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La identidad como estrategia Lo primero que se le ha ocurrido al jefe de Estado para explicar el importante retroceso de la autoidentificación indígena en los

resultados del último censo es que podrían expresar “un desclasamiento” o “mayor mentalidad colonizadora” aunque, deja abierta la posibilidad de que tales apreciaciones se debatan. Curiosa extrañeza la del mandatario quien ha sido maestro en cuanto al uso pragmático de la identificación étnica. Antes de arribar a conclusiones de cualquier tipo es bueno reconstruir el contexto en el que esa autoidentificación llegó al 68% el año 2001, superando todos los registros previos (que no eran de autoidentificación, si no de asignación racial). La elevada autoidentificación indígena observada hace doce años fue el resultado de un amplio ascenso popular, conducido por sectores campesinos e indígenas y la agudización de la crisis estatal iniciada en 1998, lo que se concatena con el hecho de que la década de los 90 se inició con la I marcha indígena de tierras bajas y estuvo impregnada del sentimiento de reivindicación identitaria que trajo consigo la rememoración del V centenario del arribo europeo a nuestro continente. El encuentro de ambas influencias impulsa a la población campesina y a sus descendientes radicados en las ciudades, en un consenso cercano a la unanimidad, a reivindicar la identidad étnica y cultural que se había trocado por la campesina, sinónimo de liberación, propiedad y ciudadanía durante la revolución nacional. La recuperación de lo indígena había empezado a tomar fuerza en los años 80 del siglo XX, hasta hacerse un sentimiento y una estrategia común que alcanzó su cénit con el arribo de su representación política al Gobierno. Inmediatamente después empieza a manifestarse un repliegue, medido por diversas encuestas. Debe sumarse a ello el aporte decisivo que realiza el Gobierno a dicha tendencia, al estimular los enfrentamientos con varios pueblos indígenas y sus promesas de respaldar las demandas de proceder a una contra reforma agraria que “corrija” la tenencia de grandes extensiones de algunas TCO, ocupadas por “pocos” indígenas. La estrategia política, reflejada en el censo de 2001, se diversifica con la apertura y multiplicación de contradicciones, sin que eso deba interpretarse como un portazo y fuga, como tiende a hacerlo el Presidente. Se pone simplemente de manifiesto una poderosa realidad forjada en más de medio siglo, en la que los campesinos han moldeado un espacio propio y diferente, intensamente clasista, aunque de ningún modo ajeno, a lo indígena. El sujeto único al que alude la CPE, indígena originario campesino, es una ficción sociológica, jurídica y política, con que se pretendió ignorar tales realidades distintas, pero no antagónicas y esto vuelve a patentizarse hoy en su versión estadística. El riesgo “colonizador” al que alude el Primer mandatario existe, aunque no en los términos en que parece él imaginarlo, sino en la imposición forzada y violenta con que su Gobierno subordina a las minorías, incluyendo a las indígenas; la continuidad de esa política, justificada, alentada y teorizada por la burguesía burocrática es la que intenta cerrar el espacio de desarrollo a lo plurinacional y a lo autonómico del Estado. Pero en ningún caso,

evaporará la huella histórica indígena que caracteriza el nacimiento y evolución de nuestro país. La identidad y autoidentificación se mueven y expresan dinámicamente, en ese sentido determinadas manifestaciones minoritarias de “lo indígena”, son más representativas de tendencias de avanzada que de nostalgias, en tanto que la armonización del crecimiento y desenvolvimiento económico con el medio ambiente son una necesidad colectiva, que tiene su mejor representación en los pueblos que reivindican esta posición, y es por ese motivo que pueden reaparecer como sentimiento común, aun cuando el Gobierno haya desertado de ellas y pese a que continúe actuando desprolija y sectariamente como lo patentiza el censo en todas sus etapas. Roger Cortéz Hurtado Publicado en Página7/ 6 de agosto de 2013