ZENNA HENDERSON

El Libro del Pueblo Peregrinación

Minotauro

Título original: Pilgrimage: The Book of the People Traducción de Matilde Horne y F.A. Primera edición: junio de 1994 © Zenna Henderson 1960 © Ediciones Minotauro, 1975, 1994 Rambla de Catalunya, 62. 08007 Barcelona ISBN: 84-450-7134-3 Depósito legal: B. 16.209-1994 Impreso por Romanyá/Valls ' Verdaguer, i. Capellades (Barcelona) Impreso en España

La ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche de formas indistintas. Los ojos de Lea dejaron lentamente la niebla difusa de la distracción y enfocaron el mundo; al fin se le materializó la cara, en débiles fragmentos, apenas visibles en la penumbra del interior del autobús. Mira, pensó, todavía tienes una cara. Inclinó la cabeza y observó la luz pálida que se le deslizaba por el borde nítido y delicado de la mejilla. Los ojos abiertos no veían ningún color, sólo oscuridad; los rizos recogidos en las sienes y la curva de las cejas, todo como una fotografía fuera de foco en la oscuridad exterior. Esto es lo que parezco a la gente, pensó de un modo impersonal. Mi exterior está intacto: una cáscara de huevo y nada dentro. La figura de al lado se movió en el asiento. — ¿Despierta, querida? —La cara redonda resplandeció en las sombras—. Parece que durmió bien. Estuvo usted tan quieta desde que yo subí. Déjeme que encienda la luz. —La mujer movió los dedos sobre la cabeza de Lea—. Estas luces son de veras ingeniosas. ¿Cómo habrán conseguido que apunten en la dirección justa? —La luz se encendió y Lea apartó los ojos parpadeando—. ¿Demasiado fuerte? —La cara de la anciana se arrugó en una sonrisa—. Me recuerda cuando yo era joven y veníamos de la oscuridad y encendíamos la lámpara de petróleo. Yo parpadeaba como usted ahora. Aunque cuando yo tenía los años de usted ya había luz eléctrica. Pero yo tuve mis dos primeros antes de la electricidad. Me casé a los diecisiete y estos dos no pudieron venir más rápido. Usted no puede tener más de veintidós o veintitrés. Señor. Yo ya había dado cuatro al mundo por ese entonces La ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche de formas indistintas. Los ojos de Lea dejaron lentamente la niebla difusa de la distracción y enfocaron el mundo; al fin se le materializó la cara, en débiles fragmentos, apenas visibles en la penumbra del interior del autobús. Mira, pensó, todavía tienes una cara. Inclinó la cabeza y observó la luz pálida que se le deslizaba por el borde nítido y delicado de la mejilla. Los ojos abiertos no veían ningún color, sólo oscuridad; los rizos recogidos en las sienes y la curva de las cejas, todo como una fotografía fuera de foco en la oscuridad exterior. Esto es lo que parezco a la gente, pensó de un modo impersonal. Mi exterior está intacto: una cáscara de huevo y nada dentro. La figura de al lado se movió en el asiento. — ¿Despierta, querida? —La cara redonda resplandeció en las sombras—. Parece que durmió bien. Estuvo usted tan quieta desde que yo subí. Déjeme que encienda la luz. —La mujer movió los dedos sobre la cabeza de Lea—. Estas luces son de veras ingeniosas. ¿Cómo habrán conseguido que apunten en la dirección justa? —La luz se encendió y Lea apartó los ojos parpadeando—. ¿Demasiado fuerte? —La cara de la anciana se arrugó en una sonrisa—. Me recuerda cuando yo era joven y veníamos de la oscuridad y encendíamos la lámpara de petróleo. Yo parpadeaba como usted ahora. Aunque cuando yo tenía los años de usted ya había luz eléctrica. Pero yo tuve mis dos primeros antes de la electricidad. Me casé a los diecisiete y estos dos no pudieron venir más rápido. Usted no puede tener más de veintidós o veintitrés. Señor. Yo ya había dado cuatro al mundo por ese entonces y había enterrado uno. Mire, fotografías de mis nietos. Vengo de visitar al último de todos, el benjamín de Jenny. Una niña luego de tres varones. Usted me recuerda un poco a ella, los ojos oscuros y ese color de pelo. Jenny lo usa más largo, pero las dos tienen ese mismo tinte rojizo. —La mujer buscó en el bolso. Lea sentía que las palabras caían sobre ella como un agua tibia y espumosa. Tomó automáticamente la billetera abultada que le tendía la mujer y miró sin ver las ventanitas de celofán—: ...y éstos son Arthur y Jane. Ah, aquí está Jenny. Mírela, mírela bien y dígame si no se parece a usted. Lea tomó aliento y recorrió de vuelta una larga y dolorosa distancia. Clavó los ojos en la billetera. La cara la miraba ahora sonriendo, expectante. —¿Bien? —Es... —Lea no tenía voz. Carraspeó secamente—. Es bonita. —Sí, lo es. —La mujer sonrió—. ¿No opina que se parece un poco a usted? —Un poco... —comenzó a repetir Lea, y se le apagó la voz; la mujer entendió que esto era una respuesta.

complaciéndose en el balanceo rítmico del cuerpo después de las largas horas de inactividad. distraída. pensó. hablaba de nuevo. Puedo soportarlo ahora. excepto una punta minúscula de incomodidad que continuaba aguijoneándole la conciencia. a ciegas. Lea se movió por la acera. la disolviera.. ¡Es un puente!. Te lo he dicho tantas veces. —Lea juntó las manos y se las retorció dolorosamente—.. deja de sufrir..? Lea apoyó la frente contra el vidrio de la ventanilla. y no podías encontrar una razón válida para terminar de calzarte? ¡Ninguna razón! ¿Acabar de vestirse? ¿Para qué? ¿Por qué tenías que ir a trabajar? ¿Por qué? ¿Para ganarte la vida? ¿Por qué? ¿Para tener que comer? ¿Por qué? ¿Para no morirte de hambre? ¿Por qué? ¡Porque tienes que vivir! Por qué. como otras veces. Ahora que sé que hay un fin. pensó. No había nada que lo impidiera.. ¿Luego qué? Habría que decidir otra vez.. El hábito la dominó de nuevo. Hay que desprenderse de ese dolor. Y todo lo que ella quería era nada. Hubo unos cuantos movimientos y murmullos en el asiento de al lado hasta que la tranquilidad volvió otra vez. encerrada en sí misma. de modo que nadie pudiera suspirar y decir: Eso fue Lea.. —Bueno. ¿con cuál se ha quedado? —La mujer se inclinó hacia Lea—... y hubo un murmullo y un movimiento de gente adormilada.—Adelante. La voz familiar.. ¿pero no recuerdas? ¿No recuerdas la mañana en que estabas sentada vistiéndote. una oscuridad cerrada donde no había ni siquiera una onda que reflejase las luces del puente. Lea se encontró defendiendo lo que iba a hacer como si le hubiesen puesto alguna objeción. a una nada oscura. Que el agua tranquila la dejara sin aliento. y clavó los ojos en la oscuridad.. nada. animada. Puedo aguantarlo cuando la inanidad me envuelve ocasionalmente. Lea ni siquiera recordaba el nombre. acariciando la baranda. Arriba y al cabo de un rato se encontró con una baranda. Tendría que hacer algo en la próxima parada. Sintió un estremecimiento en los hombros y la risa que se le ahogaba en la garganta. con un zapato puesto y el otro todavía en la mano. Y me quedé allí sentada hasta que el aire gris se disolvió a mi alrededor. una existencia irracional que daba vueltas y vueltas como las manecillas de un reloj sin cara.. los trillados senderos que llevaban a una futilidad sin remedio. mire a los otros y dígame cuál de los niños le gusta más. Retuvo el aliento. Ni siquiera supo en qué dirección iba cuando dejó la estación.. El zumbido del autobús era casi hipnótico y Lea se hundió de nuevo en aquella apatía. Se alejó de la parada de autobús caminando con pasos rápidos y silenciosos por la acera agrietada. Sintió que algo se encendía en ella. para decir adiós. Que esa bondad impersonal la ocultara. y los dolorosos pensamientos volvieron a los viejos surcos. y luchó contra el horror. Lea volvió las páginas de celofán y se quedó mirando algo. ¿Adiós? ¿A quién? ¿Quién notaría que ella se había ido? Una onda que se detiene en un mar tempestuoso. enmarcándose el mentón y las mejillas con las manos. deja de alimentar ese ciego deseo. Y todo lo que tenia era nada. con los ojos bajos. y Lea comenzó a subir por una calle empinada. ¿Recuerdas qué ocurrió entonces? El cielo distorsionado se desgarró derramando todo el horror de un mundo sin significado y sin sentido. La mente todavía le daba vueltas.. ¡nada más! Apoyó los codos en la baranda.. El billete alcanzaba hasta allí. deja de pensar.. una nada amenazadora que tironeaba del hilito de razón que aún me . Sí. Se apoyó en el borde esperando a que se le pasara el mareo. tan razonable. Escudriñó la oscuridad. Sobre un río. pensó. ¿Por qué tenía que hacer algo? ¿No bastaba que ella no. El distrito comercial fue quedando atrás. agua bendita. Escucha. Deja de respirar. Todas las luces del interior del autobús se encendieron de pronto. Puedo soportar un minuto más de vida. la amenaza. se dijo. ¡Bueno! —Un jadeo de indignación—.. Pero entonces. Es la respuesta. Oh. disolviendo aquel nebuloso reflejo de ella misma. apartada. los ojos puestos en la oscuridad de allá abajo. El autobús marchaba ahora más despacio entre las luces desperdigadas de las afueras de un pueblo. Era un pueblo pequeño. nada. Que sea sólo una incomodidad transitoria. No hay razón para seguir. y luego. ¡Eso es mi licencia para conducir! ¡No le pedí que husmeara mis papeles! La anciana le arrebató a Lea la billetera y apagó la luz. ¿Por qué? ¡Por qué! —Y no había respuestas.

Quizá te romperías una pierna.. De pronto se soltó con una sacudida de aquellas manos firmes y torció el cuerpo tratando de librarse del brazo que la sostenía.. No podrías ahogar un mosquito en este río. Las aguas han de ser más profundas en el medio —se dijo—. —No tienes verdaderas ganas. le decía la oscuridad a la vocecita. los moscardones que zumban. Además. esta criatura no tiene por qué rascar esa costra que resuma sangre. —¡Pero yo hubiese podido tener amor a la vida! ¿Cómo he llegado a este punto muerto? Calla. Los atrae la sangre. ¿No descubriste que trae dolor? No tienes que pensar nunca más. una negatividad casi cómoda comparada con ese horror positivo que era vivir. ni hablar nunca más. Profundas. aunque lo quisieras de veras no podrías aquí.. Hay un dique arriba. —Se enderezó y contuvo una náusea repentina y seca—. pero nada más. —Lea se estremeció y apretó los labios tratando de recobrarse—. —el brazo la rodeaba de nuevo. Pero ya no aguanto ni una cosa ni otra. hacia el Fin. hacia la oscuridad. alejándome de esta intolerable.. rápidas. hundiendo las uñas en el cuero cabelludo.. Tienes que ser muy nueva aquí. Tu sangre. —¿Pero no me oíste? —El resplandor del farol más cercano en el collar de luces que perlaba el puente brilló sobre una sonriente cara de muchacha.. y la pierna rota doliéndote corno todos los diablos. ¡calla! No te molestes en pensar. pensó. a la nada. Y mientras daba un paso adelante se oyó un gritito.. Esta. Por otra parte. —Todo es nada —jadeó Lea. Y mañana te encontrarán las hormigas. —El autobús de las nueve y media de la noche —repitió Lea inexpresivamente.. y aquí sólo arena y tamariscos. —Además. —La voz risueña sorprendió a Lea como un golpe en la cara—. Probablemente te quedes tendida en la arena toda la noche. Sólo una tiza gris que escribe palabras grises en un cielo gris de tormenta. ya lo sabrás. Los pulmones de Lea se llenaron lentamente. no quieres morir. No tendrás lo que piensas si tratas de suicidarte aquí. —Porque si hubieses estado aquí a la luz del día sabrías que este puente es un engaño y una ilusión. ¡El último aliento! Empezó a deslizarse a lo largo de la baranda del puente de piedra. tu propia sangre. con violencia. tratando de volver a un camino gastado y conocido—. quizá con una rama afilada de tamarisco clavada en el hombro. mucho menos con un abrigo tan hermoso como ése. — ¡Quiero morir! ¡Vete! —Habló con una voz cada vez más aguda y casi escupió la última palabra. y algo gritó dentro de ella. hacia el acabamiento de todo. Lea ocultó la cara. Sería tan fácil saltar a la oscuridad. perdido dentro de ella. ¡casi nuevo! —No quieres morir —repitió Lea como un eco distante. Y no tengo por qué hacerlo. ¡No hay nada! ¡No hay nada! . Eso fue sólo el principio. silenciosas. No es nada. no mucho mayor que Lea—. Poco después esos mismos abismos de inutilidad llegaron a ser un refugio y no algo de lo que era necesario escapar. no puedes querer morir y perderlo todo... llevándola de vuelta al banco—. por lo menos en lo que a agua se refiere. derramada en la arena. decepciona da—: ¡Te estoy hablando! —Claro. Trae dolor. —Unas manos fuertes la apartaron de la baranda y la arrastraron a un asiento dentro de lo que parecía ser un pequeño kiosco—. — Se dobló sobre la baranda—. y las moscas. llegada en el autobús de las nueve y media de la noche.quedaba enredándolo y enredándolo. ni respirar nunca más después del próximo aliento. y no quedarse pensando en moscardones y sangre. — ¿Me rompería una pierna? —La voz de Lea era de estupefacción.

.. ¡Escucha! —Karen tomó las manos de Lea—. las manos firmes—. —Sientes que la vida es insufrible. ¿No más maravillas? —Karen rompió la burbuja con una risa tierna—. —Hubo un breve silencio y los coches pasaron arriba.. pero ellos entenderán. ¿no es cierto? ¡No! —dijo Lea. »Te llamas Lea Holmes. lenta. —Ya ves —dijo Karen. — ¡No.. Pero no me escuchas. Excepto preguntarme por qué ya no puedo maravillarme. Los Poderes me enviaron aquí a propósito. especialmente ahora. El enorme vacío que estaba allí esperando siempre se extendió y extendió distorsionando. Karen insistió con una voz imperiosa. cómo sabe? —Lea sintió que algo muerto desde hacía mucho se movía dentro de ella. —La voz era dulce. Que nada puede ser peor. embotada. —Karen se arrimó a ella en la oscuridad—. —Unas lágrimas calientes le quemaron los ojos. Te pasaste dos días sin comer. No importa.. — Sí. ¡yo salté! —Las manos de Lea tocaron la arena a los costados y alzó los ojos y miró las luces de los coches que pasaban allá arriba como bastones a lo largo de una cerca de piquetes. si cuando todo haya terminado tú todavía piensas que no hay nada de . con un susurro ahogado. lo sabes. día tras día.. ¿no es cierto? Deja que te diga. ¿no es así? — ¿Cómo. no! —gimió Lea. La más increíble maravilla. arrastrando siempre una rueda de molino.. Lea. Nada importa. interminable. tienes que sentir de nuevo el deseo de vivir. Ni siquiera sabes muy bien en qué estado te encuentras. ¡Usted no sabe nada! —Una ira nauseosa aleteó en el estómago vacío de Lea—. Yo me llamo Karen.—Esa frase tan redonda tienes que habértela dicho miles de veces para haber llegado tan adentro en la oscuridad —dijo la voz. sin ninguna esperanza de poder atravesar la pared. Una vuelta y otra vuelta en el aire. No puedo permitir que lo hagas. Ya no te importa lo que pueda pasarte. — ¿Cuál era esa otra cita? —No hay más maravillas para mí —citó Lea con las manos sobre los labios—. pero no llegaron a caer—. —Escucha entonces. Pero tienes que volver. ¿Cuál es esa otra cita que has estado usando como anestesia? Lea volvió de mala gana la cabeza y se sentó. ¿Se tardaba tanto en morir? Cayó blandamente en la arena. retorciéndose—. saltaste. yo. Usted no sabe lo que es vivir de cara a una pared y sin embargo tener que caminar y caminar. Lea. si yo sólo tuviera tiempo! ¡Ninguna maravilla! Pero tengo que irme.. No todo está en el fondo de un pantano. pero una débil voz murmuró una protesta detrás de ese grito desanimado. lenta. —Karen rió con una risita cálida—. En verdad no tendría que hacerlo. y volvía a morir bajo la chata monotonía de la voz de la muchacha—... excepto que es un estado de desesperación y agotamiento completos. ¡Oh. — Nada —dijo Lea. ¡Déjame ir! —No puedo. Te llevaré conmigo. y en un movimiento ciego y enloquecido corrió a la baranda de cemento y se arrojó a la oscuridad. Dejaste tu casa en Clivedale hace dos días. Y por qué todas las maravillas parecen haberse agotado. nada. Te llevaré allá conmigo y luego.. Mira. nada! ¡Ni siquiera un eco! ¡Nada! Lea se arrancó de las manos de Karen. No puedes volver a la Presencia con tu vida deshecha. si quieres saberlo. Juntaste todo tu dinero y compraste el pasaje que te llevara más lejos. agachándose en la arena y alzando la cabeza de Lea—.. seria ahora—. —Déjeme sola. ¿no? —Insistió Karen—. No más maravillas. uno tras otro—. todavía hay maravillas en este mundo. ¡nada. —Pero.. luego..

quizá tendría que dejarte morir —dijo Karen sin ninguna simpatía—. como un niño. —Desató la bufanda—. ¡no sabe! —Lea sollozó sin lágrimas. —Ayudó a Lea a bajar los peldaños—. Deja que te ponga esta bufanda sobre los ojos. No estoy segura de que valga la pena evitarlo. un minuto. Me parece que no está demasiado apretada. ¡Déjeme morir! ¡Déjeme morir! —Sí. —Arrastró a Lea a lo largo de la vereda del puente. Lea? —Karen la tranquilizó tocándole el hombro—. Si tienes tantas ganas de meterte en la casa del Señor aunque nadie te haya invitado. — ¡Bueno! —Karen suspiró. Las niñas lloronas me aburren. el autobús se acercó rugiendo a la acera. No quiero que esta cosa maravillosa que está ocurriendo sea estropeada por tantas estupideces. tenemos que tomar el autobús y es casi la hora. ¡Adiós! Y Karen desapareció antes que Lea alcanzara a parpadear.. Pero mientras estés en mis manos vendrás conmigo y te callarás. y no le has dedicado un solo pensamiento en toda la noche. — ¡Ah. está bien. trastabillando detrás de Karen. usted. evitando cactos y arbustos.. yo misma te llevaré a un sitio mucho más apropiado para suicidios. —Karen se detuvo tan bruscamente que Lea se la llevó por delante—. ni el susurro de un arbusto. señora. Oh. Quizá debiera dejarte sola. ¡Ni siquiera es un cruce! ¡Qué gente loca! El autobús se fue rugiendo camino abajo. Se tomó del hombro de Karen y dio unos pasos tambaleantes de la arena a terreno más sólido—.. dejando atrás el pueblo. —De modo que soy mala.. De prisa.. —Pero. —Pero dónde. ¿Te parece bien derramar tu sangre sobre alguien cubriéndolo de pies a cabeza? — ¡No me hable más de sangre! —gritó Lea. pero al menos Dios lo sabe. Desapareció completamente. —La charla de Karen siguió y siguió. Lea . devoró a Lea y a Karen y se alejó ruidosamente. Un sandwich y un vaso de leche más tarde. Yo invito. —Pero. será mejor que dejes de lloriquear y pienses en alguna excusa convincente. Levántate. —Lea trastabillaba de cansancio y hambre—. Bueno.. ¡y te daré un empujón! Las manos de Lea se retorcían tratando de librarse de sí mismas. ¡Recuerda que no te importa! ¡No te importa! Bien... ahora tendré que taparte los ojos. arrastrada por el brazo. —Pero. Listo. Pero éste es el sitio. ¿Quién se cree que es usted? Me quedaré aquí hasta que pase un coche.. Te la sacaré. hacia la otra orilla. feliz—.. abrió la portezuela a la oscuridad. — ¡Usted es mala! —chilló Lea.. No tienes derecho a obligar a un desconocido a que sea tu verdugo. Las dos muchachas miraron la retirada de luciérnaga del autobús hasta que desapareció detrás de una curva. —Quizá te sorprenda —soltó Karen—.. Luego iremos. — ¿Preocupada. —¿Y te tirarás al camino? —La voz de Karen era fría y dura—. sintiendo que el mundo se disolvía alrededor. —Yo no. ¿cómo estamos otra vez en el puente? ¡Esto es una locura! Estábamos abajo. ¡no hay nada ahí! ¡La casa más próxima está casi a dos kilómetros! —Ya lo sé —sonrió Karen—. No me moveré un centímetro más. llorando el todo protector consuelo de la nada que ya hubiera sido suyo si Karen no hubiera intervenido.que maravillarse en el mundo. ¡Muchas gracias! — ¡Gracias! —Murmuró el conductor cerrando brusca mente la portezuela—.. herida en lo vivo pues Karen estaba sacándole fuera todos los pensamientos—. —La voz de Lea era de una terquedad inexpresiva en la casi tangible oscuridad—.. ¡Gracias! —Dijo volviendo la cabeza—. No se había oído ni el sonido de una pisada. Miriam está esperándonos por aquí en algún sitio. ja! —rió Karen—. Veinte minutos después el conductor. Si nos damos prisa tendremos tiempo de que comas un sandwich antes de que llegue el autobús. discutiendo. y Lea buscó apoyo de pronto en la muchacha. ¿te marea no ver nada? —Preguntó Karen—. y sí lo suficiente. Alguien nos espera.

Necesita ayuda. ¡Nada! — ¡Karen! —chilló Lea. Estoy muriéndome. he hablado con Miriam y me ha dicho que puede ayudarme a tratar contigo. —Ni siquiera quiere ayuda —dijo Karen. — ¿Todo bien? —preguntó Miriam. torpemente. Miriam. Ya sabes que no podrías abandonar a Lea ahora. levantándola del suelo. cada vez más cerca. la mano tomando la muñeca.. —Hablan como si yo ni siquiera estuviese aquí —dijo Lea. echando a correr ciegamente—. deja ese tono de censor —dijo la sombra—. ¡No aprietes tanto! —Será mejor que la tranquilices —susurró Miriam—. Lea apretó los labios. Estamos retrasadas. No había ninguna parte a donde ir. pero no lo aceptarás... No aquí. —A donde vamos no puedes ir caminando. pero mira hacia abajo. El elevado arco del cielo resplandecía sobre ella y la noche de pronto hostil se cerraba arrastrándose. la muñeca tomada por la mano. —Tranquila —dijo Karen en voz baja—. sorprendida. mientras Miriam se materializaba vagamente en la oscuridad. pero se sentó. Allá abajo se extendía el rocío enjoyado de los faroles de una calle. — ¿Y ahora? —dijo Lea esperando a que empezaran los pasos. Bueno. — ¡Eh! —jadeó Karen—. ¡y abajo! Allá abajo se escurrían unas luces a lo largo de la borrosa cinta de un camino. —Vamos. de modo que ven. Dejó escapar un leve suspiro y apoyó la cabeza en el hombro de Karen. Lea sintió que el miedo se alejaba de ella como una marea que retrocede. No te oye. y se agacharon. Nada. Siéntate. Cuanto más contacto mejor. Los dos brazos apretaron convulsivamente los cuellos de las muchachas.. Lea se miraba incrédula los dos pies que le colgaban en el aire. sintiendo que el pánico le crecía en el pecho y la dejaba sin aliento. ningún sitio donde esconderse. —Todo bien —dijeron a la vez Karen y Lea. así como no aceptas que no quiera ayuda. ¿La sillita de oro? — Supongo que sí —dijo Miriam—. el delirio que precede a la muerte. Los ojos que no entendían se alzaron a las estrellas y bajaron de nuevo a las luces. se dijo. Allá abajo toda la panorámica perfección del valle brillaba mágicamente en la noche. y abajo. —Tampoco quiere vivir.se encogió en la oscuridad.. De modo que las dos prepararon la silla. Lea cerró los ojos y los miembros se le aflojaron! . con esa espina de tamarisco que me ha traspasado el hombro. No aquí. no digas que no te lo advertí. Hay cactos ahí. ningún rincón a donde pudiera retroceder.. —Karen salió de la oscuridad y la tomó por el brazo—. aquí está ella. Salté del puente y esto es mi agonía. El terror la sofocaba. No me sorprende. el mismo aire que le movía el cabello y le golpeaba los párpados a medida que aumentaban la velocidad. tranquila. ¡Nos estás ahogando! No ten gas miedo. Lea —dijo Karen—. y todavía piensas que una eternidad de lo mismo sería mejor que vivir. —La voz continuó con una exasperada paciencia—: Muerta de miedo por quedarse sola en la oscuridad dos minutos y catorce segundos. resentida—. No estoy tan cansada. ¡Karen! —Cuidado. —Karen. —La ola de desesperación creció y creció y al fin rompió sobre ella—. —Es tarde —dijo Karen—. Los brazos alrededor de nuestros cuellos. nada debajo sino aire. Tardo mucho en morir. No discutas. No sean tontas. déjenme ir! ¡Déjenme morir! Lea se apartó de Karen pero la sombra de Miriam la envolvió con brazos cálidos. De todos modos el shock será inevitable. ¿Crees que vale la pena salvarla? —Lea retrocedió. —Puedo caminar —dijo Lea fríamente—. —Bueno —rió Karen—. ¡Oh. siéntate. Lea miró hacia abajo. Lea. Aflojó los brazos. y no reproches. tomándose con fuerza cuando Karen y Miriam se incorporaron. No aprietes tanto.

— ¿De qué tienes que curarte? —De la vida. ¡Oh. Los pies le golpearon en algo invisible. sintiendo que apretaba la cara contra los barrotes que le impedían salir al mundo. tratando de ser otra sábana blanca entre dos sábanas de algodón. se le estremecieron los párpados que no querían abrirse. Además. que la trastornaría con aquella quemante inutilidad. sin probar nada. eran algo . Karen se deslizó fuera del cuarto. pues no quería perturbar esa quietud de espejo. Tengo que irme ahora. —Cálmate —dijo Karen volviéndose desde la ventana—. Lea se movió. esa paz transparente. levemente—.. —Oh. Cúrame de la vida. quizá se me haya ocurrido algo. extendió una mano y tocó una cosa con la punta de los dedos.. Volveré luego y entonces. —Karen estaba sentada en el alféizar de la ventana. por un tiempo. Hundió la cara en las manos y le susurró a aquella pena árida que le quemaba los ojos: —¡Oh. no. no giraba. Dios te bendiga. detrás de los ojos cerrados. Se quedó tendida y sin moverse en la cama.. — Otra vez lo mismo. y si piensas. —Buenos días. no tengo tiempo. Sorprendida. Martilleó débilmente con los puños en la puerta cerrada. Se sentía tan anónima como un alga transparente que flota inmóvil entre dos capas de agua clara. rápida. — ¿Qué hay en la cuchara? —preguntó Lea ociosa mente. — ¿Quieres decir. Se volvió y esperó a sentir otra vez el peso doloroso de la vida. con la palma hacia arriba—. Te he tranquilizado. sintiendo una inquietud que reemplazaba la inercia enfermiza de costumbre. un tranquilo zumbido. pero Lea no oyó que la puerta se cerrara. Lea! —En seguida. Respiró despacio. y saboreaba esa anónima inercia que separa el sueño del despertar. ¿Respiran alguna vez por la pura alegría de respirar? Deshizo las migas entre las manos y las echó fuera de la ventana. Dios! ¿Estás de veras ahí? Durante un largo tiempo se quedó allí de rodillas. y que ahora. Al fin se puso a tenderla. De pronto se lo sacó. —La cara se le iluminó a Karen. —No sé mucho de pájaros —dijo Lea con una voz espesa y herrumbrosa—. —Lea apartó la cara—. Lea! ¡Oh. Luego se dejó caer en el borde de la cama y se miró las manos apretadas y tensas. La curación es algo lenta.. Y tampoco mucho de la alegría. me parece. extendiendo una mano abierta. Fue hasta el otro cuarto. rápidamente—: Te espera el desayuno en el otro cuarto. y se escurrió dentro de sus propias ropas. minuciosamente. De vuelta en el dormitorio se tocó el raro camisón que tenía puesto. Si respiras con rapidez. con unas migas en la mano? Me pregunto si notan otra cosa que no sea comida o unos huevos. Te dejo. quizás a causa de Karen. Pero las sábanas blancas no oyen el canto de los pájaros en la mañana ni huelen desayunos. Al fin salió del cuarto. Volvió a la cama y la miró un rato. Simplemente te he desconectado. Deshizo un poco de jamón entre los dedos y se sirvió una taza de café. empiezas a pensar.Lea estaba tendida en una oscuridad de plata. Sacó lentamente las dos manos y se quedó mirándolas cuando tropezaron con un obstáculo.. que estoy curada? —preguntó Lea tratando de recordar los episodios de la noche anterior. Tienes que hacerlo tú misma. Endureció el cuerpo esperando a que aquel pesado horror descendiera de nuevo. Probó el pestillo. Poco a poco fue deslizándose hasta caer al suelo de rodillas. esa carga que la abrumaría. Podemos pasamos palabras todo el día una a otra y no llegar a ninguna parte. Una calma serena le cantaba en el cuerpo. pero la conciencia y la luz crecientes la despertaron del todo. Corrió a la ventana y sentándose en el alféizar comenzó a pasar las piernas al otro lado. Yo puedo llevarte la cuchara a los labios. Dios! ¡Oh. y se movió alrededor del cuarto. pero el esfuerzo de tragar depende de ti. ¿Sabes cómo llamar la atención de un pájaro. con un solo y repentino movimiento. bueno.. doblando bajo el colchón los bordes de las sábanas y ahuecando la almohada de plumas. dejándose llevar por aquella corriente de paz.

se abre paso corno un cuchillo desafilado. No has comido.. —Se llevó las manos al nudo apretado que tenía en el pecho.. Bueno. — ¡Oh. ¿cómo podré soportarlo? —No tendrás que soportarlo sola. Jemmy dijo que asistirás a la Reunión esta noche. sintiendo que la sangre le corría otra vez por las piernas entumecidas. Lea se apartó. Cuando tú permitas que salga otra vez. Ni siquiera se darán cuenta de que estás aquí. la criatura deliberadamente malvada que había sido antes. ¿Duele. pero me parece bastante apropiado que te encuentres con nosotros en la escuela. Estoy tan excitada que lo olvidé. te guste o no te guste. un hecho que es más cierto entre nosotros que en ninguna parte. mirando cómo crecía la Reunión. vivamente—. Y no lo soltaré en ti hasta que tengas fuerzas suficientes. ¿Cómo podría soportarlo? —susurró—. De qué servirían todas las lágrimas. —Karen rió—. Escucha. Karen llegó de vuelta en las primeras horas de la tarde. —Lo pensaré todo dentro de un rato —le murmuró a la mesa—. Tiesamente fue cojeando hasta la otra habitación. pero aquí me eduqué.. y aun entonces. o lo hacían todo. »De cualquier modo. No sé muy bien por qué Jemmy llamó a esta Reunión. Pobres querubines.. No has comido —dijo otra vez la voz. Sí —respondió a la pregunta muda de Lea—. Allí encontrarás tu nuevo principio. Lea hizo un esfuerzo y se incorporó. depende del punto de vista. —Lea alzó la cabeza. precipitándose a través de una puerta que se abrió antes que ella la tocara. Es así como las maestras se han visto envueltas tan a menudo en los asuntos del Pueblo. temerosa. Bueno. Lea! —gritó tomando a Lea por los hombros y haciéndola girar en una danza enloquecida—. Los niños son la clave de cualquier comunidad. Entonces.inerte e impersonal. — ¿Qué tengo que adivinar? —La voz parecía tan seca y tensa como los ojos sin lágrimas. cuando tengamos un minuto libre. y después una siesta.. —Las manos de Lea estaban inquietas—.. ¿y quién está más preparado para escuchar que una maestra? Pregúntale alguna vez a una maestra cuánto aprenden del ambiente del niño y de las actividades cotidianas de la familia sólo por lo que hacen o dicen. y ya no más aquella maligna carga de agonía.. Lea? ¿Ni siquiera una lágrima? —Lágrimas. o quizás eran los más sabios. Rompió la tostada crujiente y tibia y comenzó a comer. Pero ahora. no es cierto? —preguntó en voz baja—. como enunciando simplemente un hecho—. El café humeaba todavía agradablemente aunque ella sentía que había pasado toda una vida desde que lo había servido en la taza. y aquí.. — ¡No te morderán! —Susurró Lea—. — ¡Oh. Y es posible que luego me ponga a chillar. Lea! Lo siento tanto.. Bueno.. Lea se encogió. ¿no es así? ¿No puedes llorar. por ejemplo. Le dolía mucho la garganta—. Lea! ¡Oh. ¡Nunca lo adivinarías. Te ayudaré a dormir.. no podrías entenderme sin una larga explicación... oyó una voz incongruente. —Miró los ojos extraviados de Lea—. aunque te parezca que no servirá de nada. Aunque yo te haya tranquilizado. aquí las maestras deshacían lo que nosotros éramos. si tú no lo deseas. la voz de Karen: —No has comido. están dispuestos a decirles las cosas más íntimas a cualquier adulto que quiera escucharlos. Karen se sentó enderezándose rápidamente. a veces de un modo casi inconsciente. Luego la Reunión. El cuarto pareció de pronto ordenarse a sí mismo y aquietarse en una espera atenta y expectante. sorprendida. Comerás de nuevo. Risas y gritos y músicas y corrientes secretas giraban alrededor del cuarto.. El jamón con huevos estaba todavía caliente. No había necesidad de que lo soportaras sola. de pronto. Sabes. No puedo decírtelo. ni en un millón de años! ¡Oh. Sin que nadie se lo pida. los adultos pueden ocultar muy bien cualquier secreto. Créeme o no. Tienes que quedarte. Melodye. Recuérdamelo alguna vez y te contaré. No había nadie en el cuarto—. pero los niños. Lea! Karen cayó con Lea sobre la cama y rió alegremente. . — Karen se puso de pie.

Por consideración a algunos de entre nosotros. los procedimientos se harán hoy de viva voz. pero sí que nos transmitáis las premisas originales. Sé que alguien del Grupo se ha asombrado de que los hayamos invitado a todos. » el arca se posó sobre las montañas de Ararat. Bien. para retomar el tiempo. yo? —Karen enderezó el cuerpo. que vaya con cualquiera que se vaya. Había una pena tangible en el cuarto. Oh. de frente al Grupo. Decidamos lo que decidamos. Habrá cambios. Un murmullo corrió por el cuarto y se apagó—. . Ya hemos advertido alguna vez la analogía. y una débil escala menor de notas tristes que bajaba y subía. por favor. de cualquier modo. Karen le apretó la mano a Lea y murmuró: —¡Prepárate a oír maravillas! —y luego de abrirse paso entre las filas de pupitres se sentó detrás de la mesa. ¿dónde está el aparato grabador de Davey? — ¿El aparato? —preguntó alguien—. tú eres la primera. Bien. —Un murmullo se alzó en la habitación—. — ¿Quién. y se quede con cualquiera que se quede. Lea. ¿Qué tienen de malo nuestros recuerdos? —Nada —dijo Jemmy—. Compartimos los recuerdos generales. al borde de las lágrimas. los primeros logros.. Sintió que Karen se despojaba de años como si fuesen finas capas de tejido. —Un deleitado estremecimiento musical dio vueltas por el cuarto. en nuestros Grupos.. exactamente lo mismo. Karen. Vio que la cara le cambiaba y se hacía más joven..Jemmy estaba sentado a medias en una esquina del pupitre de la maestra. el aparato de Davey. recuerden.. Sí —respondió Jemmy—. más alta y más joven. ¡Francher! —dijo Jemmy—.. Como si lo viviéramos de nuevo. Y además. por supuesto. Vuestra ayuda. apretando un pedazo de papel en una mano. Cada uno de vosotros guarda en la mente una importante parte de nuestra historia. Por eso estáis todos vosotros aquí. para compartir esta alegría con nosotros. —Los Viejos han decidido que sería prudente registrar nuestra historia hasta hoy. La primera. Cada uno de vosotros ha influido de modo indeleble en el curso de los acontecimientos. comenzaba... Ponte cómoda. incluido el dolor. —El aparato había llegado a la mesa sin hacerse notar—. antes que nada. ¡Ararat es más poético que monte Calvo! Y ahora —sonrió—. sorprendida—. Hay dos razones principales. pero queremos que este registro sea algo independiente de cualquiera de nosotros.. —Acércate al pupitre —dijo Jemmy—. en orden cronológico. muchos tendremos que decirnos adiós. Queremos que contéis vuestras historias.. en orden cronológico... escuchando cómo la voz de Karen. La otra es el proyecto que quisiéramos iniciar esta noche. Habrá separaciones dolo—rosas. aflojándose—. las primeras tentativas.. Vio que el cabello se le ordenaba de otro modo y era ahora más largo. y se inclinó hacia adelante.. — Creo que daré nombre a este principio —dijo—. —Nos hemos reunido hoy en Tu nombre —dijo. seguido por una débil risa—. fascinada a pesar de sí misma.. Creo que soy la primera. Bueno. No que las reinterpretéis a la luz de lo que ahora sabemos. »En los últimos pocos días se ha hecho cada vez más evidente que ha llegado la hora de tomar una decisión muy importante. »Bien —alisó el pedazo de papel—. pero todos esos detalles mínimos. observó a Karen. sí —se contestó a sí misma.

— Sí. hace dos veranos. Ahora. Papá lo anunció durante la comida. hijos. Allí obtendré mi diploma de maestra. y de horrores. Es verdad que siempre nos mandan a las más viejas. sobre todo los chicos. están sanas otra vez. yo ya no estoy en edad escolar. y pidió que nos enviaran una maestra. pero los Viejos quieren que se instruyan. y aquí. a las desahuciadas. Papá las llevó a Kerry Canyon. Además. escribió a la Inspección diciendo que este año volveríamos a ser más de nueve. por ejemplo. Naturalmente. yo me entero de muchas cosas que los otros chicos no saben. sin embargo. Mamá le sirvió una segunda porción de pastel a Jethro y volvió a levantar su tenedor. en cambio. en verdad. preferirían que la escuela permaneciese cerrada. como el Pueblo continúa trayendo hijos al mundo. ya que en nuestro Estado no hay una buena ley de pensiones y las maestras. Eso de «bajo tierra» me sonó como una broma demasiado macabra. donde aguardaban las ambulancias. Karen.ARARAT En Cougar Canyon siempre hemos tenido problemas con las maestras. Ser joven no es un crimen —dijo—. Los Viejos piensan que empezamos a adaptarnos. Sin embargo. Bueno. es apenas una escuela de campaña. viejas y todo. Sin embargo. Cougar Canyon les reserva siempre toda clase de emociones violentas.. Ve afuera y ayuda a Kiah a traer la leña. después de una breve temporada en una casa de salud. aislada. al menos en la edad escolar de Cougar Canyon. el año que viene iré al Exterior. mueren en la brecha. el número reglamentario de acuerdo con las normas del condado. en empleos que nadie aceptaría. De cualquier modo. Mamá frunció el ceño. Pronto. No hay nada en ella que pueda atraer a una maestra.. aunque nada de todo esto sea. Sí. tal vez las dos. por fin. Jethro. los chicos. Basta de pastel. o quizá las maestras mismas han empezado a cambiar. No es que seamos en realidad malos o crueles. Pudo decir que no. y son más fuertes. casi siempre cambiábamos de maestra cuatro veces por año. las dos últimas duraron casi hasta fin de año. trabajo en otro nivel. lo cierto es que escribió a una agencia de la costa. de modo que tendríamos que buscarla nosotros mismos aunque fuese bajo tierra. por supuesto. aun nuestro pequeño Grupo alcanza a reunir anualmente nueve escolares.. —Papá enderezó la silla—. cuando comienzan las clases. Sí. tú y Lizbeth: a lavar los platos. tomando un escarbadientes mientras se balanceaba en su silla. —Es demasiado joven —dijo. Pero a veces. dispuestas siempre —al fin y al cabo les queda poco tiempo de vida— a tirar un año aquí. entre nosotros. Lo que pasa es que todos los maestros son Extraños y nosotros lo olvidamos a veces. Como papá es presidente del consejo escolar. En el verano.. y yo misma podré enseñar y no necesitaremos recurrir a los Extraños. Yo no sabía con exactitud si por el hecho de que papá había querido decir que era una lástima que una maestra tan joven fuese a parar a un lugar como Cougar Canyon. Le contestaron que no quedaba ninguna que no hubiese oído hablar de Cougar Canyon. y me prometió que si este año estudio bien. y entonces vuelvo a inscribirme para un curso especial. . falta algún alumno. pues todos sabemos que en un rincón de nuestro cementerio se levantan las tumbas de cuatro de nuestras maestras. y desde hace tiempo. No obstante. por lo general. los Viejos tienen siempre la última palabra. para mis exámenes secundarios. una maestra. La escuela. en general. Antes. en estos últimos años tuvimos bastante suerte. inaccesible. —Nadie la obliga a venir —opinó mamá—. desalentadas como llegan. conseguimos. y ahora. explorándose una muela con el escarbadientes. a las desheredadas y sin hogar. Cualquiera de las dos explicaciones puede ser justa. pero es una lástima —dijo papá. pero. Papá mismo me preparó. premeditado. otro allá. pero los más disconformes afirman que la Travesía nos ha debilitado. y después de un intercambio de cartas. para los chicos será un cambio agradable.

Bueno. y sería una verdadera lástima que algo anduviera mal ahora. perpleja. si es tan mala. aguzando el oído. — ¡Caramba! —dije. Si pasara algo. No podía tener más años que yo. La agencia aseguró que había investigado a fondo. No lo había pensado. Me puse colorada pero no me moví. inmediatamente. no fue por falta de capacidad. riéndose. quiero decir. — ¡Horrible o deforme! —dijo.. Había sabido evidentemente. La joven de la foto era hermosa. —Jernmy tiene veinticuatro —dijo mamá frunciendo los labios—. Entonces. Yo había terminado de levantar la mesa y me incliné por encima del hombro de papá. La señorita Carmody ya está en camino. aquí tienes la foto que acompañaba la solicitud. pero no nos atrevemos a recomendarla». levantando una ceja. y sintiese. y una piel cremosa. pero era mucho más bonita. Papá lanzó una carcajada. el deseo de consolarla. — ¿Qué pasaría? —pregunté—. Hace tres que terminó sus estudios. —Papá se despeinó el mechón que le caía sobre la frente. —Bueno. ¿Qué dirán los Viejos cuando vean llegar al Canyon a una Extraña joven y atractiva? —Adonday Veeah —murmuró papá—. Me pareció que papá me dejaría entrar en el mundo de los mayores. Mira. «¿No nos atrevemos?» —repitió mamá. — ¿Y Jemmy? —dijo mamá. — Será horrible tal vez o deforme —sugirió mamá. y que no habían podido explicarse el motivo de los despidos. Si un miembro del Grupo se casara con una Extraña. No le gustan las muchachas de aquí. no mucho. preocupada—. Había en su mirada un no sé qué de perplejidad. bastante tuviste que esperar para que te eligieran. Siempre hace lo mismo cuando . pero que en ninguna de las dos alcanzó a terminar el curso. «No nos atrevemos». En Cougar Canyon los hijos obedecen siempre a sus padres. Pidió recomendaciones y el director de una escuela escribió. de desconcierto. No. que yo escuchaba toda la conversación. Es una buena maestra. Sacó un sobre del bolsillo—. eso dijo. mucho me temo que debas rescindir el contrato. aunque sólo fuese por la puerta trasera. —Veintitrés años —dijo—. en verdad: apenas lo bastante para que uno se preguntase por qué. No hace más que decir que tendrá que buscar otro Grupo. Según ella. En seguida se puso serio—.. —Imposible —dijo papá con un tono tan parecido al de los Viejos que comprendí por qué lo habían elegido en la asamblea de la primavera. —Mamá frunció los labios y arrugó el entrecejo—. Escribió diciendo que deseaba tentar suerte en otro Estado. —De algo estoy seguro —dijo papá—. Y si esta Extraña. corto y ondulado. que parecía brillar con luz propia. ¿por qué diablos la contrataste?¡Como si pudiésemos elegir! —dijo papá. Cabello oscuro. Y las clases empiezan el lunes. La boca se le curvaba en una expresión de tristeza. como si las cejas oscuras fuesen dos signos de interrogación horizontales. Ninguna de las maestras anteriores estaba en edad de crearnos problemas. —No puedo. finísima. De que va a alborotar a la gente de Canyon. Papá. Sin embargo. ¿Qué edad tiene? Papá desplegó la solicitud.. desde un principio. de modo que le dije a Lizbeth que yo levantaría la mesa y me puse a trabajar lentamente y en silencio. al parecer: «La señorita Carmody es una maestra excelente. Me fastidió porque yo sabía que papá quería alejarnos para poder hablar con mamá como hablan los mayores. la despidieron sin motivo. Papá me miró. —No pudo conseguir ningún otro empleo —dijo papá—. la muchacha no consiguió ningún otro empleo en la costa. —No sé —dijo mamá con aire pensativo—.Todos obedecimos. sí. aunque tengo entendido que en el Exterior no ocurre así.. La agencia me informó que en los dos últimos años le consiguieron dos colocaciones.

Sentí a la señorita Carmody antes que ella llegase a la puerta. y mamá empezaba a sentirse nerviosa e intranquila. aclarar pensamientos y emociones. Me sentí intimidada. fatigada. tanta ternura. y muy adentro de ella descubrí una pregunta. Al fin y al cabo no queríamos perder a nuestra maestra antes que hubiese puesto los pies en la escuela.. y sin que él lo supiese. oímos que el coche tosía y estornudaba en el camino. a las nueve y cuarto. En realidad. — ¡Claro! —exclamó—. por las escaleras. La señorita Carmody temblaba de pies a cabeza.. pero yo nunca había entrado en él de este modo. Papá chasqueó los dedos y los cigarrillos llegaron por el aire desde la habitación contigua. una pena tan angustiosa que los ojos se me llenaron de lágrimas. aconsejar y ayudar. En seguida. La noche del domingo papá fue a Kerry Canyon a buscar a la nueva maestra. pero a eso de las siete y media los más pequeños empezaron a dormirse. Jemmy le dio una palmada a Jethro y le dijo que subiese las maletas de la señorita Carmody. de provisiones. Entonces. Claro está que a nosotros no nos es difícil ir de un lado a otro con nuestros automóviles. el mundo se detiene en Kerry Canyon y tenemos que hacerlo todo: ir en busca de pasajeros. todos los chicos quisieron quedarse levantados para esperar a la nueva maestra. y lo dobló para evitar que las migas cayeran al suelo. cuando papá la presentaba. pero cuando llegó a la cabecera del condado ya había pasado la hora de la salida del autobús. Y entonces la señorita Carmody apareció en el umbral. además. que yo era como mi abuela. ¿Dónde están mis cigarrillos? —Sobre la biblioteca. Mamá se puso de pie. pero sabiendo que Jernmy ya nunca buscaría otro Grupo. avergonzada. y a las nueve sólo quedábamos Jethro y Kiah. Jemmy y yo. volví a mirarla (entrar en alguien lleva tan poco tiempo). Era la primera vez que yo entraba en alguien. y de pronto la sentí. simplemente. Nos estamos ahogando en un vaso de agua —dijo con forzado optimismo. y su piel tenía esa textura mate y luminosa de la foto. y mamá los dejó. Papá debía de haber vuelto hacía rato. Más allá no hay un verdadero camino. Y bajo esa inseguridad había tanta delicadeza. y muchas veces hablábamos sin palabras. y que los Viejos no podrían detenerlo. las del Pueblo y las Extrañas. El mantel se sacudió sobre el cesto de papeles y la siguió. no por el aire. desconcertada. vertiginosamente. y es mejor así. —Y ella tampoco —dijo papá. sonriendo—. Los turistas nos dejan en paz. Todo esto ocurrió en menos tiempo del que se necesita para decir cómo—está—usted y estrechar una mano. y advertí a mi lado un sobresalto. parpadeando un poco a causa de la luz.está preocupado—. Tuvo que venir por el camino y la llanura de los Asnos es realmente intransitable. precisamente (a causa del estado de los caminos). Jemmy y yo habíamos vivido siempre muy juntos. con miedo y orgullo a la vez. . y que permite. para los Extraños. Yo esperaba. Olvidé que traía a una Extraña en el coche.. tan claramente que supe entonces. ese Don que nos abre las puertas de todas las mentes. Mamá entró en la cocina. Mamá bajó las escaleras lanzando breves exclamaciones y llevó a la señorita Carmody y a papá a la cocina para servirles una taza de café. —Bueno. Por eso. La ancha sonrisa de alivio de mamá se reflejó en todas nuestras caras. sosteniéndose el cuello del abrigo para protegerse del áspero viento del otoño. al descubrir tan claramente sus emociones. ella debía haber estado con nosotros el sábado por la tarde. pero con miedo. además. Llevaba en la cabeza un pañuelo claro. me metí en la mente de Jemmy. Yo cerré los ojos y entré. Es decir. recogió el mantel. esperemos que el Grupo no tenga problemas. Por fin. y que pronto tendría que llevar la carga y la gracia del Don. La carretera termina en Kerry Canyon. Sonreía tímidamente. En casa.. Lizbeth. gastada —demasiado repetida— que no entendí. y salí de él cuanto antes.

Sentí a mi familia alrededor. ¡ser una Vieja! Mamá se echó a reír. Los Kroginold habían arrancado suspiros a papá. un poco más tranquila. El cielo era tan azul que podíamos sentir su sabor. Tendida en la oscuridad dejé la mente en blanco. aunque yo no podía saber cómo ella se las había ingeniado para descubrir tantas cosas. literalmente. Tu abuela supo llevar su Don con gracia y dignidad. y nosotros marchábamos con el corazón ligero y el paso ligero. las hojas de los álamos tapizaban de oro el camino. —Aún te faltan años y años de aprendizaje para ser una Vieja. Quería tener todo preparado en la escuela. La señorita Carmody salió para la escuela una hora antes que nosotros. Cuando llegamos a casa de los Armister lloriqueaba todavía. ansiosos por saber algo de la nueva maestra. y los fragmentos se desparramaron por el barranco. No es necesario que lo sepa ningún otro. después de la Travesía. Tienes que ser prudente y lúcida. cuando el aire rugía alrededor y el calor aumentaba. el esmalte de uñas. como todos los chicos del Canyon. en el último momento. El trabajo de consejera es demasiado pesado. Jethro mide ya un metro setenta. y todos nos echamos a reír. y ningún otro. pero cuando advirtió que yo lo miraba bajó de un salto. Hace un momento entré en la señorita Carmody. y yo. Tú eres como ella. mamá —murmuré—..Esperé hasta que todo el mundo se acostó. ¡Qué pena me dan los Extraños! Luego fui a buscar a mamá. regresé a mi cama. el vestido. protegidos por nuestras propias sábanas. el Pueblo se dispersó. Jethro tenía el paso demasiado ligero. mamá. apartando a Lizbeth. se fundó Cougar Canyon. atentas a las noticias que les proporcionaba Lizbeth acerca del cabello. Debra y Rachel Armister tomaron del brazo a Lizbeth y se adelantaron con las cabezas muy juntas. Al cabo de un rato me quedé dormida. Bueno. —Es más pequeña que yo —moqueó Jethro. Mamá volvió a estrecharme entre sus brazos. Nos encontramos en el oscuro vestíbulo y nos abrazamos y ella me consoló. — Me lo imaginaba. La nave estalló. Cuando los miembros del Pueblo —los que habían quedado con vida— se reunieron otra vez. No quiero ser distinta de los demás. provocando un incendio que desnudó las colinas en muchos kilómetros a la redonda. Lizbeth y yo fuimos a pie y bajamos al valle para recoger a los tres pequeños Armister. y era como el roce suave de unos dedos. ¿Pertenecer a otro? Con una rara sensación de pánico. Kiah. —Se lo diré al Más Viejo. las maletas y el camisón de la maestra. un delicado sabor otoñal de mieses y de hojas secas. porque aunque no tiene todavía doce. Los miembros de nuestro Grupo abandonaron la nave unos segundos antes que se hiciera pedazos en la hondonada. Tomamos el atajo que lleva a Mesa Road en busca de los chicos Kroginold. y la tercera vez que lo hice bajar le di una buena bofetada. . y se descubrió que la aleación de la nave era aquí un metal muy apreciado. A decir verdad. La señorita Carmody en su cama fría. No quiero que nadie lo sepa aún. Jethro y Kiah se unieron a Jeddy y treparon al cerco de alambres que bordea el sendero y caminaron por el alambre más alto. Tengo miedo. sin saber cómo lo hacía. Las clases comenzaban. —Y es joven —añadió Kiah. Algún día yo pertenecen a al Grupo como ahora pertenecía a la familia. Yo quería estar sola. Yo no quería el Don. y todos los demás. Mamá me abrazó otra vez. Jethro se aventuró a dar un paso o dos por encima del alambre. más de una vez. — ¡Es bonita! —les gritó Lizbeth a los chicos que venían corriendo al portón. —Oh. —Pero.. Jethro. detrás del monte Calvo. ser únicamente yo misma. Es una responsabilidad muy grande. Sabe perfectamente bien. como si me sostuviese una mano cálida y afectuosa. fría. aparté a la familia. — ¿Es necesario que lo diga? — rogué—. claro está. que a un niño de su edad le está prohibido caminar por el aire en la vía pública.

los mellizos. Nuestra última parada antes de llegar a la escuela era la casa de los Clarinade. que hablaba casi siempre por los dos. aunque la venta del producto plantea ciertos problemas. Aunque la sacudida y la caída casi lo habían dejado sin aliento. aunque nunca pudo saber dónde estaban. pero estaban muy contentos porque empezaban a ir a la escuela. y subió flotando a la copa de un álamo en el recodo del camino. Nunca tuvimos una maestra tan bonita. Tomé un puñado de sol y tiré de los tensores tan rápidamente que Derek cayó como una piedra. Yo hablaré también. entre una nube de hojas secas: dos imágenes de ese dios Pan que aparece en el libro de mitología. La señorita Kroginold decía que antes de nacer. aunque podemos asegurar que hubo otros sobrevivientes. Ya veremos. papá solía lamentar que los Kroginold. Eran niños tímidos y retraídos. Los chiquillos se incorporaron. y volcando la gorra lanzó sobre las tres niñas aterrorizadas una nube de hojas secas. Carecen de muchos atributos del Pueblo. No sé por qué. se habían repartido un solo cerebro. De pronto Susie nos sorprendió a todos. cómo explicas esa subida al árbol. Pero volviendo a mi relato. a todo el Pueblo en verdad. recordamos siempre que es necesario ser prudentes con los Extraños. ¿qué especie de vejestorio nos ha tocado esta vez? —No es ningún vejestorio —respondí con una cólera un poco injustificada. criatura insolente. nuestro Grupo de Cougar Canyon es quizás el más grande de todos los del Pueblo. Iban a la escuela por primera vez. exclamando: ¡Hoy vamos a la escuela! . aunque no puede discutirse que comparados con los otros niños de Canyon los mellizos Clarinade están un poco atrasados. Los Kroginold son gente rebelde —ya lo eran antes de la Travesía— y no hay peores alumnos que sus hijos. —Yo sí te voy a enseñar —murmuré. De cualquier modo. Es joven. Todo el mundo sabe que no hay ese metal en la región. hubiesen ido a parar a nuestro grupo. Sólo pensarlo me da escalofríos. no nos empeñamos en buscarlos. — ¡Lo que es a mí no me va a enseñar nada! —gritó Derek. contestó tímidamente a nuestro saludo. Derek y Jake peleaban revolcándose en un montón de hojas secas. Los demás. —No sabes lo que dices —intervino Kiah—. en general. Cuando llegamos a casa de los Kroginold. Susie y Jerry. Chillaba como un gato. con tanto entusiasmo que ni siquiera nos oyeron. — ¡Sí. como siempre. Derek gritó: —¡Se lo contaré a los Viejos! ¡Está prohibido tirar de los tensores! —Cuéntalo si quieres —repliqué. La ocurrencia es digna. y hermosa. Jerry. pero lo detuve a cincuenta centímetros del suelo. Cada vez que yo pensaba en los mellizos Clarinade se me encogía el corazón. Me sentía avergonzada. ya me la imagino! —dijo Jake. ciertamente. pero algunos de los Viejos quedaron ciegos e inválidos a causa del calor y tratando de evitar que los otros ardieran como estrellas fugaces. pero estos chicos me exasperaban realmente. y como en esta nueva vida queremos pasar inadvertidos. pero Derek me saca siempre de mis casillas—. de la maledicencia de los Kroginold. Al fin y al cabo me estaba pareciendo a los Kroginold. Papá dice que esto puede ser un efecto retardado de la Travesía —que será superado con los años— o un presagio de lo que el futuro reserva aquí a nuestros hijos.Nuestro Grupo vivió desde entonces de la explotación de las minas del barranco. así que es preciso enviarlo fuera y traerlo luego de vuelta. Papá recuerda algo de la Travesía. Susie y Jerry esperaban tomados de la mano. muertos de risa. —Bueno —nos preguntó Derek mientras revolvía las hojas buscando sus libros—. mientras avanzaba con paso rápido por el camino cubierto de hojas—. con dos años de retraso. precisamente. Me agaché y le solté una palmada al trasero más próximo. La abuela llegó a descubrir la presencia de dos Grupos más. pensando sin duda que iba a matarse.

Desayunasteis con ella esta mañana. disimulando una sonrisa. Jemmy desapareció. Era evidente que tramaban alguna diablura —para asustar a la nueva maestra—. —No tiene sentido matarlas de un susto. Los asustados mellizos se precipitaron por el camino de hojas secas. Si Derek y Jake eran los que habían lanzado al vuelo la campana de Kerry Canyon el cuatro de julio último. pateaba unas hojas. murmurando entre dientes. Y además tendrás una maestra muy hermosa. Los Kroginold. El asunto de la campana de Kerry Canyon por ejemplo. Miró furiosamente a Jake y Derek. Las niñas contuvieron el aliento. —Claro que no —asentí. Un regalo del primer día. A aquella hora Jemmy debía de estar desde hacía tiempo en las minas. como un par de hojas brillantes. los . — ¿Para qué te lo digo si tú ya lo sabes bien? Toma. Los Kroginold enrojecieron y adelantaron la barbilla.¿No es cierto que es maravilloso? —le dije tomando entre mis manos su manita fría—. Dominados por una repentina timidez daban vueltas al pie de las escaleras del porche. —Hablo en serio. mudos de terror. Fuiste al monte Calvo esta mañana. con las manos a la espalda. Vamos. desafiantes. se adelantaron mirando de vez en cuando por encima del hombro. Esta maestra se queda. como si se burlara de sí mismo. En aquel momento descubrí que tendrían que pasar muchos años para que me admitieran entre los Viejos. y se escondían unos detrás de los otros.. —Es hora de que se civilicen —dijo—. los Kroginold. y de vez en cuando nos miraban a hurtadillas y se echaban a reír. se nos apareció Jemmy. frunciendo el ceño. Los demás miramos asombrados a Jemmy. Jemmy. —Sí. y de descubrir sus intrigas. entre los arbustos. —Jemmy adelantó las manos que había tenido escondidas hasta entonces. —Por favor —susurré—. Os haré volar por encima del monte Calvo y luego tiraré de los tensores. De pronto me sentí empujada a la cabeza de la fila y entré guiando a mi pequeño y sosegado grupo. Pero que ella no sepa de dónde son. cuando de pronto. Acabábamos de doblar el último recodo del camino. cabizbajo. y me alcanzó un ramillete de hojas otoñales multicolores—. Y vosotros dos. Los otros chicos fueron detrás. enfurruñados. el grana y el oro de las hojas—. Jake y Derek. Caminaban delante murmurando entre ellos. y yo deseaba ansiosamente que la señorita Carmody se quedara con nosotros. Jake y Derek me inquietaban. Perded la línea y los Viejos entenderán al fin ciertas cosas. Dáselas. entrad. —Cuidado en la escuela. que nunca se enojaba ni levantaba la voz. sí.. haceros los graciosos y ya veréis. Jemmy! —dije envuelta en el naranja. y observó luego a los otros niños. Jemmy meneó la cabeza. Mientras le daba a la señorita Carmody el manojo de hojas otoñales. Susie y Jerry se abrazaron. pero no lograba traspasar aquellos susurros burlones y sibilantes y aquellas miradas duras y opacas. Pero Susie se hundió en su ruborizada turbación y no dijo una sola palabra más en el resto del camino. e íbamos a entrar en el patio de la escuela. — ¡Oh. Son hermosísimas. Corrí para alcanzar a los chicos antes que llegaran a la puerta. ¿eh? —les dijo—. —Y ahora ¡adentro! —ordenó Jemmy señalando la escuela con un movimiento de cabeza. —Tienes razón —dije cautelosamente. Una regla muy estricta prohíbe exhibirse fuera del Grupo. No os va a comer. Trataba de entrar en las mentes de Derek y Jake. De pronto. Jemmy sonrió tristemente. Cada dos por tres nos quedamos sin maestra. Los Kroginold cambiaron una mirada inquieta.

demás chicos se acomodaron tranquilamente en sus pupitres de otros años. que el Pueblo había heredado sin duda de alguna aldea fantasma de las colinas. emocionada. se agachó. La señorita Carmody puso las hojas sobre el escritorio. La amenaza de Jemmy había bastado. muy juntos. y en el viejo pupitre que hasta ese día había estado en el cobertizo. Los mellizos se deslizaron en el banco con las manos juntas otra vez. y miraba a Susie con una expresión de sorpresa incrédula. Yo estaba demasiado ocupaba pensando en el ramillete de hojas otoñales. que ya empezábamos a pensar que al fin una maestra nos duraría todo el año. la señorita Carmody le dio como premio un petirrojo de papel. La señorita Carmody explicaba algo junto al pizarrón. buscaba a tientas la tiza. Papá la había puesto al tanto. bueno. La señorita Carmody. y les tocó con las puntas de los dedos los hoyuelos de las redondas barbillas. sin duda. La señorita Carmody se adaptaba tan bien a los hábitos de la comunidad. a diez centímetros del suelo. Miré entonces de reojo a la maestra. para que los Kroginold no intentaran ninguna nueva travesura. la noche anterior. literalmente. Luego la señorita Carmody nos habló a todos. La niña. sin volverse. idénticas a las que me había dado Jemmy. sentada detrás de su escritorio. dos cajones de madera servían de apoyo a las piernecitas demasiado cortas.. cuando la señorita Carmody chasqueó los dedos con fastidio y tomó firme— mente la tiza. algunas crecían al pie de la montaña. y arrodillándose junto a los mellizos les apartó con dulzura las apretadas manitas. Excepto aquella estúpida historia de la tiza. Una vez que Susie leyó sin equivocarse toda una página (seis líneas). . La maestra les sonrió. apoyaba las manos en los bordes. Jake advirtió que yo lo miraba y se encogió en su asiento. y miraron a la señorita Carmody con los ojos muy abiertos. de polvoriento esplendor. volvió a su asiento flotando. Las dos caritas asustadas se iluminaron fugazmente con una sonrisa trémula. Pero en seguida meneó la cabeza. y del orificio del tintero brotaba una llama de deslumbrantes hojas rojizas. — Sonrisas escondidas —dijo. Por ejemplo. Papá conocía también la fórmula de la sonrisa. junto a la estufa panzuda — que en el invierno calentaba a los Extraños— y bastante cerca de la ventana. Los mellizos progresaban poco a poco. y el lugar donde se guardaban los pupitres. Reían y jugaban con los otros. Jake. y todos ansiábamos que aquel primer año de clase fuera para ellos realmente feliz. Los llevó a un lado del aula. No se lo dije a Jemmy. Yo ya estaba a punto de intervenir. Yo contuve el aliento hasta que Susie se sentó acariciando con un dedo el cromo brillante. pero Jake se quedó tranquilo una larga temporada. y de cuando en cuando. Pero cuando nos pusimos de pie para saludar a la bandera y entonar el himno matutino. y al mediodía Jerry iba a veces con sus compañeros mayores a la orilla del arroyo. deliberadamente. Los mellizos eran una preocupación constante en el Grupo. En cuanto al ramillete de hojas. —Estoy tan contenta de que hayáis venido a la escuela —les dijo con su voz cálida—. parecía. como si estuviera a punto de levantarse. y aquí tengo un pupitre que parece hecho para mellizos. Sólo los mellizos se habían quedado de pie. Así transcurrió el primer día de clase y todo parecía marchar a pedir de boca. la cambiaba entonces de lugar. muy tiesa. Ya había aguantado a pie firme algunas emociones que habían ahuyentado a sus predecesoras. y se hundió otra vez en sus papeles. asustados y pálidos. La señorita Carmody era una maestra excelente y hasta Derek y Jake estudiaron con interés. de donde volvía tan despeinado y mojado como ellos después de haber trabajado un rato en la construcción de un dique. No llegué a oír aquel discurso de bienvenida. Debajo del pupitre. sonriendo. y en las palabras con que la señorita Carmody los había hecho sonreír (las mismas que empleaba la señora Clarinade).. Había allí un pupitre doble. en el camino. y la escarcha podía cambiarles el color en esta época del año. Necesitaba un primer grado para que la escuela marchase bien. y era tan querida por todos. yo ya había resuelto el problema.

y me escabullí. Y menos cuando no es capaz de bajarlo. Iré a ver qué pasa. sólo los Viejos unen los rayos del sol y de la lluvia. y no debía haberlo olvidado. Estaban alcanzando el nivel de los otros niños. pues los objetos se alzan a unos pocos centímetros. Quizá la Travesía los había retrasado. Yo había tenido la esperanza de que la señorita Carmody fuese más fuerte. capaces de mover montañas. Jethro llegó corriendo a la escuela.Yo suspiré aliviada. tiré de los tensores.. A las niñas les es más fácil tirar de los tensores. Karen —gritó Jethro por la ventana—. Vi entonces a los chicos. Los niños levantan objetos pequeños casi desde que aprenden a caminar. —Oh. había ido flotando hasta su asiento porque le dolía un pie. no. y menos aún bajarlas. Luego la gravedad misma los devuelve al suelo. sobre las bases de una represa. lo sabrás ahora. Habíamos corrido el riesgo de que Valancy viera lo que no debía ver. En esos casos no es necesario bajarlos. todos sabemos que el asunto puede ser grave. distraídamente. Pero Jerry y Susie nunca habían levantado nada. Esa misma semana. —Es urgente —gritó Jethro. Jethro.. Me volví entonces a Jethro. —Vi cómo lo hacía papá una vez en la mina. —Oh. y únicamente los Más Viejos los de la luna y las tinieblas. —Adonday Veeah —murmuré mientras corría con Jethro por el sendero que lleva al arroyo—. Nuestra penúltima maestra había tenido una pataleta cuando una de las chicas. — ¿Quieres que vaya contigo? —me preguntó Valancy—. Qué estúpido eres a veces. Si es algo serio. y aparentemente no me había equivocado. como decía papá. —Yo —confesó Jerry. —Eh. —Miré a Jerry—. En ese preciso instante yo estaba a punto de comprender qué era lo normal en una curva de inteligencia normal. —Jerry aplastó el barro con el pie y bajó la cabeza—. Rodeaban a un asustado pero orgulloso Jerry. — Bueno. un mediodía. ¿Puedes venir un momento? — ¿Para qué? —pregunté fastidiada por la interrupción.. ¿En «o? Ya sabes que no nos permiten levantar cosas tan grandes. y el peñasco volvió a su sitio en la ladera de la montaña. y sólo unos segundos. al menos con el sol. Nunca levanté nada antes. ¿Cómo se te ocurrió? Jerry se puso a temblar. Valancy. debatiéndose entre el miedo y el orgullo. —Ya lo sé —dijo Jerry. ¿Qué pasa? ¿Más dificultades? —Mira —dijo Jethro. avergonzado—. Estaba tan entusiasmada con el descubrimiento que me olvidé y subí al porche de . Valancy (cuando estábamos solas yo llamaba a la señorita Carmody por su nombre de pila. y quizá los únicos afectados eran los Clarinade. — ¿Te dejan levantar en tu casa? —No sé. Por supuesto.. ¿Tirar de los tensores? —gimió Jethro—. flotaba un enorme peñasco. Volví a la escuela y sólo entonces entendí lo que había ocurrido: Jerry había levantado el peñasco. y en el aire... Además —admitió. Cuando alguno del Pueblo dice que es urgente. no recuerdo ese maldito juego de niñas. pues al fin y al cabo sólo tenía cuatro años más que yo) me explicaba unos tests y mediciones del curso que yo preparaba en aquellos días. sonrojándose. Una tontería. —Perdóneme. — ¿Quién lo levantó? —murmuré azorada. Tomé un puñado de sol. —Bueno. Los chicos no tienen que levantar nada que un Extraño de la misma edad no pueda levantar con las manos. recuérdalo entonces. ¿Y tú? ¿Por qué no tiraste de los tensores? Llegaste corriendo como un loco. Cerré el libro. Pero Jethro sabía cómo tirar de los tensores. sin duda —dije—.

Pero cuando pasó noviembre y nos acercamos a Navidad. Sí. ¿Sabes. Desde que había empezado a desarrollar el Don. Desde que murió la abuela. cuando hay un Extraño cerca.. luego a unos charcos. y no se dio cuenta. cuando no quiera estar con los otros. La emoción de Jemmy y Valancy me hubiese permitido entrar en ellos en aquel momento. tú al menos no me abandones. justo debajo del cielo raso. en los que no me sentía como un ser distinto de los demás. Pero Jemmy. Mis futuros estudios me enseñarán a apartarme. Jemmy. tú. cerré los ojos y la mente. (Jemmy dormía esos días en la mina. Había algo en ella. los pasos ligeros de Valancy atravesaron el vestíbulo. como si quisiese que el corazón se le confundiera con la piedra y fuese tan inaccesible a los Extraños como el peñasco mismo..) No necesité imaginar nada ni recurrir al Don para entender aquella pantomima. que te querrán muy poco cuando seas una Vieja? —A la abuela la querían todos —respondí tranquilamente. Me eché un abrigo sobre los hombros y bajé las escaleras. yo tenía largos períodos de desasosiego. no vacilaría un instante. empezamos a inquietarnos. Jemmy. Dijo que no. pero yo había estado observándolos todo el otoño. en la cima del monte Calvo. Luego se rió. ¿podrías vivir como un Extraño? Tu vida entera sería una continua represión. ¡Oh. De pronto grité—: No. casi la hago caer a Valancy. La puerta se abrió y se cerró. y de pronto. nadie sabe ver en el Grupo. y al fin se secó. —Callé un momento—. Una precaución elemental exigía que alejáramos a Valancy. Los Viejos pasaron toda una noche en el dique buscando una solución al problema. —Sí. y no edificar algo que luego tendrás que destruir. ¿No me basta saber que soy distinta. ¿Quieres realmente que Valancy sea parte de este primer experimento? Jemmy se dio con la gorra un furioso golpe en el muslo. es una molestia terrible.. Sabía muy bien lo que ocurría entre ellos. —Cuánto lo siento. Y si hubiera hijos. o perderías a tu mujer.. Jemmy! Le pediste. Valancy estaba colgando unos grabados de la alta y anticuada moldura del aula. no me apartes. ¿no es cierto? Pero piensa. precisamente tú. hermanita. Aunque no sabemos quién me instruirá. en medio de un Pueblo que también es distinto? Oh. ¿Cómo había colgado aquellos cuatro primeros grabados antes que yo llegase? Aquel otoño el tiempo fue excepcionalmente seco. y que Jemmy pasaba largas horas de soledad en el peñasco que corona la hondonada. Jemmy me esperaba junto a la escalera del porche.. Jemmy.. ¿podrías tener hijos? Jemmy retuvo bruscamente el aliento. ya lo sé —replicó Jemmy—. simplemente. Traje el escabel y se lo sostuve. No tengo ningún derecho. y Jemrny se ofreció voluntariamente y la llevó a Kerry Canyon a una función teatral.. —Me acurruqué en el peldaño superior cubriéndome los tobillos helados—. sino como parte de todos los del Grupo. ajeno a los Extraños y al Grupo. Cuando las sombras de los dos se confundieron. yo estaba despierta y asomada a la ventana. Jemmy y Valancy se detuvieron en el porche antes de separarse. tiritando. —Está muy bien —dije dulcemente— mientras no le toque a uno. pues la lluvia. aunque yo nunca le había revelado mi secreto—. El arroyo se quedó reducido a un hilo de agua. Esto no nos preocupó demasiado.la escuela sin tocar la escalera. De cualquier modo.. que yo no alcanzaba a entender. y los libros y archivos que hubiesen podido ayudarnos se perdieron en la Travesía. Yo conocía muy bien los sentimientos de Jemmy. No hay más remedio que dejarse mojar. preocupado y triste.. Sería mejor que aceptases el no ahora. a la luz de la luna. No hemos podido comprobarlo. Sabía también que más de una vez Valancy había subido llorando a su cuarto. Es una Extraña. —Tú tienes el Don —dijo. ¿no es cierto? —continué—.. . Toda esta historia de la pureza del Grupo. pero —curiosamente— después de aquella primera noche no había podido leer otra vez en Valancy. en la oscuridad. Por suerte. pasada la medianoche. Yo estaba todavía despierta cuando llegaron de vuelta. Pero si ella me aceptara. Jemmy. y sentí que Jemmy me llamaba desde afuera. —No lo sabemos. El esfuerzo le había encendido la cara y me pidió que le alcanzara el escabel para poder terminar el trabajo. —Me rechazó —me dijo.

sin volverse. Jemmy se echó a reír. —No es porque no me quiera —dijo al fin Jemmy—. a causa del tiempo. Luego Jemmy se puso de pie. ¿Qué te parece? Es gracioso oírlo en boca de una Extraña. buscó algo con qué golpear el escritorio y restablecer el orden. Piensa que es distinta de todo el mundo. El día siguiente amaneció templado y sin viento. y eso es todo. —Hasta mañana. Nunca encontré nada igual en una Extraña. y delgadas humaredas se elevaban en el cielo lechoso: signos de la sequía que asolaba la región. —No me resignaré —dijo—. y Valancy decidió que el día era muy apropiado para trepar por las laderas del monte Calvo. —Porque es diferente. Sin embargo. compartiendo esa tristeza honda que es la trama misma de la vida del Pueblo. ni tampoco en la gente del Pueblo. Una especie de coraza. He descargado en ti mi mal humor. Al fin algo ocurrió. yo lo sentí. Susie se echó a llorar. Jerry se enojó con Susie. feliz y turbado a la vez. aun para aquellos que no conocieron la Morada. Haremos lo que haya que hacer. —Pero el otro mundo no existe —murmuré—. No puede saberlo. La Morada. pues se acercaban las fiestas. Y nos quedamos un rato callados. — Sí.. Era una risa triste. lo que era raro en el mes de diciembre y en nuestras montañas. hasta mañana.Yo estaba a punto de echarme a llorar. En la escuela todos estábamos inquietos. Jemmy se alejó a la luz de la luna. Buscaríamos ramas y hojas para adornar el aula. Detrás del monte Calvo asomaba —apenas visible— una rara masa de nubes que se confundía con el cielo blanco. es cierto. La quiero. Durante un instante escuchamos el silencio del mundo nocturno. —Pero no sabe que somos el Pueblo. —Bueno. Valancy. pálida y acongojada luego de la noche anterior. como si fuese una confesión. buenas noches. hay algo en ella. Yo me arrebujé en mi abrigo. soy diferente. una pared. ¡Qué mundo éste! Jemmy suspiró. Valancy. Me quiere. Karen. Cuando llegó al portón. y de pronto me estrello contra un muro de piedra. Una especie de calma amenazadora flotaba entre los árboles. Yo quería ayudarla. Yo también me puse de pie. y Jerry rió entre dientes. y derribó el viejo florero cuarteado donde unas flores silvestres se marchitaban en un agua de tres días. Tenía el alma helada. entrecortada. dijo. ¿Por qué? —No lo sé. Me lo dijo. Luego Valancy estalló en una carcajada nerviosa que se contagió a toda la clase. —¿Diferente? ¿Ella? —Eso me dijo. la empujó. A veces me parece uno de los nuestros. Durante un instante hubo un silencio de muerte. Papá dice que es algo así como una memoria racial. No puedo casarme. Limpiamos como pudimos a Susie y el escritorio. —Cálmate. . — ¿Por qué entonces? Yo no entendía que alguien pudiera rechazar a mi hermano. El florero se rompió y un agua nauseabunda corrió por el escritorio mojando el informe mensual que Valancy tenía ya casi listo. Los más pequeños.. y la niña cayó sobre una caja de acuarelas que Debra había dejado abierta en el suelo. Debra gritó. pero mi mente se estrellaba una y otra vez contra aquel muro infranqueable. Karen. se volvió y me miró desde las sombras. dice. Jemmy se sentó a mi lado y me palmeó el hombro como en otros tiempos.

y hoy casi todas las familias del Grupo cultivan una planta de koomatkas en algún rincón oculto. y si Valancy no hubiera estado allí con nosotros hubiéramos podido flotar sobre muchos obstáculos. Las manzanitas. pasamos por la represa de los chicos. ante los ojos de una Extraña. desplegamos el hule y pusimos en él nuestras provisiones. La hondonada está en llamas. y yo casi me quedé con el cuello torcido tratando de vigilar a todos los niños a la vez. Se las reserva para las grandes ocasiones. se nos prendían a la ropa. sobre el mantel. me pareció. como si estuviésemos en un verdadero picnic. miramos alrededor. corriendo y flotando a la vez. decidida a cortar por lo sano cualquier intento de vuelo y otras actividades especiales del Grupo. con los ojos muy abiertos. alarmadas. Ya arriba. Valancy se dio vuelta y vio las frutas que brillaban levemente con un resplandor verde azulado. Al cabo de casi una hora llegamos a un pequeño claro rocoso. Y ahora estaban allí. haciendo ademanes. Jethro corrió a lo largo de la ladera del monte Calvo. y consolaron silenciosamente a la niña. Kiah y Derek rodaron sobre el improvisado mantel. Se dice que en el equipaje de un tripulante se encontraron cuatro koomatkas intactas. y parecía que iba a echarse a llorar por haber traicionado al Pueblo ante una Extraña. De pronto Jethro se incorporó y olió el aire. Susie las había robado sin duda en algún momento de distracción de su madre. y trepamos por el lecho seco de los torrentes que bajan como una escalinata desde la meseta. Las miró un rato. disputándose un bizcocho. podían olvidar las reglas. Iba a decir algo. Las koomatkas son casi las únicas plantas que sobrevivieron a la Travesía. Los pequeños. Rachel y Lizbeth que observaban aterradas el almuerzo de Susie. De la pequeña hondonada lateral vino una súbita ráfaga de viento que nos trajo un olor acre y penetrante de arbustos quemados. guardaron las koomatkas en la cesta de Susie. pero bajó la cabeza. allá arriba. cuando nos echamos a descansar y contemplábamos las nubes amenazadoras que avanzaban por el cielo del mediodía. se echó hacia atrás. a plena luz. sin dejar de mirar a Valancy. No detuvimos un momento. Las niñas. me sorprendí de pronto tratando de descifrar la expresión de Valancy en el momento en que había visto las frutas. Susie acababa de entender lo que había hecho. Valancy nos reunió a todos con una mirada.Todos llevábamos el almuerzo a la escuela. ahorrándonos aquellas molestias. Susie sacaba tranquilamente de su cesta media docena de koomatkas y las depositaba junto a sus sandwiches. Miré y vi a Debra. Pusimos el almuerzo a salvo. y el fuego se acerca. jadeando y resoplando. Las koomatkas no son hoy tanto un alimento —en el sentido terrestre— como un último recuerdo de otras muchas maravillas semejantes perdidas junto con la Morada. entusiasmados. ¡Era imposible que las hubiera reconocido! Luego de un breve descanso enterramos los restos del almuerzo —la colina estaba demasiado seca y no era posible quemarlos— y reanudamos la marcha. Nos echamos aliviados sobre los lomos de granito. sintiendo cómo el corazón nos golpeaba el pecho. Se las plantó y se las cuidó como a bebés. de modo que recogimos las cestas y un hule que los chicos habían traído para trabajar en la represa del arroyo. Sin embargo. De pronto me llamó la atención el silencio. y se perdió de vista en la hondonada. limpiamos las manchas de chocolate de las camisas de los chicos. y olvidamos el incidente de las koomatkas. Valancy y yo. y el hule podía servir ahora como mantel para traer de vuelta las hojas. Volvió en seguida. Espantoso. Al cabo de un rato la cuesta se hizo más empinada. En aquel momento. espinosas y enmarañadas. Antes de que yo pudiera esconderlas o decir algo. una especie de islote en aquel mar de manzanitas. y se tomó las manos con fuerza. Todos mirábamos ansiosamente el aire libre. nos lastimaban las piernas y se enganchaban a los extremos del rollo de hule. —Es espantoso —jadeó—. y extendió la mano. apoyado en la ladera del monte Calvo. El arroyo estaba seco. Dejamos la escuela charlando y jugueteando. . después de comer. y seguimos adelante. Fuimos por la hondonada.

Desenrollamos el hule. temblando de frío y de miedo.. mirando acusadoramente al mundo. y no las conocía. notando en la lluvia. De pronto Valancy se puso a hablar con una voz terrible y atronadora que me heló los huesos. Jake. de sus manos tendidas. de modo que lo llevé a empujones y a la rastra al refugio del hule. abrazándose a Susie. y se acurrucó en el asiento. pero los más chicos no sabían flotar en línea recta más que unos pocos segundos. pero en mí sólo había pánico. Ahogué un grito. se separó de nosotros y se elevó un par de metros por encima de la manzanita. Los niños pequeños lloraban ahora. y cayó pesadamente entre las ramas espinosas. pues yo tenía que haberlas oído alguna vez. lo extendimos. y yo descubrí entonces a través de las lágrimas una larga lengua de fuego que lamía las laderas. Jemmy recibió en sus brazos el cuerpo inerte de Valancy. Y las nubes. Entre los tres nos levantaron a todos y nos depositaron sanos y salvos en la querida y decrépita camioneta. y luego me tomó la barbilla y me miró a los ojos. desesperados. Con un brusco movimiento de la mano. el humo espeso y móvil. Entonces. Y la lluvia no llegaba. respondieron con otros relámpagos. y nos metimos debajo. tan extraña. que cerré los ojos y me acurruqué con los otros chicos. En un momento pensé que podíamos escapar por el aire. pero luego de tantos meses de sequía. Me quedé de rodillas. con las manos extendidas. . Y entonces. Valancy seguía de pie. No había humo cuando salimos. Yo no podía leerle el pensamiento. asomaron detrás de ella. La manzanita verde no arde fácilmente. oí que papá nos llamaba. Yo y los chicos nos amontonamos alrededor de papá. brotaron relámpagos. una rueda del coche rozó una rama y giró lentamente en el aire. sobre la ladera de la inaccesible montaña. y todos tosimos. saltaron de uno a otro dedo. Toda esta parte podría arder sin que viésemos el humo. sobre la empapada y humeante extensión de manzanita. Y el rugido siseante de la lluvia ahogó el rugido de las llamas. un frío sobrenatural y paralizante que me heló las lágrimas en la cara vuelta hacia el cielo. Venía con Jemmy y Darcy Clarinade en la camioneta. entre las convulsivas nubes de humo. mientras yo tenía la cabeza de Valancy en mi regazo. palabras que me angustiaban. En seguida lo vi. — ¿Qué haremos? —gimió Lizbeth. en lo alto. Alcé la cabeza y vi a Valancy que me miraba fijamente. los dedos apartados. En ese momento las llamaradas. más alta que nunca. Yo no quería ver aquella inmensa extensión de manzanita seca. acosados. que ardería como una antorcha cuando la alcanzase el fuego. Los pies se le enredaron en las zarzas. Esperando aún en ese espantoso momento que Valancy no me viese. Valancy lanzó hacia el cielo el frío. Y mientras miraba sentí en mí un frío helado. Papá bajó. Llegó otra ráfaga de viento y de humo. mientras ordenaba palabras con una voz de contenido terror. con una intensidad insoportable. y no podíamos abandonar a Valancy. el relámpago. con un grito ronco.. tan cambiada. aliviados y felices. Este lado del monte Calvo es como un valle cerrado con muchas hondonadas. —La pendiente no se ve desde abajo —dijo Jethro—. Papá nos abrazó a todos. y estábamos rodeados por una maraña de manzanitas. en la hondonada.— ¿Cómo no vimos el humo? —preguntó con una voz tensa—. y los chicos lloraban detrás. ¡Todos debajo del hule! ¡De—bajo—del—hule! La voz de Valancy era sibilante y helada. — ¡Debajo del hule! —La voz de Valancy resonó como un latigazo—. Llegará un día mi última hora y veré aún la figura de Valancy. bajo el diluvio. Valancy y yo nos miramos. fui flotando a donde estaba Jake y lo ayudé a incorporarse. de espaldas al fuego. El fuego se acercaba. Me llevé las manos a la cara. Luego Valancy cayó pesadamente hacia adelante. Una ola de miedo recorrió el grupo y me asomé y miré. y yo apenas alcancé a sostenerle la cabeza que ya iba a golpear la piedra. y durante un instante interminable miré aquellos ojos vacíos. No podía levantarme con él. de los dedos de Valancy. brillantes y terribles. de pie. tensa.

. se abrió bruscamente la puerta y entró Jemmy. Ahora están muertos. desgarrando con dedos nerviosos unos pañuelos de papel. y se sentó en un banco de atrás. mientras el agua me chorreaba por el pelo y él estaba allí completamente seco. Jemmy sonrió apenas.. y. ¿No pueden despedirme enseguida? Díganme que me vaya y me iré. —Entendemos —dijo el Más Viejo. Los encontraron después de una explosión y un incendio.. No podía creerlo. Valancy habló. Vista Mar. Los Viejos se miraron entre ellos. —dijo titubeando—.. Mis padres eran huérfanos. Es también un problema mío.. Yo me puse a atar cabos.. bueno. —Bueno. ... — ¿Cómo no lo sabe? —Oh.. me desplomé en el piso de madera de la camioneta. ¿Puedo irme? Un murmullo recorrió la sala. Quise reparar un postigo de mi cuarto. —Continúe —le dijo a Valancy el Más Viejo. Crecieron en casa de un viejo matrimonio que había perdido en el incendio todos sus bienes. aliviado. Valancy calló y esperó. esperaba en el pupitre de los mellizos. todo esto es tan inútil —dijo Valancy—. basta! —gritó—. Antes que Valancy pudiese responder. ¿Qué importa? —preguntó Valancy. California. —Bueno —dijo Valancy—. y se asustó tanto que me echaron.. estaban en el escritorio quiero decir. Todos estaban sentados en pupitres. El director me vio. El Más Viejo acarició el bastón y luego asintió en silencio. ¿Dónde nació usted? —preguntó con dulzura el Más Viejo.... —Vete —ordenó el Más Viejo. Déjeme. sorprendida.. asustada de mi propio Pueblo. — ¿Y sus padres? —No lo sé. protegido por su coraza. y luego dijo. que ocupaba la silla de Valancy.. Pero si tienen que saberlo... Nunca había asistido a una reunión oficial de Viejos. Fue Valancy. — ¡Oh. perdidos en las calles de Vista Mar. y nací yo. ya sin fuerzas. — Siéntese. —Nos hemos reunido —dijo— para investigar.. señorita Carmody —dijo el Más Viejo. Llamé a mis libros. con relámpagos. Yo estaba sentada en mi pupitre. Un grupo solemne y silencioso se reunió esa noche en la escuela.. De pronto. Valancy se puso de pie de un salto. —No sé —sollocé. simplemente. El Más Viejo golpeó con el bastón el escritorio y paseó por el cuarto una mirada ciega.. Hubo un estremecimiento en el cuarto. con los dedos entrelazados. resignada—: Está en mi solicitud. me sorprendieron en un acto de levitación. con un rostro de piedra. supongo. Al fin se casaron.— ¿Por qué llovió? —me preguntó muy serio.. excepto el Más Viejo. así lo llamarían ustedes.. —Por favor —dijo Jemmy.Valancy se sentó dócilmente. — ¿Y el segundo? El Más Viejo se inclinó hacia adelante y apoyó la mejilla en el hueco de la mano. subí a arreglarlo. marcando el paso. Valancy.. y a pesar de mis años me eché a llorar como los otros chicos. desarmado de pronto—. perdí mi primer empleo porque.. Se había trabado y. parpadeando en la lluvia—. Valancy enrojeció. pensando que con un poco de sentido común hubiera podido descubrir la verdad hacía tiempo.. hacía frío. —¿Por qué dejó sus otros empleos? —preguntó papá.. exacta mente como un Viejo.

ahogando todos los Dones del Pueblo. Yo supe entonces que Valancy. que se recordaba con deleite. tan bien. Estoy sola. ¡abre tu mente! Valancy lo miró. y sintiéndose profundamente sola. Tal vez no debiera decirlo. Tenía poderes que nadie. no sólo era del Pueblo.. había conocido. no puedo —sollozó—. — ¡Oh. tan sin asperezas.. entra en ella. ¿No se dan cuenta? Todos murieron. casi repentina. Vi los secretos que la habían atormentado desde la muerte de aquellos padres huérfanos. Karen —me dijo—. temiendo traicionarse. Valancy se apartó rápidamente de mí y de los Viejos.. Valancy entró en mí. Tengo tantas cosas que aprender. Jemmy miraba a Valancy como el Pueblo mismo debe haber mirado la Morada en la hora definitiva. y de pronto se echó a llorar. Dejé la escuela y me precipité por el sendero como una poseída. Así que ahora no necesito ir al Exterior para ser maestra. e ignorándonos. Valancy. Si al menos. Soy una extraña. Reviví con Valancy aquellos secretos aterradores y ocultos. ¡Es maravillosa! Me eché a llorar en los brazos tibios y acogedores de mamá. Y los ancianos.. con un súbito grito silencioso. advirtió que se había olvidado completamente de sí misma y de sus dificultades por primera vez en muchos meses. Hasta el Más Viejo había vuelto hacia ella su rostro arrugado y la observaba con asombro. oh.. pero hay una razón por la que quiero apresurar mis estudios. Luego fue hacia la puerta. de angustia y de alegría. Lea respiró hondo. El Don no me apartará de todos. Mis pensamientos incoherentes se resumieron en uno. eran además los Más Viejos de la Travesía. pues creía ser la última sobreviviente del Pueblo. —Ya no eres una Extraña —dijo el Más Viejo—. Abrí los ojos y vi a los Viejos que miraban fijamente a Valancy. de pronto.. Jemmy la esperaba con la manos extendidas. que había vivido encerrada en sí misma. — Valancy Carmody. corno el estallido de una burbuja. Ahora tenemos una maestra permanente.. Y entonces. inundándome con una presencia de poder desconocido. aunque no tanto como Valancy. y Valancy ha completado sus estudios. —No puedo. Me volví hacia Jemmy. Ahora había alguien que podía instruirme. y que había vivido ignorada entre nosotros. Quiero parecerme a Valancy. De pronto. Pero iré de todos modos. se dijo en silencio. y esto puede servirme. mamá! ¡Es de los nuestros! Y Jemmy la quiere. Soy distinta.. me encontré con Valancy. y con una comprensión. flotando y corriendo hasta que llegué al porche de casa y caí en brazos de mamá. había tenido que esconder todas sus diferencias. para vivir en el Exterior hay que ser disciplinada. Y se sentía bien. perpleja.. pero Valancy me acompañará. Si al menos. protegiéndose de un mundo donde cualquier acto irreflexivo podía traicionarla. tan animadamente descansada. Había vivido siempre asustada. El Más Viejo se puso de pie. Estás entre los tuyos. . Pronto trataremos de descubrir a los otros sobrevivientes del Pueblo. Así lo hice. Los muchachos de aquí no me gustan. Era corno si unas cortinas de plata centellearan cerrándose sobre algún cuadro mágico.. Inclinó la cabeza e hizo la Señal.. Había tenido que vivir como una Extraña. — Las Persuasiones y los Designios perdidos —murmuró—. Todo está en ella. para compartir con él mi asombro. No sólo pertenecían al Pueblo. Ahora yo llegaría a ver. Ha pasado mucho tiempo. que eran del Pueblo. Al principio tropecé una vez más con el muro impenetrable. e incluso poderes superiores.— ¿Entienden? ¿Ustedes? —preguntó Valancy. Además.. desde la muerte de la abuela.

—Karen. Será Peter. Tranquilízate. ¿Por qué no quieres que sea cierto? —Porque no puede ser. y luego sacudió la cabeza y se rió—. Peter. Alguien rió quedamente en el silencio del cuarto. Y tengo mi título ahora. con un chillido insidioso. —Bueno. quiero decir. la imposibilidad de todas las imposibilidades. Bethie.. Tienes tiempo hasta mañana por la noche para prepararte. ¡Gente que viene del espacio! ¡Gente mágica! No puede ser cierto. El murmullo de las voces y las risas empapó a Lea como un océano tibio. Karen apareció en seguida al lado. una anda y anda por el mundo y al fin vuelve al sitio del principio. el frío de llamas. No es una historia real. —No tanto. Volvió la cabeza y buscó a tientas un pañuelo. no. ¿Quién te vendió como esclava? —preguntó Karen. Más tarde —oh.. —Claro que lo es. Lea se puso trabajosamente de pie. Peter. fuera de la escuela. Sintió. una bienvenida que iba mucho más allá de las palabras. en algún lugar del pecho. — ¡Oh. bueno. mucho más tarde— Lea se sentó de pronto en la cama. ¡No quiero volver a ese tembladeral. ¡No es posible! —gritó Lea—. enceguecida por un llanto sin sollozos.. el terror. y el hombro de alguien fue fuerte y tranquilizador un momento. y volviendo la cabeza sobre la almohada. Quieren conocerte. un rato.. Más allá de ciertos límites. Bien. ¡Peter! Todos se rieron. están ahí. Peter puede hacerlo mejor. —Karen sonrió envuelta todavía en los recuerdos que acababa de evocar—. Lea? —La historia que contaste. ¿Qué manilas tibias nos traen el próximo relato? Jemmy alisó el papel arrugado. Peter es el que sigue. . Quiero decir. en silencio. Alguien le puso uno grande y blanco en las manos. no! —protestó la voz suave de Bethie—. llevándose a los ojos unos puños apretados. — Se quedó perdida en sus ensoñaciones. Bueno. No es verosímil. una punzada. esa agitación sin sentido! La oscuridad más negra rodó y ardió y rugió. La gente se incorporó. ¡La realidad tiene límites! — ¿Quién define los límites? —Bueno. ¿No te habrás esclavizado tú misma? Estoy de acuerdo contigo en que todo vuelve a donde empezó.. del principio al fin. giró. —La voz de Karen—. —Lea. el poblado vacío... dónde empezó todo? ¡No! —chilló Lea.. a un lado y a otro—. desde el momento en que una nace. Todo termina donde comenzó. simplemente. Creo que luego de las excitaciones de hoy. No hay nada fuera de lo que es. — ¿Todavía no lo encontraste. por supuesto. ¿pero. Jemmy. Karen? Empezaste a buscar hace bastante tiempo. se movió. Sintió que la bienvenida la envolvía. con amargura. —Bueno. Aquí están Jemmy y Valancy. y he olvidado tanto. —Lea buscó las palabras—. y que unas lágrimas inexplicables le rodaban ahora por las mejillas... un relato es suficiente. A no ser que Bethie quiera.y en seguida se estremeció oyendo el golpe desnudo y seco de las cosas tal como son contra ese bendito refugio que Karen le había facilitado. algo perpleja—. a ese caos. Estás atrapada desde el principio y así tienes que seguir hasta el día de tu muerte. sintiendo que aquellos ojos interesados la atravesaban de parte a parte.. bueno —dijo Jemmy—. Apretó las manos. es el indicado. Oh.. y los brazos de alguien fueron ágiles y seguros cuando la alzaron y la llevaron. la estupefacción. He entendido mi deber y he cumplido. ¿es posible que todo eso haya ocurrido de veras? —¿De qué hablas. oh.

recogiendo la copa—. alcanzaba a sentir el movimiento del agua. Había olvidado el almuerzo. Bueno. rozándole la mejilla.. —No me parece muy posible.. —Quizá vea a algunos de los niños —dijo Lea—. o por lo menos creen que lo son. Me gustaría salir un rato hoy. Ayer pusiste la botella de lejía en el último estante. En estos alrededores casi no puedes hacer otra cosa que trepar. duerme ahora. Pero no hoy. y el amor no muere. la superficie era como un espejo. No vayas más allá de la escuela. y metió un pie en la laguna. deslizándosele por el hombro y sobre la blusa arrugada. lenta y aromáticamente—. El viento movía hacia afuera y adentro las cortinas cortas y fruncidas de la ventana. Mi historia ocurrió hace años. Karen rió..? —¡Recordabas todo de un modo tan completo! Cosas tan pequeñas. Lea. Puedes ir hasta el arroyo y mojarte los pies. esperando. — ¿Ninguna pantalla? —preguntó Lea sosteniendo la tregua armada. colmada de oscuridad. — Quizá soy analfabeta —dijo Lea. —No vayas muy lejos.. Y el modo como Jemmy miraba a Valancy y Valancy a Jemmy. En el medio. Lea. y deteniéndose un instante en los pliegues recogidos de la falda antes de dibujar un círculo tranquilo en la superficie brillante del agua. son adultos ahora. Ayer estabas todavía aferrada a las faldas de la muerte. esperando tan quieta que el agua se le cerró mansamente alrededor de las piernas. — ¡Hace años! ¡Pensé que era muy reciente! —Oh. Y los «niños» se sentirían bastante insultados si te oyeran. ¿Qué te hizo creer. por supuesto —dijo Karen—. no. El agua entraba murmurando por un extremo y salía cloqueando por el otro. Te servirán aquí el almuerzo y yo vendré para la cena. Iremos a la escuela juntas a oír la historia de Peter.. ninguna pantalla —dijo Karen—. Hoy ya puedes sonreír. pero firmemente la maraña de horror—. Preferiríamos que no lo hicieras por ahora.. como si fuese una copa de agua llena hasta el borde. —Claro. los pies desnudos y lastimados. los bordes de la falda empapados con agua del arroyo y el estómago vacío. La laguna era ancha y tranquila. Hace mucho tiempo que no miro el mundo. —Se incorporó bruscamente—. Y la mirada de Jemmy era de amor. —No estás en una cárcel. No tenemos muchos caminos en el mundo exterior.. Hoy puedes leer el rótulo tú misma. La mordedura limpia y fría del agua la dejó sin aliento.—Lea.. . Duerme ahora sabiendo que todo se inicia con la Presencia y que todas las cosas vuelven a su comienzo. —Sonrió apenas—. —Un modo que también les impida salir —dijo Lea sonriendo—. Mantendremos las alimañas fuera de otro modo. Lea.... —No. Davey o Lizbeth o Kiah. —Ya sé —dijo Karen sosteniendo en la mano una rebanada de pan y observando cómo se iba tostando.. El agua pronto le llegó a las rodillas y más arriba. no en las actuales circunstancias. habría que definir eso que llamas amor. Se detuvo bajo el árbol de algodón. se recogió la falda. en la arena fina que tenía bajo los pies. Por esto tapié las ventanas un poco más que de costumbre. Han crecido. Sólo allá abajo. si estás de acuerdo. sombría. —— —El Pueblo tiene una memoria especial. o bien levitar. Además hay muchos otros sitios donde ir... Lea subió hasta la laguna. un arroyo fresco.. Y quizá meterme un poco en el agua. —La voz de Karen atravesó con dulzura. pero dio otro paso adelante. Quisiera caminar un rato. Lea suspiró. Lea desayunó con Karen a la mañana siguiente. —Titubeó—. —Lea torció la boca—. si quieres. Traté de irme ayer. — ¿Confías en mí? —preguntó Lea sintiendo el secreto balanceo de terror en la copa en equilibrio. —El amor no. Una hoja amarilla cayó lentamente de un algodonero y tocó el agua con tanta delicadeza que los anillos resultantes fueron como hilos que corrían a las orillas de arena.. Se quedó allí hasta que cayó otra hoja.

Y perdiste algunos kilos desde que decidiste dejar esta vida. Lea calló meneando la cabeza. El hombre tenía un pie en el agua. Mis ropas —dijo—. Se reía. Tengo que aprender de algún modo cómo manejar un ser finito. La voz de Karen continuaba siendo fría. luego de. Parpadeó sacándose el agua de los ojos. Tengo fronteras y límites. haciendo que la falda pareciera más adecuada para la altura de Lea. La tela se estiró y se quedó estirada. sí. cuando resbaló. y hablaba ahora con una voz muy débil. sobre el agua. lo están —dijo Karen. Elige.. y el agua le salpicó el mentón. y entonces vio al hombre. ¡Karen! ¡Karen! El mundo desapareció. Tienen que estar todavía empapadas. Una agitación inquieta que en cualquier momento podía convertirse en pánico hizo que Lea mirara alrededor y buscara la costa. Será la lección número dos para ti. ¡quizá lo consiga! No puedo incorporarme sin que se me moje toda la cabeza. Repasó en silencio las ropas que le ofrecían. Las crecientes llegan en octubre. Eres más alta de lo que pensaba. Karen. Te he traído alguna ropa. más y más oscura. las manos ocupadas en la falda. La cama era blanda. — Si se queda ahí puede ahogarse todavía. y luego alzó los ojos hacia las altas paredes de roca que se alzaban alrededor.. —Si sigue tardando tanto en ayudarme —replicó Lea—.. —No.. El relato de Peter te gustará mucho. mirándolo. el agua hasta los hombros. —Eso fue un accidente — resopló Lea otra vez—. Tienes que ir esta noche.Lea miró un rato la hoja y la sombra de plata que era ella misma. irás —dijo Karen—. Tengo forma y proporciones. En ese momento el hombre la tomó por la mano.. Apretó los codos contra los costados y pensó: Estoy siendo otra vez una entidad. fríamente—. como avanzando hacia ella. — ¡Pude haberme ahogado! —gritó. Ni siquiera has empezado. No puedo soportar caer de nuevo luego de. pero Lea se levantó. Lea apartó con irritación la mano extendida de Karen. y cayó de espaldas en la laguna con un sonoro chapoteo. ¡Y Bethie! Tienes que oír los cuentos de Bethie. Lea alzó los ojos hacia la cara sonriente del hombre y le devolvió la sonrisa empezando a darle las gracias. fuera de foco.. vadeando hacia ella. De pronto el hombre pareció retroceder. por favor. no me hagas probar de nuevo —rogó Lea—. demasiado. sintiéndose muy tonta y muy mojada. pero se quedó quieta mientras Karen se ponía de rodillas y tironeaba del vuelo del vestido. —Bueno —dijo Karen—. Lea resopló. Salía a la orilla. — ¡Karen! —gritó—. Eres del tamaño de Lizbeth. —No iré. Sí. Lea volvió la cabeza. —Oh. —Oh. indignada. Lea tuvo un acceso de indignación. —Levántate. Chorreando agua y jadeando alcanzó a sentarse. —Pero ya está toda mojada —rió el hombre. y ella sintió que el cuerpo le temblaba y se le disolvía y que la nada invadía el mundo. soltó las manos tratando de mantener el equilibrio. ¡Es diferente hacerlo a propósito! — ¡Lógica femenina! / El hombre tomó a Lea por las manos y tiró ayudando a que se pusiera de pie y llevándola a la orilla. —Hablas de probar —dijo Karen. Lea buscó una excusa. imperturbable—. Se volvió aturdida y trató de alejarse. de modo que prepárate. . a kilómetros de distancia. La carga de no ser nada en una nada infinita era demasiado.

Vamos. Lea tuvo conciencia de un pensamiento que le cruzaba la mente. »No hay consuelo en Galaad. hasta la última decrépita astilla. Echó atrás la cabeza. No está mal. sin alzar los ojos. . Es todo tuyo. en el momento en que Jemmy decía: —Te dejo el pupitre. sorprendida.. sintió una punzada de nostalgia. Espero que la silla sea cómoda. Yo mismo pude haberme hecho esta pregunta en cualquier momento de estos largos años. Esto llevará su tiempo.—Ya está —dijo Karen incorporándose y arreglándole el vestido a Lea alrededor de la cintura y poniendo un pliegue donde había una arruga. ¿No hay allí médicos? ¿Por qué entonces la hija de mi Pueblo no ha recuperado aún la salud? En la breve pausa que siguió. —Gracias —dijo Peter—. es tu color. hizo más intenso el color de la tela—. Sentada en un rincón se miraba fijamente las manos juntas.. He decidido seguir el ejemplo de Karen y darle también un título a mi historia. De pronto. luego de la serena invocación. Nostalgia de unas manos que la habían sujetado en la frescura del agua. Lea se negaba tercamente a interesarse en algo. dejando que la marea y la charla que fluía y el movimiento de la gente la rozaran levemente. con un movimiento de la mano. o llegaremos tarde. Luego. Peter. ¡Había olvidado el episodio de la laguna! ¿Quién era él? ¿Quién era él? Pero no supo qué contestarse y Peter empezó a hablar.

generalmente seco. Es fácil. —No puedes. tú puedes volar también. ¿Tienes alas acaso? . Yo tenía seis años y me parece que ella tenía siete. disfruté de los últimos mendrugos. cuando me enamoré de la niña de trenzas más largas y de dientes más separados de toda la clase. Desanimado de algún modo por esta deserción. sentada en la hierba. con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Nuestros prados descendían como los otros cubiertos de maleza y arbustos hasta el Río Gordo. Mi amiga y yo nos habíamos refugiado detrás del cobertizo de la escuela. Me bajaron al fin y la maestra me tomó por el brazo y me arrastró hasta la escuela mientras yo gritaba a todo pulmón. Comimos nuestros sandwiches y pickles. con media escuela detrás. poco después de haber entrado en la escuela. para comer juntos nuestro almuerzo. No me subí. —¡Peter Merril! ¿Cuántas veces se te ha dicho que no hay que subirse a nada en la escuela? La miré tranquilamente. creo. y descubriendo una tiesa mecha de cabellos que no armonizaba con aquella cara severa. preguntándome el porqué de todo ese alboroto. Peter. y tratando de comer nuestros pedazos de pastel sin que las migas nos cayeran en las orejas. Abracé a mi amor y me elevé. — ¡Eh! ¿Sabes que puedo volar? Alcé los brazos y me puse de pie dejando a mi amor boquiabierta. que rodeaba la ciudad. Nadie puede volar. y luego nos tendimos de espaldas. me sentía tan satisfecho y tan enamorado que se me ocurrió de pronto que yo debía intentar algo espectacular en honor de la dama de mis pensamientos. — ¡Peter! —chilló la maestra—. y al fin se soltó y echó a correr hacia la escuela. ni siquiera mi amiga que negaba obstinadamente lo que había visto con sus propios ojos. Me di cuenta. Y yo pasaba días tan ociosos como cualquier otro muchacho de Socorro. junté los restos de nuestros pasteles y posándome cómodamente en el alero del cobertizo. mirándome con los ojos muy abiertos—. Nunca se me ocurrió pensar que fuésemos diferentes. Nada parecía indicarlo. y yo sabía que podía hacerlo. No puedes volar. Yo había comido tan bien. —No seas tonto. entre las plantas de algodón. ¡Quédate donde estás! Así lo hice. Y cuando nuestra vaca llamaba al toro de los Jacob. Ella gritó y pateó. Me asomé al borde y dije—: ¿Viste? ¡Puedo volar! ¡Se lo contaré a la maestra! —dijo ella con una voz entrecortada. Está prohibido subirse al cobertizo. electrizado. —Oh. contemplando el cielo brillante con los ojos entornados. Te ayudaré. Me deslicé por el aire hasta el suelo. notando con interés que la prisa y la agitación le habían desordenado los rizos. chillando. No seas tonto. mugía del mismo modo que todas las otras vacas de todos los otros prados. Al cabo de un rato llegó la maestra. del otro lado del río. ignorando el coro de «¡Peter anda con una chica! ¡Peter anda con una chica!» y las señas burlonas que querían avergonzarme. ¡Sí puedo! ¡No puedes! ¡Puedo! ¡Mírame! —Alcé los brazos y me elevé hasta el techo del cobertizo. gateando hasta el poste que sostenía el techo—. Me senté. Vamos. ultrajado e indignado porque nadie quería creerme. — ¡No te sueltes y espera a que Stanley traiga la escalera! —Puedo bajar solo —dije. bah —dije—.GALAAD No sé en qué momento descubrí que nuestra familia no era como las otras familias. La casa en que vivíamos era muy parecida a las demás casas de Socorro. La idea era magnífica. tendido a la sombra escasa de los árboles mientras el trabajo esperaba en algún otro sitio.

Son las palabras que empleaba ella. La gente no necesita alas. como un niño que llora. Mamá calló y se volvió hacia la ventana. y volé cuidadosamente hasta lo alto del armario. Sólo las cosas con alas vuelan. pero aquella noche. o subirse a la vaca para jugar a los indios.—No necesito alas —aullaba yo—. Pero yo. No era más. de modo que los cabellos le cayeron sobre la cara sombría. por lo tanto. con nubes bajo los pies y encima de la cabeza. Otras veces mamá me hacía pensar en un pájaro enjaulado. y yo estaba acurrucado en el sofá. — ¿Pensaste alguna vez cómo sería estar ahí arriba en plena tormenta. Y en eso quedó el incidente. Llevaba la felicidad dentro de ella como si fuese un ramillete de flores. sin que importara tanto cómo había llegado allí. inclinando la cabeza. como en la tienda. ¡Yo sabía! ¡Yo recordaba! Recité las palabras como una amada lección: — «Y la lluvia como cabellos de hielo y plata te golpeaba el rostro que alzabas al cielo. Yo sé porque mi madre sabía. El rugido creciente me había despertado. que se apretaba contra los barrotes. . Papá estaba sentado con el periódico en las rodillas. Se había desencadenado una tormenta sobre los Huachuchas. pero yo la oí claramente en medio del tumulto. metiendo la barbilla bajo las mantas y suspirando hondamente. hasta que el sábado la maestra nos encontró a mamá y a mí en la tienda y revolviéndome el pelo me dijo: — ¿Cómo está mi pajarito? —Luego se rió y le dijo a mamá—: ¡Se imagina que puede volar! Vi que mamá apretaba tanto el portamonedas que los dedos se le ponían blancos. sentí de pronto como un vacío dentro de mí. Mamá habló en voz baja. no sabiendo muy bien si los truenos que sacudían constantemente la casa me asustaban o me excitaban. y un encaje de rayos alrededor. ¡No soy un pájaro! —Entonces no puedes volar. acuné las palabras en mí. Ella sabía porque el Pueblo sabía —dijo. vestida con una bata de franela que le llegaba a los tobillos. y un raro tormento. una contra otra. Mamá tenía siempre los ojos alegres. como calientes ríos de oro? Papá movió las hojas del diario. — ¿Cómo sabes eso? —me preguntó. Y sin embargo. que una de esas cosas divertidas que los adultos le prohibían a uno. mamá perdía toda alegría. y lo repartía entre todos los que encontraba. apoyando el brazo y la cabeza en el marco. y mostraba miedo. Me escurrí fuera de la cama. y luego de vuelta hasta la cama. — Sabe porque yo sé. sino una emoción de mamá. y se le quebró la voz—. Era la madre más risueña de Socorro. como comerse un pedazo de pastel por la mañana. A las otras madres apenas les alcanzaba para repartir entre los de la propia familia. y que me miraba con unos ojos sin alegría. Mamá apretó las manos. aunque sabía bien que en ese momento no era una emoción mía lo que yo sentía. cuando me metí en cama. —No recuerdo —murmuré. Mamá estaba junto a la ventana. bajé la cabeza. en el sofá. hasta que me asusté pensando que la maestra podía decírselo a papá. y el aire que entraba por los marcos mal ajustados le movía apenas el cabello oscuro. Me sentí abrumado por una sorpresa in— crédula y un miedo y una angustia que me daban ganas de llorar. Como una noche que recuerdo aún vividamente. maravillado. o manejar el tractor. Quizá yo no podía volar. —No parece muy cómodo —dijo. La maestra no se lo contó a papá. a veces. Al fin y al cabo yo había estado en territorio prohibido. Quizá la maestra tenía razón. Confuso. Papá clavaba en mí unos ojos sombríos y perturbados.» Mamá dio media vuelta y me miró fijamente. y afuera soplaba el viento. —Puedo volar —murmuré. Me pasé el resto del mediodía gritando y pateando los escalones de la escuela.

Bruce. Yo me fui arrastrando los pies. —Por los dos.. estupefacto. también. Pero junto con ese dulce recuerdo me llegaba también la advertencia: No puedes. asombrados. Glib. Eve? —preguntó papá—. Luego. con el pie vendado apoyado en un sillón. pero no para Bethie. yo me apreté el dedo con la puerta del dormitorio y lloré durante un cuarto de hora. Bruce. sin razón aparente. a veces! —Ya lo sé. . Y recordé entonces. y al fin sentí que la angustia de mamá se transformaba otra vez en una cálida ternura. Papá tuvo un ataque de apendicitis aguda cuando Bethie tenía dos años. murmurando entre ellos. pero lo hemos hablado tan a menudo. dame tu fuerza. — ¿Qué podemos hacer. que dormía muy intranquila a pesar de los sedantes. Nuestro vecino. Oh. y los vientos que golpeaban como olas de espuma escarchada. El señor Tyree descansaba como podía. Bethie no tiene más que parte del Don. ¿Qué dijo el doctor? —Nada. Recordé los calientes ríos de oro. Bethie. había estado cortando leña y el hacha se le había desviado. Poco antes de cerrar la puerta me detuve y escuché. no hay otro camino. Me veo aún inclinado sobre la cuna. pero a veces. las nubes arriba y abajo. Peter. cuando yo estaba por cumplir nueve años. cayó en una trampa para serpientes. arrastrando la trampa. cuando mamá la dejaba ir a la escuela. aunque se pasaba la mayor parte del tiempo en casa. Había perdido un pulgar del pie y mucha sangre.. —Nunca le dije una palabra. tratando de que los ojos no se me llenaran de lágrimas mientras luchaba contra la pena y la desolación de mamá. Cuando Bethie tenía seis meses. querida. Muy poco después nacía Bethie. pues tienes sólo ocho años. nuestro pequeño terrier. ¡oh.— ¡Oh.. luego de Peter. ¡oh. pero Bethie sollozó continuamente hasta que yo no sentí ningún dolor en el dedo. No pueden hacer nada por ella. Para mí era una diversión. De modo que ahora éramos dos los diferentes. pero. —Es una sensitiva. casi todo el tiempo.. Hay que esperar. pero fue ella quien tuvo que tomar un sedante hasta que pudimos llevar a papá al hospital. No lo domina.. Hay gente así en el Pueblo. — Sí —dijo mamá—. pero cuando el doctor Dueff llegó corriendo en su coche. aunque no de tan pocos años. Corrimos ese riesgo. Esa sensibilidad les permite ayudar a los que sufren. Regresó a casa lloriqueando.. Papá se acercó a ella y la abrazó. Tienes sólo ocho años. No entiende. Una noche papá y mamá estaban junto a la cama de Bethie. mi hermanita. Bethie chilló hasta que Glib se quedó dormido sobre la pata vendada. Sé que te cuesta mucho. sobre el milagro de aquellos deditos y aquellos cabellos de caramelo batido. y me acurruqué en la oscuridad. sobre la cama. Eve. Bruce! ¡Bendito sea el Poder. Mamá lo miró con ojos serenos y amantes. —¿Qué ocurre? ¿Por qué Bethie es así? —preguntó papá desesperado. Lo peor ha pasado. a quien todos miraban fijamente. aunque también diferentes entre nosotros.. Me miró por encima del hombro. Bethie.. Me esfuerzo tanto. Mamá se encogió. Tentamos a la suerte. No sabe que ella. te lo aseguro —dijo la voz entrecortada de mamá—. y con las manos en las orejas para no oír los gritos de Bethie. —Mejor que te vayas a la cama. — ¿Por mí? —gruñó papá. el señor Tyree. que te ha traído a mí! Cerré silenciosamente la puerta. aun cuando ya era bastante mayor. volé gravemente hasta lo alto del armario. se precipitó primero a nuestra casa y luego fue a la del señor Tyree. de mala gana. Cuando Bethie tenía un mes. Porque Bethie era diferente. Y es mucho lo que has logrado. Supone que se le pasará con los años. volví a mi cama y me acosté. Bruce. perdóname! Yo miraba con los ojos muy abiertos. No hay otro camino.

¿Qué había de diferente en nuestra familia? Y por vez primera fui capaz de separar y reconocer el sentimiento que yo debía de tener desde hacía mucho tiempo. una cosa insensata. Miré fijamente el suelo. Quizá no estaba bien guardar la leña de ese modo. nadie tenía que saberlo. gruñendo bajo el peso. muy pálido — . Yo había hecho entonces una cosa insensata. los guié hacia el sitio donde yo quería dejarlos. estés donde estés.. La mina era muy oscura y ninguno de mis amigos tenía una linterna. papá había reaccionado así. el sentimiento de estar aparte. De modo que Bethie aprendió las letras y los números con mamá. Los empujé hacia el cobertizo. ¡Nunca te avergüences! —Mamá me puso rápidamente las manos en los hombros y me rozó la oreja con los labios—. Quizá. y guardé toda la leña en un tiempo maravillosamente corto.. el sentimiento de estar mirando desde afuera. Tan diferente como puedas. Si había algo anormal. Quizá yo había hecho algo malo. ¡Pero que no lo vea nadie. No tardé mucho en descubrir cuál era la carga máxima. desorientado. ¡No dejes de ser diferente! —murmuró—.. Papá estaba revisando las cuentas de la leche y alzó los ojos. furioso.. sentándose junto a mí. Me senté en cuclillas en el patio y me succioné el dedo. Peten. —Te he dicho que guardaras la leña. ¡Vuelve y quédate ahí hasta que hayas tenido tiempo de guardar bien la leña! —Ya está guardada —protesté—. —Nadie te ha pedido nuevas técnicas —dijo tranquilamente—. no. Callé. pero las rodillas despellejadas.Teníamos que tener cuidado con Bethie. Yo no debía traicionar. Sí. triunfalmente—. . descubrí. era posible. ¡Y los chicos están esperándome! —No quiero discutir —dijo papá. con los ojos clavados en la leña. Yo me había citado con unos compañeros para explorar una vieja mina de espato flúor y ahora aquel trabajo me impediría ser de la partida. No tuviste tiempo... No mucho después descubrí un modo de utilizar prácticamente mi diferencia. Luego. Todo lo que puedo decirte es esto: no olvides nunca.. concentrándome. los chichones. —Déjate de bromas —gruñó papá—. y me lastimé el pulgar. Me senté en la leñera. paralizado por la mirada de papá. se me ocurrió algo. —Ya la guardé —respondí. Tienes que conformarte. Pero no te avergüences. Volví a la leñera. sonriendo. y los dolores de cabeza del portero después de las borracheras del fin de semana la devolvían a casa agotada y temblorosa. Por ese motivo. y se quedaba apoyada melancólicamente en la verja mientras pasaban los otros chicos. los dolores de dientes. Mamá estaba de pie a mi lado. quizá. pasando junto a mamá que había venido de la cocina y que había extendido hacia mí la mano. Quizá lo que yo había hecho era un disparate. Pensé mucho. Al fin cargué una brazada. Vuelve a la leñera. Fui al patio de atrás y me quedé un rato con las manos en los bolsillos pateando el montón de leña. dejé caer la madera. —Papá dice que ahora puedes irte —dijo. Papá no era comúnmente tan poco razonable. Llegué al cobertizo. Descubrí una técnica nueva. De pronto. y mirándome sin alegría—. decidido a no salir de allí hasta que papá fuese a hablarme. Entré silbando en casa y fui a buscar una luz. me puse a pensar. Papá no podía hacer otra cosa. hagas lo que hagas. Papá me pidió que guardara en el cobertizo un montón de leña que Delfino había dejado en el patio de atrás. era necesario ocultarse. que lo diferente muere. o morir. Verás. ¿Si yo podía volar. Probó la escuela un tiempo. al borde de la histeria. los empujones. ser prudente.. Hacer algo insensato significaba no hacerlo como todo el mundo. Se me confundieron los pensamientos mientras recordaba los murmullos que yo había alcanzado a oír a propósito de Bethie. no sería posible que la leña volase también? Sí. —Es cierto —dije. Peter. que no lo sepa nadie! Mamá desapareció en la escalera que llevaba a la cocina. Me incliné hacia adelante y castañeteé los dedos ante media docena de leños. y los ordené como si fuesen naipes..

pues yo me había contentado con subir y bajar. convulsionado por el miedo y por aquella cosa terrible que le ocurría. Le puse las manos encima y empujé hacia abajo. Salté otra vez y le rocé el talón con la punta de un dedo. Descubrí que un castañeteo de los dedos me bastaba para traer cosas hacia mí. De pronto. cómo hacer ese ademán. deslizándome luego en éxtasis hasta el suelo. yo había prostituido mis poderes utilizándolos para aterrorizar injustamente. asegurándole lo mejor posible las piernas y los brazos. Me alejé de él lenta y deliberadamente y pensé un rato. sin pedir nunca explicaciones. una mirada. De modo que en los años siguientes seguí cada vez con mayor frecuencia el consejo que me había susurrado mamá. Eché a correr detrás. Se debatió en el aire. y asomó a mi garganta un eco de su grito. y Bub empezó a moverse lentamente en el aire. pues yo sabía que ella no me las daría. por encima de mi cabeza. me elevé hasta donde estaba Bub. ¿Para qué fatigarme? ¿Por qué no hacer con aquel mentecato lo que había hecho con la leña? Bub dio un grito de verdadero terror cuando sintió que el suelo le faltaba bajo los pies. gritándole. No tenía la más remota idea de cómo traer al suelo a un ser humano. pero yo no sabía cómo pronunciar esa palabra. Tiré de él hacia arriba y Bub subió conmigo. Yo subía regularmente hasta las puntas de los álamos altos. Fui hasta el otro lado de Bub y lo empujé hacia unas ramas altas. y lo de «solo» terminaba de condenarme sin remedio. . pues comenzaron a oírse ciertos rumores. y en otros tuve éxito. Flotaba en el aire como un tronco en el agua. La mueca maligna con que acompañaba sus cuentos transformaba esas «cosas» en cualquier perversión que los oyentes pudieran imaginarse. un conocimiento que no me venía de la experiencia ordinaria: yo había cometido un terrible error. abrumado por una repentina certeza. El incidente de la leña me había abierto todo un nuevo panorama de posibilidades. Me puse de pie y tomé aliento. y tropecé otra vez con una puerta que podía abrirse con una palabra. Experimenté así amargamente lo que mamá me había dicho. y una sola muerte no es nunca bastante. yo ya estaba al pie del álamo. muchas veces. un ademán. como había hecho con la leña.Entré en la adolescencia. cómo lanzar esa mirada. Las cosas que les parecían más divertidas. Poco después. aunque yo no supiese muy exactamente qué posibilidades eran éstas. logré encender un pequeño fuego. Se me hizo un nudo en la garganta al descubrir que yo no sabía cómo hacerlo descender. doblado en el aire. no me interesaban mucho. Luego quise tomar una llama y me ampollé y chamusqué las manos. sentí su terror. Me arrastré aturdidamente hasta un rayo de sol que atravesaba la copa de un álamo y sentí que me corría por los dedos algo que era posible levantar —y retorcer— y utilizar. y me alejé más y más de los chicos de mi edad. Uno muere y muere. donde ensayaba toda clase de experiencias. Bub no se movió. y muere. El que es diferente muere. muy por encima de la gente estúpida como Bub. Luego un día sorprendí a Bub mientras rondaba por nuestro bosque. Me acostumbré a pasarme las horas en la parte baja del prado. pero logré llevarlo hasta una rama gruesa. Y yo. Caí al suelo. No acerté. Ya estaba recuperando el conocimiento y movía la cabeza y los labios. sin saber nunca si resultarían o no. Me vio y puso pies en polvorosa comprendiendo muy bien qué podía pasarle si yo lo atrapaba. ¿Pero cómo? ¿Cómo? Cerré el puño sobre la onda de luz. Trabajé mucho y en algunos casos fracasé. me reí de él sintiéndome un gigante. En una ocasión. y me reí. y el grito se le apagó y se le quedó en la garganta. Me arrodillé y alcé los ojos hacia Bub. Bub Jacobs le contaba a todo el mundo que yo «hacía cosas» cuando estaba solo en el prado. concentrándome tanto que me dolió la cabeza y quedé aturdido. hasta que una vez me extasié demasiado y aterricé de narices. Me parece que por ese entonces me descuidé un poco y no me molesté en tratar de saber si me vigilaban o no. Utilizar en Bub. pero en seguida me detuve. Con mucho cuidado. antes que Bub se desmayara. cuando Bub abrió los ojos abrazándose frenéticamente al tronco. No era un trozo de madera que uno podía bajar con un castañeteo de los dedos. y no había planeado casi nunca. Salté para atrapar los talones de Bub que le colgaban un poco más abajo que el resto del cuerpo. Me pasé el dorso de la mano por la frente sudorosa. me reí de mi estupidez. abajo. o para enviarlas a cortas distancias sin molestarme o tocarlas. fuera del alcance de mis manos.

Cerré los ojos.. Pero tienes que ayudarme a recordar. bueno. Bethie. No importa. y recordé.. mamá —dije tomándole una mano mientras Bethie tomaba la otra—. como pájaros en el cielo. Sé que lo harás. ¿En qué lugar? —No en este. — ¡Volar! —Miré a mi hermana asombrado—. «¿Cómo está el tiempo allá arriba?» y «¡Trae una escalera. —Peter —murmuró—. Tengo mi trabajo en la fábrica.. ¿Por qué no podía ser igual para Bethie? Yo hubiese querido darle una parte de mi diversión y tomar en cambio una parte de su pena. Mamá estaba tranquila ahora. Siempre los habíamos visto juntos. Y mamá. Tú eres de este mundo. No te preocupes. con la cara serena y en paz. Después del funeral. Lo recordamos por vuestro padre. con una contenida desesperación—. Una nota que yo nunca había cantado me palpitaba en la garganta. Recuerda conmigo. animándose un poco—. No hay otro para ti. arrastrado por el Río Gordo mientras trataba de salvar a un tonto veraneante que había plantado su tienda en las arenas secas que eran el cauce de las aguas en los días de tormenta. Para todos los que fueron llamados en el año. Luego oí las primeras magníficas notas del himno del Festival y el sol asomó sobre las colinas boscosas. Ella no había visto. No habían sido dos padres. Mamá escapó por el pasillo hasta su cuarto. ¿Por qué dijiste «recordamos»? Mamá la miró y las lágrimas le velaron los ojos.. ¡Oh. —El Festival —dijo mamá dulcemente—. Peter! Pertenezco ya bastante a este mundo como para sentir que la muerte es tristeza y desolación y no ese llamado solemne y dulce que es en realidad. —Porque no puedo volar como tú. yo me divertía bastante. todas las cargas y ninguna de las bendiciones. mamá y Bethie y yo nos sentamos en la sala. un vuelo de mil seres felices. — ¿Qué fue eso. seguramente. Abrí los ojos y descubrí que mis propios dedos hacían un signo que yo no conocía. perdón. Bethie. Yo sabía que era un pobre consuelo el que yo ofrecía a la angustia de mamá. —Mamá —dije en voz baja—. Bub. —Mamá abrió los ojos—. Bethie. Mil manos se alzaron para hacer el signo. mamá? —murmuré. Por vuestro padre. Peter —dijo mamá. puedo cuidar de nosotros. con los ojos cerrados.. sino una entidad única: papá—mamá. Y ahora nuestros pensamientos se interrumpían en mamá—y.. Peter. pero era necesario llegar a ella de algún modo.. Un vuelo libre en la noche estrellada. Ayúdame. Bethie se apretó contra mí. —Gracias. —La voz de Bethie era un titubeante murmullo—. Bethie apretaba los dientes ante el dolor lancinante de mamá que se clavaba las uñas en las palmas. Aparté dulcemente las manos apretadas de mamá y Bethie se serenó un poco. ¿por qué dijo mamá «ninguna de las bendiciones»? —No sé —dije. que subían al encuentro del alba. el alba del Festival. con los ojos bajos.. una mitad de ella había muerto. Perdón. —Inclinó la cabeza y se llevó las manos a los ojos secos. Peter. mamá—y. — ¿Dónde era eso? —pregunté—. —Oh. ¿Cómo lo sabes? . —Mamá. Luego murió papá. Tomé aliento y miré de reojo a Bethie.— ¡No te sueltes. Bub! ¡Buscaré a alguien que te ayude a bajar! De modo que durante la semana siguiente la gente se olvidó de mí y le tomaba el pelo a Bub con frases como éstas: «¿Qué hacías en el aire?». Peter y Bethie. Aun con estos problemas. Parecía imposible imaginarla sola a mamá. trae una escalera!». ¡ayúdame! — Si soy capaz. Yo podía sentir ahora el perfume de las flores que adornaban a las mujeres y la alegría que acompañaba a la aurora.

Pero cuando le preguntábamos qué escuchaba. La ayudé a ponerse el abrigo y la abracé. profesión muy necesaria en una comunidad que tomaba al pie de la letra el mandato de crecer y poblar la tierra. aunque. mamá —le dije—. Peter. pero no pude pensar en ir a la universidad. —Puedo hacer cosas también —dijo—. para descender luego ella sola. Sólo la noche». y más aún cuando Después de un accidente que nos dejó un momento sin respiración descubrimos que aunque ella no podía elevarse era capaz de bajar por sus propios medios. Seguí trabajando en la fábrica que proporcionaba ocupación a la mayoría de los habitantes de Socorro. sino más. tomándole el pelo a Bethie a propósito de una cita que había tenido la noche anterior. yo seguía desarrollando mis diferencias. No con el fuego ardiente del principio. Mamá se ganó una buena reputación como comadrona. ya iba a menudo a la escuela y estaba haciéndose popular a pesar de que era una niña tranquila. Las otras personas no son como nosotros. Y a Bethie le pasaba lo mismo. Se me escapó entre los dedos y se perdió en la oscuridad. cuando Bub flotaba sobre mi cabeza. mamá suspiraba y decía: «Nada. o de que alguien iba a venir. cuando nos sentábamos en el porche en las largas noches. Bethie movió rápidamente los dedos y torció los rayos de sol en un dibujo brillante y complejo. ¿Mamá? —Me parece que sí —murmuró Bethie —. bueno. Los años que siguieron pasaron sin incidentes importantes. nuestro mundo terminó otra vez. Desayunamos charlando y riendo. ¿cuándo vas a retirarte y dejar que algún otro se encargue de la recolección de chicos en la primavera y el otoño? . ¿Pero cómo? Nos quedamos callados y Bethie fue hasta la ventana y el sol de la tarde le aureoló los cabellos plateados. ¿Ya? —preguntó mamá. Bethie tenía las mejillas encendidas. Pero sé sobre todo que somos diferentes. — ¿Pero para qué sirve? —murmuró—. Un día grisáceo de octubre —la hojarasca ya cubría los campos—. Yo me alejaba ahora más en mis paseos. Quise tomar el dibujo que Bethie tenía en la mano. Extendió la mano y tomó un puñado de sol. tejiendo a menudo alrededor del esplendor intrincado de sus dibujos de sol. pues.—Sé muchas cosas —murmuró ella—.. y que estaba exactamente a cien kilómetros del hospital más cercano. Sólo para hacer cosas bonitas e inútiles.. Tenía el presentimiento de que sería hoy. sin mover la mecedora. yo tenía continuamente la impresión de que iba a ocurrir algo. Y se hamacaba en su mecedora. incorporándose y bebiéndose el resto de su café mientras yo iba en busca de un abrigo—. Desde entonces el juego preferido de Bethie fue que yo la llevara lo más alto posible. ¿qué nos hizo diferentes? — ¿Mamá? —susurré—. Bethie disfrutaba mucho de estas excursiones. que en su infancia. pero yo sabía que ella aún sufría tanto. Bethie entró en la adolescencia y con la ayuda de mamá aprendió a dominar sus reacciones ante el dolor de los otros. y con las risas y el aire vivo del otoño todo estaba realmente bien. mamá inclinaba a un lado la cabeza y escuchaba con atención. la misma luz oblicua que se me había deslizado entre los dedos—. A veces. —Escúchame. Por supuesto. «por amor al arte». entreteniéndose a veces más de una hora en el aire. probablemente. pero Bethie venía conmigo. y de modo bastante común. pues se pasaba las horas mirando y escuchando. especialmente cuando descubrimos que yo podía llevarla conmigo en mis vuelos. Terminé mis estudios en el colegio. Pero entre una y otra burla. sino como alimentando una pequeña llama. ¡Mamá! —murmuró. Mira. bajo los álamos. Y también mamá. Reena no debiera conducir ese jeep hasta Peppersauce Canyon tan cerca del término. Bethie dejó de reír de pronto y el color se le fue de los labios. En conjunto. ante los posibles nuevos descubrimientos. la vida transcurría para nosotros agradablemente. No obstante.

Movió los dedos sobre su cabeza y una nube se abrió en copos de nieve. una preciosa familiaridad que era más fuerte que cualquier lazo que nos hubiese unido hasta entonces a la Tierra.. —No. Guardamos los restos del picnic en la canasta y me volví hacia Bethie para levantarla y llevarla a la camioneta. ¿Nada más hasta ahora? Bethie sonrió. desde la costa y desde el cielo. el rojo y el oro de los campos que se extendían interminablemente al pie del Mendigo. parecidos a los que habíamos tenido yo y mamá el día de la muerte de papá. Luego llegaban los recuerdos.. —Mira. Peter! —dijo. llegaron las primeras sombras de la tarde. sí. Antes que nos diéramos cuenta. algún día. no en este momento. Caminábamos por las aguas oscuras y brillantes de un lago de montaña.—Cuando yo misma haya cosechado un nieto —dijo mamá bromeando. a pesar de tener ya seis años. ¿De dónde eres? ¿Por qué podemos. — ¡Mamá! ¿De veras? —Bueno. Al mediodía nos entretuvimos disfrutando del sol en un cañón miniatura preferido. ¡Invierno temprano. sintiendo a nuestro alrededor. señorita! . Pero no —continuó mientras nos acercábamos a ella—. Mamá nunca había titubeado hasta entonces. y se le posaron en la piel pálida y se fundieron y le brillaron en las mejillas y en la sonrisa maliciosa de los labios. —Entonces me sobra tiempo. —Fue a tomar su maletín negro y miró a Bethie—. recordar. titubeó y se hizo a un lado. pero esperábamos que esta vez vinieses con nosotros. me lo habéis pedido tantas veces que me he preguntado si está bien que reneguemos de nosotros mismos. un torbellino de copos gigantescos que descendieron sobre ella como plumas. Ante todo. y tomándola en mis brazos la saqué del cañón y la dejé entre las piedras del valle—. no es ninguna falta pertenecer al Pueblo. mamá —dije—. Al fin y al cabo. Luego de comer jugamos a nuestro juego favorito. yo me desembarazaba de pensamientos superfluos hasta que mi mente era un estanque abrigado y tranquilo. no estará mal que lo sepas. Quizá pronto. Reena podría adelantársenos. Reena nunca tiene prisa y vive demasiado cerca. sí. Reena le va a dar a éste el nombre de Peter o Bethie. En estos últimos meses he empezado a sentir. —Bien. — Sí. donde Dalt. según el caso. y sentimos un escalofrío. el sol desapareció detrás de los picos de los Huachuchas. hijo —replicó mamá—. Bethie no podía recordar conmigo. pero yo sentí su tristeza—. ¡Invierno temprano. Peter. — ¿Qué pueblo.? —Alguna otra vez.. dorado. Habíamos proyectado un paseo de cualquier modo. muy distintos de todas las cosas terrestres. será mejor que lleves a pasear a Bethie. aunque quizá no te sirva de nada. chicos! Miramos hacia atrás cuando la camioneta cruzaba la carretera hacia el pico Mendigo. Y quizá pueda ocurrir algo de pronto y tú tendrás que saber. Además. sensible a todos los estremecimientos que la brisa pudiera despertar en la superficie de las aguas.. querida! —exclamé. Mamá nos saludó con la mano y entró en el jardín de Reena. la delicia del lento descenso para Bethie.. Mamá me miró. Fue un día perfecto para nosotros. La distensión del vuelo para mí. Bethie miraba el cielo con una sonrisita dulce y enigmática. pero recibía las imágenes de mi mente antes que yo pudiera describírselas en palabras. y moteado de nieve. cerrado al viento. y disfrutábamos del movimiento de las olas bajo nuestros pies. ¡De aquí en adelante irá caminando.. mamá? —le pregunté—. Peter —murmuró. corría como un perrito ansioso de mamá al porche y de vuelta otra vez a mamá. extraños. el luminoso esmalte del cielo. ¡En marcha. azul. y los dedos de los pies se nos crispaban en la frescura líquida.

y seguían sin detenerse. Papá se divertía mucho. y oímos cómo respiraba: un sonido entrecortado y duro. — ¡Bethie! —llamé—. sólo por juego. Mamá. El nuestro se ha orientado hacia los aparatos mecánicos. Bethie y yo estábamos arrodillados junto a la cama de mamá. O quizá por lo que puede llegar a ser». y una vez me dijo: «Sabes. y el rostro muy blanco. Aunque no supiese volar. Y entonces vi aquello delante de nuestra casa. Pensábamos que yo era la última sobreviviente del Pueblo. con hombres que decían: «¿Así que esto es Socorro?». Mamá cerró los ojos. Ya había caído la noche cuando llegamos a la carretera. con la gastada Biblia en las manos. Bethie se acurrucó en las sombras. Ocúpate de Bethie.. Nunca se había desmayado de este modo. Nos queríamos. querida. Llevarla hasta la casa había bastado para que le apareciera un líquido oscuro en las comisuras de la boca. después de tantos años en que no habíamos necesitado buscar consuelo en el libro. Me casé con vuestro padre —dijo claramente. Tenía que olvidarme de la Morada . —Yo apenas la oía—. se lo dije antes. como si continuase una conversación—. con el puño cerrado en el borde de la manta que cubría misericordiosamente a mamá de la barbilla a los pies. La puse en el asiento y apreté el acelerador rogando que mamá estuviese. Me sentí aterrorizado. No recuerdo cómo llegué allí. mamá! —Dile al doctor que atienda a Bethie. El coche enorme atravesado en el camino. —No he sido llamaba aún. Podíamos ver los faros de los automóviles que pasaban velozmente. De pronto mamá abrió los ojos. Por supuesto. con las manos apretadas contra el pecho.Pero Bethie casi llegó antes que yo a la camioneta. Luego Bethie gritó otra vez —un grito salvaje y torturado— y se dobló sobre sí misma. querida? Yo también. todos los movimientos. —Mamá —murmuré—. Poco más tarde. El tuyo ha descubierto el Poder». corría cada vez más. mamá.. Está en la camioneta —balbuceé—. Mamá parpadeó y alzó los ojos sin ver. —Lo discutimos muchas veces —continuó mamá—. Todos los vecinos se habían ido excepto la abuela Reuther. pues no sabía cuánto durarían los efectos de la droga.. ¿Qué es? ¿Dónde está? ¿Dónde puedo llevarte? Bethie ahogó un tercer grito y cayó desmayada en el piso. Vuestro padre era mi otra mitad. ¡Oh. En el instante siguiente yo estaba arrodillado junto al doctor Dueff. Era inútil tratar de llevar a mamá a un hospital. las gentes del Pueblo. ¿Sería posible que Reena no hubiese tenido aún su chico? Pero aun la vez en que la señora Allbeg había muerto de parto. Le hablé del Pueblo y me alcé en el aire y alcé el coche y lo hice flotar sobre la carretera. ¿Dónde está Bethie? —Se desmayó. Alcé una mano temblorosa hacia el hilo oscuro de sangre que le brotaba a mamá de la frente. y calló un rato. y todos los otros estaban muertos.. Pero Bethie no se movió. pero estaba preocupado también. que no faltaba nunca en las casas de los moribundos y les había cruzado las manos a todos los muertos de Socorro desde la fundación del pueblo.. —Peter.. Tú. Yo casi perdí el dominio del volante. yo tenía alguien con quien hablar. alguien que me creía. La abuela estaba sentada ahora en la sala. mamá! —exclamé—. — ¡Pero. tu mundo y el nuestro han tomado caminos muy diferentes. El doctor le había aliviado los dolores a mamá y le había recomendado a Bethie que durmiese un rato. Bethie no. El médico se había ido. El grupo de personas en la acera. Por lo que este mundo pudo haber sido. Subíamos la última pendiente que llevaba a la carretera cuando Bethie gritó. Pero no había otro camino. Una vez dijo: « ¿Nostalgias. —Los ojos de mamá sonrieron—. Sabía cuando yo extrañaba la Morada. Hacía años que ella no reaccionaba así. ¡y él me creyó! Después de tan tos años de haber tenido que cuidar todas las palabras.

Peter —continuó con voz firme—.. más claramente. y guardó silencio un rato. ¿Qué es esa gente para nosotros. ¿Qué quieres decir? Acuéstate. cuando sabíamos que nos movíamos sólo porque las estrellas de atrás se apagaban y las de delante brillaban más y más. Bethie! —dijo. Juntos observamos en las sombras el brillante centelleo helado. escuchando—. Mamá se apretó las manos y suspiró. ¿Por qué. niños. y los ojos muy abiertos. Mis horas están contadas. Por eso era tan severo contigo. acuéstate! Traté de que se apoyara otra vez en las almohadas.. conteniendo el aliento—. —Conocí la Morada —dijo luego con una voz cargada de pena—. Tienes que encontrar a los otros. El que es diferente muere —murmuró. He estado tan sola.. Se le apagó la voz. ¡Ahí! —susurró mamá mientras el panorama se desvanecía—. mamá —tartamudeé como un niño—. aunque. Sois como ellos. Mamá hizo un gesto de dolor que Bethie repitió como un eco. como en un oscuro y extraño asombro. después que los botes de salvamento. poniéndome una mano en la cabeza—. Y vi la mitad del Estado extendida ante mí como un mapa gigantesco. y la voz se le quebró en un sollozo de alegría—. —Mamá se interrumpió. ¡Hace bien! . He escuchado el llamado del Pueblo todos estos últimos años. Mis días han terminado. Ellos ayudarán a Bethie. es una empresa solitaria. Para siempre. Pero tú. No hay Morada. Mamá extendió ansiosamente la mano y yo se la tomé. y movió los labios dulcemente. En seguida.. mirándome muy fijamente. Luego la cara se le aclaró a mamá. Peter? ¿Recuerdas? —Inclinó la cabeza.. En el silencio que siguió oímos a la abuela Reuther en la mecedora de la sala... —La Morada también es vuestra. a mi lado. dame la mano. preguntándonos si encontraríamos acogida en uno de esos mundos.. —Hizo una pausa. Aunque vuestro padre no perteneciese al Pueblo. Te ayudarán a ti. no duele. Mientras estéis separados de ellos no estaréis completos. Lamento no haberlo sabido antes. tú y Bethie tenéis que ir. Se incorporó a medias en la cama. Hay un cañón. al norte. y ahora que he tomado el camino de la Presencia puedo oírlo más claramente. durante la Travesía. qué somos para ellos? ¿Por qué tenemos que dejar Socorro y vivir entre extraños? Mamá se incorporó otra vez. ¿Recuerdas. —Peter. Nadie puede acompañarnos. —No son Extraños —dijo clara y lentamente—. experimentaras. jadeando—. Y será también de vuestros hijos. Y sentí entonces un estremecimiento de placer. no duele nada. Bethie se sentó en el suelo..y aceptar la Tierra. — ¡Mamá! —grité asustado—. Vi los pliegues tortuosos de las montañas. Vi las manchas de los bosques que recubrían las lomas y el zigzag de la ruta estrecha entre los pasos. No porque la recordara mi Pueblo. esperando. la superficie aparentemente lisa de los desiertos que subían hacia las pendientes hendidas. Recuerdo la Morada. Estuvimos juntos en la inmensidad vacía del cielo. Nací allí. Sólo un poco de arena entre los astros. Vosotros. La nave estalló allí. y le cambió la cara. Desapareció para siempre. Bethie se movió a un lado y la acostó suavemente. De los dos. Compartimos con ellos la nave. Son el Pueblo. Tenía miedo de que tú te manifestaras delante de la gente. respirando apenas. sino porque yo la vi también. como el que se siente cuando se vuelve al hogar luego de muchos años de ausencia. Por eso no quería que tú.. Peter! ¡Oh. mamá? —grité desesperadamente—. Peter. Bethie se acercó para sostenerla. Aun con ellos allí. —Pero.. ¿Oísteis! ¡He sido llamada! ¡He sido llamada! Mamá alzó la mano haciendo el signo. Peter. Peter. —He sido llamada a la Presencia. ¡Oh. ¿qué haremos sin ti? — ¡Escucha! —dijo mamá rápidamente.. con las mejillas encendidas. —Es una empresa solitaria —murmuró—. ¡Por favor. teníais que ser de la Tierra. Ahora ya no existe.

el pulgar de nuestro vecino. volviéndole la cara hacia mí—. Bethie. no hables así —dije sintiendo en mí esa terrible soledad que sólo Bethie podía destruir. Fue una locura dejar Socorro. Es necesario. por mí también. ¿Qué Presencia? ¿Qué éticas y costumbres estaban formándose en mí? Yo tuve que decidir por lo tanto. Sólo tengo esa imagen borrosa que me dio mamá de la región. Encontraremos algo. si alguno de ellos ha sobrevivido a esa Travesía. ¡Tengo que hacer algo! ¡Peter. »No.. yo iría también. no sólo por ti. algún modo. Al fin y al cabo no había dicho nada preciso. ¡Déjame morir! ¡Ayúdame a morir! Los dos nos quedamos callados. Habían sido palabras sin significado.. Luego que mamá y el Pueblo vinieron de otro planeta. Peter. ¿O tiraremos una moneda al aire? Cara. Mira. Y mientras estaba a su lado recordé todos aquellos años de dolor. Tiene que ir a alguna parte. Me detuve en la encrucijada al borde del camino. Sube y sube. . pronto! —Bethie. con el cuerpo endurecido. pronto. No sé por dónde ir. Abrí de pronto los ojos y me quedé mirando la mano de Bethie. tú eliges ahora. Nací para. ¿Hacer qué? La pata de Glib. —Bethie apartó la cara—. tú sabes cuánto deseo yo que sea cierto. Peter. —No. apoyando la cabeza en el volante—. Qué calvario tenían que haber sido para Bethie. ¿Ayudarla a morir? Me incliné sobre su mano. —Pero. Bethie. —Llamaré al doctor Dueff —dije desesperado. Cree tener un cáncer.. Escúchame. que era posible hace cincuenta años. Dejé una nota en la mesa de la cocina para el doctor Dueff donde le decía sólo que íbamos a buscar ayuda para Bethie y que le pidiese a Reena que cuidara la casa. y que nosotros somos mestizos.Pero no fuimos. Bethie enflaqueció y empalideció todavía más. Sólo sabemos lo que mamá nos dijo. —Le enjugué el sudor frío de la frente—. ¿Hacer qué. —Mamá podía ayudar —dijo Bethie—. Además. ¡Oh. ¿Y por qué motivo? Yo no podía creer en lo que mamá había contado. Pero se ha ido. Todo viene aquí. por decirlo así. Le di a Bethie una pastilla somnífera y me quedé junto a ella hasta que se durmió.. No. eso significa que es posible viajar por el espacio. pero no fuimos. Tenemos dinero suficiente como para comprar el combustible de vuelta. todo eso es cosa de locos para cualquier persona normal. No. la apendicitis de papá. no hay más de una posibilidad en diez millones de que podamos encontrar a la gente que vino con mamá. Bethie —dije.. ¿Cómo podía yo dejar mi trabajo y nuestra casa para ir no sabíamos dónde? Buscando no sabíamos a quién. Peter! Se retorció hundiendo en la almohada la cara crispada. — ¿Y volver adonde? —preguntó Bethie.. —No —murmuró Bethie—. Bethie le daba vueltas y vueltas a lo que había dicho mamá. ¿Para qué construir un dique todavía más alto? Deja que se rompa. —Como una represa. ¡Y ahora estoy recogiendo también penas y angustias! Reena está asustada. hasta que al fin. Peter —jadeó—. Peter. ¿Regresar a la Presencia arrastrando el peso de años inacabados? Pues si ella iba. Hicimos nuestras maletas y partimos. y acompañando cada expiración con un gemido agudo. un año más tarde. una cruza entre gentes de la Tierra y vaya a saber qué otro mundo.. Volvamos. entré en casa y la encontré en la cama doblada sobre sí misma. ahora que mamá había muerto—. Cruz. —Bien —dije sin esperanza—. sorprendidos. Me volví casi loco hasta que al fin conseguí tomarle una mano y ella abrió los ojos y me miró sin verme. Poco antes del alba desperté a Bethie. ¡Oh. Tiene que ser cierto. a la derecha. Un poco. Hay un millón de cañones y un millón de caminos. Peter! —La voz de Bethie fue sólo un susurro—. Estamos construyendo castillos en el aire. y yo no había querido pensarlo. el señor Tyree —y la voz de Bethie se apagó recitando la letanía de años de dolor. Ella deliraba quizá. los ojos apretados. Si mamá no se equivocaba. es necesario. a la izquierda. con un rostro atormentado—.. Bethie! —le pregunté.

Parpadeé mirando el cielo. Me quedé sin aliento. Y. dos tiendas. más y más. y Bethie acurrucada en la cama. como aquella otra vez. Puse en marcha la camioneta y seguí unas huellas que quizá podían llamarse una ruta. al este. dos estaciones de gasolina. Los árboles trazaban sobre mí las típicas figuras desérticas de calor y frescura —calor al sol. Yo sólo quería ahora ver a alguna otra persona de nuestra especie. —¿Qué pasa. No me escuchas. y yo traté de serenarme.. y el débil gemido de su penosa respiración. sentada a mi lado. Miré el puntito negro junto a un camino de tercer orden y me pregunté si sería el fin de todas nuestras esperanzas o el punto inicial de una nueva vida para nosotros dos. El llamado de la Morada. El camino ascendía bruscamente cruzando las vías enmohecidas de un ferrocarril y doblaba a la izquierda alejándose de la pendiente donde se alzaba una de las estaciones de gasolina. Alisé el mapa y lo plegué otra vez. En un brusco espasmo de emoción cerré la mano sobre el mapa. Yo sentía ciegamente que nunca había conocido a nadie sino a mamá. Nada llegó. — ¿Es esto la Tierra? —preguntó Bethie serenamente—. La noche había caído sobre nosotros y soplaba un viento frío.Alcé los ojos mientras Bethie me daba uno de sus dibujos de sol. todos a la vez. Al fin abandoné estas mismas huellas borrosas y me interné en el desierto casi desnudo hasta una duna con árboles al pie de la montaña. El mundo familiar. Había también un arroyo casi seco. fresco a la sombra—. Lenta y dolorosamente. cuántos pueden recordar? —Recordar —dije lentamente. con el dedo de mi atención. Acampamos mientras el sol del oeste dibujaba sus encajes de sombra a través del escaso follaje. Nada. que debíamos ir a un lugar apartado llamado Kerry Canyon.. Oh. ante todo. volvemos otra vez a lo mismo. Pero sólo a mamá y papá. Ocultó la cara en el hueco del codo y murmuró: —Vi también. ni siquiera la sombra de una imagen. sobre el mapa de tamaño natural. El empleado de uniforme se acercó a nosotros. Que yo era un fantasma que se arrastraba por el mundo.. Bethie? —dije—. con la cara entre las rodillas. hasta que el aliento de Bethie. dos iglesias y un puñado de casas dispuestas desordenadamente en las faldas de las lomas. fue como una onda brillante que cruzaba la superficie de mi mente. Tenía que hacerlo. Sondeé un poco más al norte. ¿Cuántos de nuestros amigos pueden volar? ¿Cuántos. Parecía. Poco después yo estaba tendido de espaldas en la arena mirando el arco del cielo del desierto. Era aparentemente el único lugar habitado cerca de la montaña desnuda. me abandoné totalmente sobre la arena cada vez más fría. dos bares. y Glib con la trampa en la pata.. Y recordé. localicé Socorro y el hilo delgado del Río Gordo. unos engranajes desacostumbrados se movieron y unieron en mi mente. Saber que Bethie y yo no éramos los únicos herederos de nuestro mundo extraño. Atravesamos el viejo puente y entramos en el pueblo. Yo tenía que recordar. Lo seguí y lo perdí y lo seguí otra vez. Desesperado. Luego encontré el valle del Volcán y fui por él hasta la elevación de sierra Cobreña. Abrí los ojos y descubrí que Bethie estaba llorando. papá y Bethie. Allí estaba. en un área que parecía demasiado pequeña para contener un camino. Vida y cordura para Bethie y para mí. y la hoguera que yo había encendido. Nos detuvimos allí. y le di un puñetazo al volante—. . Kerry Canyon era una calle comercial. un puñado de luz que brilló levemente entre mis dedos antes de apagarse. Bethie. Era muy raro mirar desde arriba el surco infinitesimal donde yo estaba en ese momento. que esperaba la estación de las lluvias. Cerré los ojos y me concentré y me concentré hasta quedar agotado. ¿No estás contenta? Bethie trató de sonreír pero le temblaron los labios. ¡esta vez yo vi también! Sacamos el mapa de caminos y a la luz declinante del atardecer tratamos de traducir nuestros recuerdos. y me encontré de pronto. Nos estremecimos y buscamos alrededor un poco de leña para encender un fuego. al norte otra vez. Mantuve mis pensamientos por los alrededores. Oh. Peter.

¡había entonces algo más allá de Kerry Canyon! — ¿Y cómo es eso? ¿Qué le pasa a esa gente? —Oh. No quiero decir que sea hosca o algo parecido. De pronto. reflexionando—. — ¿Los bailes? —Así es. Miré las abruptas colinas. —Gracias. Ese es el sitio donde viven los amigos de ustedes. —¡Para! —gritó—. como si los coches que las habían formado hubiesen retrocedido o hubieran seguido por el aire. Nos dijeron que vivían al otro lado. Vienen a la iglesia y a los bailes. tome ese camino. hablan tan bien como cualquiera. como dije antes.. —El hombre titubeó—. Peter! ¡Para! Frené tan bruscamente que la camioneta resbaló. Luego las huellas se hundían en una arena pesada. Le destrozará a usted los neumáticos.. Y arriba. No hay ningún otro que llegue allá. muy bien. caramba. no muchos por el lado de Cougar Canyon. hace un frío de todos los diablos. ¿Por qué? —Bueno. en la meseta. Será mejor que se abriguen. nadie más vive por ahí. y la guerra debe de ser de hace tiempo. Cerca del monte Calvo.. seguro. »En fin. —Sí. bueno.. no es cierto? Y parece que Europa exporta principalmente gente desplazada. Bueno. —El empleado levantó la visera de la gorra—. ¿no? —Sí. No estamos tan muertos como parecemos —dijo el hombre mostrando los dientes—. pero son. pero. —Bueno. No hay barro más resbaladizo en el mundo. Llegarán en dos o tres horas. Las noches de los sábados hay verdadera animación aquí. hubiésemos encontrado al Pueblo o no. Por supuesto. Pero diferentes de un modo bueno. ¿Lo son de veras? — Sí. aun estos restos de huellas cesaron bruscamente. amigo —dije—. pues están aquí desde la fecha de mi padre. ¡Por el aire! Seguí adelante. pero pasará probablemente. Habíamos llenado por última vez el tanque antes de metemos en un laberinto de cañones entre la carretera principal y este sitio. —Sonrió otra vez—. ¿Hay alguien. No dan muchas esperanzas sin embargo. cuando sopla el viento. aunque el camino es terrible. tan dedicado a mi tarea que apenas notaba los tumbos que daba la camioneta. Espere. Comprendimos cuando llegamos a la llanura de los Asnos. Pronto tendríamos que detenernos. nada de particular.. esto sí que es una novedad. y un poco de la esperanza que yo había sentido en el desierto. cerca del monte Calvo. sembrada de guijarros y pedruscos..Sólo queríamos saber. ¿de dónde vienen? ¿De algún país superpoblado de Europa? ¿Son extranjeros. si no llueve mucho. esa gente no es muy habladora. ¿Le parece que llegaremos antes de la noche? —Oh. En realidad son muy buena gente.. hay algo que quisiera preguntarle. —El hombre se mordió el labio superior. perdiendo y encontrando huellas. . Muchas gracias. Las muchachas son atractivas. Muy bien. Muy diferentes. En ese caso terminará usted en alguna cuneta. ¡Oh. ¿En qué puedo servirle? Titubeé tratando de encontrar pensamientos y palabras. hasta que un grito de Bethie me hizo saltar en el asiento. No está tan lejos. —Tratamos de localizar a unos. nada. Nadie preguntó nunca por ellos. Hay muchos ranchos en esas lomas.. —dije pensando en mi billetera casi vacía.... ¿qué es? —Bueno. Un neumático de atrás estalló y se desinfló. algo parecido.. Sentí el brazo de Bethie que temblaba contra el mío. amigos nuestros.? — ¿Amigos de esa gente? — preguntó el hombre asombrado—. si no llueve. diferentes. Al principio no era difícil seguir el camino. Compran mucho aquí. se salió de la huella y se detuvo al borde del camino.

El único punto de referencia que tenemos sobre el Pueblo es mamá. si se le podía dar este nombre. asomó detrás de la manta en que se había envuelto para protegerse del frío. y ella nunca hubiera rechazado a personas como nosotros. Y el hombre de la estación dijo que eran buena gente. ¿Y si ellos nos rechazan? Si nos encuentran indeseables. Será mejor que estires un poco las piernas mientras cambio la rueda. Además. En seguida aparté los ojos de los de Bethie y murmuré defendiéndome—: Mamá dijo que nos ayudarán. rápidamente.. desaparecía en la lluvia.. —Claro que nos querrán —me obligué a decir animadamente. volví chapoteando hasta el coche. Dijo que éramos de la misma extracción. Se extendía unos pocos metros delante de nosotros y luego. como un bote de carreras. . nunca se nos ocurrió. —Iré a mirar. —Acabo de pensarlo. Habíamos supuesto tan confiadamente que nos recibirían con los brazos abiertos.. enojado con Bethie como nunca lo había estado en mi vida—. aparentemente. quizá si continúo y me vuelvo completamente loca no me haga tanto daño. ¡No digas esos disparates! Seguiremos adelante.. No éramos del Pueblo. Pero no tenía que ser así necesariamente. Me incliné sobre el precipicio. ¿Qué quieres ahora? Bethie. no pertenecemos a ellos. El fondo se perdía en la oscuridad y la lluvia. antes de perder toda mi sangre fría. —Pero mamá no podía saber. ¡Bethie! —Mi grito la sobresaltó—.. Peter. No seremos como ellos.. Peter.— ¿Qué diablos te pasa? —grité. No había. El camino. Me cubrí la cabeza con la manta. —Bethie volvió la cara—. en la nada. —No hay nada de malo en la sangre terrestre —dije desafiante—. ¿qué sería de ti si volviésemos? Bethie se llevó los puños apretados a las mejillas. No éramos de la Tierra. Luego. Somos en parte de la Tierra. —Nunca lo pensamos. Quizá no somos de ningún sitio. Me estremecí. —No puede no estar ahí —murmuró Bethie con incredulidad—. muy pálida. mestizos cuando se separó de ellos. En un instante quedé empapado y cubierto de barro hasta las rodillas. no me arrodillé detrás del coche sólo para cambiar la rueda. Quizás hasta me haga bien. Pero a pesar de mis tranquilizadoras palabras.. tanto como de otro sitio. Sentí un escalofrió. o se deslizaba sobre repentinas capas de barro apartándonos a veces a varios metros del camino. Quizás ellos no quisiesen recibimos. ¿y si no nos quieren? — ¿Si no nos quieren? No te entiendo —gruñí preguntándome si valdría la pena recurrir al cordón desflecado que yo llamaba mi rueda de auxilio. lanzando a un lado y a otro cortinas de agua. bordeaba el cañón y doblaba bruscamente hacia la derecha. Las ráfagas de lluvia detenían casi el limpiaparabrisas.. y no por el viento. y no fue sólo el ruido del gato lo que subió con el viento hacia el cielo oscuro. Miré entornando los ojos a través del mojado parabrisas. ya no hubo más camino. —Abrí la portezuela—. Quizás estamos señalados por nuestra sangre terrestre. Quizá —murmuró—. No. Luego. Peter. No puede desaparecer de este modo. Yo apenas veía otra cosa que un río achocolatado de superficie engañosamente lisa.. pero la camioneta se sacudía como una maraca gigantesca. Me deslicé en el muro sólido formado por la lluvia que siseaba y salpicaba a mi alrededor en la llanura inundada. luego se perdía en unos matorrales que descendían en diagonal la pendiente del cañón. de pronto. Por el aspecto del cielo me parece que vamos a patinar un poco antes de llegar a Cougar Canyon. tratando de ver el camino..

Ante nosotros..? —Sentí un movimiento que se . escuchando la lluvia. se alzó en la lejanía gris una inmensa montaña. —Tengo la impresión de que te quedarás en tierra un buen tiempo —replicó la segunda voz—. Luego oí una voz. Valancy! ¿Qué dirá papá? Era una voz joven y asustada. dimos media vuelta. Allá vamos. Llovía aún. — Se oyó el sonido de un aliento retenido y luego—: ¿Qué he dicho. Yo no miraba el camino. las vertientes parecían moverse hacia nosotros. —¿Quod erat demostratum? —Sí. Pensé que yo estaba muerto. —Alabados sean los Poderes. no podremos soñar otra vez. Inundadas de luz. Puedes tener alguna idea. Un sudor frío me cubría la cara. Las ruedas giraron con un movimiento de succión. De pronto Bethie gritó. en espiral. Karen. Tenemos tantas posibilidades de que nos reciban como de que nos rechacen. y abriéndolas ante mí. Teníamos que haber sentido. Detuve la camioneta en el primer tramo ancho de la ruta. Miraba el esplendor y la gloria que se abrían a nuestro alrededor. Me las arreglaré de algún modo. como si yo estuviese cerrando puertas a mis espaldas. yo volví los ojos al camino. Yo sentía ahora como si algo infinitamente precioso se alzara ante mí. Peter! —dijo roncamente. ¡Si no. — ¡No puedo soportarlo. a lo largo de la pendiente del cañón. pues sentía que la lluvia me golpeaba los párpados.. Bethie deslizó la mano en la mía y supe que ella lo sentía también. Pero de pronto apartó la mano y empezó a golpearme el hombro con los puños cerrados de un modo insólito en ella. Poco después tropezamos con uno de esos milagros comunes en las regiones montañosas. Pero no es eso lo que me preocupa. Bethie. Al fin aterrizamos con una brusca sacudida en la senda estrecha. ¡Pero oh. Peter! ¡Vayámonos antes que nos encuentren! Por lo me— nos conservaremos nuestros sueños. —Quod erat demostratum —dijo la voz—Karen. Prefiero escapar a correr el riesgo de que nos rechacen. Y si pueden ayudarnos. pero la tristeza de su rostro pálido me encogió el corazón. Temía abrir los ojos. ¡Si llegaran a rechazarnos! ¡Oh. ¿Cómo no supimos que venían? Siempre sentimos a los Extraños.. a un metro de altura sobre el camino.. Nos quedamos sentados en silencio. yo estaba vivo. Pensaremos por lo menos que podemos volver un día. Dime ¿qué te pasa hoy? Yo era el que dudaba antes. casi amenazante. Las nubes se abrieron de pronto descubriendo el sol de la tarde. con la voz entrecortada por la emoción—. Bien. y de la oscuridad y el alboroto que siguieron sólo recuerdo que pensé entonces en Bethie mientras el otro coche descendía desde las copas de unos árboles y chocaba contra nosotros de costado. Y de pronto respiré. mejor me sentía. La hoja de un cu— chillo me desgarraba el pulmón izquierdo cada vez que respiraba. Bethie trató de sonreírme. a veces abruptamente... pero ahora en cortinas de abalorios de plata. ¿recuerdas? Le sonreí a Bethie.. El camino descendía regularmente. ni siquiera cuando he llevado el coche por el camino en vez de volar. Valancy? ¿Te parece. —Nunca tuve un accidente antes. Si no los sentimos entonces no son Extraños. No están demasiado lastimados. no nos quedará ninguna esperanza! —Ocultó la cara en las manos—. y el vivido extremo de un arco iris derramaba su color sobre árboles y rocas desde un rincón del cielo. —No —dije poniendo en marcha el motor—. y nos encontramos en equilibrio sobre el vacío con nuestro tren posterior girando en el aire. —Tú lo has conocido más tiempo que yo —dijo otra voz de muchacha—.—Reza. Cuanto más avanzábamos. Vayámonos antes de descubrir algo más..

Cerré los ojos y dije rápidamente: —No somos del Pueblo. Una mano cálida tomó la mía y Karen se arrodilló a mi lado. y me incliné sobre Bethie. Yo tenía abiertos los ojos ahora. Es una... —La voz era cálida pero imperativa—. que no llegaban a nosotros. Hubo un silencio de estupefacción. No podemos ir más lejos hasta que tú les cuentes. Es tan simple. o quizás hay algo interno.. Peter. — ¿Una Sensitiva? —las dos muchachas se miraron—. . Será mejor que extendamos los nuestros. ¿Cómo nos encontraron? ¿Quiénes de los Perdidos habrán sido sus padres? Valancy parecía divertida.. Algunas cortaduras. Si nos rechazaban. — ¡Ayúdenla. Sentí la tibieza de la mano de Karen y me estremecí. ¿Cómo es que ella no sabía? Oí una dulce exclamación de asombro de Bethie. que luego dijo: — ¡Oh.. Le enseña cómo cerrarse. Hice un esfuerzo y me volví hacia un rostro claro y luminoso —el de Valancy— que me miraba con unos ojos profundos. Traté de darme vuelta para ver.. —Pero apenas está lastimada —dijo Karen—. Valancy. Valancy! Me alcé sobre un codo.? Valancy empezó a decir algo y luego se volvió rápidamente. una Sensitiva. Un chichón. —comencé a decir. Mira. —Bethie. Dos lágrimas nos asomaron a los ojos. Entonces ¿por qué ella no.. Me sequé los labios y tartamudeé tontamente: — ¡Ni siquiera está mojada con toda esta lluvia! Una sombra de consternación pasó sobre la cara de Valancy. Bethie se quejó de nuevo. Somos mestizos. ayúdenla! —les rogué a las dos figuras que se inclinaban sobre nosotros mientras trataba de retener el aliento. buscando desesperadamente en mi memoria las palabras de mamá—. —Ayúdenla —gemí. Papá no era del Pueblo.. Un gemido a mi lado terminó con mis disimulos. desde muy cerca. Karen. pero el grito sollozante de Bethie me tendió otra vez de espaldas. —Querida Bethie. Apreté los dientes. Te mostraré cómo.. y en su rostro tranquilo había una felicidad que ninguna sonrisa hubiese podido expresar nunca. La enojosa humedad sibilante de la lluvia cesó de pronto. Traté de sentarme. Bethie contestó a mi jadeo con un grito. —Está entrando en ella —dijo—: En su mente. Me cubrí los ojos con el brazo mientras escuchaba. Un fuego me quemaba de la cabeza a los pies. Bethie me miraba. Nos miramos. Valancy. Mi pierna era un agónico y ardiente dolor en el fondo más lejano de mi conciencia. Pero no podían sacarnos lo que le habían dado a Bethie.. Será mejor que veamos qué podemos hacer. no del todo.acercaba a mí y oí en seguida una suave respiración a mi lado—. gracias. Hubo una pausa mientras ella me miraba intensamente y luego dijo: —Sus escudos no están activados. Voy a ayudarte. aun si. ¿Pueden ser realmente dos más de nosotros? Oh. son de nuestra edad. Karen. —Son preguntas difíciles de contestar ahora.. Hubo un silencio. y todos los cuchillos me atravesaron el pecho. atiéndeme... Me acosté otra vez mirando el cielo de donde caían aún unas pocas gotas de lluvia. la chica está despertando. tienen que pertenecer a la segunda generación. — ¿Cómo está la muchacha? —Debe de haber tenido un shock.. —Muy bien. luego ella dijo dulcemente: —Cuéntales ahora.

¡Siempre persiguiéndome y espiándome! ¡Déjame! Se retorció tratando de librarse de las manos de Karen. En la pausa silenciosa que precedió a las preguntas y explicaciones sentí que Bethie tomaba aliento. tomada de la mano libre de Valancy. que no quería disolverse— en el seno del Pueblo.. —reflexionó Valancy. Me envolvieron en nuestras mantas. ¡Entonces podemos] —Yo no entendí la emoción de la voz de Valancy—. El dolor desapareció.? —Exactamente —respondí—. — ¡Lea! —llamó Karen.. mientras mi hambre y mi sed se apaciguaban al fin después de tanto tiempo.. Las muchachas se detuvieron un momento en el porche y me dejaron entre las manos de dos hombres.. ¿Que tú y Bethie sois. ¿Lo controlo? — Sí —dijo Valancy—. ¡Adonde vas! ¡Suéltame! —gritó Lea —. profundamente. y soy capaz de volar. Levitando y corriendo. —Tienes lastimadas cuatro costillas. Bethie y yo estábamos en casa.. —Bien —dijo Valancy—. Los dos están muertos ahora. . Entonces. Lea se escurrió en silencio hacia la puerta casi antes que Peter terminara de hablar. sentí que en mí había algo que no podía disolverse completamente —no. Mamá nos mandó aquí. Pero no tenemos una Sensitiva total en nuestro grupo. y desplazar objetos en el aire y aun hacer fuego. no sé los nombres de muchas cosas. no es así. — ¿Dijiste que sabes levantar cosas inanimadas? —No sé —dije—. —No hagas ningún esfuerzo ahora. —Lea. ¡Lea! —Karen tomó a Lea por los dos hombros y la detuvo—. Y papá era el mejor. —me interrumpí sintiendo el borde afilado de mi dolor—. Pero si te quedas tranquilo. Casi nunca lo hacemos con gente. ¿qué le pasa a Peter? Bethie la miró sorprendida. Eso es casi todo. Hubo un silencio.— ¿Queréis decir que vuestra madre se casó con un Extraño? —Había asombro en la voz de Valancy—.. Es bueno dar la bienvenida a una Sensitiva. — ¿Cómo sabes su nombre? —En seguida sonrió—. La tensión que yo había sentido en mí como un nudo apretado se disipó. Te ayudaré. tomándola por el brazo. Antes que llegáramos al patio. adormecido bajo el calor persuasivo que me invadía mientras Bethie y Valancy entraban dulcemente en mí.pero es increíble que vosotros. mis hermanos! ¡Claro que no! Valancy abrazó a Bethie y la mano de Karen se cerró sobre la mía. lo leíste en mí.. Karen y yo hacemos un poco este trabajo porque somos Videntes.. el Pueblo y los Extraños. En seguida Valancy dijo vivamente: —Bethie. Me tocó ligeramente el costado y las piernas.. Karen la alcanzó. y luego Bethie dijo con una voz trémula y asustada: — ¿Nos van a rechazar? Sentí que el dolor de la voz de Bethie me apretaba el corazón.. Estaba ya subiendo el camino empinado que remontaba el desfiladero cuando oyó a Karen que venía detrás de ella. probaremos. Pero cuando la luz se apagó otra vez para mí. pienses lo que pienses. mis hermanos... — ¡Rechazaros! ¡Oh. —Pero Bethie es una Sensitiva.. y poniéndome una mano bajo los hombros y otra bajo los talones me llevaron rápidamente entre los árboles seguidos por Bethie. Lea evadió a Karen y sin palabras y sin aliento corrió camino arriba. y se confundía con el Pueblo como una gota que cae en un río.. Claro. La pierna izquierda rota. la puerta se abrió de par en par y una cálida luz dorada se derramó en la oscuridad. Sí. Con un movimiento del hombro.

El cuerpo se le aflojó. Quiero decir que no me pareció real y yo no sabía. perpleja—. La muerte es por lo menos algo privado.» «Además. Nada sé de tus pensamientos más secretos. y lo haré si es necesario. Karen. ¡hay consuelo en Galaad! No lo rechaces. créeme.. —Bueno. aunque nadie se había vuelto hacia ella.¡Piense lo que piense! —Los ojos de Lea centellearon—.? —Clavó las uñas en las manos de Karen—. —Lea se quedó sin aire. si tú lo aceptas. Una no espera que un hombre se interese en cuentos de hadas. me pareció que era cierto.. no podría evocar yo sola la historia. ¡Suéltame! ¿Por qué te importa tanto. y entonces Melodye comenzó a hablar. —La muerte. De todos modos. Tenemos tiempo de escuchar otra historia y están esperándonos. no he mirado dentro de ti ni siquiera una vez. un espejo sereno.. Los Poderes que tenemos son para curar. . Pues verás. ¿Recuerdas? «Estoy en los umbrales de la muerte. De modo que si nadie se opone habrá una pequeña pausa mientras tendemos nuestra red. pero nunca sin que tú lo autorices.. Oh. poco a poco.. Por supuesto.. no para hacer daño. —¿Puedes estar tan segura? —dijo Karen con una voz tranquila—... ¿No saben acaso lo que pienso? ¿No has escarbado bastante en todo ese barro y esa suciedad. Ella vio al Pueblo desde una perspectiva muy diferente. Melodye se aflojó visiblemente y Lea pudo sentir que una receptiva quietud se extendía hasta que todo el cuarto era corno la laguna. Lea.. —Valancy está ayudándome —sonrió Melodye—. Es el tumo de Melodye. Las manos de Lea cayeron pesadamente. Elegimos juntas el tema.. también. podría haberlo hecho. sintiéndose bastante intimidada. Podemos darte salud y vida.. cuando oí a Peter. lo más simple e inmediato es volver. Todos estaban muy ocupados reviviendo o comentando los días de Peter y Bethie. lo que muestras a todos. y de qué me sirve ahora esta primogenitura? Y vendió la primogenitura por un poco de pan y potaje. o por lo menos sin que lo sepas. Lea. Todo lo que aprendí de ti es por lo más exterior.. —Te escuché anoche —dijo.. De vuelta en la escuela. Lea? —La voz fría de Karen hurgaba sin misericordia—. Lea se acomodó de nuevo en el rincón. ¿Por qué tiene que importarte? ¿Qué cambia para ti? Dejaste la vida hace mucho tiempo. Escuché tu historia y no se me ocurrió que tú podrías. Pero esta noche. Las gentes del Pueblo respetamos la intimidad. ¿qué haré? Estoy tan confundida que no puedo. No sé. —Apretó de pronto el brazo de Karen—. donde nadie anda metiendo las narices.... —Dejó que Karen la ayudara a volverse en el camino—. sintiendo la polvorienta amargura de la palabra que había pensado tantas veces y que casi nunca había dicho—. Melodye Anderson ocupó su sitio en el pupitre y la charla murió.

POTAJE
Al cabo de un tiempo una se cansa de enseñar. Bueno, no quizá de la enseñanza misma, un mal insidioso que se lleva en la sangre hasta la hora de la muerte. Pero un buen día una mira la hoja escrita que es necesario corregir o se oye a sí misma dando una respuesta a un niño y de pronto un gong golpea en el interior de la mente. Y cada eco de ese gong es un año de la propia vida, otra tropa de niños que pasa por nuestras manos, otra vuelta en una monótona máquina de moler. Se siente miedo entonces. El valor del trabajo no cuenta y la monotonía es como un gusto amargo en la boca. A veces es posible calmar esta impresión saboreando ese precioso intervalo de seudolibertad entre el momento en que se recibe el contrato para el nuevo año y el momento de la firma. Es posible escapar entonces, pero —por algún motivo— no aprovechamos la ocasión. Sin embargo, yo me escapé una primavera, abandoné la enseñanza. Decidí no firmar esa vez. Partí en persecución de algo. Excitación quizá, o un sueño maravilloso, un mundo nuevo, resplandeciente y magnífico, que debía de existir en alguna otra parte, pues yo no lo había encontrado aún. Quizás un lugar donde fuese posible empezar de nuevo y no encontrarse otra vez en el mismo horrible callejón sin salida. Abandoné, pues, el trabajo. Pero en los últimos días de agosto sentí en mí un vacío mayor que el aburrimiento, mayor que la monotonía y la sed de libertad. Me pareció terrible estar a las puertas de setiembre y no preocuparse de que pocas semanas después —mañana— se abrirían las escuelas y sería el primer día de clase. Casi en el último minuto corrí a la agencia de empleos. Por supuesto, ya no podía volver a mi escuela, y además los años que yo había pasado allí eran un factor irritativo en muchos otros sitios. — Bueno —me dijo el director de la agencia mirando las tarjetas de fin de año escolar, álgebra, economía doméstica, inglés —, siempre queda Bendo. —Hojeó una maltratada carpeta—. Siempre queda Bendo. Advertí este énfasis, traté de entender su significado, y suspiré. —¿Bendo? —Escuela pequeña. Una sola aula. Aldea minera, hasta hace un tiempo por lo menos. Aldea fantasmal ahora. —El hombre suspiró cansadamente y se abandonó a las confidencias profesionales—. Gente fantasmal también. No conservan a una maestra más de un año. Sueldo bajo... vivienda... en la casa de alguien. Ninguna distracción organizada... ninguna vida social. La única población en ochenta kilómetros a la redonda. No hay cinematógrafo. Población escolar: diez niños este año. — Se parece al pueblo de mi infancia —dije—. Pero había dos aulas en la escuela, y muchas distracciones. —He estado en Bendo. —El director se reclinó en su silla, con las manos en la nuca—. Comunidad enferma. Gente desgraciada. Nada les interesa. Tienen una escuela sólo porque lo exige la ley. Respetuosos de las leyes al menos. Quizá no les interesa nada que esté fuera de la ley. —Acepto el cargo —dije rápidamente antes de ponerme a analizar la impresión de que Bendo no era realmente un sitio adecuado para empezar de nuevo. El director me miró con curiosidad. —Si está usted pensando en encender la antorcha de las grandes reformas para que Bendo arda de entusiasmo, olvídelo. Muchas magníficas antorchas se han apagado allí. —No tengo ninguna antorcha —dije—. Francamente, estoy harta de entusiasmos desbordantes, fiestas escolares y diversiones públicas. Bendo me descansará. —De eso puede estar segura —dijo el director inclinándose otra vez sobre sus carpetas —. El presidente del consejo escolar es Saúl Diemus. Si usted no tiene coche, el único medio para llegar a Bendo es el autobús. Va una vez por semana.

Salí al sol de agosto después de esta entrevista. El calor era abrumador, y la frescura de la agencia se me evaporó de la piel casi con un siseo. Caminé hasta la plaza y me senté en uno de los bancos de piedra que yo nunca había tenido tiempo de utilizar en mis días de estudiante. Miré la ventana de mi viejo dormitorio, y sentí una breve e intensa nostalgia, no sólo por los años que habían pasado y las esperanzas que habían muerto y los sueños que no se habían cumplido nunca, sino también por la magia especial que yo había encontrado en ese cuarto. Había sido una magia, una verdadera magia, y me había abierto tales perspectivas que durante un tiempo todo me pareció posible, todo realizable, si no para mí al menos para los otros, algún día. Aun ahora, luego de la dilución del tiempo, cuando yo ya no podía creer realmente en esa magia, me resistía a abandonar mi fe. Si esto fuera posible. Si esto por lo menos fuese posible. Suspiré y me puse de pie. Supongo que todos viven alguna vez un momento mágico, y que todos creen que nadie puede vivir lo mismo. Pero mi momento era diferente. Ningún otro podía haber tenido la misma experiencia. Me reí. Basta de pasado y de sueños, me dije. Bendo y el trabajo me esperaban. El autobús traqueteante levantaba unas pesadas nubes de polvo ocre que se alejaban como olas, y yo me llevé las palmas de las manos a la cara para respirar un poco de aire limpio. La arena que yo sentía en los dientes y que me invadía la ropa me era bastante familiar, pero yo esperaba que cuando llegáramos a Bendo habríamos dejado atrás esta llanura polvorienta encontrando un poco más de vegetación. Me moví en el asiento anguloso, preguntándome si habría sido diseñado para comodidad de alguien, y en ese momento el autobús frenó bruscamente proyectándome hacia adelante. Esperamos a que las nubes de polvo levantadas por el autobús nos alcanzaran mientras el penúltimo pasajero, un indio viejo y arrugado, vestido con unas ropas brillantes parecidas a una túnica, recogía lentamente una gastada silla de montar y unos bultos de arpillera, y caminaba a pasos cortos por el pasillo y bajaba al camino desierto. El motor rugió otra vez y nos alejamos dejando allá atrás una figura desolada en una extensión desolada. Me pregunté adonde iría el indio. Cuántos largos kilómetros lo separarían de su cabaña, en algún cañadón oculto o en un minúsculo oasis. Corríamos ahora en línea recta hacia las montañas desnudas y rojas que se alzaban en el horizonte. La cinta rectilínea del camino se perdía en la distancia. Suspiré y me moví otra vez en el asiento y el rugido del motor y el cansancio que sentía en los huesos me hundieron en un somnoliento estupor. Un cambio en el ronroneo del motor me despertó de pronto. Nos detuvimos otra vez, bruscamente. Miré por la ventanilla las nubes de polvo que descendían alrededor de nosotros y me pregunté a qué viajero podríamos recoger allí en medio de la nada. En ese momento se disolvió un telón de polvo y alcancé a leer: OFICINA DE CORREOS DE BENDO Garaje y Estación de Servicio Mercería y Ferretería Periódicos La inscripción cubría la fachada de un edificio golpeado por la intemperie, entre dos ruinas de piedras ennegrecidas por el humo. Luego de una inmensidad tan llana era realmente sorprendente ver esas piedras caídas que casi llegaban al camino y que alzaban al cielo sus bordes cubiertos de musgo. —Bendo —dijo el conductor, desplegando las largas piernas e inclinándose para saltar del autobús—. Fin del viaje. Fin de la civilización, fin de todo. Hizo una mueca y la máscara de polvo que le cubría el rostro se quebró en atractivas líneas de sonrisa. Yo también sonreí. —Pequeño, ¿no es cierto? —Era más grande antes. Aunque de poco sirve eso ahora. Un verdadero centro minero en otro tiempo. —Mientras el hombre hablaba vislumbré unos edificios arruinados en las faldas de las colinas rocosas, sembradas de bloques de piedra—. Mi padre conoció el pueblo en su infancia. Hace mucho tiempo había agua aquí y el pueblo se alzaba en el recodo del rió. — ¿Por eso se llama así?

—No sé. Quizás hubo alguien que se llamaba Bendo —gruñó el conductor mientras desataba las correas que sostenían mi equipaje en el techo del autobús. — Oh, ¡hola! —gritó de pronto. Me volví y me encontré con un hombre alto, corpulento... y viejo. Más viejo que su cara, de una vejez que no correspondía a sus años, pues era joven en realidad, casi tan joven como yo. Tenía una cara severa y triste, de rasgos inmóviles, y las manos tiesas, apretadas contra el pecho, sostenían un sombrero de fieltro. En esa breve pausa, antes que el hombre me preguntase: — ¿La señorita Anderson? —me sentí como ante esa gente profundamente religiosa que no ve en Dios sino una entidad implacable y vengativa, irritada por la indignidad del hombre, y que espera un momento de descuido para golpearlo y abandonarlo en el pecado. Me pregunté por qué Dios se habría apoderado de él tan cruelmente. Me sorprendí respondiendo: —Sí. ¿Cómo está usted? —El hombre me tocó apenas la mano diciéndome: —Saúl Diemus —y volvió su atención hacia mis dos grandes valijas y mi fonógrafo. El señor Diemus se alejó arrastrando los pies. Parecía que tenía pocas ganas de hablar y lo seguí sin decir nada. Yo no había esperado encontrarme con un comité de recepción, pero los niños tenían que haber cambiado mucho desde mi infancia, pues de otro modo la curiosidad por conocer a la nueva maestra debía de haber atraído por lo menos a un par de ellos. Nos alejamos en silencio de la carretera y de la oficina de correos y pronto doblamos la rocosa falda de una loma. Miré la otra orilla del cauce seco y la calle tortuosa: el barrio residencial de Bendo. Me detuve en el gastado puente de madera y miré alrededor atentamente. Bendo nunca sería para mí lo que era entonces. La familiaridad borraría algunos contornos y destacaría otros, y nunca vería el pueblo como cuando ignoraba quién vivía detrás de todas esas puertas desnudas. Las casas estaban diseminadas en desorden por las faldas de las lomas y unos toscos escalones de piedra descendían hasta el camino que corría paralelamente al cauce seco del río. Eran realmente casas, y no cabañas, pero los años habían golpeado los muros despintados que se confundían ahora casi perfectamente con el escenario desértico. En todos los patios de delante crecían unas plantas, pero parecían haber sido sembradas tan tímidamente y florecían tan escondidas que podían haber sido muy bien macizos fortuitos de vegetación natural. Ese culto del anonimato... —La escuela... Yo no había visto el rápido movimiento de la mano. —¿Dónde? Nada a mi alrededor se parecía a una escuela. —En el codo del cauce. Miré en la dirección que me indicaba el señor Diemus y vi de pronto, en la uniformidad del paisaje, un campanario que alcanzaba apenas la cima de la colina a la salida del pueblo, y un mástil al lado, fino como un lápiz. El señor Diemus se enderezó y dijo trabajosamente: —La escuela está en el sitio más bonito de aquí. Hay un manantial y árboles... —Se quedó sin palabras y me miró como buscando algo que pudiese interesarme—. Tendrá usted diez niños, desde el primer grado elemental hasta el segundo año del bachillerato. Nadie sino usted mandará en la escuela. No tendrá que rendir cuentas a nadie. Tome las medidas que crea usted necesarias para asegurar la disciplina. No consentimos a nuestros niños. Enséñeles lo que deben saber. No canse a los padres con razones y explicaciones. La escuela es suya. —Ya usted le gustaría librarse pronto de ella, y de mí también —le dije sonriendo. El señor Diemus me miró sorprendido. —La ley dice que es necesario instruirlos —replicó, poniéndose otra vez en marcha—. Instrúyalos entonces.

No es la vida real. Me moví otra vez en la cama.. Me dominé. y por qué odiaba el mundo y aun —oh. los dos demasiado silenciosos. sumisa. de nueve o diez años. La comida me bajó al estómago en grandes bocados y allí luchó ásperamente con el café que llegó en largos tragos. Al día siguiente yo podría incorporarme a la rutina de la escuela. ¿y oíste tú cómo se reía? ¡Reírse así en la mesa! —Hubo un rápido murmullo y luego unas palabras a media voz—: Se le arrugaban los ojos y se reía. apenas me atrevía a pensarlo— a los niños que yo iba a «instruir». pero sólo al principio. Y mientras trataba de recobrar el aliento. afortunadamente. ¡Irte de Bendo! —interrumpió Matt con una voz dura—. sin duda. Nos sobra un cuarto. Saltó. y en seguida.. —.. La tristeza parecía estar colgada en festones del cielo raso y el infortunio se había sentado casi visiblemente a la mesa. Por supuesto. Me senté y escuché sin vergüenza. un adolescente. y la comida se resistía aún a ser digerida. Poco después se me agudizaron los oídos o las voces se hicieron más altas. pero no se me ocurrió nada y callé.. yo sentía ya. como es a menudo el caso. —La voz de Matt era dura. que un giro de lenguaje. —Castigada. pero había mirado a mi alrededor y había visto una paciencia desesperanzada marcada en los rostros de los adultos y que comenzaba a asomar —débil. Yo sabía que el cuarto de Sarah estaba junto al mío. quizás eran pequeños demonios fuera de sus casas. pero sí lúgubre. ¿pero quién hablaba con ella? Al principio no alcancé a oír sino palabras truncas..Lo seguí. pues enseñar a los niños era enseñar a los niños. titubeando—. ¡No lo creo! —exclamó Sarah—. y hacen muchas cosas graciosas y nadie. Yo había tratado de decirme que me sentía desanimada por la fatiga del viaje. siempre. Se ríen y corren y saltan. —Las otras maestras se reían también. No había sido más. los sonidos y olores del viejo dormitorio me abrumaron inundándome.. pero indiscutiblemente— en los rostros de los niños.. poco infantil—. interminables. ¿Separarte del Grupo? No oí la réplica de Sarah. Quizá pudiese entonces convencer a mi estómago de que todo estaba bien. demasiado formales. . La comida no había sido mala —yo la había encontrado aceptable—. Era un murmullo. Sarah. —Sarah hizo una pausa. la emoción familiar de los primeros días de setiembre. endureciendo el cuello. y Matt. demasiado dueños de sí mismos. alcé la cabeza de la almohada para oír mejor. Habían pasado horas. ninguna cara se apretó a una ventana. allí o en otra parte. Iré a ver. las visiones. —Sí —murmuró Sarah—. Nadie dice que es malo. un siseo intermitente. Alguien susurraba en la habitación de al lado. Pasé mi maleta de una mano a otra y clavé los ojos en el sendero donde las piedras sueltas y la grava protestaban con cada uno de nuestros pasos. Cuando crezca me iré de Bendo.. Me pareció que el señor Diemus trataba de pisar ruidosamente. La voz grave e insegura debía ser de Matt. y sentí de pronto como si mi pie no hubiese encontrado un escalón. que no habían apartado los ojos del plato. Pero a pesar del eco amplificado que venía de las lomas ninguna puerta se abrió. Me acurruqué a oscuras en la cama estrecha tratando de calmar el malestar que sentía en el estómago. Oh. Son sólo historias —explicó Matt—. ¿Qué nos pasa? Las personas de los libros se divierten. Esta mísera y desolada tristeza no podía tener relación con aquella magia. pensando con cierto malestar qué ocurriría si yo le preguntase por qué se odiaba a sí mismo. — ¿Dónde está Dorcas? —preguntó Sarah como si ya conociese la respuesta. Siguió un largo y penoso silencio. Dos niños habían cenado con nosotros. Matt. y comenzar la tarea de deshelar a esos niños paralizados y artificiosos. De cualquier modo. penosas. y sentí un verdadero alivio cuando oí de pronto el cloqueo feliz y descuidado de unas gallinas que rascaban en la arena dura. —Vivirá usted en mi casa —dijo el señor Diemus—.

de nuevo? —Sí —dijo Matt—. Al fin. ¿En el sótano. Matt! —El grito de Sarah había sido de horror y de admiración—. ¿No hay columpios? ¡No! —exclamó Sarah con tristeza y sorpresa. La voz amarga del niño subrayó las palabras. — ¿Nada os gusta? —imploré—. ¿me puedes decir por qué razón es malo saltar? No hace daño a nadie. el viernes. aparentemente. — ¡Qué lástima! —dije —. Sarah —continuó—. ¿Qué sombra pesaba sobre esta casa. Matt le echó de reojo una mirada de advertencia. con los ojos fijos en el techo.. excusa de todo tipo de omisiones. Papá la vio. era imposible. sin hierbas o árboles. no nos columpiamos. Sólo el recuerdo reciente de mis años de colegio podía haberme sugerido que esta pesada sombra era de algún modo el reverso de la moneda dorada que me había mostrado Karen. pero era evidente que una sola hubiera bastado para el puñado de niños que esperaba en silencio junto a la puerta. poco antes de la hora de salida. y un brillo de agua en el fondo del cañón.—¡Saltó! —Por encima de la baranda del porche. El piso bajo estaba vacío también. no jugamos en toboganes. de modo que no dije nada. saltaré —replicó Matt—. y de una resignada paciencia. Niños rebeldes encerrados en sótanos para que aprendieran cómo se sienten los animales perseguidos. —Se interrumpió bruscamente—. —Ves —murmuró Sarah—. Recurrí a todas las estratagemas para despertar el interés de la clase. No nos interesa. Algún día cuando yo crezca saltaré también.. No es feo. ¿Nada os divierte? Hubo un pesado silencio y Dorcas Diemus abrió la boca. a pan y agua. Me acosté de espaldas. No hay ninguna ley. El patio era una extensión vacía. pero ahora todas las ventanas del piso superior estaban tapiadas con tablones y no se las utilizaba. Vi que Matt lanzaba un puntapié rápido y amenazante a la pata del pupitre. ¿Se gastó todo? ¿La escuela no puede comprar otros aparatos? —No nos hamacamos. ¿Ves? Hubo un silencio y luego oí una puerta que se cerraba suavemente y la leve vibración del piso cuando Matt pasó frente a mi cuarto. Había sin embargo un monte espeso detrás de la escuela. No nos columpiamos. Era una de esas monstruosidades de principios de siglo. Los niños eran corteses y sumisos. ¿No hay toboganes? —pregunté a los tres niños que me escoltaban—. Creo que lo hizo a propósito. —Sí. No hay nada tan categórico e incontestable como esta última afirmación. Me sentí desfallecer cuando vi la escuela.. me incliné desesperada sobre el pupitre. Delante de papá. Me sonrió débilmente. ¡No lo harás! No delante de papá. No. Hasta el camino. pero yo nunca la había oído aplicada a juegos infantiles. . o instalaciones de juegos. aun por encima de la casa. —Matt hablaba ahora con una voz desafiante—. no nos hamacamos ni nos deslizamos por el tobogán. Un animal que los otros odian. — ¡Oh. desde hacía mucho tiempo. excepto dos habitaciones. En la oscuridad. No pude pensar en una respuesta más inteligente que «Oh». de extremo a extremo.. Para que se sienta como un animal perseguido. Y un Grupo. pero también apáticos. Me sentí durante toda la semana como si estuviese vadeando un lago de jalea o tratara de alzar por encima de mi cabeza un enorme colchón de plumas. —No —dijo—.. por encima de cualquier cosa. — ¿Dónde está Dorcas? —La voz de Sarah era casi inaudible—. La niña cerró la boca.. Había sido construida para una población próspera. esta comunidad? Niños asustados que murmuraban en la noche. —La sonrisa de Matt había desaparecido—. No sólo el edificio había sido abandonado. Saltaré porque. en cualquier cosa.

No somos estúpidos. No había enojo en la defensa de la niña.. —Aprendéis —reconocí—. ropa y casas adecuadas. Yo había visto más alegrías y placer y entusiasmo en niños nómadas que vivían en casas de cartón prensado y que se lavaban —cuando se lavaban— en los canales y comían cualquier cosa comestible. Pero antes que yo pudiera dar una explicación. y bajaban los ojos. eran hermosos —recordé la curva perfecta de la mejilla de Martha junto a la ventana. tenían comida. —¿No debes? —Olvidé momentáneamente la circunspección con que yo había tratado hasta entonces a estos niños asustadizos como ratones —.. La mano de Matt la obligó a callar. ¿Qué había quebrado la vida de estas gentes? Eran sanos. chu.! Recé distraídamente y esa noche dormí mal. Timmy. pero esto no es posible si no os gustan a vosotros. Quiero que me gusten las clases. —Aprendemos —dijo Dorcas rápidamente—. Por lo menos había menos tensión en la clase. —Pero es malo.. y —milagro de milagros— sin una nota desentonada en toda la clase. se enjugaba las lágrimas con una mano temblorosa. Martha —dije—.—Yo creo que la escuela es divertida —dije—. casi demasiado cansada para dormir. pero aquí en la escuela hay que levantar los pies.. muy poco. ¿Por qué no? No hay razón en el mundo que te impida caminar sin hacer ruido. chu de las idas y venidas—. subir al cielo o ¿Te gusta subir en un columpio? Cuando yo entonaba estas canciones los niños enrojecían. inquietos. ¡aunque tenga que convencerlos a golpes! Observé consternada que los niños se encogían en sus asientos y se miraban con miedo. Matt miró tristemente a Miriam. No debo. Un mes después las cosas habían mejorado un poco. Además. y sin embargo. Matt se echó a reír y Dorcas lo imitó en seguida.. pero sonreían aun con eccemas o llagas en los labios. Habíamos discutido a propósito de esa costumbre que tenían de arrastrar los pies. ¡En cambio estos niños sin vida. ¿Por qué motivo? —Así lo hacemos todos en Bendo. —No puedo —dijo—. ¿Pero a ninguno le gusta la escuela? —A mí me gusta —cantó la vocecita de Martha. Parece que tuvierais pies de plomo. Al rato se volvió y dijo: —Es la costumbre en Bendo. . y en una caja con barro. Creo que podemos disfrutar de muchas cosas. ya harta del chu. por favor —les dije irritada una mañana. hacéis mucho ruido. un sapo que sólo despertaba para comerse las hormigas que le llevábamos a la hora del almuerzo. ¡Es divertida! —Gracias. sólo resignación. pero vi de pronto que Esther. Sonreí satisfecha al oír que las risas titubeantes y agudas se extendían por la sala. brotes que traíamos del manantial o que crecían entre los árboles. — Quizá lo hagáis en vuestras casas —dije—. perturbada. la más pequeña de mis alumnas—. La niña apartó los ojos y se mordió los labios. Y a todos los demás —los miré poniendo cara de enojo— les gustará también. Y descubrí que no tenían prejuicios profundos contra las plantas. preocupada. que estaba más animado esa mañana. no eran lo que debían haber sido. en alta voz y con entusiasmo. y cultivamos algunas en los alféizares anchos. —Levantad los pies. No sois estúpidos. mi única alumna de bachillerato. ¿de risa? Aquella noche me volví y revolví en la cama. Pero no cantábamos Subir. se mordió cabizbajo una uña. —¿Arrastrar los pies? —Yo estaba a punto de perder la paciencia—. —comenzó a decir Esther. Y en unas jarras guardamos pececitos del arroyo. pensando. Lágrimas. una niña de diez años. la gracia expresiva de las cejas de Dorcas—. Y cantábamos..

Me sobresalté. Sólo nos dicen que es malo.—El señor Diemus me dijo que en la escuela mando yo —continué—. desaparecían con sus pasos arrastrados entre los árboles. No obstante. ¡Hubo una Morada! ¡Sí! ¡Sí! ¿Por qué no podemos hablar de la Morada? Escuché ávidamente. algo difícil y delicioso a la vez. ni tonterías adolescentes. con las manos bajo las cabezas. como si. No acostumbro espiar a mis alumnos. Sueño con la Morada. chu de los pies había empezado otra vez. Me apreté contra la roca rugosa. En el salón de clase. Algo que pasó cuando llegó el Grupo. Tenía que haber alguna relación. Todo es apagado aquí. No hay boberías infantiles. sonriéndose y mirándose a hurtadillas como si esos desplazamientos fuesen toda una aventura. hay que caminar sin hacer ruido y levantando los pies. Al mediodía. sin decir una palabra. como suele ocurrir a los trece años. No hay alegría. ¿Por qué? —preguntó Joel y pareció que lo pensaba por primera vez. los niños traían a la escuela unos emparedados secos y unas manzanas poco atractivas en apretados saquitos de papel. De modo que volví a las doce y media de un almuerzo adecuado. mirando con ojos entornados el cielo brillante entre el follaje. un Grupo y ahora la Morada. ¿no es cierto? Aun nuestros padres. y no insistí. —Soñé anoche. y Martha gritó horrorizada: — ¡Oh. —La afirmación de Dorcas fue como un desafío en el pesado silencio—. Dijo que no molestara a vuestros padres con los problemas de la escuela. chu. Se sentó lentamente—.. Recordé entonces que no sólo los niños de Bendo arrastraban los pies sino también los adultos. Sonreí recordando que yo había hecho lo mismo. Los niños consideraron solemnemente esta sugestión y se volvieron hacia Matt y hacia Miriam en busca de consejo. El campanario era visible desde la mayoría de las casas del pueblo. En los minutos siguientes vi con asombro cómo los niños iban inútilmente de un extremo a otro de la clase. Algunos se habían tendido en la hierba escasa y corta. Suspiré mientras observaba a los niños que salían para el almuerzo.. Cuando mamá ha soñado se le ve en los ojos. ¿Por qué está prohibido? Hubo un silencio breve y tenso. Dorcas! —No es nada malo —dijo Dorcas con las mejillas encendidas—. por lo menos. Los dos niños mayores asintieron y volvimos al trabajo. .. ¿Quién no soñó? —preguntó Miriam—. Antes de mediodía.. pensé. dejé atrás la escuela y me metí entre los árboles apartando con precaución los matorrales hasta que pude asomarme a una roca musgosa y mirar a los niños. no hay risas.. sin embargo. Esto no podía ser una coincidencia. Me había parecido al principio que aprovecharía ese lujo sin precedentes de una hora destinada al almuerzo para irse todos a sus casas. ¡Es una cosa mala! —gritó Esther—. —Yo también sueño a veces —dijo Matt—. Hasta el sol es débil cuando inunda las lomas y los cañadones. Todos soñamos. El hábito dominaba a los niños. Meneé la cabeza y continué mi lección. ¿Nadie se preguntó alguna vez por qué está prohibido? —insistió Joel—. en casa de los Diemus. Sólo niños silenciosos y resignados. levantando los pies. Esther y la pequeña Martha buscaban semillas y les contaban los dientes. ¡Te castigarán! Está prohibido hablar de la Morada. Clasifiqué mentalmente el sonido corno incurable y crónico. Soñé con la Morada.. Yo estaba perpleja. —Me parece que es una cosa de hace mucho tiempo —dijo Matt—. pero monótono. como si temiesen perder contacto con la tierra. el interminable chu. y todo está bien entonces. pero se me ocurrió que quizás estos niños eran diferentes cuando estaban lejos de mí y de sus padres. El problema ahora es que hacéis mucho ruido mientras otros tratan de trabajar.

Regresé a la escuela corriendo como una posesa. si los vieses. Creo que son recuerdos. luego que yo tratara de ponerlos en el verdadero camino.. —Cállate —murmuró Abie. que hablaba siempre en un murmullo. Esther se puso rápidamente de pie. ¡Nunca! Matt dio un puñetazo en el suelo rojo. pero más tarde. arrastrando los pies.. llorando por esos pobres niños que buscaban desesperados algo que estaba dentro de ellos. Miré las líneas que yo había escrito y luego arrugué lentamente la hoja de papel. ¡todos recordamos! —Creo que sí —dijo Matt—. Más libre que un pájaro. Yo lo había encontrado. más liviano que. Luego que. — ¡Basta! ¡Basta! ¡Es una cosa fea! ¡Es una cosa mala! ¡Se lo diré a papá! Está prohibido soñar... no volar.. —Y también puedes bailar en el aire —suspiró Miriam—. bueno. —Bah —dijo Timmy. Karen: Pues sí. —Yo recuerdo —dijo espontáneamente Thalita. —Yo recuerdo —repitió Thalita. que nunca decía nada espontáneamente. o bailar. ¡Os moriréis! Joel se incorporó de un salto y apretó el brazo de Esther. — ¿Recuerdos? —preguntó Dorcas—. y no tenía una escalera. Recuerdo. Yo recuerdo más. El niño se encogió de pronto y se apoyó en Thalita. sin querer reconocer que estaba llorando. desdeñoso—. ¡encontré un Grupo entero! Pero es un Grupo enfermo y desgraciado.. la penúltima en edad..—No deben de ser sueños —declaró Miriam— porque yo no necesito estar dormida.. Karen! ¡He encontrado a otros! ¡Otros del Pueblo! ¿Recuerdas cómo deseabas saber si otros Grupos habían sobrevivido a la Travesía? Bueno. ¿Llamas a esto estar vivo? En seguida se encorvó temerosamente y dio algunos pasos en el claro.. ¡Tenían que serlo! Tomé la cuerda de la campana y tiré con todas mis fuerzas. parpadeando para enjugarme las lágrimas. La nave era alta como una montaña y la gente entró por la puerta que era alta. obstinada—. con una animación que yo no le conocía—. Éste era mi Grupo. luego de tantos años. Es subir. Después aparecieron las estrellas grandes y brillantes. sollozando. Querida. Quiero decir. alta. To dos soñamos. — ¡La nave voló demasiado rápido! — Abie hablaba ahora. Dejé la pluma. Subes y subes todo lo que quieras y nunca tienes que tocar el suelo. — ¿Podemos estar más muertos? —gritó sacudiéndola brutalmente—. La una. o volar. pero me parece que es así. se lo diría a Karen. Aquella noche empecé una carta. aterrorizada. a los niños por lo menos. Recuerdo un vestido que era muy pequeño. Se te haría pedazos el corazón. Thalita. no pequeñitas como las de aquí. ¿Cómo podemos recordar algo que no conocimos? —No sé —admitió Miriam—. . Si pudieses venir y ponerlos en el verdadero camino. El aire calentó la nave y la niñita murió antes que los botes dejaran la nave. — ¡Ya veis! —Miriam alzó triunfante la barbilla—.. pálida. y la mamá lo estiró para que fuera bastante largo y el vestido se quedó así. ¡la una! Miré cómo volvían los niños con pasos arrastrados y lentos. Sí. ¡Oh. Y tenían que serlo. Después estiró la cintura para que fuese bastante grande y la niñita se lo puso y se fue volando. — Se le inmovilizó la cara y se le agrandaron los ojos—. ¿Por qué esa negación tan rigurosa? Si ellos eran lo que yo pensaba. La campana se movió como de mala gana y llamó.

Quizá si puedo sacar de la prisión a algún otro. Hoy quiero que todos escriban sobre lo mismo. Decidme lo que recordáis de la Morada. inquietos. Joel y Matt se pusieron de pie simultáneamente. Y aun los recuerdos tristes son mejores que el olvido. ¿Por qué entonces los mayores no piensan así? —preguntó Matt lentamente—. —Los niños se movieron en sus asientos. Pero haré todo lo posible. Sí.Al fin y al cabo. mis «diversiones» eran para ellos mucho más penosas que cualquier tarea escolar. entonces yo podría sentir que le devolvía algo de ese mundo maravilloso que ella me había abierto. y temerosos a la vez. Era una situación tan extraordinaria. —Los niños recibieron con un silencio caritativo esta sabia revelación—. es cierto. No hay que desobedecer a los padres. Si os parece. Esther y Abie corrieron de un lado a otro con los papeles. quizá como un don precioso. es viernes. Yo hablaré con vuestros padres cuando llegue . de modo que hoy nos divertiremos. nada da una buena porción de confianza como una buena porción de ignorancia. de una manera o de otra. Pobres niños. me temblaban las manos y el aliento se me había quedado en la garganta seca. ¡No es nada de eso! —No podemos. El día que llegué a Bendo el señor Diemus me dijo que os enseñara lo que fuese necesario. y no me había contado cosas que ningún extraño debía haber oído? Y cuando al fin yo se lo contara a Karen. yo sabía algo de sus posibilidades. y los afilalápices trabajaron afanosamente. ¡No podemos! ¿Por qué no podemos? —gritó Dorcas—. Tantas cosas maravillosas. atraídas las dos por una mutua simpatía que parecía más fuerte que esos lazos que unen a las compañeras de cuarto. Y si me había equivocado. si yo no me había equivocado. ¡Una cosa mala! ¡No es nada de eso! —chilló Abie—. Aliviada. —Sentaos todos —dije dulcemente—. entonces mis propias barreras. Pero algunos aprendían ya a disfrutar de ellas. pensé tristemente. Hemos trabajado durante toda la semana. vamos a escribir. Éste es el tema. y pusiera al Grupo en sus manos. en nuestro dormitorio. de modo que el pelo le cayó sobre la cara—. Sí —admití—. lo guardaremos como un secreto entre nosotros. El señor Diemus me dijo que no los moleste con razones o explicaciones. ¿Por qué? ¡Es una cosa fea! —gritó Esther—. contentos. ¡Hasta la misma Martha había aprendido a saltar a la cuerda! —Primero los monitores distribuirán las hojas de composición. Pero pasaron varias semanas antes que me decidiese a mostrar a los niños. que yo sabía algo de ellos. En esto los niños no se diferenciaban de otros y les sacaban punta a los lápices con el menor pretexto. Tengo que enseñaros que recordar la Morada es una cosa buena. Está prohibido. Oí el grito alborotado de Esther y me volví lentamente apoyándome en el pupitre.. —Hay tantos recuerdos hermosos de la Morada —dije en el tenso silencio—. y se me cerró la garganta—. desesperadamente. —Hoy —dije con un esfuerzo—. —Miriam se recogió el pelo con unas manos temblorosas —. pues la Morada es buena. ¿No me había hablado Karen secretamente en aquellas horas mágicas.. Tiré la hoja de papel al cesto. di la espalda a las miradas expectantes de los niños y escribí lentamente con letras mayúsculas: RECUERDO LA MORADA Oí las respiraciones entrecortadas de Miriam y Thalita y luego el rápido susurro que informaba a Abie y a Martha.. aunque Miriam me miró sorprendida antes de inclinar la cabeza. —Esta obvia observación fue aceptada con indulgencia. Nos dicen que no hablemos de eso. ¿qué clase de locura sospecharían de mí? Cuando al fin apreté los dientes y me juré a mí misma que haría algo. pero esto es también muy importante. —Ahora —dije..

Sólo Martha se quedó cabizbaja y mirando la hoja con una expresión de tristeza. imágenes que contaban una historia claramente y en voz alta. Recuerdo la Morada. la contención inconsciente. Me volví a las hojas de Martha.. casi aracnoides. seis páginas acabadas que parecían de un adulto. que había una nueva atmósfera en la sala de clase. Miré al grupito silencioso y ocupado y sentí que se me doblaban las rodillas. y contuve el aliento.. Luego de esta oscura metáfora enderecé mis piernas débiles y me puse de pie. Una pequeña historia con láminas y luego podríamos juntar las páginas como en un verdadero libro. Toqué el resplandor con un dedo. Un niño en brazos de su madre. Caminé hacia arriba y abajo. de un animalito velludo (¿toólas?) que anidaba en una hamaca suspendida. Eran unos dibujos delicados. — ¿Por qué tú y Abie no hacéis algunos dibujos? —sugerí—. bastante como para marcar a tres generaciones.. Una oración de acción de gracias creció en mí. ese sentimiento de culpa provocado por el deseo de lo prohibido se habían desvanecido del todo. Allí las risas y las sonrisas murieron. preguntándome de qué lado se inclinaría la balanza. Las cabezas se inclinaron hacia adelante y los lápices corrieron sobre el papel. Yo casi podía sentir el calor. La vasta curvatura de la Tierra. apartándome para dejar pasar a Joe que corría al estante en busca de más papel. Dentro de la nave. Conocía el calor. Hubo un pesado momento de indecisión. Bueno. esa vigilancia. entre los pupitres. cuerpos amontonados y caras quemadas. Quizá me había equivocado al permitir que recordara tan vividamente. —Hice una pausa para tomar aliento y desembarazarme de una visión en la que yo dejaba el pueblo envuelta en una nube de polvo seguida de cerca por una tropa de padres furiosos—. Suspiré y examiné las composiciones. sobre un fondo negro. ¿Todo esto. y los pies se arrastraron pesadamente. Sentí una dolorosa aprensión. Y el último chillido de incandescencia mientras la nave se volatilizaba en el aire cada vez más denso. charlando y riéndose hasta que llegaron a los límites del patio de la es— cuela. sin que nadie me prestara atención. tomé aliento y lo examiné atentamente. —No conozco bastantes palabras —se quejó—. Y los colores me hablaban de algo que el lápiz negro no podía expresar. una lucha heroica. Apoyé la cabeza en las manos y cerré los ojos. Lo hojeé. ¿Un niño había dibujado todo esto? Seis páginas. dolor y sufrimiento. pues si no no hubiesen capitulado tan pronto. Advertí. Me sequé las palmas húmedas y me recliné en la silla. a trabajar —dije bruscamente—. y la delgada aguja de una nave. La tensión intolerable. murmurando entre dientes. guardaba frutos en un . esta ocultación y este miedo cuidadosamente alimentado? De acuerdo con lo que Karen me había dicho podían haber pasado más de cincuenta años. Se transformó rápidamente en un ruego de misericordia cuando entreví de pronto lo que podía ocurrirme si los padres me descubrían. inclinándome sobre Miriam y maravillándome de que ella hubiera empleado sus pasteles y de que una parte de su composición fuese en colores. Efectos de pastel que yo no había visto nunca. ¿Cuánto duraban ya esta negación y este renunciamiento. esa prudencia. Seguramente todos querían hablar y afirmar la maravilla del pasado. Estrellas que llameaban en un cielo negro. Luego un enjambre de diminutas formas afiladas que salían del vientre de la máquina. verde y cubierta de nubes.. lentamente. Y allí estaba yo tratando de que las llamas consumiesen un pequeño mundo. Allí estaba el librito de Abie. Quizá yo no hubiera debido. y las caras fueron otra vez graves. aunque yo nunca había visto esas formas. Y luego. La memoria racial era realmente una moneda de dos caras. felices y excitados. la muerte y la huida. Los niños se fueron. todo esto en los sentimientos de una criatura? Pues Abie sabía. No era asombroso que Abie hubiese dibujado encorvado. ¿Cómo se escribe toólas? Y Abie borró trabajosamente hasta agujerear el papel y chupó otra vez la punta del lápiz. Una línea rosa en el vientre de la nave: la fricción de la atmósfera.la hora. como una nota en la oscuridad. la lucha.

confusa. El agua se volvió roja. Todos tenían hermosos trajes y las muchachas se habían puesto flahmens en el pelo. sin preocuparse de la concordancia de los tiempos y como si el ayer no se distinguiese del hoy: Las flores eran como luces.. Encontraron a un bebe bajo un matorral. Yo había leído todas las composiciones. y que la vieja estufa de leña se había apagado. Como yo aplasto los escorpiones. dejando que el recuerdo de las composiciones me inundase.. Hace frío. me hizo advertir que caía la noche y descubrí que yo estaba temblando en el cuarto en sombras. entre todos los niños. excepto la de Esther. Temía leerla. Sentí de pronto una creciente nostalgia. Si todos los recuerdos eran felices. y transformar a Bendo en un paraíso? Tomé la hoja de Esther. Había agua en el arroyo y estábamos escondidos entre las hierbas..cesto de hojas. que alzó los ojos y me miró sin interés. Los recuerdos de todos parecían ser tan felices. así podía haber sido sólo si. Ellos dispararon. pero también buenas para comer. pero menos triste. y vivía en compañía de un pájaro. Así debía haber sido el mundo. de patas de mosca. Por la herencia de talentos y dones que tenían estos niños. mis lágrimas eran ya algo tan secreto como las emociones de la señora Diemus. Por los sueños realizados que les estaban vedados. las historias. Y comencé entonces a maravillarme.. El hombre lo golpeó con la madera del fusil. Las flahmens son flores. Le he guardado la cena. pero que no podían utilizar. Dispararían sus armas contra nosotros. Sólo ella. y Dorcas. La mayor parte de la historia de Martha se me escapaba. titubeé y tomé la de Esther. Y ahora. y como no teníamos puntos comunes de referencia. Recuerdo. Cuando entré en la cocina. La leería en mi cuarto. Lo golpeó y lo golpeó. Un pájaro realmente de otro mundo. ¿Por qué un sótano para todos los niños desobedientes? ¿Por qué toda esa miseria y frustración si eran capaces de llevar a cabo la mitad por lo menos de lo que describían las composiciones —con términos técnicos que yo no entendía del todo— de Joel y Matt. El sol quemaba desde hacía tres días. Y las líneas anhelantes de Miriam: El día de la Reunión hubo una gran fiesta. Alisé la hoja en mi regazo. Teníamos sed.. . cruzados sobre el pupitre. la nostalgia de estos tristes exiliados alejados desde hacía tres generaciones de todo conocimiento material de la Morada. Me puse el abrigo y dejé la escuela pensando continuamente en las composiciones de los niños. Las lágrimas de Esther habían arrugado el papel. No podíamos beber. ¿por qué los adultos los ahogaban con tanta dureza? ¿Por qué ese palio de infelicidad sobre todas las cosas? No es posible lamentar eternamente la pérdida de una nave. Alcé la cabeza y parpadeé a la luz del sol poniente. había muchas cosas que yo no podía interpretar. pues en los niños de esta edad —más que en todos los otros— el arte es un movimiento de símbolos. de llorar por las maravillas que eran ahora sólo un recuerdo. Timmy había escrito: La nave brillante alta como una montaña y más rápida que dos aviones. tratando de unir los fragmentos que hablaban de la Morada. — Gracias. Y si una muchacha siente que le canta el corazón por un muchacho comen una flahmen juntos y ya no se separan nunca. parecía no encontrar ningún consuelo en esos recuerdos. Las noches no son muy oscuras porque las flores brillan mucho y cuando salía la luna los bréeos cantan y la música caía sobre uno como la lluvia. —Buenas noches —me dijo—. La mujer gritó pidiendo agua y corrió al arroyo. Guardé lentamente las hojas en el cajón de mi pupitre. Y de pronto tuve ganas de llorar. De cuando en cuando garrapateaba una línea o dos como si estuviese haciendo algo vergonzoso. —Me estremecí convulsivamente—. había escrito Esther. Mientras los otros escribían rápidamente Esther se había pasado casi todo el tiempo con la cabeza hundida en los brazos. La escritura de Esther.. Por la nostalgia que yo había descubierto en todas esas líneas escritas. Me senté aquella noche en el borde de la cama. Me detuve en el puente y me apoyé en la balaustrada envuelta en las primeras sombras de la noche. Pero todo este librito era alegre y luminoso.

Luego la generación siguiente duda e interroga. Es apenas más grande que. Tristemente. mueran». Ahí estaban todos sentados. «vuelen y sálvense». viendo la imagen que Esther había evocado. Joel. las páginas 1965 a 1998 volaron a mi pupitre y cayeron aleteando. Que Dios nos ayude a todos. si te parece tan fácil. en letras muy negras que habían roto el papel: Si alguien descubre que no somos de la Tierra. Había pasado casi otra semana. Ahora empezaban a aceptarme. Hubo un movimiento en el estante. —Yo puedo. Sí. y se rebela. Aquí. Joel. la primera ausencia del año —. mueran. moriremos. pero sólo consiguieron que el libro resbalara hasta el borde del estante. — ¡Te has lucido. Miriam meneó la cabeza y se hundió en su asiento.. a mi pupitre. adaptándose. . dijeron. es un comienzo. —Que Dios la ayude —suspiré—. mirando la oscuridad. «Vuelen». —Joel empezó a ponerse de pie—. Apagué la luz y me metí lentamente en la cama. —Las sonrisas murieron y un murmullo de protestas recorrió la clase—. ¡Sin moverte de tu sitio! Hubo un silencio de horror. Luego. Encendieron un fuego alrededor. —La voz de Miriam era apenas un soplo—.. los ojos grandes y sombríos en la cara blanca. Al fin me abandoné al sueño. Recuerdo muchas otras cosas. —Bueno. — ¿Miriam? —dijo con una voz aguda. Hoy no. Joel! —gritó Matt—. del que se habían soltado las páginas 1965 a 1998. En cualquier momento me preguntarían: « ¿Cómo ocurrió? ¿Cómo lo sé?». «Monstruos». Hazlo tú. los nueve —faltaba Esther. «monstruos malvados. —No —dije—. ¡Qué cambio se había operado en ellos desde aquella tarde! Ahora empezaban a parecerme verdaderos niños. —Joel sonrió débilmente—. Sonreí al oír a mi alrededor esa algarabía. anticipándonos esta vez con alegría a la hora de las diversiones en vez de temerla. Eso es lo que se llama una demostración de fuerza. Joel se volvió y clavó los ojos en el viejo diccionario. Unos pocos sobreviven. —dijo Joel al fin—. ¡No puedo! —Sí puedes —insistí—.Nos atraparon y nos encerraron. Joel se tomó con las dos manos del borde del pupitre y la transpiración le cubrió la frente... —Pero. suprimiendo y negando. Ustedes no son gente. Ellos dispararon contra nosotros. La gente se parece. Me quedé inmóvil. Mueran. Luego del primer momento de estupor todos nos reímos hasta las lágrimas. Volamos porque el fuego nos hacía daño. La gente no vuela. —Puedes. Joel. —Miré a Joel apretando los dientes—. Tragué saliva. Matt sudó y se esforzó y al fin Joel trató de ayudarlo. dame el diccionario. dejé a un lado la hoja. esperando con los ojos brillantes. — ¿Podemos escribir otra vez? —Preguntó Sarah—. Hoy veremos qué somos capaces de hacer. sumando las confidencias de Karen a todo esto. gritaban. Ordenamos el aula rápidamente. puedes. donde se quedó oscilando peligrosamente. No levantéis los pies del suelo. La respuesta estaba ahí. Luego. sintiendo que yo misma me animaba con la expectación de los niños. Otra generación reniega de la Morada para asegurar la inmunidad presente y futura de los descendientes. como disparadas por un fusil. La gente no mueve cosas. Tráeme el diccionario. Los náufragos que llegan a una isla y tropiezan con salvajes. Entonces Abie alzó tímidamente la mano.

flotando. cuida a los otros —dije con una voz temblorosa—. Así mismo. Lloré y lloré. y el ruido del golpe resonó en el silencio de la sala.. y al subir rozaban el cielo raso con las cabezas. Ven aquí —dije. Esther y el padre de Esther. lloré en silencio con la cara entre las manos. Vuela hasta mí. de pronto. que se acercaban a la escuela. Todos suspiraron y me miraron expectantes. tratando de escapar. — ¿Miriam? —Miriam apretó las manos convulsiva mente—. y luego con más rapidez. siguió hamacándose hasta que Thalita gritó. dio media vuelta. Timmy hizo volar las hojas. Con un grito de decepción. El cráneo de Abie chocó contra el borde de hierro labrado. lanzó un grito. Claro. Matt y Joel descendieron rápidamente y se pusieron de pie. corrí hacia él. Salté a la puerta y la abrí de par en par y vi que en ese mismo momento el señor Diemus. sí —dijo Matt—. y Timmy hacía volar a dos aeroplanos de papel en complicadas maniobras entre los bancos. apretando los puños. Vuelvo en seguida. En uno de esos relámpagos de claridad que se le graban a uno en la mente en una fracción de segundo vi a todos mis alumnos. Esther ahogó un grito al ver a los niños. Entré tambaleándome en el otro cuarto. y descubrió al grupo que miraba desde el umbral. Lleva las hojas sueltas al estante. —Miriam. Oh. La aparté. como si le hubiesen arrebatado un juguete favorito. pues al fin y al cabo. y cayó. sí. —Muy bien. Luego.. describiendo un arco de círculo en un rincón de la sala. Me toca a mí. El diccionario voló lentamente desde el estante y se posó sin hacer ruido en mi pupitre. absorto en su juego. —Los barquitos —dijo como si se defendiera—. Así salían de la nave. —Pobre diccionario —dije—. Pero sólo alcancé a tomarle la manilla en el momento en que caía sobre la vieja estufa de leña. muchas pisadas. Les enseñarás cómo se hace. comprendiendo al fin. frenética: —¡Abie! Abie volvió bruscamente la cabeza. Mirándome fijamente. Lentamente al principio. Es demasiado viejo para dar tantos saltos. volar al cielo! ¡No era la primera vez que los niños probaban sus alas! Unos libros flotaban sobre el círculo de Miriam y las otras niñas que se habían arrodillado en el suelo. . estremeciéndome. y busqué mi pañuelo. ¡al fin y al cabo! Y entonces. y las niñas volvieron hacia los intrusos unos rostros aterrorizados. Abie —le dije animándolo—. oí un ruido y el pánico me inundó paralizándome.Me alegró que mi niño silencioso se hubiese decidido a hablar. entraban en el aula. Abie se hamacaba en un columpio ausente. y subió rápidamente en una línea oblicua. Miriam salió de su asiento y se quedó de pie en el pasillo. el señor Jonso. hasta que al fin se precipitó en mis brazos y con un gemido entrecortado apoyó la cabeza en mi hombro. Joel y Matt entornaron los ojos concentrándose y luego cambiaron unas miradas exasperadas. un verdadero aullido de terror. El diccionario volvió al estante. Encogida entre aquellos objetos amontonados y cubiertos de polvo. chocó con el borde del armario alto donde se guardaban los mapas. Todos clavaron los ojos en Abie. Miriam vino hacia mí silenciosamente. Me encontré con la mirada del señor Diemus y sentí que se me encogía el corazón. tocando casi la chimenea de la vieja estufa. Traté de alcanzarlo en el aire. sintiendo un escalofrío en la espalda—. se detuvo en medio del aire. — ¡Eh! —protestó Timmy—. —Claro. Miriam. que se retorció en su asiento. Era un ruido de pisadas. Pero Abie. Joel y Matt se balanceaban en unas barras invisibles. y al mismo tiempo fruncí el ceño al oír las risas protectoras de los mayores. Los pies se elevaron un poco del suelo y la falda se le movió en el aire. cantando: — ¡Volar.

¡usted lo habrá matado! El señor Diemus abrió otra vez la boca. Habíamos borrado casi todos los recuerdos. horas y horas si me guiaba por mi ansiedad.Enderecé cuidadosamente el cuerpecito sin atreverme a tocar la cabeza inerte. —¿Libres de qué? —Tomé aliento—. pero yo hablé antes. — ¿Y en línea recta? —Dos cadenas de montañas y una meseta desierta.. al pie de la loma. el ruido de algo que golpeaba la arena del arroyo. Ve tan rápido como puedas. ¿Por qué lo hicieron ustedes? ¿Por qué le negaron a los niños su herencia? —No es asunto suyo. Eramos ya casi libres.. no era capaz de volar mucho tiempo y se alejaba dando unos larguísimos saltos. a desafiar a la autoridad. entonces. — Si Abie muere —dije mordiendo con furia las palabras—.. Es posible que yo haya abordado mal el problema. Pero el fuego se apagó y acaricié la manita de Abie. El médico sabrá cómo curarlo. asombrado. a rebelarse. Pero. Joel me miró sin aliento.. Oímos el ruido de sus pasos hasta que llegó a la mitad del patio. y nos miramos por encima del cuerpo de Abie. Nos arrodillamos. Bueno —dijo. Cien kilómetros por la ruta. tocándole de cuando en cuando el pecho como para estar segura de que todavía respiraba. Luego. Joel.. —comenzó a decir. —Yo. Los niños habían regresado a sus casas en silencio. mirándole la carita apretada. evidentemente. Yo no soltaba la mano de Abie. Quizás esté muñéndose. ¡Interrumpiendo el trabajo! ¡Asustando a los niños! La responsabilidad es toda suya. —Hay un médico de vacaciones en el rancho La Rodada —dijo Joel débilmente. — ¡Metiéndose así en mi clase! —grité—. estremeciéndome. Discutí con ellos. pero usted me dijo que les enseñara lo que era necesario enseñarles. No puedo reprocharles nada —confesé. llamen a un médico. Bastaron unas pocas palabras para abrir la brecha en el dique. ¡toda suya! Yo no era capaz de soportar sola todo el peso de la culpa. El señor Diemus volvió hacia mí unos ojos oscuros e inexpresivos. silencio. Segundos más tarde.. —No. Aceptaban mi autoridad. Todo lo que transforma a los niños en ratitas asustadas está mal. Y ahora. — ¿Por qué lo hizo? —me preguntó—. la espera. Lo había mirado hacía un minuto. —Por favor. señor Diemus. Miré otra vez mi reloj. Tenía que compartirlo con alguien. y luego de la llegada del médico habíamos improvisado unas parihuelas y habíamos llevado a Abie a casa de los Peters. y así lo hice. Nunca pusieron en duda mi . oh. que les habían enseñado que estaba mal. —Entonces. El señor Diemus entreabrió los labios para decir algo. —Me obedecían a mí —repliqué—. con voz serena—. Me dijeron que eso estaba mal. Yo caminé junto a él. No te hagas notar demasiado. —Ve a buscarlo —dijo mirando fijamente a Joel—.. Sesenta segundos si me guiaba por las manecillas. ansiosamente. —Les enseñó a desobedecer. Joel corrió hacia la puerta. el señor Diemus y yo. —El más cercano vive en el paso Tortura —dijo el señor Diemus—.. débilmente. Seguramente tendrán caballos para volver —dije—. —Todo lo que impide la felicidad de los niños es asunto mío. —No será nada —murmuraba yo. Se sintieron muy perturbados. para tranquilizarme—.

. pero. Francamente. Me dijo que todas las noches llaman al Pueblo. ¿Qué podíamos hacer con lo que teníamos? —Escúcheme —dije rápidamente—. ¿Pero qué pueblo no tiene recuerdos semejantes en mayor o menos grado? Que esos recuerdos fueran en ustedes.. Sé que los ayudarán. y en los hijos de ustedes. las Persuasiones y los Designios. con los hombros encorvados. una verdadera iniquidad. que yo les pedí que hicieran. Podían haber encontrado ustedes muchas soluciones. Si nosotros podemos oírlo. Meneó la cabeza recordando la clase de terreno que se extendía entre nosotros y cualquier otro sitio y entró otra vez en el dormitorio. Karen ha intentando encontrarlos a ustedes. Quizás una lesión en el cerebro. Un momento —dije vislumbrando algo—. señor Diemus. más rápidos que un aeroplano. tienen que adaptarse —dije—. ¿y qué han obtenido en cambio? ¿Quiénes son los que hubieran podido? ¿Quiénes son? —Yo —dijo el señor Diemus como si esa palabra tuviese un sabor amargo—.. ¿Qué hubieran podido obtener con este renunciamiento y esta resignación? ¿Acaso algo de mayor valor que to dos esos dones? —No hay otro camino —dijo el señor Diemus—. Hay otro Grupo. debiera haber sido una ayuda..... ellos tienen.. —La cara del señor Diemus era de piedra—.. Son mucho más rápidos que un automóvil. La rebelión estaba allí antes que yo llegara.. quería liberarse. si ustedes pueden oírlos y responder. Tenga usted razón o no. La Tierra no nos acepta pero tenemos que quedarnos. — Sé bastante —dije—. excepto quizá Esther.. — ¿Hay alguien en este grupo capaz de entrar en la mente de otro? —dije.. Necesitamos rayos X y. —Un momento. — ¿Y algún comunicador? ¿Alguien capaz de enviar o recibir? —No —dijo el señor Diemus.. La puerta del dormitorio se abrió y en el umbral apareció el doctor Curtís. Esperar por lo menos a que lleguen otros que puedan adaptarse mejor.. Yo y mi mujer. les hervía adentro. Necesitamos especialistas... hace tantos años. pero lo ha perdido. más seguros que cualquier especialista. Miró al señor Diemus y luego a mí.. Me dijo. Le temblaban los labios. las cosas que yo les permití. no más que usted. ¡El otro Grupo! —El señor Diemus empalideció y me miró con los ojos muy abiertos—. En fin. — ¿Entiende ahora? —lo acusé—. —Retrocedí rápidamente a mi dormitorio de estudiante. más vividos. Hay un hundimiento de la caja craneana y no sé qué otra cosa.. dejó de practicar una y otra vez. esta maravilla. Apuesto que ninguno de ellos. preguntándome si el entrenamiento sería un factor decisivo. Hubo alguien que pudo haber tenido ese Don. no un impedimento. espero que sea así aún. el otro Grupo. oh Señor. Todos tienen que adaptarse cuando las sociedades cambian. —Tendría que estar en un hospital. — Se muere —dijo el señor Diemus—. . Hubo uno que pudo haber sido.. — Se pasó lentamente la mano por la cara joven y fatigada—. Pero meterse en un agujero y ya no salir más. —Usted no entiende. Abie se muere. no tengo bastante experiencia como para ocuparme de un caso semejante. por supuesto.. ¿Dónde? ¿Dónde? La voz se le quebró en una nota aguda.. Fue una iniquidad. Si hubiera algún medio de transporte que no lo sacudiera demasiado. Cerró los ojos y trató de dominarse. Pero dejemos eso por ahora. Déjeme pensar. Todo esto. —No —contestó el señor Diemus—. y al fin recordé.. los ayudarán. No los incité a algo nuevo. imponerles todas esas restricciones. furtivamente y con vergüenza. Y ellos. con el cuerpo en tensión—. No sabe usted todo. y. con la frente transpirada—...conocimiento. Lo miré confundida. encontrar a alguien del Pueblo. Están ustedes obsesionados por los recuerdos de una época desgraciada. Se han privado de todo eso. ¿Otro Grupo? ¿Hay acaso otros? —Se inclinó hacia adelante en su silla. Sí. Tenemos que adaptarnos.

¡Ayúdeme! —Busque a su mujer —dije—. Valancy —dijo el señor Diemus—. el señor Diemus respiró con más calma. Y todos rezamos. El mensaje continuó sin palabras y sentí otra vez miedo y desesperación. Los otros tres. cuando muera Abie. —Sí. Llévelos al bosquecillo.. de algún modo. alrededor. —Le dijimos que salíamos un rato a rezar —murmuró el señor Diemus. sostenían su grito. sobresaltada. Una distensión. señor Diemus —dije volviéndome hacia la puerta—. Las duras defensas de los adultos de Bendo se desvanecían poco a poco. La mano fría del señor Diemus me sacudió el brazo. Pero el señor Diemus habló otra vez. pero no sé. Descendieron en la oscuridad del crepúsculo. Ha encontrado el camino. y llámeme luego. No podía saber exactamente qué era. y yo sentí como si algo pasara rozándome apenas el cerebro. apoyaban los esfuerzos del señor Diemus. —Karen. Y yo sabía que hacía un momento habían estado a centenares de kilómetros sin conocer siquiera la existencia de Bendo. ven al Pueblo. Abrí los ojos cuando llegaban los otros cuatro. las había alejado de mí. Ha venido un médico. los cuatro. No podemos hacer nada aquí en la casa. en silencio. — ¡No entiende! —gritó—. —Se le quebró la voz—. Me alejé mientras las dos parejas se perdían en la oscuridad. La voz del señor Diemus se apagó temblorosamente. Guíanos. Nunca nos atrevimos a imaginar una rebelión. Me enseñaron demasiado tiempo y con más fuerza que a estos niños. Uno de nuestro Grupo se está muriendo. y el tiempo pasó mientras trabajábamos. Conocéis el camino. Yo miraba las caras tensas. Se volvió hacia nosotros y vi en la oscuridad de los árboles la mancha pálida del rostro. Y en el momento en que el último rayo de sol se reflejaba en el cuarzo de la cima de la loma. tranquilamente. Es grave.. las ropas limpias sin huellas del viaje.. Luego. el señor Diemus extendió lentamente las manos y dijo con un alivio profundo: —Ahí están. Karen. ¿Qué hacemos? Hubo una pausa y yo sentí poco a poco algo nuevo. Karen. Búsquela y busque también a los padres de Abie. Durante un breve instante me asombró ser capaz de estar ahí. No podemos ayudar porque. Luego el señor Diemus comenzó a llamar con las palabras que yo le dictaba. Tengo una idea. .. —Os esperamos entonces —dijo el señor Diemus—. —Buenas noches. Corrí y caí de rodillas en la sombra.—Pero si el doctor nos descubre. —Vienen —dijo y parecía sorprendido—. pero tan intensamente que el sudor le bañó otra vez el rostro. un Extraño. casi esperando ver cómo Karen descendía entre los árboles. Karen y Valancy. entre los árboles. Ayúdeme. pero no tiene el equipo ni la capacidad necesarios. mirando cómo cuatro adultos descendían del cielo. Me puse bruscamente de pie. que se abría. —Recuerda otra vez —murmuró la señora Diemus—.. —No sé qué hago —dije ocultando la cara en el hueco del brazo—. Ayúdanos. Los cabellos arreglados... lentamente. Ha asistido a demasiados renunciamientos. Miré a mi alrededor. ven al Pueblo. Están tan contentas por habernos encontrado. Yo. y la mía se me crispaba.. necesitamos ayuda. No estamos solos. Regresé a la casa sintiéndome realmente sola. Algo que se desplegaba. —dijo el señor Diemus con una voz asustada y temblorosa. se le distendió el rostro.

¿Quién es Bethie? El médico miró alrededor.. Aterrorizada por las dificultades de la tarea que nos habíamos impuesto. Sentí que un raro escalofrío me subía por la espalda. ¿Tendremos que decírselo? —Sí —dijo Valancy—.. Si ellas lo dicen. miré a Valancy y a Karen preguntándome cómo convencerían al doctor. Se pasó la mano por la cara.. ¿Y está usted dispuesta a arriesgar la vida de un niño. ¡Oh.. Confiaremos en el doctor Curtis. Entré en ti. ¡Sin equipo! —Sí. — ¿La ha oído usted? —No —admití—.. No dijeron nada. Si quisiera seguir. Me sentí angustiada de pronto pensando hasta qué punto yo estaba lejos de la escuela en aquel momento.. Quise ahorrar tiempo. —Oh. ¿Es un hombre digno de confianza? Titubeé recordando las pocas veces que yo lo había visto.. Saben realmente. ¡Cómo me había apartado de la rutina diaria! — ¿Qué hacemos con el doctor? —pregunté—.. pero no hacer el trabajo. Miraron al médico.? Sí. —Valancy.. nuestra Sensitiva. —Pronto tendrá convulsiones. —Yo. ¡eres tú! El señor Diemus me lo había dicho. los padres de Abie.Pero toda impresión de extrañeza desapareció cuando Karen me abrazó con alegría. —La muchachita rubia y delgada inclinó tímidamente la cabeza—. —Pero ella me dijo que Bethie. Meneó un rato la cabeza y se volvió otra vez hacia mí. La luz de la puerta iluminó el rostro sorprendido del doctor. Y el señor y la señora Peters. sí! — ¿Y cree en ellos? —También. y durante un rato los dos contuvieron el aliento.. —Sí —murmuró Bethie—. es cierto —asentí—. Y mi hermano Jemmy. . y al cabo de un momento me miró. ¡Oh. — ¿Seguir qué? La voz profunda del médico nos sobresaltó a todos cuando apareció en la puerta del porche. Melodye —dijo—. —La cara radiante de Valancy mostraba que el título de Vieja no tenía relación con la edad—. Podemos ayudarlo. —¿Ella? El doctor Curtis miró atentamente la cara tímida y hermosa. —En fin. es tan bueno verte otra vez! ¿Quién le debe carta a quién? Karen se rió y se volvió hacia las otras tres figuras sonrientes. No hablaba conmigo. estupefacto. Ellas saben. Ya sabemos lo que sabes de él. —comencé a decir. Abie es nuestro enfermo. —El señor Diemus. ¿Conoce usted a esta gente? ¡Oh. —Ella es Bethie —dijo Karen señalando a Bethie con un movimiento de cabeza. que se volvió hacia Valancy. Si ahora conseguimos que el doctor. Hay que darse prisa. — ¿Estás segura de haber visto bien? —preguntó Valancy. la señora Diemus —dije—. —Perdóname —dijo Karen—. Valancy me dice que Bethie puede descubrir en qué estado se encuentran todas las partes del cuerpo de Abie y que es capaz de localizar las heridas sin rayos X. mi pequeño alumno. la Vieja de nuestro Grupo. deseando apasionadamente que fuese cierto—. ¿Era posible que me hubieran leído tan rápidamente el pensamiento? ¡Hasta el nombre del doctor! Bethie se movió nerviosamente y miró a Valancy. Valancy es su mujer. sí! —exclamé. Bethie. pero yo no estaba segura.

Sentí que el calor me entraba en el cuerpo y empezaba a adormecerme cuando de pronto alguien entró y dio un portazo. con la mano aún en el picaporte. Encontrar los circuitos nerviosos y reconstruirlos. — ¡Nunca terminará! —El doctor trató de serenarse y los dos nos ayudamos a ponernos de pie—.. rezando en silencio. apartándose—. No había allí tiempo. demasiado liviano para protegerme del frío repentino de la noche. — Muy bien. Pero yo lo hice. Abie se recuperará. Pero ha empleado usted términos científicos exactos. —Pero nada estuvo mal hecho —murmuré—. — ¿Cree usted que son capaces de ver a través de la carne y los huesos? —Quizá no se trate de ver —dije sorprendida ante mis propias palabras —.Y yo tragué saliva tratando de reprimir esa duda que me apretaba el pecho. —¿Sabe usted qué hicieron? —exclamó como si se hablara a sí mismo—. ¿Qué me obligaron a hacer? Oh. Todo ha terminado ahora. ¿pero cómo puedo saber? —Bueno. El doctor Curtís se volvió hacia los padres de Abie. —Podemos ayudarle a olvidar si usted quiere —dijo Valancy dulcemente desde la puerta—. —El doctor se pasó otra vez la mano por la cara—. Bueno. mis palabras nacían en ella. Sino de saber con un conocimiento firme y completo. Todos nos quedamos escuchando el silencio de la noche. ni direcciones. Le reconstruí el cerebro y el niño respira todavía. — ¡Sin anestesia! —gritó—.. . ¿no es así? — ¿Cómo puedo saberlo? —gritó el doctor Curtis de pronto. y yo por lo menos traté de oír los latidos de los corazones ansiosos hasta que el doctor suspiró pesadamente. La alternativa es dejarlo morir. excepto que hizo una visita agradable a Bendo. Los reflejos pálidos de las ventanas me estremecieron y volví otra vez al bosque. ni luz. Necesitaba de veras unas vacaciones. Sólo una nube confusa de ansiedad y un cansancio final y helado que me arrastró de vuelta a la casa de Abie. apretándome el abrigo. bueno —le dije. ¡Nadie puede hacerlo! Los daños en el cerebro son irreparables. de modo que caminé hasta la escuela. Me obligaron a que le operara el cerebro. No es posible restablecer circuitos destruidos. Por lo menos no debiera creerlo. No creo una sola palabra. Dios se apiade de nosotros. No pude soportar la idea de encerrarme en mí misma. ¿Y están decididos a confiar en estas gentes? Son nuestro Pueblo —dijo el señor Peters con un orgullo sereno—. y encontrarme allí con mis temores sombríos. y me froté los dedos insensibles. Nada era como debía ser. habrá que hacerlo. Sí. El doctor Curtis se apoyó de espaldas en la puerta. Pero no fui capaz de entrar. ni nada conocido. ¡Las cosas imposibles que hice con esos pocos instrumentos! Y el cerebro comenzó a curarse allí mismo ante mis ojos. ¡Sin hemorragia! Ellos la pararon. Nunca vi nada parecido. ¡Lo hice! Me arrodillé junto a él y lo abracé tratando de consolarlo. Valancy. Yo mismo lo operaría con una zapa si ellos me dijeran que es necesario. Señor. y seguí hacia la escuela. pero esto es ridículo. Miré asombrada a Karen. Llegué al bosquecillo. como si algo supiese. si no he perdido todavía el juicio. que me respondió con un movimiento de cabeza casi imperceptible. El doctor se apretó a mí como un niño aterrorizado. —Se acercó a la estufa y tropezó con mis piernas. Entré en la cocina luego de haber buscado un rato el picaporte con manos entumecidas. bueno —lo calmé—. Tuve que repararlo. Me dejé caer en una silla inclinándome hacia la estufa de leña que brillaba en la penumbra con una cálida luz roja.. Una cosa como ésta no se olvida en toda la vida. Se sentó en el suelo junto a mí tomándose la cabeza entre las manos—.. —Oh. nunca me he encontrado con nada más insensato. —Bueno. Podemos devolverlo a La Rodada y no recordará nada de esta noche.

. Tiene que haber algún modo. pues se los usaba muy poco ahora. Usted comprende. y Bethie es todo lo que tenemos ahora. — ¿Entonces es cierto lo que he visto. que preferimos que no hable usted con nadie de Bendo o de nosotros. — ¿Quiere usted olvidar? —preguntó Valancy. asombrada. gracias. doctor Curtís. por supuesto. Por lo menos nuestros abuelos lo eran. caminó realmente y dio una vuelta por el cuarto. En seguida. Los meses volaron y Bendo floreció maravillosamente. con caras serias y atentas al milagro. y añadió en seguida—: Perdón. —Cambió bruscamente de tema—. y los días feriados desfilaron como postes de telégrafo a lo largo de una vía férrea. La Navidad fue particularmente mágica. Pero estamos aprendiendo a adaptarnos a este mundo. y yo ya estaba acostumbrada a ver que los niños llegaban a la escuela como una bandada de pájaros brillantes jugando entre las copas de los árboles. Me explicaron que no era posible apresurarse. —No es necesario —replicó el doctor—. — ¿Alguien me creería si hablase? —Quizá no.. quizá sí —dijo Valancy—. no... —Sonrió—. Tenemos que ser común para los Extraños. pues a la gente le parecería muy raro que el arroyo reapareciese de la noche a la mañana. Quizá lo suficiente como para que la gente empezara a curiosear.. Señor. Puedo censurarme yo solo.. embarazada.. —No es nada —dijo el médico—.. ¿Cuánto tiempo dura un pensamiento? ¿Cuánto tiempo se necesita para pensar en el infierno y en el cielo? Pasó ese tiempo y luego el doctor parpadeó y suspiró. Yo me había adaptado con asombrosa facilidad a todas las cosas . La risa se convirtió pronto en sollozos y me avergonzó de veras oírme llorar como un niño. y en el cauce seco apareció un tímido hilo de agua. puedo bloquear en usted la capacidad de hablar de nosotros. Tomé las manos fuertes de Valancy hasta que de pronto me deslicé en una oscuridad bienvenida y cálida donde ya no había pensamientos.. Y cuando nuestra María y nuestro José se inclinaron en éxtasis sobre la cuna. Algún día...— ¿Pueden? —El doctor volvió hacia Valancy una mirada interrogativa—. pero no estoy acostumbrado a hacer milagros en el desierto. Valancy enrojeció. Reí. sin poder contenerme. pero si lo he hecho. Hubo risas y bromas y hasta las casas se adornaron con colores sutiles.. y comprendí que había elegido el camino de los pensamientos para informar al doctor acerca de los problemas locales. Valancy calló. pues mis ángeles volaban realmente y la gloria brillaba también alrededor. — ¿Ha entendido usted entonces? —preguntó Valancy sonriendo. —Sí —dijo Valancy—. Qué día. El doctor rió brevemente. —Por supuesto que no —dijo el médico secamente.. y las niñas habían tejido las vestiduras angélicas con rayos de sol. que se arrodillaban realmente junto a la cuna de Belén. — ¿No es cierto? —comenté sonriendo. Estoy un poco nervioso esta noche. La vegetación creció donde antes sólo había rocas. —Perdón. Pueden —admitió. Y Rudolph. sino sólo sueño. Pero tendría usted que trabajar con una Sensitiva. Fue un año mágico que pasó aleteando rápidamente. —Sí —dijo—. Aun los toscos escalones que llevaban a las casas se cubrieron de vegetación. sentí que las lágrimas me corrían por las mejillas y me las sequé con el dorso de la mano. Estamos aquí en una situación precaria y tardaremos mucho en borrar. ni temor ni necesidad de creer en nada desagradable. tardarán mucho. el reno de nariz roja. con cuernos de cartón que no querían sostenerse derechos. quizá. sentí de pronto que veían realmente. Aunque si lo logré una vez.. Y eso ya sería demasiado. algún día seremos capaces. si ustedes quisieran. —Bueno. lo que ustedes me dijeron acerca de la Morada? ¿Son ustedes extraterrestres? —Sí —suspiró Valancy—. — Si quiere —dijo Valancy—. No tuve intención de molestarlo.

He estado en Cougar Canyon un par de veces tratando de descubrir de qué modo podría yo utilizar a Bethie cuando me encontrase con un caso como el de Abie. mirándolo al fin. —Totalmente. quizá. ¿Se opone usted a ser sujeto de una experiencia? —No. Muy difícil. Muy privados. el único que no había limpiado aún. y dando media vuelta me puse a buscar una caja mejor para guardar los broches. Ahí es donde vive el otro Grupo. ¿Dónde? —le pregunté sorprendida. ¡Doctor Curtis! ¿Qué hace usted por aquí? —De regreso en la escena del crimen. Aún me falta arreglar esto. Vengo de allá. Tuve que pescarlo en la copa de un árbol para examinarlo. La Tierra me pesa cada día más. — ¿Asistirá a algún curso de verano? —No —dije prudentemente—. — ¡Hum! —dijo el doctor no muy convencido. Pensé que quizás a usted le gustaría ir también. —El doctor se encogió dramáticamente de hombros y se rió—. Un fatigado vacío me doblaba los hombros y me pesaba en la mente. Valancy y Karen desearían entrenar a Extraños —el doctor torció la boca—. Lo miré anoche. —Exactamente —dijo el doctor—. No. Pero usted tiene por lo menos la satisfacción de. qué sorpresa! —exclamé enderezando la caja—. preguntándome qué haría con todas las cosas inútiles que yo había acumulado. Me moví.increíbles que el Pueblo hacía a mi alrededor.. La voz del doctor me llegó desde las cercanías de la ventana. es decir desearían entrenarnos a nosotros y ver hasta qué punto pueden transmitirnos sus Dones mediante . y me reí. No podía creer que hubiera sobrevivido a. —Pero está curado. dicen que quienes saben hacen. —Cursos de verano de Cougar Canyon —dijo el doctor sonriendo—. —Nada tan espantoso como usted se imagina. — Se sentó en mi pupitre.. Pero yo no miraba realmente el contenido del cajón. por supuesto —exclamé.. ¿sabe usted? — Me observé atentamente las manos—. —Es difícil. Sentí que me miraba. —Sí —dije serenamente—. El doctor se rió. y añadí en seguida prudentemente—: ¿Qué experiencia? Unos cerebros seccionados desfilaron ante mis ojos. Juré al graduarme que para mí se habían terminado los estudios. —No es justo —murmuré en voz alta— mostrarme el cielo y luego arrebatármelo. Lástima. y los dos supimos que no hablaba de arreglos. por cierto. y me alegraba que me hubiesen aceptado de un modo tan completo. incómoda. todas las cosas tienen un fin. Yo seguiré un curso este verano. —Bueno. —Sí —dije recogiendo una tachuela y pinchándome el dedo—. y una tarde de mayo me quedé mirando el cajón superior de mi pupitre. Pero sentía siempre que se me encogía el corazón cuando los niños me escoltaban a la salida de la escuela. Sin embargo.. —Yo también advierto eso desde hace un tiempo. y quienes no saben enseñan. — ¡Bueno. ¡Hum! —Había diversión en la voz del doctor—. y lo haré cada vez que pase por aquí cerca. ¡Cuando vi cómo bajaba se me heló la sangre! Pero apenas se le ven las cicatrices. — ¡Cougar Canyon! Pero si ahí es donde Karen. pues entonces tenían que caminar. —El doctor sonrió y atravesó el umbral—. Tuve que venir a verlo. Me voy mañana. Karen y Valancy quieren que vayamos los dos.. llamémosle ese trabajo de reparación. ¿no es cierto? Me sobresalté bruscamente volcando la caja que tenía en la mano y desparramando por el suelo unos broches de papel y unas tachuelas. —Algo parecido le ocurrió a Moisés. ¿no es verdad? —dijo el doctor. Al menos esos de venga—todos—los—días—y—aprenda algo. serio otra vez—. No podía dejar de pensar en Abie..

y todos nosotros somos exiliados si quieres mirarlo así. ¿pueden ellos.. —Me gustaría hablar con ella un minuto —le dijo Lea a Karen cuando los murmullos de la gente se apagaron del todo—.. Sabe usted que Bethie es en parte una Extraña. . Pero es cierto.. No necesitas explicarme tus dudas. del tiempo en que trataba de aprender a levitar. y ningún dinero. metiendo de prisa los broches en una caja de bandas de goma—. y se encontrase de pronto ante el escaparate de una panadería. nunca se sabe —continué—. Y ellos nunca juzgan... Melodye. sintiendo que la cabeza me daba vueltas y vueltas—. El Pueblo es el Pueblo. sólo que de algún modo yo sabía lo que iba a venir.. —Se puso seria—.. —Pueden ayudar. ¿qué haría usted? ¿Volverse de espaldas? ¿O apretaría la nariz contra el vidrio para regalarse por lo menos los ojos? Sé lo que haría yo. Busqué mi chaqueta. algún día. —Melodye tocó levemente el hombro de Lea—. —Se rió—.. Y qué es la desesperación sino estar separado de la Presencia. —Quizás hayamos perdido nuestra Morada —dijo Karen con firmeza—.. pueden ellos ayudar de algún modo? No me refiero a algo roto. La puerta de la panadería puede entreabrirse quizás. Apartó los ojos. mentales.. ¿tienes un minuto? ¡Oh. —No creo que debamos hacernos muchas ilusiones —dijo serenamente—.. Hay momentos en la madrugada en que yo tampoco puedo creerlo. Sólo la madre era del Pueblo... ¿Todo eso ocurrió de veras? —Por supuesto —dijo Melodye—. — Quizá —se quejó Lea— si yo hubiese cometido enormes pecados tendría algo grande que hacerme perdonar y empezar así de nuevo. claro.. —Además.. ¡Señor! ¡Qué día aquél! —Melodye —dijo Karen—. ésta es Lea. —Se estremeció—. —Escúcheme —dije lentamente—. —Hola. sí —dijo Karen—. Karen! —Melodye retrocedió entre las filas de pupitres hasta el rincón de Lea—.ejercicios repetidos.. si usted tuviese hambre. —Todas esas naditas tontas que juntas hacen una terrible desesperación —dijo Karen—. Más tarde. Puedo mostrarte mis cicatrices. ¡Fue maravilloso! Sentí que lo vivía todo como la primera vez. Quiere hablar contigo. como si la hubieran sorprendido tendiendo una negra hilera de pecados al sol de la mañana.. a nada visible. Lea. He estado esperando el momento de conocerte. —Sí dije distraídamente. —Y aunque una no pertenezca al Pueblo —Lea titubeó—. — ¿Cree usted.. Lo miré también gravemente sintiendo un nudo en el corazón. un hambre insaciable. —Bueno. pero no hay una galaxia suficientemente vasta para separarnos de la Presencia. Pero aun así se me heló la sangre cuando Abie. atroz. ¿quiere probar? ¿Quiere ir? — ¡Si yo quiero ir! —grité. ¿Puedo? Claro. No me sorprendería que esos conocimientos no puedan transmitirse. amiga Extraña —sonrió Melodye—. esa noche Lea se sentó de pronto en la cama. pero todas esas naditas tontas.. Karen me lo contó. Lea se sintió de pronto avergonzada y al descubierto. El doctor me observaba con atención. —Entonces el Pueblo cree que hay..? —Lea titubeó—. Melodye se alejó. ¿Cuándo salimos? ¿Dentro de media hora? ¿Dentro de diez minutos? ¿Dejó el motor del auto encendido? El doctor me tomó por los brazos y me miró gravemente a los ojos. Arreglan lo que es necesario arreglar y dejan que Dios juzgue.

Nunca será tan impenetrable como antes. ¿Cómo es posible que yo haya pasado por algo tan negro y haya sobrevivido? ¿Cómo puede repetirse otra vez? —Lea se tendió de nuevo en la cama.. ¿Tengo que haberlo visto? —bromeó Karen—. pero no sé todavía dónde estoy o adonde voy. Pero lo dejaremos por ahora.. ¿Ahora? ¿No mañana? ¡Karen! —llamó Lea. Ha desaparecido del todo.. Quizá podamos arreglar que te lleve en brazos de nuevo. no estar donde estoy ahora cuando el dolor vuelva? —Ya estás trabajando en eso ahora —dijo Karen—. Karen regresó al cuarto por la puerta. ¡Bájame! ¡Oh.. aquí estamos para ayudarte. Le pareció a Lea que acababa de deslizarse bajo las aguas del sueño cuando oyó a Karen. ¡Valancy! —gritó Karen lanzándose otra vez por la ventana—. —¿Estás todavía protegiéndome. Y si espero bastante volverá de nuevo. ¡Está aquí! ¡Soy tía! Ahora estoy de veras en camino de convertirme en una antepasada. y moviéndose de nuevo ella misma a través del cuarto en una espuma de frunces de camisa de dormir—. asustada de algo que quizá podía cambiar las cosas. —Pero dijiste que cuando ella volviera. Me parecía que este momento no llegaría nunca. ¿No has mirado alrededor? ¿De qué me hubiera servido? No puedo recordar cómo era.. ¿Qué? —exclamó Karen—. El terror le afinaba la voz — . ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —Karen rió y entró por la ventana. tan pronto como Valancy vuelva. ven y alégrate con nosotros! Tomó las manos de Lea y la alzó sobre la cama.. Pero me trajo de vuelta a la casa. Está en su casa. ¡Oh. lo siento! —dijo Karen soltándola y dejándola caer con suavidad sobre la cama. suspirando. Lea. Karen. —Lea aspiró una trémula bocanada de aire—. ¿Qué bebé? ¿Hay algún otro bebé? —La voz de Karen volvió flotando. girando y volviéndose en el aire. ¡Tengo que vestirme! ¡Ha llegado el bebé! ¡El bebé! —Lea se sentía confundida—. El bebé de Valancy y Jemmy.. El vasto vacío comenzó a ahuecarse en ella. Espero y nada más. somnolienta—: ¿Karen? —¿Sí? ¿Quién era ese hombre de la laguna? ¿No lo sabes? —La voz de Karen sonreía—. y además ese desmayo. ¡No. Hace tanto tiempo que no presto atención a nada. ¿A qué hospital ha ido? —preguntó Lea—. Al cabo de un rato llamó. de lo que sea? —No —dijo Karen—. — ¡Nada pasa! ¡Oh. ¿qué puedo hacer para. los brazos recuerdan. cepillándose el pelo con movimientos rápidos. como si nunca hubiese existido. ¡Está tan excitado que podría ser una niña y un niño. y aun trillizos! Bueno. La negrura era una nube del tamaño de una mano en el horizonte distante. Y si el dolor vuelve. que parecía lamerlos. ¡Es una niña! Por lo menos Jemmy dice que cree que es una niña. ninguno. por supuesto.» —Hay algo que no está bien en esa cita —dijo Lea adormilada—. —Eso me pareció. Quité las defensas esta mañana. apagada—. «Cuando los ojos olvidan. regocíjate en el Señor! ¡Pero qué ocurre! —gritó Lea de pronto asustada. ¿no es así? Tienes que haberlo visto.. buscando a tientas en la oscuridad la llave de la luz—.— ¿Karen? —¿Sí? —La voz de Karen llegó inmediatamente desde la oscuridad aunque Lea sabía que ella estaba abajo en el vestíbulo.. no! —gritó Lea y los pies desnudos se le curvaron como apartándose del aire. ¿No es éste un sitio bastante aislado de todo? ¿Hospital? Oh. . regocíjate. estoy segura. Karen. — ¿Cómo es posible? —murmuró Lea—..

aferrándose a la almohada con las dos manos—. Lea se tendió de nuevo en la cama.. subiendo desde el piso. Lea se enderezó de pronto sobre la cama. unos ojos que se cierran apretados. Jemmy. Es un viaje bastante largo. — ¡Pero algo tan obvio! —protestó Lea. las falditas cortas ondeaban y caían cada vez que ella subía y bajaba. Talco y franelas y piececitos que se encorvan. saliendo de la agonía de la noche oscura. Al fin la niñita aterrizó trastabillando junto a Lea. —Espera. desanudándose. Nacimientos y muertes han continuado como siempre. El Padre guarda Sus ovejas. La oscuridad se derramó como una corriente pesada entrando por la puerta. Lea alcanzaba a ver ahora la expresión decidida y grave de Santhy y casi podía oír los gruñiditos con que dejaba el suelo.. Lea se quedó desconcertada. con alguna ayuda de Jemmy. abrazándola con dulzura. A la hora del alba. —No has notado mucho de nada en los últimos tiempos —dijo Karen. —El caso es que el bebé ha llegado. pues tienen que dejar la Presencia para venir a la Tierra. Valancy estaba allí anoche y no recuerdo. ¡joyas brillantes desprendidas de las hebras del tiempo! Y yo he estado dando vueltas y vueltas como un asno al— rededor de una estaca. olvidando el cepillo del pelo que quedó balanceándose en el aire y al fin salió lentamente por la puerta. . la eterna venida de Dios al mundo. Esa noche Karen y Lea caminaron entre las sombras hacia la escuela. —Karen le hacía señal a alguien—. ¡Karen! —gritó Lea sintiendo que caía otra vez en las tenazas de una nada ilimitada. Ahí viene Santhy. Ya habrá llegado el verano. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! —Haciendo un esfuerzo casi físico cambió el rumbo de sus pensamientos—. marchando como de costumbre.. Hay gente para quienes mis días más negros han sido jornadas de gozosa anticipación. acurrucándose. El aire era límpido y tranquilo. Un nuevo bebé.. Piénsalo un momento. Perdí la primavera. Lea. Karen rió entre dientes y Lea observó asombrada a la diminuta criatura de cinco años que se acercaba describiendo pequeños arcos abruptos. gentilmente. Puedo tenerlo en brazos. —Pone demasiado empeño y le costaría menos caminar —dijo Karen en voz baja—. pensó. Deditos rojos que me aprietan el dedo. Perdí el invierno. pero está tan orgullosa de sí misma.. ¿Cómo lo sabes? —Oh.. Un bebé. En estos días está aprendiendo a levitar. Quiere unirse a nosotras. todos te conocemos. ¿Lloran los bebés del Pueblo? Seguramente. allá voy. ¡Pero no noté nada! —exclamó Lea—. como si fuera a volar.. Duerme. y es el bebé de Valancy. con una expresión que era casi de triunfo.. el bebé de Valancy. ¡Claro que ella no ha estado llevándolo de un lado a otro en una bolsa junto con las agujas y el tejido! » ¡Muy bien. y las voces y las risas lejanas resonaban alrededor. que era ella misma. Me había olvidado. bebé. un nuevo bebé. Lleva tiempo traer una nueva vida desde la Presencia. sin tocar el piso. El bebé. Apuesto que la madre no sabe que está todavía levantada. unas manilas que se cierran apretadas. Un bebé. que llora. Pensé que se había detenido sólo para mí. — Sí —dijo Lea—. Lea la sostuvo. agachándose. Mañana lo tendré en brazos. Y sentiré la continuidad de la existencia. flotando hacia el pasillo. no desmayes! Karen se precipitó fuera del cuarto.Sí. bajando del cielo raso. ¡No! —chilló entre dientes—. ¡No esta vez! —Se volvió cara abajo en la cama. Lea se había dormido. El bebé. Una vida nueva. Pedirnos a Dios por ti en las oraciones de la noche... duerme. —Tú eres Lea —dijo Santhy sonriendo tímidamente. tironeando de una cuerda que me apretaba cada vez más. la cara cada vez más serena. —Oh. El mundo está todavía ahí. Esperémosla.

. El Grupo se rió de la mayúscula en la voz de Valancy. Son felices.. —Valancy —dijo—. pero yo tenía dos.. Subieron los escalones y Lea se protegió los ojos contra la luz brillante que venía de la puerta abierta. La invocación había concluido y Dita ya estaba sentada detrás del pupitre. En un mundo como éste son todavía felices. los otros oían. Siempre hay alguien que escucha. ¡Este lo inventamos! Lea miró alrededor la gente que se reía. ¿Cuál es la razón del milagro? Observó al Grupo mientras Dita comenzaba a hablar y pensó que quizás aquella era la respuesta.—Te traje algo —dijo Santhy.hoy es el tumo de Dita. No estarán todos. A mí no me importa que seas una Extraña. Pero no es necesario que lo devuelvas. las manos juntas y tranquilas frente a ella. —Puedes conservarlo. ella no se lo perderá —dijo Karen—. —Me pregunto sobre esta noche.. La mano de Lea se cerró suavemente sobre el kumatka y las dos muchachas se volvieron hacia la escuela. Quiero decir no vendrá Valancy. —Un kumatka —dijo Lea enderezándose y extendiendo la mano y mirando con curiosidad el resplandor que aumentaba en el crepúsculo.. Santhy abrió los brazos y se elevó ante las narices de Lea. oh. y escuchaban. pero.. —Hablando de pertenecer al Pueblo —dijo Karen—. Sí —dijo Karen—. —Sacó la mano del bolsillo y puso en la palma de Lea un objeto azul verdoso que brillaba pálidamente—. «Y tus niños errarán en el desierto. Eran los últimos en llegar. Nuestro Bebé duerme ahora. En realidad no debiera habértelo dado. expresa mi dolor de entonces. —Lea pudo sentir la respuesta de Valancy—. aunque probablemente no te guste. No importa quien llore. Sabe a sonidos de música.» —Apretó las manos juntas—. Es un kumatka —murmuró—. ¿Tengo que devolverlo? —preguntó Lea. o comértelo. Escuchará desde la casa... pensó. —Mi tema —dijo Dita muy seria— es breve.. Ella sabe mucho de pertenecer y no pertenecer. Te vi caminando por el arroyo y eres hermosa. Es de la fiesta que tuvimos por el nuevo bebé. sí. la mano metida en un bolsillo abultado—. Me lo dieron para que lo comiese. sabes. —Oh. preocupada—. No sólo con los oídos sino también con los corazones. Está prohibido mostrarlo a los Extraños. — Ja! —Respondió triunfalmente la voz de Jemmy—. ya no falta nadie. ¿Puedo conservarlo aunque yo no sea del Pueblo? Karen la miró seriamente un momento y luego sonrió.. se dijo. No dejes que mamá lo vea. ¿Estás lista? —Oh. —Los bebés no se inventan —rió Dita. Cuando cualquiera de ellos lloraba. Yo era una criatura errante aquel día. .

. ¡No tan pronto! —Oh. Suspiré y enderecé el dibujo. Esa tarde me apoyé de espaldas en el borde de la ventana y miré mi clase tranquila. Me ha contado usted tantas cosas estas tres semanas que no me siento realmente una recién llegada. y eso se notaba también en su mirada vacía e inexpresiva. — ¿Cómo lo sabe? Usted todavía no conoce a Stell.. Era aún un árbol con seis manzanas. Poder liberarme. y Bruce no dijo una sola palabra esta semana. Había algo desconectado en ella. excepto sí o no. —Puse cabeza abajo el dibujo y lo miré de nuevo—. no. ¿Cómo podía acordarme? Además. dejé que me arrastraran a la clase.. Suspiré largamente. y yo al fin había mirado. pero apenas un poco.DESIERTO —Bueno. Quiero decir que no había idas y venidas por el aula. tratando de olvidar por qué me había escapado —alejándome casi ochocientos kilómetros—.. La señora Kanz alzó los ojos de las pruebas de ortografía. —Pues yo ignoraba que Stell y Mark no se entendiesen. La señora Kanz me miró entornando los ojos. durante tanto tiempo. esperando encontrar alguna menos prosaica. Oh. La señora Kanz parecía todavía molesta. me lo contó un pajarito —dije animadamente. y sentí la mordedura seca y ácida del polvo.. di la espalda a mis alumnos y dejé que mis ojos subiesen por la pendiente de la meseta Negra que dominaba la escuela. Los viejos peldaños sonaron a hueco bajo mis pies apresurados.. —Junté de prisa mis hojas—. Aliviada. pensé. Quizá. Caramba. —Hubo una escena terrible la noche de la partida —dije—. tratando de olvidar todo aquello que amenazaba mi cordura. ¿A la deriva? Oh. todo lo que podía arrancarme a la realidad y dejarme a la deriva. tratando de olvidar. aunque no sé cómo ella. ¡Liberarme! Metí los dedos en la tela de alambre que protegía el borde inferior de la ventana y tironeé.. Al pie de las escaleras. y estornudé. una niña de doce años que zumbaba brevemente ante un estímulo y callaba. Pensé que usted conocía los secretos de todos —añadí para tranquilizar a la señora Kanz—. ¿cómo espera que Bruce atienda a la ortografía cuando está tan preocupado por su padre? Hojeé las hojas del dibujo de mis jóvenes alumnos. No tan pronto. Sólo tres semanas y ya casi me había traicionado. Se lo habrá oído a Marie. Las uñas chillaron y el viejo alambre cedió. Suspiré. Lo había visto inclinado sobre el libro de lectura tan silenciosamente. con las infatigables dínamos de los jóvenes. El recreo ya está terminando. Yo no tenía por qué saber nada de él. el niño no era de mi clase. esplendor. la ola de niños que llegaba del patio me inundó hasta la cintura. . zumbaba otra vez y callaba. Bruce estaba medio muerto de miedo. pero cada uno de los niños zumbaba a su modo. — ¿Un pajarito? Por favor. esos pensamientos casi siempre inarticulados de los niños felices. Todos menos Lucine.. Tengo que adelantarme a esos demonios. —Quizá —dije—. ¿Preocupado por su padre? ¿Por qué lo dice? Bueno está casi enfermo pensando que su padre no volverá esta vez. pero yo me sentía todavía más hueca. moviendo mis papeles para ocultar el temblor que me sacudía las manos.

y qué cargas habría tenido que soportar aquel hombre. Recité tablas de multiplicar hasta que me descubrí diciendo: seis por nueve. al pie de la enorme chimenea de ladrillos. disfrutando intensamente cuando tenía que trepar con el cuerpo inclinado. Ni gustaba colores. pero era muy fuerte y pesado. Yo. alcé el clavo y lo limpié con el pulgar. lo sabes. que caía automáticamente en los mismos pensamientos. Conté postes de teléfono. Me pregunté qué habría sostenido en otro tiempo. Es siempre así. atravesé el puente destartalado que ya nadie usaba. y empecé a remontar la colina. Pero esto es estar loca.. Ni sentía las emociones de los demás como cosas vivas.. No creían sino a medias que la muerte pudiera desembarazarlos de ese fardo. me tomé de un matorral de manzanitas y alcancé la cima. La otra gente no veía sonidos. Si mantenía la cabeza ocupada con algo. tenemos problemas. le gritó una parte de mí misma a todo el resto. luego de tanto tiempo. Hice pasar con tanta rapidez a los niños de la lección de ortografía a la de aritmética que Lucine se contuvo precariamente al borde de las lágrimas hasta que empezó a funcionar de nuevo y comprendió dónde estábamos... ¿Estaba yo realmente loca. Aquella pequeña torpeza me había agrietado la apretada coraza protectora. Cerré los ojos y dejé que el sol de las últimas horas de la tarde rne empapara el cuerpo. Me acurruqué allí. hasta ahora. en el afloramiento de esquistos. éste es el signo del dos. y sintiendo cómo se me desentumecían los músculos. abrazada a mis piernas y apoyando la mejilla en las rodillas. o volviéndome loca. repliqué. Estaba cubierto de herrumbre. Hiciste una promesa. Si esto pudiese ser todo.Me senté en mi escritorio y busqué mi pañuelo y estornudé otra vez tratando de ignorar esas punzadas y tirones demasiado conocidos. Todo lo que yo había apartado tan resueltamente estaba empujando y tratando de salir.. dijo otra parte de mí. se me aceleraba el corazón. Mirando atentamente donde ponía los pies. La carne no era para ellos un apretado chaleco de fuerza.. Sí. Si una no necesitase hacer otra cosa que sentarse al sol y absorber calor.. noventa y seis. Abandoné entonces y abrí las esclusas de par en par. descubriendo un viejo clavo cuadrado y un pedazo de vidrio verde. Reflexioné un instante y dibujé una marca en el suelo. tratando de simplificar este complicado problema. apoyándome en cualquier parte. Tomé la rama con la otra mano. . Hiciste una promesa y ahora cedes otra vez. Sentí que la primera gota lenta se me metía en el cuerpo por la grieta de la armadura. o en camino de volverme loca? Así parecía. Pero sin embargo. pensé tristemente. Me detuve brevemente en la pensión para dejar mis cosas y luego seguí mi camino a lo largo de la vía férrea hasta el pequeño valle. Creo que estoy cuerda. y mientras me vigile la lengua no parezco demente. Durante un largo y venturoso momento dejé que esto fuera todo.. me dije. Sólo ser. Jadeando. Primer punto.. grité en silencio. ¡Todos lo saben! De cualquier modo soy siempre yo. vivo en sociedad y no echo espuma por la boca. Todo esto era un inventario terriblemente familiar. Tiré a lo lejos la rama e inclinándome hacia adelante tracé una marca en el suelo con el clavo. y el aire de los pulmones me golpeaba la garganta. Podría prometer también que no respiraré más. me entretuve en contar mis pasos entre los viejos edificios. No actúo como una demente. ¡Yo! Basta de discusiones. y si la mano que lo había clavado sería polvo ahora. quizá pudiese alejar a los fantasmas que me acosaban. sin preguntas. Pero al fin el asalto comenzó otra vez. Petie —dije tratando otra vez de horadar la pared que Petie había levantado contra los nombres de los números—.. Después que se fueron los autobuses escolares guardé rápidamente mis cosas y descendí la pendiente empinada de la loma donde se elevaba el deteriorado edificio escolar y caminé por las vías del tren hasta la casa de pensión. pero éste es el nombre del dos. —Atiende. y yo me lo había repetido tantas veces. pero sin perder de vista los rieles brillantes a uno y otro lado. Arranqué una rama de manzanita y limpié el suelo de grava. Esto es demasiado serio para pelearse.

mientras yo me deslizaba resbalando por la escarpada pendiente. sobre la grava.Segundo punto. ¿qué? Crucé la segunda marca con otra dibujando una X. —Bueno —dije en voz alta—. y durante un tiempo que no acababa nunca busqué algo que me . ¿Qué me pasa entonces? ¿Dejo que la imaginación me arrastre? Hice unos agujeros alrededor de mi segunda marca. Me estremecí recordando el pánico ciego y la huida que me había traído a Kruper y sentí que perdía toda posible alegría.. algo más allá de. grité dentro de mí. avergonzada. Me pregunté inmediatamente si esto de hablar sola no sería un signo de desequilibrio. el peso del mundo. buscando una entrada. No. ¿Quería yo realmente hacer algo? ¿Debería detener todo esto con un acto de voluntad? ¿Podría detenerlo? ¿Deseaba detenerlo? Me puse de pie y corrí alrededor del cañón de la chimenea enorme. sumergiéndome. Tenía una belleza desolada. Me froté suavemente la nariz. Alguien había salido de detrás de la chimenea. La sal de las lágrimas me quemó las mejillas arrancándome a mi rebelión. La criatura que estaba allí arriba no sería tan insensata como para ponerse a escuchar los sonidos de unas viejas penas.. Antes que yo pudiera verlo. me escapaba dejando todo atrás. ¿Llorando? ¿Gimiendo contra el viejo muro de una fundición a causa de un sueño? Excelente actitud en una maestra responsable. Siempre ocurría lo mismo. — ¡No! —grité en el silencio perturbado por el viento. Aquella noche. no. algo que estaba más allá de la simple imaginación. Mi agitada respiración gritaba no. no. Me escurrí al fin en el interior sombrío de la chimenea y me apreté contra los ladrillos gastados y negros mientras mis músculos en tensión gritaban no. me volví y miré la cima de la loma. a pesar de mi carrera de la tarde. no. y en seguida me di vuelta. una figura iluminada por la luz del horizonte. ¿Qué haré entonces? ¿Seguiré así. sobre las ruinas de la fábrica. apenas alcancé a deslizarme bajo una delgada película de sueño. Pero la pesada carga de la raza me ataba las rodillas y los codos mostrándome la realidad del mundo. La chimenea era una silueta negra en el cielo. y la contemplé un instante. Llegué al sitio donde el peñasco de granito rosa se unía al camino. era algo más. Mis pies gritaban no. y no sentiría nunca más. Me eché a llorar débilmente apoyándome en la pared curva y rugosa. y mi grito subió y resonó en la oscuridad de allá arriba.. Me enjugué las mejillas con un pañuelo y sonreí al verlo sucio de hollín. Me hundí rápidamente en las sombras de los álamos que bordeaban el arroyo al pie de la colina. donde ninguna lengua chasquearía reprobando mi indigna conducta. diciéndome que me escapaba. y de pronto un golpe me hizo trastabillar. ¡Podría!. Sería mejor que volviese al hotel y me lavara la cara antes de sentarme ante la inevitable sopa de ajo. es un modo tan eficaz como cualquier otro de sacarme de la cabeza tantas tonterías. Si no tuviese miedo podría subir como ese grito y estallar en el cielo como un fuego de artificio. Salí trastabillando a las aguas rojas del crepúsculo y descendí por el sendero tortuoso que no había querido tomar para llegar a la cima. y casi pude ver cómo ascendía por la chimenea hacia el disco pálido del cielo. Cuando salí de las sombras del bosque. eché a correr. luchando como hasta ahora? Negaré y negaré hasta que un día. Pensé un momento si el sonido de mi pena no resonaría aún en la chimenea. nunca más. desafiante. Aquí. me ayudó a levantarme y me dejó sola otra vez en la oscuridad. Borré las dos marcas y oculté la cara otra vez en las rodillas y esperé a que la marea oscura del miedo subiera en espumas de desesperación. De pronto vi otra sombra allí arriba. Quizá con bastantes lágrimas y corriendo con bastante rapidez podría ganarme una noche sin sueños. donde nadie podía verme. Había chocado con alguien..

arrastrara a un olvido completo. Luego sentí la punzada y los tirones familiares, y me arrojé al sueño, sin esperanzas, impetuosamente, a ese sueño que había llegado a ahogar en mí. No hay palabras que puedan describir mi sueño. Fue para mí, como siempre, la alegría de un nacimiento, una expansión del alma, una libertad sin límites, una cálida posesión. Me abracé a mi emoción —oh, tan apretadamente— sabiendo que de pronto despertaría... Y el despertar llegó, derribándome, envolviéndome en la carne, quitándome la alegría, limitándome el alma, cerrándome el cielo, y abandonándome en el resplandor acuoso de la mañana, tan abatida otra vez que no me sentía con fuerzas para abrir los ojos. Acostada, con el cuerpo rígido bajo el peso de las mantas, junté todos los fragmentos de mi sueño en un nudo pequeño y duro que guardé en el rincón más oculto de la conciencia. Quédate ahí, quédate ahí, quédate ahí. Me decidí al fin a desayunar y bajé al comedor de la pensión. Yo era la única pensionista mujer y siempre me desconcertaba un poco entrar en el comedor, pues todas las manos y todas las mandíbulas se inmovilizaban entonces esperando a que yo encontrara un sitio libre, y luego volvían juntas a su trabajo como a una voz de orden. Pero esta mañana era más tarde que de costumbre y el salón estaba casi vacío. —¿Cómo está esa vieja chimenea? Marie me sonrió con la mitad de la boca mientras me ponía un plato de bizcochos calientes debajo de las narices y lo dejaba caer desde una altura de quince centímetros. Reprimí un sobresalto cuando el plato golpeó la mesa, pero no pude ignorar completamente la huella negra de un pulgar en el borde de loza. Marie sacó el trapo grasiento que le colgaba como siempre del bolsillo del delantal y frotó un rato hasta que ya no pudo distinguir los arabescos. —Era interesante —dije, sin tratar de saber cómo sabía ella que yo había estado allí—. Kruper debe de haber sido toda una ciudad cuando esa fundición marchaba aún. —Desde que estoy aquí es un pueblito moribundo —dijo Marie—. Se cumplirán treinta y cinco años en febrero y nunca he estado en la chimenea. No he perdido nada. —Se rió en silencio pero abriendo la boca, y yo tuve que retener el aliento esperando a que se disipara el olor a ajo—. Pero sé que algunas muchachas subieron y se perdieron... ¡Marie! —El viejo Charlie aulló desde el otro extremo de la mesa—. Deja esa charla y tráeme algo que comer. Si la maestra quiere subir a esa vieja chimenea, déjala. Quizá le gusta. Un modo tonto de perder el tiempo —murmuró Marie y se alejó hacia la cocina balanceando su cuerpo macizo sobre unas piernas increíblemente delgadas. —No le haga caso —dijo el viejo Charlie—. Para Marie no hay otra diversión que la cerveza. No es usted la única a quien le gusta mirar esas cosas. Aquí lo tiene a Lowmanigh. Subió ayer mismo... — ¿Ayer? Alcé las cejas, subrayando involuntariamente mi pregunta, y miré al hombre sentado ante mí. Nunca había hablado con él. El viejo Charlie me lo había presentado la primera noche, probablemente, pero yo me había olvidado de todos los nombres excepto el del mismo Charlie y el de Severeid Swanson, un mexicano de frágil aspecto, que parecía subsistir gracias al ajo y al vino, y que siempre parpadeaba cuatro veces cuando yo le sonreía. —Sí. Lowmanigh me miró desde el otro lado de la mesa sin endulzar el monosílabo con una sonrisa. Me estremecí cuando advertí en aquel rostro la dureza pálida de las almas transidas. Yo conocía muy bien esa expresión. Así me había visto en el espejo esa misma mañana antes de firmar mi tregua con el día. El hombre debió de leer algo en mis ojos, pues la cara se le cerró de pronto en una máscara curiosamente neutra, y al fin dijo con un esfuerzo evidente: — Miré la puesta de sol desde arriba. Me toqué maquinalmente la nariz dolorida. —Oh.

¡Puestas de sol! — Marie había vuelto con el líquido barroso que ella llamaba café—. Siempre perdiendo el tiempo en tonterías. ¿Cómo pasa usted el tiempo? —dijo Lowmanigh, muy dulcemente. La mente de Marie saltó como un pájaro asustado, y gritó: ¡Esperando a la muerte! —Bebiendo cerveza —dijo en voz alta, con una sonrisa que le torció la mitad de la cara—. Cuatro cervezas valen una puesta de sol. Dejó la cafetera en la mesa y regresó a la cocina dejando detrás de ella un dolor neto, agudo, casi visible. —Vosotros dos estáis hechos para entenderos —dijo la voz profunda de Charlie—. Os gustan las mismas cosas. Low es el mejor conocedor de ruinas y depósitos de chatarra de todo el condado. Colecciona pueblos fantasmas. —Me gustan los pueblos fantasmas —le dije a Charlie tratando de colmar el vacío inmenso que amenazaba a la conversación—. Yo misma tengo toda una colección. — ¡Ya ves, Low! —atronó la voz del viejo—. Ésta es tu oportunidad. Acompañas a una linda maestra y le muestras los alrededores. Juntos podrían coleccionar todo un condado! El viejo Charlie se atragantó con la broma y el último sorbo de café y dejó el salón tosiendo ruidosamente en su pañuelo. Lowmanigh y yo nos habíamos quedado solos. El sol temprano de la mañana se deslizaba oblicuamente por el piso de madera pulida, tropezaba con las sillas despintadas, se subía al espejo monumental que colgaba sobre el aparador, y se derramaba brillantemente sobre el mantel encerado que cubría la enorme mesa de roble. El silencio creció cada vez más hasta que al fin dejé mi tenedor, temiendo golpearlo contra el plato. Me quedé sentada medio minuto, estupefacta, sintiendo unos pesados latidos que crecían lentamente hasta que casi oí una pregunta: ¿Juntos? ¿Juntos? ¿Juntos? Los latidos se quebraron en la cima de una ola de desolación y salí tambaleándome del comedor. No, susurré mientras me apoyaba en el pasamanos al pie de la escalera. No voluntariamente. ¡No tan temprano! Me dominé, con un esfuerzo. Deja esas extravagancias, me dije. ¡Podrías volver loco a cualquiera! Empecé a subir la escalera, resueltamente, y me detuve con un pie en el aire. No era mi desolación, grité en silencio. ¡Era su desolación! Qué raro, pensé al despertar a las dos de la mañana recordando la desolación. Qué raro, pensé cuando desperté a las tres, recordando el latido: ¿Juntos? Muy raro, pensé cuando me desperté a las siete y dejé somnolienta la cama, habiendo olvidado completamente el aspecto de Lowmanigh, pero guardando de él un recuerdo más perfecto que una imagen de tres dimensiones. La escuela me mantuvo ocupada toda la semana siguiente, tanto que casi olvidé el viejo dolor familiar. Nada turbó esa calma hasta el viernes, día en que todo pareció estallar en el patio de recreo. Ante todo tuve que separar a Esperanza de Joseph. La niña lo había tomado por el pelo y le aplastaba la nariz contra la grava. Se parecía muy poco, en verdad, a su tío Severeid mientras se sacudía el polvo del delantal con aire desafiante. — ¡Me llamó mexicana! —gritó—. ¿Y qué? Soy mexicana. Estoy orgullosa de ser mexicana. Lo golpearé mucho más si me llama otra vez así, como si mexicana friese una palabrota. Estoy orgullosa de ser... —Claro que estás orgullosa —dije, ayudándola a sacarse el polvo—. Dios nos hizo a todos. ¿Qué importan los nombres! —Me volví repentinamente hacia Joseph, sobresaltándolo—. Joseph! ¿Eres una niña? ¿Eh? —Joseph parpadeó sin comprender, y al fin dijo indignado—: ¡Claro que no! ¡Soy un chico! Joseph es un chico! Joseph es un chico! —le dije, riéndome—. ¿Ves qué tonto suena? Somos lo que somos. Es tonto pelearse por estas cosas. Ve a lavarte, y tú también, Esperanza. Los empujé hacia la escuela y suspiré mirando cómo se iban.

Salí otra vez al patio al oír una burlona salmodia: — ¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca! El grupo giraba bailando alrededor de Lucine, apoyada de espaldas en un árbol seco, el único que quedaba en el patio. Miraba a todos inexpresivamente, boquiabierta, pero unas llamas humeantes comenzaron a arder ya en ese vacío y noté que se le endurecían los músculos. — ¡Lucine! —grité, y el miedo me dio alas—. ¡Lucine! Me adelanté a mí misma y alcancé la mente homicida y pesada de Lucine. Traté de calmarla hasta que pude llegar a ella. — ¡Basta! —les chillé a los niños—. ¡Váyanse todos! Mi voz traspasó la mente del grupo, que se disolvió en individuos asustados. Tomé las dos manos de Lucine y durante un angustioso momento se las apreté firmemente. En seguida Lucine lanzó un grito —un grito curiosamente animal— y con un movimiento del brazo me arrojó lejos. Dominada por un desordenado terror, me sentí arrastrada —casi físicamente, me parece— al delirio irracional de la furia y la confusión de Lucine. Me perdí en laberintos de pensamientos insensatos y en terribles callejones sin salida, y hasta hoy no puedo recordar qué ocurrió realmente. Cuando la marea roja se retiró, y llegó ese momento triste y gris en que algo se desconectaba en Lucine, me encontré sentada contra el viejo árbol, con la cabeza de la niña en las rodillas y su boca húmeda apretada a mi palma. Las lágrimas de Lucine me mojaban el vestido, y sentí el peso de su cuerpo, tan joven y tan fatigado. Se le movieron los labios. —No estoy loca. —No —dije, alisándole el pelo y asombrándome al descubrir una marca roja en el dorso de mi mano—. No, Lucine, ya lo sé. —Él también lo hace —murmuró Lucine—. Casi lo puso derecho, pero se le torció otra vez. —Oh —dije tratando de tranquilizarla y arqueando el hombro para poner en su sitio la manga desgarrada de la blusa—. ¿Quién? Lucine alzó un poco la cabeza y sentí que se retiraba otra vez a sí misma, tan claramente como si un conejo asustado tratara de escapar a la presión de mi mano. Yo, pensé. Yo sin mi coraza. Interiormente estoy tan enferma como Lucine, pero mi enfermedad es aceptada como normal. Me gustaría poder desconectarme también algunas veces y no soñar nunca más que vivo sin impedimentos... dulce sueño imposible. Lucine tomó aliento —una larga inspiración húmeda— y se sentó volviendo hacia mí una mirada inexpresiva. —Tiene la cara sucia —dijo—. Las maestras no tienen la cara sucia. —Es cierto. —Me incorporé lentamente e hice girar la falda poniéndola en su posición normal—. Será mejor que vaya a lavarme. Ahí viene la señora Kanz. En el otro extremo del patio los alumnos se habían puesto en fila para volver a las aulas. Los empujones se sucedían allí como siempre, pero nadie miraba hacia nosotras. Si supiesen por lo menos, pensé, qué cerca han estado algunos de la muerte... —He sido mala —lloriqueó Lucine —. Me he peleado otra vez. — ¡Lucine, niña mala! —gritó la señora Kanz cuando estaba bastante cerca de nosotras —. Te has peleado de nuevo. Te pasarás el resto del día en penitencia. ¡Qué vergüenza! Lucine se fue llorando hacia el edificio. La señora Kanz me miró largamente. Bueno. —Se rió, excusándose — . Debí haberla advertido a propósito de Lucine. Déjela sola cuando tiene un ataque. No trate de detenerla. ¡Pero iba a matar a alguien! —grité, sintiendo otra vez aquella sed de sangre y oyendo el crujido de los huesos. —Es muy lenta. Los otros chicos siempre se le escapan. —Pero un día...

. —Oh —Lowmanigh miró alrededor inexpresivamente—.. Me miré el hombro. ¡Bueno! Eso es lo que se llama inventarse dificulta des. A veces es necesario ser duro. tratando de ver si lo tenía amoratado. Pero sigo pensando que se podría hacer algo por Lucine. pero es así —dijo la señora Kanz—. pensé en Lucine. no me dijo nada. me dijo. ¿Quién qué? —preguntó la señora Kanz por encima del hombro mientras volvíamos a la escuela. La señora Kanz me miró fríamente. Aunque es realmente una lástima que se le haya estropeado esa hermosa blusa. Me encogí protegiéndome de la invasión helada de la memoria. ¿Qué significa? Parece que la señora Kanz no es infalible. Perdita Verist. —No está bien. Nadie puede ayudarla. Oh. ¿no me recuerda? Lowmanigh se volvió con brusquedad. —No lo diga tan alto —advirtió la señora Kanz—. sí. ¿Qué hace aquí? Tuve un presentimiento y un dedo frío y helado me corrió por la nuca. —La señora Kanz se rió—. ¡Bueno! —Me puse la blusa nueva y me la abotoné nerviosamente—. — Sí —suspiré—. Olvide el asunto. confusa.? Recordé demasiado tarde cómo Lucine se había recogido en sí misma y me atraganté con las palabras. —Si quiere hablarme de Lucine —dije. ¿Pero por qué deja usted que los niños se burlen de ella? —protesté. y las tablas crujieron bajo mis pasos. Es bastante por hoy. Los niños son siempre crueles con quienes no son como ellos. Me sacudí el polvo de las ropas. Ya de vuelta en la pensión. Lowmanigh y Lucine. Soy Perdita. cuando la puerta se abrió y se cerró bruscamente. No es posible que todo marche bien. cuando me repuse de mi sorpresa—. Si se pone peligrosa. — ¿Quién es usted? —me preguntó con una voz ahoga da—. Oh. ¿Quiere esperarme ahí? Todavía me arden las orejas por la conferencia que me dio Marie a propósito de «la conducta de una mujer decente en este hotel». ¿Fue una crisis? Creí haber asegurado. la nueva maestra. sí.. La puerta del cuarto se cerró en silencio antes que yo me diera cuenta de que se había ido. habrá que alejarla. pero el hombre no se volvió. . — ¿Entonces quién. estaré en el porche dentro de un minuto.. Me acerqué a la mesa y el banco polvorientos que amueblaban el balcón.La señora Kanz se encogió de hombros. sintiendo un espasmo de cólera. pensé. ¿No lo ha observado nunca? — Sí —murmuré—. Me metí los faldones de la blusa en la falda y me pasé un peine por el pelo. La dureza es un recurso. ¿Qué puede ser eso? Lowmanigh estaba apoyado en la baranda del balcón despintado que corría por dos lados de la pensión. Me volví y vi a Lowmanigh que jadeaba apoyado de espaldas contra la puerta. Estas cosas ocurren en las mejores familias.. ¿Quiere salir y probar otra vez? ¿Se lastimó Lucine? — Lowmanigh se echó el pelo hacia atrás descubriendo la frente húmeda—. —Nos presentaron —dije débilmente—. sí. —No los dejo. La madre se ha roto la cabeza tratando de encontrar un modo de ayudarla. sí. quizá Lucine hablaba de Lowmanigh. Casi lo puso derecho. No lo oí llamar. Dejé lentamente el peine. Oh. a la altura del segundo piso.. ¿Quién se ocupará de ella? —dije con tristeza. pero se le torció otra vez. mientras me sacaba la blusa desgarrada.

según la señora Kanz —dije en voz baja—. — Sí. magnífico. hasta que al fin.. Lávense las manos. Lucine y usted. Yo no la traiciono. —Marie torció la mitad de la cara en una sonrisa de satisfacción—. apartando bruscamente la mano y poniéndome de pie—. — ¡Fue terrible! Sentí que la voz de Lowmanigh entraba claramente en mí. asombrada. la suciedad. La escucho interiormente. mirándonos fijamente. Aproveché ese lujo desacostumbrado para librarme del polvo. entre dos respiraciones. no —exclamé. Marie —dije—. Y no sola. —Lucine —dije al fin—. —Lo que podía esperarse. hasta descubrir en los intersticios del alma unos brillantes fragmentos de simpatía. Ya me había dado cuenta de que era usted una chica decente. ¡No! —No. encontré de pronto un modo de que Lowmanigh saliera de mí y parpadeé ante la oscura soledad. Miré largamente la imagen temblorosa de mi rostro reflejado en el agua. —No. Embarazada. Alguien gritó en mí: ¿Cómo yo? ¿Cómo yo? Pero otra parte de mí apretó el botón del pánico.. cuando de pronto. Lo creía distinto a esos demonios que van de aquí para allá persiguiendo faldas en pleno día. y la otra banda de ondas ya no me golpeó los huesos. Sabe tan bien como yo que no puede escaparse. Había alguien en el hotel. sutilmente. ¿Quién es usted? Nos quedamos de pie. ¿Lowmanigh había venido a la ciudad? ¿Estaba . me avergüenza usted. ¡Bravo! —La exclamación indignada de Marie me sobresaltó—. ¡No sola! A la mañana siguiente recorrí los cuarenta kilómetros que nos separaban del pueblo y descendí en un hotel que tenía agua corriente y hasta baño privado. Juntos retrocedimos por el vacío grisáceo hasta que Lowmanigh fue Lucine y yo fui yo y me vi dentro de Lucine y enrojecí sintiendo el cariño apasionado y agradecido que ella me tenía. ebrio como siempre. ¡Hizo muy bien en echarlo y en cantarle cuatro verdades! Mi risa interior entreabrió una grieta en la barrera y me encontré con la diversión de Lowmanigh. magnífico. —Se alejó por el pasillo y oímos cómo gritaba en la escalera—: ¡En pleno día! La cena estará lista en un periquete. diversión y encanto. gritó una parte de mí misma. Lowmanigh. Traté de detener una sierra circular. Lowmanigh y yo nos reímos juntos y fuimos a lavarnos las manos. Un poco más tarde miré cómo el agua de la palangana de loza se me escurría entre las manos y sentí en mí un luminoso calor al comprender que yo me había reído interiormente por primera vez en muchos años.—No hable en voz alta —dijo—. ¿Pero cómo lo sabe? ¿Quién es usted? — ¡Basta! —grité—. — ¡Fuera! —grité—. descubrí que mi atención era un alambre tenso y me senté muy tiesa en la cama. ¡Fuera! Pero Lowmanigh estaba dentro de mí y yo era Lucine y él era yo y teníamos el horror rojinegro en las manos desnudas y lo mirábamos. nos dejamos caer en los desvencijados asientos. ¡Vi cómo entraba en el cuarto de usted sin llamar y cómo cerraba la puerta! —Marie estaba ahora horrorizada—. retrasando el momento en que debía prepararme para tomar el autobús de vuelta a Kruper. Tragué saliva con dificultad y me quedé contemplando a Severeid Swanson que volvía al hotel. Me recosté a descansar en esa tarde de domingo. ¡Y quédese fuera! —grité. inmóviles. Recordé sus advertencias. — ¿Fue terrible? Lowmanigh hablaba ahora en voz alta. zigzagueando a lo largo del camino. —La voz de Lowmanigh era dulce y tierna—. —Bueno. las torpezas y la fealdad con que me había impregnado Kruper. Junté las manos sobre el regazo y sentí que el nudo duro y apretado que tenía dentro empezaba a fundirse y desatarse hasta que al fin me volví hacia Low y le tendí la mano y me encontré con la de él que buscaba la mía. suspirando juntos. No tiene derecho a escuchar de ese modo.

Pero mientras yo iba hacia la ventana para mirar otra vez la hermosa pendiente del cañón arbolado. Lowmanigh entró en el hotel. —Me gustaría encontrar un trozo de vidrio de fundición —dije—.. — Lowmanigh maniobró hábilmente mientras salíamos del puente de Lynx Hill y subíamos la cuesta empinada—. Un día le mostraré mi colección —dijo Lowmanigh—. Magnífico. ¿Cómo llegó a aficionarse a los pueblos fantasmas? ¿Por qué lo atraen? ¿La historia? ¿Los tesoros? ¿Una curiosidad mórbida? —Los tesoros. —Me interrumpí.. — Lowmanigh me sonrió con simpatía—. una curiosidad mórbida. Yo podía sentir cómo Lowmanigh estaba pendiente de mí a pesar de mirar atentamente el camino. No tengo prisa. En verdad —siguió diciendo—. o lo que era Machron. Al fin Lowmanigh hizo girar el volante y las ruedas resbalaron en la arena hasta que nos detuvimos bajo un nogal sombrío. delicadamente. podrá añadir esto a su colección. Quedará usted maravillada. El tono de la voz de Lowmanigh interrumpió la conversación. la historia. los engranajes empezaron a moverse otra vez en el mundo cotidiano. Lowmanigh sonrió débilmente. y turbado.. Tengo que detenerme en un sitio. Quizá. ¿Mi colección? —le pregunté asombrada. Sentí que Lowmanigh me había apartado y tuve que hacer un esfuerzo para no dejarme arrastrar por un enojo insensato.. — ¿Estaba usted aquí hace un minuto? —le pregunté a boca de jarro. Quizá sea interesante explorar el sitio. —No. y dije—: ¡Bueno! ¿Qué hace usted aquí? —El viejo Charlie me dijo que usted había venido al pueblo y que si yo venía a buscarla le evitaría el viaje de vuelta en autobús. No había nada raro en el vestíbulo. —Lowmanigh sonrió débilmente—. —Lowmanigh saboreó lentamente las palabras y aprobó cada una con un movimiento de cabeza—.. divertido otra vez. Un cañón estrecho. imaginando largas horas de espera mientras Low. Un obstáculo en la ruta —una piedra y una rama de pino— interrumpieron a Lowmanigh. pero al fin me dijo que usted estaba en este hotel. — ¿Investigando? —Investigando. En seguida. . Me puse a observar las maravillosas pendientes boscosas que estrechaban más y más el camino. Basta con que esté en la escuela a las nueve de la mañana.aquí? Me levanté y me vestí rápidamente. poco más allá de la meseta del Oso. —Lowmanigh parecía divertido. Es usted muy nueva aquí. Estoy investigando. apoyándome deliberadamente en lo que Lowmanigh quería decirme—. Estaba aún intacta—. sintiendo que algo fluía y refluía en mi interior. Al fin bajé al vestíbulo. Creo que las tres cosas.. Marie no me tiene confianza luego que yo mostré mi verdadera naturaleza el viernes. — ¿Quizá qué? —pregunté. —No —le dije. — ¿Tiene usted zapatos para caminar? El auto no pasa de aquí. atestado de muebles elaboradamente rústicos. ¿Por qué? —Pensé. Pasaremos por Machron. Me detuve en el último escalón. —Su colección de pueblos fantasmas. apoyado en una cerca. suspirando interiormente. Tengo un hermoso jarrón púrpura en mi cuarto. — ¡Pero yo no había elegido ningún hotel cuando salí de Kruper! — Caramba. ¿no es cierto? ¿En marcha? —Espero que no tenga prisa en llegar a Kruper. Probé otra vez la barrera de mi mente. cambiaba largos silencios y breves observaciones con algún minero conocido—... Me senté luego en el borde de la cama. Pero le falta un pedazo en el borde.

General Electric —dijo con una voz apagada—. perdido también. Mi gente murió. Me extravié y no encuentro el camino de vuelta. — Lowmanigh se interrumpió bruscamente. ¿Qué cañón? —repitió Low—. Descendí el terraplén y corrí por el sendero de piedra. la pregunta me quemaba. Encontré a Lowmanigh junto al vaciadero del pueblo. Lowmanigh me miró sin verme. pero yo tengo que volver. y papá que decía: «¡Recuerda! ¡Recuerda la Morada!». que conservaba aún un ojo de color azul lechoso. Me hubiera gustado saber qué buscaba allí.! —gritó—. Por lo menos en qué región del Estado. El cañón donde ahora vive el Pueblo. Yo había caminado a lo largo de lo que había sido una calle y me metí en otra cuando advertí que Lowmanigh no estaba conmigo. El cañón donde se establecieron luego de la caída de la nave. resistiéndose tercamente a la destrucción. ¿Qué cañón? —pregunté. Lowmanigh se agachó y golpeó el suelo pedregoso con el puño—. Algunos edificios estaban todavía intactos. Hubo un accidente. El coche nuestro trató de volar poco antes. ¡Nada! ¡Nada! ¡Un callejón sin salida! Le tomé las manos y les quité el polvo y luego le apreté con un pañuelo la herida del pulgar. El cañón que no . Allí está mi gente. y escarbando entre los escombros con la mano desnuda sentí una viva alegría cuando pensé que había encontrado un azucarero. un choque con otro auto que venía de Chukawalla. No hay nada parecido en este pueblo. y luego el fuego los consumió. Nos pusimos de pie sin que Lowmanigh se diera mucha cuenta y lo llevé hasta las ruinas de un muro que sostenía un saúco raquítico. pero yo recuerdo más. impidiéndole caer en el cañón. Conociendo las costumbres solitarias de los aficionados a los pueblos fantasmas. En las piedras se veían aún las huellas de las altas ruedas de los vagones de minerales que habían pasado por allí hacía medio siglo. y por qué yo y él nos hablábamos interiormente. Esto puede ser un pedazo. mientras yo caminaba entre las ruinas de la ciudad muerta. ¡Mire! ¡Mire esta forma! ¡Mire estas líneas! —Acarició amorosamente la belleza lisa del metal—. Lo dos perdidos. — ¡Quizá. no traté de encontrarlo. Dio vuelta al metal y lo miró de cerca—. Nos sentamos allí y durante un rato el océano de desolación de Lowmanigh nos sacudió mientras yo pensaba: él también. En sus días de esplendor. Estaba lamentando una uña rota cuando de pronto un grito silencioso me golpeó el pecho con una fuerza inesperada que me dejó jadeando. y en unos muros asaltados por matorrales se veían aún los marcos de unas puertas. Pero aun tácita. — ¿Qué perdió? —le pregunté. Recuerdo que mi padre trató de esquivar el otro coche y que mamá tomó un puñado de sol y me alejó del peligro. llegamos a una pequeña meseta. pensando que si encuentro un pedazo podré saber dónde está el cañón. Unos escalones de cemento subían hasta las fundiciones derruidas. Encontré un botón blanco con sólo tres agujeros. La nave que busco. Made in USA. deteniendo el pulgar en la cara inferior del objeto. ¿Cuánto tiempo se puede vivir con los recuerdos de un niño de tres años? Mi madre adoptiva me dijo todo lo que ella sabía. pero era sólo un asa y un fragmento de vidrio hundidos en la tierra. bajo mi irritación superficial. —El trozo de metal se le cayó de las manos rígidas.. pero me abstuve de preguntarme quién era en verdad. sosteniendo algo en la mano. Mis padres adoptivos me criaron como a un hijo propio. Y si esto es un pedazo. Tengo que volver al cañón. luego de haber trepado resbalando y tropezando por un paso rocoso. y un pedazo de una cabeza de muñeca. el pueblo se había extendido por las faldas de las lomas y a lo largo de los arroyos que bajaban de la meseta como dedos de una mano.. No tenía más de tres años me parece. no fue entonces muy lejos de aquí. Luego lo ayudé a pensar en palabras aunque no recuerdo si me habló en voz alta.. pero los dos autos chocaron y apenas alcancé a oír el grito de mamá: «¡No te olvides! Vuelve al cañón». —Mi vida —murmuró Lowmanigh—.Media hora más tarde. —Yo era tan pequeño —dijo Lowmanigh—.. El cañón donde dormí antes de despertarme en el accidente.

¡Y mire esto! En lo alto de la loma una roca se puso de pronto en movimiento. No creerá que me olvidaré del día de hoy. deslizándome hacia arriba y hacia afuera.. mientras yo me debatía y protestaba. — ¡Puedo! ¡Puedo hacerlo! —Sollocé apoyándome en Lowmanigh—. Descendimos por el sendero. y me preguntaban por qué tendrían una hija como yo.. Avanzamos un tiempo en el coche a la luz del crepúsculo temprano y pronto cayó la noche.. alzando los brazos. Se precipitó cuesta abajo.. pero la encontré probablemente en el mismo lugar en que usted encontró esas cejas. y yo podría salir de mí misma. y al fin se hizo pedazos contra una roca del fondo del cañón. Miré a Lowmanigh a los ojos luchando contra la cólera que se encendía en mí. —Sí —dije temerariamente—. Y entonces. No sé qué soy. sobre todo luego de haber encontrado a alguien tan loco como yo—No me creerá usted. Pero yo no. No conviene que nos sorprenda la noche en estos caminos. nunca. y ya nunca. contra esa insistencia que reabría mi herida. sin límites. aunque seguía llorando. ¡Durante un rato dejé realmente el suelo! —Sí. ¡Por lo menos sabe eso! Puede buscarlo.puedo encontrar. que se instaló en el cañón. Mis padres hablaban de mis abuelos y mis bisabuelos. que habló hasta mostrarme la armazón interior. durante un rato. Sentí inmediatamente la protesta de Lowmanigh—. pero algunos pudimos escapar en los botes salvavidas. pero mire! Avancé hacia el muro en ruinas alejándome de Lowmanigh. No me caí. Me he pasado años —dije— tratando de creer cosas de mí misma que me resistía a creer. unos huesos que brillaban como el fuego. Es más fácil creer cosas que conciernen a otros. —Nosotros venimos de otro mundo —me dijo. Lowmanigh esquivó una rama gruesa que cerraba el estrecho sendero. me explicará usted todo lo demás en el coche —dije resbalando en una piedra de granito y manteniendo apenas el equilibrio. Un minuto. sintiendo que me faltaba el suelo bajo los pies. Lowmanigh me miró también fijamente hasta que se me secaron las lágrimas y alcancé a esbozar el fantasma de una sonrisa. pues no recuerdo el camino.. —No soy nadie —dije—. Me mostró a Lucine. — ¡Y nunca intente esto. ¡Nunca encontraré nada! —Pero usted puede hablar interiormente —dijo Lowmanigh parpadeando ante mi violencia—. y había un fiero orgullo en ese nosotros —. Pero todos . dulcemente acunada por el viento. hasta que al fin pude aparentar que yo era «normal».. Grité. Me alzó. ¿Cómo es posible si no es de los nuestros? Mis sollozos se interrumpieron bruscamente. y me hizo subir por el frágil vacío del aire. y caminé directamente hacia el desfiladero. Lowmanigh me tomó en sus brazos cuando yo ya iba a caer sobre las copas de los pinos que crecían en el cañón. un minuto más. —Por supuesto. hasta el saúco achaparrado. Tan bien como yo podría hacerlo. Lowmanigh enrojeció y dio un paso atrás. Dita —me murmuró Lowmanigh como si yo fuese una niña—.. —No sé qué es una Persuasión.. buscando extáticamente la clave de mi sueño de libertad.. Perdimos la Morada. nunca. Nuestras naves se hicieron pedazos o ardieron al descender. Yo miraba las luces de las estrellas sobre la bóveda de árboles que bordeaban la ruta y escuchaba la historia de Lowmanigh. Buscamos algún refugio y encontramos esta tierra. levantando una polvareda.. —Será mejor que volvamos. Usted piensa que ha perdido el camino. Tiene usted algunas de las Persuasiones. Mis abuelos pertenecían al primer Grupo. ¡Pero usted sabe! ¡Usted tiene que saber! ¡Usted no es como los otros! Me encogí en mí misma.

—Traté de cerrar todas las puertas y adelanté mi personalidad cotidiana. sacudido por el viento. —Cuatro o cinco —dijo Low—. pero entendí en seguida. Estar encerrado en la prisión de uno mismo. que explicara mis rarezas. y me parece interesante. Pero por lo menos no trato de engañarme diciéndome que soy normal de acuerdo con ciertas normas. — Sí —suspiré —. viéndolo tan desgraciado. Tengo que encontrar otra vez el cañón. Pensé que usted seguramente era uno de los nuestros. Al fin Low suspiró y extendiendo un dedo me acarició el contorno de la cara. Ojalá se me hubiera ocurrido una fantasía semejante.. Bueno. Pero no saben nada de Lucine y yo.. mirándonos con hostilidad.. Pero. —Una inteligencia de cuatro años —murmuré—. Descendimos sin hacer ruido. pues yo dormía la vez que lo dejamos. y no me sorprende que quiera olvidar. quizá —dije entrecortadamente—. ¿No la sorprende? ¿Que usted sea de otro mundo? —Sonreí—. en alguna parte. Nos comunicábamos sin palabras. Era tarde cuando llegamos a Kruper. Llegamos poco antes que comenzara el siglo. seguramente. Pero no puedo recordar dónde está el cañón. pero Low no se dio cuenta. pues nuestros recuerdos se unían continuamente en el Brillante Comienzo. Es casi una variante de la frase «Soy tan distinto a mis padres que deben de haberme adoptado». y al detenerse el coche pude oír los chirridos débiles del portal de entrada. Yo tenía las mandíbulas tan apretadas que me dolían los dientes. aunque Low no se había movido. consolándome. y fuimos de puntillas hasta el portal. Ni siquiera conozco el nombre del cañón. Pero ahora ya no tengo fuerzas. Me sobresalté al oír este eco de lo que se me había ocurrido mientras yo estaba con Lucine en el patio. sintiendo el peso del silencio. Sentí de nuevo que el dedo tibio me acariciaba.. el año pasado.. cómo era posible que yo sintiera ahora un agradable alivio.. Cuando el coche se puso otra vez en movimiento.. suavemente. y ni siquiera de explicaciones. Es demasiado para un solo día. Pobre niña terrestre. Allí los cabellos se me enredaron como siempre en el rosal trepador.. ¡No soy de nadie! —estallé—. y espero que un día podré encontrar alguna huella en uno de esos pueblos fantasmas. No puedo pasarme la vida cojeando. murmurando. Esto explica que yo conozca la historia del Pueblo. ¡Una fantasía! Soy adoptado. Entre nosotros no había necesidad de murmullos de simpatía. entreabrí lo suficiente una puerta como para preguntar—: ¿Qué hay entre usted y Lucine? ¿Es usted un amigo de la familia o algo parecido? — Conozco un poco a la familia —dijo Low—. Volví la cara a la oscuridad. Low. Low parecía casi decepcionado. —Quizá. mientras yo pasaba frente a la escuela. La niña me sorprendió un día. evidentemente. Está aprendiendo un poco. Ha pasado usted por muchos malos ratos.. se había repetido muchas veces esta historia. como yo me había repetido la mía. y mientras Low me ayudaba a soltarme. Terrestres o de otro tipo.. O casi cinco. Los otros chicos la atormentaban. de la frente a la barbilla y de la barbilla a la frente. Una inteligencia de tres años en un cuerpo de doce. nos . como una serie de lugares comunes. Aún había luces en los bares y en una casa o dos. pero recuerdo que la nave estalló sobre las colinas. La furia de Low me encontró desprevenida. Tanto. Usted puede ser lo que se le antoje. y mis padres no alcanzaron a decírmelo en la fracción de segundo anterior al accidente. que es una maravilla que no eche polvo por la boca cuando hablo. Me pregunté un momento. —Piense lo que quiera —dijo—. pero la pensión estaba a oscuras. pero yo soy de la Tierra. y tiene que haber alguna huella. es la primera vez que me encuentro con un extraterrestre.estábamos allí en realidad. ocultando las lágrimas. Pensé que usted sabía. Durante un momento permanecimos inmóviles. Quizás un día recuerde que es de los nuestros y entonces. Debe de ser terrible estar atrapado en un cuerpo. ese desgarramiento. —No seré nada hasta que me encuentre con mi Pueblo. Yo nunca había sentido en mi vida esa confusión. y ahora la contaba maquinalmente. de frases convencionales.

— Sonría al decirlo. — Sí —dije—. con todo lo que el mundo rechazaba en nosotros. bajarnos otra vez al jardín y nos quedamos allí un momento. maestra. Habíamos vislumbrado los dos un alma hermana y ahora mostrábamos nuestra alegría. Fuimos a tientas por la oscuridad hasta el vestíbulo. desde hace años. — ¿Listos? —murmuró Low. espaciando las palabras. ¡Maestra! ¿Quién diablos puede ser?.. — ¡Maestra! —Me llamaban en voz baja—. Yo estaba sentada al borde de la cama. — ¡Ay! ¡Ay! ¡Madre mía! —Severeid Swanson cayó de rodillas junto a la botella rota—. Supongo que ninguno de los dos nos sentíamos jóvenes y felices desde hacía tiempo. sintiendo que la alegría me cundía el corazón. — ¡Espere! —Murmuré. —Oh. Siguió el ruido de un golpe. La risa de Low me hacía cosquillas en la mejilla. Al fin me libré de la rama y Low me alzó hacia él. en camisón y en bata. aceptándonos mutuamente tal como queríamos ser. y sentí que tiraba de mí.. unos nudillos llamaron a la puerta. —Lo hicimos —murmuró. apretando todo mi miedo en mi otra mano crispada. El hombre hablaba trabajosamente. Low me ayudó a pasar por encima de la baranda. Me extendió la mano. Corno si yo necesitara una prueba. Una débil lámpara de quince vatios se reflejaba en los grifos amarillos y en el agua de la pileta. Nos despedimos rápidamente. —Probémoslo. Alguien venía hacia el hotel. Nos detuvimos bajo el balcón del primer piso tratando de contener la risa. ahogándome. libres de nuestras amargas tensiones. en silencio. Y entonces una rama del rosal se me enganchó en el pelo. Lo hicimos. De pronto nos quedamos petrificados. pues ahora podía bromear a propósito de algo tan amargo. pero subimos más arriba del balcón y tuvimos que descender un poco. Fui hasta la puerta y me incliné a escuchar. inmóviles. —Las palabras de Low eran un aire tibio en mi mejilla—. Me elevé en el aire detrás de él. Y estoy dispuesto a probárselo. —Tengo una noticia que darle —me dijo Low en el oído—. Serios de pronto. y vi que movían el picaporte. pensé. cuando oí unos pasos y un murmullo junto a mi puerta. tomados de la mano. Me parece que nuestros labios apenas se rozaron. Alguien que se tambaleaba y zigzagueaba y golpeaba el portal con un estrépito de vidrios rotos. — ¿Qué quiere? —Hablar con usted. sintiendo otra vez la risa en la garganta—. —Atada a la Tierra —rió entre dientes Low. cepillándome el pelo. —No lo creo. Para qué cansarnos si podemos. desprendiéndome el pelo. amigo mío —repliqué. Sólo se ve a sí mismo. Estamos locos. — Creerán que estamos locos si nos oyen —dije. Comprobé que el cerrojo estaba bien echado y seguí cepillándome. ¡Ay! ¡Virgen purísima! — ¿Nos vio? —murmuré conteniendo el aliento.echamos a reír. —Cuidado con esa silla. y tratando de ignorar que mis pies flotaban en el aire. Estoy presa. — ¿Cómo? —No subamos por la escalera —susurró Low—. Subamos por el aire. Gracias a aquellos grifos disponíamos de agua en el primer piso. mirando hacia arriba. . —¿Sí? —Déjeme entrar.

Se me rompió la botella. ¡Espere! Me eché en la cama y apreté contra mí lo que acababa de oír. Severeid es un borracho. casi. No deben volar para besarse. sintiendo un escalofrío de excitación a lo largo de los brazos—. Tiene sonrisas y no risas para los que están perdidos. sollocé.. se inclinó peligrosamente hacia adelante. Pero me habían dicho que no hablaba inglés. mis antepasados eran tan sólidos como un muro de piedra a mis espaldas. Entornó los párpados y me miró con unos ojos muertos. Sí. señor —le grité—. murmuraba maliciosamente otra parte de mí misma. Le compraré otra.. y una Morada. . aturdido—. pero el milagro me quita las ganas de beber. Si lo hubiésemos sabido. La última vez me dijeron esto también. sobre las lomas. pensé. Le brillaba el rostro y parecía más joven que nunca. Me volví y apreté la cara contra la almohada. ¡Tengo que encontrarlos! —Como pájaros —dijo Severeid. Busqué todos los recuerdos de familia que yo había oído alguna vez. Salió retrocediendo y cerró suavemente la puerta. Bebo más que antes. —Lo siento —dije. Eso me hace caer la botella. Todos los sueños por el suelo... como pájaros. asombrada—. Sobre las lomas. señorita. — Sí. Por culpa de ustedes. si Severeid había visto a otros que volaban como pájaros por encima de las lomas.. oh. En seguida me senté en la cama. Mi abuelo Josh. ya sé. —Trabajé allí mucho tiempo. todos en el cielo. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quién volaba? Severeid me miró guiñando unos ojos de buho y pasándose la punta de la lengua por los labios resecos.. ¿dónde? ¿Dónde? Una sombra cubrió el rostro de Severeid. —Miró alrededor. Se le aflojó la boca. No. y se remontaban a. —No está bien. bruscamente. Quién sabe qué extravagancias le inspira su botella. los buenos. abrí la puerta. Usted es buena con Esperanza. Buenas noches. sí.. El chino Joe me dio una botella nueva. No es bueno volar sin alas.. No puede ser cierto. y mi bisabuelo Bonedaly y. —Por favor —dije. —No —dijo Severeid—. Severeid Swanson estaba de pie en el pasillo. tambaleándose. La nueva patria. entonces Low tenía razón. No está bien. sí.. grité.. No los vi más. —Pero. — ¿La última vez? —Torné a Severeid por el codo y lo metí en mi habitación.. Si era cierto. Quizá sea cierto. Pero no debe volar. Me apoyé en esa certeza y grité sintiendo que el muro de piedra oscilaba y se convertía en una cortina agitada por los vientos de la duda. No puede ser cierto. Le digo esto porque usted tiene luz en la cara. Tiene sueños que no son de la botella. ¡había realmente otros! Había entonces un cañón. Pero quizá sea cierto. pero no los enamorados. ¿Pero y yo? Retrocedí hundiéndome en mí misma. y mi abuela Malvina.. —Se me rompió la botella. —grité mirando la puerta—. ¡Otros!. balanceándose—. tratando desesperadamente de recordar lo poco que sabía de español. todos. El cruce del océano. Los que tampoco se ríen de los perdidos. no. y por primera vez en mi vida. Severeid se echó hacia atrás y se enjugó el sudor de la frente. quizás uno de ellos estaba esta tarde en el hotel de la ciudad. Quizá no estén lejos. una nave. De pronto sentí que se abría ante mí un abismo terrible. Los ángeles santos.. llamé llorando a mi madre. Mis padres. —No comprendo. —Por favor.Asombrada.. —No está bien volar sin alas —repitió. ¡Volando sobre las lomas! ¡Todos. ¿Cuándo vio a esos otros que volaban sin alas? Tengo que encontrarlos. La última vez. cerrando la puerta. to— dos en el cielo! Quizás. al mismo Adán. sintiéndome tan abandonada como si ella estuviese muerta.

no sé. Algo me empujó suavemente y empecé a flotar a la deriva. de un cielo tan azul y nubes tan luminosas que no fui capaz de quedarme adentro lavando ropa y cosiendo botones y dudando entre arreglarme el esmalte de las uñas o sacármelo. ¿De veras?. Un poco más de práctica no te hará daño. Un día. —Mosquitos —improvisé—. Enrojecí. Una buena historia nunca se gasta. Como la última vez en la loma y hacia el balcón. Había risas en la réplica de Low. y a veces su mudo «buenas noches» me despertaba en la oscuridad. Seguiría el trazado de la . la alegría de haber encontrado a Low no se calmaba fácilmente. golpeando ruidosamente el piso con los talones. escuchando las viejas historias de minas y ganado que pasaban de mano en mano corno monedas usadas cada vez que los ciudadanos de Kruper se reunían en algún sitio. todo lo posible. quizá porque tenía algo nuevo en que ocupar mi mente. Aja. me anudé las mangas del suéter a la cintura. ¿No piensas que necesitas un poco más de práctica? La silenciosa pregunta de Low era como una débil claridad detrás del rumor de voces. respondió Low y calló rápidamente sin continuar la cita. El éxtasis y el terror se confundieron en algo que giró dentro de mí. me puse una falda de lana. — ¿No está buena? —preguntó cruzando las manos sobre el abdomen rotundo e inclinándose peligrosamente hacia atrás. dijo Low con exagerada paciencia. o quizá porque todas las emociones necesitan un reposo. De vuelo. Nunca puede saberse. Marie —alcancé a decir—. Oh. Aja. como un chico.. ¿Cómo podía decirle a Marie que Low había estado mostrándome el doble arco iris que él había visto esa misma tarde y que yo había estado tan absorta en la contemplación de los colores y tan maravillada por poder recibirlos de Low que me había olvidado de la comida? Low y yo estábamos mucho tiempo juntos. me recogí las mangas de la blusa escocesa. en el porche. Oh. Mira. Parecía que yo había estado jugueteando con la comida. menos hábil que Low en seguir a la vez el hilo de dos conversaciones. Sentí que me abandonaba a los brazos cálidos y fuertes de Low en vez de debatirme como en el cañón. pero no tengo hambre. y partí hacia las colinas. Me calcé un par de sandalias. Pero sería mejor esperar a que yo estuviera cerca. Marie se plantó firmemente ante mí cuando yo dejaba la mesa. ¡Haces trampa! Todo está permitido en. La historia que contaban en ese momento se interrumpió de pronto y todos se miraron. Me eché hacia atrás rápidamente y caí sentada al borde de la silla. Luego llegó el sábado. está muy buena. No puedo soportarlos. Me parece que ya lo hago muy bien. ¿Práctica? Me moví en mi silla. respondí. Me alcé en la oscuridad a diez centímetros por encima de la silla. Sin decir una palabra señaló mi plato.. luego de la cena. No obstante. conociéndonos. En la batalla que libraba conmigo yo había alcanzado una plácida llanura. ¡Esto no es justo!. cerrándome rápidamente a él.En los días que siguieron no hubo nada notable. de modo que al cabo de un tiempo no nos costaba mucho seguir las repeticiones familiares sin dejar de estar solos y juntos en el grupo. y de la secreta diversión de Low. —Al contrario. pregunté. ¿Y esto es una guerra? En todo el resto de la velada me sentí desproporcionadamente feliz. Escapé de la nube de ajo del indignado resoplido de Marie. pero la mayor parte del tiempo nos la pasábamos sentados ostensiblemente con los otros. Ya está. pensé. balbuceé. Sentía en mí sus «buenos días» cuando pisaba el primer escalón a la mañana. al atardecer.

había cuatro casas nuevas. allá abajo. fluimos juntos como cursos de agua que se confunden. —Me estremecí. Eres de. abandonándonos felizmente a la conciencia de la presencia del otro. — ¡Low! —exclamé. recordando—. Ha de sentirse realmente muy débil para permitir que yo tapone hoy los agujeros. asomaban unas secciones del conducto de agua del pueblo. Me aparté el pelo de la cara arrebatada y di la espalda a Kruper. me divertí en tratar de parar con las manos el chorro de agua que salía de uno de los tantos agujeros del viejo caño herrumbrado y contando los tarugos de madera tallados a mano que obstruían otras aberturas. se sorprendería al verla aparecer en su fregadero. y Low hizo descender una flor de lo alto de la pared de piedra. y algunas secciones de cañería más tarde.. Ya te dije que no puedo levantar nada del suelo. jadeando. . En otros sitios seguían los contornos irregulares de las lomas. Sólo puedo mover las cosas. Se remontan por lo menos a tres generaciones atrás. la piedra descendió trazando un débil surco en la arena hasta los pies de Low—. Nos sentamos a la sombra húmeda de los árboles que crecían a la entrada de la caverna. sumisa. Estábamos sentados a ambos lados de la cañería. — ¿Cómo no se le ocurre poner una cañería nueva? —Los tarugos son para él objetos de familia —dijo Low. —Apuesto que ha colocado mil tarugos —dijo Low. si una de las mil fuentes del acueducto no florecía antes.. Me gustaría poder hacer eso. —Pero puedes hacerlo.. blanca y verde antes de desaparecer en el caño carcomido. —Low hizo rodar una piedra hasta un estrado azul que asomaba en la arena húmeda. puedes hacerlo. —Sigamos subiendo —dijo—. ¿Una dulzura semejante sin que siquiera nos tocásemos? De cualquier modo. a intervalos. Parecía un milagro que llegase agua al pueblo. Pero no la roca. entre las colinas. y brillaban como cubos de juguete contra el rojo sombrío de la colina. Alguien. Dita. en un espacio abierto. Luego. Levántala. en la última terraza rocosa que dominaba el pueblo y miré el grupo de casas golpeadas por la intemperie que se alzaban de este lado de Kruper. Todos esos tarugos tienen un valor sentimental para él. cuando de pronto. Aquí y allá. Habían sido construidas cuando se reabrió la mina del Pavo Dorado. Low. Hice una pausa. sostenidas en algunos casos por caballetes de madera para franquear las desigualdades del terreno.cañería de agua del pueblo hasta el manantial y vería si estaba en tan malas condiciones como decían todos. tan completamente unidos que el movimiento con que nos separamos nos dejó aturdidos. puso el pie en la posición anterior. yo misma. Moví a un lado un pie de Low. Sólo la moví. dimos la espalda rápidamente a esta emoción nueva y terrible. azul. —Bueno. sorprendido. el agua burbujeaba y borboteaba. —Prueba con esa.. tallando vigorosamente un trozo de madera—. Más allá de las vías del ferrocarril. Nos echamos a reír mientras mirábamos a lo lejos y veíamos los abanicos de agua y la vegetación más verde que señalaban el paso del acueducto. Estaba tan distraída que me llevé inconscientemente la mano a la cara cuando un dedo cálido empezó a dibujar. Algunos minutos. durante un precioso minuto. Me pidió que mirara si se había caído algún tarugo. ¿Qué haces aquí? Low se dejó caer desde una roca que se alzaba por encima de la cañería. —Sí. Low metió el tarugo en el mayor de los agujeros y dio un paso atrás secándose la cara con el dorso de la mano.. —No puedo. volviéndome hacia él—. Tiré al agua la flor con que había estado jugueteando y vi cómo desaparecía en la cañería. En el interior. una al lado de la otra. —Johnny no se siente bien hoy. —Gracias —dije oliéndola y estornudando con fuerza—.. Alzaste aquella roca en Machron y te alzaste tú misma. Te mostraré el manantial.

como si le temblaran las manos. Brillará hasta que yo la apague... Soy parte del Pueblo. Somos iguales. —Extendí la mano hacia Low y los huesos me brillaban con una luz rosada—. y sentándome otra vez la hice girar rápidamente sobre mi palma.. Está encendida. tomando la moneda con una admiración temerosa—. grité interiormente. Se iluminó inmediatamente. Adelante. ¡Ni siquiera como él!. Tú viniste por un camino. En fin.. Somos diferentes. —Por lo tanto yo no soy como vosotros. —¿Sí? —Bueno. resplandeciendo cada vez más y al fin para poder mirarla tuve que entornar los ojos. No sé. Sí. —Tienes que saberlo —grité— si eres parte de mí. pero la plata es mejor.. Todo lo que tienes que hacer es encenderla. Dame —dije sorbiendo las lágrimas—. Enciéndela.. Pero tú estás satisfecho con la explicación que has encontrado.Dame esa moneda. Cualquier metal sirve. ninguno de los dos pertenecemos a un tipo. No recuerdo eso.. —Volví la cabeza. ¡Luz fría! ¿Cuánto tiempo puedes tenerla así? —No necesito tenerla así. —Es una broma. Yo no la he encontrado aún. Se la devolví. ¡Ni siquiera soy como él! Respiré profundamente e hice a un lado toda aquella emoción. —No. — ¡Una broma! —Me acerqué y lo miré a la cara—. que no invento historias. No. Low buscó inútilmente las palabras. pero no es así. aunque se me desgarraba el corazón—. —Busqué en mi bolsillo y saqué dos alfileres de gancho y un poco de polvo entre las uñas—. ¿Tienes ahí una moneda? — Seguro. Tomé la moneda de los dedos de Low. Cerré la mano y sentí en la piel el pulso fresco de la moneda. decepcionada—. —Te aseguro. . —Enciéndela —dije. y todas tus negativas no cambiarán las cosas. ¿Puedes tú hacer esto? Mira. —Traté de decirlo ligeramente.. Me sacudió con una firmeza contenida. ¿Podríamos dejarlo así? Low me tomó por los hombros y la moneda describió un arco en el aire y cayó en el manantial. Me incliné hacia adelante. Parece casi como si fuésemos iguales. ¿Sabe ese Pueblo tuyo encender el metal? Low me miró fijamente. ¿No busco una respuesta desde hace tanto tiempo? ¿No me gustaría acaso ser parte de algo? ¿Crees tú que me complazco en torturarme diciendo que no cuando podría tranquilizarme diciendo que sí? Si yo pudiera tender las manos y decir: soy como vosotros. parpadeando—. Es fácil. ansiosamente. y tú también. Dita. levantalo —Qué revelación —dije. —Mira —dije—. quizá yo pudiera aprender. —Luz —murmuró Low.—Pero todo lo que tienes que hacer es. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo tarda el metal en convertirse en polvo? —Me encogí de hombros — . es. Yo por otro. Nunca oí nada parecido —dijo Low frunciendo el ceño. Low sacó una moneda del bolsillo y me la hizo llegar. — ¿Que la encienda? ¿Que la queme quieres decir? Low miraba la moneda por un lado y por otro. ¡Si los dos venimos del Radiante Principio tienes que recordar! Low volvió la moneda lentamente. —Ya está. Quieres reírte de mí.

Nos miramos un rato, obstinadamente, y al fin Low me soltó y sus manos cayeron a lo largo de mis brazos. Dejamos el manantial y nos alejamos silenciosamente por el sendero, tomados de la mano. Miré hacia atrás y vi la luz de la moneda y la apagué. No, me dije a mí misma, no es así. Yo lo sabría si fuese cierto. No somos iguales. ¿Pero qué soy entonces? ¿Qué soy? Fatigada, trastabillé en la senda estrecha. Durante este tiempo todo estaba en calma en la escuela. Petie había decidido al fin que «dos» podía tener un nombre y un signo, y aprendió los números hasta diez en un solo día. Y Lucine —símbolo para Low y para mí de nuestro propio encierro— enrojecía de placer leyendo su segundo libro de lectura. Sin embargo, me acuerdo del último día de tranquilidad. Yo estaba sentada a mi escritorio releyendo una carta donde me decían —como en las nueve anteriores— que no conocían a ningún chino Joe. Hasta entonces yo le había ocultado a Low el asombroso episodio de Severeid Swanson. Quería darle yo misma ese Cañón, si existía. Y quería que ése fuese mi regalo, para él y para mi pobre trastornado yo. Y sobre todo yo quería estar segura de una cosa por lo menos, aunque esto probara que estaba equivocada y que Low y yo debíamos separamos. Una sola certidumbre sería un consuelo y un principio de unión para nosotros. Yo deseaba, y frecuentemente, poder enfrentarme con Severeid y sacarle a la fuerza alguna información, pero el hombre había desaparecido... Había dejado el empleo sin retirar siquiera su última paga. Nadie sabía adonde había ido. Lo habían visto por última vez en Kruper al día siguiente de haber hablado conmigo, en las primeras horas de la mañana. De pie, tambaleándose, con una botella en cada mano, parecía esperar en la encrucijada a que algún vehículo se detuviese espontáneamente, y parecía en verdad que alguien se había detenido, y que lo había llevado. Le pregunté a Esperanza acerca de Severeid, y la niña jugueteó con la pulsera brillante que llevaba en la muñeca. —Es un borracho —dijo al fin desapasionadamente—. Quizá se perdió. —Le brillaron los ojos—. El año pasado se perdió y los policías lo recogieron en El Paso. Trajo un perfume. Quizá fue a El Paso otra vez. Era un perfume muy agradable. —Esperanza se alejó escaleras abajo—. Volverá —dijo—, si no está muerto en alguna zanja. Sacudí la cabeza y sonreí de mala gana pensando que Esperanza hubiera luchado como un gato salvaje si alguien le hubiese hablado así de Severeid... Suspiré y volví a esa carta decepcionante. De pronto fruncí el ceño y me moví incómoda en la silla. ¿Qué andaba mal? Me sentí terriblemente inquieta. No parecía ser nada físico. Paseé los ojos por el cuarto. Petie era una escuadrilla de aviones de reacción mientras dibujaba los aparatos, y los suaves vrrr, vrrr, vrrr eran casi el único sonido vocal que se oía en la sala. Debajo había un zumbido plácido, como de costumbre. Había vuelto al nivel vocal cuando de pronto me sumergí otra vez. Había ahora un zumbido agudo y penetrante, parecido al de una una abeja irritada, un zumbido malicioso y de furia. ¿Qué era eso? Me encontré con los ojos inflamados de Lucine y comprendí. Perdí casi el aliento ante esa ola repentina de cólera y de odio. Y cuando traté de llegar a la niña, por debajo, me sentí rechazada... no deliberadamente, pero como si nunca hubiese habido contacto alguno entre nosotras. Me sequé en la falda las manos temblorosas, como si se me hubieran mojado en lo que acababa de leer. La campana del recreo sonó tan estruendosamente que tuve un sobresalto. En seguida me reí con los niños, y tan pronto como me fue posible corrí a la sala de la señora Kanz. — Lucine va a tener otro ataque —dije sin más preámbulos. La señora Kanz escribió una nota en lo alto de una composición de literatura. — ¿Por qué lo supone?

—No lo supongo, lo sé. Y esta vez no será demasiado lenta. Ocurrirá una desgracia si no hacemos algo. La señora Kanz dejó el lápiz y se cruzó de brazos, con la boca apretada. —Piensa usted demasiado en Lucine —dijo, ásperamente—. Si está usted a punto de creer que ya puede predecir la conducta de la niña, está usted yendo demasiado lejos. La gente empezará a decir que es usted muy rara. ¿Por qué no la olvida y se dedica a... bueno, a Low? Debe de ser mucho más divertido que Lucine, estoy segura. —Low también podría decírselo —grité—. Sabe más de Lucine de lo que nadie cree. —Eso me han dicho. —En la voz de la señora Kanz había un ronroneo malicioso que yo no le había oído nunca—. Los han visto juntos en las lomas. Bueno, Lucine es retardada sólo mentalmente. Recuerde que tiene más de doce años, y algunos hombres... Golpeé violentamente la superficie del escritorio con la mano abierta. Sentí un fuego en los ojos y la señora Kanz se echó hacia atrás como si hubiese recibido un puñetazo, llevándose el dorso de la mano a la mejilla en un ademán defensivo. —Yo... yo... era una broma —balbuceó. Respiré profundamente para contener mi cólera. — ¿Qué hará con Lucine? Mi voz era muy suave. —¿Qué puedo hacer? ¿Qué se puede hacer? —Muy bien —dije amargamente—. Olvídelo. Traté toda la tarde de comunicarme con Lucine, pero la niña parecía abotagada e indiferente... en la superficie. Adentro, la violencia y el odio hervían como una lava, y una vez, sin provocación aparente, se inclinó en el pasillo y le pellizcó el brazo a Petie, que se puso a gritar. Lucine estaba de pie frente a la clase, de cara a la pared, cuando sonó la última campana. —Puedes irte, Lucine —le dije a esa torva desconocida en que se había transformado la niña. Le puse una mano en el hombro. Lucine esquivó el cuerpo con un movimiento fluido y rápido. Le alcancé a ver el perfil cuando se iba. Apretaba las mandíbulas y tenía en tensión los músculos del cuello. Corrí al hotel, casi aturdida por la preocupación, a esperar a que Low saliera de la mina. Me paseé por la alfombra oriental dando vueltas en torno de la estufa panzuda, mirando una docena de veces a través de los visillos y los vidrios sucios y agrietados, y golpeándome la palma con el puño. El teléfono chilló de pronto en la pared y sentí casi un dolor físico. Alcé bruscamente el receptor. —¡Sí! —grité—. ¡Hola! —Marie. Quiero hablar con Marie. —Era una voz lejana y chirriante—. Llame a Marie. Llamé a Marie, la dejé en el teléfono, y salí al porche. Caminé de arriba abajo, de arriba abajo, y la voz de Marie crecía y se apagaba. ...bueno, era de esperar. Una loca como ella... ¡Lucine! —grité, y corrí adentro—. ¿Qué ha pasado? ¿Lucine? —Marie me miró desde el teléfono frunciendo el ceño—. ¿Qué tiene que ver Lucine? La hija de Marson se escapó anoche con el hombre del ascensor del Golden Turkey. Él tiene por lo menos cincuenta años y ella apenas dieciséis. —Marie se volvió al teléfono, ávidamente—. Sí, sí, sí. Llegué de vuelta a la puerta justo a tiempo para ver que un coche se detenía en la calle. Recogí mi abrigo y llegué al pie de los escalones cuando en el coche se abría una portezuela. — ¿Lucine? —jadeé. —Sí. —El sheriff me abrió la portezuela de atrás. El ayudante me miró con unos ojos saltones, asombrado por la rapidez de los acontecimientos—. ¿Dónde está la chica?

—No sé —dije—. ¿Qué ocurrió? —Se volvió loca al salir de la escuela. —Nos alejamos velozmente del hotel—. Tomó a Petie por los talones y lo lanzó contra una roca. Persiguió a los otros niños a pedradas y luego se encarnizó otra vez con Petie. Está vivo aún, pero el doctor ya no sabe cuántas heridas tiene y le están haciendo transfusiones. La señora Kanz dice que usted debe de saber dónde está Lucine. —No. —Cerré los ojos y tragué saliva—. Pero la encontraremos. Busquemos a Low primero. El autobús de la mina se detenía en ese momento en el puesto de combustible. Low bajó del autobús y entró en el coche del sheriff antes que pudiéramos pronunciar una palabra. Vi mi ansiedad reflejada en la cara de él y nos estrechamos las manos. Durante las dos horas siguientes recorrimos los caminos de Kruper. Fuimos a todos los lugares donde Lucine podía haberse escondido, pero no estaba en ninguna parte, ni entre los matorrales al pie de las colinas ni en los pinares de las montañas. —Daremos otra vuelta, pasando por el cañón de Polonia. Si no la encontramos ahí habrá que llamar a los hombres y traer perros. —El sheriff aceleró para subir la cuesta que llevaba al cañón—. No entiendo cómo una chica pudo escapar tan rápido. —No la ha visto correr —dijo Low—. Nunca corre delante de otra gente. Parece que volara apenas un poco más bajo que un aeroplano. Jamás pude alcanzarla. Toma aliento y luego ya casi no pisa el suelo. Ni los perros de Claude la alcanzarían. — ¡Paren! —Me tomé del borde del asiento—. ¡Paren el coche! Los frenos funcionaban bien. Nos desenredamos y saltamos a tierra. —Por allí —dije—. Está en algún sitio por allí. Miramos los matorrales de una colina, del otro lado del cañón. —Oh, no —gruñó el sheriff—. No en Cleo II. Ese agujero del infierno no nos ha traído más que desgracias desde que abrieron el primer pozo. Agua y gas y desprendimientos de arena, todo lo que puede encontrarse. He retirado bastantes cadáveres de ahí, y mi padre antes que yo. ¿Por qué piensa que Lucine está por ese lado, maestra? ¿Vio usted algo? —Sé que está por ahí cerca —dije evasivamente—. Quizá no en la mina, pero sí en los alrededores. —Echemos una ojeada —suspiró el sheriff—. Me gustaría saber cómo pudo verla desde el otro lado del auto. El sheriff bajó al camino y vi que empuñaba un fusil de caza. ¿Un fusil? —le pregunté sin aliento—. ¿Para Lucine? ¿Usted no ha visto a Pede, no es cierto? —dijo el hombre—. Yo sí. Las bestias peligrosas se cazan con fusil. — ¡No! —grité—. La llamaremos y vendrá. —Quizá sí —dijo el sheriff—. Y quizá no. Cruzamos el camino y bajamos al cañón. — ¿Estás segura, Dita? —murmuró Low—. Yo no la siento. Sólo una bestia de presa que... —Es Lucine —dije con una voz ahogada—. Es Lucine. Sentí la repugnancia de Low. — ¿Ese... ese animal? —Ese animal. ¿Qué venimos a hacer, Low? Quizá debiéramos dejarla sola. —No sé. —Sufrí con el dolor de Low—. Por Dios que no lo sé. Lucine estaba en Cleo II. El ruido de unas piedras, en el interior de la mina, turbó de pronto nuestro angustiado silencio. Me sentí casi físicamente enferma. —Lucine —llamé en la oscuridad del pozo—. Lucine, sal de ahí. Es hora de volver a casa. Una piedra del tamaño de un puño me hizo tambalear. Me froté el hombro dolorido. — ¡Lucine!

y la entrada de la galería vomitó una nube de polvo amarillo. ¿Qué ocurrió? —Un derrumbe —dijo el sheriff—. y ahoga a un hombre del mismo modo. Se mueve como una cascada de agua. un grito que pedía ayuda y luz. muy pálido—. No nos escuchará. — ¡Es un asesinato! —grité librándome de Low y tomando al sheriff por la manga—. De pronto una lluvia de piedras cayó alrededor de nosotros. ¡No! —grité—. —Pero es Lucine de nuevo —dijo Low—. Hubo un aullido animal que se interrumpió bruscamente. y Low me tomó por el brazo para impedir que los siguiera. Voy a tirar. hinchando los músculos del brazo—. La chica ha quedado debajo. Una vez eché una piedra y no la oí tocar fondo. —Si el derrumbe se ha producido donde pienso —dijo el sheriff—. Insistí. Le lanzó a Low una mirada inquieta. sin saber qué hacer. un horrorizado despertar en la oscuridad. tercamente. Es mejor que muera ella y no Petie y todos nosotros. En seguida una larga queja gutural me heló los huesos. La respuesta fue un gruñido inarticulado. imperiosa. acercándose más a la entrada. el grito de una niña aterrorizada. —Hay una grieta adentro —me dijo—. Durante un rato la respuesta fue una lluvia de piedras y en seguida un grito ultrajado que decreció cuando Lucine se internó un poco más en la oscuridad. y luché con la oscuridad que había en Lucine hasta que al fin esas mismas sombras me invadieron. ¡Paren! —No hay otra posibilidad —gruñó el sheriff. y escupió. Low buscaba a Lucine en él mismo. —Apretó los labios — . —Voy a tirar —dijo el sheriff. Me alcanzó y me sostuvo hasta que al fin pude librarme y regresé del infierno. ¡Es una niña! ¡Una criatura! El hombre me miró torciendo la boca. El sheriff nos miró. Denme un minuto. Estaban podridos desde hacía muchos años. Tenemos que sacarla. internándome en una oscuridad cada vez más densa y horrorosa. y luego un grito de dolor y terror. Me concentré como nunca lo había hecho hasta entonces. al alcance de la mano. De pronto un rumor apagado sacudió la colina. golpeando el suelo desnudo y sacudiendo los matorrales. tratando de meter un filo de sentido común en aquella locura. —¿Y bien? —Está completamente loca —dijo Low—. y nos quedarnos un rato inmóviles. se pusieron a bombardear el pozo. El polvo más fino que pueda encontrarse. ¿Eso? —dijo. ¿Cómo la sacaremos de ahí? Nadie tenía una respuesta. — ¡Ya la tengo! Los dos hombres redoblaron sus esfuerzos. —Maldición —dijo el sheriff—. se extendió a lo largo de toda la banda. seguro. — ¡Es Lucine. mientras el sol de la tarde zumbaba a nuestras espaldas iluminando apenas la entrada de la mina. con los ojos cerrados y la cara tensa. tomando aliento. Low me alcanzó cuando yo ya me perdía en la marea oscura. Salí impetuosamente de mí misma y me lancé a la oscuridad de la mina. está perdida. —Yo haré que venga —dije cayendo de rodillas y llevándome las manos a la cara—. Ha vuelto. Luego. Está decidida a matar. Hay un pasaje que es todo polvo. Alzó el fusil y asentó los pies en el suelo. El ayudante le tironeó de la manga y se lo llevó a un costado murmurando rápidamente. Están tratando de llevarla ahí. Lucine! —sollocé—. Yo haré que venga. El . Los dos hombres se pusieron a juntar unas piedras amontonándolas a la entrada de la mina.La voz de Low. Han cedido los puntales.

—No puedo —gemí—. un tobillo torcido. —Vuelve —dijo Low—. Respira todavía.. y era el más flaco del grupo.. hacia arriba. Está viva aún. . y me acurruqué allí apretándome la cara con las manos sucias. Escuchamos los ecos del motor hasta que se desvanecieron en las colinas boscosas de alrededor. una nueva capacidad. lentamente. Oímos el ruido del viento en los matorrales y el grito lejano de algún pájaro. Rehice de rodillas la increíble distancia que me separaba de la entrada del túnel. Como éramos todos. no necesitamos palabras mientras trabajábamos hacia Lucine. si se puede decir así. Eramos una persona. Desapareció completamente. La oigo. Retuve el polvo mientras Low escarbaba para encontrar la cabeza. Low seguía avanzando ante mí. y lentamente. Bueno —concluyó poniéndose el fusil a la espalda—. entre una respiración y otra.primer cadáver que vi en mi vida lo saqué de ese polvo. muy adentro hasta llegar a una profundidad que de pronto fue una cima. hasta encontrar una nueva Persuasión. Está debajo de algo y no puede librarse. Lo saqué tirando de los pies. Encontramos una rodilla doblada. me interné en la marea seca que llenaba la mina. una falda desgarrada. no ha muerto —dije—. Yo tenía dieciséis años. Oímos los golpes de nuestros corazones y la aterrorizada confusión de Lucine. —No.. incorporándome en la boca del túnel. Un nombre terco. Son dos ahora. Cuidadosamente. Trastabillé y caí y sentí que algo pesado fluía sobre mis piernas y mi vientre. Bueno. ¿Quiere que la lleve de vuelta al pueblo. puedes hacerlo —dijo Low dentro de mí—. No sé cómo hacerlo. La encontraré y la sostendré hasta que lleguen los hombres. será mejor que volvamos al pueblo y traigamos una cuadrilla. y desapareció. como orgulloso de su propio ingenio. atándome al suelo. Y oímos el dolor que empezaba a martillar el cuerpo de la niña. mente y alma. y cuando localizaron el cuerpo me enviaron abajo. y se alejó con el ayudante. Low se internaba en la masa de arena tratando de llegar a Lucine antes que se agotara todo el oxígeno. Y luego los dos nos encontramos abriéndonos paso a tientas en la oscuridad del túnel.. Vuelve o nos quedaremos aquí los dos. Hundí las manos en la sábana pesada que me cubría las piernas. Estábamos juntos. hundido en ese polvo como en un pantano. — ¡Low! —grité. Cuidadosamente. abrimos un espacio para la cara de Lucine. trabajamos para librarla del madero. pero el sonido de mi grito murió en el estruendo que sacudió el suelo. y comencé a apartar el río sombrío que había cubierto a Lucine de modo que únicamente el brazo replegado impedía que el polvo le entrara por la nariz y la boca. Miré horrorizada cómo la colina se doblaba y cedía y caía en el silencio luego que un puñado de guijarros. que era a la vez una multitud de personas. perfecto. — Sí. La chica ha muerto.. casi ocultos en una nube de polvo. Con céntrate y ya verás. Me alcé. —Dios —dijo el sheriff—.. señora? —me preguntó con una voz más dulce—. El sheriff lo miró entornando los ojos. —Vuelve —me advirtió—. — Me habían dicho ya que era usted un poco raro —di jo—. Al fin Low tomó en sus brazos el cuerpo inerte de Lucine. hacia arriba. rodaron hasta mis pies. No puedo dejarte solo. — ¡No! —grité tratando de librarme—. y el madero astillado que la clavaba al suelo. unidas en un tremendo esfuerzo. Los dejo aquí para cuidar que la galería no se escape mientras yo no estoy. Me parece que éste es un momento de crisis. —No está muerta —dijo Low—. y la hoja afilada y brillante de una agonía que terminaba en la inconsciencia. Miré adentro de mí. Sacar a este cuerpo también llevará mucho trabajo. Torció la boca en una sonrisa. Tú tienes que ayudarme a retener el polvo. trabajando de tal modo que ya no éramos dos personas. No hay nada que hacer aquí.

Sin abrir los ojos. y dándome vuelta caí de rodillas y observé. Estaba tan borracho.. Vi que el polvo se levantaba como una fuente roja y amarilla por encima del surco. —Nos vio por primera vez —dijo Jemmy— cuando el vino le dio sueño y decidió dormir a la sombra de una roca. para deshelar el recuerdo de aquel momento terrible. pero al menos ellos eran en parte del Pueblo. Por lo menos no de la Morada. contra la montaña. que no se asombró ni se sintió ofendido cuando nos ele— vamos y nos movimos en el cielo. ¿Qué hace ahí llorando? Antes que yo tuviese conciencia de una presencia junto a Severeid.. de Jemmy. hemos estado buscándonos casi desde que llegaron las primeras naves. y los árboles gemían allá arriba. debía de estar tendido allí. Por supuesto. o era tan ingenuo. Valancy. —Bueno. Pero en nuestro refugio.. desde hacía varios días. sin la tranquilidad de un avión ni nada. —Cuéntenme otra vez —dije— cómo Severeid los encontró de nuevo. en cambio usted. Antes que yo pudiera moverme. Vi a Low y a Lucine que se posaban en el suelo. ¡Están ahí! ¡Ayúdeme a sacarlos! ¡Ayúdeme! —Maestra —dijo Severeid encogiéndose de hombros—. Suspiré y busqué el calor de la mano de Low. y de su mujer. — ¡Severeid! —le grité—. —Jemmy meneó la cabeza—. y a Valancy y a Jemmy..Grité otra vez y el cielo giró en una espiral enceguece—dora de bordes de afiladas copas de pinos. Se sentía en verdad intrigado y encantado. cuando usted le dijo a Severeid que quería encontrarnos vino tambaleándose lo menos posible al sitio del picnic. Bueno. cuando supimos que Severeid conocía por lo menos a dos que se parecían a nosotros. No presté atención a la sonrisa indulgente que intercambiaron Valancy y Jemmy. Yo podía alcanzar a Low sin moverme. Y me abandoné al triple consuelo que emanaba de Low. Vi el flanco de la colina que caía otra vez. Lo busqué. Yo podía sentir bajo la manta delgada. Alabados sean los Poderes que nos permitieron llegar a tiempo. en mi mejilla. si ellos eran el mundo de los adultos. —Me estremecí pensando en los largos años en que yo había estado fuera de todo el mundo—. —Jemmy tomó aliento—.. —Me sonrió—. el almohadón de arena. Se moría de sed y había perdido hasta el recuerdo de la comida. El sol estaba en todas partes.. Nuestro provincialismo recibe con usted un tercer golpe. Bueno. Sentimos cómo usted luchaba tratando de salvar a Low y a Lucine cuando estábamos a kilómetros. Tiene que haberse sentido bastante mal con la altura y la velocidad. Podía oír el viento frío que soplaba entre los árboles. Antes que yo pudiera articular una palabra. consolándome. y vi que toda la luz se desvanecía mientras yo caía hacia adelante. y de pronto innumerables Severeid Swanson aparecieron en las copas y en el cielo y giraron llamando: — ¡Maestra! ¡Maestra! El mundo entero se detuvo. No me importó sentirme como una niña. sentí a alguien en mi mente. no comprendo. Lo encontré. Usted me dijo que lo necesitaba. aterrorizada y maravillada. y mis dedos acariciaban la mejilla de Low antes de hundirme profundamente en la oscuridad. sobre las cenizas del campamento. Le traigo a alguien que vuela. Estaba fuera. Por eso nos sentimos realmente inquietos al enterarnos de que había hablado con usted y que usted no era del Pueblo. —Sí. No. antes de separarnos le bloqueamos el recuerdo de esa escena. oí el ruido de las rocas. unas palmas de granito recogían el sol del otoño. Peter y Bethie fueron el primero. como tierra removida por un arado. podía verlos a mi alrededor. me la arrancaron. Me volví y me senté. Me incorporé.. cómo se alzaba todo el flanco de la colina y caía en arcos a un costado y a otro. usted estaba fuera. como si alguien hubiese apoyado una mano sobre él. ante mí. .. para que no pudiera hablar de nosotros con nadie excepto con otras gentes del Pueblo. Cuando lo encontramos. en un sitio que habíamos elegido para un picnic. o las dos cosas. Pensó que estaba muerto y que había escapado al purgatorio y nos costó impedir que se lanzara detrás de nosotros. El momento era demasiado precioso.

— ¿Y. cómodamente. Convendrá. —Un ser como nosotros —dijeron los tres dentro de mí—. muy pronto. apoyándome otra vez. Apenas pudo articular: «¡Dios! ¡Cleo II se ha escapado!». — Sí —dijo—. Y si no deja de atormentarme traeré en seguida esa tormenta que está ahora sobre Morenci y lo empaparé hasta los huesos. Cerré los ojos contra el sol y vi la luz dorada en los párpados. —Y ustedes no pueden encender metales —repliqué. Fue un verdadero terremoto. ni en una escala tan grande. . Sin embargo creo que voy a quedarme con ella de veras. Dita y Low pueden comunicarse más fácilmente que tú y yo. yo? —murmuré. Sin nada del Pueblo. ¿Y qué pensó Severeid de todo eso? —Hicimos que Severeid olvidara todo el episodio de la mina —dijo Valancy—. Quién sabe cuántos hay en el mundo. nuestra Sensitiva. —Ocultándose. —Muy cierto. ¡Y sin nada del Pueblo! Sí —dije. pero uno aprende pronto a ocultarse. —Sonrió débilmente—. Sólo una vidente puede bloquear normalmente a otra. A veces es casi involuntario. Pero el sheriff se sintió realmente sorprendido. en mi ancestral pared de piedra—. Quizá luego de tantos siglos de extravío la gente de la Tierra está alcanzando también las Persuasiones. No imaginábamos que alguien hubiese llegado tan lejos. Y Dita puede bloquearme también. y Dita no es una vidente. —Como todas las criaturas terrestres. —Y Lucine aprende ahora —dijo Valancy—. pero muy fragmentarias. —Y Low no puede reunir las nubes —dije—. No luego de las primeras reacciones de los demás. Valancy también se volvió. —Me estremecí—. Oh. — ¡Sería capaz de hacerlo! —rió Valancy—. Había gente entre nosotros que era toda del Pueblo. —Y tampoco puede emplear los rayos del sol y de la luna. de modo que yo mismo me quedé boquiabierto cuando vi cómo se abría la montaña.. querrá decir —comenté—. De modo que dejémosla tranquila. —Pero qué problema —comentó Jemmy—.. esperando también que lo encuentren. descubrió lo que anda mal en ella y ya está arreglado.— Sí —dije. que restrinjamos la práctica de los Poderes. Pensamos que lo habíamos catalogado todo. Nadie anda de un lado a otro pidiendo que lo encuentren. y otra que era mitad del Pueblo y mitad de la Tierra como Bethie y Peter. Siempre marchando a destiempo. como nosotros. — ¿Y Lucine? —pregunté saboreando la respuesta que ya conocía. No sabía bien si la luz crepuscular sería bastante fuerte. ¡Dos mundos y sin embargo tan parecida a nosotros! —Pero Dita no puede alzar cosas inanimadas —la interrumpió Low. interrumpió Low. Callamos todos y descansamos en la arena tibia hasta que al fin Jemmy se dio vuelta y abrió un ojo. Nacida o no en la Tierra. sin saber qué esperar. un problema y medio. Hemos encontrado huellas de ese desarrollo. cuando llegó con la cuadrilla. Sentí en mí la risa tierna de Low. Sin embargo. —Yo nunca lo había hecho con tanta rapidez — continuó Jemmy—. Será una criatura normal. quizás al principio uno corre para que los otros compartan esa maravilla. Y luego apareció usted. Jemmy sacudió la cabeza. —¡Pero tan parecida a nosotros! —exclamó Valancy—. me parece. ¡Qué problema nos trae esta muchacha! Sí. Bethie. —Valancy —dijo—. usted es como una respuesta a algo que nos preguntamos desde hace mucho tiempo —dijo Valancy—.

ni de esclavos ni libres. pensé incrédulamente. Me dormí al fin. tranquilizándose—. Pero entremos. además de más exacto. Actuamos demasiado a menudo como si nuestro pensamiento fuera una norma universal. sintiendo una punzada de repentina alegría. Me dormí dulcemente. Quizá te parezca que cualquier otra solución no sería satisfactoria. días que contenían figuras sólo porque estaban limitados a un lado y a otro por las noches. una buena y vieja charla de las que sólo se puede tener con un Extraño. La voz de Karen se fue apagando en el pasillo. Si significaban algo. No somos el Pueblo. Las noches eran los huesos firmes.. —Bueno. Me he reencontrado de veras. Lea alzó la barbilla a una brisa repentina y fresca. ¿pero qué otra cosa somos sino un intento de reconciliación? La noche cayó de nuevo. Bienvenida a las puertas del horno. Llegué a aficionarme a eso en el año que pasé entre Extraños. es hora de dormir. Algún día todos seríamos lo que ahora era sólo un sueño. —Parecería —dijo el doctor Curtis— que estuvieras engordando con sólo mirar y oler. que no puedes ser responsable de todo. Las he tenido así tanto tiempo que es asombroso que las uñas no me hayan crecido atravesándome las palmas. Habían llegado frente a la casa.. —Karen. Las estrellas descienden.. sin el temor de despertar. hasta que el sonido de las otras voces murieron en ecos de sombra en los bajos del cañón.. arrebujadas en sus chaquetas. Lea alzó los ojos a las estrellas brillantes que puntuaban el cercano horizonte. Sintió la presión de una mano en el hombro. Si no estás demasiado enamorada de tus dificultades —dijo Karen. ella no quería . Tienes ahí un buen tema para meditar. La oscuridad sube a las lomas y las estrellas. A Lea le parecía que el tiempo era como un abanico. y se encontró con los ojos comprensivos de Melodye. quizá que te estuvieras alimentando sería un modo más amable de decirlo. —Quizá —dijo Melodye. la mano en el pestillo—. y tratando de tener yo también ese Don me he hecho más receptiva a una fuente que no sabe de Extraños. Los días se plegaban dócilmente entre las noches. ¿sería posible? ¿Sería posible?. todavía somos Extraños. quizá. Es tan difícil reconciliar la oscuridad y las estrellas. a las lomas y la oscuridad... días plegados con garabatos ininteligibles. —Lea se miró las manos apretadas—.. —No —dijo Melodye—. excitada. Tienes los ojos de color castaño. Oh. seré tan feliz cuando un día pueda llevarte a la colina! —Abrió la puerta y entró. no! No luego de tantos esfuerzos. Me envolví en el manto de mi sueño. ¡Oh. tironeando de la chaqueta de Lea—.. Tengo tantas ganas de hablarlo contigo. pensó Lea. cuidadosamente labrados. pensó. sabiendo al fin y con seguridad que un día podría extender esa tela no sólo sobre mí sino sobre todos los extraviados y confundidos también. pero tienes que saber que tu propio juicio no es siempre completamente válido ni la estrella que señala el rumbo de tu viaje. Karen y Lea se separaron de las gentes que iban charlando. se volvió. quizás es porque sé que puede haber esa clase de comunicación entre la gente del Pueblo. Lea se cuidaba muy bien de tratar de leer esos garabatos.Me he reencontrado. Quizá. felices.. ¡Un buen recurso para no tener que usar esmalte de uñas! —rió Karen—.. y que hay muchas cosas que es posible y conveniente dejar en manos de otro. sintiendo en la mejilla el calor de la mano de Low. —Jummm —dijo el doctor Curtis—. ni del Este y el Oeste. ¡Oh. Pero en verdad es preferible admitir que la marcha del universo no depende enteramente de ti. Es como el color de los ojos. que sostenían la identidad del tiempo. ¿piensas de veras que alguna vez saldré adelante? —preguntó. No parece por lo menos que estuvieras consumiéndote.. Dejar que. o no. — ¡Que estuviera engordando! —se quejó Melodye—. Las dos muchachas se detuvieron.. Y aquí en este porche hay un sitio vacío del tamaño de mí misma que trata de llegar a ser. Si no estás demasiado decidida a remodelarte de acuerdo con tus propios deseos.

. Por supuesto. —Mi tema es el tema de una canción —dijo la señorita Carolle—. ¡Ríete de las vendas ahora que las heridas se han cerrado! La señorita Carolle murmuró en el repentino silencio: —Nos hemos reunido aquí en Tu Nombre. inclinando la cabeza. de todos modos la historia me parece interesante pues mi delicada mano italiana. Lea dejó que el mundo se alejara de ella. pensó Lea asombrada. Las miró con atención.. con una fuerza curativa. . En seguida se preguntó por qué la señorita Carolle le había hecho pensar en impedimentos. o para salir. de modo que a Lea le pareció que la música misma se había modulado en palabras. y habían perdido la llave. desgarrado por la angustia de la música. impedida. Yo he estado practicando corno loca y casi enciendo una el otro día. ocultando la cara. y luego comenzaba. Sentía en el corazón. Apoyó la cabeza en los brazos. En seguida una voz tomó la melodía. tensos un instante. Cuestan unos pocos centavos cada una. ¡Y ella es una Extraña! Oh. —Hola —dijo el doctor Curtis deslizándose en su asiento junto a Lea—. Le gustará la historia de esta noche —dijo saludando a Lea con un movimiento de cabeza—. y el dolor de todos los cautiverios. Ni tampoco lámparas de petróleo. Oh.. pero se concentró obstinada en las luces que colgaban del cielo raso.. Tullida. ¿Listos? La música se alzó suavemente. ¿Qué son? —Luces —sonrió Karen—.. La señorita Carolle bajó por el pasillo y el doctor Curtis calló. ¿Cómo podíamos cantar una canción del Señor en esa tierra extraña? Lea cerró los ojos y sintió que unas lágrimas débiles se le deslizaban bajo los párpados. sobe el pupitre. ¡No seas tonta!. la historia. se dijo a sí misma. dejo que las historias fluyan atravesándome.saberlo. dijo el pensamiento afilado de Karen. viniendo de ninguna parte y de todas partes. Lea. Unos pocos centavos y Dita. te digo que no sabes hasta qué punto recurres al orgullo para calentarte en este mundo frío hasta que alguien abre un agujero en ese orgullo y una corriente de aire te hace temblar de pies a cabeza. y era ahora un llanto que antes nunca había encontrado expresión. el dolor de todos los cautivos que alguna vez habían sido. Antes que unas cuentecitas de sudor frío tuvieran tiempo de formársele en el labio superior y en el nacimiento del cabello sintió que Karen la tocaba. Hay muchas cosas en común entre usted y la señorita Carolle. Me parece muy interesante. O lo ha sido. La gente era ahora una persona que escuchaba mientras la señorita Carolle se retorcía las manos y extendía los dedos. —Rió de buena gana—. Traigo mi mente vacía a las reuniones. Se instaló casi con alegría en el pupitre que había llegado a ser agradablemente familiar. pensó fatigosamente. Contuvo el aliento sintiendo que la oscuridad crecía y la desgarraba. Lea se sintió envuelta en una dulce plenitud. y llevo de vuelta a casa mi mente vacía. Aquellos que nos habían esclavizado nos pedían una canción y aquellos que nos habían arruinado nos pedían alegría y que cantáramos una canción de Sión. Es casi como drogarse con películas o libros o televisión. pero más especialmente el de aquellos que se habían exiliado ellos mismos. poco a poco. ¡pero es una impedida!. o simplemente para desgarrarla. ¿Muchas cosas en común entre nosotras? Retorció la punta del pañuelo. se corrigió. Dita fue ese necesario desgarrón para muchos de nosotros. suavemente. Ella las enciende para nosotros. para entrar. ¿A casa? ¿A casa? Sintió en el pecho la torsión de un puño cerrado. ¿Impedimentos? Lea enrojeció.. quiero decir. —No son luces eléctricas —le susurró a Karen—. Gracias. benditas sean sus puntiagudas orejitas. admitió con humildad. Bueno. Sólo mientras no tratara de descubrir significados o de relacionar una cosa con otra podría ella conservar esa paz precaria de los días plegados y las noches activas. mi jarabe balsámico. que se habían encerrado en sí mismos. y también la semejanza. A orillas de los ríos de Babilonia Llorábamos recordando a Sión y las arpas colgaban de los sauces.

La primera mata de hojas se dibujaba contra el filo de la luna cuando de pronto lo vi: el chico Francher. abriendo un oscuro rectángulo en el costado blanco de la tienda. y bajaban en cascadas jubilosas. tristes con una tristeza que no sabe de consuelos. cantando. Oí cómo las notas se empinaban rápidamente. el principio de algo. Estaba sentado en la tabla. allá arriba bajo los aleros. Y de pronto lo vi allá arriba. La alegre danza se hizo más lenta y cambió. hosca de ordinario. apuntaba al jardín de atrás de la casa de los Somatasen donde yo alquilaba una habitación. la mitad en nuestro jardín y la otra mitad detrás de la tienda. tocándolos con las puntas de los dedos. y la miró y la escuchó. un momento. De pronto la cara se le ensombreció. Las recogió bruscamente y caminó por la luz de la luna hasta la ventanita y entró por allí de cabeza. pues me pareció que la presencia de alguien. ¿Qué hacía allí ese chico. El chico reapareció poco después. balanceando lentamente la cabeza. con una sonrisita en la cara. no digamos el chico Francher. Parpadeé y miré de nuevo. Abrió la caja de caramelos y la cerró de nuevo. El chico Francher se sentó en el extremo del madero de doce por doce que estaba allí tirado. intacta en el aire.CAUTIVERIO Supongo que muchas almas solitarias se habrán sentado a la ventana por las noches. Tres botellas de cola. una caja de caramelos largos. Poco después hubo un movimiento en la abertura. Las notas cautelosas cantaban bajas pero claras en la noche tranquila. empujando suavemente las hojas de vidrio. Estaba yo apoyada contra el marco de la ventana. sola. Un hueco abierto. débilmente oí cómo subía una escala musical. y el patio se iba deslizando hacia la sombra. dando vueltas. Me asomé a mirar. Una abertura. más allá de la curva del jardín. a plena luz. bastante cerca como para que el diluvio de luz me tocara los pies desnudos y el borde del camisón. en las ventanas. como en una actitud de expectativa. mirando afuera el diluvio de luz de luna. la armónica cantaba una sencilla canción. Alzó una botella y observó la tapa. Se sentó en el aire. Yo disfrutaba precipitada. felices. El chico se sentó y estudió los objetos. una esquina de la tienda de Croman. y cómo descendía luego. Pasó un dedo por la armónica y la levantó sosteniéndola entre las puntas de los dedos índices. La armónica lloró en voz baja a la luz de la luna. débil. Sentí una momentánea oleada de desilusión y molestia. Ventanas. pero muy pocos sin duda habrán visto lo que yo vi aquella noche. Nada del chico Francher. hasta el suelo. Tienda. la armónica bailaba y tocaba. Nada del chico Francher. estropearía esa perfecta belleza. Las ventanitas de la tienda parpadeaban bajo el alero. y vi el reflejo cromado de la armónica. La luz de la luna encendía agujeros en las copas de los álamos. mitad negro y mitad blanco. sacando primero la cabeza. separada de la noche. brevemente de la magia de esa belleza antes que la luna se perdiera detrás del espeso boscaje de álamos a orillas del arroyo. Cuidadosa y ordenadamente dispuso el botín a lo largo de la tabla. me dije a mí misma. un llanto doliente e interrogativo que subía en espiral. La miró a la luz de la luna. mirando la armónica. Detrás. desatendida. una tristeza subrayada por esa belleza que es en sí misma una pena agradable. revoloteando y disparándose como una libélula. al filo del claro de luna? En el caprichoso ordenamiento del pueblo. El chico Francher estaba de pie. quienquiera que fuese. Eh. y el chico Francher asomó con las manos llenas y bajó deslizándose por la luz de la luna. pero mi molestia pasó en seguida. Ventanas. de espaldas a la luna. Y casi en seguida desapareció. al fin entró . un preludio de movimiento. salpicando de blanco las patas de la cama. Y mientras él miraba. El chico encogía los hombros. y una armónica grande que había estado durante años en la tienda. junto con la armónica. a no más de media docena de metros. cuando se despertó mi interés. Y la luna llegó a un espacio abierto entre los árboles e iluminó casi con violencia al chico Francher. bailando de las sombras a la luz y retrocediendo de nuevo. observando las ventanas. pero sin iluminar nada de mí que pudiera mostrarme como una persona. y miró las cosas que había dejado sobre el madero. Y mientras el chico movía la cabeza.

—Me rindo.. Bajé despacio mi taza. siempre hay alguna manera de llegar a ellos. Si por lo menos fuera agresivo. Ni siquiera una decente taza de café que me dé ánimos para enfrentar a ese monstruito. La mente me daba vueltas alrededor de lo que había pasado.Anna se ruborizó hasta las orejas. Me reí: —Cinco cucharadas de azúcar estropearían cualquier cosa. La luz del sol de la mañana llegó hasta la mesa del desayuno. y cuando pasamos todos los límites. Anna se ruborizó todavía más. y me acomodé para dormir. o activamente cualquier cosa. el chico Francher. o activamente malo. —No exagero. siguiendo la danza y el fulgor de una armónica que lloraba a la luz de la luna. más allá del tazón de azúcar.. Pero no.. pero.. mi reacción es de furia. y me volví. pero tengo que mandarlo fuera en las clases de música. y hasta para atrás. Y no desesperes. como una planta.. Admito que el café está demasiado fuerte.. anoche.. Se alejó entre las sombras. Por milésima vez alcancé mis muletas y me columpié al borde del lecho.. y dejé escapar un suspiro que no recordaba haber retenido. echando sombras alpinas al otro lado de los copos de maíz. —Anna hacía girar la cucharita entre las manos — ... pero no exageres. No puedo llegar a él de ningún modo. Cuando el chico está en la sala. Miré el madero desierto y me pasé la lengua por los labios. Entorné los ojos a la luz. Te lo juro. — ¡Vamos! —dije—. Aspiré una larga bocanada de ese aire de la montaña que —se suponía— me hacía tanto bien. —Miró furtivamente alrededor y bajó la voz—: Una vez tocó todo un disco sin estar enchufado. ¿Al chico Francher? ¿Fuera? ¿Por qué? Creí que se estaba siempre quieto. los puños hundidos en los bolsillos. es como una planta —dijo lentamente—. envuelta en el consuelo familiar de mis oraciones de la noche. Mi cabeza dio media vuelta sobre el apoyo de las manos. Anoche. Miré el cuadrado encendido que era la ventana hasta que al fin la luz onduló y se encrespó ante mis ojos somnolientos. tan oscuro como ese café. Por milésima vez murmuré no. No soporto a los niños que pueden y no quieren. ese maldito tocadiscos marcha siempre demasiado despacio o demasiado rápido.. los codos sobresaliendo a los costados. —Jugueteó con la cucharita y al fin estalló—: Pero a veces el tocadiscos no funciona cuando él está. —. Y una vez.por la ventana y la música se perdió en la oscuridad. No supe decir si furiosa o turbada. fui pasando de la vigilia al sueño. pero no parecía inclinada a hincar los dientes en alguna clase de explicación. En todos los niños hay algo. esperanzado a esa hora de la mañana. es cierto. quiero decir. —Anna frunció oscuramente el ceño y agregó otras dos cucharadas de azúcar al café—. Me desperté sobresaltada. Anna vaciló buscando las palabras — . como una planta. ¿Probaste con la música? La música hace milagros. Es ridículo. y al fin él hace algo. los codos aleteando hacia atrás. recordé a medias.. y no había dicho mis oraciones. y no pude entender que hubiera algo vivo y activo y tan. Solté la cortina de viejo encaje en la que mis dedos apretados habían abierto cuatro agujeros del tamaño de mis uñas.. en todos menos en el chico Francher. se sienta ahí. se me habían dormido los brazos. ¡Música! —La cucharita tintineó contra el plato. tal vez yo pudiese hacer algo. Me apoyé sobre los codos por encima de la taza de café. Arropada en cama. . Prefiero de veras un idiota activo a un genio apático. y caminé a tientas hasta la cama. —Anna Semper puso la tercera cucharada de azúcar en el café y se movió morosamente—. Me recosté en la almohada y me puse las manos detrás de la cabeza. la luz de la luna se había ido. —Probó el café e hizo una mueca—. Arrastré mi parte inerte sobre la cama. La ventana se cerró con un dic.. y me quedé mirando mi desánimo. — Sí. y el chico Francher bajó golpeando el suelo.

El chico miró la mecedora. El chico subió los escalones del porche mientras yo lo estudiaba.. y se inclinó sobre la taza. si tuviera.. la cerró. La inmediatez de los relojes había muerto para mí. enrojeciendo otra vez. más allá del portón. y no puedo salir. —Eh. sin mostrar nada de la incomodidad que cualquier otro niño hubiera sentido. Luché sobre mis pies y me balanceé hasta la ventana. Continué. es hora de mi peregrinaje a la colina. Empiezo a creer en poltergeists. Abrió la boca. ¡Enderézate la aureola! Arma me saludó sacudiendo un codo mientras desaparecía detrás del viejo sauce. qué buena idea. ¿No querrías tenerlo para siempre? — ¿Por qué no te sientas? —le dije al chico señalando la mecedora del porche. mientras me preguntaba cómo me las arreglaría con este asunto. Toqué una tostada fría.. — ¿Polio? —me dijo. sintiendo en la memoria ese dolor que comenta—: Hace un año yo podía. Anna se miró el reloj de pulsera. —No —dije—. mirando la distorsión del tiempo.. Bastante como para que hubiese una eternidad entre lo que yo era ahora y la última vez que me había movido descuidadamente—.—Tendrías que patentar eso —dije—.. Si tuvieras que lidiar con ese chico en clase. No pensé que lo haría. rápida. —Anna vaciló—. de sonido raro. . Por eso te entiendo en eso del chico Francher. Gracias. apreciativamente. oí el ruido del portón y alcé los ojos del libro. Hasta luego. Trepó los tres escalones y me alargó un sobre en silencio. Y la puerta vaivén del vestíbulo repitió la partida de Anna. sonriendo: — Sí —dije—. — ¿Cómo te llamas? Francher me miró sin curiosidad. El viejo mecanismo que cerraba el portón con un contrapeso golpeó duramente detrás del chico Francher. —¡Eh! —grité. — ¡Ríete! —Anna bebió otro sorbo de café. Bueno.. y se dejó caer en el escalón superior. — ¿Eras maestra? Yo ya no verificaba automáticamente la hora. Te daría montones de dinero. —Francher. Anna se detuvo en la cerca y me miró por encima del hombro mientras apoyaba los libros en el poste del portón. Y durante un instante la odié a Anna. No —negando esa leve posibilidad que me hubiese mantenido fuera de la resignación.. —Siempre hay alguno. en donde había esperado un movimiento. una y otra vez. ya sabes. Yo también tuve niños como ése. —¿Sí? — Si te da mucho trabajo. Magnífico. —Tenía una voz áspera. Bueno. eso que actúa por medio o a causa de un adolescente. haciendo una mueca—. un accidente de auto. —No —contesté—. a lo mejor un día. —Ah —dijo Anna—. pero lo hizo. Al menos descansarás un rato. en una situación semejante. No fue más que un par de días después. ¿Hace mucho? — ¿Mucho? —Durante un momento me quedé como perpleja. — Sí. —Anna suspiró levantándose—. con entusiasmo decreciente. mándamelo con una nota... tenía una cara sincera y me miraba con simpatía. Casi un año —dije. — ¿Tu primer nombre? —Mi nombre. " —Ah. Lo abrí: Decía: ¡Sacúdete la aureola! Me encuentro en un atolladero. y al mismo tiempo evitaba volverse hacia las muletas apoyadas en la mesa.. ¿Cuánto hacía? Bastante como para estremecerme cada vez que me sorprendía la inmovilidad.

por muy poco tiempo —le contesté. delincuente juvenil. Me arrastré sobre mis pies. observando en mi mente esa imagen cálida: espaldas estrechas e indefensas bajo un batón ligero y húmedo. pero allí. Cuando volví con la cadena del llavero. —Clement Francher —repetí—. como «Bueno.. —Ah —dije—. y tuve que volver a sentarme observada por aquellos ojos fijos. fui bastante rápida y hábil en vista de las circunstancias. Se le torcía en las puntas. haragán. A veces le hacía daño y la asustaba. y sin que hubiera habido ningún movimiento visible de relajación. Al fin estuve de pie y salí balanceándome por la puerta. Retrocedí ante la helada malicia de aquella voz. Me contestó sencillamente. mamá hacía un número.. Yo lo había decepcionado o le había fallado de algún modo. —Muy poco.. —El chico miró para otro lado. como si tuviera algún derecho a saberlo. —El chico miraba la nota—. Me adoptaron luego. Mamá —la voz se le apagó casi del todo—. Sólo cuando le leía la mente a un Bueno. que suena como rasguños. — ¿Quieres decir que tocas un instrumento? El chico se enfurruñó.. chatas como hojas de papel. el esfuerzo me pareció interminable y doloroso. Hay una cosa que quiero mostrarte. —Los ojos del chico miraban por encima de mi cabeza—. Yo hago música con instrumentos. Oh. recordando lo que había visto aquella noche. impaciente. ¿hay alguna diferencia? —Sí. ni aun así. como si no pudiera hacer otra cosa. o visitaba una iglesia oscura. Odio esa música envasada. Era un número muy bueno. —Con la mirada... Pero la señorita Semper no me cree. la tensión cesó del todo. ¿pero cómo te llaman? Las cejas se le alzaron oblicuamente y una sonrisita amarga le dobló las comisuras de los labios. Las palabras caían entre nosotros. — ¿Y dónde está ahora? —le pregunté. Quieren hacer de mí un ciudadano decente. — ¿Cantas? —No. ante los ojos del chico Francher. Suena bien. con hebras de pelo mojado que le goteaban sobre un hombro. — Sí. Hace tres años. qué puede esperarse de un ambiente como ése». Yo hago música. A veces volvía a la casa rodante y lloraba y lloraba y se daba una ducha muy muy larga y se lavaba hasta que se le arrugaban las manos y el pelo le colgaba en mechones empapados. carga insoportable. creo. el chico miraba todavía mi silla vacía. en nuestro silencio. — ¿De qué ambiente hablan? —le pregunté con tranquilidad. El chico Francher apretó los nudillos blancos contra los desteñidos pantalones de dril. mejor de lo que ella quería. inútil. leía el pensamiento. eso de meterse en las mentes de otras personas. —Espera —le dije—. El chico hablaba sin ninguna inflexión en la voz. como si me debiera la respuesta. —Pero sobre todo me dicen una frase entera. Mejor que cualquiera. como en un diálogo de primer grado. —La feria. —No.. —Dicen que Clement. de velas altas. —Te gusta la música —le dije enroscándome la nota de Arma en el dedo índice. a pesar de su edad. Pero los ojos seguían siendo los de un muchachito demasiado grande para llorar y demasiado chico para cualquier otra clase de consuelo.. — ¿No puede levantarse sola? —me preguntó natural mente. —Se fue. íbamos por todas las ferias del país. . No podía sacarse el miedo y el odio y. Murió. y el cansancio y la suciedad. De pronto los dedos fueron rosados otra vez.— ¿No tienes otro? —le pregunté pacientemente.

—Sonrió torcidamente—. Quizá sea culpa de la lavandería. Había un dije allí: una armónica de cuatro notas. nítidas. Además. Los cheques mensuales alcanzaban para vivir. Maldito polvo de tiza. El papel era opaco. —Hundió la cara entre las manos y rompió a llorar—. y creer que va a durar.. Además los hizo en menos de una hora.—No camina sin esos aparatos —me dijo él. y se apoyó contra la balaustrada.. sí. llegaron las cuatro notas. yo era la única suplente disponible. y yo me encontré una vez más aceptando el desafío de una clase. Quisiera ser optimista.. el chico Francher dijo que me reemplazarías hasta que se me curara la neumonía. y el octavo grado fue trasladado de prisa abajo. inclinando la cabeza de modo que el sol le tembló sobre el pelo. Me he quedado escasa de ropas. Volvió y se metió en el libro de matemática e hizo todos los trabajos de la semana. —Ahora se rió. y luego. A media mañana yo ya conocía algo de lo que tanto perturbaba a Anna. Hubo una leve pausa. El chico Francher se fue. —Hizo otras muecas y se llevó una mano al pecho—. El chico Francher tomó la cadenita entre los dedos y balanceó el dije hacia atrás y adelante. Pasó un rato. No sabe que no es más que polvo de tiza. Toma. Al fin y al cabo. ¿Qué era el chico Francher? Ese día Anna volvió de la escuela. ¿De modo que la madre del chico Francher había tenido el poder de leer los pensamientos? ¿De modo que él conocía lo que había en el sobre cerrado? ¿O lo había sabido antes por Anna? De modo que podía hacer música en una armónica. La presencia del chico Francher era como un peso muerto para cualquier tarea que nos propusiéramos. Espero que a ella se le haya pasado ya. Gracias por tu ayuda. un leve sonido vacilante. Me enfurece de veras. De todos modos. —No puedo caminar sin esos aparatos. una risita silenciosa—. mitad recostada. No estoy enferma. Se alejó por el pasillo. luego llegó el médico y le auscultó el pecho y meneó la cabeza. y me quedé sentada largo rato en el porche. mitad sentada. Mis atropellados pensamientos se detuvieron. los ojos cerrados por el esfuerzo—. que había descuidado hasta entonces. Parece que encendiste un fuego debajo de ese chico Francher —dijo—. Todavía hablaba del chico Francher cuando vino la señora Somansen y la llevó a la cama. pero era bueno llevar en los bolsillos un poco de dinero extra. los dedos cerrados sobre la armónica. aun el sueldo de una suplente. Las cuatro notas juntas eran como el aliento débil de un acorde. y las cuatro notas solitarias se unieron en un acorde dulce y claro. ¿no es cierto? Es sólo ese maldito chico Francher. El escalofrío fue desplazado en seguida por una ola de cálida excitación. Me han dado cuerda como un reloj y sonaré en cualquier momento. Y así fue como el primer grado que estaba en la planta baja fue trasladado de prisa arriba. tan diminuta que yo nunca había podido hacer sonar una nota por separado. una después de la otra. De modo que el chico Francher era. Falta aire aquí. ¿A trabajar? —A trabajar. Las . —El chico me devolvió la cadena y se puso de pie —. que nunca me enfermo. altas. con un sonido ronco—. por donde yo había abierto el sobre. a mí me gustaba Arma. Había un extremo roto. —Tomó aliento. era siempre bienvenido. — ¿Y si se lo digo? —Le grité mirándolo. Pruebe si quiere. La cadena dejó de moverse. mientras miraba cómo el sol me trepaba por la falda hasta el regazo. Sí. subió cansadamente los cuatro escalones. Al fin di vuelta el sobre de Anna.. Me vuelvo. cualquier aumento de la mensualidad. —Medio se rió e hizo una mueca—. El borde engomado estaba intacto. — Se llevó los dedos al cuello de la blusa—. —Haces música —le dije con una voz que apenas se oía. —Le extendí mi llavero. —Echó atrás la cabeza y aspiró otra bocanada. —Estoy demasiado cansada para sentarme —dijo—. Soplé un pequeño acorde en la armónica y sentí que un escalofrío me subía por la espalda. diciéndome a mí misma que el chico Francher no necesitaba ningún conocimiento especial para saber que yo sería la suplente. —Se lo dije ya una vez —me contestó por encima del hombro—. Por ahora al menos.

la boca triste. ¿Qué podía hacer yo con semejante chico? Bueno. y me devolvió la mirada. Esto. y los pulgares enganchados en los bolsillos de delante. sino una oposición activa. cambiando en vano de posición. me habían abrumado de veras. Miré al chico. Se pasa el tiempo diciendo locuras. Un enemigo de la ley no es un hombre útil. orgulloso.. apoyando todo el peso del cuerpo en la nuca y el extremo lejano de la columna vertebral. Meneé la cabeza lentamente. El tono había sido inexpresivo. positivo no—hacer. Pero en seguida se enderezó. Dejé que los ruidos de la partida se desvanecieran y murieran: el último retintín apresurado de una caja de almuerzo. y constructores de puentes. Vi de pronto que el pesado globo terráqueo se movía en el último estante de la biblioteca. Vi cómo se alzaba en el estante y grité: —¡Clement! La urgencia de mi voz sobresaltó a toda la clase. El chico Francher estaba echado en su asiento. tratando de aliviar el grito tenso de unos músculos doloridos. la fatiga de estar en posición vertical todo el día en vez de caer de cuando en cuando en la horizontal. aflojando los hombros. puedo hacerlo. Algunos niños gritaron. Pero ése no es el camino de la felicidad. y la tensión de sentirme otra vez presa. Haré una lista y violaré las leyes que haya. indiferente. con las acostumbradas y también inesperadas bailarinas de ballet y físicos atómicos (aunque el niño todavía no sabía sumar seis más nueve). en un cuarto poblado de adolescentes y preadolescentes. Le miré los planos jóvenes y descarnados del rostro. cuando la polémica se rompió en espumas como una ola contra el chico Francher. Se mojó el dedo índice en la lengua y dibujó una marca invisible en el aire. pero tenía que hacer algo. —Quizá —dije. creando remolinos de distracción. sino un agresivo.. detrás de Rigo. Yo utilizaré a los otros.lecciones cojeaban. Los malos no son felices porque son malos. de modo que le dije que se quedara después de terminadas las clases. incluso al chico Francher.. señorita Carolle. deslizándose hacia el borde. —¿Quién quiere ser útil? —preguntó Francher—. y no me meterán preso. los ojos que se le nublaban en una . —Un enemigo de la ley —dijo Francher hoscamente. Clement? —lo incité. —No. Los buenos no son felices porque tienen miedo de los malos. terca. aunque los otros se preguntaban por qué. El chico Francher se apoyaba ya en un pie ya en otro. La clase suspiró. — ¿Y quién es feliz? —dijo el chico—. Así que caí en el eterno refugio de las maestras fatigadas. —Yo digo que está loco —interrumpió Rigo con una luz en los ojos negros—. — Siéntate —le dije al fin. Encontré los ojos del chico Francher y vi que enrojecía y bajaba la cabeza. y a eso de la media tarde me sentí como atontada. —¿Para qué? —le pregunté tratando de acallar un espasmo de dolor—. — ¿Y tú. y allí se quedó.. que se hizo trizas a sus pies. —Clement —le dije suavemente—. se atascaban. el último susurro de unas pisadas. Ya habíamos pasado por las acostumbradas enfermeras y pilotos y camareras de avión. y esperó la contribución de Clement Francher. y se detenían cuando llegaban a él. sabiendo que era cierto—. el último portazo reverberante. junto con mi decepción —la fácil comunicación que había habido alguna vez entre nosotros se había interrumpido del todo—. No le haga caso. helada. creo que tú. apenada. No era sólo un estorbo. y abrí una discusión acerca de qué—quiero—ser—cuando—sea—grande. otros boquearon. Francher esperó apoyado contra la puerta desafiándome con todos los desgarbados ángulos del cuerpo. y al fin se alzó una babel de voces. No era sólo una especie negativa de no—participación lo que emanaba del chico Francher. apartándose de la línea de caída del globo terráqueo. aunque nadie hubiese podido decir en qué consistía exactamente esa oposición. La actividad daba vueltas alrededor de su inactividad. sin tomarse la molestia de enderezarse—. y Rigo se hizo a un lado. desafiante. apretada. todos juntos pero en silencio.

Un cálido abrazo. y en seguida empalideció. No tienes derecho a hacer daño a la gente con tu propio daño.. Y yo tenía que llegar a este mi niño. como seguramente ya estaba haciéndolo. mientras contenía el aliento esperando a que mi reacción contra unas rodillas inertes se apagara del todo. —Hay ocasiones en que basta contener el aliento. y les hice una mueca. apoyando las manos en el borde. —Deje tranquila a mi madre. No son nuestros preferidos. Son los niños que se nos aposentan en nuestro corazón. —Sí —dije—. Ayudémonos a partir. y pensé qué podría decirle. —Francher —le dije suavemente—. pero hasta esa violencia puede servirte de algo. Ordené el escritorio y saqué mi bolso del cajón de abajo. Tragó saliva. —Sonreí torciendo la boca—. Francher habló con una voz ronca. — ¡La gente! —lo dijo como si fuera una blasfemia. la violencia puede servirnos. por ahora. o pateamos una lata vacía. —Hay violencias mayores quizá —proseguí—. Apoyé la cabeza sobre el escritorio y dejé que la fatiga me inundara. por alguna razón. saltaron. Callé un rato. deslizándose a la tierra de nadie. o cuando —vacilé—. —Todos sentimos la violencia en nosotros. pero no siempre podemos dejarla salir. Suspiré. Me enderecé trabajosamente. Me incliné sobre el escritorio. De manera que ayudé con los programas escolares y los bailes . Déjela tranquila. La violencia del asalto y el crimen. De manera que éste sería mi niño. Se lanzó hacia la puerta. o cuando corremos hasta que las rodillas se nos doblan de cansancio. del vandalismo y la guerra. En otros momentos es demasiado grande. o cortamos leña. hay muchas cosas inútiles que necesitan ser destruidas. a veces. —Las cejas de Francher bajaban ahora sobre unos ojos vigilantes —. De algún modo tenía que impedir que cruzase la frontera. Si Francher hubiese sido más pequeño. Un minuto después me puse a acomodar los papeles. Si quieres destruir. Abrió la boca. —Puedo destruir. pero destruye para construir. si tu madre pudiera entrar en tu mente. Las pestañas del chico Francher aletearon. —Vamos.. una larga mirada que aletea al borde de una sonrisa pueden ablandar los brazos y piernas más rígidos y rebeldes. A veces ni siquiera los tenemos en nuestra clase. es posible que te hubiera golpeado la cabeza con una enciclopedia. sin que nadie los haya invitado. Nosotras las maestras los encontramos a veces. El olor del polvo de tiza se me había metido de nuevo en la nariz. —La voz era agitada y ronca—. y para siempre. Me miró a los ojos por primera vez. De súbito. como cuando batimos una torta. Arma estuvo ausente una semana. Este mi niño (más aún que el mi niño de costumbre) era diferente. y no veía la hora de empezar a trabajar de nuevo. casi con exasperación. eché una mirada hacia mis muletas. ¿pero qué se puede hacer con una criatura que no es un adulto ni un niño. hasta que la violencia se va de nosotros. sino enigmáticamente ambas cosas? Me incliné hacia adelante.. Escuché el ruido de los pasos que se alejaban y el golpe devastador de la puerta de calle. sentí que mi corazón lo seguía por la loma hasta el pueblo. ahora. alguna vez —dije apretando las manos—. Tomé aliento.. Si hace un rato yo hubiera obedecido a mis impulsos.obstinada resolución. mi resistencia a dejar la clase me sorprendió de veras. y demandan sus derechos por encima de la—llamada—del—deber. Pero. y crece dentro como un globo hasta que nos ahoga los pulmones y nos lastima las mandíbulas. Pero todavía no sabes qué cosas son ésas. amigas —dije—. y convendría que guardaras tu violencia. Piensa en lo que ocurriría si fuera de otro modo. Está muerta. Los razonamientos eran inútiles. una mano que acaricia una cabeza despeinada. Un chico de esa edad tiene respuestas para todo. Francher enrojeció.

Juntó todo el papel crepé del pueblo y lo sujetó con clavos. Miré de soslayo. Yo no lo pedí. mañana es sábado. No pierdas el tiempo. y nos divertimos juntos. —Es una lástima. y desapareció del otro lado del edificio. Todos aquí a las nueve. Rigo parecía incrédulo. —Bueno. Pudo haber sido el chico Francher. —Oh. como hipnotizado. . tercamente. Sentí que algo se movía apenas junto a mi brazo. burlonamente. pero sólo alcancé a verle el borde afilado de la mejilla. ¿no? Tuve ganas de taparle la boca a Rigo. Tendremos que buscar otro modo de sacarlas. o pudo haber sido la sombra de un pensamiento. tú puedes también. Y esto íbamos a arreglarlo hoy. clavos grandes. — ¿Cuánto hace que están ahí esos adornos? Eché atrás la cabeza para ver mejor las ennegrecidas telarañas de papel crepé que cubría todo el cielo raso y la parte alta de las paredes. Ya no vive en la aldea. Tú no eres nadie en especial. y retorció entre los dedos la punta mojada de una trenza—. estropeando en un segundo todo nuestro entusiasmo. Por lo menos las más nuevas. Digo yo. —Haba Verde pidió prestada una escalera a una cuadrilla que tendía cables en la mina de Campana Azul —dijo Rigo—. clavos o no clavos no vamos a tener un baile de disfraz con esas cosas ahí colgando. —Sí. Bueno. —Enderecé las muletas. Haba Verde las puso. A quién se le habrá ocurrido hacer techos de seis metros de altura. ¿Cómo los sacamos? —preguntó Janniset. y Francher les clavó de nuevo los ojos. —Bueno. Y el chico Francher se escurrió. —Extrañaremos esos viejos adornos. Te apuesto a que no es verdad. Tuvo silicosis y se fue a Manantiales Calientes. Mañana tengo que trabajar. que cambiaba de posición y se apoyaba en el otro pie. y nos pondremos a trabajar. No me gustaba la inmovilidad de las manos de Francher. ¿cómo habrá sido? —¿Estás tratando de entender a ese idiota? — preguntó Janniset—. —Un trabajo miserable. —Podríamos traer rastrillos y arrancarlos tirando —sugirió Twyla. Rigo hizo sonar de nuevo la uña. pero me contuve. —Rigo hizo sonar la uña de un pulgar contra el filo de los dientes blancos—. —¿Haba Verde? —Sí. Twyla dejó de mordisquearse la punta de una trenza. pero ayudará.de los jóvenes. ¡está trabajando! —Twyla escupió pensativa un pelo extraviado. — Creo que podría conseguir una escalera. — ¿Trabajar? ¿Dónde? —Separando escoria en lo de Absalom. creo. Todos nos reímos hasta que calmé a los niños diciéndoles: —Quizá tengamos que hacerlo. Pagan monedas. Si nosotros podemos. y todo eso llevó naturalmente al día en que la comisión y yo nos encontramos en el salón municipal de fiestas y todos miramos alrededor desesperanzada—mente. —Yo no puedo. El chico Francher está haciendo algo. cabizbajo. aunque todo lo que hizo el chico fue mirar de soslayo a Rigo y decir: — Me pusieron como voluntario en esta comisión. Se supone que trabajamos todos juntos. —Cerca de cuatro años. Un loco. y la pelusa de la nuca. sin una mirada de despedida. — ¿Cómo? — Rigo estaba belicoso—. Estás en la comisión. —El chico Francher echó anclas. No llegará muy arriba.

¿Quién lo tocaba? Bueno. Aquí estoy de nuevo. y que te esperan.. ¡Hola! Creí que te habías ido. Y entonces. Lo miré irse. aliviada. —dijo Francher—. en el último instante.. hasta que de pronto aparté la piedra que había salido a tiempo del agujero. a la larga luz oblicua del crepúsculo que traspasaba los árboles. — ¿Qué instrumento es ése? Hablé con una voz temblorosa. y me vi a mí misma tendida. y luego empezaron a cantar: Oh.—Váyanse. y ella se ha ido. adecuando la marcha a mis pies vacilantes. pero estoy ahorrando para comprarme un instrumento de música. ¡Qué sinvergüenza! . —De sitios de miedo y de terror. ¡oh. ¿Qué clase de instrumento? —No sé —dijo el chico—. y aflojé un poco las manos contraídas. flautas. No me parecía bien pedirles que no corrieran tanto. —Pero yo lo he oído. Se lo oía a mamá. en silencio.. pero ahora es algún día.. un pedazo de humanidad inútil y fuera de servicio. Cada una de las notas de esa melodía. ¡Qué suerte! Y en ese mismo momento vi que el chico Francher estaba a mi lado.. De hambre y oscuridad. caída y sola en el callejón. Y el tiempo tampoco se detuvo para usted. todavía no! Dejé el salón y cerré con candado. Y allí. Esperé dentro del vestíbulo polvoriento y resonante hasta que los ecos de la partida murieron en el rocoso callejón que bordeaba el terraplén del ferrocarril y desembocaba en una calle del pueblo. Bregué precariamente sobre las losas y piedras sueltas. flautas. el pedrusco resbaló a un lado y mi muleta cayó clavándose en el agujero blando y húmedo donde había estado la piedra. ágilmente.. —Tendrás que contentarte con algo menos. —Oh. metida en una charla que no tiene sentido. las. que era mi preferida. en el rocoso sendero. escalones por los que yo podía subir libre. una carga y un estorbo para todos. —De veras tengo que trabajar. que llaman. perdiendo el equilibrio. Pero hay otros algún día en el futuro. Hasta mañana. aguardando otra vez. Dio media vuelta. que el único lugar donde podría apoyar mi muleta vacilante era un pedrusco pulido y redondo. La voz de Francher me bajó de nuevo a la tierra. — Sí —dijo Francher—. preocupada. No hay un instrumento así. El chico parecía desorientado. —La voz de Francher había perdido el tono monótono de costumbre—. oí unas notas débiles que vacilaban y tropezaban al principio. Hoy no podemos hacer nada. Vi con una estremecida claridad. en un rápido segundo.. pero todavía no. Algo que canté así. oye las.. —Sí —suspiré recordando cómo yo había soñado que algún día podría correr de nuevo—. se abría en mí corno una flor blanca.. niños —dije—. Pero caramba. Recobré el aliento. Tal vez algún día yo podría aceptar mis soportes como otros aceptan un par de anteojos. pensé. —Esperé que no me hubiera visto debatiéndome en mi torpeza—. Ella me prometió que yo entendería algún día. —Tal vez —dije—. —Qué sinvergüenza —dije en voz alta—. y de pronto el borde de una losa se quebró bajo la presión de mi muleta y trastabillé. A medio camino entre la locura y el sueño. Mamá lo pensaba para mí. pero muy bien —dije sonriéndole a aquella mirada insólita que se clavaba en mí—. y se alzaba como en escalones. —Bueno. No es mucho. con una expresión de algún modo desanimada—. y echó a andar. Yo cerraré. ¿De dónde era tu mamá? —pregunté impulsiva mente. La punta de mi muleta trazó en la tierra unos círculos concéntricos. —El chico me miró frunciendo la boca.

. los ojos muy abiertos. Parece como si alguien hubiese tenido un ataque de furia. oye Latí flautas. como si esperase que la golpearan.. Rigo clavaba los ojos en el entarimado de la orquesta. Eh. Y esos clavos tan. Mientras los niños iban a buscar las escobas alcé dos clavos y los golpeé uno contra otro. De pronto. Rigo sonrió mostrando los dientes. Yo tenía la impresión de que el cielo raso se había venido abajo. en equilibro sobre las cabezas. — ¡Ya está! —dijo frotándose el dedo contra el vestido—. No ocurrirá. a pesar de la vieja pintura. Ordenadamente alineados en el borde de la tarima estaban todos los clavos que había sostenido el papel. Twyla volteó todos los clavos. y con tanto cuidado. ¿no es cierto? —Sí. Mejor prevenir que. con una vocecita: — ¿Y si ocurre de nuevo antes del baile del viernes? Todo este trabajo. Hay que tener un poco de cuidado. alguien nos ahorró el trabajo. a las nueve menos cinco. con las puntas hacia arriba. —Me sostendrá —dijo—. Algunos clavos cayeron rodando.. y todos suspiramos satisfechos. no necesitaremos la escalera. Tenía que haber sido una increíble cantidad de papel. Se miró con atención la punta de una trenza y me dijo: —Fue él. pero Twyla me esperaba aún cuando me volví desde la puerta. las flautas. Twyla se estremeció y se mordió los labios. Twyla se adelantó y movió un dedo hacia los clavos. pues ten cuidado entonces —sonreí mientras abría la puerta—. ¿qué pasó aquí? — ¡Miren. supongo que sí —dije. retrocediendo. — ¿Cómo lo hizo? —Lo conoces desde antes que yo —repliqué—. Rigo sostenía una escalera descolada.. sonando débilmente sobre la madera de la tarima. A mediodía teníamos el lugar bien limpio.. cubierta generosamente de goterones de pintura. ¿Cómo lo hizo? . —Bueno —dije—. brillante casi. miren! —chillaba Twyla—. —Bueno. o se hubiera vuelto loco. y hubiera roto todos los papeles imaginando que mataba a alguien.. La usé anoche para recoger manzanas. —No ocurrirá —prometí—. Retrocedí y toqué el candado un par de veces. A la tarde ya habíamos colgado los nuevos adornos: guirnaldas de color naranja y negro. Todo es una locura ahora. y los restos cubrían el suelo en trocitos. tan ordenados. nada más. Cuando cerramos. turbada. es más loco que lo del papel. y los clavos tintinearon: Oh. Traigan las escobas y saquemos esta basura. y qué hermoso era. y con dos peldaños rotos. —Demonios —boqueó Janniset—. Rigo. los chicos me esperaban a la puerta del salón..A la mañana siguiente. como si los hubieran puesto ahí uno por uno. La voz se me apagó y murió mientras yo miraba dentro. loco o no loco. —Me da miedo —dijo—. como una andrajosa nevada... Los otros se empujaron en silencio a mi alrededor. No es normal. Es mala para la cera. Twyla me dijo de pronto. No queremos sangre derramada en la pista de baile. pues ahora nos llegaba casi a los tobillos mientras vadeábamos el salón. No quedaba ningún papel en las paredes y el cielo raso. —Parece bastante raquítica —le dije—. arrebujados contra el frío de octubre que un sol lechoso no había tenido tiempo aún de dispersar. que llaman.. ¡miren! Miramos mientras entrábamos arrastrando los pies.

Usted me hace decir cosas que yo nunca diría. Pero yo hubiese apostado que muchas de ellas hubiesen querido ver esa belleza en sus propios niños. Twyla se volvió a mirar y casi pude verle los golpes del corazón bajo la tela azul. Si yo hubiera sabido. Quería que él se divirtiera con el resto de ustedes. y luego en voz baja—. Francher me hace pensar y creer cosas que yo nunca pensaría ni creería sola. e inclinando la cabeza me miró de soslayo—.. pieza tras pieza. estaba tan hundido en los ojos oscuros de Angie. las miradas que asomaban a la madurez gracias a una corbata y una chaqueta. Todo lo que hace esa mujer es quejarse de lo mucho que se sacrifica cuidando del chico Francher. Twyla apuró el ponche. y luego Janniset se escurrió para ir a ver de nuevo a Marty. Tal vez venga aún. se olvidó de sí mismo en cuanto se dio vuelta y se levantó los estrechos pantalones como si hubiesen sido los viejos vaqueros de dril.. Las faldas de crinolina se deslizaban como pimpollos invertidos sobre el brillo de los tacones altos.. —Pero en la complacida satisfacción que le había dejado mi formalidad. cómo se parecen los adolescentes a los adultos cuando se sacan las camisas de franela y los pantalones de dril. Me siento rara con mangas. —Gracias —dije—. Yo había olvidado el estremecido canto de un baile de adolescentes. »¿Sabe? —dijo en seguida.. Había olvidado los pasitos cautelosos sobre tacones altos. Twyla. y no le tembló ni un pelo de la cabeza increíblemente brillante cuando le sonreí mis: —Buenas noches. pendientes. Cuando me miró. exponiendo su vestido al peligro de las salpicaduras. No. hasta el primer intervalo. ¡Y Angie! Bueno. Me miró una vez. que en la escuela era sólo una chica. . no parecía una alumna de octavo grado: vestido sin breteles. Porque no tiene ropa de fiesta como los otros. Es gracioso. Quizás haya razones que no conocemos. Hizo música en mí. Usted es un poco como él. Apuesto que por eso no vino. y además —señalé con un movimiento de cabeza—. Usted deja que yo diga cosas que no me animaría a decirles a los otros. y no lo cuida para nada. se aparecía como la aurora de un milagro femenino.—Nadie conoce al chico Francher —dijo Twyla. Se supone que la señora McVey tiene que comprarle ropa. —No —contestó Twyla—.. no es cierto. pero no causa risa —continuó apresuradamente—. Nadie las usa. y se pasó la lengua por la comisura de los labios. tenía un vestido «muy poco adecuado para su edad». pero que aquí. lo tiró debajo de la silla. —Tienes un hermoso vestido —le dije—. ojos tentadores y alegres. —No vino —dijo hoscamente. que entendí por qué los jóvenes mexicanos se casan tan pronto.. ahí está. afuera del contexto de las costumbres y tradiciones estaba tan hermosa que quitaba el aliento. En esta pequeña comunidad las chicas se vestían siempre de gala con cualquier pretexto. —Twyla inclinó el vaso lentamente. —Ah. pero no pasaba mucho tiempo antes de que los zapatos fueran desechados y olvidados bajo alguna silla o colgaran de alguna mano materna mientras los pies desnudos desafiaban los pasos de los muchachos. y Angie tan hundida en los ojos oscuros de él. Gracias. y en seguida.. y unas joyas y un maquillaje que la larga fila de madres y tías observaron con desaprobación. Le dan dinero para eso. Me gusta cuando giras y se te ven las enaguas rojas bajo el azul. Ella y Janniset me trajeron ponche hasta donde yo estaba sentada junto con otros espectadores. todavía dentro del eco de esas extrañas palabras — . Por supuesto. Nada más que los pantalones de dril. con brusquedad. —Lo siento —dije—. y el baile de la víspera de Todos los Santos era casi siempre el primer acontecimiento del otoño. —Tal vez.. vestida de fiesta. —Gracias —Twyla se alisó los pliegues de la falda—. Y cómo. quiero decir.. —La mano se le endureció sobre la trenza. —No critiquemos a los demás —le dije—. qué pena —dije—. La belleza latina de Rigo resplandecía de veras. realmente me miró. Janniset apenas cabía en su propio esplendor.. Es culpa de ella. señor Janniset. Twyla tenía las mejillas brillantes y rió.

Una última frase deslizante y el chico Francher bajó a tierra. Ningún giro de azul en contraste con el pesado balanceo de una cola de caballo castaño—dorada. La voz de Twyla fue tan suave que yo apenas alcancé a oírla. No había pasado un tren por esos rieles desde principios de siglo. Se detuvo un instante. y el lento descenso del chico junto con las hojas de otoño. Había muchos sitios a los que ella podía haber ido con todo derecho. En cambio me detuve al otro lado del arbusto que tenía delante y miré lo que ella hacía. y la camisa de dibujos ya apenas visibles excepto a lo largo de las costuras. deseando haberlo tenido bien puesto y no sólo echado sobre los hombros. El chico era una hoja mayor que las otras. Pero de algún modo yo no podía verlo a Francher como una entidad separada. y la mujer fue remolcada por el abuelo Griggs. —Me parece que no —dije. Ante el primer acorde retrocedió a la oscuridad. y audible a medias. —Claro —dijo Twyla—. aunque fuera en este modo menor. Pero el aire era claro y limpio. no pude volverme hacia Twyla. ¿Conmigo? ¿Así? —El chico se señaló las ropas. danzando junto con Francher. Un metro más allá vi el revoloteo de la falda y quise llamar a Twyla. Meneé la cabeza. De pronto oyó el susurro de un movimiento y se volvió rápidamente. Eso no importa. vestida con pantalones de dril y camisa de franela. Me arrebujé en el abrigo. con la señora Frisney. deshaciendo en polvo una hoja quebradiza que tenía entre los dedos. No estaba bien. pues las ropas no pueden esconderse como la mente o el alma. las vueltas y los giros. y me vi envuelta en una conversación del todo incomprensible. La niña se había ido. y sentí cómo Twyla se ponía muy rígida. El chico Francher estaba bailando: bailando solo en la noche quieta. tristemente. la cara apretada. No podía decir qué cosa se respiraba allá atrás en el salón. recordando a la señora McVey. —No entrará —casi gritó entre la música que destruía una melodía y juntaba los trozos sanguinolientos. Fascinada. volviéndose a mí. me encontraba ya a mitad de camino en el sendero que acompañaba a las vías del ferrocarril. o tal vez especialmente en este modo menor. pero él tenía los ojos clavados en la tarima de los músicos. miré el cielo abrasado de estrellas que se transformaban en una claridad blanca junto a la media luna y perforaban de luz el horizonte oscuro. miré el torbellino y el balanceo. la cabeza inclinada. la aguda definición de una mano o una cabeza que se volvían en el aire me sobresaltaba de veras. desteñidos y casi blancos a fuerza de lavados. que se preparaban para seguir tocando. y justo del otro lado crecía un monte de sauces y álamos y unos pocos pinos ásperos. Si tú hubieras querido. llevadas todas por los helados vientos del otoño. y fui balanceándome por entre los bailarines hasta salir al paralizante escalofrío de la noche. Twyla había salido al claro. Traté de encontrar la mirada de Francher y hacerle señas. pero no era aire. Durante un instante los dos niños se quedaron mirándose en silencio. Cuando entré a la sombra de los árboles. Él y las hojas estaban unidos de tal modo que la repentina. ¿Delante de todos? ¿Por qué no? —dijo Twyla—. No. Tuve un acceso de furia. a la defensiva. La busqué mirando por el salón. . pero sentí de pronto una inconfundible necesidad de aire fresco. pues una columna de hojas amarillas se alzaba desde el suelo y giraba a su alrededor. Hasta que no empezó la pieza siguiente. Cuando terminé de sacar lo que fuera de mis pulmones y los llené con la frescura de la noche. siguiendo una melodía con movimientos tan exactos que yo no alcanzaba a distinguirlos del sonido de la música.El chico Francher estaba apoyado contra la puerta. esto de no permitirle ser como los otros chicos. Di un paso vacilante hacia la oscuridad. No había motivo para que yo me sintiera inquieta. El ruido del movimiento y la música me sacaron de mi abstracción. no solo. Era trágico que el chico Francher tuviera que satisfacer casi toda su hambre con este puñado de músicos inexpertos. Francher llevaba los pantalones de dril de siempre. impasible. —Hubiera bailado contigo. el vuelo hasta más arriba de las copas de los árboles.

despacio.. Tan leve como las hojas que se movían a los pies de los dos niños. De los caprichos de una aldea. El muchacho volvió la cara y puso la boca contra la palma de la mano de Twyla. clavando los ojos en mi tarea. Antes que el corazón asombrado se me quebrara del todo. Hubo un breve silencio. pero eso tampoco la distrajo.. dejándolos de pie sobre la hierba desigual. y una buena explicación. hasta la mejilla de Francher. Bueno.. Anna dijo: —¡Uf! —y se lanzó hacia mi sillón. la mano de Twyla se alzó.—No en el salón —dijo Francher—. pero aun ahora no hay adjetivos en mi corazón para aquel encantamiento. — ¿Sin música? —El chico Francher. oscilante. Cuánto ruido por un poco de romance nocturno. culpables de las mismas correrías. Llegué a tiempo para oír el murmullo. y así tranquilizan sus propias conciencias.. haciendo quién—sabe—qué. las enaguas de color escarlata de Twyla se le enredaron en una rama y dejaron un jirón brillante que se agitó en el viento. una melodía extraña. aparentemente en la segunda vuelta que daba al salón: «. bruscamente—. inclinó el sillón. eso cambia las cosas. Luego de una pausa sin aliento. como un vals. plenamente: la música perdida que una madre había legado a su niño. —Entonces aquí —dijo Twyla extendiendo las manos. Te apuesto a que los otros niños se sienten también ultrajados. —Bueno —dijo Anna—. Dejé que cruzara los rieles hacia el baile antes de seguirla. Twyla pasó tan cerca de mí que me rozó con los bordes de la falda. una creería que el chico Francher es un leproso o algo parecido. Cuando los largos giros de la música los trajeron de vuelta en espiral hacia el claro. suave. ¿pero qué pasó? —Bailaron —dije—. —No estaban solos —dije como al descuido y manteniendo a rienda corta mi indignación—. y la enconada malicia de «y trae la enagua rota». ultrajada—. De veras. Interesante. Yo estaba allí. Twyla estaba tan entregada a la magia del momento que no advirtió —estoy segura— que sus pies ya no tocaban las hojas caídas. Señor! —gimió. Cuando la pata delantera se salió de su sitio. ávida. Estaban fuera en la oscuridad. bueno.¿estabas allí? —Sí. —La música —pero las manos de Francher buscaban las de ella. repuso la pata. ¡Imagínate! —La voz le temblaba ahora. ¿Qué pasó? No es que yo —dijo rápidamente— crea en esos chismes. solos. maravillada. caramba. ella se quedó suspendida en el aire. y con la destreza de una larga práctica. — ¿Bailaron y nada más? . —Tu música —dijo Twyla. — ¿Estabas allí? —Las cejas se le alzaron a Anna. la música se apagó lentamente. — ¿Qué pasa ahora? —pregunté cambiando la dirección de mi aguja de ganchillo mientras terminaba otra hilera del tapete. Ahí afuera sola con el chico Francher». ¡líbrame. acerca de Twyla. De modo que bailaron en el claro.. y en seguida se sumergió en las profundidades polvorientas — . Luego dieron los dos media vuelta y se separaron sin decirse una palabra. Manchas de estiércol sobre las galas de un vestido de Pascua.. La música se hizo más rápida y creció. mientras circundaban el claro. Hay algo ahí apretado y duro. ¡Con el chico Francher! —En seguida habló normalmente—. Todavía los veo. Pero como se trata del chico Francher. Y la música comenzó. —¿Quieres decir que no estás enterada del último escándalo? —Los ojos se le abrieron en una mueca de horror y la voz le bajó a un tono cómplice—. El chico Francher tenía vergüenza de sus ropas y no quería entrar en el salón. —La música de mi madre — corrigió Francher. Pero. No notó que sus zapatos rozaban de pronto las copas de los árboles. tarareó —dije.

Los rieles. colérico y frío. A las cinco de la tarde del miércoles toda el agua del estanque de Holmes se alzó como un geiser y cayó de nuevo aplastando los pocos peces que quedaban y abriéndose paso hacia el arroyo. que no ocurriera nada.. Y la señora McVey contribuye con el postre: la incurable depravación de los niños huérfanos. Me asusté ante la simple... pero no impresionó en lo más mínimo a la señora Holmes.estruendo y un rugido. faltos de apoyo. un rayo lento y sutil. Pero creo que el chico Francher no irá más a un baile con pantalones de dril. pero de todos modos el rayo cayó sobre Arroyo del Sauce. al pie de la casa de Thurman... Hizo una delicada referencia al precio de la ropa.. a la mesa del desayuno. como aperitivo. esa noche volví a la casa de los Somensen con los ojos bastante más abiertos. Yo me iba quedando sin aliento a medida que llegaban las noticias. en vez de un paseo de quince minutos. Claro que Turbow venía hablando desde hacía años de echar abajo esa ruina. — Arma se había puesto seria al fin—. —¿Qué pasa? —pregunté mientras todos me clavaban las miradas y yo me sentía como una polilla a la luz de una batería de reflectores. Tendrías que llevar tu tapete al club de costura.. Y por supuesto. enorme y de cuerpo entero. y no le gustó nada. y se curvaron hacia arriba en dos rosetones absurdos. —Señor —exclamé dejándome caer en una silla—. un rayo calculador. — ¿Cómo tengo la cara? —pregunté. Era demasiado fácil. —Pedí mentalmente disculpas por transformar en algo tan pedestre la magia que yo había visto—.. se estremeció y se deshizo ruidosamente en aserrín a las once de la noche del mismo martes. El viejo cobertizo de Turbow estalló sin ruido a las nueve de la noche del martes y los pedazos cayeron por todo el terreno de la granja. ¿les dijiste? —Sí —contesté—. Pero también significaba seguridad para los transeúntes demasiado jóvenes e incapaces de entender que los maderos podridos no eran una maravillosa mezcla de gimnasio y jungla.. y dejó allí un jirón antes que se diera cuenta. Quizá me hubiera quedado tranquila si hubiese podido tachar con una línea los dos últimos nombres en mi lista de socias del club. Metí mi tejido en la bolsa. Los vecinos habían estado insistiéndole a Holmes durante años. y ahí está ahora. que tiene seis hijos. ¿qué quedará de mí? —Huesos pelados —dijo Anna en seguida—. Eso fue lo que esperé de veras un tiempo. y me arrebujé en la cama rezando sin palabras contra no sabía qué. si alguna vez empiezan conmigo. Tuvo un buen panorama de sí misma a través de mis ojos.— Sí. —Pero yo. . literal traducción de mis palabras y busqué en mi memoria con aprensión cautelosa. —Estaban sirviendo suculentas porciones de la reputación de Twyla. La ausencia de puente significaba para los Thurman una hora de caminata hasta el pueblo. pero.. —.. —. —Hummm. pero no quisieron creerme. con marcas de dientes. justo en el medio. adonde fue a parar el agua estancada. Pero en la noche del jueves se oyó un . que el demonio toma forma de duende. Y entonces el último madero sólido del viejo puente del ferrocarril.. —Dios quiera que no haga algo peor —entonó Anna piadosamente. y en la mañana del viernes escuché las estremecidas frases de asombro. — ¿Cómo te fue? —preguntó. Anna tomó mis cosas en la puerta. Bueno. a la señora McVey no le gustó que yo hablara de las ropas del chico Francher.. temblaron un momento. No supe qué decir. Creo que me he ganado una enemiga para toda la vida. Y a Twyla se le enredó la enagua en una rama. Bueno.. plagada de larvas de mosquitos.

Y todas las otras cosas. —¿Y la señora McVey? Francher se encogió de hombros. hurgando en el remiendo. Seguro que el diablo anda suelto por aquí. Apunté al cerco pero la solté demasiado pronto. el lunes. Hiciste demasiado. ¿Pero y el último nombre? ¿Qué pasaba con el último? Esa misma tarde el chico Francher se materializó delante de la casa de pensión.Hubo un alboroto alrededor de la mesa. pero supongo que eso no resolvería el problema. Habría que comprarle. El viejo Charlie se aclaró la garganta. — Sé por qué —dije. El viejo Scudder es un buen hombre. —Sí —dije—. Tardarán años en limpiar ese campo. Nunca oí antes que una piedra movediza se viniera abajo. y rompiendo luego toda una sección de la pared de piedra de Leland. comparado con lo que podías haber hecho. in dignada—. —La piedra movediza —cloqueó. con los ojos fijos en mis muletas. —No. Nos quedamos allí en silencio un rato. Ya sabían que no era cierto lo que decían de ti y de Twyla. —Francher —dije inclinándome impulsivamente hacia adelante—. aplastando dos de los cerdos de Scudder. Todo lo que tengo son mis ahorros para el instrumento de música. Sí —dije de prisa—. y yo miré el sol tardío que se le deslizaba por la curva de la mejilla. Me fui en medio de una ardua discusión entre los sustentadores de la teoría del diablo y los que atribuían los fenómenos a las recientes pruebas atómicas.. Ya se te ocurrirá algo. Allí está ahora. saltando como una pelota de ping—pong. porque no se me ocurría nada razonable que decir. pero siempre hay que observar cierto burdo protocolo. sobre todo. — ¿Y los cerdos de Scudder? Un color rosado manchó las mejillas de Francher. sé cómo te sientes. pero no puedo felicitarte por lo poco que hiciste. ¡y ni un centavo irá a parar a unos cerdos! —Bueno.. en el escalón inferior del porche.. regando finamente a sus vecinos— se vino abajo anoche. Ahora yo podía tachar otro nombre de la lista. bueno —dije—. No había necesidad.. —El alero de cejas protuberantes de Blue Noe se alzó y cayó prodigiosamente—. ¿nunca pensaste por qué puedes hacer lo que haces? Los ojos del chico volaron a los míos. ¡No había necesidad! —Los ojos del chico llamearon y yo parpadeé apartándome de aquella mirada recta. y pensé que ésta era una extraña conversación. ¿has pensado algo? —No sé —dijo Francher—. aun en una casa de pensión. grande como una casa. no lo resolvería —dije—. Francher inclinó de nuevo la cabeza. Les dije la verdad a todas esas mujeres. Están pasando cosas raras. Sobre todo eso de los cerdos y de la pared. ¿Tienes algún dinero? — ¡No para cerdos! —llameó el chico—. . en medio del campo de alfalfa. pasando por encima de una media docena de cercas. creo. Al fin decidí no ser razonable. — ¿Nunca pensó por qué no puede hacer lo que no hace? Me sonrojé y enderecé las muletas. —El viejo tomó un largo sorbo de café—. Tienen suerte los malditos que no los haya aplastado a todos. Podría traer unos cerdos de otra parte. —Lo de los cerdos fue sin querer —murmuró el muchacho pasando el dedo por un remiendo que tenía en la rodilla—. Todos se morían por hablar. —Se me escapó —dijo—. tomó un largo trago de café y se lo paseó pensativa y cuidadosamente alrededor de los dientes antes de tragárselo. —Me da de comer.

la tendió con dos colchones de desecho del ejército. Creo. además de ese asunto de la conversación. tratando de mantener viva la llama de mi cólera. y agrietándose las manos con el deshidratante de la mezcla. y un cojín decorado con un pavo real en technicolor. Quizá la pared no quedó tan derecha como antes. —No sé qué otra cosa hubiera podido conseguir sin habernos avisado antes —dijo la mujer haciendo girar una alfombra andrajosa de modo que no se viera que estaba quemada—. en el cuarto frente al mío. no puedes hacer aquello. El auto tuvo un desperfecto cuando subía por las lomas. yo tampoco sé por qué puedo. —Espero que sí —sonreí—. alzando las piedras pesadas. monótono y bajo. sobre todo teniendo en cuenta el monto de la paga. y era tan bueno tener a alguien con quien hablar. Luego roció el polvo con agua. —Todo se me lastimó —dije con amargura. conmocionó la aldea. que lo dominaba todo. pero no tenía interés en discutir temas de más de tres sílabas. que me acerqué al doctor Curtís porque él no miraba ni dejaba de mirar mis muletas. después de la comida. No sabe en realidad por qué. Es quizás el cuarto más apresurado que haya tenido nunca. Creo que esto le convendrá. —Ya está —suspiró la señora Somansen sacando el polvo del tocador con una punta del delantal—. Se lastimó algo más que el cuerpo en ese accidente. se alzaron y bajaron suavemente los escalones. Ni siquiera los doctores lo saben. Sólo sabe cuando empieza el no puedo. Bueno. pero usted. se habló de los últimos y sorprendentes sucesos.. Para esta época un tal doctor Curtís vino al pueblo. puso un ladrillo bajo una pata de la cama. —Las muletas no pueden caminar —dijo el chico Francher—. y charlamos acompañados por el murmullo de la radio. luego que la señora Somansen lo hubo limpiado frenéticamente con el simple recurso de empujar todas las cajas y potes y sobras y restos hasta el extremo del pasillo y taparlos allí con un lienzo. pateando una piedra del sendero. y coronó el espléndido conjunto con dos colchas tejidas a mano. una sábana con borde crochet y otra de muselina cruda.. como no puedes hacer esto. —Nada termina —dijo el chico Francher—. Se quedó en lo de Somansen. No es que la gente de Arroyo del Sauce fuera ignorante. El doctor Curtis parecía un hombre tranquilo y amable. el pecho agarrotado por el frío horror de aquella noche y lo que vino luego—. la pared de Leland tenía que ser reconstruida. Scudder preguntó aquí y allá. y los subieron y se apoyaron de nuevo en el sitio de costumbre. Los dedos de Francher revolotearon y mis muletas se movieron. que usara palabras de más de dos sílabas. Todo terminó. miré cómo se iba. La aparición de los cerdos extraños en la propiedad de Scudder. Que le pagaran por hacerlo no quitaba nada al acto en sí mismo. El doctor . desenterró una almohada maravillosamente blanda. nos sentamos todos alrededor de la maciza estufa de kerosene en el salón de delante. pero que se desinflaba al menor contacto convirtiéndose en una oblea que olía a plumas húmedas. excepto por la punzada de «aquí hay uno que no me ha conocido sin ellas». Esa noche. y fregó el barro resultante. en el prado del este. y entonces recuerdo que puedo. Yo no hice preguntas pero me tranquilicé un tiempo con respecto al chico Francher. Bueno. Por supuesto. Trabajó fuerte. Si no fuera porque le he echado el ojo a ese nuevo abrigo. y el trabajo lo hizo el chico Francher. Era agradable. y el doctor Curtís se vio obligado a aceptar nuestra hospitalidad hasta que Bill Thurman pudiera encontrar el repuesto necesario. con las manos en los bolsillos. pero no averiguó nada y se guardó los animales. «vino al pueblo» es un eufemismo. Helada por dentro. pero a veces siento dentro mí una ola de algo que grita tratando de librarse de todos los no puedo de alrededor... y el hecho de que todo se le fue en la otra reparación.. no sabe —dijo Francher—. todo. ¿Cuándo va a empezar usted? Y Francher se escurrió. Todo empieza siempre. aunque los hechos raros que habían ocurrido antes atenuaron la maravilla del caso. Ni siquiera sé dónde empieza.—No. la cabeza inclinada. Bueno. pero —y así lo esperaba— una piedra suelta había encontrado un sitio firme en alguna parte del chico Francher por medio de este acto de compensación..

el doctor Curtís miró a un lado y nuestros ojos se encontraron. Y muletas que caminan solas —dije con rapidez—. —Pero la música. — ¿Qué pienso yo? —El doctor Curtís se inclinó hacia adelante en la vieja mecedora. Francher estaba un poco apartado de los demás. y encendió el motor—. —Sería un mundo pobre y mezquino de otro modo — dijo el doctor—. puede ser bastante molesto. Oh Señor.. como rosetones. Quizá me sirva alguna vez. Vi cómo el chico Francher se enderezaba lentamente. ¿Si deja de creer? —Las palabras me siguieron—. Quiere decir si empieza a creer. — Sentí un tirón en el corazón ante la repentina inexpresividad de la cara del médico. y en seguida se detuvo. Por supuesto.. El hombre podía hablar volublemente de cosas inexplicables. con el .. El doctor Curtís entró en el jeep. buenas noches a todos. y cómo dejar allí el coche en arreglo. me sentía una tonta a la mañana siguiente.Curtís se interesó mucho. y en él hubo algo así como un estallido de perplejidad. y hojas de otoño que bailan en un claro sin viento.30—06 bajo un brazo y el pesado saco de caza bajo el otro. si soy una buena muchacha y dejo de creer. ¿Cuál es la radio? —le preguntó a Bill. —El viejo Charlie golpeó la pipa haciendo caer la ceniza en la palma de la mano y miró alrededor buscando el cesto de los papeles — . Así el coche estará listo cuando usted vuelva. Bien. Alzó una mano en el aire. y tocó los botones del tablero. —Tomé las muletas y fui ciegamente hacia la puerta—. como intentando un ademán. Como le decía. recostado en un árbol. La partida del viejo fue la señal para que los otros decidieran irse a la cama a la muy prudente hora de las diez de la noche. a la mesa del desayuno. —Dígale a Bill que volverá una semana antes —aconsejó el viejo Charlie—.. —Plegué la falda entre los dedos y la volví a alisar. ¿Radio? ¿En este jeep? —Bill rió. Lo recordaré. —Entonces hay lugar en la vida para lo inexplicable. Una vez que nos acostumbramos a esos esquemas es muy difícil romperlos y probar otros.. —Hummm. Al fin salió el doctor Curtís. todo en un minúsculo intervalo. casi imperceptible. no hasta el punto de ir a acostarme temprano. y cómo se sacaba las manos de los bolsillos mientras miraba al doctor Curtís. Pienso que ocurren muchísimas cosas que nuestros esquemas familiares de pensamiento no alcanzan a explicar. parece —sonrió. Pero yo no me sentía prudente. Como siempre. pero el doctor Curtís no comentó nuestra conversación y yo tampoco. Como oír música imposible. yo le contesté con mi ignorancia. Fue un encuentro breve. Y quizás un día. En el momento de echar mano a la palanca de cambios. . o deslizarse por un rayo de luna. que llevaba los avíos del doctor Curtís del auto al jeep. o por lo menos una hipótesis cortés. A veces me parece que hubiera sido mejor no curarme. El doctor estaba discutiendo el alquiler de un jeep para su excursión de caza. pero no creía de veras — .. sobre todo cuando le contaron lo de los rieles que se habían curvado hacia arriba. —El doctor Curtís hizo una pausa. He estado canturreando entre dientes yo mismo. En otro tiempo yo apartaba de mí todo lo que no podía explicar. titubeando. —El hombre sonrió con nostalgia—. Si dejo de creer. dejó caer la ceniza en la maceta del geranio. Arma y yo nos inclinamos a mirar por encima de la cerca del costado. y dejó descansar los brazos sobre las rodillas—. caminaré de nuevo. el grupo esperaba de él una explicación. El chico Francher estaba entre el grupo de gente que se reunió para observar a Bill. se sentó al volante. Buena manera de decir que usted tampoco sabe. pero había una pregunta en los ojos del médico. y extraño. chasqueada otra vez. —No fuerce sus esquemas —dije por encima del hombro—. Como era médico. pero me curé de eso una vez. entre marcha atrás y primera. y se fue chupando la pipa vacía.. Paseó aturdidamente los ojos por el salón. Sí —dije impulsivamente—.. De modo que quizá lo mejor sea no buscar ninguna explicación. El jeep despertó con un rugido y retrocedió por el patio dispersando al grupo.

Pero no parecía importarle que yo le prestara o no atención. ¡Sí! Fuimos fácilmente loma abajo. —Mis engranajes mentales dieron lentamente una vuelta más. Algo que quizá tu madre soñó para ti. ¡nos vamos de caza! — ¿Quién es? —Las manos del chico Francher apretaban el borde de la cerca. tú le preguntas quién es . hablando de dinero y de música. gracias —dije—. y ahora podía comprarse un buen instrumento. —No sé —dije—. — Supongo que podría llamarlo rapur —dijo. impulsivamente: —Francher. como si fuese una palabra.. Me apoyé jadeando en un peñasco de granito y dejé que la brisa que traía de lejos la frescura de la nieve me levantara el pelo mientras yo me recobraba. Francher había ahorrado bastante. — Francher aspiró una trémula bocanada—. Él es como usted. me había dejado arrastrar a otra conversación tipo Francher. pero él mismo no sabe.. moviendo los labios.. — ¿El doctor Curtis? —pregunté.el que sabe. Sólo dos sonidos. ¿por qué hablas conmigo? . Es hermoso ser una pluma en semejante pájaro. Instrumento de música es algo largo e incómodo. buscando horizontes más amplios y que contrarrestaran la cerrazón del día. pero el sentido es un sinsentido. —Bueno. pero no es eso. las palabras parecen comunes. y de la posibilidad de encontrar alguna vez algo que sonara como un rapur. —Se quedó sin palabras. El chico Francher escuchó con la cabeza inclinada. —Ha oído música antes. mientras yo me afanaba cuesta arriba detrás de la casa de pensión. suavizando la a—. Hubiese preferido caminar sola. ¿Quién quiere café? Esa tarde el chico Francher me acompañó. frotándose la mano contra el peñasco—. extraña. —Bueno —dijo Anna—. —Me sentía intrigada. Tiene que venir a buscar el coche. —Bueno. Se llama doctor Curtís. — Sí —casi lloró Francher—. Nos detuvimos al pie de la colina y dije entonces. No. y sin impulso—. ¿Qué te parece a ti? —Estoy casi seguro de que hay otros como mi madre.. protegiéndome las orejas. y empezaba a gustarme —. —No —dijo Francher lentamente. entonces dilos. el chico me habló: Si ese hombre conoce el nombre del instrumento. — ¿Y para el doctor? —Hum. Tengo como una impresión débil.. —Me imagino que sí —dijo Anna. ¿Qué nombre es ése? —pregunté frotándome la nariz en el sitio donde el cuello del abrigo me hacía cos quillas. —¿Aquella música? —le pregunté a Francher. tú sabes bien que no hay ningún instrumento con ese nombre. Cuando vuelva.. —No es realmente un nombre —dijo Francher—. entonces. Todo es muy sencillo entonces. Otros que conocen también la locura y el sueño. él conoce a alguien que sabe. Por supuesto. —Bueno —dijo Anna—. Me envolví en el abrigo. Cuando una piedra describió en el aire un ángulo recto. ¡Sí! —Volverá —dije—.Miramos el remolino de polvo detrás del jeep a medida que se alejaba gruñendo hacia el camino. ¿pero qué instrumento? Me habló un rato de melodías y tonos y escalas y claves. — Sí. Él. volvió a mí unos ojos de ciego. —Rapur —dije—. sin una palabra. El chico Francher tenía un puñado de piedrecillas y las tiraba contra las latas herrumbrosas que punteaban la loma. de modo que no me molestó demasiado. en parte porque necesitaba un poco de silencio y en parte porque el chico nunca apartaba los ojos (¿acusadores?) de mis muletas. antes de golpear contra una lata.

toda actividad. Supongo que yo había imaginado que todos quienes rodeaban al chico Francher habían llegado a conocerlo como yo. Por algún extraño camino habían llegado a la conclusión de que Francher era responsable de todas esas cosas raras que habían estado ocurriendo en la aldea. Revisé todo lo que había pasado desde que yo lo conocía. Las palabras tienen un terrible poder: destruyen las situaciones delicadas y cortan los lazos frágiles.. Me sentí conmovida. pensé. Por supuesto. ¡si es una suerte que no haya caído en manos de la ley! Y sentí un nudo frío en el estómago imaginando qué podría pasar si el chico Francher avanzaba por algún camino que no fuese el de la ley. Llegaban noticias sobre grandes nevadas en la montaña de Mingus. estuviera a punto de ser barrida de Arroyo del Sauce con el trapo gris del invierno. De todos modos. Yo suspiraba por las delgadas. y me costó encontrar algo que pudiera parecer de veras positivo a los ojos de la gente. y planeaban un fin de semana de gala con un concierto el viernes por la tarde y un baile para los jóvenes el sábado por la noche. Las palabras llegaron a mí cuando ya no las esperaba. y también suspirábamos. horas de nubes y lluvias y nevisca y heladas y vientos crueles. un haragán. desdichadas caritas apretadas contra los vidrios de las ventanillas. y también de gente famosa. a pesar de que al fin parecía comportarse en un nivel bastante aceptable.. Eran en su mayoría chicos inadaptados o no deseados. el torbellino arrastró a toda la aldea. Pero.. Había hijos de millonarios en el rancho. Vimos cómo los primeros copos caían perezosamente y cómo luego se deshacían en lágrimas contra las casas apretadas. cuyos padres podían darse el lujo de sacárselos de encima de un plumazo con el pretexto de que se criaran en un lugar saludable. aunque por distintas razones. que el muchacho estaba sintiéndose parte de la comunidad. —Usted no me odia. y Los Cachorros estaría sepultado bajo la nieve todo el invierno. y prestaba atención cada vez que alguien lo mencionaba. Habían importado una orquesta que tocaba conciertos y era también un buen conjunto para bailes. pero comprendía ahora que no era así. el consenso general era que valía la pena soportar un «concierto» con tal de asistir a un baile animado por una orquesta. un inútil. una carga. Minutos de luz de sol y extraños colores de otoño. ocurrió de pronto. y por los tristes ojos vueltos hacia esas casas donde vivían familias que querían a sus hijos. . En esas ocasiones pestañeábamos todos juntos mirando los metales cromados. el elegante rancho—escuela que ocupaba las mejores tierras de la región. Francher tiró otras dos piedrecillas contra el terraplén y se dio vuelta. no se codeaban con los chicos del pueblo. aún. En cambio. Desde ese momento me metí en toda conversación que tuviera como tema al chico Francher.. Yo había pensado. pero nunca teníamos ocasión de echarles una mirada. que a veces salpica de rojo el acostumbrado color gris..Tuve ganas de parar las palabras cuando aún no había acabado de decirlas. Entonces lo inesperado. lo que hacía era manejarse solo. Pregunté a varias personas cómo era posible atribuírselas a un niño. Burlarse de la autoridad es para un adolescente una tentación insidiosamente dulce. el cielo sabe por qué. desde un poco antes de lo acostumbrado. Bueno. con las manos en los bolsillos. académicamente hablando. los días que siguieron a la partida del doctor Curtís fueron típicos días de caza. y yo no quería que mi niño cayera en esa tentación. Los pupilos del rancho.. invitó a todos los escolares del pueblo a una velada musical. y la única respuesta que conseguí fue: —El chico Francher puede hacer cualquier cosa. pobrecitos. pues sólo quienes fueran al concierto serían invitados al baile. Me sorprendió descubrir que para casi todo el mundo Francher era un simple delincuente. Parecía como si toda excitación. excepto cuando atravesaban la aldea en el autobús del rancho. mala. Hasta Arma seguía pensando que Francher era una maldita carga en la escuela. La Media Luna.

un cambio notable comparado con lo que gemía entre la estática de nuestros aparatos de radio. Twyla y yo nos metimos en el auto de Arma y partimos hacia Arroyo del Sauce. No creí que algo pudiera sonar así. oscuros ahora—. en un áspero chillido—. pues los padres se negaban a gastar dinero aun para esta ocasión tan especial. Cuando llegamos a lo de Somansen había un auto estacionado al frente. . Anna me ayudó a sacarme el abrigo y busqué una silla. ¿y el traje nuevo? —No sé —contestó Twyla—. —Sí —dije—. — ¡La McVey! —me silbó Anna en el oído—. realmente un hermoso traje. Francher no estaba en el autobús. y me uní gozosa al aplauso entusiasta. Las chicas discutieron y discutieron y organizaron un mercado de préstamos y trueques.. y los pantalones de dril remendados. con los ojos muy abiertos en una expresión de fascinado terror. ¿oyeron esa trompeta? Me gustaría conseguirme una y soplar un poco. ¡Está de pantalones de dril! —Cómo —exclamé—. Pero también sentí la mordedura de las lágrimas detrás de mis párpados. triturándola en pedacitos soportables. ¡La camisa nueva! —gritó casi la mujer. Mire esos trozos. tan distintas. En realidad nadie sabía cómo había llegado al concierto. donde se amontonaba el público. en las estaciones que alcanzábamos a captar. El concierto fue espléndido. en la tienda de la aldea. ¡Estos pedacitos eran un par de zapatos! La McVey se hundió en la silla. ¡Eh! —dijo Rigo detrás de mí cuando el público empezó a levantarse para irse—. — ¡Mire! —me susurró Twyla—. ¡El traje nuevo! ¡Ni un pedacito más grande que una mano! —Siguió una salpicadura. Otra lluvia de jirones. ¡Zapatos! —Se le quebró la voz—. Me sentía tan ansiosa como Twyla. cuando ya me estaba encarando a la violencia monumental de la señora McVey. Yo estaba contenta por el chico Francher. Fue un verdadero shock ver al muchacho en el concierto. ¡Los zapatos! —La voz de la mujer se alzó todavía más. —Vestirlo —silabeó la McVey con la barbilla en alto mientras se disparaba hacia adelante en la silla—. Aun nuestros entusiastas del rock quedaron atrapados en la maravillosa telaraña de la música. Los zapatos. Arma. desteñidos.. sacando de alguna parte un arrugado pañuelo de papel y secándose el mentón. ¡Vestirlo para que se sienta igual a los demás! —Las manos se le movieron en el aire y yo las esquivé instintivamente y pestañeé cuando un puñado de harapos blancos se esparció a mis pies — . Son difíciles de tocar. los pulgares en los bolsillos. y mis pies muertos no podían marcar ni un compás. pequeños como estampillas. La discusión siguió a lo largo del pasillo. Dejé que los cobres y los tambores aplastaran mi rebelión. Ahora oiría tal vez un débil eco del rapur y vestido de fiesta además. pero quizá lo veamos en el autobús. sin aliento. Tenía una cara oscura e inexpresiva. pues la señora McVey se había rendido al fin y le había comprado un traje nuevo. La música se ha hecho para conmover. una granizada sorda—. ¡Y esos pantalones ni siquiera están limpios! Y se hundió en el asiento sintiendo los ojos acusadores de todo el mundo mirándola a través del chico Francher. Ahora tendría oportunidad de oír música en vivo. ni cómo se había ido. Hay problemas. acurrucada. apoyado contra la puerta de salida. imaginándome al chico Francher envuelto en esplendores. No lo vimos.Hubo mucha discusión y mucha animosidad acerca de lo que había que ponerse para ambas ocasiones. —El miedo combatía ahora con la cólera—. intimidada. Sonaría como una vaca enferma —dijo Janniset—. eran una mancha clara en la penumbra del salón. El corazón me latía con prisa. los pensamientos me zumbaban en la cabeza. La voz de Twyla fue un susurro en mi oído. Hasta yo me perdí durante largos y hermosos momentos en las brillantes huellas melódicas que me llevaban fuera de las tierras grises de lo cotidiano. Twyla se quedó en el umbral de la puerta. Señor. Los muchachos se quedaron tranquilos cuando vieron que el único traje bueno bastaba para las dos ocasiones. No había venido tampoco en el autobús. No tuve tiempo de sacarme el abrigo en el sofocante calor de la sala.

Le compré toda esa ropa nueva para probar. No hagamos comedias. Anna —rogué inclinándome hacia ella—. pero no es momento de ser discreta. El pueblo entero lo juzga... Me. —Las gordas mejillas se le colorearon—. —Me hundí de nuevo en el asiento—. señora McVey. sólo. cada vez más a medida que entornaba los párpados protegiéndose de la claridad. se encerró en su cuarto. Tiene que haber habido alguna causa. —Hizo una pausa y sorbió por la nariz. los ojos muy abiertos. ¡Y él es el demonio! La McVey susurraba ahora. ¡me los tiró a la cabeza! ¡Usted y sus ideas de que quiere ser como los otros! —Los labios se le curvaron como apartándose del veneno de las palabras—. ¿Condenarlo? —Anna me miró vivamente—. —Lo conozco desde antes que tú —dijo tranquilamente. Oh. ¿Qué dijo él? ¿Qué excusa dio? —No dio ninguna excusa —disparó la mujer—. Se quedó callada. El cheque no llegará hasta la semana próxima. — Arma se retorció en su silla—. ¿De dónde sacó el dinero? — ¡Bueno! —La señora McVey empezó a incorporarse extrayendo el cuerpo de las profundidades del sillón—. Sólo... Arma y yo nos miramos. pero no mejor. No tengo por qué quedarme y tolerar que este pedazo de. Twyla estaba de pie a la desnuda luz del cielo raso. Desde antes —admití—. El chico me insultó. — ¿Pero por qué? —Por ninguna razón —boqueó la mujer llevándose una mano al pecho palpitante—. de modo que la mujer continuó. . Anna. Arma. Al fin y al cabo qué puede esperarse. Será mejor que me despida. —Bueno.. La señora McVey y yo nos medimos con los ojos. Creyendo —la voz se le deslizó a un quejumbroso trémolo—.. — ¿Pero qué le pasó? —insistí—. creyendo que él vería que yo sólo deseaba lo mejor para él. aferrándose a los polvorientos brazos del sillón. No hubo ninguna expresión de simpatía durante esta pausa de silencio. —No quiero pelear contigo —dijo Arma—. La señora McVey se cruzó las manos sobre el vientre abultado y frunció la boca. se le acercó tanto que la señora McVey cayó de nuevo sentada.. Habló con una voz tranquila. señorita —dijo la McVey enrojeciendo. —Apreté los labios y respiré hondo—. creyendo que le gustaría.. —El dedo señaló la pila de andrajos—.. Twyla se le acercó. los ojos sombreados por las pestañas.. —Yo ya estaba harta de ser cortés con todas las McVey de este mundo—. no lo condenes sin oírlo. Discúlpeme. —Estamos casi a fin de mes —dijo Twyla—. ¿Ese hijo de Satanás una persona decente? Mi voz sonó insustancial y alta en la calma que sigue al huracán.. — ¿Pero por qué? Tiene que haber dicho algo. — ¿Con qué dinero le compró la ropa? —No es cosa suya.. y lo acusan de todo. Usted podría enseñarle a un estibador. — ¿De semejante ambiente? —estallé—.. y el aliento se le apagó junto con la última palabra. No sabía que estuviésemos juzgándolo. No quiere ser como nadie sino como él mismo. —Hay cosas que una dama no repite —dijo meneando la cabeza.. La puerta se cerró detrás de Anna. Bueno. —Oh. vamos. ofendida—: Y tomó todo. La cara se le ensombreció a Arma y se puso a recoger sus cosas.—Déjelo ser como los otros —susurró la McVey—. con las manos entrelazadas sobre el pecho. por cierto que yo esperaba algo distinto de un ambiente como el tuyo. con aire lúgubre. Había abierto la boca para decir algo cuando noté junto a mí el susurro de un movimiento. —Oh. y salió con eso. tú lo sabes bien.

muchas veces se queda tranquila cuando se enfrenta con algo de veras serio. —La niña dio media vuelta y se apartó del sillón. — ¡Twyla! Las manos de Twyla se alzaron.. fea. así son algunos.. —Pero yo quería. Twyla protestó con un rápido movimiento de manos. la boca abierta en un horrorizado furor. como subrayando la partida.—No le queda nada del cheque después de la primera semana —dijo Twyla—. Le robó el dinero que él había ahorrado. Solteronas amargas que nunca tuvieron hijos metiendo las narices en las casas decentes. sintiendo evidentemente que estaba pisando hielo quebradizo. Sin embargo la gente que reacciona con violencia ante trastornos relativamente mínimos... Ya verá usted. y ladrona! —Twyla —intervine. Lamento lo ocurrido. — ¡Esa McVey! Es capaz de sacar de sus casillas al mismísimo diablo —dijo la señora Somansen. —Mi voz era tranquila pero la hizo callar. Los hombros se le distendieron. Una suerte de pérdida de las proporciones en el nivel de las reacciones emotivas. Twyla —dije—. ¿Cómo respondería? . rebeldes. La señora McVey rodó con rapidez hacia la puerta.. Me enderecé. y yo miraba mi taza de café preguntándome en qué sitio de todo este mundo yo podría encontrar al chico Francher. He dicho muchas veces que una maestra siempre tiene razón. Bueno. —Lo siento. —Adiós. y la falda y el pelo ondularon en el aire—. La puerta se estremeció. Y este mes se compró un salto de cama de nylon. aunque esté equivocada. para comprarse algo. No tenía con que hacer música. —Bueno... —tartamudeó. algún día yo también seré vieja y gorda y fea. —Mejor que venga a la mesa y tome una taza de café —dijo. los ojos de acero en la tensa cara joven—. —Le tomé entre mis manos las manos heladas—. — Es una ladrona! —gritó Twyla—. levantándose—. fatigada. —Le quitó el dinero —dijo Twyla. animada—. ¡Y casi había juntado lo que necesitaba! Y ella estuvo espiándolo y. de color púrpura.. ¿Pero qué haría Francher? Había planeado comprar un instrumento de música y ahora no tenía dinero.. Tuve que detenerla.. gorda. Le costó la cuota de una semana. Algún día —dijo con los dientes apretados — . Creo que así será mejor. Vete a tu casa. —Tengo influencias —dijo—. He oído decir a muchas maestras que he tenido aquí estos años que no eran los chicos quienes las preocupaban sino los padres. La señora McVey se inclinó hacia adelante. Tomó el picaporte y me echó una mirada venenosa por encima del hombro. Desalojé de mi mente a la McVey. Francher estuvo ahorrando casi un año para comprarse. —Twyla. — ¡Lo lamenta! —bufó la mujer. La voz se le perdió en una larga historia de familia que probaba justamente la tesis contraria. —La mujer me empujó al otro lado de la puerta y fue a la cocina a buscar el colador—. Yo tengo que encontrar a Francher. a punto de traicionar una confidencia—. En cuanto Twyla se fue irrumpió la señora Somansen. señora McVey —dije—.. — ¡Es cierto! ¡Es cierto! —Twyla. Desde aquel episodio de los chismes yo tenía mis temores. ¡pero el cielo me libre de ser vieja. temiendo que a la McVey le diera un ataque allí mismo..

si se lo voy a decir a alguien da lo mismo que sea usted. y he aquí que de pronto ellos se me aparecen.. coloreada detrás de .¿Vengándose. pero juraría que oí débilmente el regocijo del trombón. aunque espero que no pierda la cabeza y vaya por ahí contándoselo a todo el mundo. pero me asusté. puede ser una pequeña alucinación luego de las fatigas de una excursión de caza. No supe qué hacer. la cara poblada por una barba desigual. Era evidente que el café estaba frío. aunque ahora que lo pienso los palillos del tambor estaban quietos. pero éste no era el caso. ya que no melódicamente Una vida en las olas del mar. donde comienzan los pinares. esa indefinida transición entre el día y la noche. — ¿Sobrevivir a qué? El doctor Curtis me miró un momento. fue a unos ocho kilómetros más allá del rancho La Media Luna. cargando el equipo de caza. marchando tranquilamente por el camino. —Doctor Curtis —dije con urgencia—. Dios me ayude. Por supuesto. y luego dijo: —Bueno. conduciendo. No vi nada. —Un poco —admitió el médico—. tal vez sería mejor que me tomara ese café. buscando en mi mente algún medio de transporte. Por favor. ¿no? —me dijo.. La casa estaba tranquila en la pausa del atardecer. El tambor llevaba el compás. La señora Somansen se había marchado. ¡por favor! ¿Qué pasó? ¡Dígame! ¡Tengo que saberlo! El doctor Curtis me miró y se puso grave. las ropas oliendo a fuegos de campamento y aire libre. Sin palabras. —Me aferré a una punta de su abrigo de caza—. Eso suponiendo que fuera un trombón con pies. sin meterme con nadie. y mis oídos estaban impacientes. —¿Qué? —El trombón y el tambor mayor —repitió el doctor Curtis—. Tragué saliva y asentí. frío o no. bueno —dijo como quien sigue una conversación—. ¿me puede ayudar? ¿Sin hacerme ninguna pregunta? ¿Puede llevarme ahora mismo? Fui por mi abrigo. Tuve la impresión de que me metían inesperadamente en una alocada comedia de enredos. En fin. Sentí que los dos instrumentos estaban escondidos detrás de un árbol. —Bueno. aunque no es posible marcar el paso de modo muy convincente a dos metros de altura. y se acercó a la mesa tomando la cafetera. — Usted se toma esto muy en serio. Supongo que puedo sobrevivir sin café. —Oh. La historia se arrastraba. cantando con empeño. Allí estaba yo. caídos sobre el parche. sonriendo. Llevando el compás y marchando sin duda con paso perfecto. El doctor se tambaleó hacia adelante. extrañado. — ¡Café! ¡Café! —graznó el doctor Curtis. Estiraba la mano hacia el pestillo cuando la puerta se abrió y casi me hizo caer. el doctor Curtis me ayudó a ponérmelo y me abrió la puerta. o buscando la música en cualquier sitio? ¿Huiría? ¿Adonde? ¿Robaría dinero? ¿Robaría música? ¿Robaría? Me sobresalté y volqué el café en el platillo. un trombón y un tambor marchaban en el aire cruzando el camino. El día se había ido y el cielo era un agua clara sobre el horizonte. — ¡Se asustó! —repetí estúpidamente mientras la cabeza me daba vueltas pensando si le pediría que me ayudase a buscar al chico Francher. Paré el jeep y corrí hacia el sitio por donde habían aparecido. —¿Ellos? —El trombón y el tambor mayor —explicó el doctor Curtis. —Doctor Curtis. Esta vez no sería sólo una armónica. Tanteé mis muletas. —El doctor se frotó con una mano la barbilla hirsuta—. burlándose de mí. pues la vegetación es allí muy espesa.

las lomas, allí donde se había puesto el sol. Pocos minutos después el jeep bramaba cuesta arriba hacia el cruce. Grité por sobre el traqueteante runrún del motor: —Es el chico Francher. Tengo que encontrarlo y conseguir que los devuelva, ¡antes que lo descubran! — ¿Que devuelva qué y adonde? —gritó el doctor Curtis, cuando de pronto el ruido disminuyó. Habíamos llegado a la cima de la cuesta, y la señora Frisney, que en ese momento cruzaba el camino, nos miró estupefacta, el paraguas abierto a la primera luz de las estrellas. —Es demasiado largo de explicar —aullé mientras acelerábamos bajando por la carretera—. Quizá se ha robado ya la orquesta completa, y todo porque la señora McVey le compró un traje nuevo. Tengo que conseguir que la devuelva, o lo arrestarán, el cielo nos ayude. ¿Quiere decir que era el chico Francher quien tenía el trombón y el tambor? —gritó el doctor. ¡Sí! —La tensión de la conversación me lastimaba el pecho—. Y quizá todo lo demás. Tuve que sostenerme para no caer hacia adelante; el doctor Curtís había frenado de golpe. —Mire —dijo—, aclaremos esto. Lo que usted cuenta es todavía más disparatado. ¿Trata de decirme que ese chico se ha robado una orquesta? —Sí —dije—. No me pregunte cómo. No lo sé, pero él puede hacerlo. —Lo tomé de la manga—. ¡Él me dijo que usted sabía! El día que usted se fue de caza, Francher me dijo que usted conocía a alguien que sabía. ¡Estábamos esperándolo! —Bueno, que me maten —dijo el doctor lentamente maravillado—. Bueno, que me cuelguen. —Se pasó la mano por la cara—. Así que ahora me toca a mí. —Extendió la mano hacia la llave del encendido—. ¡Paso, Jemmy! — gritó—. ¡Ahí voy con otro! ¿Tuyo o mío, Jemmy? ¿Tuyo o mío? Fue como si estas extrañas palabras hubiesen disparado un gatillo. De pronto todo lo que parecía incomprensible e insólito se convirtió en una locura insensata. Tuve ganas de no haber conocido nunca Arroyo del Sauce, o al chico Francher, o al doctor Curtís; no haber visto una armónica que tocaba sola, ni las miradas de soslayo de Twyla, ni el camino blanco que se perdía en la rápida caída de la noche. Me arrebujé en el abrigo, sintiendo en los ojos unas lágrimas punzantes, de abrumada desesperanza, y el único consuelo que pude encontrar fue imaginarme a mí misma destruyendo mis odiadas muletas y esparciendo los pedazos por el camino. El doctor Curtís detuvo el jeep. Me incorporé. —Fue por acá —dijo el doctor atisbando el crepúsculo—. El sitio es bastante solitario... el desapacible extremo de la soledad. No sería raro que el chico estuviese bastante asustado, y deseando volver a su casa. —No el chico Francher —dije — . No es del tipo doméstico. —Ah, sí —dijo el doctor Curtis—. Lo había olvidado. Y allí estaba. Al principio creí que era el viento de la tarde entre los pinos, pero el sonido se hizo más profundo y creció hasta llegar a ser el acorde magnífico, tormentoso, retumbante, de toda una orquesta. Luego, uno por uno, los distintos instrumentos tocaron un solo, recorriendo escalas, exhibiendo silencios, revisando posibilidades. En algún momento, entre las cuerdas y los metales, me bajé del jeep. —Usted quédese aquí —le dije al médico en voz baja—. Iré a buscarlo. Espéreme. Era como caminar en la lluvia: las notas caían a mi alrededor; el relámpago agudo de los piccolos, y el trueno susurrante de los tambores. No había melodía; sólo un niño que corría de un sitio a otro por una tienda de golosinas, arrebatando vorazmente aquí y allá, alimentándose a manos llenas, disfrutando del placer de desechar algo, pues tenía de sobra. Me esforcé cuesta arriba, preocupada, sin prestar mucha atención a las irregularidades de ese territorio desconocido, sumido casi en la oscuridad. Ahí estaban los instrumentos —en el hoyo arenoso, más allá de la cuesta— dispuestos en filas precisas y ordenadas, como en un

concierto, cada uno envuelto en un silencio súbito y sombrío, quebrado solamente por la estremecida risita de los címbalos, que callaron apresuradamente golpeando la arena. — ¿Quién anda ahí? —Francher era una figura rígida, de pie sobre un peñasco, con los brazos medio levantados. —Francher —dije. — Oh. —Francher se deslizó por el aire hacia mí—. Ya no me escondo —dijo—. Ahora seré yo mismo todo el tiempo. —Francher —dije secamente—, eres un ladrón. El chico se sacudió protestando: —No soy ni... — Sí, esto eres tú —dije—, eres un ladrón. Robaste esos instrumentos. Francher buscó las palabras y al fin estalló. —Ellos me robaron el dinero, ellos me robaron toda mi música. — ¿Ellos? —pregunté—. No puedes empaquetar a la gente toda junta y llamarla «ellos». ¿Yo te robé tu dinero? ¿O Twyla, o la señora Frisney, o Rigo? —Tal vez usted no lo tocó —dijo el chico Francher—. Pero estaba ahí y dejó que la McVey me lo robara. —Ése es un pecado en el que ha caído toda la humanidad, desde un principio —dije—. Estar ahí y permitir que las cosas malas ocurran. Pero aun la señora McVey creía que te ayudaba. No se sentó a maquinar y decidió robarte. Para alguna gente, los niños no son dueños exclusivos de las cosas que tienen, pues las comparten con los adultos, que los ayudan a cuidarlas. Lo que es algo muy distinto del robo deliberado a un extraño. ¿Qué hay de los dueños de esos instrumentos? ¿Qué han hecho para merecer tu enemistad? —Son gente —dijo Francher, terco—. Y yo nunca más seré gente. —Se elevó poco a poco en el aire y dio una voltereta—. Mire —dijo, flotando sobre la loma—. La gente no lo puede hacer. —No —dije—, pero cualquier clase de criatura que hayas decidido ser, no parece capaz de meterse los faldones de la camisa en los pantalones. Francher se arregló rápidamente la camisa, y se enderezó. Hubo un silencio torpe en aquella sombra, y entonces le pregunté: — ¿Qué harás con los instrumentos? —Oh, pueden llevárselos cuando yo termine... si los encuentran —dijo Francher con desprecio—. Tocaré toda esta noche. El brillante sonido de las trompetas se abrió paso en el crepúsculo, y los violines vibraron en un obligato de plata. —Y cada compás dirá «ladrón» —repliqué—. Y cada golpe de tambor gruñirá «robado». Francher aulló casi. ¡No me importa, no me importa! ¡«Ladrón» y «robado» son palabras de la gente, y yo nunca más seré gente, ya le dije! ¿Qué serás? —pregunté apoyándome cansadamente contra el tronco de un árbol—. ¿Un animal? —No, señor. —El chico no sabía qué hacer con las manos—. Seré algo más que humano. —Bueno, la tuya no es una conducta muy inteligente para alguien más que humano. Antes tendrás que ser enteramente humano. Para ser más que humano, antes tendrás que ser el mejor humano posible... y empezar desde ahí. Que seas enteramente distinto no le importará mucho a la gente. Tienes que poder superarlos en su propio terreno, y luego ir más allá. No les importará que puedas volar como un pájaro si no eres capaz de caminar erguido como un hombre. Para la mayoría, ser «diferente» es ser «malo». Oh, quizá dirán: «Dios mío, qué maravilla», cuando les muestres alguno de tus fantásticos trucos, pero... —titubeé preguntándome si no estaría diciendo algo inadecuado—, pero te olvidarán en seguida, como se olvida cualquier atracción barata de feria. Francher se estremeció y apretó los puños y me habló con palabras duras y amargas. — Usted es como los demás, usted piensa que soy un monstruo...

—Pienso que eres una criatura desdichada —dije—, pues no sabes quién eres o de dónde vienes, pero te costaría todavía más descubrirlo si burlas la ley. —La ley no me toca —dijo Francher fríamente—. Yo sé quién soy... — ¿Lo sabes, Francher? —le pregunté sin levantar la voz—. ¿De dónde venía tu madre? ¿Por qué podía entrar en las mentes de los otros? ¿Te separarás de la gente antes de haber averiguado de qué maravillas eres capaz? No estos pequeños espectáculos, sino milagros verdaderos, que signifiquen algo. —Se me hizo un nudo en la garganta mientras le miraba la cara vuelta hacia el otro lado, sombreada por el crepúsculo. Yo sentía que me estaba congelando en el viento cada vez más frío, pero Francher parecía inconmovible aunque no tenía la chaqueta puesta. Los labios se me movieron rígidamente—. Los dos sabemos que puedes salirte con la tuya burlando la ley, pero sabes tan bien como yo que si das este primer paso ya nunca podrás volverte atrás. Y eso quizás impida también que seas aceptado por los tuyos, pues si es cierto que hay otros, han de estar muy por encima de los ladrones comunes. Y el doctor Curtis ha vuelto de esa excursión de caza. Quizás estarnos ya muy cerca de la verdad. Yo no conocí a tu madre, Francher, pero sé que éste no es el sueño que ella había reservado para ti, y que la ayudó a soportar el hambre, el silencio, el terror, y esos sitios del pánico... Me volví y me alejé, tropezando, hacia el camino. La oscuridad era impenetrable a mi alrededor, mientras yo gemía pensando en este mi niño. En algún momento antes de llegar, el doctor Curtis se adelantó a ayudarme. Me llevó hasta el jeep, y me desprendió los dedos helados de las muletas, y me calentó las manos entre sus manos enguantadas. —El chico no es de este mundo —me dijo—. No sus padres y sus abuelos al menos. He ido de caza con algunas de esas gentes. Francher no lo sabe, es indudable, como tampoco lo sabía la madre, pero él podrá encontrar a los suyos. Quizás esto la ayudaría a usted a convencerlo... Me puse a buscar mis muletas, atisbando en la oscuridad, y al fin dije, sintiendo un hormigueo en los labios: —No. No serviría de nada que lo sobornáramos. Tiene que decidir ahora, con todo ese peso en contra. Tiene que abrirse paso hacia ese nuevo mundo; no podría entrar en él dejándose ir sin esfuerzo. El pollo se muere, si uno pretende apresurar su incubación. Lloré y lloré durante todo el viaje de vuelta por ese niño extraviado en una desolación que yo no conocía, arrojado a un cautiverio del que yo no podía librarlo. El doctor Curtís me acompañó hasta la puerta de mi cuarto. Levantó mi cara escondida y me la secó. —No se preocupe —me dijo—. Le prometo que se harán cargo del chico Francher. Sí —dije mirando la cara del doctor Curtis, tan cerca de la mía, y cerrando los ojos—. El comisario se encargará de Francher, si lo encuentra. En cualquier momento descubrirán la falta de la orquesta, si no la descubrieron ya. Usted lo ha hecho pensar —me dijo el doctor—, y por eso se quedó tan quieto, escuchándola. —Demasiado tarde —dije—, demasiado tarde. Ya en mi cuarto, me tiré en la cama tratando de no pensar. Estuve así hasta que el frío me endureció el cuerpo. Me puse entonces mi ropa de dormir y me abotoné el abrigado salto de cama hasta la barbilla. Me senté en la oscuridad cerca de la ventana, mirando el fantasma de encaje de los álamos a la difusa luz de la luna. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que alguien viniera a obsequiarme torpemente con las últimas noticias acerca del chico Francher? Puse los codos sobre el alféizar de la ventana, y apoyé la cabeza en las palmas de las manos, apretándome los ojos. Oh Francher, mi niño, mi solitario niño perdido... —No estoy perdido. Alcé la cabeza, sobresaltada. La voz era tan suave. Tal vez yo había imaginado... —No, estoy aquí. El chico Francher se adelantaba a la lechosa luz de la luna moviéndose con una fuerza y una seguridad nuevas, muy distintas de su acostumbrada torpeza de adolescente.

descolgándome hacia el patio. ¿Recuerdas cuando bailaste con Twyla? Oh. Mis muletas. la ayudaré a pasar por la ventana. Francher. hasta que vibró en todo el patio. Francher cabeza abajo. Francher! Francher miró sin comprender.. Puedes hacer vibrar el aire sin ningún instrumento. ¿Recuerdas la melodía que tocaste con la orquesta? ¡Tócala de nuevo. y otro.. pues así ocurren los milagros. en un tenso ovillo de concentración. señorita Carolle. tan suavemente. no te burles de mí! Sí puede —dijo el chico—. Francher lanzando la piedra movediza de patio en patio.. Di un paso. Son abrigados —dijo—. —Los aparatos —dije. ¡Sí! Suavemente. Y vi entonces de nuevo a Francher y a Twyla que bajaban describiendo una espiral desde las copas de los árboles. venga afuera. aflojándose. Y algún día escribiré yo mismo mi música. y el brillo de una sonrisa le cruzó por la cara—. —Y cuando conozca mejor los instrumentos —ésta era la voz esperanzada y animada del verdadero chico Francher— cualquier cosa que oiga. El chico me miró. Esto es lo que yo le daré a usted. Libros enteros de partituras de sinfonías y óperas y. Me deslicé de . No las necesita. El chico Francher estaba acurrucado junto a la ventana. Me tomé desesperadamente del alféizar. Supongo que se preguntarán cómo llegaron allí. Mi mano se movió en una señal de protesta. No es necesario que sea ahora. una cálida burbuja me llenó de algún modo los pulmones. La música crecía plena. ¿Así? —le pregunté — . Venga. Y antes que me diera cuenta yo ya estaba sobre el alféizar. mostrado el torso desnudo. suave. ¡Francher! —llamé suavemente — . los devolví. ¡Usted me dio mi música! —Alcancé a oír el movimiento de la saliva en la garganta del chico. El sonido es vibración. —Pero la melodía —dijo de pronto Francher por encima de aquellos sonidos milagrosos—. Ahora. Francher.. Camine por el patio. Tú tienes tu música. pero los apilé con cuidado en el porche —dijo Francher. manteniendo las manos separadas del cuerpo. —Está todo bien —dijo Francher—. pero él continuó rápidamente—: Por favor. Me incliné sobre el alféizar. y luego floreció dulcemente en el Adoramus Te y se deslizó luego a El campesino en la cañada—. oh. Juntaré el dinero y alguna vez tendré mi música.. sola. ¡libre al fin de los dedos agarrotados y los codos doloridos! Fui a través del patio y cada paso era un canto de alabanza. y luego fue como si le hubieran encendido una luz detrás de la cara. oí el primer acorde. torpemente. Un trémulo rapur enhebró una frase melódica y calló. una orquesta que lloraba susurrando a la pálida luz de la luna. — ¡Sí! —gritó—.. pero puedo darle esto. detestando las palabras—. ¡Señorita Carolle! —Sentí las lágrimas que me venían a los ojos—. —Ahorraré otra vez. Sentí la excitación como un hormigueo en las puntas de los dedos. —No —dijo Francher—. Los hombros me dolieron. muy serio. De pronto. no a la cara sino clavando los ojos en algo que estaba dentro de mí.. ¡No sé qué melodías puede tocar una orquesta! —Hay libros —dije—. Me volví desde el cerco y miré hacia atrás. No puedo curarla. —No tuve tiempo de ponerlos en la sala. ¡No puedo! —grité con desesperación—. — Siento tanto lo de tu dinero —dije. —En el patio resonó roncamente un par de compases del último rock'n'roll. pero la voz se me quebró. No podía permitirme un sollozo. Camine. Francher. Estoy en salto de cama y zapatillas. y otro.. En el silencio que sobrevino entonces el chico Francher me miró. ¡Oh. Solté el alféizar.— Oh.

No era yo quien lloraba quedamente. La otra figura se había agachado también junto al doctor Curtís. Me dicen que ya ahora hay algunos de entre nosotros que están desarrollándose de acuerdo con las pautas del Pueblo. sentada. La McVey tiene ahora otro huérfano.. firmemente. firme. Llevará con ella esa magia hasta la muerte. Y allá en Cougar Canyon están ayudándolo al chico Francher a desarrollar todos sus dones y capacidades. después de haber tenido mucha hambre. El doctor Curtís se había agachado a mi lado y me sostenía las manos frenéticas con unas manazas tranquilas. el dedo gordo se me sacudió en el pie izquierdo. Generaciones que todavía no han nacido oirán probablemente de él y aquellos zapatos. alguna vez. ¡El pie se me movió! ¡Miren! ¡Miren! ¡Se movió! Me concentré de nuevo. hijos del Pueblo.puntillas. a menos (y sé que a veces ella reza con esperanza). Es todo lo que puedo hacer ahora. y sé que ella nunca perdonará al chico Francher. Luego de unos laboriosos segundos. —Lo siento —jadeó—. Pero la sorpresa de verlos allí desapareció en seguida. Era el chico Francher. Era como beber después de haber tenido mucha sed. Ella apenas me tocó con las manos. Eso es lo que Jemmy quiso decir cuando le comentó al doctor Curtis que yo era casi uno de ellos. Me desplomé frente al chico Francher. ¿no es cierto. Que mi médico había tenido razón: que el tiempo. el desconocido. doctor Curtís? Eso quiere decir que alguna vez.. de modo que Francher pronto podrá encontrar el sitio que más le conviene entre esas gentes. enjugándose el sudor. Unos ojos atormentados miraron los míos desde una cara blanca y macilenta. El doctor Curtís y una figura sombría estaban de pie frente a nosotros.. Hubo un brusco movimiento. Y yo volveré a caminar otra vez. escapando de un mundo que pronto estallaría en pedazos. el Pueblo que hace un siglo vino a la Tierra. Y Twyla. Pues Francher se ha ido. y me leyó para el doctor Curtis.. —Podría ser —dijo—. tan rápido y tan próximo que grité y aparté los pies. y algunos son únicos. dispersándose entre nosotros luego de una llegada que fue casi un desastre. Mi risa histérica fue casi un grito. Y yo tuve que aceptar al fin que era yo misma mi propio impedimento. — ¡Se movió! —grité—. Pero el chico Francher no se le borrará de la memoria a la McVey. y que se deshace en lágrimas cuando llegan a rescatarlo. — ¡Un dedo es mejor que nada! —sollocé—... a menos que Francher venga alguna vez a buscarla. —El niño es de los míos —dijo—. Mis manos lo buscaron. aunque no había nadie menos imaginativo que la señora McVey. . pero el hombre no me miraba a mí. donde viven todos los que se le parecen. o una explosión de la imaginación. hundiéndose en aquel asombro reciente. se lo llevó a Cougar Canyon. Jemmy nos ayudará a averiguarlo. El doctor Curtis trajo a Bethie. Y grité inarticuladamente cuando sentí que las viejas tenazas se cerraban de nuevo. Jemmy. escuchando la charla de las mujeres. una Sensitiva del Pueblo. la paciencia y la fe me completarían otra vez. Pero ella es casi uno de los tuyos. una plácida niñita rechoncha a la que le gusta estarse quieta.. Hubo un curioso silencio expectante. corrí de vuelta sintiendo el viento que me apartaba el pelo de la cara. ¡Como puertas que se abren de par en par! Caí hacia adelante y me tomé del alféizar. Alcé los ojos. Todo pudo haber sido un sueño.. Francher se pasó el antebrazo por la cara. allá en las montañas. que de pronto se había arrojado a los brazos del desconocido y había estallado en sollozos. No fueron mis manos las que él buscó.. asustada. con el desesperado llanto de un niño que puede ser muy valiente mientras se siente completamente perdido. que la vieja media—muerte se adueñaba de mí.. hijos de las estrellas. El desconocido miró al doctor Curtis por encima de la cabeza del chico Francher.

Ninguna duda acerca del camino que hay que tomar en alguna encrucijada... «casi nueva». Una locura. Vamos a irnos. Y la voz anhelante le dijo: Si esto es una locura. en Jemmy y Bethie y el chico Francher. ¿Qué estoy haciendo aquí?. Es una locura. Y no puedo. Lea se sentó en la oscuridad del dormitorio sacando los pies fuera de la cama. no puedo. No tengo dinero. ¿Qué me une a todas estas. completamente fuera de foco. y recogió el bolso.. recién lavadas. pero una locura tan consoladora.Cuanto más pienso en el Pueblo. ¡Si pudiera quedarme! ¡Tonta! Lea hundió otra vez la cara en las rodillas. concluyó. Una luna desmochada rodaba en las nubes sobre las lomas y el desfiladero parecía de ébano y marfil. De pronto toda la escena pareció tomar un carácter anguloso. aunque la desgracia parece de veras interminable. ¿Es esto o no una locura? No puedes pensar que es ambas cosas a la vez. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? No soy de este sitio. Había gastado el último dólar. Dinero. muy seria. contadas como si pudiesen ser algo sensato! Lea se estremeció y alzó lentamente la cabeza. No había un centavo. Miró un rato la luna y las lomas y las nubes henchidas hasta que todo volvió a ser familiar. Oh. Todas estas noches. . aunque me equivoque.. Nada parecía familiar. Cualquier cosa que ella haga. Ninguna preocupación sobre qué hacer o no hacer.. Lea torció la boca. Ninguna preocupación sobre cómo ganarse la vida. Decídete... se quejó una voz. Todo esto tiene algo así como un maravilloso sentido que nunca pude encontrar antes. ¿pero cómo podría curarme de algo en un ambiente tan protegido? Tengo que salir y aprender a mirar el mundo cara a cara. Tengo que creer. Vístete. ¿Cuánto tiempo más estaré al cuidado de Karen? No soy ninguna ayuda. Cuando se inclinaba para ponerse los zapatos golpeó contra la cama y durante un momento sollozó inconsolablemente. se dijo. Se estremeció. Tiempo. Lo importante es que pueda quedarme aquí. Todas estaban a oscuras excepto una ventana lejana cerca del acantilado del arroyo. Tengo que irme. Pero no puede durar mucho tiempo. respondió Lea. se dijo. Lea alcanzaba a ver el punteado irregular de las casas que formaban la comunidad. más allá del alcance de la luz de la luna. la confianza. Al fin terminó de vestirse.. más creo que esas palabras son la clave de lo que ellos esperan hacer en nuestro mundo. ¡Cállate!. Échame tierra encima y deja que lo abandone todo. es hermoso este sitio.. no puedo. los ojos fijos en la luz distante. la luna misma se convirtió en una criatura terrible que miraba de soslayo y que podía acercarse más y más y más. ¡historias de locos.. pensó. capaz al fin de recordar el momento de la partida sin que las sombras descendieran otra vez sobre ella. Es hora. Unas pocas cosas tintinearon sobre la colcha. Y aun escupirle a los ojos si es necesario. abriendo de mala gana los ojos. paciencia y fe. pensó.. no tengo nada que dar.. flotando en las aguas tibias del prenacimiento. Tiré casi todo antes de irme. La señorita Carolle dice que lo más grande es la fe. Lea apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana. soy siempre una carga. Nada es para siempre. Miró dentro de la billetera. Las lomas y los desfiladeros fueron tan extraños como si ella estuviese mirando un paisaje lunar o las lomas escondidas de Venus. Soy yo quien manda ahora. las lágrimas cayéndole por la cara. Si sólo pudiera quedarme aquí para siempre. se puso la chaqueta. estas. y puso otra vez la cara sobre la rodilla. sonrió con cansancio. Se vistió con sus propias ropas. Volvió la cara y alzó los ojos a la luna. Unas lágrimas ávidas borronearon la luna. y lo más importante es la fe. Lea ocultó la cara en el hueco del brazo y alzó las rodillas para apoyar los brazos temblorosos. Oh. Vació el bolso sobre la cama. Estoy tan cansada de sospechar de todo. Fue en silencio hasta la ventana y se sentó en el alféizar ancho. se apartó del vidrio helado. Lea se vistió rápidamente en la oscuridad. la aceptaré de cualquier modo. Es hora de que me detenga. susurró. criaturas? ¡No creo en lo que dicen! No creo nada. En algún momento me he vuelto loca y esto es un asilo. Buscó a tientas y se echó una bata sobre los hombros y se la ciñó al cuerpo.

Son inútiles. —La voz de Lea era un poco ronca—.. golpeando la portezuela y manteniéndola cerrada con la ayuda de un trozo de alambre—. cuando la camioneta bajó y las ruedas golpearon el camino cerca del pico de la Viuda. El conductor sacó el gancho de alambre de la puerta y Lea salió al alba plateada. y dejó el kumatka encima. sin prestarles mucha atención. ¿no es cierto? —Sí. Yo me he decidido. Ésta es mi primera visita. Metió todo de nuevo en el bolso. exclamó. aferrada al borde de la portezuela. — Muy molesto sin embargo tener que hacer de noche todos los viajes. — No la había visto por aquí —dijo el conductor—. y por el camino desde el pico de la Viuda. Seis veces. Lea subió en silencio a la golpeada y vieja pick up. — ¿Decidido? —Oh. Lo sostuvo un momento mientras arrancaba el borde de una revista que estaba sobre la cómoda. ¿Por qué no las tiré también?. Recogió el kumatka y lo hizo girar entre los dedos. Esto es una antigüedad desde hace mucho. sacudidas y traqueteos hicieron imposible toda conversación. ¿Usted todavía no se ha decidido? Lea le echó una mirada a la luz de la luna. se dijo. Suficientes. Viajamos de noche. Suficientes para irse otra vez. Luego los saltos. Llegaron a Kerry Canyon en el momento en que la luz del sol bañaba la luna.pero nunca había habido tanta gente en el pueblo y todos tan excitados. con una delgada cubierta de color azul marino. y la figura se volvió hacia ella—. — ¡Oh. y los dedos se le detuvieron en una punta que sobresalía. Lea rió estremeciéndose. Llega justo a tiempo. sé que no tengo derecho a preguntárselo —sonrió el hombre—. Las sombras eran tan negras. Algo se movía en el claro de luna. Iba a salir en este momento. Suba. Mis cheques de viajero. y suspiró. —Un carricoche bastante antiguo. de ida y de vuelta. No creo que haya otra razón para seguir conservándola. —Habló más tranquilo. Sacó unas hojas plegadas. —Miró por encima del vasto panorama de lomas y llanuras distantes. —Vamos y venimos casi todas las mañanas y las noches —dijo él—. pensó. si uno la guarda el tiempo suficiente. así es. hola! —dijo una voz alegre. Luego tenemos una noche de luna como ésta. Una se siente de veras bien. Hojeó la libreta.. Un camino bastante malo. ¿no es cierto? —El hombre siguió hablando animadamente. Anima bastante de algún modo saber que hay tantos de nosotros. asustada. Pero estamos llegando a la estación de turismo y tenemos que ser más cuidadosos que durante el invierno. y luego abrió el cajón superior de la cómoda. tratando de no pensar en los kilómetros y kilómetros que tendría que recorrer antes de llegar a Kerry Canyon o a cualquier otra parte. Una débil luz le tocó los contornos de la cara. El resto del viaje transcurrió en silencio. Lea se quedó paralizada en la sombra. Dicen que en otro tiempo uno podía volar de día sobre la meseta del Asno por lo menos. Hasta que al fin pensé que me había decidido para siempre. Escribió en el papel Gracias. Supongo que cualquier cosa termina por convertirse en una antigüedad. por cierto. ¡Bueno. Bajó tropezando desde la casa hacia el camino. Se tarda el doble.En un compartimiento guardaba una miscelánea de tarjetas. Lea respondió con un vago murmullo y se tomó del costado del coche que se lanzó camino abajo a un metro de altura sobre la superficie de grava blanca. Estaba ya junto al camino cuando tuvo un sobresalto convulso y se llevó los puños cerrados a la boca ahogando un grito.. me había olvidado!. si todavía queda alguno. los brazos apoyados en el volante—.. y luego ir rodando el resto del camino. pero todo el mundo anda en lo mismo. No sabía que vendría alguien. pequeños rectángulos del pasado. ¿Vuelve usted esta noche? . pero Lea tenía miedo de caminar a la luz. Empezó a meterlas de vuelta en el compartimiento. en este viaje.

—Lea tuvo un escalofrío y se arrebujó en el abrigo—. Mmm. Y allá corre un río. libre de los ruidos de la cocina y el comedor. y lo más importante es la fe. paciente. se dijo. Lea tomó un sorbo y dejó la taza.. Y la luna. la luna que se sueña y se oculta para soñar. paciencia y fe. Karen es la receptora de la semana. Y si doy el paso siguiente con paciencia y fe. Allá están las estrellas.. Bethie. Pero ahora este pequeño refugio temporario se había perdido también. Si vuelve cuando no hay ningún vehículo. ya sabe usted.. Tiempo. Muchas gracias. para entrar en una zona de crepúsculo.. paz y claridad.—No. libre de volver a la esclavitud del despropósito. Aun en el caso de que esto sea todo. Lea! ¡Es bueno verte otra vez! Como sitio adecuado para suicidas esto es mejor que el puente. entorpecido todavía por el peso de la noche. los brazos tiernos alrededor de los hombros estremecidos de Lea—. siempre. Lea se apoyó en la baranda y suspiró a la luz de la luna.. No esta noche. —¡Oh.. ¿Hacía ya dos lunas o una sola que ella había estado en el puente o se había desmayado en los cielos o había recibido a la luz crepuscular de la montaña el luminoso regalo del amor de una niña? Había hecho pedazos las formas rígidas que el tiempo había tenido antes para ella. la multiplicidad de las actividades humanas o el interminable aburrimiento del desinterés. pensó. no despierto del todo a la luz desnuda y escasa del alba. luego de aquella operación de apendicitis. y era un poco flojo. Mañana Grace estaría de vuelta. ayudando a Lea que trataba de dominarse—. . pero siempre. una llave casi increíble para mi puerta cerrada. y llorando se aferró a Karen. un río con agua. — Gracias. Excepto que he dado un paso fuera de mi zona de oscuridad. trabajando de nuevo en el albergue. el cielo está allá arriba. El café estaba caliente pero había sido preparado de prisa. dio la espalda al adiós del hombre. las coordenadas exactas de nuestra eternidad que giran y dan vueltas y siempre encuentran el camino de regreso. La próxima. los cielos agrietados y aborregados. El tiempo no tenía aún para ella ninguna uniformidad. Creo que he encontrado una llave. El tiempo es una palabra. basta que llame. y descubrió que el café se le había enfriado. la sombra de una idea. El bar próximo a la parada del autobús era pequeño y mal ventilado. —La voz risueña llegó dulcemente. El autobús llegará en seguida. clavando los ojos en aquellas oscuras y móviles profundidades. y los gozosos tumultos de las tormentas. las ventosas colas de caballo.. No tenemos mucho más tiempo. Allá están las nubes de formas móviles y transitorias. Lea le dio la taza apartando firmemente la imagen de una taza de café que había humeado toda una mañana. el cielo con todas sus invariables variaciones. que compone el mundo con una luz compasiva y hace que todo parezca nuevo para siempre.. Lea estaría libre otra vez. el empleo que Lea había tenido la fortuna de conseguir. mostrando los cambios del ahora y la estabilidad de lo eterno. ¿Quieres que te empuje aquí? Tiene que haber casi mil metros hasta abajo. En una noche como ésta. Lea giró sobre sí misma con un grito inarticulado. más allá del torbellino de los acontecimientos. — ¿Se lo caliento? —Detrás del mostrador una nueva camarera estaba atándose rápidamente las cintas del delantal—. Otro paso en la incertidumbre. Al cabo de un rato tomó otro sorbo. por lo menos he vislumbrado algo. ¡Me cubrirás de moretones! ¡Oh. Alguien vendrá a buscarla. bueno. Karen! ¡Karen! — ¡Cuidado! ¡Cuidado! —Karen rió. sin alzar la cabeza. —La voz de Karen continuó. esperando. y mucha gente ni siquiera tiene eso. —No se demore demasiado —dijo el conductor—. y yo no pueda tener más orden. —Te llevaré de vuelta a Canyon. y aún no había construido una nueva estructura. Aturdida. —Gracias —dijo Lea—.

Tuve la suerte de conseguir este empleo. Bueno. ¡La gente del Pueblo vuela a mayores distancias! ¿Tu equipaje? Lea rió. ¿No puedo esperar y viajar en autobús? Va a llover. — ¡Materialista! —Karen extendió el dedo índice y tocó apenas la mejilla de Lea—. estás interfiriendo. La última estará por comenzar cuando lleguemos.. Ante todo no oíste aún todas las historias. ¿no es cierto? —sonrió Lea—. ¡mira! Extendió la mano y sintió la picadura de las primeras gotas. quisiera de veras llenar ese hueco. para entretenerte un rato.. pero no es el tipo de trabajo más apropiado para ti. ya lo oirás todo más tarde. estremeciéndose a causa de la excitación y el viento helado que se abría paso entre los pinos a orillas del desfiladero. Unas nubes informes y grises se habían extendido más y más luego de la puesta del sol. —Oh.. Lo que no importa mucho si nos damos cuenta y este año no somos la misma clase de tontos. La colina está todavía ahí. Nunca llenarás así ese hueco que te preocupa... antes que saliera la luna. La salida de la luna sólo sería visible desde el borde superior de aquel gris creciente. ¿Hasta cuándo puedes quedarte? — Grace volverá mañana —dijo Lea—. de pronto sintiendo frío en el alma... Mira. En otras palabras. ¿Las colinas eternas.. para llenar el tiempo.—Agua fría. Bueno. poco después de haberte ido. Lea se sobresaltó. No te perdiste ninguna aún. El candelabro está encendido otra vez. Pero lamenté tanto que te fueras ahora. así son las cosas... Pues verás. Lea se estremeció. Estaré contigo mañana por la noche. y un camisón.? —Sí —suspiró Karen—. —Bueno. Lea esperaba de pie en el porche oscuro. Tengo miedo.. —Nunca lo será —dijo Karen fríamente—. La noche siguiente. —Lea se estremeció soltando a Karen y pasándose el brazo por las mejillas húmedas—. —Oh. —La Presencia sea contigo. No estás tan lejos de nosotros. y que voy a alguna parte. —Llegará a serlo. —No todavía —dijo Karen—. Karen —llamó en voz baja—. . la parte más inmediata es Canyon —dijo Karen—. Demasiado fría para una muerte cómoda. y sería lo mismo que te sentaras y te contaras los dedos de las manos. Todavía no te llevé a la colina. de espaldas a la luna. Karen! ¡Qué tonta fui! Sólo porque tenía los ojos cerrados pensé que el sol se había apagado para siempre. —Alabado sea el Poder. —Tengo un cepillo de dientes ahora. temiendo un cambio que hasta ahora no había previsto. Ocurre simplemente que estoy aún metida en el incómodo proceso de descubrir a qué categoría pertenezco. es sólo algo provisional. pero ahora puedo llevar a cualquiera. —En ese sentido estuvo bien —convino Karen—. ¡Oh. las sombras se movieron y coagularon sobre ella y se convirtieron en una figura. ¿Cuándo vuelves conmigo? ¿Cuándo vuelvo contigo? —Lea clavó los ojos en Karen—. La luz vuelve. —Pero la colina está todavía allí.. ¡Qué tonta! —Todos somos tontos una vez al año —dijo Karen—. Me ayudó a salir adelante. la cara en la sombra. La luz de la luna le plateaba las manos cuando las extendió y le tocó los hombros a Lea. y aunque no me guste mucho estoy empezando a sentir que pertenezco a algo de veras. apretando contra el cuerpo el pequeño envoltorio. despidiéndose. Las palabras brotaron espontáneamente de los labios de Lea. —Pero seguramente ahora. ¿Quieres decir cuándo vuelvo a Canyon? ¿Hay otro sitio? —preguntó Karen—. Karen se elevó hasta la baranda del porche...

No habían planeado utilizarlo hoy. de cualquier modo. Estamos en camino. —Entonces. ¡No puedo levitar! ¡Tengo miedo! Casi me muero cuando Karen me transportó la última vez. que apoyó la cara en el pelo de Lea. Vio cómo era y no está llorando. Pero estoy de veras demasiado asustada. usted lo conoce bien. ¿Nunca entienden? ¿Nunca simpatizan? Claro que entendemos. Sólo una noche. No tuve tiempo de pensarlo cuando Karen me lo dijo anoche. Si cree usted que me hubiese sentido más segura en ese montón de hierro viejo. — ¡Oh! —jadeó Lea. —Lea apretó con más fuerza el envoltorio—. —No es tan malo —dijo él con el tono de quien enuncia un hecho. ¿no es cierto? — ¡No. así que váyase. Tendría que haber traído el carricoche al fin y al cabo. Estoy demasiado asustada para ir con usted... Está oscuro. Y simpatizamos cuando la simpatía es lo indicado. El camino es largo. ¿Me permite? —Pero. El zigzag de un relámpago cayó de lo alto del cielo a los fondos del precipicio. No tardaré mucho más.. y no hago bien ninguna de las dos cosas. Estamos entre nubes. Podríamos ayudarla. sí —dijo Deon—.. ¿Nunca observó a un niño que tropieza y cae? Siempre mira alrededor para ver si tiene que llorar o no. lentamente se le fue borrando. Hubiera tenido tanto miedo como ahora. me llamo Deon. Dijo que temía que el cepillo de dientes y el camisón de usted tuvieran que arreglárselas solos. Rió un poco y empezó a levantar la cabeza.. Estoy a punto de echarme a llorar —dijo ahogándose— o a maldecir. y si no lo soporta probaremos otro modo. —Deon alzó vivamente el envoltorio de Lea—. Vamos pues. El viento golpeó las faldas de Lea y murió. pensó. aferrándose de nuevo a Deon—. reemplazado por un asombro que comenzaba a asomar. aunque así se perdería usted muchas cosas. usted miró alrededor. apretándole la cabeza contra el hombro de él. Pero vaya acostumbrándose. Entonces sí podrá ver algo. pero. —Lo siento —dijo Lea estremeciéndose. déjeme esperar el autobús. No trate de mirar. Karen están esperándola y yo le prometí que la llevaría a usted. ¿El carricoche? Sí. y Lea sintió que se le aflojaba el cuerpo. Pronto volaremos sobre las nubes y hay luna llena. —La voz profunda y divertida sacudió a Lea contra la baranda—. Por alguna razón parece que los músculos de levitación se le hubieran acalambrado. todavía abrazada a Deon—. no! —Oh.. Lea ahogó un grito y se aferró a Deon. Deon la contuvo.. —Tranquila —dijo—. y el trueno sacudió el porche como una explosión.. Lea se aferró a la baranda. Por favor.. Las sacudidas tumultuosas de los árboles se aquietaron.... Tengo miedo de tantas cosas. —Cerró con fuerza los ojos—. maldición! —Lea casi rió—. y lenta. Oh. —La voz contenía la risa—. No podría ver nada de todos modos. —Lea se cruzó de brazos—. pero no derramamos lágrimas sobre todos los que se sienten mal.— Karen me envió. —Escuche. por favor. Y abrió los ojos y parpadeó cerrándolos de nuevo a la luz que derramaba la luna llena. Lea luchó contra el terror. y no podrá ver. ¡Pueblo maldito! —Lea tenía ganas de aullar—. ¿fue usted mismo? —tartamudeó entornando los ojos y espiando la cara de Deon blanqueada por la luna. mientras las palabras de Karen le venían poco a poco a la memoria: «Los brazos recuerdan cuando los ojos olvidan». Oh. Podría dormirla y también oscurecer mi propia pantalla para que usted no pudiera ver afuera. Los brazos de Deon la envolvieron y ella hundió la cara en el hombro de él. en caso de que usted quiera personalizar esas maldiciones. ¡Oh. Va a llover dentro de medio minuto. . —Bueno. Sintió que el hombre le sacaba gentilmente el envoltorio de los dedos contraídos. cielo santo. Bueno.

pero recuerde: la primera vez que la vi estaba usted metida en el agua hasta el cuello y un mechón de pelo aplastado contra la cara. La nube se le cerró sobre las manos. hacia abajo. y Lea miró la serena marejada de nubes. volviéndose en brazos de Deon. sacudiéndolos con el estruendo del trueno. pensó entonces Lea. Estoy contento ahora de que no hayamos tomado la pick up. Seguramente nos sacudiremos un poco. Era una belleza que no sólo alimentaba los ojos. tiene que ser ese amor que Karen mencionó. por encima de la tormenta. —Vamos a bajar. ávidamente. los dos se movieron sobre extensos campos de curvas inmaculadas. que hace frío ahí fuera. Era difícil medir el tiempo. haciéndolos girar en el aire hacia los abismos de Cougar Canyon. y el calor de alguien que la acompañaba. De pronto una ráfaga descendente los envolvió arrojándolos fuera de la nube de tormenta. Toda la serenidad y la belleza desaparecieron junto con la luna. ¡Será como tocar el dobladillo del cielo! No sintiendo ni siquiera la mordedura del frío cuando Deon abrió la pantalla. sino que llamaba además a todos los sentidos a abarcarla y contenerla.. con los innumerables chillidos del huracán. — ¡Señor! — Deon se apoyó contra el tronco del árbol—. Ahí afuera todas las tormentas del mundo. sí —dijo Deon—. — ¡Allá vamos! ¡Sosténgase! Lea contuvo el aliento mientras se zambullían en la blancura. Lea se movió y sonrió. pero al cabo de un rato no demasiado largo la voz de Deon vibró contra la mejilla de Lea. hermosa. —¿Un buen sueño? —Un buen sueño.. un mundo completo en sí mismo que no tenía ninguna relación con la tierra que yacía allá abajo. Lea extendió tímidamente la mano hacia el caudaloso flanco de la nube. Alzó los ojos. la fuerza de unos brazos. y depositándolos al fin rudamente al pie de un pino amarillo. ¡y Karen no me hizo la menor insinuación! ¡Pero mire ahora! ¡Mire ahora! Habían salido de las sombras. ¡La muerte!. Al fin Lea susurró: — ¿Puedo tocar una? ¿Puedo meter de veras las manos en una de esas nubes? —Claro. Lea se descubrió a sí misma jadeando y temblando. increíblemente lejos. la inefable delicia de profundidades y alturas y sombras cambiantes. que descansaba en el hombro de él. aun protegidos por aquel escudo. — ¡Oh. En silencio. ¡Una tormenta así le hubiera soltado todas las tuercas! .—Eso es lo que yo iba a preguntarle —sonrió Deon—.. ¡El fin de la vida! ¡La locura! ¡El caos! Y de pronto. la proximidad de otra respiración. la fuerza. la incomparable maravilla de un campo de nubes debajo de la luna.. Prepárese para las turbulencias. sintió otra vez el calor y la protección. Aquí. pensó Lea. Esto. ensordeciéndolos. el calor. El viento los golpeó rudamente llevándolos de un lado a otro entre las nubes. con una velocidad imposible. incorpórea. y le tocó suavemente la mejilla. Alrededor sólo había oscuridad y tumulto. envolviéndolos en relámpagos. sí! —jadeó Lea—. Cuando Deon cerró de nuevo la pantalla. Pero recuerde. Pero si usted quiere. Pienso que yo debiera haberla reconocido antes. insustancial como un sueño. — Comparta mi nube —dijo. fuera de sí. criatura. La entristecía a Lea no ser capaz de tomarla en los brazos y apretarla con fuerza hasta que se le confundiera con ella misma. torciéndolos y volcándolos. intangible como la luz. y alguien. moviéndose sobre aquella maravilla de nubes. y como un sueño se le disolvió entre los dedos. Hemos subido mucho. Se miró las manos y vio que resplandecían húmedas a la luz de la luna. —Me he quedado dormida. en la oscuridad. Todo esto no puede ser sino un sueño. en medio del terrorífico tumulto.

Todos están esperando. un anuncio de lo que está del otro lado. bueno. Bueno. admitió. Me ayudarán a encontrar mi respuestas. Pero no me lo hubiese perdido por nada del mundo. que había estado allí otras veces.. el cuerpo doblado sobre la miseria de contar las monedas de su miseria. llevando en un brazo la tierna carga de Nuestro Bebé. y casi en seguida descendieron en el porche de la escuela dejando que los gruñidos del trueno y los gritos del viento los empujaran a través de la puerta. —Lea se movió en el círculo de los brazos de Deon—. —Ya dije que llegaría muy bien... —Deon pateó un pequeño terrón hacia la oscuridad—. Me sostendrán mientras recorro ese largo camino que ha de llevarme de vuelta a mí misma. La voz tenía un sonido tan natural que Lea buscó involuntariamente en el extremo de la sala al orador invisible. Ya nunca sola. Oh. — ¿Entonces vino? — Deon dio un paso adelante.». casi temiendo verse allí sentada. Nada más que nosotros. Funciona. envuelta en franelas. buscando.. se inclinó hacia adelante y tocó el aparato. y seréis los dueños de esa tierra y allí habitaréis. —Y me ha tocado la última historia. . y aquí está: «Pues atravesaréis el Jordán para tomar posesión de la tierra que Dios vuestro Señor os ha dado. Esto es sólo una grieta en mi calabozo. Sentía las piernas y los brazos inundados de maravilla y deleite. o que quizá los había retrasado el cepillo de dientes de Lea. también ahora.. después de todo. —Cálmate. Muy cierto.—No lo dudo. y le costaba contener un inarticulado grito de alegría. Éstas son gentes que me escucharán cuando llore. Pensé que el viento los había llevado a kilómetros de aquí. o uno muy parecido. —En la colina que se alza sobre la escuela. ¿Dónde estamos? Tanteó con el pie un largo borde de piedra. Pero qué maravilla.. Los Viejos han llamado a una reunión y todo está dispuesto excepto tres asientos vacíos que no ocuparemos. la lluvia chisporroteándole en el pelo. Karen descendió junto a ellos. lo que podía haber delante. —Estaba preocupada. Deon. iluminado por los relámpagos. Encima se veía el mismo aparato. supongo que querrán un tema. Valancy. Se abrieron paso entre los grupos de gente que hablaba y encontraron unos asientos. ¡Arriba! Y Lea se encontró de pronto arrebatada en el aire y sobre la loma antes que pudiera contener el aliento o que el miedo la alcanzara. buscando con las manos abiertas. Y sentía un fuego en las mejillas y se reía.. Pero no hay nada aquí. ¡Es mejor que pasarse las horas maldiciendo y llorando! Una maravillosa tormenta. No había nadie sentado al pupitre.? Karen se rió. La semana pasada aquí mismo yo hubiera jurado. se dijo. ¡Ya nunca sola otra vez! Dejó que todo excepto el momento presente se alejara de ella en un suspiro de estremecida felicidad y murmuró con el grupo: —Estamos aquí reunidos en Tu Nombre. ansiosamente—. —La voz repentina que venía de la oscuridad los sobresaltó a los dos—.. La oscuridad caerá otra vez. ¡qué maravilla! Cerró apenas los dedos para sostener un puñado de esa felicidad y no le sorprendió que otra mano se cerrara cálidamente sobre las suyas. ¿Funcionó? ¿Qué fue. Llegó. ¿En la colina? —Lea miró alrededor con un sorprendido interés — . —Se apartó de Deon y miró alrededor—. Lea echó una mirada al rincón donde acostumbraba sentarse. Extendió los dedos de las manos.

oí el grito.. sin voz. —En la Tierra se necesita un recipiente físico —dijo Obla—. desearía que. Tal vez un mundo más bondadoso para esconder esta odiosa. que horrorizaría a cualquier forastero. corrí a casa de Obla. Me sentí seguro y di un grito de alegría. enmarcada en la abundancia de oscuros. Y mis manos fueron de las primeras en tocar la superficie lisa. los sonidos... sin piernas. —No. Todavía emocionado por la canción. aunque parezca extraño. oí de algún modo la risa apagada. Me sentí seguro en el momento mismo en que advertí el brillo metálico. subían rápidamente hacia el monte Calvo. que yo había triturado mientras meditaba de pie sobre el peñasco. Las ramas superiores de los matorrales marcaban el avance de mis pies en el aire. vigorosos cabellos—..JORDÁN Creo que fui el primero en verla: esa forma brillante. entre las nubes. El entusiasmo colmaba mi propia mente. y entré en la mente de Obla.. —Bueno. más allá de Cougar. la apariencia de todo. las manos de todos los miembros del Grupo arrastraron la nave hacia abajo: desde las nubes hasta el refugio entre los pinos. en aquella canción de bienvenida. gozosamente. los olores. llevándole la noticia. Fui hacia la casa. —Y para mí. sobre el monte Calvo. ciega. cálida—fría de la nave. la réplica largamente esperada a mis protestas contra tantas restricciones! ¡Ahí.. de tal modo que ni siquiera tuve que decir una palabra para que ella viera. me froté las manos en los pantalones de lona y me alcé sobre la maleza. ¡A la vista de todos! ¡El fin de mi rebelión. en lo alto. Que funcione. y vi cómo los miembros del Grupo. —La cabellera le refluyó de la cara derramándose sobre la almohada. ¡Ahí estaba! Qué respuesta más directa podía pedirse a una plegaria.. Y por una sola vez. mi liberación! Vacié mis manos de la grava de aquellas dos piedras. Obla. no es posible que la nave tenga un arco iris alrededor y esté toda tachonada de brillantes! Yo también me reí. Pero. incluyendo una descripción de la nave.. Olvidé entonces el momentáneo dolor. — ¡Odiosa no! —exclamé indignado. que no tenía un halo. ¿pena? Al acercarme a Canyon. sin brazos. y por último alzó la voz que no se podía oír. En cuestión de minutos. sorda. puesto que ella no podía salir a recibirla.. uno tras otro. junto a todos nosotros. cantando una canción del Pueblo. — ¡Obla! ¡Obla! —grité mientras cruzaba a la carrera el umbral de su casa—. ocultándola a mis ojos—. como otras veces. una casi olvidada canción de bienvenida. Y para ti. . —Los labios se le estiraron en una mueca inexpresiva. ¡Pero seguro que tiene un halo! Luego me senté con Obla en la tranquila habitación y reviví cada segundo del acontecimiento: las formas y los colores. Luego la cortina de la cabellera se le movió sobre la cara. y subí con ellos. Al fin y al cabo la explosión no dejó mucho de mí. un poco avergonzado. No hubo en mi mente pausa alguna de conjetura o de duda. esto significa la Morada. que se enfriaba luego de atravesar la atmósfera. A través de mi desbordante y silencioso deleite.. y el movimiento de las nubes me permitió vislumbrar brevemente una forma curva larga y esbelta. — ¡Te dejó la parte que importa! —exclamé. La suave risa de Obla me cosquilleó la mente. casi como de. — Obla. — ¡Bram. la verdadera Morada.. ¡Han venido! ¡Han venido! ¡Están aquí! ¡Alguien de la Nueva Morada! Entonces recordé. sentí una punzada remota breve. —Me acerqué a ella y le miré la serena cara cicatrizada. Y Obla. Obla. no —dijo—. supongo que no —le respondí con el pensamiento—.. me interrogó minuciosamente. vivió todo el episodio conmigo.

Tú sabes lo que pienso. ya sé. recortada contra las estrellas. o bien confundirse con los Extraños y limpiar este mundo. sólo porque ha nacido en Socorro. esa indecible llama de júbilo. pero. La que conocíamos ha desaparecido. Impaciencia... impaciencia. yo no dije que nosotros éramos el perro. Pero escúchame. Tardó seis meses en aprender a ladrar. ¿Por qué no salen! —Bram —dijo Jemmy en un tono especial. ¿Cómo es la nueva? —Bueno —vacilé—.. — Si quieres decir que hemos degenerado desde que llegarnos aquí. Las cosas tienen que crecer. Además.. .. Tienen sus motivos para esperar. pero! ¡Sí. esa unión que se renovaba.. ¿Así que estás entusiasmado con la idea de partir? —me provocó mentalmente—. Obla.. y que no hay virus esperando para devorarlos. pero. Valancy. Han de asegurarse. que se alzaba sombría en la noche—. Por lo menos. El vaso volvió a su sitio. pero! — ¿Por qué no salen? —Golpeé impaciente aquella enorme masa inconsútil. Y prácticamente nunca se destruye. Obla bebió brevemente. Además. Cada cosa a su debido tiempo. — ¿Estás seguro de que seguimos siendo el mismo Pueblo? —insistió Obla—. pues nunca había estado entre otros perros. Recuerda que éste es un mundo extraño para ellos. Sólo se injerta en casos extremos. Sí. Pero no es momento de volver a discutirlo. No riñamos. regresemos a la Morada. —repitió Obla como un eco divertido. desafiante—. tú y Valancy tendrán que ceder. Fue una verdadera conmoción para él descubrir que era un perro. — Una vez tuve un perro —dijo Obla—. ¡De vuelta a la civilización! ¡Adiós a la ruda frontera! Sí. así es como terminan la mayoría de mis discusiones contigo. que reconocí en seguida. — ¡Asegurarse! —repetí—.. —Por supuesto que somos los mismos —exclamé—. ¿A qué Morada? —preguntó Obla—. Esto también me ponía impaciente. Aún no nos hemos comunicado. Con la ayuda de ellos no nos costaría mucho. Esa «ocupación» de que hablas no es algo propio del Pueblo. es probable que esté habitada por el Pueblo. No lo sé..La mente le quedó en blanco antes que yo pudiera ver su deseo. ¿O que ellos siguen siéndolo? El tiempo y la distancia pueden cambiar. Ahí estaba. Eso es como preguntar si un perro es un perro en Canyon. Es criminal desperdiciar vidas como las nuestras. Ni siquiera necesitan tocar la tierra si no quieren. y yo me reí. Bram —dijo Jemmy—. ¿Por qué se demoran? —Te comportas como un niño. ¡Sí. Si no podemos vivir aquí de acuerdo con lo que somos. luego de una larga separación de diez minutos.. Jemmy.. tienen la defensa de las pantallas—escudos. —Oh. —Tú mencionaste el perro. estoy entusiasmado —respondí.. nuevamente ante mí. Valancy descendió en línea oblicua desde el borde superior de la nave. Condenada seas. ya sé —dije—. y ni siquiera sabemos aún cuántos son —dijo Jemmy—. —No importa cuántos hayan venido. no yo —dijo ella—. Ya les hemos dicho que el aire está bien. y las manos de los dos se rozaron en el momento en que los pies de ella tocaban el suelo. Pero tiene que ser casi como la vieja Morada. Ellos les dirán que la obligación del Pueblo es salir definitivamente de aquí. Él creía que era un hombre.. Hace mucho tiempo. Sí. —Jemmy —dijo. Oí la risita de Valancy. El vaso de agua se alzó de la mesa de luz y flotó a la altura de la boca de Obla. nuestro Pueblo.. ahora que ellos están aquí. Podríamos ocupar posiciones claves. Yo nunca había conocido ese tipo de relación.

la enceguecedora. retomé a mi vigilancia. aunque a veces me pregunto si hay pasado de veras. pero la luz estelar se deslizaba sin intermitencias de una punta reluciente a la otra. que se abre. nuestra identidad. Y podía esconderme. te ayudarán a pasar la noche. vigila la noche entera. con todos los que padecieron el período de afincamiento. el tono fue nuevamente divertido—: Por el bien de tu alma. a pesar de todo. echó a correr por el lecho de la quebrada. Alguien salía de la nave. . otro más cauteloso aún. Lo que me impacienta es el futuro. Sin embargo.. Todo estaba en mi memoria. Aquella silueta emergió lenta. preguntándome. o caído en desuso. Fue un largo viaje. Con un esfuerzo de voluntad.. ¿Quiénes estaban dentro? ¿Cuántos eran? Una nave de ese tamaño podía transportar centenares. pulverizada en un puñado de reluciente confeti. Toma —dijo—.. Me alcé un par de pulgadas sobre la arena y me deslicé silenciosamente en la sombra.. y de golpe. apoyándome contra la tersa frescura de la cubierta exterior. La Presencia y el Nombre. No hay más que observar el área de las relaciones internacionales. Puede serte útil.. por ejemplo. — ¿De guardia? ¿Contra quién? —pregunté. Dio un paso cauteloso. Si me abandonaba a mis ideas. y su voz asumió ese acento del anciano que espera obediencia sin necesidad de exigirla.. el estallido. preguntándome. Pero todo esto pertenecía al pasado. por haberlos encontrado. las gentes del Pueblo dispersadas hacia todos los puntos cardinales en busca de refugio. aleteó delante de ellos unos segundos. Bram. el calor. Miré cómo los dos se encontraban con la pick up por encima del arroyo de la quebrada. no se habló de los números hasta el último pensamiento: «Estamos cansados. concéntrate. maravillándome de nuevo ante la trama inconsutil. el vagabundeo..— Oh. Podía revivir la chirriante. Descansaremos hasta que amanezca».. el ininterrumpido fluir. y escapar. Un pájaro nocturno. el tedio y el terror de la búsqueda de un nuevo mundo. Bram. podría sentarse en la próxima conferencia—cumbre y leer la verdad oculta detrás de todas esas caras herméticas. los destrozos. Hacía tanto tiempo (en la época de mis abuelos) que todo había ocurrido. tratando de encontrar el mejor modo de pasar inadvertidos entre los pueblos de la Tierra. Volé hacia ella. Gracias sean dadas al Poder. El zumbido de un avión de reacción que volaba muy alto sobre Canyon llegó a mis oídos.. el nuestro tropezó un poco en ciertas palabras que recordábamos de la lengua nativa pero que parecían haber cambiado.. Valancy. y correr y morir. podía volver a sufrir el despojo. rápida. junto a la nave. ¿es preciso que te devores toda la cena de un solo bocado? ¿Nunca te resignas a esperar? —Tal vez te convendría un poco de meditación —sugirió Jemmy—. Tú te quedas de guardia aquí esta noche. incandescente entrada en la atmósfera de la Tierra. Valancy me gritó: —Medita.. El comunicador de la nave y el nuestro habían hablado brevemente. mutilante agonía de algunos sobrevivientes que consiguieron llegar a la Tierra. Y podía compartir la pérdida de seres amados. —Hizo un ademán y las mantas vinieron flotando sobre los robles enanos—.. Rápidamente alcé la mirada. temerosamente. La puerta se cerró y la silueta se enderezó. ese río de recuerdos que une y ata tan fuertemente al Pueblo. y de no perder. En alguna parte debía de haber una puerta. cautelosas y esquivas: una verdad desnuda y enceguecedora como el brillo de la luna en la arista de una puerta de metal. lúgubremente. Extendí las mantas sobre la arena. La Morada. en un repentino frenesí de movimiento. ¡rápida! Corrió unos treinta metros y de golpe cayó de bruces. la vibración. nuestra condición. No saldrán hasta la mañana. que se abre. luego la oscuridad se los tragó a todos. Tengo un par de mantas en la pick up. sobresaltado. Bram —dijo—. Pero antes que pronunciara la próxima frase. —¡Eh! —dije. y por la contemplación de tus pecados. Nuestra no—luz se cerraba aún sobre el brillo delator de la nave. Me distendí entre las mantas. —Contra la impaciencia —repuso Jemmy. las lágrimas.

Estamos tanto tiempo al sol. sí. Me gusta. — La semana pasada —respondí—. Tiene que haber sido más notable porque a ambos nos faltaban muchas de las experiencias comunes de aquellos que han vivido en el mismo sitio desde el nacimiento. que parecían no haber trabajado nunca —que cuando yo era muy pequeña salía a caminar bajo la lluvia. —Pero. —No —pensó ella—. no podrán comparar con nada la forma en que Salla y yo nos conocimos. supongo.La figura se volvió hacia mí con un movimiento convulsivo.. que nos dora la piel. de la actividad y el movimiento en los tiempos que siguieron. ¿Qué tiene vuestro mundo para que necesite protegerse continuamente? Y mientras decía esto. No —articuló. pues no puedo detenerme en cada recodo de mi historia y ponerme a explicar. con alguna violencia al principio. vosotros seguís viviendo en contacto con la Tierra —dijo ella—. —El sol —expliqué—. Era una especie de reafirmación de la tez luminosamente pálida de Valancy. En la Morada casi nunca. para complacerla. conmovido al oírme decir esas cosas en voz alta.. La voz de Salla se apagó. y al captar mi pensamiento corrigió—: Tostada. ¿fragancia?. y hasta nos quema y arrebata si no andamos con cuidado. — ¡Oh. y entonces advertí el tenue destello de la pantalla.. . no por estar poco acostumbrada a correr... —Parda —dijo. pero alcancé a advertir una sensación.. en voz alta. Ésa debe de ser la explicación. pero sólo alcancé a percibir el aroma de una flor de manzanita aplastada por la nave.. —No la necesitas —le dije—. — ¿Está lastimada? —pregunté. Sentí entonces la dulce fragancia de Salla y pensé tristemente que si yo tuviera una. y entonces pude verle la cara. ¡Huele! Olí. Salla vaciló un instante. salí a caminar bajo la lluvia. Nos miramos las caras. Nueva pausa—. hubo entre los dos una profunda corriente subterránea de comunicación. —Recuerdo —dijo Salla. aparentemente resuelta a impresionarme. ¡Me mojaba!—gritó. Inclusive cuando viene acompañada de vientos y truenos. y el fulgor se extinguió. — ¿Cómo es eso? —pregunté—. mientras hacía deslizar la arena entre los dedos de las manos delgadas. sino por haber corrido. y llegué a sentir en la boca el sabor limpio de la lluvia —proseguí—.. los ojos oscuros y la boca tibia y hermosa.. Parecía pedir disculpas.. como esperando una reacción—. —no encontraba la palabra— .. Esto es una especie de aparte. contenida como en una cápsula. y me mojé tanto que mis zapatos gorgoteaban con cada paso. ¡Cosas que crecen! ¡Vida alrededor! Hemos estado viajando tanto tiempo. La pantalla es sólo para casos de emergencia. a correr.. aserradero y salchichas. La noche es calurosa y agradable. o nos cubre de pecas. No estoy acostumbrada a. Por debajo de toda la charla. Salla alargó un dedo fino y lechoso y me tocó la mano.. Salla volvió la cabeza. — ¡Oh! —exclamó—. Los Extraños. —Una vez más advertí un tono de embarazosa excusa. pero. Supe su nombre: Salla. Se sentó y me senté a su lado.. la lluvia tiene una cierta quietud. yo también empecé a tamizar la arena con las manos. cuando nuestras reuniones trajeron nuevos miembros del Grupo a Cougar. Salla aspiró honda y cautelosamente.. Yo había experimentado este mismo tipo de captación en una época anterior. sentí una punzada de dolor. con esfuerzo—. que habría sido realmente agradable si uno la hubiera experimentado desde el nacimiento. Luego. Sin mi pantalla —explicó. y a mí me gustó mucho lo que vi. probablemente estaría compuesta de olor a granero. Mi imaginado Edén. pero no siempre! —protesté—. pero nunca tan vigorosamente como con Salla. —Entonces.. —Hizo una pausa. sin protección.

el contorno de una hoja. con esfuerzo. Es algo que uno.. pues estaba sintiendo... o si alguna vez tuve una sensación de humedad bastante nítida como para decirme conscientemente: «Esto es estar mojado». pero.. Salla suspiró. Me sentí sorprendido y confuso. por supuesto. Le toqué levemente la mano (pues no me comunico demasiado libremente sin algún contacto) y alcancé a verla. tú sabes. antes del amanecer: extraña casa. impensado... Creo que mi madre no salió jamás de su propio dormitorio sin escudo—pantalla. Laam tendrá que descansar un poco más. simplemente no hace. asombrosamente. —Pronunció todas estas palabras... Cuando la Nueva Morada se hizo habitable. Más que toda la travesía. —Oh —me respondió.. He de irme. El chapoteo del agua contra mis piernas fue tan cortante como una mordedura en un limón. creo —dijo Salla—. La puerta se abrió.. me ensucié las manos y me rompí el vestido. Tendí el brazo sobre la arena sintiendo cómo me raspaba la piel. — ¿Y cuándo salen todos? —Mañana. aunque complacido. La llama de su rebelión no me era extraña. y sentí el tibio movimiento de unos labios. Es nuestro Motivador. Nosotros (me refiero...—No tenemos que protegernos —dijo Salla—. Si supiera.. los granos de arena al borde del agua. —Dulces sueños —pensé.. Hay. que había sido atrapado entre la pregunta de la madre y la respuesta de Salla. Salla había retirado la mano. Luego Salla dejó caer el escudo. Atravesar la atmósfera fue algo agotador. a nuestros antepasados) deseábamos que se pareciera todo lo posible a la Vieja Morada. No sabe que estoy aquí. extraño paisaje. por lo menos. pero. y me arrebujé entre las mantas. el movimiento del viento en mi cara. Estaba compartiendo conmigo uno de sus más preciosos recuerdos: algo que entre los suyos no se aceptaba de buen grado. Algo grato.. —Mi madre pregunta por mí —susurró—. alzándose rápidamente sobre la arboleda. como ríos diminutos. A pesar de todo es una copia. Cuando llegamos a la Nueva Morada. tuvimos que renovarlo de un modo bastante completo. ¡Y el líquido! Yo no tenía idea de que lo líquido fuera una sensación tan particular. pero lo cierto es que salí a caminar bajo el sol sin pantalla. y ascendía por la curvatura de la nave. Pero de pronto volví a sentir el olor de la manzanita aplastada. la aspereza de la grava.. — ¿Cuántos son? —murmuré mientras ella se alejaba. —Dulces sueños —oí. No había jactancia ahora en la voz de Salla. ya estábamos demasiado acostumbrados a las pantallas. ella se deslizó al interior.. como quien usa un lenguaje demasiado popular en una reunión muy elegante—.. una mejilla suave me rozó la cara. le daría un quánico. Yo la conocía demasiado bien... hasta que comprendí. relativas a la suciedad. nada es casual.. —Una vez. y yo contuve la respiración junto con ella. antes que llame a mi cuarto. Hicimos verdaderas maravillas copiando la vegetación y las colinas y los valles y los arroyos. Uno se protegía automáticamente. riéndome. Ya no. en mis brazos y aun entre mis dedos. flotando. Y me enredé el pelo de tal modo en un árbol que tuve que tironear y arrancarme unos mechones para soltarme. —aquí un sentimiento de culpa tino las palabras de Salla—. Me embarré toda. también murmurando—. ya era bastante crecida para semejante travesura. En seguida. Todo parecía tan nuevo. con tanta intensidad como si fuese el Primero en una Morada reciente. sin percibir ningún sonido. la arcilla suave y sólida. . Sentí el suelo bajo mis pies vacilantes.. No recuerdo cuándo caminé por primera vez en el agua. Salía secretamente de la casa. cerrando en silencio la puerta. Pero el resto de nosotros. No se parecía a nada de lo que había experimentado antes. extraño mundo. sin embargo.

tristemente. que esperaba. cuando se lo hayan ganado. dicen los Viejos. Algún día. como si pretendiéramos injertar un tercer brazo en un organismo diseñado para tener dos. Pero si es así.. Habrá que volver al tablero de dibujo.. no sé —repuso Davy poniéndose fuera del alcance de mi distraído manotazo—. Contuve el aliento. Y entonces pensé. Así que te hice correr un escalofrío por la espina dorsal. observen a Peter y a Dita. Pensé en mi Pueblo. caminando cuando podía volar. sin tocar un solo aparato en su cómoda sala de motivaciones. ¿Qué podrías sintonizar de noche? —Bueno. — ¡Pero miren! —yo quería gritar—. ¡pero sería un comienzo! Pero «No». Piensa. No habría más diagnósticos erróneos. Papá dijo que podría probar mi receptor esta noche. ¡Los hombres hablan de la conquista del espacio! Pretenden llegar allí montados en un bastón. sólo hay una Bethie (y los pocos Clasificadores que tenemos. Por supuesto. de usar la Tierra. ¿Qué haces tan temprano? —No me he acostado —dijo Davy. de transportar.Algo me despertó en las vacías horas que preceden al alba. lo tendrán. Vayámonos. Pero no pude conseguir nada. «Espera». en uno de esos aviones modernos podría llevarlo hasta el borde del espacio. ¿por qué no nos vamos? Encontremos otra Morada. pero no. ¿Por qué todo eso no podía ocurrir ahora. por encima de mis mantas. Yo mismo podría levantar nuestra pick up a tal altura que debería ponerme un escudo—pantalla para seguir respirando. En los sueños no hay bastantes palabras. pues. Está bien. dice Valancy.. y a Bethie. dice Jemmy. hasta el umbral de la gravedad terrestre. Miren a cualquiera de nosotros. Lo probé con toda mi familia. después. abiertamente y sin vergüenza! Golpeé con los puños sobre la manta. leyendo ante los doctores las enfermedades y dolencias de los internados. Los pacientes ya no podrían esconderse tras enfermedades imaginarias. Tengo que concentrarme. —Hola. en un centro médico. de comunicar. Internémonos en el espacio y dejemos la Tierra a los hombres. Apostaría a que yo rnismo. —Davy se sentó en el aire. y a ese chico Francher. Por supuesto. me limpié los granitos de arena que se me habían pegado a los labios y la lengua y me reí de mí mismo. ¡Vayamos a donde podamos ser nosotros mismos a cada momento. admitamos que así violentaríamos el esquema actual. ahora? Pero «No». frotando los pulgares sobre la caja diminuta que tenía en las manos—. «Ahora no». Lo ensayé con tus sueños. emergiendo de la sombra—. dice Valancy.. y con eso terminaría la parte más difícil de la tarea. . Sin embargo. Tengo que fabricar más. Piensa en lo que podríamos hacer si dejáramos de esperar y realmente nos pusiéramos en marcha. Me sentí arrancado del sueño como un pez que sacan del agua tiritando en ese intervalo que media entre quitarse el sueño (como una vestidura) y ponerse la vigilia. aunque todos nosotros podemos levitar. dice Jemmy. y usé la mitad de la cinta. sólo tenemos dos motivado—res. ¿Acaso no se le ha dado al hombre el dominio sobre la Tierra? ¿Y el hombre no había renunciado a ese dominio en algún punto de su historia? ¿No podríamos ponerlo otra vez en el buen camino? Me retorcí padeciendo esta concentrada reafirmación de todas mis preguntas. —Mala suerte —dije—. los terrestres seguirán un día nuestro mismo camino. —Oh. si no mueren antes. y me tranquilicé. dicen los Ancianos. «Ahora no». ¡Miren a Laam! Trajo esa nave a nosotros desde alguna patria distante sin levantar un dedo.. midiendo el paso. Pensé que podría sintonizar sueños. ni demoras en la identificación de un síntoma. pero sería un comienzo. —Tengo que pensar —pensé obtusamente—. Salgamos de este suburbio del mundo. Piensa en nuestra capacidad de levitar. y que podrían servir con un poco menos de eficacia). — ¿Esa cosa? —me reí—. en vez de someterse a ella. esperaba. Davy —dije—. Acabo de terminarlo. nuestra Sensitiva. Que se tomen su tiempo. «Espera».. Piensa en Bethie. Y cualquier motivador podría cruzar ese umbral.

cerca de la nave. Me incorporé a uno de esos torrentes y sólo encontré las sombras de la Travesía. — ¡Eh! —dije. pero al mismo tiempo las pantallas se hicieron más opacas y tomaron un tinte azul profundo. sintiéndome demasiado perezoso para molestarme de verdad—. ¡Obla! ¡Piensa en Obla y en este endemoniado artilugio! — ¡Es cierto! —La cara se le iluminó a Davy. tan desnudos y descarnados. desalentado—. Olvidas la intimidad del pensamiento.. y en seguida aparecieron los cuatro: Salla. apoyando las manos contra la hermosa nave. clara y minuciosamente. ¡Ah! —exclamó—. sus padres. la cara ciega vuelta hacia la nave. mis pensamientos tomaron la dirección del cielo.. —Mala suerte —repuse. un ser sin voz. que había recibido nuestro aviso.. Todos miramos. todos mis lazos.. De pie. sentí que mi convicción se afirmaba. —Sí. Recogí estructuras de pensamiento más concentrado. no estaré viendo el amanecer sobre el monte Calvo.. O hagamos una Nueva Morada. un destello brilló sobre el cuerpo de la nave. descansando al sol que de mala gana abandonaba la primavera para internarse en el arduo verano. Al promediar la mañana. ¡Nada de interés para el Grupo! —dije. El Más Viejo. escucha! —exclamó Davy.. casi inconscientemente. exclamé. Vayámonos. Torcieron la cara sintiendo la descarga del sol.. No había mucha conversación. de más edad. Capté el pensamiento errante de Davy y apreté la cajita en el lugar exacto para borrar la grabación. Lo que ocurre es que al oírlos me habían parecido tan.—Rata —dije. ¿Pensamiento concentrado? —Empecemos por el final —dijo Davy. El pensamiento es rápido. olvidaba la desaceleración. Encontremos una verdadera Morada en alguna parte. ¡Davy! —grité. Entonces lo probé cuando estuviste despierto. salgamos ahora mismo de este suburbio del mundo. y la pena que corresponde a quien viola esa intimidad. Creo que fue en ese momento cuando empecé a decir adiós a la Tierra. poniendo por fin las manos en el receptor—. La nave nos traía a todos una carga excesiva de pasado. y tú me borras la grabación. manteniendo el aparato lejos de mí mientras rodábamos por el aire—. incluyendo el Grupo de Bendo. Y entonces me oí gritando. Si no hay sitio para nosotros en esta nave. con esas voces metálicas que salen a veces de un receptor telefónico: —Vayámonos. Hubo una pausa.. el año que viene. Nadie crea que me sentí avergonzado de mis pensamientos. Alcé los ojos. Mi primer invento. —Alargué el brazo y lo atraje hacia mí—.. habló desde el seno de una corriente del Grupo. podernos construir otras. Cuando Davy se perdió entre los árboles. ya se había olvidado de mí. a pesar del obstáculo de las mantas. mientras era arrastrado por el tren de las ideas — . poniéndose nuevamente fuera de mi alcance.. — ¡Maldito sea! —dijo Davy. Con razón me desperté tan bruscamente.. precipitándome hacia arriba. a cortar. y un cuarto individuo. la totalidad del Grupo. . Se oyó un parloteo sin sentido—.. ¡Pero la Morada. Como un ala que sube. Para esta época. incorporándome lentamente—. Bueno. tirándole la cajita—. los oscuros torrentes de la memoria corrían entre los miembros del Grupo. pensé. ¡De interés para el Grupo! Sostengo que es de interés para el Grupo! Con la nave que acaba de llegar. inaudible. ¡Cierto! Obla.. ¡Escucha. —Sí —dijo Davy volviendo a flotar sobre mí—.. la Morada antes! En ese preciso momento. y tampoco mucha alegría. Pero oye. La puerta se abría. Los tenues centelleos de los escudos—pantallas los envolvían en un halo de seguridad. aguardaba en la ladera de la colina.

¡parece que todos piensan como yo! —y me uní al vuelo y al jubiloso coro sin palabras del Canto del Regreso. —El pensamiento era cordial y armónico—. los demás. Oh —dije torpemente—. la palabra flotó casi visible en el aire. —Yo tengo mis maletas hechas prácticamente desde que nací —contesté—. esa punzada extraña que yo había sentido antes. — Son cuatro —le dije a Obla silenciosamente—. Recogí en mi ascenso al chico Francher. y la oculté tanto que sólo un Clasificador hubiese podido localizarla. ¡Nunca. ¡Piensa. sí —repuse. ¡Nunca volveremos a sentir la luz del sol terrestre! —dijo ella—. sólo nosotros cuatro hemos llegado en la nave. Trajeron la nave para llevamos de regreso a la Morada.. ¡por alguien que viene de la Morada! —Sentí crecer mi excitación—. Son los primeros que vienen desde la Morada a reunirse con nosotros en la Tierra. ¡Y hemos traído esta nave vacía para poder llevarlos a todos de regreso a la Morada! ¡A la Morada! —Por un asombrado instante. esperen —repuso el padre alzando. nunca más! — ¡Por favor. exhaustivamente. —No estabas tan seguro de ti mismo. Bram. —Al fin y al cabo.. ¡Oh no! ¡No! —dijo Shua. —Obedecí. y el Grupo entero se remontó hacia el cielo. Obla volvió hacia mí la cara ciega. Saca la mano por la ventana. y el Grupo lo estaba dejando rezagado. Sólo cuatro. Laam. sobre nosotros. burlándose delicadamente—: Supongo que todos han hecho sus maletas. —Bueno.. — ¿A llevarnos a todos? ¿Así sin más? —Bueno. aunque no sé lo que eso quiere decir. Toma un puñado de sol. No puedo contestarles a todos al mismo tiempo. Viértelo. Tres veces bienvenidos entre nosotros. ¿verdad? —preguntó—. asombrado—. Pero mi entusiasmo decayó un poco cuando me pregunté si alguno de ellos compartía conmigo ese repentino dolor. aún no había aprendido a remontarse muy por encima de las copas de los árboles. salvo si les digo que. ¿No he hablado siempre de librarnos de la atadura que nos retiene en este mundo? —Sí —dijo Obla—. —Incliné la mano y sentí el tibio flujo de luz que escapaba—.. nos fue muy bien en nuestra Nueva Morada. sí —respondió el padre. los brazos—. llenándome la mano con la coruscante luminosidad—. los desterrados no piensan casi en otra cosa que en el día del regreso —dijo Obla y después. — ¿Asombro tibio? —Sentí que se me encendía la cara—.? —Varios de nosotros caí mos de rodillas. impresionado—. que el eco ahuyentó a dos grajos en el pinar del valle. Ni aun después de todas tus protestas. expandiéndose y estallando en sonido. —Bueno —reflexioné. ¿Entonces. Pero la reprimí rápidamente. Casi todos vuestros amigos os esperan ansiosamente. Mi familia y yo. Fue un grito tan jubiloso y estático. No. Supongo que así sin más. no hables de eso! —exclamé.—Bienvenidos al Grupo. Pero después se elevó en un grito. Hubo un repentino coro de pensamientos: — ¿Está Anna con ustedes? ¿Y Mark? ¿Ha venido Santhy? ¿Y Bedia? —Esperen. Estamos ansiosos por tener noticias de nuestros amigos. Obla. y nuestro Motivador. al tiempo que nos daba su nombre: Shua—. Aun a pesar de ese asombro tibio que crece dentro de ti. Nuestro Grupo y otros dos llegaron a la Nueva Morada. has hablado. frunciendo levemente el ceño—. — ¡Cuatro! —pareció que el aturdido pensamiento iba a despertar un eco audible.. Recordaréis que nuestro Grupo era el que vivía junto al vuestro en la Morada. con el Signo temblando en nuestros dedos. Eso no es más que interés natural por una desconocida. implorante. Obla! ¡De la Morada! ..

De algún modo.». Mis raíces están ancladas en esta vieja roca. pero ésta es la única Morada que hemos conocido. ¿Quién puede decir qué es mejor. Escucha tus propias palabras.. Cuando terminé. flotando hacia ellos y recogiendo mis pensamientos dispersos—. he usado a Obla como piedra de toque. —Pregúntenle a Bram —dijo Low al fin. para que no pensaran que los espiaba. Pero yo soy de la Tierra. las gentes del Pueblo han sido desconocidas para nosotros? —Estás jugando con las palabras —le dije—. —En cuanto a mí —dijo Dita. pertenecemos al Pueblo.. Low inmovilizó la corriente. despojadas de elementos extraños y desnudas de toda pretensión. Imaginen lo que sería para mí decir adiós a mi mundo. ¿Y quién podría saberlo mejor que tú? —Quizá. tener hambre y recibir alimentos o recibir tanto alimento que nunca se conoce el hambre? Un poco de ayuno es a veces bueno para el alma. Marcharnos.—Una desconocida de la Morada. Desde luego.. Piensa en un sorbo helado de agua después de una tarde en un campo de heno. Casi había cruzado el umbral de la casa de Obla. Piensen en lo que fue la Travesía. y hubo un momento de silencio.. torpemente. Yo no crecí en el seno de un Grupo. Todas nuestras raíces están firmemente clavadas aquí. Me acerqué abiertamente. . — ¡Es mejor que hacer del dolor una forma de vida! —repliqué rápidamente—. ¿Comprenden? Y sin embargo. cuando uno oye sus propias ideas. quedarme. La misma explosión que la mutiló.. Creo que buena parte de mi desprecio por los artilugios de Davy se extinguió del todo en ese momento. se llevó a mis padres. cuando recordé de pronto. —y terminé de contarle la historia. pero no creo que prestaran mayor atención a mi arribo. —Un remolino de incomodidad recorrió el Grupo—.. —Marcharnos sería igualmente malo para nosotros —dijo—. Bram. me quedé allí de pie. —La Nueva Morada es nuestro mundo —dije. y los demás se concentraban en la caída de las gotas. mirándome por encima del hombro. ¿Cuándo.. Empecé a prestarle atención sólo después de su desastre y el mío. saber que se han ido. de todas maneras. sentir que el dolor es un privilegio.. ver cómo se marcha el Pueblo.. — Bueno.. —El pensamiento de Obla era un poco triste—. Low fue a sentarse a su lado. recogiendo las rodillas hasta el pecho y tomándose los pies mojados con las manos—. — ¿Qué puede ofrecernos la Nueva Morada que no tengamos ahora? —dijo Peter iniciando un pequeño remolino en la corriente poco profunda. Pensé estar preocupado por la alternativa de irnos o quedarnos. jamás. sin embargo. y no consiguieron hacerlo a tiempo. como si allí estuviese la respuesta. es diferente.. Él no ve el momento de marcharse. No recuerdo... Estaban tratando de sacar a unos Extraños de un avión que se había estrellado. con una sonrisa—. Cualquier cosa capaz de dar alegría a Obla.. Desde que tengo memoria. Ustedes pertenecen del todo al Pueblo.. La rápida solicitud de los otros la envolvió en seguida. sólo entonces puede considerarlas en una perspectiva adecuada. Pobre chica. Me estremecí ante el delicioso recuerdo. Algunos de mis planes más espectaculares han sonado a huecos y vacíos frente a la atenta receptividad de Obla. Obla hizo una mueca y la cabellera se le derramó sobre la cara protegiéndola. Una desconocida de la Morada. haberla visto físicamente completa. En verdad ninguno de nosotros. quizá —dijo Obla—. ¡Ni siquiera le había mencionado a Davy! Regresé y se lo conté. Al fin capté un tenue eco del pensamiento de Obla: «Una voz de nuevo. Dita rayaba el agua con los pies descalzos. hasta esa tarde en que encontré a casi todos los del Grupo sentados en los peñascos que dominan el arroyo. Permíteme que te cuente todo. —Apoyó la cara sobre las rodillas. sin saber qué hacer. —Pobre chica —interrumpió cuando le conté cómo se le había enredado el pelo a Salla—. Y algunos de mis pensamientos más tímidos cobraron una fuerza monumental cuando ella los aceptó sin objeciones. Pero antes que llegara a la mitad de la historia..

Por eso le llaman la meseta del Homo. Oh. A esta hora del día el pedregal se calienta como un horno. nítida. Sí —dije—. No me extraña. con los pies descalzos entre las manos y balanceándose de dolor. Todos estaban encerrados en sí mismos. ¿Dónde están tus zapatos? —fue lo primero que se me ocurrió mientras me agachaba a su lado. corriendo —dijo Salla—. Ya no necesitaríamos ocultarnos. Sin una palabra más. la luz chorreaba oblicua entre los árboles. No tendríamos que ajustamos a un orden al que no pertenecemos. En nuestra tierra nos protegemos tanto. ¡Adonday Veeah! silbé.. que no podría describirte la textura de las cosas. Un día la encontré en mitad de la meseta del Homo. exultante: Cuando estemos allí. Todavía. no tendremos que hacer estas tonterías. por lo menos. y. Le aflojé los dedos y le tomé en mi mano un esbelto pie blanco. Yo no lograba concentrarme en nada. — Sonrió dolorida—. Y por las noches. zapatos. Mejor que vuelvas a casa y te hagas cuidar esos pies. ahí estaba Salla. no me llegó ni siquiera el eco de un pensamiento. . ¿No sabes que el sol es terrible a esta hora? —Ahora lo sé —dijo ella. a medida que cada uno se enfrentaba con su propia visión de la Morada. La Tierra de Salla no se parecía a nada que uno pudiera imaginar. todos se alejaron. que pensé que este pedregal negro y reluciente sería una textura distinta.. Hay sangre. Cortando un tablón en el aserradero.Estaríamos entre los nuestros. y sentía la profunda tibieza que me inundaba hasta los huesos. en el cielo del crepúsculo. Que no podría abandonar la Tierra a cambio de ningún otro sitio. Cuidadosamente le despegué de la piel unas escamas ensangrentadas de esquisto. hasta que de pronto sabía que no podría irme. y de tanto en tanto alzaba las hojas secas en un fugaz remolino. Volvió a tomarse el pie con las manos. No tendríamos que esperar. Y luego. De a pie. cuando alzaba las esclusas para irrigar otro campo de alfalfa. sentía deseos de recoger un puñado de aserrín. ese espasmo de agudo placer y anticipación se convertía. sintiendo cómo el sueño envolvía mis pensamientos mientras los mirlos chillaban en los campos lejanos. Es distinta. y un ungüento para las quemaduras. —Me caí. pateaba las tablas húmedas y mohosas y pensaba. nunca se le ocurría que las cosas pudieran hacerle daño. Me quedé tan sorprendida. sandalias están en la nave. con la cabeza en la sombra de la alameda. ¿Zapatos? —Salla captó la imagen que yo le proyectaba—. ¡Haremos llover el agua donde y cuando la necesitemos! O bien me tendía al borde del sol ardiente. ¿Cuidar? —Claro. todavía la esbelta luna nueva brillaba. y sólo esperar. —Prácticamente te has ampollado los pies. No podrás salir a caminar por uno o dos días. al amanecer. Sentí alrededor un torbellino de pensamientos. todavía el viento movía la ramas en las tardes calurosas y quietas. pero por encima de todo pesaba un enorme signo de interrogación. me paraba en la mitad del trabajo y pensaba: «¿A qué preocuparse? Pronto nos habremos marchado». Es caliente. ¡Mira! —exclamó—. de algún modo. y el agua es tan maravillosa. acurrucada bajo un pino.. — ¿Y por qué no empleamos un poco de tránsfugo y no—bi? Es mucho más sencillo. —Quema y lástima —completé—. Y sin embargo. cuando es tanto lo que podríamos hacer. oliendo el expectante y polvoriento olor de la tarde. Por ejemplo. Quería sentir este mundo. que no atiné a remontarme o protegerme.. y echó un vistazo a la planta. en el dolor del despojamiento. Pero aquí la arena me pareció tan hermosa la primera noche. Eso es habitual cuando te lastimas la piel.. La paz y la tranquilidad habían desaparecido de Cougar Canyon. Mis. —Déjame ver. Mientras se iban lentamente.. Antiséptico contra los gérmenes.

elevándome sentado. —¿Undene? —pregunté. siempre que yo supiera de qué hablas. Bueno. Me gustaba su risa. Además. —Ya sé. — Bueno —repliqué—. Mi madre ya está fastidiada conmigo. —¿Por ejemplo? —repetí. Hay una anécdota familiar: una vez eligió un pimpollo que no hizo nada durante dos días. Salla aflojó los dedos. Pero rara vez las hacemos distraídamente. y después hace una rosa. Teme que nunca volveré a ser la misma. Nosotros no comemos guisantes con la punta del cuchillo. —No quiero parecer undene —dije—.. Salla contuvo la respiración al sentir el ardor del mertiolato en los pies llagados.. Se supone que a medida que crecemos. Luego. Y lo hace muy bien.. Pero cuando le apliqué el ungüento calmante. — ¡Uf! Ésta sí que es una sensación —dijo Salla. sintética. llegamos a la mesa de la cocina. Viramos en dirección a la casa. pero me cuesta imaginar que alguien pase dos días mirando un capullo de rosa.. dejamos atrás esas actividades infantiles. El chico Francher la había utilizado como tema en una de sus obras. Pero si nunca caminas. —A rní también —dije. Piensa que soy decididamente undene.. Bueno. hasta que me pareció que yo ya entendía. Lo más que se puede hacer es que nuestra Sensitiva ayude a los que conocen el arte de curar. ya sé —dijo apresuradamente Salla—. pero rara vez anticipo en relación con las rosas. abriendo simultáneamente su rosa sintética.. Lo más parecida posible al pimpollo verdadero. — Mi madre. Lamenta no haberme dejado en casa. los Curadores. a la par de ella. intrigado—. más intelectuales.. Por supuesto. pero mi madre. trata de anticipar cada movimiento en la eclosión de la rosa verdadera. —Sí. Elige un pimpollo que parece interesante (y ella reconoce los más sutiles matices de diferencia). pues Salla no había aclarado el término. el placer favorito de mi madre es anticipar. como cuando uno se cruza con otra persona y ambos quieren eludirse. y al tercero se marchitó y convirtió en polvo.. Se parecía más a una frase musical que a una risa.. ¿cómo te diviertes? —No es que no hagamos esas cosas —dijo ella—. en mi Morada. Salla se rió. Aún no tenemos Curadores. —Hubo una curiosa pausa—.. Es un arte bastante improvisado entre nosotros. durante dos o tres días. tú sabes lo que son algunas madres. y empecé a captar una extraña imagen. ni trepas a un árbol. Tu madre se preocupará. y aun anticipándose imperceptiblemente a la otra. —Bueno. sobre el camino—. simultáneamente..— Salla volvió a reír—. y enderezándome en el aire. y casi me disloqué el hombro al pretender. Lo que le gusta a mi madre es anticipar una rosa. — ¿Sabes? Usamos las mismas palabras pero es evidente que nos movemos en distintos niveles de comprensión. y luego otra. Le gustan las rosas. si no nadas ni haces otras cosas por el estilo. de todas maneras.—Indudablemente —respondí. — ¿Por ejemplo? Hice a un lado las ramas para que ella bajara a la puerta de la cocina. Luego de varias salidas en falso y otras tantas detenciones. y buscamos otros placeres.. —Ésta es la Tierra —dije—. Parece que lo habían rociado inadvertidamente con destro. Salla se rió. probablemente. apretándose los tobillos con las manos. es claro —respondí—. ni nos limpiamos la nariz en la manga. pero admito que tenía mucho ritmo. —Sí —dijo ella. . sin pensar. —Bueno. Sería mucho más sencillo. Podemos ser bastante bien educados cuando nos lo proponemos. abrirle la puerta. podrías resultar alérgica a nosotros y te saldría un sarpullido con cada inyección. No. ni a él ni a mí nos agradó mucho que los otros niños de Canyon la recogieran usándola para una melodía bailable.

— ¡Eh! —le grité—. Incluso me parece que el juego te emocionó en varias ocasiones.. La vista del agua en una tierra árida. Hubo un momento de profundo silencio mientras dejábamos que nuestros propios pensamientos cerraran el tema. cuatro de vosotros estuvieron horas repartiendo y recibiendo naipes.. Pero hace crecer las cosas. ¡Basta! ¡Basta! . frenético. y contemplamos las vastas perspectivas de cadenas montañosas. bueno. Ni siquiera es agua potable. sí —admití—. Salla me miró rápidamente. Y anoche. se encontraría convertido en alguien diferente. ¡Estás subiendo! —¡Lo sé! —me contestó—. si uno se perdiera en una vastedad lo bastante grande. poniendo el dedo índice bajo el chorrito—.—Y sin embargo. ¿Realmente? — Sí —dije—. Si te asustaran las alturas. que experimentaba un amigo mío. —Nada más que un manantial —se burló ella—. se alzaba una columna de humo.. pero Salla se remontó. disolviéndola en bruma. —Y sin embargo —y la voz de Salla fue casi un susurro—.. Pero es diferente. que una corriente de aire doblaba casi en ángulo recto. hendiendo el aire—. —Bonitas —dijo por cortesía—. palideciendo y sujetándose al ralo tapizado de enredaderas y ramas de la roca—. —No es más que un manantial —le dije mientras mirábamos la raya oscura de un pliegue en la maciza montaña. Debajo. Advertí una chispa de burla en los ojos de Salla y nos reímos juntos. que apenas se atreve a asomarse a la ventana de un segundo piso. ¡Qué hermoso abismo! —exclamó Salla complacida. mientras la seguía. —Pero podría aplacar una sed del corazón —dijo Salla—. Salla disfrutaba de veras experimentando nuestro mundo. La mayoría edificamos nuestros pequeños mundos con distracciones suficientes para mantenernos apartados de la contemplación del Ser y de Dios. mortal. — ¡Oh. por lo menos no los necesitaba nuestra risa. ¡Y tú bajas! ¡Todavía no he encontrado el manantial! De modo que me elevé yo también. un Extraño. Dimos media vuelta. Pero mira el paisaje. y yo mismo descubrí muchas cosas que nunca había advertido antes. que proyectaban ferozmente unos peñascos desnudos. y hay que ver la forma en que juega Jemmy. Fue ella quien encontró la gruta. Tocó levemente las plantitas verdes que se adherían a la húmeda pared rocosa. —Hum. alguien que sólo tiene ante sí el Ser y la Presencia. —Cierto —dije aspirando profundamente el olor a sol. ayer por la tarde te pasaste una hora entera mirando el cielo —dijo Salla—. mostrando sólidos bosques o cuadriláteros vegetales hasta donde abarcaba la vista. Una vez leí un caso. no! —exclamó Salla. En esta tierra de poca agua. Pero no son muchos los que llegan a esa vastedad. a pino y a caliente roca granítica—. apoyando las espaldas contra la muralla que caía a pico. ¿Quieres probar la textura de eso? Y recreé para ella el terror alelado. ¿puede haber algo que no sea nada más que un manantial? —No vale la pena —protesté. —Ni siquiera salpica —repliqué mientras nos acercábamos al hilo de agua. y me puse a la par de Salla en el momento en que se apoyaba en un filoso estribo de roca al borde de la hendidura verde por donde se filtraba la humedad. rojizas... Perezosamente. ¿Asustan a alguien? —preguntó—.. después que el diminuto chorro de agua que brotaba en la ladera del monte Calvo despertara su curiosidad. La risa no necesita de intérpretes. Un atardecer como ése... Entonces yo descendí. purpúreas y azules. —No —dijo Salla.. un pliegue tras otro de colinas abrazaban los diminutos senderos y viviendas de los que se habían refugiado en esa soledad. a lo lejos. protestando contra la obstinación de las mujeres.

Rogando al cielo que me diera un poco de paciencia. y volví a sentarme en el agua—. y no la solté. ¡Salla! ¡A—q—q—quí! —me llegó la respuesta subvocal. . Pero aun luego de una pausa sin aliento. —Sé que soy una extraterrestre —se quejó Salla—. no —contestó Salla—. ¡Pero. destructora. ¡Aquí está! —gruñí. ¿Satisfecha? —No —contestó Salla. un momento! Le solté la mano e incorporándome tanteé el bolsillo... cambiamos rápidamente de tema en mitad del aire. una criatura horrible.. Sostuve entre los dedos la fina moneda y puse en movimiento todos esos engranajes mentales que parecen tan complicados hasta que uno alcanza la simplicidad elemental básica. —Está oscuro —susurró Salla. Tiene algunos Dones y Persuasiones que a nosotros nos faltan. Salla se adelantó hacia la próxima capa. y yo bajé rápidamente la luz a un nivel más práctico. ¡Salla! —grité. De mutuo acuerdo. pues la palabra no me hace resonar una campanita en la cabeza. Quiero ver el chorlito que chorrea. La recuerdo cada vez que leo: «Ni la altura ni la profundidad ni ninguna otra criatura».. ¿Te parece bastante chorreante y goteante? Alcé nuestras manos. ayudé a Salla a apartar las hojas y tallos. Pero es una emoción diferente. desde el comienzo. y el agua nos chorreó hasta los codos. que revolotea sobre él aguardando la oportunidad de echársele encima. que casi me llegaba a la cintura. y la gota que gotea. y hubo un eco apagado alrededor. ¿No viven resplandores en este mundo? —Creo que no. Salla miraba maravillada el diminuto globo de luz en mi mano. ¡Habla! —dije mientras sentía que el pensamiento de ella se me escurría. o trató de enseñarme. y no aprenda a perder ese temor. Y de pronto hubo un súbito y enceguece—dor destello de luz. Concentré todo mi ser en el pequeño disco de metal. buscando entre las enredaderas—..—Lo siento —dije—. Y estoy sentada en un agua terriblemente fría. nuestros ojos no recibieron luz suficiente excepto un tenue centelleo verdoso a la entrada de la gruta. —Ésta es la fuente —dije—. La altura es una criatura para mi amigo. Y se metió más en la maleza. Salla lanzó un grito. ¡Estoy hablando! —la respuesta me llegó con la última palabra—. Linterna no tengo. Me interrumpí. al interior de la oscuridad. — ¡Lo hice! —exclamé—. —Dita me enseñó.. ¡Esta vez brilló en seguida! La última vez tardé media hora en conseguir una chispa. Pero creía conocer bastante tu idioma. ¿Qué esperas para entrar? Me deslicé cautelosamente a través de la grieta. —Dita es la Extraña que encontramos con Low. y de pronto había desaparecido. manoteando las enredaderas — . Buscando a tientas en el agua. —Quiero ver —protestó Salla. encontré la mano de Salla. Ahora veamos si puedo recordar. —Las cerillas —dije— no sirven cuando están mojadas. —Es una lástima —dijo Salla— que no se acuerde de la próxima frase. absorto en el problema de buscar en el bolsillo de los pantalones húmedos que se me pegaban al cuerpo. —Espera a que tus ojos cambien —contesté. — ¿Tienes bastante? —pregunté—. después que Valancy le dijo cómo. ¿Alguna sugerencia? —Bueno. Tropecé y caí de rodillas en un agua helada.

Está muy cerca de ti. la pesada cabellera—. —Sí —dije cerrando la mano alrededor de la moneda y observando cómo la luz se pulverizaba entre mis dedos—. parecida al azúcar. El techo tenía aproximadamente el doble de mi estatura. terrazas de flores en suaves laderas y ramas cargadas de capullos que casi parecían bastante vivos como para agitarse bajo una brisa imaginaria. rosados o de un verde pálido. Nuestras caras estaban tan juntas que cada uno se reflejaba en los ojos del otro. y el tranquilo estanque que centelleaba un poco a la luz de la moneda encendida. sonriéndome por encima del hombro—. Cuanto más miraba. Muy bien. Pero en seguida lamenté haberlo dicho. siguiéndola. Las paredes se curvaban alrededor del agua. —Es casi mi segundo yo —dije. ¡Y ahora yo también puedo! Aquí tiene. un estanque reflejaba apaciblemente la perfección circundante y duplicaba el hechizo. ¿verdad? —Sí —dije—. en todo el universo. suspirando feliz mientras se echaba hacia atrás. Soy un ser de las cavernas —respondió Salla. Ni siquiera estalactitas o estalagmitas: nada más que arena. Luego nos volvimos hacia la casa. La luz. riéndonos de nuestro desaliño. Obla no vería mejor si estuviese allí. por algún extraño motivo me parecía necesario contener el aliento. Visto desde aquí. visto desde ahí? ¡Maravilloso! —la voz de Salla era muy suave—. Sabremos de este modo que está siempre iluminada y hermosa. No sé lo que le ocurría a Salla. —Dejemos la luz —susurró Salla—. comparte este sitio con nosotros. escalinatas para hadas. me costaba un poco respirar. En el ojo de agua (del que ambos salimos tan pronto como vimos tierra firme) no había fuente visible. —Me gustaría que Obla viera esa caverna —dije impulsivamente. la cueva. temiendo quebrarlos. Salla y yo nos miramos. pero en cuanto a mí. —Quiero decir —enmendé torpemente—.. tan frágiles que contuve la respiración. delicada como un encaje. Enfoqué la luz hacia el angosto pasadizo. El piso era de arena. ella nunca puede ver. Necesitábamos ropa seca. . granular.. advirtiendo la protesta de Salla. y el ojo de agua no era más ancho en su diámetro mayor. No un ser humano que explora un reino. troglodita —dije—. —Obla —pensó Salla—. ¡Trae la luz y mira! Nos tendimos de bruces y espiamos a través del angosto túnel (apenas de un pie de ancho) que Salla había descubierto. pero el nivel no cambiaba. sintiéndome de pronto muy orgulloso de nuestros Extraños — . pálida. en el interior del túnel. Sin palabras. señora —parodié una voz nasal—. a pesar del fino chorro que escapaba a la ladera del cerro. Mire todo lo que se le antoje.. Nadie más. Un comienzo húmedo. con las manos mojadas. Quedará encendida aunque tú no estés. A primera vista. no había nada especial en la gruta. —Dejémosla junto a la gruta más pequeña —rogó Salla—. Al fin y al cabo. A la distancia de un brazo. Me interrumpí. —Hay espacio suficiente para ponerse de pie —le dije.. Yo tendría que mirar por ella. Pero Salla correteaba sobre la arena a cuatro patas.¿Y un Extraño puede hacer eso? ¡Sí! —respondí. Era una red de cristales. Aquí es donde nace. La caverna no me impresionó demasiado. blancos. volvimos a sentarnos en la arena. ojos que afirmaban y reafirmaban: Nuestro. más maravillas descubría: bosques en miniatura que parecían copos de nieve. — ¡Bueno! —dijo Salla. parece diferente. Salimos por la hendidura de la roca y flotamos allí unos segundos. como si no quisiera que mis ideas fueran leídas con tanta facilidad como las ideas de un niño. castillos y minaretes. Indefinidamente. ¿Qué aspecto tiene.

a quien habíamos hecho regresar de la Universidad de Tecnología cuando llegó la nave—. Pero volveré. No quiero ir a un sitio donde tendría que hacer música elemental. morirán. —Yo voy —dijo Jake. —Me arriesgaré —dijo Matt—. La nave partirá dentro de una semana. Yo vacilaba aún. Un parentesco de almas. Temía compartirla. con la voz burlona de siempre—. Quiero que mi música siga siendo grande. Mis rabanitos apenas empiezan a crecer y tengo que regarlos continuamente. —Era Matt. Se había quedado en casa. Una onda de regocijo se propagó por el Grupo. —Aquí se interrumpió. Me gustan los comienzos. Lo que aquí puedo hacer bien. Los muchachos de mi edad se apeñuscaban a un costado también con ganas de jugar. pero dominándose. Desde la Travesía.. irradiando un divertido—: ¡Breve! —Yo me quedaré. —Yo iré. Pero de nuevo capté la afligida protesta de Salla.— ¿Pariente? —No. sin mácula de Obla. ¿Comprenden? — dijo Jake—. —Era la voz de una joven de Bendo—. La Nueva Morada. Pero mi verdadero motivo. y pronto. para mí. inundada de risas y de niños voladores que jugaban por encima de las cabezas de la gente madura. yo sentía un vacío en mi interior. —Por muchas razones —previno Jemmy—. sin más preliminares—. Apenas hemos empezado a hacer de Bendo un lugar habitable. porque al fin de cuentas uno supera ciertas tendencias infantiles. y pasábamos a ser una unidad. temía que fuera como acercar el dedo a uno de esos frágiles cristales de la gruta y convertir su perfección en un poco de polvo. sobre todo cuando los adultos miran. que permita ir y volver de la Tierra a la Morada. a favor o en contra. Dos semanas después del arribo de la nave. Y sin embargo... que parecía sentirse excluida. Obla era más una expresión de mí mismo que una persona separada. Salla estaba con sus padres. antes que decidiera protegerse con una pantalla—escudo.. Estoy cansado de perder el tiempo. allá no tendrá demasiada importancia. No quería compartir aquello. Sentía alojada en mi espíritu la fuerza limpia. tranquilizándonos a todos. Pero muchos entre nosotros no han llegado todavía a una decisión. no hay una ruta libre y fácil. Al principio aquello fue como una fiesta campestre. La nave ha estado aquí dos semanas. Esto es lo que durante mucho tiempo he . se convocó a una reunión general del Grupo. estamos dispuestos a oír argumentos breves. Me las ingeniaré para volver. y me sentí un poco menos estúpido—... —La siento tan a menudo en tus pensamientos —dijo Salla—. de modo que mis últimos años pasen casi sin dolor. Una expresión escondida y preciosa. con una ventaja. Nos congregamos todos en la llanura alrededor de la nave. y todo lo que pude comprender fue una especie de concepto angular en que el tiempo y el espacio se entretejían. La Nueva Morada sabrá cómo ayudarme. —Yo me quedo —dijo el chico Francher—. mi especialidad está mucho más desarrollada que aquí o en cualquier otra parte. solamente. Debemos ha— cerlo. —Era el pensamiento del Más Viejo.. Para ayudarnos a decidir. —aquí la verbalización cesó. Ella no recibe gente. Allá sería diferente con una desventaja. Vi mi propia perplejidad en las caras que me rodeaban. Si me voy. está terminada. El Más Viejo no había venido. —No es bueno alargar los períodos de indecisión —comenzó. que cada vez más se parecía a una cárcel que se disuelve. —Yo no quiero irme —canturreó una voz muy joven—. Aquí en la Tierra soy diferente. Quiero ser un ciudadano maduro. Sentado entre ellos. —Yo iré. Todos hemos hecho frente a nuestro problema: irnos o quedarnos. En la Morada. Hubo un extraño sentimiento de tensión mientras por todo el Grupo fluía una corriente común de pensamiento. ¿la he conocido? —No. Así que fue Jemmy quien nos habló. desde Canyon—. luchando por contener su ser en el derruido cuerpo. y ya no una masa de individuos..

. Roncamente murmuré todas las dudas y tropiezos que nos asediaban. Me sentí incapaz de llevar mis nuevas dudas a Obla. —Nos estamos desperdiciando —susurró. —Yo. con enfurecedora placidez.tenido en la punta de la mente. muchacho? —dijo. Low se inclinó hacia mí. — ¡Salla! —grité—. ¿Qué te pasa. salvo en la eternidad —me replicó una franja de púrpura crepuscular. y me humedecí los labios secos. Los llevé. o sin ella. —Piedad de mí. Pude ver nuevamente. Y allí vociferé hasta que me dolió la garganta y mi voz chirrió.. —Pero Salla se irá. ¡Salla se irá! ¡Respóndeme a «o! Pero al mundo se le habían acabado las respuestas. — ¿Acaso el pan puede hacerse sólo con levadura? —replicó la primera estrella vespertina. Shua me dice que allá están adelantados en eso. gente —dije—. ¡No quiere dar a conocer sus convicciones! Ensayé una especie de sonrisa. Me instalé como un pajarraco meditabundo en el estribo de piedra a la entrada de la gruta. que me asediaban. — Se me han terminado las lágrimas —dijo Peter. ¿El gato te comió la lengua? Esperaba de ti una ráfaga de elocuencia capaz de llevar a todo el Grupo a la planchada de la nave. ésta es la Morada! Cerré la boca. —Ni lo será jamás. Y a mí—no me importa empezar por el abc tratándose de algo así.. el nuevo tumulto y dolor de mi corazón. Fue como si me internara en un denso banco de niebla. poniéndose serio—. fatigado embate contra el cielo vespertino. Carraspeé. — ¡Contéstame! —dije en un murmullo.¡porque con Morada. Y ahora nada contestó: sólo el viento gemía y un guijarro suelto rodó hacia la oscuridad. Tuve la impresión de que me desgarraban como un pedazo de papel. ¡No quería irme! Me sentí arrebatado por un torbellino de pensamientos enloquecidos. . en mi último. riendo—. me devolvió en sus ecos. sobre una roca. desnudo como un grajo en el viento helado de la indecisión. pude ver cómo el Grupo se disolvía con lentitud.... Ahora escuchaba yo con ambos oídos.. Pero hay mucha simpatía disponible. Y el mundo. por cada argumento. Y mi voz se debilitaba más y más. ¡Bram es tímido! —bromeó Dita—. — ¡Nada es como debiera ser! —aullé roncamente. con el otro la respuesta del mundo. —Pero podríamos hacer tantas cosas. —Gracias —respondí—. Consciente al fin de mis verdaderas ideas. perdí todo aliento. pues. como si me quedara ciego y sordo de un solo golpe. ¿Cómo podía quedarme después de todo lo que había dicho? ¿Cómo podía quedarme y dejar que Salla se fuera? ¿Cómo podía irme y dejar a Obla? Vagamente escuché la voz de otro que concluía: —. El viento parecía muy ocupado en zumbar entre los árboles.. desmesuradamente abierta ahora que se había quedado sin palabras. ella era demasiado una parte de todo esto. Ved frente a vosotros un ser privado de convicciones. a la montaña. —También el trigo cuando se lo desparrama por el campo —contestó el pinar que coronaba una colina distante.. una sólida refutación. cómo el Grupo de Bendo se congregaba bajo los árboles. mientras la voz de la Tierra ya no era un simple murmullo. No estará más. ¡Ésta era mi oportunidad para transmitir a todo el Grupo lo que yo pensaba! Aparentemente. con uno mi propia voz. contra este mundo y sus limitaciones.. mientras los demás se alejaban flotando en la llanura. Se toma nota y se aprecia. era el único que veía la situación con suficiente claridad.

— ¡No tiene por qué ser ahora! —exclamé tomándole ambas manos — .—Te contestaré. Le dije que si yo terminaba mis estudios con buenas notas. te presento. Vamos a contárselo a Obla. Salla se libró de mí y voló fuera de mi alcance.. planeando. con una serie inconfundible de golpes.. Como un par de dementes. Todavía. —Salla se ruborizó y sus ojos vacilaron—. Salla! ¡Ahora podemos permitir nos esperar! Y la arranqué al peñasco. sino llena de fuerza y belleza y salud. alrededor de nosotros. atinando sólo a aferrar la roca y mirarla. ¿Es ésta la clase de gente que nace ahora en nuestro Hogar? ¿Valen más los brazos y las piernas y los ojos que la persona? –Sentí el latigazo de la cabellera de Salla contra mi cara—. Pero mientras una parte de nosotros se movía tan lejos y tan rápido. incómoda emoción—. Salla lanzó un grito y se cubrió los ojos con un brazo. y que éste sería un tema perfecto. Salla se queda. mirándome colérica con ojos húmedos. Tomé a Salla y la saqué del cuarto.. pero me sacudió como un trueno—. La arrojé contra el muro de granito. Al fin cayó la noche. era preciso convertirla en un todo coherente. un repentino aluvión de horrorizada repugnancia sofocó la habitación. y nos apoyamos exhaustos uno contra el otro. y vi que Obla flotaba en el extremo más lejano. — ¿Bram? ¡Adelante! —dijo Obla con acento de bien venida. No mucho. con tanta serenidad como si estuviéramos de nuevo en la gruta contemplándonos mutuamente con ojos apacibles y reflexivos. —La voz era muy suave.. agregaría una nueva pluma a su sombrero: perdona el provincialismo. —Mi madre tuvo un quánico cuando se lo dije —sonrió Salla. Nunca me la mostraste como es. el cuerpo mutilado retorciéndose en la túnica blanca. —Espera. aliviando la tensa. Eso significaba que no tenía visitas. La arrastré hasta el borde del patio. otra parte de nosotros hablaba tranquilamente. escondiéndose detrás del torbellino desesperado de su cabellera. regocijándose. sollozando. — ¡Cómo pudiste! —gruñí entre dientes. escondiéndose. Al contrario. donde las paredes del cañón se alzan verticales hacia el cielo.compasión? Quería castigar a Salla. —Obla —dije—. Le expliqué que necesitaba una monografía para terminar mis estudios. »Me contestó que yo era demasiado joven para saber lo que quería.. emprendiendo el más enloquecido y absurdo vuelo de mi vida. Permíteme encender la luz. ¿Es lí cito ahora que un alma viva nos repugne? ¿Ya no tienen bondad. pegándose a las paredes. tratando de huir. —Traje a Salla —le expliqué—. apagando la luz... Habría preferido la muerte antes que hacerle algo así a Obla. — ¡Salla! —exclamé. No había necesidad de ocultar a Salla ningún aspecto de mi vida. Puedo contestarte. golpearla contra algo sólido. mientras su angustia física y mental gemía.. y una cólera indignada enronquecía mis palabras—. derivando lentamente hacia Canyon. protestar contra eso indecible que se le había hecho a Obla. Que no estábamos juntos. — Salla —comencé—. hendíamos el aire por encima del viejo monte Calvo. Pero yo había apretado la llave de la luz. o a nadie. bañada en lágrimas—. Estaría sola. que incluyese a Obla y a Salla. Avancé un paso y entré... remontándonos y zambulléndonos como un relámpago ebrio. ¡si hubiera sabido! Pero no me lo dijiste. de un modo casi audible. . La tomé por los hombros y la sacudí. Le dije que no había habido Palabra entre nosotros. Ella dio media vuelta y escondió la cara contra la roca. —¡Tú también tienes la culpa! —replicó. Las ventanas de Obla estaban oscuras. Y entonces me respondió que ni siquiera conocía a tus padres. —Salla descendió livianamente sobre el peñasco y se sentó a mi lado—. ¡Oh. esa llaga incurable. calculando. Llamé levemente a la puerta.

el tránsgrafo. Obla volvió la cara hasta que su mejilla tocó el cubo. Pruébalo con Bram. y nadie jamás queda inacabado. antes que la vocecita de Obla dijera: — ¡Salla. separándose de mí—. Mis palabras eran apenas un indicio superficial de mi profundo. La solté lentamente. —¡Eh.. ahora mismo.. — ¡Bram! ¡Oh. yo nunca vi una persona. No me dejarán aquí. a falta de algo mejor—. Fue Salla quien finalmente indujo a Obla a volver a su cama. Bram! Ahora puedo ir contigo. las primeras palabras audibles que jamás le había oído a Obla... —se ahogaba—.. —Nadie nos preguntó. luego miró a Obla. Sólo así la veo. —Vamos —dijo. Y encontrarme de pronto abrazando. en vez de una oscura cárcel para encerrar a Obla. asombrada. incompleta. perdido en mi asombro. Nunca vi cicatrices y mutilaciones. Vamos. pues era parte de ti. —Seré yo quien pregunte entonces. escucha... Fue Salla quien estrechó la cara mutilada y llorosa contra su hombro joven y derramó el bálsamo de la pena y la comprensión sobre las heridas de Obla. y entonces escuché. Salla me miró. Puede recuperar sus piernas. Pero puede volver a ser Obla. de modo que la irrupción de Davy nos sorprendió doblemente. Pero ¿cómo saber qué debemos preguntar? Simplemente no se nos ocurrió preguntar. ¿Tienen ustedes niños dóbicos? ¿Algún caso de cazerinea? ¿O de trimorfosemia? No es que no queramos preguntar. Debí habértelo dicho. ¡Obla pensaba que yo volvía al Hogar! ¡Y esperaba que volviera con ella! No sabía que yo había resuelto quedarme. Allá tenemos la regeneración y. Que nos íbamos a quedar. y la voz. Bram. Se lo explicó una y otra vez hasta que al fin Obla lo creyó. lejanas pero nítidas. y un dic. .. sí! —exclamó Salla—. ¿No entiendes. Puede tener nuevamente una hermosa cara. si quieres. Puede volver a tener brazos. ¡Pero es que tienes la culpa! ¡Oh. ahora. Salla! ¡Eh. entre hipidos y sollozos.. Pruébalo. ¡Y cuando llegue a la Morada. Los tres estábamos agotados. Quiero decir. Nuestra comunicación fue rápida y completa. secándole los ojos con las palmas de mis manos. Y es inútil que trates de echarme la culpa. Hubo una breve pausa. Tenemos que ir hacia Obla. —Dejó caer sobre la almohada el pequeño cubo que reconocía como el receptor—. dijo: —Allá no tenemos gente así. Bram? Yo estaba preparada para recibirla. Obla! Ya lo he arreglado. abyecto arrepentimiento. me contemplarán! ¡Entera de nuevo! En medio de mi estupefacción escuché a Davy que decía: — ¡No usaste una sola ese. mi dulce amiga! ¡Espero que éstas sean suficientes eses! Y por primera vez oí la risa de Obla. Bram! ¡Eh.. Ya no silba en las eses.. —Nadie nos dijo eso. y tú misma puedes trabar la reproducción. Cuando pudo hablar nuevamente. Bram! Y se echó llorando en mis brazos.. Miren. Fue Salla quien aplacó el frenético torbellino de la cabellera de Obla.¿Por qué no? —grité furioso. elevándome hasta ponerme a su altura—. Obla! Di algo que tenga una ese para que pueda controlar. Hasta es posible que recobre los ojos. —Interés común. Mira —prosiguió—. aunque de eso no estoy segura. —¿Regeneración? ¿Tránsgrafo? — ¡Sí. —Lo siento —dije. Me encontré con los ojos de Salla. satisfechos de poder quedarnos sentados un minuto. Y también fue Salla quien le explicó a Obla la curación que la Morada reservaba para ella. completamente.

FIN . Mi problema consistía en pensar que dondequiera que mirase. reverberando a la luz de la memoria. Bueno. Y Salla. en algún lugar. Allá lejos. cruzamos nuestro Jordán. hay una diminuta gruta en cuyo interior brilla una moneda. Porque en esos largos años que pasaron. Obla no tiene ojos. había sido algo realizado.De modo que allá. Por un tiempo. Pero en todo ese tiempo la Travesía. pero. me mira a mí. y sólo porque era yo quien miraba. Muchas cosas nos ocurrirán a los tres.. en cierto modo. y después a Salla. cuando ella no mira. custodiando el pacto de amor entre Salla y yo: una vela en la ventana de la memoria. habré regresado a mi Morada. y no algo deseado. los olores y los gustos. antes que la Tierra vuelva a crecer ante nosotros en los cristales de las escotillas. a veces cuando no estoy mirando.. yo la miro y después a Obla. volveremos a ver la Tierra: yo por lo menos. pero a veces. en algún sitio. Mi nostalgia de la Morada debió de ser. Y entonces. el gusto a hogar de la Tierra. cuando no miramos. he vuelto la espalda a la Tierra Prometida. pase lo que pase. estaba la meta. Y a veces. realmente. ella me mira y después mira a Obla. están las vistas y los sonidos. como aquella vieja hambre de buenos platos que acompaña al esfuerzo de todos los pioneros.