia. Entonces Judá dijo a su segundo hijo, Onán: cásate con la mujer de tu hermano, y cohabita con ella, a fin de que le des hijos a tu hermano. Sin embargo, Onán impedía que la mujer concibiera, pues sabía que los hijos que nacieran de ese matrimonio no serían suyos, sino que llevarían el nombre de su hermano. Para castigarlo por su comportamiento, el Señor mató a Onán. En la Biblia de mi padre, el pastor gramático, el Señor no es eufemístico, mata. Onán fue herido de muerte porque hacía una cosa detestable. Sabes lo que hacía, ¿no?

No, no sé.
¿No sabes lo que es onanismo?
Sí.
Entonces. Onanismo es lo que hacía Onán. Lo mismo que haces al mirar a Tânia cuando se baña por el agujero en la pared. Bien, es posible que aquello que Onán practicaba no fuera la masturbación sino el coitus interruptus, la Biblia habla de impedir que la mujer concibiera... En fin, Onán no engendraba hijos y, en nuestra religión, si uno se viene, tiene que haber hijos.
Entramos en un bar.
¿Por qué me estás diciendo todo esto?, pregunté.
Judá era un pillo. La Biblia tiene varios Judás, éste es hijo de Jacob y de Lía. Fundador de una de las tribus de Israel. Todo fundador es un pillo en busca de gloria e inmortalidad. Deberías leer la Biblia.

¿Por qué me estás diciendo todo esto?
Porque yo sé que eres un buen muchacho. Y quiero mostrarte que no soy tonto, crees que todo mundo en la pensión es imbécil, menos tú porque frecuentas la Biblioteca. Es verdad, todos son imbéciles, unos más y otros menos. Todos menos yo.
Pia no es imbécil.
Nadie aprende nada en los libros. Aprende en las esquinas de las calles, y hace falta una esquina para ti. En resumen: además de más sabio, soy más fuerte y más malo que tú.
¿Me estás amenazando?
No ves la telenovela, pero ésa es una pregunta de telenovela. Así que ahí te va una respuesta de telenovela: yo no amenazo, yo comunico lo que voy a hacer. Voy a romperte los dientes si te le acercas a Tânia.
Y eso no es un eufemismo, muchacho.
Fui a la Biblioteca. Con los libros sobre la mesa logré pensar con más lucidez. No me asustaban las amenazas de Armando. Pero, de cualquier forma, no estaba dispuesto a sufrir riesgos por causa de Tânia. No sería difícil evitarla. Conocía sus horarios. Cuando Cardoso estaba en casa, Tânia se quedaba viendo televisión con él. Cuando el marido salía de viaje, salía todas las noches, probablemente con Armando. Fue eso lo que pensé y planeé, en vez de aprovechar aquel chance y preparar mi salida de la escena. Gran astucia.
Cuando llegué a casa, Tânia ya había salido. Doña Adriana, Pia y el licenciado Raimundo estaban viendo televisión en la sala.
Van a pasar una buena película dentro de poco, ¿no quieres verla?, dijo Pia.

Dentro del vestido, su cuerpo, en reposo, tenía el mismo latir que cuando estaba dentro de la bata.
¿Va a durar mucho?
Dos horas o menos.
Me senté un poco atrás de ella, de manera que pudiera observarla, mientras fingía ver la película. La veía de perfil, detenidamente, por primera vez. Se había recogido el cabello descuidadamente en un chongo y un mechón negro se desprendía y bajaba por su cuello muy blanco. No sabía su edad. ¿Dieciséis años? ¿Estaba espiando a una niña de dieciséis años? Sabía que mi conducta, en todos aquellos actos, era despreciable, pero continuaba mirándola furtivamente, como un ratón. Ya había visto aquel perfil antes y creía, hasta entonces, que una mujer de verdad, con aquel perfil, no podía existir.
En cuanto la película acabó, decidí irme a mi cuarto. Tânia podía llegar en cualquier momento y no quería encontrarme con ella. Doña Adriana le pidió a Pia que fuera a buscar un vaso de agua para tomarse el barbitúrico. Si no me tomo mi píldora, no duermo, dijo ella. Seguí a Pia hasta la cocina.
Estaba mirando tu perfil, es igual al de otra mujer que conocí.
¿De veras? ¿Quién es?
No es una mujer de verdad.
¿Cómo?
Está en un camafeo de ónix blanco y negro de mi madre.
¿Camafeo? ¿Camafeo no es una mujer fea?
Esa mujer era muy bonita. Mi madre nunca usaba el camafeo y yo tenía que sacarlo de su caja de joyas. Creía que no podía existir una mujer tan bonita en el mundo.

Pia oyó eso y no dijo nada. Me sentí ridículo. Me fui a mi cuarto. Ridículo, abyecto, imbécil, infame, vil. Yo era todo eso. Había perdido a Pia para siempre con la historia cretina del camafeo, antes de conquistarla.
Apagaron la televisión. Apagaron la luz de la sala. No tenía sueño y me preparé para quedarme la noche entera despierto. Me asusté cuando tocaron levemente en el cancel.
¿Estás despierto?
Era Tânia. No respondí. La luz de la sala se encendió e iluminó mi cubículo.
¿Por qué no me respondes?, susurró Tânia. Se había subido en una silla y me miraba por encima del cancel. Abre la puerta.
Abrí la puerta.
Entró. Te extraño, hoy vamos a quedarnos desnudos, dijo, mientras se quitaba la ropa.
¿Estás loca?
Quítate la ropa, si no, grito.
Armando...
Está borracho. Siempre se emborracha, es un alcohólico, ¿sabías? En este momento está beodo en la cama, vestido, con zapatos y todo, roncando.
Ella misma me arrancó la ropa, una trusa y una camiseta, así era como dormía, nunca tuve pijama. Después, se metió conmigo en la cama. Tânia tenía razón. La segunda vez fue mejor que la primera. Ridículo, abyecto, imbécil, infame, vil.
Ahora vete, murmuré.
Déjame quedarme abrazadita contigo un poco más.
No.

No te preocupes por Armando. Vamos a hacerlo otra vez.
Lo hicimos de nuevo.
Déjame quedarme aquí un poco.
No. Vete.
Mañana a la misma hora, murmuró, antes de irse.
Cada vez me hundía más en aquel pantano en el que se había transformado mi vida. Lo peor es que me estaba gustando ser un libertino. Debía estar compungido por lo que había hecho pero, apenas sentí sueño, me dormí.
La noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente, Tânia fue a mi cubículo. Fornicábamos en silencio, aguantando la respiración.
Entonces sucedió. Es siempre así, en las tragedias, el mundo se desmorona de repente.
Llegué de la Biblioteca y estaban todos reunidos en la sala, con excepción del señor Cardoso, que aún no había regresado de viaje.
Llegó el joven canalla, dijo Armando. Y me dio un golpe en la boca, tirándome al suelo.
Pia sujetó a Armando, que después del golpe me dio un puntapié. Ya déjalo, gritó.
Nunca pensé que fuera tan sucio, dijo doña Adriana.
No sé de qué se trata, todo esto es un equívoco...
Sí sabe. El agujero en la pared. Entré en su cuarto y vi el agujero que usted hizo en la pared. Esa indecencia, en mi casa. ¿Sabe cuántos años tiene Pia? Aún no cumple los diecisiete años. Recoja sus cosas y váyase.
Tânia no decía una sola palabra. El licenciado Raimundo no decía una sola palabra.

Entré en el cuarto, hice mi maleta. No tuve valor para mirar a nadie. Discúlpame, dije, cuando pasé cerca de Pia. Estaba muerto de vergüenza.
Vete, chamaco asqueroso, aunque todavía te voy a buscar para acabar el servicio, dijo Armando.
Tomé el autobús para la estación. Era el único lugar en donde podía refugiarse un desharrapado con una maleta. Encontré una banca en donde me senté y me quedé hasta la mañana, pensando. Armando, como había prometido, me rompió los dientes, no todos, pero sí uno de ellos, un incisivo, y yo me pasaba la lengua sobre el diente roto mientras pensaba. Armando debió haber sabido de mis citas con Tânia y me denunció con doña Adriana, que nunca entraba en mi cuarto y si entraba no veía el agujero en la pared, veía el cuadro.
Guardé la maleta en el almacén de la estación. Inconscientemente me dirigí hacia la Biblioteca. No conseguí ninguno de los libros que pedí, estaban todos en mal estado, dijo el que atendía. Una mala señal.
Al salir de la Biblioteca, me llevé una sorpresa que me dejó paralizado. Pia subía las escaleras. Venía a buscarme.
Me imaginé que estarías por aquí. Necesito hablar contigo. ¿Me dirías la verdad si te hiciera una pregunta?
Sí.
¿A final de cuentas a quién espiabas por el agujero en la pared?
¿Cómo?
Oí una discusión entre Armando y Tânia en la que él le decía que tú la espiabas cuando se bañaba. Armando también decía que tuviste intimidades con Tânia. ¿A quién espiabas?

A ti. Aun sabiendo que lo que hice es imperdonable, pido perdón. Te amo.
¿Te acostaste con esa mujer?
No... No me acosté.
¿Por qué te tardaste en responder?
No me tardé en responder.
Sí, sí te tardaste.
No me acosté con Tânia.
Su nombre verdadero no es Tânia, es Deoclides. Y nunca fue bailarina del Municipal. ¿Por qué no reaccionaste cuando te pegó Armando?
Tenía mucha vergüenza. Gracias por defenderme aquél día.
¿En dónde estás viviendo?
Todavía estoy buscando un lugar.
¿Para dónde vas ahora?
Iba a caminar un poco.
¿Quieres ir al cine?
¿No estás enojada conmigo?
Si estuviera enojada, ¿te invitaría al cine?
Fuimos al cine. Nos sentamos rígidos, ni siquiera nuestros codos se tocaban.
¿Por qué no dijiste que me amabas?
No sé.
Yo también te amo.
Entonces sentí la mano de Pia acariciando la parte más secreta de mi cuerpo. Eso me sorprendió más que el pedido que me hizo en seguida.
Soy virgen y quiero perder mi virginidad contigo. Pero tendrás que hacer una cosa por mí.

Claro.
¿Cualquier cosa?
Lo que sea.
Jura que vas a hacer lo que te voy a pedir.
Sí, lo juro.
Y que no me vas a hacer preguntas.
No, no te voy a hacer preguntas, lo juro.
Quiero que mates a mi madre.
Miré en la penumbra del cine su perfil de camafeo.
Esta llave es de la casa de Nadja, en el piso de abajo. Se mudaron y la casa está vacía. Nos vemos allá esta noche.
Pia se levantó y se fue.
Esperé a que la noche llegara, imaginándome la manera de matar a doña Adriana. Después me fui a la calle de Resende. De lejos observé la casa. Lo que tenía que hacerse, tenía que hacerse. Las escaleras crujieron cuando subí de puntitas, temeroso de que alguien me viera. Abrí con cuidado la puerta del primer piso. Entré en la casa vacía y me quedé de pie junto a la puerta entreabierta, en la oscuridad, sintiendo los latidos de mi corazón.
Oí sonidos de pasos ligeros y furtivos bajando las escaleras. Pia entró. Vamos al fondo, murmuró, tomándome de la mano. En medio de las tinieblas nos quitamos la ropa, cubrimos con ella el piso y nos acostamos. No tengas miedo, sé brutal, dijo ella.
No quiero contar los detalles. Nuestras ropas, que forraban el piso, se llenaron de sangre, sangre que consagraba nuestro amor, y era el sello de nuestro pacto.
Nos vestimos en silencio.

La píldora ya hizo efecto y ella está durmiendo. Tânia se fue de viaje con su marido y Armando llegó de la calle borracho. Voy a dejar la puerta abierta.
Pia me abrazó con fuerza y desapareció en lo oscuro, sin hacer ruido. No había mencionado al licenciado Raimundo. Pero si estuviera despierto, Pia me lo habría dicho.
Esperé, esperé. Subí las escaleras. Inmediatamente que entré, oí el sonido de la televisión. Caminé por el corredor sobre la punta de los pies hasta la sala. El licenciado Raimundo dormía, sentado en el sillón de la sala. Dejé la televisión encendida. Si la apagaba, se despertaría.
La puerta del cuarto de doña Adriana estaba abierta. En el cuarto había dos camas. En una de ellas, doña Adriana, con la luz de la lámpara prendida, dormía boca arriba, respirando por la boca. Desde la otra cama, Pia observaba mis movimientos, los ojos negros muy abiertos. Me acerqué a ella. Voltéate hacia la pared, le dije.
Con cuidado levanté la cabeza de doña Adriana, quité la almohada, la sujeté con las dos manos y la oprimí sobre su rostro. El cuerpo privado de aire fue sacudido por violentas convulsiones, ella intentaba librarse de la asfixia, se debatía con una energía inesperada en una vieja enferma, me hería los brazos con las uñas. Tuve que subirme a la cama y sentarme sobre su barriga para poder dominarla. Pasó mucho tiempo antes de que doña Adriana dejara de luchar. Después, exhausto, me acosté sobre su cuerpo, siempre apretándole el rostro con la almohada.
Mojado en sudor, me aparté lentamente de encima del cadáver. Me hinqué al lado de la cama de Pia. ¿Estás bien?, susurré.

Estaba de espaldas y volteó el rostro hacia mí. El camafeo.
Estoy bien. Puedes irte. Te voy a buscar después en la Biblioteca, dijo, y se volteó de nuevo hacia la pared.
Ahora estoy aquí, en la banca de la estación de camiones. Pienso en Pia. No pienso en lo que va a suceder, pienso en lo que sucedió y sucedieron tantas cosas que parece que ya no va a suceder nada. Espero a que llegue la mañana para ir a la Biblioteca. Botines de botón.

Feliz Año Nuevo

Vi en la televisión que los grandes almacenes estaban anunciando como locos ropa cara para estrenar en las fiestas de Año Nuevo. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas sus existencias.
Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y conseguir cachaça, gallina y farofa[5] de los macumberos.
Pereba entró al baño y dijo, qué peste.
Ve a mear a otra parte, no hay agua.
Pereba salió a mear a la escalera.
¿Dónde te agenciaste la tele?, preguntó Pereba.
Pura madre que me la agencié. La compré. El recibo está allí encima. Ay, Pereba, ¿piensas que soy tan ignorante como para tener algo comprometedor en mi cuchitril?
Me estoy muriendo de hambre, dijo Pereba.
Por la mañana llenaremos la barriga con las ofrendas de los babalaôs[6] sólo por joder.

No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un bocado en una macumba aquí, en la Borges de Madeiros, y la pierna le quedó negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodido, caminando con muletas.
Pereba siempre fue supersticioso. Yo no. Tengo estudios, sé leer, escribir y hacer la raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me dé la gana.
Prendimos unos porros y nos quedamos viendo una telenovela. Mierda. Cambiamos de canal, pum bang-bang, otra mierda.
Todas las señoras están estrenando, van a recibir el año nuevo bailando con los brazos en alto, ¿has visto como bailan las blancuchas? Levantan los brazos, creo que para mostrar los sobacos, lo que realmente quieren es enseñar el coño pero no tienen los huevos suficientes y enseñan el sobaco. Todas le ponen el cuerno a los maridos. ¿Sabías que su vida es dar las nalgas por ahí?
Lástima que no nos las estén dando a nosotros, dijo Pereba. Hablaba despacio, cansado, enfermo.
Pereba, no tienes dientes, estás bizco, eres negro y pobre, ¿crees que las mujeres te las van a dar? Ay, Pereba, lo mejor que puedes hacer es hacerte una puñeta. Cierra los ojos y dale.
¡Yo quería ser rico, salir de la mierda en la que estaba metido! Tanto rico y yo jodido.
Zequinha entró a la sala, vio a Pereba haciéndose una puñeta y le preguntó ¿qué haces Pereba?

Se encogió, se encogió, así no se puede, dijo Pereba.
¿Por qué no fuiste al baño a jalártela?, dijo Zequinha.
El baño apesta, dijo Pereba. No hay agua.
¿Las mujeres de aquí del edificio ya no las dan?, preguntó Zequinha.
Le estaba rindiendo homenaje a una rubia guapa, con vestido de noche y llena de joyas.
Estaba desnuda, dijo Pereba.
Veo que están hechos una mierda, dijo Zequinha.
Se quiere comer los restos del Iemanjá, dijo Pereba.
Era broma, dije. Zequinha y yo habíamos asaltado un supermercado en Leblon, no era mucha lana, pero nos pasamos un tiempo en São Paulo, bebiendo y cogiendo, nos respetábamos.
A decir verdad yo tampoco ando de suerte, dijo Zequinha. La cosa está ruda. Esos hombres no bromean. ¿Viste lo que le hicieron al Buen Criollo? Dieciséis tiros en la cabeza. Pescaron a Vevé y lo estrangularon. ¡Al Minhoca, carajo! ¡El Minhoca! Crecimos juntos en Caxias, era tan miope que no afocaba de aquí hasta allá, y también era medio tartamudo —lo pescaron y lo arrojaron en el Guandu, todo reventado.
Al Tripé le fue peor. Le prendieron fuego. Lo achicharraron. Esos hombres no dan cuartel, dijo Pereba. Y pollo de macumba no como.
Pasado mañana van a ver.
¿Vamos a ver qué?, preguntó Zequinha.
Sólo estoy esperando a que llegue Lambreta de São Paulo.
¡Mierda! ¿estás en tratos con Lambreta?, dijo Zequinha.

Sus fierros están todos aquí.
¿Aquí?, dijo Zequinha. Estás loco.
Me reí.
¿Qué fierros tienes?, preguntó Zequinha.
Una Thompson, una carabina doce, de cañón corto, y dos Magnum.
¡Puta madre!, dijo Zequinha. ¿Y ustedes aquí sentados, jalándosela?
Esperando que amanezca para comernos la farofa de la macumba, dijo Pereba. Hubiera tenido éxito en la tele por su manera de hablar, la gente se moriría de risa.
Fumamos. Nos terminamos una botella de aguardiente.
¿Puedo ver el material?, dijo Zequinha.
Bajamos por la escalera, el elevador no funcionaba, hasta el departamento de Dona Candinha. Tocamos. La vieja abrió la puerta.
Buenas noches, Dona Candinha, venimos a recoger el paquete.
¿Ya llegó Lambreta?, dijo la vieja negra.
Ya, dije, está arriba.
La vieja trajo el paquete, caminando con dificultad. Le pesaba demasiado. Cuídense, hijos, nos dijo.
Subimos por la escalera y volvimos a mi departamento. Abrí el paquete. Armé primero la Thompson y se la pasé a Zequinha. Recuerdo esta máquina, ¡tarratatatata!, dijo Zequinha.
Es vieja pero no falla, dije.
Zequinha cogió la Magnum. Una joya, dijo. Después cogió la Doce, se puso la culata al hombro y dijo: todavía le apunto a un tira en el pecho con esta belleza, muy de cerca, ya sabes cómo, para poner al puto de espaldas a la pared y dejarlo allí pegado.

Pusimos todo sobre la mesa y observamos. Fumamos otro poco.
¿Cuándo y para qué usarán el material?, dijo Zequinha.
El día 2. Vamos a reventar un banco en la Penha. Lambreta quiere meter el primer gol del año.
Es un tipo vanidoso, dijo Zequinha.
Es vanidoso pero vale. Ha trabajado en São Paulo, Curitiva, Florianópolis, Porto Alegre, Vitória, Niterói, sin contar Río. Más de treinta bancos.
Sí, pero dicen que da las nalgas, dijo Zequinha.
No sé si las da, ni tengo el valor para preguntarle. Nunca se ha descarado conmigo.
¿Lo has visto con alguna mujer?, dijo Zequinha.
No, nunca. Bueno, puede ser cierto, pero qué importa.
Los hombres no deben dar las nalgas. Menos un tipo importante como Lambreta, dijo Zequinha.
Un tipo importante hace lo que quiere, dije.
Es verdad, dijo Zequinha.
Nos quedamos callados, fumando.
Con los fierros en la mano y nada de nada, dijo Zequinha.
El material es de Lambreta. ¿Y dónde lo usaríamos a estas horas?
Zequinha jaló aire, fingiendo que tenía algo entre los dientes, creo que él también tenía hambre.
Estaba pensando en que asaltáramos una casa lujosa donde haya una fiesta. El mujerío está lleno de joyas y conozco a un tipo que compra todo lo que le llevo. Y los barbados tienen la cartera llena de billetes. ¿Sabes que tiene un anillo que vale cinco de los grandes y un collar de quince en esa covacha que conozco? Paga en el acto.

Se acabó el tabaco. También la cachaça. Comenzó a llover.
Al carajo tu farofa, dijo Pereba.
¿Qué casa? ¿Tienes alguna en mente?
No, pero está lleno de casas de ricos por ahí. Robamos un auto y salimos a buscarla.
Coloqué la Thompson en una bolsa de supermercado, junto con los cartuchos.
Le di una Magnum a Pereba, otra a Zequinha. Metí la carabina en el cinturón, con el cañón hacia abajo y me puse una gabardina. Cogí tres medias de mujer y unas tijeras. Vámonos, dije.
Robamos un Opala. Avanzamos hacia San Conrado. Pasamos varias casas que no nos interesaron, o estaban muy cerca de la calle o tenían demasiada gente. Hasta que encontramos el lugar perfecto. Tenía un jardín grande en la entrada y la casa estaba al fondo, aislada. Oíamos ruido de música de carnaval pero pocas voces cantando. Nos pusimos las medias en la cara. Corté con las tijeras los agujeros para los ojos. Entramos por la puerta principal.
Estaban bebiendo y bailando en un salón cuando nos vieron.
Esto es un asalto, grité muy fuerte, para ahogar el sonido del tocadiscos. Si se quedan quietos nadie saldrá lastimado. ¡Tú, apaga esa mierda de tocadiscos!
Pereba y Zequinha fueron a buscar a los sirvientes y llegaron con tres meseros y dos cocineras. Al suelo todo el mundo, dije.

Los conté. Eran veinticinco. Todos tumbados en silencio, quietos como si no estuvieran siendo registrados ni viendo nada.
¿Hay alguien más en la casa?, pregunté.
Mi madre. Está arriba en su cuarto. Es una señora enferma, dijo una mujer toda emperifollada, de vestido largo, rojo. Debía ser la dueña de la casa.
¿Niños?
Están en Cabo Frío, con sus tíos.
Gonçalves, ve arriba con la gordita y trae a su madre.
¿Gonçalves?, dijo Pereba.
Eres tú. ¿Ya no sabes ni tu nombre, burro? Pereba cogió a la mujer y subió la escalera.
Inocêncio, amarra a los barbados.
Zequinha amarró a los tipos con sus cinturones, los cordones de las cortinas, los cables de los teléfonos, todo lo que encontró.
Registramos a los tipos. Muy poco dinero. Los cabrones estaban llenos de tarjetas de crédito y chequeras. Los relojes eran finos, de oro y platino. Les arrancamos las joyas a las mujeres. Un puñado de oro y brillantes. Pusimos todo en la bolsa.
Pereba bajó las escaleras, solo.
¿Y las mujeres?, dije.
Se alebrestaron y tuve que poner orden.
Subí. La gordita estaba en la cama con la ropa rasgada, la lengua de fuera. Muertita. ¿Para qué se hizo la remolona y no las dio enseguida? Pereba andaba necesitado. Además de cogida, mal pagada. Limpié las joyas. La vieja estaba en el pasillo, tirada en el suelo. También había estirado la pata. Toda peinada, con el cabello arreglado, teñido de rubio, ropa nueva, rostro en espera del año nuevo, pero ya estaba más para allá que para acá. Creo que murió del susto. Le arranqué los collares, prendedores y anillos. Uno de sus anillos no salía. Con asco, mojé con saliva el dedo de la vieja, pero incluso así no salía. Me encabroné y le di una mordida, arrancándole el dedo. Metí todo en la funda de una almohada. El cuarto de la gordita tenía las paredes forradas de cuero. El baño era un hoyo cuadrado grande de mármol blanco, encajado en el suelo. La pared era toda de espejos. Todo perfumado. Volví al cuarto, empujé a la gordita al piso, puse la colcha de satín sobre la cama con cuidado, quedó lisita, brillante. Me bajé los pantalones y cagué sobre la colcha. Fue un alivio muy justo. Después me limpié el culo con la colcha, me subí los pantalones y bajé.

Vamos a comer, dije, metiendo la funda en la bolsa. Los hombres y las mujeres estaban todos en el suelo, quietos y cagados, como borreguitos. Para asustarlos más les dije: al cabrón que se mueva le reviento los sesos.
Entonces, de repente, uno de ellos dijo con calma, no se enojen, llévense lo que quieran, no vamos a hacerles nada.
Lo miré. Tenía un pañuelo de seda de colores alrededor del cuello.
También pueden comer y beber lo que quieran, dijo.
Hijo de puta. La bebida, la comida, las joyas, el dinero, todo para ellos eran migajas. Tenían mucho más en el banco. Para ellos, no dejábamos de ser tres moscas en la azucarera.

¿Cómo se llama usted?
Maurício, dijo.
Señor Maurício, ¿quiere levantarse por favor?
Se levantó, le desaté los brazos.
Muchas gracias, dijo. Se nota que es usted un hombre educado, instruido. Pueden marcharse, no daremos aviso a la policía. Dijo esto mirando a los otros, que estaban inmóviles, asustados, en el piso, haciendo un gesto con las manos abiertas, como quien dice, calma mi gente, ya convencí a esta basura.
Inocêncio, ¿ya terminaste de comer? Traéme una pierna de pavo de ésas que están ahí. Sobre una mesa había comida suficiente para alimentar al presidio entero. Me comí la pierna de pavo. Cogí la carabina 12 y cargué los dos cañones.
Señor Maurício, ¿quiere hacer el favor de acercarse a la pared?
Se recargó en la pared.
Recargado no, no, a unos dos metros de distancia. Un poquito más para acá. Ahí, muchas gracias.
Le disparé justo en medio del pecho, vaciando los dos cañones, con aquel tremendo ruido. El impacto lanzó al tipo con fuerza contra la pared. Se fue resbalando lentamente y quedó sentado en el suelo. Tenía un hoyo en el pecho como para meter un pastelillo.
Viste, no quedó pegado a la pared, carajo.
Tiene que ser en la madera, en una puerta. La pared no sirve, dijo Zequinha.
Los tipos tirados en el piso tenían los ojos cerrados, no se movían. No se oía nada, salvo los eructos de Pereba.

Tú, levántate, dijo Zequinha. El desgraciado había elegido a un tipo flaco, de cabello largo.
Por favor, dijo el tipo muy bajito.
Ponte de espaldas a la pared, dijo Zequinha.
Cargué los dos cañones de la 12. Tira tú, la patada de ésta me lastimó el hombro. Apoya bien la culata, si no te parte la clavícula.
Verás como éste sí va a pegarse. Zequinha disparó. El tipo voló, los pies se despegaron del suelo, fue bonito, como si estuviera dando un salto hacia atrás. Se estrelló con estruendo en la puerta y allí se quedó pegado. Fue poco tiempo, pero el cuerpo del tipo quedó aprisionado por el grueso plomo en la madera.
¿No te dije?, Zequinha se frotó el hombro adolorido. Este cañón está cabrón.
¿No vas a cogerte a una vieja de éstas?, preguntó Pereba.
No estoy en las últimas. Me dan asco estas mujeres. Me cago en ellas. Sólo cojo con mujeres que me gustan.
¿Y tú... Inocêncio?
Creo que voy a cogerme a esa morenita.
La muchacha intentó impedirlo, pero Zequinha le dio unos coscorrones y se quedó quieta, con los ojos abiertos, mirando al techo, mientras era ejecutada en el sofá.
Vámonos, dije. Llenamos las toallas y las fundas con comida y objetos.
Muchas gracias a todos por su cooperación, dije. Nadie contestó.
Salimos. Nos subimos al Opala y regresamos a casa.
Le dije a Pereba, dejas el coche en una calle desierta de Botafogo, tomas un taxi y regresas, Zequinha y yo nos bajamos.

Este edificio está bien jodido, dijo Zequinha, mientras subíamos con el material por la escalera inmunda y destrozada.
Jodido pero está en la zona sur, cerca de la playa. ¿Quieres que me vaya a vivir a Nilópolis?
Llegamos arriba muy cansados. Metí los fierros en el paquete, las joyas y el dinero en la bolsa y los llevé al departamento de la vieja negra.
Dona Candinha, le dije, mostrándole la bolsa, esto quema.
Pueden dejarla, hijos, los hombres no entran aquí.
Subimos. Puse las botellas y la comida sobre una toalla en el suelo. Zequinha quiso beber y no lo dejé. Vamos a esperar a Pereba.
Cuando llegó Pereba, llené los vasos y dije, que el próximo año sea mejor. Feliz Año Nuevo.

Axilas

Aún no sabía su nombre, que después descubrí que era Maria Pia. Ya estaba sentada cuando vi sus brazos, brazos delgados, que a mi bisabuelo no le interesarían en lo más mínimo, probablemente los consideraría feos. Además, Maria Pia traía una blusa sin mangas y sus brazos estaban totalmente desnudos. A mi bisabuelo le hubiera gustado que usara mangas cortas, medio palmo abajo del hombro, y que sus brazos fueran llenitos, como los que Machado de Assis describe en el cuento “Unos brazos”. Maria Pia era delgada, toda ella, yo lo supe desde el principio, con sólo ver sus brazos. Y cuando los movió, pude ver parte de sus axilas.
La axila de una mujer tiene una belleza misteriosamente inefable que ninguna otra parte del cuerpo femenino posee. La axila, además de atractiva, es poética. La panocha palpita y el culo es enigmático; son muy atractivos, lo reconozco, pero son circunspectos, dotados de cierta austeridad.
Pero hablando todavía del culo y la panocha, durante mucho tiempo esos fueron los tesoros del cuerpo femenino que más amé, los orificios. El de la panocha, gruta que mientras más estrecha, más gratificante era el placer que me proporcionaba; y el del culo, una madriguera, un agujerito que se abría como una flor caleidoscópica para recibir mi pene. Sin embargo, eso fue en los tiempos en que el pene era una pieza importante de mi arte amatoria y en que mi poeta favorito era Aretino, el clásico Pietro Aretino, que nació en Arezzo en 1492 y murió en Venecia, el 21 de octubre de 1556.

Como decía, eso era en los tiempos en que yo todavía no había descubierto con la lengua la delicada textura del ano y de la panocha, que empecé a lamer con un placer lleno de júbilo. Como en el poema de Drummond, “la lengua lame, lambilonga, lambilenta, la lengua labra cierto oculto botón, y va tejiendo ágiles variaciones de leves ritmos”: Sí, fue mi fase de pulir, de halagar con la lengua los orificios. Eso duró hasta que conocí el encanto inspirador de la axila, el lugar perfecto para la lengua. Me refiero a la axila de mis sueños, la axila de la mujer de quien me enamoré, la de Maria Pia, la violinista, y no la de mi bisabuela.
Veo la foto de mi bisabuela portuguesa, Maria Clara. Era una mujer bonita, sólida, sus brazos eran plenos, como aquellos famosos brazos machadianos a los cuales me referí. Supongo que sólo los viejos van a hacer esa asociación y no tengo lectores viejos, en realidad por el momento ni siquiera tengo lectores, los cinco editores a quienes envié mi libro de poesía me lo regresaron. Dicen que eso les pasa a todos los poetas, que los poetas tienen que financiar sus libros, pero me rehúso a hacerlo, para mí eso es vergonzoso.
Al ver la foto de mi bisabuela me puedo imaginar que sus axilas eran gruesas, en lo concerniente a su espesura, a su consistencia. (Probablemente también eran, en realidad, las de una portuguesa, de nombre Carolina —la posible dueña de aquellos “unos brazos” machadianos de los que hablé anteriormente.)

Sé que a alguien le gustaría preguntarme: hablas de culo y panocha, pero dices axila en vez de sobaco. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla. Culo y panocha tienen una obscenidad fáustica, que todavía se resiste al uso y abuso de esos términos hoy en día. Pero sobaco es una palabra vulgar, de una trivialidad insignificante y opaca.
Cuando vi a Maria Pia por primera vez, ya estaba sentada. Yo llegué tarde pero aún así logré entrar. Mi boleto era un regalo de última hora, de un amigo que no pudo ir al concierto. Iba a haber otro recital en quince días, y si quería contemplar de nuevo los brazos y las axilas de Maria Pia, necesitaba conseguir el mismo lugar en el auditorio. Así que esperé ansioso que la taquilla del teatro abriera al día siguiente y compré un abono para todos los conciertos de la Orquesta Sinfónica, con lugar fijo en la primera fila.
Maria Pia tocaba el violín. Usaba siempre un vestido largo negro sin mangas. Para que pudieran lograrse, ciertas notas exigían que irguiera los brazos de manera que me permitían contemplar extasiado sus axilas. Como todo mundo sabe, los violines están ubicados a la izquierda del director de la orquesta. El lugar de Maria Pia era justo atrás del concertino.
Nunca antes había amado en mi vida, hasta que conocí a Maria Pia. Y eso sucedió solamente cuando oí a la Orquesta Sinfónica ejecutar el Concierto K 219, el Turco, para violín, uno de los que Mozart compuso en los tiempos en que era concertino de una orquesta en Salzburgo, en el año de 1775. Por cierto, esos conciertos son, para mí, las piezas musicales de Mozart que tienen menos brillo. Pues bien, fue al oír las notas que salían del violín de Maria Pia durante la ejecución de este concierto, y al contemplar sus brazos y sus axilas, que me enamoré de ella. ¿Se acuerdan del poema de Keats, “a thing of beauty is a joy for ever; its loveliness increases; it will never pass into nothingness...”? ¿Se acuerdan? Las axilas de Maria Pia se merecían un poema como ése, que lamentablemente mi inspiración sería incapaz de crear.

No fue fácil acercarme a Maria Pia. Fue pura casualidad. Estaba en el Museo de Bellas Artes viendo una exposición de pintores de un hospital de enfermos mentales, cuando vi a Maria Pia mirando un cuadro. Me acerqué y tímidamente le pedí un autógrafo. Le hizo gracia, dijo, “es la primera vez que me piden un autógrafo”. Le expliqué que siempre iba alos conciertos de la Orquesta Sinfónica, que admiraba a todos los músicos de la orquesta y que tenía la manía de coleccionar autógrafos —una descarada mentira. Después hablamos sobre uno de los cuadros de la exposición, de Bispo do Rosário.
Al observar que ella miraba el cuadro con admiración, comenté, “es un genio”. Ella movió la cabeza, afirmando, y dijo, “es nuestro Duchamp”.
La invité a cenar. Se disculpó diciendo que tenía un compromiso. “En otra ocasión”, agregó. Me despedí diciéndole sonriente, escondiendo mi frustración, “me la debes, ¿eh?”
Esa noche tuve que tomar altas dosis de pastillas para dormir. Por cierto, tomo pastillas para dormir todas las noches, si no lo hago, no puedo dormir. Me acuesto y duermo dos horas. Entonces me despierto y me tomo la pastilla, que procuro cambiar cada dos meses. Sueño siempre. En realidad es una especie de pesadilla, algo monótono, por ejemplo, que soy una persona que camina en círculos y ve siempre las mismas cosas. A veces estoy sentado y lo que gira es mi cabeza, como la de la muchacha de la película sobre exorcismo. Pero este segundo sueño es mejor que aquel en que doy vueltas y vueltas.

En el siguiente concierto, Maria Pia notó que estaba en la primera fila y sonrió discretamente. Le hice una seña de que quería hablar con ella.
La esperé a la salida. La invité a cenar, pero ella alegó que estaba cansada y dijo que iba a tomar un taxi para irse a su casa. Le dije que mi auto estaba cerca y me ofrecí a llevarla.
Maria Pia traía un vestido escotado sin mangas. Cuando estacioné el auto en la puerta de su departamento, en un impulso tonto e irresistible, intenté besar su brazo, al lado de la axila. Ella me empujó con fuerza.
“Me das lástima”, dijo.
No necesitaba decir más, sentí el desprecio en su voz y en su mirada, incluso en la penumbra del auto. Me defendí de manera pusilánime, “perdóname, por favor”.
Maria Pia suspiró y exclamó, en sordina, “eres patético”. Bajé apresuradamente del auto para abrirle la puerta, pero las mujeres de brazos delgados son muy rápidas y, cuando llegué a la puerta, ya había bajado y caminaba en dirección a la entrada de su edificio. El edificio donde Maria Pia vivía no tenía portero nocturno y ella misma abrió la puerta.

“Buenas noches”, dije sin atreverme a extenderle la mano. Maria Pia no contestó, entró al edificio sin mirar hacia atrás.
Me fui a casa, me acosté, pero no pude dormir. Estaba poseído por un odio que nunca había pensado que pudiera sentir. Me paré, me senté frente a la computadora, siempre con el mismo odio carcomiéndome el corazón, busqué en internet el asunto que me interesaba, después escribí algunas palabras y las imprimí. Lo hice todo compulsivamente. Eso sucede muy a menudo comigo, fuerzas irresistibles me obligan a hacer cosas de las que me arrepiento después.
Esperé dos días y llamé a Maria Pia. Cuando me identifiqué, me dijo fríamente, “¿Sí?”
“Te tengo un regalo.”
Otro “sí” todavía más frío.
“Un cuadro de Bispo do Rosário.”
“¿De Bispo do Rosário? ¿En serio?”
Su tono de voz sonaba más cálido.
“¿Cuándo puedo llevarlo a tu casa?”
“Cuando quieras. Puede ser hoy.”
“¿A las nueve está bien?”
“Perfecto. Será un placer verte de nuevo.”
Es increíble cómo cambian las personas.
A las nueve en punto, con el portafolio con el regalo para Maria Pia bajo el brazo, toqué el timbre del edificio.
“¿Sí?”
“Soy yo”, contesté.
Oí el sonido de la puerta de entrada abriéndose. Entré. El vestíbulo estaba vacío. Tomé el elevador y subí al décimo tercer piso. Trece. Era mi número de la suerte.

Maria Pia abrió la puerta sonriente.
“Pasa, pasa.” El pasa-pasa sonaba a pasa-pasa-mi-amor.
Entré. Ella cerró la puerta.
Abrí el portafolio, saqué el garrote y le di una fuerte golpe en la cabeza. Cayó desmayada al piso, pero noté que respiraba como si estuviera dormida. Le quité la blusa, levanté sus brazos y contemplé fascinado sus axilas, que besé, lamí y chupé largamente.
Después tomé su cuerpo en mis brazos y lo llevé hasta la ventana abierta. Cuidadosamente lo arrojé a la calle. Oí el estruendo del cuerpo al golpear la banqueta. Después puse la carta sobre la mesa, guardé el garrote en el portafolio y salí del departamento, con cuidado de no dejar huellas digitales en la manija.
Algunas personas miraban tan atentamente el cuerpo tirado de Maria Pia que ni siquiera me vieron pasar.
Había dejado el auto en la otra cuadra. Me subí y me fui a casa.
Al día siguiente, leí en el periódico: “Maria Pia, violinista de la Orquesta Sinfónica, se suicidó saltando desde su departamento en el décimo tercer piso. A sus amigos los sorprendió el hecho. Maria Pia dejó una carta...”
La carta, reproducida en el periódico, decía:

Querido, estoy segura de que me estoy volviendo loca. Empiezo a escuchar voces y no me puedo concentrar. Estoy haciendo lo que me parece la mejor solución. Me diste muchas posibilidades de ser feliz. Estuviste presente como nadie lo estuvo. No creo que dos personas puedan ser felices conviviendo con esta enfermedad terrible. Ya no puedo luchar. Sé que te estaré quitando un peso de encima, pues, sin mí, podrás trabajar. Y lo vas a hacer, lo sé. Ya ves, no puedo ni siquiera escribir. Ni leer. En fin, lo que te quiero decir es que deposité en ti toda mi felicidad. Siempre fuiste paciente conmigo e increíblemente bueno. Quería decir esto —todos lo saben. Si alguien hubiera podido salvarme, ese alguien habrías sido tú. Para mí todo ha desaparecido pero lo que se quedará conmigo es la certeza de tu bondad. No puedo ser un estorbo en tu vida. No más.

Nadie se percató de que los términos de aquella carta eran idénticos a los de otra escrita por una mujer que había muerto tirándose a un lago. ¿O había sido un río?
¿La carta? La copié de internet y la imprimí en mi HP. Lo difícil fue practicar la firma, copiada del autógrafo que Maria Pia me había dado.

Una noche más sin dormir. Estaba muy triste. Había matado a la única mujer que había podido amar en toda mi vida.
Fui al entierro, no podía dejar de ir. Mientras acompañaba a la carroza fúnebre, un tipo a mi lado me preguntó quién sería la persona a quien Maria Pia le había dirigido su carta suicida. Sus amigos no tenían la más mínima idea. Me dieron ganas de decir, se llamaba Leonard, pero no lo dije.
Súbitamente vi, con pavor, a una mujer delgadita, Maria Pia, que surgía frente a mí. Me tambaleé, tuve que apoyarme en el tipo que estaba a mi lado, para no caer al piso.

“¿Se siente mal?” me preguntó.
“Ya pasó”, le dije. “¿Quién es esa muchacha?”
“Es la hermana gemela de Maria Pia”, me contestó.
Mientras enterraban a Maria Pia me acerqué a su hermana, como un lobo hambriento, con el corazón disparado, esperando una oportunidad para ver sus axilas.

Colofón
Cuatro cuentos cardinales
© 2013, Rubem Fonseca.
© 2013, Cal y arena, libro electrónico
Editor: Roberto Diego Ortega

Diseño de la portada:
Mariana de la Garma / Retorno Tassier

Se prohíbe la reproducción total o parcial
de esta obra por cualquier medio
—electrónico, mecánico o reprográfico—
sin la autorización por escrito del autor.
Hecho en México.

[1]  Fruta de la jabuticabeira, árbol brasileño. (N. del T.)

[2]  Pontificia Universidad Católica. (Nota del E.)

[3]  Habitantes del estado de Minas Gerais, que no tiene salida al mar. (Nota de los T.)

[4]  En el original: debaixo da pia tem um pinto / pinga a pia, pia o pinto / pia o pinto / pinga a pia. (Nota de los T.)

[5]  Comida popular hecha con harina de mandioca y manteca.

[6]  Adivinos.

Preliminares

Rubem Fonseca nació en Minas Gerais, Brasil, en 1925. Escritor de registros diversos y asombrosos, su obra vasta y compleja es una de las aventuras más estimulantes de las letras latinoamericanas. En sus páginas, los grandes temas de la literatura son narrados con el magnetismo hipnótico de un maestro del suspenso. En el año 2003, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le otorgó el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Ese mismo año recibió también el Premio Camões, el más importante de la lengua portuguesa. E n Cuatro cuentos cardinales, Cal y arena reúne este obsequio para los lectores de Gandhi: son los relatos que dan título a otros tantos volúmenes de cuentos —publicados en este sello editorial— del gran autor brasileño. Los anotamos con la fecha de su primera edición en portugués: El Cobrador (1979), El agujero en la pared (1995), Feliz Año Nuevo (2010) y Axilas y otras historias indecorosas (2011). Más de treinta años de ejercer su gran arte de cuentista.

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