Desmontando la ‘arquitectura de la Ayuda’

Explicado el 14/07/2014
Por Jone G. LurgainDesarrollo Global
Ministros de todo el mundo, jefes de organismos
internacionales, representantes de organizaciones no
gubernamentales y agentes empresariales se reunieron
hace apenas tres meses en Ciudad de México para
evaluar la eficacia de la ayuda, es decir, el buen o mal
uso que se hace de los fondos que los países más
industrializados del mundo donan a los países en
desarrollo. Técnicamente, se le llama Ayuda Oficial al
Desarrollo (AOD) y en 2012 sumó 126,94 billones de
dólares (actualmente, ronda los 135 billones), según los
últimos datos hechos públicos por la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo (OCDE).
La cifra, aparentemente astronómica, en realidad no
representa ni el 0,7% del Producto Interno Bruto (PIB)
total de los 34 países miembros del Comité de Ayuda al
Desarrollo (CAD). Las posibilidades de alcanzar esta
meta, que se remonta a una resolución de la ONU de los
años 70, son más remotas desde que irrumpió la crisis
económica. Salvo algunos pocos países, como Noruega o
Japón, la tendencia general ha sido reducir esta partida
destinada a la Solidaridad, incluso a más de la mitad en
casos como el de España. Con este panorama, sobran
razones para desmontar la llamada „arquitectura de la
Ayuda‟ y examinar con lupa sus cifras.
¿Cuánta ayuda llega en realidad a los países
empobrecidos? ¿Va a parar a donde más se necesita?
La respuesta a estas preguntas es más complicada de lo
que parece a simple vista. Para empezar, la Ayuda Oficial
al Desarrollo (AOD) no sólo consiste en las donaciones
que los países conceden a las organizaciones no
gubernamentales para el desarrollo (ONGD) para que
éstas implementen proyectos de cooperación al desarrollo
en los países del Sur. En realidad, los fondos que
gestionan estas organizaciones apenas llegan al 1% del
total de la Ayuda. ¿Quién gestiona el otro 99%?
Simplificando mucho, se puede decir que los gobiernos
transfieren la ayuda directamente a los presupuestos de
los países beneficiarios (es lo que se llama ayuda
bilateral), y las instituciones internacionales (ayuda
multilateral), como las agencias especializadas de la ONU
(UNICEF, UNPD, ACNUR, FAO, OTI y otras), así como el
Banco Mundial o los Bancos regionales (ayuda
financiera).
La OCDE, encargada de hacer seguimiento y mantener
actualizadas las cifras de la AOD, es también quien
establece las reglas, a través de su Comité de Ayuda al
Desarrollo (CAD), a la hora de contabilizar las partidas
que donan los países donantes. En otras palabras, es la
que decide lo que se puede computar como AOD y lo que
no.
Así, además de los fondos destinados a la
implementación de programas y proyectos de
cooperación en los países en desarrollo (ONGD), en la
AOD se incluyen también la asistencia y provisión de
alimentos en emergencias humanitarias, además de otros
recursos económicos que en realidad no llegan a los
países en desarrollo. Se trata del alivio de la deuda, la
ayuda a los refugiados acogidos en países donantes, las
subvenciones de becas para estudiar en países donantes,
además de otros apartados menos detallados como
“gastos de administración” , “proyectos de inversión” y
“otros”.
En búsqueda de una medición más real
Una de las reivindicaciones mas reiteradas por parte de
ONGD (como ActionAid) y movimientos sociales ha sido
durante años que se separara de la AOD aquellos
recursos con un destino diferente al desarrollo, de manera
que se pudieran ver las cifras reales de la „solidaridad‟
que llega a los países empobrecidos. De lo contrario,
según estas organizaciones, nos encontramos ante una
sobrevaloración de la Ayuda, ya que no es lo mismo
aliviar una deuda que transferir recursos a los países de
rentas bajas para contribuir a su desarrollo, ya sea en
forma de conocimiento o proyectos educativos, de salud,
vivienda o empleo.
En respuesta a estas críticas, la OCDE creó un nuevo
índice de medición de la Ayuda, llamado Country
Programmable Aid (CPA), que ofrece datos más reales de
la ayuda programada por cada donante para combatir la
pobreza y contribuir al desarrollo de los países del Sur. Lo
más importante es que desagrega aquellas partidas
relacionadas con el alivio de la deuda, la ayuda a
refugiados, becas educativas y costes administrativos,
entre otras. En 2012, se computaron como AOD hasta 17
billones de dólares en los conceptos citados, cuando en
realidad esos fondos nunca llegaron al país receptor.
Por poner otro ejemplo, casi la mitad de la AOD de
España nunca llegó a los países empobrecidos en 2012.
Concretamente, un 51% se destinó a programas de
desarrollo, ONGD y ayuda humanitaria, mientras que los
gastos de administración y el apartado “otros” supusieron
casi un 44% del total, cuya cifra alcanzó los 2.197
millones de dólares (bien lejos de los 6.716 millones de
2008).
La „Ayuda fantasma‟
Aún contando con todos estos desgloses y detalles sobre
el destino de la AOD, es difícil responder con exactitud a
la pregunta inicial. Uno de los principales motivos es
porque la Ayuda que prestan los países del Norte está en
muchas ocasiones condicionada.
Hoy por hoy, este tipo de contratos basados en la Ayuda
no son conocidos públicamente, son tratados casi como
´secretos de Estado´, por lo que es imposible saber
cuánta Ayuda llega realmente a los países en desarrollo.
Precisamente, terminando por donde empezamos, en la
última reunión del alto nivel sobre la eficacia de la ayuda
celebrada en México, una de las cuestiones más
candentes del debate fue la necesidad de definir mejor la
AOD, es decir, lo que se debe y no se debe incluir en el
mismo „saco de la Ayuda‟. En este sentido, la propia
responsable del UNPD, Helen Clark, subrayó:
“Necesitamos mirar la composición de la Ayuda antes de
felicitarnos por el incremento de las cifras o los niveles de
AOD. De hecho, muchas ONG llevan denunciado el
fenómeno de la „ayuda fantasma‟ durante años. En
muchos casos, no hay una transferencia real de recursos
a los países receptores. Esta crítica se aplica tanto a los
„viejos‟ como a los „nuevos‟ donantes”. Sin duda, lo pudo
decir más alto, pero no más claro.



http://www.unitedexplanations.org/2014/07/14/desmontan
do-la-arquitectura-de-la-ayuda/





Javier Auyero: "En los sectores populares, el
mismo Estado que interviene es el que está
produciendo delito"
-¿Qué transformaciones advierte en el conurbano
bonaerense en estas dos últimas décadas? -Hay dos
procesos y fenómenos significativos en estos veinte años:
la cárcel y la violencia. Por un lado, y a diferencia de hace
25 años, la cárcel es hoy una institución de la vida
cotidiana de los pobres. Hace 25 años era muy difícil
encontrar a alguien que te hablara de la cárcel o que
tuviera un familiar preso. Hoy, un tercio de los alumnos
del lugar que investigamos tiene un familiar más o menos
cercano que está preso, o que acaba de salir de la cárcel,
o que está siendo procesado para entrar. Eso genera al
interior de los sectores populares prácticas que tienen
que ver no sólo con la crianza de los hijos -cuando la
mamá y el papá no están en el hogar, muchas veces es la
abuela la que los cría-, sino también con rutinas: cada vez
que hay algo de dinero van a la cárcel a visitar a los
familiares para llevarles mercadería. Por el otro, y
relacionado con esto, es un universo más violento en
ciertas violencias que uno puede registrar y en otras sigue
siendo tan violento como antes. -¿Cuáles son las
violencias viejas y cuáles las nuevas? -No es nuevo que
las mujeres de los sectores populares siempre vivieron
sitiadas dentro del hogar. La violencia de género no es
nueva. Pero en términos de heridos y homicidios hay
cosas nuevas: en los 5 años que nos llevó la
investigación hubo casi un 180% de aumento de
homicidios en ese lugar que tiene 170.000 habitantes.
Según los médicos que trabajan ahí, todos los años
aumentan un 10% los heridos de bala, y las cirugías por
causas traumáticas aumentaron de manera exponencial
en la última década. También crece la población, pero
ese aumento es inferior al de la tasa de homicidios. Eso
en lo que respecta al vaso medio vacío. -¿Y cuál es el
vaso medio lleno? -Hace más de diez años había casi
nula presencia estatal. Hoy nadie puede argumentar que
los sectores populares están abandonados por el Estado.
El Estado tiene una presencia allí: aparece en la forma de
un hospital público, de la sala de primeros auxilios, de la
Asignación Universal por Hijo y aparece el Estado en su
brazo punitivo -la policía- como una forma de regular la
pobreza. Y aparece de manera intermitente, selectiva y
segmentada porque interviene en algunos delitos -no en
todos- como el tráfico de drogas, pero mira para otro lado
cuando hay violencia doméstica o violencia sexual. Y es
una presencia contradictoria, porque el mismo Estado que
interviene es el que está produciendo delito. Que la
policía de la provincia de Buenos Aires funciona como
una organización cuasi mafiosa y extorsiva no es
novedad para nadie y esto se observa en cómo funcionan
el robo de autos y el tráfico de drogas. No es que el
Estado sólo ha estado mirando para otro lado: el Estado
ha estado reproduciendo esta
El sociólogo, que desde hace años analiza la vida
cotidiana en el conurbano, alerta sobre la habitualidad de
la violencia y las contradicciones de la presencia estatal
entre los más pobres Por Astrid Pikielny | Para LA
NACION 21/07/2013 ¿Cómo se vive y se muere hoy en el
conurbano bonaerense más empobrecido? ¿Por qué la
cárcel se ha convertido en una institución de la vida
cotidiana de los sectores populares? ¿Es posible salir
indemne de una vida marcada por violencias múltiples y
muertes brutales, ausentes de las grandes discusiones
públicas? Éstas son algunas de las preguntas que se
formula el sociólogo Javier Auyero a partir de La violencia
en los márgenes (Katz Ediciones), un ensayo escrito en
coautoría con la maestra María Fernanda Berti que les
demandó varios años de investigación, durante los cuales
recolectaron testimonios de alumnos, médicos y
habitantes de Ingeniero Budge. Nacido en Lomas de
Zamora en 1966, Javier Auyero ha transformado el
conurbano en su objeto de estudio, el origen de diversos
libros y el destino al que regresa cuando visita la
Argentina con regularidad, aunque vive y ejerce la
docencia en los Estados Unidos desde hace más de
veinte años. "Con la Argentina tengo una relación de
trabajo, es mi lugar de investigación", dice el profesor en
la Universidad de Texas (Austin) y autor de La política de
los pobres , La protesta e Inflamable , entre otros ensayos
que pueden leerse como un corpus. Esta vez, su estadía
en el país comenzó con el asesinato de un vecino en
Ingeniero Budge, el hincha de fútbol muerto por la policía
en el Estadio Único de La Plata, la muerte de Ángeles
Rawson y la tragedia de trenes de Castelar. "Las
discusiones públicas sobre la inseguridad suelen tener
como protagonistas a los sectores medios y medios altos.
Sin embargo, son los más pobres los que padecen
constante y cotidianamente los mayores índices de
violencia, que incluyen las tasas más altas de homicidios
y heridos de bala", se lee en el comienzo del libro. Quizás
por eso no le extrañó demasiado que el asesinato de
Ángeles Rawson haya cautivado a las audiencias
televisivas y haya ganado centimetraje en medios
gráficos, desplazando y obturando esas otras muertes
cotidianas y trágicas, en territorios que considera
"fábricas de violencia".
violencia, y parte de esa causalidad es lo que están
haciendo los distintos niveles del Estado. -De todas
maneras, queda la sensación de que en parte la
presencia del Estado es un "como si": el hospital está,
pero no tiene insumos necesarios; la escuela está, pero la
calidad de la educación ha empeorado. -Sí y no. La
escuela de hecho puede funcionar como una suerte de
depósito de chicos pobres, porque esa escuela hace rato
ha dejado de ser un mecanismo de integración y mucho
menos de ascenso social. Los hospitales funcionan, mal
que bien, pero funcionan. Yo no estoy diciendo que la
Asignación Universal por Hijo sea lo que el discurso oficial
dice que es: no es igualador ni empoderador y no puede
serlo una suma que cubre 10 días del presupuesto del
mes de una familia tipo. Sin embargo, y a diferencia de
hace 15 años, esa asignación está y es previsible: la
gente cobra. Son distintas maneras de relacionarse con el
Estado. Está el hospital, pero muchas veces no tienen
hilo para coserle una herida a un chico; la policía reprime
y al mismo tiempo es la que paga por favores sexuales a
las adolescentes del barrio. Decir que el Estado está
totalmente ausente y que la policía lo único que hace es
reprimir es simplificar una realidad mucho más compleja,
y es que el Estado está y no está presente. Pensar que el
Estado es sólo el aparato que está ahí pegándoles a los
pobres o que está totalmente ausente es una
simplificación de una realidad mucho más compleja que
exige pensar cómo se va a intervenir. -¿A qué atribuye el
crecimiento de la violencia y el cambio de las
modalidades de la violencia? -Esto tiene que ver con los
niveles de desigualdad y con una enorme informalización
de la economía. Estamos viendo los efectos de la gran
transformación neoliberal que ocurre en la Argentina a
mediados de los setenta. Esto no se explica por causas
de hace dos años o por lo que ocurre en 2001. Esto es lo
que Karl Polanyi llamó "la gran transformación", que
desproletarizó un sinnúmero de personas e informalizó la
economía. Se sabe que a mayor informalidad, mayor
cantidad de violencia, porque se remueven los
mecanismos formales de mediación de conflictos.
Además, estos lugares se transforman en espacios de
fraccionamiento, almacenamiento y distribución de drogas
ilícitas. -¿Y de qué manera impacta la droga en las
nuevas formas de violencia? -La economía de las drogas
es un arma de doble filo: por un lado, sostiene redes
económicas y, por el otro y al mismo tiempo, las destruye.
La violencia que genera el comercio de drogas no tiene
que ver con un chico que drogado va y mata a alguien.
Esto ocurre, pero no es la mayor violencia que el
comercio ilícito de drogas provoca. La economía ilícita de
las drogas genera violencia porque no hay un mecanismo
de resolución de conflictos. Uno no puede ir al
ombusdman a decirle: "Mire, me vendió bicarbonato de
sodio, o fulano se fumó el resto". En esa economía
informal que es ilícita, los mecanismos de mediación son
las venganzas, las represalias y el ojo por ojo. A esto hay
que sumarle La Salada, que es un polo económico que
hace entrar y salir mucho dinero de la zona y que
presenta oportunidades para el crimen y oportunidades
para que el chico que ya no está en la escuela, que no
tiene trabajo y que está en la economía informal ejerza lo
que Max Weber hace tiempo llamó el "capitalismo de
rapiña", porque son crímenes de oportunidad. No es
casual que si uno mapea los homicidios que se dan en la
zona, la enorme mayoría ocurre en las adyacencias de la
feria, porque entra y sale gente con dinero. La feria se ha
pacificado al interior: los empresarios, no sólo los
económicos sino los de la violencia, han dicho: "Acá
mandamos nosotros". Monopolizaron el ejercicio de la
violencia adentro, pero exportan la violencia hacia afuera.
-Llama la atención la naturalidad con la que los chicos y
los jóvenes hablan y conviven con una violencia cotidiana
y omnipresente. -Es importante decir esto: nosotros no
fuimos a buscar historias de violencia, pero los chicos nos
las traían una y otra vez. Los chicos hablan
compulsivamente de la violencia. Yo no hablaría de
naturalidad, porque eso implica dejar de notar, pero sí
creo que hay mucha habitualidad. Lo problemático es que
la exposición a la violencia es tan alta que hace difícil
pensar que alguien pueda salir intacto y que eso no deje
marcas en las formas de ver, de entender y de
relacionarse. No estoy diciendo que es una zona de
guerra, pero uno tiene la sensación de estar en presencia
de la construcción de un gran trauma del cual no se está
hablando. -Si se entiende la resiliencia como la capacidad
para atravesar y superar crisis y traumas, ¿hay resiliencia
posible en estos sectores? -Me cuesta mucho pensar que
se pueda salir indemne. Es difícil pensar y comparar la
vida de ese chico con la del de clase media que nunca vio
un cadáver en la puerta de su casa, porque estos chicos
ya han visto y ven muertos, heridos o alguien sangrando,
algo que mis sobrinos, por ejemplo, no han visto nunca.
Eso deja marcas psicológicas en la manera de
relacionarse y de mirar el mundo. También es cierto que
la gente no está pasiva frente a la violencia. Las madres
ponen candados y atan a los hijos para que no se
droguen, pero también pegan a los hijos y reaccionan con
violencia frente a un intento de violación. Entonces, por
un lado hay respuestas que reproducen esa violencia y
por el otro hay respuestas de ciertos núcleos que quieren
actuar y atisbos de organización colectiva. -Una de las
cosas que advierte es que las violencias están
concatenadas e imbricadas: la sexual, la social y la
interpersonal. ¿Por qué esto no ha recibido un tratamiento
integral? -Efectivamente, se han tratado las distintas
violencias de manera separada y la realidad es que están
empíricamente conectadas. Es decir, el adicto que tiene
un altercado con un dealer y que después va a su casa y
la mamá le pega, o el padrastro que abusa de una
hermana: todo tiene que ver no sólo porque todo está
presente al mismo tiempo, sino porque las represalias
están relacionadas empíricamente. Por lo tanto, no puede
ser que la madre de un adicto tenga que viajar una hora
hacia el Norte del municipio para internar a su hijo y otra
hora hacia el Sur porque el marido le pega, porque de
hecho esas violencias están conectadas. Hay que hablar
del drama de una madre que tiene que ir a la policía, que
sabe que está involucrada en el tráfico de drogas, para
que arreste su hijo adicto porque teme que mate a su
hermana. Es alguien que voluntariamente se somete al
poder perverso del otro. Este drama se vive todos los
días. -Los trabajadores utilizan trenes que chocan por
desinversión y falta de control, transitan por calles de
barro que debieron ser asfaltadas y esperan mejoras
estructurales que nunca llegan del todo. ¿Hay conciencia
de que la otra cara de la violencia es la violencia
simbólica de la corrupción de los distintos gobiernos? -
Hay una sensación de que la política es algo que ocurre
por encima de ellos. Es un universo oscuro y de arreglos
que ellos desconocen. Tienen la sensación de que son
objetos de la política y no sujetos. No tienen una relación
de ciudadanos con el Estado, sino de "pacientes":
pacientes en el sentido de pasión y de padecer. La
política es algo que se padece tanto cuando se relacionan
con el gobierno local o federal. Es verse involucrados en
una red que no pueden controlar, en la que a veces
aparece un puntero y acelera un trámite. Y la relación
nodal es una relación de espera: esperar a Godot,
digamos, que puede aparecer bajo la forma de un plan
social, de una casa o de un documento. -¿Por qué cree
que los medios cubren la violencia de los sectores medios
y altos y muchas veces desatienden la violencia que
padecen los sectores populares? -El discurso sobre la
inseguridad está muy dominado por la inseguridad que
sufren los sectores medios y medios altos. Es una
inseguridad real, pero que de hecho desplaza y oculta
ésta. La mayor inseguridad medida en términos de
muertos y heridos la sufren los sectores más pobres. Las
tasas de homicidios no son democráticas: no están
igualmente distribuidas entre Lomas de Zamora y Vicente
López. Y tampoco lo están al interior de Lomas de
Zamora. Esto trasciende a un gobierno; estos sectores
estuvieron marginados desde antes de este gobierno y
probablemente lo estén después. Esto es una papa
caliente para el discurso progresista, que no se anima a
hablar sobre este tema. Y hay que hablar sobre lo que
nadie quiere hablar, porque estos lugares son fábricas de
violencia.

http://www.lanacion.com.ar/1602705-javier-auyero-en-los-
sectorespopulares-el-mismo-estado-que-interviene-es-el-
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