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Número 10811 Año 35 Del 21 al 27 de julio de 2013

Nuevo León, México.

Nueva Época

Periódico de la Vida
Las

VIDA Y TRAGEDIA DE HYUN BIN YUN EN CADEREYTA

Historias

de

Aquí

Regional

¿Cómo se convierte un médico en el único rasgo de humanidad en una refinería invadida por extranjeros engañados?
POR DANIELA GARCÍA
l andamio sobre el que camina Hyun Bin Yun se tambalea cada vez que da un paso. Se sujeta de los tubos a su lado mientras recuerda compañeros caídos de alturas similares, debido a la fragilidad de plataformas tramposas. Tiene apenas dos meses trabajando en la planta de refinación de Pemex en Cadereyta y ha sido testigo de una decena de accidentes ocasio-

E

nados por la falta de procedimientos de seguridad de sus contratistas. Sabía que se estaba arriesgando al cruzar el océano abandonando su país de origen, Corea del Sur, para trabajar en un país extranjero; pero las promesas de una mejor vida con un sueldo imponente resultaron muy atractivas para el joven de 25 años, que se desempañaba como soldador en su natal Icheon. » Continúa en página 2

Los chinos de Monterrey Corea: Constancias de un mundo líquido también quieren paz
MELVA FRUTOS JUAN VILLORO

El imperio del motor
DIEGO LEGRAND

! EMERGENCY FICTION

NON

GRUPOLARAZON.COM /LARAZONMTY @LARAZONMTY

4_Monterrey

11_Internacional

14_Entrevista

EXIT

Del 21 al 27 de julio de 2013 Nuevo León, México.

_Cadereyta

» Viene de portada
pesar de que gana menos de lo que prometía el anuncio en un periódico en donde ofrecían trabajo en el extranjero, Hyun no tiene más opción que seguir trabajando y rezar para que los andamios no cedan bajo el peso de los trabajadores y lo hagan caer de una altura de poco más de cinco metros. Después de dar cinco pasos más, siente que el andamio se balancea demasiado. Se sujeta con fuerza de un tubo y la gravedad lo jala hacia abajo, golpeando el piso de concreto con su pierna izquierda primero y después con el resto del cuerpo. El dolor es intenso. Se ve rodeado de tubos y polvo, para después perder la conciencia y abrir los ojos en un pequeño consultorio médico. Hyun habla poco español y casi no entiende lo que el médico de cabello canoso le dice, pero la idea es clara: su pierna se encuentra en un ángulo extraño y le duele de una manera insoportable. El doctor intenta tranquilizarlo y finalmente le explica que sólo se trata de una fractura, que pronto estará bien y que el dolor desaparecerá. Hyun no es ni el primero ni el último trabajador al que el médico atenderá debido a heridas sufridas durante las labores realizadas en la reconfiguración de la refinería. Las lesiones son ocasionadas por las escasas medidas de seguridad, la falta de capacitación de los trabajadores asiáticos y la precariedad de las instalaciones. Tampoco será la única vez que Hyun visite la pequeña clínica a causa de un accidente en su área de trabajo. II Llegaron en barcos. Eran unas embarcaciones gigantescas, en donde además de viajar un grupo de poco más de 200 asiáticos dispuestos a trabajar en la petrolera de México, transportaban la maquinaria que se utilizaría para la reconfiguración de las refinerías de Pemex. Los días se mezclaban y era difícil tener una idea de cuánto tiempo había transcurrido desde que partieron con destino al puerto de Veracruz; sus jornadas de reducían a observar el océano, el cielo y el horizonte, en busca de la tierra a la que arribarían.

A

Hyun sabía que habían llegado ya a México, pero para poder anclar en el puerto veracruzano debían bajar hasta Centroamérica y cruzar por el Canal de Panamá, para después navegar por el Golfo de México algunos días y alcanzar finalmente a su destino. Hyun calculó que habían estado en el mar casi cuatro semanas cuando finalmente se acercó uno de los contratistas para informarle a él y a sus compañeros que al siguiente día tocarían tierra mexicana. Los mandó a dormir temprano, en un pequeño cubículo en el que compartían espacio con siete personas más y les pidió que estuvieran despiertos temprano por la mañana. Hyun pisó por primera vez suelo mexicano en el puerto de Veracruz, en donde la arena es oscura y el agua del mar azul. Antes de su travesía oceánica, Hyun no había salido de su país ni para viajar como turista. Le emocionaba la idea de conocer otro país, aunque sabía que lo más importante y la razón por la cual había viajado durante tantos días y por tantos kilómetros era únicamente para reunir dinero y tener una mejor vida que la que dejó atrás en el continente asiático. Permaneció en el puerto durante algunos días, sin salir de un pequeño cuarto de motel en donde los habían hospedado. Observaba por la ventana la vida de los veracruzanos, mientras se definía quiénes de sus compañeros permanecerían en la refinería ahí y quiénes viajarían hacia el norte, a Cadereyta. Los nombres de las ciudades extranjeras no significaban nada para Hyun, pero uno de los líderes le explicó al grupo de 58 coreanos que viajarían hacia el norte, que Cadereyta estaba a unas horas de ahí, que se encontraba cerca de una ciudad industrial muy grande llamada Monterrey y que allá no había playa. Antes de subirse al camión que los transportaría hacia Nuevo León, tuvieron la oportunidad de pasar a un lado de la torre corporativa de Pemex que se encuentra en la orilla del puerto de Veracruz, en el malecón a un lado de la playa. Un edificio pintado de amarillo que poco se parece a “los dragones escupe fuego” que vería Hyun cuando llegara por primera vez a la refinería en Cadereyta.

III Cesar Carrillo había trabajado como médico general poco más de 35 años y durante diez años atendió accidentes dentro de la refinería de Cadereyta. La mayor parte del tiempo eran lesiones como fracturas, quemaduras o cortadas ocasionadas por realizar labores dentro de la fábrica, pero estas eran escasas y ocurrían con poca frecuencia; no atendió más de cinco casos a la semana hasta que se anunció la llegada de un grupo de casi dos mil trabajadores provenientes del continente asiático. El día anterior al accidente de Hyun, el doctor había atendido una quemadura de tercer grado en la cara de un soldador y dos costillas rotas de un montador que cayó de un andamio. La fractura de la pierna izquierda de Hyun le recordó a Cesar la gravísima situación en la que se encontraban; faltaban medicamentos, doctores, camillas y demás instrumentos que necesitaban para atender a los hombres lesionados. Mientras Hyun descansaba con los ojos cerrados debido al estupor de los analgésicos que le fueron recetados, Cesar se atrevió a mirar por última vez la pierna del coreano, dándose cuenta de que si no tenía los descansos adecuados y la recuperación indicada, su restablecimiento podría tardar demasiado y que, en el peor de los casos, podría quedar lesionado de por vida. IV Cuando Hyun arribó a México era de noche y su llegada y la de sus compañeros fue en secreto: no contaban con los papeles necesarios para transitar por la República, ni para trabajar en el país. Aproximadamente una semana después de haber empezado a trabajar dentro de la refinería de Cadereyta, se le acercó uno de los líderes de la empresa coreana que lo había contratado, para entregarle unos folios que servirían “como visa, en caso de que alguien pregunte por papeles”. Eran falsos, aunque de eso se llegó a enterar Hyun mucho tiempo después. También supo que los directivos pagaban mil 500 pesos de moche al Instituto Nacional de Migración

(INM) por cada trabajador extranjero para que les entregaran los falsos papeles. Hyun los tomó y los guardó en el único cajón que tenía dentro del pequeño cuarto de tres por tres metros que compartía con otros cuatro compañeros. Cuando le contó al doctor Cesar, este le dijo que no era suficiente con tener los papeles para recibir un trato digno. Si es que alguna vez quería salir de la asfixiante fábrica en donde trabajaba a marchas casi forzadas, con un mísero salario de 80 pesos diarios por 55 horas semanales, “tienes que poder comunicarte bien en español”, le dijo. Así que Hyun, y otro de sus compañeros, Jung Hee, se hicieron de un diccionario coreanoespañol y para practicar intentaron entablar conversación con otros trabajadores. Lo que no era sencillo ya que los mexicanos los veían con malos ojos: les estaban quitando el trabajo, no pertenecían al sindicato de petroleros y cobraban menos que los lugareños las horas de trabajo. Abarataban la mano de obra. Hyun intentó explicarle a uno de ellos que el sueldo que recibía no era el que se le había prometido en un principio. Es más, ni siquiera recibía prestaciones y las horas extras trabajadas rara vez se las pagaban –además de que no había la opción de negarse a trabajarlas-, y si es que eso llegaba a suceder, era con semanas de retraso. El único mexicano con el que Hyun lograba entablar conversaciones decentes era el doctor Cesar, a quien veía sólo en ocasiones y de pasada. V Habían pasado ya casi diez meses desde el primer accidente de Hyun, cuando el doctor lo recibió una vez más en la clínica: esa vez había volado un tubo causando una pequeña explosión que le quemó las manos. Ingresaron dos trabajadores más en unos carritos similares a los que se emplean en el golf, que servían para que los altos directivos y jefes de producción se movieran dentro de la fábrica con rapidez en lugar de caminar las largas distancias.

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No había camillas. Las quemaduras de Hyun no eran graves: “no me han dado guantes desde hace un mes”, le dijo el coreano al doctor. Pese a la indignación que sintió el médico al saber que estaban trabajando con esos riesgos, se sorprendió al escucharlo hablar en español, aunque el pesado acento asiático era todavía perceptible en la cadencia de sus palabras. Esa entonación, al pasar de los años, sería algo que Hyun jamás perdería, como si se aferrara a él intentando no olvidar sus orígenes. En los diez años en los que Cesar había trabajado dentro de la petrolera mexicana con obreros connacionales, había visto una serie de accidentes debidos a errores o incidentes azarosos, pero era la primera vez que trataba una quemadura originada por un descuido por parte de los encargados en cuanto a la falta de vestuario adecuado para los trabajadores, o la falta de supervisión de los andamios. Hyun ya había sufrido dos lesiones por esas negligencias. Cuando Cesar terminó de atenderlo, se despidieron y Hyun se paró de la pequeña mesa en donde estaba recostado. El doctor notó con tristeza que el coreano cojeaba de su pierna izquierda. Hyun no fue el único asiático con el que el doctor entabló amistad. Calcula que en total llegaron a trabajar unos dos mil hombres asiáticos en la refinería, pero desconoce la cifra oficial. No todos eran accesibles, no a todos les interesaba emprender conversación con él y muy pocos aprendieron español, fuera de las palabras básicas para comunicarse dentro de su área de trabajo. La personalidad de la mayoría de los trabajadores extranjeros era cerrada y asocial, aunque siempre amables y sonrientes, sin interés de platicarle sobre su vida antes de arribar a México, o sobre sus familias y lo que dejaron atrás. “Vine aquí a trabajar”, le llegó a decir uno al doctor cuando le comentó que a pesar de haberlo visto ahí desde hacía poco más de un año, no sabía mucho de su vida. Una gran discrepancia en comparación con los mexicanos, a quienes se encontraba caminando en los pasillos, tomando agua en uno de los bebederos o en el estacionamiento al llegar por las mañanas, que platicaban con el doctor sobre su esposa embarazada, su mamá y su remisión del cáncer o la graduación de su hijo. Una cultura de disciplina y silencio. VI En los departamentos de tres por tres metros en los que vivían hacinados Hyun y sus colegas, cabían con dificultad un mueble con cuatro cajones y un pequeño baño al exterior, que compartían

con otros cuartos aledaños. Pronto, debido al amontonamiento de personas y a la falta de higiene y limpieza, se empezaron a dar brotes de enfermedades. Uno de los amigos de Hyun, con quien realizó el viaje desde Corea hasta México, le comentó que había empezado a sentirse enfermo, que sabía de su amistad con el doctor y quería saber si podía llevárselo a la clínica. Esa misma tarde lo llevó al pequeño establecimiento hospitalario y buscó al doctor Cesar Carrillo. Al verlo, el médico supo inmediatamente de lo que se trataba: la piel amarillenta, los ojos cansados y las manchas moradas alrededor de estos eran síntomas claros de una hepatitis que había empezado a atacar a los trabajadores extranjeros. Había visto ya unos cinco casos, pero sabía que en Veracruz las cosas eran más graves. Una llamada telefónica a la sucursal jarocha lo había enterado de que allá ya había hasta cien casos de hepatitis. Cesar informó a sus superiores, quienes le pidieron que mantuviera ahí al joven por unos momentos, ya que después lo llevarían a un hospital especializado. Cuando llegaron con una silla de ruedas para transportarlo, los hizo a un lado y les pidió ayuda para tratar con la enfermedad facilitándole vacunas. “Veremos qué podemos hacer”, fue la única respuesta que recibió. Unos días después, Hyun se acercó a preguntarle al doctor si sabía qué había pasado con su amigo, y tras unas llamadas se les informó que habían enviado al joven de vuelta al país asiático para tratarlo allá. Un mes después llegaron menos de 200 vacunas entregadas por el sindicato de petroleros. El tiempo de entrega del proyecto de reconfiguración se atrasó, y en un intento desesperado de las empresas encargadas de apurar el trabajo, comenzaron a ingresar al país trabajadores de otras nacionalidades. Hyun empezó a ver cómo llegaban a Cadereyta hombres provenientes de Tailandia y Filipinas, con quienes nunca intentó entablar amistad. Muchos de sus compañeros coreanos se empezaron a ir para tratar sus enfermedades en su país de origen, porque habían sufrido accidentes que no les permitían ya trabajar o porque habían tenido problemas con sus papeles y visas. También había un grupo pequeño de coreanos desocupados por la empresa que decidieron quedarse en México a intentar hacer una vida, buscando trabajos y adaptándose en pequeñas comunidades tanto en Cadereyta como en Monterrey. Cuando Hyun fue desocupado y un filipino que acababa de llegar a México tomó su lugar como soldador, se dirigió a su pequeño dormitorio

y agarró sus cosas, entre ellas los papeles falsos que le habían entregado casi dos años antes. Antes de abandonar la fábrica por última vez, se encaminó hacia el consultorio médico para despedirse del doctor Cesar Carrillo. “¿Qué vas a hacer?”, le preguntó. Quería quedarse en México, al menos por un tiempo. Tenía 27 años, era joven y podía conseguir trabajo en cualquier otro lugar. El doctor lo comunicó con otro de los coreanos que habían permanecido en México y se despidieron. Así fue como se dirigió por primera vez a Monterrey, con una dirección anotada en un papel que le entregó al taxista quien lo llevó a un pequeño departamento en el corazón del municipio de Apodaca, donde encontró a un grupo de cinco coreanos que lo recibieron. Uno de ellos trabajaba también como soldador y le consiguió su primer trabajo fuera de la petrolera, en una pequeña empresa en donde trabajó tan sólo dos meses ya que su empleador no quería tener problemas con migración y le preocupaba que los papeles de los asiáticos fueran falsos. Empezó a trabajar como mesero por las noches en un pequeño restaurante y en una casa de renta de películas en el día. Utilizaba el dinero que recibía para pagar la renta y una sola comida al día ya que enviaba el resto a su familia en Corea, con quien tenía contacto a través de correos electrónicos mandados sólo cuando podía pagar una hora en el cibercafé a la vuelta del departamento donde vivía. Varios de sus compañeros de casa empezaron a abandonar el país cuando recibieron cartas del Instituto de Migración en donde se les solicitaba que dejaran México. Otros cruzaron la frontera a Estados Unidos. Hyun se cambió de casa y consiguió trabajos de soldador esporádicos, cuando se dio cuenta de que era una profesión bien pagada en México, aunque no podía recibir contratos fijos por su falta de papeles. Obtuvo otro trabajo de mesero por las noches y continuó soldando durante el día, trabajando por proyectos. VII Tras años después de haber visto partir al último de los asiáticos que trabajaron en la reconfiguración de la petrolera, el doctor Cesar Carrillo solicitó su jubilación. Se retiró y por algunos meses se dedicó a languidecer en su casa, pero una depresión se apoderó de él hasta que su esposa le insistió que la mejor manera de combatirla era seguir consultando. Un amigo de la familia lo contactó y le consiguió consultorio en una de las clínicas gratuitas de la cadena de Farmacias

del Ahorro, en Monterrey. El doctor insiste en que la depresión se ha ido y se trataba sólo de un mal que lo atacó por sentirse inútil al no tener nada qué hacer con su tiempo. Siguió en contacto con algunos de los coreanos a quienes conoció en la petrolera, al menos con los que habían permanecido en la zona de Monterrey, a través de llamadas telefónicas, y en ocasiones, por correo electrónico. Hyun fue uno de ellos. Ahora el doctor y el soldador aprovechan los beneficios de la clínica gratuita en donde labora Cesar para poder atender las enfermedades o heridas pequeñas que sufra el coreano, sin que sea necesario mostrar papeles de residencia o visa de ningún tipo para recibir atención médica. Fuera del cuidado que le ofrece el médico, la comunicación que tienen ambos es escasa y sólo se telefonean algunas veces al año. Cuando me acerqué al doctor para platicar sobre la época en que los coreanos laboraron en Cadereyta, él muy amablemente me explicó que debido a que se trata de personas muy reservadas, iba a ser difícil. Además, muchos se esconden por miedo a ser deportados a su país. Hyun fue al único al que el doctor logró convencer para aceptar a una entrevista, más por la gratitud que siente hacia el doctor que por la necesidad de contar su historia. Cesar, con su cabello canoso e imponente estatura, me invitó a su antiguo domicilio en Cadereyta, una pequeña casa de dos pisos pintada de amarillo con las paredes interiores engalanadas con fotografías familiares, en donde reside ahora su hija mayor con su esposo y su hijo de tres años, para encontrarnos con Hyun, quien llega en camión con media hora de retraso. Han pasado ya más de 13 años desde el accidente en los andamios y el coreano todavía cojea de su pierna izquierda, mientras saluda al doctor con entusiasmo cuando se encuentran. VIII Poco más de una década después del arribo de los trabajadores asiáticos, aproximadamente ocho años después de que el último coreano hubiera abandonado la refinería, la petrolera Pemex demandó a las empresas encargadas de la reconfiguración: Siemens AG y Sk Engineering, del consorcio de Conproca, por 500 millones de dólares. La petrolera acusó a las empresas asiáticas de obtener contratos para participar en la modernización de la refinería mediante un pago de sobornos a funcionarios, lo que a su vez ocasionó que los costos subieran de manera extraordinaria. Aunque la demanda original versaba sobre supuestos de corrupción, el reclamo de la compañía mexicana a la asiática se enfocó finalmente en el retraso en la entrega del proyecto, así como en errores y omisiones ocurridos durante la reconfiguración de la misma, que han generado accidentes y pérdidas millonarias. La demanda por parte de Pemex fue presentada en una corte estadounidense en Nueva York, y a principios de este año falló el juicio a favor de la empresa mexicana. Para Cesar y Hyun, la experiencia de haber trabajado en la petrolera fue una provechosa ya que les permitió forjar una amistad duradera, a pesar de los incidentes que los unieron en sus respectivos trabajos. Hyun tuvo que cruzar el ancho océano para poder pisar tierra mexicana, donde finalmente ha decidido permanecer por tiempo indefinido. En tanto que para Cesar, la petrolera fue el lugar en donde laboró durante poco más de 15 años y donde conoció no sólo a Hyun, sino a un puñado de personas de diferentes nacionalidades. Pero como profesionales, ambos consideran que la experiencia parece haber sido un fracaso para las compañías trasnacionales encargadas de la renovación de la refinería y para la petrolera mexicana. Al punto en que hoy parece poco probable que se vuelva a probar con suerte un proyecto similar en suelo mexicano.

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LOS CHINOS DE MONTERREY TAMBIÉN QUIEREN PAZ
¿Por qué las autoridades locales ignoran los reclamos de una discreta y bien portada comunidad extranjera?
POR MELVA FRUTOS

uince minutos antes de la medianoche del viernes 14 de junio de 2013, tras una larga jornada de trabajo, ocho ciudadanos chinos fueron interceptados mientras se dirigían a su casa en la colonia Il Tamarindo, en el municipio conurbano de Apodaca, Nuevo León.

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En la camioneta Odissey viajaban un joven de 16 años, una mujer y otros seis hombres adultos, cuando un par vehículos les cerraron el paso y un grupo de hombres armados descendieron y los encañonaron para luego llevarlos a bordo de su propia camioneta a una casa de seguridad. Los trabajadores extranjeros habían quedado secuestrados.

_Monterrey
inguno de los delincuentes hablaba chino, mientras que los orientales hablaban poco español. No podía haber llamadas amenazantes a quien contestara del otro lado de la línea del teléfono. Ni había a quién llamar y que pudiera entender que tenían a sus connacionales privados de la libertad, amordazados y aterrados. Debido a eso, los agresores tuvieron que dejar en libertad a uno de los plagiados para que acudiera con los miembros de su comunidad y reuniera el millón y medio de pesos que pidieron por la liberación de los otros siete. El Grupo Antisecuestros intervino en las negociaciones y tras sostener varias conferencias convinieron dar 200 mil pesos a los plagiarios. A pocas horas de estar cautivos fueron liberados cuatro de ellos; en las 36 horas posteriores soltaron a los tres que faltaban. El martes 18 de junio, la sociedad regiomontana despertó con la noticia del secuestro masivo de chinos residentes en la ciudad. El cliché de ver a los oriundos de uno de los países más poderosos del mundo como personas calladas y apartadas, cambió drásticamente. Ese día, decenas de ellos gritaron y denunciaron ante las cámaras de televisión y medios electrónicos la inseguridad que padecen en Nuevo León. La mañana de ese día, más de 200 ciudadanos chinos se presentaron ante la oficina del Instituto Nacional de Migración (INM), en la colonia Jardín de las Torres, al sur de Monterrey. Durante la protesta, los manifestantes chinos revelaron los múltiples secuestros de connacionales suyos, de los cuales la gran mayoría no había trascendido en la prensa. Mientras tanto, el cónsul general de China en México, Liang Jinan, se entrevistaba con las autoridades diplomáticas en Nuevo León. Algunos de los manifestantes esperaron pacientemente por una respuesta en el exterior del inmueble oficial en tanto que otros se ubicaron a pocos metros de distancia, cerca de un restaurante chino. Sentados en las banquetas, recargados en los coches o parados dentro y fuera del negocio con la decoración de su país natal, dieron a conocer a los ávidos reporteros los casos de secuestros que han padecido. Como refuerzo a su protesta, ese

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día, la comunidad china cerró el 95 por ciento de sus restaurantes en señal de reprobación y del miedo que sienten al ser acosados por los grupos de la delincuencia organizada. Durante la protesta, una mujer denunció que cinco de sus familiares habían sido secuestrados en la colonia Contry. En entrevista, Cindy Chen dijo que cuando transitaban por ese sector, sus familiares fueron interceptados por hombres armados, quienes los plagiaron durante dos días hasta que sus parientes pagaron una suma no especificada. Otra mujer que no se identificó y que dijo ser residente de esta ciudad desde hace 20 años, reveló el caso de dos plagios en los que siete chinos fueron afectados. Uno de los tres consejeros que acudieron con la muchedumbre china, quien sólo se identificó como Ho, señaló que se reunieron para aclarar que sí ha habido casos de secuestro “para aterrizar la información de lo que estamos viviendo y quitar mitos”. De acuerdo con la investigadora de la UANL, Patricia Cerda, en 2012 se cometieron 540 privaciones de la libertad en Nuevo León, de las que sólo 46 fueron tipificadas como secuestros por la Procuraduría de Justicia, de los cuales, un 33 por ciento fueron perpetrados en el área metropolitana de Monterrey. Por su parte, el vocero de seguridad en Nuevo León, Jorge Domene, calificó al secuestro de los ocho ciudadanos chinos como un hecho fortuito “y esto quiere decir que no era acción dirigida en particular, donde se da un asalto a una camioneta en donde iban ocho personas de origen chino. Al realizar este asalto las personas toman la camioneta y llevan a bordo a estas personas de este origen”, precisó. También declaró que no hubo solicitud de rescate por parte de los plagiarios. El Cónsul de China contradijo de inmediato al vocero oficial diciendo que “fue un secuestro porque se privó de su libertad varios días y se pidió rescate. No es una, sino varias ocasiones, varias veces”. Adrián de la Garza Santos, procurador del estado, dio a conocer que se presentaron únicamente tres denuncias en ese secuestro. Son mil 200 personas dedicadas a la industria restaurantera y a la venta de artículos chinos de importación, que están temerosos de ser víctimas del secuestro, mal que ha arreciado en los últimos años en el estado. En contraste con los restaurantes asiáticos que permanecieron cerrados por algunos días como muestra del pánico provocado por la delincuencia, Ham Min, un comerciante taiwanés con varios años de vivir en el norte de México, siguió vendiendo sus alimentos en un mercadito al poniente de San Nicolás. No es que no tenga miedo, explica en su precario español mientras amasa la harina con levadura para preparar su famoso pan relleno, pero su bajo perfil y su buena integración en la comunidad regia lo mantienen relativamente a salvo de este tipo de ataques dirigidos. Para los demás oferentes, incluso para los compradores del mercado sobre ruedas que abarca alrededor de diez cuadras de la calle Nuevo León de la colonia Nicolás Bravo, él se llama Humberto. Para tener una comunicación más simple, muchos de los orientales de Nuevo León adoptaron un nombre latino que les evite tener que repetir infructuosamente el suyo frente a sus clientes. El local de Ham Min, formado por una estructura metálica cubierta de lonas y telas y las mesas de plástico, es similar al del puesto de la señora que vende gorditas. Lo único que se sale de lo habitual en este espacio es su vitrina térmica que ofrece comida china vegetariana: arroz, diversos guisos de carne de soya y los productos estrella, que son el pan relleno de verdura y los rollos con verdura, manzana o arroz. II   En la cocina del puesto, sobre una mesa enharinada reposa una gran vasija metálica que guarda en su interior la masa que preparó en su casa a las cuatro de la mañana. Ham es alto y delgado, de tez morena clara y con cabello negro a rapa. Unos delgados lentes redondos cubren sus ojos rasgados. Usa una cómoda playera negra, bermudas celestes que dejan ver sus gruesas y torneadas piernas. Lleva zapatos deportivos para soportar la larga jornada en la que anda de un lado a otro dentro del local de comida. Inmerso

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N

en una faena instintiva, toma un poco del aglomerado y lo extiende sobre la fécula para dar forma a pequeños círculos. A sus espaldas aguarda un wok con aceite hirviendo y junto a él una olla repleta de panecillos que se doran a fuego lento. Tiene 43 años y hace 12 llegó a Monterrey procedente de Taiwán, en compañía de su esposa Mei Wei. Su hermana, quien ya residía en la ciudad y tenía un negocio de venta de productos chinos, lo invitó, aunque ahora ella ya regresó a su país. El primer año en la ciudad fue muy difícil, reconoce; no hablaba español y sus ingresos económicos eran pocos. Tomó clases de castellano durante un año en el Centro de Idiomas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), pero dice que no le sirvió de mucho y que el poco español que sabe lo ha aprendido conversando con los mexicanos. Su primer negocio fue la venta de productos naturales chinos que, irónicamente, compraba en el Distrito Federal y vendía en algunos mercados locales, sin embargo, la ganancia era mínima. Un día decidió aplicar los conocimientos culinarios que su madre le enseñó en su país y aunque la cocina no era su fuerte, supo que si diseñaba una mezcla de ello con el estilo de la dieta vegetariana que ha llevado desde hace 21 años, podría obtener un resultado que le brindara lo necesario para mantener una familia. A Ham le parece normal que en México y en China la gente quiera carne, pero desea transmitir los beneficios que le ha dado la dieta vegetariana debido a su gran variedad de alimentos que sacian el hambre de manera sana. No compra nada hecho, cada platillo es preparado por él mismo en su casa en Guadalupe. De sus recetas sólo comenta que no incluyen huevo o champiñones, pero no desea revelar más porque son secretas, como la de cada restaurante chino. Cada cocinero guarda celosamente su toque especial. No le gusta la comida china, menciona, mientras sigue cocinando, al menos no la que la mayoría de los regiomontanos degustan; le parece muy condimentada y sólo prueba la que él mismo prepara.

El Cónsul de China contradijo de inmediato al vocero oficial diciendo que “fue un secuestro porque se privó de su libertad varios días y se pidió rescate. No es una, sino varias ocasiones, varias veces”

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Es un chino que desde hace seis años es mexicano pero que no gasta su dinero como los occidentales: “mexicanos gastan, tienen dinero y gastan porque dice: ‘mañana tengo más dinero’. Chino no gasta, guarda y no vacaciones, no sale, se queda en casa y come en casa”. Con la mirada fija en su labor, toma uno de los círculos de masa ya extendido y lo rellena con una mezcla de carne de soya, zanahoria y repollo. Uniendo los extremos da forma a lo que será uno de los más de 200 bollos que prepara al día. Los panes que tiene en una bandeja son colocados uno a uno en la cazuela del aceite caliente. Mexicanizado, Ham grita a la par de los demás vendedores de los otros puestos: “pásele comida, chéquele”. La actividad en su local es constante; mientras prepara pan, también fríe rollos y sirve comida. Su esposa va muy poco por ahí, más bien se dedica al hogar y a cuidar a sus dos pequeños: una niña de cinco años a quien le encanta comer tortillas y un pequeño de ocho. Ambos asisten a una escuela pública, y pese a que llevan una vida normal en la que conviven con sus amiguitos mexicanos, él prefiere que no salgan mucho a la calle, le da miedo que les pase algo. Los recientes sucesos de inseguridad que se han vivido en el estado le han provocado el mismo temor que a todos los vecinos de su colonia. Prefiere tomar sus precauciones porque ya no son los tiempos que sus vecinos le cuentan, en que se podía salir a la calle de madrugada o en que los niños iban al parque sin correr peligro. Es probable que por el perfil bajo con el que se maneja, aunado al hecho de que no tiene muchas amistades de origen chino, no se sienta expuesto a un secuestro, como ha pasado con sus connacionales. Además de que en Monterrey gana mucho menos de lo que percibía en China. En su país, hace 12 años ganaba lo que ahora serían 17 mil pesos mexicanos al mes. Pero prefiere ganar poco, sólo lo indispensable para que a su familia no le falte nada y para poder llevar una vida tranquila en esta tierra que dice, es muy parecida a la suya: con gente amable y buena,

que no le ha hecho sentir como si fuera un lugar extraño. Sabe que existen redes comandadas por jefes que traen chinos y les brindan trabajo en sus restaurantes, o les prestan para instalar uno propio, pero se dice completamente ajeno a ellos y desde que arribó a Monterrey no mantiene contacto con la gente de su país. Ham es una excepción dentro de la comunidad china de Monterrey. Mientras se mantiene al margen de la vida de sus connacionales, la mayoría de sus compatriotas obedecen a un sistema establecido jerárquicamente. Hay 220 comunidades chinas y cada una es regida por un jefe. Para organizar y asesorar a esos 220 jefes, existen 36 coordinadores, comenta Víctor Badillo, colaborador de la cadena CNN en el estado y especialista en el tema. Como parte de las acciones que realizaron en conjunto, en respuesta al acoso de extorsionadores y secuestradores que han sufrido, los asiáticos mandaron una carta al presidente de China, Xi Jinping, informándole de la situación en el noreste de México y del riesgo que corren. En entrevistas posteriores, informaron que la comunidad local estaba molesta por la actitud liviana del cónsul chino, quien sólo les recomendó abrir sus negocios y no les ofreció mayores garantías de seguridad que las prometidas por el gobierno estatal. Los coordinadores planearon sus propios mecanismos de defensa: además de aprender métodos básicos de protección personal, utilizarán ahora un GPS en sus aparatos móviles que les permita monitorearse entre ellos. También crearon una cuenta bancaria de toda la comunidad donde hacen depósitos regulares con el propósito de contar con un fondo para el pago de rescates, en caso de padecer nuevamente algún secuestro. III La estancia  de los chinos en México data de hace más de un siglo. La divergencia en la distribución de la riqueza china y la pobreza en la que

Tomó clases de castellano durante un año en el Centro de Idiomas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), pero dice que no le sirvió de mucho y que el poco español que sabe lo ha aprendido conversando con los mexicanos. Su primer negocio fue la venta de productos naturales chinos que, irónicamente, compraba en el Distrito Federal
vivían a finales del siglo 19 y a principios del 20, motivó a que miles de chinos emigraran a occidente, a Estados Unidos principalmente, refiere Lawrence Douglas Taylor Hansen del Colegio de la Frontera Norte. Los asiáticos arribaron a México en barcos que anclaban en Mazatlán, Ensenada y Guaymas, desde donde viajaban a Estados Unidos; al principio eran acarreados por la compañía estadounidense Colorado River Land Company, para la construcción de las vías del ferrocarril. Ahí, los orientales fueron sometidos a trabajos de marchas forzadas y con un mísero salario. Mientras que otros tantos se establecían en nuestro país en ciudades como Mexicali y Ensenada. La población china llegó a ser tanta en Estados Unidos que los nativos empezaron a protestar y en 1904 se pronunció una ley que prohibía su entrada. Coincidentemente, la ciudad de Mexicali, Baja California, vivió un proceso de crecimiento en el ámbito agrícola y precisó de mucha mano de obra. Los mexicanos eran insuficientes para el trabajo de campo por lo que entre 1910 y 1920 se permitió que los chinos, a quienes les llamaban “culis”, llegaran a trabajar la tierra. Históricamente los chinos han padecido la discriminación de los mexicanos. En el texto La matanza a los chinos, Carlos Castañeda cuenta que en 1911 fueron asesinadas 303 personas de origen chino en la ciudad de Torreón, Coahuila, en una de las peores matanzas de la historia mexicana moderna. Familias chinas asentadas en esa zona de La Laguna, dedicadas a la agricultura, fueron víctimas de una cruel matanza por parte de fuerzas revolucionarias. Los habitantes de la Colonia China fueron protagonistas de un crimen de odio por raza, en la lucha de Francisco I. Madero contra Porfirio Díaz. El 15 de mayo, el general Benjamín Argumedo, seguidor de Madero, y su cuadrilla, llegaron a Torreón a una reserva militar conocida como Los Amarillos, por ser el color del uniforme que portaban los chinos, fieles a Díaz. A pesar de no estar armados y no oponer resistencia, la tropa los golpeó y masacro. Algunos se escondieron en el edificio del Banco Chino, pero fueron perseguidos, sus cuerpos lanzados por las ventanas y algunos otros murieron cuando los llevaron amarrados a los caballos de los soldados. Los militares atracaron los comercios y las pérdidas económicas fueron cuantiosas. El 22 de agosto de 1911 se creó una comisión para la investigación de los hechos, integrada por el diplomático

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Históricamente los chinos han padecido la discriminación de los mexicanos. En el texto La matanza a los chinos, Carlos Castañeda cuenta que en 1911 fueron asesinadas 303 personas de origen chino en la ciudad de Torreón, Coahuila, en una de las peores matanzas de la historia mexicana moderna
Owyang King, ministro chino en Vancouver y en Panamá, Arturo Bassett y Antonio Ramos Pedrueza, como representante del Presidente de México. Se supo que algunos torreonenses ayudaron a evitar la muerte de más asiáticos y se concluyó con la exigencia de una indemnización de 500 mil pesos por los daños ocasionados, suma que nunca fue entregada por el gobierno mexicano. En 1917, un nuevo episodio de violencia racial afectó a la comunidad china en México. Más de 300 chinos fueron apresados sin motivo aparente en la cárcel de Hermosillo, Sonora. Padecieron torturas y muchos de ellos fueron asesinados. En su libro El Siglo de las Drogas, Luis Astorga Almanza relata que al llegar los chinos a México por el puerto de Mazatlán, trajeron consigo al opio. Por las condiciones climáticas de esa zona del país, el cultivo de la amapola, planta de donde es extraído el narcótico, fue fructífero. Los chinos vendían libremente la droga en Estados Unidos hasta que en 1926 fue prohibida su comercialización. Entonces los mexicanos, al conocer ya el trayecto trazado para su distribución y la labor para su cultivo, dieron inicio al negocio del narcotráfico hacia el vecino país del norte en 1930. Con la misma intención de expulsarlos de la industria, se inició una campaña de desprestigio hacia los orientales, en la cual los tacharon de flojos, viciosos, jugadores y en donde se hizo frecuente alusión a su mal aspecto, argumentando que podrían transmitir enfermedades por su falta de higiene e inclusive se les llamó débiles y feos. No era bien visto que las mexicanas se casaran con los chinos y si lo hacían, eran merecedoras de palizas. En la actualidad, en Nuevo León hay 494 extranjeros chinos residentes con una forma migratoria vigente, según las cifras publicadas en el banco de datos del  Instituto Nacional de Migración (INM). También se emitieron 132 tarjetas de residente temporal de enero a diciembre del 2012. La actividad comercial de este sector de la población va en crecimiento, pero ni la Cámara Nacional de Comercio ni la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados tienen sus negocios registrados. IV Aunque pocos se atreven a denunciar, los secuestros de extranjeros o mexicanos de origen asiático son una realidad en Nuevo León, afirma Xim Wang, una joven estudiante de origen chino que ha vivido varios casos cercanos. Los hampones no saben si son chinos, coreanos o japoneses, sólo ven que tienen ojos rasgados y suponen que son ricos restauranteros, por lo que los secuestran y piden sumas económicas excesivas a cambio de su libertad. A sus 20 años, la joven alumna de la UANL se desenvuelve bien en el ambiente regio. Llegó hace cinco años, cuando su mamá - quien fue contratada por el Instituto del Deporte como maestra de tiro con rifle- aún residía en la ciudad. Hace tres años, al terminar su contrato, regresó a su país a lado de su esposo, quien es militar como ella, mientras su hija permaneció en Nuevo León. Ahora vive con su primo de 25 años en San Nicolás de los Garza. Con una voz delgada, casi infantil, comenta que después de estudiar castellano por casi un año en el Centro de Estudios y Certificación de Lenguas Extranjeras de la UANL, se matriculó en Negocios Internacionales, carrera que terminó en diciembre pasado. Ahora cursa una maestría en la misma área y da clases de chino mandarín en la escuela donde aprendió español. Actualmente es traductora de la UANL. No ha tenido dificultades para adaptarse a la vida en México. Entre carcajadas por la pregunta, responde que su organismo se ha acostumbrado a la alimentación norestense, no obstante que evita comer carne en la calle. Cuando lo hace, es con los pocos amigos que tiene, casi todos mexicanos. Su vida en la capital neolonesa ha sido muy independiente de las comunidades chinas establecidas, cuya existencia admite, pero con las que ha tomado cierta distancia. Cree necesario formar asociaciones en las que se apoyen entre sí con temas culturales y sociales, pero principalmente de seguridad y protección porque todos de alguna manera han padecido los años de violencia en esta región del país. Ha escuchado de secuestros en las familias de sus amigos orientales, sin que sean necesariamente chinos. Aunque toma medidas básicas de protección, admite que se siente más vulnerable y desprotegida al no contar con el apoyo de sus connacionales, ni sentir que las autoridades del estado garanticen su integridad. Al igual que Ham, Xim Wang es el vivo ejemplo de una joven china que se ha integrado perfectamente a la sociedad nuevoleonense, a través del estudio y del trabajo. Pero los recientes secuestros perpetrados en contra de integrantes de la comunidad china en México han incrementado el riesgo que perciben estas personas de bajo perfil, a pesar de que no participan en los sistemas clánicos de sus compatriotas en tierra azteca. Aunque admiten que en Nuevo León el sentimiento de inseguridad es fuerte para la gran mayoría de la comunidad local, sea de origen extranjera o no. V Renato Balderrama Santander es director del Centro de Estudios Asiáticos de la UANL y lleva 13 años en el análisis de su cultura y economía. Desde su despacho universitario considera que los mexicanos minimizan al esfuerzo de los asiáticos y califican de milagroso que se hagan ricos de la noche a la mañana, porque “no pueden ser  racionales y justos, infieren que todo lo que hacen los chinos es ilegal. Como si en México no hubiera corrupción.” Balderrama, recién llegado de China a donde acudió a establecer lazos académicos entre la UANL y algunas universidades mandarinas, comentó vía telefónica que la importación desmedida de productos de procedencia China en los últimos años ha provocado pérdidas económicas a fabricantes y vendedores nacionales, motivando cierto rencor de los locales. Los chinos que se quedan en su país se dedican a estudiar tenazmente y a ahorrar. Algunos logran tener éxito en su tierra y otros apenas completan para sobrevivir. Pero los que emigran, señala, generalmente sobresalen, como es el caso de los países del sureste de Asia, que están poblados en gran medida por chinos y que han llegado a controlar sus economías. En Indonesia por ejemplo, el tres por ciento de la población es china y controla el 90 por ciento de su economía.  La cultura china se basa en la filosofía de vida del confucionismo, donde uno de los principios más importantes es de la dedicación al estudio. En su carrera de 14 años como catedrático en México y China, Balderrama sabe que desde su formación los jóvenes estudian tan fuertemente que parecieran vivir bajo esclavitud. El ahorro también llega a ser una norma importante: China, como país eminentemente campesino, debe tomar medidas extremas de reserva pues las sequías e inundaciones han provocado históricamente grandes pérdidas y muertes. La cultura china está compuesta por clanes, remarca; a pesar de que son mil 300 millones de habitantes, sólo existen 88 apellidos y cada pueblo es un clan. Al existir estos clanes se facilita la aplicación de lo que se conoce como “Miamzi” que traducido al castellano es conocido como “cara”. En un país en el que durante tres mil años no existió el derecho escrito, quien falta al “cara” recibe un fuerte castigo social: la persona que transa recibe el castigo de nunca volver a ser contratado, así como toda su familia. La pasión del catedrático Balderrama por esta cultura se percibe aun a través de la línea telefónica mientras enfatiza que la confianza y la solidaridad que desarrollan es la razón que permite a los chinos llegar a países como México. Entre ellos se ayudan en el proceso de desplazamiento, y una vez instalados, se apoyan, se prestan dinero con intereses muy bajos para iniciar sus negocios. “Un chino nunca va a dejar morir a un chino de hambre, eso es muy importante. Se prestan grandes cantidades y nadie se va a transar, por lo mismo que son clanes y el concepto de cara es muy importante”. En Monterrey en particular, la discriminación es intensa, asegura el especialista, y es precisamente por este rechazo que estas comunidades se cierran y se protegen entre ellas. Revelar el secuestro de los ocho chinos en Apodaca ante la opinión pública fue destapar la cloaca que oculta un número desconocido de historias de amenazas, lágrimas y dinero pagado a cambio de la vida. Aunque se desconoce el destino de las personas raptadas ese día, es probable que en caso de haberse quedado en México, destinaran a partir de ahora una parte de sus ingresos a un posible pago de rescates. Pero esta historia de secuestro también sirvió para dar a conocer a una comunidad poco vistosa en la sociedad regiomontana. Al igual que durante toda su historia, los chinos están demostrando que la filosofía del confucionismo, con sus jerarquías y métodos de unión, les proporciona los elementos para construir una fortaleza, cual Muralla China en pleno siglo 21 y en Monterrey.

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COREA: CONSTANCIAS DE UN MUNDO LÍQUIDO
¿Es confiable el ginseng?
POR JUAN VILLORO

n un país movedizo resulta difícil saber cuánto durará un símbolo. El tigre Hodori, mascota de los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, ha caído en desuso. Sin embargo, Hechi, atigrado animal fantástico que resguarda el palacio del rey Sejong, sigue teniendo adeptos.

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“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, la frase de Marx en el Manifiesto comunista define la sociedad coreana, donde el pasado se funde en el futuro. En una de las más famosas esquinas de Seúl, el ciclópeo edificio de la compañía Samsung (con pinta de robot decapitado), enfrenta una antigua puerta con techo de pagoda.

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s difícil saber lo que resistirá en un país que se transforma al modo de un programa de software pero no olvida la herencia de Confucio. Desde mi habitación, en el piso 19 de un rascacielos, contemplé edificios sumidos en la bruma, monolitos de cristal que parecían honrar a los ídolos del porvenir. Allá abajo, el tráfico avanzaba en silencio. Un mundo misteriosamente amortiguado. Puentes, avenidas, coches, edificios en construcción. Un frenesí insonoro. En una película, esa imagen iría acompañada de música. Los sonidos vuelven próximo un paisaje que nos excede. Oí un grito en el pasillo. Alguien parecía sufrir un ataque. Me asomé: dos ejecutivos caminaban en calma, pero uno de ellos gritaba. Aunque no entendí nada, el impasible gesto del interlocutor me hizo saber que el estertor era normal. Regresé a la ventana. Después de los alaridos, la ciudad me pareció una abstracción sedante. Una computadora controlaba las luces del cuarto. En el baño, el excusado Toto, de invención japonesa, ofrecía una higiene de laboratorio con artilugios que soplan y lanzan agua en intensidades que van del chorrito elemental a las fuentes brotantes. El mando de controles semejaba la tableta de una civilización lejana, un Código Hammurabi del futuro. Pensé que mi sensación de extrañeza dependía del espacio, el piso 19 ante los rascacielos de cristal, pero dependía del tiempo. Vivía 16 horas después que en México. Además, había envejecido nueve meses. En Corea la edad se mide a partir de la concepción. Curiosamente, me afectaba más adelantarme un día a mi familia que tener un año más. Los coreanos se bautizan dos veces: asumen un nombre para Oriente y otro para Occidente. El oído oriental acepta que alguien se llame Keith, Pancho, Calibán o Vanessa Yadira. En cambio, Occidente se pasma ante los nombres orientales. En mi infancia, no me perdía un episodio de Hawai 5-0, la serie que comenzaba con una espectacular toma del oleaje marino y las vibrantes guitarras de Los Venturosos. Luego un locutor decía los nombres de los protagonistas hasta llegar a: “… y como Chin Ho Kelly, Kam Fong Chun”. Escuché esos créditos en 39 episodios y sus repeticiones, y sólo retuve el nombre de Kam. En Corea conocí a Daniel, CEO y único miembro de Tradech Global, compañía de exportaciones. Por primera vez trabajaba como guía para el Ministerio de Relaciones Exteriores. Quería practicar el español que habla a la perfección (pasó la adolescencia en Chile, donde su familia emigró para hacer negocios). Su microempresa vende gorras de beisbolista. Me contó con orgullo que Corea del Sur domina más del 50 por ciento del mercado mundial de gorras, incluyendo las que se usan en la Serie Mundial. Su mayor ejemplo es Pek Song Hak, huérfano de la guerra entre las dos Coreas, que comenzó a vender sus productos en la calle. Actualmente preside la compañía Young An, que hace negocios en 55 países. Daniel comparte oficina con otras tres empresas (cada una de un miembro). Los trámites para fundar un negocio tardan como mucho una semana. La expansión coreana se debe a transnacionales como LG, Hyundai y Samsung, pero también a la proliferación de pequeños comercios. Los megaconsorcios no han ahogado las iniciativas individuales. En ciertos ramos decisivos, como las farmacias, no hay monopolios ni grandes cadenas, y numerosos supermercados están siendo sustituidos por pequeñas tiendas de comida. En el Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Seúl, una fotografía de Limb Eung-sik resume los años 50, cuando el país estaba sumido en la miseria. Un joven se recarga contra un muro y mira al suelo con abatimiento. Un sombrero de paja le da un aire de campesino que busca suerte en la ciudad. A sus espaldas, dos hombres se dan la mano, gesto que en Corea se usa más para cerrar un trato que para saludar; han tenido mejor destino que el protagonista de la imagen, del que pende un letrero: “Busco trabajo”. Es una cruda escena de posguerra, pero también un anuncio de lo que

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que padecieron cárcel en los años 60. El escritor tuvo que proseguir su obra en el exilio. No fue sino hasta 1988, con la amnistía a disidentes, que Corea del Sur transitó hacia un régimen progresivamente democrático. Hoy las turbulencias de otros tiempos se transforman en velocidad y el pánico en gozoso apremio. El sentido del humor, las fondas de comida exprés, la tumultuosa pasión por los deportes y el gusto por la fiesta hacen que el latinoamericano entienda Corea del Sur como un Japón “normalizado”. Además, los coches circulan del lado derecho. Con frecuencia el aire huele a una ilocalizable descomposición. El origen del tufo es la dieta rica en ajo. América Latina no huele así, pero los rincones más entrañables de nuestras patrias suelen soltar la reveladora vaharada de algo que está rancio o se pudrió cerca o se maceró en exceso. No asociamos el progreso con esos olores contundentes; lo verdaderamente nuestro apesta un poco. En forma primitiva, Corea del Sur remite a tufos del terruño. Su alucinante desarrollo se normaliza en la nariz. Mi primer almuerzo ocurrió en el mercado de Andong, pequeña ciudad de provincia, no muy lejos de Seúl. Los peces crudos y las serpientes marinas eran poco apetitosos. Me costó trabajo sentarme en el suelo, me golpeé con lámparas de madera y lamenté llevar zapatos de agujetas. Viajeros más curtidos me habían aconsejado usar mocasines para descalzarme sin problemas en templos y restaurantes. Pero mi espíritu depende del doble nudo. En casi todos los lugares era el único occidental. Mis maniobras se observaban con discreta piedad. Daniel me aguardaba con paciencia, comiendo su botana de nabos en vinagre. Al completar el protocolo, una mesera me entregaba un vasito de metal con agua. El gesto me hacía sentir como un peregrino que atravesó el desierto o se deshidrató por el esfuerzo de sentarse. En la mesa, junto a los cubiertos, encontré unas tijeras, señal de que el apetito necesita atajos. En el siglo 18, Lichtenberg escribió que los alimentos tendrían otro sabor si los cortáramos con tijeras. Tenía razón. El restaurante del mercado de Andong se dividía en pequeños gabinetes, como vagones de ferrocarril. En la televisión, una joven hacía el rictus inconfundible de quien sufre mucho a causa de un desgraciado. Corea del Sur es la Venezuela asiática. Sus telenovelas permiten que la llore con gusto. En el gabinete de enfrente, un hombre de mi edad hablaba de sus experiencias en el extranjero. Decía que los peores enemigos de los coreanos son los coreanos. “Tiene razón”, comentó Daniel: “Si un policía de origen chino busca a un sospechoso en el barrio chino de San Francisco, no lo encuentra nunca; en cambio, si un policía de origen coreano busca a un coreano, lo encuentra de inmediato”. “¿Esto no contradice el jong?”, pregunté. “¡Claro que no!”, se sorprendió: “Los celos, la envidia y la competitividad son lazos que no puedes romper; forman parte del jong. Es como un matrimonio”, Daniel sorbió su último fideo. Al salir vi una alarmante raíz de ginseng. Flotaba en una sustancia amarillenta, como un feto en formol. La incontenible energía coreana proviene en parte de esa raíz antropomorfa, que sugiere a un hermano alterado de Aquaman. El ginseng se puede tomar en chicle, té, pastillas o caramelo. Esos derivados tienen un gusto agradable y generan un suave estímulo. Sin embargo, es difícil dejar de asociarlos con la raíz originaria, esa criatura flotante -mitad hombre, mitad nabo- que se tomó demasiado trabajo para existir. ¿Es posible sospechar tanto de una raíz? Sí, si la causa es la propia raíz. Mi recelo venía de haber bebido demasiado té de ginseng. Las ideas que provoca son suficientemente lúcidas para desconfiar de su origen. Para mitigar de una vez por todas el aspecto del ginseng, se creó su presentación en spray. Sin embargo, esa vaporosa solución es demasiado tenue. Supongo que a medida que uno se adapta a Corea, la horrenda raíz se vuelve llevadera, del mismo modo en que en algún momento de la vida aceptamos que nuestras ideas provengan de una masa con molesto aspecto de tubérculo, el cerebro.
Fragmento aparecido en Revista Anfibia.

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vendría después: no hay duda de que esa persona consiguió empleo. Actualmente Corea del Sur tiene la máxima conectividad del planeta. El motor de búsqueda más usado es un invento local: Naver. Google es ahí una herramienta minoritaria. Una de las aplicaciones más socorridas del navegador es el conteo regresivo del presidente Li-Myung Bak, empresario de Hyundai en el área de construcciones que despertó grandes expectativas y dilapidó su popularidad. La oposición medía el tiempo que le quedaba en el poder. El 7 de junio, a las 9.30, disponía de 591 días, 14 horas, 36 minutos y 48 segundos. Dos amigos japoneses pueden reunirse ante un estanque sin decir palabra y despedirse satisfechos de su reunión. Los coreanos son ruidosamente sociables y viven para preservar el jong (pronunciado “yong”), inquebrantable vínculo de la colectividad. En el siglo 15, el confucianismo llegó a Corea desde China y transformó para siempre el cielo, las conciencias y las costumbres. Uno de sus ideales es el de alcanzar la plenitud en la vida en común. En el siglo 19, Nietzsche ofreció un improbable eco a Confucio: “Uno siempre está equivocado. La verdad empieza con dos”. El jong es la expresión popular de este principio. Lo que no se comparte no vale la pena. En un restaurante resulta ofensivo pedir platos individuales; hay que meter las cucharas en el mismo guiso. Estar juntos ante un plato es una prioridad coreana. Pero eso no basta: hay que lograrlo con rapidez. La expresión más frecuente es “pali-pali” (rápido-rápido). El almuerzo dura media hora. Esto permite que la mesa de un restaurante tenga cuatro rotaciones de comensales. Si el primer plato tarda más de diez minutos en llegar, el servicio es pésimo (en cada mesa hay un timbre para recordar urgencias).

La voracidad coreana se explica por sus muchas guerras y el hedonismo de haberlas superado. Entre los variados guisos preferí barbacoas con salsas picantes. “Tiene apetito de posguerra”, me informó Daniel, el CEO de Tradech Global. Los más jóvenes favorecen las combinaciones de la abundancia. La aceleración vital se extiende a la capacidad de hacer negocios: hay que ganar mientras se pueda. La vida empresarial se rige por el corto plazo. En la ansiosa Corea, la mano extendida del paciente Buda se interpreta en clave irónica: “dame dinero”. El horizonte de innovación es tan decisivo que en 2004 la compañía LG estableció un peculiar pacto de confianza, eximiendo a su división de nuevos productos de presentar reportes de trabajo a cambio de que entregaran un invento al año. Así surgió el celular Etiqueta Negra, que vendió 21 millones de aparatos. En forma lógica, un artista coreano se especializa en captar el raudo tránsito de los hombres. El fotógrafo Atta Kim hace tomas con ocho horas de exposición. En el museo Leeum cuelga su visión de Times Square: los edificios se perfilan con nitidez en la noche, entre una bruma brillante, que sugiere un polvo astral; es lo que queda del paso de la gente, la huella de una especie apresurada. ¿Es concebible que un territorio que ha sido invadido por China y Japón se dedique al lujo suntuario de hacer planes? Sí, pero todos son para hoy. “Pali-pali”: al destino se le hace tarde. Después de la guerra con Corea del Norte, el país se sometió a un gobierno autoritario. Wang Sok-Yong, autor de la extraordinaria novela El huésped, sobre una masacre cometida por coreanos erróneamente atribuida al ejército estadounidense, y del relato La pagoda, sobre sus experiencias como recogedor de cadáveres durante la guerra de Vietnam, es uno de los muchos

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«Algo pasa allá afuera»
ALMA RAMÍREZ Periodista. Editora. Microficcionadora . @Aprpl

PLACERES ORALES
arga vida a la grasita sabrosona, esa que nos recubre las carnes, la que nos redondea. Loas a la llanta, flotis, michelín, lonja, rollito; sacrosanta nalga del juicio, acógenos en tu rotundez. Arcos triunfales al tejido adiposo que circunda nuestros brazos y muslos, y abraza amoroso nuestro tórax. Velemos las armas por la gloria eterna de las grasas procesadas para que nos asistan en todo momento. A ellas supliquemos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, pero con el gozo vital de zamparse también dosis pantagruélicas de carbohidratos. Sea así pues el tributo por esta, nuestra porfiada y ganosa humanidad. ¿Qué sería de nuestra efímera existencia sin las quesadillas de sesos, los tacos de trompo, el asado de puerco, las chimichangas, el pan de pulque, los dulces de mantequilla y la Coca Cola? ¿Cuál sería nuestra razón de permanecer acá sin las tortas ahogaperros de La Purísima, cachondas de carnes frías y un aguacate entero? ¿O las de La barda, los Tacos Meme o Pipe, las burguers golonas, los turcos, los sonodogos, las papas fritas, los rollos capeados? ¿El pambazo, las tortas de tamal o las ahogadas, los chilaquiles, la mojarra empanizada y las campechanas? ¿Acaso sería humano prescindir del pastel triple chocolate, las galletas de crema de cacahuate, los burritos, los duros con frijoles, crema, repollo y salsa, las conchitas con queso, los esquites o elotes desgranados bañados con mayonesa, crema, chile en polvo y dos quesos? Que la ira de las alturas nos azote y mancille si osamos ignorar el seductor aroma de una Maruchan con pollo (dicen), de los macarrones con queso, las barras de chocolate con leche, almendras o arroz inflado, los jamoncillos con nuez o piñón, y las palomitas con mantequilla (también dicen) extra. Sabio y omnipotente Quezada, que con sus tiras sobre la dieta del mexicano se torna Virgilio y pitoniso tenochca. Vénganos las tostadas de cueritos en tu honor, y tres rebanadas de pizza triple carne también. Manteca de puerco, tapona nuestras arterias. Camarones envueltos en tocino, alcen nuestro colesterol a la esfera celestial. Mousse de mascarpone con frutillas, haz bailar harlem shake a nuestros

JUEGO PERFECTO
el triunfo de los pequeños gigantes en la Serie Mundial, en La Mesa, California, los regiomontanos se declararon en franco tránsito hacia el progreso. Al día siguiente, crudos casi todos, los pobladores de Monterrey se levantaron lanzando bola y corrieron desde casi todos los puntos para barrerse y llegar puntuales a sus centros de trabajo. Esa mañana de sábado, como un golpe de doble suerte, Raymundo, padre de uno de los pequeños campeones que estrecharían la mano del Presidente Eisenhower, recibiría de manos de don Eugenio las llaves de su primera casa en la colonia Cuauhtémoc. Pero el obrero, que trabajaba en los hornos de cebada, se quedó dormido. De no haber sido porque el camino del supervisor de línea se topaba con el suyo, Raymundo no hubiera llegado a ocupar el lugar vacío en la fila ni hubiera recibido tantas palmadas de felicitación por el triunfo de su hijo. Quién imaginaría bajo aquel sol prometedor de verano, mientras la voz

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niveles de azúcar. Bolsa familiar de Doritos, tiñe de rojo ocaso marciano nuestros dentros. Tamales, acompáñenos en medio de toda tribulación. Que las lenguas de gato exorcicen al brócoli, la lechuga (excepto en taquitos de tostada), al tomate (excepto en la salsa que baña los empalmes), al chile (excepto en los frijoles con veneno), a la cebolla (excepto la que corona a la cochinita pibil), al chayote, la coliflor, el pepino, la manzana y el melón. Vade retro a las ensaladas y licuados de piña con nopal, auténticos emisarios del averno.

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l 23 de Agosto de 1957 dudar hubiera parecido ocioso. Con

tesoros eran veneros y pozas. Por eso el día en que encendieron las bombas, Natalio no pudo evitar sentirse inquieto. Juzgó poco oportuno plantear todas las preguntas que revoloteaban en su cabeza hasta producirle mareo, pero antes de que el evento concluyera se acercó al fotógrafo oficial para preguntarle si sabía cuál era el destino final de aquellos tubos. Escuchó entonces un discurso cautivador sobre el progreso, el crecimiento de la industria, la creación de empleos, la competitividad. Natalio no sabía a qué se refería con todo esto pero juzgó prudente confiar.

¿Cuál sería nuestra razón de permanecer acá sin las tortas ahogaperros de La Purísima, cachondas de carnes frías y un aguacate entero?
Porque si en esta vida se trata de ganar la felicidad, el éxito, la prosperidad, y al final no obtenemos nada de eso, por lo menos nos queda la genuina potestad de ganar tonelaje que cimbre los huesos y nos haga grandes, aunque sea para ocupar doble asiento en el avión. A dejar huella a nuestro paso con sillas vencidas, tallas de cintura hoy leyendas míticas; ascender a la cumbre de la alta presión sanguínea, glorificarnos en la diabetes y entregar el corazón al trombo y al infarto. Subir escaleras y caminar es para losers. Porque ahora, como México no hay dos. Porque hoy la patria es grande, humana y generosa en volumen. Ahítos o hambrientos, la desnutrición ha conseguido con mayor contundencia lo que pactos nacionales, cruzadas y movimientos sociales no han logrado consolidar masivamente, al menos no todavía. Mexicanos al grito de la orden doble y con todo, lo hemos logrado. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura (FAO, siglas en inglés) , somos los más gordos del mundo. Háganse el menudo y unas guamas para celebrar.

de don Eugenio retumbaba en los altoparlantes del patio, que las venas de Monterrey comenzaban a secarse. Los animales de pastoreo del cañón de la Huasteca fueron los primeros en percibirlo. El agua de las pozas se consumía. En cuestión de días se redujeron a charcas, y de charcas a cementerio de roedores. Como si un espíritu maligno se estuviera bebiendo su humedad, las tierras quedaban chupadas y secas. La lluvia no mejoraba la situación. El agua simplemente desaparecía. Luego murieron los encinos, primero los que surcaban los arroyos, luego el resto del bosque. Las aves migratorias fueron sorprendidas por la traición de un paisaje inhóspito, sin ramas en donde construir sus nidos. Los pobladores, sin embargo, aplaudieron y estuvieron presentes el día en el que se inauguraron los trabajos de encauzamiento, mediante tuberías, de las aguas superficiales y subterráneas de la Huasteca. No les preguntaron su opinión. Natalio estuvo ahí. Trabajó en las excavaciones y las obras de entubamiento. Nadie mejor que él conocía su territorio de infancia, como un mapa en donde los

Raymundo recibió en la Central a su hijo que traía puesta una gorra de los Dodgers de Brooklyn que al día siguiente llevó a presumir al trabajo

Raymundo recibió en la central a su hijo que traía puesta una gorra de los Dodgers de Brooklyn que al día siguiente llevó a presumir al trabajo. Eran tiempos de bonanza, le dijo su supervisor, tomando entre sus manos la gorra firmada por el pitcher Danny McDevitt. La próxima semana se anunciará una restructuración de la compañía, le dijo confiando información privilegiada. Vamos a producir diez veces más cerveza. Se trabajará de día y de noche. Avísale a tu gente que va a haber trabajo. Raymundo se preguntó para qué hacer tanta cerveza pero luego pensó en su primo Natalio, quien después de haber trabajado en unas obras en la Huasteca se había quedado desocupado. Todo parecía engarzar de forma cristalina y perfecta. Las puntas de los lazos se unían, los rezos eran escuchados, el dinero apagaba las dudas. La compañía crecía sin límites. En 1957 habría sido ocioso dudar.

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_Entrevista

EL IMPERIO DEL MOTOR
POR DIEGO LEGRAND
uis Gómez es un hombre de barba espesa en candado y camisa blanca con tirantes. Piensa que Monterrey es una ciudad de carros que ganaría mucho con desarrollar otros sistemas de transporte urbanos como la bicicleta. Sentado frente al paseo Santa Lucía, en un restaurante de la orilla, este diseñador gráfico creador del Pueblo Bicicletero habla pausadamente e hila sus ideas una a una, como quien tiene mucho para decir. Nos cuenta por qué cree que se puede defender una causa justa sin tener que ser violento, cómo es que los dirigentes se escapan de su deber de rendir cuentas al público en materia de transporte público y en el resto, y sobre todo, qué es lo que mejoraría si más usuarios se decidieran a tomar la bicicleta en una ciudad donde un vehículo motorizado es cuestión de estatus. Relata sobre todo, cómo es que una protesta rodante en la que todos debían ir vestidos de verde terminó siendo una actividad para el gran público en Monterrey, en donde se buscó recuperar los espacios públicos y fomentar la convivencia ciudadana. P.- ¿Cómo desarrollas una actividad de transporte alternativo en una ciudad construida para los coches? R.-Ese fue justamente nuestro incentivo: conocer la realidad de Monterrey, del reino del auto. Fue lo que nos hizo reaccionar y querer buscar una alternativa a esta única manera de concebir el transporte que tantos problemas causa a la ciudadanía. Tenemos al transporte público con la tarifa más alta del país, que ronda los diez pesos, sin que las infraestructuras lo merezcan realmente. No ha habido grandes obras para beneficiar al grueso de la población. Con el dinero que se emplea para subsidiar a la gasolina, por ejemplo, se podría crear una amplia red de transporte para toda la ciudad. Pero se ve complicado en una urbe donde el auto es todavía una cuestión de estatus, una marca del posicionamiento social. La bicicleta o el transporte se ven como remedios para pobres, para gente que no puede comprarse un coche, y eso es en parte porque la infraestructura para bicicletas y para el transporte público es mala, es un círculo vicioso. P.- ¿Pero en el mundo hay un boom de las actividades en bicicleta, no? R.-En Europa y en Estados Unidos lleva algunos años esta moda, pero también en países latinoamericanos está llegando. En Colombia tienen

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una gran red de transporte alternativo, que no comprende sólo la bicicleta, que ha sido empleada para recuperar los espacios públicos y fomentar la convivencia social. Además, evidentemente, de que es un remedio ideal para distancias cortas, en la que haces ejercicio y en ocasiones, en una gran urbe, puedes llegar a tu trabajo más rápido que si fueras en automóvil porque evitas el tráfico. Para un país que es el primero del mundo en obesidad y una ciudad donde la contaminación ya rebasa la del Distrito Federal en ciertas normas, imagínate la gran ventaja que esto podría presentar. Con todos los beneficios que aporta es normal que esté a la moda en el mundo. No creo que sea un fenómeno momentáneo, más bien es el desarrollo urbano el que parece estar llevando a eso. P.- ¿Qué otras ventajas trae un sistema de transporte bicicletero en comparación con la red de automóviles urbanos? R.-Pues podemos empezar por ver qué consecuencias trae esa red de automóviles a la ciudad. Ya hemos mencionado el problema de la contaminación, que no es menor en la ciudad. En una urbe industrial como la nuestra, las tasas de emisión de CO2, pero también de otras partículas, ya son altísimas y están causando daños a la salud de los habitantes de Monterrey, es mucho dinero el que se gasta para prevenir estos efectos dañinos cuando podría invertirse en una red de transporte alternativa. Dicen que para poder respirar cómodamente necesitaríamos 20 parques Fundidora más. Después hablemos de la obesidad en uno de los pueblos más cerveceros y refresqueros del continente; también nos trae problemas de salud ligados principalmente al sedentarismo, aquí harías ejercicio en tu camino al trabajo, te diviertes rodando y limitas tus riesgos. Pero quizá, el que sea más importante es el de volver a disfrutar de su ciudad y convivir con la demás gente. En un coche uno va encapsulado, no ve lo que sucede alrededor, se corta del mundo –porque generalmente son trayectos que hace una sola persona-, se enoja si hay tráfico y deja de lado los espacios públicos. Con un sistema de transporte urbano cómodo, multimodal, se recuperan esos espacios y asimismo la seguridad de los ciudadanos que tejen redes de solidaridad. La palabra multimodal es importante, nosotros no creemos que la bicicleta sea un remedio universal, sino que lo que queremos es tener diferentes opciones de transporte para la ciudadanía, de calidad.

Y eso es trabajo de los dirigentes, pero ya ves cómo son en México, hay que presionarlos. P.- Se le ha reprochado mucho a la bicicleta ser una moda elitista, de gente acomodada, ¿qué opinas de eso? R.-No creo que lo sea, o no debería serlo. Es mucho más barato como sistema de transporte que el automóvil, te ahorras toda la cuestión del combustible, el vehículo es muy barato y su reparación es simple, con un mínimo de experiencia y una caja de herramienta lo puedes hacer tu mismo. En el Pueblo Bicicletero hay de todo, gente de todos los grupos sociales. – En este momento, Luis se tensa un poco y evita contestar sobre cuántas personas de clase baja participan en las actividades del Pueblo Bicicletero-. Ahora te diré, los lugares en los que la gente nos acoge mejor es en los barrios menos pudientes de la ciudad, nos vitorean y nos apoyan. Hay muchos mitos sobre la bicicleta, como el de que no se puede emplear en una ciudad tan caliente como Monterrey, que uno llegaría empapado de sudor al trabajo. Y nada menos cierto, si hablamos de un trayecto corto, claro. Porque este es otro problema de la ciudad, que se ha extendido tanto sin redes que se conecten de un lado al otro que es complejo atravesarlo en bicicleta, pero es justamente lo que intentamos hacer con nuestras actividades, recuperar este espacio y demostrarle a la gente que se puede andar en otros tipos de transporte incluso en una ciudad como Monterrey. En San Pedro por ejemplo, se ha probado que esta puede ser una verdadera acción de convivencia cotidiana. Esperamos que se extienda pronto a toda el área metropolitana. P.- Ustedes empezaron con un método de protesta, ¿qué tanto han variado ahora sus demandas? R.-Bueno, es cierto que el Pueblo Bicicletero comenzó como Protesta Rodante, en una serie de demandas sociales que iban desde la mejora del sistema de transporte hasta el respeto de las garantías individuales de los ciclistas. Pero es un espacio abierto al que puede acudir cualquiera que quiera pasar un buen momento en bicicleta, aunque no esté ni quiera ser politizado. Por otro lado, también es bienvenido cualquiera a nuestras asambleas donde decidimos las acciones que vamos a tomar para fomentar nuestras próximas acciones de reclamo social. No creemos que eso tenga que ver con la violencia o con otros

grupos más radicales, aunque sí tenemos nexos con muchas ONGs y movimientos de defensa social, pero yo creo en la posibilidad de exigir acciones de los gobernantes de forma pacífica y a través del dialogo. De hecho, hemos platicado con gente de todo tipo, desde ecologistas hasta constructores y políticos, cualquiera que se quiera acercar es bienvenido. Sin embargo, no podemos negar nuestra implicación social y nuestro apoyo a las demandas de grupos como los de la Defensa de La Pastora, pero se hace a título personal. Tenemos otro tipo de acciones como las “bicicletas blancas”, que consisten en dibujar una bicicleta fantasma en el lugar en el que atropellaron a un ciclista para crear una consciencia entre los conductores de que deben respetar a los peatones y a cualquiera que sea más vulnerable que ellos en una de las ciudades con más accidentes viales del país. Estamos hablando de casi 300 ciclistas atropellados por año en Monterrey, pero con nuestras acciones buscamos crear una marco jurídico que nos proteja y sirva de sustento para que se aumenten las multas a los automóviles responsables de atropellos y, sobre todo, para mejorar la situación de los que no usamos nuestro coche como único aparato de movilidad. En este sentido, la acción más contundente que tenemos en curso es la de intentar homologar todo el reglamento de tránsito del Área Metropolitana, y hacer que incluya al ciclista como parte integrante de todo el pensum de este mismo reglamento. P.- ¿Cómo conviven con la violencia? R.-En cuanto a la violencia, no hemos tenido mayores problemas, la verdad, incluso en los momentos más difíciles para la ciudad hemos salidos siempre en grupo y eso nos brinda cierta protección, además de que creemos que el fomento de espacios ciudadanos de convivencia es un trabajo importante para recuperar la seguridad de la ciudadanía, que se atreva a regresar a las calles. Hemos tenido algunos momentos de tensión con los elementos del ejército que cubren las calles porque en ocasiones se sacaron de onda, como cuando hicimos una marcha al día siguiente de los bloqueos en las calles, lo que admitimos fue un error, pero no ha pasado a más. Este es el último gran mito de la bicicleta, que es un medio de transporte peligroso. Sólo lo es si los automovilistas no ponen la atención suficiente y debido a que las autoridades no cumplen con su trabajo de crear vías de acceso seguras para todos.
Con Información de Elisa Badillo

_Obituario

Del 21 al 27 de julio de 2013 Nuevo León, México.

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JULIÁN GARZA ARREDONDO
19/08/35 - 16/07/13
POR CARACOL LÓPEZ
uien miró a Julián Garza Arredondo ese Q diez de abril de 2013 hubiera jurado que seguía siendo el mismo: voz carrasposa, presteza en el dicho, presencia imponente. Ahí estaba con su típica camisa norteña, sus pantalones oscuros y el sombrero terciado; el bigote de aguacero que le cubría el labio superior seguía en su lugar. Pero si se le ponía más atención, se podía notar que en vez de las botas picudas llevaba cómodos huaraches, de esos que usan los ancianos para descansar en casa. El talante tampoco era el mismo que con el que siempre se presentaba: estaba conmovido, lloroso, agradecido. Quien miró a Julián Garza Arredondo ese día del homenaje en el Museo de Historia Mexicana, vio los estragos de los años: la silla de ruedas, el vendaje en la mano derecha, la piel marchita y adelgazada alrededor del cuello. Supo, a través de la misma boca de Julián Garza, que por cuestiones de salud hacía ya 15 años que no tomaba un trago, aunque muchas de sus canciones alabaron las virtudes curativas del licor. Quien lo miró, vio en su cara el silencio que él mismo impuso a su genio: desde la muerte de su esposa decidió dejar de componer y de tocar en público. A pesar de todo, quien estuvo en esa sala de museo, lo escuchó decir: “Quiero que siempre me recuerden en una cantina, de parranda y con una botella de mezcal de la sierra”. *** Julián Garza Arredondo, mejor conocido como El Viejo Paulino, fue un cantautor y guionista de cine muy popular en el norte de México y el sur de Estados Unidos. Nació en la Hacienda El Porvenir, en Los Ramones, Nuevo León. Sus padres fueron José Garza Leal y María Guadalupe Arredondo. Desde niño emigró a Guadalupe, Nuevo León, donde vivió una existencia precaria: hijo de padre alcohólico, tuvo que trabajar. Dejó la escuela a los siete años y desempeñó muchos oficios; fue bolero en las cantinas donde adquirió su bagaje musical popular, fue empleado de tintorería, chofer de montacarga, cantinero y conductor de tráiler. En 1957 se casó con Chacha, como llamaba a su novia, con quien tuvo a sus hijos Jorge, Javier, Rosita, Olga, Coni y Alejandra. Comenzó a escribir calaveras para sus compañeros del trabajo, así como corridos en clave de broma, hasta que en 1971 uno de ellos le sugirió dedicarse profesionalmente a la composición. Ahí comenzó una carrera que lo convirtió en pilar de la música norteña. En 2010 enfermó de cáncer medular que combatió, según contaba, con veneno de alacrán azul comprado en Cuba. Logró curarse, pero en 2012 lo atacó un cáncer pulmonar producto de su afición al cigarro. Falleció de una complicación respiratoria el 16 de julio de 2013. *** Julián Garza escribió cerca de 200 corridos, tuvo más de cien producciones discográficas, participó como actor o guionista en 30 películas, mantuvo una carrera musical de 40 años, viajó por innumerables *** Las canciones de El Viejo Paulino son conocidas y admiradas porque retoman la tradición oral de ese norte conformado por Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas y Texas. A diferencia de muchos artistas pop dentro de la música norteña y grupera, no puso reparos en caminar los andurriales polvorientos que tiene la frontera. En los ranchos y sus fiestas aprendió las historias y maneras de contar de la gente, incluso muchos de sus corridos ni siquiera eran hechos sucedidos y poetizados, eran historias originales que él mismo imaginó, pero verosímiles por abrevar de las vivencias de su autor. Julián Garza supo conocer la sensibilidad de las personas, tanto que con su obra pasa lo mismo que con el cine mexicano de la época de oro: no se sabe si la producción es reflejo de la identidad o la identidad es resultado de la producción. Con la canción Era cabrón el viejo desató polémica debido al uso de maldiciones, pero él reviró diciendo: “¿Por qué el corrido, que es del pueblo y para el pueblo, no puede usar su propio lenguaje?”. Siempre escribió y canto con picardía y humor, lo que le mereció críticas: se le acusó de misógino y homofóbico, algo no tan infundado debido a que sus letras con frecuencia hablaban despectivamente de las mujeres o hacían mofa de los homosexuales. Sin embargo, Julián Garza explicó que El Viejo Paulino era un personaje, no una realidad. Y si eso no funcionaba frente a las críticas, él simplemente mandaba a la chingada al inquisitivo de turno. También se le reprochó la glorificación de la violencia porque sus corridos versaban sobre narcotraficantes, plantadores, pistoleros y hombres agresivos. Julián Garza declaró que sus letras eran sobre hombres bragados y valientes; glorificaba la valentía, no el crimen. A pesar de ello, admite que llegó a tocar para algunos capos de las drogas, aunque se retiró de eso por miedo a la inseguridad: “Yo ya no manejo en tu colchón. Si no le agrada a un cabrón de esos lo que hiciste… No, ya ves cómo anda el agua. Así que ya no me meto”. En 1980 fue invitado por la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Universidad de California, en Los Ángeles, a participar en dos seminarios sobre el corrido norteño, como conferencista. En 2003 fue publicado Diez mil millas de música norteña. Memorias de Julián Garza, escrito por Guillermo Hernández, un estudioso del corrido mexicano de la Universidad de California en los Ángeles (UCLA), quien cuenta la vida del compositor, en el libro editado por la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa y el Programa para México de la UCLA.  Con todo, sus canciones se resisten a la intelectualización y la fetichización que la Academia hace de “lo popular”: existen realmente cuando son tocadas por el fara fara de cantina, cuando los amigos hacen carne asada y cantan, cuando el abuelo se pone pedo, y ¿por qué negarlo?, cuando el narco baja por la sierra con su pick-up polvorienta.
_Asistente Elisa Badillo _Columnas Alma Ramírez Ximena Peredo _Distribución Sergio Ramos _Consejeros Andrés Ramírez Celso José Garza Guillermo Osorno Julio V. Chang

EL VIEJO QUE FUE CABRÓN

pueblos, ranchos, ejidos y ciudades del norte, así como por Egipto, Estados Unidos e Italia. Las canciones que compuso y lo consagraron fueron Nomás las mujeres quedan, Jesús pata de palo, y Las tres tumbas, la cual ha sido interpretada por casi 180 artistas a lo largo del tiempo. Cultivó la canción ranchera, el bolero ranchero, el corrido-narcocorrido e incluso la cumbia. Sus temas se pueden escuchar en la voz del dream team norteño conformado por Cornelio Reyna y Ramón Ayala. Llegó a las nuevas generaciones a través de El Chapo de Sinaloa, El Shaka, y K-Paz de la Sierra, relacionados con episodios violentos del narcotráfico. Al inicio fue apoyado por Los Cadetes de Linares, quienes grabaron sus temas, lo que lo volvió conocido. En 1971 decidió armar un dueto con su hermano Luis y juntos fueron Julián y José Luis, hasta que Cresencio Melchor, programador de radio de la XEBJB, les sugirió el más eufónico nombre de Luis y Julián. Llegaron a ser tan populares que merecieron el apodo Los amos del corrido. De ese tiempo es la canción Pistoleros famosos, que se convirtió en su pase al mundo del cine: los Hermanos Almada, otras leyendas de la cultura popular, quisieron hacerla película; Julián fue encargado de hacer el guión e inclusive participó como actor. Durante 30 años, Luis y Julián cantaron hombro con hombro hasta que en 2003 se separaron. Julián Garza inició su propio proyecto y tomó otro nombre: El Viejo Paulino, que viene de la canción Era cabrón el viejo, la historia de un sembrador de marihuana que enfrenta a los militares después de que su compadre le puso el dedo. La canción tiene un diálogo que dice: “Van a saber estos batos, quién es el viejo Paulino”.
_Editor Adjunto Diego Legrand @legranddiego _Arte y Diseño Oscar Hernández @Ouscher _Web Denise Alamillo @denisealamillo _Corrección y Verificación Caracol López @GasteropodoRoto _Cronistas Alma Vigil @almillavigil Daniela García @d_garcia91 Melva Frutos @fruttzy Leo González @yLeodice Edgardo Pérez @EdgardoPez _Fotografía Victor Hugo Valdivia

Periódico de la Vida
Las Historias de Aquí

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Diego Enrique Osorno @diegoeosorno

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Alejandro Regalado

Adrián Gallegos

Una publicación de: Grupo Editorial La Razón José María Rojo 440 Sur Barrio Antiguo Monterrey, Nuevo León. Tel. (0052)(81)83429697/98

Del 21 al 27 de julio de 2013 Nuevo León, México.

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