Hugo Blumenthal © 2007

Sobre La vida es sueño
por Hugo Blumenthal

Un rey encierra a su hijo, futuro heredero del trono, para salvar al reino de las tiranías futuras que los astros le han mostrado. A simple vista parece la actuación más prudente, al final se revela como la más imprudente; pues como en Macbeth, el hado o destino no pueden tomarse a la ligera para alcanzar su favor. Por eso, tal como sucede en la obra de Shakespeare, en La vida es sueño también la “solución” se convertirá en la causa del mal previsto. El plan del rey Basilio (“[...] dando crédito yo / a los hados, que adivinos / me pronosticaban daños / en fatales vaticinios, / determiné de encerrar/ la fiera que había nacido, / por ver si el sabio tenía / en las estrellas dominio.” (730–737)), peca de ligereza, de entrada, en dos puntos: el primero, quizá el más perdonable aunque no menos importante, es, como señala Ciriaco Morón,1 que para Calderón y su público un rey científico era un rey absurdo, distraído de su “verdadera” obligación de gobernar.2 Sin embargo, ello no es tan objetable3 como la lectura propiamente dicha que reconoce Basilio haber hecho de los astros: lectura rápida, y otorgándoles crédito muy fácilmente.4 Primer error, que se va a sumar a la imprudencia de la solución más fácil –con lo que entramos al segundo punto–: negarle a su hijo una educación que por derecho se merecía; y mandarlo a vivir con las fieras (lo que con justa razón luego va a reprocharle Segismundo, pues “[...]el ser hombre me quita” (1487)). Se trata, pues, de la más grave ligereza, ya que no tiene en cuenta las implicaciones que esa falta de educación tendrá sobre Segismundo; el cual, mientras esté vivo, puede, por derecho divino, llegar a asumir la corona. Así, pues, Basilio se engaña, y “engaña” a su reino con un discurso pretendidamente lógico, razonable, que convence sólo en razón de la persona que lo enuncia. 5 Ni siquiera se pone en duda su plan final, para demostrar cuán equivocado estuvo, plan que él mismo reconoce ha ideado “vacilante y discursivo” (793), atributos que para nada pueden ser considerados cualidades en un rey. Tal plan presupone para Basilio tres puntos: 1) que por medio de esa acción primera (encarcelamiento de su hijo) quiso librar a su imperio del peligro (lo mejor hubiera sido hablar de la posibilidad de); 2) que “[...] supuesto / que si es tirano mi hijo [lo que él presupone como un hecho], / porque él delitos no haga [porque él le ha quitado cualquier

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Ciriaco Morón. “Introducción”. Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño. Ciriaco Morón (ed). 15a ed. Madrid: Cátedra, 1988. P. 21. 2 Astolfo, príncipe de Moscovia, veía aquello como un signo de decadencia: “Basilio [...] se rinde al común desdén / del tiempo, más inclinado / a los estudios, que dado / a mujeres [...]” (533–537)), y hasta llega a comparar su “ciencia” con el vulgo (“[...] el vulgo, astrólogo cierto [...]” (556)). 3 Pues como señala Valbuena Briones, entonces “incluso autores tan celosos de la doctrina cristiana como el Maestro Ciruelo aceptaron una astrología que era “lícita y verdadera ciencia.”” “Un preludio y tres interpretaciones de La vida es sueño.” Perspectiva crítica de los dramas de Calderón. Madrid: Rialp, 1965. Pp. 166–189.P. 175. 4 “Estos [los astros] leo tan veloz, / que con mi espíritu sigo / sus rápidos movimientos / por rumbos y por caminos” (640–643), y más adelante intentará “[...] ver cuánto yerro ha sido / dar crédito fácilmente / a los sucesos previstos[...]” (781–783). 5 Pues para rematar al final dirá: “Esto como rey os mando, / esto como padre os pido, / esto como sabio os ruego [...]” (836–838). Se comprende entonces que pocos hubieran podido poner en duda su discurso. Aunque Clotaldo, anciano y noble, de los más cercanos a Basilio, parece tener razones para hacerlo (“Razones no me faltaran / para probar que no aciertas [...]” (1150–1151)) pero, como entonces entra Segismundo, debe callar. 1

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posibilidad], / vengo yo a hacer delitos” (776–779), es decir, el rey pretende así justificarse, ante la posibilidad de que se haya equivocado; 3) sin embargo ha ideado una prueba, para “[...] ver cuánto yerro ha sido / dar crédito fácilmente [!] / a los sucesos previstos [...]” (781–783). La prueba consiste en poner al trono a Segismundo haciéndole creer en la posibilidad de que sueña, para ver su comportamiento, de lo que Basilio desprende otros tres puntos: 1) si Segismundo desmiente al hado y muestra ser un buen rey, quedará como rey; 2) si se muestra indigno le da la razón a su padre y se lo devuelve a su cárcel; 3) y entonces Basilio casará a sus sobrinos Astolfo y Estrella para que gobiernen entre ellos Polonia. Pero como se ve, el plan no es más que un círculo vicioso, donde Basilio espera demostrar lo que él mismo ayudó a formar, suponiéndolo desde un principio: que Segismundo no es apto para gobernar (como en efecto se le demuestra esa primera vez, ya que nadie le había educado para ello). Y sin embargo, con todo esto, con los errores del rey, que podrían hacer pensar en una supuesta tiranía, sus súbditos (a excepción de dos soldados, y el vulgo o pueblo del que se nos dice que es “[...] monstruo despeñado y ciego,” (2478)) aparecen como prodigios de lealtad, al rey y a la ley que encarna. Con lo que podemos ver toda la importancia del papel político que se expone en frases como “La lealtad del rey ¿no es antes / que la vida y que el honor?” (436–437). Y hasta Segismundo que en teoría no le debe mayor obediencia a un padre que lo ha hecho ser “[...] un hombre de las fieras / y una fiera de los hombres.” (211–212), se rebelará sólo para demostrarle su error y luego ofrecer su cabeza, porque se sabe culpable –de atentar contra la institución del rey. Por suerte Basilio reconoce su propia culpa y le perdona, “permitiéndole” que asuma su lugar dentro de la ley (al final será pues menos Segismundo que rey; es en ese sentido que hay que entender su condena al soldado que lo ayudó a salir de la torre). Por otra parte, esta “comedia” mantiene la tradición de la monarquía, en cuanto (como en los cuentos de hadas) Segismundo finalmente se muestra inherente a su condición de príncipe y rey, dejando atrás “fácilmente” su anterior educación entre las fieras; todo con la poca ayuda de los concejos de Clotaldo y su experiencia de la vida como sueño. Segismundo encarna entonces un singular proceso de formación del “buen político” (buen rey), dejando atrás una primera política “de los brutos enseñado” (215), que es la política de dejarse llevar por las pasiones, de buscar la venganza y creer que por ser rey tiene derecho a todo, a comportarse de cualquier manera, satisfacer cualquier capricho. Ahora, la tesis de que la vida es sueño, bien interiorizada por Segismundo, puede considerársela como una tardía –pero eficaz– educación que le proporciona Basilio a su hijo, quizá sin saberlo, para hacer de él un buen gobernante (Segismundo, al final, declara “[...] fue mi maestro un sueño” (3306)). Tesis que era en principio la del rey Basilio (“todos los que viven sueñan” (1149)), aunque resulte difícil probar si la entendía tal como luego le llegará a Segismundo gracias a la experiencia (“[...] el hombre que vive, sueña / lo que es, hasta despertar [...] en el mundo [...] todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende.” (2156–2157 y 2175–2177)). Esta educación del buen político, por medio de la tesis de que la vida es sueño, está fuertemente ligada al concepto del honor. Por eso si bien de esta tesis Segismundo deriva varias actitudes posibles, sólo la última, en la que muestra un comportamiento honorable, propia de un noble, concreta su educación como rey. Así, Segismundo al principio tiene una concepción primigenia del honor, como vemos al intentar matar a Rosaura “porque no sepas que sé / que sabes flaquezas mías.” (181–182). Lo cual para nada es un comportamiento digno de un noble, ya que como señala Ciriaco Morón: “En la administración de la justicia los reyes (y en general todos los nobles) debían distinguirse
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por la clemencia / piedad, más que por el rigor.”6 Y menos es un comportamiento honorable el pensar que se puede aprovechar de su “derecho” (natural) al trono para ser un tirano, porque si la vida es sueño se debe aprovecharla ante todo para gozar. Y no es tampoco un comportamiento honorable –aunque comenzaba a apuntar a él– pensar que: “Mas sea verdad o sueño, / obrar bien es lo que importa; / si fuere verdad, por serlo; / si no, por ganar amigos / para cuando despertemos.” (2422–2427), sobretodo cuando Segismundo tiene más en mente la última posibilidad de que todo se acabe de un momento a otro y vuelva a verse en la torre, encerrado. Es decir, no es de nobles u honorable (pues al pueblo el honor poco le importa) supeditar un buen comportamiento, aparentemente noble, a un fin “material”. La nobleza obliga a hacerlo por sí mismo, o al menos supeditarlo a un fin tan poco pragmático como la fama. Al final, aunque parece mantener igual razonamiento, en virtud de su interiorización, pues entonces sabrá que no fue sólo un sueño su estadía en el castillo, por la confirmación que le ha dado Rosaura, se hace noble. La interiorización consiste en no pensar el sueño como simple sueño sino como sueño– vida en el / la cual se hace necesario tener siempre en cuenta el despertar (morir).7 “[...] así llegué a saber / que toda la dicha humana/ en fin pasa como sueño [...]” (3312–3314), dirá Segismundo. Mas sin embargo Segismundo no llega a esas consideraciones sólo gracias a la experiencia de sus sueños, sino que también van a jugar un papel importante los modelos que se le presentan y sugieren, como Astolfo, Estrella, Rosaura y, sobretodo, Clotaldo, su ayo, personajes en donde es bastante claro desde un principio las normas del honor (noble) y su importancia (y lo es hasta el punto de que cuando “dudan” la duda no resulta convincente, pues ellos saben de antemano, por el honor, cuál será el camino a seguir). Resulta entonces interesante analizar las relaciones que se establecen entre el honor y el amor (noble) reglamentado fuertemente por las ideas de honor; todo visto desde el punto de vista categórico que expresa Clotaldo al decir “[...] hombre / que está agraviado, es infame [...] [y] vida infame no es vida” (441–442, y 910). Como ya se ha visto, la lealtad al rey era el máximo deber de un noble, por lo cual ningún noble podía sentirse agraviado o afectado en su honor por su señor (además éste se cuidaba también de que ello no sucediera sin causa justa). Por eso le sorprende a Clotaldo que el joven Rosaura se diga agraviado por su señor (“Si moscovita has nacido,/ el que es natural señor/ mal agraviarte ha podido[...]” (949–951)). Pero al enterarse de que es mujer las cosas cambian. El honor de la mujer parece ser otra cosa. Ciertamente es una afrenta al honor que Astolfo, habiendo jurado casarse con ella, la deje para venir a casarse con otra, aunque esta sea la noble Estrella.8 Dejando de lado el ingenioso juego de ideas sobre el honor que se juega entre Clotaldo y Rosaura (y la solución del convento, “[...] pues huyendo de un delito / te recoges a un sagrado [...]” (2614–2615), solución poco “honrosa” para Rosaura, que ella solo aceptaría proviniendo de su padre), dejando de lado todo esto es importante señalar que no sabiendo Rosaura quién es (es decir, de quién es hija) todos sus reclamos se vienen abajo con los reparos de Astolfo, bien justificados desde la visión de la época: “Aunque es verdad que le debo / obligaciones [...] no
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Op. cit. P. 88n. Lo que también parece implicar la idea platónica de la muerte como despertar a la verdadera realidad, pues la vida terrenal no es más que un sueño, donde se pone a prueba al hombre, para luego juzgarlo y recompensarlo, de acuerdo a sus méritos (como en la doctrina católica el Juicio Final y la salvación eterna). 8 Lo que Clotaldo reconoce como deshonor, porque Rosaura es hija suya, y él es noble, de manera que, en últimas, el deshonor de ella recae directamente sobre sus hombros: “Mi honor es el agraviado, / poderoso el enemigo, / yo vasallo, ella mujer [...]” (978–980). 3

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sabe quién es; / y es bajeza y es infamia / casarme yo con mujer [...]” (3262–3266). Así, mal hace Rosaura en hablar de vengar su honor contra un noble no sabiendo que ella misma es noble. Su deseo se sale de las reglas de la razón y el honor, desenmascarándose –finalmente– sólo como pasión, que, aunque encubierta con la norma altiva de un honor que ella ignora le pertenece, ha sido por tanto investida sin derecho.9 Me explayo en estas “minucias” del honor para mejor entender el comportamiento de Segismundo (el que, por lo demás, se parece mucho a Rosaura, clamando por un honor que en realidad no le pertenece), en donde converge la tesis filosófica de la vida como sueño, el honor y el amor. En un primer momento Segismundo se siente atraído tanto de Rosaura (como hombre, y luego como mujer) como de Estrella. Y sin embargo la atracción por ninguna de ellas tiende entonces a concretarse en una relación amorosa (que tiene sus normas o reglas), no puede ir más allá de lo que es en principio: pura pasión por la belleza. Y sin embargo aquella belleza aplaca a su alma apasionada o de naturaleza violenta. “[...] tú sólo, tú, has suspendido / la pasión a mis enojos [...]” (219–220), dirá Segismundo al joven Rosaura.10 Ahora, las palabras de Estrella a Astolfo “[...] advertid que es baja acción [...] halagar con la boca / y matar con la intención” (505–509), son perfectamente aplicables a un Segismundo que no podía más que desconocer esas leyes de la cortesía que regían las relaciones amorosas. Así lo demuestra en su segundo encuentro con Rosaura (y el primero con ella como mujer): “[...] por ver si puedo, cosa es llana / que arrojaré tu honor por la ventana” (1644–1645). Por eso luego sorprende a cualquiera que, una vez devuelto a su torre, hable de ella como “[...]sólo a una mujer amaba [...]” (2134), ya que apenas pudo dar muestras de una irrefrenable pasión; más o menos como haría con Estrella, a la que, atrevimiento inaudito, desde un primer momento ya quería besar su mano.11 Rosaura, sin embargo, va a pedirle muy claramente que deje de pensar en enamorarla, porque “[...] piensa, que si hoy / como a mujer me enamoras / como varón te daré / la muerte en defensa honrosa/de mi honor, porque he de ser/ en su conquista amorosa, / mujer para darte quejas, / varón para ganar honras.” (2914–2921). Como otras muchas veces, Segismundo duda y vacila ante el comportamiento a seguir, ya que la tesis de que la vida es sueño no es totalmente clara en sus mandatos [...] e igual puede inferir que “[...] si es así, y ha de verse / desvanecida entre sombras / la grandeza y el poder, / la majestad y la pompa,/sepamos aprovechar / este rato
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Rosaura y Clotaldo casi a dúo: “Es honor. / Es desatino. Es valor. / Es frenesí. Es rabia, es ira. / En fin, ¿que no se da medio / a tu ciega pasión?” (2645–2649) (subrayado mío). 10 Su belleza va más allá del disfraz de hombre. En materia de alabar la Belleza, tanto da que sea hombre o mujer, aunque, por otra parte, cuando Segismundo dice: “[...] si admirar hubiera / algo en el mundo, la hermosura fuera / de la mujer.” (1560–1562), su instinto parece dictarle su verdad, pues el “joven” que había admirado resultará mujer, aunque él entonces no lo sabe. Por tanto, la belleza masculina estaba fuera de toda consideración. 11 Por otra parte nadie parece dudar, ni Valbuena–Briones, ni Morón, ni Guillermo Díaz–Plaja (Prólogo a El alcalde de Zalamea y La vida es sueño. México: Porrua. Pp. IX–XXVIII), de que Segismundo se refiere a Rosaura en tan enigmático verso, cuando, bien pensado, podría refererirse a Estrella, que entonces fue para él una “igual”, mientras que Rosaura no fue más que la dama de compañía, en la que era posible pensar que podía aprovecharse sin estar obligado a amarla. Esta posibilidad al menos concordaría con su última actitud hacia Rosaura, y con las enigmáticas palabras finales a Estrella: “[...] de mi propia mano yo / con esposo he de casarla/ que en méritos y fortuna, / si no le excede (a Astolfo), le iguala” (3282–3285). ¿Se trata, pues, de él mismo? Y si no es así ¿cómo entender su “Dame la mano” (3286) y la exclamación de Estrella “Yo gano / en merecer dicha tanta” (3286–3287)? ¿Se trata sólo del honor de tomar la mano del príncipe Segismundo, cuando la primera vez fue casi una afrenta? ¿Porque ahora ella se haya libre? ¿Y no es esto lo mismo que una declaración amorosa? 4

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que nos toca, / pues sólo se goza en ella / lo que entre sueños se goza.” (2950–2957). Mas, pensando que “si es sueño, si es vanagloria, / ¿quién, por vanagloria humana,/pierde una divina gloria?” concluye y decide que “[...] es el gusto llama hermosa, / que la convierte en cenizas / cualquiera viento que sopla, / acudamos a lo eterno, /que es la fama vividora / donde ni duermen las dichas, / ni las grandezas reposan.” (2969–2971, y 2979–2985). Así resuelve que “Rosaura está sin honor; / más a un príncipe le toca / el dar honor, que quitarle” (2986–2988) y renuncia a ella, tal como renuncia a su deseo de venganza, porque “[...] quien vencer aguarda / a su fortuna, ha de ser / con prudencia y con templanza.” (3217–3219). Decide entonces renunciar a ella (a su pasión por ella),12 es decir a la pasión, para conseguir la honra de ella y, gracias a ella, su propia fama, fama de buen noble y rey. Es decir, hasta en el amor Segismundo se volverá un buen “político”.

Hugo Blumenthal Cali, 1998

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“[...] ni te miro, porque es fuerza, / en pena tan rigurosa, / que no mire tu hermosura / quien ha de mirar tu honra.” (3012–3015). 5

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