El árbol aparta al fruto de la tierra, le brinda soporte, alimento y protección; hasta que lo deja ir.

Pero dentro del fruto, vive también un árbol; idéntico al primero.

Así es cómo la madera, sigue siendo un árbol, el material vivo que soporta, alimenta y protege. Aquel material de peso silencioso, de raíces eternas y corazón blando.

Y así será mi casa; un lugar donde mis hijos estén a salvo, un hogar que no les quite el calor de su niñez, un puente que los comunicará conmigo; cuando me dejen ir.

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En el patio de mi casa, hubo alguna vez dos árboles enormes. Tan enormes como el cariño por mi hijo. Cuando su madre me lo entregó -para no volver jamás- supe que me convertiría en su sombra, no permitiría que nada malo le sucediera. Aquél mismo día: talé uno de los árboles para construir la cuna de mi hijo, no peco de presumido al decir que, me quedó tan bien hecha que la mismísima medusa habría conseguido calmar sus tempestades en ella. Mi pequeño visitante interior, se veía tan tranquilo en su cuna, me podría quedar días enteros sólo observando su descanso...Despierto por fin de la niñez, rompo las cadenas de un estado en aletargada conciencia, inhalo el elixir de mis errores futuros, exhalo la repulsiva celda paterna que me tenía condenado a la no existencia. Soy un hombre que ha cometido un asesinato, un crimen en contra de mi carcelero. Las heridas causadas por sus cuidados, la sal de sus caricias, el mal olor de sus noches en vela; me tenían el alma envenenada. Ahora soy una gota pendiendo sobre el filo de mi hacha, debo talar aquél maldito árbol y encapsular mi crimen...Estoy sintiendo olor a madera, al menos eso quiero creer desde la oscuridad de mi exilio. Mi hijo me construyó esta cama con el árbol que restaba, ahora podré descansar y soñar que en el patio de mi casa, hubo alguna vez dos árboles enormes que se mataron el uno al otro.

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