Daniel Medvedov

RUSTY NAIL

Madrid 2013

Dedicado a Chin Fung Lew

Yo acostumbro fumar cigarros Jose L. Piedra, cazadores, unos puros rústicos de sabor denso, con olor a madera de cedro. En la calle Marqués de Zafra hay un estanco de tabaco donde compro mi caja de cuando en cuando. En estos días de verano estaba yo fumándome uno, cuando de pronto observo una suerte de palito oscuro y pensé que el pecíolo de la hoja de tabaco, enrollada. Estaba súper caliente al tocarlo y de repente me di cuenta que era un clavo. Su color negro era una patina y el sentido de encontrar un clavo en mi puro todavía hoy me tiene intrigado. ¿Qué será eso? ¿Tiene acaso algún sentido que me escapa? Utilicé la técnica Samyama para saberlo. Muchos días y noche dirigí mi concentración hacia el clavo del puro: es como enfocar tu luz hacia un tema cuyo secreto quieres conocer y saber. De repente, en esa nebulosa pregunta se me hizo luz: se trataba de una despedida.
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Ese puro era el último cigarro hecho por uno de los trabajadores de La fábrica. Era su modo de despedirse, de poner un punto gracioso en su labor de más de sesenta años. Tiempo después supe que se llamaba Clavo Oxidado.

Cada domingo, Clavo Oxidado salía con su “rounciful hat” del autor del nonsense, a buscar en la calle ciertos objetos, amuletos: tornillos y tuercas, clavos, arandelas y agujas imperdibles perdidas, con su pequeño vasito con tapa donde había puesto algo de café. Dejaba al mundo, delante de las tiendas de tabaco, un céntimo, para ofrendar algo, en cambio. Encontraba alguna bolsita de paraguas o un guante perdido, y metía allí todo lo que en aquel día encontraba. Años después, al abrir la misma bolsita, rememoraba con cariño y optimismo moderado, el momento, la instancia y la circunstancia en las cuales había metido todos aquellos objetos, sin valor para la gente de la ciudad, pero de gran importancia esotérica para los iniciados.
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Rondaba con su sombrero por los alrededores de los restaurantes de lujo y, a veces, encontraba tirado al suelo un puro entero, seguramente por alguien quien no soportaba su poder. Clavo Oxidado había inventado un artilugio para fumar el cabo y no quemarse los dedos. Su niña lo llamaba por el móvil y bajaba a encontrarlo frente al colegio de monjas: estaba allí sentado en un banco, frente al sol. Esos momentos son preciosos. . . . Tenían conversaciones profundas sobre los enanos y sobre las causas ónticas que generaban su nacimiento en el mundo de los humanos. Eran cosas secretas, digamos . . . Cosas que nadie sabía y que no estaban escritas en ningún lugar. ¿A quién pueden acaso preguntar los niños todas esas cosas?

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A Clavo Oxidado . . . Hoy había encontrado un abalorio de colores . . .Clavo Oxidado tenía los ojos verdes. -¿Por qué yo no he salido con los ojos verdes? – le preguntaba su niña. - Cosas de Dios . . . – le decía Clavo Oxidado. - Si deseas que tus ojos sean verdes, debes amar la madrugada como yo, las hojas y el trino de los pájaros . . . El día siguiente, su niña tenía los ojos verdes . . .


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