Historia filosófica de la idea de forma orgánica

Índice
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Introducción Cap.1. Aristóteles: la forma orgánica como forma sustancial
I. Los tratados biológicos en el conjunto de la obra aristotélica II. Forma y gnoseología.
1. El debate reduccionismo / antirreduccionismo en tiempos de Aristóteles. 2. La forma orgánica y la búsqueda de principios. 3. La forma de la diferencia interorgánica: clasificación o definición. 3.1. La Investigación sobre los animales como taxonomía. 3.2. La Investigación sobre los Animales como tratado empírico. 3.3. La Investigación sobre los Animales como un estudio de la diferencia.

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III. Forma y ontología.
1. La eternidad del mundo y la permanencia de las especies. 2. Todo y parte: los niveles de organización de la materia. 3. La forma orgánica: la forma biológica como forma sustancial. 3.1. Forma y estructura • La forma como determinación en la materia segunda. • La forma como heterogeneidad espacial. • La forma como principio estructural. 3.2. Forma y función. 3.3. Forma, función y materia: la necesidad hipotética. 3.4. Forma y materia: los caracteres variables. 4. La forma de la diferencia interorgánica. 4.1. Materia y forma como principios lógicos para la definición: el genos como materia y el eidos como forma 5. La forma del individuo. 5.1. Los principios de la generación: lo masculino y lo femenino. 5.2. Las causas de la reproducción. 2.1. La causa final. 2.2. La causa formal: la forma del individuo o la forma de la especie. 2.3. La causa material: el flujo menstrual femenino. 2.4. La causa motora: el semen del macho. 5.3. La teoría de la herencia.

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IV. La actualidad de la biología de Aristóteles.

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Cap.2. La herencia de Aristóteles: Galeno y Linneo. Galeno y la forma del organismo.
I. Forma y gnoseología. II. Forma y ontología.

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Linneo y la forma interorgánica.
I. El primer Linneo: la lectura escolástica de la biología aristotélica.
1. El eternalismo aristotélico y el fijismo linneano. 2. El esencialismo y la forma de la diferencia inteorgánica.

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II. El sistema de clasificación de Linneo en sus obras de madurez: la introducción del tiempo y la crisis del esencialismo.
1. De los géneros porfirianos a los géneros modulantes. 2. La nomenclatura binomial: la disociación entre clasificación y definición. 3. Variabilidad intraespecífica y variabilidad en el tiempo.

Cap.3. Kant: la forma orgánica como forma ideal.
I. La Crítica del Juicio en el conjunto de la obra kantiana. II. Forma y Gnoseología.
1. El debate reduccionismo/antirreduccionismo en tiempos de Kant: el idealismo vs. el realismo de la finalidad. 2. La idea de fin y la idea de Todo y Parte: la Técnica de la Naturaleza. 3. El concepto de fin como concepto regulativo. Juicio determinante y Juicio reflexionante. 3.1. El concepto de fin como principio objetivo: las antinomias de la Razón. 3.2. El concepto de fin como principio regulativo. 4. El Todo como Naturaleza y el Todo como organismo. 4.1. La Naturaleza como un todo. 4.2. El organismo como un todo: la transformación del organismo en mecanismo. 4.3. La relación entre todo y parte en el plano epistemológico: entendimiento discursivo y entendimiento intuitivo.

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III. Forma y Ontología.
1. La forma orgánica. 1.1. El entendimiento intuitivo y la “cosa en sí”. 1.2. La subordinación del entendimiento discursivo al entendimiento reflexivo: la materia como medio de la forma. 2. La forma de la diferencia interorgánica. 2.1. La descripción de la naturaleza: variedad dada o variedad creada. 2.2. La historia de la naturaleza: una técnica sin intención.

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Cap.4. La herencia de Kant: Morfología idealista y Teoría celular. La Morfología idealista
I. Forma y Gnoseología.
1. La doble disolución ontológica y epistemológica de las antinomias kantianas. 2. Observación y Experimento. 3. Análisis y síntesis. 4. El fenómeno primigenio. 5. El debate reduccionismo / antirreduccionismo en tiempos de la morfología idealista.

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II. Forma y Ontología: la forma de los organismos.
1. Todo y parte. 1.1. El todo como Naturaleza. 1.2. El todo como organismo.

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2. La forma de los organismos. 2.1. Las formas orgánicas como variedad dada: la afinidad formal como afinidad geométrica. 2.1.1. La forma como simetría de las partes. 2.1.2. La forma como combinación de partes formales. 2.1.3. La forma como figura geométrica. 2.1.4. La forma como morfotipo. a) La teoría espiral de las plantas b) El plan de organización: una cristalografía de los animales. 2.2. Las formas orgánicas como variedad construida: la afinidad formal como afinidad genética. 3. Forma y función.

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La teoría celular
I. Forma y Gnoseología
1. La célula como materia empírica. 1.1. El experimento. 1.2. El microscopio. 2. La forma de la teoría celular. 1.1. La influencia de la Naturphilosophie. 1.2. El neokantismo de Schleiden y Schwann: una nueva filosofía inductiva, genética y mecánica.

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II. Forma y Ontología
1. Forma y fuerza. 2. Forma y tiempo. 2.1.La célula como unidad estructural 2.2. La formación celular. 2.2. El crecimiento. 3. Forma y función.

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III. El debate entre reduccionismo y antirreduccionismo a la luz de la teoría celular.

Conclusiones Bibliografía

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Introducción

El calificativo “filosófico” aplicado a la Historia de una idea debiera sonar redundante para quien conciba a la Historia de la Filosofía, precisamente, como la Historia de las ideas. Sin embargo, el actual protagonismo de los enfoques filológico y sociológico, en filosofía en general y muy en particular en filosofía de la ciencia, ha transformado al epíteto en un adjetivo de irrenunciable especificidad. Quienes aplican la metodología filológica al análisis histórico de la Filosofía, quieren atenerse al “rigor” de una hermenéutica que rescate el sentido originario de los textos, científicos o filosóficos, que nos han sido legados. A esta historia filológica, cuyos frutos son, no obstante, uno de los materiales más preciosos para el historiador de la filosofía, se le opone nuestra investigación en un doble sentido sincrónico y diacrónico. Desde el punto de vista esencial, porque la perspectiva filosófica no se interesa sólo por la representación de las ideas que explícitamente articulan la gnoseología y la ontología de un autor cualquiera; para quien concentra en la idea el foco de su atención, y a diferencia del filólogo, los presupuestos que subyacen al ejercicio de su construcción revisten un interés tan radical como el de los principios filosóficos explícitos, máxime cuando, en tantas ocasiones, se demuestran inconmensurables. Desde el punto de vista histórico, porque el encuadre sistemático de una idea sólo será posible desde el presente, una vez se han explorado, a lo largo de su desenvolvimiento, las distintas alternativas que han integrado a esa misma idea en el sistema filosófico de referencia. Por otro lado, la historia posterior a las configuraciones de una idea en momentos cronológicos dispares arroja una luz retrospectiva que no sólo ilumina al pretérito, sino también, tras el camino de vuelta, al propio presente filosófico; un presente que, ignorando —demasiado a menudo en filosofía de la ciencia— la raigambre de las ideas sobre las que polemiza por considerarlas nada más que reliquias anacrónicas de la prehistoria de su disciplina, incurre en un infantilismo filosófico imperdonable. La Sociología es esa otra gran disciplina que amenaza con solapar, institucionalmente, a la Filosofía de la Ciencia. Pero frente a la historia sociológica, que aplicada a las ideas se limita a señalar los contextos (tecnológicos, políticos o sociales) en los que, indudablemente, se generan y realizan, la historia filosófica investiga los 4

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pensamientos que en ella se desenvuelven en tanto que cauces a través de los cuales — mediante su concreción formal labrada en el tiempo— el mundo, un mundo objetivo que los desborda, comienza a definir sus contornos y se nos hace presente. Con ello, no queremos significar que las Ideas subsistan autónomamente en un mundo ideal, ni negar tampoco que las fuentes de estas Ideas emanen de ciertas formas culturales o sociales. Pero si bien toda idea filosófica se realiza en determinaciones sociales, tecnológicas o políticas, no se reduce a ellas, sino que son esas mismas realizaciones las que quedan absorbidas en la idea. Por eso hablamos de desbordamiento, y no de desarraigo, y por eso es tarea filosófica inexcusable investigar la genealogía de las ideas construidas en su historia, pues a su través descubrimos su raigambre fenoménica. El carácter doblemente histórico y sistemático de nuestra investigación se ha acometido mediante la intersección de dos ejes, uno temporal y otro lógico, de modo que para orientarnos por esta historia de la idea de forma orgánica podamos manejar el índice que la estructura como una brújula: la coordenada vertical señala la orientación histórica, a cuyo través se ordenan, cronológicamente, los contextos tecnológicos, políticos y sociales en los que la idea de forma orgánica se ha encarnado y transformado desde el hilemorfismo aristotélico hasta la microanatomía celular; a su vez, cada uno de los capítulos históricos aparece atravesado por coordenadas sistemáticas generales e idénticas que, en función de las posiciones filosóficas características de cada período, se especificarán en epígrafes a veces análogos, a veces distintos.

1. El eje histórico: genealogía de la idea de forma orgánica.

El concepto de forma orgánica sólo empieza a constituirse en idea filosófica cuando es atravesado, en el Timeo platónico, por la idea ya conformada de forma geométrica. En este sentido, podría suponerse que el contexto material donde hunde sus raíces fue el mismo suelo que alimentó a la idea de forma geométrica, especificada después en su significación biológica. Sin embargo, la idea de forma orgánica posee un rasgo distintivo tan esencial respecto a la geométrica y, en general, respecto a la idea global de forma, que nos obliga a pensar en un origen distinto. Ese otro rasgo reside en la inexorable vinculación de la forma orgánica con su significado fenoménico, y ese otro origen sólo puede ofrecerse aquí como contramodelo de las hipótesis ensayadas hasta el momento para explicar la génesis material de la idea de forma tanto global como geométrica. Lo importante aquí es que, en cualquiera de estos dos casos, su 5

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raigambre histórica ha sido siempre desplazada a contextos tecnológicos donde el significado originario de las formas generadas en ellos no es ontológico sino convencional. Así, se ha sugerido que la idea global de forma habría empezado a cobrar entidad conceptual (correlativamente a la de materia) a partir de ciertos marcos operacionales, como los artesanales, donde una misma forma se demostraba realizable en materias distintas; en un sentido similar, la conceptualización de la forma geométrica se ha interpretado como una abstracción progresiva de las figuras trazadas por las operaciones de la agrimensura. Frente al desprendimiento de la materia y frente a la convencionalidad del significado que en ambos casos aparece asociado a la idea de forma, la etimología de la forma orgánica nos remite a un contexto tecnológico distinto. El término zôion designa en griego tanto al ser animado como a la figura de una obra artística, y todavía nuestro idioma califica de figurativo al arte que nos devuelve formas reconocibles. La analogía entre arte y naturaleza, tan recurrente en esta historia, no sería ya sólo una herramienta heurística posterior, sino que actuaría como germen originario, aunque desde luego no suficiente, de la idea de forma orgánica. En efecto, la representación artística de la naturaleza es el primer lugar donde la forma cobra entidad ontológica, una entidad que, a diferencia de la forma geométrica, tiene, de manera inmediata, significado fenoménico. Precisamente, la matemática empieza a ser problemática y a constituirse en fuente de la reflexión filosófica cuando, al demostrar su eficacia pragmática, parece “representar” a la realidad. De ahí que sólo entonces pueda pretender Platón, en el Timeo, reducir la forma orgánica a la forma geométrica; sólo entonces, comienza también la historia filosófica de la idea de forma orgánica. Desde su constitución en idea filosófica, el problema de la forma orgánica atraviesa la historia entera de la Filosofía, de modo que son muchos los momentos en los que podríamos haber detenido nuestra investigación. Sin embargo, creemos que los episodios puntualizados en el espacio resultante de esa doble coordenada temporal y sistemática son suficientes para trazar el hilo de esta historia; suficientes y necesarios, porque la genealogía de esta idea no se resuelve en una línea recta que pudiera hilvanarse con sólo dos de sus inflexiones (Aristóteles y Kant, por ejemplo). Al contrario, su historia deja el rastro de una hebra serpentante, entretejida con otras muchas ideas, con bifurcaciones y regresiones constantes a puntos de partida que ya no son tales, porque la flecha del tiempo, en filosofía, siempre es irreversible. Si los capítulos que estructuran el eje cronológico de nuestro trabajo anudan efectivamente esos puntos de inflexión es porque, en los autores escogidos, la idea de 6

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forma orgánica se configura a partir de una praxis biológica ejercitada por ellos mismos. De este modo, y atendiendo al espíritu filosófico de nuestra historia, podremos explorar las consecuencias teóricas, no sólo de la filosofía representada, sino también de la gnoseología ejercida cuando ha tratado de aprehenderse, empíricamente, la forma orgánica. Aristóteles y Kant articulan los dos grandes episodios de esta historia: “La forma orgánica como forma sustancial” y “La forma orgánica como forma ideal”. A cada uno de ellos le sigue otro capítulo dedicado a sus herederos: Galeno y Linneo, en el caso de Aristóteles; la morfología idealista y la teoría celular, en el de Kant. Naturalmente, los saltos histórico-filosóficos nunca son inmediatos, de modo que el giro epistemológico que imprime el criticismo kantiano a la historia de la idea de forma orgánica debe leerse aquí en un sentido cualitativo, atendiendo a la ley dialéctica de la transformación de la cantidad en calidad: si, en general, es la Escolástica quien nutre el terreno sobre el que se ejecuta la inversión del problema general del conocimiento, la historia de la biología encuentra en Linneo la bisagra entre dos épocas. Aristóteles, Galeno, Linneo, Kant, los morfólogos idealistas y los primeros teóricos celulares dirigen la orientación histórica de una idea constituida en la codeterminación constante entre el trabajo del naturalista y la reflexión del filósofo. No en todos ellos se da, desde luego, un entretejimiento perfecto entre ambos procederes. La mayoría de los trabajos de los morfólogos franceses que precedieron a la Naturphilosophie no se correspondió, por ejemplo, con una reflexión previa sobre los fundamentos filosóficos de su quehacer científico; si los hemos integrado aquí es porque la filosofía natural alemana asimiló todo este material hasta convertirlo en propio. En el otro extremo aparece Kant, cuyo protagonismo en esta historia no le ha sido atribuido, obviamente, por sus aportaciones como naturalista, sino porque su filosofía condiciona la gnoseología entera de todos los naturalistas que, desde entonces, reflexionaron sobre los presupuestos de su investigación. Sin embargo, cuando hemos podido elegir entre dos autores de análoga relevancia filosófica pero desigual actividad científica, hemos escogido al filósofo naturalista. Es el caso de Goethe, frente a Schelling: fundador de la morfología idealista, su filosofía no sólo expresa con igual profundidad el espíritu que movía a todos sus integrantes, sino que se corresponde con una prolífica actividad científica ejercitada en constante dialéctica con la newtoniana.

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2. El eje sistemático: gnoseología y ontología de la forma orgánica.

Desde el punto de vista sistemático, hemos organizado cada uno de los capítulos en dos grandes bloques que recogen la relación de la forma con la gnoseología y la ontología de cada sistema filosófico. Puesto que la malla horizontal que apresa los distintos momentos atravesados por la idea de forma orgánica se ha concebido sistemática y no genéticamente, no deberá extrañar que, en el mundo clásico, la gnoseología se anteponga a la ontología. Las razones podrán inferirse fácilmente de nuestra defensa de una historia específicamente filosófica: por un lado, las clasificaciones sistemáticas se acometen siempre desde el presente, y hoy la reflexión filosófica sobre la Naturaleza no puede darse ya sin la mediación de las ciencias; por otro, desde la coordenada sincrónica no sólo queremos confrontar las distintas concepciones de la idea de forma orgánica, sino también investigar la luz que ciertas partes suyas, traducidas al lenguaje contemporáneo, pudieran arrojar sobre la actual reivindicación de una ontología morfologista. Cada uno de esos dos grandes bloques se divide, a su vez, en otros tantos epígrafes. En el marco gnoseológico situamos la idea de forma orgánica en el debate entre reduccionismo y antirreduccionismo para, una vez ubicada en el campo disciplinar que corresponda, determinar, en el siguiente epígrafe, la metodología propuesta o ejercida para su aprehensión. El marco ontológico aparecerá siempre bifurcado en los dos planos en los que se desdobla la idea de forma como configuradora del reino de lo vivo. La forma aparece, en primer lugar, como un criterio de distinción entre lo orgánico y lo inorgánico: frente a los seres inertes y artificiales, se dirá, por ejemplo, que la forma orgánica es anterior al todo, o que posee un dinamismo esencial que la distingue de la rigidez de las estructuras inorgánicas. En segundo lugar, una vez delimitado el reino de lo vivo por la unidad de la forma orgánica frente a la inorgánica, es la multiplicidad de las morfologías vegetales y animales la que se presenta incierta: ¿Cuál es la razón de las semejanzas y diferencias que aproximan y separan a las formas naturales? Ambos despliegues problemáticos de nuestra idea (titulados,

respectivamente, “la forma orgánica” y “la forma de la diferencia interorgánica”) han tratado de resolverse con herramientas filosóficas similares que han quedado recogidas en otros tantos subepígrafes ontológicos. Cualquier capítulo de nuestra historia ha procurado especificar, ante todo, el significado estructural de la forma orgánica a partir de la idea, más general, de todo y parte; a continuación, cada uno de los sistemas que se 8

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suceden en la coordenada temporal ha ensayado conjugar la idea de forma orgánica con otras tantas ideas (materia, fuerza, tiempo y función) que también entre los cuerpos vivos adquieren una significación específica. Sin embargo, en ninguno de ellos se relaciona la idea de forma orgánica con la serie completa de estos otros términos. Sólo en las conclusiones, desde el presente y después de nuestro recorrido histórico, podremos ofrecer una clasificación sistemática de todas las alternativas ensayadas hasta hoy para explicar la singularidad, todavía irresuelta, de la forma orgánica.

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1 Aristóteles: la forma orgánica como forma sustancial

I. Los tratados biológicos en el conjunto de la filosofía aristotélica: el símil del escultor
Al poner en relación la biología de Aristóteles con el conjunto de su obra, la mayoría de sus intérpretes asume la disociación entre la forma teórica de los tratados lógico-metafísicos y la materia empírica de los estudios biológicos en los que raramente invirtiera su madurez: por un lado, la arquitectura ontológica de su Metafísica y la metodología impecable de los Analíticos Segundos; por otro, las “notas de campo” compiladas por el maestro y sus ayudantes en la Investigación, y la heterogeneidad desconcertante de la gnoseología ejercida en las Partes y en la Reproducción de los Animales1. A autores como Jaeger2 esta supuesta escisión les parece incluso biográficamente liberadora: el viejo Aristóteles, desatado del yugo de la Academia, pudo por fin dirigir su mirada a los pormenores individuales arrojados por la investigación empírica. En el extremo opuesto, la biología aristotélica ha sido contemplada como el ejercicio fracasado del primer escultor de las especies animales: el cincel teórico forjado en los tratados lógico-metafísicos se reveló impotente ante las vetas largas e intrincadas, fluctuantes e inaprensibles, que recorrían la espesura de una naturaleza recién explorada; la materia viva opuso una resistencia insalvable, y el reino animal, a veces doblegado, acabó desmoronándose en una amalgama de fragmentos incoherentes. Lejos de percibir en el producto de esta empresa los vestigios de un naufragio, han sido muchas las soluciones ensayadas hasta el momento para salvar la discrepancia aparente entre la teoría científica y la práctica biológica en Aristóteles: si interpretamos sus tratados empíricos como la realización parcial de un ideal acabado, las incoherencias, por transitorias, se vuelven tolerables; o, tal vez, la definición no sea,
Cuando citemos textualmente a Aristóteles nos referiremos a la Investigación sobre los Animales como HA, a las Partes de los Animales como PA, a la Reproducción de los Animales como GA y al tratado Acerca del Alma como DA. 2 JAEGER, W.: Aristóteles [trad. J. GAOS], F.C.E., México, 1946 (reimp. Madrid, 1983), p.373.
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como creímos, guía del método científico, sino simplemente el modo, nunca acometido en biología, de formalizar los resultados obtenidos por vía de la dialéctica3. Pero construido o no un puente que salvaguarde la unidad de su pensamiento, todas las soluciones esbozadas hasta ahora admiten, como decíamos, la disociación entre la forma teórica y el trabajo empírico. Desde esta perspectiva, los tratados biológicos dejan de ser una fuente primaria de información filosófica: puesto que en ellos, o bien no se ejercita o bien simplemente se aplica la lógica categorial construida en otra parte, es preferible contemplarlos como estudios fundamentalmente empíricos: aunque contagiados de supuestos metafísicos, inauguran la mirada atenta y minuciosa del científico que persigue en los detalles la regularidad natural; y esto es, en definitiva, lo que debemos salvar. Así lo creyó la interpretación taxonomista clásica, que diluyó la teoría biológica en la información descriptiva propia de una enciclopedia animal. Y así lo cree también la reasimilación contemporánea de la obra aristotélica a categorías biológicas del presente: a pesar de ciertas sombras teóricas, naturales en los orígenes de cualquier disciplina científica, la historia natural, la anatomía comparada, la fisiología y la embriología comienzan su andadura de la mano de Aristóteles. Últimamente, sin embargo, la mayor parte de los intérpretes de la biología aristotélica coincide en negar la demarcación entre el trabajo lógico-metafísico y el biológico. La práctica de la definición, la existencia de principios en la naturaleza viva y el uso de los conceptos de genos y eidos como instrumentos para la definición y no para la clasificación, se han convertido en los ejes principales de la reivindicación de la continuidad entre la lógica, la metafísica y la biología del fundador del Liceo4. Desde este nuevo enfoque, y frente a la analogía del escultor, cuya fertilidad didáctica ha terminado por convertirse en el mejor obstáculo para la comprensión del hilemorfismo, la comparación de la filosofía aristotélica con un todo orgánico se revela mucho más ajustada; pues así como diría Aristóteles que la sangre separada del cuerpo se solidifica en un barro distinto, así decimos nosotros que una parte desligada del todo de su obra se convierte en una amalgama de fragmentos incoherentes. Veremos cómo la situación inversa no implica las mismas consecuencias; pues así como un cuerpo mutilado continúa siendo un cuerpo, así se conserva la unidad de su obra a pesar de la ausencia de muchas de sus partes.
BARNES, «La prueba y el silogismo», 1981. Cit. en GOTTHELF, A.: «First principles in Aristotle’s Parts of Animals», en GOTTHELF, A., y LENNOX, J.G. (eds.): Philosophical Issues in Aristotle's Biology, Cambridge University Press, 1987, pp.167-198. 4 GOTTHELF, A., y LENNOX, J.G. (eds.): Philosophical Issues....
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Todo esto no significa que dejemos de maravillarnos ante los frutos, primeros y acertados, de la observación empírica5, ni de perseguir en los desaciertos los prejuicios teóricos6 o la consecuencia inevitable de una técnica rudimentaria. Pero el análisis histórico, siempre entrecruzado con la filosofía de la ciencia, no puede trivializar la extraordinaria carga teórica de los tratados biológicos. Su exploración filosófica no debe limitarse a señalar hallazgos sorprendentes y estrepitosos deslices que la biología contemporánea archive hoy en las vitrinas de su historia de referencia. La Investigación, las Partes y la Reproducción de los Animales, encuadradas en el marco teórico del De Anima y sus anexos, significan, ante todo, el ejercicio de una filosofía natural cuya actualidad no puede dejar de sorprendernos. Hemos de reconocer que, a finales del siglo XIX, la eternidad de las especies y la teleología natural eran presas demasiado atrayentes como para resistir las invectivas de los guardianes del estatuto científico de la biología. Reconociendo en Aristóteles a su maestro, Darwin despedía con gesto caballeroso a un oponente poderoso pero vencido7: evolución y azar estaban ya destinados a convertirse en las grandes consignas de la revolución darwiniana, traducción biológica del giro que siglos atrás imprimiera Galileo a la historia de la física. Ahora que los éxitos de la genética y de la biología molecular vuelven innecesarias las apologías, podemos quizás recuperar a Aristóteles sin maniqueísmos. No se trata, desde luego, de salvarlo a toda costa. Muchos lo han hecho, relativizando ciertos principios y considerando a otros como una mera herramienta heurística. Pero así no sólo traicionamos su pensamiento; perdemos la potencia explicativa de

“Así, permanece su división entre sanguíneos y no sanguíneos, que corresponde a nuestros vertebrados e invertebrados; la inclusión de los cetáceos entre los mamíferos; la distinción entre peces óseos y cartilaginosos; la división de los invertebrados en crustáceos, cefalópodos, gasterópodos y bivalvos, e insectos; el reconocimiento del carácter animal, y no vegetal, de formas inferiores marinas; o su idea de la continuidad entre materia no viviente y materia viviente, y entre los animales y el hombre.” JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: «Introducción» a ARISTÓTELES: Partes de los animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000. 6 Lloyd llama la atención sobre dos teorías biológicas que se sostienen a partir de un fundamento biológico débil: la superioridad del hombre sobre los animales y el cardiocentrismo. El hombre en Aristóteles no sólo se distingue de los demás animales por ser erecto, poseer el cerebro más grande en relación a su talla y tener las manos y la lengua adaptadas para hablar. Más dudosamente, se sostiene que su sangre la más fina y pura, su carne más suave, y que emite más esperma en relación a su tamaño. En cuanto al cardiocentrismo, el corazón aparece como el principio de la vida, siendo el asiento no sólo del alma nutritiva, sino de todas las facultades de locomoción y de los sentidos. Cfr. LLOYD, G.E.R., «Empirical research in Aristotle’s biology», en Philosophical Issues ..., pp.53-64. 7 “Linneo y Cuvier han sido mis dioses aunque de manera muy diferente, pero no eran sino escolares con respecto al viejo Aristóteles” En DARWIN, F. (ed.), Darwins’s Life and Letters, John Murray, Londres, 1969, vol. III, p. 252.

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intuiciones teóricas que, traducidas al lenguaje contemporáneo, iluminan de manera sorprendente los debates actuales en filosofía de la biología.

II. Forma y Gnoseología
1. El debate reduccionismo / antirreduccionismo en tiempos de Aristóteles.
Dice Mayr que el debate entre reduccionistas y antirreduccionistas se brega hoy en campo epistemológico8. El vitalismo es ya un monstruo del pasado y ningún biólogo actual cuestiona el hecho de que, en última instancia, toda materia, sea natural o artificial, inerte o viva, está compuesta de átomos. La polémica entonces se polariza entre quienes pretenden reducir todo fenómeno natural a las leyes de la física, y quienes reclaman la autonomía legisladora o conceptual de la biología. Desde esta perspectiva, la biología aristotélica debería ser considerada ontológicamente reduccionista, pues en ningún lugar encontramos nada semejante a una fuerza vital que, abriéndose paso contra la oposición de la materia inerte, explique la entidad excepcional de las plantas y los animales; en último término, Aristóteles reduce el mundo sublunar a los cuatro elementos fundamentales, y no es a partir de otra sustancia, sino de la organización de los mismos cuerpos simples en un cuerpo vivo, cómo explica la singularidad de los fenómenos vitales. Pensar, sin embargo, que el enfrentamiento entre Empédocles y Aristóteles se resuelve en el ámbito gnoseológico oscurecería penosamente los términos de la discusión. Toda gnoseología remite necesariamente a una ontología, y los modos en los que ésta puede configurarse son mucho más complejos que los recogidos por Mayr en aquella alternativa sin posibilidad de elección entre reduccionismo y vitalismo. Es bien sabido que en el plano gnoseológico, Aristóteles asumía la multiplicidad de las ciencias como un factum irreductible. Pero ni la configuración del relieve disciplinario ni la denotación de los campos a los que se referían las ciencias del siglo IV a.C. eran parecidas a las actuales, y esta distancia no puede ser ignorada si queremos seguir bautizando a Aristóteles como predecesor de las voces antirreduccionistas que hoy alzan su voz en biología.

Cfr. MAYR, E: The Growth of Biological Thought, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1982, pp. 60-62.

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La autonomía disciplinaria que defendía Aristóteles no tenía como protagonista a la biología frente a la física, sino a la física frente a la matemática y la filosofía primera9; aunque en un sentido muy distinto, tanto la una como la otra practican una abstracción legítima de la forma que, bajo ningún concepto —dice Aristóteles— puede permitirse la ciencia natural: la sustancia, objeto propio e irrenunciable de la física, sólo existe como materia conformada. La defensa aristotélica de la multiplicidad disciplinaria se enfrentaba, así, al proyecto totalizador del Timeo platónico, empeñado en vincular ciencia y filosofía dentro de una arquitectura geométrica. En términos modernos, la frontera disputada no se erigía, por tanto, en el interior del terreno hoy ya confinado de las ciencias naturales, sino que separaba a estas últimas de las ciencias formales. No podía ser de otra manera: la Geometría era entonces la única disciplina que había alcanzado su madurez de la mano de Euclides, y la investigación de la naturaleza, que habría de recorrer largo camino hasta diferenciarse en nuestra física, biología y química actuales, sólo podía oponérsele como un todo:

El vocablo physikê, que en griego era un adjetivo, no hay que tomarlo como la denominación de una ciencia especial, como lo sería la «nuova sciencza» de Galileo, sino como la de una ciencia omnicomprensiva. En efecto, phýsis no era el nombre de una región especial del ente, sino que en la tradición griega designaba todo cuanto existe en el Universo: los astros, la materia inerte, las plantas, los animales y el hombre10.

En cierto sentido, la física moderna estudia también todo cuanto materialmente existe en el universo, pero la restricción, como señala Guillermo R. de Echandía, reside en la óptica que adopta:
[L]o que define la fisicalidad de un hecho no es la realidad misma de los cuerpos, su ousía, como dice Aristóteles, sino su sometimiento a las leyes universales de la naturaleza. Quedan entonces fuera de las física el estudio de la realidad propia de las plantas, los animales y el hombre. Los abarca, ciertamente, pero sólo en cuanto que dichos cuerpos se encuentran sometidos a las mismas leyes que los objetos inanimados: así, según la ley de gravitación, quedan físicamente igualados una piedra, un animal y un objeto artificial. De ahí que la biología tuviese en Europa un desarrollo enteramente independiente de la física en cuanto al método. Para Aristóteles, en cambio, el vocablo física designaba un plural colectivo en cuanto que abarcaba no sólo el estudio de los

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Cfr. Fís. II, 2. DE ECHANDÍA, G.: «Introducción» a su traducción de Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998, pp.10-11.

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principios generales de la phýsis y de los diversos procesos en que se manifiesta, sino también la cosmología, la biología, la psicología y la antropología.11

Es precisamente dentro del campo de la propia física, tal y como ha quedado definida, donde Aristóteles mantiene con los “fisiólogos” una polémica relativamente extrapolable a la discusión actual. Pero si la defensa de la materia, contra Platón, se ejercía en el plano gnoseológico al exigirla como demarcadora del campo de estudio de la física frente a la matemática, la reivindicación de la entidad sustancial de la forma biológica aparece como una cuestión primariamente ontológica. Y es que la negación, en el campo biológico, de una sustancia distinta a la material no implica un necesario mecanicismo. En el caso de Aristóteles, aunque el mundo sublunar se componga, finalmente, de los cuatro elementos, su metafísica se construye en permanente dialéctica con la de Empédocles, y aquí es, precisamente, donde las posibilidades gnoseológicas, arraigadas en ontologías enfrentadas, se bifurcan: si —con Aristóteles— afirmamos la autonomía ontológica, que no corpórea, de la forma, serán necesarias leyes o conceptos particulares que la expliquen; si, por el contrario, consideramos con Empédocles que la forma es resultado exclusivo de la mezcla original de las partículas elementales que la componen, creeremos que el estudio de las cualidades e interacciones de los últimos elementos acabará por conducirnos al desvelamiento de cualquier fenómeno natural. Las Partes de los Animales es, sin duda, la obra más preocupada por el problema del reduccionismo biológico. Ver en ella un tratado rudimentario de anatomía comparada nos cegaría ante la conciliación más acabada que Aristóteles lleva a cabo entre la teleología y la causalidad material y eficiente; una conciliación que, por cierto, continúa planteando hoy problemas muy similares a los que se le presentaron a Aristóteles: cómo es que las leyes de la naturaleza, siendo necesarias, pueden conducir ciertos sistemas naturales a estados finales reiterados y estables, y cuál es, en tal caso, el significado de esa dirección12.

2. La forma orgánica y la búsqueda de principios.
Algunas cosas son por naturaleza, otras por otras causas. Por naturaleza, los animales y sus partes, las plantas y los cuerpos simples como la tierra, el fuego, el aire y el agua [...] Todas estas cosas parecen diferenciarse de las que no están constituidas por naturaleza, porque cada una de ellas tiene en sí misma un principio de movimiento y de
11 12

Op.cit., pp.23-24. BALME, D.M.: «Teleology and necessity», en Philosophical Issues ..., p.275.

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reposo, sea con respeto al lugar o al aumento o a la disminución o a la alteración. Por el contrario, una cama, una prenda de vestir o cualquier otra cosa de género semejante, en cuanto que las significamos en cada caso por su nombre y en tanto que son productos del arte, no tienen en sí mismas ninguna tendencia natural al cambio; pero en cuanto que, accidentalmente, están hechas de piedra o de tierra o de una mezcla de ellas, y sólo bajo este respecto, la tienen. Porque la naturaleza es un principio y causa del movimiento o del reposo en la cosa a la que pertenece primariamente y por sí misma, no por accidente (Fís. II. 1, 192b 8-24)

Todo ente emerge, para Aristóteles, de un principio. Si es intrínseco (phýsis), su emergencia será un «nacimiento» natural; si es extrínseco (téchnê) nos encontraremos ante la producción artificial de una cosa. Ambos tipos de principios dan lugar a dos clases contrapuestas y excluyentes de entes, pues la téchnê sólo engendra artefactos, cosas que una vez producidas carecen de actividad natural. Pues bien, separados en la Física los entes naturales de los artificiales, los Analíticos Segundos identifican en la localización de los principios que gobiernan la naturaleza (archai) el fin capital de la investigación científica, pues sólo a partir de ellos podremos alcanzar las definiciones de los objetos en tanto que pertenecientes a una clase determinada. Y es que, a diferencia de la unicidad del principio que gobierna a los seres eternos, los principios de las cosas naturales son múltiples y heterogéneos: “El principio de las cosas inmutables es la esencia; en cambio, en las cosas sujetas al devenir ya hay varios principios, pero de forma diversa y no todos del mismo tipo” (GA II 742b 32-35). Para Aristóteles, los principios de cada ciencia deben ser propios y específicos, y no son objeto de demostración, sino que vienen proporcionados por la experiencia. Los tratados biológicos no nos ofrecen, por tanto, una relación explícita de los principios que operan en la naturaleza orgánica, sino que van surgiendo en la propia teorización de la praxis empírica. El reconocimiento de principios y de las definiciones asociadas a ellos en la biología aristotélica es, como señalábamos al principio, uno de los argumentos esgrimidos con más fuerza últimamente a la hora de evidenciar la coherencia entre la teoría y la práctica aristotélicas13. Lejos de tratarse de una cuestión puramente técnica, una constatación semejante conlleva implicaciones gnoseológicas y ontológicas de primera magnitud para la conformación del aparato teórico de las biologías de la forma. La importancia de lo visible se ha convertido, desde Aristóteles, en una constante fundamental en las teorías de la biología que han reclamado la autonomía
BOLTON, R.: «Definition and scientific method in Aristotle’s Posterior Analytics and Generation of Animals», en Philosophical Issues ..., pp.120-166.
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sustancial de las formas naturales: la forma orgánica aparece siempre a escala humana, y la reivindicación de la percepción como modo de acceso a la verdad parece inevitable. Al contrario, los enfoques reduccionistas se han mostrado tradicionalmente escépticos ante todo lo que tuviese que ver con la mirada humana. En tiempos de Aristóteles, la reducción de los organismos a sus constituyentes elementales era un postulado tan especulativo como el hilemorfismo y, desde luego, adolecía de una potencia explicativa considerablemente inferior. En nuestra era, sin embargo, el reduccionismo ha encontrado en el microscopio un aliado demoledor frente a cualquier tentativa morfologista. La eliminación de la distancia entre el sujeto científico y su objeto de estudio nos ha devuelto entidades absolutamente ajenas a nuestra experiencia cotidiana, y esto parece ya, por sí mismo, garantía de verdad científica. Pero volvamos a Aristóteles. Su asunción de lo visible como vía de acceso a las esencias naturales no implica una teoría descripcionista de la verdad que vea en la Ciencia el modo de leer lo que se nos muestra en la naturaleza a través de los sentidos14. El método científico, la vía de acceso al conocimiento de la esencia de una cosa, se identifica en Aristóteles con la definición. Y la definición parte siempre de ciertos caracteres de una cosa que son directamente perceptibles, pero no se agota en ellos. Las diferentes maneras de acceder al conocimiento de la esencia se corresponden en Aristóteles con los tipos de definición y éstos, a su vez, con los estadios posibles de la investigación científica15: 1) En cualquier indagación científica, comenzamos con el conocimiento de algunos rasgos fácilmente aprensibles que aparecen manifestados por cierta clase de cosas. En el caso de esos mismos rasgos conformasen la esencia básica de la clase de cosas a la que pertenecen, nos encontraríamos con el tipo más originario de definición y la investigación científica se detendría en este primer estadio. 2) Lo que hallamos normalmente son, sin embargo, rasgos que necesitan ser explicados por referencia a otros rasgos más fundamentales. En esta otra fase de la investigación, podemos formular el segundo tipo de definición, en función del cual definimos los rasgos de una clase por referencia a sus rasgos esenciales.
En Acerca de la generación y la corrupción (316a 6 y ss.) dice Aristóteles que los errores de los antiguos provienen de la apeiría (impericia en el análisis), y que se requiere más “familiaridad con los fenómenos” para comprender los principios; es muy distinto examinar las cosas physikôs que hacerlo sólo logikôs. 15 Cfr. APo II, 10. La reexposición sistemática de los tres tipos de principios en Aristóteles la tomamos de BOLTON, R.: «Definition and scientific method in Aristotle’s Posterior Analytics and Generation of Animals», en Philosophical Issues ..., pp.145-146.
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3) Pero tales rasgos pueden no ser todavía esenciales y necesitar referirse, de nuevo, a caracteres últimos para ser explicados. Éste es el tipo de definición que se corresponde con la última etapa de la investigación científica. Es evidente que el proceso metodológico que acabamos de describir no aparece explícita y formalmente ejercitado ni en las Partes de los Animales ni en ningún otro lugar de los tratados biológicos. Su latencia es, sin embargo, inexcusable si queremos entender todas y cada una de las explicaciones que Aristóteles nos ofrece de los caracteres animales. Es precisamente en el análisis de su praxis biológica donde descubrimos que la metodología aristotélica está muy lejos del carácter lógico-formal que aparentemente le atribuyen los Analíticos Segundos. Aristóteles va descubriendo los principios últimos que gobiernan la organización de lo vivo en su propio trato empírico con los objetos naturales. Y es que una de las vías más fértiles para localizar un principio tiene que ver con que, cuando se altera, “suelen cambiar al mismo tiempo muchas cosas que derivan de ese principio.” (GA I. 716b 3). Así sucede, por ejemplo, con los caracteres sexuales:

Esto es evidente en el caso de los animales castrados: pues sólo con la mutilación del órgano generador, casi toda la forma del animal cambia tanto que se parece a una hembra o le falta poco, como si el animal fuera hembra o macho no por un órgano cualquiera ni por una facultad cualquiera. Es evidente, entonces, que el sexo femenino o el masculino son claramente un principio: al menos muchas cosas se alteran a la vez al cambiar aquello por lo que el animal es hembra o macho, como si se transformara un principio. (GA I 716b 3-13)16

Vemos que la amputación de una parte heterogénea como el órgano reproductor le permite a Aristóteles descubrir el principio de la diferencia sexual. Anticipa, así, la distinción actual entre los caracteres sexuales primarios (órganos genitales) y los secundarios (diferencias de voz, vello, en el caso de los hombres; o de pelaje y plumas en el caso de los animales), que dependerían de la secreción de hormonas sexuales17. Pero no sólo eso; en los tratados biológicos, la manipulación de la forma orgánica modifica en ocasiones intuiciones teóricas brindadas por la pura observación: a primera vista, ser hembra o macho podría parecer un atributo tan esencial para el individuo como para un pájaro lo es ser gorrión o colibrí. Sin embargo, la conversión del macho en hembra que conlleva la castración del órgano reproductor lo convierte en principio
16 17

También en GA 766a 26-30. SÁNCHEZ, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Reproducción de los animales, B.C.G., Madrid, 1994, n.21 del Libro I, p.65.

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explicativo de la diferencia sexual, pero no de la diferencia animal en tanto que perteneciente a una clase determinada: “aunque se dice del animal completo que es hembra o macho, sin embargo no es respecto a todo su cuerpo hembra o macho, sino en lo que se refiere a una determinada facultad y un determinado órgano.” (GA 716a 2830). El par de lo masculino y lo femenino sí será un principio último para Aristóteles, pero actuará, como veremos más adelante, en un plano ontológico muy distinto. Lo que queremos subrayar en este primer contexto gnoseológico, es que la forma no es, para Aristóteles, inaccesible a la manipulación y, por lo tanto, al método científico tal y como hoy lo entendemos vinculado al experimento: si, como sucede con los caracteres sexuales, al segmentar una parte del animal se modifica su forma entera, nos encontramos inevitablemente ante un principio formal que explica, de algún modo, el aspecto morfológico que en todos los casos le aparece asociado.

3. La forma de la diferencia interorgánica: clasificación o definición.
3.1. La Investigación sobre los animales como taxonomía.

La interpretación taxonómica de la biología aristotélica, organizada en la sistemática del primer Linneo en un catálogo animal sin fisuras, determinó una lectura unívoca de los términos genos y eidos que coincide con el significado actual de “género” y “especie” y que en términos aristotélicos podemos expresar como sigue: el género (genos) designa a una familia zoológica que reúne a animales cuyas partes difieren en grado, mientras que la especie (eidos) agrupa a todos aquellos cuyas partes son iguales. Así, de hecho, lo explicita Aristóteles:

Entre los animales, algunos se parecen entre sí en todas sus partes, mientras que otros poseen partes en las que difieren. Algunas veces las partes son idénticas en cuanto a su forma, como, por ejemplo, la nariz o el ojo de un hombre se parecen a la nariz o el ojo de otro, la carne a la carne o el hueso al hueso; y lo mismo ocurre con un caballo y con todos los otros animales que reconocemos que son de una y la misma especie; pues así como el todo es al todo, así se corresponden las partes entre sí. En otros casos las partes son idénticas, salvo la diferencia que manifiestan por exceso o defecto, como en el caso de los animales que son de uno y el mismo género. Por 'género', entiendo, por ejemplo, las aves o los peces, y puesto que ellos están sujetos a diferencias con respecto a su género, así hay muchas especies de peces y aves (HA I 1. 468a 5-25).

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A partir de aquí, la Investigación sobre los Animales fue interpretada como un tratado de sistemática: pionero adelantado de la historia natural, Aristóteles identificaba los caracteres sustanciales que distinguían a los animales y los clasificaba en los géneros y especies que más tarde completara y sistematizara Linneo. De este modo, la clasificación parecía encontrar una continuidad natural con el esencialismo aristotélico. La forma se identificaba con la especie y las formas individuales con las variaciones de una forma específica que excluiría a los accidentes materiales responsables de las diferencias entre los individuos de una misma especie. Sin embargo, cuando eliminamos el filtro de las sistematizaciones posteriores, la intención clasificatoria del primero de los tratados biológicos parece más que dudosa. En primer lugar, porque los rasgos que debieran ser característicos de cada especie animal poseen en la Investigación una importancia extrañamente desigual: por un lado, ni son completos ni aparecen sistemáticamente ordenados, sino que se encuentran dispersos a lo largo de todo el tratado; por otro, las diferencias zoológicas (genéricas, específicas, raciales e incluso individuales) no aparecen sólo en el nivel de la especie, sino en todos los estratos taxonómicos. En segundo lugar, el uso real de los conceptos de genos y eidos está muy lejos de permitir una traducción unívoca: tanto uno como otro aparecen referidos a clases de extensión muy distintas, relativas siempre al punto de vista y al objetivo inmediato de la investigación que Aristóteles tiene a mano en cada momento. Así, los criterios clasificatorios son tan dispares como la posesión de sangre o de su análogo, la complejidad creciente de los órganos reproductivos, o la forma y disposición de los órganos nutricionales, de modo que las taxonomías que de ellos se derivan resultan inevitablemente incompatibles. Ninguna de ellas puede ascender, por tanto, a la cúspide de una jerarquía que subordine a todas las demás.

3.2. La Investigación sobre los Animales como tratado empírico.

La debilidad teórica aparente de la Investigación sobre los Animales ha llevado a renombrados intérpretes de la filosofía aristotélica a considerarla una especie de colección de materiales que sería después sometida al análisis filosófico de las causas de las partes y de la generación de los animales. Así, de hecho, parecía confesarlo Aristóteles: “primero, comprender las diferencias y atributos que pertenecen a los animales; después, descubrir sus causas” (HA I. 491a 9).

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En esta línea interpretativa, Jaeger establece un paralelismo “perfectamente evidente” entre la relación de la colección de constituciones con la Política y la de la Historia de los Animales con los demás tratados biológicos:

Es en realidad perfectamente evidente de suyo que la mecánica celeste de la obra Del Cielo, junto con el estudio especulativo de los conceptos fundamentales de la “física”, fuesen académicos por su origen, como mostramos que lo son, mientras que este absorberse en detalles, la mayoría de ellos sin relación alguna con la filosofía, no encaja en el período de especulación. Pero debemos ir todavía más lejos. La propia Historia de los Animales no pertenece por su estructura intelectual al mismo tipo conceptual que ejemplifica la Física, sino al mismo plano que la colección de constituciones. Como colección de materiales, su relación con los libros De las Partes y De la Generación de los Animales, que trabajan sobre ella e indagan las razones de los fenómenos que ella contiene, es exactamente la misma que la de la colección de constituciones con los libros más tardíos, los empíricos, de la Política. Los provee de una base.18

De este modo, Jaeger relativiza las supuestas incongruencias de la taxonomía aristotélica, pues “la clasificación fue mucho menos importante en el desarrollo de la ciencia natural que el hecho de que aquí se tomó por primera vez absolutamente en serio la observación y descripción del individuo y la historia de su vida.”19 Ya dijimos al principio que reconocer el valor de la observación empírica era, sin duda, inexorable en cualquier análisis de la biología aristotélica. El “elogio por lo pequeño” que —reproduciendo la literatura de Jaeger— se practica en la Investigación sobre los Animales, hace pensar en una dilatada y admirable dedicación personal a esta clase de trabajo. Y no sólo personal: “en aquellos puntos en que carecía de un conocimiento directo buscó informarse donde pudo: con los pastores, los cazadores en general y, en particular, los cazadores de pájaros, los boticarios y los pescadores del mar Egeo.”20 De ahí que la labor de Aristóteles como recopilador de la herencia legada hasta entonces por los saberes biológicos haya sido justamente equiparada al papel de Euclides respecto a la geometría21.

18 19

JAEGER, W.: Aristóteles [trad. J. GAOS], F.C.E., México, 1946 (reimp. Madrid, 1983), p.378. Ibid. 20 ROSS, W.D.: Aristóteles [trad. D.F. PRO], 2ª ed., Charcas, Buenos Aires, 1981, p. 165. 21 JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: «Introducción» a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000, p.11.

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3.3. La Investigación sobre los Animales como un estudio de la diferencia.

Las paradojas de la Investigación sobre los Animales no pueden interpretarse como un fracaso, ni pasarse por alto reduciendo su contenido a una especie de cuaderno zoológico. Si —como insiste David Balme— dejamos de ver en ella un tratado de historia natural y lo interpretamos como un estudio de la diferencia, las contradicciones cobran una nueva coherencia22. Desde esta perspectiva, la Investigación sobre los Animales aparece como un tratado teórico donde se investigan los diferentes modos en los que podemos distinguir y definir a los animales. Y puesto que aquí las diferencias no actúan como método de referencia dentro de un sistema de catalogación, es natural que las características que interesen a Aristóteles sean tanto esenciales como accidentales, pues su elección depende del problema concreto que se afronte en cada caso. Una lectura semejante requiere una transformación radical del par conceptual genos/eidos, clásicamente interpretado como herramienta clasificatoria. Y esa transformación comienza, ante todo, por reconocer su ascendencia platónica, donde precisamente es utilizada, no como instrumento taxonómico, sino como método de definición. Ya en el Fedro23, pero fundamentalmente en el Sofista y el Político24, Platón designa con el término genos a aquellos grupos susceptibles de división, mientras que eidos queda reservado a los conjuntos que resultan de la diairesis. Esto no implica, sin embargo, una absoluta subordinación formal de un término al otro: una realidad dada, siempre que no haya alcanzado a los elementos indivisibles, a los atomon eidos, puede ser genos o eidos en función de la perspectiva desde la cual la estemos considerando:

[S]i el género no existe de modo absoluto aparte de las especies del género, o si existe, pero existe como materia (pues la voz es género y materia, mientras que las diferencias producen las especies, es decir, las letras a partir de aquélla), es evidente que la definición es el enunciado constituido a partir de las diferencias. (Met. VII 12. 1038 a 5 y ss.)

BALME, D.M.: «The place of biology in Aristotle’s philosophy», en Philosophical Issues..., p.11. Balme refuerza su tesis con los últimos estudios alrededor de la cronología de la Investigación sobre los Animales, que parecen demostrar que, en su mayor parte, es posterior a los otros tratados biológicos. 23 La descripción platónica original de la diairesis (Fedro 265d) la presenta como el segundo estadio del procedimiento lógico de la dialéctica. El primer estadio consistiría en una “colección” en la que distintos objetos son agrupados de acuerdo con su “forma”. El segundo estadio es el de la “división”, en la que un grupo general es dividido de diferentes formas que a su vez son divididas hasta que se alcanza el objeto de la definición. Es el mismo proceso inductivo-deductivo que establece Aristóteles en Apo. II. 97b7. 24 En el Sofista y el Político, Platón construye varias divisiones separadas para alcanzar el mismo definendum y después extrae de todas ellas juntas lo que parecen ser las mejores caracterizaciones.

22

22

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Las innovaciones que introduce Aristóteles en el uso de la diairesis supondrán un giro radical en el modo de entender el Ser y, en particular, el ser animal. Genos y eidos se convertirán en la traducción lógica del singular hilemorfismo construido en la comprensión del cuerpo orgánico y de las formas heterogéneas pero recurrentes en las que se organiza la vida. La elucidación del lugar que ocupa la forma orgánica en la ontología aristotélica habrá de preceder, por tanto, a la indagación del modo en el que se concretan las diferencias interespecíficas. Sin embargo, este marco gnoseológico común en el que se mueven maestro y discípulo nos obliga a admitir, como punto de partida, que el funcionamiento lógico del par conceptual genos/eidos —a diferencia de lo que sucede con nuestros conceptos de género y especie— no está destinado a servir como base para una clasificación estable de los objetos a los que se aplica.

II. Forma y Ontología.
1. La eternidad del mundo y la permanencia de las especies.
Como es imposible que la naturaleza de este género de seres sea eterna, lo que nace es eterno en la medida que puede. Ahora bien, en número es imposible (pues la entidad de los seres está en lo particular); si fuera así, sería eterno; en especie, en cambio, sí es posible. Por lo tanto, siempre hay un género de hombres, de animales y de plantas. (GA II 731b 32-732a 2)

La eternidad de las especies, reflejo de la divina y platónica perfección del Cielo en el mundo sublunar, ha sido, junto a la teleología, el blanco predilecto de los detractores de la biología del Liceo. Desde que la Teoría de la Evolución diera el definitivo golpe de gracia a la inmutabilidad de las especies, fuera ésta eterna o creada por el Divino Hacedor, la sombra de la sospecha se cernió sobre el conjunto entero de la biología aristotélica. Quizás por ello Montgomery Furth relativice la fuerza extensional del postulado, arguyendo que aunque para Aristóteles fuesen eternos los ciclos estacionales del mundo sublunar, no tendría por qué serlo el modo particular en el que se organizan las plantas y los animales que lo componen25. Ya advertíamos arriba que éste no es el mejor modo de recuperar a Aristóteles. La eternidad de las formas biológicas, sean éstas interpretadas como genéricas, específicas o individuales, constituye un principio fundamental en su biología; si
25

FURTH, M: «Aristotle’s biological universe: an overview», en Philosophical Issues ..., pp.9-20.

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deshacemos este nudo, deshilvanamos también las hebras que a partir de él entretejen los tratados biológicos. Y es que, dada la eternidad de las formas aprehendidas en la Investigación sobre los Animales, las Partes y la Reproducción de los Animales no tratan sino de responder a los dos problemas que inevitablemente aparecen asociados a ella: por qué son como son estas formas y de qué manera se mantiene su existencia eterna. La actualidad de la biología aristotélica no puede reivindicarse, por tanto, desde el cuestionamiento de sus postulados más elementales. La vigencia aparece al comprobar cómo muchos de los problemas que se le plantearon a Aristóteles al enfrentarse con la naturaleza viva, traducidos al lenguaje contemporáneo, guardan un paralelismo sorprendente con las cuestiones que hoy se discuten en filosofía de la biología. Éste es uno de ellos: para Aristóteles, la eternidad de las especies no es una solución sino un problema, y ese problema es conceptualmente equiparable a una de las cuestiones que continúa siendo radical para la biología: la permanencia de las especies. Reformulada en términos contemporáneos, podríamos plantearla como sigue: dado un medio estable, la manera en la que se organizan y se comportan las plantas y los animales es también permanente. Y ése es el hecho que, tanto para nosotros como para Aristóteles, hay que explicar. De ahí que en las distintas soluciones que se barajaban entonces para explicar la eternidad del mundo y, por lo tanto, de las plantas y animales que contiene, reconozcamos anticipaciones de las posturas actuales26. La primera posibilidad, explorada ya por el mecanicismo, consistía y consiste en argumentar “desde abajo”: dada la naturaleza de los materiales constituyentes del mundo, éste tiende naturalmente, por medio tan sólo de principios materiales, a producir y mantener las formas naturales en las que actualmente se organiza. La segunda explicación, de raigambre platónica y sorprendentemente recuperada por parte de ciertos emergentismos actuales, consistiría, por el contrario, en argumentar “desde arriba”: la creencia en que la naturaleza tiende hacia la máxima riqueza y variedad responde a un hecho fundamental que no necesita ser explicado. Las clases naturales que actualmente observamos constituyen, por lo tanto, el mundo más rico y variado posible.

26

La sistematización de las tres soluciones barajadas en tiempos de Aristóteles para explicar la permanencia específica la tomamos de COOPER, J.M.: «Hypothetical necessity and natural teleology», en Philosophical Issues..., pp.243-276.

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La respuesta aristotélica logra salvarse de la caída en cualquiera de los dos polos extremos que representan, respectivamente, los reduccionismos corporeísta e idealista. Aristóteles acepta como un postulado fundamental de la ciencia natural que el mundo posee permanentemente las especies que contiene y que, por ello, se gobierna a sí mismo para preservar su existencia. Pero el criterio de “bondad”27 esgrimido para explicar tantos fenómenos naturales no es una idea metafísica que proceda de algún lugar separado, sino que viene dado por el mismo mundo: lo “bueno” se identifica, por tanto, con lo existente. No obstante, las críticas de Aristóteles no se dirigen tanto a la estrategia platónica como a la reduccionista, que se muestra impotente a la hora de ofrecer una explicación completa de la permanencia específica. Explicitado el marco de la discusión, es evidente que la reacción contra la teoría de Empédocles no es, en absoluto, un enfrentamiento entre el evolucionismo empedoclíteo y el eternalismo aristotélico. Cuando Aristóteles tacha a semejante explicación de inconcebible, imposible, absurda, fantástica... lo hace en el terreno de un problema mucho más fundamental: el mecanicismo no repara en la diferencia entre mezcla y estructura28 y es, consecuentemente, incapaz de descifrar la adecuación entre estructura y función. La distinción entre mezcla y estructura se comprende mejor con uno de los ejemplos que tanto gustaban a Aristóteles: podemos —diría él— aceptar sin reparos la posibilidad de hallar la fórmula que especifique la proporción exacta en la que los cuatro elementos se combinan para conformar la sangre; pero sería absurdo asumir que algo semejante pudiera aproximarse a la definición de un caballo, pues un animal es, obviamente, mucho más que una mezcla. Una vez asumida la irreductibilidad de la estructura orgánica, aparece inmediatamente el problema de su ajuste con la función. La elucidación de una evidencia tan incontestable sólo permite dos soluciones: o bien tal adecuación es ventajosa por coincidencia, o bien sucede precisamente en virtud de su valor teleológico, es decir, por “el bien que hace”. Pero una coincidencia es, por definición, una ocurrencia excepcional, y si admitimos, como parece inevitable, que los órganos animales están siempre formados de esa manera, parece también obligado que el hecho

27

Más adelante veremos que la “bondad”, que en el ámbito de la ciencia natural se identifica con la función, tiene en los tratados biológicos un significado muy preciso. 28 FURTH, M: «Aristotle’s biological universe: an overview», en Philosophical Issues ..., p.44.

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de que así sea se debe a que sirve a las necesidades de los seres vivos29. El marco de la eternidad de las especies acota de un modo muy preciso la relación aristotélica entre forma y finalidad: dada la eternidad de las especies, el sentido teleológico de la forma orgánica no puede considerarse previo desde una perspectiva temporal sino causal. Y esta causa, como insiste Aristóteles en la Física, no es una causa externa, sino absolutamente inmanente al ser orgánico30. Eliminado el postulado de la eternidad específica, la lectura teológica de la naturaleza aristotélica encontraría aquí su mejor aliento. Si asumimos, en fin, la regularidad natural como un hecho no derivable de otros principios naturales, no podemos sino interpretar que ella misma expresa un principio natural: es, pues, un hecho inherente (no derivado) al mundo natural el que éste consiste, en parte, en clases naturales y que trabaja para mantenerlas permanentemente en la existencia. Y es que el ser, en Aristóteles, se dice siempre de muchas maneras, y en el caso de las especies, en lo que afecta a su infinitud, su ser es como el del tiempo, no como el del infinito por división:

En ambos casos asistimos a una emergencia sucesiva e interminable de partes, cada una de las cuales es una unidad limitada. Pero, a diferencia de la divisibilidad infinita, en la que cada parte persiste tras la división, en el caso del tiempo y de la especie humana cada miembro perece: lo que es interminable es el flujo del tiempo y de las generaciones31

2. Todo y parte: los niveles de organización de la materia.
[T]enemos que proceder desde las cosas en su conjunto a sus constituyentes particulares; porque un todo es más cognoscible para la sensación, y la cosa en su conjunto es de alguna manera un todo, ya que la cosa en su conjunto comprende una multiplicidad de partes (Fís. I. 1, 184a 23-27)

La prioridad del todo sobre las partes se ha convertido en el núcleo programático de cualquier posición que contemple la forma orgánica como una entidad irreductible: la forma del todo —sostienen los emergentismos actuales— aparece con propiedades

29 30

Cfr. Fís. II, 8. Cfr. Fís. II, 1. 31 DE ECHANDÍA, G: notas a su traducción de Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998, n.69. Dice Aristóteles en el pasaje comentado por Echandía que no hay que tomar el infinito como un individuo particular, como un hombre o una casa, sino en el sentido en que hablamos del día o de la competición, cuyo ser no es como el de algo que llega a ser una sustancia, sino que está siempre en generación y destrucción, finito en cada caso, pero siempre diferente (Fís. III, 6, 30-36).

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cualitativas que no estaban contenidas en las partes del sustrato material. Se hace necesario, por tanto, distinguir en la configuración de lo físico un doble nivel microestructural (el de las partes) y macroestructural (el del todo) que habrá de afrontarse con herramientas gnoseológicas distintas. Pues bien, frente al circunscrito valor heurístico de esta filosofía natural, limitada a constatar la presencia de fenómenos irreductibles a la base material que les sirve de soporte, la arquitectura ontológica que construye Aristóteles se revela de una complejidad sorprendente para cualquier observador contemporáneo. Y es que, en ella, la forma biológica exige para su comprensión herramientas gnoseológicas de mayor finura que esa discriminación global e inmediata entre todo y parte. La distinción entre partes homogéneas y heterogéneas es el gran descubrimiento aristotélico, porque complica su relación con el todo volviéndola mucho más fecunda para el análisis de las formas naturales: las partes homogéneas son aquellas que, al resultar de la división de un todo, comparten con ese todo las mismas propiedades, de modo que su definición no necesita remontarse a su origen para ser completa; las partes heterogéneas, al contrario, se distinguen porque sus rasgos característicos, distintos a los del todo del que forman parte, sólo pueden, sin embargo, comprenderse en función de este último32. Es a partir de la diferencia entre lo homogéneo y lo heterogéneo cómo Aristóteles, lejos de limitarse a describir el doble modo de aparecer en el que se nos muestran los objetos naturales, llega a distinguir hasta seis niveles de organización de la materia en un cuerpo vivo. Naturalmente, la potencia de este análisis no sólo reside en la superioridad numérica de los estratos ontológicos. La distancia que lo separa de los enfoques holistas actuales se concentra, como veremos, en dos cuestiones de especial calado filosófico: por un lado, los niveles que describiremos a continuación no son estratos que, como en un yacimiento arqueológico, se ordenen paralela y jerárquicamente, sino modos organizacionales cuyo profundo entretejimiento los vuelve inseparables; por otro, no son tampoco una traducción al mundo natural de lo cuantitativo y lo cualitativo, puesto que algo similar a esta dualidad se halla presente en todos los modos de organización. La forma orgánica como forma sustancial comienza a configurarse, entonces, a partir del concepto de heterogeneidad. Determinar sus relaciones con la materia y la función es el objetivo primario de este capítulo. Pero antes habremos de exponer de

32

Cfr. HA, I, 1.

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manera resumida los seis estratos en los que Aristóteles resuelve la arquitectura de lo vivo, o, dicho en términos menos literarios y más aristotélicos, de los seres que son uno en virtud de ser “naturalmente continuos”:

— La infraestructura empedoclítea. 1) Los simples: ya hemos dicho que, para Aristóteles, el mundo se encuentra absolutamente saturado de materia empedoclítea. Los tipos más simples de “cuerpos” son los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego), resultado a su vez de pares de contrarios (húmedo/seco, y frío/caliente) combinados del siguiente modo: tierra (seco + frío), agua (frío + húmedo), aire (húmedo + caliente) y fuego (caliente + seco). Cada uno de estos elementos es “homogéneo” y “uniforme”, pues cualquiera de sus partes es idéntica al todo: cualquier cantidad de agua posee las mismas propiedades que caracterizan al volumen total de agua terrestre. 2) Los compuestos: los elementos se combinan de varios modos, y en proporciones variables, para formar compuestos más complicados como los metales, la madera o el cristal que, no obstante, continúan siendo homogéneos y uniformes: roto un cristal, cualquiera de los fragmentos resultantes podría ser definido atendiendo a la misma fórmula que define las propiedades del cristal original. En cierto sentido, estos compuestos pueden también ser denominados “sustancias”, pues existen

autónomamente, sin necesidad de formar parte de un todo, como precisarán los compuestos orgánicos. Conforman, en definitiva, el tipo de organización más elevado que pueden aspirar a explicar los cuatro elementos y las dos fuerzas elementales a las que Empédocles redujera la totalidad de lo existente. A partir de este nivel, la acción conjugada de materia y forma se extiende hasta a configurar el escenario de lo viviente.

— Del agregado al individuo. 3) Las partes homogéneas de los animales: como anunciábamos arriba, existen también compuestos uniformes integrados en los seres vivos, pero que, a diferencia de los compuestos artificiales, no pueden existir autónomamente fuera de su funcionamiento como parte de un organismo. Es el caso de la sangre, el suero, la grasa, la médula, el semen33, la bilis, la leche o la carne. Su naturaleza incluye su adecuación a

33

En realidad el esperma, aunque cumple el requisito de que todas sus partes son iguales entre sí y con respecto al todo, sin embargo no puede encuadrarse propiamente dentro de las partes homogéneas porque éstas son la materia de la que se componen las heterogéneas, y ningún órgano del cuerpo está compuesto

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una función determinada y en el momento en que, al ser extirpados del todo al que pertenecen, dejan de ser lo que son, quedan reducidos a una mezcla de tierra, aire, agua y fuego. Las propiedades de las partes uniformes de los animales — la suavidad, la viscosidad, la humedad o la fragilidad— son, pues, propiedades potenciales, porque su composición sólo alcanza la proporción adecuada en el contexto de un todo orgánico. De ahí que los cambios que observamos en los tejidos o los residuos que son separados del cuerpo no tengan que ver con su composición material sino con sus propiedades disposicionales34. Como veremos a continuación, los rasgos cualitativos de las partes homogéneas son paralelos a las características funcionales de las heterogéneas, pues tampoco los órganos pueden considerarse órganos genuinos una vez que, retirados de una sustancia viva, pierden sus capacidades funcionales35. 4) De lo homogéneo a lo heterogéneo: en un estrato que en un lenguaje contemporáneo podríamos denominar “interfásico”, existen ciertos tipos de partes, como las vísceras, las venas o los huesos, cuya naturaleza es ambigua, en el sentido de que actúan doblemente como masa informe y como estructura: por un lado, su naturaleza es homogénea, pues es divisible en partes idénticas (cualquier parte de una víscera o de una vena sería visceral o venosa), y sus cualidades son también las de las partes uniformes: la carne es blanda, el tendón seco y elástico, el hueso seco y quebradizo36; pero, por otro, poseen cierta estructura que las vuelve heterogéneas (ninguna de esas partes sería ni una víscera ni una vena). Y es que estas partes intermedias, además de por sus cualidades disposicionales, son también definidas por la función que desempeñan. De ahí que, aunque consideradas aisladamente parezcan homogéneas, en realidad, desde el punto de vista de la totalidad del cuerpo, han de ser consideradas heterogéneas, dado que la definición de un hueso o de una vena requiere integrarlos en un sistema óseo o venoso. 5) Las partes heterogéneas de los animales: la cabeza, las orejas, los miembros, los dedos, los órganos internos y externos son partes heterogéneas de los animales, pues de una vena podemos decir que es como sus partes, pero no de un rostro: una parte de un rostro, dice Aristóteles, no es un rostro. Con más razón que en las anteriores, estas partes de ningún modo existen autónomamente, sino siempre operando en un ser vivo.

de esperma. DE ECHANDÍA, G: notas a su traducción de Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998, Libro I, n.126, p.97. 34 Cfr. PA II, 2; II, 3. 35 Cfr. PA I,1. 36 Cfr. GA II, 743b 1-5.

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Separadas de él o perdida su función en un animal muerto, pueden parecer todavía, superficialmente, “lo que son”, pero en realidad no lo son más que si estuvieran esculpidas en piedra. De ahí que nos advierta Jaeger que

cuando se discute alguna de las partes o estructuras, sea la que fuere, no hay que suponer que sea su composición material aquello a que se dirige la atención o que es objeto de la discusión, sino la relación de tal parte con la forma total. Análogamente, el verdadero objeto de la arquitectura no son los ladrillos, ni el mortero o las vigas, sino la casa; y así, el principal objeto de la filosofía natural no son los elementos materiales, sino su composición y la totalidad de la forma, independientemente de lo cual no tienen existencia alguna37.

6) Los animales: las partes no uniformes aparecen siempre organizadas e integradas en el organismo vivo completo, de cuyo todo son indisociables. De ahí que cuando Sócrates muere, lo que queda no sea un hombre, ni sus órganos sean órganos, ni sus venas, venas. Extendiendo el razonamiento de Aristóteles y dada la indisociabilidad entre forma y función, podríamos decir que cuando un animal muere ha sido también, en cierto sentido, extirpado del todo natural del que formaba parte.

3. La forma orgánica: La forma biológica como forma sustancial.

3.1. Forma y estructura
[L]a materia para los animales es sus partes: para todo el animal entero, las partes heterogéneas; para las partes heterogéneas, las homogéneas; y para éstas, los llamados elementos de los cuerpos (GA, I, 715 a 8-14).

El advenimiento de partes heterogéneas es, como acabamos de comprobar, el factum más excepcional que aparece en los sucesivos estadios que explican la constitución de un objeto biológico. El problema es que el concepto de heterogeneidad, al igual que el de finalidad, no aparece desarrollado teóricamente; la única definición explícita que Aristóteles nos ofrece de las partes heterogéneas es la de que se resuelven en partes distintas al todo. Y es que ni la forma biológica ni su carácter teleológico son conceptos que se apliquen apriorísticamente a la comprensión de la naturaleza; en el marco teórico ineludible de la Metafísica y, sobre todo, del De Anima, uno y otro se construyen en la praxis biológica.

37

JAEGER, W.: Aristóteles [trad. J. GAOS], F.C.E., México, 1946 (reimp. Madrid, 1983), pp. 388-389.

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Es precisamente la práctica de esa dialéctica constante entre el todo y sus partes la que nos devuelve una imagen mucho más compleja de lo que tradicionalmente se ha venido traduciendo como “homogeneidad” y “heterogeneidad”. Una traducción que, por cierto, acarrea importantes confusiones: al hablar de partes homogéneas y heterogéneas podemos pensar que nos encontramos ante un problema de composición material. Y, en efecto, sucede normalmente que si un todo posee la misma composición material y ésta se muestra organizada en idénticas proporciones, es divisible en partes homogéneas. Pero ya hemos visto que no siempre es así. La diferencia radical entre las partes homogéneas y las heterogéneas es que las primeras son partes materiales (en el sentido de que para definirlas no es necesario referirse al todo de donde proceden), mientras que las segundas son partes formales (puesto que para comprenderlas es inexorable hacer alusión al todo del que resultan): los materiales biológicos que conforman un cuerpo son aquellos divisibles en partes homogéneas pero que no son pensables fuera del cuerpo que a su vez los acoge como un todo. Una porción de carne, de hueso o de sangre es una parte en relación con la carne toda de un animal dado, un hueso completo o los litros de sangre que acoge un sistema circulatorio. En este sentido, su elucidación sí puede hacerse depender exclusivamente de la cantidad, proporción y mutua interacción en las que los cuatro elementos se combinan entre sí. Pero si es el cuerpo lo que tomamos por un todo, las partes se vuelven heterogéneas, pues ni la carne, ni los huesos ni la sangre de un cuerpo dado, comparten con ese cuerpo idénticas propiedades. Sus características dependen ahora “del bien que hacen” y no responden, por tanto, a la necesidad que gobierna a los cuerpos simples. La forma biológica puede así comenzar a redefinirse como forma limitadora de aquellos seres de cuya división, en tanto que “todos”, resultan partes heterogéneas. Y aquí es, precisamente, donde esta distinción enlaza con la finalidad aristotélica: son estas partes las que aparecen por un fin, y este fin, en los seres vivos, es la función:

[L]as partes se distinguen unas por una facultad, otras por sus cualidades: las partes heterogéneas, por ser capaces de realizar una función, por ejemplo la lengua y la mano; y las homogéneas, por la dureza, blandura y otras cualidades semejantes (GA I. 722b, 30-35)

A propósito de la finalidad, tenemos que distinguir los sentidos imbricados, pero distintos, con los que Aristóteles emplea el término “fin” en su producción biológica: el término “fin” tiene, en primer lugar, un significado anatómico-fisiológico: la adecuación

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entre forma y función, la organización de las partes en un cuerpo entero y su particular configuración en cada una de las especies, es objeto de atención fundamental en las Partes de los Animales; en segundo lugar, la teleología aristotélica aparece, en la Reproducción de los Animales, en el ámbito embriológico de la morfogénesis. Si en este primer epígrafe nos limitamos a analizar las consecuencias filosóficas de la primera acepción, en el tercero comprobaremos cómo Aristóteles describe el desarrollo embrionario en un sentido comparable al que le conferimos hoy al hablar de la diferenciación de tejidos, rasgos y órganos animales. La identificación de este fin con el fin funcional es evidente: la diferenciación progresiva que constatamos en la ontogénesis remite a una especificación de la estructura y una especialización de la función que en el animal adulto se identifican con la diversificación estructural y la articulación adaptativa. Esta genérica distinción entre el fin adaptativo y el fin de la generación se concreta después en cada uno de los fines particulares que Aristóteles reconoce en su doble acepción; pero, de momento, es suficiente para comprender que en el ámbito biológico la teleología aristotélica no se plantea en el contexto de una cosmología general. Como subraya Marjorie Grene, “el tipo de 'fines' que normalmente interesan a Aristóteles son puntos finales determinados de procesos particulares en el mundo natural.”38 Aclarada la diferencia, veamos cómo logra Aristóteles concretar la conjugación de la forma biológica con la materia, el fin y la función de los seres naturales.

3.1.1. La forma como determinación en la materia segunda.

Materia y Forma son siempre en Aristóteles conceptos indisociables. La materia es en todos los casos materia organizada, y sólo como concepto límite podemos pensarla informe e indeterminada. En este sentido, la materia aristotélica puede comprenderse como un concepto no denotativo sino regulativo en el sentido kantiano39. Así es como Balme puede sostener que la relación entre teleología y necesidad no suponía problema lógico alguno para Aristóteles:
38

GRENE,M.: «Aristotle and Modern Biology», en The Understanding of Nature, Reidel, Dordrecht, 1974, pp. 76-84. 39 WIELAND: «Arist.’s Physics and the Problem of Inquiry into Principles» y DÜRING: Aristoteles, Carl Winter, Heildelberg, 1966, pp.233 y ss. Cit. en DE ECHANDÍA, G: Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998, n.94 del Libro I, p.118.

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[L]a alternativa a la teleología no sería tanto un orden universal mecánicamente determinado por nexos causales en los que cada efecto estuviese determinado y fuese a su vez causa de un efecto futuro y predecible, como un caos del que no podía emerger nada aprensible a la investigación científica. La “materia primera” es materia indeterminada en el sentido de que las acciones de los elementos, aunque poseedores de direcciones características, son ilimitadas. Esto no significa que la acción de los elementos sea incierta ni inescrutable, sino, simplemente, que la materia no ha sido todavía formalmente determinada en un estado preciso. La producción de un animal requiere, por tanto, dos procesos materiales que están combinados en la naturaleza: deben darse las acciones primarias de los elementos, y debe haber un movimiento limitador.40

Pero la constatación de que la materia se encuentra por doquier organizada, aunque necesaria, resulta insuficiente a la hora de explicar el modo peculiar en el que materia y forma se conjugan en un ser vivo; si interpretáramos la totalidad de la “materia” aristotélica como materia primera41, la peculiaridad que separa a los objetos naturales de los artificiales se convertiría en un problema puramente formal: en virtud de la forma que organice cada parcela de esta materia indeterminada, tendremos uno u otro objeto, sea natural o artificial. El problema se esclarece cuando atendemos a una de las distinciones clásicas en la historia de la filosofía, a saber, la diferencia entre los planos de la Ontología general y de la Ontología especial. Cuando hablamos de materia biológica no podemos referirnos a esa materia primera que, como concepto límite, puede oponerse a la forma interpretada también conceptualmente. De otro modo, estaríamos abordando un campo de materialidad determinado (el biológico), objeto propio de la Ontología especial, con herramientas gnoseológicas de la Ontología general, o de la Filosofía Primera, en términos aristotélicos. Cuando esto se ignora, se incurre una vez más en la extrapolación literal del símil del artista; y a diferencia de lo que sucede con un bloque de mármol, cuyas formas posibles vienen sólo limitadas por la imaginación del artista, en los objetos naturales la forma se da siempre en un cuerpo que en potencia tiene esa forma. Si esa forma es la forma de la especie o la forma del individuo es algo que dilucidaremos en nuestro último epígrafe. De momento, lo que nos interesa subrayar aquí es que la materia de un cuerpo animal o vegetal no puede quedar reducida a
40

BALME, D.M.: «Teleology and necessity», en Philosophical Issues ..., p. 283. La traducción es nuestra. 41 Además, el concepto de “materia primera”, en Aristóteles, puede entenderse desde un punto de vista relativo o absoluto. Por ejemplo, para los objetos hechos de bronce, el bronce es materia primera desde el punto de vista relativo; pero desde una perspectiva absoluta, es el agua, porque todas las cosas fusibles son agua. Cfr. Met. 1015a 8.

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materia primera aún por organizar, puesto que ya es, de algún modo (a saber, potencialmente) materia organizada. Aquí reside, precisamente, la diferencia radical que en Aristóteles separa a la materia de la privación:

Nosotros afirmamos que la materia es distinta de la privación, y que una de ellas, la materia, es un no-ser por accidente, mientras que la privación es de suyo no-ser, y también que la materia es de alguna manera casi una sustancia, mientras que la privación no lo es en absoluto (Fís. I. 9, 192a 3-7)

Pero no es sólo que la materia aristotélica sea ya, de algún modo, materia conformada. Es que, además, la materia está potencialmente configurada de ese modo preciso porque ella misma le impone a la naturaleza ciertas restricciones. La naturaleza —dice Aristóteles— “se sirve necesariamente de lo que existe en vista de un fin” (PA III 663b 23-24) Y esa necesidad le viene impuesta por la materia. Así, dada una cantidad determinada de elemento terroso, por ejemplo, la naturaleza habrá de servirse de él para fabricar medios de defensa en cada una de las especies. Pero como este material es limitado, la naturaleza lo utiliza bien para los dientes, bien para los cuernos, o bien para los espolones, pero nunca para todos ellos. Este apartado es sólo un primer esbozo de la relación entre materia, forma y función, que analizaremos con detenimiento una vez que hayamos precisado el significado de cada uno de los términos que intervienen en la conjugación aristotélica entre necesidad y finalidad. Pero los dos modos en los que acabamos de bifurcar la indisociabilidad del par materia/forma evidencian de qué modo los tratados biológicos precisan y complican el significado del esencialismo aristotélico al que acostumbramos a acceder por vía exclusiva de su Metafísica.

3.1.2. La forma como heterogeneidad espacial. La característica más evidente de las partes no uniformes en el sentido aristotélico es su heterogeneidad espacial con respecto al todo del que forman parte. Es el caso de los órganos en los que se organiza un cuerpo animal; distribuidos a lo largo de ciertos ejes geométricos, exhiben con respecto a ellos simetrías y asimetrías características que explican por qué, al dividir un objeto natural, resultan partes diferentes al todo. De ahí —dice Aristóteles— la causa de que las vísceras sean dobles:

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Todas las vísceras son dobles. La causa es la división del cuerpo en dos partes, pero que constituyen un solo principio: existe el arriba y el abajo, el delante y el detrás, la derecha y la izquierda. Por eso también el cerebro tiende a ser bipartito en todos los seres, e igual cada órgano sensorial. Por la misma razón el corazón con sus ventrículos. El pulmón en los ovíparos está dividido de tal modo que parece que tienen dos pulmones. Los riñones resultan evidentes para todo el mundo. (PA III 669a 18-26)

Las partes heterogéneas son simétricas en relación a un plano de simetría bilateral —lo izquierdo y lo derecho— y asimétricas en virtud de la distribución de los órganos animales a lo largo de dos ejes: el dorso-ventral, por el que los animales son asimétricos con respecto al arriba y al abajo, y el antero-posterior, que asociado a la dirección de la locomoción y la orientación del aparato digestivo, hace a los animales asimétricos en relación a la parte trasera y delantera. Aunque los ejes de simetría actúan ellos mismos como causa, su razón última no es, sin embargo, geométrica. Como las mismas partes, los ejes geométricos existen precisamente en virtud del bien que hacen. Así, en el diafragma:
Su causa es que existe para la separación de la zona abdominal y la zona del corazón, a fin de que el principio del alma sensible quede a salvo y no sea afectado inmediatamente por la exhalación que surge del alimento y por el exceso del calor externo. Para eso, pues, la naturaleza trazó una separación, haciendo del diafragma como una barrera y cerca, y separó la parte noble y la menos noble en todos aquellos animales en que es posible separar la parte de arriba y de abajo, pues la parte superior es el fin y la mejor, la inferior existe por ella y es necesaria en tanto que receptáculo del alimento. (PA III 672b 15-24).

Esto nos conduce inmediatamente a esa identificación irrenunciable entre forma y función. Pero los ejes son también la estructura en la que las partes heterogéneas se organizan en el todo orgánico. La forma total actúa aquí como principio, y esa es la siguiente implicación que debemos analizar.

3.1.3. La forma como principio estructural.

En Aristóteles, los principios que gobiernan la configuración de un organismo se refieren tanto a la materia elemental que lo compone como a la naturaleza formal que lo distingue al considerarlo como un todo. Ontológicamente, por tanto, la existencia de principios en todos los niveles diferenciados por Aristóteles complica la distinción un tanto burda que suele hacerse entre materia y forma en términos de propiedades cuantitativas y cualitativas.

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Como comprobábamos al hablar de los elementos que en última instancia conforman todo lo existente, cada uno de los constituyentes materiales de los cuerpos, sean naturales o artificiales, tiene una naturaleza y unas propiedades potencialidades asociadas a ella. La naturaleza de un cuerpo simple, a saber, su privativa forma de moverse si no es impedido por otro cuerpo, es locomotora; sus potencialidades, es decir, sus maneras características de interactuar con otros cuerpos, son cualitativas: cada elemento posee un par de cualidades primarias y son éstas las que determinan sus interacciones, incluyendo sus transformaciones mutuas. Ser más caliente o más frío, ser más seco o más húmedo son, pues, archai a los que la naturaleza de muchas cosas está referida. Esas “muchas cosas”, en un cuerpo natural, son las partes homogéneas, resultado de la mezcla de los cuatro elementos. Su elucidación no puede corresponderse, por tanto, con el tipo originario de definición. Necesitamos recurrir a otras partes (los cuatro elementos), y a los principios que gobiernan esas otras partes (lo frío y caliente, lo húmedo y lo seco) si queremos comprender su naturaleza. Sin embargo —decíamos arriba—, las cualidades de los cuerpos simples no agotan tampoco la definición de las partes homogéneas; analizadas en tanto que pertenecientes a un todo orgánico, sus principios explicativos no pueden hacerse depender de los elementos, sino de las naturalezas que dirigen su función en el conjunto de ese todo del que son parte. Pero la naturaleza de un cuerpo natural considerado como un todo no es material sino formal. Y este tipo de naturaleza no hace nada sin un fin: siempre actúa dirigido hacia lo mejor que es posible para su ser. Éste es precisamente el principio moviente de cualquier naturaleza formal, que, a su vez e inevitablemente, determina las partes materiales que la componen. Con el principio de “lo mejor entre lo posible” resuelve Aristóteles el problema de la conjugación entre teleología y necesidad: la naturaleza no es aquí un actor omnipotente que pueda inventar soluciones infinitas; la naturaleza produce lo mejor entre una gama limitada de posibilidades, y esa limitación viene impuesta por la necesidad que rige la combinatoria de los cuatro elementos. En realidad, con el principio de “lo mejor” soluciona Aristóteles la cuestión de la permanencia específica en un sentido general. El modo particular en el que se organizan las plantas y los animales no puede, sin embargo, hacerse depender en exclusiva de un principio tan abstracto: si hipostasiáramos “lo mejor”, si “lo mejor” tuviera una traducción unidireccional, todos los cuerpos naturales estarían diseñados de la misma 36

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manera. Así sucede, en parte, con respecto al arriba y al abajo, a lo derecho y lo izquierdo42, a lo masculino y lo femenino. Pares de contrarios que invariablemente presentes en el mundo natural manifiestan “lo mejor” en uno de sus polos: el arriba, lo derecho y lo masculino, aunque no puedan darse sin su contrario, concretan la “bondad” que en la naturaleza actúa como principio. Pero la explicación de la permanencia no resuelve, decíamos, la diversidad específica43. Aristóteles no puede dejar de saberlo y por ello sus tratados biológicos están plagados de principios explicativos que actúan en diferentes niveles de generalidad, y no sólo en ese doble plano que hoy se concreta en lo micro y lo macroestructural. De ahí que en las Partes de los Animales se afirme en numerosas ocasiones que alguno de los caracteres de una clase animal es la ousía de esa clase44. Y de ahí también que, lejos de ver aquí una ambigüedad resultado de esa lucha fracasada entre la forma teórica y la materia empírica, coincidamos con Gotthelf al interpretar que cada principio especifica cada uno de los modos en los que se organiza un cuerpo natural: “para todo nivel en el que hay una explicación de los caracteres de algunos animales, hay caracteres básicos (causalmente primarios) en ese nivel, caracteres que definen en ese nivel una parte del ser de los animales que tienen los caracteres explicados en él.”45 Ciñámonos, pues, a las partes de los animales, comenzando por las partes homogéneas. Sabemos ya que su explicación debe comenzar, no por las naturalezas de los elementos, sino por las naturalezas mismas de las formas animales. Pero sabemos también que los principios últimos no siempre aparecen en el primer estadio de la investigación, sino que, generalmente, la explicación de unas partes depende de otras partes, aunque éstas, en última instancia, dependan de otro principio. Y así sucede con
42

“Las langostas y los cangrejos tienen todos la pinza derecha mayor y más fuerte, pues todos los animales actúan naturalmente más con la parte derecha” (PA IV, 684a, 26-28) 43 Este es, según Balme, el asunto principal de los Parva Naturalia, mucho más que una arcaica fisiología. En ellos, la pregunta nuclear se dirige no tanto al cómo, sino al por qué los animales difieren: “Si su función, como pensamos tanto nosotros como Aristóteles, es comer, sobrevivir y reproducirse, ¿por qué no pueden todos ellos hacerlo de la misma manera?. Para esta cuestión ingenua no tenemos todavía una respuesta satisfactoria, ni en el nivel empírico ni en el filosófico.” BALME, D.M.: «The place of biology in Aristotle’s philosophy», en Philosophical Issues..., p.10. 44 El término ousía fue usado a veces por Aristóteles para designar la sustancia individual concreta, es decir, aquello que siendo siempre sujeto nunca es predicado (como sustancia primera), pero también para designar la especie o el género, la esencia o predicado común a varias sustancias individuales concretas (sustancia segunda). Para evitar esta ambivalencia, se distinguió entre ousía como esencia o comunidad, e hipóstasis como sustancia individual o propiedad no común. 45 GOTTHELF, A.: «First principles in Aristotle’s Parts of Animals», en Philosophical Issues ..., p.192. Gotthelf encuentra en los libros segundo, tercero y cuarto de las Partes de los animales hasta ocho pasajes en los que Aristóteles identifica ciertos caracteres animales como primeros principios, pp.190-191.

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las partes homogéneas, cuyos principios, en tanto que partes homogéneas y no funcionales, son el hueso y la carne46, y, entre éstas, la carne por encima del hueso:

Es evidente a la observación sensible que todas las otras partes existen en función de ésta, me refiero a los huesos, la piel, los tendones y las venas, y aún a los cabellos, las uñas y cualquier otra parte del mismo tipo. En efecto, los huesos, que son duros por naturaleza, han sido creados para preservar las partes blandas en los animales que tienen huesos; en los que no los tienen, la parte análoga, como en los peces en unos casos la espina, en otros el cartílago. (PA II 653b 30-35)

A diferencia de las homogéneas, las partes heterogéneas presentan propiedades irreduciblemente estructurales: se originan —acabamos de remarcarlo al hablar de la forma como estructura— por la manera en la que las partes están organizadas, distribuidas o relacionadas entre sí, y no son atribuibles a la naturaleza de esas mismas partes reunidas de diferente manera. En cualquier acontecimiento vital, el factor que en última instancia explica la función de la entidad homogénea correspondiente, no es, por tanto, otra parte, sino que depende de la integración de las partes; en definitiva, de un principio distinto. Las partes principales de los animales, partes siempre heterogéneas, son tres: aquella por donde se ingiere la comida, aquella por donde se descargan los residuos y lo que es intermedio entre estas dos. Aquí es donde está localizado el arché o principio controlador:
[E]s preciso buscar siempre este principio hacia la mitad del cuerpo, en los animales fijos, entre el órgano que recibe el alimento y aquél por el que se realiza la secreción, bien del semen, bien del excremento. (PA IV. 681b, 33-36)

En ese lugar intermedio se localiza “el punto de donde procede el movimiento” (GA II. 742b35): el corazón en los sanguíneos y el órgano análogo en los no sanguíneos, que en ambos casos actúa como principio articulador de todas las partes animales. En él reside el calor, “chispa vivificante de la naturaleza” y responsable, por tanto, de la mayoría de las funciones vitales, como los cambios sustanciales implicados en la digestión, los procesos regenerativos o el crecimiento. Pero ningún principio puede darse en Aristóteles sin su contrario, que aquí vendrá encarnado por el cerebro, la estructura anatómica más fría, y su función refrigerante.

46

Cfr. PA, II, 655b, 22-23.

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En realidad, el calor acogido por el corazón y distribuido por los cuerpos animales a través de la sangre que bombea no es él mismo un principio, sino instrumento del verdadero principio de los animales: el alma:

[E]l fuego es tomado por algunos como la causa de la nutrición y del crecimiento, puesto que sólo él entre los cuerpos o elementos se nutre a sí mismo y se hace crecer; de aquí nace la idea de que en las plantas y los animales él es la fuerza operativa. En un sentido, ciertamente es causa concomitante, pero no la causa principal; ésta es más bien el alma. (DA, II. 4, 416a 10-14)

Para la historia de la ciencia, toda esta fisiología constituye, naturalmente, el punto más débil de la biología aristotélica, marcada como lo está por la influencia del tradicional cardiocentrismo griego. Pero desde una perspectiva filosófica, las implicaciones gnoseológicas y ontológicas de la forma como principio en el sentido en el que lo especifica Aristóteles son de una actualidad deslumbrante. En primer lugar, por el radical anti-vitalismo de su ontología, que busca en el corazón o en los órganos análogos la “carne” del alma. En segundo lugar, por la complejidad —no sólo proclamada sino ejercitada— en la que concreta la explicación de las partes de los organismos: Aristóteles no se contenta con decir que el alma es la responsable de la organización vital y de todas las funciones asociadas a ella; para dar cuenta de la diversidad específica, conjuga en cada caso los principios materiales y los principios formales que actúan en cada una de las partes y en cada una de las funciones cumplidas por ellas en las especies animales. 3.2. Forma y función.
De qué partes y de cuántas está constituido cada ser vivo ha quedado más claramente expuesto en la Investigación sobre los animales; pero por qué causas cada una tiene su característica propia hay que estudiarlo ahora, tomando por separado cada una de las partes citadas en la Investigación. (PA II 646a 1-10)

Desde el punto de vista de la forma, el hecho evidente que en Aristóteles separa a un animal de su reproducción escultórica radica en la diferencia entre energeia y morphê. Ya vimos que la adecuación entre estructura y función era uno de los principales problemas que se le presentaban al reduccionismo, en cuanto que el azar era incapaz de explicar cómo en cada especie, las partes de los animales que la conforman aparecen altamente adaptadas a las funciones vitales de la locomoción, la ingestión, la digestión, la reproducción o la sensación. Y si la función no es posterior al órgano, 39

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como argumenta el reduccionismo, “por azar”, una sola solución era posible: “la naturaleza crea los órganos para la función, pero no la función para los órganos” (PA IV 694b, 13-15). Al hablar de la eternidad de las especies, advertimos ya de las consecuencias que implicaba este postulado para la relación entre forma y función: si asumimos la eternidad de las formas del mundo sublunar, no tiene sentido imaginar la naturaleza aristotélica como un agente antropomorfizado que pone en cada animal los órganos más perfectos en virtud de un proyecto de bondad y belleza previamente concebido. La anterioridad de la función con respecto al órgano no es —ya lo advertimos— una cuestión temporal sino lógica: al igual que en Aristóteles el adulto es siempre anterior al embrión, la función es siempre anterior al órgano47. No se trata, pues, tan sólo, de que aquí se asuma uno de los presupuestos de la adaptación: la correlación directa entre estructura anatómica y funcionalidad fisiológica48. Lo revelador es que, al contrario de lo que pueda parecer, Aristóteles no se encuentra en este punto tan alejado del darwinismo: la naturaleza, diría un evolucionista, “selecciona” las partes animales mejor adaptadas al medio que las acoge. Desde un punto de vista lógico, la función es también, como en Aristóteles, anterior a la forma49. Así explica Aristóteles la adecuación entre la mano y la inteligencia humanas:
... Anaxágoras afirma que el hombre es el más inteligente de los animales por tener manos, pero lo lógico es decir que recibe manos por ser el más inteligente. Las manos son, de hecho, una herramienta, y la naturaleza distribuye siempre, como una persona inteligente, cada órgano a quien puede utilizarlo. Y, en efecto, es más conveniente dar flautas a quien es un flautista que enseñar a tocar a quien tiene flautas, pues a lo mayor y principal la naturaleza añade lo más pequeño, y no a lo más pequeño lo más preciado y grande. Si realmente es mejor de esta manera, y la naturaleza hace lo mejor entre lo posible, no por tener manos es el hombre el más inteligente, sino por ser el más inteligente de los animales tiene manos. (PA, 687a 10-20)

O de las partes reproductoras:
La identidad entre forma y función se comprende mejor teniendo en cuenta que la palabra órganon, en griego, significa tanto instrumento o herramienta como órgano del cuerpo. Cfr. JIMÉNEZ SÁNCHEZESCARICHE, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000, n.62 del Libro I, p.75. 48 JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: «Introducción» a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, B.C.G., Madrid, 2000, p.17. 49 Desde el punto de vista temporal no tiene porqué serlo, pues “lo anterior tiene ya muchos sentidos” (GA II 741a 20): “En las obras biológicas, donde la causa final es predominante, Aristóteles aplica el principio de que lo perfecto es anterior a lo imperfecto desde el punto de vista de la entidad y la naturaleza, pero es posterior desde el punto de vista de la generación. En este caso, la finalidad es anterior por naturaleza y el órgano que sirve para ese fin es posterior, aunque, atendiendo al proceso de formación, es anterior el órgano al fin.” JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000, n.111 del Libro II, p.162.
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El macho y la hembra difieren desde el punto de vista de la razón, porque cada uno tiene una facultad diferente, y desde el punto de vista de la observación, por ciertos órganos: en lo que respecta a la razón, difieren porque es macho aquello que puede engendrar en otro, como se dijo antes, y hembra aquello que engendra en sí mismo y de donde nace lo engendrado, ya existente en el engendrador. Puesto que están definidos por una cierta facultad y una cierta función, como además se necesitan instrumentos para cada actividad, y las partes del cuerpo son los instrumentos para esas facultades, es necesario que también existan órganos para la procreación y la cópula y que éstos sean diferentes entre sí, en lo que diferirán el macho y la hembra [...] Tales órganos son, en el caso de la hembra, lo que llamamos útero, y en el del macho los testículos y el órgano genital, hablando de todos los animales sanguíneos.

Y no sólo los órganos en general; también su forma específica depende de ciertas capacidades. Así resuelve Aristóteles la razón del tamaño del útero y de los conductos seminales: como el macho y la hembra se distinguen por su capacidad y su incapacidad de cocer la sangre, los machos tienen conductos (porque el residuo es de cantidad moderada), mientras que las hembras hay una gran cantidad de residuo sanguíneo (porque no está elaborado), de modo que es necesaria una parte receptora (el útero) de tamaño considerable50. Sin embargo, la relación entre estructura y función no siempre es directa. “La naturaleza —dice Aristóteles— hace todo o porque es necesario o porque es mejor” (GA I 4. 717a 15). Y lo necesario, que continúa siendo un medio para lo mejor, no aparece, en este caso, referido a la materia de la que están compuestos los órganos, sino a las propias partes heterogéneas. Así, el bazo es sólo condicionalmente necesario para formar una pareja con el hígado y la localización espacial de las vísceras parece también un producto necesario de un fin muy particular:

Para qué sirve efectivamente cada una de las vísceras, ya se ha dicho. Existen, además, por necesidad en los extremos interiores de las venas, pues es preciso que una humedad salga, y tal humedad es sanguínea, y a partir de ella, condensada y coagulada, se forma el cuerpo de las vísceras. Por eso son sanguíneas y tienen una naturaleza corpórea semejante entre sí, pero diferente a los otros órganos. (PA III. 673a, 30-35)

Así se explican también las diferencias que las partes heterogéneas de los animales inferiores demuestran con respecto a los órganos de los que ocupan las posiciones más elevadas en la escala naturae. Es el caso de la ausencia de testículos en

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Cfr. GA IV 766b 18-26.

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peces y serpientes, a la que Aristóteles caracteriza no como un bien, sino como resultado de la necesidad de que su cópula sea rápida51.

3.3. Forma, función y materia: la necesidad hipotética.

Quizás lo necesario se encuentra también en el concepto de una cosa. Pues si definimos la operación de aserrar como un cierto tipo de división, tal división no se podrá cumplir si la sierra no tiene determinado tipo de dientes, y estos dientes no podrán ser tales si la sierra no está hecha de hierro. Porque también en el concepto hay ciertas partes que son como su materia (Fís. II, 9, 200b, 5 y ss.)

El problema de la permanencia y la diversidad específica no se agota en la heterogeneidad espacial y su traducción funcional. La singularidad de la materia orgánica es, para Aristóteles, tan problemática como la especificidad de la forma. Desde el punto de vista geométrico, hemos visto cómo materia y forma se identifican con las partes homogéneas y heterogéneas de un cuerpo animal. Pero vimos también que, atendiendo a una perspectiva funcional, las partes homogéneas dejaban de serlo en sentido estricto, pues muchas de sus propiedades potenciales, extirpadas del todo orgánico, desaparecían al perder su función específica, y que, en ese sentido, podían ser consideradas partes heterogéneas. La relación entre forma y función nos conduce a una comprensión de la materia animal mucho más acabada que encuentra en el concepto de “necesidad hipotética” su mejor expresión: algunas materias, dice Aristóteles, son hipotéticamente necesarias para que cierto fin u objetivo sea realizado:

Ésta es como una necesidad condicional. Como, por ejemplo, puesto que es preciso que el hacha corte, hay necesidad de que sea dura, y si es dura, de bronce o de hierro, y de la misma manera, puesto que el cuerpo es una herramienta (pues cada una de sus partes sirve para algo, y lo mismo el todo), hay consecuentemente necesidad de que sea así y hecho de tales elementos, si debe ser aquella herramienta (PA I. 642a, 9-14)

Así también, el ojo humano, para poder acometer su función, exige necesariamente dos condiciones materiales: estar hecho de una sustancia líquida, y estar

Cfr. GA I 717 b 32-35. “Y es que, por ser de constitución tan alargada, si hubiera además una demora en la zona de los testículos, el semen se enfriaría por causa de la lentitud.” (GA, I, 718 a 20-22).

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cubierto de algo sólido y resistente a la penetración, como la piel que conforma los párpados52. Lo que aparece en cada caso como una necesidad “hipotéticamente necesaria” se identifica, por tanto, con las propiedades potenciales que resultan de los elementos combinados en proporciones muy precisas; es decir, lo que viene requerido es cierto tipo de materia que posea las propiedades potenciales adecuadas para servir a un fin determinado. Y aquí es donde se concreta para el mundo animal la relación entre teleología y necesidad: cada forma animal es la mejor posible en el sentido de que le posibilita la mejor ventaja funcional; y “lo posible” viene dado por las combinaciones limitadas en las que pueden resolverse los compuestos materiales53. Así:

La parte ósea en el cuerpo de los animales es terrosa; por eso también hay en los animales más grandes, por decirlo así al observar la mayoría de los casos. Y, en consecuencia, la naturaleza utiliza el exceso de tal material corpóreo que existe en los animales más grandes con fines de protección y conveniencia, y la materia que fluye necesariamente hacia la zona superior las distribuye en forma de dientes y colmillos en unos animales, y en otros en forma de cuernos. Por eso, ningún animal con cuernos tiene dentadura completa: pues no tienen incisivos en la mandíbula superior. En efecto, la naturaleza lo que quita de aquí lo destina a los cuernos, y el alimento destinado a esos dientes lo emplea en el crecimiento de los cuernos. (PA III. 663b, 30-35)

3.4. Forma y materia: los caracteres variables.

Entre los animales, no obstante, no todo es “bueno” ni hipotéticamente necesario, porque no todo está vinculado a la realización de ciertos fines:
[C]ada cosa existe para algo, y por esta causa y las restantes se desarrollan de hecho todas las características que están incluidas en la definición de cada ser, y que existen con un fin o son un fin. Pero de las características cuya formación no es así, la causa hay que buscarla ya en el movimiento y en el proceso de la generación, pensando que adquieren sus diferencias en el mismo momento de su composición. (GA V 778b 1119)

Nos referimos a la causa material que explica los caracteres variables, que varían dentro de un mismo género pero también, con la edad, dentro de un mismo individuo, como el color del pelo. Su necesidad (vinculada mayoritariamente al calor y la
Cfr. PA, II,13, 657a 30-5. La lectura de Kosman de la Metafísica nos recuerda la conexión entre el término aristotélico de dynamis y el verbo dynasthai, “ser capaz”: para Aristóteles, unas potencialidades materiales dadas son sus capacidades para llegar a ser ciertas cosas (e.d., para estar conformadas de una determinada manera) y para servir de (e.d., tener determinadas funciones). KOSMAN, L.A.: «Animals and other beings in Aristotle», en Philosophical Issues ..., pp.360-391.
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humedad) no es ya hipotética, sino puramente accidental. Así sucede con el color de los ojos, el ejemplo más citado para distinguir en Aristóteles lo que pertenece a la esencia de un animal y lo que le es accidental: tener ojos es un carácter esencial para cualquier animal sanguíneo; la liquidez de la retina y la resistencia de los párpados son propiedades hipotéticamente necesarias para el desempeño de la función visual; e incluso la posesión de un tipo de ojo concreto se debe también a la necesidad, “pero no por el mismo tipo de necesidad, sino de otro modo, porque está formado por naturaleza para actuar y padecer de una manera determinada o de otra.” (GA V 778b 19) Sin embargo, el color de los ojos, dependiente de la cantidad de humedad54, no puede ser incluido en su definición, a no ser que tenga una función específica. Del mismo modo, el rizo del pelo “sería una contracción por falta de humedad debida al calor del medio ambiente” (GA V. 782 b, 28-30). O la blancura del cabello, que a causa de la edad “se produce por debilidad y falta de calor” (GA V. 784a, 31-32). Analizada la forma de los animales en un sentido general, es decir, a partir de sus partes y no de las clases en las que parecen organizarse, podemos afrontar ya las diferencias formales que separan a los unos de los otros.

4. La forma de la diferencia interorgánica.
4.1. Materia y forma como principios lógicos para la definición: el genos como materia y el eidos como forma55.

Decíamos en nuestro primer epígrafe gnoseológico que el género en Aristóteles, como en Platón, no es una clase sino una diferencia. Pero esto es sólo el punto de partida; en los Tópicos y en las Categorías, Aristóteles introduce distinciones ontológicas que transformarán radicalmente la diaeiresis platónica: género, diferencia, especie, propiedad y accidente esencial y contingente se revelarán herramientas categoriales de profunda fecundidad explicativa. Puesto que el ser, en Aristóteles, no es
“los ojos que tienen mucha humedad son negros porque una cantidad grande no es transparente; y son azules los que tienen poca humedad, como se ve que ocurre también con el mar: el agua de mar transparente parece azul; la menos transparente, pálida; y aquella cuya profundidad es indefinida resulta negra o azul oscura. Los ojos de un color intermedio entre éstos se diferencian de hecho por más o por menos.” (GA V 779b 28-33) 55 BALME, D.M.: «Aristotle’s use of division and differentiae», pp.69-89; PELLEGRIN, P.: «Logical difference and biological difference: the unity of Aristotle’s thought», pp.313-338; LENNOX, J.G.: «Kinds, forms of kinds, and the more and the less in Aristotle’s biology», en Philosophical Issues.., pp.339-365.
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primariamente forma sino sustancia, su definición ya no puede hacerse depender de una combinación de las formas de las cuales participa, sino de la unidad sustancial que en él se produce entre materia y forma. Desde esta perspectiva, el par genos/eidos se imbrica también con el hilemorfismo aristotélico, aunque de una manera muy distinta a como lo entendiera la lectura esencialista clásica: el genos actúa como el sustrato material para su diferenciación en eidê, mientras que el eidos no es sino el modo de considerar cualquier cosa desde un punto de vista formal. La raigambre platónica del método divisorio aristotélico, el significado lógico de los términos genos y eidos y la relectura de la Investigación sobre los Animales como un estudio de la diferencia y no como un proyecto taxonómico, ha llegado a poner en duda el esencialismo aristotélico56. Creemos, sin embargo, que negar la pretensión tipológica de la biología aristotélica no contradice en absoluto su esencialismo. Al contrario, intentaremos demostrar que los trabajos de autores como Balme, Lennox o Pellegrin pueden esclarecer la cuestión con una luz nueva que articule la esencia de las especies con una precisión desconocida. Trataremos de exponer cómo ahondando en esa continuidad entre los tratados lógico-metafísicos y los tratados biológicos, la tríada conformada por la materia, la función y la forma encuentra en el par genos/eidos la herramienta lógica más fecunda para precisar el modo en el que todas ellas se articulan en los géneros, las especies y los individuos animales. Existen, para Aristóteles, tres tipos de funciones: aquellas que pertenecen a todos los animales, aquellas que pertenecen a lo que hoy entendemos por géneros y aquellas que pertenecen a lo que hoy entendemos por especies. Toda función se identifica, a su vez, con una parte heterogénea, y toda parte heterogénea está, además, compuesta de una materia determinada. Ya hemos visto que el principio explicativo último de cada una de las partes es la “bondad”, es decir, su adaptación a una función determinada. La primera tarea del biólogo será, pues, identificar las funciones comunes a todo el reino animal; a saber, la locomoción, la ingestión, la digestión, la reproducción y la sensación. Las partes asociadas a ellas son formalmente idénticas en ciertos animales y distintas en otros. Así, por ejemplo, para protegerse del frío, los peces tienen escamas y las aves
Las clasificaciones “son puramente procedimientos empíricos, destinados a facilitar el trabajo del biólogo, pero permanecen propiamente fuera de la investigación empírica.” (p.313); FURTH, M: «Aristotle’s biological universe: an overview»; Pellegrin concluye que las clasificaciones son procedimientos puramente empíricos pensados para facilitar el trabajo de los biólogos, pero que, en un sentido estricto, son ajenas a la investigación científica (Aristotle’s Classification of Animals, 1986. También PELLEGRIN, P., «Logical difference and biolical difference: the unity of Aristotle’s thought»)
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plumas57. Tener escamas o tener plumas conformarán, entonces, genos distintos que podrán relacionarse entre sí mediante la analogía: lo que es a (escamas) en el genos A (peces) es b (plumas) en el genos B (pájaros). Y como el genos puede denotar niveles de clases muy variables, es obvio que si el genos cambia de nivel, también lo hará la analogía, que no sirve, por lo tanto, para distinguir familias, sino para relacionar a un grupo de animales con otro partiendo de algún punto de referencia y, en última instancia, para relacionar a todos los seres vivos con un único ser tomado como modelo de inteligibilidad: el Hombre, pues la biología aristotélica no es tanto jerárquica como antropocéntrica58. El siguiente paso consistirá en diferenciar a cada uno de los genos en sus respectivos eidê. El genos es ya una unidad y, en ese sentido —viene a decir Aristóteles— actúa como materia. Se trata, naturalmente, de una materia lógica, pero, como en el ontológico, también en este plano la materia impone restricciones al modo en el que la forma puede configurarla. Al considerar al genos como un sustrato material sobre el que practicar la división, la diferencia no puede, en primer lugar, plantearse en términos de posesión-privación, puesto que la privación —así sucedía también en su vertiente ontológica— es de suyo un no-ser, y el no-ser no puede interesarle a la definición de una esencia. La oposición entre los eidê que resultan de la división de un genos —dice Aristóteles— ha de fundamentarse en la contrariedad, un tipo de antónimo muy distinto al de la “posesión-privación”; los contrarios, en primer lugar, incluyen tanto a aquellos que no tienen intermedio (par/impar) como a los que sí lo tienen (vicio/virtud); en segundo lugar, mientras que los contrarios pueden transformarse recíprocamente los unos en los otros (el negro en blanco y el blanco en negro), el cambio de la posesión a la privación es biológicamente irreversible (la ceguera no se transforma en videncia); por último, y a diferencia de lo que sucede con la “posesiónprivación”, un término puede tener contrarios en varias direcciones: terrestre, de aire y acuático son tres pares de contrarios cuando hacen referencia a la forma de vida y al movimiento local de los animales. Queda, pues, establecida como primera premisa la división del genos en eidê contrarios. Ahora bien, acometido el primer estadio de la diairesis, cada una de las
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Así también, la función del pulmón es refrescar el cuerpo. Los peces, por analogía, tienen branquias en lugar de pulmón. 58 El hombre como “normalidad” de la naturaleza: gracias a su posición erguida, el hombre es el único animal cuyo cuerpo está organizado según una perfecta normalidad. Todos los otros animales, en comparación, son, en cierto sentido “enanos”.

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especies resultantes puede actuar, a su vez, como género para una división ulterior. Y esto exige un nuevo control en la aplicación de la diferencia: la consideración del genos como materia requiere, además, que su división proceda a partir de la “diferencia específica”; es decir, es necesario que los miembros del grupo que va a ser dividido compartan alguna propiedad sobre la cual se aplique la diferencia. El animal con patas, por ejemplo, puede ser diferenciado como cuadrúpedo o bípedo, pero no como gregario o solitario, caracteres que no designan, evidentemente, a clases de animales provistos o desprovistos de patas. Frente a la diaeiresis platónica, en la que cada nueva forma es añadida arbitrariamente por intuición, Aristóteles preserva, de este modo, la unidad de la definición, asegurando que la diferencia final implique a sus predecesoras. Las diferencias intermedias se convierten, así, en pasos analíticos conducentes hacia una determinación final que las vuelve redundantes: ser bípedo implica, naturalmente, tener patas, y este carácter sólo existe en la naturaleza cuando se especifica numéricamente. Las variaciones que dentro de un mismo género distinguen a unas especies de otras pertenecen a la variedad del más y el menos. Así, mientras que —decíamos— las diferencias entre las aves y los peces pertenecen a la forma:

En las aves la diferencia mutua reside en la abundancia o escasez de sus partes y en relación al más o menos. Y así, unas tienen las patas largas, otras cortas, y la lengua unas la tienen ancha, otras estrecha, y lo mismo también en lo referente a las otras partes. (PA IV 692b 5-9)

El problema es que la diferencia “en relación al más o menos” nos conduce a variaciones materiales que, llevadas hasta sus últimas consecuencias, alcanzarían a los individuos pertenecientes a cualquier especie. Y aquí aparece el problema: si cada eidos puede, a su vez, actuar como genos en los estadios sucesivos de la diairesis, ¿en qué momento preciso habremos de detener la división si con ella aspiramos a definiciones esenciales? El límite —viene a decir a Aristóteles— aparece determinado por la función: los caracteres animales que varían en grado son esenciales siempre que lleven aparejada una función vital determinada. Así sucede con las aves, que “presentan diferencias en los picos según su género de vida. Unas lo tienen recto, otras curvo: recto las que lo usan para la alimentación, curvo las carnívoras, pues un pico así es útil para dominar a sus víctimas, y les es necesario para procurarse el alimento de animales vivos.” (PA IV 693a 11-14). La materia, en otras palabras, deja de pertenecer a la esencia de una especie cuando, al desgajarse de una función, se separa también de la

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forma y se vuelve accidental. Por eso la diaphora, la diferencia específica, sólo puede ser atribuida a dos cosas que tengan entre sí una contrariedad esencial y no accidental. Y la esencialidad o la accidentalidad de un carácter no es una propiedad absoluta que pueda determinarse apriorísticamente, sino que depende del contexto en el que aparezca: “El ojo, evidentemente, es para algo, pero que sea azul no es para algo, excepto que esta característica sea propia del género” (GA V. 1, 778a 33-4)59. Obtenidas las diferencias que separan a unos animales de otros, la definición de la esencia de un animal dependerá de la aplicación simultánea de todas las diferencias que le pertenecen. Dado que los contrarios no pueden ser divididos en otros tantos contrarios que no compartan con ellos diferencias específicas, la división dicotómica practicada por la Academia, la definición de un animal a partir de una sola línea de diferenciación, es impensable. De ahí la reiterada insistencia de Aristóteles a lo largo de todos sus tratados en el hecho de que los géneros pueden solaparse.

Muchas veces se solapan los géneros: pues ni los bípedos son todos vivíparos (ya que las aves son ovíparas) ni todos ovíparos (pues el hombre es vivíparo); ni los cuadrúpedos son todos ovíparos (pues el caballo, la vaca y muchísimos otros son vivíparos) ni todos vivíparos (pues los lagartos, los cocodrilos y otros muchos son ovíparos). Tampoco la diferencia está en tener o no tener pies: pues también hay animales sin pies vivíparos, como las víboras y los selacios, y otros ovíparos, como el género de los peces y las demás serpientes. Entre los que tienen pies hay muchos ovíparos y también muchos vivíparos, como los cuadrúpedos ya citados. Y son internamente vivíparos tanto animales con pies, por ejemplo, el hombre, como sin pies, por ejemplo la ballena y el delfín. Por lo tanto, no es posible basar en este aspecto una división, ni ninguno de los órganos de la locomoción es el causante de esta diferencia... (GA II 732b, 15-30).

Tanto el género como la especie, tal y como hoy los entendemos, son en Aristóteles resultado, no de la clasificación, sino de una definición obtenida por el entrecruzamiento de cuantas diferencias específicas sean necesarias para agotar los caracteres de una clase animal. La diferencia entre género y especie reside en que, en el primero, los rasgos que lo caracterizan son rasgos formales, mientras que en la especie, la materia ha sido concretada hasta sus últimas consecuencias, que son siempre consecuencias funcionales. La función actúa, así, como el engarce entre la forma y la materia: una definición que atendiese tan sólo a los rasgos formales de una clase animal nos devolvería la imagen de cualquiera de los géneros en los que clasificamos hoy al reino animal. Así, referirse a las diferentes especies de pájaros en tanto que pájaros
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El subrayado es nuestro.

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significa ignorar la manera en la que el pico, las plumas, las alas, las patas, etc. están realizadas. En el extremo opuesto, una descripción exhaustiva de los caracteres materiales pertenecientes a un ser vivo retrata individuos y no clases de individuos. Pero una definición que dé cuenta de la forma de las partes concretada materialmente en virtud de las funciones que desempeñan, es la definición de una especie. Así, mirar a Sócrates en tanto que humano significa ignorar aquellos detalles inesenciales (es decir, los caracteres variables) de su naturaleza orgánica. La esencia de la especie no es, en efecto, un concepto exclusivamente morfológico, pero tampoco es reductible a un universal lógico: materia, forma y función se conjugan en la especie en una tríada perfecta. Ser sanguíneo o no sanguíneo, vivíparo, ovíparo o fruto de la generación espontánea, cuadrúpedo o bípedo, carnívoro o herbívoro .... son diferencias y no clases. Pero no son tampoco diferencias que se agoten en eso, en la pura variación. Son diferencias que, entrecruzadas, darán lugar a todas y cada una de las especies en las que se organiza el reino animal. La “superioridad” de unas especies sobre otras depende, precisamente, del número de diferencias necesarias para dar cuenta de una especie determinada. Y aquí Aristóteles vuelve a sorprendernos con una solución inesperada a uno de los problemas clásicos en filosofía de la biología: la complejidad, convertida hoy en un fantasma casi tan etéreo como el de la emergencia, encuentra una medida precisa: cuanto mayor sea el número de diferencias morfológicas requeridas para definir una especie, más diversas serán también sus funciones y más compleja será, por tanto, la especie. La relación entre complejidad de modo de vida y organización biológica60 es otro de los principios básicos que gobiernan la naturaleza aristotélica. De él se deriva la ley según la cual, cuanto mayor es la complejidad de las funciones y de las relaciones con el medio de un organismo, tanto mayor deberá ser el número de sus partes y la complejidad de su organización. La scala naturae aristotélica, que va de las plantas al hombre, no es sino una gradación de índices de complejidad funcional y estructural siempre más elevados61. Materia, forma y función viene siendo la tríada que guía nuestros pasos. Su coyuntura nos ha permitido, en el primer epígrafe, comprender el modo en el que los animales, en general, se organizan y comportan. En el segundo, acabamos de precisar su

En 1827, Milne Edwards reformuló el mismo principio, atribuyéndose el descubrimiento. JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE: Introducción a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, B.C.G., Madrid, 2000, p.39.
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articulación, accediendo así al modo en el que el mundo animal se nos presenta bajo la forma de especies particulares. Su permanencia no es ya sólo una cuestión de hecho, como lo es siempre en el primer estadio de cualquier indagación filosófica; aprehendida la forma de los animales, de las especies y de los individuos que las componen, el factum del orden natural se ha vuelto inteligible. Elucidado el cómo y el porqué de la permanencia específica, Aristóteles tratará de resolver en los últimos tiempos de su actividad filosófica el modo en el que esta regularidad natural se mantiene. En este contexto, y no en el de una embriología arcaica, es donde hemos de situar la teoría aristotélica de la reproducción. A ella se dirige el último epígrafe de este primer capítulo.

5. La forma del individuo.
Dado que de las cosas que existen, unas son eternas y divinas y otras pueden ser o no ser, que lo bello y lo divino, por su propia naturaleza, son siempre causa de lo mejor en las cosas que lo admiten; que lo no eterno es posible que exista (y que no exista), y que participe de lo peor y de lo mejor; que el alma es mejor que el cuerpo, lo animado mejor que lo inanimado por causa del alma, y el ser mejor que el no ser y vivir mejor que no vivir, por todas estas causas hay reproducción de animales. (GA II 731b 24-32)

La Reproducción de los Animales es, sin duda, la obra crucial para la comprensión de la biología de Aristóteles, porque en ella ha de comprobar la actuación de todos los principios localizados en los tratados anteriores. La reproducción actúa, en primer lugar, como evidencia sustentadora de la eternidad de las especies:
La operación más natural en los seres vivos que han crecido completamente y que no están mutilados o nacen por generación espontánea, es que engendran otro ser de la misma especie: el animal un animal, la planta una planta, a fin de que, según su capacidad, participen de lo eterno y divino. Pues todo tiende hacia esto, y hacia ese fin último actúa. Según el número, ciertamente, lo mortal no es capaz de ser eterno (pues la existencia es lo que está en el individuo), pero según la especie puede ser eterno. Por ello existen eternamente las especies hombre, animal y planta. (DA II 4, 415a 26-b7)

En segundo lugar, la generación es también, junto al movimiento interno, el otro gran principio que Aristóteles subraya en su demarcación entre lo vivo y lo inerte:
Un hombre nace de un hombre, pero una cama no nace de una cama; por eso se dice que la naturaleza de una cama no es la configuración, sino la madera, porque si germinase no brotaría una cama sino madera. Pero aunque la madera sea su naturaleza también la forma es naturaleza, porque el hombre nace del hombre. (Fís. 193b 8-13)

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Pero, sobre todo, la solución aristotélica al problema de la reproducción ha de elucidar el modo en el que las cuatro causas definidas en la Física se conjugan en un ser vivo. Las interpretaciones (nominalistas o esencialistas) de la filosofía aristotélica se juegan, por ello, su consistencia en la reexposición que de la ontogénesis aristotélica sean capaces de articular. 5.1. Los principios de la generación: lo masculino y lo femenino. Como comprobamos al ejemplificar la prioridad aristotélica de la función sobre el órgano, la existencia de lo masculino y lo femenino responde, ante todo, a la facultad reproductora:
[S]iempre hay un género de hombres, de animales y de plantas. Y ya que la hembra y el macho son el principio de éstos, sería con vistas a la reproducción por lo que existirían la hembra y el macho en los seres que tienen los dos sexos. (GA, II, 731b 32-732a 4)

La hembra y el macho aparecen, así, de manera inmediata, como los principios de la reproducción. De ello, dice Aristóteles, nos convencemos fácilmente al comprobar cómo los flujos que intervienen en la gestación proceden tanto de la hembra como del macho62. Pero ¿por qué son dos en lugar de uno?, ¿cuál es la causa de la diferenciación sexual? La respuesta a esta pregunta no es, como la primera, evidente. Si la admisión del macho y la hembra como principios de la reproducción se legitimaba con la observación genérica que ve en ellos la fuente productora del esperma, el enigma de la diferenciación sexual requiere una teoría que precise el origen de los flujos sexuales63. De ella depende, además, la comprensión del problema radical de la generación: el parecido entre padres e hijos. Pues bien, la solución ensayada por la teoría de la pangénesis se le revela a Aristóteles insuficiente por varios motivos. En primer lugar, porque algunas de las semejanzas que presentan los hijos con respecto a sus padres (la manera de andar, el timbre de la voz) no pueden explicarse por la transmisión de un aporte material; en segundo lugar, porque los padres que todavía no tienen barba o

Cfr. GA I 716a 8-10. Erna Lesky ha señalado las tres explicaciones fundamentales que dieron los griegos acerca del origen del esperma: la teoría encéfalo-mielógena, según la cual la semilla procedería del cerebro y la médula espinal (Alcmeón de Crotona); la teoría de la pangénesis (Anaxágoras, Demócrito y tratados hipocráticos) y la teoría hematógena, que tiene a la sangre como el origen del esperma (Diógenes de Apolonia). En SÁNCHEZ, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Reproducción de los animales, B.C.G., Madrid, 1994, n.141, p.103, y n.91, pp.84-85.
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canas engendran hijos que las tendrán; y, por último, porque los hijos muchas veces no se parecen a sus padres sino a otros familiares64. Tanto el semen como el flujo menstrual —dice Aristóteles— se fabrican a partir de un excedente alimenticio: las sustancias nutritivas que ingieren los animales, y que no se utilizan para nutrir a las estructuras corporales, se convierten en sangre o en un fluido análogo en el caso de los no sanguíneos:
[E]l esperma es un residuo del alimento, el último. Llamo último a que es llevado a cada una de las partes. Por eso también lo engendrado se parece al progenitor; pues no hay ninguna diferencia entre provenir de cada una de las partes o llegar a cada una, pero de esta forma es más correcto (GA IV 766b 8-12).

La razón de que, en unos casos, la parte sobrante se transforme en semen y en otros en flujo menstrual, la hace residir Aristóteles en el calor vital, menor en las hembras que en los machos, “[p]ues la hembra es hembra por una cierta impotencia: por no ser capaz de cocer esperma a partir del alimento en su último estadio (esto es, sangre o lo análogo en los no sanguíneos), a causa de la frialdad de su naturaleza.” (GA, I, 728 a 18-22). Y como el calor es principio de movimiento, Aristóteles postula que es el semen y, por lo tanto, el macho, el que actúa en la generación como vehículo de la causa formal del hijo, mientras que la madre aporta la materia para el individuo, al igual que en la coagulación de la leche, donde “la leche es el cuerpo, y el jugo de la higuera o el cuajo, lo que contiene el principio de la coagulación” (GA I, 729a 10-13)65. Como advierte Düring66, la separación de lo masculino y lo femenino en los seres más perfectos cobra sentido, para Aristóteles, en el contexto y los límites de su imagen del mundo. El par masculino-femenino aparece, en el ámbito de la reproducción, como la traducción del esquema bipolar (forma−materia, acto-potencia, alma-cuerpo, motor-movido) en el que se resuelve la tendencia de los seres naturales hacia la perfección de la forma. Así, en lo masculino ve Aristóteles “el principio del movimiento y de la generación”, y en la hembra, “el principio material”:

64 65

Cfr. GA, I, 18, 722a 1-15. La teoría de que la sangre de la menstruación era la materia de la que se formaba el embrión, fue aceptada hasta el s. XVII, cuando William Harvey la refutó en su obra Exercitationes de generatione animalium (1651), donde demuestra que todo animal proviene de un huevo. Antes de finalizar esta centuria, se postuló la hipótesis de que los ovarios femeninos eran la fuente de esos huevos, y que el esperma aportaría el material hereditario del macho. JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, B.C.G., Madrid, 2000, n.164, p.109. 66 DÜRING, I.: op.cit., p.843.

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Y siendo la causa del primer movimiento mejor y más divina por naturaleza, ya que ahí residen la definición y la forma de la materia, es preferible también que esté separado lo superior de lo inferior. Por eso, en todos los casos en que es posible y en la medida de lo posible, el macho está separado de la hembra. Pues para los seres que se generan, el principio del movimiento que es el macho, es mejor y más divino, mientras que la hembra es la materia. Pero el macho se une y se mezcla con la hembra para la función de la reproducción, pues ésta es común a ambos. (GA II 732a 4-11)

Sin embargo, la teoría ontogenética de Aristóteles no puede reducirse a este esquema bipolar. La Reproducción de los Animales articula, como adelantábamos arriba, la conjugación más perfecta de las cuatro célebres causas, que sólo después de haber aprehendido justamente, podemos refundir en la genérica dualidad conformada por el par materia/forma. Creemos que tanto la interpretación nominalista como la esencialista incurren en reduccionismos derivados, precisamente, de la hipóstasis de uno y otro término. Trataremos de demostrar que una lectura auténticamente sustancialista de la forma orgánica en Aristóteles, construida a partir de la diferenciación precisa de las cuatro causas que intervienen en la generación, incorpora las ventajas y supera las dificultades implicadas por los reduccionismos formalista y materialista que, respectivamente, practican las interpretaciones esencialista y nominalista de la biología aristotélica.

5.2. Las causas de la reproducción.

Las causas definitorias de la esencia, en Aristóteles, son siempre la causa formal y la causa final. Y la esencia sólo puede predicarse, como concluyó la Metafísica, de un individuo concreto. De ahí que sólo en la Reproducción de los Animales hallen respuesta definitiva las dos grandes preguntas que han venido perfilándose a lo largo de toda la filosofía aristotélica: cuál es la esencia de un individuo y en qué sentido la teleología se impone sobre la causalidad material.

5.2.1. La causa final.

En su doble vertiente anatómico-fisiológica y ontogenética, la causa final aristotélica se identifica con la forma. Hemos comprobado ya cómo, en el primer caso, la forma animal se identificaba con la función, tanto en sus partes anatómicas como en

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el cuerpo en tanto que totalidad. El fin de la generación requiere, naturalmente, una elucidación distinta aunque no independiente, como trataremos de explicar. Al igual que sucedía con la permanencia específica, la elucidación de la generación, el hecho irrevocable de que siempre tiene por fruto un individuo completo, no puede hacerse depender sólo de los elementos, ni individualmente (“fuego o tierra o cualquier otro elemento”) ni en combinación aleatoria (“espontaneidad y azar”). En lenguaje contemporáneo: el problema de la ontogénesis no puede resolverse en términos de principios físico-químicos que no hagan ninguna alusión al fin que una y otra vez es realizado. Porque, de nuevo —arguye Aristóteles—, la única explicación razonable es aquella que comprende que el proceso que de manera permanente se resuelve en instancias de orden y belleza es, esencialmente, un proceso hacia el orden y la belleza:
[N]o por el hecho de que cada ser se desarrolle de una cierta manera, por eso es de esa manera, sino más bien todas las obras de la naturaleza que son regulares y definidas, se desarrollan de una manera concreta porque son así: es decir, las génesis depende de la existencia y está en virtud de esa existencia, y no es ésta la que está en función de la génesis. Los antiguos filósofos de la naturaleza creyeron lo contrario. La razón de eso es que no veían que las causas fueran varias, sino que sólo tenían en cuenta la causa material y motriz, y éstas vagamente, pero no prestaban consideración a la causa formal y a la final. (GA V 778b 3-11)

También en el ámbito de la embriogénesis la causa final aristotélica ha recibido interpretaciones diversas que pueden concretarse en dos lecturas extremas: la antropomorfización de la causa generativa en un “agente inmaterial”, y su reducción a “condición explicativa”67: la primera, partiendo del uso de las metáforas del esfuerzo y el deseo y del símil entre arte y naturaleza, construye el telos aristotélico por analogía con la acción humana intencional: el desarrollo del embrión se explicaría en virtud de un agente que de manera más o menos consciente dirige el flujo de materia, guiando su desarrollo hacia la madurez68; la segunda, interpreta el telos como idea regulativa en el sentido kantiano: la “causa final” no es propiamente una causa, sino que desempeña un papel meramente heurístico en la comprensión de la ontogénesis, pues el único modo de volver inteligibles a los estadios del desarrollo orgánico consiste en identificar aquello para lo cual son necesarios69.

67 68

GOTTHELF, A.: «Aristotle’s conception of final causality», en Philosophical Issues ..., pp.227-228. Zeller (1897), Collingwood (1945), Rist (1965) y Robinson (1983). Cit. en GOTTHELF: op.cit., n.52, p.227. 69 Randall (1960), Toulin y Goodfield (1966) y Wieland (1962). Cit. en GOTTHELF, A.: op.cit., n.53, p.228.

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Podemos imaginar que cualquiera de estas dos alternativas traiciona el sentido entero de la biología aristotélica. La identificación de la causa final con un agente inmaterial, aunque reconoce la dialéctica entre Aristóteles y el mecanicismo de sus predecesores, incurre, de nuevo, en la literalidad de la analogía entre arte y naturaleza que hemos venido denunciando reiteradamente. De hecho, en el caso del desarrollo embrionario, Aristóteles acude reiteradamente a un símil distinto, el de los muñecos automáticos, para enfatizar, precisamente, la innecesaria presencia de un agente. Desde el momento en que el semen desata el movimiento de la materia femenina, y puesto que las partes se encuentran en potencia en la materia, “una cosa sigue inmediatamente a la otra, como en los muñecos automáticos.” (GA II 741b 8):
En efecto, igual que en los autómatas, en cierto modo ese agente exterior es el que mueve sin tocar en ese momento nada, aunque sí ha habido un contacto previo; de la misma forma también, el ser de donde procede el esperma o el que lo hizo, tuvo algún contacto, pero ya no lo tiene: de alguna manera es el movimiento que está dentro de él, igual que el proceso de construcción con respecto a la casa. Está claro, entonces, que hay algo que actúa, pero no una cosa determinada ni presente en el semen como algo acabado desde el principio. (GA, II, 734b 14-19)

Esto no puede conducirnos, sin embargo, a una lectura mecanicista de la embriogénesis aristotélica, porque, una vez más, la analogía es sólo una figura retórica:
[D]ebe entenderse no que las partes se muevan cambiando de lugar, sino que permaneciendo, se alteran respecto a la blandura, dureza, colores y las demás diferencias de las partes homogéneas, y llegan a ser en acto lo que antes eran en potencia (GA, 741b 12-14).

En el extremo opuesto, la reducción de la causa final a una idea regulativa, tratando de huir de confusiones teológicas, permitiría que acontecimientos debidos al azar pudieran ser interpretados como tendentes a un fin, algo radicalmente contrario a la filosofía aristotélica. Y es que la comprensión del desarrollo embrionario en Aristóteles no puede disociarse de la teoría del movimiento construida en la Física, pues la ontogénesis se concibe en términos de un movimiento progresivamente diversificado. Y el movimiento, en Aristóteles, no es independiente sino intrínseco a las cosas; no es, como lo será en la mecánica moderna, un estado sino un proceso, un llegar a ser que sólo deja de ser al alcanzar su término. Por eso, porque el movimiento expresa una dinámica que nace de la inmanencia y su dirección es autónoma, la causa final de la embriogénesis no puede quedar reducida ni a un agente inmaterial que actúa desde fuera ni a una idea regulativa que niegue la autonomía direccional del movimiento mismo. 55

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5.2.2. La causa formal: la forma del individuo o la forma de la especie. La teoría aristotélica de la reproducción es, sin duda, una de las exposiciones más acabadas del hilemorfismo. Su potencia explicativa, condensada en la expresión “un hombre engendra a un hombre”, desbordaba tanto al idealismo platónico como al reduccionismo empedoclíteo70. La forma, contra los platónicos, descendía de la trascendencia a la inmanencia, pero, contra Empédocles, tampoco podía ser fruto del azar: cada individuo procede un individuo de la misma forma; la existencia del semen presupone, por tanto, la de animal adulto que lo ha producido:
Por eso Empédocles no tenía razón al decir que muchas características se dan en los animales por haberse producido durante el proceso de formación, como tener tal tipo de columna vertebral porque al estar doblada se ha llegado a fracturar. Desconoce, en primer lugar, que el germen constituyente debe existir ya con tal potencialidad; luego, que lo que produce existe con anterioridad no sólo lógicamente, sino también temporalmente: así el hombre engendra un hombre de modo que, al tener tales características aquél, el proceso de formación de este otro se produce de tal manera. (PA, 640a 20-28)

El problema es dilucidar la forma a la que se está refiriendo Aristóteles: la forma transmitida por el padre ¿es la forma individual o es la forma de la especie? Al hablar del antirreduccionismo aristotélico vimos ya la razón de la irrevocable inconmensurabilidad entre la física y la geometría: mientras que la definición se identifica con la esencia en todos aquellos objetos donde puede considerarse separada de la materia, esto es imposible para las sustancias naturales; si bien el círculo puede y debe ser definido sin hacer referencia a la materia en la que puede encarnarse, un hombre es siempre un hombre de carne y hueso, de modo que su definición no puede prescindir de la materia. El compuesto hilemórfico sólo aparece, por tanto, como una unidad definible bajo la forma de individuos particulares, donde la materia se revela idéntica a la forma realizada en ella71. La solución que en la Metafísica ofrece Aristóteles al problema de la esencia es otro de los argumentos esgrimidos por la lectura nominalista del concepto aristotélico

70

DÜRING, I.: op.cit., pp.821-826. Düring analiza las implicaciones de esta tesis a partir de los trabajos de FRANK, E.: «Das problem des Lebens bei Hegel und Aristóteles», en Wissen, Wollen, Glauben, Zürich, 1955, pp.218-231, y OEHLER, K.: Ein Mensch zeugt einen Menschen, Frankfurt, 1963. 71 Cfr. Met. H.6. El ser, en Aristóteles, “no puede ser uno en cuanto a la forma, sino sólo en cuanto a la materia” (Fís. I.3 19-20).

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de “especie”. David Balme72 sostiene que, dado que la afirmación de la identidad entre materia y forma no parece implicar ninguna distinción entre las propiedades esenciales y las accidentales, la definición de la esencia de un individuo incluiría, para Aristóteles, un completo dar cuenta de toda su materia en un momento dado. Sin embargo —dice Balme— es evidente que los universales son objetivos y, para ello, la biología aristotélica ha de descubrir alguna razón por la que las especies existan. Y si la solución esencialista (que entendería la especie como una forma absoluta impuesta sobre los individuos) ha sido descartada, se hace necesaria alguna otra hipótesis que valide el poder explicativo de las especies y que dé cuenta del parecido universal que vincula a las familias de una misma especie. En el segundo epígrafe veíamos cómo muchas de las diferencias que, dentro de un mismo género, separan a unas especies de otras, son diferencias de grado, materiales, y cómo esto ha llevado a ciertos autores a practicar una interpretación nominalista de la biología aristotélica que podría resumirse como sigue: dado que, desde un punto de vista estrictamente formal, Aristóteles no señala ninguna diferencia entre las distintas especies pertenecientes a un mismo género (en su acepción contemporánea), y que la teleología es el único modo de asegurar la unidad de cada especie animal, podemos afirmar que el estatus de la especie es el de un nombre que tiene una validez objetiva, pero no esencial; la única definición que puede capturar la esencia de un animal es aquella que dé cuenta de toda la materia que lo compone en un momento dado. Pues bien, hemos tratado de demostrar en el análisis de la Investigación sobre los Animales y a partir de los presupuestos teóricos manejados en las Partes, cómo la indisociabilidad entre materia, forma y función no permite desnaturalizar el esencialismo aristotélico convirtiéndolo en una cuestión lingüística, sino que, al contrario, lo configura de un modo muy preciso en el plano de las especies animales. Sin embargo, el nominalismo no sólo encuentra asiento en la discusión sobre la esencia de la Metafísica y en la lectura contemporánea de los términos genos y eidos, sino también en una interpretación muy especial de la teoría aristotélica de la herencia: según Aristóteles, el padre transmite a través del semen ciertos rasgos no formales sino materiales, como el sexo o el color de los ojos; y puesto que se trata de caracteres individuales y no específicos, parece inevitable concluir que, en consecuencia, la forma heredada no es la de la especie sino la del individuo. De este modo, la teoría de la

72

BALME, D: «Aristotle’s biology was not essentialist», en Philosophical Issues ..., p.295.

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embriogénesis aristotélica manifiesta su continuidad con la interpretación de la especie como universal lógico: la especie no es (porque no puede serlo) causa eficiente de la generación, sino una consecuencia fundamentada en el parecido individual. En palabras de Balme:

Defiendo que en la GA Aristóteles sostiene que los animales se desarrollan principalmente hacia el parecido paterno, incluyendo incluso detalles no esenciales, mientras que la forma común de las especies es sólo una generalidad que “acompaña” a este parecido [...] [Aristóteles] trata las especies simplemente como un universal obtenido por generalización. Si bien es cierto que los miembros de una especie pueden ayudar a explicar los rasgos de los individuos, esto no se debe a que la especie sea una causa eficiente de la formación del individuo, sino a que individuos en circunstancias similares son dotados de rasgos similares.73

El cuestionamiento contemporáneo de la entidad ontológica de la forma de la especie en Aristóteles no puede dejarnos indiferentes. En el plano de la definición de las clases animales, la lectura esencialista clásica todavía podía salvar su fuerza explicativa haciendo hincapié no tanto en las diferencias materiales como en el entrecruzamiento de las diferencias formales. Podría alegar que, aunque las partes de las especies pertenecientes a un mismo género difiriesen entre sí por el más y el menos, el conjunto de las diferencias genéricas (entendidas ya como diferencias formales) nunca es idéntico entre las especies que lo componen. Pero en el ámbito de la reproducción, la cuestión se vuelve mucho más espinosa, pues no hay duda de que tanto el color de los ojos como el sexo son caracteres materiales que, sin embargo, pueden ser herencia paterna. Nuestra posición quiere evitar caer en cualquiera de los reduccionismos materialista y formalista que desvirtúan el hilemorfismo aristotélico. Como adelantábamos al principio, tanto el nominalismo como el esencialismo formalista dirimen la discusión sobre la forma heredada en el contexto de la dualidad femenino/masculino como traducción biológica del par materia/forma. Y como sólo hay verdadera definición, es decir, diferencia cualitativa de la materia, allí donde hay fecundación, la polémica se restringe al polo de la forma que se considera “impresa” por el macho. Sin embargo, una comprensión auténticamente sustancialista de la forma orgánica ha de tener en cuenta el modo específico en el que las cuatro causas actúan en la generación. Aquí hemos comenzado por las causas final y formal porque sólo desde ellas pueden comprenderse las causas material y motora. Pero es que, a su vez, la

BALME, D:«Aristotle’s biology was not essentialist», en Philosophical Issues ..., p.291. La traducción es nuestra.

73

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especificación de estas últimas revela el sentido que la forma y el fin adquieren en la reproducción de las especies. Y es que el esencialismo aristotélico no es el esencialismo formal al que, certeramente, dirige sus invectivas el nominalismo. La forma de la especie, en Aristóteles, es la forma sustancial, y su esencialismo es, por tanto, tanto formal como material. 5.2.3. La causa material: el flujo menstrual femenino. La comprensión del papel jugado por la hembra es absolutamente vital para una comprensión ajustada del esencialismo aristotélico, porque en los cuerpos orgánicos el modo de actuar de la causa material se complica hasta límites insospechados para la Física. Distinguíamos arriba los dos sentidos en los que Aristóteles utilizaba el concepto de “materia primera”, e insistíamos en que, para los cuerpos naturales, el cambio había de producirse siempre en un sustrato material que ya potencialmente pudiera sufrir ese cambio. No es otro el caso del residuo sanguíneo que constituye el esperma femenino. La materia aportada por la hembra posee, potencialmente, la forma de la especie. Y decimos la forma de la especie y no la del individuo —como quiere la lectura nominalista de Balme— por varias razones. En primer lugar, porque una hembra no puede ser fecundada por cualquier macho, sino por un macho de su especie: el generador “es en acto lo que en potencia es aquello de donde se forma el nuevo ser.” (GA II 734b 35-36). Es cierto que en la Reproducción se admite, aunque como suceso excepcional, el cruce interespecífico. Se supone, además, y no como una hipótesis sino como un hecho observacional que requiere ser explicado, que los seres engendrados son fértiles. Es el caso de las crías de zorra y perro, o las de perdiz y gallo74. Sin embargo —advierte Aristóteles—, el apareamiento fecundo entre especies distintas sólo puede darse dentro de márgenes muy restringidos: la reproducción sólo es posible entre especies caracterizadas por un calor vital, un tamaño y un período de gestación similares. Porque sólo a partir de una alimentación concreta, en un útero con una capacidad precisa y con una cocción determinada, puede producirse la materia destinada a convertirse en un animal específico. Y precisamente porque la sangre femenina que forma el cuerpo de los híbridos es la materia de la especie fecundada, por eso los frutos de las uniones son híbridos, porque el movimiento que imprime el macho se encuentra con la resistencia de
74

Cfr. GA II 738b 32.

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los movimientos, propios de esa otra especie, que el semen desata. De ahí, entonces, la imposibilidad de que nazcan seres resultantes del cruce entre especies cualesquiera:

[Q]ue es imposible que nazca un monstruo semejante, o sea, un animal dentro de otro diferente, lo demuestran los periodos de gestación, que difieren mucho entre un hombre, una oveja, un perro y un buey; es imposible que se forme cada uno de ellos fuera de sus propios periodos. (GA, IV, 769a 23-26)

La especificidad de la materia específica en la biología de Aristóteles se comprueba también en las restricciones de tipo cuantitativo a las que ésta ha de estar sometida, en cada especie, para dar lugar a un animal completo: “la materia espermática de la que se forman [los animales] no es ilimitada ni para más ni para menos, hasta el punto de que se pueda formar un embrión de una cantidad cualquiera de materia.” (GA IV 772a 3-5). Si, en general, se produce un exceso de cantidad —dice Aristóteles— en lugar de una sola cría, la hembra engendrará gemelos; si el exceso afecta sólo a alguna de sus partes, entonces nacerá cierto tipo de seres a los que llamamos monstruosos por el exceso de órganos.

5.2.4. La causa motora: el semen del macho. Tanto en la reproducción sexual como en la espontánea75, es imprescindible el pnêuma (que encierra en él el calor anímico) para que el proceso de generación se ponga en marcha. El semen no interviene como causa material, porque, para Aristóteles, el macho no aporta al embrión nada somático; su materia “se disuelve y evapora, al tener una naturaleza húmeda y acuosa”, como el jugo de la higuera que cuaja la leche. (GA II 737a 13-14). Dos observaciones empíricas actúan como justificación y como fuente misma de esta idea: por un lado, en algunos animales el macho no emite semen y, sin embargo, se acomete la fecundación; por otro, en el caso de la reproducción de los peces ovíparos, que sí lo emiten, el esperma no penetra los huevos, sino que es el mero contacto con su superficie el que los vuelve fecundos. Así,

en la misma manera a como ninguna parte material va del carpintero a la materia [...] sino que la figura y la forma son conferidas a la materia por medio del
75

“Los animales y las plantas nacen en la tierra y en el agua porque en la tierra existe agua, en el agua un soplo vital, y en todo éste hay calor anímico, de forma que en cierto modo todo está lleno de alma.” (GA III, 762a 19-21)

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movimiento que él pone en marcha. [...] De modo análogo, en los machos de aquellas clases de animales que emiten semen, la naturaleza usa el semen como instrumento y como poseedor de movimiento en acto (GA, II, 22, 730 b 10 – 21).

Desatado, el movimiento se diversifica y en el embrión se actualizan progresivamente los rasgos potenciales hasta que “una vez cesado el movimiento, se forma cada una de las partes y deviene animada.” (734b 22-25). El enfoque aristotélico no es, pues, preformacionista —como lo seguirá siendo siglos más tarde—, sino epigenético: el germen no contiene a un individuo que existe en miniatura a la espera de crecer durante la gestación, sino que él mismo desata los pasos de un proceso que, valiéndose del corazón, acaba por hacerse autónomo y desemboca en la formación de un individuo completo:

Una vez que el embrión está formado, actúa como las semillas de las plantas. Porque las semillas también contienen el primer principio del movimiento en ellas mismas, y cuando éste (que previamente existe en ellas sólo potencialmente) se ha diferenciado, la raíz y el retoño se generan a partir de él, y por medio de la raíz la planta obtiene el alimento que necesita para crecer. Así también en el embrión todas las partes existen potencialmente en cierto sentido, pero el primer principio es anterior en lo que se refiere a la realización. Por ello el corazón alcanza el acto en primer lugar. Esto no es sólo claro para los sentidos (que lo es) sino también sobre bases teóricas. Porque una vez que el joven animal se ha separado de sus padres, ha de ser capaz de mantenerse por sí mismo, como un hijo que ha dejado la casa de su padre [...] A ello obedece el que el corazón aparezca primero en todos los animales sanguíneos76, pues es el primer principio tanto de las partes homogéneas como heterogéneas... (GA, II, 4, 739b 32 - 740a 19).

Pero, como sucedía con la materia, el semen del macho no es genérico sino específico. Como la materia ha de darse siempre en una cantidad determinada, “de igual forma, si el macho expulsa más esperma o más potencias en el esperma una vez dividido, esta abundante cantidad no producirá nada más grande, sino todo lo contrario, lo destruirá desecándolo.” (GA, IV, 772a 8-12). Y es que “tanto la potencia del que padece el efecto como la del calor que actúa tiene un límite preciso.” (GA, IV, 772a 2930). En la especificidad de los flujos que intervienen en la generación se resuelve, creemos, el esencialismo aristotélico, pues sólo aquí alcanza el hilemorfismo una formulación tan precisa:
[E]ste calor no produce lo que sea, carne o hueso, ni donde sea, ni cuando sea, sino lo que es conforme a la naturaleza, donde es natural y cuando es natural. Pues lo que es en
76

Y en los no-sanguíneos, su análogo. Cfr. GA II, 1, 735 a 23-26.

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potencia no existirá por efecto de un motor que no posea la actividad, ni lo que posea la actividad producirá algo a partir de cualquier cosa; igual que el artesano no haría un cofre salvo con madera, y sin el carpintero tampoco existirá un cofre a partir de la madera. (GA II, 742a 23-27)

La célebre y controvertida definición del alma como el acto primero “de un cuerpo natural que en potencia tiene vida”77 cobra aquí todo su sentido. El alma no sólo no existe sin el cuerpo, sino que es siempre el alma particular de un cuerpo determinado: la materia de la especie anidada en cada una de las hembras que la conforman.

5.3. La teoría de la herencia.

Idénticas son las causas de que la descendencia se parezca en unos casos a los progenitores y en otros no; y de que unos se parezcan al padre y otros a la madre; tanto en el conjunto del cuerpo como en cada una de las partes, y más a ellos que a sus antepasados, y más a éstos que a otros cualesquiera; de que los machos se parezcan más al padre y las hembras a la madre; de que a veces los hijos no se parezcan a ninguno de los parientes, pero se parezcan al menos a cualquier ser humano; de que otros ni siquiera tengan el aspecto humano sino ya el de un monstruo (GA, IV, 767 b 3-6).

Queda por integrar en nuestra lectura sustancialista de la forma específica la solución que ensaya Aristóteles ante el problema del parecido individual. La teoría de la herencia, la manera en la que se especifican los movimientos por los que, progresivamente, se diferencia la materia en un cuerpo fecundado, es, sin duda, el capítulo nuclear de la Reproducción de los animales. En la generación, dice Aristóteles, actúa lo individual y lo general, pero fundamentalmente lo individual78. Tanto el esperma masculino como el femenino poseen los movimientos que pueden definir las características individuales del ser que va a ser engendrado. De entre éstos, unos están en acto y otros en potencia: en acto, los del progenitor y los de las características generales, como las de la especie humana y las del animal; en potencia, los de la hembra y los de los antepasados. Y puesto que “el macho está perfectamente dispuesto por naturaleza para dominar y ser dominado”:
Si el movimiento que proviene del macho prevalece pero el que viene de Sócrates no prevalece, o éste sí y aquél no, entonces lo que sucede es que nacen o varones parecidos a la madre o hembras al padre. Por otro lado, si los movimientos se relajan, y aquél por el que es un macho prevalece pero el de Sócrates se relaja en el de su padre, entonces,
77 78

DA, II, 1, 412a 25. Cfr. GA, IV, 777b 17-778b5.

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según este principio, habrá un macho parecido al abuelo o a algún otro de los antepasados remotos. Pero si es dominado el movimiento por el que es un macho, entonces habrá una hembra, y parecida sobre todo a la madre, pero si también este movimiento se relaja, la semejanza será con la madre de la madre o alguna otra de sus antepasadas, de acuerdo con el mismo principio.

Y en el caso excepcional de que todos los movimientos se relajen y la materia no sea dominada, entonces “queda lo más general, o sea, el animal”. (GA, IV, 769a 12-13). Los movimientos cristalizan diferencias, y las diferencias tienen aquí la misma entidad lógica que atribuíamos al genos como herramienta para la definición de una esencia. Ahora bien: si en el plano lógico comenzábamos por las diferencias generales para luego concretarlas hasta alcanzar “lo indivisible en especie”, y esto porque, de otro modo, “se dará el caso de hablar muchas veces sobre el mismo carácter por encontrarse en muchas especies en común” (PA I 644b), en el plano biológico la situación es inversa, pues lo que existen son individuos particulares. Y así también funciona la herencia: lo que prima en la generación es lo individual; los movimientos del progenitor son los movimientos más intensos, pero son tan actuales como los de la especie y los del animal. Y es que, como comprobamos en el plano lógico, lo indivisible en especie implicaba ya el genos de donde procedía: los movimientos paternos o maternos por los que se definen las partes del embrión contienen, por tanto, a la diferencia de la especie, y ésta a la del animal. De ahí que, si bien en lógica esa materia podía a su vez dividirse en otros tantos eidê que compartieran con ella una diferencia específica (la especie hombre compartiría con el resto de las especies su ser animal), al tratar de practicar el recorrido inverso nos encontremos ahora con las bifurcaciones selladas: en biología la materia, que no es ya una materia lógica, sino una materia corpórea y potencialmente definida, sólo puede diferenciarse en la forma de la especie de sus progenitores.

IV. La actualidad de la biología aristotélica.
La obra biológica de Aristóteles nos ofrece, sin duda, la expresión más acabada de la forma orgánica que la historia de la filosofía de la biología haya logrado articular jamás. Si en el afán reduccionista de la biología molecular reconocemos, conceptualmente, al mecanicismo de Empédocles, ninguna de las alternativas que se le oponen en filosofía de la biología se aproxima hoy a la fuerza teórica de la filosofía natural aristotélica. Frente a la hipóstasis de la materia practicada por el reduccionismo

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materialista, funcionalistas y emergentistas han hecho lo propio con la función y la forma. Para el funcionalismo, materia y forma se vuelven indiferentes al quedar supeditados a la supremacía de las funciones vitales; para el emergentismo, la forma macroestructural, aunque en ocasiones conectada con la función, se independiza de la materia que le sirve de sustrato. En Aristóteles, sin embargo, materia, forma y función conforman una tríada indisociable en cada una de las especies. Pero además de la genial conjugación de estos tres términos en la unidad de la especie, nos interesa resaltar las implicaciones filosóficas que cada uno de ellos posee separadamente para la filosofía de la biología contemporánea. Desde el punto de vista (sólo conceptualmente separable) de la forma, queremos insistir en que la definición aristotélica de la especie como un entrecruzamiento de diferencias formales nos depara una medida de la complejidad cuya precisión debiera ser considerada por todas las corrientes disciplinarias que hoy ven en ella su objeto de estudio. Pero, además, el análisis de las partes anatómicas a partir de las propias partes y no de las clases animales nos ofrece un cuadro de las formas zoológicas que habría de contemplarse por sí mismo y no como un conjunto de esbozos destinados a una composición ulterior. Cualquier teoría de la forma biológica exige, como primera premisa, rescatar de entre la diversidad inmensa del reino animal aquellas formas que, independientemente de su origen filogenético, se repiten en diferentes especies. Encontrar la razón de su permanencia no era sencillo en un tiempo en el que no estaban desarrolladas las herramientas matemáticas que ahora sí empiezan a ser capaces de aprehenderlas. Aún así —como comprobamos al hablar de los ejes de simetría—, Aristóteles imagina ya ciertos principios geométricos que actúan en la distribución de las partes animales. Y en esta intuición ha de verse reflejada cualquier teoría actual de la forma biológica. Reconocer en la función la bisagra conceptual entre forma y materia es también una intuición maravillosa. Al considerar que la materia es materia biológica no ya por su naturaleza sino por sus propiedades cualitativas en tanto que propiedades funcionales, Aristóteles —frente al emergentismo— explica cómo aquellas formas que se nos imponen invariables en una y otra especie aparecen encarnadas en materias distintas. Materias distintas, pero no cualquier materia, frente al funcionalismo. Porque la articulación particular de formas diversas en animales distintos requiere —como hemos tratado de demostrar— diferentes tipos de materia para cada una de las especies. La distinción entre partes homogéneas y heterogéneas, fruto también de la articulación aristotélica entre materia, forma y función, es otra de las herramientas 64

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categoriales cuya potencia explicativa exige, a nuestro entender, una renovada y urgente atención. La medicina, de hecho, trabaja con esta diferencia. Algunas partes del cuerpo −las que Aristóteles identificó como homogéneas− pueden ser reemplazadas por otras partes de la misma forma pero de distinta materia; otras −las heterogéneas− no. Un hueso, por ejemplo, puede ser sustituido por una prótesis de titanio, pero un pulmón habrá de ser suplantado, no por ningún otro objeto de idéntica forma pero distinta materia, sino por otro pulmón. El panorama ontológico se ha transformado radicalmente y, sin embargo, en su empeño reduccionista, la biología contemporánea ha vuelto a toparse con la forma. En lenguaje aristotélico, una molécula de ADN contiene, potencialmente, la forma entera del organismo al que pertenece, de modo que sigue siendo la forma la que continúa marcando el límite en el que ha de detenerse la indagación biológica si quiere recuperar a la totalidad de un cuerpo vivo. Por otro lado, el estudio cualitativo de las propiedades de los componentes materiales del organismo continúa siendo indispensable para comprender las funciones de las partes que lo conforman. Y es que −ya lo dijimos− la arquitectura ontológica construida por Aristóteles enriquece la distinción entre lo cualitativo y lo cuantitativo en un sentido que también habría de ser recuperado. En definitiva, la actualidad del pensamiento de Aristóteles no reside −como advertíamos al inicio− en su carácter de precedente histórico de nuestra ciencia biológica, sino en la fecundidad explicativa del utillaje categorial que nos ha sido legado.

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2 La herencia de Aristóteles:
Galeno y Linneo

La concepción del método divisorio como vía de acceso a la definición, hace que, en Aristóteles, la forma del organismo y la forma de la diferencia (intergenérica, interespecífica e interindividual) encuentren un perfecto entrelazamiento en la idea global de la forma orgánica. Con el tiempo, sin embargo, las dos direcciones en las que ésta se bifurca adquieren una progresiva independencia: la investigación de la forma del organismo, de prioritario interés para la ciencia médica, se consolida como anatomía fisiológica; paralelamente, la interpretación del estudio aristotélico de la diferencia como un primer proyecto clasificatorio, convierte a la taxonomía en una subdisciplina relativamente desconectada de la definición de la forma orgánica. Después de Aristóteles, la historia de la forma biológica deja de ser, por tanto, unidireccional, de modo que Galeno y Linneo, los grandes herederos de la biología del estagirita, lo serán en campos muy distintos: en medicina, Galeno resucita a la forma orgánica del letargo atravesado con la cultura alejandrina; en el ámbito de la botánica y la zoología, será el joven Linneo quien consume en su sistemática la lectura escolástica del estudio aristotélico de la diferencia. Desde el punto de vista diacrónico, Galeno y Linneo completan el largo lapso que media entre la Era Clásica y el siglo XVIII en direcciones cronológicas contrarias: la obra de Galeno, cuya autoridad será escrupulosamente respetada hasta el siglo XVII, entraña la concepción del organismo que heredarán los siglos venideros; inversamente, la sistemática que Linneo construye en su juventud contiene todas las transformaciones que la idea de forma sufriera, previamente, por obra de la Escolástica.

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Galeno y la forma del organismo

Como decíamos arriba, la aversión alejandrina hacia los presupuestos teóricos del Liceo mantuvo adormecida a la idea de forma orgánica hasta que Galeno la rescatara del letargo. Con el propósito de completar los estudios anatómicos recogidos en las Partes de los animales, el médico de Pérgamo sitúa a sus investigaciones en un marco ontológico y gnoseológico declaradamente aristotélico. La filosofía galénica vuelve a ser, ante todo, una filosofía de la naturaleza, principio motor, organizador y generador de los procesos vitales; la estructura de los cuerpos animales que se propone desentrañar revela, por tanto, en última instancia, el orden con el que la Naturaleza se autogobierna.

I. Forma y gnoseología
Desde el punto de vista gnoseológico, el orden natural es, para Galeno, un orden accesible, porque los principios causales que lo rigen79 pueden y han de ser aprehendidos por el investigador de la Naturaleza. También la gnoseología galénica se sitúa, como vemos, en el más ortodoxo aristotelismo: partiendo de un decidido realismo, la concepción de la investigación científica como búsqueda de los principios causales que rigen el acontecer natural, convierte a su fisiología en una ciencia no sólo descriptiva, sino fundamentalmente explicativa80. La conciencia del entramado conceptual con el que Galeno se enfrentó a la investigación natural no aminoró, sin embargo, la preocupación analítica y experimental que tanto obsesionara a la escuela alejandrina; como señala García Ballester, Galeno “era consciente de que la apelación a los sentidos, es decir, la realización práctica de disecciones y el atenimiento a ellas como fuente de conocimiento morfológico era lo único en que basar un programa de revisión crítica del saber morfológico antiguo.”81 Para un aristotélico, las manos son, además, la herramienta específica de la inteligencia; y podrá imaginarse que, en el campo de la anatomía humana, la traducción gnoseológica de esta tesis encuentra en la disección anatómica el mejor instrumento cognoscitivo.
79

Física II, 3. GARCÍA BALLESTER, L.: Galeno, Guadarrama, Madrid, 1972, p. 233 81 Op.cit., p. 225.
80

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Como ya le sucedió a Aristóteles, los errores de la morfología galénica vinieron tanto de sus fuentes de información como del método esencialista y deductivo. Entre los primeros, la atribución a la mano humana de la estructura muscular propia de la mano del macaco y la idea de que el riñón derecho se halla localizado algo más alto que el izquierdo son los ejemplos más destacados. Entre los segundos, el supuesto de una comunicación anatómica entre los ventrículos del corazón, y la creencia que localizaba el nacimiento del sistema venoso en el hígado. Ambas tesis, avaladas por la inmensa autoridad que los siglos posteriores concederán a su figura, condicionarán profundamente aspectos básicos de la anatomía y la fisiología humanas.

II. Forma y ontología
Como el contexto filosófico general en el que se enmarca la morfología de Galeno, su concepción global del organismo es también aristotélica: partiendo de una posición radicalmente antivitalista, la anatomía fisiológica que descubrimos en Sobre los procedimientos anatómicos y Sobre el uso de las partes se fundamenta en dos supuestos fundamentales de la biología de Aristóteles: las funciones vitales sólo pueden comprenderse si el cuerpo animal se concibe como un todo conformado por partes intrínsecamente encadenadas; y la Naturaleza hace lo mejor entre lo posible: la forma de cada especie es la más adecuada para la plena actualización que, en cada medio, habrán de experimentar sus funciones vitales. En definitiva, el organicismo teleológico que, de un modo general, defiende Galeno descansa en la noción aristotélica de eîdos:

Galeno veía la forma del animal según lo que los griegos entendieron por eîdos, así su descripción anatómica pretenderá expresar [...] la figura del animal vivo en la plenitud de su movimiento vital. De ahí que se ocupe de los órganos y funciones que expresan y realizan dicha plenitud: digerir, respirar, mantener el calor vital de sus partes, sentir, moverse, pensar.82

Pero ya hemos dicho que en el ámbito más restringido de la anatomía, y en particular de la anatomía humana, Galeno se propone completar la labor del filósofo de Estagira. Sus investigaciones morfológicas no pretenden, simplemente, reforzar con nuevos datos empíricos lo que ya dijera Aristóteles alrededor de las partes animales. Aunque, en general, los rasgos constitutivos de su fisiología (sustancialismo,
82

Op.cit., p. 230.

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organicismo y finalismo) pueden predicarse también de la ciencia natural del Liceo, la incorporación del humoralismo transforma radicalmente la idea de forma orgánica, porque afecta a la propia naturaleza del alma. En lo que respecta a sus propiedades cualitativas, el alma galénica no presenta ninguna innovación destacable con respecto a la platónico-aristotélica: de acuerdo con la teoría platónica de las localizaciones, sus tres dimensiones se corresponden con el cerebro83, el corazón y el hígado; y, como en Aristóteles, se expresa en diferentes potencias (vegetativa, sensitiva y racional) que luego se realizan en facultades secundarias correspondientes a las distintas operaciones fisiológicas. De este modo, Galeno conserva la inspiración dinamista de la ciencia natural del Liceo: cualquier proceso de la naturaleza es un movimiento o cambio en el que una u otra potencia queda actualizada de acuerdo con el plan inmanente al ser de cada cosa84. Así, en el caso de los seres orgánicos, los movimientos o cambios posibles continúan siendo los sustanciales (transformación del alimento en sangre), los cuantitativos (crecimiento), los cualitativos (variación de la temperatura) y los locales. Es en lo que afecta a la naturaleza del alma, a su composición material, donde interviene el humoralismo, concretando la materia biológica aristotélica en una dirección muy particular. Influido por el “corporalismo naturalista” de la escuela peripatética, y tras una lenta evolución de sus reflexiones en torno al “alma”, Galeno acaba de concretar su postura en Las costumbres del alma se derivan de la complexión humoral del cuerpo. En este tratado, identifica la sustancia del alma con la naturaleza del hombre, definida como pura krásis o complexión humoral85. Heredados de la tradición hipocrática, los humores aparecen, filtrados por el aristotelismo, como partes homogéneas. Compuestos de la distinta mixtura de tierra, agua, aire y fuego, sus cualidades resultan también de la actualización de las propiedades potenciales de los cuatro elementos, dependiendo su naturaleza del elemento predominante en cada caso: la sangre, como el aire, es de naturaleza caliente y

A diferencia de Aristóteles, y a pesar de la influencia de la biología peripatética, Galeno da a su fisiología especial un enfoque cerebrocéntrico, ensayando distintas hipótesis sobre el modo en que los espíritus animales discurren por los nervios hacia las zonas periféricas. La práctica experimental continuada le ayudó, además, a poner de manifiesto hechos de gran significación en apoyo del cerebrocentrismo. La paralización de distintas zonas del cuerpo, mediante la sección de nervios craneales, reforzó, por ejemplo, su convicción de que era el cerebro y no el corazón el órgano que controlaba el movimiento corporal. 84 Como en Aristóteles, la sustancia es el sujeto de los procesos fisiológicos, y el cambio sustancial es el fundamento de las actividades que tienen lugar en el organismo. 85 GARCÍA BALLESTER, L.: op.cit., p.237.

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húmeda; la bilis amarilla, cálida y seca, al igual que el fuego que en ella abunda; la bilis negra, seca y fría, porque contiene primordialmente tierra; la flema, fría y húmeda, como el agua que se impone en su composición. La introducción de nuevas partes homogéneas no tendría mayores consecuencias teóricas si el médico de Pérgamo, al ascender al estrato de las partes heterogéneas hubiese hecho residir en él el núcleo explicativo de la organización corporal. Pero lo que hace Galeno es vincular cada una de las partes del cuerpo a cierto humor, fundamentando así en estos últimos, y no en las propias partes anatómicas, la consideración holista del organismo. El principio explicativo de la estructura y las funciones orgánicas no se detiene, por tanto, como en Aristóteles, en las partes heterogéneas, sino que se retrotrae a las partes homogéneas que las componen. Esto no significa, sin embargo, que la forma desaparezca de la ontología galénica; la forma orgánica se identifica ahora con la estructura humoral: en su continuo flujo, la sangre, la bilis y la flema interactúan con una regularidad que mantiene permanentemente el equilibrio exigido por las funciones vitales. De este modo, Galeno vuelve a conectar, con espíritu aristotélico, estructura y función. En la estructura humoral de los animales descansa también el calor vital, agente biológico imprescindible, como en Aristóteles, para la realización de las funciones vitales. Entre los sanguíneos, queda ubicado en el corazón, desde donde el pulso arterial lo reparte por el cuerpo entero; gracias a su presencia, y a la del aire ambiental que se ingresa en la respiración, se efectúa la digestión de los alimentos. Con la introducción del humoralismo hipocrático, Galeno precisa la naturaleza de la materia biológica de la que hablara Aristóteles: si para éste el alma era la actualización de las potencialidades formales-funcionales de cierta clase de materia, para Galeno, que ha identificado la materia animal con los humores, el alma será el tipo de organización humoral del ser vivo. Pero con la mutación de la materia orgánica se transforma también, inevitablemente, la forma en la que ésta se organiza: al hacer residir el núcleo explicativo de la totalidad orgánica en fluidos y no en partes sólidas como los órganos, Galeno radicaliza el dinamismo de la forma biológica. El mismo espíritu subyace a la introducción de otro de los conceptos más originales y controvertidos de la biología galénica: el pneûma, causa material de las funciones vitales cuya sutilidad le permite atravesar sin dificultad las partes sólidas del cuerpo. El pnêuma tenía ya una importancia sustancial en la biología aristotélica, donde encarnaba, como vimos, el principio vital que desata la generación de todo ser natural. 70

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Pero, además, al final del tratado de la Reproducción de los animales, Aristóteles sugiere para el pnêuma una función más radical de la hasta entonces otorgada:

[E]s probable que la mayoría de las cosas se realicen con el aire interior como instrumento: igual que algunas cosas son útiles en los oficios para muchos usos, como el martillo y el yunque en el trabajo del herrero, del mismo modo el aire interior tiene muchos usos en los organismos conformados por la naturaleza. (GA 789b 9-13)

Galeno lleva esta sugerencia hasta sus últimas consecuencias, si bien es cierto que el neumatismo constituye uno de los aspectos más confusos de su fisiología. Sólo el galenismo, convertido en escuela a lo largo de la Edad Media, logrará precisar la función de cada uno de los espíritus o pneúmata: el espíritu natural, que con sede en el hígado se reparte por el cuerpo a través de las venas; el espíritu vital, que se sintetiza en el corazón y se distribuye por medio de las arterias; y el espíritu animal, producido en el cerebro y difundido por los nervios. Como decíamos al principio de este capítulo, el organicismo galénico constituye un período nuclear para la historia de la forma biológica, pues el radio de su pensamiento abarca tanto al pretérito que lo antecede como al futuro que seguirá sus pasos. En el sentido retrospectivo, su obra clausura la era clásica de la teoría biológica:

En su anatomía y su fisiología se cierra un modo de representación de la organización vital dentro del cual aparecen integradas las más antiguas, más activas y más consolidadas corrientes del pensamiento griego en torno a la vida. La biología galénica es en lo esencial una biología elaborada sobre el concepto aristotélico de forma, dependiente de la idea de phýsis, orientada hacia la interpretación teleológica de la estructura o de la función, y regida por el humoralismo. Pero, además, en ella se hacen presentes la preocupación analítica y experimental de la escuela alejandrina, la aceptación del cerebrocentrismo pitagórico o una tensión no del todo resuelta entre el hipocratismo, la noción de alma que Aristóteles había legado y el materialismo estoico. Galeno también reservó un lugar en su concepción de la vida a los términos que habían adquirido mayor carga teórica desde el siglo VI a.C. El calor innato y el pneûma siguen siendo principios que sirven a la acción fisiológica y que permanecen ligados a la complexión humoral del organismo86.

Pero el protagonismo histórico de la forma galénica se mide, sobre todo, por el largo futuro que su pensamiento gobierna. Tras la muerte de Galeno, las ciencias de la vida entran en un largo período oscurecido por el dogmatismo, el abandono del método observacional y la renuncia a la búsqueda de nuevos patrones teóricos. Más tarde, la

86

GONZÁLEZ RECIO, J.L.: Teorías de la vida, Síntesis, Madrid, 2004, p.97.

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escolástica convierte al galenismo en un marco teórico inamovible que todavía la biología renacentista será incapaz de revisar:

La crisis del galenismo quedaba anunciada en cada anomalía recogida en el registro observacional, pero su auténtica revisión no se produciría hasta que las novedades empíricas pudieron ser ordenadas en un nuevo marco interpretativo. Ni Vesalio ni sus contemporáneos fueron capaces de brindar a la fisiología un programa teórico diferente del galénico. Esa es precisamente la distancia que los separa de Copérnico, y que marca también el diferente momento por el que pasaron en el siglo XVI la astronomía geométrica y las ciencias de la vida. La biología de la época continuaba siendo la biología, la teoría de la vida de la forma 87.

87

Op.cit, p.133.

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Linneo y la forma de la diferencia interorgánica

La obra de C. Linneo (1707-1778)88 ha pasado a la historia de la biología asociada a la idea de la inmutabilidad de las especies, y suele figurar como el paradigma del esencialismo aristotélico aplicado a la clasificación botánica y zoológica89. Pero después de nuestro recorrido por la biología aristotélica, después de nuestra reiterada insistencia en disociar los presupuestos teóricos del estagirita de la lectura teológica medieval, podrá imaginarse nuestra resistencia a asumir semejante tesis: el papel de la escolástica en el largo lapso que separa a estos dos grandes episodios de la historia de la forma biológica, no puede hacerse análogo al de un hilo conductor que conserva invariable el mensaje transmitido. Éste es, sin embargo, el supuesto que subyace a la mayoría de las exposiciones de la taxonomía linneana: Rádl90, Cassirer91 y Svenson92 coinciden en presentarla como una aplicación sistemática de la lógica de Aristóteles; Cain93 y Stearn94 admiten también el aristotelismo de Linneo, aunque, más cautos, no creen que en su trabajo biológico pueda descubrirse una perfecta adecuación entre la lógica aristotélica y la práctica clasificatoria. Ninguno de ellos repara, por tanto, en la necesidad de “diferenciar, en la obra de Linneo, entre aquellos componentes que puedan considerarse genuinamente aristotélicos y aquellos otros que sean imputables a la tradición porfiriana y escolástica”95. Para nosotros, Linneo juega en la historia de la forma orgánica un papel protagonista precisamente porque en sus sistemas clasificatorios encarna todas las
La bibliografía crítica sobre Linneo (a excepción de los títulos que aparecen referidos en la bibliografía) y las referencias a su obra que manejamos en este capítulo la hemos tomado de ALVARGONZÁLEZ, D.: El sistema de clasificación de Linneo, Pentalfa Ed., Oviedo, 1992. 89 Teofrastro (307-287 a.C.), discípulo de Aristóteles, aplicó en su Historia plantarum los principios aristotélicos esencialistas a la clasificación botánica, tomando como criterio las características de la germinación de las semillas, pero no llegó a entender la distinción real entre plantas masculinas y femeninas, que sería la clave del sistema sexual de Linneo. Éste dedicó más atención a las plantas que a la zoología, aunque en la primera edición de su obra Systema naturae (1735), realizó una división de los animales que luego se ampliaría sustancialmente en la décima edición (1758). 90 RADL, E.M.: Historia de las teorías biológicas, Alianza, Madrid, 1988. 91 CASSIRER, E., El problema del conocimiento en la filosofía y en la ciencia modernas, México, F.C.E., 1963, t.IV, p.156. 92 SVENSON, H.K.: «Linnaeus and the Species Problem», Taxon, vol.2, 1953, p.55. 93 CAIN, A.J.: «Logic and Memory in Linnaeus’s System of Taxonomy», en Proceedings of the Linnaean Society of London, n.169, abril 1958, p.163. 94 STEARN, W., T., «Four Supplementary Linnaean Publications: Methodus (1736), Demonstrationes plantarum (1753), Genera plantarum (1754), Ordines naturales (1764)» en la edición facsímil del Species plantarum, Londres, Ray Society, t.II, p.73, nota. 95 ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.16.
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transformaciones que sufrió esta idea desde que el cauce de la escolástica volviera a ponerla en circulación. Guyenot96, siguiendo a J. Von Sachs, llega a considerar que el horizonte teórico en el que se mueven sus obras no presenta ninguna aportación original si se compara con autores anteriores de la tradición escolástica como Cesalpino, Jung, Ray, Rivinius o Boerhave. Esta acusación, que en todo caso podría ajustarse a la obra de juventud de Linneo, no vale, sin embargo, para su segunda etapa. Y aquí entra en juego la otra gran objeción que David Alvargonzález opone al fijismo esencialista con el que suele identificarse el sistema de clasificación de Linneo. Y es que, dentro de su propia obra, a partir de 1753 (fecha de publicación del Species plantarum), tienen lugar cambios de gran importancia que alejan a nuestro autor de la tradición escolástica, y que posibilitan e incluso preludian las tesis transformistas y evolucionistas97. Las dos épocas de Linneo conforman, por tanto, el doble engranaje que engarza a los dos grandes episodios de nuestra historia de la forma biológica. La obra de juventud condensa las transformaciones que esta idea, tal y como fue perfilada por Aristóteles, sufriera de la mano de la escolástica; la obra de madurez prepara el terreno sobre el que se erigirá la idea de “plan” que Kant somete a crítica y que la morfología idealista recupera en su búsqueda de los “tipos primigenios”. Linneo fue, a la vez, enemigo e inspirador para todo aquél que, en el siglo XVIII, se enfrentara a la comprensión de la forma de los organismos vegetales o animales. Pero no sólo eso; como ha sido señalado en numerosas ocasiones98, el sistema de clasificación de Linneo, al establecer una disposición ordenada de los organismos, sentó las bases sobre las que luego se construyó el evolucionismo y la teoría de la variabilidad de las especies99. Sin la sistemática predarwinista, sin antes definir, describir y catalogar las especies sujetas a evolución, hubiera sido imposible alcanzar las conclusiones de El origen de las especies.

GUYENOT, E.: Las ciencias de la vida en los siglos XVII y XVIII, México, UTEHA, 1956. Cit. en ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit.,, pp.13-14. 97 ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit.,, pp.13-14. 98 GILSON, E.: De Aristóteles a Darwin (y vuelta), Navarra, Eunsa, 1976, pp.79-91.; LÉVI-STRAUSS, Usos y significados del término estructura, Buenos Aires, Piados, 1969. 99 ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., pp.16-17.

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I. El primer Linneo: la lectura escolástica de la biología aristotélica.
El sistema de clasificación de Linneo puede adjetivarse de fijista y esencialista siempre que circunscribamos esta caracterización a su obra de juventud. Ahora bien, como acabamos de advertir, la tradición escolástica que media entre Aristóteles y Linneo no puede considerarse una mera transmisora de la biología del estagirita. Tanto el fijismo como el esencialismo sufren con Porfirio y Tomás de Aquino un viraje tan radical, que la idea de forma orgánica heredada por Linneo es absolutamente otra. En nuestro primer capítulo, tuvimos ya ocasión de comprobarlo cuando, al hablar del eternalismo y de la concepción de la diferencia interespecífica en Aristóteles, refutamos, precisamente, la lectura escolástica de ambos postulados. Insistíamos entonces, desde una perspectiva interna, en recuperar el sentido originario de la biología aristotélica por la luz que hoy arroja. Pero para la construcción de una historia filosófica de la forma orgánica, es innegable que el Aristóteles que heredó el siglo XVIII, fue el Aristóteles filtrado por la escolástica. Y en el ámbito biológico, la sistematización de esta lectura fue obra de Linneo, cuyas taxonomías se convertirán en referencia obligada para cualquier botánico o zoólogo de los siglos XVIII y XIX.

1. El eternalismo aristotélico y el fijismo linneano.
Tanto para Aristóteles como para Linneo, la inmutabilidad de las especies en el tiempo se bifurca en un doble postulado ontológico y gnoseológico. Sin embargo, la revisión teológica a la que la escolástica somete al eternalismo, conlleva una transformación radical de los presupuestos fijistas sobre los que Linneo construye su primer sistema de clasificación. Ya vimos que en Aristóteles, desde una perspectiva ontológica, “el orden natural es eterno, sin un origen pasado que haga necesaria la referencia a un creador. La naturaleza es inmanente y su estabilidad afecta tanto a la regularidad de los movimientos celestes como a la invariabilidad de las especies orgánicas. El fijismo aristotélico no necesitaba de un Dios creador, y resultaba constantemente corroborado por los hechos del mundo sublunar en unos tiempos en los que no había conocimientos para poder proponer un transformismo, un degeneracionismo, o un evolucionismo que

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no fueran directamente mitológicos.”100 En Linneo, por el contrario, el fijismo de las especies sólo resulta inteligible cuando se conecta con los presupuestos ontológicos de la dogmática religiosa cristiana tal y como viene expresada en el relato bíblico del Génesis. Gnoseológicamente, el fijismo era también, en Linneo, un presupuesto irrenunciable para poder afrontar la tarea de construir un sistema de clasificación: precisamente porque las especies eran finitas, invariables y creadas de una vez, podía pensarse en el proyecto de clasificarlas y ordenarlas para mejor conocer, describir y venerar la obra de Dios. La escolástica veía en la ciencia una investigación acerca de los planes divinos al crear el mundo; la naturaleza se interpretaba como un todo ordenado que podía ser conocido y descrito, y Linneo se consideraba a sí mismo como la persona escogida por Dios para desvelar sus ocultos secretos. Además, sostenía que, en el caso de la ciencia botánica, el estudio de la obra divina sólo podía ser completado si se ejecutaba desde un cierto sistema, que podía ser natural (si se consideraban simultáneamente la totalidad de los rasgos pertenecientes a un género), o artificial (si se escogía un número limitado de caracteres).101 Después de evaluar todas las opciones posibles y reconocer que el método natural es inalcanzable en un sentido pragmático, Linneo se decide a favor de un sistema artificial sexualista. Se trata de un sistema universal (porque trata de comprender todas las clases existentes) y sexualista (porque, tomando de Aristóteles la importancia concedida a la generación como criterio taxonómico, se basa en los caracteres de los órganos sexuales).

2. El esencialismo y la forma de la diferencia.
Al discutir el sentido de la Investigación sobre los Animales de Aristóteles, dejamos ya bien establecido que su objetivo primario no era el de la clasificación, sino el de la definición de los animales. El mismo espíritu guía la construcción de la taxonomía linneana en su primer período, donde la clasificación, aunque es ya un declarado propósito en sí misma, coincide absolutamente con la definición. El problema aquí es que, en Linneo, el método para alcanzarla sólo aparentemente revela su continuidad con el aristotélico. Y que, en consecuencia, el tipo de esencialismo que se deriva de sus clasificaciones es también muy diferente al sustancialismo que nos
100 101

Op.cit., pp.34-35. Cfr. Ph.B. Clasificación de los «fitólogos».

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deparaba nuestro primer capítulo. Naturalmente, esto no significa que el legado aristotélico en el sistema clasificatorio que propició la escolástica nos haya de parecer, ahora, completamente irreconocible. En general, el método divisorio postulado por Aristóteles fue bien comprendido; el problema, como enseguida veremos en cada uno de los estratos en los que se enfrenta el análisis de la diferencia, residirá en la materia sobre la que se aplica. Tanto en Aristóteles como en Linneo, el criterio para la delimitación de los reinos de la Naturaleza es fundamentalmente fisiológico102. En ambos, los vegetales se caracterizan por la posesión del alma nutritiva, responsable no sólo de la nutrición, sino también del crecimiento y la reproducción. Y tanto en uno como en otro, los animales se distinguen de las plantas por la posesión añadida del alma sensitiva; de ahí que Linneo, como Aristóteles, aceptase las zoofitas (morfológicamente plantas pero sensibles) dentro del reino animal. Sin embargo, en este estrato general de la diferenciación interorgánica, Linneo se distancia de Aristóteles en dos aspectos fundamentales: en primer lugar, considera a los minerales un reino más de la naturaleza, a pesar de que no se alimentan ni se reproducen; en segundo lugar, el hombre no constituye ya un reino aparte, sino que, junto a otros primates, queda incluido dentro del reino animal, en el grupo de los antropomorfa103. Dentro de los reinos vegetal y animal, Linneo distingue cinco estratos en la clasificación biológica: la clase, el orden, el género, la especie y la variedad. La entidad ontológica que otorga a cada una de ellas se enmarca, precisamente, en la polémica entre nominalistas y realistas que provocara la recepción de Aristóteles. La solución de Linneo consiste en adoptar una posición nominalista en lo que se refiere a los órdenes, las clases y las variedades, y una posición realista para los géneros y las especies: la clase y el orden son obra de la naturaleza y del arte, y varían según el autor que realiza la clasificación104; aunque en otro sentido, las variedades son también artificiales, fruto del arte y del cultivo de hortelanos y jardineros; por último, los individuos monstruosos, aquellos que no pueden incluirse en ninguna especie, quedan también fuera del ámbito de la sistemática. Sólo los géneros y las especies son considerados obra de la naturaleza,

SCHILLER, J.: Physiologie et classification, París, Maloine, S.A., 1980, pp.3 y 4. S.N., 1ª ed. y Disertario in antropomorfa, 1760. 104 En el Classes plantarum (1738) Linneo hace un repaso exhaustivo de los diferentes sistemas de clasificación en lo que se refiere a los órdenes y a las clases: unos se fijarán en la forma de las hojas (Matías de l’Obel, 1538-1616), otros en la forma de la corola (A.Q. Bachmann, Rivinius, 1652-1723), otros en el cáliz (Pierre Magnol, 1638-1715), etc.
103

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y, de estos dos, los géneros son los únicos que se conservan invariablemente en todos los sistemas, pues las especies son, muchas veces, confusas105. Todas las historias de la biología subrayan la original introducción, con respecto a Aristóteles, de las unidades superiores de clasificación. Pero advierten también que la continuidad se mantiene porque, de entre todos los estratos, el género continúa ocupando un lugar central y privilegiado106. Y, en efecto, no hay ninguna duda de que, para el primer Linneo, el género es la unidad taxonómica fundamental, pues sólo a partir de él se derivan las especies y variedades. Su prioridad en el sistema de clasificación responde, de hecho, a motivos muy diversos. Desde un punto de vista ontológico, y en conexión con los presupuestos del fijismo, el género se identifica con la esencia de la planta, permitiendo al botánico rehacer el plan divino. Desde una perspectiva gnoseológica, son dos las razones de su protagonismo: en primer lugar, Linneo considera al género la categoría taxonómica fundamental desde un punto de vista pragmático: sólo los géneros son estables, ya que los grupos superiores varían de autor en autor, y las especies suscitan a menudo importantes discusiones; en segundo lugar, Linneo se acoge al método aristotélico de definición “por género y diferencia”; así, en la Philosophia Botanica el tratamiento del género ocupa un lugar central (partes VI y VII) mientras que el estudio de las especies se deja para el capítulo que trata “sobre la diferencia” (capítulo VIII), ya que la especie surge precisamente de aplicar la diferencia al género y, por tanto, es éste el que ha de determinarse en primer lugar. Del mismo modo, en la Critica Botanica107, Linneo insiste en que la determinación del género debe preceder siempre a la de las especies, poniendo así de manifiesto el carácter descendente del proceso de clasificación, que partiría de las categorías más amplias para ir determinando sucesivamente las inferiores, más restrictivas. Ya adelantábamos arriba que el método divisorio por género y diferencia se conservaba en el sistema clasificatorio del primer Linneo. En este sentido, coincidimos con Cain108 al subrayar que su taxonomía se atiene a las condiciones estipuladas por Aristóteles: que la división sea exhaustiva109, que las especies de un mismo género sean

Ph.B., afor. 202, C.B., 216, 224 y 225. Álvarez López, Cain y W.T. Stearn. 107 C.B., 285, 225. 108 CAIN, A.J.: «Logic and Memory in Linnaeus’s System of Taxonomy», en Proceedings of the Linnaean Society of London, n.169, abril 1958, pp.144-163. 109 S.N., p.7.
106

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mutuamente excluyentes110, y que la división proceda, hasta donde pueda, siguiendo un sólo fundamentum divisionis111. Ahora bien: lo que de ningún modo podemos aceptar es la conclusión que en Cain sigue a este análisis. Según el principal intérprete de la biología linneana, el fracaso de Linneo al intentar hacer uso de un sólo fundamentum divisionis para cada género habría demostrado que los principios lógicos, válidos para la geometría y las matemáticas, no serían de aplicación en una ciencia empírica como la biología. Sin embargo, según nuestro estudio de la diferencia en Aristóteles, el fracaso de Linneo radicaría, no en el empleo del método divisorio, sino en la lectura que Linneo, a través de Porfirio, hace de los conceptos de género y especie112. En una perspectiva extensional que queda reflejada en su célebre árbol, Porfirio interpretó los predicados en términos de clases e individuos, y de relaciones de inclusión y de pertenencia: el individuo está incluido en la especie y ésta en el género. Los géneros profirianos son, por tanto, anteriores a las especies y la especie se define añadiéndole al género la diferencia113. De este modo, Porfirio hacía de la especie un predicable más, lo cual es manifiestamente incompatible con la teoría aristotélica, donde la especie no era un predicable, sino el sujeto de la predicación114. En nuestro primer capítulo nos detuvimos ya en el significado que los términos genos y eidos demostraban en la biología aristotélica: el género no era un conjunto de especies, ni la especie un conjunto de individuos; el género era una diferencia formal, y la especie, la concreción material de esa diferencia. La definición tanto del género como de la especie en el sentido extensional que hoy les atribuimos, sólo podía acometerse, en Aristóteles, a través del entrecruzamiento de las diferencias. La interpretación escolástica del género y la especie en términos de lógica de clases trastoca absolutamente la situación: Desde la perspectiva aristotélica, no pueden existir contenidos intermedios entre unos géneros y otros. Como Linneo se acoge también, explícitamente, a la necesidad de esta premisa, Alvargonzález cree ver aquí una concomitancia con Aristóteles. No se da
G.P., p.5 y C.B., 246 y 285. Ph.B., afors. 26, 92 y 93. 112 Alvargonzález subraya también esta diferencia, pero no lleva el análisis hasta sus últimas consecuencias: “No procede en este ensayo analizar de un modo extenso la transformación sufrida por la doctrina aristotélica en la época medieval, pero sí vamos a referirnos a algunas cuestiones puntuales que afectan de modo central a la lógica material de la clasificación.” En ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.29. 113 PORFIRIO: Isagoge, 15, 17 y 17, 9. 114 Tópicos, I, 4 y 5.
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cuenta, sin embargo, de que todo lo que a partir de ahora se pronuncie sobre el género no tendrá, ya, nada que ver con lo que predicara Aristóteles. Para éste, no podía haber géneros (diferencias) intermedios, pero sí animales intermedios; es el caso de las focas y los murciélagos, que pertenecen a dos géneros: “las primeras a los acuáticos y a los terrestres, los segundos a los voladores y a los terrestres, por eso participan de ambos géneros y de ninguno en particular”115. Por otro lado, ya hemos dicho que, para Linneo, el método ideal es el método natural, caracterizado por tener en cuenta, simultáneamente, todos los caracteres que diferencian a un género de otro. En Aristóteles, sin embargo, son todos los géneros, es decir, todas las diferencias, las que han de considerarse a la hora de definir la esencia de un animal. Tanto los géneros como las especies, entendidos en su acepción actual, son posteriores, y no previos, a la división.

II. El segundo Linneo: la introducción del tiempo y la crisis del esencialismo.
La obra de madurez de Linneo ha tendido ha minusvalorarse por considerarla, de un modo paralelo al que analizamos en Aristóteles, una aplicación fracasada de los presupuestos teóricos escolásticos de su juventud. De nuevo, forma teórica y materia empírica quedan disociadas biográficamente en el joven biólogo teórico y el botánico empirista maduro. Y, en efecto, fueron los propios materiales del campo de la biología con los que tuvo que enfrentarse Linneo a lo largo de su biografía los que determinaron paulatinamente la necesidad de construir la nomenclatura binomial y los géneros posteriores. Pero ya advertíamos en nuestra introducción que los presupuestos conceptuales que subyacen a cualquier producción científica no han de buscarse sólo en las declaraciones teóricas explícitas, sino también, y fundamentalmente, en los procedimientos lógico-materiales desplegados en la propia praxis biológica116. Es cierto que en el Linneo joven este recordatorio habría sido irrelevante; allí las herramientas taxonómicas se revelaban aplicación directa de los principios teóricos heredados de la interpretación escolástica de Aristóteles. No es éste el caso del sistema de clasificación que construye Linneo a partir de 1753; aquí es la mutación metodológica que implica la

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Cfr. PA, 697b. ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.55.

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nueva taxonomía la que determina la forma teórica de su obra de madurez, independientemente de la conciencia que manifieste sobre las consecuencias conceptuales de este viraje. La utilización de géneros modulantes, el sistema binominal de nomenclatura y el estudio sistemático de las variedades, son las tres grandes transformaciones procedimentales que, siguiendo a Alvargonzález, analizaremos en este epígrafe. La repercusión de todas ellas (profundamente entrelazadas) sobre la idea de forma orgánica, nutrirá el suelo sobre el que se erigen todas y cada una de las reflexiones biológicas que le sucedieron, desde Kant hasta el evolucionismo darwiniano.

1. De los géneros porfirianos a los géneros modulantes.
En 1751, en su Philosophia Botanica117, Linneo se había propuesto construir un sistema de clasificación discreto y finito. Discreto, porque el espacio entre un género y otro había de estar vacío; finito, porque el número de géneros tenía que ser limitado. Para ello, hace un cálculo sencillo de los géneros que pueden existir: puesto que hay 38 caracteres, y puesto que cada uno de ellos puede variar según cuatro parámetros (número, figura, situación y proporción), entonces habrá 38x38x4 = 5.776 géneros. Independientemente de las fallas de tipo lógico que puedan atribuírsele a este cálculo
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, lo que nos importa aquí —siguiendo a Pennell119 y Stearn120— es que, en la

práctica, el procedimiento que usaba Linneo para determinar los géneros no era de tipo apriorístico. Lejos de lo que podría deducirse de sus previsiones basadas en la combinatoria, la técnica de este segundo Linneo consistía en hacer un estudio de la especie aparentemente principal de un género y en compararla luego con otras especies del mismo, con el fin de eliminar de la descripción genérica todos los caracteres no compartidos por el conjunto de las especies estudiadas. Este nuevo procedimiento clasificatorio implica una transformación radical del concepto linneano de “género” que, en el lenguaje de Pennell y Stearn, deja de ser “lógico” (como lo fue en Porfirio), para ser mejor adjetivado como “biológico”. Pero ya hemos advertido de la debilidad heurística que entraña este tipo de lecturas. El análisis
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Ph.B., afor.167, y S.P., «Prefacio». Cfr. ALVARGONZÁLEZ, D.: Op.cit., p.61 119 PENNELL, F.W., «Genotypes of the Scrophulanaceae in the First Edition of the Species plantarum», en Oriceedings of the Academy of Natural Sciences of Philadelphia, nº 82, 1939, pp. 9-26. 120 STEARN, W.T., «Notes on Linnaeus’s Genera plantarum», en la edición facsímil del Genera plantarum de Weinhem, Cramer, 1960, p.XI.

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que de esta mutación metodológica acomete Alvargonzález121 en términos de “géneros porfirianos” y “géneros modulantes” recoge con una precisión muy superior las implicaciones teóricas que aquí entran en juego. En sus primeras obras122, Linneo utiliza los géneros porfirianos anteriores. El género es aquí la categoría taxonómica básica, pues las especies se definen a partir de él, por vía de añadirle una diferencia. De este modo, reiteran las características genéricas y, por tanto, en ningún caso pueden traspasar los límites del género. El género aquí es “absorbente” y sus especificaciones, subgenéricas. El relativo fracaso del sistema combinatorio dada la imposibilidad de su aplicación rígida y automática, hizo que Linneo abandonara progresivamente el procedimiento de clasificación porfiriano de los géneros anteriores en favor de los géneros modulantes posteriores123. En ellos, son las especies las que se determinan en primer lugar, y sólo después, mediante el análisis comparativo de éstas y de sus rasgos característicos, se llega a definir el género. Así, las especies no son ya subgenéricas (reiterativas de un género anterior) sino cogenéricas, ya que cada una de ellas contribuye de diferente modo a la constitución del género. El género puede llamarse entonces “modulante”, pues adquiere contenidos diferentes dependiendo de las especies que lo forman124. Alvargonzález afronta así los rasgos conceptuales de los géneros porfirianos anteriores y los géneros modulantes posteriores:

El género anterior, porfiriano, aparece como si estuviera dado de antemano (por ejemplo, deducido de las clases o de los órdenes), mientras que este género posterior tiene que construirse por vía de una tipificación. El género anterior es «perfecto», acabado de una vez por todas; el género posterior es «infecto», constitutivamente incompleto y problemático. El género anterior es esencial, inmutable; el género posterior, sin embargo, puede llegar a transformarse, a degenerar (géneros climacológicos), incluso a desaparecer, como consecuencia de la influencia de sus especies.125

Linneo, que en su juventud se había ocupado del estudio de los géneros como unidades básicas de clasificación, habría ido reconociendo paulatinamente la importancia de las especies, “aunque esto en ningún caso implique considerar superflua la categoría del género ya que ésta continúa teniendo un importante significado

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ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.62. G.P. y Ph.B. 123 SP y décima edición del S N. 124 ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.63. 125 Op.cit., pp.63-64.

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pragmático cuando se trata de establecer correlaciones más amplias entre especimenes de muy diferente procedencia geográfica.”126

2. La nomenclatura binominal: la disociación entre clasificación y definición.
La adopción de la nomenclatura binominal implica para el concepto de “especie” una transformación tan drástica como la que conllevó para el de “género” el giro que, en su madurez, imprime Linneo al criterio clasificatorio. Ya en 1736, en su Fundamenta Botanica 127, Linneo distinguía los dos modos posibles de denominación de una especie: el “nombre específico legítimo”, sometido a una serie de normas128, había de recoger en un máximo de doce palabras los caracteres esenciales de la especie nombrada; al contrario, el “nombre específico trivial” era un nombre simple cuya elección carecía de toda regla. Este último, precedido por el primero, dio lugar a la llamada “nomenclatura binomial.” Hemos visto que, en sus primeras obras y al igual que otros botánicos escolásticos, Linneo identificaba el problema de definir una especie con el de darle un nombre129; “la taxonomía —en palabras de Alvargonzález— era a la vez clasificación, denominación y definición.”130 Sin embargo, el sistema de nomenclatura esencialista se reveló tan cansino como utópico; las denominaciones resultaban extremadamente largas, y la determinación de caracteres esenciales exigía requisitos difícilmente practicables: el conocimiento de multitud de especies, el estudio de sus partes, la selección de sus caracteres esenciales y la búsqueda de una terminología adecuada, continuaban conformando el horizonte ideal del botánico, pero la introducción del nombre trivial se hacía cada vez más urgente para su trabajo cotidiano. En 1753, en el Species plantarum, Linneo comenzó a utilizarlo de manera generalizada. Decíamos que las implicaciones teóricas de este cambio eran tan fundamentales para la especie como las que había conllevado, para el género, la transición desde los géneros porfirianos a los modulantes. Como señala Alvargonzález, “el hecho de separar denominación y definición hace que las especies, en lo sucesivo, tiendan a diferenciarse según un conjunto de caracteres cada vez más amplio, ninguno de los cuales es
126 127

Op. cit., p.72 Cfr. F.B., afor. 257. 128 Cfr. F.B., afor. 258-305. 129 Cfr. Ph.B., afors. 256-258. 130 ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.68.

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propiamente esencial.”

131

Con la nomenclatura binominal, la especie se disocia del

esencialismo y pasa a ser una unidad sistemática construida conforme a criterios muy variados.

3. Variabilidad intraespecífica y variabilidad en el tiempo.
3.1. Variabilidad intraespecífica. Al hablar del primer Linneo, vimos que en su Critica Botanica (1737)132 había despreciado el concepto de variedad, cuya denominación atribuía a la mera ociosidad de los jardineros. En su obra de madurez, al convertir la especie en el núcleo de su sistema taxonómico, y al disociar su denominación de su definición, Linneo comienza a separar con claridad las variedades y a dar cada vez más importancia a este estadio de la clasificación. De nuevo, este hecho repercute en el concepto de especie: dado que en el primer Linneo las variedades no eran consideradas en la práctica, la especie se componía directamente de individuos cuya homogeneidad no podía enriquecerla; en el segundo Linneo, la importancia concedida a las diferentes variedades, vuelve más complejo, inevitablemente, el concepto de especie: aunque, generalmente, suele coincidir con la planta más conocida y las variedades con las menos estudiadas, en ocasiones una especie se divide en distintas variedades coordinadas, ninguna de las cuales se considera más importante a la hora de determinarla133. Al igual que ocurrió antes con la categoría de género, ahora las especies dejan también de ser totalidades “perfectas” para convertirse en totalidades “infectas”, internamente anómalas y problemáticas134.

3.2. Variabilidad en el tiempo. Los cambios procedimentales ejercitados en la última etapa de la biología linneana llevaron también asociada una revisión radical del postulado del fijismo. A partir de 1753, en su Species plantarum, Linneo empieza a reconocer que ciertas especies han de ser “hijas del tiempo”, habiéndose derivado unas de otras. Desde
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ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., pp.68-69. Cfr. C.B., afors. 306 y 310. 133 SPRAGUE, T.A.: «The Plan of the Species plantarum», en Proceedings of the Linnean Society of London, nº 165, pp.151-156. 134 ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., pp.71-72.

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entonces135, Linneo irá perfilando una historia filogenética de las especies que actualmente componen el panorama biológico: Dios habría creado una sola especie de cada orden de plantas, y por hibridación, de un modo análogo a como se produce en la práctica de los horticultores y jardineros, habrían surgido las demás especies. A su vez, las especies habrían dado lugar, en su entrecruzamiento, a las diferentes variedades, que no se presentan ya sólo como obras del arte de los hortelanos, sino como resultado de las mezclas entre especies producidas por azar:
3. Estas plantas genéricas han sido mezcladas por la Naturaleza, de donde han procedido tantas especies de cada género como existen en la actualidad. 4. Estas especies han sido mezcladas por el azar, de donde proceden tantas variedades como se nos aparecen. 5. Estos procesos tuvieron lugar a causa de las leyes de la Naturaleza que producen híbridos; y por las leyes del Hombre que observa lo que ocurre. 6. El botánico debe observar estas leyes hasta donde pueda.136

Parece que el reconocimiento del papel de la hibridación tuvo que ver con la constatación por parte de Linneo de la existencia de los llamados “géneros monotípicos”, es decir, los géneros conformados por una sola especie. En ellos, el carácter genérico, al coincidir con el específico, es muy poco seguro, ya que no tiene comparación ni confirmación posible con otras especies del mismo género. Pues bien, esta dificultad gnoseológica es “salvada” por Linneo al suponer que los géneros monotípicos actualmente existentes son algunos de aquellos géneros primordiales, puestos por el Creador, sobre los que la Naturaleza no ha actuado para dar lugar a especies por hibridación. Como vemos, los presupuestos teológicos de la escolástica cristiana que determinaron la ontología del joven Linneo continúan funcionando, pero sustancialmente aminorados: al limitarse la intervención divina al comienzo del mundo, es la hibridación, regulada por las leyes naturales, la responsable de la existencia de las especies actuales. Las dos etapas de Linneo perfilan las dos grandes líneas en las que se bifurcará la investigación biológica hasta la segunda mitad del siglo XIX. Por un lado, el sistema de clasificación construido en su juventud se convierte en paradigma de lo que Kant denominará la “descripción de la Naturaleza”; contra la rigidez de su método se revelará la Naturphilosophie, que a través de la morfología tratará de capturar el dinamismo de
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Disquisitio de sexu plantarum (1760), Fundamenta fructificationis (1782), Genera plantarum (1764), Ordines naturales (1764), Systema vegetabilium (1774) 136 Ordines naturales (1764), en STEARN, W.T.: «Four Supplementary Linnaean Publications: Methodus (1736), Demonstrationes plantarum (1753), Genera plantarum (1754), Ordines naturales (1764)» en la edición facsímil del Species plantarum, Londres, Ray Society, t.II, pp.96-97.

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la forma orgánica. Por otro, la variable temporal que Linneo incorpora en sus obras de madurez, y la introducción del mecanismo natural de la hibridación, servirá a Kant de ejemplo para la definición de la “historia de la Naturaleza” que, a su vez, como señalábamos al principio, sentará las bases para la construcción de nuestro actual evolucionismo.

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3 Kant: la forma orgánica como forma ideal

I. La Crítica del Juicio en el conjunto de la filosofía kantiana
Escindida la Razón en los dos grandes pilares de la razón pura y la razón práctica, el afán sistemático del filósofo de Königsberg no podía dejar de proyectar la pieza arquitectónica que asegurase el cierre del edificio de su pensamiento. Movida por un interés exclusivamente estético, la Crítica del juicio no se concibe ya como el tercer cimiento de la Razón, sino como el puente que permite el tránsito entre sus dos polos. Desprovista del asiento de las dos primeras críticas, levantadas sobre el suelo distinto pero firme de la Naturaleza y la Libertad, del Ser y el Deber, la estética kantiana se precipitaría inevitablemente en el vacío. La imagen del arquitecto neoclásico empecinado en la armonía geométrica de sus construcciones ilustra la acogida que gran parte de la literatura kantiana dispensara a la Crítica del juicio. Frente al escenario, más trágico, del escultor vacilante que inauguraba la historia filosófica de las formas orgánicas, el siglo XVIII irrumpe en ella con el decorado de una arquitectura artificiosa. Como en Aristóteles, el acercamiento kantiano a la forma final ha provocado entre nuestros contemporáneos una parecida perplejidad que, aunque fruto también de la incomprensión resultante de la distancia secular, nos permite acercarnos a las concomitancias y diferencias que aproximan y separan a los dos grandes hitos de nuestra historia de la forma orgánica. Sólo en el último estadio de su madurez, Aristóteles y Kant deciden afrontar el estudio sistemático de las formas biológicas. Ambos habían construido ya una batería categorial impecable que, sorprendentemente, parece incapaz de aprehender los intrincados pliegues que surcan el reino de lo vivo. Pero el fracaso y la artificiosidad son acusaciones muy distintas: Aristóteles, el escultor, no podía construir a su antojo las formas naturales, porque tenía ante sí una materia que domeñar; el arquitecto Kant, sin embargo, al eliminar la objetividad de la forma final, sólo podía rescatarla subsumiéndola en un principio heurístico que acaba convertido en elemento decorativo.

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Aunque desproporcionada, esta interpretación no es, desde luego, arbitraria137. Es cierto que uno de los rasgos fundamentales de la metodología trascendental kantiana consiste en que siempre hace referencia a una materia determinada sobre la cual opera la crítica filosófica, mientras que los problemas a los que se dirige la “capacidad del juicio” parecen distinguirse precisamente por estar desprovistos de toda objetividad . En la Crítica de la Razón Pura el “hecho” examinado venía dado por la forma y estructura de la matemática y de la física; en la Crítica de la Razón Práctica, por la actitud del “sentido común humano”. En la Crítica del Juicio, sin embargo, son sólo las partes, pero nunca el todo, las susceptibles de aseguramiento trascendental en un concepto unitario. Esta constatación ha conducido a gran parte de los intérpretes del idealismo trascendental a considerar que la Crítica del juicio teleológico no está inspirada en una necesidad nacida de la cosa misma, sino en la inclinación que arrastra a Kant hacia la ordenación artificiosa de los conceptos y de la capacidad cognoscitiva en distintas “familias”. Así, podríamos decir que mientras los tratados aristotélicos han sido reducidos a mera compilación de materiales biológicos, la Crítica del Juicio ha sido acusada, en el sentido inverso, de puro formalismo. Pero si —como insiste Cassirer— analizamos la Crítica del Juicio no sólo desde el punto de vista sincrónico, sino también en su dimensión diacrónica, nos encontramos con una paradoja sorprendente, pues “lo que en un análisis puramente intrínseco del contenido filosófico de la Crítica del Juicio parece revelarse como una parte relativamente fortuita y superflua de la obra es también lo que, de otro lado, parece haber constituido el factor esencial de la influencia histórica directa y de la acción general que esta obra ejerció.”138 Nos referimos, naturalmente, al idealismo romántico de los Naturphilosophen que, lejos de ver en Kant a un enemigo, reconocieron en la tercera crítica a su más profunda inspiradora. En un pasaje ya célebre, Goethe confiesa deberle “una época extraordinariamente alegre de su vida”, precisamente porque en ella vio reunidas sus “aficiones más dispares, tratados por igual los productos del arte y de la naturaleza, mutuamente iluminados los juicios estéticos y los teleológicos...”139

El análisis crítico de la bibliografía sobre la Crítica del Juicio se lo debemos a CASSIRER, E.: Kant, vida y doctrina, Fondo de Cultura Económica, México, 2ª reimpr., 1974, pp.319-323. Aquí nos centramos en lo que afecta a la Crítica del juicio teleológico. 138 CASSIRER, E.: op.cit., p.321. 139 Cit. en CASSIRER, E.: op.cit., pp.320−321.

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Ya insinuamos arriba la responsabilidad del abismo temporal en la generación de esta incoherencia. Un abismo que, como en Aristóteles, ha oscurecido la conexión profunda que en la Crítica del Juicio media entre la sistemática formal y los problemas a los que dirige su mirada. Redescubrir la transparencia con la que esta articulación se le mostraba a la cultura espiritual del siglo XVIII se nos impone, entonces, como la mejor vía de acceso a la concepción kantiana de la forma final. Al formular la paradoja que la lectura contemporánea de la Crítica del Juicio nos devuelve, decíamos que el problema radicaba en que la pulverización de la materia (la materia como conjunto de hechos) impedía a la capacidad de juicio apresarla bajo la red legítima de una forma teórica. Sin embargo, si pretendemos dejar de ver en la teleología kantiana un arco suspendido en el vacío, habremos de admitir la unidad intrínseca en la que pueda apoyarse el problema filosófico. En este sentido, sostiene Cassirer que el concepto de “desarrollo” es el “hecho” sobre el cual opera la Crítica del Juicio. El material fragmentario y problemático al que se enfrenta queda, por tanto, subsumido en un término muy concreto. Pero esto no es suficiente; el concepto de “desarrollo” no es unívoco, y hemos de tener mucho cuidado en precisar su significado, porque, de nuevo, como ya nos sucedió con Aristóteles, la perspectiva de la biología moderna puede turbar penosamente su comprensión: el término “desarrollo” es (no podía ser de otro modo) completamente ajeno a la estrecha acepción a la que lo circunscribe el evolucionismo decimonónico. Independientemente de que en la Crítica del juicio teleológico reconozcamos pasajes “premonitorios” de nuestra teoría filogenética, es la teleología metafísica quien brinda aquí el material para la investigación crítica. De ahí que tampoco tenga ya el sentido que le conferíamos en Aristóteles; desde la antigüedad hasta la era ilustrada, la polémica sobre la posibilidad de una causalidad final directora del desarrollo ha terminado por convertirse en la discusión sobre la posibilidad de una “inteligencia arquetípica”140. Esta alternativa nos apareció ya al barajar las diferentes soluciones interpretativas de la finalidad aristotélica. Entonces la desechamos sin ningún celo, porque venía contaminada por una teología tan extraña a la aristotélica que no merecía la pena refutar pormenorizadamente. Desde Plotino, sin embargo, el desarrollo aparece bajo la forma metafísica de la “emanación”, y ahora sí habremos de detenernos en su análisis.

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Cfr. CASSIRER, E.: op.cit., pp.332-333.

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Antes de proseguir, hemos de insistir en una última advertencia importante: la ascendencia metafísica del término “desarrollo” no vuelve menos “factual” a la materia que afronta Kant en la Crítica del juicio teleológico. Los objetos problemáticos continúan siendo aquí, principalmente, los seres naturales organizados. Precisamente por eso, por no ser, en absoluto, un arrebato artificioso, su impacto imprime un punto de inflexión a la historia de la forma orgánica. Un punto de inflexión cuyas consecuencias, como las de todo suceso revolucionario, fueron devastadoras pero también fecundas. Devastadoras a corto plazo, porque, con Kant y a pesar de los esfuerzos de los Naturphilosophen, las morfologías desaparecen de los campos científicos141; fecundas, para una mirada contemporánea, porque la postulación kantiana (aunque sea por vía negativa) de un entendimiento intuitivo anuncia el tipo de aproximación conceptual que, en nuestro siglo, está dando paso a “una nueva ontología, esta vez no mecanicista, como en Newton, sino morfologista”142.

II. Forma y Gnoseología
1. El debate reduccionismo/antirreduccionismo en tiempos de Kant: el idealismo vs. el realismo de la finalidad.
Desde la célebre inversión que imprime Kant al problema de la relación entre sujeto y objeto, el debate entre reduccionismo y antirreduccionismo sí puede plantearse en términos epistemológicos, al margen de que aceptemos o no la pertinencia de este enfoque. Veíamos que, en Aristóteles, el enfrentamiento entre mecanicismo e hilemorfismo se desataba en terreno ontológico y se traducía después en estrategias gnoseológicas dispares. Ni siquiera podíamos hablar entonces de epistemología, pues la comprensión de la naturaleza no se planteaba en términos de sujeto y objeto, sino de materia y forma. Pero incluso ignorando esta distancia, el panorama científico, al no estar todavía fragmentado con sus perfiles contemporáneos, tampoco podía revelar un conflicto que desde nuestra perspectiva epistemológica actual resultara problemático. Veintidós siglos después, la situación, tanto científica como filosófica, se ha trastocado por completo.
PÉREZ HERRANZ, F.M.: Las articulaciones naturales de la Filosofía, Publicaciones de la Universidad de Alicante, Alicante, 1998, p.183. 142 Op.cit., p.184.
141

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

Desde el punto de vista del relieve disciplinario, la física ya no es la ciencia omnicomprensiva de la que hablaban los griegos, sino una ciencia especial que, identificada con la mecánica newtoniana, ha dejado de ocuparse de esencias para contemplar a los cuerpos sólo en tanto que sometidos a la universalidad de sus leyes. La organización de los cuerpos vivos y su aparente adecuación a fines continúa inaprensible para la ciencia, y ahora sí puede aparecer la pugna epistemológica entre quienes confían en que la mecánica acabará engullendo cualquier fenómeno natural al que se enfrente, y quienes se resisten al imperio homogeneizador de la física ya clásica. Se tratará, como veremos con la Naturphilosophie, de una resistencia emocional condenada al fracaso, porque no dispondrá de armamento matemático alguno con el que enfrentarse a la fuerza predictiva del sistema newtoniano. Desde una perspectiva estrictamente filosófica, el reemplazo de la gnoseología por la epistemología y el privilegio del sujeto como punto de partida de toda investigación actuarán como revulsivos igualmente potentes. Convertidos el juicio y el objeto en conceptos rigurosamente correlativos, la verdad del objeto ya sólo podrá ser encarada, en un sentido crítico, desde el punto de vista de la verdad del juicio. La síntesis a priori sobre la que descansan la forma y la unidad del juicio será también la base de la unidad del objeto, siempre que éste pueda concebirse como objeto de una posible experiencia. Así, en el caso que nos ocupa, la crítica del juicio teleológico no tratará de descubrir las condiciones que determinan la existencia de formaciones naturales ajustadas a un fin, sino el modo en que actúa nuestro conocimiento cuando enjuicia algo como ajustado a un fin. La solución del conflicto entre las causalidades mecánica y final no consistirá ya en determinar si la primera ofrece una explicación suficiente de las formas que distinguen a los cuerpos organizados o si, por el contrario, la irreductibilidad de estas últimas nos obliga a descubrir en ellas un principio distinto. Como veremos con detenimiento, ahora es hasta cierto punto indiferente que la causalidad mecánica sea o no capaz de ofrecer una explicación completa de la forma biológica. Aquí de lo que se trata es de dictaminar la objetividad o la subjetividad de la necesidad que nuestro juicio le atribuye en tanto que forma ajustada a un fin:
La cuestión puede, pues, ser tan sólo: si este principio es valedero sólo subjetivamente, es decir, si es una máxima de nuestro Juicio, o si es un principio objetivo de la naturaleza, según el cual, además de su mecanismo (según meras leyes del movimiento), la naturaleza posee otra clase de causalidad, a saber, la de las causas finales, entre las cuales, aquéllas (las fuerzas de movimiento) sólo estarían como causas medias (KU § 72).

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Pero antes de desentrañar la solución kantiana, expongamos, como hicimos en nuestro primer capítulo, las diferentes alternativas a las que se enfrenta Kant a la hora de explicar la aparente finalidad de los cuerpos organizados.

2. La idea de fin y la idea de Todo y Parte: la Técnica de la Naturaleza.
También a Kant, como a Aristóteles, la belleza de las formas naturales y su aparente adecuación a fines se le impone como un factum incuestionable, pues “[n]adie ha puesto en duda la exactitud del principio de que sobre ciertas cosas de la naturaleza (seres organizados) y su posibilidad, debe juzgarse según el concepto de causas finales” (KU § 72). Ahora bien: antes de proseguir, hemos de tener muy en cuenta que el concepto de fin no estaba todavía en el siglo XVIII contaminado por la idea de intención con la que, inevitablemente, lo asocia el “sentimiento lingüístico moderno”. La expresión de “adecuación a un fin” tiene aquí un sentido mucho más amplio:
[V]e en ella la idea de toda coordinación de las partes de un todo múltiple para formar una unidad, cualquiera que sean las razones sobre que descanse esa coordinación y las fuentes de que pueda emanar. En este sentido, la expresión de referencia viene a ser la trascripción alemana del mismo concepto que Leibniz incorpora a su sistema con el nombre de “armonía”. Dícese que un todo es “adecuado al fin” cuando las partes se hallan enlazadas y agrupadas en él de tal modo que cada parte no sólo aparece al lado de la otra, sino que se ajusta además a ella en cuanto a su sentido peculiar143.

Esta adecuación de las partes al todo del que dependen parece conducir inevitablemente a la analogía entre arte y naturaleza: al igual que en los objetos artificiales descubrimos la técnica humana, los productos naturales —dice Kant— insinúan la latencia de una técnica de la naturaleza. Pero el símil del artesano no ilumina ya la realidad que pretendía ilustrar Aristóteles. Aunque el giro lingüístico que ha caracterizado a nuestro siglo no había restringido inexorablemente el fin a la intención, la transformación de la gnoseología en epistemología sí introduce la posibilidad de contemplar en la forma la manifestación de una voluntad subjetiva. Por eso la analogía entre arte y naturaleza que Kant hereda es otra, porque los términos de la comparación no son tanto los de materia/forma como los de sujeto/objeto: si Aristóteles utilizaba el símil de la estatua para evidenciar que su definición no podía limitarse al
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CASSIRER, E.: op.cit., p.337.

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mármol que la compone, o para explicar cómo el semen, al igual que el cincel, no aporta al embrión nada material, la teleología metafísica de donde Kant hereda el problema, ha puesto el énfasis en el sujeto que, externamente, imprime a la materia la forma final de una obra de arte. De ahí el categórico rechazo de la analogía arte/naturaleza con el que inaugura su Crítica del juicio teleológico:

Se dice demasiado poco de la naturaleza y de su facultad en los productos organizados cuando se la llama un análogo del arte, pues entonces se piensa al artista (ser racional) fuera de ella; más bien se organiza a sí misma en cada especie de sus productos organizados, cierto que según un único ejemplar en el todo, pero, sin embargo, con convenientes divergencias que la propia conservación, según las circunstancias, exige. [...] La belleza de la naturaleza, no siendo añadida a los objetos más que en relación con la reflexión sobre la intuición exterior de los mismos y, por tanto, sólo a causa de la forma de la superficie, puede con razón ser llamada un análogo del arte. Pero la interior perfección de la naturaleza, tal como la poseen aquellas cosas que sólo son posibles como fines de la naturaleza, y que por eso se llaman seres organizados, no es pensable ni explicable según analogía alguna con una facultad física, es decir, natural, conocida por alguno de nosotros (KU, § 65).

Y de ahí también que, en una nota a pie de página, proponga Kant una figura retórica distinta donde el protagonismo del sujeto individual ha desaparecido:

Puédese, inversamente, por medio de los citados fines inmediatos de la naturaleza, aclarar cierto enlace que también, empero, se encuentra más en la idea que en la realidad. Así, en una transformación total, recientemente emprendida, de un gran pueblo en un Estado, se ha utilizado con gran consecuencia la palabra organización, a menudo para designar la sustitución de magistraturas, etc., y hasta de todo el cuerpo del Estado. Pues cada miembro, desde luego, debe ser, en semejante todo, no sólo medio, sino también, al mismo tiempo, fin, ya que contribuye a efectuar la posibilidad del todo y debe, a su vez, ser determinado por medio de la idea del todo, según su posición y su función.(KU, n.68)

Pero independientemente del estatuto que Kant conceda a esa organización interna de los seres naturales, lo importante ahora es que las concepciones metafísicas de la finalidad a las que se enfrentaba sí habían introducido ya la subjetividad en el tratamiento del problema. En realidad, el célebre “giro copernicano” no tanto inaugura una revolución como imprime un nuevo ciclo a una revolución que ya había sido puesta en marcha por el Cristianismo144. En qué consiste esa otra vuelta de tuerca lo dilucidaremos al afrontar la alternativa radical que Kant opone a las teorías metafísicas
BUENO, G: «Confrontación de doce tesis características del sistema del Idealismo Trascendental con las correspondientes tesis del Materialismo Filosófico.», en El Basilisco, Segunda Época, nº 35, JulioDiciembre 2004, pp.3-40.
144

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que lo han precedido. Pero es esencial tener en cuenta que, a partir de la Edad Media, la historia de la idea de Dios afecta irrevocablemente a la de forma orgánica. En nuestro primer capítulo no habíamos tenido la necesidad de nombrar siquiera al Dios impersonal de Aristóteles, pues ni crea al mundo ni lo conoce. Sin embargo, en la teología judeocristiana medieval, el Acto Puro aristotélico “rompe a hablar” en un lenguaje que con la Escolástica se vuelve inteligible. Y es al convertirse ese dios cristiano en un dios antropomórfico que impone su forma al mundo, cómo ésta puede hacerse dependiente del entendimiento, sea éste humano o divino. Así las cosas, Kant se enfrenta a una técnica de la naturaleza que hacía tiempo que podía ser concebida como intencional o como no intencional:

La primera debe significar que la facultad productiva de la naturaleza según causas finales debe ser tenida por un modo particular de la causalidad; la segunda, que en el fondo es totalmente idéntica al mecanismo de la naturaleza y que la coincidencia casual con muchos conceptos de arte y sus reglas, como condición meramente subjetiva para juzgarla, es falsamente interpretada como un modo particular de la producción natural. (KU § 72)

En virtud de ambos enfoques, Kant agrupa sus diferentes formulaciones filosóficas en dos grandes sistemas (el idealismo y el realismo) que, a su vez, dependiendo del estatuto (físico o hiperfísico) que éstos le confieran a la técnica natural, se bifurcan respectivamente en otras dos alternativas que podemos encuadrar como sigue:
Físico Hiperfísico Idealismo Casualismo (Epicuro, Demócrito) Fatalismo (Espinosa) Realismo Hilozoísmo Teísmo
Fig.1. Concepciones metafísicas, según Kant, de la técnica de la naturaleza.

Según el idealismo de la finalidad, la forma final de los productos naturales no es intencionada. Dentro de este sistema, el Casualismo relaciona a la materia con su fundamento físico, es decir, con las leyes del movimiento, mientras que el Fatalismo espinosista le otorga un fundamento hiperfísico. En él, la causalidad final no es intencionada, porque se deduce de un ser primero pero no de su entendimiento y, por lo tanto, de ninguna intención suya, sino de la necesidad de su naturaleza y de la unidad del mundo que de ella proviene; los seres organizados no son, por tanto, producto de la naturaleza, sino accidentes inherentes de ese ser primero que actúa no como causa sino como substrato, dado que, en tanto que ser unitario, no puede ser intencional.

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Dentro del realismo de la finalidad, el hiloizismo (realismo físico) fundamenta la finalidad natural en un ser intencional que imprime vida a la materia, bien externamente, bien por medio de un principio interior, vivificador, que actuaría como alma del mundo. Por su parte, el teísmo deriva los fines naturales “del fundamento primero de todo el mundo, como ser inteligente (originariamente vivo) que produce con intención” (KU § 72). Veremos inmediatamente cómo la inversión kantiana del problema filosófico que en la modernidad enfrenta a sujeto y objeto, arrasa con todas estas alternativas sin necesidad de detenerse en una refutación que asumiera las coordenadas metafísicas en las que todas ellas, según el análisis crítico, se sitúan. Aun así, Kant no se resiste a descubrir las contradicciones que internamente les afectan. En el marco del idealismo de la finalidad, el primer sistema, atribuido a Demócrito y Epicuro, le resulta a Kant “tan manifiestamente absurdo” como a Aristóteles, y por una razón idéntica: el mecanismo del ciego azar ni siquiera explica la apariencia. El sistema de la fatalidad de Espinosa, sin embargo, no le parece ya “tan fácil de refutar”, dada la inherente incognoscibilidad del ser primero. Aún así, encuentra en él una debilidad radical: la unidad sustancial no explica, de ningún modo, la unidad de fin: “Esta última es, en efecto, una muy particular especie de unidad que no sale en modo alguno del enlace de las cosas (seres del mundo) con un sujeto (el ser primero), sino que lleva consigo completamente la relación a una causa poseedora de entendimiento”. Sin estas condiciones formales —continúa— “toda unidad es mera necesidad natural”, pues, “si ser una cosa y ser un fin es idéntico, entonces no hay, en el fondo, nada que merezca particularmente ser representado como fin” (KU § 73). En cuanto al realismo, subraya Kant que la independencia ontológica de la forma final sólo puede sostenerse cosificando su entidad, ya sea en una materia viviente (hiloizísmo) o en un entendimiento agente (teísmo). Pero si postulamos una sustancia distinta —advierte— hemos de asegurar, al menos, la posibilidad de su existencia. Y esto no lo consigue ninguno de los sistemas realistas de la finalidad. El hiloizísmo, porque incurre en un circularismo explicativo insalvable: la finalidad natural se deduce de la vida de la materia que nos brinda la observación de los seres organizados, y esta vida, a su vez, sólo puede conocerse en ellos; sin la experiencia de los organismos no podemos, por tanto, formarnos concepto alguno de la posibilidad de los mismos. Tampoco el teísmo prueba, por último, la posible existencia de los fines naturales,

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porque no puede demostrar, para el Juicio determinante, la imposibilidad de que la materia se rija tan sólo por la causalidad mecánica. Como vemos, la confusión esencial que la metodología kantiana atribuye a todos estos sistemas es la ignorancia de esa conciencia crítica que ha dirigir toda investigación. Como las otras dos, la Crítica del juicio y, en particular, del juicio teleológico, no arranca ya de esa concepción total de la metafísica, de la forma de la realidad misma, sino de la forma de nuestros conceptos de lo real; no parte, en otras palabras, de la sistemática del universo, sino de la sistemática de estos conceptos145. Veamos, entonces, de qué manera y a qué lugar nos conduce este nuevo enfoque.

3. El concepto de fin como concepto regulativo. Juicio determinante y Juicio reflexionante.
3.1. El concepto de fin como principio objetivo: las antinomias de la Razón.

“Facultad de Juicio es —dice Kant, la capacidad de concebir lo especial como contenido dentro de lo general” (KU, Introducción, IV), pues el Juicio, si no quiere disolverse en el caótico magma fenoménico, aspira por definición a “un conocimiento conexo de la experiencia según una general conformidad de la naturaleza a leyes” (KU § 70). Pero el ordenamiento de los objetos empíricos en conceptos y su entrelazamiento en leyes no siempre es necesario. Lo será cuando un principio objetivo le sea dado al Juicio por medio del entendimiento. En tal caso, el Juicio será determinante, porque la Razón estará fundada en leyes universales que el entendimiento prescribe a priori a la Naturaleza. Su aplicación no exige de él ningún principio particular de la reflexión, porque los principios se identifican aquí con los propios conceptos en los que ordenamos los objetos de la experiencia. Y, en este sentido, es obvio que el juicio determinante no puede encerrar ninguna contradicción interna. Ahora bien: “en lo que se refiere a las leyes particulares, que pueden sernos conocidas sólo por medio de la experiencia, puede haber en ellas tan gran diversidad y desigualdad, que el Juicio se vea obligado a servirse de sí mismo como principio para, aun sólo en los fenómenos de la naturaleza, buscar y acechar una ley, ya que la necesita como hilo conductor” (KU § 70)146. Cuando el Juicio no dispone de una ley ya dada y es obligado a fundamentarse
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CASSIRER, E.: op.cit., p.337. El subrayado es nuestro.

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en sí mismo como principio, nos encontramos ante el juicio reflexionante. Pero, entonces, el orden que sea capaz de imponer sobre la multiplicidad empírica no es ya objetivo y necesario, sino subjetivo y contingente. Cuando en la investigación empírica nos enfrentamos al concepto de un objeto, podemos, pues, proceder con él dogmática o críticamente, en función de que el Juicio esté determinando a o esté reflexionando sobre el objeto:

Procedemos dogmáticamente con un concepto (aunque deba ser determinado empíricamente) cuando lo consideramos como contenido bajo otro concepto del objeto que constituye un principio de la razón y lo determinamos conforme a éste. Procedemos con él sólo críticamente cuando lo consideramos sólo en relación con nuestra facultad de conocer; por lo tanto, con las condiciones subjetivas para pensarlo, sin emprender la tarea de decidir algo sobre su objeto. El proceder dogmático con un concepto es, pues, aquél que es conforme a la ley para el Juicio determinante, el crítico, aquél que lo es sólo para el reflexionante (KU § 74).

El problema es que, al ser el Juicio uno sólo, puede ocurrir que, “en su reflexión, parta de dos máximas, una que el mero entendimiento a priori le proporciona y otra que es ocasionada por experiencias particulares que ponen la razón en juego para instaurar, según un principio determinado, el juicio de la naturaleza corporal y de sus leyes” (KU § 70). Esta antinomia, que en el plano epistemológico inaugura una dialéctica natural, puede plantearse en términos de tesis y antítesis:

La primera máxima de la misma es la tesis: Toda producción de cosas materiales y de sus formas debe ser juzgada como posible según leyes meramente mecánicas. La segunda máxima es la antítesis: Algunos productos de la naturaleza material no pueden ser juzgados como posibles sólo según leyes meramente mecánicas (su juicio exige una ley de la causalidad totalmente distinta, a saber, la de las causas finales)

Pero si invertimos el problema, es decir, si transformamos los principios regulativos para la investigación en constitutivos de la posibilidad de los objetos mismos, si, en definitiva, convertimos una cuestión epistemológica en un problema ontológico, la antinomia reaparece con toda su fuerza: por un lado (tesis), afirmaríamos que toda producción de cosas materiales es posible según leyes meramente mecánicas; por otro (antítesis), que alguna de ellas no lo es. En el ámbito del objeto, una de las dos proposiciones habría de ser necesariamente falsa: en tanto que principios objetivos fundamentarían ambos al juicio determinante, y la contradicción no afectaría ya al Juicio sino al objeto constituido. Y puesto que la Razón no puede decantarse por ninguna de las dos máximas, dado que le es imposible poseer un principio que 97

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determine a priori la posibilidad de las cosas según leyes empíricas, la única solución posible consistirá en recuperar el planteamiento inicial del problema: si en lugar de afirmar que todo suceso natural responde a la causalidad mecánica, sostenemos que todo suceso natural debe ser investigado atendiendo a ella, la antinomia se diluye; pues con ello no estaremos negando que otro principio —a saber, el principio de las causas finales— actúe en la reflexión sobre las formas naturales, sino que su objetividad es indemostrable para nuestro entendimiento. Puede que en el fondo por nosotros desconocido de la naturaleza, la causalidad mecánica y la causalidad final estén, en las mismas cosas, conectadas en un solo principio; “mas nuestra razón no está en estado de unirlas en uno semejante, y el Juicio, por tanto, como Juicio reflexionante (por un motivo subjetivo), y no como determinante (por consecuencia de un principio objetivo de la posibilidad de las cosas en sí), se ve obligado a pensar, para ambas formas de la naturaleza, como base de su posibilidad, otro principio que el del mecanismo natural” (KU § 70). Pues bien, en esa conversión de una dialéctica perteneciente al Juicio en una antinomia por la que parece contradecirse la propia naturaleza radican —para Kant— los errores a los que se ven conducidos todos y cada uno de los sistemas que han tratado de dar cuenta de las formas naturales en tanto que fines:

Si ahora hablamos de los sistemas de la explicación de la naturaleza en consideración a las causas finales, hay que notar bien que todos ellos discuten dogmáticamente, es decir, sobre principios objetivos de la posibilidad de las cosas, por medio de causas que efectúan intencionadamente o puramente sin intención, pero no sobre la máxima subjetiva, para simplemente juzgar sobre la causa de semejantes productos finales: en este último caso, principios dispares podrían, sin embargo, ser unidos, mientras que en el primero no pueden, principios contradictoriamente opuestos, compensarse y coexistir uno junto a otro (KU § 72).

La negación categórica de que el mundo pueda estar regido por principios dispares no es, desde luego, evidente. A diferencia de Aristóteles, Kant presupone una idea unitarista de Ciencia que, inspirada en el modelo de la física newtoniana, hace extensible a toda la naturaleza. Y el criterio de cierre de esta unidad, como en Aristóteles lo fuera de la multiplicidad, no es otro que la idea de causalidad. Pero la causalidad, en el enfoque crítico, adquiere un significado muy distinto. La articulación causal de los fenómenos no se deriva de su objetiva sucesión en el tiempo, sino que aparece como el único medio del que dispone nuestro entendimiento para objetivar una determinada cadena de percepciones. En este sentido, no puede existir siquiera la

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posibilidad de exceptuar ningún campo especial de la naturaleza de la universal vigencia del principio causal. Así, en el caso que nos ocupa:

... si la evolución que atribuimos al organismo es, y no puede dejar de ser, un acaecer, tiene que estar sujeta necesariamente y sin limitaciones a la ley fundamental de la causalidad. Todas y cada una de las manifestaciones concretas y específicas que se presentan en su sucesión tienen que explicarse a base de las precedentes y de las condiciones del mundo en torno. No hay más remedio que excluir aquí toda posibilidad de determinar lo dado y presente por algo todavía no dado y futuro: sólo lo anterior condiciona y crea lo posterior, por ser bajo esta forma de condicionalidad como se constituye, y por no poder constituirse de otro modo, el fenómeno objetivo de una sucesión unívoca en el tiempo147.

La regularidad estadística deparada primero por la termodinámica y después por la física cuántica ha convulsionado la idea de causa hasta límites que Kant no podía haber imaginado. La realidad efectiva de nuestro panorama científico no permite ya, si no es como aspiración, sostener la idea de Ciencia única vinculada a un concepto también exclusivo de conexión legal. De todos modos, no es éste el punto en el debemos detenernos, pues en nada han avanzado aquellas dos subdisciplinas, revolucionarias en el campo de la física, en la comprensión científica de la forma biológica. Sólo queremos subrayar que el reduccionismo kantiano a la física newtoniana, aunque relativamente legitimado por la situación histórica en la que se concibe, ha sido cuestionado, no ya por la biología, sino por la propia física. De nuevo, sin embargo, la física cuántica, que a pesar de todo continúa sostenida por una matemática referida a magnitudes, se enarbola como el modelo que acabará dando cuenta de todo fenómeno existente. Y de aquí que la conversión kantiana de la forma final en principio regulativo continúe demostrando toda su vigencia en los actuales debates en filosofía de la biología.

3.2. El concepto de fin como principio regulativo. El debate entre reduccionismo y antirreduccionismo se plantea, ahora sí, en términos epistemológicos. Puesto que el entendimiento no puede demostrar ni la verdad ni la falsedad de las formas naturales en tanto que fines, Kant se abstiene de pronunciarse sobre su entidad ontológica, aún admitiendo la necesidad de que el Juicio reflexionante, en su legítima búsqueda de la regularidad natural, trame en la propia

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CASSIRER, E.: op.cit., p.398.

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praxis de la observación empírica el “hilo conductor” que, orientado por la finalidad, entreteja las formas en las que se nos presentan los seres organizados:

Es, pues, totalmente distinto decir que la producción de ciertas cosas de la naturaleza, o también de la naturaleza en su conjunto, es sólo posible mediante una causa que se determina a obrar según intenciones, y decir que, según la característica propiedad de mis facultades de conocer, no puedo juzgar sobre la posibilidad de esos casos y su producción más que pensando una causa de ellos, que efectúe según intenciones y, por lo tanto, un ser que es productivo, según la analogía con la causalidad de un entendimiento (KU § 75).

Y aquí es donde se produce ese otro vuelco con el que Kant termina de trastocar la “revolución copernicana” que sufre el pensamiento en la modernidad. Un vuelco que, en términos epistemológicos, no tiene tanto que ver con el sujeto como con el objeto. Veíamos que, en Aristóteles, el acceso al mundo de las esencias y al mundo de los fenómenos no requería entendimientos distintos. Al contrario, decíamos que lo visible era siempre la primera, cuando no la única, vía de acceso a la realidad. Pero una vez que el “giro crítico” ha convertido al sujeto y al objeto en términos correlativos, la disociación del mundo fenoménico y el mundo de las esencias (noumenal), y el vínculo del primero con el entendimiento humano, según se expresa en las leyes de la física newtoniana, introducirá —al pensar la naturaleza como un sistema de leyes, y por vía del segundo— la necesidad de un entendimiento distinto que ya no podrá ser sino divino. Ahora bien: sin dejar de tener en cuenta que, en cualquiera de sus manifestaciones, Kant considera heurística la idea de un todo previo a las partes, hemos de distinguir muy nítidamente los dos contextos en los que el concepto de un todo natural aparece en la Crítica del juicio teleológico. Precisamente porque si en el análisis de la finalidad kantiana no sólo tenemos en cuenta la inversión epistemológica del problema, sino también la desarticulación de la faz fenoménica y esencial del objeto, la idea de todo se desdobla en dos ideas muy distintas en función de que su extensión abarque a la naturaleza entera o a los cuerpos naturales organizados.

4. El Todo como Naturaleza y el Todo como organismo.
4.1. La Naturaleza como un todo.

Si la particularidad de la idea de “sujeción formal a un fin” no puede ser primariamente ontológica, sino que ha de tratarse de una singularidad de nuestro 100

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entendimiento con respecto al Juicio, la investigación crítica no habrá de dirigirse a ninguna singularidad extensional del concepto, sino a la singularidad interna del concepto mismo. Esto es evidente cuando consideramos el concepto de un todo de la experiencia, pues esta totalidad no puede ser concebida como algo “dado”, sino como algo simplemente “planteado”. La naturaleza, considerada como un todo, no puede aparecer, desde el punto de vista crítico, como un objeto formalmente limitado, porque todo juicio teórico de experiencia es necesariamente fragmentario. Todo eslabón de la serie de la experiencia necesita, para poder ser comprendido científicamente, de otro que le señale, como su “causa”, el lugar fijo que le corresponde dentro del tiempo y del espacio. De este modo, enlazándose unos elementos con otros y unas leyes particulares con otras, vamos construyendo el objeto de la experiencia, que no es, a su vez, sino un “conjunto de relaciones”148. Esta totalidad tiene un carácter puramente ideal: es una premisa y un postulado que nuestra reflexión se ve obligada a establecer en su aprehensión de la naturaleza, pero que no pertenece su estructura intrínseca. De este modo, todas las fórmulas que en Aristóteles habíamos postulado como principios objetivos naturales, “[t]odas esas fórmulas según las cuales la naturaleza sigue siempre el camino más corto, no hace nada en balde, no tolera ningún salto en la variedad de las formas y es, aunque rica en especies, ahorrativa en géneros, aparecen así no tanto bajo la forma de determinaciones absolutas de su esencia como con la función de 'manifestaciones trascendentales de la facultad del juicio'”149. No obstante, el carácter subjetivo del principio teleológico no impide a Kant reconocerle una función radical en la investigación científica; una función regulativa que no se opone a la explicación causal, “sino que la prepara, señalándole los fenómenos y los problemas sobre los que ha de proyectarse.”150 El proceder sintético del juicio teleológico genera las unidades que en nuestro proceder analítico segmentaremos en sus distintos elementos causales. Así, la investigación crítica, que parecía anunciar una defunción definitiva del principio teleológico, acaba resucitándolo de entre los escombros: desde una perspectiva metafísica, el concepto de fin es, en efecto, aquel asylum ignorantiae del que hablaba Espinosa; pero, metodológicamente,

148 149

Op.cit., pp.359-360. Op.cit., p.349. 150 Op.cit., p.400.

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se convierte en el medio para un conocimiento cada vez más exhaustivo de los engarces y las relaciones estructurales de la naturaleza orgánica151. Ahora bien: como en Aristóteles, una cosa son los principios rectores de la Naturaleza y otra bien distinta los principios organizadores de los cuerpos naturales. El concepto de todo aplicado a los seres vivos tiene una peculiaridad muy especial que lo diferencia radicalmente de ese todo natural que, sin ninguna dificultad, identificamos con la idea de Mundo en Ontología General. Los cuerpos organizados sí se nos presentan, al menos aparentemente, como algo dado. En terminología kantiana: si la idea de todo como Naturaleza pertenece al sustrato nouménico, la idea de todo como organismo se nos aparece, en principio, “fenoménicamente”. Y esto exige una explicación distinta.

4.2. El organismo como un todo: la transformación del organismo en mecanismo.

Kant reconoce, por tanto, que existe una “región ontológica” en la que el fin parece presentarse especialmente ante nosotros como un principio constitutivo y no reflexivo de nuestro entendimiento. La idea de fin, a diferencia de lo que sucede en su acepción estética o incluso en el ámbito natural cuando la aplicamos a la Naturaleza concebida como un todo, se nos muestra en la naturaleza misma bajo la forma de los seres organizados. Y el concepto de vida implica necesariamente un tipo de acción que no va de las partes al todo, sino del todo a las partes. Un suceso natural se convierte en proceso vital cuando, como veíamos en Aristóteles con la metáfora del día, no lo concebimos como mera sucesión de detalles causalmente entrelazados, sino que vemos en ellos modalidades sucesivas de una misma “sustancia”. A este proceso en el que el tiempo no es ya una sucesión discreta, sino un continuum infragmentable en el que pasado y futuro pertenecen al presente, hace referencia el concepto de “evolución” al que se enfrenta Kant. La evolución es por sí misma un concepto de fin, pues presupone una forma, un “sujeto” unitario de los fenómenos vitales que, transformándose, se mantiene igual a sí mismo a través de todos los cambios. Y ese “sujeto”, ese todo que con respecto a las partes actúa como principio

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Op.cit., p.402.

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orientador y no como resultado, es el concepto de “organismo” que, a diferencia del de totalidad de la Naturaleza, plantea problemas tan especiales:

Así como en un producto semejante de la naturaleza, cada parte existe sólo mediante las demás, de igual modo es pensada como existente sólo en consideración de las demás y del todo, es decir, como instrumento (órgano). Pero eso no basta (pues pudiera ser también instrumento del arte, y entonces ser representada posible sólo como fin, en general) sino que ha de ser pensada además como un órgano productor de las otras partes (por consiguiente, cada una a su vez de las demás), tal como no puede serlo ningún instrumento del arte, sino sólo de la naturaleza, la cual proporciona toda materia para instrumentos (incluso los del arte), y sólo entonces y por eso puede semejante producto, como ser organizado y organizándose a sí mismo, ser llamado un fin de la naturaleza (KU § 65).

La antítesis entre un objeto artificial y un organismo vivo puede ser, así, demostrada directamente en el fenómeno y como tal fenómeno:
En un reloj, una parte es el instrumento del movimiento de las demás, pero una rueda no es la causa eficiente de la producción de las otras: una parte está ahí, ciertamente, en consideración de las demás, pero no mediante éstas. De aquí que la causa productora de aquél no esté tampoco encerrada en la naturaleza (de esa materia) sino fuera de ella, en un ser que puede proceder según ideas de un todo posible mediante su causalidad. De aquí que, así como una rueda en el reloj no produce otra rueda, tampoco un reloj puede producir otros relojes, utilizando para ello otra materia (organizándola). De aquí que no reponga por sí mismo las partes que le faltan, o remedie los defectos de la primera formación por medio de la ayuda de otras sucesivas, o le mejore por sí mismo cuando cae en desorden, todo lo cual, en cambio, podemos esperarlo en la naturaleza organizada. Un ser organizado, pues, no es sólo una máquina, pues ésta no tiene más que fuerza motriz, sino que posee en sí fuerza formadora, y tal, por cierto, que la comunica a las materias que no la tienen (las organiza), fuerza formadora, pues, que se propaga y que no puede ser explicada por la sola facultad del movimiento (el mecanismo) (KU § 65).

El “crecimiento” de un objeto natural se diferencia radicalmente de cualquier otro incremento de magnitud que responda a leyes puramente mecánicas, pues la materia que se engendra y añade en este proceso no es reductible a un mero incremento cuantitativo, sino que aparece, además y ante todo, como un proceso cualitativo y dirigido152. Admitiendo, por tanto, la factual singularidad de la evolución orgánica, Kant se encuentra con la necesidad de desarrollar el concepto de “sujeción a un fin sin fin”. Y aquí, como señala Cassirer, vuelve a estar en consciente contraposición con su época. En la Ilustración, toda la teleología se caracteriza por la constante confusión del concepto de la sujeción a un fin con el de la vulgar utilidad153. Pero este enfoque,
152 153

Op.cit., p.395. Ibid.

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condensado en la irónica frase de Voltaire según la cual Dios habría dotado de nariz al hombre para que pudiera usar gafas, es radicalmente rechazado por Kant, quien distingue nítidamente “entre la adecuación relativa a un fin para el hombre u otra criatura cualquiera de la adecuación interior a un fin que no exige más punto de comparación que el fenómeno mismo y el ensamblaje de sus partes”154. 4.3. La relación entre todo y parte en el plano epistemológico: entendimiento discursivo y entendimiento intuitivo.

Convertido el concepto de la finalidad objetiva de la naturaleza en “un principio crítico de la razón para el Juicio reflexionante” (KU § 75) el problema de la relación entre el todo y sus partes no se afronta ya con herramienta categorial alguna. La articulación aristotélica entre partes homogéneas y heterogéneas, la relación precisa de la forma con la materia y la función, es barrida en un solo gesto, y el significado filosófico de la forma biológica se empobrece hasta quedar reducido a esa vaga afirmación según la cual, en los seres organizados, es el todo el que explica a las partes que lo componen. Sin embargo, aunque ha quedado ya bien establecida la negación kantiana de todo fundamento objetivo de la idea de fin, el traslado de la discusión —en torno a la articulación del todo con sus partes— al ámbito del sujeto le obliga a considerar la posibilidad de un entendimiento distinto. Un entendimiento intuitivo que, en lugar de dirigirse de las partes al todo, como el discursivo, vaya, directamente, del todo a las partes: “Pero, si ello es así —dice Kant— debe aquí hallarse a la base la idea de un entendimiento posible, diferente al humano [...] para poder decir que ciertos productos de la naturaleza deben, según la particular constitución de nuestro entendimiento, ser considerados por nosotros, en su posibilidad, como producidos intencionadamente y como fines” (KU § 77). La contingencia de la relación entre nuestro entendimiento y el Juicio supone una particularidad del primero frente a otros entendimientos posibles. Nuestro entendimiento es un entendimiento discursivo, porque en lo general subsume lo particular, y porque el modo múltiple en lo que lo particular puede presentarse a nuestra percepción es contingente. Ahora bien: puesto que al conocimiento pertenece también la intuición, podemos pensar negativamente en una facultad de conocer “distinta de la
154

CASSIRER, E.: op.cit., p.396.

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sensibilidad y totalmente independiente de ella”: un entendimiento intuitivo iría de lo universal a lo particular, y no se daría ya, para él, aquella contingencia de la concordancia de la naturaleza en sus productos, según leyes particulares, con el entendimiento155. La concordancia de tales leyes con nuestro juicio, que para nosotros sólo es posible mediante el medio de enlace de los fines, sería ahora una concordancia necesaria:

Nuestro entendimiento tiene, en efecto, la propiedad de que en su conocimiento, v.gr., de la causa de un producto, debe pasar de lo analítico-universal (de conceptos) a lo particular (la intención empírica dada), en el cual, pues, respecto a la diversidad de lo particular, no determina nada, sino que debe esperar esa determinación para el Juicio de la subsunción de la intuición empírica (cuando el objeto es un producto natural) bajo el concepto. Ahora bien: podemos también pensar en un entendimiento que por no ser, como el nuestro, discursivo, sino intuitivo, vaya de lo sintético-universal (de la intuición de un todo, como tal) a lo particular, es decir, del todo a las partes... (KU § 77).

La constitución de nuestro entendimiento sólo nos permite pensar en un todo “como efecto de las fuerzas motrices concurrentes de las partes”. Para el conocimiento intuitivo, sin embargo, el todo no dependería de las partes, sino las partes del todo, pues él contendría “el fundamento de la posibilidad del enlace de las partes”. Ahora bien: si no queremos representarnos la posibilidad del todo como dependiente de sus partes, sino a la inversa, no podemos pensar en el todo de modo que contenga el fundamento de la posibilidad del enlace de las partes, “sino sólo que la representación de un todo contenga el fundamento de la posibilidad de la forma del mismo y del enlace de las partes.” Y es que nuestro entendimiento discursivo —dice Kant— está “necesitado de imágenes” (intellectus ectypus), y es esa necesidad la que le conduce a suponer un intellectus archetypus. Es, por tanto, en la representación del todo donde actúa lo que llamamos fin. Pero entonces ya no es en el todo, sino su imagen, lo que está actuando como causa: el fin no se refiere a una entidad sino a cómo nos orientamos en su representación; es, por tanto, un principio reflexionante, porque no opera en la determinación del objeto: simplemente nos guía, ayudándonos a pensar la clase de objetos que constituyen los organismos.

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Cfr. KU § 77.

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III. Forma y Ontología
1. La forma orgánica.
1.1. El entendimiento intuitivo y la “cosa en sí”.

La postulación de un entendimiento intuitivo, aunque sea por vía de la negación, permite a Kant recuperar el planteamiento ontológico del problema de la forma. Ahora sí “es posible considerar el mundo material como mero fenómeno, pensando algo como cosa en sí (que no es fenómeno) que sea su substrato, y poner bajo éste una intuición intelectual correspondiente (aunque no sea la nuestra)” (KU § 77). Se hallaría, así, un fundamento real, suprasensible, de la naturaleza, aunque incognoscible para nosotros hombres. Y puesto que “ninguna razón humana [...] puede absolutamente esperar comprender la producción ni siquiera de una hierbecita por causas meramente mecánicas”, sino que al Juicio le es indispensable, hasta para pensar en la posibilidad de un objeto, imaginar el enlace teleológico de las causas y efectos, es necesario “buscar el fundamento superior de los fines en un entendimiento originario, como causa del mundo”. La posibilidad de un principio superior común está, así, fundamentada, puesto que ambos principios se refieren a fenómenos que presuponen un fundamento suprasensible. Así pues:

[L]o que en ella [en la naturaleza] es necesario como objeto de los sentidos lo consideraríamos según leyes mecánicas, y, en cambio, la concordancia y la unidad de las leyes particulares con las formas correspondientes que debemos juzgar como contingentes respecto de aquellas leyes, las consideraríamos (con la naturaleza entera en un sistema) como objeto de la razón, según leyes teleológicas, y juzgaríamos así la naturaleza según dos clases de principios, sin que el modo de explicación mecánico sea excluido por el teleológico como si ambos se contradijeran (KU § 77).

Lo que de ningún modo puede permitirse es que ambos principios heterogéneos se enlacen como principios dogmáticos y constitutivos de la naturaleza para el Juicio reflexionante:

Cuando, por ejemplo, admito que un gusano hay que considerarlo como producto del mero mecanismo de la materia (de la nueva formación que realiza por sí misma, cuando sus elementos son puestos en libertad por medio de la putrefacción), no puedo, empero, deducir ese mismo producto de la misma materia como de una causalidad de obrar según fines. Inversamente, cuando admito ese mismo producto como fin de la

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naturaleza, no puedo invocar una manera mecánica de producción del mismo y admitir ésta como principio constitutivo para el juicio del mismo, según su posibilidad, y juntar, pues, ambos principios. Pues uno de los modos de explicación excluye el otro, aun suponiendo que objetivamente ambos fundamentos de la posibilidad de semejante producto descansaran en uno sólo pero no hiciéramos referencia a él. El principio que debe hacer posible la reunión de ambos en el juicio de la naturaleza según ellos debe ponerse en lo que está fuera de ambos (por tanto, fuera de la representación posible, empírica, de la naturaleza), y contiene, sin embargo, el fundamento de ambos, es decir, en lo suprasensible: a éste debe ser referido cada uno de ambos modos de explicación.

Ahora bien: como de lo suprasensible no podemos tener más que el concepto indeterminado de un fundamento que posibilita el Juicio de la naturaleza según leyes empíricas, es decir, como se trata de un principio trascendente, entonces no podemos hacer descansar en él la explicación de la posibilidad de un producto según leyes dadas para el Juicio determinante, sino sólo en un fundamento de la exposición de la misma para el reflexionante:

Señalar los fines de la naturaleza en sus productos, en cuanto constituyen un sistema según conceptos teleológicos, pertenece propiamente sólo a la descripción de la naturaleza, arreglada según un hilo conductor particular, en la cual la razón, si bien lleva a cabo un asunto magnífico, instructivo y de finalidad práctica en algunas direcciones, sin embargo, no da conclusión alguna sobre el origen y la posibilidad interior de esas formas (KU § 79).

La máxima para el juicio reflexionante queda, entonces, como sigue:

Que, según la constitución del entendimiento humano, para la posibilidad de seres orgánicos en la naturaleza no puede ser admitida ninguna otra causa más que una causa que efectúe con intención, y que el mero mecanismo de la naturaleza no puede ser en modo alguno suficiente para la explicación de esos sus productos, sin querer, por eso, decidir por este principio nada sobre la posibilidad misma de semejantes cosas (KU § 78).

1.2. La subordinación del entendimiento discursivo al entendimiento reflexivo: la materia como medio de la forma.

La máxima del juicio reflexionante —dice Kant— lleva consigo la necesidad de unir el principio mecánico y el principio formal en el juicio de las cosas como fines de la naturaleza. Esa unión no puede, sin embargo, ejecutarse reduciendo el uno al otro, y puesto que no podemos afirmarlos simultáneamente, sólo podemos subordinar el mecanismo al tecnicismo intencionado, siempre según el principio trascendental de la finalidad en la naturaleza: 107

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Pues allí donde se piensan fines como fundamento de la posibilidad de ciertas cosas, hay que admitir también medios, cuya ley para proceder no necesita para nada algo que presuponga un fin, y, por tanto, puede ser mecánica, y, sin embargo, causa subordinada de efectos intencionados (KU § 78).

En el plano de las esencias, Kant vuelve así a reconciliarse con la concepción aristotélica del organismo, donde el principio material aparece siempre supeditado al principio de la forma.

2. La forma de la diferencia interorgánica.

En su ensayo «Sobre el uso de los principios teleológicos en la filosofía»156 Kant establece una distinción fundamental en el campo de la biología: la que media entre la “descripción” y la “historia” de la naturaleza. Como apuntábamos al concluir nuestro anterior capítulo, la doble construcción linneana de la forma orgánica contenía, precisamente, la bifurcación intradisciplinar que todavía Kant señala como incipiente y que el siglo XIX acabará de consumar: bajo el rótulo de la descripción de la naturaleza incluye Kant a todos aquellos sistemas taxonómicos que, como el del primer Linneo, han tratado de organizar la factual multiplicidad de las formas vegetales y animales que hoy contemplamos; la historia de la naturaleza es —dice Kant— muy distinta de la clasificación, pues, aunque necesita de esta última para poder ensayarse, no acomete sólo una comparación de las semejanzas y diferencias entre ejemplares vivos, sino que introduce en su investigación la cuestión del origen para indagar, desde entonces, el proceso por el que han ido apareciendo las formas naturales que actualmente clasifican las descripciones de la naturaleza. Es el caso del segundo Linneo, que a partir de la divina creación de un reducido número de especies, explicaría por el mecanismo natural de la hibridación la actual diversidad de las formas orgánicas. La demarcación entre la descripción y la historia de la naturaleza nos resulta fácilmente traducible por el límite interno a la biología que hoy desliga a la historia natural de la teoría evolutiva. Pero Kant no se limita a bautizar una frontera que, por recién nacida, apareciera confusa a los ojos de los naturalistas de la época. Precisamente

KANT, I.: «Sobre el uso de los principios teleológicos en la filosofía» (Trad. Nuria Sánchez Madrid), en Logos. Anales del Seminario de Metafísica, Vol. 37, Servicio de Publicaciones Universidad Complutense, Madrid, 2004, pp.7-31.

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porque la “historia de la naturaleza” era todavía un embrión informe, Kant ofrece la definición no tanto de lo que era como de lo que debía ser. Tampoco los sistemas taxonómicos se reducían, necesariamente, a la mera descripción; aunque ya vimos que la introducción de la nomenclatura binomial fue una herramienta pragmática fundamental para la disolución del esencialismo, la segregación conceptual entre clasificación y definición estaba muy lejos de haberse consumado.

2.1. La descripción de la naturaleza: variedad dada o variedad creada. Inevitablemente, la clasificación de las formas orgánicas implica el reconocimiento de la afinidad formal entre las diferentes clases vegetales o animales, sean éstas definidas con la generalidad que se quiera. Y la elucidación de las causas de esta homología cuanto menos aparente no pertenece ya a una descripción sino a una teoría de la naturaleza; una teoría que, necesariamente, habrá de suponer algún tipo de unidad morfológica que subyazca a esas múltiples partes que se resolverían entonces como manifestaciones suyas. Pero antes de perseguir la adecuación a un fin en las formaciones naturales, el criticismo kantiano obliga a guardar prudencia para tratar de descubrirla en algún otro terreno en el que la razón haya sido ya capaz de identificarla. Y este campo no puede ser otro que el conformado por las formas geométricas. En efecto, este tipo de coordinación de las partes en un todo múltiple aparece en cualquier sistema de conocimientos matemáticos. En la geometría euclidiana, por ejemplo, partimos de un conjunto limitado de principios simples y obtenemos resultados cada vez más variados y complejos. Es éste un tránsito necesario, pero también sintético, porque en cada paso ampliamos el conocimiento anterior: “Reina aquí, por tanto, una unidad de principio que se traduce, continua y constantemente, en una variedad de resultados, un simple embrión intuitivo que va desarrollándose para nosotros conceptualmente y desdoblándose en una serie de por sí infinita y, sin embargo, plenamente dominable y abarcable de nuevas formaciones”157. Ahora bien —dice Kant—, la “unidad de lo múltiple” en el campo geométrico resulta comprensible tan pronto como cobramos conciencia de que la variedad geométrica no es una variedad dada, sino constructivamente creada. La “afinidad formal” que guardan entre sí los elementos componentes de un sistema geométrico no es, por tanto, extrapolable a los todos orgánicos como si se tratase de unidades
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CASSIRER, E.: op.cit., p.338.

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realmente existentes. La idea de que el material biológico puede ser ordenado desde determinados puntos de vista y clasificado en “géneros” y “especies” no deja de ser un postulado que formulamos a una experiencia que de ningún modo parece obligada a acatar. La constatación kantiana del paralelismo conceptual entre el todo geométrico y el todo orgánico y su distinción entre variedad dada y variedad creada, contienen las dos grandes líneas en las que se bifurcará la interpretación morfológica de las clases animales y vegetales. Para la Naturphilosophie, y de manera menos consciente para los taxonomistas franceses del XVIII, la variedad biológica en tanto que manifestación de una forma organizadora subyacente vuelve a ser, como en Aristóteles, una variedad dada. En el otro extremo, Kant legitima una vía de investigación que indagará también en la afinidad formal de las partes vegetales y animales, pero no como hecho dado, sino como resultado de una evolución histórica: si trasladamos el proceso de construcción de un sistema geométrico a la elucidación del origen filogenético de las especies, sí podemos someter a este último al mecanismo causal que autoriza la configuración de nuestro entendimiento. Sin embargo, la descripción de la naturaleza sólo puede valerse de la imaginación, responsable del hallazgo de semejanzas entre las formas orgánicas y de subsumirlas bajo las rúbricas del género o la especie.

2.2. La historia de la naturaleza: una técnica sin intención.

A pesar de la solución que nos ofrece la contemplación de la diversidad orgánica como una variedad no dada sino construida, Kant advierte que la historia de la naturaleza no podrá aspirar jamás a conquistar el estatuto definitivo de su cientificidad. Y es que, por mucho que el historiador de la naturaleza someta la evolución de las formas a la investigación genética del mecanismo causal, la cuestión del origen se revela esencialmente especulativa:

[D]ebe, sin embargo, en definitiva, atribuir a esa madre universal una organización puesta, en modo final, en todas esas criaturas, sin lo cual la forma final de los productos del reino animal y vegetal no es pensable en modo alguno según su posibilidad. Pero entonces no ha hecho más que retrotraer más allá el fundamento de la explicación y no puede pretender haber hecho la producción de esos dos reinos independientemente de la condición de las causas finales. (KU, § 80).

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Esto no nos obliga, sin embargo, a concebir la historia de la naturaleza como un relato de acontemientos naturales que arrancase del surgimiento primero de plantas y animales, pues esta ciencia —dice Kant— sería “una ciencia para dioses [...], no para hombres”. Aunque la investigación del origen esté condenada a ser especulativa, la historia que entonces se desató sí puede ser sometida a las exigencias de lo teórico; si recorremos el camino inverso al del relato y, en lugar de arrancar de la Creación, partimos de las “hechuras actuales de las cosas”, entonces será posible acatar la máxima establecida por la Crítica del juicio, según la cual,

Es [...] razonable, y hasta meritorio, seguir el mecanismo de la naturaleza para una explicación de los productos naturales, tan lejos como ello pueda hacerse con verosimilitud y no abandonar este ensayo porque sea imposible en sí coincidir por su camino con la finalidad de la naturaleza, sino sólo porque ello es imposible para nosotros hombres, pues se exigiría para ello una intuición diferente de la sensible y un determinado conocimiento del substrato inteligible de la naturaleza que pudiera dar fundamento también al mecanismo de los fenómenos según leyes particulares, todo lo cual supera totalmente nuestra facultad (KU, § 80).

La historia de la naturaleza queda, así, redefinida por contraposición al relato mítico: “tan sólo llevar la articulación de ciertas hechuras actuales de las cosas naturales con sus causas en un tiempo anterior tan lejos como lo permita la analogía, según leyes eficientes no fingidas por nosotros sino derivadas a partir de las fuerzas de la naturaleza, tal y como ésta se nos muestra ahora, eso sería historia de la naturaleza”. En el marco de la evolución, ese “tan lejos” encuentra un límite preciso en la cuestión, por naturaleza metafísica, del origen; un límite radical, porque impide que podamos alcanzar, a través del mecanicismo, una solución definitiva del problema que depara la aparente afinidad de las formas naturales. Y es que para poder construir la historia de las especies resulta imprescindible que el investigador de la Naturaleza ponga “siempre a la base alguna organización primitiva que utilice aquel mecanismo para producir otras formas organizadas o desarrollar la suya en nuevas figuras (que, sin embargo, siempre se derivan de aquel fin y son conformes a él).” (KU, § 80). De modo que, por mucho que avance la derivación causal mostrando de un modo puramente mecánico cómo el siguiente eslabón de la cadena evolutiva se deriva y nace del anterior, por mucho que nos remontásemos, acabaríamos topándonos siempre con un estado inicial de “organización” que necesariamente tendríamos que conceder como premisa. La consideración causal puede enseñarnos con sujeción a qué reglas se pasa de una estructura a otra, pero lo que no puede hacernos comprender, lo que no puede más que

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enunciar como un hecho, es la existencia de estos “embriones” individuales que sirvan de punto de partida de la evolución158. Y, sin embargo, si hacemos epojé de este origen, podemos aplicar el principio del mecanismo a la afinidad de las formas orgánicas de modo que la evolución logre explicarse de un modo puramente causal en todas y cada una de sus fases:

La concordancia de tantas especies animales en un esquema común, que parece estar a la base no sólo de su esqueleto, sino también de la disposición de las demás partes, en donde una sencillez de contorno, digna de admiración, ha podido producir, por achicamiento de unas y alargamiento de otras, por recogimiento de éstas y desarrollo de aquéllas, tan gran diversidad de especies, deja penetrar en el espíritu un rayo, aunque débil, de esperanza de que se pueda obtener aquí algo con el principio del mecanismo de la naturaleza, sin el cual no puede, en general, haber ciencia alguna. Esa analogía de las formas, en cuanto, a pesar de toda la diversidad, parecen ser producidas según un prototipo común, fortalece la sospecha de una verdadera afinidad de las mismas en la producción de una madre común primitiva, por medio de la aproximación gradual de una especie animal a otra, desde aquélla en que el principio de los fines parece más guardado, hasta el pólipo, y de éste, incluso, hasta los musgos y los líquenes, y, finalmente, hasta la escala inferior, que podemos observar, de la naturaleza, la materia bruta, de la cual y de cuyas fuerzas, según leyes mecánicas (iguales que las que siguen a la producción de los cristales), parece provenir toda la técnica de la naturaleza, que en los seres organizados nos es tan incomprensible que nos creemos obligados a pensar para ellos otro principio (KU, § 80).

A diferencia de la descripción, la historia de la naturaleza queda remitida al entendimiento, facultad que, más allá de reconocer semejanzas, establecería, en el caso biológico, las leyes bajo las que se establecen los lazos de parentesco, es decir, las leyes de la conexión reproductiva159. Pero para alcanzarlas, el método que Kant defiende vuelve a ser el de la anatomía comparada, como lo fue en Aristóteles y como lo será entre los morfólogos idealistas:

Es una gloria recorrer por medio de una anatomía comparativa la gran creación de las naturalezas organizadas para ver si en ella se encuentra algo semejante a un sistema según el principio de producción, sin tener necesidad de quedarnos en el mero principio del Juicio (que no da conclusión alguna para el conocimiento de su producción) y de renunciar cobardemente a toda pretensión de penetrar la naturaleza en ese campo (KU, § 80).

Es en el concepto kantiano de “evolución” donde mejor se revela la interdependencia armónica de los principios de fin y mecanismo en el marco de la experiencia. Y es que, aunque la idea de finalidad renuncia a descifrar el enigma de la transición entre las formas animales, ordena los fenómenos, como acabamos de
158 159

CASSIRER, E.: op.cit., pp.402-403. KANT, I.: Sobre el uso de principios... pp.36-37.

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comprobar, en torno a un nuevo eje, con lo que establece una forma distinta de su entrelazamiento. En tanto que ordenados, tales hechos no permiten ser examinados desde la plataforma del entendimiento, sino que debemos partir de ellos en busca de causas finales que, sin embargo, queden condicionadas empíricamente. En palabras de Lebrun, “[l]a reflexión se sitúa en el punto en el que el azar no es ni admisible ni reabsorbido, —donde las configuraciones no son ni premeditadas ni fortuitas”160. Su función, destinada a articular ese espacio intermedio entre la técnica y el azar, no consiste —como advierte Cassirer— en descifrar los “enigmas del mundo”, sino en “aguzar más y más la mirada para que pueda descubrir la riqueza de los fenómenos de la naturaleza orgánica y penetrar cada vez más a fondo en las particularidades y en los detalles de los fenómenos de vida y de sus condiciones”161. De modo que, para el conocimiento, esta constante imposibilidad de resolver el problema constituye su verdadera fecundidad: aunque por el procedimiento mecánico no podamos llegar nunca a descifrar conceptualmente el misterio de la vida orgánica, sí lograremos ampliar y ahondar incesantemente el conocimiento y la intuición de las formas individuales de la naturaleza.

LEBRUN, G.: Kant et la fin de la métaphisyque, Cit. en SÁNCHEZ MADRID, N.: «Una técnica sin artesano: la teleología dentro de los límites de la mera Razón», Introducción a su traducción de Kant. Sobre el uso de los principios teleológicos en la filosofía, en Logos. Anales del Seminario de Metafísica, Vol. 37, Servicio de Publicaciones Universidad Complutense, Madrid, 2004, p.46. 161 CASSIRER, E.: op.cit., p.408.

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La herencia de Kant: la Morfología idealista y la Teoría celular
La historia de la filosofía en el siglo XIX es, en gran parte, la historia de la asimilación, difusión, combate, transformación y reasimilación de las ideas kantianas.162

La sentencia que inaugura nuestro último capítulo puede aplicarse con idéntica rotundidad a la idea de forma orgánica que manejó la biología del siglo XIX. En el marco general de la ciencia germana, la poderosa influencia ejercida por la filosofía kantiana se bifurca durante el Romanticismo en dos direcciones163: por un lado, el idealismo especulativo poskantiano de Fichte, Schelling y Hegel; por otro, la filosofía neokantiana de Fries y Apelt. Ambas trayectorias encuentran su traducción más preclara en el campo biológico: el idealismo romántico, nutre el suelo filosófico en el que arraigan las investigaciones morfológicas de la Naturphilosophie; la máxima mecanicista que consolida el neokantismo, se convierte en seña filosófica de la primera teoría celular. Los dos extremos, que Kant lograra conciliar como máximas subordinadas de nuestro Juicio, vuelven a enfrentarse en la parcela ontológica explorada por la morfología. Valgan de ilustración las definiciones que ofrecen de esta disciplina dos de los adalides más destacados en una y otra alternativa. Para Goethe, la morfología es la “[c]ontemplación de la forma, tanto en sus partes como en su conjunto, sus concordancias y discordancias, sin tener en cuenta ninguna otra cosa”164; para Schleiden, el “conocimiento completo de todas las series de evolución en la vida vegetal”165. En idéntico sentido divergirá la idea de la diferencia interorgánica: la teoría de los tipos ensayada por la filosofía natural, concibe las morfologías específicas como
JODL, Gesch., p.534, Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.484. D.VON ENGELHARDT, «Zur Naturwissenschatft und Naturphilosophie um 1780 und 1830», Hegel und die Chemie, Wiesbaden, 1976, pp.5-30. Cit. en ALBARRACÍN, A.: La teoría celular, Alianza, Madrid, 1983, p.39. 164 GOETHE, W.: Goethe y la Ciencia. Traducción de Carlos Fortea y Ester de Arpe, Biblioteca de Ensayo Siruela, Madrid, 2002, Cap.2.7. 165 SCHLEIDEN, M.: La botánica como ciencia inductiva, 1842, 3ª ed., 1849, I, p.72. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.63.
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variaciones cuantitativas de un número más o menos amplio de formas originarias; el tipo de historia natural legitimada por la Crítica del Juicio, cifra la heterogeneidad morfológica en su génesis histórica. Aunque con estatutos ontológicos muy distintos, el tiempo transforma la idea de forma orgánica en los dos enfoques que, durante el Romanticismo, se disputaron su comprensión: frente a la rigidez de la sistemática del primer Linneo, la morfología idealista querrá capturar, no la forma acabada, sino el proceso formativo en que consiste la vida de un organismo; por su parte, la perspectiva genética del neokantismo incorpora el tiempo como esa otra variable independiente que, en física clásica, se intersecta con el espacio: el continuum fragmentable en el que se engarzan, mecánicamente, causas y efectos. Junto con el tiempo, la función adquirió también, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, una importancia creciente que acabó por minar el protagonismo teórico de la forma. Ni la filosofía de la naturaleza ni la teoría de la célula fueron capaces de dotar a las morfologías de un significado funcional que, como en Aristóteles, articulase forma y función en una unidad cerrada. Desde entonces, el análisis fisiológico sumió a la morfología, desprestigiada por los excesos poéticos de la Naturphilosophie, en un progresivo olvido del que sólo recientemente ha empezado a rescatársele.

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La Morfología idealista

I. Forma y Gnoseología
El contenido sin método conduce a la fantasía; el método sin contenido, al vacuo sofisma; la sustancia sin forma, a la torpe erudición; la forma sin sustancia, a la hueca especulación166.

Decíamos al principio que la descripción de la Crítica del juicio como artificio arquitectónico nos devolvía una imagen paradójica de su doble dimensión sincrónica y diacrónica; aunque aparentemente ajustada desde una perspectiva interna, esta lectura se revelaba, sin embargo, incapaz de explicar el entusiasmo con el que el idealismo romántico invocara a la tercera crítica. Nuestro análisis, focalizado en la Crítica del juicio teleológico, nos ha permitido reconstruir una concepción kantiana de la forma orgánica que ahora sí presenta una continuidad manifiesta con los desarrollos que a partir de ella practicaron los Naturphilosophen; el reconocimiento de un sustrato ontológico inaprensible a la investigación analítica y la postulación comedidamente hipotética de un entendimiento intuitivo, demostrarán una asombrosa fertilidad que impregnará gran parte de la cultura espiritual del siglo XIX. Naturalmente, los “desarrollos” de la morfología idealista no consistieron en meras prolongaciones de la obra kantiana; al contrario, el engorde progresivo de lo que en principio fue un elemento perfectamente integrado en el conjunto del sistema, acabó convertido en germen de su propia destrucción. En este sentido, la Naturphilosophie imprime un nuevo punto de inflexión a nuestra historia filosófica de la forma orgánica, porque se impone la tarea (titánica, después de Kant) de devolverle la entidad ontológica perdida. Ya anunciábamos arriba el fracaso inevitable de esta empresa. Aunque la anatomía comparada arrojó teorías anatómicas que todavía perviven167, la ausencia de herramientas matemáticas lo suficientemente flexibles como para aprehender el dinamismo de las formas orgánicas, impidió que la filosofía natural de los morfólogos
166 167

GOETHE, W.: op.cit., Cap.5.15. La teoría de la construcción unitaria de los aparatos bucales de los insectos (J.C. Savigny, 1816) y la teoría vertebral del cráneo (Goethe, 1790; Oken, 1806; Duméril, 1824; Spix, 1825).

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alemanes pudiera ejercitarse en una praxis biológica coherente. En el segundo epígrafe de este tercer capítulo, trataremos de sistematizar los esfuerzos que, en esta dirección, acometieron los botánicos y zoólogos de la Naturphilosophie y los morfólogos franceses que de un modo menos consciente les precedieron. Para la exposición general de los fundamentos filosóficos de la morfología idealista que ahora nos proponemos, hemos decidido limitar nuestro análisis a la filosofía natural de Goethe. Sin dejar de reconocer en Schelling al gran artífice del más amplio marco conceptual en el que ésta se encuadra, dados los objetivos de nuestro trabajo, el protagonismo de Goethe se nos impone: la filosofía del fundador de la morfología más tarde tildada de idealista, no sólo expresa con igual profundidad el espíritu que movía a todos sus integrantes, sino que se corresponde con una prolífica actividad científica ejercitada, además, en consciente y permanente dialéctica con la newtoniana. La filosofía natural alemana hereda la idea de la forma ajustada a un fin en los términos en los que había sido definida por Kant. Recordemos, a modo de síntesis, que la Crítica del juicio teleológico respondía al problema ontológico del desarrollo delimitado por las coordenadas en las que lo había situado la teleología metafísica del Cristianismo. Y que la solución crítica ha consistido en hacerle corresponder un tipo de juicio distinto que, a pesar de no ser constitutivo sino reflexionante, desempeña un papel decisivo como orientador de la investigación científica. Pero, sobre todo, hemos insistido en que, ante el todo orgánico, Kant sufre una especial perplejidad que le obliga a postular, aunque sea por vía negativa, la posibilidad de un entendimiento distinto que pudiera permitir al juicio determinar las formas naturales que identificamos como fines en sí mismas. En la breve exploración de esta alternativa (Schelling comentó de estas partes de la Crítica del juicio que tal vez no se habían condensado jamás en tan pocas páginas tantos y tan profundos pensamientos)168 germinará el movimiento entero de los Naturphilosophen.

1. La doble disolución ontológica y epistemológica de las antinomias kantianas.
La Naturphilosophie irrumpe en la Europa de principios del XIX como una reacción convulsa ante el reduccionismo avasallador del mecanicismo. Es bien sabido que la visión de la Naturaleza como mecanismo de relojería y la concepción de los

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Cit. en CASSIRER, E.: op.cit., p.410.

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organismos como máquinas extremadamente complejas hunde sus raíces más allá de Kant. Desde el Renacimiento, el organicismo aristotélico, profundamente debilitado por la lectura teológica, había encontrado en el modelo mecanicista un oponente cada vez más poderoso:
La nueva ciencia galileana y la mecánica de Descartes se apartarán de la filosofía de la naturaleza que rige los tratados científicos de Aristóteles, debido a que, en su propósito de instaurar una concepción unificada de los movimientos naturales, éste edificó una física categorialmente biológica. Su teoría en torno a las sustancias que son susceptibles de movimiento es una indagación sobre la razón, el orden y la lógica del movimiento natural, pero iluminada por la razón, el orden y la lógica del movimiento vital. Tal vez resulte impropio y anacrónico hablar de un intento de reducción de la física a la biología, pero lo que sí parece posible afirmar al menos es que la mirada del biólogo 169 prevaleció y abarcó la naturaleza entera .

La introducción del grabado en madera en los escritos biológicos a principios de la Edad Moderna, la teoría maquinal de la vida de los cartesianos170 y el método sistemático del primer Linneo, serán factores determinantes en el fortalecimiento de la alternativa al organicismo. Desde el punto de vista ontológico, todos ellos favorecieron la visión de las plantas y los animales como agregados de partes materiales relativamente inmutables que el mecanicismo cartesiano se encargaría de poner en conexión. Y en cuanto a las consecuencias cognoscitivas asociadas al resucitado modelo empedócleteo, la biología sufrió un radical viraje hacia la sensualización: tanto la inmutabilidad de los rasgos que presentaban los grabados como el “método natural” de Linneo ofrecían caracteres directamente asequibles a la percepción inmediata de los sentidos que parecían agotar la información necesaria para la definición de un organismo. Aun así, el factum del desarrollo continuaba demostrando una potencia suficiente como para resistir a su reducción mecánica. Y aquí es donde Kant y su “giro copernicano” aparecen en escena para ejecutar sobre el organicismo su golpe de gracia definitivo: independientemente de que la Naturaleza en general y los organismos en particular tengan, en tanto que todos, entidad propia, su esencia es incognoscible para nosotros hombres. La solución de la Naturphilosophie, el único modo de salvar la entidad ontológica de la forma biológica, consistirá en recuperar el planteamiento clásico del problema, volviendo a articular la dimensión fenoménica y esencial de la Naturaleza. El
169 170

RADL, E.M.: op.cit., pp.296-297. . GONZÁLEZ RECIO, J.L.: Teorías de la vida, pp.60-61.

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noúmeno no es, ya, para la filosofía natural romántica, un sustrato oculto más allá de los fenómenos, sino que, al contrario, se manifiesta en ellos mismos. Así rezan los versos de Goethe:
La Naturaleza no tiene ni núcleo Ni corteza, Todo lo es a un tiempo 171

Rescatada la forma orgánica de la impenetrable oscuridad de lo nouménico, la filosofía natural está ya legitimada para precisar su definición. Una definición que, además, no ha de estar sometida a las categorías del entendimiento, pues pertenece a una dimensión distinta de la realidad natural. La forma biológica que tratará de aprehender la Naturphilosophie no es la forma estática grabada en los tratados de Historia Natural de la época, sino una forma dinámica irreductible a cualquiera de los estadios que atraviesa en su desenvolvimiento. La distinción entre Gestalt (forma) y Bildung172 (formación), entre lo que está formado y fijado en el individuo y el proceso formativo como tal, es el principio fundamental de la aproximación goetheana al estudio de los organismos vivos. La “morfología” consistirá, precisamente, en un esfuerzo por llegar más allá de la Gestalt, estática, hasta la Bildung, dinámica, que constantemente crea y construye nuevas formas:
El alemán tiene la palabra Gestalt para el complejo de la existencia de un ser real. Con esta expresión hace abstracción de lo dinámico, asume que un todo interrelacionado está establecido, definido y fijado en su carácter. Pero si contemplamos todas las formas, especialmente las orgánicas, encontramos que en ningún sitio aparece algo permanente, en ningún sitio algo en descanso, algo cerrado en sí mismo, sino que más bien todo fluctúa en un constante movimiento. De ahí que nuestro idioma suela hacer abundante uso de la palabra Bildung tanto para lo producido como para lo que se está produciendo. Así pues, si queremos iniciar una morfología no podemos hablar de la forma, ya que si empleamos esa palabra sólo estamos pensando en la idea, en e concepto o en algo que en la experiencia sólo puede aprehenderse por un momento. Lo que se forma se transforma al instante, y si queremos alcanzar en alguna medida una percepción viva de la Naturaleza, tenemos que mantenernos igual de ágiles y flexibles, siguiendo el ejemplo que ella nos da173.

El concepto de evolución y, por lo tanto, de movimiento que implica la forma entendida como Bildung es, como vemos, muy distinto al kantiano. Para Kant, toda explicación causal de un fenómeno por otro se reduce en último término a que éste
171 172

GOETHE, W.: op.cit.,Cap.9.1. La palabra Bildung es un derivado del verbo bilden, que significa formar, dar forma. 173 GOETHE, W: op.cit., Cap.3.1.

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determine el lugar que aquél ocupa en el tiempo y en el espacio. No se trata de señalar el “cómo” de la transición del uno al otro, sino de establecer simplemente el hecho de la necesaria cohesión de los elementos en la cadena de la experiencia. La forma orgánica de los románticos, sin embargo, no puede descomponerse en los estadios discretos que recorren la sucesión temporal de un acontecimiento mecánico. En este sentido, el concepto de forma orgánica de la filosofía natural tiene mucho que ver con la manera en la que Aristóteles precisaba el modo singular en el que potencia y acto se conjugaban en un cuerpo vivo, cuyo ser consistía —igual que en los Naturphilosophen— en un permanente estar siendo. Pero, desde Kant, ya no es posible abordar la solución desde una perspectiva exclusivamente ontológica. En realidad nunca lo fue, como tuvimos ocasión de comprobar en Aristóteles al tratar las implicaciones gnoseológicas de los principios que gobiernan la naturaleza del estagirita. Pero es innegable que a partir de la investigación crítica del problema del conocimiento, la reflexión epistemológica cobra un papel protagonista en filosofía en general y muy en particular en filosofía de la ciencia. Así, la teoría del conocimiento de Goethe, de reconocida ascendencia platónica pero atravesada por el criticismo kantiano, hará corresponder a cada uno de los dos planos de la realidad una facultad cognoscitiva distinta. No sólo Goethe; en general, todos los Naturphilosophen mantienen la distinción que la Crítica del juicio establece entre el entendimiento discursivo y el intuitivo. Todos ellos entienden que la única manera de recuperar la cognoscibilidad del noúmeno convirtiéndolo en esencia, consiste en “rehumanizar” a la intuición. Así, sujeto y objeto vuelven a fundirse en una sola sustancia. De ahí la vuelta, incentivada por Schelling, a los textos de Espinosa, que, no en vano, había sido el oponente más respetado por Kant. Pero es Goethe quien, en esa dialéctica apasionada y constante con la física newtoniana, analiza mejor las consecuencias que para el método científico implica la teoría del conocimiento de la filosofía natural. En su enfrentamiento con la disociación kantiana entre forma teórica y materia empírica, Goethe se opone a que el científico ponga un énfasis excesivo en las hipótesis teóricas. De este modo —denuncia— el investigador impone artificialmente la forma teórica a la experiencia, cuando en realidad deberíamos ahondar en ésta hasta que la idea contenida en ella se nos manifestase: la contemplación de la Naturaleza sugiere ideas porque una observación verdaderamente contemplativa nos permite penetrar, a través de la intuición, en aquello que, de un modo creativo y espiritual, organiza la multiplicidad fenoménica: 120

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La contemplación de la Naturaleza sugiere ideas a las que atribuimos el mismo grado de certidumbre que la Naturaleza misma... un grado muy alto, de hecho; y de que tenemos derecho a guiarnos por esas ideas tanto en nuestra búsqueda de datos como en nuestros intentos de ordenar lo que hemos encontrado174.

Goethe se opone, por tanto, a la idea de verdad como adecuación que subyace a la defensa del método hipotético-deductivo, y le enfrenta una concepción de la verdad como desvelamiento que sólo requerirá el entrenamiento suficiente de los sentidos para ser hallada. En este sentido, la propia percepción humana ha de sufrir una transformación que le autorice a “ver” las formas que para Kant sólo eran “representaciones” de un intelecto necesitado de imágenes. De ahí la defensa goethiana de una “imaginación perceptiva”:
La imaginación es en primer lugar re-creativa, se limita a repetir los objetos. Además, es productiva al animar, desarrollar, extender, transformar los objetos. Añadamos a esto que podemos postular una imaginación perceptiva, que aprehende identidades y similitudes [...] Aquí se hace evidente la deseable analogía que lleva la mente a varios puntos relacionados, de forma que su actividad puede reunir lo homogéneo y lo homólogo175.

Acabamos de ver que, para Goethe, lo perceptible para los sentidos ya está formado. De ahí que, aunque pueda ayudar al científico a dirigir la vista hacia lo formativo, no pueda ser equiparado a ello, como ingenuamente creía el sensualismo. Es necesario, por tanto, emplear otra facultad, a la que llama Anschauung (percepción intuitiva), para ver a través de lo que está ya cristalizado, de las Gestalten perceptibles exteriormente, los principios formativos subyacentes que las unen en un todo vivo y coherente176. Eliminado el planteamiento prioritariamente epistemológico del problema y disuelta la separada sustancialización de lo fenoménico y lo esencial, Goethe está ya legitimado para exigir la participación de todas las capacidades humanas en la investigación científica. El entendimiento y la intuición pueden, por fin, afirmarse de manera no contradictoria, aunque en un sentido muy distinto al kantiano:

En la actividad científica, no habría que excluir ninguna de las capacidades humanas. Los abismos de la imaginación (Ahnung), la segura conciencia del presente, las profundidades matemáticas, la exactitud física, las alturas de la razón (Vernunft), la
GOETHE, W.: op.cit., Cap.6.1 Op.cit., Cap.9.7. El subrayado es nuestro. Como veremos enseguida, en esta “imaginación perceptiva” se fundamentará el método de la anatomía comparada que guiará a la nueva morfología. 176 NAYDLER, J.: notas al Cap.3.1. de Goethe y la ciencia, pp.84-85.
175 174

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agudeza del entendimiento (Verstand), la ágil y nostálgica fantasía, la amable alegría de lo sensorial, de nada se puede prescindir para una viva y fértil aprehensión del momento. Por más que estos elementos requeridos puedan aparecer, sino en contradicción, sí de tal modo contrapuestos que incluso los espíritus más excelentes no puedan esperar ponerlos en armonía, están presentes en toda la humanidad y pueden surgir en todo momento, si no son contenidos por los prejuicios, por la testarudez de los individuos que los poseen, y por todas las demás negaciones, incomprensivas, intimidatorias y mortíferas, llámense como se llamen, en el instante en que podrían ser eficaces, y su manifestación es aniquilada en su origen177.

2. Observación y Experimento.
El hombre mismo, cuando se sirve de sus sentidos sanos, es el mayor y más exacto aparato físico que puede haber, y la mayor desgracia de la física moderna es precisamente haber separado, por así decirlo, los experimentos del ser humano, y reconocer la Naturaleza únicamente en aquello que muestran los instrumentos artificiales y querer limitar y probar con ellos lo que puede hacer.178

La doble disolución ontológica y epistemológica a la que la Naturphilosophie somete a las antinomias kantianas tendrá repercusiones decisivas en sus consideraciones metodológicas. A comienzos del siglo XIX, la metodología científica se ha identificado por completo con el método hipotético-deductivo, y la crítica a la que lo somete la filosofía natural se dirime en sus dos frentes nucleares: la hipótesis teórica y el experimento. Frente a Newton, Goethe los interpreta como un doble yugo al que el científico somete a la Naturaleza, y les opone un “delicado empirismo” que no obligue a los fenómenos a comportarse como previamente esperamos que lo hagan. El método hipotético-deductivo presume, en primer lugar, que la mente humana opera en una esfera separada de la Naturaleza, formulando sus ideas y teorías desde una posición de relativo alejamiento de los fenómenos. La metodología de Goethe, en cambio, supone que el espíritu tiene la capacidad de penetrar en las esencias que los propios fenómenos exhiben. La idea de verdad como desvelamiento reduce, así, la forma teórica a la materia fenoménica, que, prácticamente, “habla” por sí misma:
La plasticidad esencial del acto de observación significa que puede ser conformado y guiado por la atención de la mente hacia lo que los fenómenos están diciendo en realidad. Así, es posible llegar a la teoría, que es al mismo tiempo una genuina penetración en el fenómeno investigado. La teoría no es algo separado de la experiencia de los fenómenos, sino que la informa y enriquece, fomentando así una incrementada sensibilidad hacia el mundo natural.179

177 178

GOETHE, W.: op.cit., Cap.9.3. Op.cit., Cap.1.1.a. 179 Ibid..

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Y puesto que “el fenómeno no es independiente del observador”, sino que “más bien está engullido por y enredado en la individualidad del mismo”180, en «El experimento como mediador entre sujeto y objeto»181, Goethe se compromete con una observación desinteresada de la Naturaleza, una cuidadosa atención a los fenómenos donde la tendencia del sujeto a ver confirmadas sus propias preferencias y apriorismos sea sometida a una constante revisión:
En la ciencia encontramos [...] innumerables intentos de sistematizar, de esquematizar. Pero hemos de dirigir toda nuestra atención a espiar el proceso de la Naturaleza, de tal modo que no la obliguemos a rebelarse imponiéndole normas coactivas, pero tampoco nos dejemos alejar de nuestro objetivo por su arbitrariedad182.

No obstante, la idea de alétheia no es tan ingenua como pudiera parecer en una primera lectura. En Goethe adquiere incluso tintes constructivos cuando, como Aristóteles, sostiene que el espíritu se aferra a principios que, una vez aprehendidos, alteran nuestra percepción de los fenómenos y la relación que, consiguientemente, establecemos con ellos a partir de entonces. Pero, sobre todo, hemos de insistir en que la observación que demanda la Naturphilosophie no es una observación incauta. La filosofía natural alemana reivindica la necesidad de la “distancia” que, a diferencia del experimento, posibilita la observación; pero al igual que el experimentador tiene que estar siempre en guardia contra la fantasía, el deseo y otras proyecciones subjetivas en el trabajo científico, advierte Goethe que también habrán de estarlo nuestras facultades cuando se orienten a la observación de la Naturaleza:
En los sentidos pon tu confianza, nada erróneo verás en la distancia, si el entendimiento en guardia pones.183

En cuanto al papel del experimento, no es de extrañar que su avasallador protagonismo provocara entre muchos de los Naturphilosophen declaraciones exageradamente reprobatorias. Es, curiosamente, el caso de John Müller, fisiólogo alemán que, poco después, se convertirá en maestro de Schwann, fundador, junto con Schleiden, de la primera teoría celular:

180 181

Op.cit., p.5.4 «El experimento como mediador entre sujeto y objeto», 1823. En GOETHE: op.cit., Cap. 4, 5 y 6. 182 GOETHE, W.: op.cit., Cap.5.3 183 Op.cit., Cap.1.2.

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El trato con la naturaleza viviente se hace por observación y experimento; la observación es sencilla, atenta, aplicada, sincera, sin prejuicios; el experimento es artificial, impaciente, caprichoso, saltarín, apasionado y poco de fiar184.

Pero, en realidad, el rechazo no vino provocado tanto por el experimento en sí mismo, como por la confianza ingenua y excluyente que le otorgaran las ciencias de la época. Hemos de tener en cuenta que el experimento se identificaba aquí de manera absoluta con el análisis empírico, y es a esta reducción donde debemos enfocar la vehemencia del antiexperimentalismo romántico: si el método científico se limita a trasladar al laboratorio el análisis matemático, entonces el objeto investigado sólo revelará su aspecto cuantitativo, pues el campo de la Matemática está restringido a lo mensurable. El método científico legitimado por la mecánica clásica es, por tanto, incapaz de ofrecer una visión completa de la realidad, porque el aspecto cualitativo de la Naturaleza, objeto privativo de la morfología, no es susceptible de medición:

La medición de una cosa es una acción tosca, que no puede aplicarse sino de manera en extremo imperfecta a cuerpos vivos. Una cosa que tiene existencia viva no se puede medir con nada que sea externo a ella, sino que, si ha de hacerse, ella misma tiene que aportar su escala de medida; sin embargo, esta escala es en extremo espiritual, y no puede ser hallada por los sentidos185.

De ahí la necesidad de que esta visión parcial de la Naturaleza que nos depara el método matemático haya de ser completada por una ciencia cualitativa como la morfología. Desde otra perspectiva, la censura de la manipulación analítica vuelve aquí a vincularse con la reivindicación de la observación: mientras que el aspecto espiritual de la Naturaleza no puede penetrarse con instrumentos sensibles, una observación contemplativa de las cualidades y de las formas que directamente encontramos en ella es suficiente para que surja una conciencia de las fuerzas formativas y de los principios ordenadores que subyacen en ellas. Si permitimos a la percepción y al entendimiento intuitivos un lugar en el método científico —dicen los Naturphilosophen—, entonces será posible una experiencia de la Naturaleza mucho más plena y completa. En concreto, Goethe se opone frontalmente a la concepción newtoniana del papel de un único experimentum crucis destinado a probar la veracidad de una hipótesis científica: el experimento único tiene poco valor aislado de otros experimentos, y nunca
184

MÜLLER, J.: “De la necesidad de una fisiología y de una consideración fisiológica de la naturaleza”, 1824, en Zur Vergleichenden Physiologie des Gesichtssinnes der Menschen und der Tiere, Leipzig, 1826, p.20. Cit en RADL, E.M.: op.cit., p.73. 185 GOETHE, W.: op.cit., Cap. IV.8.

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debería ser considerado prueba de una hipótesis; simplemente crea las condiciones bajo las cuales se produce una cierta clase de fenómenos que luego habría que conectar con otra serie de fenómenos producidos en condiciones diversas. Una vez fundamentada la conexión ontológica entre la multiplicidad fenoménica, la cuestión que inmediatamente se plantea es el modo de aprehenderla. La solución a este problema, que en el ámbito de la metafísica inauguró toda una vía de investigación de la mano de la fenomenología, encuentra en Goethe una concreción interesante en el terreno de la metodología científica. Una solución que, además, ejerció activamente en los experimentos que le llevaron a construir una teoría del color alternativa a la newtoniana186. Frente al experimentum crucis, el método goethiano consiste en dirigir una serie de experimentos en los que un conjunto de fenómenos, vistos desde varias perspectivas y manifestándose en distintas condiciones, nos revelen una conexión subyacente. Entonces —sostiene Goethe—, puede constatarse la unidad interna de las series de experimentos, como si fueran en realidad uno sólo desde una multiplicidad de puntos de vista. Una vez más, el objetivo no es tanto formular una teoría como alcanzar una experiencia “superior” de la unidad subyacente a una diversidad de percepciones187:
El objetivo supremo sería entender que todo lo fáctico es ya teoría. El azul del cielo nos revela la ley fundamental del cromatismo. No se busque nada detrás de los fenómenos: ellos mismos son la teoría.188

3. Análisis y síntesis.
Quien estudia la existencia orgánica Primero expulsa al alma con rígida persistencia Después ya puede considerar partes Y clasificar las partes que quedan en sus manos, Pero, ¡ay!, el vínculo espiritual se pierde. GOETHE, Fausto.

Cuando, en Aristóteles, investigamos las consecuencias gnoseológicas de la forma como principio, advertíamos de la desconfianza que la ciencia contemporánea había proyectado sobre la distancia entre el sujeto y su objeto de estudio en la investigación científica. Los objetos dados a escala humana, sospechosos de estar
186 187

GOETHE: Teoría del color NAYDLER, J.: notas al Cap.3.1. de Goethe y la ciencia, Cap.5.9., pp.128-129. 188 GOETHE: op.cit., Cap.6.6.

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manchados de un antropomorfismo oscurecedor, no son, para el reduccionismo corporeísta que impregna a gran parte de la ciencia actual, signos de ninguna esencia, sea ésta separada o inmanente. Al contrario, las cualidades con las que conocemos y nos relacionamos con la Naturaleza en nuestra diaria cotidianeidad, encuentran su traducción “objetiva” en la infraestructura de partículas y procesos esencialmente cuantitativos a la que sólo logra acceder el conocimiento científico especializado. Ya hemos visto que Kant legitimó filosóficamente esta concepción de la realidad natural al ver en el método analítico189 la única aplicación que el juicio determinante puede ejecutar sobre el objeto. En unas notas tituladas “Análisis y síntesis”190, Goethe aborda específicamente la cuestión del lugar del análisis y la síntesis en el trabajo científico. En ellas, no se declara en absoluto enemigo de la investigación analítica; acepta la valiosa contribución de la bioquímica al estudio de los organismos, y probablemente habría alabado los avances en microbiología del siglo XX, pero no admite que el proceso formativo de un organismo vivo pueda ser desentrañado exclusivamente mediante análisis físico-químicos:

Cuando observamos los objetos de la Naturaleza, especialmente los vivos, de tal modo que deseamos procurarnos acceso a la relación entre su esencia y su acción, creemos que el mejor modo de alcanzar tal conocimiento es separar las partes, y realmente ese camino es adecuado para llevarnos muy lejos. Hacen falta pocas palabras para traer a la memoria de los amigos del conocimiento lo que la química y la anatomía han contribuido a la comprensión y visión de conjunto de la Naturaleza.191

El problema —objeta Goethe— reside en no ser conscientes de los límites del análisis, en perder de vista, en definitiva, el objeto que estábamos tratando de explicar:
Pero esos esfuerzos de separación, cuando se prosiguen incesantemente, traen consigo también algún perjuicio. Sin duda lo vivo está dividido en elementos, pero no se puede recomponer y reanimar a partir de ellos. Esto vale ya para muchos cuerpos inorgánicos, y no digamos para los orgánicos. Por eso los científicos de todos los tiempos se han distinguido por la inclinación a reconocer las formaciones vivas como tales, a registrar, relacionadas, sus partes visibles externamente, aprensibles, a tomarlas como indicios de su interior y a dominar en cierto modo la percepción intuitiva del todo. No hace falta extenderse en explicar lo cerca que esta pretensión científica está del impulso artístico y del impulso imitativo.

189

Cuando a partir de ahora hablemos de “análisis” nos referimos a su acepción metodológica: el análisis como la división empírica de un todo en sus partes constituyentes. 190 Escritas en 1829 fueron publicadas a título póstumo por vez primera en 1833. 191 GOETHE: op.cit., Cap.3.4.

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De ahí que a lo largo de la historia del arte, del conocimiento y de la ciencia haya habido varios intentos de fundar y desarrollar una disciplina a la que podemos llamar morfología.192

El método analítico ha de ser, para Goethe, el medio a través del cual descubrir las síntesis erróneas y alcanzar las correctas. En este sentido, el análisis por sí solo es inútil, a no ser que se acometa dentro del contexto general del establecimiento de una comprensión sintética del todo: “Lo principal, en lo que parece que no se piensa cuando se aplica en exclusiva el análisis, es que todo análisis presupone una síntesis.”193 De nuevo, esta alternativa había sido ya contemplada por Kant. Recordemos que en nuestro epígrafe dedicado a la subordinación de la materia a la forma, la Crítica del juicio admitía que, en el caso de que la forma del todo gobernase la configuración de lo fenoménico, la causalidad final tendría, necesariamente, que anteceder a la mecánica. Luego podrá suponerse que la defensa goethiana de la prioridad epistemológica del método sintético, sólo puede sostenerse afirmando, previamente, que en la Naturaleza se produce, en efecto y constantemente, ese doble proceso de análisis y síntesis:

Dividir lo unido, unir lo dividido, es la vida de la Naturaleza; es la eterna sístole y diástole, la eterna sincrisis y diacrisis, la inspiración y espiración del mundo en el que vivimos, nos movemos y somos194.

Y que, en esa dialéctica que gobierna la naturaleza orgánica, el todo es siempre, como también lo fue para Aristóteles, anterior a las partes que lo componen. De modo que, aunque el trabajo analítico nos ofrece una percepción transparente de los elementos materiales constituyentes, el objetivo último de la empresa científica ha de situarse en la percepción de la unidad subyacente que los vincula; una unidad que habrán de expresar, precisamente, las leyes que comprimimos en las teorías o hipótesis científicas. La filosofía natural fundamenta, así, su desconfianza en la capacidad de la química de desentrañar los procesos vitales sin alterarlos:
[L]a química moderna se basa principalmente en separar lo que la Naturaleza había unido; eliminamos la síntesis de la Naturaleza para conocerla en elementos separados. ¿Qué otra cosa es un ser vivo sino una síntesis superior, y para qué nos atormentamos con la anatomía, la fisiología y la psicología si no es para formarnos en

192 193

Ibid. Op.cit., Cap.3.9. 194 Op.cit., Cap.2.8.

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alguna medida un concepto del complejo que resulta siempre, por muchas partes en que lo hayamos decompuesto?195

La anterioridad ontológica del todo con respecto a las partes, de la síntesis frente al análisis, se traduce, por tanto, en la prioridad epistemológica de la razón (idea superior intuitiva y sintética) frente al entendimiento (comprensión analítica ordinaria): a través de la minuciosa observación de las estructuras y procesos físicos, debería ser posible alcanzar una percepción más íntima de la fuerza formativa de la que éstos no son más que manifestaciones.

4. El fenómeno primigenio.
Probablemente, el concepto que mejor expresa la idea de verdad manejada por la filosofía natural es el del “fenómeno primigenio”, porque su entidad abarca tanto a la idea como a la experiencia sensorial: aunque se aprehende en esta última, se encuentra más allá de ella, como una cualidad ideal que informa un fenómeno o grupo de fenómenos. Especialmente en el caso de la forma orgánica, “[n]ingún ser orgánico se corresponde por entero con la idea que subyace en él. La idea superior se esconde detrás de cada uno de ellos.”196 El fenómeno primigenio —dice Goethe— se da cuando un grupo o secuencia de fenómenos revela una coherencia interna subyacente que es aprehendida por el intelecto en un momento de comprensión intuitiva. Se trata, por tanto, no de una “representación” (como creía Kant), sino de una “manifestación” del ámbito espiritual de los fenómenos observados por los sentidos. Para Goethe, la aprehensión intuitiva del fenómeno primigenio es un tipo de experiencia superior al que normalmente alcanzamos en nuestra observación de la Naturaleza. Es, de hecho, la experiencia más elevada a la que un científico puede aspirar, pues permite al observador comprender la Naturaleza desde la perspectiva de su unidad más profunda. La Naturphilosophie amplía, así, los límites que Kant había impuesto a nuestro conocimiento: “Cuando el fenómeno primigenio nos maravilla, nos deja satisfechos. No podemos permitirnos una experiencia que vaya más allá de ésta, y es fútil tratar de encontrarla.” 197

195 196

Op.cit., Cap.3.9. Op.cit., Cap.7.11. 197 Op.cit., Cap.7.9.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

5. El debate reduccionismo/antirreduccionismo en tiempos de la morfología idealista.
Podrá imaginarse que, en el marco del debate entre reduccionismo y antirreduccionismo, la filosofía natural romántica sólo puede declararse

antirreduccionista tanto en sus compromisos ontológicos como en sus estrategias cognoscitivas. Al “recuperar” la formulación clásica del problema, al disolver la frontera entre sujeto y objeto y plantear la dialéctica en términos de fenómenos y esencias, el postulado de “irreductibilidad” vuelve a ser tanto epistemológico como ontológico. De ahí que Goethe, para quien la sutil complejidad de la Naturaleza exige de nosotros la máxima flexibilidad y apertura interiores a sus múltiples fenómenos, juzgue imposible mantenerse de forma rígida dentro de los límites de una sola forma de conocimiento. En el marco estrictamente científico, un fenómeno dado puede ser aprehendido desde diferentes perspectivas que se identifican, a su vez, con toda una gama de disciplinas distintas pero complementarias. La diferencia entre ellas no radica, por tanto, en que se dirijan a regiones ontológicas distintas, sino en el grado en el que emplean las facultades humanas más íntimas de pensamiento, imaginación e intuición creativa. Para la filosofía natural, cada una de las formas de observación humana tan sólo es sensible a una dimensión de las múltiples existentes en la Naturaleza. Y cuanto más amplio sea el conjunto de visiones que adoptemos, tanto más completa será nuestra percepción y, consecuentemente, nuestra comprensión de ella. No obstante, dada la subordinación tanto ontológica como epistemológica del análisis a la síntesis, la topografía que Goethe imagina del panorama disciplinario no es la de una naturaleza entrecruzada por vías de investigación igualitarias. El cuadro científico que, en general, nos depara la filosofía natural es el de un árbol jerárquico en el que la Morfología ocupa el rango más elevado.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

II. Forma y Ontología: la forma de los organismos.
1. Todo y parte.
1.1. El todo como Naturaleza.

La idea de Todo/Parte se bifurca también entre los Naturphilosophen en la doble vertiente que ya señalamos en Kant. En un sentido muy espinosista, la Naturaleza aparece, en primer lugar, como una entidad cerrada cuyas partes serían, en realidad, manifestaciones de una unidad subyacente:
La Naturaleza, por múltiple que pueda ser en sus manifestaciones, es, sin embargo, siempre una entidad simple, una unidad; y así, aunque se manifieste en una parte, todo el resto tiene que servir de base para esa parte, y la parte tiene que estar relacionada con todo el resto198.

Desde una perspectiva más restringida pero inspirada también en el paralelismo macrocosmos/microcosmos, la teoría de la recapitulación de Oken y Kieser (1806) consideró al reino animal en su totalidad como un gigantesco organismo cuyas partes especializadas se hicieron corresponder con cada una de las especies animales. Este tipo de especulaciones estaba condenado desde el principio a quedar en eso, en pura especulación. Independientemente del compromiso ontológico que la morfología idealista entablara explícitamente con la idea de un todo natural, en la práctica sólo podía funcionar como idea regulativa en el sentido más puramente kantiano. Hoy la imagen de una naturaleza unitaria y autónoma renace en la literatura cada vez más abundante sobre Gaia, que en un inesperado resurgimiento del ser parmenídeo, vuelve a ver en la Tierra entera a un organismo autónomo199. No podemos dejar de señalar las concomitancias entre este movimiento y el idealismo romántico en tanto que reacciones desesperadas ante los reduccionismos fisicalistas de sus respectivos tiempos. No obstante, lo que interesa a los objetivos de nuestro trabajo son los presupuestos teóricos que subyacen a esta concepción del todo como Naturaleza y que afectarán también (ahora o más adelante) a la idea de forma en biología.

198 199

Op.cit., Cap.6.8. LOVELOCK, J.: Gaia: Una nueva visión de la vida sobre la tierra, 1979. Cit. En LEWIN, R.: Complejidad. El caos como generador del orden, Tusquets Ed., Barcelona, 2002, p.138.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

En primer lugar, la idea del todo como Naturaleza aparece como presupuesto necesario para sostener la tesis del gradualismo, común a todos los Naturphilosophen:
Emprenda lo que emprenda la Naturaleza, sólo puede hacerlo realidad en una secuencia. Nunca da un salto. Por ejemplo, no puede producir un caballo si éste no viene precedido de todos los animales por los que asciende a la estructura del caballo, como por los peldaños de una escala. Así, cada cosa existe en aras de todas las cosas, y todas en aras de ella; porque el uno es también el todo. La Naturaleza, a pesar de su aparente diversidad, siempre es una unidad, un todo; y así, cuando se manifiesta en cualquier parte de ese todo, el resto tiene que servir de base para esa particular manifestación, y esta última tiene que tener una relación con el resto del sistema.200

El principio clásico de la continuidad natural, condensado en la fórmula “Natura non facit saltus”, había sido ampliamente desarrollado por Leibniz201, referencia obligada en las fuentes filosóficas del idealismo romántico. Al hablar de la conjugación kantiana entre todo y parte vimos ya que el gradualismo, junto con todos aquellos principios que querían resumir el modo en el que la Naturaleza se autogobierna, había quedado reducido a idea regulativa. Lo interesante de la Naturphilosophie es que, al recuperar la autónoma existencia de la forma orgánica, concreta también la formulación metafísica de la continuidad natural en el campo biológico. No es otra la tesis que subyace a la concepción morfológica de los cuerpos naturales, tanto en lo que afecta a la forma de su unidad como a la forma de las diferencias que los separan. En su acepción más restringida, el gradualismo se aplica a series determinadas de órganos, subrayando, como veremos, la dependencia continua entre las partes anatómicas del cuerpo vegetal o animal. En segundo lugar, la latencia de este principio en el estudio de las diferencias interespecíficas, explica las construcciones morfológicas de las “escalas naturales”, donde las formas orgánicas aparecen como modificaciones graduales de otras formas primigenias, ya sean éstas subyacentes o primeras en el tiempo. En este ámbito, el gradualismo creó divergencias importantes entre los defensores del “plan de organización”. Los más extremos, como St. Hilaire, aceptaron un solo organismo primigenio a partir del cual se derivarían todos los demás por diferencias cuantitativas. Otros, más apegados a la investigación empírica, como Linneo o Cuvier, postularon un número mayor de tipos originarios.

200 201

Op.cit., Cap.3.20. Cfr. «Prefacio» a los Nouveaux essais sur l'entendement humain, 1703-1705.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

En segundo lugar, y a la luz de las implicaciones biológicas que hoy empieza a demostrar la teoría de los fractales de Mandelbrot202, queremos rescatar la idea romántica de que la parte contiene al todo. “Para buscar acomodo en el todo —dice Goethe— hay que aprender a descubrirlo en la más pequeña de sus partes”203. Es en este sentido en el que hemos de comprender el arquetipo goethiano, a menudo acusado de no ser más que una traducción del platónico. En realidad, —acabamos de verlo al hablar del fenómeno primigenio—, no es ni un ancestro común (como lo será en las lecturas filogenéticas de la forma orgánica) ni un hecho abstracto detrás de la pluralidad, sino la propia dimensión interna del fenómeno. La pluralidad aparece, así, dentro del uno en tanto que manifestación suya, y no como un conjunto de partes componentes:

Esta forma concreta de unidad es una y muchas al mismo tiempo, lo cual permite diversidad dentro de la unidad, mientras que la forma abstracta de la unidad excluye la diversidad y sólo permite la uniformidad204.

Por último, la idea romántica del todo como Naturaleza anticipa, también, el concepto de “emergencia”:
[L]a unión también puede producirse en un sentido superior, cuando lo dividido primero se intensifica y con la unión de sus partes intensificadas produce un tercero, nuevo, superior e inesperado205.

Ya dijimos en nuestro primer capítulo que la articulación aristotélica de los diferentes planos en los que la materia se configura demostraba una potencia explicativa muy superior a la posibilitada por el carácter puramente descriptivo del concepto de emergencia. Pero no podemos dejar de señalar la recurrencia de las ideas filosóficas que una y otra vez parecen habérseles impuesto a todos aquellos que han tratado, o bien a la Naturaleza en general, o bien a los organismos en particular, en términos de todo y parte.

202 203

MANDELBROT, B.: Los objetos fractales, Tusquets Ed., Metatemas 13, Barcelona, 2000. GOETHE, W.: op.cit., Cap.3.17. 204 BORTOFT, H.: «Prólogo» a Goethe y la Ciencia, p.17. 205 GOETHE: op.cit., Cap.3.7.

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1.2. El todo como organismo.

Ahondando en el carácter recurrente de las ideas que acabamos de señalar, el modo en el que la Naturphilosophie define la singularidad del cuerpo orgánico frente a otros cuerpos, sean naturales o artificiales, se mantiene prácticamente idéntico al de Aristóteles. Y es que la subordinación interna de las partes conformadoras del todo se ha convertido en una invocación invariable frente al mecanicismo. Valgan para ilustrar su permanencia, en este momento histórico, dos citas de Schelling y Goethe:

[N]inguna de sus partes singulares pudo surgir fuera de ese todo, y ese todo a su vez sólo consiste en la relación de acción recíproca entre sus partes. En cualquier otro objeto las partes son arbitrarias, sólo están ahí en la medida en que yo parto y divido. Sólo son reales en los seres organizados; existen sin que yo ponga nada de mi parte, porque entre ellas y el todo hay una relación objetiva206. El principal concepto que, me parece a mí, tiene que subyacer en toda observación de un ser vivo, y del que no debemos apartarnos, es que sea autónomo en sí mismo, que sus partes guarden una relación necesaria, que nada sea mecánico, por así decirlo construido y producido desde fuera, aunque las partes actúen hacia fuera y se vean afectadas desde fuera207.

Vimos que también Kant reconocía honestamente esta singularidad y que fue ella, precisamente, la que le condujo a la necesidad de postular la posibilidad de un entendimiento intuitivo. Pero el giro epistemológico ya ejecutado en la Crítica de la Razón Pura le impidió abordar, por haberse demostrado irrelevante, un análisis de la relación entre el todo y sus partes algo más minucioso que esa genérica subordinación de las unas al otro. La filosofía natural alemana, que, como acabamos de demostrar, recupera para la ontología el problema de la forma orgánica, vuelve a hablar en un sentido bastante próximo al aristotélico, de partes homogéneas y heterogéneas. En la terminología goethiana, las partes formales se corresponden con las partes “anatómicas” y las partes materiales con las “similares”:
Si dividimos a un organismo en sus partes anatómicas, y estas partes a su vez en aquellas en que se pueden separar, acabamos por llegar a los comienzos que han sido llamados partes similares. No hablaremos aquí de ellas; más bien llamaremos la atención sobre una máxima superior del organismo que expresaremos de la siguiente forma: todo ser vivo no es un individuo, sigue siendo una acumulación de seres vivos autónomos, iguales en su idea, en su disposición, pero que pueden ser iguales o
206 207

En LEYTE, A: Escritos sobre filosofía de la naturaleza de Schelling, Madrid, Alianza, 1996, p.82 GOETHE, op.cit., Cap.3.15.

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similares, desiguales o disímiles en su apariencia. En parte estos seres ya estaban originariamente unidos, en parte se encuentran y se reúnen. Se dividen y vuelven a buscarse y causan así una producción infinita de todas las maneras y en todas las direcciones208.

Aunque Goethe no desarrolló una ontología como la aristotélica ni un proyecto de definición de las especies animales de magnitud y precisión lejanamente similares, la medida que ofrece de la complejidad vegetal o animal demuestra evidentes concomitancias con la aristotélica:

Cuanto más imperfecta es la criatura, tanto más se asemejan o parecen esas partes, y tanto más se parecen al todo. Cuanto más perfecta es la criatura, tanto más desiguales son las partes entre sí. En aquel caso el todo es más o menos igual a las partes, en éste el todo es distinto de las partes. Cuanto más similares son las partes entre sí, tanto menos subordinadas están unas a otras. La subordinación de las partes indica una criatura más perfecta209.

Veíamos que, en Aristóteles, un animal era más perfecto cuantas más diferencias específicas fueran necesarias para la definición de su esencia. Y puesto que las diferencias eran siempre diferencias formales concretadas materialmente, no es arriesgado interpretar que la sugerencia goetheana de medir la perfección en función del parecido de las partes de un organismo es bastante equiparable.

2. La forma de los organismos.
Identificado el carácter distintivo de los cuerpos orgánicos con la singularidad irreductible de su morfología, la centuria que media entre las segundas mitades de los siglos XVIII y XIX aparece recorrida por proyectos de investigación que, desde todos los frentes, tratarán de definir, primero, la singularidad de la forma orgánica para explicar, después, el modo en el que ésta da cuenta de las semejanzas y diferencias que observamos en los reinos animal y vegetal. Hemos incluido aquí no sólo a los integrantes de la filosofía natural alemana, sino también a todos aquellos botánicos y zoólogos, mayoritariamente franceses, que les precedieron en su concepción morfológica del organismo. Hasta ahora no hemos hablado de ellos porque su trabajo biológico no se corresponde con una reflexión previa sobre los fundamentos filosóficos de su proceder científico. La mayoría adoptó el
208 209

GOETHE, W.: op.cit., Cap.3.14. La cursiva es nuestra. Ibid.

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criterio morfológico en su construcción de sistemas clasificatorios de animales o plantas; y fue la propia praxis biológica la que les condujo a enfrentamientos teóricos con taxonomías no morfológicas como la linneana que los Naturphilosophen integraron después en los fundamentos de su filosofía natural. No obstante, veremos que tanto unos como otros terminaron introduciendo, tanto en la teoría como en la práctica, consideraciones fisiológicas que acabarían mermando el proyecto originario de la anatomía comparada. Hemos visto que tanto en Kant como en los Naturphilosophen la causalidad final se distingue de todas las demás categorías en que, mediante ella, se afirma un nuevo tipo de “unidad de lo múltiple” en la que el todo no es ya un conglomerado de partes, sino su fundamento originario. Y que, mientras en la investigación crítica la “sujeción formal a un fin” no constituye un nuevo aspecto de los fenómenos, sino la coincidencia de éstos con los postulados de nuestro entendimiento, en la filosofía natural, la forma orgánica, en tanto que dimensión interna de la multiplicidad fenoménica, puede ser aprehendida por la intuición. La única vía crítica de legitimar el estatus científico de la historia natural consistía en concebir la heterogeneidad en que se nos presentan las formas naturales como una variedad creada y no dada. Decíamos que esta distinción, inspirada en el paralelismo conceptual entre el todo geométrico y el todo orgánico, contenía las dos grandes líneas en las que se bifurcará la interpretación morfológica de las clases animales y vegetales. Los morfólogos, franceses y alemanes, tratarán de reducir la diversidad orgánica a un número limitado de tipos morfológicos subyacentes; la historia natural legitimada por la Crítica investigará la variedad orgánica en tanto que resultado de una evolución histórica, entendiendo por evolución un proceso mecánico.

2.1. Las formas orgánicas como variedad dada: la afinidad formal como afinidad geométrica. 2.1.1. La forma como simetría de las partes. Pyrame de Candolle (1778-1841), estudiado con entusiasmo por los filósofos naturalistas alemanes, fue uno de los pioneros de los proyectos clasificatorios de los Naturphilosophen. De Candolle parte de la tesis de que muchos de los órganos animales no sirven a una función determinada y que su existencia ha de responder, por tanto, a una ley natural que él cifrará de carácter geométrico:

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

[E]n infinidad de casos se ofrecen formas semejantes a las que sirven para una función determinada; pero no se ejercitan, y la naturaleza parece haber obrado en esos casos, como en el reino animal, por principio de formación simétrica, produciendo formas totalmente inútiles... Todas esas son formaciones que sólo podemos explicarnos por la ley natural 210.

A partir de aquí, De Candolle pretende construir el sistema natural sobre el conocimiento de los órganos y sus relaciones mutuas, pues “[e]l lugar y posición de las partes es el punto de vista supremo.”211 En realidad, la reducción de la simetría de las partes a las relaciones de posición, hace que el contenido morfológico de este sistema sea bastante pobre. La regularidad de la distribución de los órganos animales a partir de ciertos ejes de simetría ya había sido advertida por Aristóteles cuando interpretó como principios naturales el arriba y el abajo, el delante y el detrás, lo derecho y lo izquierdo. La debilidad de la sistemática de De Candolle reside en que se queda en esto, sin entrar a valorar la propia morfología de los órganos: siempre que las circunstancias de posición relativa están reguladas por el mismo plan —dice—, ofrecen los órganos un lugar de semejanza absoluto, independientemente de su forma particular. Así, en el caso de las plantas, para cada una de las clases en las que las agrupamos hemos de conocer, en primer lugar, el plan de simetría, que servirá de base a toda teoría de las afinidades naturales. No obstante, hay una novedad destacable en esta singular topografía de las formas naturales: afirma De Candolle que para poder juzgar un órgano morfológicamente es preciso investigar tanto su simetría como sus relaciones con otros órganos o con toda la planta. Y aquí es donde introduce la diferencia fundamental entre lugar absoluto y lugar relativo. No basta, por ejemplo, saber que, en una especie vegetal determinada, las anteras se encuentran en la base del fruto (lugar absoluto); hemos de considerar también si se alternan con las hojas de la corola o son opuestas a ellas (posición relativa). La distinción entre posición absoluta y relativa demostrará una fertilidad importante en los trabajos de la morfología idealista. Sin embargo, la completa abstracción de todas las modificaciones de las formas orgánicas, acaba comprimiendo a

210

DE CANDOLLE, A.P. y SPRENGEL, K.: Fundamentos de la botánica científica, p.148, cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.299-300. 211 DE CANDOLLE, A.P.: op.cit., p.165. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.300.

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estas últimas en “puntos masa”, revelándose inevitablemente insuficiente como criterio tanto definitorio como clasificatorio de las diferencias específicas.

2.1.2. La forma como combinación de partes formales.

Los primeros proyectos clasificatorios de tipo morfológico aparecieron en el campo de la botánica. Bernard de Jussieu, A.L. de Jussieu y Michel Adanson construyeron sus taxonomías vegetales a partir de la comparación de las partes formales de distintas especies. Bernard de Jussieu (1699-1776), encargado de la catalogación de las plantas del jardín botánico de Trianon, fue pionero en la introducción de un sistema vegetal natural dispuesto conforme a las afinidades anatómicas. Su trabajo clasificatorio fue difundido y enriquecido posteriormente por su sobrino A.L. de Jussieu (1748-1836), que se propuso, además, la definición de las familias vegetales a partir de caracteres ordenados jerárquicamente. Michel Adanson (1727-1806) enfrentó también la concepción morfológica del organismo al tipo de descripción linneana. Su método consistió en localizar los órganos compartidos por diferentes plantas y en tratar después de sistematizar sus modificaciones particulares. Partiendo de las variaciones de un solo órgano, clasificó todas las plantas y, a partir de él, estableció las relaciones de afinidad entre ellas. Repitió el proceso con cada uno de los órganos vegetales y obtuvo, así, una serie de sistemas que comparó entre sí. En función de la superioridad numérica de los sistemas en los que las especies se aproximasen, quedaba establecido un grado también mayor de afinidad. En el campo zoológico, D’Azyr y St. Hilaire acometieron los esfuerzos más destacados en la elucidación de las formas animales a partir de sus partes anatómicas. En su Discurso acerca de la anatomía212, Felix Vicq d’Azyr (1748-1794) desarrolla los fundamentos teóricos de una biología absolutamente morfológica. Acabamos de comprobar cómo los botánicos franceses habían recuperado el método comparativo para la construcción de sistemas naturales fundamentados en la semejanza morfológica entre los órganos de diferentes especies vegetales. Vicq d’Azyr admite la fertilidad de esta vía de investigación, pero orienta la anatomía comparada hacia una nueva y reveladora dirección que vincula el estudio de la forma orgánica con la investigación de la

212

VICG D’AZYR: Discours sur l’anatomie, Oeuvres Y, IV, p.1. Cit. en RADL, E.M.: op.cit.

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diferencia interespecífica: la morfología no sólo tendrá que comparar los órganos semejantes de diversos animales (la mano del hombre y la pata del caballo), sino también, partiendo del “principio de la correlación de las formas”, los órganos distintos pero de estructura análoga que encontramos en una misma especie (la mano y el pie del hombre). Recordemos que, al hablar de los órganos sexuales, Aristóteles había advertido ya que la modificación de ciertas partes formales del cuerpo animal conllevaba la transformación simultánea de otras partes asociadas a ellas. D’Acyr no se distingue por la minuciosidad de sus investigaciones empíricas, pero al establecer la subordinación conceptual entre órganos internos y externos concreta conceptualmente el principio de dependencia formal: los órganos externos (que sirven sobre todo para la locomoción) y los internos (necesarios para la nutrición, sensación y reproducción) se corresponden entre sí y no pueden experimentar cambios esenciales sin que recíprocamente participen los otros en ellos. Geoffroy St. Hilaire (1772-1844) hace residir en el plan constructivo de los animales el principio fundamental de la morfología: cada organismo constituye una unidad cerrada cuyas partes se encuentran relacionadas regularmente entre sí de manera que se determinan unas a otras, como los planos de los cristales. Este principio general se concreta, a su vez, en dos leyes morfológicas particulares: la “afinidad electiva de los elementos orgánicos”, referida al modo en el que los materiales se ordenan entre sí para construir un órgano, y la “ley del equilibrio orgánico”, que establece que ninguna parte del cuerpo logra un desarrollo excesivo sin que otra parte sufra modificaciones proporcionales. Con ella se recupera el “principio de compensación” aristotélico, según el cual “siempre la naturaleza frente al exceso de una parte ingenia una ayuda asociada de la parte contraria, para que una equilibre el exceso de la otra” (PA 652a 31-33). En la misma línea, sostiene Georges Cuvier (1769-1832) la teoría de la correlación de las formas:
Todo animal constituye un sistema único, cerrado en sí mismo, en el cual todas las partes (primero) se hallan atenidas estructuralmente unas a otras y (segundo) cooperan a una actividad unitaria conjunta del cuerpo, según relaciones regulares. Ninguna parte puede cambiarse, sin que se cambien las demás, y de este modo cada parte determina a las demás.

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2.1.3. La forma como figura geométrica.

Acabamos de ver en el epígrafe anterior que el principio de correlación de las formas de Vicg d’Acyr encuentra en St. Hilaire una concreción material interesante. Lamentablemente, esta preocupación desaparece entre la serie de morfólogos idealistas que, posteriormente, recuperaron la hipótesis de la afinidad formal ensayada por la morfología francesa. La composición material del organismo y su relación con la forma que la delimita no despierta ya interés alguno en biólogos como Bronn, Dutrochet o Ensenbeck. No obstante, la forma orgánica entendida como forma geométrica, alcanza aquí su expresión más acabada. Lejos de ver en ella un mero entrecruzamiento de ejes de simetría, el ideal compartido por esta tríada de biólogos románticos, consistió, como veremos inmediatamente, en hacer corresponder las partes formales de los organismos con figuras geométricas. El proyecto del zoólogo y paleontólogo alemán H.G. Bronn parece una reexposición del Timeo platónico. Sus Estudios morfológicos213 suponen que los animales son resultado de una progresiva diferenciación de otras formas más simples: los mundos del universo están gobernados por la forma esférica; el reino inorgánico revela sus leyes de simetría en los cuerpos cristalizados; las distintas especies de plantas no son más que variaciones de la forma ovoide: sus dos polos, representados por la raíz y la copa, puntualizan los extremos de un eje vertical desde donde se extienden las ramas en todas las direcciones; finalmente, los animales constituyen una gradación jerárquica de diferenciación morfológica: la base inferior de la pirámide la ocupan los organismos sin forma fija (amorfozoos), el tronco los animales radiados y la cúspide los bilaterales, simétricos en relación a la derecha y la izquierda pero asimétricos delante y detrás, arriba y abajo. Con un espíritu similar al de Bronn, Dutrochet214 enseñaba en Francia que las plantas más sencillas (celulares) tenían forma esférica; las más desarrolladas, provistas de raíz y tallo, serían bipolares con sección homogénea circular (monocotiledóneas) o radiada (dicotiledóneas). En las formas inferiores de los animales, reinaría también el círculo; en las superiores, la polaridad.

BRONN, H.G.: Estudios morfológicos referentes a los seres naturales en general y a los orgánicos en particular, Leipzig y Heidelberg, 1858. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.22. 214 DUTROCHET: Memoria de la Academia de Ciencias de París, 1819. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.22.

213

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Fue el botánico alemán Nees V. Ensenbeck215 quien llevó a su punto culminante la concepción geométrica de la naturaleza orgánica; su Doctrina morfológica general de la naturaleza, publicada en 1852, está dedicada a la reducción de las formas orgánicas, particularmente vegetales, a esquemas geométricos que siguen el orden de los Elementos euclidianos. Su búsqueda del punto, de la línea, del plano, y, finalmente, de las formas de los volúmenes, se convierte en un escudriñamiento artificioso que revela la impotencia de la matemática clásica para dar cuenta de la flexibilidad de las formas naturales.

2.1.4. La forma como “morfotipo”.

De entre todos los morfólogos franceses, St. Hilaire puede considerarse el representante más paradigmático de una filosofía natural francesa. Si no lo hemos incluido al hablar de los presupuestos teóricos de la morfología idealista es porque, como él mismo reconoce, sus especulaciones biológicas no se fundamentan en una previa reflexión filosófica fundamental216. De todos modos, aún ciñéndonos a las ideas que se desprenden de sus reflexiones biológicas, la diferencia más notable con respecto a la filosofía natural alemana reside en la ausencia del concepto de tendencia217. Mientras que St. Hilaire concibe a las formas orgánicas como figuras geométricas, para los morfólogos idealistas la naturaleza tiende a asumir formas determinadas y a pasar de unas formas a otras. De este modo, queda introducido un elemento dinámico prácticamente ausente en los proyectos morfológicos de la biología que precedió e inspiró a los Naturphilosphen. Con el tiempo, este elemento dinámico acabó identificándose con la función, menoscabando, así, el sentido originario de la morfología. Aunque por motivos de orden mucho más pragmático, esto les había sucedido ya a muchos de los morfólogos franceses. A falta de instrumentos matemáticos adecuados, la concepción exclusivamente fisiológica del reino animal parecía inevitable.

a) La teoría espiral de las plantas.
215

ENSENBECK, N.V.: Doctrina morfológica general de la naturaleza, 1852. Cit. en RADL, E.M., op.cit., p.22. 216 ST. HILAIRE: Fragments sur la Nature, Courtint-Encyclopédie moderne, 1829. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.326. 217 Cfr. RADL, E.M.: op.cit., p.326.

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La concepción dinámica de la forma orgánica encuentra su expresión más acabada en la teoría espiral de las plantas. Frente al carácter estático de las figuras geométricas euclidianas, la forma espiral, aplicada no ya a la morfología de la planta adulta sino al crecimiento de las hojas a lo largo de su vida entera, recoge ese sentido aristotélico del cuerpo orgánico como un permanente “estar siendo”. Desde antiguo, se había observado que las hojas de muchas plantas crecían en el tallo siguiendo una espiral. Bonnet fue el primer naturalista en describirla, pero es Goethe, en «Sobre la tendencia espiral de la vegetación», quien procura demostrar de manera más estricta que, al crecer, los vegetales siguen en parte la tendencia vertical y en parte la espiral. En sus «Notas preliminares para una fisiología de las plantas», Goethe aboga por una fisiología basada en una mejor comprensión de las bases físico-químicas de la vida. Esta investigación no agota, sin embargo, la entidad de un ser vivo. Es preciso considerar “el todo en tanto que vive y actúa y esta vida se somete a una fuerza espiritual”. Y aquí es donde interviene la teoría espiral de la vegetación: la tendencia vertical se revela en el crecimiento rápido hacia arriba; la espiralidad, tanto en los pequeños órganos de las plantas (los vasos espirales), como en la disposición del cuerpo entero, en el orden de las hojas florales, en el botón, o en el modo en el que se arrolla el tallo a los soportes fijos. Los botánicos Karl. B. Schimper (1803-1867) y A. Braun concibieron todavía más concretamente la idea de la espiralidad, demostrando que la disposición de las hojas sobre el tallo podía ser expresada matemáticamente. En el contexto más amplio del romanticismo alemán, este tipo de hallazgos provocó especulaciones poéticas de lo más arriesgadas. Entre otros, Leising afirmó que aquella expresión matemática representaba un caso especial de la ley de la sección áurea y que, por consiguiente, el cuerpo vegetal, como toda creación artística, estaba construido conforme a las leyes estéticas. El peligro que amenazaba a la vinculación romántica entre Arte y Naturaleza ya había sido advertido por Kant:

Pero si queremos desde las formas de los objetos de la experiencia, es decir, de abajo a arriba (a posteriori), ya que en ellas creemos encontrar finalidad, apelar para explicarlas a una causa que efectúa según fines, entonces explicaremos tautológicamente y engañaremos a la razón con palabras; esto sin contar que allí donde, con ese modo de explicar nos perdemos en lo transcendente, en regiones donde el conocimiento de la

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naturaleza no nos puede seguir, la razón es llevada a exaltarse poéticamente, cosa que tiene que evitar, porque evitarlo es su determinación principal (KU, § 77)218

Pero independientemente del descrédito que sus aplicaciones estéticas acabaron infundiendo a la teoría espiral, su fracaso se explica también en virtud de razones puramente internas: sólo por aberraciones pudo aplicarse a las hojas envainadoras y abrazadoras y, además, consideraba tan sólo la forma de la planta adulta, sin tener en cuenta su desarrollo embrionario. En 1868, encarnando ese giro hacia el mecanicismo que orientó desde entonces a la ciencia biológica, W. Hofmeister trató de reemplazar la teoría morfológica del crecimiento vegetal por una explicación exclusivamente mecánica. En 1878, S. Schwendener llevaba esta investigación hasta sus últimas consecuencias.

b) El plan de organización: una cristalografía de los animales.

Acabamos de ver cómo el paralelismo conceptual entre las formas geométricas y las formas animales fue interpretado por la morfología idealista en un sentido sincrónico y no diacrónico, como hiciera Kant. Lo mismo puede decirse de la comparación entre el modo de construcción de los cristales y la organización de los cuerpos orgánicos, analogía predilecta entre los fundadores de la morfología: del mismo modo que existe una relación genética entre las formas de los diversos cristales de un sistema cristalográfico, debía haber también un parentesco morfológico entre los diferentes animales y plantas:

La historia de la morfología animal demuestra una especie de parentesco genético, en el sentido de que vienen a la vida en la sucesión correlativa de su perfección; no se trata de un parentesco de consanguinidad directo por herencia, como se ha supuesto sobre la base de falsas interpretaciones de los resultados de la historia evolutiva, sino de un parentesco de las formas, análogo al que existe entre los diversos cristales de un mismo sistema cristalográfico, entre sí combinados, un parentesco morfológico basado sobre diferentes maneras de emplear elementos del mismo valor.219

En el ámbito metodológico, esta analogía se tradujo en la defensa de la anatomía comparada: así como en la cristalografía se reducen los caracteres morfológicos del cristal a un esquema, ejes y planos de simetría obtenidos por comparación, de igual
La cursiva es nuestra. RÜTIMEYER, L.: Morfología e Historia del esqueleto de los vertebrados, 1856. En Obras menores, I, p.58. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.22.
219 218

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modo se propuso aquella morfología hallar para cada género y especie su esquema a través de la “anatomía comparada”. Fue Kant quien advirtió primero ese paralelismo entre un cristal y un cuerpo orgánico, alertando, también, de la fertilidad del método comparativo. Pero el proyecto al que orientó este proceder fue muy distinto al de la Naturphilosphie. Ya dijimos que mientras ésta veía en la afinidad formal de los órganos animales una forma organizadora subyacente, el carácter primitivo de la forma originaria que persiguió Kant no lo era en un sentido esencial sino histórico. La filosofía natural orientó la anatomía comparada a la búsqueda incesante del “plan de organización” que había de subyacer a la multiplicidad orgánica. No era ésta una hipótesis novedosa. Maupertius había sostenido ya que los organismos habían sido creados como una serie ininterrumpida de formas cuya jerarquía había sido, sin embargo, sustraída a nuestro conocimiento por la desaparición histórica de numerosas formas de tránsito220. Robinet, de la escuela de Leibnitz, discutía en 1761 esta opinión:

Las inteligencias más claras señalan que todos los seres son del mismo grado, no existiendo diferencias esenciales entre ellos, y que no hay más que un prototipo para todos los seres, y los seres son variaciones diferenciadas de dicho prototipo221.

Pero tanto Maupertuis como Robinet tenían la común convicción de que los organismos representan una jerarquía ininterrumpida, independientemente de que hoy se nos mostrase más o menos completa. Si, en este sentido, nos interesa la morfología romántica es porque trató de demostrar el presupuesto filosófico de la continuidad natural en su praxis biológica. En 1784, Goethe descubría el hueso intermaxilar en la mandíbula humana, cuya existencia se había negado hasta entonces. Fue un hallazgo revelador, pues la existencia de un modelo anatómico básico compartido por los seres humanos y todos los demás animales superiores autorizaba la creencia de la filosofía natural en la unidad subyacente a la Naturaleza. Por otro lado, la idea de “plan” está profundamente conectada con la idea romántica de la forma como forma dinámica que analizamos al distinguir entre Gestalt y Bildung. Veíamos que al percibir el desarrollo vivo de los organismos como dotado de una coherencia global, la morfología idealista exigía dirigir la investigación de la

220 221

MAUPERTUIS: Obras, I, pp.72-74. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.38. ROBINET: Obras, IV, pp.1-2. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.38.

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Naturaleza hacia un principio ordenador que no podía ser aprehendido por el tipo de análisis minucioso que caracteriza a la moderna metodología biológica. En el ámbito restringido de la forma orgánica, Goethe acuña el término “morfotipo” para nombrar a esa “fuerza espiritual” que ni es reducible a las partes físicas constitutivas de un organismo, ni puede ser identificada con ningún estadio particular de su desarrollo. El morfotipo es tanto lo que organiza a las partes constitutivas de un organismo en una unidad que funciona armoniosamente, como aquello que guía su desarrollo para que sus diferentes manifestaciones en el tiempo sean expresión de esta misma unidad subyacente. Éste es el carácter de las “formas primigenias” en las que los botánicos y zoólogos de los siglos XVIII y XIX cifrarán el “plan de organización” de la Naturaleza. Vicq d’Azyr es uno de los pioneros de la teoría del plan de organización. A partir de evidencias como la clavícula rudimentaria de muchos mamíferos, establece que “[l]a naturaleza parece haber impreso en todos los seres dos caracteres de ningún modo contradictorios: el de la constancia del tipo y el de la variabilidad en las modificaciones del último”222. En una línea similar, en St. Hilaire la forma de la diferencia interorgánica se inspira en las teorías evolucionistas que en el ámbito de la ontogénesis se sostuvieron en el siglo XVII. Según Ch. Bonnet, los estadios embrionarios de todos los animales sólo se diferencian, en realidad, por el crecimiento desigual de elementos idénticos. Del mismo modo —dirá St. Hilaire—, todas las formas animales desarrolladas son, en esencia, una y la misma forma, que también por crecimiento desigual de los elementos produce la multiplicidad del reino orgánico:

[Estos hechos] me han llevado al convencimiento de que los gérmenes para todos los órganos que pueden observarse, por ejemplo, en diversas familias de los que respiran por pulmones, existan en general en todas las especies animales, y que la causa de la variabilidad infinita de las formas..., y del gran número de órganos mal desarrollados o totalmente obliterados ha de buscarse en el desarrollo relativamente más fuerte de otros órganos, los cuales se desarrollan a costa de los órganos vecinos223.

Al igual que vimos con la forma del organismo, St. Hilaire establece dos leyes biológicas para explicar la multiplicidad efectiva de las morfologías vegetales y animales: el “principio de las partes análogas” y el “principio de las conexiones”. En el

222 223

VICG D’AZYR: Oeuvres, IV, p.315, Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.303. ST. HILAIRE.: Exposition d’un plan d’experiènces, 1800. Cit. en GEOFFROY, I.: Vie d’Èt. Geoffroy, p.137. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.I, p.319.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

“principio de las partes análogas” St. Hilaire reconoce una “ley” ya contemplada por Aristóteles, que, no obstante, ha de ser entendida en su acepción más amplia: no sólo la forma de los órganos, considerada en general, es análoga a todos los animales; las partes constitutivas de cada órgano son también idénticas en las formas análogas: “la sospecha de que en toda familia hemos de hallar siempre todos los materiales orgánicos que observamos en otra, es lo que, en el transcurso de mi trabajo, he llamado teoría de las análogas”224. El “principio de las conexiones” concreta el principio más general de la analogía y tiene mucho que ver con la idea de forma como distribución geométrica que veíamos en De Candolle. A través de él, St. Hilaire concibe la analogía en el sentido de que en las partes análogas los elementos materiales constitutivos tienen la misma distribución espacial. Por tanto, la semejanza entre dos formas consiste en la identidad de sus partes constitutivas, que ocuparán en ambos casos la misma posición. Si todos los animales poseen los mismos elementos y en el mismo número, y si en todos ocupan la misma posición relativa, resulta, entonces, que en el mundo no existe más que un animal y que la pluralidad de las formas se produce tan sólo por la atrofia (cuantitativa) de algunas partes componentes; luego no existen diferencias cualitativas entre los organismos:

Por consiguiente, resultan todas las formas en cada clase de animales, por mucho que varíen, fundamentalmente de órganos que son comunes a todos; la naturaleza no quiere crear otros nuevos. Así pues, todas las modificaciones esenciales entre las familias de una clase proceden de distinta disposición, complicación o modificación de los mismos órganos225.

Ya vimos al hablar de la forma orgánica en St. Hilaire que su biología es puramente morfológica. El órgano —dice— se nos impone como lo primariamente dado, y no puede adivinarse por la función que desempeña:

Atengámonos a la descripción de lo que está dado; no hablemos de las funciones antes de haber visto o antes de haber buscado por medio de qué órganos se realizan. Todo ser salió de manos del Creador con condiciones materiales dadas; rinde todo lo que le fue dado rendir desde el principio; aplica sus órganos conforme a su capacidad de rendimiento226.

224 225

ST. HILAIRE.: Phil.anat., p.32. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.I, p.320. Op.cit., p.135. Cit. en p.319. 226 Op.cit., p.341. Cit. en p.323.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

También el anatomista inglés Richard Owen (1804-1892) reconoció la semejanza formal entre los órganos de distintos animales, pero precisó con mayor minuciosidad la general constatación de la “homología orgánica”. Dentro de ella, distinguió entre homología especial, que consiste en cierta semejanza de los órganos de animales distintos (la pata del caballo y la de un pájaro); homología general, referida a la relación de un órgano con tipo general (la mano del hombre es la extremidad delantera de los mamíferos) y los homotipos, que repiten el mismo plan sobre el mismo individuo, como los segmentos de los anélidos o las extremidades torácicas y abdominales de los vertebrados. Cuvier fue el representante más célebre de la teoría de la unidad en el plan estructural. Ahondando en ese paralelismo entre un sistema geométrico y el sistema animal, afirma que, al igual que toda figura regular, toda especie animal está formada según un plan particular que varía de una especie a otra. Así como los individuos de la especie, también todas las especies de un género tienen un plan común referido a su estructura; y, de la misma manera, los géneros de un orden y los órdenes de una clase. Partiendo de este principio, Cuvier postula cuatro planes estructurales de organización, independientes e irreductibles para los vertebrados, los moluscos, los articulados y los radiados. Pero la aportación más interesante de Cuvier reside en la elaborada conexión que establece entre su concepción de la morfología del organismo y su teoría sobre la forma de las diferencias animales; a la unidad del plan estructural, añade Cuvier el criterio de la “subordinación de los caracteres”, y lo convierte en base fundamental de su sistemática. Se trata, en primer lugar, de una taxonomía jerárquica: los rasgos de menor importancia son aquellos que sólo pertenecen a círculos menores de formas animales; los caracteres más elevados en esta otra pirámide de las formas orgánicas se corresponden, por el contrario, con aquellos que demuestren una mayor generalidad en el reino animal. Hasta aquí, el sistema clasificatorio es, conceptualmente, muy similar al linneano. Pero Cuvier añade una novedad importante; en su taxonomía, adquieren un valor también distinto las correlaciones entre los caracteres orgánicos. Existen, para Cuvier, correlaciones formales más o menos generales, y cuanto más general sea una correlación, tanto mayor valor poseerá para la clasificación. El valor de la correlación es, por lo tanto, una medida para la importancia sistemática de una propiedad, de modo que, en función de que la subordinación formal de unos rasgos a otros sea más o menos 146

Historia filosófica de la idea de forma orgánica

intensa, podemos determinar la pertenencia de un carácter orgánico a la clase, el género, la especie o el individuo. Así, las variaciones en la formación de los dientes conllevan cambios radicales en la estructura de los animales. El tipo de correlación que se establece entre la dentición y otras propiedades del cuerpo, nos permite definir los géneros, las especies y otros grupos menores. Para el establecimiento de grupos mayores, existen otras partes anatómicas cuya transformación implica transformaciones mucho más drásticas. Es el caso de la médula espinal, cuya presencia o ausencia caracteriza a los vertebrados frente a los invertebrados. La relación morfológica entre la médula espinal y el resto de propiedades orgánicas es tan fija que apenas es influida por las variaciones de las demás partes del cuerpo; la dentadura, por ejemplo, puede variar dentro de límites muy amplios sin que la médula espinal sea fuertemente influida por ello; incluso puede faltar, como en las ballenas, pero la médula permanece invariable. Sin embargo, si varía la médula espinal en su estructura, entonces aparecen fuertes cambios en la dentadura que caracteriza a las distintas clases de vertebrados; y si falta, entonces cambia tan radicalmente la estructura del cuerpo, que ya no es posible pensar siquiera en la presencia de dentición, como ocurre en los animales invertebrados. Las propiedades que en Cuvier caracterizan a los tipos, las clases, los órdenes, los géneros y las especies, no son, pues, propiedades fijas que puedan determinarse apriorísticamente; sólo por el estudio comparativo y por el experimento —insiste Cuvier—, se llega al conocimiento de la importancia de una parte del cuerpo. No son, tampoco, rasgos diferenciales independientes cuyo entrecruzamiento genere los distintos grupos animales. La concepción del organismo como un todo cuyas partes formales se subordinan las unas a las otras en esa unidad que las acoge y que es, al mismo tiempo, su resultado, vale también para la clasificación del reino animal.

2.2. Las formas orgánicas como variedad construida: la afinidad formal como afinidad genética.

Aquí tiene el arqueólogo de la naturaleza plena libertad para hacer surgir de las trazas conservadas de sus más antiguas revoluciones, según todo el mecanismo, conocido o verosímil, de la misma, aquella gran familia de criaturas (pues así deberá uno representársela, si ha detener fundamento la afinidad citada en general conexión). Puede hacer surgir del seno maternal de la tierra, que acababa de salir de su estado caótico (por decirlo así, como un gran animal), primero, criaturas de forma menos final; de éstas, a su vez, otras que se formaron más adecuadamente a su lugar de producción y a sus relaciones unas con otras, hasta que esa madre creadora misma, endurecida, se haya osificado, haya limitado sus partos a determinadas especies, ya en adelante no

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diferenciables, y la diversidad permanezca tal y como se había repartido al fin de la operación de esa fructuosa fuerza de formación (KU, § 80).

Este breve ensayo, que hoy muchos interpretan como una genial intuición del evolucionismo actual es considerado por su propio ejecutor como “una audaz aventura de la razón” frustrada, en gran parte, por la ausencia de datos paleontológicos suficientes que nos permitan reconstruir con rigor científico una historia semejante. Luis Agassiz fue uno de los primeros zoólogos en tener en cuenta a los animales extinguidos. Reinterpretando la teoría de Cuvier a la luz de la filogénesis, cree que aquellos mismos cuatro tipos fueron puestos por Dios en el momento de la Creación. A partir de ellos, nacieron nuevas formas que expresan con progresiva claridad el plan que ya existía desde el principio de los tiempos. Así, los tipos embrionarios y los tipos proféticos que nos deparan los fósiles representan un presagio, una cierta indicación de lo que el futuro deberá traer. Otras veces, como es el caso de los tipos hipoembrionarios, se desarrolla de manera extraordinaria en el cuerpo de un animal un órgano, como el cuello de la jirafa, que en otros animales existe menos pronunciado227. El engarce natural del evolucionismo de Agassiz con la morfología idealista, evidencia que el problema de la forma de las clases animales no se dirime en el terreno del enfrentamiento entre creacionismo y transformacionismo. Como ya señalamos al discutir el eternalismo aristotélico, el hecho de que la existencia se considere dada o creada resulta aquí hasta cierto punto indiferente. Las interpretaciones de las formas originarias como “morfotipos” o como embriones realmente existentes en un tiempo remoto, implican, naturalmente, concepciones muy distintas de la forma de la diferencia interorgánica. Pero, desde cualquiera de los dos enfoques, mientras la definición de las clases animales se haga depender de su morfología, las propiedades que las caracterizan residen en esta última, como cuando diferenciamos la elipse, la hipérbola y la parábola, que determinamos por su regla de construcción. De ahí que el origen filogenético de las especies no fuera interpretado como una amenaza para la morfología, sino que, al contrario, zoólogos como Agassiz sometiesen el plan organizativo al decurso temporal.

Como advierte Radl, la lucha de Agassiz contra el transformacionismo y la inmediata irrupción de Darwin en el panorama biológico de la época, ha oscurecido la importancia de esta figura. Agassiz advirtió que la concepción exclusivamente anatómica del ser vivo no era suficiente. Llamó la atención sobre el hecho de que las especies afines no sólo se parecen en la forma de su cuerpo, sino que tienen también locomoción, costumbres e incluso voces parecidas. E insistió en que para una clasificación natural del reino animal no ha de tenerse sólo en cuenta el criterio morfológico, sino también la embriología, la paleontología, la fisiología y la difusión geográfica. Cfr. RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.41.

227

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La gran alternativa al esencialismo morfologista consistirá en considerar que los caracteres que determinan la especie están dados ya por el mundo exterior en el sentido en el que lo están los contornos de las islas, modelados por la erosión del mar o las desembocaduras de los ríos. En este caso, es inútil buscar reglas por las cuales está formada la especie; tan sólo habrán de investigarse las causas. Pues bien, en este tránsito juega un papel decisivo la introducción de consideraciones fisiológicas en el estudio de los organismos: si la función se antepone a la forma, la dilucidación de las estructuras corporales vendrá dada tan sólo por los cambios que se produzcan en el medio externo. De ahí que sea precisamente en este punto, en la elucidación de la causalidad que explica los cambios morfológicos en el tiempo, donde Agassiz se enfrente al transformacionismo lamarckiano. Su objeción consiste en que, por diferentes que sean los animales y sus modos de vida, conservan una unidad de plan: desde el Polo hasta el Ecuador, todas las aves y todos los peces están constituidos análogamente, pudiéndose perseguir las homologías hasta detalles tan ínfimos como las plumas o las escamas que los recubren.

3. Forma y función.
A pesar de figuras como la de St. Hilaire, la mayoría de los morfólogos franceses sólo en sus declaraciones de principios permaneció fiel a la investigación morfológica. En la praxis clasificatoria, sin embargo, la fisiología acabó imponiéndose como criterio principal. En el desarrollo de su sistema vegetal, De Candolle aplicó la metodología morfologista cuando determinó los pequeños círculos de afinidad, pero al establecer las divisiones mayores y supremas del reino vegetal, terminó guiándose por notas fisiológicas228. Es también el caso de Vicq d’Azyr, que a pesar de sus convicciones morfologistas, acabó identificando los principios clasificatorios con las funciones animales (cambios de materia, locomoción y sensibilidad). Pero la introducción de consideraciones fisiológicas en la investigación de los organismos vivos no fue sólo un recurso ad hoc obligado por la praxis clasificatoria. También desde un punto de vista teórico, la mayoría de los morfólogos franceses y alemanes acabó hablando de la función de los órganos. Establecida la semejanza formal entre los órganos animales y vegetales, la pregunta por la causa de la semejanza les

228

SACHS, J.: Gesch. d. Bot., pp.137 y ss. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.301.

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condujo a distinguir entre lo que de una manera genérica podríamos denominar causas formales y causas funcionales. Cuvier229, Lamarck230, Blainville231, W.S. Mc. Leay232 y el propio Goethe233 señalaron con terminología distinta esta diferencia, aunque la distinción de Owen entre órganos análogos y homólogos fue probablemente la más precisa: comparando las estructuras de los animales y las estructuras de algunas de sus partes, distingue entre órganos análogos y homólogos: los análogos son los órganos de morfología distinta que, sin embargo, desempeñan la misma función en diferentes especies animales. Así sucede, por ejemplo, con las alas de la mariposa, de los murciélagos y de los pájaros; los homólogos son aquellos de estructura interna semejante, independientemente de que su función sea o no análoga. Inmerso en el marco teórico de la morfología idealista, Owen no prestó demasiada atención a la analogía y centró su investigación en la homología orgánica, como comprobamos en el epígrafe destinado a la subordinación formal de los órganos animales. En general, la distinción entre causas externas e internas constituye un indicio de una tendencia que al principio fue ajena a los Naturphilosophen: la prevalencia del criterio funcional sobre el morfológico a la hora de clasificar y comprender la forma de los seres vivos. La gran debilidad de la filosofía natural en su incorporación de la fisiología al estudio de la forma orgánica, radicó en su incapacidad para articular forma y función en un sentido parecido al que lo hiciera Aristóteles. La recuperación del principio aristotélico que subordina el órgano a la función, se gestó en el mismo campo anatómico. Aunque, en muchos casos, su exploración continuó limitada a la descripción topográfica, anatomistas como Albrecht von Haller (1708-1777) o John Hunter (1728-1793) reivindicaron ya en el siglo XVIII el estudio simultáneo de la morfología y la fisiología de los organismos. Su vinculación, como en
CUVIER, G.: Anatomie comparée, tomo I, p.38. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., pp.306-307. LAMARCK: Historia Natural de los animales sin vértebras l, p.287. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.31. Lamarck se refiere a esta diferencia distinguiendo entre causas “internas” y “externas”. 231 BLAINVILLE, H.: Osteografía, París, 1839. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.31. Blainville exigía que los animales fuesen clasificados por sus propiedades morfológicas, pero admitía que las escalas resultantes se hallarían interrumpidas por “anomalías” en aquellos casos en los que un animal estuviese destinado a un género de vida muy particular. 232 Leay llamó a la semejanza debida a causas internas “afinidad” y “analogía” a la que obedece a causas externas. 233 En el «Ensayo de una teoría general de la comparación», dictado en 1790 y publicado póstumamente, Goethe estudia la interacción entre las influencias del entorno y los factores intrínsecos de un organismo a la hora de establecer la estructura y forma característica que adopta una criatura: todo organismo existe en una interrelación dinámica con su entorno, pero existe también un principio ordenador, una especie de arquetipo espiritual irreducible al análisis físico-químico, dentro de cada criatura. Cfr. GOETHE, W.: Die Schriften zur Nautrwisenshaft, ed. por G. SMITH et alii, en Aufträge der Deutschen Akademie der Naturforscher. Leopoldina, Weimar, 1947, I.10.118-22. Cit. en GOETHE, W.: op.cit.
230 229

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

Aristóteles, se hacía depender de la idea de fin: “Los medios, o sea los órganos, y por consiguiente el objeto de la anatomía, se ajustaban a los fines, cuya determinación era la diaria tarea y el gran objetivo de la fisiología”234. En el siglo XIX, ambas disciplinas eran ya perspectivas indisociables para la anatomía:

Las dos ciencias se hicieron virtualmente sinónimas: el análisis del organismo vivo iba a guiar las investigaciones de muchos estudiantes de la estructura orgánica del siglo XIX. Como parte central de esa doctrina, estaba la noción de que se examinen las partes del cuerpo como anatomista, pero se comprendan como fisiólogo. El conocimiento de la estructura, obtenido por observación superficial, disección y aun vivisección, adquiría significado sólo si se especificaba el “propósito” de las partes235.

Fue Georges Cuvier quien consumó esa adecuación definitiva entre forma y función, convencido de que las partes anatómicas y sus funciones respectivas constituyen una unidad cerrada cuyo vínculo había de ser expresado por una ley. Y esa ligazón entre las causalidades formal y funcional depende, una vez más, de la que Cuvier denomina “finalidad estática”: el carácter teleológico de un ser vivo, aunque en ciertos casos puede descubrirse en cada una de sus partes anatómicas, encuentra su verdadera expresión en la totalidad del cuerpo orgánico: la unidad en que se hallan unidas las partes del organismo es el fin del organismo; y puesto que todo ser vivo está inmerso en una relación determinada con su medio ambiente, su estructura y su función están también acomodadas a un fin, adaptadas precisamente a esas condiciones. Cuvier fue el primero de los morfólogos en distinguir entre causalidad formal y causalidad funcional en la elucidación de la estructura de las partes anatómicas de un organismo: la forma de algunos órganos, como los colmillos afilados de los depredadores, depende del modo de vivir del animal; la razón de la estructura de otras partes anatómicas, como las pezuñas dobles de los rumiantes, reside, sin embargo, en su organización interna. Pero, además, a partir de la causalidad funcional, Cuvier es capaz de explicar, desde una doble perspectiva, el principio de la correlación formal que otros biólogos habían interpretado como puramente morfológico. En primer lugar, Cuvier establece correlaciones entre estructuras y funciones determinadas: los órganos, entendidos como unidades elementales morfológicas, tienen asociados ciertos planes estructurales; la mano, por ejemplo, considerada como instrumento del que se vale el cuerpo, es un órgano; la extremidad anterior, que representa un plan estructural para
234 235

COLEMAN, W.: op.cit., p.38. Op.cit., pp.37-38.

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diversos instrumentos como la mano, la pata delantera o el ala, ha de concebirse como un elemento exclusivamente morfológico. En segundo lugar, y partiendo de su concepción holista del organismo, Cuvier investiga las relaciones entre todos los órganos y todas las funciones del cuerpo: precisamente porque unos y otras se encuentran en equilibrio en el todo que vive, la modificación o ausencia de una parte del cuerpo perturba el plan de la forma. Así, si el tubo digestivo de un animal se halla dispuesto para la alimentación cárnica, su estructura dental deberá servir al corte de la carne, sus órganos motores a la aprehensión de la presa, el cerebro al instinto de desatarla... Luego conociendo la vida de un animal —dice Cuvier—, podemos deducir ciertos aspectos de su organización. Ahora bien, si en el caso de un animal carnívoro se puede deducir fácilmente la estructura a partir del género de vida, en otros casos, como decíamos, resulta imposible. No podemos, por ejemplo, partiendo de sus funciones vitales, reconocer por qué todos los rumiantes tienen dos pezuñas o por qué sólo este orden animal está dotado de cuernos. Aquí no es la función, sino la relación formal entre distintas partes anatómicas, la que habrá de iluminar la estructura de ciertos órganos. Y, dado que éstas y otras parecidas relaciones “interorgánicas” son constantes, habrán de tener una razón suficiente que sólo la experiencia podrá proporcionarnos. De ella aprendemos, por ejemplo, que la dentadura y la estructura del pie de los animales que tienen pezuñas pero que no son rumiantes es mucho más compleja que la de aquellos que sí los son. Si, mediante este método, lográsemos comprender la relación completa entre las estructuras y las funciones orgánicas, entonces —concluye Cuvier— seríamos capaces de reconstruir el animal completo con sólo conocer uno de sus órganos. Al hablar de la forma como forma geométrica vimos ya que Cuvier, con su teoría de los cuatro tipos, era también defensor de la unidad del plan estructural común a toda la morfología idealista. El criterio formal aparecía, por tanto, como prioritario para la clasificación de los animales. Sin embargo, la conjugación entre estructura y función que postula en su concepción de la forma orgánica, afecta también a sus trabajos sobre la forma de la diferencia interespecífica. Así, los grupos supremos en los que organiza a los animales están fundamentados fisiológicamente: partiendo del principio de que la construcción del cuerpo se halla dominada, en general, por órganos de mayor importancia funcional, el sistema nervioso, que concentra la unidad sensible del animal, se le impone como órgano supremo; le siguen los órganos de la respiración y la circulación, responsables de la vida material, y, por último, los órganos digestivos, 152

Historia filosófica de la idea de forma orgánica

garantes de la conservación de esta última. El problema es que toda esta fisiología no logra articularse con una morfología elaborada; como en De Candolle, la semejanza del plan estructural no se concibe en términos morfológicos, sino que acaba reducida al número y a la posición relativa de los órganos. Si a escala intraorgánica, la teoría celular logra vincular estructura y función en esa unidad cerrada anhelada por los morfólogos, el estudio macroscópico de las formas naturales, de su evolución y de sus diferencias, queda progresivamente reducido al estudio de las funciones vitales. Hasta hoy, las morfologías dejan de configurar el relieve del campo biológico.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

La teoría celular

I. Forma y Gnoseología
Los primeros artífices de la teoría celular pertenecen a la que ha sido considerada “la generación de sabios germanos que lleva a cabo el tránsito de la especulación de la Naturphilosophie a la mensuración y experimentación de la Naturwissenschaft”236. Leído como recurso hiperbólico, este tipo de caracterizaciones subraya bien la radicalidad del viraje histórico que sufre la biología en la segunda mitad del siglo XIX, pero hemos de tener cuidado en no interpretarlo literalmente, como si la teoría celular pudiera reducirse a un mero salto de la especulación teórica a la praxis experimental. Y esto no sólo por la general imbricación entre teoría y experiencia, sino por razones muy particulares de un momento histórico en el que la tradición microscópica y la herencia filosófica de la Naturphilosophie ejercieron una influencia igualmente poderosa:

[L]a teoría celular no era simple creación de dos microscopistas con inventiva. Era el producto de muchos cursos prolongados y diversos de investigación, respecto a la estructura orgánica y la naturaleza del organismo. Por una parte, existía una tradición de investigación microscópica unida, a menudo, a una generalización indebida basada en observaciones con frecuencia erróneas; por otra parte, estaban las conclusiones altamente especulativas pero no menos sugerentes de los Naturphilosophen (filósofos naturalistas) alemanes. Hacia 1830, esas dos tendencias se habían mezclado y Schleiden y Schwann, para nombrar sólo a los más prominentes abogados de la teoría celular, estuvieron sujetos a la influencia de ambas237.

El gran mérito de los trabajos de Schleiden y Schwann no residió, por tanto, en la originalidad empíricamente contrastada de su propuesta, sino en la sistematización, por medio de una teoría acabada y homogénea, de “los indecisos ensayos teóricos, las observaciones inconexas y las huidas especulativas que desde hacía tiempo proliferaban en el seno de la anatomía microscópica o la fisiología animal y vegetal”.238 A diferencia de la vía explorada por la filosofía natural alemana, Schleiden y Schwann quisieron volver a subordinar la forma de su teoría a las categorías del entendimiento discursivo,
236 237

ALBARRACÍN: op.cit. COLEMAN, W.: op.cit., p.47. 238 GONZÁLER RECIO, J.L.: op.cit., p.87.

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ampliadas, como veremos, por el neokantismo de Fries y Apelt. Partiendo de este marco general, trataremos de desentrañar, en este primer epígrafe, la singular conjugación gnoseológica entre materia empírica y forma teórica que acometiera la primera teoría celular.

1. La célula como materia empírica.
La observación y el experimento son los medios más importantes para la investigación. Máximas directrices para ello son el pensamiento embriológico, la concepción autonómica de la célula vegetal y la utilización del microscopio239.

1.1. El experimento. En lo que atañe a la praxis experimental, es obligado recordar que el rechazo que la filosofía natural mostrara ante el experimento no fue generalizado, sino específicamente dirigido a un tipo de manipulación que “obligaba” a la Naturaleza a comportarse en función de los intereses teóricos del experimentador. Lo que Goethe denunciaba era aquella visión parcial de los fenómenos naturales empeñada en doblegar su carácter cualitativo en “la siniestra cámara de tortura empírico-mecánicadogmática”240. De ahí que, apasionados de una observación desinteresada, los Naturphilosophen fueran también entusiastas defensores del microscopio, operador protagonista en los laboratorios de los primeros teóricos celulares. La reivindicación del experimento enarbolada por los artífices de la primera teoría celular no es una exigencia ingenua que vea en la investigación empírica la panacea para la conversión de la botánica y la zoología en una sola ciencia natural. Formados en el marco general del criticismo kantiano, tanto Schleiden como Schwann han aprendido que, aunque toda ciencia experimental ha de partir de hechos conocidos por los sentidos, sólo se hace ciencia cuando la razón humana los ordena y deduce de ellos reglas y leyes generales. De ahí que la acusación de dogmatismo escolástico que Schleiden dirige a los botánicos sistemáticos, a los que censura su carencia de formación tanto filosófica como física y química241, pudiera ser compartida por cualquiera de los morfólogos idealistas. Y es que, de nuevo, el problema para los teóricos de la célula residía no tanto en la escasa implantación del experimento entre los biólogos, como en la especial
239 240

ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.44. GOETHE, W.: op.cit., Cap.1.7. 241 SCHLEIDEN, M.: La botánica como ciencia inductiva, ed., 1849, I, op.cit., 2ª ed., p.46.

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resistencia de los fenómenos orgánicos a dejarse aprehender por las categorías del entendimiento. Acabamos de ver cómo la solución de la Naturphilosophie consistió en humanizar la intuición y recuperar, así, el mundo de las esencias para la investigación natural. Ni Schleiden ni Schwann optarán por un proyecto que, desprovisto de herramientas matemáticas, se había revelado infecundo a lo largo de las décadas previas al comienzo de su actividad científica. Como apuntábamos arriba, los primeros teóricos de la célula deciden ensayar la vía del neokantismo de Fries y Apelt, donde el experimento vuelve a concebirse como una subordinación de lo fenoménico al aparato matemático legitimado por el entendimiento discursivo. Es la exigencia de esa subordinación, y no la del experimento aislado de sus fundamentos epistemológicos, el rasgo verdaderamente distintivo de las consideraciones metodológicas a las que Schleiden y Schwann dedican gran parte de su producción científica242. La conciencia de este hecho es especialmente intensa en el caso de Schwann, cuyo maestro, Johannes Müller, a pesar de haber introducido en sus investigaciones el método experimental, continuaba fiel a una concepción vitalista del organismo que refrendaba, precisamente, en cada una de las pruebas de laboratorio. En la introducción metodológica de los Gruzdzünge, Schleiden reivindica para la botánica el ideal que Kant establece como distintivo de la ciencia natural: “retrotraer todas las teorías físicas a fundamentos explicativos determinables de modo puramente matemático”. El acercamiento a este objetivo, vendrá regulado por una serie de máximas conductoras que contradicen, punto por punto, las tesis nucleares de la gnoseología goethiana: si Goethe reivindicaba la morfología como esa mirada superior pero complementaria del análisis cuantitativo, Schleiden establece, ante todo, que “[l]a ciencia natural estudia el cuerpo, no el espíritu”; si Goethe defendía la multiplicidad de las ciencias naturales como perspectivas distintas de un mismo fenómeno, Schleiden formula ahora la “Ley de la unidad”, según la cual, “no existe más que una ciencia natural”. De estas dos máximas, cuyas implicaciones gnoseológicas y ontológicas indagaremos más adelante, se deduce la “Ley de la economía”, que vuelve a legitimar el método hipotético-deductivo: si Goethe reclamaba un experimento múltiple en el que se cruzasen las comprobaciones de todas las hipótesis sugeridas por cada una de las faces

En la primera edición de La botánica como ciencia inductiva, publicada entre 1842 y1843, Schleiden dedica un quinto de la obra a la introducción metodológica.

242

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del poliedro natural, Schleiden postula que “no debe admitirse una nueva hipótesis en tanto que baste con las anteriores”243.

1.2. El microscopio.

La irrupción del microscopio compuesto mejorado en la década de 1840 fue, sin duda, un acontecimiento revolucionario para la biología244; gracias al aumento de la precisión del microscopio simple y a la corrección de las aberraciones ópticas que afectaban a los primeros microscopios compuestos, se confirmó la base celular de plantas y animales, se afirmó la patología celular y se rectificaron aspectos de la generación celular. No podemos, sin embargo, presentar estas conquistas a modo de “descubrimiento”, como si al eliminar la distancia entre el sujeto científico y el objeto observado que posibilitó el nuevo aparato, la Naturaleza hubiera “revelado” sus más ocultos secretos. De hecho, la existencia de las células era bien conocida desde que Robert Hook, ya en 1665, las observara con su microscopio y las bautizara por analogía con las celdas de un panal de miel. Los siglos XVII y XVIII, especialmente en el campo botánico, continuaron deparando evidencias microscópicas de las estructuras celulares que, sin embargo, no llegaron a convertirse en núcleo explicativo del organismo hasta bien entrado el siglo XIX:

En el escenario histórico previo a la formulación de la teoría celular se reunieron [...] un crecido número de noticias y observaciones que imprecisa y vagamente aludían a un tipo de entidades biológicas cuya naturaleza era aún motivo de discusión. Esbozados, si acaso, algunos de sus rasgos distintivos, la célula, o mejor el concepto de «célula», distaba mucho de ser unívoco, de contener notas comunes en cada uno de los zoólogos o botánicos que lo empleaban, de trascender en todos los casos el nivel de la descripción anatómica, y de poder transformarse en el núcleo de una teoría nueva.245

Razones de índole tecnológica explican, en parte, esta tardanza, especialmente en el campo de la anatomía animal, donde la rápida tendencia a la putrefacción de los tejidos animales hacía que el microscopio fuera un operador todavía menos común y fidedigno. En general, la calidad de la microscopía, tanto animal como vegetal, no permitía determinar la exacta naturaleza de las células, cuya imagen imprecisa interpretaban unos como mera cavidad hueca y otros como entidad sustantiva:
243 244

ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.44. COLEMAN, W.: op.cit., pp.43-44. 245 GONZÁLEZ RECIO, J.L.: op.cit., p.84.

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Gallini y Ackermann sostienen que las células son los elementos que constituyen el cuerpo de los animales; entre los botánicos, Kurt Sprengel y Brisseau de Mirbel hablan de las células suponiendo que son simples intersticios huecos246; Ludolf Treviranus y Karl Rudolphi se inclinan hacia una interpretación que ve en estas vesículas diminutos entes reales. Interpretación a la que se suman Link y Moldenhawer y que complementan atribuyendo a la célula los caracteres de unidad estructural y funcional. Quienes más impulsan la “protofisiología” celular son Dutrochet, Turpin y Meyen. Dutrochet247 se declara partidario de una concepción globulista de los organismos animales y vegetales, en la que los corpúsculos globulosos ejercerían notables actividades secretoras y excretoras. Turpin y Meyen subrayan la autonomía funcional de las vesículas o células, lo que les permite pensar que son auténticos organismos vivos248.

Pero junto con las dificultades técnicas, el factor que de manera determinante impidió que la célula se convirtiera en el núcleo explicativo de la forma orgánica fue fundamentalmente teórico: a lo largo del siglo previo a la “revolución” celular, la célula era considerada un constituyente más del organismo, por lo que apenas fue objeto de reflexión. Los órganos y los sistemas de órganos, considerados partes estructurales últimas del cuerpo animal, se mostraban directamente accesibles a los ojos y a las manos del biólogo. Las investigaciones anatómicas eran, como comprobamos en nuestro anterior capítulo, fundamentalmente topográficas, y en ellas encontraba el fisiólogo el asiento de cualquier función orgánica. Más tarde, la teoría de la fibra y la doctrina que proponía los tejidos como unidades últimas del organismo en el ámbito más restringido de la anatomía humana, tampoco implicó transformaciones importantes: al perseguir la interrupción localizada del tejido provocada por la enfermedad, el anatomista patólogo continuaba, en definitiva, la tradición del cirujano. No obstante, la doctrina tisular249 sí fue un paso intermedio fundamental para la ejecución de ese salto del órgano a la célula protagonizado por Schleiden y Schwann. Al hablar de la articulación entre forma y función llevada a cabo por los morfólogos franceses y alemanes, decíamos que la anatomía había acabado por subordinar, bien por imperativos pragmáticos, bien por convicciones teóricas, la morfología a la fisiología.
246

Brisseau-Mirbel (1776-1854), hábil microscopista y agudo intérprete de sus observaciones, intuyó que las células vegetales iban a encontrarse en cualquier parte del organismo. Asimismo, especuló acerca de su producción, sugiriendo que las células eran formadas de novo en un líquido primitivo. Las células y el tejido celular resultante podían compararse con las cavidades formadas en la espuma de un líquido en fermentación y la coagulación de ese líquido formaba una red continua de membranas que constituían el tejido celular. 247 DUTROCHET, Recherches anatómiques et physiologiques sur la structure intime des animaux et des végétaux et sur leur motilité, París, 1824. 248 GONZÁLEZ RECIO, J.L.: op.cit., p. 249 BICHAT, X.: Traité des membranes, 1800; Anatomie genérale, 1801. Cit. en COLEMAN, W.: op.cit., p.42.

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Xavier Bichat (1771-1802), artífice y adalid indiscutible de la doctrina tisular, reconocía también que, al estudiar una “función”, era preferible “examinar en forma general el órgano complejo que la ejecuta”. La novedad que favorece el tránsito a la teoría celular aparece cuando se propone investigar “las propiedades y la vida” de ese órgano; para ello —dice Bichat— tenemos que “descomponerlo”, pues sólo si “lo analizamos con rigor podemos conocer “su estructura íntima”250. La doctrina tisular significó, como vemos, un paso importante en el regressus hacia los elementos estructurales y activos irreductibles de la organización vital. Sin embargo, los tejidos se concebían como partes “heterogéneas” del órgano, no del cuerpo entero. Si la célula no acababa de convertirse en la médula estructural del organismo, no era sólo por las dificultades técnicas que complicaban su observación microscópica, sino, en gran parte, porque se daba por supuesto que la división de los órganos, en relación con la totalidad del organismo, daría lugar a partes homogéneas, como creyó Aristóteles. Pocos años después, los Ensayos microscópicos de Schwann lograban reducir los tejidos animales a las partes elementales que, paradójicamente, serían declaradas unidades estructurales del organismo. Pero, para ello, había sido necesario un desplazamiento radical del foco teórico de la morfología.

2. La forma de la teoría celular.
Podemos considerar, señores, a los organismos y a toda la naturaleza desde un doble punto de vista: o bien considerando en ellos su finalidad, o bien examinando sus causas eficientes. Por el primer modo se intenta encontrar la idea que se expresa en la naturaleza y en los organismos particulares; se intenta, en tanto que posible, comprender la idea del Creador cuando dotó a la materia de sus propiedades particulares. El segundo encierra la cuestión de las causas eficientes de los fenómenos. El primero pertenece a la filosofía; el otro constituye sobre todo el objeto de las ciencias naturales, particularmente de las ciencias físicas generales: física, química y fisiología... Deben mostrar cómo los fenómenos orgánicos son producidos por leyes tan necesarias como las de la naturaleza inorgánica251.

2.1. La influencia de la Naturphilosophie.

La común ascendencia kantiana de la idea de forma orgánica que heredó la botánica y la zoología del siglo XIX explica la natural continuidad con la que, a pesar de todas las diferencias, se produjo el tránsito de la morfología idealista a la
250 251

Op.cit. Cit. en COLEMAN, pp.41-42. FLORKIN, op.cit., pp.75-79. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.87.

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microscopía celular. Cualquier historia de la biología subraya hoy la influencia que sobre los presupuestos teóricos de las investigaciones de Schleiden y Schwann ejercieron las “poéticas” especulaciones de la filosofía romántica. Junto al general y compartido criticismo kantiano, la búsqueda de las unidades estructurales constitutivas del organismo fue una empresa directamente heredada de la Naturphilosophie, que, además, ofreció en la solución de Lorenz Oken una imagen del organismo sorprendentemente similar a la concepción celular. Aunque la aprehensión de la forma biológica se encaró desde frentes muy distintos, la morfología francesa y alemana persiguió una sola meta: alcanzar las partes formales mínimas a partir de las cuales poder reconstruir la totalidad del cuerpo orgánico. Como reconoce Coleman, fue el mismo horizonte el que continuó regulando las exploraciones microscópicas de los primeros teóricos celulares:

[A]l menos puede decirse que de la filosofía natural llegó gran parte del interés de los microscopistas alemanes en el ideal central que propugnaban: el de que el organismo tiene que resolverse en unidades activas y de composición más pequeñas, pero de ninguna manera menos importantes.252

Con este espíritu se concibe, precisamente, la teoría infusorial de los “Urthiere”253. Lorenz Oken (1779-1851) sitúa los orígenes de la vida en un líquido mucoide originario e indiferenciado, muy similar, conceptualmente, a la idea de citoblastema que manejaron Schleiden y Schwann. En este moco primitivo se habría generado una multitud de vesículas primitivas, los “infusorios”. Partiendo de la idea romántica que concibe las partes como un reflejo del todo, Oken supone, además, una forma esférica tanto para el líquido primigenio como para los infusorios, pues esférica es la forma del planeta. Desde el comienzo de la vida, y por grados de agregación creciente, cuenta Oken que las vesículas primitivas se unieron para formar organismos cada vez más complejos y sacrificar su individualidad a favor de una unidad superior. La teoría infusorial defiende, por tanto, una concepción globular de los cuerpos vivos que delimita el campo de la materia orgánica, ya sea animal o vegetal:

Toda carne puede resolverse en infusorios. Podemos invertir esta declaración y decir que todos los animales superiores tienen que estar formados por animálculos constitutivos. A éstos les llamamos Animales Primitivos y observamos que constituyen no sólo la materia fundamental de los animales sino también de las plantas... En un
252 253

COLEMAN, W.: op.cit., p.51. OKEN, L.: Texto de filosofía natural, 1809-1811. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.59.

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sentido más amplio puede llamárseles la sustancia primitiva de todo aquello que está organizado254.

Los infusorios aparecen, además, como el núcleo básico no sólo de la estructura, sino también de la función y el desarrollo orgánico. Como la celular, la teoría infusorial parte de unidades estructurales autónomas que se convierten, después, en médula explicativa tanto de la fisiología como de la ontogénesis orgánicas. Sin embargo, desde la epistemología del neokantismo, si la biología quería ofrecer una explicación mecánica del organismo, la idea de forma manejada por la filosofía natural había de ser triturada y reencajada en las categorías del entendimiento. De ahí que, como comprobaremos inmediatamente, la sumisión de la célula a los mecanismos causales desplegados en el tiempo fuera la gran empresa a la que se entregaron los primeros teóricos celulares.

2.2. El neokantismo de Schleiden y Schwann: una nueva filosofía inductiva, genética y mecánica.

[E]n tanto que no nos veamos obligados a abandonar la manera de explicación reconocida en la naturaleza inorgánica, en tanto que los procedimientos orgánicos pueden ser considerados como producidos por fuerzas que actúan ciegamente, no debemos abandonar esta manera de explicar255.

Hemos ido comprobando ya que, si hablamos de un nuevo y radical giro en la historia de la forma biológica no es porque Schleiden y Schwann abandonen la teoría en pos de la experimentación, o porque colmen de materia empírica un molde teórico previamente forjado por la Naturphilosophie; si la década de 1840 es tan significativa para la constitución científica de la biología, es porque, aún compartiendo un horizonte común, la Naturwissenschaft opone a los principios filosóficos de sus predecesores las máximas del criticismo neokantiano. A las alturas del siglo XIX en las que comenzó a gestarse la teoría celular, los fenómenos biológicos no habían dejado de ofrecer esa especial resistencia a dejarse aprehender por la metodología físico-química:

Las ecuaciones de la mecánica, por ejemplo, relacionaban magnitudes nacidas de la interpretación teórica de fenómenos observables. El esbozo conceptual de tales
254 255

OKEN, L.: Die Zeugung, 1805. Cit. en COLEMAN, W.: op.cit., p.50. FLORKIN, op.cit., pp.75-79. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.87.

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magnitudes físicas —fuerza, masa inercial, aceleración...— suponía ya un grado de análisis al que los fenómenos biológicos no se prestaban. La fibra, el tejido o la célula —entendidos incluso como términos vinculados a una teoría—no podían ser variables de algo parecido a una función, puesto que constituían complejas entidades estructurales. Aún más: así como el cálculo infinitesimal permitía una prolongación de los métodos de análisis conquistados en física, quedaba fuera de duda que fibras, tejidos o células eran límites de la organización vital cuya división suponía la pérdida de las propiedades definitorias de la vida. En pocas palabras: el paradigmático análisis del físico no podía ser trasladado al dominio del mundo vivo en toda su radicalidad. Las más pequeñas unidades de la vida ni se asemejaban (a) ni se resolvían (en) magnitudes o conceptos físico-químicos256.

Tanto Schleiden como Schwann deciden afrontar el problema de la irreductibilidad biológica desde el marco filosófico del neokantismo de Fries y Apelt. Frente a la irreductible singularidad de los seres orgánicos que el vitalismo de la época enarbola como su principal postulado, Schleiden y Schwann se acogen a la máxima kantiana que prohíbe introducir en la investigación científica cualquier pronunciamiento ontológico: no debe meditarse sobre la esencia de las cosas, sino buscar la explicación mecánica de la naturaleza por combinaciones de fuerzas fundamentales que originan las formas257. Para Schleiden, las fuerzas que gobiernan la formación de un ser orgánico son las mismas fuerzas físico-químicas que dirigen los procesos configuradores de lo inorgánico. Así lo demostraría la identidad esencial entre cristales y organismos, que traducida al ámbito metodológico se convierte en máxima reguladora de la investigación del biólogo: así como el cristalógrafo intenta explicar por la atracción y repulsión de las moléculas la estructura inorgánica, así el morfólogo debe explicar por las mismas fuerzas las formas orgánicas258. En el terreno de la zoología, y enfrentándose a las opiniones de su maestro Johannes Müller, Schwann se propone también construir una biología mecanicista, pues sólo así podrá llamársele ciencia:
El organismo no tiene por base una fuerza fija, actuando impulsada por una cierta idea, sino que nace por leyes ciegas de la necesidad, mediante fuerzas dadas en el mismo sentido por la existencia de la materia que las fuerzas en el mundo inorgánico. Como los tejidos elementales en la naturaleza orgánica no son diferentes de los de la inorgánica, sólo puede quedar como razón de los fenómenos orgánicos otra combinación de las materias...259
256 257

GONZÁLEZ RECIO, J.L., p.86 SCHLEIDEN, M.: La botánica como ciencia inductiva, 1842, 3ª ed., 1849, I, p.72. 258 Ibid. Como vemos, la analogía entre organismos y cristales no se plantea ya, como entre los morfólogos idealistas, en términos geométricos, sino en relación a las fuerzas. 259 SCHLEIDEN, M.: op.cit., p.226.

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Pero para Schwann, esto no significa, como creyó Schleiden, que las fuerzas que activan los procesos plásticos y metabólicos que presenciamos en la formación celular hayan de ser las mismas fuerzas físico-químicas; el reduccionismo kantiano no se ejecuta reduciendo todas las ciencias a una sola, sino exigiendo que toda teoría científica demuestre una misma forma teórica, la que viene dada por las matemáticas:

Considerando la composición de nuestra experiencia de la naturaleza desde sus elementos individuales, encontramos hechos subordinados a leyes y determinados por ellas [...] De esto se deduce que una experiencia teorética completa, en la que explicamos la conexión de los hechos sujetos a leyes a partir de los últimos, sólo es posible sobre la base de las matemáticas y sólo en tanto en cuanto ello es factible260.

Por eso, en el caso de las fuerzas que intervienen en la generación celular, Schwann no pretende hacerlas isomorfas, sino análogas a las fuerzas físicas: “Las fuerzas de la materia (viva), sin embargo, no tienen por qué ser explicadas mediante las conocidas leyes físicas, apelando, por ejemplo, a la electricidad o similares, sino que actúan como dichas fuerzas...”261 De ahí la recuperación del símil kantiano (como analogía y no como sinonimia) entre los fenómenos vitales y los procesos de cristalización que operan en el mundo inorgánico. Para Schleiden,
Si abstraemos todo lo que es especialmente peculiar de la formación celular, a la búsqueda de un concepto inmediatamente superior que permita asumirla en un proceso que se presenta en la naturaleza inorgánica, habremos de considerar tal formación como el hecho de que a costa de una sustancia disuelta en un líquido, se forma en éste un cuerpo sólido de forma regularmente determinada. Este superior concepto abarca también, en la naturaleza inorgánica, el proceso de cristalización que constituye, por ello, el más inmediato análogo de la formación celular262.

La comparación entre el proceso de formación de un cuerpo orgánico y el de un cristal se establece ahora en un sentido más preciso: ambos coinciden “en el punto fundamental de que, a costa de una sustancia disuelta en un líquido, de acuerdo con determinadas leyes, se forman cuerpos sólidos de una forma determinada, regular”263. Sin embargo, Schwann reconoce importantes diferencias entre cristales y células en lo que se refiere a los fenómenos plásticos y, especialmente, a los fenómenos metabólicos. La distancia entre la causalidad interna y externa reaparece entre las células, que, a
260 261

SCHWANN, T.: Grundzüge, 3ª ed., p.39. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.47. Ibid. 262 SCHWANN, T.: Mikroskopische Untersuchungen, Berlín, 1839. En HÜNSELER, F.: Ostwalds Klassister der exakten Wissenschaften, vol.176, Leipzig, 1910, p.239. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., T.II, p.81. 263 Op.cit., p.242.

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diferencia de los cristales, no precisan causas externas que influyan en la solubilidad del líquido donde se forman. Aunque la formación de las partes elementales de los organismos puede concebirse como la cristalización de una sustancia, esa sustancia, en los cuerpos vivos, tiene “capacidad de imbibición”. Y es que, insistimos, la comparación entre los procesos orgánicos e inorgánicos no tiene por objeto hacerlos idénticos, sino demostrar la igualdad de su forma de actuación:
En tanto que esta comparación no persigue más finalidad que representar con mayor claridad el proceso de la génesis celular, nada debería objetarse contra ella; nada hay en ello de hipotético, puesto que no ofrece explicación alguna; no se afirma que la fuerza fundamental de las células tenga realmente algo en común con la fuerza en cuya virtud se forman los cristales264.

En realidad, tanto Schleiden como Schwann asumen, desde el principio, que la peculiar entidad de las fuerzas que actúan en la formación de un organismo requiere instrumentos metodológicos propios. Pero ese otro instrumento cognoscitivo no puede ser la intuición, como lo fue para la Naturphilosophie, porque implicaría una vuelta a las esencias que comprometería, de nuevo, el estatuto científico de la biología. Sin embargo, el método inductivo, que Kant desestimara como forma válida de ordenamiento de lo fenoménico, había sido ya fundamentado en una estructura matemática apriorística. Herramienta tradicional de la biología, la inducción fue recuperada para la ciencia en la filosofía neokantiana de Fries y Apelt, mentores reconocidos de la epistemología de Schleiden y Schwann. Para Jacob Friedrich Fries, los juicios a priori hallados en la crítica no eran absolutamente válidos para el sujeto trascendental, sino que pertenecían a una nueva esfera de conocimientos que requería seguir siendo investigada. Este autoconocimiento se concibe como una reflexión interna, un análisis psicológico que, partiendo de los hechos dados en la conciencia como indudables, clarifique lo que oscuramente presentimos como evidencia. Así, en el curso de esta descripción “empírica”, edificada sobre la confianza que la que la razón tiene en sí misma, irán descubriéndose los principios que la rigen y que quedan fundamentados como hechos indemostrables pero ciertos. Discípulo de Fries, Ernest Friedrich Apelt concentra la investigación instigada por su maestro en la fundamentación del método inductivo. Partiendo de los juicios a priori a los que están sujetos los hechos accidentales de la experiencia, Apelt conecta así la inducción racional y la empírica:
264

Op.cit.,p.254.

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La inducción empírica consiste en el conjunto de casos similares. De acuerdo tan sólo con la probabilidad matemática, se sigue de ello que debe existir una cierta regularidad en casos similares... La inducción racional, por otra parte, abarca mucho más de lo que se comprende en una simple colección de percepciones.[...] La inducción sola no puede contribuir a nuestro conocimiento con ninguna noción que no exista en nuestra percepción, sino se apoya en nociones percibidas a priori. Así, por ejemplo, nuestra facultad de juicio exige a priori la validez de las nociones causales como una condición de la posibilidad de experiencia, y sobre este supuesto puede ser utilizada la inducción265.

La introducción metodológica de los Gruzdzünge de Schleiden consiste en una reconocida aplicación del neokantismo alemán a la epistemología biológica; Fries, en la primera edición, y sobre todo Apelt a partir de la segunda266, certifican filosóficamente la cientificidad de la teoría celular. Respaldado por la conexión entre la inducción racional y la empírica, fundamentada esta última en nociones a priori y recuperado, por fin, su uso legítimo para la investigación científica, Schleiden puede ya identificar el método de la botánica con el método analítico-causal basado en la inducción. En el “Fundamento metodológico” de la que, a partir de 1845 vendrá a llamarse La Botánica como ciencia inductiva, Schleiden contrapone el nuevo método al dogmatismo escolástico de los botánicos. Gracias a la inducción, Schleiden puede enfrentarse a la biología entendida, en terminología kantiana, como “descripción de la naturaleza”, y oponerle una botánica teórica que no describa sino explique a los organismos. Y es que, gracias a la inducción, podríamos decir que Schleiden logra trasladar a la esfera de la forma orgánica la filosofía genética que Kant exigía para la construcción válida de una Historia de la Naturaleza: así como en la inducción se pasa de lo particular a lo general, de lo simple a lo complejo, así el botánico para concebir exactamente los procesos de la vida debe seguir su evolución, que también se eleva de lo simple a lo compuesto. La construcción de las plantas sirve de ejemplo: el tejido vegetal desarrollado consta de diferentes formaciones (célula, vasos, cribas y vasos lacticíferos) y sólo al perseguir su evolución se reconoce su conexión, es decir, la procedencia de todos de comienzos semejantes267:

APELT, E.F.: Die Theorie der Induction, Leipzig, 1854, p.46. Cit. en ALBARRACÍN, A: op.cit., p.42-43. 266 La segunda edición de los Gruzdzünge de Schleiden, publicada entre 1845 y 1846, aparece con el nuevo título de Die Botanik als inductive Wissenschaft behandelt (La Botánica como ciencia inductiva). 267 SCHLEIDEN, M: La Botánica como ciencia inductiva, 3ª ed., 1842, p.72. Cit RADL, E.M.: op.cit., p.63.

265

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La única posibilidad de lograr percepción interior científica en la botánica y con ella el único e indispensable recurso metodológico dado por la naturaleza del objeto mismo, es el estudio de la historia del desarrollo orgánico268.

De nuevo, el mecanicismo genético se contrapone a la morfología idealista, aunque con una ventaja incalculable respecto a la Historia de la Naturaleza: la nueva botánica no es simplemente una “audaz aventura de la razón”, porque para la aprehensión de la forma del organismo parte de lo fenoménico, y no de las reliquias, siempre incompletas, que nos evocan a las fantasmagóricas formas del pasado. Explicitados los fundamentos epistemológicos de la obra de Schleiden y Schwann, podemos abordar ya las implicaciones ontológicas que la teoría celular tuviera para la idea de forma orgánica.

II. Forma y Ontología
1. La forma del organismo.
Los anatomistas del siglo XVIII habían hecho hincapié en la estructura y la función de los órganos y de los sistemas de órganos. Hacia 1800, este punto de vista fue puesto en peligro, principalmente por los anatomistas del ser humano que introdujeron la doctrina histológica. Rápidamente ganó aceptación. Pero el concepto, tanto de órganos como de tejidos, iba a su vez a ser transformado radicalmente por la enunciación y el establecimiento de la teoría celular. Después de mediados de siglo, la célula se había convertido, para la gran mayoría de los biólogos, en el punto de referencia estructural esencial para la interpretación de la forma orgánica269.

1.1. Forma y fuerza. Aunque Schleiden y Schwann parten de una aversión igualmente fundada hacia el vitalismo, es este último quien desarrolla la teoría más elaborada contra la idea de la fuerza vital. Mientras las invectivas de Schleiden se dirigían fundamentalmente a la botánica sistemática, el vitalismo era el blanco natural de la zoología, donde su arraigo oponía una resistencia mucho mayor:

Fuerza simple, diferente de la materia, la fuerza vital, tal como se suponía, formaría el organismo de idéntico modo que un arquitecto que construye un edificio siguiendo un plan, pero un plan del que ella (la fuerza vital) no tiene conciencia; daría además a todos nuestros tejidos lo que se llamaba la energía propia, a saber, las propiedades que distinguen los tejidos vivos de los tejidos muertos: los músculos le serían deudores de
268 269

SCHLEIDEN, 1842, Cit en COLEMAN, W.: op.cit., p.46. COLEMAN, W.: op.cit., pp.35-36.

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su contractilidad, los nervios de su irritabilidad, las glándulas de su función secretora. He aquí, en dos palabras, lo que era la doctrina de la escuela vitalista270.

En plano ontológico, Schwann va mucho más allá que Schleiden. Ignorando la prudencia crítica que admite la posibilidad de un sustrato organizador de los cuerpos vivos inaprensible pero distinto, niega categóricamente la irreductibilidad ontológica de los fenómenos vitales a los principios físico-químicos. Pero no, como sería de esperar, por la profesión definitiva de un materialismo mecanicista, sino por la creencia metafísica en una causa final que se extiende al reino de lo inorgánico. Para Schwann, el postulado de la fuerza vital introduce en la Naturaleza atributos y cualidades que en realidad pertenecen a su Creador:
Yo no he podido concebir jamás la existencia de una fuerza simple que cambiaría por sí misma su modo de acción, con objeto de realizar una idea, sin poseer no obstante los atributos característicos de los seres inteligentes; he preferido siempre buscar la causa de la finalidad, de la que la naturaleza entera ofrece testimonio hasta la saciedad, no en la criatura, sino en el creador, y siempre de este modo he rechazado, por ilusoria, la explicación de los fenómenos vitales tal como era concebida por la escuela vitalista. He sentado, por principio, que estos fenómenos tienen que ser explicados como los de la naturaleza inerte271.

Sin embargo, la adecuación con vistas a un fin no es un rasgo privativo de los seres orgánicos; la complejidad que, en todo caso, hace aparentemente distintos a los fenómenos vitales estaba ya virtualmente impresa en las fuerzas atómicas desde la Creación272:
Una vez creadas y mantenidas en su integridad, estas fuerzas (materiales) pueden perfectamente, de acuerdo con sus inalterables leyes de la ciega necesidad, crear combinaciones que muestran, incluso, un elevado grado de adecuación individual. Pero si la fuerza inteligente, tras la Creación, se presenta únicamente como mantenedora, no como inmediatamente activa, puede ser totalmente abstraída del terreno científiconatural273.

El carácter teleológico de los fenómenos naturales afecta, por tanto, a toda materia, sea orgánica o inorgánica, pero las ciencias habrán de ignorar su presencia si no quieren adentrarse en las oscuras profundidades de la metafísica.

FLORKIN, 1960. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit. p.63 Ibid. 272 GONZÁLEZ RECIO, J.L.: «Elementos dinámicos de la teorías celular», Revista de Filosofía, 3ª época, vol. III, 1990, núm. 4, pp.83-109, Editorial Complutense, Madrid, p.90. 273 SCHWANN, T., MU, p.226, cit. en ALBARRACÍN, A., op.cit., p.75.
271

270

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1.2. Forma y tiempo. Las Beiträge de Schleiden contienen la mejor exposición de las tesis nucleares de la primera teoría celular:
1. «La célula vegetal es la unidad elemental constitutiva de la estructura de la planta». 2. «La célula se origina en una gelatina compleja, a través de un proceso que se inicia con la aparición en ella de los nucleolos; en torno a éstos surgen los núcleos o citoblastos; sobre éstos la aparición de una tenue vesícula que va creciendo paulatinamente, da lugar a la célula adulta» 3. «El proceso de crecimiento de la planta estriba en la multiplicación de las células dentro de otras células, salvo en los órganos leñosos, en los que la coagulación de un líquido da lugar a la formación súbita del tejido celular»274

Todas ellas encuentran una traducción directa para el reino zoológico explorado por Schwann, de modo que los postulados básicos de la primera teoría celular podrían resumirse como sigue: 1. La célula es la unidad elemental constitutiva de la estructura del organismo. 2. Toda célula se origina a través de un proceso idéntico. 3. El proceso de crecimiento del organismo estriba en la multiplicación de las células. Como toda teoría de la forma orgánica, la teoría celular hubo de ensayar la espinosa conjugación entre el todo orgánico y sus partes constituyentes. Independientemente de los presupuestos filosóficos de Schleiden y Schwann, la nueva biología teórica no implicaba una ontología reduccionista, porque la célula continuaba constituyendo una unidad estructural irreductible a las partículas físico-químicas que igualan los reinos orgánico e inorgánico. Filosóficamente, la reducción no afectaba tanto a las partes “formales” como a las fuerzas que aseguraban su vinculación. Y ni siquiera, en el caso de Schwann, a las fuerzas en un sentido esencial, sino a la forma (teórica, en este caso) de tales fuerzas, es decir, a su expresión matemática. Ahora bien: aunque, conceptualmente, la forma continúa desempeñando un papel nuclear, su entidad se ha trastocado por completo; si, como exige el mecanicismo, el todo ha de ser siempre posterior a las partes, entonces la investigación genética habrá de sustituir a la morfológica. Si todavía en el ámbito de la diferencia interorgánica el tiempo podía constituir el sustrato en el que se desplegasen las formas, “por achicamiento de unas y alargamiento de otras”, en el terreno de la forma orgánica, la teoría celular disuelve por completo las morfologías en las que los organismos se nos muestran a escala humana.
274

ALBARRACÍN, A.: op.cit., pp.55-56.

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Cuando Schleiden establece la ley de la generación celular, reconoce que, aunque este proceso ha demostrado seguir el curso descrito en la mayoría de las plantas, existen ciertas modificaciones que no encajan en el esquema que enseguida presentaremos. Y, sin embargo —dice el botánico—, estas anomalías no restan validez general a la ley, porque podemos rendir cuenta completa de los fundamentos de la imposibilidad de la observación directa. La primera razón es de orden epistemológico: es muy probable que parte del proceso de transformaciones químicas que tienen lugar durante la citogénesis escape al observador275. Pero el argumento principal, de orden ontológico, podría ser compartido por cualquier filósofo de la Naturaleza:
los materiales que preceden a la formación celular son estudiados por nosotros aislados en su aspecto y caracterización, porque elegimos para ello un momento arbitrario, cuando constituyen un algo continuo y permanente en el proceso orgánico-químico de la vida vegetal, que ignoramos totalmente276.

1.2.1. La célula como unidad estructural.

La esencia de la Botánica no hay que buscarla en las leyes de la física y de la química, sino en la configuración de las formas, en el desarrollo de las plantas como tales277.

Aunque tanto Schleiden como Schwann partían de la convicción de que las células habían de ser las partes estructurales últimas constitutivas del organismo, lo cierto es que su imagen microscópica revelaba una extraordinaria desigualdad tanto en su forma como en su distribución. En el terreno de la diferencia interorgánica, pero ante el mismo problema de la diversidad formal, la Naturphilosophie había tratado de aprehender la forma primigenia que organizaba toda aquella multiplicidad. La epistemología genética de Schleiden y Schwann dirige su investigación en un sentido muy distinto: “si se iba a demostrar que las “causas” de la generación tanto vegetal como animal eran idénticas, entonces los productos (células) de ese proceso formativo tenían que ser también cuerpos equivalentes.”278 Y, en efecto, la implicación ontológica más inmediata y fundamental de la primera teoría celular fue la unicidad de las partes estructurales constitutivas del organismo para todo el reino vivo:

275 276

SCHLEIDEN: op.cit., pp.157-58. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.53. Op.cit., p.156. 277 SCHWANN, T.: Grudzüge, 1ª ed., p.15. 278 Ibid.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

Con ello se ha derrumbado una pared divisoria fundamental entre el reino animal y el vegetal, la diferencia de su estructura. Conocemos la significación de las partes singulares de los llamados tejidos animales, en comparación con los de las células vegetales, y sabemos que estos tejidos, células, membrana celular, contenido celular, núcleos y corpúsculos nucleares son totalmente análogos a las partes homónimas en las células vegetales279.

1.2.2. La formación celular.
Cada célula lleva una vida doble: una totalmente autónoma, correspondiente tan sólo a su adecuado desarrollo, y otra mediata o indirecta, por la que llegará a ser parte integrante de una planta. Pero es fácil observar que tanto para la fisiología vegetal como para la fisiología comparada en general, el proceso vital de cada célula singular debe constituir primordialmente el fundamento absolutamente indispensable, razón por la cual tiene que surgir en primer término la pregunta: ¿cómo se origina entonces, realmente, este peculiar y diminuto organismo, la célula?280

Fundamentada epistemológicamente la implicación que la génesis celular habrá de tener para la concepción de la forma entera del organismo, Schleiden describe el proceso de formación celular para las plantas: a partir de una mezcla de almidón, moco, azúcar y goma, se constituye una gelatina, en la que primero surgen nucleítos y en torno a ellos, por una especie de coagulación, los citoblastos o núcleos. Una vez maduros éstos, por un proceso químico, la gelatina se transforma en membrana celular, constituyendo una sutil vesícula que se adapta al citoblasto, e iniciándose el crecimiento de la célula, que suele acabar con la disolución del núcleo281. Si en Botánica, la teoría celular de Schleiden había permitido deducir la noción de la vida individual de las células y la consiguiente negación de una fuerza vital común a toda la planta, en zoología seguía creyéndose que la presencia de vasos sanguíneos hacía del desarrollo animal un crecimiento esencial e irreductiblemente vascular. Cuando, en 1837, Schleiden comunicó a Schwann los resultados de su investigación, que convertían a la célula en “la unidad elemental constitutiva de la estructura de la planta”, éste recuerda haber “quedado pasmado por la semejanza de este cuerpo importante, es decir, el núcleo celular de la planta con un cuerpo que él ya había observado a menudo en tejidos animales”. Schwann sospechó el establecimiento de una nueva visión de la estructura orgánica, si pudiera probarse “que las partes elementales de los animales se desarrollan esencialmente en la misma forma que las células

279 280

SCHWANN, T.: MU, p.39. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.65. SCHLEIDEN: Beiträge, p.138. 281 ALBARRACÍN, A.: op.cit., pp.51-52.

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vegetales” 282. Desde entonces, su objetivo declarado consistió en convertir a la teoría celular en la plataforma desde donde afrontar los fenómenos de la vida orgánica sin apelar a la hipotética existencia de una fuerza vital. Si lograba demostrar que el núcleo de estas células jugaba el mismo papel que el de las células de los vegetales,

Se deduciría de ello, en efecto, merced a la identidad de fenómenos tan característicos, que la causa que produce las células de la cuerda dorsal no puede ser diferente de la que da origen a las células vegetales. Habría desde entonces en el animal un órgano, la cuerda dorsal, compuesto de partes elementales que poseen su vida propia, que no dependen de una fuerza común del organismo. Ello sería, por tanto, todo lo contrario de la teoría generalmente admitida para los animales, según la cual una fuerza común construye el animal a la manera de un arquitecto283.

Dos años más tarde, los Ensayos microscópicos sobre la concordancia en la estructura de animales y plantas demostraban que aquellas células que Schwann observara en la cuerda dorsal y el cartílago de las larvas de rana derivaban de estructuras idénticas a las de las células vegetales con núcleo, membrana y vacuola. Las células formaban, por tanto, la base estructural de la planta, porque eran el producto de una génesis igual. A lo largo de las décadas de 1840 y 1850, se demostró que el concepto de la generación celular de Schleiden y Schwann era erróneo, y su noción de la formación celular por precipitación química fue reemplazada por la idea de la continuidad reproductiva de la célula viva. Sin embargo, desde entonces perduró la convicción de que el proceso de reproducción celular, independientemente del modo en el que se concretase, era el único lugar desde donde asaltar el problema de la microestructura general del organismo284.

1.2.3.El crecimiento.

Nos queda ahora por proporcionar el segundo argumento para la concordancia de la estructura animal y vegetal, a saber, que la mayoría, o todos los tejidos animales se desarrollan de células285.

Una vez asegurada la común identidad de las células, había que conectarlas, en tanto que partes, con la totalidad del organismo. Como advertíamos arriba, la idea de
282 283

SCHWANN: «Prólogo» de los MU. Op.cit., p.74. 284 COLEMAN, W.: op.cit., p.46. 285 MU, p.40.

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todo y parte no podía sostenerse en la concepción romántica del morfotipo. En su teoría de las células, Schwann se pregunta si el fundamento de los fenómenos orgánicos estriba en el organismo entero o en cada una de sus partes elementales singulares. La respuesta es que,

En general, debemos atribuir a las células una vida autónoma, es decir, que las combinaciones de las moléculas, tal como se dan en una célula singular bastan para liberar la fuerza merced a la cual la célula está en condiciones de atraer nuevas moléculas. El fundamento de la nutrición y del crecimiento no estriba en el organismo como conjunto, sino en las partes elementales, en las células286.

El organismo no podía ser anterior sino posterior a sus partes, así que, de nuevo, la mejor manera de encarar la cuestión consistió en investigar el modo en el que la célula intervenía en la formación de las partes del organismo. De este modo, la génesis celular se mantenía como principio nuclear del organismo:

[S]e puede establecer la ley de que existe un principio de evolución común para las partes elementales más variadas de los organismos y que la formación de la célula es ese principio de evolución287.

Y, sin embargo, se pregunta Schwann años más tarde, “¿por qué las células forman un conjunto tal como un organismo?”:
Como la primera célula decide la naturaleza de la segunda, ésta de la tercera, etc., el todo depende de las propiedades físicas y químicas de la primera célula. El todo debe adquirir una forma característica por la misma razón por la que una veta de plomo difiere de una veta de plata. La prueba de que la reunión de individualidades no dominadas por una fuerza común puede tomar una forma característica y constante es proporcionada por los pólipos y otros animales compuestos288.

Como vemos, la relación entre todo y parte no se plantea ya en términos de morfológicos sino en términos de fuerzas: la idea de todo se identifica con la fuerza vital y la idea de parte con la de fuerza individual. Aún así, y a pesar de la tesis de la autonomía celular, la parte vuelve a subordinarse al todo: aunque “[l]a célula, una vez formada, crece continuamente mediante su fuerza individual”, “está tan dirigida por la influencia del organismo entero como requiere el plan del todo.”289 Pero la influencia de
M.U., p.230. SCHWANN, T.: MU, p.196. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., T.II, p.67. 288 SCHWANN: notas manuscritas de su curso de anatomía general ofrecido en Lieja en 1853. En FLORKIN: op.cit., p.78-81. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.77. 289 MU, p.45.
287 286

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la totalidad que aquí está actuando no es ya la de la fuerza vital. En un lenguaje muy aristotélico, dice Schwann que la fuerza individual de cada célula no depende de ninguna fuerza total, sino que sólo se manifiesta en el contexto global del organismo: “La manifestación de la fuerza inherente a la célula depende de condiciones que sólo pueden serle proporcionadas en conexión con el todo”290. La conversión de la célula en núcleo estructural del organismo sustrae el protagonismo a las partes que Aristóteles llamara heterogéneas. En el segundo apartado de sus Estudios morfológicos, Schwann trata de demostrar el fundamento celular de todos los tejidos: cualquiera de las estructuras orgánicas, tanto las informes291 como las organizadas292, están constituidas por células; las diferencias que distinguen a las partes vascularizadas de las carentes de vasos sanguíneos pueden explicarse en virtud del mayor o menor grado de desarrollo que precisan adquirir las células para la formación de un tejido.

1.3. Forma y función.
La célula es un elemento arquitectónico de importancia primordial y la unidad crítica de función orgánica por encima del nivel molecular. Es, por consiguiente, el sitio del metabolismo y el intercambio de energía; la base de la actividad nerviosa y secretoria, y por lo tanto, el fundamento del funcionamiento armonioso, integrador y orgánico; la célula, como se manifiesta en los productos de la reproducción, asegura, por último, la continuidad de la vida a través de las generaciones.

El principio de la formación celular tuvo una implicación esencial para la relación entre forma y función: en la generación de los tejidos, las moléculas no se reúnen de manera distinta según la significación fisiológica de tales partes sino que, en general, lo hacen de acuerdo con las mismas leyes. A escala macroscópica, la pérdida de la relevancia morfológica de las partes “heterogéneas” implica, por lo tanto, el menoscabo consiguiente de su significación funcional. Sin embargo, a nivel celular, aunque el problema de la formación siguió siendo el punto focal de la teoría de las células, Schwann hizo también hincapié en ciertos aspectos funcionales de la célula. Consideraba que la célula, núcleo del consumo y la producción de oxígeno y dióxido de
290 291

MU, p.230. Las estructuras no organizadas son las carentes de vasos sanguíneos, que Schwann organiza en tres grupos: linfa, sangre, secreciones; epitelio, pigmento negro, uña, garra, pluma, cristalino; cartílagos, huesos y dientes. 292 Las estructuras organizadas, en Schwann, son los tejidos, los músculos, los nervios y los vasos capilares.

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carbono, tenía que ser el último asiento de la actividad metabólica. Es cierto que en sus Ensayos microscópicos no ofrecía indicio alguno de una demostración, pero establecía un ideal de comprensión que marcaría el rumbo de las investigaciones de las generaciones de fisiólogos posteriores. Como sucedió con la morfología francesa y alemana, la idea de forma fue progresivamente reemplazada por la idea de función:

A medida que la fisiología del siglo XIX avanzaba desde el estudio de la actividad metabólica general de todo el organismo hasta el análisis de sus elementos vitales, la teoría celular se iba transformando muy gradualmente, de una visión esencialmente estructural del organismo en una interpretación principalmente funcional de sus estructuras constitutivas293.

2. El debate reduccionismo/antirreduccionismo a la luz de la teoría celular.
La repercusión de la teoría celular sobre el panorama científico de la época es absolutamente revolucionaria. A partir de 1840, la célula se convierte en la principal plataforma desde la que se consolida el estatuto científico de la biología: convertida en núcleo explicativo del organismo, legitima el engarce definitivo entre la botánica y la zoología y delimita, simultánea y consecuentemente, un campo de estudio propio frente a la física:
Conseguida la unificación teórica de la anatomía microscópica animal y vegetal, apuntadas, asimismo, sus posibles consecuencias fisiológicas, la biología entró en una nueva era. El término «biología» —consagrado y difundido por Gottfriend Treviranus y Lamarck—vino a designar pronto un tipo de actividad científica que, como la física, perseguía la resolución teórica, la explicación, la inteligible justificación de los fenómenos que había convertido en su objeto294.

A su vez, la descripción y clasificación de plantas y animales, parte hasta entonces vital de la ciencia natural, queda desgajada de la biología. Reducidos a Historia Natural, los sistemas clasificatorios consuman, así, la absoluta independencia de la teoría que denunciaba Schleiden:

Ni Trevinarius ni Lamarck otorgan a la historia natural tradicional un sitio integral en la nueva ciencia. La descripción y clasificación de los minerales, plantas y animales, habían prosperado y progresado desde el siglo XVIII. Una vasta visión de los productos naturales (minerales, plantas y animales, en contraste con las producciones de artificio del hombre), encontró albergue análogo en las innumerables Historias Naturales del

293 294

COLEMAN, W.: op.cit., p.55. Ibid..

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siglo XVIII. La actividad descriptiva general constituía la esencia de la historia natural y quienes se dedicaban a ella podían llamarse en gran parte naturalistas...295

La teoría celular siempre tuvo la vocación de convertirse en teoría generalizada de la forma. Aunque no especificaba cuáles eran los mecanismos de la diferenciación celular ni brindaba los principios de la organización macroscópica, establecía un ámbito de investigación (el citológico) que se pensaba que en el futuro proporcionaría todos los secretos del orden macroestructural de los organismos. En un sentido analítico y descendente, la teoría celular fijaba las unidades morfológicas y funcionales de todo sistema biológico; pero en un sentido ascendente y compositivo, se ofrecía como un programa de investigación que en el futuro proporcionaría las claves y las leyes de toda la arquitectura macroanatómica de cualquier sistema orgánico: los principios de la especialización y de la espacialización debían ser también celulares. Y, sin embargo, como investigaremos en nuestra tesis doctoral, lo que, de nuevo, discute en este siglo la morfología de los sistemas dinámicos es la capacidad de semejante programa de investigación para dar cuenta completa de la forma orgánica.

295

Op.cit., pp.10-11.

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Conclusiones

De la mano de Aristóteles, la idea de forma orgánica irrumpe en el panorama disciplinario con una fuerza tal que sus ondas expansivas prolongarán su influencia hasta bien entrado el siglo XVIII. En sentidos cronológicos inversos, Galeno y Linneo completan ese lapso bifurcando a la idea global de forma orgánica en dos direcciones independientes: en un sentido históricamente ascendente, la concepción galénica del organismo, además de integrar la teoría biológica del período clásico, cristaliza en dogma incuestionable para la anatomía venidera; en el sentido descendente, la taxonomía del primer Linneo sistematiza la lectura que hiciera la Escolástica del estudio aristotélico de la variedad morfológica. Ni uno ni otro actúan como mero canal transmisor del mensaje aristotélico, que, al alcanzar el siglo XVIII, se ha vuelto prácticamente irreconocible: en el caso de la idea de forma orgánica aplicada al estudio de la organización del cuerpo, no es tanto Galeno como su elevación a autoridad casi sagrada quien traiciona el sentido de la forma sustancial aristotélica; en el caso de la forma de la variedad interorgánica, la tradición escolástica que dirige la sistemática del primer Linneo, convierte al estudio aristotélico de la diferencia en un proyecto clasificatorio de rigidez inamovible. A partir de 1753, la taxonomía linneana sufre una serie de transformaciones procedimentales que la alejan del esencialismo fijista: la introducción del tiempo y la revisión de los conceptos de género y especie convierten a la obra linneana en el engranaje imprescindible para comprender el tránsito al otro gran episodio que configura a la idea de forma orgánica. La referencia de la Teodicea a una inteligencia arquetípica generadora de las formas naturales, ha posibilitado el célebre giro que Kant imprime a la teoría del conocimiento biológico; habiendo sido entendida la causalidad final como expresión de una voluntad y un entendimiento creadores, la filosofía crítica prohíbe al entendimiento humano la aprehensión esencial de la forma orgánica, que queda desplazada al sustrato impenetrable de lo nouménico. Inmediatamente, la interpretación morfológica de las clases animales y vegetales sufre la misma suerte, y aquí es donde aparece la distinción entre variedad dada y variedad creada que, presente en la doble sistemática de Linneo, vuelve a bifurcar la historia de la idea de forma orgánica: la “descripción de la naturaleza” concibe la multiplicidad orgánica como una variedad dada que sistematiza en clases genéricas y subgenéricas; la

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“historia de la naturaleza”, investiga esta diversidad morfológica en tanto que resultado de una evolución histórica. A su vez, los dos enfoques delimitados por Kant se concebirán en otros dos sentidos que, una vez más, escinden el hilo conductor de la forma orgánica en una cuádruple ramificación. La descripción de la Naturaleza en géneros y especies puede limitarse a representar la realidad mediante ciertas imágenes que simplifiquen la diversidad de lo orgánico; es el caso de la actual Historia Natural que, desde la teoría celular, dejará de pertenecer al núcleo de la biología teórica. La morfología idealista se revela contra esta limitación, y, rehumanizando la intuición que Kant considerara exclusiva de un entendimiento divino, ensaya explicar la diversidad orgánica a partir de un número limitado de tipos morfológicos subyacentes. Por su parte, la historia de la naturaleza que investiga la multiplicidad orgánica en tanto que variedad creada en el tiempo, concibe la evolución, bien como un despliegue morfológico de aquellos mismos tipos originarios, o bien como resultado de un proceso mecánico. La primera alternativa viene encarnada por los planes de organización que algunos de los morfólogos románticos someten al decurso temporal. A su vez, la investigación genética legitimada por la Crítica del Juicio, que en la exploración de la multiplicidad orgánica vendrá de la mano del evolucionismo darwiniano, demuestra su primera fertilidad en el ámbito de la forma del cuerpo orgánico. Como un legado más de la filosofía de la biología kantiana, filtrada ya por la Naturphilosophie, Schleiden y Schwann convierten a la célula en núcleo explicativo de la organización y el crecimiento de los cuerpos vegetales y animales, que, frente a lo inorgánico, se unifican, por fin, en un solo reino. Este apretado relato quiere esbozar, con trazo grueso, las líneas que articulan el árbol genealógico de la idea de forma orgánica. Como advertíamos en nuestra introducción, sólo una vez recorridos cronológicamente los senderos en los que su historia se ramifica, podemos articular, sistemáticamente, los distintos modos, gnoseológicos y ontológicos, ensayados para aprehenderla.

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

I. Forma y Gnoseología
1. El debate reduccionismo/antirreduccionismo

La dialéctica reduccionismo/antirreduccionismo que, desde su nacimiento, discute la entidad de la forma orgánica y la posibilidad de su aprehensión científica no puede plantearse en términos absolutos. Desde la perspectiva diacrónica, porque la configuración de la idea de forma y de la ciencia a la que se atribuya su estudio no se produce al margen, sino enraizada en el panorama disciplinario de cada época; desde la perspectiva filosófica, porque, en los límites impuestos por la geografía científica del momento, la dicotomía es también relativa a la plataforma sistemática desde la que decidamos encararlo; relativa, en primer lugar, al plano ontológico o gnoseológico en el que emplacemos la dialéctica; y, en segundo lugar, relativa al criterio (formal o material) que tomemos como definitorio de las alternativas enfrentadas. En el plano ontológico, si elegimos a la materia como referencia, la dialéctica se identifica con el enfrentamiento entre materialismo y vitalismo: para el materialismo, toda materia, sea natural o artificial, inerte o viva, puede reducirse a partes elementales idénticas, ya sean los cuatro elementos de la Antigüedad, ya sean nuestros átomos actuales; para el vitalismo, los seres orgánicos explicarían su singularidad en virtud de la interior posesión de una sustancia o de una fuerza distinta que animaría a los cuerpos naturales hasta su muerte. Desde esta perspectiva, y a excepción del vitalismo de algún miembro de la filosofía natural alemana, todas las posiciones examinadas en nuestra historia se han acogido al postulado materialista. Ahora bien: si en lugar de la materia tomamos a la forma ontológica como criterio definitorio, la dialéctica entre reduccionismo y antirreduccionismo se hace paralela a la oposición entre monismo y pluralismo ontológico, que no depende ya de la composición material, sino de la estructura de los cuerpos naturales. Para el monismo ontológico, la singularidad de la forma orgánica es sólo una apariencia; para una ontología pluralista, la forma en la que se organizan los distintos tipos de cuerpos no es reductible a las fuerzas que vinculan a sus partes constituyentes, sino que responde a una causalidad distinta. Este supuesto lo admite sin vacilación el aristotelismo, clásico y escolástico, y, naturalmente, la morfología idealista. También el criticismo de Kant y sus continuadores, aunque al sumergir a la forma orgánica en la incognoscible oscuridad de lo nouménico, renuncie a precisar la singularidad de su entidad. 178

Historia filosófica de la idea de forma orgánica

En el mundo clásico, la gnoseología se subordina a la ontología, de modo que las posturas ontológicas reduccionistas y antirreduccionistas obtienen una inmediata traducción gnoseológica donde materia y forma se conjugan de manera necesaria. Así, el pluralismo sustancialista que define la ontología de Aristóteles y Galeno encuentra su reverso gnoseológico en una idea de Ciencia también plural que declara inconmensurables a la Física y a la Matemática. También la defensa romántica de una concepción plural del mundo natural se corresponde con una idea de Ciencia heterogénea. Sin embargo, mientras que el panorama científico aristotélico aparece fragmentado en parcelas con caracteres específicos, la morfología idealista, al concebir la Naturaleza como un gigantesco organismo, subsume a las disciplinas que investigan cada una de sus partes en una totalidad jerárquica regida por la Morfología, responsable del estudio de la forma total. Desde la inversión que imprime la crítica kantiana al problema de la relación entre sujeto y objeto, el debate entre reduccionismo y antirreduccionismo sí puede plantearse en términos exclusivamente gnoseológicos: lo que importa no es ya la materia de la ciencia, que deja de coincidir con lo que ontológicamente se reconoce como existente, sino la forma en la que el entendimiento pueda organizarla. Así, en nuestro caso, resulta ya indiferente para el investigador de la Naturaleza que la causalidad mecánica sea o no capaz de resolver el problema de la forma orgánica. La idea de Ciencia no depende ya de la materia sino de las formas del entendimiento humano, y por eso es única y no múltiple, como en Aristóteles296. En el campo de nuestro trabajo, el criticismo no se concreta reduciendo la biología a la física, sino exigiendo a toda indagación científica una misma forma teórica; de ahí que, para los teóricos celulares, las fuerzas que intervienen en la generación no se pretendan idénticas, sino análogas a las fuerzas físicas.

2. La aprehensión científica de la forma orgánica.

En función de las posiciones adoptadas en el debate reduccionismo / antirreduccionismo, la forma orgánica se ha comprendido desde distintos modos gnoseológicos que, con René Thom, podemos agrupar en dos grandes estrategias explicativas: la explicación reduccionista “se inicia con un análisis causal de los
Sin que ello impida a Kant mostrarnos el papel heurístico que la causalidad final adquiere cuando tenemos que reflexionar sobre la compleja organización de los seres vivos.
296

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica

fenómenos X observados, y se pregunta: ¿estos fenómenos X son causados por entes de otra especie Y o encuentran en sí mismos sus causas? En el primer caso, se consagra al estudio de los fenómenos Y, olvidando, por así decirlo, la morfología intrínseca de X [...] En el segundo caso, cuando los fenómenos X no tienen otra causa visible que ellos mismos, el reduccionista trata de explicarlos mediante la descomposición del medio que es soporte de X en entidades más pequeñas, invariables e indestructibles, cuya combinatoria debe reconstruir por agregación la morfología X.” Frente a la estrategia reduccionista, “la tendencia «estructural» aspira a simplificar su descripción con un número finito de reglas combinatorias relativas a alguna morfología elemental que permitan reconstruir la morfología en cuestión” 297 . En nuestra historia, la tendencia estructural se corresponde con el período aristotélico y la morfología idealista; la reduccionista, con el método genético autorizado por la crítica kantiana y aplicado por la primera teoría celular. Una y otra se especifican después en estrategias metodológicas diversas, tanto para la investigación de la forma orgánica como para el estudio de la variedad morfológica. Como advertimos en nuestra introducción, esta historia no se ha limitado a perseguirlas en las declaraciones teóricas explícitas, sino también en los procedimientos desplegados en la propia praxis biológica. De este modo, la gnoseología de la forma del período aristotélico se ha enriquecido con el análisis del método divisorio aristotélico, con el operacionalismo galénico que depara la vinculación entre la mano y la inteligencia, o con las modificaciones procedimentales introducidas en la sistemática del segundo Linneo. Sin embargo, el despertar de la conciencia sobre los límites del entendimiento humano, convierte a la época abarcada por la influencia kantiana en el período indudablemente más fértil para la reflexión gnoseológica sobre la forma orgánica. La inversión crítica del problema del conocimiento, la potencia predictiva del método experimental y la incorporación de nuevas técnicas como el microscopio en la investigación anatómica, multiplican la exploración de los límites y posibilidades de una ciencia morfológica.

297

THOM, R.: Parábolas y catástrofes, Tusquets, Barcelona, 1985, pp.14-15.

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2.1. La estrategia estructural: síntesis, intuición e investigación geométrica de la forma orgánica.

Puesto que las morfologías orgánicas se nos presentan a escala humana, la tendencia estructural siempre ha reivindicado la legitimidad científica de la observación directa. En las coordenadas aristotélicas, los principios que gobiernan la configuración de lo vivo son siempre accesibles no sólo a los ojos, sino también a las manos del investigador de la naturaleza, como lo fueron para Galeno a partir de sus disecciones anatómicas. La Escolástica, igualmente, concibe la Naturaleza como un todo ordenado que puede ser conocido. Por su parte, la consideración de la Ciencia como una vía de acceso al pensamiento divino, convierte a la investigación morfológica en una praxis absolutamente subordinada a los principios de la razón. La morfología idealista vuelve a reivindicar la totalidad del ser humano, y no sólo su entendimiento, como “el instrumento más exacto”. La intuición, que la filosofía crítica había definido como una condición de nuestro acceso a los fenómenos, se convierte para los románticos en el instrumento cognoscitivo específico de la morfología. En cuanto a las herramientas metodológicas ensayadas para capturar la variedad morfológica, la anatomía comparada se impone en esta historia como protagonista. Ahora bien: aunque entre los defensores de la tendencia estructural, la comparación sea siempre el medio para agrupar las semejanzas y delimitar las diferencias que organizan la multiplicidad orgánica, los términos generales en los que se incluyen las consonancias y las disonancias morfológicas son muy distintos en Aristóteles, Linneo y los morfólogos idealistas. En el hilemorfismo, los términos genos y eidos no son clases lógicas sino diferencias formales y materiales, y es su entrecruzamiento ulterior lo que permite definir los grupos de individuos que hoy entendemos por géneros y especies. Sin embargo, la sistemática del primer Linneo interpreta ambos conceptos en los términos de la lógica de clases, y la taxonomía se convierte en un proceso descendente que parte de categorías más amplias para ir determinando, sucesivamente, las inferiores. La morfología idealista recupera el espíritu aristotélico, pero su teoría de los tipos no se dirige a las partes sino a la totalidad del cuerpo orgánico; el plan de organización tratará, así, de capturar los esquemas morfológicos mínimos que subyacen a la multiplicidad de las formas orgánicas.

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2.2. La tendencia reduccionista: análisis, inducción e investigación genética de la forma orgánica.

Frente al método sintético, la intuición y la investigación geométrica, el análisis, la inducción y la investigación genética aparecen en nuestra historia como los modos gnoseológicos específicos de la tendencia reduccionista. Si la forma no es más que una apariencia, o si, simplemente, se demuestra inaprensible para nosotros hombres, la exploración de metodologías, conceptuales o tecnológicas, específicas para su captura pierde toda pertinencia. El método analítico, desdoblado en su sentido experimental y teórico, será aquí el mejor aliado para descomponer a las morfologías en sus partes elementales y reconstruir el todo originario a partir de principios puramente mecánicos. Ésta es la máxima que impone Kant al investigador de la Naturaleza y que la teoría celular acata con un éxito tan contundente frente a la Naturphilosophie que, hasta hoy, barre con toda gnoseología morfologista. Sin embargo, el carácter subjetivotrascendental que la filosofía crítica atribuye a la causalidad formal no la sustrae absolutamente de la investigación científica; para kantianos y neokantianos, la idea de forma orgánica desempeña una función regulativa que dirige a la explicación causal en el momento ascendente de su investigación, cuando trata de recuperar la totalidad orgánica. De ahí que la reivindicación de la cristalografía como modelo teórico haya de leerse aquí en un sentido muy distinto: el investigador de la Naturaleza habrá de imitar al cristalógrafo en su indagación del parentesco no geométrico sino genético de las formas. También en el campo de la variedad morfológica, la investigación histórica y el juicio reflexionante que guía sus pasos se revelan instrumentos cognoscitivos predilectos en todas las épocas del reduccionismo. El segundo Linneo, con la introducción del tiempo y del mecanismo natural de la hibridación, es el ejecutor inconsciente del único modo gnoseológico de proceder que Kant decreta legítimo para la construcción de una historia de la Naturaleza. También aquí, el juicio reflexionante juega un papel regulativo que encuentra en la anatomía comparada a su mejor instrumento. Si a partir de las reliquias de nuestro presente, ordenadas por el intelecto imaginativo en ciertas clases naturales, nos retrotraemos al origen y, sin pronunciarnos sobre él, reconstruimos la historia evolutiva mediante la causalidad mecánica, podremos aspirar a la construcción científica de una historia de la Naturaleza.

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Junto al análisis y la investigación genética, la inducción completa la tríada gnoseológica en la que se despliega la tendencia reduccionista. Como el genético, también el método inductivo aparece ejercitado en la sistemática del segundo Linneo. Pero si el método histórico aparece epistemológicamente fundamentado desde Kant, la inducción ha de esperar al neokantismo de Fries y Apelt para participar legítimamente en la investigación biológica, que siempre la tuvo como método privilegiado. En el plano de la forma del organismo, Schleiden y Schwann defienden su uso para la fundamentación de una biología teórica; en el ámbito de la variedad morfológica, es, de nuevo, el segundo Linneo quien la introduce en la construcción de un nuevo método clasificatorio. La utilización de géneros modulantes, el sistema binominal de nomenclatura y el estudio sistemático de las variedades, invierten el proceso deductivo que en la primera época definiera a las clases animales. Ahora, mediante la anatomía comparada, los grupos taxonómicos se obtienen por selección de los rasgos compartidos por diferentes especies, en el caso del género, y por diferentes variedades, en el caso de la especie.

II. Forma y Ontología.

1. La idea de todo y parte.

A diferencia de las ideas de materia, fuerza o tiempo, la relación entre todo y parte aparece indisolublemente entretejida con el doble sentido de la idea de forma orgánica. En su primera acepción, la figura total del organismo aparece identificada con el todo, mientras que las partes se desdoblan en dos tipos: por un lado, las partes “materiales”, partes informes comunes tanto a los cuerpos orgánicos como a los inorgánicos; por otro, las partes “formales”, específicas de los seres vivos. La primera distinción, y también la más precisa, entre ambos tipos de partes aparece en la discriminación aristotélica entre lo homogéneo y lo heterogéneo. Desde entonces, la relación de la forma orgánica con la materia y con la estructura se ha presentado bajo denominaciones diversas, pero en un sentido prácticamente invariable. Desde el punto de vista de la multiplicidad de las morfologías orgánicas, la relación entre todo y parte aparece en nuestra historia con un significado muy distinto; la anatomía comparada no persigue a las partes en tanto que elementos conformantes de

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una totalidad determinada, sino como especificaciones de una unidad previa; el todo no es ya un conglomerado de partes, sino su fundamento originario. Así, tanto las partes anatómicas como el todo orgánico se comprenden como concreciones materiales de una serie de formas primigenias.

2. Forma y materia

La articulación entre forma y materia alcanza su expresión más acabada en el hilemorfismo aristotélico, donde la materia se relaciona con la forma en un doble sentido: como materia determinada y como necesidad hipotética para la realización de una función. En ambos casos, la materia es siempre la materia específica de un cuerpo determinado que la requiere para la realización de las funciones que le son propias. La fisiología galénica hereda el hilemorfismo aristotélico, concretando, a través del humoralismo, la especificidad material de la forma orgánica. Sin embargo, la inaprensibilidad de la estructura humoral, con la que se identifica la naturaleza del alma en el galenismo, limita la fertilidad heurística de la forma sustancial en la anatomofisiología helenística. La relación entre materia y forma en el ámbito de la variedad morfológica, alcanza también en Aristóteles su conjugación más elevada. El método divisorio comprende al genos como una diferencia formal que se concreta después, materialmente, en diferentes eidos. La definición aristotélica de las semejanzas y las diferencias morfológicas entre las clases animales revela, así, un carácter topológico de deslumbrante actualidad. Frente al hilemorfismo clasificatorio, el formalismo logicista del primer Linneo elimina a la materia de la investigación sistemática: el método combinatorio calcula apriorísticamente todos los géneros posibles. Contra el fijismo de la taxonomía escolástica se revela, precisamente, la morfología idealista. Sin embargo, las invectivas de la filosofía natural no se dirigen al formalismo sino al estatismo de la definición linneana de los géneros y las especies. Entre los morfólogos, el problema de la singularidad de la materia orgánica desaparece del campo anatómico. Sólo St. Hilaire, a través del “principio de la afinidad formal”, ensayará una conjugación entre materia y forma que, no obstante, acaba desembocando en la pura reducción de la una a la otra.

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3. Forma y estructura

Todas las inflexiones que nuestra idea ha sufrido a lo largo de su historia han tratado de localizar las partes formales mínimas a las que podía reducirse la explicación de un cuerpo orgánico. Desde Aristóteles hasta la morfología idealista, esas partes fueron siempre las partes orgánicas, junto con los sistemas óseo, nervioso y sanguíneo. La doctrina tisular permite la transición hacia la teoría celular, que desata una revolución en el panorama biológico al localizar en la célula el núcleo estructural del organismo entero. Pero una vez efectuado el descenso hasta las partes elementales, la recuperación ascendente de la totalidad del cuerpo orgánico se demuestra el momento más difícil. En esta otra fase de la investigación morfológica, la forma orgánica ha sido concebida de varios modos no siempre compatibles: como estructura simétrica, como totalidad subordinante de sus partes o como figura geométrica. a) La forma como estructura simétrica: identificadas las partes formales que se articulan en el todo orgánico y su dependencia mutua, la disposición de tales partes a lo largo de ciertos ejes de simetría ha especificado recurrentemente la relación entre elementos y estructura. La filosofía natural del Liceo, incluyendo a Galeno, interpreta como principios estructurales de las partes orgánicas el arriba y el abajo, el delante y el detrás, lo derecho y lo izquierdo. Despreocupados por la materia, algunos morfólogos franceses y alemanes llevan esta idea hasta sus últimas consecuencias. De Candolle es, sin duda, el caso más destacado; comprimiendo a las partes anatómicas en meros “puntos-masa”, su obra reduce el problema de la forma orgánica al “plan de simetría” por el que los órganos se distribuyen en un espacio bidimensional. b) La forma como correlación de las partes formales: la constatación de la correlación formal entre las partes anatómicas reaparece también de manera recurrente a lo largo de nuestra historia. Desde Aristóteles, unas partes son principios de otras cuando su transformación implica modificaciones consecuentes en las partes subordinadas. El corazón, el cerebro, la médula espinal... Una vez identificadas las partes estructurales del organismo, cada sistema privilegia a unas partes sobre otras como principios articuladores. Algunos morfólogos como Cuvier fundamentan sus taxonomías en el principio de la subordinación formal de unas partes a otras. En general, sin embargo, la semejanza morfológica entre especies distintas se establece, como en Aristóteles, en función de la homología formal entre sus partes. 185

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c) La forma como figura geométrica: tras el Timeo platónico, y hasta la morfología idealista, se renunció a insertar las formas orgánicas en los moldes rígidos de la geometría euclidiana. Con la vuelta al platonismo defendida por algunos de los miembros de la filosofía natural, la forma orgánica entendida como forma geométrica, alcanza en Bronn, Dutrochet y Ensenbeck su expresión más acabada.

4. Forma y función

La significación funcional de la forma orgánica es, sin duda, el aspecto más arduo del problema que abordamos en nuestra historia. Aristóteles lo resuelve a través de la materia, y también Galeno a través de los humores: una forma determinada sólo podría cumplir la función que le corresponda si se encarna en una materia cuyas propiedades cualitativas le permitan ejecutar esa función. Este principio se aplica tanto a las partes como al todo, pues también la forma global y la materia correlativa de cada especie es la más adecuada para la plena actualización que, en cada medio, habrán de experimentar sus funciones vitales. También desde el punto de vista de la definición de la variedad morfológica, el hilemorfismo aristotélico se vincula con la función, que actúa como límite del método divisorio. En uno y otro plano, el postulado de la eternidad de las especies juega un papel esencial: dada la permanencia eterna en la que se organizan las formas animales, la función es previa no en un sentido temporal sino lógico, pues no cabe aquí una inteligencia divina que prevea, bien en el origen, bien en cada nueva gestación, el modus vivendi de sus creaciones. Esto es, precisamente, lo que sucede con la lectura que la sistemática escolástica hará de Aristóteles: en el fijismo linneano, la función antecede temporal y lógicamente al rasgo en la mente de Dios. Si la distinción que separa las partes formales y las materiales aparece invariablemente entre todos aquellos que han tratado de explicar la relación de la forma orgánica con la estructura y la materia, la diferencia entre partes homólogas y análogas es la que, de manera repetida, ha aparecido entre todos aquellos que han tratado de comprender la conjugación entre forma y función en el plano de la variedad morfológica. Desde Aristóteles, las partes homólogas son aquellas que tienen la misma forma, mientras que la analogía designa a las partes que, a pesar de las diferencias morfológicas, comparten una misma función en distintas especies animales. Sin embargo, la presencia o la ausencia de la idea de materia en la sistematización de las semejanzas y las diferencias interorgánicas, depara una relación muy distinta entre 186

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forma y función: en el hilemorfismo aristotélico, la analogía relaciona a géneros distintos de cuya división resultan partes homólogas que, a su vez, se concretan materialmente en partes específicas; en la morfología idealista, la eliminación de la materia en la consideración de la forma orgánica desemboca, finalmente, en la disociación entre forma y función. El único nombre que sí logra articularlas es Cuvier, que no sólo constata la diferencia entre las causalidades formal y funcional, sino que, además, las vuelve correlativas en un principio de dependencia mutua.

5. Forma y tiempo.

Dado el principio de la eternidad de las especies, en Aristóteles la conjugación entre forma y tiempo sólo se produce en el ámbito restringido de las operaciones de la forma orgánica. En ellas, el tiempo imprime un esencial dinamismo por el que potencia y acto se suceden en la vida de un organismo, cuyo ser se concibe como un permanente estar siendo. Galeno hereda la inspiración dinamista de la ciencia natural del Liceo, radicalizando la importancia del movimiento al hacer residir el núcleo explicativo de la totalidad orgánica en fluidos y no en partes sólidas como los órganos. Aunque con estatutos ontológicos muy distintos, el tiempo transforma la idea de forma orgánica en los dos enfoques que, durante el Romanticismo, se disputaron su comprensión. Frente a la rigidez de la sistemática del primer Linneo, la morfología idealista querrá capturar, no la forma acabada, sino el proceso formativo en el que consiste la vida de un organismo. Para la filosofía natural idealista, y frente a los proyectos morfológicos que la precedieron, la forma orgánica es irreductible a cualquiera de los estadios que atraviesa en su desenvolvimiento; éste es el sentido de la teoría espiral de las plantas, en botánica, y de los diversos planes de organización que, en zoología, se sometieron al decurso temporal. En el otro extremo, la perspectiva genética del neokantismo incorpora el tiempo como una variable independiente que cruza el espacio; frente a los románticos, el criticismo descompone a la forma orgánica en los estadios discretos que recorren la sucesión temporal de una serie mecánica. Éste es el sentido en el que Kant interpreta la introducción del tiempo en los ensayos del segundo Linneo, según el cual, Dios habría creado una sola especie de cada orden de plantas, y por hibridación, habrían surgido las demás especies. De este modo, la intervención divina se desplaza al origen y se le concede el protagonismo causal a un mecanismo natural y no geométrico. 187

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6. Forma y fuerza.

La incorporación de la idea de fuerza al problema de la forma orgánica aparece asociada al triunfo predictivo de la mecánica newtoniana. De ahí que, lejos de tratarse de un regreso al oscurantismo, el vitalismo haya de concebirse como un intento de garantizar a las ciencias de vida medios de análisis equivalentes a los aplicados por el físico 298. La idea de fuerza aparece entre los morfólogos como “morfotipo”, una fuerza espiritual que ni es reducible a las partes físicas constitutivas de un organismo, ni puede ser identificada con ningún estadio particular de su desarrollo. El morfotipo es, así, tanto lo que organiza a las partes, como aquello que guía su desarrollo para que sus diversas manifestaciones temporales sean expresión de una misma unidad subyacente. Ni Schleiden ni Schwann, herederos de Kant, niegan, en el plano ontológico, la existencia de una fuerza formativa, pero la decretan inaprensible para la investigación científica. Como las fuerzas físicas, las fuerzas orgánicas que logre precisar la teoría biológica habrán de tener la forma de la causalidad mecánica. Ni el análisis matemático ni la geometría euclídea han logrado capturar el secreto de las formas biológicas, que hoy continúan ofreciéndosenos con tan evidente capacidad de seducción como a Aristóteles. Desde un punto de vista científicofilosófico, sin embargo, el presente al que conduce la historia que nuestra investigación ha procurado articular y explicar ofrece herramientas categoriales hasta ahora inexploradas para situar la idea de forma orgánica en una nueva perspectiva teórica. Y así como el mecanicismo empedoclíteo sólo demuestra sus verdaderas consecuencias gnoseológicas y ontológicas de la mano de la física clásica, así los sistemas que han defendido la entidad singular de la forma orgánica, sólo podrán exhibir la fertilidad de su análisis cuando encuentren en la actual topología su peculiar lenguaje matemático. Analizar las consecuencias que la geometría flexible, desde Poincaré, muestra en su aplicación a las morfologías biológicas es el último objetivo de nuestra futura tesis doctoral. Una vez más, el asunto más arduo de este nuevo episodio al que ha de enfrentarse la teoría del orden estructural de lo vivo, tendrá que ver con lo que, desde su nacimiento, aparecía como el rasgo más distintivo de los organismos: el significado, siempre funcional, de las formas orgánicas.

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GONZÁLEZ RECIO, J.L.: «Elementos dinámicos de la teoría celular», p. 85.

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