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Cambio de Sentido, por Nisa Arce

Cambio de Sentido, por Nisa Arce

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Soraya cree haber encontrado el piso de sus sueños; se trata de un inmueble que el banco ha puesto a la venta, después de que sus anteriores propietarios lo perdieran por no poder hacer frente a la hipoteca. Lo que ella todavía ignora, es que no sólo está adquiriendo el inmueble, sino los recuerdos de toda una vida anclados entre sus cuatro paredes.
Soraya cree haber encontrado el piso de sus sueños; se trata de un inmueble que el banco ha puesto a la venta, después de que sus anteriores propietarios lo perdieran por no poder hacer frente a la hipoteca. Lo que ella todavía ignora, es que no sólo está adquiriendo el inmueble, sino los recuerdos de toda una vida anclados entre sus cuatro paredes.

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Cambio de sentido

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Nisa Arce

 

—1— —Tal y como puede apreciar —dijo el representante de la inmobiliaria—, se trata de una vivienda con una excelente calidad – precio. Aunque tenga sus años, se encuentra en buen estado de conservación. Se podría incluso afirmar que está para entrar a vivir. —¿Los muebles y la cocina van incluidos en el precio? —preguntó Soraya. —Sí, por supuesto. —Vaya… Perdone, ¿me disculpa un momento? —Claro, adelante. Ella se alejó unos metros para buscar intimidad y sacó el móvil del bolso. Cuando escuchó la voz de Marta al otro lado de la línea, profirió un suspiro de alivio. —¿Cómo ha ido? —Creo que me lo voy a quedar. —¿Estás segura? —Sí. Es que, por más que lo piense, dudo que vuelva a encontrar un chollo como éste. —¿Quieres que nos veamos para tomar un café y lo hablamos? —Te lo agradecería. —¿Dentro de media hora, donde siempre? —Perfecto. Hasta luego. Una vez finalizada la conversación, regresó al recibidor, en donde el amable comercial esperaba con la mejor de sus sonrisas. —¿Quiere volver a ver alguna habitación? —No, no hace falta. Creo que sigo muy interesada en esta casa. —¿Cuánto de interesada?
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—Lo suficiente como para concertar una nueva cita la próxima semana —contraatacó Soraya.

 

Bajaron juntos a la calle y, tras despedirse con un apretón de manos, emprendieron cada uno su camino. Soraya miró el reloj; la cafetería no estaba tan lejos, si apretaba un poco el paso por la avenida de Las Canteras, llegaría puntual. En efecto, no se equivocó. Entró en el local y se dirigió a la mesa que había sido testigo de la mayoría de sus tertulias. Ambas eran amigas desde los años de instituto, y habían compartido cada una de las etapas que habían seguido a la adolescencia. Así que, como no podía ser menos, se sentó, dispuesta a inmiscuirle aún más en sus planes. Ella no tardó en llegar. Le dio un beso en la mejilla y le cogió el bolso y la chaqueta para ponerlos donde no estorbasen. La camarera se acercó a tomarles nota. —Un cortado con sacarina. —Un leche y leche. En cuanto la chica se hubo marchado con la comanda, Marta le clavó sus enormes ojos verdes, exigiendo información. —¿Y bien? ¿Fuiste a verla? —Sí —respondió Soraya—, es preciosa. Techos altos, amueblada, salón, cocina, un baño, tres habitaciones… —¿Dónde está? —No muy lejos de aquí, en el puerto. —Pues ya me dirás dónde está el truco, porque por cien mil euros… —Te lo expliqué el otro día: son casas que ha puesto el banco a la venta. Con los tiempos que corren, hay gente que no puede hacer frente a la deuda y se quedan con ellas. Se comprende que tienen tantas que no les interesa conservarlas, sino obtener algo de líquido, aunque sea vendiéndolas a precio de saldo. —En resumen; que vas a aprovecharte de la desgracia ajena.

que aprovechar mis ahorrillos.

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—¿Qué quieres que haga? —protestó ella—. No soy lo que se dice millonaria, pero tengo

 

—Más quisiera yo tener las mismas cifras que tú en mi cuenta corriente —suspiró Marta—. Eso me pasa por gastarme el sueldo en tonterías. —Tonterías monísimas, pero tonterías, al fin y al cabo —rió Soraya. La camarera les trajo el café. Se lo tomaron despacio, acompañándolo con más comentarios acerca de la futura compra y lo acontecido durante los pocos días en los que no se habían visto en persona. —¿Y cuándo vas a firmar? —Tengo cita con el banco el miércoles. Supongo que en cuanto lleguemos a un acuerdo y vaya al notario, podré hipotecarme como Dios manda. —Ojalá te salga bien. Yo en tu lugar estaría aterrorizada. —Ya será menos… A todos nos llega la hora de sentar la cabeza. —Di que sí —corroboró Marta, aunque sin intenciones de sentirse aludida. —2— El día en que Soraya firmó el contrato, tras una larga sucesión de trámites, citaciones, documentos y demás embrollos burocráticos, fue uno de los más felices que recordaba haber vivido. Había pasado cerca de tres meses desde que se decidiera a dar el paso y, aunque el camino había sido largo y tortuoso en algunos tramos, supo que había hecho lo correcto. Ahora tenía un sitio al que llamar hogar, un espacio donde campar a sus anchas. Marta y sus demás amigos le echaron una mano con la mudanza, aunque en el antiguo piso de alquiler donde había residido desde la Universidad no tenía demasiadas cosas. Se consideraba una persona práctica, sin demasiados apegos materiales. Terminó de distribuir el contenido de la última caja de cartón y se dejó caer en el sofá. Se secó el sudor de la frente y respiró hondo, satisfecha. Había convertido una de las habitaciones en

un escritorio, estanterías repletas de CD’s de datos, un calendario, el ordenador de sobremesa, el

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su despacho. Además del sillón biplaza, de un estilo un tanto anticuado aunque cómodo, disponía de

 

portátil… Sí, aquella habitación era su favorita. Ya que iba a pasar la mayor parte de su tiempo ahí, lo más recomendable era convertirla en un rincón acogedor. Decidió configurar la conexión a Internet y aprovechar el tiempo. Tenía comida en la nevera, la casa estaba más o menos adecentada. Así que, aunque era su día libre por mudanza, se dispuso a confeccionar el planning del proyecto del que era coordinadora. Y es que, le gustase reconocerlo o no, era toda una adicta al trabajo. —3— La plenitud causada por las novedades duró menos de lo que pensaba. La reunión con los directores de su departamento confirmó que, gracias a los esfuerzos realizados, su reputación profesional se había incrementado, con el consecuente aumento de la carga de responsabilidad. Tenían que presentar a un cliente las bases de un nuevo sistema documental a base de digitalización, con el objetivo de prescindir del uso del papel en la empresa, todo ello en un plazo máximo de cuatro meses. Aunque la idea era apasionante por lo rentable que podría llegar a ser una patente, Soraya supo que iba a consumirle el noventa por ciento de su tiempo. Se levantaba a las siete y, sin quitarse la bata, se sentaba delante del ordenador para leer los primeros correos electrónicos y solucionar dudas. Trabajar desde casa daba libertad, pero también podía convertirse en un infierno. Inmersa en las gestiones, el establecimiento de directrices, llamadas telefónicas y detección de fallos en el código que le enviaban sus subordinados, Soraya perdió la perspectiva del paso del tiempo. No sabía cuántos días habían transcurrido desde la última visita de Marta. Cuando escuchó sonar el timbre y acudió a comprobar quién le reclamaba, se sorprendió al toparse con ella en el marco de la puerta. —¿Qué haces aquí?

—Bastante. Para qué mentir…

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—Salí antes de lo que esperaba de la oficina y me apetecía un café. ¿Estás ocupada?

 

—Quince minutos de distracción no te vendrán mal —afirmó Marta, tomándose la libertad de entrar. Mientras caminaba junto a Soraya en dirección a la cocina, no pudo evitar echar un vistazo al estado de la vivienda. —Esto parece una leonera —exclamó, enfatizando el dictamen con un silbido. En efecto, ya no quedaba nada del orden impoluto de los primeros días, sino que reinaba el caos en forma de mantas y cojines desperdigados por el sofá del salón, toallas sin colgar en el cuarto de baño, latas vacías en la mesa, la cama sin hacer… —Es que no tengo tiempo —confesó Soraya—. Estoy a toda mecha con el proyecto y aún así vamos atrasados. —Tienes mala cara… ¿Estás durmiendo lo suficiente? Soraya se encogió de hombros, vertiendo el café que había sobrado de la mañana en dos tazas. —¿A qué hora te acostaste anoche? —A las tres, creo. —¿Y te levantaste a las…? —Siete, o por ahí. Marta se sentó a la mesa, pensativa. —No puedes seguir así, vas a destrozarte. Apuesto a que tampoco estás comiendo bien. —Ya sabes que yo y los fogones... —A ti todo lo que no sea lenguajes de programación, ni fu ni fa. —Marta dio un sorbo y elevó las cejas tras ocurrírsele una idea—. ¿Y por qué no contratas a una señora que venga a limpiar? Con lo rata que eres, seguro que te lo puedes permitir. —¿Una asistenta? —preguntó Soraya sin demasiada convicción—. ¿Tú crees?

vendrá bien algo de contacto humano, que últimamente sólo me ves a mí cuando me dejo caer.

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—Claro. Que te arregle este desastre mientras tú sigues enchufada a la pantalla. Además, te

 

Soraya reflexionó. Marta tenía razón; no hacía más que trabajar y trabajar, pero no podía dejarlo. Y tampoco le apetecía seguir rodeada de su propia desidia. —Preguntaré mañana por la zona cuando vaya a hacer la compra, a ver si alguien tiene alguna conocida. —Así me gusta. Te mereces un premio —dijo Marta, revolviendo en la despensa—, ¡por ejemplo, estas galletas que están a punto de caducar! Ambas rieron. Soraya se permitió el lujo de disfrutar de su compañía y aparcar el deber, aunque fuera un par de horas. Cuando Marta invadía su espacio, el mundo parecía un poco más amable. Tanto que, incluso, conseguía hacerle olvidar que el verdadero motivo por que había comprado esa casa, no era otro que huir de sí misma. —4— La zona del puerto le parecía la más fascinante de toda la ciudad por lo cosmopolita de su población y comercios. Pese a que tenía un hipermercado relativamente cerca, prefería hacer las compras puntuales en la tienda de la esquina. La dependienta, una mujer con aspecto de haber desempeñado la misma ocupación desde muy joven, metió en su bolsa de lona los encargos. —¿Algo más? —No, gracias. —Son catorce euros. Soraya le tendió un billete de veinte. Cuando la señora abrió la caja registradora a fin de darle el cambio, aprovechó para soltar la pregunta. —Disculpe, ¿por casualidad no conocerá usted a alguien interesado en limpiar casas? —¿Limpiar? Ay, pues… Ahora que lo dices, sí. ¿Qué es, para ti? —Sí. Estoy tan ocupada con el trabajo que no me da tiempo, me gustaría tener a alguien que me ayudase, ¿sabe?

con un lápiz—, y le dices que llamas de mi parte.

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—Claro, claro. Mira, te doy el número —dijo la señora, escribiendo en un trozo de cartón

 

—¿Cómo se llama? —preguntó Soraya, en referencia a la candidata. —Carmelita. Es buena gente, de confianza. —Muchas gracias. —A ti, mi niña, a ti —respondió ella, agachándose para colocar unos paquetes de arroz. Una vez en casa, Soraya sacó el número de teléfono garabateado. A esas horas, supuso que mucha gente estaría en casa para almorzar, así que decidió probar suerte. Cogió el inalámbrico, tecleó los dígitos y se colocó el aparato en la oreja. A los tres tonos, respondió una voz masculina. —¿Diga? —Hola, buenas tardes. Pregunto por la señora Carmelita. —¿Para limpiar? —preguntó toscamente el hombre. —Sí. —Un momento. Segundos después, fue una voz muy distinta la que resonó en su oído. —¿Sí? —Hola, buenas tardes. Me llamo Soraya. Marita, la de la tienda, me dio su número de teléfono. Le pregunté si conocía a alguien que estuviese interesado en limpiar casas y me puso en contacto con usted. —Ah, sí —dijo la mujer, como si estuviera recordando—. ¿Y qué es lo que te hace falta? —Que viniese dos veces en semana e hiciera lo más gordo. Fregar los suelos, hacer los baños, la cocina…. Y si planchase, mejor todavía. —¿Cuánto pagas? —¿Le parece bien diez euros la hora? La mujer calló.

—Si te parece, voy a ver la casa y ya hablamos. Así nos conocemos.

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—¿Es poco? —preguntó Soraya con timidez, pues ignoraba si la tarifa era acertada.

 

—Estupendo. ¿Cuándo puede venir? —Hoy mismo, por la tarde. —Pásese sobre las seis. Es en la calle Saucillo, a la derecha de la ferretería, con la fachada pintada de color marrón oscuro. ¿Le suena? La mujer volvió a callar; la pausa fue ligeramente más prolongada que la anterior. —Sí, sé dónde es. —¿Usted se llama Carmelita, verdad? —Sí. —Yo soy Soraya. —Mucho gusto. Nos vemos después. Soraya colgó. Le pareció que todo era demasiado fácil. Sin querer confiarse por las primeras impresiones, se marchó a la cocina para preparar algo sencillo con lo que llenarse el estómago. En cualquiera de los casos, no era conveniente enfrentarse a los nuevos retos con el hambre de consejera. —5— Carmelita llegó a la casa con intachable puntualidad. Era una mujer de estatura baja, ancha, pelo canoso anudado en una trenza y vivaces ojos negros. La piel de su rostro, curtida por los años y el sol, rebosaba de la personalidad que le conferían unas profundas arrugas. Las ropas oscuras no eclipsaban la simpatía que lograba transmitir con su hablar sencillo y humilde. —¿Entonces, opina que está bien? —Sí, muy bien —respondió Carmelita, tras haber llegado a un acuerdo con la muchacha. —¿Le parece si viene los martes y los jueves, de nueve a dos? —Me parece perfecto, mi niña, pero no me has enseñado qué cosas tienes para limpiar, a ver si te lo voy a tener que comprar todo —dijo, haciendo gala de cierta socarronería.

botella de lejía, el desinfectante…

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Soraya le enseño el mueble de la solana, donde estaban guardados los cepillos, la fregona, la

 

—Si necesita algo, me lo dice y en cuanto pueda se lo consigo. Y así, el primer día concluyó con buenos resultados. Soraya, desde su despacho, trabajaba sin poder evitar echar de vez en cuando un vistazo rápido: pese a su envergadura, Carmelita se movía con una agilidad endiablada, dejando reluciente cada rincón que se topaba en su camino. Desde las juntas de los suelos, hasta los altillos de los armarios; nada se le resistía. A medida que pasaban las semanas y se acostumbraban la una a la otra, Soraya se decía que era como si Carmelita tuviese un instinto especial para con aquella casa. Sin necesidad de preguntar, era capaz de intuir cuándo una parte en concreto necesitaba un repaso o una limpieza a fondo, e iba de una habitación a otra con una seguridad aplastante. Aunque apenas intercambiaban un escueto «buenos días» y un «hasta luego», Soraya se sentía reconfortada por tener una presencia en su fortaleza. Le gustaba ese tipo de compañía, serena, sin interferencias. Los ruidos que Carmelita producía con sus labores eran una sucesión de pequeños susurros, amortiguados por la amplitud de la vivienda. El estruendo juvenil y desenfadado le exasperaba, no le permitía concentrarse para dar con los fallos que echaban abajo el sistema, que se desmoronaba irremediablemente como un castillo de naipes sin base sólida. El tiempo de entrega se iba agotando. Las presiones por parte de la empresa aumentaban, y llegó un momento en que ni siquiera salía para comprar. Llamaba a Marta, le daba dinero y le pedía que fuera a abastecerla con lo básico, para así no verse obligada a levantarse de la silla. Una tarde nublada de noviembre, Marta estalló. No soportaba contemplar la imagen de una Soraya que volvía a ser un espectro de sí misma; dos oscuras ojeras reinaban en su rostro desaliñado, y todo lo que la rodeaba evocaba a la indiferencia no solo hacia el resto del universo, sino hacia su propia persona. —Te estás destrozando, ¿es que no lo ves? —le reprendió. —Déjame, tengo que terminar.

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—¿Y de qué te servirá acabar el maldito proyecto si luego repercute en tu salud? —insistió Marta—. Tienes que aprender a establecer unos límites entre lo que es trabajo y lo que no lo es . Y, sobre todo, aprender a no rebasar ambas fronteras. Te aíslas en tu mundo y no permites que nadie entre en él. Si no haces nada por remediarlo, acabarás completamente sola, Soraya. Ella no dijo nada. Marta, resignada, dejó las bolsas con la compra en el suelo. —Yo no puedo hacer nada más. Depende de tu voluntad no perder el contacto humano y evitar convertirte en un procesador. Soraya, con la mirada fija en la base de datos, escuchó el sonido seco de la puerta al cerrarse. No era la primera vez que Marta le hablaba así. En realidad, había perdido la cuenta de sus discursos acerca de los aislamientos cíclicos, pero ninguno había tenido ese cáliz tremendista desde el que le diera aquella vez. «Tú no tienes la culpa. Seguro que tu madre no habría querido que acabaras así.» Sintió un escalofrío al pensar en ello. La sensación era desagradable y agobiante, pero le hacía recordar que dentro de su cuerpo latía un corazón que bombeaba sangre, que la llevaba a cada recoveco, que le daba vida. Una vida que estaba desperdiciando cayendo una y otra vez en el mismo error de buscar en la satisfacción laboral la cura al resto de los males. De pronto, algo en su cabeza le dijo que era un ser deplorable. Con la pobre Carmelita había actuado como si fuese un objeto, algo semejante a un mocho con autonomía. ¿Por qué no le había preguntado acerca de su familia, por ejemplo? Cuestiones sencillas, que dieran pie a mantener una conversación más o menos distendida y que les permitieran establecer un lazo más estrecho. Pero hasta que ésta llegase a hacer el turno de limpieza, tenía que transcurrir una noche entera. Así que, de momento, decidió aparcar el proyecto para ordenar la compra y darse una buena ducha. Fue tomando las cajas, latas y demás envases uno por uno, depositándolos sobre su rincón correspondiente con movimientos suaves y pausados. Luego se situó bajo el grifo y disfrutó de la sensación del agua deslizándose sobre su piel.

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Se secó y caminó desnuda por el pasillo, hasta el dormitorio. Ahí se enfundó en un camisón que, según le parecía recordar, tenía unas zapatillas a juego. Miró en la cómoda, pero no las encontró. Tampoco recordaba haber dejado cajas sin desembalar. Así que abrió una de las hojas del viejo armario de pino y echó un vistazo. Empezó a tantear con ambas manos por el interior del profundo mueble, pero era inútil, no las encontraba. Sin embargo, cuando estaba a punto de rendirse, notó algo extraño. Una de las baldas de madera estaba ligeramente suelta. La sujetó por la esquina y trató de encajarla, forcejeando hasta que dedujo que algo debía estar obstruyendo el paso. Abrió completamente el armario para obtener un poco de luz y tiró de la madera, la cual cedió tras unos intentos. Entonces, en donde debía haber más madera del armazón, se topó con un hueco excavado en la pared de ladrillo que, oculto gracias a la treta, había permanecido ajeno a su conocimiento. Soraya notó que el corazón le latía fuerte cuando extrajo una caja de latón del hueco. Se sintió como un explorador al hallar el tesoro perdido, como Amélie Poulain el día en que se topó con una sorpresa semejante en su cuarto de baño. Se sentó en la cama y abrió la caja, ligeramente oxidada. Un penetrante olor a moho se apoderó de sus sentidos. Dentro había fotografías y papeles amarillentos, insignias y algunos recortes de periódico. Lo que más llamó su atención fueron los documentos, encabezados por el logo oficial del Estado en los años de la dictadura. «¿Qué será todo esto?», se preguntó. Lo especificado bajo una redacción impersonal y estandarizada le sacó de dudas: eran las antiguas escrituras de la casa. En éstas, figuraba el nombre del dueño legítimo, del que no le habían permitido obtener dato alguno por normativa del banco. En los anexos al contrato, había una ficha con información personal del susodicho; una foto que parecía sacada de un pasaporte o similar, fecha de nacimiento, estado social y, lo más importante, nombre. «Rogelio Santana Henríquez», murmuró. Echó un vistazo a las demás fotografías. El corazón le seguía latiendo fuerte. Se sentía como una delincuente, aunque la curiosidad tenía más peso sobre su voluntad que la cautela. Rogelio, el

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hombre de la escritura, aparecía en la mayor parte de ellas. A solas, acompañado de otros hombres, de niños, de mujeres… De pronto, Soraya se quedó estupefacta al contemplar a una de dichas mujeres. Aunque a juzgar por la apariencia, en la imagen debía tener unos veintipocos años, sus rasgos actuales eran reconocibles. Buscó a la mujer en más fotografías y las dispuso encima de la cama. Aquella noche no durmió. En lugar de dedicarla a hundirse en océanos de códigos, lo hizo en la historia de aquella casa, a base de crearla uniendo las piezas de un puzle encontrado por caprichos del azar. —6— Carmelita se sentó en una de las sillas de la cocina y trató de digerir la noticia. Su hijo Ernesto evitaba mirarla directamente a los ojos y hablaba mientras fumaba toscamente un cigarrillo. —Pero, ¿así, tan repentino? —musitó. —Madre, ya te lo he dicho —espetó él, fingiendo fortaleza—. Aquí el trabajo se ha puesto complicado y a Carmen y a mí nos empieza a costar mil apuros llegar a fin de mes. Además, está el niño, y tú también. ¿No escarmentaste ya el año pasado? —Es que, no sé, tan lejos… —Pero dicen que están pidiendo soldadores. —Ernesto soltó una bocanada de humo y contempló el cigarro a medio consumir, con la mirada vacía, perdida en el infinito—. No nos queda otro remedio. Carmelita asintió. Ernesto sabía lo que debía hacer y, en su caso, era seguirle, aceptar sus decisiones como las idóneas. Aunque supusiera dejar atrás la tierra donde había nacido y crecido, y en la que siempre había pensado que moriría. Aunque tuviera que despedirse de sus últimos recuerdos y volver a empezar. —Será mejor que le digas a esa chica que ya no podrás ir a limpiarle —concluyó él.

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Carmelita volvió a darle la razón. Era jueves y le tocaba ir a trabajar a casa de Soraya. Cogió el abrigo y el bolso del perchero y, con su andar suave y ágil, abandonó el piso del matrimonio. Ernesto, una vez a solas, se lamentó. Como siempre, la procesión iría por dentro. En lo concerniente a su madre, ésta llegó a destino un poco después. Tocó la puerta y esperó educadamente a que la joven le abriese, como era costumbre. Soraya así hizo, dedicándole una sonrisa nada habitual. Llevaba el pelo cepillado; aunque no iba especialmente arreglada, no mostraba el aspecto desaliñado causado por el exceso de horas frente al ordenador. Carmelita combatió las penas con esfuerzo, dispuesta a dejar la casa como los chorros del oro. A media mañana, Soraya, con la excusa de invitarla a un café, le pidió que la acompañase al salón. —Tómese un descanso, Carmelita. ¿Le apetece un cortado? —Gracias, mi niña —respondió, sentándose junto a ella en el sofá. Ambas degustaron la bebida sin decirse nada. Soraya, armándose del valor reunido desde el hallazgo, hizo la consabida pregunta. —Carmelita, ¿usted conoce bien esta casa, verdad? —Cuando me gusta una casa y la trabajo, enseguida la memorizo. —Ya, pero… Me refería a que usted la conoce de verdad. La mujer se quedó mirándola fijamente. —Ayer… —continuó Soraya— encontré algo. Una caja con papeles y fotos antiguas, y…. Puede que sean solo fantasías mías, pero juraría que era usted la que estaba de joven en esas fotos. Carmelita no dijo nada, pero la manera en la que su rostro varió de expresión le sirvió como respuesta afirmativa. En lugar de caer presa de un terrible enfado, Soraya sintió que una calidez extraña se alojaba en su pecho. Quería conocer la historia que había detrás de las fotos. Quería conocer cómo el pasado se mezclaba con el presente de aquella mujer en el mismo escenario donde, presumiblemente, se habían desarrollado los actos de su vida. —Espero que no piense que soy una entrometida, pero me preguntaba…

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—No hay nada de lo que preocuparse —dijo Carmelita en tono conciliador—. Fui yo misma la que escondió la caja. —¿Y por qué lo hizo? —Pues… —titubeó, buscando las palabras adecuadas— Quería que en esta casa quedase una parte de él… Nuestra. Para siempre, aunque nosotros desapareciéramos. —Cuando dice él… ¿Se refiere al hombre que aparece con usted en las fotografías? Carmelita asintió. —Rogelio, mi marido. Cuando el pobre se murió, aún no había acabado de pagar. Nuestro hijo también había tenido problemas con la suya y se había mandado a mudar a un piso con la mujer y mi nieto. No podía pagar las dos deudas, así que… Soraya comprendió. La voz de Marta resonó en su cabeza. «Te estás aprovechando de la desgracia ajena». «Como sigas así, te convertirás en un ordenador sin sentimientos». «Cada vez te aíslas más de los que te rodean». Su mano se deslizó suavemente, hasta posarse sobre la de Carmelita. —Cuando la compré y la llamé para que viniera a limpiar, no sabía que había sido suya. —Aquí viví durante cuarenta años —musitó ella, presa de los recuerdos—, pero me alegra que seas tú la que la tiene ahora. —Puede venir siempre que quiera, y no sólo cuando le tenga que pagar a cambio. La cara arrugada de la mujer adoptó las formas de otra sentida sonrisa. —Ojalá pudiera, pero no va a ser posible. Mi hijo se va con su familia a La Coruña, dice que allí hay más trabajo. Tengo que acompañarles. Soraya se quedó de piedra. —Pero… ¿Usted desea irse con ellos? Carmelita se incorporó y tomo ambas tazas vacías para fregarlas. —Yo ya soy mayor —reconoció, enjuagando bajo el grifo—. Ellos hacen bastante con darme una cama, no tengo derecho a ir contracorriente.

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—Usted tiene una opinión, una voz con la que hacerse escuchar. —¿Y cómo me mantengo, mi niña, ni siquiera pude conservar lo que más quería? Soraya sintió que los ojos negros de Carmelita le atravesaban en un alarde de sinceridad exento de malicia. De pronto, tuvo una idea. —Quédese conmigo. Puede vivir aquí, llegaremos a un acuerdo. Carmelita se secó las manos y, tras tomar su abrigo y el bolso, se dirigió a la puerta. Antes de despedirse y poner rumbo a la calle, le habló con voz dulce y desenfadada. —No se puede cambiar el rumbo de las cosas. Qué se le va a hacer. —La echaré de menos —dijo Soraya. —Hazme un favor, niña. No te deshagas de la caja. Guárdala siempre en un lugar seguro. Ella asintió con un movimiento de la cabeza y la contempló mientras Carmelita bajaba las escaleras. Una vez se hubo marchado, se asomó por la ventana del salón para ver cómo se iba desvaneciendo en el caótico horizonte urbano de la zona del puerto, con sus grupos de casas heterogéneos, la gente en las aceras, el olor cercano a mar. Se sintió terriblemente sola, como si se hubiera vuelto a quedar sin nadie en el mundo. Pensó decenas de veces que no era justo que el dinero, siempre el dinero, cercara de esa manera los deseos de las personas. No era la única que reflexionaba sobre lo ocurrido. En la parada de guaguas, esperando a que pasase la que más cerca le dejaba de la casa de Ernesto, Carmelita intentaba recordar cuándo había sido la última vez en que había tomado una decisión por sí misma, sin que un padre, un hermano, un marido o un hijo lo hiciera por ella. Le resultó imposible. Y ese fue, por último, el detonante que la empujó a dar el paso, el gran cambio de sentido en la recta final de su vida. —7— El teléfono estaba desconectado, al igual que el móvil. Las ventanas estaban cerradas; la luz, apagada. Estaban a solas, ella y la pantalla del ordenador. El crujir de las teclas llenaban el espacio en el despacho. Había acabado por refugiarse en su talento para la informática con tal de huir del

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sentimentalismo. Sentir le llevaba a pensar demasiado, y pensar demasiado, a recordar y revivir cosas que deseaba enterrar. Se había acostumbrado desde niña a estar sola. Se había hecho fuerte, se bastaba para mantenerse firme en la sociedad. Era lo que las campañas de marketing denominarían una «mujer hecha a sí misma». Pero, pese a todos los logros, Soraya no pudo seguir luchando contra las lágrimas. Lloró un buen rato frente al ordenador, sin saber en realidad por qué lo hacía. Si Marta la viera, le habría dicho que era corta de miras por no distinguir la realidad que flotaba delante de sus narices. El timbre sonó. Soraya se secó las mejillas con las mangas de la bata, se adecentó el cabello. Tal vez era su amiga, en otro alarde de telepatía. «Marta viene al rescate, ella siempre sabe cuándo la necesito». Pero se equivocaba. Al abrir la puerta, no se topó con su figura menuda y estilizada, los cabellos rubios y la nariz respingona. En lugar de ella, estaba Carmelita, con su mirada azabache, su piel curtida, sus ropas pasadas de moda, y su maleta, tan grande que parecía imposible que semejante criatura pudiera haberla arrastrado por toda la cuesta hasta allí, tras haberse ido por su propio pie del aeropuerto. —Al final cambié de opinión. —Pase, mujer, pase —dijo la joven, secándose más lágrimas que se empeñaban en caer por sus mejillas. Entre ambas flotaba una sinergia de sensaciones. Tranquilidad, alegría, miedo. Pero sobre todo, valor. Por querer cambiar. Valor por seguir los dictados del corazón y no permitir que la circulación de la mano invisible, ese concepto abstracto, volviera a separarles del hogar. Valor por aceptarse mutuamente, rompiendo la gruesa barrera generacional en la que otros tantos se estrellaban.

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