Publicado por Editorial Unilit Miami, FL 33172 Derechos reservados Primera edición 2012 © 2012 por Dr. Carlos D.

Barbieri Reservados todos los derechos. Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir, ni guardar en un sistema de almacenamiento de información, ni transmitir en ninguna forma por ningún medio (electrónico, mecánico, de fotocopias, grabación, etc.) sin el permiso previo de los editores, excepto en el caso de breves citas contenidas en artículos importantes o reseñas. Edición: Nancy Pineda Diseño de la cubierta: Ximena Urra Ilustraciones de la cubierta: © 2012 bioraven, creatOR76. Usadas con permiso de Shutterstock.com. A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas se tomaron de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional. © 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional. El texto bíblico indicado con «NTV» ha sido tomado de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation 2008, 2009, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados. El texto bíblico señalado con RVC ha sido tomado de la Reina Valera Contemporánea™ © Sociedades Bíblicas Unidas, 2009, 2011. Antigua versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602). Otras revisiones: 1862, 1909, 1960 y 1995. El texto bíblico señalado con rv-60 ha sido tomado de la versión Reina Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de la American Bible Society, y puede ser usada solamente bajo licencia. Las citas bíblicas señaladas con lbla se tomaron de la Santa Biblia, La Biblia de Las Américas. © 1986 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso. Producto 495792 ISBN 0-7899-2022-0 ISBN 978-0-7899-2022-5 Impreso en Colombia Printed in Colombia Categoría: Vida cristiana /Crecimiento espiritual /General Category: Christian Living /Spiritual Growth /General

Contenido
Prólogo de Luis Palau................................... 5 Introducción: ¿Qué dices tú?...................... 7 Capítulos 1. Sujetos a su autoridad.......................... 11 2. El alcance de su sacrificio.................... 25 3. Amistad íntima bajo su voluntad........ 45 4. La excelencia de su señorío................. 69 5. La dependencia de su misericordia.... 97 Epílogo: «Papito querido» ......................... 117 Acerca del Autor.......................................123

Prólogo

E

n cualquier situación de la vida, el primer paso para lograr un cambio, ajustar una situación que está desarticulada, recomenzar algo que quizá no esté dando el fruto esperado, es simplemente reconocer que algo no anda bien. Y esta es siempre la parte más difícil. Desde el principio hemos aprendido a justificar ante los demás los errores, los fracasos, las pérdidas de rumbo, etc. En este sentido es que recomiendo Dios no tiene favoritos, pues no es un libro común. En primer lugar, es un espejo que puede reflejarte y ayudarte en la difícil tarea de reconocer la verdadera situación en la que te encuentras. En segundo lugar, este libro te ayudará a evaluar la situación con sinceridad. En tercer lugar, te guiará a intentar un cambio, si es que fuera necesario, que no solo te lleve a una exitosa meta final, sino que te permita transitar el camino disfrutando el gozo de vivir una intimidad, día a día, con Jesús. Dios permita que muchos jóvenes en toda América, que trabajan de manera activa en la obra de nuestro Señor, puedan apartar un tiempo para analizar el camino andado y, en humildad de corazón ante Dios, hacer los ajustes que pudieran ser

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necesarios para vivir una verdadera intimidad con Cristo, como dice el libro escrito por mi compañero de tantos años, Carlos Barbieri. Carlos, ministra a mi lado desde el año 1982, cuando era apenas un joven con gran potencial y deseos de servir a Cristo. Se unió a nuestro equipo al terminar su carrera de periodismo en Buenos Aires, Argentina, y desde ese entonces dirigió cruzadas y actividades evangelísticas en casi todos los países de nuestro continente. Carlos ha viajado de manera incansable compartiendo con pastores y líderes de todas las denominaciones. Está casado con Judith y juntos han formado y construido una familia cristiana magnífica que honra a nuestro Señor Jesucristo. Tengo la completa seguridad de que sus experiencias volcadas en las páginas de este libro te ayudarán a consolidar esa relación de vida con nuestro Dios, que todos necesitamos fortalecer cuanto antes. Te recomiendo que leas lentamente cada capítulo en oración, a fin de que busques esa intimidad con Jesús que supera toda estructura o plan humano... A los pocos meses notarás un cambio profundo en tu andar con Jesucristo.

Introducción
¿Qué dices tú?

H

ace poco recibí un correo electrónico con un texto bastante extenso y totalmente mal escrito: Faltas de ortografía, letras faltantes o sílabas invertidas en la misma palabra. ¡Un verdadero caos literal! Sin embargo, lo interesante fue que pude leer de corrido todo el texto y entender a la perfección su significado, aunque algunas palabra solo tenían la mitad de sus letras. Me explicaban que el cerebro está preparado para descubrir ideas en signos incompletos interpretando el contexto:
Sgeun etsduios raleziaods, no ipmotra el odren en el que las ltears etsen ecsritas, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera etsen en la psiocion cocrreta.

De la misma manera, nuestro cerebro puede actuar de forma inversa y pasar por alto en la lectura la comprensión de algo repetidas veces, como si lo bloqueara. Esta podría ser una explicación de por qué he pasado decenas de veces sobre el pasaje de Mateo 26 y jamás reparé en una palabra que tuvo el poder para ayudarme después a entender la diferencia entre religión y vida.

Dios no tiene favoritos

A la verdad el Hijo del hombre se irá, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que lo traiciona! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. —¿Acaso seré yo, Rabí? —le dijo Judas, el que lo iba a traicionar. —Tú lo has dicho —le contestó Jesús.
Mateo 26:24-25

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En esa famosa «última cena», al lado Cristo se encontraba un nefasto personaje y administrador del grupo. Se trataba del político y desalmado Judas, el que se vende y vende a Jesús por treinta monedas. En esta ocasión, mantiene un corto diálogo con el Señor y nos abre la puerta a un mundo desconocido, a una dimensión distinta en la relación con Dios que solo algunos pocos han alcanzado y que en este libro quiero mostrártelo, a fin de que lo descubras también. Debo confesar que leí muchas veces la respuesta de Jesús: «Tú lo has dicho». Por eso, desde el primer momento en que era apenas un niño en aquella clase bíblica, pensé que utilizando un juego de palabras, Jesús afirmaba lo que Judas preguntaba: «¿Acaso seré yo?». Era como si el Señor dijera: ¡Sí, eres tú, Judas! ¡Tú me vas a traicionar! Sin embargo, no es así. Cuando Jesús dijo: «Tú lo has dicho», hace referencia a la palabra «rabí», que significa «maestro». Entonces, ¿qué dijo Judas que le delató? Solo llamó a Jesús con la palabra que salió de lo profundo de su corazón. En ese momento de gran tensión y nerviosismo, comiendo al lado del hombre a quien traicionaría,
Si esa palabra impensada, si ese grito de angustia y desesperación es: ¡Maestro!, estaremos condenados. En cambio, si ese gemido del alma se convierte en la boca en la palabra «¡Señor!», el alma estará firme en sus manos.

Introducción

lo llamó «Maestro», pues aunque estaba con los doce discípulos y había caminado con Él durante casi tres años, nunca Jesús fue su Señor.

A tu Maestro lo puedes traicionar, pero jamás traicionarías a tu Dios
Nadar en las aguas de la religiosidad nos llevará, tarde o temprano, a ahogarnos en ellas. Cuando llega el momento de la prueba, cuando nos vemos en el instante del dolor, ponemos al descubierto lo que hay en nuestro corazón. En casos así tenemos dos opciones. Es posible que mi boca, o la tuya, pronuncien una palabra que no tenga el tiempo de pasar primero por el filtro de la mente y que surja desde el fondo del alma, sola, en bruto. Entonces, si esa palabra impensada, si ese grito de angustia y desesperación es: ¡Maestro!, estaremos condenados. En cambio, si ese gemido del alma se convierte en la boca en la palabra «¡Señor!», el alma estará firme en sus manos. Ahora, quiero que juntos, tú y yo, recorramos estas páginas para alinear nuestra mente, nuestra alma y nuestro cuerpo con Cristo. De ese modo, seremos capaces de salir de las «medias tintas» de una cultura cristianizada que nos envuelve y nos engaña hasta hacernos creer que somos verdaderos discípulos, elegidos y favoritos solo porque compartimos una mesa y mojamos nuestro pan en el mismo plato donde lo hace Jesús. Esa cultura seudocristiana es la que al final nos llevará a quedar colgados de una soga, con la lengua afuera, como terminó Judas. Además, juntos intentaremos revisar nuestra relación del día a día con el Señor, y empapar nuestra vida de su vida para no vivir una religión, sino una existencia en sus manos, en intimidad. Como resultado, esto nos permitirá comenzar a disfrutar la eternidad de la salvación, aquí y ahora, mientras caminamos de este lado de la tumba cuando laten aún nuestros corazones.

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Capítulo 1

Sujetos a su autoridad
Que toda la gloria sea para él, quien es el único Dios, nuestro Salvador por medio de Jesucristo nuestro Señor. ¡Toda la gloria, la majestad, el poder y la autoridad le pertenecen a él desde antes de todos los tiempos, en el presente y por toda la eternidad! Amén.
Judas 25, ntv

L

os que nacimos en algún país latinoamericano y aprendimos a movilizarnos en transporte público, llegamos a los Estados Unidos e intentamos repetir la simple fórmula de preguntar qué ómnibus nos lleva al lugar que queremos ir. Cuando la otra persona pone esa particular cara de «no tengo ni idea», descubrimos que, en verdad, estamos en un lugar distinto. Si te quedas sin automóvil en los Estados Unidos, estás atrapado. Ante esa situación, intenté comprar un auto de la marca Dodge, porque siempre me han gustado los automóviles estadounidenses. En mi país tenían fama de fuertes y de gran respaldo a la hora de necesitar algún repuesto. Sin embargo,

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cuando se los mencioné a mis hijos, a mi esposa y a algunos amigos, de inmediato me recordaron que en esos días la empresa estaba a punto de presentarse en bancarrota. Cosa que había escuchado, pero que no le presté la importancia debida ni le adjudiqué la trascendencia que tendría esa noticia. La sola posibilidad de la quiebra podría hacerles perder mucho valor a los vehículos que están en la calle, provocar falta de piezas de repuesto, problemas con las garantías, etc., etc. Así que pensé: Es verdad todo lo que me dicen, pero también es verdad que por ese mismo miedo a las consecuencias de una quiebra deben haber perdido miles de posibles compradores y los autos nuevos estarán más baratos o con increíbles ofertas. Testarudo, al día siguiente fui a una de las mayores agencias Dodge de la ciudad. Allí, apenas en la entrada, un grupo de unos ocho vendedores sentados y conversando, sin tener otra cosa que hacer, me dieron la bienvenida con un notable doble mensaje. Lo entendí al momento y quise retroceder, ¡pero ya era tarde! Uno de aquel grupo se había levantado y me cerraba la salida. Los demás me miraban como si fuera un futuro cadáver y ellos los buitres esperando la cena. Entramos a la desolada sala de ventas, y hablamos de precios y modelos. Todo estaba muy bien, y lograría, «con mi buen crédito», acceder a una cómoda financiación. Pero también llegó el momento, como todo llega, de hablar del respaldo de un vehículo «Dodge». Y como buen vendedor, ignoró mi pregunta, e intentó hacerme sentir desubicado por preguntar «semejante tontería». Pero insistí. Con profesional desenvoltura, una de las pocas cosas que admiro de un vendedor de automóviles a los que considero una «casta» para la cual se nace, me explicó que me daría una garantía

Lo entendí al momento y quise retroceder, ¡pero ya era tarde! Uno de aquel grupo se había levantado y me cerraba la salida.

Sujetos a su autoridad

por cinco años. Además, me ofreció regalarme el mantenimiento en sus talleres para todo el primer año de uso. Solo por mi mirada y silencio, que debe haberle dicho algo, agregó sin dejarme opinar que me daría una rebaja adicional. Se trataba de una garantía especial que cubriría los efectos que el terrible sol del sur de Florida puede causarle a la pintura después de algunos años. En mi interior sentía que quería comprar el Dodge, pero este vendedor había logrado hacerme dudar. Antes que todo, hablaba en primera persona: de cómo él me daría las garantías. Era evidente que ese vendedor no era el que respaldaba el vehículo, pues solo representaba a una compañía que, al final, es la que ofrece el auténtico amparo de los productos que vende. Luego de decirle que recordada su nombre, en una clara actitud copiada a esta «casta» de vendedores, le hice varias preguntas como estas: ¿Quién era en realidad el que respaldaría mi compra? ¿Quién me daría la garantía a través de los cinco largos años siguientes? ¿Cómo sería el servicio de mantenimiento en un taller que hoy está abierto, pero que mañana podría estar cerrado? Sin poder ya esquivar el problema, intentó otra vez de hacerme sentir ignorante por suponer que una empresa que casi nació con la nación, que tiene miles de empleados y cientos de fábricas en todo el mundo, podría simplemente quebrar y dejarme a mí, mísero cliente, último eslabón de la cadena, sin garantías. Ante tal situación, y por no querer quedar como un tonto, le dije: «Hasta hace apenas unos días, de seguro que usted no hablaba en su nombre acerca del futuro, sino que al ofrecer las garantías lo hacía con orgullo en nombre de la Dodge. Es más,

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En mi interior sentía que quería comprar el Dodge, pero este vendedor había logrado hacerme dudar.

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hablaba con autoridad, pues representaba esa marca como la cara visible de la compañía con todo su historial de años y su capital de miles de millones de dólares. Por consiguiente, si algo le pasaba a mi automóvil, no tendría que buscarle a usted en su casa para que me lo arreglara, sino que la Dodge tendría esa responsabilidad y actuaría, sin dudas, en consecuencia». Tomé aire y terminé mi defensa diciéndole: «Me llama la atención y me preocupa que usted hable ahora en primera persona y no en nombre de la Dodge. Tal vez eso signifique que prefiere que confíe en usted y no en una compañía que está a punto de entrar en bancarrota, que le ha defraudado, que está por despedirle». Casi sin querer, salí de la agencia de venta de automóviles con mi mente puesta en la autoridad que hay detrás de un nombre y las grandes ventajas que podemos tener cuando nos autorizan a hablar de parte de esa compañía, persona, proyecto, etc. Ahora con el asunto de la autoridad ocupando mis pensamientos, pero con el problema todavía latente de mi falta de vehículo, regresé a casa. Ya allí, le pedí a mi hijo mayor que fuera hasta la casa de un vecino, con el cual tengo una amistad de años, y le pidiera prestado el automóvil para un compromiso ineludible que tenía esa noche en la iglesia. —No me lo va a prestar, papá —fue su respuesta a mi petición. —¿Por qué no lo haría? —le pregunté. —Es que los otros días se lo pedí para salir con unos amigos y me lo negó —me respondió. —Pues bien, también yo te lo hubiera negado —le dije—. Pero ahora ve y dile que yo te envío para que me preste el auto. Dile que vas en mi nombre, que vas de mi parte. Y regresó con el automóvil...

Ahora con el asunto de la autoridad ocupando mis pensamientos, pero con el problema todavía latente de mi falta de vehículo, regresé a casa.

Sujetos a su autoridad

Ya, a estas alturas, la cuestión de la autoridad del nombre en el que puedes presentarte, hacer o pedir algo estaba provocándome una profunda reflexión, pues el Señor me decía con claridad que debía profundizar en este asunto.

La adecuada alineación
Recuerdo muy bien mi bautismo. Al salir de aquellas aguas dando testimonio de mi incorporación a las filas del cristianismo, me sentí un soldado de Jesús. Quizá en esos momentos recordara algún canto de la infancia. Esa noche me vi con un nuevo uniforme, orgulloso y dispuesto a cruzar los mares por mi Cristo. Sin embargo, no tardé en experimentar una fría desazón al ver algunas personas, que estuvieron ese día junto a mí en el bautisterio, caer abatidas por las balas enemigas y vistiendo el mismo uniforme. Personas que se desplomaron pensando que su atuendo era «a prueba de balas», y allí quedaron destrozadas. Hoy pienso que tal vez Judas se imaginara que su uniforme de cristiano, con el cual había logrado mezclarse entre los discípulos, lo cubriría de las balas enemigas, y no fue así. Apenas treinta monedas lo desnudaron. El problema está en que hay algo más que un uniforme. Hay un nombre detrás. Hay una autoridad ganada de la cual no podemos echar mano solo por vestir el uniforme del que la ganó. Detrás del atuendo hay una relación, y esa es la que nos da el derecho de usar la autoridad ganada por Cristo que es lo que nos autoriza. Es una realidad: Se nos hace muy difícil salir de las medias tintas en las que nos sumergimos día tras día cuando caminamos por la vida, porque la cultura cristiana nos ha envuelto

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La tentación de obtener las cosas al momento es difícil de resistir.

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hasta engañarnos por completo. Con esto, ha logrado su objetivo de hacer que vivamos creyendo que nuestro uniforme nos librará de caer destrozados al salir de la trinchera, para después avanzar hacia la conquista de la Tierra Prometida con su autoridad. Entonces, damos un paso al frente y sentimos el golpe y el dolor de la herida. Así que retrocedemos y nos escondemos en el mundo, entre su gente y sus ideales. Luego, reaccionamos, miramos nuestro uniforme otra vez y notamos que es distinto al que visten nuestros compañeros de trabajo o estudio. Estará manchado, quizá, pero es distinto sin dudas. De modo que queremos salir de allí. Sin embargo, viene de nuevo el golpe... y las «medias tintas». Ahora, nuestro próximo objetivo es alinearnos con Cristo. Para eso debemos aprender a escuchar su voz de mando y obedecer. De esa manera no quedaremos expuestos sin necesidad a las balas ni a los golpes de una lucha que ya Él luchó. Además, así no nos quedaremos envueltos en los avatares de una guerra que está ganada.

En el nombre del Hijo
Durante toda mi vida escuché, quizá algunas veces como muletilla, mencionar el nombre de Jesús al terminar una oración. Sobre todo, lo mencionaban para pedir o reclamar algo. Algunas veces, la frase se repetía elevando la voz, con insistencia y con tono agresivo, como buscado en la misma frase un poder instantáneo.

Se nos hace muy difícil salir de las medias tintas en las que nos sumergimos día tras día cuando caminamos por la vida, porque la cultura cristiana nos ha envuelto hasta engañarnos por completo.

Sujetos a su autoridad

También otras veces vez me preguntaba si sería que Dios no escuchaba a aquel predicador emotivo que intentaba con la fuerza de sus gritos y en la repetición del «Nombre» sanar las dolencias de alguien que con timidez retrocedía antes sus frenéticas exclamaciones. No obstante, ¿por qué hablar de «aquel predicador» si ante la duda y la necesidad quién de nosotros no ha reclamado algo de su Nombre? Lo hacemos con más ímpetu o con menos, ya sea en público o en privado. Es más, ¿quién no buscó también el poder de la frase «espiritual y casi mágica» que nos abriría la puerta del cielo? La promesa es clara y simple:
Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo. Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré.
Juan 14:13-14

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Sin embargo, a pesar de su indudable promesa, esa persona nunca se sanó de su mal, ni con los gritos de aquel hermano, ni con el poder de la frase mencionada una y mil veces. ¿Y cuántas peticiones nuestras quedaron en el tintero del escritorio de Dios aunque se hicieron en el nombre de Jesús? ¿Te preguntas tú lo mismo? En el pasaje de Juan 14, leyendo algunos versículos anteriores, podemos ver un poco más claro este asunto:
Dijo entonces Tomás: —Señor, no sabemos a dónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino? —Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí. Si ustedes realmente me conocieran, conocerían también a

Ahora, nuestro próximo objetivo es alinearnos con Cristo. Para eso debemos aprender a escuchar su voz de mando y obedecer.

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mi Padre. Y ya desde este momento lo conocen y lo han visto. —Señor —dijo Felipe—, muéstranos al Padre y con eso nos basta. —¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: “Muéstranos al Padre”? ¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras. Créanme cuando les digo que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí; o al menos créanme por las obras mismas. Ciertamente les aseguro que el que cree en mí las obras que yo hago también él las hará, y aun las hará mayores, porque yo vuelvo al Padre. Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo. Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré.
Juan 14:5-14

Tomás y Felipe estaban desorientados por completo. Se relacionaban de cerca con Jesús, pero no le conocían hasta el punto de ver al Padre en el Hijo. Quizá se dieran cuenta de las obras que realizaba Jesús, pero no se percataban de que el Padre las hacía en Él y por medio de Él. En esta situación, me imagino a Jesús con una mezcla de enojo y frustración. Ante sí tenía a dos de sus discípulos que confesaban que no entendían de dónde provenía su autoridad

¿Quién no buscó también el poder de la frase «espiritual y casi mágica» que nos abriría la puerta del cielo? La promesa es clara y simple.

Sujetos a su autoridad

en estos años de ministerio terrenal. El dolor debe haberse hecho presente en el Maestro al mirar al grupo: Uno le entregaría, otro le negaría en apenas unas horas y dos... no habían entendido nada. Así que les dice:
Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras.
Juan 14:10, rvc

En sus últimas horas antes de ser entregado y padecer, Jesús quería reafirmar algunos conceptos clave con el equipo. La revelación que había causado gran confusión en el seno del grupo era aquel nuevo y revolucionario concepto: «El que cree en mí, hará también las obras que yo hago; y aun mayores obras hará, porque yo voy al Padre» (v. 12, rvc). Entonces, después de darles las últimas enseñanzas, Jesús oró por ellos y por los que en el futuro creerían por la palabra de sus discípulos... y lo arrestaron. Es posible que Tomás y Felipe se preguntaran: «Si Jesús actúa en nombre de su Padre y lo ha dejado tan claro una vez que le explicamos nuestra confusión, ¿por qué nosotros ahora debemos actuar en el nombre de Jesús y hasta con su promesa de que haremos cosas mayores en su nombre?». La respuesta es sencilla: Jesús estaba a punto de ganar en la cruz la autoridad suprema en el cielo y en la tierra y, al lado del Padre, ser como antes y como siempre. Todo pasa por la autoridad que Jesús alcanzó al morir y resucitar, venciendo el pecado y la muerte. El Padre se complació
Tomás y Felipe estaban desorientados por completo. Se relacionaban de cerca con Jesús, pero no le conocían hasta el punto de ver al Padre en el Hijo.

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en el Hijo y aceptó su sangre en lugar de la nuestra. Aceptó la sangre de uno que era perfecto, la suya misma, porque eran uno. Más adelante, en las próximas páginas, veremos a fondo este tema que parece una mezcla confusa de palabras, pero que es la base de nuestra salvación.

Características de la vida de Jesús
Durante sus tres años de ministerio, Jesús hacía las obras que el Padre le decía que hiciera. Todo esto se sujetaba de manera indefectible a su voz, tanto las enfermedades, los demonios, como el mar y el viento. Al igual que tantas cosas que no alcanzarían las páginas de todos los libros del mundo para contarlas. Por último, se sujetó la misma muerte, a la que venció, haciéndonos vencedores con Él, a los que creemos. En resumen, podemos decir lo siguiente: • La vida de Jesús se caracterizó por la dependencia absoluta a su Padre desde temprana edad. Apenas siendo un niño les dijo a sus padres, José y María: «¿Acaso no sabían que es necesario que me ocupe de los negocios de mi Padre?» (Lucas 2:49, rvc). • Una vida que se distinguió por la alegría que el Padre tenía en el Hijo y en su actuación en la tierra: «Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Lucas 3:22, rv-60). • Una vida que jamás dejó de dar la gloria a su Padre y de enseñárnoslo: «Tuyo es el reino, el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén» (Mateo 6:13, rvc).

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Jesús estaba a punto de ganar en la cruz la autoridad suprema en el cielo y en la tierra.

Sujetos a su autoridad

• Una vida que ganó la autoridad, estando bajo autoridad. En cuanto resucitó, declaró: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18, rv-60). Ahora los que aceptamos que Él ocupó nuestro lugar y le recibimos, nos dio la potestad de ser hijos de Dios:
Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.
Juan 1:12

Por lo tanto, podemos ser, llamarnos y sentirnos amigos de Jesús, así lo expresa su Palabra:
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes.
Juan 15:15 21

Representantes de Dios
Un nuevo panorama se nos abre: Somos representantes de Dios mismo en la tierra, ¡sus hijos! ¡Amigos de Jesús! Íntimos. Hemos recuperado la antigua unidad con el Padre por medio del Hijo. Sin embargo, al ver y al analizar el mismo pasaje de la conversación que Jesús mantuvo con sus discípulos, apenas horas antes de que le entregaran, vemos otra gran afirmación que nos orienta:
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:6, rv-60

La vida de Jesús se caracterizó por la dependencia absoluta a su Padre.

Dios no tiene favoritos

Podemos ser, llamarnos y sentirnos amigos de Jesús.

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Somos representantes de Dios, amigos de Jesús, salvados por su intervención. Por lo tanto, todo lo que Él nos diga, nosotros podemos decírselo al Padre en su nombre y el Padre lo hará. Ahora bien, para llegar al Padre, todos nosotros debemos pasar por medio de Él. Esto es lo mismo que el trato con mi vecino que no le prestó la primera vez su automóvil a mi hijo, pero sí se lo dio cuando lo fue a pedir en mi nombre. Así es la relación entre la frase de pedir algo «en el nombre de Jesús». El mismo Jesús te dice que le pidas las cosas en su nombre al Padre. Sin embargo, otra cosa muy distinta sucede cuando pides algo que solo se te ocurrió a ti, pues aunque uses su nombre, no tiene el verdadero respaldo de que lo estás pidiendo de su parte. Por ese motivo es que muchas veces esbozamos el nombre de Jesús, o lo escuchamos en boca de otros, sin resultado alguno. El asunto es que antes Jesús mismo tiene que darnos el encargo para que después vayamos en su nombre a pedírselo al Padre. Si se cumple este requisito, de seguro que el Padre lo hará, porque no somos nosotros que lo pedimos según nuestra idea de lo que puede ser mejor o peor, sino que es el Hijo el que nos dijo que lo hagamos, y Él tiene toda la autoridad ganada en la cruz del Calvario. Un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra una situación de la cual podemos extraer mucha enseñanza. Se trata del día en el que Pedro y Juan se dirigían al templo de Jerusalén a la hora de la oración:

Un nuevo panorama se nos abre: Somos representantes de Dios mismo en la tierra, ¡sus hijos! ¡Amigos de Jesús!

Sujetos a su autoridad

Un día subían Pedro y Juan al templo a las tres de la tarde, que es la hora de la oración. Junto a la puerta llamada Hermosa había un hombre lisiado de nacimiento, al que todos los días dejaban allí para que pidiera limosna a los que entraban en el templo. Cuando éste vio que Pedro y Juan estaban por entrar, les pidió limosna. Pedro, con Juan, mirándolo fijamente, le dijo: —¡Míranos! El hombre fijó en ellos la mirada, esperando recibir algo. —No tengo plata ni oro —declaró Pedro—, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda! Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante los pies y los tobillos del hombre cobraron fuerza. De un salto se puso en pie y comenzó a caminar. Luego entró con ellos en el templo con sus propios pies, saltando y alabando a Dios. Cuando todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios, lo reconocieron como el mismo hombre que acostumbraba pedir limosna sentado junto a la puerta llamada Hermosa, y se llenaron de admiración y asombro por lo que le había ocurrido.
Hechos 3:1-10

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Mientras analizaba este pasaje, me detuve en el instante donde se detiene la escena y es en el momento cuando Pedro le dice al lisiado que lo mirara y este se queda unos segundos atento en espera de lo que recibiría. Me imagino que Pedro en ese instante

Jesús mismo tiene que darnos el encargo para que después vayamos en su nombre a pedírselo al Padre.

Dios no tiene favoritos

le pregunta a su Señor: «¿Puedo de tu parte, mi Señor, darle a este hombre su sanidad, para que tu nombre sea glorificado y muchos crean en ti? ¿Puedo pedirle al Padre de tu parte que le sane?». Y Jesús le contesta al instante: «Sí, Pedro, puedes usar mi nombre para pedirle al Padre que le dé su sanidad, para mi gloria, a este pobre hombre. Dile que se levante y camine». Entones Pedro mirándolo todavía le dice: «No tengo oro ni plata, pero de lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!» (v. 6, rvc). Y anduvo. No juguemos a ser cristianos cuando podemos serlo de verdad. Pídele al Padre en el nombre del Hijo, lo que Jesús te pida a ti. Entonces verás y te asombrarás de cómo se mueve la mano de Dios, porque la autoridad de su Hijo está de por medio.
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No juguemos a ser cristianos cuando podemos serlo de verdad.

Dios no tiene favoritos...

P

areciera a simple vista que algunos líderes cristianos pudieran tener una relación extremadamente especial con Dios, algo vedado, limitado, a la mayoría de los mortales. Pareciera por momentos que existen algunas hojas en la Biblia que pocos encuentran, donde se detallan los pasos a seguir para acceder a escalones de privilegio. Pareciera que algunos pocos entraron entre los favoritos, entre los pocos elegidos que «ministran». Sin embargo, la verdad del evangelio está bien lejos de los favoritismos, de los lugares de privilegio reservados para los «siervos»... Porque Dios no tiene favoritos en su Reino. Porque abrió la puerta de los cielos en igualdad a todos los que en confianza se acercan, por medio de Cristo, para disfrutar de la renovada intimidad ganada por Él en la cruz.
Recuerden que el Padre celestial, a quien ustedes oran, no tiene favoritos. Él los juzgará o los recompensará según lo que hagan. Así que tienen que vivir con un reverente temor de él mientras sean «extranjeros en la tierra».
1 Pedro 1:17, ntv

El Dr. Carlos Barbieri ministra junto al Dr. Luis Palau desde 1982. En la actualidad, se encarga de la producción ejecutiva de los «Festivales Palau», multitudinarios eventos públicos de música y conferencias de motivación cristianas, así como dirige desde 1995 el «Instituto Bíblico Palau». Fue ordenado al ministerio en 1995, y forma parte del equipo pastoral de Christ Fellowship, en español. El Dr. Barbieri reside en la ciudad de Miami, Estados Unidos, con su esposa, Judith, y sus tres hijos.

Dios no tiene favoritos, sino que tiene un pueblo escogido en su Hijo, sacerdotes, una nación santa, ¡íntimos en Cristo!
Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.
1 Pedro 2:9, nvi

Tú ya tienes el acceso a esa intimidad con Dios en Cristo... Por lo tanto, ¡descúbrela y disfrútala! www.editorialunilit.com

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