ENTRE COSTUMBRES Y MISTERIOS

Víctor Francisco Pingo Guzmán EL HERMANO QUE SE CONVIRTIÓ Parece que fue hoy cuando, en el umbral de mi puerta, apareció la esbelta figura del hermano Simón. Su cara de pellejo de zapote contradecía al elegante traje que vestía. “¡Qué borráu era el bandido! ¡Qué borráu!” Vestía elegante con el cuello tiesito y la lengua de vaca que adornaba su pecho. ¡Carajo!— me dije— este borráu parece “evangelio”, capaz viene a joder la paciencia. — ¡Buenos días, hermano!— me dijo— Soy Simón Cruz de la ciudad de Talara. (Imagen llegando) Me dio la mano y sentí un friíto recorrer mi cuerpo. La suavidad de su mano me hizo soñar con una chinita venida de Lima. Era hermosa, de suaves manos que no se comparan con las manos hacheras de mi Jacinta. — ¿Es, usted, el señor Amancio?— esta pregunta desdibujó mi recuerdo. — Sí, soy yo— le respondí— ¿qué se le ofrece? —Samuel, su hijo, me envía a pasar unos días en su casa. Sabe, estoy de vacaciones y quisiera disfrutarlas en este pueblo que tiene un hermoso paisaje. (Dialogo, dos, desconcertado) — ¡Gua! ¿De vacaciones? Y ¡a mí qué me importa!— me dije— ¡Qué se habrá creído mi hijo! ¿Acaso, este hombre está acostumbráu a comer pescáu, yucas, a saborear la rica blanquita y dormir en tarimas de palo? ¡Qué descarado mi hijo! En qué lío me ha metido. El hermano Simón rompió las costumbres de mi casa. Pa’ todo rezaba. A la hora de comer me hacía arder de rabia, pues tenía que escuchar un largo sermón: “Dios quiere esto, quiere lo otro... No se debe bailar porque los que bailan son diablos y los que toman chicha son coches”. ¡Qué cholo pa’ cojudo! ¿Cómo dejar mi chicha que me da fuerzas para hacer bailar mi lampita? ¡Ah! Y sobre todo pa’ ser cumplidor con mi china y cuajarle churres machazos. ¡Cómo no arder de rabia, cuando la invasión llegó a mi repisa? Allí estaba mi Cautivito milagroso, mi Mechita, mi Fray Negrito y mi Patroncito del pueblo, Sagrado Corazón de Jesús, protector de nuestras chacritas. — ¡Qué es esto!— exclamó furioso el hermano— ¿No saben que estos son ídolos? ¡Saquen esto de aquí, antes que los rompa! ¡Arrójenlos a la basura! ¡Sólo debemos creer en Dios! ¡Nada más en Él! Mi mujer, que complacía en todo al metiche, asustada cogió todos los Santitos y los fue a botar al basural, ubicado a pocos metros de mi casa. Yo estaba dolido y mi china también. Pero, no nos resignamos a perderlos. En la madrugada, sin hacer ruido, me levanté y fui al basural. Allí estaban todavía, entre la basura. Los recogí, los apreté fuertemente contra mi pecho, los besé y lloré desfogando mi rabia. Volví a casa y los oculté cuidadosamente en mi cuarto: ¿Cómo iba a dejar en esa asquerosa basura a mis Santitos? ¿Cómo?... Con el transcurrir del tiempo, por la actitud del hermano Simón, descubrí que era “Evangelista”; pues le había dicho a mi hijo: “No te preocupes, Samuel, yo rescataré a tu padre de la vida mundana que lleva, le expulsaré ese demonio borracho que tiene. ¡Yo lo convertiré!, Pues he vuelto a muchas ovejas descarriadas al camino del Señor”. Sí, ese era el fin que lo había traído y me cojudió que había venido de vacaciones. Desde ese momento me dije: — ¿Amancio, eres feliz con tus costumbres? ¿Eres feliz con tus creencias? — ¡Sí! Claro que sí, me siento feliz. —Acaso con ellas ¿ofendes a tu Dios? — ¡No! De ninguna manera. —Entonces ¿permitirás que ese borráu se salga con su gusto? — ¡Qué! ¡Eso nunca! Vamos a ver quién puede más... Así comenzó nuestra disputa. La chacra fue el primer escenario de nuestras batallas, pues el hermano gustaba acompañarme. Pobre Simón; el “cabo” de la lampa hizo brotar de sus manos de hembra grandes ampollas, que reventaban produciéndole fuerte ardor. Pobre, no conocía el secreto de echarse saliva en las manos para no ampollarse. El sol colaneño, también, jugó un importante papel; sus ardientes rayos nos hacían sudar a chorros y secaba nuestras gargantas, produciéndonos una insaciable sed. Simón, con la

mano, limpiámbase el sudor de la frente y me miraba de reojo queriéndome decir “Tengo sed”, pero no se atrevía. ¡Qué cholo pa’ terco! Prefería aguantar la sed, en vez de tomar la espumosa chichita que siempre llevaba en mi fiel calabazo. ¡Quería agua el muy...! Pero, yo, por joderlo; nunca llevaba agua a la chacra. Un día simulé ir a echar pasto a mi burrito, el hermano Simón miró a todos lados, dejó parada la lampa y fue hacia la alforja. Presuroso sacó el calabazo, lo levantó y le dio un largo sorbo. Muchos días hizo lo mismo. ¡Cómo se saboreaba el muy bandido! Hasta que un día me presenté ante él. Se sorprendió. Presuroso, con su mano, trató de borrar el bigote blanco que había sobre sus labios y me miró asustado. —No se preocupe, hermano— le dije— siga nomás ¿Está rica verdad?— Simón sonrió y moviendo afirmativamente la cabeza reconoció que la chicha era sabrosa. Un día asistimos a un matrimonio. Simón, el hermano, vestía elegante como el primer día en que llegó a mi casa. — ¡Qué viva los novios!— decían los invitados. El novio se pavoneaba bailando con su linda cholita. Así, comenzó la fiesta: Los novios bailaron con toda su descendencia el tradicional “Danubio Azul”; luego vivieron las fotos, vino el brindis y se armó la jarana...

— Salud por los novios— se escuchaba decir. Los potos de chicha pasaban de mano en mano haciendo entrar en calor a todos los invitados, que ya picaditos salían a bailar... Así entre tragos y baile transcurrió la fiesta. A las 5 de la mañana del siguiente día, tocaron a mi puerta. Desperté asustado, miré a todos lados y me di cuenta que estaba en mi cuarto. No recordaba nada. Me levanté presuroso. Abrí la puerta. — ¡Buenos días de Dios, don Amancio!— me saludó el ayudante del carro que va a Talara. — ¡Buenos días!— le respondí. —Don Amancio, ¿aquél hombre que está allá, no es el hermano Simón?— señaló, el ayudante, hacia la vereda en donde dormía un hombre. Corrí hacia allá. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que era el hermano Simón; roncaba fuerte “¡Dios mío, parecía un tractor!”. Trate de despertarlo, pero me fue imposible. El hermano Simón estaba borracho. Su ropa estaba chorreaba de chicha y su lengua de vaca ya no estaba en su lugar; se la habían robado. Miré al hermano de pies a cabeza y no pude contener la risa y me dije: “¡Ah, hermano! ¿Cómo decías que los que toman chicha son coches... y los que bailan son diablos?”... Todavía con la sonrisa entre los labios, miré al ayudante y le dije: —Si ves a mi hijo Samuel, dile que me mande otro hermano, pero de esos que paren fuerte...

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