Hugo Blumenthal © 2007

¿Qué hacer con ese oscuro objeto de deseo llamado texto?
por Hugo Blumenthal

Jesús González–Requena, en un artículo cuyo título distorsiono aquí, define al texto como superficialidad de significantes a través del cual el lector se desplaza inscribiendo su deseo, inscribiendo sentido; pero con múltiples trayectos, tejidos en el texto, que hacen de él, en definitiva, un volumen de indefinidas dimensiones sin ningún significado último; y al final propone que el texto sea simplemente leído, leyéndonos en su superficie, porque al comprometer al sujeto en su deseo toda lectura está más allá de cualquier análisis.1 Yo no estoy en desacuerdo, pero me parece necesario e indispensable precisar y aclarar el sentido del texto como productividad al que el autor parece apuntar desconociendo a Kristeva, Barthes y otros agrupados bajo la revista Tel Quel. Una consecuencia de tal desconocimiento es la dificultad que parece tener para establecer la diferencia entre un texto que considera “rico” y otro “pobre”. Al final la única prueba de la calidad de un texto que logra articular es negativa, en contraposición al modelo comunicativo: un texto “pobre” sería aquel que se agotaría en su decodificación. Barthes a finales de los años sesenta proponía algo muy similar, con la ventaja de que lograba articular un sentido positivo para evaluar los textos a través de la escritura. Así, Barthes contraponía los textos escribibles, que obligan al lector a ser productor del texto, a los textos legibles, que lo mantienen en el papel de simple consumidor.2 Por tanto, lo que hace González–Requena es oponerse apenas al uso comunicativo en el texto sin ir más allá, sin criticar una lectura representativa y reproductiva, y sin conseguir, en últimas, relacionar texto y productividad más que como una sospecha. Sin embargo, mantengo la definición de texto que da Gónzalez–Requena –llevaría tiempo explicar una más semiótica– para señalar esa inscripción del deseo tanto del escritor como del lector en el texto. Deseo que, como se sabe, es inconsciente, que el sujeto no puede conocer sin antes haberlo experimentado de alguna manera, y que aún entonces se mantendrá oscuro, resistiéndose a una definición que sólo podría dar su muerte. Pero su experiencia consciente puede arrojar cierta luz sobre él, sobretodo en el texto, donde se trabaja sobre la lengua y se articulan deseo (inconsciente) y saber (consciente). Es en ese sentido que un texto nos permite leernos: como no nos conocemos, no se trata de reconocernos sino de explorar nuestro deseo y puesto que nuestro deseo es lo que constituye nuestra diferencia, preguntar al texto por nuestro deseo es pretender conocernos. Para ello se hace necesario no sólo leer el texto sino trabajarlo, pensarlo, obviamente siempre en la medida de nuestro deseo. Pensarlo no como algo ajeno sino como algo que de una u otra manera tiene relación con nosotros, y de lo que se trata entonces es saber de qué manera. Al intentar leernos en un texto lo que estaríamos haciendo también sería escribirnos, ya que no buscamos tan sólo lo que somos sino también lo que podemos ser. Al fin y al cabo en el texto no somos tan sólo nosotros mismos sino que, atravesados por una sugerente voz, somos al mismo tiempo otro. Y es que a través del texto no podemos mantenernos inmutables, porque al desplazarse nuestro deseo vamos siendo (otro) a nuestra manera (se trata de nuestra lectura). Lo cual implica a un sujeto en proceso, que se quiere no acabado, que los textos deberían promover
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Jesús González–Requena, “¿Qué se puede hacer con ese objeto llamado texto?” Eutopías. Vol 2. Número 1, invierno 1986. 2 Cf. Roland Barthes. S/Z. México: siglo xxi, 1980. 1

Hugo Blumenthal © 2007

en su escritura. Por otra parte, aunque la lectura más inconsciente también implica una escritura, lo que se busca es hacer esa escritura consciente. Unos textos nos obligan a ello, otros no, pero en últimas es al lector a quien le compete ir más allá del nivel expresivo, comunicacional, que la productividad comprende sin quedarse en él. Así, pues, lo que debe hacerse con ese oscuro objeto de deseo llamado texto es trabajarlo, para producir escrituras, intentar esclarecerlo un poco, teniendo en cuenta que siempre es con respecto a un sujeto. Esclarecer el texto, lo que es lo mismo que esclarecer nuestro deseo, con respecto a él, y esclarecernos nosotros mismos. En últimas, como decía Barthes, se trata es de abandonar el simple papel de consumidores de texto para asumir un papel productivo, abandonar ser escritos para asumir nuestra escritura.

Hugo Blumenthal Cali, noviembre 3 de 1997

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