John Wynberg © 1996

ISABEL Y MARIANA

–Tenés que conocer a Isabel –le dijo un amigo–. Está loca por conocerte desde hace tiempo, pero no se atreve porque le parecés muy serio. A lo mejor... no sé... dejás de hablar de Adriana, que nos tenés mamados con el tema ese. –Por eso les hablaba de ella –admitió Pablo–: para que me dieran otro tema. ¿Qué tal es? –Arrecha –comentó otro amigo. –¿Mucho? –Más o menos –aseguró el primero–. Pero está muy buena. Si no es porque está tragada, y la necesitás, la aprovechaba por vos, como buen amigo tuyo. –Si, está buena –confirmó el otro–. Pero vas a quedar como un llavero. –No importa. Cualquier cosa está bien. Así, mucho antes de conocerla, Isabel pasó a formar parte del pensamiento de Pablo por medio del deseo de sus amigos y del pensarse deseado por aquel aparente objeto de sus deseos. Luego, lo que le hizo conocerla, lo que no le permitió vanagloriarse simplemente, fue un deseo de reafirmación, más que un deseo de compañía. Al verla, se enamoró, como el naufrago se enamora de un pedazo de tabla. Tomaba Vodka como si fuera agua, y él, como buen hombre que se respeta, se vio obligado a superarla, por lo que entonces la charla fue más agradable que estúpida, aunque nada grandiosa. A la mañana siguiente tan sólo el cuarto parecía sobrio a Pablo acostado entre cojines rojos y en el suelo, con Isabel a su lado pasándole la mano por el cabello. –Como te quedaste dormido en el taxi, y no sabía tu dirección, tuve que traerte al apartamento. Ojalá que no te parezca mucho atrevimiento, pero como estabas, también me hubiera dado pena dejarte así en tu casa. –No, qué va. ¿Vivís sola? –Con mi hermana... y una tía que vive en el apartamento de abajo.– Lo besó mientras le desabotonaba la camisa.– Nuestros papás están en Estados Unidos –explicó finalmente. Desde entonces Isabel pasó a ser su novia, para envidia de muchos. Pablo no podía dejar de pensar en sus largas piernas, en su vientre apenas hundido, y tampoco podía evitar sentirse orgulloso y creer en la felicidad. Por deseo de Isabel con el consentimiento de su hermana menor y la ignorancia de la tía, se mudó al apartamento, para estar más tiempo juntos. También le quedaba más cerca la universidad. Pero viendo a Mariana en el noticiero de la noche se convenció de que le faltaba algo. Le pesaba la opinión de sus amigos, que no le perdonaban que hubiera dejado sus clases para matricularse en las de Isabel. –Dentro de poco y lo saca a pasear con cadena –le decían. Empezó a buscar el rostro de Mariana, o el de esa niña que cuando cometía una pequeña equivocación le revelaba algo casi esencial. Lo buscaba en todos aquellos que se le proponían, y hasta en la misma Isabel. Y era en vano. Sobretodo con Isabel puesto que con Mariana no podría hacer lo mismo que con ella. Mariana debía ser otra, para que su relación fuera diferente. Casi había abandonado la búsqueda cuando halló en clases a una joven de idéntico corte de cabello que Mariana. Quizás el que ese día Isabel no lo acompañara hizo posible el hallazgo. Se acercó fingiendo necesitar desatrasarse, la invitó a tomar un café y comenzó a
1

John Wynberg © 1996

hablarle. Ella parecía también fascinada, y saber tanto de política como cualquiera de sus pseudo–intelectuales amigos. Hasta aceptaba que la llamara Mariana, sin preguntar por qué. Pero todas las veces al separarse de Mariana se enfrentaba a que aun deseaba a Isabel, a que Mariana nada cambiaba entre ellos. Los deseos de contarlo todo se traicionaban. Necesitaba a Isabel aquella noche, y a la siguiente también. Y menos se atrevía negarse a Mariana, o a decidirse por las dos. –¡Hijueputa! ¡¿Cómo fuiste capaz de tenerme escondida a tu amiga?! –lo sorprendió Isabel una tarde por teléfono acabando de llegar de un encuentro con Mariana. –Te la iba a presentar –le aseguró Pablo para calmarla, ya que era evidente que no escuchaba ninguna alucinación.– No la mencioné antes porque no tiene importancia. –Mintió esperando que no supiera nada más. Todavía era probable que ni Mariana supiera que lo tenía tragado. –Bueno, te perdono pero si vamos mañana, todos, a ver una película –puso de condición, aparentemente feliz. –Mejor hablamos cuando volvás. –Pero si está noche no voy a ir... El discurso interior e ininterrumpido del enamorado se vio aun más poblado de hipótesis. Antes de caer exhausto ya había una definitiva: Por casualidad Isabel había visto a Pablo con Mariana. Pero las que seguían no era alentadoras: Y se habían hecho amigas... –No te voy a hacer ningún escándalo –imaginabase a Isabel diciéndole a Mariana–, porque aunque lo hubieras seducido la culpa sólo la tiene él. Los hombres son todos así, una mierda... Y luego también cosas por el estilo de: –La primera vez se veía a cuadras que tenía miedo. Pensaba que podía tener sida o algo por el estilo. Pero no se atrevió a pedirme ningún certificado, aunque lo obligué a decidir. Si iba a comprar condones, los utilizaría en su casa, haciéndose la paja. –Pero eso es no casi nada –aseguraba Mariana desolada–. Lo que es a mí, ni siquiera me ha dado un beso. No tenés motivos para estar celosa. –No pensés en eso –la consolaba la otra.– Con ese peinado, tan seria y como te vestís, sos idéntica a la presentadora de noticias que le fascina. ¿Cómo no le vas a gustar? –Ah, ¿será por eso que no hace más que hablarme de política internacional? Las encontró charlando íntimamente, a la entrada del Bolívar. Isabel vestía ropa nueva, de no ser de que Mariana se la hubiera prestado. Había aceptado sólo para comprobar que, puesta cada una en conocimiento de la otra, él sobraba. Y aun más parecía que se complementaban que hasta lo dejaron incapaz de actuar, ni con una, observado por la otra. Quedaba apenas su presencia, nula y silenciosa. Con sus actos y palabras, intentaba ser todo lo más neutro posible. A la mitad de la película dijo ir al baño y se fue. Arrimó al apartamento por sus cosas, se despidió de la hermana de Isabel y regresó a su casa. ¿Cómo había podido ser tan sencillo con Adriana? No era el cuerpo de Isabel o la personalidad de Mariana lo que buscaba. No deseaba un amor sino romance, el que no tiene ni nombre ni cuerpo. Por eso Mariana le había sido nombrada por otro, y su cuerpo se le había escapado. Isabel, quizás fuera la roca que lo sostenía o la que lo había arrojado a Mariana. O las había utilizado y se había dejado utilizar. Ahora quería su soledad para reencontrarse, para disfrazar la espera, quizás de nada. Lo perturbador era cuando salía a la calle, que se encontraba a Isabel y Mariana tomadas
2

John Wynberg © 1996

de la mano, riendo, mientras él seguía tan grave. El amor viene de extrañas maneras, decía una canción.

John Wynberg Junio, 1996

3

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful